1996. HEROES REBORN HACE SALTAR TODO POR LOS AIRES

Es otoño de 1995. Los problemas financieros de Marvel siguen agravándose al tiempo que el resto de la industria del tebeo americano acompaña a la Casa de las Ideas en su viaje al abismo. “Juntos permanecemos, divididos caemos”, gritan todos. Marvel y DC se alían para preparar un crossover conjunto a la vez que  DC, Image y Dark Horse acuerdan distribuirse en exclusiva a través de Diamond Comics. Editoriales más pequeñas hacen un pacto similar con Capitol. El recién llegado presidente Jerry Calabrese repasa los resultados financieros de Marvel desde que fuera comprada por Perelman. Tres millones, siete millones, ocho millones… Esta editorial vendía millones de ejemplares de X-Men en 1991. ¿Por qué ahora sólo vende medio millón? ¿Qué ha pasado aquí? Calabrese enciende la máquina de pensar. Enseguida identifica el problema. Todd McFarlane, Jim Lee, Rob Liefeld. Estos señores vendían millones y nos los dejamos escapar. Hay que contratarles otra vez. Y todos nuestros problemas se habrán resuelto.

 

Es 14 de diciembre de 1995. Jim Lee y Rob Liefeld anuncian su retorno triunfal a Marvel. La misión que han aceptado consiste en relanzar a los Cuatro Fantásticos y los Vengadores, cuyas colecciones siguen publicándose hasta ahora por una simple cuestión de prestigio. Un intento similar de que Todd McFarlane regrese a Spider-Man queda en el olvido ante la negativa tajante del creador de Spawn a volver a la editorial que detesta desde lo más profundo de su alma. Con Heroes Reborn, los chicos de Image van a rehacer el origen de los personajes. Marvel lo único que tiene que hacer es tirar por la borda sus treinta años de continuidad para recomenzar desde el número uno las cuatro series que contempla el contrato. Eso o nada. “¿Dónde hay que firmar?”, pregunta Calabrese. La operación se cierra en los despachos, de espaldas al staff creativo de la empresa. Ese mismo mes, el presidente de Marvel da por concluido el periodo de interinidad sufrido por la compañía desde la destitución de Tom DeFalco. Calabrese nombra a Bob Harras nuevo director editorial, ya que sus colecciones son las únicas que han mantenido el tipo mientras que el resto se despeñaba en el Top 100 de ventas. La última reunión que Harras celebra con su gente de la Franquicia Mutante está dedicada a la modificación del final de la saga de Onslaught. Los grandes héroes del Universo Marvel tendrán la despedida que se merecen, el sacrificio que se merecen, la muerte que se merecen. Lo que en un principio era un crossover más de la Patrulla-X y sus colecciones aledañas se convierte en el evento de la década. Los mutantes rompen con el aislamiento al que viven sometidos en los últimos años para recibir en casa al resto de sus compañeros del Universo Marvel. No es una visita de cortesía, sino la antesala del fin. “He hecho mi trabajo. Fui testigo de una maravilla única. Un lapso de tiempo en que campeones de leyenda arriesgaban a diario sus vidas para combatir las fuerzas del mal y la tiranía. Una era en que la medida de un héroe no la daba su fuerza, sino su nobleza. Esa era ha terminado”, pone Mark Waid en boca del Vigilante (Onslaught: Marvel Universe, X 96). Los Vengadores y Cuatro Fantásticos derrotan a Onslaught a costa de caer en las garras de Jim Lee y Rob Liefeld. La Patrulla-X y la opinión pública les cree muertos, pero la parca sería algo demasiado piadoso en comparación con el castigo impuesto por los ejecutivos de la editorial. A pie de obra, cunde el desencanto entre quienes han liderado durante los últimos años la guerra contra Image. “No sólo nos han vencido, también se han quedado con nuestro Universo”, dice alguien. El enemigo duerme con nosotros, Bob Harras es el primero que lo sabe. Para lavar su conciencia, el nuevo director editorial impulsa propuestas como Thunderbolts, Deadpool, Ka-Zar o Heroes for Hire. Todas ellas tratan de recuperar un pasado glorioso con historias que contar y personajes con los que emocionarse.

 

 

Es primavera de 1996. Bob Harras deja la Franquicia Mutante en manos de Mark Powers, antiguo ayudante de Terry Kavanagh. Scott Lobdell escribe ahora tanto X-Men como Uncanny, situación inédita hasta el momento que deja al descubierto las precarias habilidades del guionista para sostener en solitario ambas Patrullas. Lobdell vuelve por sus fueros habituales con historias que no cuentan nada y mutantes que se quejan mucho. “Estoy explorando cómo se comportan los mutantes sin el Profesor-X”, dice, pero todo es falso y redundante. Nunca explica las ausencias de los personajes, apunta ideas que no resuelve o se olvida por completo de tramas enteras. En general, las colecciones mutantes viven una temporada baja. Aquéllas con un cierto atractivo, como X-Force, Cable o X-Man, caen en una peligrosa desidia. Warren Ellis consigue que Excalibur sea de nuevo interesante, pero su etapa concluye demasiado pronto (EX 103, XI 96). El grupo británico cae luego en manos de Ben Raab, quien cada mes compite con Terry Kavanagh por el título de peor guionista del cómic mundial. La fuga de Chris Bachalo de Generarion-X (GX 6, VIII 95) pone de manifiesto que todo el interés de la colección reside en su creador gráfico, obligado a volver poco después (GX 16, VII 96). Incluso Larry Hama en Wolverine comienza a mostrar claros signos de cansancio, que se acentúan cuando pierde los lápices de Adam Kubert (WOL 102, VI 96). Como en los últimos tiempos de Claremont, los mutantes siguen adelante por pura inercia. Cada día se hace más necesario un cambio. En X-Men, Carlos Pacheco sustituye a Andy Kubert (XM 62, III 97). El español realiza una obra sin tacha, pero esos guiones no la merecen.

 

Es otoño de 1996. Las dos colecciones de Heroes Reborn asignadas al equipo de Jim Lee tienen un comienzo espectacular sin alcanzar ni de lejos las cifras millonarias de 1991. Hacia el tercer número se desinflan. Las de Liefeld ni siquiera consiguen el arranque esperado. La operación firmada por Calabrese se califica de éxito relativo, pero el balance de cuentas sigue en números rojos. Ron Perelman despide a Calabrese y pone en marcha un plan de saneamiento para la Casa de las Ideas que pasa por disgregar las partes rentables de la compañía y prescindir de las deficitarias. Con el fin de evitarlo, un grupo de accionistas minoritarios liderados por Toy Biz interpone una demanda contra Perelman, quien debe dinero a todos ellos. El 27 de diciembre, el juez aprueba una suspensión de pagos de un año, tiempo en el que la compañía no está obligada a pagar sus deudas. Perelman no tarda ni tres meses en anunciar su rendición. Después de ocho años al frente de Marvel, decide que el negocio de los tebeos no es lo suyo. Retira su plan de saneamiento, saca todo su dinero y abandona la compañía, que queda en manos de los socios menores. Éstos dan un giro editorial inmediato encaminado a que el mercado recupere la confianza en la Casa de las Ideas que empieza con la vuelta a la distribución a través de Diamond.

Es primavera de 1997. Marvel anuncia que no renovará el contrato por un año firmado con Jim Lee y Rob Liefeld. Superado el mal trago y con las manos algo más libres, Harras decide que ha llegado la hora de una profunda renovación tanto de los personajes retenidos por la gente de Image como de los mutantes. El director editorial contrata a autores de prestigio para rescatar de la muerte a Vengadores y Cuatro Fantásticos mientras que para la Franquicia Mutante prepara una remodelación de arriba abajo que pone a temblar a unos cuantos guionistas con síndrome de funcionario. Una mañana, Scott Lobdell se acerca a su despacho:

 

-Bob, ¿verdad que no estás pensando en sustituirme por Chris Claremont?

-Noooo, nada de eso. ¿Cómo se te ocurren esas cosas?

-Lo he leído en Wizard.

-Pues no es verdad. Te lo prometo. Además, esas decisiones las toma ahora Mark Powers. Habla con él.

 

Mark no sabe nada, o eso dice. Harras sin embargo ha escuchado los insultos y descalificaciones que Lobdell va diciendo por ahí de Mark Waid. No está nada contento con esa actitud que enturbia las buenas relaciones de la empresa con los autores. Llama a Waid, le ofrece disculpas e incluso el despido fulminante de Lobdell. “No hace falta. Es tentador, pero no. Gracias de todas formas”, responde el guionista. Pocas semanas después, Harras vuelve a convocar a Lobdell. Tiene una recompensa por todos estos años de sacrificio.

 

-Vas a escribir The Fantastic Four.

-Jo, Bob. No sé que decir. Muchas gracias.

-De nada. Por cierto, también vas a dejar las colecciones mutantes.

 

1997. JOE KELLY Y STEVEN T. SEAGLE EN LA PATRULLA-X

El director editorial Bob Harras acaba de hablar con Joe Kelly, un guionista recién llegado al negocio que ha sorprendido a todos por su divertido trabajo en Deadpool. Le ha ofrecido escribir X-Men y ha aceptado, así de simple. También está buscando a alguien para Uncanny. Visto el tamaño alcanzado por el ego de Lobdell una vez convertido en el único guionista de los dos títulos principales, Harras prefiere volver a la cohabitación. En días sucesivos, contrata a Steven T. Seagle, quién al igual que Kelly, apenas lleva unos meses en Marvel, donde se ocupa de la nueva serie dedicada a Alpha Flight. Sólo ha hablado una vez con él, pero la conversación se le ha quedado grabada.

 

-Steve, déjame que te pregunte algo… ¿Qué te parece la Patrulla-X?

-Bueno, cuando era crío me encantaba. Pero ahora me parece una mierda.

-¿Y eso?

-Es una lata. Nunca pasa nada.

 

 

Los cambios en la franquicia se completan con el trasvase de Larry Hama desde Wolverine (WOL 118, XI 97) a Generation-X (GX 33, XII 97); la entrada de Chris Bachalo en Uncanny para sustituir a Joe Madureira, y la llegada de James Robinson a Cable (CB 44, VI 97). Por primera vez en muchos años, los responsables de las colecciones-X salen a pescar autores prestigiosos que han triunfado en anteriores trabajos. Tanto Bachalo como Seagle vienen de Vertigo, la línea adulta de DC. Robinson despunta como uno de guionistas más sólidos de los noventa. Desde 1992, no ha importado quién escribiera X-Men. Ahora el énfasis vuelve a estar puesto sobre la parte creativa. ¿Ha llegado la hora de recuperar la gloria y el orgullo perdidos? Eso es lo que piensan los nuevos capitanes de Marvel, que abren conversaciones con antiguos colaboradores de la Casa de las Ideas. Una de las primeras personas con las que contactan es Chris Claremont. El viejo Patriarca Mutante se ha pasado los últimos años preparando novelas mientras hacía contadas incursiones en el mundo del cómic. La única serie regular que ha guionizado en todo este tiempo es Sovereign Seven, por la que ha recibido pésimas críticas, escasa atención del público y una continuidad en su publicación por parte de DC debida más al nombre del autor que a los escasos beneficios de la obra. “¿Le gustaría volver a X-Men?”, le preguntan en cada entrevista que concede. Nunca hay un no rotundo, sólo condiciones. Que todo vuelva a ser como antes, que pueda hacer y deshacer a su antojo, que el control vuelva a sus manos. Condiciones imposibles de satisfacer.

Ahora Marvel vuelve a llamar a su puerta. Le dicen que las cosas han cambiado, que pretenden recuperar la ambición por ser los mejores, tanto en el aspecto creativo como en el comercial. Han descubierto que la empresa lleva años cometiendo enormes fallos que deben ser solucionados. Se acabaron las portadas con truco, se acabaron los crossovers sin sentido. Vuelven las buenas historias bien dibujadas como primer paradigma para alcanzar el éxito comercial. Por eso le piden que regrese a casa, no para escribir la Patrulla-X, como a él le gustaría, sino para ser el vicepresidente de la empresa, un puesto sólo por debajo del que ahora goza Bob Harras. Su misión, si decide aceptarla, señor Claremont, consistirá en coordinar a los editores para ayudarles a crear el tono general y la estructura del Universo Marvel. También supervisará proyectos e impulsará la búsqueda de promesas emergentes. Demasiado bonito para negarse. Qué diablos, ningún odio eterno dura mil años, y ya han pasado siete desde la última vez que entró en el 387 de Park Avenue. Y Chris Claremont, el expulsado a las tinieblas exteriores que lleva más de un lustro echando pestes de Marvel, regresa como si nada hubiera pasado. Y Chris Claremont, el escritor maldito arrinconado por los malvados editores, se convierte en el ojo acechante que vigila cada una de las acciones de esos editores. Y Chris Claremont, el creador de las tramas infinitas, acaba obligando a todos los guionistas de la Casa de las Ideas a realizar historias autoconclusivas. Y Chris Claremont, comprobado que no puede vencer al enemigo, se va a tomar café con él. No cabe duda. El destino juega a provocar. Scott Lobdell lo comprueba en sus propias carnes. Lobdell deja la Franquicia Mutante con la promesa de un futuro mejor en The Fantastic Four. Después de escribirla durante tan sólo tres meses, le sustituyen por Claremont, su predecesor en X-Men. ¿Justicia poética, tal vez? Tal vez no, porque el encargo llega al Patriarca Mutante en mal momento, con unos primeros números que parecen obra de un principiante, por no hablar de los cuatro capítulos de Wolverine que firma en la peor de sus crisis literarias (WOL 125-127, VI-VII 98).

Es verano de 1997. Steven Seagle aterriza en Uncanny con cuarenta y ocho horas de plazo para dialogar la última aventura escrita por Lobdell, en la que por fin se desvela el gran secreto que une a Gambito con Mister Siniestro (UXM 350, XII 97). El imperdonable pecado de Remy Lebeau consiste en haber conducido a los Merodeadores de Siniestro hasta los túneles donde vivían los Morlocks, donde desencadenaron La masacre mutante. Sin embargo, Lobdell comete un enorme error en su último trabajo para la franquicia. Un simple vistazo al UXM 210, prólogo de La masacre mutante, le serviría para descubrir, maravilla, de las maravillas, que fue Tommy, una morlock anónima, la que, accidentalmente, condujo a los Merodeadores hasta los túneles, y no ningún individuo en gabardina. Por si hay lugar a la duda, éstas son las palabras que dice Cazador de Cabelleras antes de asesinar a Tommy: “Te dejamos marchar PARA QUE NOS GUIARAS HASTA AQUÍ”. Sin comentarios. La rapidez con la que Seagle ha de escribir los diálogos del UXM 350 añade nuevos errores, como por ejemplo desordenar la historia del personaje. Se supone que la función de un editor es evitar tales despropósitos, pero Mark Powers parece estar demasiado ocupado en vigilar las cifras de ventas como para dedicarse a nimiedades.

Lobdell también deja un argumento colgado en X-Men. Se trata de la saga Operación Tolerancia Zero (XM 66-70, VIII-XII 97), cuya realización se convierte en un catálogo de despropósitos. Como todas las grandes ideas de Lobdell, tiene un comienzo explosivo para desinflarse inmediatamente. En ella se presenta a Bastión, un peligroso individuo que lidera la nueva generación de Centinelas. Lobdell se desentiende de tal manera del crossover que ha de ser Larry Hama quien ate todos los cabos sueltos en Wolverine (WOL 115-118, VIII-XI 97). Durante la Operación Tolerancia Zero se presenta además a Oruga, Médula y la doctora Cecilia Reyes, tres nuevas incorporaciones que despiertan enseguida las simpatías de Joe Kelly. En su primer número en X-Men (XM 70, XII 97), los personajes vuelven a hablar con voces diferenciadas en una historia de ritmo frenético en la que no hay un momento para el aburrimiento. Otro tanto ocurre cuando Seagle escribe un guión completo sin necesidad de basarse en el argumento previo dejado por Lobdell (UXM 351, I 98). La falta de frescura y espontaneidad que fuera dueña y señora de los años pasados desaparece en apenas un mes. Resulta imposible pedir un arranque mejor a los recién estrenados guionistas, que pronto descubren lo bien que se complementan. Pese a vivir en ciudades diferentes, Seagle y Kelly traban una sincera amistad que les lleva a discutir los argumentos sin hablar antes con Mark Powers. Incluso llegan a proponer a éste que escriban entre los dos ambas series, a lo que el editor se opone. Prefiere mantener un tono distinto en cada una de ellas.

Los nuevos guionistas saben que están sometidos a un estricto control editorial, pero su falta de experiencia les lleva a pensar que con una estrategia bien calculada pueden poner a Powers de su parte. Seagle invita a Kelly a pasar unos días en su casa de California, donde planean cosas radicales, desde matar a Mariposa Mental a recuperar a Fénix. Calculan que, en el plazo de medio año, disgregarán la Patrulla-X en dos grupos. Uno, participado por los hombres-X clásicos, protagonizará Uncanny y se verá envuelto en el retorno de Fénix; el otro, centrado en los nuevos miembros, actuará en X-Men. “Van a ser como la Coca Cola clásica y la nueva”, explica Seagle.

De vuelta a Nueva York, se celebra la primera reunión después de la marcha de Lobdell. En la mesa redonda se sientan, además de los escritores y dibujantes, Bob Harras (director editorial), Mark Powers (editor de la Oficina-X) y Jason Liebig (ayudante de edición). En cuanto pueden, Kelly y Seagle dan a conocer algunas de sus ideas. Unas pocas se aprueban, otras no. Nada de disgregar los equipos y mucho menos de resucitar a Fénix. Ésta última negativa provoca que un número completo de Uncanny tenga que ser reescrito por completo (UXM 357, VII 98). Los guionistas sí consiguen el visto bueno para lo que llaman crossnews. Consiste en que un suceso determinado se mencione y afecte de alguna manera a varias colecciones, pero sin necesidad de montar un crossover que obligue a la compra de varios tebeos. Sin saberlo, Seagle y Kelly proponen la recuperación del espíritu que alentara a Marvel hasta finales de los ochenta. En aquella época, un suceso que ocurría en Thor podía repercutir en veinte colecciones más sin que se continuaran entre ellas. En los noventa, Thanos transforma Manhattan en una selva, pero no se menciona más que en la serie donde transcurre la aventura. El primer y único ensayo de crossnews se lleva a cabo con relativo éxito en XM 78 (VIII 98). Una batalla de Mariposa Mental contra el Rey-Sombra hace que todos los telépatas del mundo pierdan sus poderes. El suceso afecta de alguna manera a personajes como Cable o X-Man, incluidos en la Franquicia Mutante, pero se olvida en el resto de las series Marvel.

1998. EL 35º ANIVERSARIO DE LA PRIMERA PATRULLA-X

Es 1998, el año del treinta y cinco aniversario de la primera Patrulla-X. Las celebraciones se traducen en un crossover detrás de otro. Hasta tres grandes sagas sitúa el editor Mark Powers en su calendario, si bien es cierto que sólo afectan a las dos colecciones principales. La primero de esas sagas (UXM 360 y 361, XM 80 y 81, X y XI 98) sirve para que la Franquicia Mutante complete su remodelación. Por un lado, los viejos hombres-X perdidos en Excalibur (Kitty Pryde, Rondador y Coloso) regresan a casa después del cierre inevitable de la colección (EX 125, X 98). Por el otro, dado el éxito de los universos paralelos, X-Factor termina su andadura en el XF 149 (IX 98) para ser sustituida un mes después por Mutant-X, serie protagonizada por Kaos que transcurre en una dimensión alternativa.

 

Por último, los objetivos para las dos formaciones de la Patrulla-X pasan por potenciar su lado clásico. Que quien se acerque a los mutantes después de veinte años sin leerlos pueda reconocer inmediatamente al grupo que tanto le gustó en su juventud. Ese planteamiento choca con gran parte de las ideas de Kelly y Seagle. No obstante, aceptan seguir adelante, más convencidos que nunca de que su capacidad de actuación dentro de la Oficina-X está reducida a la mínima expresión. Con la trama del crossover firmada, los guionistas vuelven a casa para escribir. A mitad del trabajo, reciben la típica llamada del editor asociado de turno. “Oye, que de lo hablado en la reunión nada de nada, que hemos cambiado de idea”. La falta de seriedad a la que ya estaba acostumbrado y de la que incluso participara Scott Lobdell cae como otro jarro de agua fría sobre sus cabezas. El siguiente bofetón se lo llevan cuando descubren que alguien trastoca sus textos. “Dios mío, yo no escribí esto. Ni de lejos”, piensa horrorizado Steve Seagle cuando recibe el UXM 361, impresión idéntica a la que saca Kelly del XM 80. Con el cuerpo editorial hemos topado, amigo Sancho. “Este sitio es kafkiano”, sostiene Seagle. Los dos guionistas soportan un clima enrarecido bajo el que pronto son tachados de autores conflictivos con un afán demasiado innovador. Mejor sujetarse a lo que ha funcionado siempre, dicen en Marvel. Si los Vengadores, los Cuatro Fantásticos, Spider-Man han conseguido superar el bache de los últimos años mediante el truco de parecerse a cómo eran en su época dorada, a la Patrulla-X le conviene olvidarse de tonterías e ir a lo seguro. Abajo con las ideas de estos dos. Fuera lo nuevo y vuelta a lo viejo. “Por favor, ¿por qué no ingresamos a Xavier en un asilo con su sillita?”, sugiere Kelly cuando le anuncian que el Profesor-X ha de volver a regir los destinos de sus alumnos.

Es verano de 1998. Los constantes bailes entre los autores de la Franquicia Mutante dejan fuera a Larry Hama, muy criticado por su corta etapa en Generation-X (GX 33-44, XII 97-XI 98). Resulta obvio que al perfecto guionista de Lobezno no le sienta nada bien el cambio de registro. James Robinson cede Cable a Joey Casey, un amiguete de una librería especializada que enseguida despunta como uno de los más inteligentes escritores de la nueva hornada (CB 52, III 98). También hay bajas entre los dibujantes, ya que Chris Bachalo tiene previsto abandonar Marvel a finales de año (UXM 365, III 99). Por último, X-Men lleva sin artista fijo desde que Carlos Pacheco dejara la serie para ayudar a Kurt Busiek con varios proyectos especiales relacionados con los Vengadores (XM 75, IV 98). Para rellenar el hueco, la Oficina-X se pone en contacto con Alan Davis, quien acepta volver a casa a condición de que también pueda escribir los argumentos. Joe Kelly sólo es informado de la primera parte.

 

-Vas a tener a Alan Davis en X-Men, ¿qué te parece?

-Ah, de puta madre.

 

Kelly se entera de la segunda parte por la prensa. “No puede ser, ¿me han tomado por un dialoguista o qué?”, afirma sorprendido. Ambos autores coinciden en septiembre durante la convención de cómics que se celebra en Avilés (Gijón). Tratan de ponerse de acuerdo, pero no lo consiguen. Tienen ideas completamente contrarias acerca de lo que quieren hacer. Nada más volver a Estados Unidos, Kelly habla con Seagle. Llevan meses hartos de que les toquen los argumentos y los cojones. Ambos deciden hacer efectivo un acuerdo según el cual si uno se marcha, el otro también. Inmediatamente, presentan su dimisión conjunta. “Joder, lo que faltaba ahora”, gritan en la Oficina-X. Los tebeos más vendidos y mejor pagados del mundo buscan guionista. Y no lo encuentran. Alan Davis es una solución temporal, un parche de oro hasta que Mark Powers y compañía den con un nombre que, primero, tenga el suficiente prestigio como para que el situarlo en las series mutantes no contradiga las nuevas consignas de calidad (los años en los que “no importa quien escriba X-Men” han terminado); segundo, cargue con la paciencia necesaria como para convivir con el sistema interno de la franquicia. Yo de verdad que no entiendo por qué no consiguen amoldarse a nosotros, sostiene Powers.

Alan Davis viene a X-Men en una temporada baja de su carrera. Una enfermedad le ha mantenido apartado del tablero de dibujo en los últimos meses. Nada más recuperarse, descubre que algunos de sus compromisos profesionales han sido atrasados. Es el caso de una serie que prepara para Marvel sobre Killraven. Necesita volver a figurar en primera línea de las agendas editoriales. Cuando Powers llama a su puerta, casi le besa. “Bueno, puedo quedarme aquí medio año, me llevo la pasta y vuelvo a lo mío”, piensa. Sabe muy bien como funcionan las cosas. Acaba de ver como Marvel engañaba a Kelly y Seagle. Sospecha que a él le harán lo mismo a la menor oportunidad, por eso no se plantea su estancia en la Franquicia más allá de los seis meses por los que firma.

Con los argumentos de ambas series en sus manos y ayudado por su amigo Terry Kavanagh a los diálogos, Davis hace lo que mejor sabe: ata cabos sueltos al tiempo que recupera el clasicismo de la strip. En sus tres primeros números, resuelve todos los problemas en torno a Magneto y su doble Joseph, pero también sitúa al Amo del Magnetismo en una posición inédita, la de líder de toda una nación como Genosha (XM 87, V 99). Mientras tanto, Powers sigue buscando un autor que le soporte, pero sigue sin encontrarlo. Por fin, pide a Davis que renueve por medio año más. Éste se divierte en la serie y más todavía cuando le llega la nómina. “Venga, otros seis meses”. En ellos, aprovechando algunas tramas apuntadas por Joey Casey en Cable, desarrolla la saga de Los Doce, durante la que vuelve Apocalipsis (UXM 377, XII 99) y Lobezno recupera su adamántium (WOL 145, XII 99). Son historias de una suma importancia, ya que dejan limpia la casa de polvo y paja a la espera de la ansiada renovación, que además ha de coincidir con el estreno en verano de 2000 de X-Men the movie, en la que Marvel ha depositado todas sus esperanzas.

Concluido su contrato, Davis se despide a lo grande, con una muerte que hace temblar las estructuras de la familia mutante. Cíclope, el primer y durante años más importante hombre-X, se ha convertido con el paso de los años en el más redundante. Los lazos familiares del único huérfano de la prehistórica Patrulla-X se extienden ahora por varias líneas temporales. De elemento que daba cohesión al sueño de Xavier, Scott Summers ha pasado a ser la plañidera incapaz de tomar decisiones bajo otra influencia que no sea la de su esposa Jean Grey, entronizada ahora como verdadera figura central del Universo Mutante. La desaparición de Cíclope es la más llorada por lo que representa y la más fácil de encajar debido al papel, por completo prescindible, que ha adquirido el personaje. El suceso, por supuesto, carece de cualquier posibilidad de permanencia, a la vista de la falta absoluta de credibilidad que la muerte tiene en Marvel desde la resurrección de Jean.

Es verano de 1999. Powers concluye su búsqueda del guionista perdido. La clave la encuentra en casa, en ese The Fantastic Four escrito por Chris Claremont al que los lectores maliciosos acusan de ser el mejor Excalibur de los últimos años. La presencia constante de personajes y situaciones procedentes de sus años al frente de la Franquicia Mutante, así como la extraña petición de integrar a Kitty Pryde en la Primera Familia Marveliana –respondida con una negativa– dejan claros los deseos del guionista. ¿Cuánto tiempo puede pasar Chris Claremont encerrado en un despacho de Marvel antes de volverse loco? ¿Cuánto tiempo antes de que empiece, medio en broma, medio en serio, a redactar guiones que luego no firma? ¿Cuánto tiempo aconsejando posibles argumentos a Kavanagh o a Davis? Gran parte de las ideas que utiliza éste durante su segundo semestre proceden del Patriarca Mutante, que de rondón consigue colar por fin aquella historia con Lobezno muerto (UXM 375. X 99) y convertido en un villano (Astonishing X-Men 1-3, IX-XI 99). ¿Y por qué no os libráis de Xavier? ¿Y por qué no matáis a Cíclope? ¿Y por qué no disgregáis el grupo durante una temporadita?… ¿Y por qué no lo escribes tú, Chris? Por que no me dejan, Alan, por que no me dejan.

 

 

Han pasado veinticinco años desde que, casi por casualidad, aquel desconocido recién llegado de Inglaterra recibiera el encargo de escribir un tebeo de segunda categoría llamado X-Men. En esos años, el título creció, superó sus límites y se multiplicó exponencialmente, primero bajo la influencia de Claremont, luego como un imparable rodillo comercial. La industria del cómic es hoy muy distinta de cómo lo era en aquel verano de 1975. Y lo es, en gran medida, gracias a (o por culpa de) los mutantes de Chris Claremont. Sus criaturas, sus niños, sus hijos, mucho más resistentes que él mismo, con una fortaleza que les ha permitido superar el trato y el maltrato de un cuarto de siglo de éxito. Por encima de cualquier circunstancia, Logan, Ororo, Kurt, Peter, Kitty… se levantan indemnes, con fuerzas cada vez mayores. Mientras John Byrne regresa a casa con un título dedicado a narrar las aventuras de los pupilos de Xavier durante sus años ocultos, comienzan las conversaciones, los tira y afloja. Bob Harras, en contra de su propio criterio, pone encima de la mesa de Claremont una oferta que el Patriarca Mutante es incapaz de rechazar. Los guiones de las dos series principales, la cesión de las colecciones mutantes peor vendidas a un autor de su completa afinidad y una libertad para hacer y deshacer de la que ningún otro guionista goza en la Marvel actual. Sin trucos. Sin cuerpo editorial que valga metiendo mano en los guiones. Con los Hijos del Átomo en manos de quien mejor los conoce, ahora que se acerca la dura prueba que representa el filme de Fox, con millones de ojos mirando hacia la Patrulla-X.  Claremont piensa en ello. Piensa en si va a ser él menos que Byrne. Piensa en las decisiones que tomó. En las que no tomó. ¿Debería haber dejado que se convirtiera en una parte tan fundamental de mi vida? ¿Debería haberme marchado antes? ¿Debería haberme quedado? Piensa en las historias que contó. En las historias que no contó. En las historias que pudo haber contado mejor. La parte más triste de este negocio es su naturaleza transitoria. Trabajas en una serie. Trabajas en unos personajes que son como tus hijos. Luego te vas. Cada guionista, cada dibujante o editor que llega detrás de ti modela tus conceptos para que encajen en su visión, no en la tuya. Lo que pasó antes es cambiado. O apartado. O simplemente olvidado. Pero hubo un tiempo en que la visión era la mía. El concepto a modelar era el mío. Los personajes eran los míos.

Es 24 de septiembre de 1999. Marvel anuncia que el nuevo guionista de X-Men y Uncanny X-Men se llama Chris Claremont.

 

EL PÁJARO QUE SIEMPRE VUELVE: LAS VIDAS, MUERTES Y RESURRECCIONES DE FÉNIX

Cualquier lector que lleve un tiempo en esta afición, sabe que las muertes y posteriores regresos de los personajes forman parte de las reglas del juego. Lo uno y lo otro suele utilizarse como resorte para llamar la atención del lector, de manera que, con el paso de los años, esta clase de acontecimientos cada vez reviste una menor dosis de sorpresa. La apuesta es cada vez más elevada, a la hora de acometer una operación de esta clase que impacte de verdad en el ánimo del aficionado: debes convencerlo de la autenticidad de una muerte, pero también de la necesidad de un regreso. No hay reglas escritas con ningún personaje, así que la editorial siempre puede tratar de convencer a sus fieles de lo irremediable de unos sucesos que, por definición, han devenido en pronosticables. Hay un caso particular en el que el fin y el nuevo comienzo forma parte intrínseca del icono, de tal manera que su esencia es despedirse para luego reaparecer. Y ese caso es el de Jean Grey.

1976. PRIMERA MUERTE

Cuando todo empezó, Jean Grey y Fénix no eran dos entidades diferenciadas, aunque Chris Claremont supo dar una poesía a la transformación de la una en la otra que, en una relectura posterior, podría llegar a interpretarse como tal. Como el resto de La Patrulla-X original, salvo Cíclope, Jean estaba destinada a perderse de vista para dar paso a la Segunda Génesis. Pero no fue así. El personaje era la pareja de Scott Summers, por lo que pronto volvió a su lado. Atrapada junto al resto por Los Centinelas y conducida hasta el espacio, Jean demostraba una iniciativa y un ardor del que nunca antes hizo gala. Era la única mujer entre los fundadores, y como tal nunca desempeñó otro papel que el de servir de interés amoroso. Pero, en esta nueva fase, desde su traje a su nombre de heroína, el de Chica Maravillosa, todo eso debía quedar atrás para de cara a los rupturistas setenta. Nada más hacerse con las riendas del personaje, Claremont cambió su personalidad, para convertirla en una mujer resuelta e independiente, algo que, como veremos más adelante, molestó fuera y dentro de Marvel. Al final de la aventura con Los Centinelas, en una escena pletórica de drama y sacrificio, Jean conducía la nave que permitía al grupo regresar a casa, atravesando una tormenta solar destinada a acabar con su vida, sólo que…

 

1976. PRIMERA RESURRECCIÓN

…sólo que no fue así. Al comienzo del siguiente número, la nave llegaba a la Tierra y se sumergía en las aguas de las que, acto seguido, emergía Jean. “¡Escuchadme, Patrulla-X! ¡Ya no soy la mujer que conocisteis! ¡Soy el fuego! ¡Soy la vida encarnada! Ahora y para siempre… ¡Soy Fénix!”, proclamaba, vestida con un nuevo y resplandeciente traje que había creado de la nada, utilizando para ello habilidades que nunca había mostrado. Efectivamente, la tormenta solar había redefinido a la mutante, que pasó a ser la integrante más poderosa del equipo. La Patrulla-X ya marcaba pautas que, al cabo de unos años, asumiría todo el género superheróico. Para el nuevo diseño, Dave Cockrum tomó como modelo a Farraw Fawcett en los anuncios de Wella-Balsan y en las portadas de Cosmopolitan, mientras que el cambio de nombre buscaba diferenciarla de Ms. Marvel, que entonces escribía el propio Claremont y que también estaba a la vanguardia del feminismo superheroico. Los colores iniciales eran blanco y dorado, pero el editor Archie Goodwin pidió que se cambiara el blanco por verde, para evitar que se notara la transparencia del papel.

1980. SEGUNDA MUERTE

Mientras que Chris Claremont y Dave Cockrum pretendían que el poder de Fénix fuera en aumento, hasta alcanzar una categoría cósmica, Goodwin demandó que fueran en otra dirección, antes de que ella hiciera superflua al resto de integrantes. Después de que salvara el Universo, en The X-Men #108 USA, el guionista procedió a una rebaja de esos poderes, y los justificó mediante un bloqueo mental: Jean todavía no estaba preparada para asumir semejante carga. Además, trató de fijar que tenía una rica vida privada al margen del equipo, al que acudía en los momentos de necesidad, algo que ya se estaba haciendo con Thor con respecto a Los Vengadores. En paralelo, el guionista estaba jugando con el concepto mismo del poder: la manera en que puede corromper a una persona y cómo es necesario que, conforme aumentan sus capacidades, aumente también su consciencia. Cockrum dio paso a John Byrne, en calidad tanto de dibujante como de coargumentista de la serie. Era un fan de la Chica Maravillosa de siempre y no le gustaba la excepcionalidad de Fénix. En el tira y afloja, ambos autores concibieron una saga en la que Jean era manipulada por Mente Maestra y el Club Fuego Infernal, lo que la llevaba a la locura, a la orgía genocida y a transformarse, en definitiva, en Fénix Oscura. La aventura debía haber acabado con Jean lobotomizada por el Imperio Shi’ar, pero el entonces director editorial Jim Shooter pidió su cabeza, así que Claremont y Byrne cambiaron la historia: Jean se sacrificaba, suicidándose, y The X-Men #137 USA se convirtió en una auténtica leyenda, el mito sobre el que se iba a asentar el éxito arrollador de la serie en los años posteriores.

 

1985. SEGUNDA RESURRECCIÓN

Poco después de “La saga de Fénix Oscura”, John Byrne abandonó la serie, quedándose Claremont como cabeza visible de los mutantes, muy consciente de que la efervescencia que se vivía alrededor de ellos era en gran medida consecuencia de que uno de los más respetados y queridos integrantes del equipo había encontrado la muerte. ¿Recuerdas lo que comentábamos al comienzo, acerca del ciclo de muertes y resurrecciones de personajes populares? Todavía no había empezado. Corrían los ochenta, el Universo Marvel revestía una solidez y una coherencia impresionantes y lo que moría permanecía muerto. Así que el Patriarca Mutante, en lugar de resucitar a Jean, se sacó de la manga a una hija venida de un futuro alternativo, o a una esposa para Cíclope cuyo aspecto era exactamente el mismo que el de su amor perdido… sin llegar a tratarse de ella.

 

Y entonces llegó Factor-X.

 

Bob Layton y Jackson Guice querían hacer un nuevo equipo que reuniera a La Patrulla-X original. Trajeron a La Bestia, El Ángel y El Hombre de Hielo de las filas de Los Nuevos Defensores y arrastraron a Cíclope desde su retiro. El hueco de Jean lo iba a llenar Madelyne Pryor, Rachel Summers, Dazzler o cualquier otra chica disponible. En el proceso, Kurt Busiek, futuro guionista de prestigio y entonces machaca dentro del Bullpen, se enteró de que Factor-X estaba en proceso y propuso a sus autores una idea: que Jean Grey volviera, pero sorteando su muerte como Fénix. Fue en ese momento en que se estableció lo que antes no era en absoluto así: que se trataba de dos seres diferenciados. Se volvía así a lo ocurrido en The X-Men #100 y 101 USA, cuando Jean había estado a punto de morir, pero emergió transformada en Fénix, y se estableció que ésta era una auténtica fuerza cósmica, que había duplicado la forma de Jean y seguido adelante con su vida sin siquiera ser consciente de ello, mientras que la auténtica Jean se recuperaba en el fondo del mar, envuelta en una crisálida que encontraban Los Vengadores y abrían Los Cuatro Fantásticos. Roger Stern, guionista de los primeros, y John Byrne, responsables de los segundos, que a su vez habían estado implicados en el desarrollo de Fénix, participaron de la trama. Por fin, en la primera historia de Factor-X, Jean y Scott volvían a reencontrarse.

Chris Claremont no estuvo nada contento con lo ocurrido, y desde el principio trató de torpedear la nueva serie. No consiguió pararla, pero sí que su guionista fuera sustituido por Louise Simonson, alguien de su entera confianza. Juntos trataron los años siguientes de remendar todo el estropicio que a su juicio había tenido lugar, algo que consiguieron parcialmente en “Inferno”, una saga mutante publicada en 1989, que se saldó con la muerte de Madelyne Pryor, que se había descubierto como un clon de Jean producido por Mister Siniestro, y la fusión de sus recuerdos con los de Jean. Ella y Cíclope se casaron unos años más adelante, ya con Claremont fuera del escenario.

 

2004. TERCERA MUERTE

Después de que Alan Davis, en las páginas de Excalibur, diera una explicación coherente al concepto de la Fuerza Fénix, ahora encarnada en Rachel Summers, la editorial dio un descanso a la entidad, si bien recurrieron a ella de manera testimonial en 1995, con motivo de un cruce entre el Universo Marvel y el Ultraverso que respondía al nombre profético de The Phoenix Resurrection y que quedó en lo meramente anecdótico. Tuvo que tener lugar la irrupción de Grant Morrison en el cosmos mutante para que la Fuerza Fénix resurgiera, una vez más, de sus cenizas. Morrison puso al día la plana mayor de los conceptos de la era Claremont-Byrne, y el de la entidad cósmica no iba a ser menos: pronto volvió a manifestarse como parte de Jean, con un toque muy próximo al de la posesión demoniaca. Para completar el ciclo, Jean murió una vez más, en New X-Men #150 USA, a manos de quien Morrison pretendía que fuera Magneto y que luego, en una reescritura de otros autores, se desveló como Xorn.

 

En los años posteriores, Jean permaneció bajo tierra, pero la Fuerza Fénix siguió reapareciendo de manera recurrente, para asociarse con otros huéspedes, en historias como “La canción final de Fénix” (2005), “La canción de guerra de Fénix” (2006-07) y “VvX. Los Vengadores Vs. La Patrulla-X” (2012). A la búsqueda de la simplificación, quedó establecido que Fénix era un ser de naturaleza cósmica que, cada cierto tiempo, pasaba por nuestro planeta y se encarnaba en un ser humano, con preferencia, pero no de manera exclusiva, por las mutantes pelirrojas. A lo largo de su trayectoria, además de la copia de Jean por la que se justificó su primera muerte o Rachel Summers, la entidad tomó como anfitriones a Hope Summers, las hermanas Cuco, los Cinco Fénix (Namor, Magik, Coloso, Emma Frost y Cíclope) y una larga lista de personajes.

 

2018. TERCERA RESURRECCIÓN

La colección protagonizada por la joven Jean Grey del pasado presentaba, como su principal atractivo, el enésimo retorno de la Fuerza Fénix. Era en realidad el preámbulo que facilitaría otra vuelta, la que tiene lugar en La resurrección de Jean Grey, con un “adulta” entre paréntesis en el título dado inicialmente por Marvel, para que no hubiera duda alguna. El ciclo se repite una vez más, confirmando la circularidad de la historia, sólo que ahora hay circunstancias distintas a las que tuvieron lugar en 1984. Esta vez no han transcurrido cuatro escasos años desde la muerte y la resurrección, sino casi tres lustros, en los que el Universo Marvel en general y el entorno mutante, en particular han cambiado como nunca antes y en los que la ausencia de Jean ha llegado a formar parte del paisaje. Sin ella, el Homo superior ha alcanzado momentos de esplendor, y como tal cabe calificar las épocas del Astonishing X-Men de Joss Whedon y John Cassaday, de La Patrulla-X de Matt Fraction, del cisma orquestado por Jason Aaron y Kieron Gillen, o de La Patrulla-X del ayer de Brian Michael Bendis, pero también hemos vivido tiempos de incertidumbre, en que los mutantes parecían arrinconados y al borde de la extinción dentro de Marvel. Lo que ocurre es que, si algo han demostrado estos personajes en sus décadas de existencia, es su capacidad para resurgir, como ave fénix, de las cenizas, y hacerlo más fuertes que nunca. Ojalá que la resurrección de Jean Grey no sea sino el presagio de una nueva, y necesaria, era de grandeza.

 

LA CANCIÓN DEL VERDUGO: UNA SINFONÍA MUTANTE

1992 fue un año crítico para La Patrulla-X. Nada más empezar la década, Chris Claremont, el hombre que había construido la Franquicia Mutante de la nada, decidió abandonarla, ante el excesivo control que le imponía Bob Harras, editor con el que, al contrario que con las legendarias Louise Simonson y Ann Nocenti que le antecedieron en el puesto, Claremont guardaba escasa sintonía. Los dibujantes estrella a los que Harras defendió a capa y espada, con Jim Lee a la cabeza, no tardaron en seguir el camino de Claremont, ya que apenas unos meses después saltaron también de un barco que todo el mundo temía que llegara a hundirse, para formar Image Comics, su propia compañía.

 

 

Las tres principales series de la franquicia (Uncanny X-Men, X-Men y X-Force) perdieron a sus estrellas, lo que obligó a Harras a buscar recambios de urgencia. En el apartado narrativo, Fabian Nicieza, el que ya era uno de los guionistas más prolíficos de la época y que venía encargándose de poner diálogos a los argumentos y dibujos de Rob Liefeld en X-Force, pasó a ser guionista completo de ésta, y también de X-Men. Era, no obstante, en la primera, donde reinaba Cable, un personaje creado por Liefeld bajo la idea de que se trataba de un soldado de fortuna mutante llegado del futuro, al que Nicieza trataba de construir una historia coherente que encajara dentro de los temas de la franquicia. En Uncanny, recayó un joven desconocido, llamado Scott Lobdell, con gran capacidad para las relaciones sociales y un cierto talento para construir diálogos resultones que imitaban los de Claremont. Otras series menores de la franquicia, X-Factor y Excalibur, quedaron en las respetadas manos de Peter David y Alan Davis, respectivamente.

 

Nicieza recuerda aquella época con la frase que utilizó Dickens para comenzar Historia de dos ciudades: «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos». El mejor, porque lo disfrutó enormemente y supuso todo un reto creativo para él y sus compañeros. El peor, porque, siguiendo con los símiles musicales que evoca el título de La Patrulla-X: La canción del verdugo, los que venían interpretando hasta entonces se habían marchado, mientras que aquellos que les habían sustituido apenas sí empezaban a comprender unos instrumentos que no eran los suyos, toda vez que se sentían obligados a tocar una melodía para la que no contaban con partitura.

 

Por si la situación no fuera ya lo suficientemente compleja, en verano de 1992, apenas unos meses después de los cambios creativos, los nuevos tendrían que hacerse cargo de un crossover. Era una costumbre de la línea mutante que se había convertido en tradición. Inicialmente, estos eventos consistían en una gran historia desarrollada por Claremont en Uncanny X-Men, a la que se unían las otras cabeceras por la puerta de atrás, con argumentos independientes que enlazaban en mayor o menor medida con lo que se venía desarrollando en la serie-madre. Sin embargo, Harras quiso cambiar la fórmula que tan buenos resultados había dado con «La masacre mutante» (1986) y «La caída de los mutantes» (1988). A partir de «Inferno» (1989), se pasaría a una estructura episódica que obligara a los lectores a comprar todas las series si querían comprender la historia. El éxito acompañó, de tal manera que «Proyecto Exterminio» (1990) seguiría esa senda, y lo mismo ocurriría con el evento de 1992.

 

El único problema es que nadie tenía ni la menor idea de qué contar en el evento de 1992. Los antiguos albaceas de la franquicia probablemente no habrían tenido demasiadas complicaciones para encontrar un tema con el gancho suficiente, pero los nuevos, como decía Nicieza, todavía no se habían aprendido el repertorio con la soltura necesaria como para salir al escenario e improvisar.

 

Aquí Harras tuvo la inteligencia de darse cuenta que Nicieza era el único de sus escritores con las cosas medianamente claras. Lobdell había llegado ahí por una carambola del destino, de tal forma que al principio se limitaba a escribir diálogos para la historias que construían los dibujantes; Peter David estaba concentrado en sus personajes, un tanto al margen de la almendra central de la franquicia, y Alan Davis no sólo iba por libre, sino que desarrollaba sus historias al margen de cualquier cosa que pudiera ocurrir en el resto de colecciones, con la ventaja de que Excalibur estaba en la muy lejana Inglaterra. Nicieza había demostrado un gran talento a la hora de construir series desde la nada, como había sido el caso de Los Nuevos Guerreros, y supo además embridar a Liefeld para dar cierto sentido a X-Force. Era, en definitiva, un esforzado artesano del procesador de textos, y por eso recibió el encargo de construir el esqueleto de la historia: doce partes repartidas entre las cuatro series principales a lo largo de otros tantos meses. Se sentía el arquitecto de una casa. Él pondría los planos y levantaría los cimientos, mientras que el resto de guionistas, dibujantes y editores añadirían ladrillos, tuberías, puertas y ventanas, un proceso que se llevaría a cabo mediante maratonianas reuniones tan multitudinarias que fue necesario acudir a un centro de convenciones para celebrarlas.

 

Dado que Nicieza era el muñidor del evento, no fue extraño que Cable se convirtiera en la figura central. ¿Quién era verdaderamente el líder de X-Force? Ni siquiera Liefeld, su creador, lo tenía claro, aunque eso no le había supuesto ningún inconveniente a la hora de convertir a Dyscordia, un doble exacto de Cable, en el archienemigo del grupo. Sólo faltaba dotar a aquello de algún sentido.

 

Meses atrás, antes de su marcha, Claremont y Jim Lee desarrollaron una dramática aventura en la que Nathan, el hijo de Cíclope, era infectado con un virus tecno-orgánico. La única esperanza de salvarlo consistía en dejarlo en manos de una misteriosa sacerdotisa que se lo llevaba al futuro, donde podría tener una esperanza de salir adelante. Nicieza observó aquella trama con interés, de manera que pronto buscó una manera de unir al niño perdido con el misterio alrededor de Cable y Dyscordia. En el futuro del que venía, Cable se había convertido en el gran enemigo de Apocalipsis, un villano de La Patrulla-X con una inmortalidad que le permitiría seguir dando guerra por los siglos de los siglos. A su vez, estaba la figura de Mister Siniestro, otro villano que, en este caso, había manipulado la vida entera de Cíclope y Jean Grey, debido a lo preciado de sus genes, hasta el punto de que, cuando ella fue dada por muerta, incluso llegó a crear un clon de la misma, Madelyne Pryor, que con el tiempo se casaría con Cíclope, y fruto de su matrimonio nacería… Nathan.

 

Las piezas empezaban a encajar en la mente de Nicieza. Su croquis inicial, en el que había doce casillas, una por cada episodio, fue variando en las reuniones, de manera que en el borrador final Mister Siniestro no tendría tanta importancia como en un principio, ni aparecería Magneto a mitad de la historia para dar un vuelco gigantesco al argumento… Pero más allá de eso puede decirse que el resultado final de «La canción del verdugo» se parece a grandes rasgos a lo que diseñó el guionista antes de unirse a sus compañeros.

 

Los resultados, con toda la improvisación de la que fue objeto la aventura, resultaron más que satisfactorios. Como historia, «La canción del verdugo» está plena de momentos de enorme impacto en el lector, a los que se suman continuarás que obligan a lanzarse sobre el siguiente capítulo, hasta llegar a un final dramático como pocos, en un escenario tan significativo para La Patrulla-X como el de la Luna, el lugar en el que se desarrolló también el final de «La saga de Fénix Oscura» y en el que, de una manera u otra, siempre cambia el destino de los mutantes.

 

Con «La canción del verdugo», volvió a cambiar. La historia sembró las semillas de muchos más crossovers superventas que tendrían que venir en los años posteriores, desde «Atracciones fatales» a «La Era del Apocalipsis». Su eco llega a sentirse incluso lustros después, como bien demuestra el ciclo de «Complejo de Mesías», «La guerra del Mesías» y «Advenimiento», aparecido ya en el siglo XXI. Pero este evento sirvió sobre todo para asentó el organigrama creado por Harras, que acabaría por convertirse en el Director Editorial de Marvel en parte por el éxito comercial que logró con los mutantes, en parte por la ausencia de ninguna figura carismática que mereciera ocupar ese puesto. Corría el verano de 1992 y la década no había hecho más que comenzar.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. La Patrulla-X: La canción del verdugo

MONOGRÁFICO JIM LEE 6 Y ÚLTIMO: JIM LEE DESPUÉS DE LA PATRULLA-X

Desde los años en que Chris Claremont compartiera cartel con John Byrne, La Patrulla-X no atravesaba un momento de mayor aclamación. Las ventas no sólo se habían multiplicado de manera sorprendente, sino que lectores y crítica coincidían a la hora de calificar aquella etapa como una de las mejores nunca realizada en la mítica cabecera. Lo cierto es que, por primera vez en varios lustros, Claremont no era la estrella indiscutible, sino que tenía que compartir espacio con aquel joven que, apenas unos meses antes, era un total desconocido.

 

En Marvel planificarían entonces un salto al vacío: la creación de una segunda serie, titulada simplemente X-Men, a la que se trasladara el tándem triunfador de Claremont y Lee, que dejaría Uncanny en otras manos. Los episodios fueron, por lo tanto, los últimos que realizarían Claremont y Lee antes de saltar a la nueva publicación. 

 

X-Men se quedaría con los mutantes que Lee mejor sabía reflejar con sus lápices, para los que desarrollaría nuevos trajes, con los que dejaría claro que su estilo de dibujo no sólo era el que debían seguir todas las jóvenes promesas que quisieran llegar lejos, sino que además debían de fijarse en la moda con la que Lee vestía a los héroes: chaquetas, gabardinas, sudaderas, cinturones, bolsillos… Todo superhéroe que se preciara acabaría llevando algo de eso. O incluso todo. Además, el artista participaría en la elaboración de las historias, aunque Claremont siguiera figurando como guionista y co-argumentista. Desde diez años atrás, durante la etapa junto a Byrne, el Patriarca Mutante no había compartido el puesto con nadie. No es que Jim Lee estuviera especialmente interesado en escribir: sólo quería señalar la dirección de la trama, soltar lastre en cuanto a la complejidad que había sido santo y seña de los hombres-X todos esos años. Los nuevos lectores no querían historias enrevesadas que nunca tuvieran final: ansiaban ver a Lobezno saltando rabioso sobre los villanos y a Mariposa Mental posando en bañador.

 

El primer número de X-Men, de ventas millonarias, vio la luz con fecha de octubre de 1991. Claremont apenas permanecería en la cabecera durante tres memorables episodios, en los que se desarrollaba un combate final de los mutantes contra Magneto teñido de triunfo y tragedia al más puro estilo Marvel. Finalizada su escritura y cobrado el mayor finiquito de la historia del cómic, Claremont abandonó la serie que había escrito desde 1975. Ya no se sentía el verdadero creador de las historias, sino un mero trascriptor de los deseos de los editores. Pese a las circunstancias, mantendría una buena relación con Lee, con quien incluso volvería a colaborar años después. El ya encumbrado como Rey Midas del cómic seguiría desempeñando las labores literarias, con una pequeña ayuda primero de John Byrne y luego de Scott Lobdell. Pero el X-Men #11 (agosto de 1992) sería el último en el que participara.

 

Un grupo formado por los más comerciales dibujantes de Marvel se habían puesto en contacto con él. Se sentían ninguneados por la editorial, que estaba ganando mucho dinero gracias a ellos, y querían probar algo nuevo: crear sus propios cómics lejos del ala protectora, a la par que avariciosa, de las grandes editoriales. Todd McFarlane, Rob Liefeld, Jim Valentino, Marc Silvestri, Erik Larsen, Whilce Portacio… Todos ellos querían que Jim Lee les acompañara en aquella incierta aventura, porque sentían que el dibujante de los hombres-X era la figura paterna que aglutinaba a aquella generación dispuesta a romper las reglas del juego. Lee era un hombre de empresa, dispuesto a quedarse en Marvel, pero la arrogancia de los directivos de entonces consiguió que cambiara de idea. El futuro esperaba fuera.

 

 

Image nació en 1992, y en su seno Jim Lee formó el estudio Wildstorm, que acogería inicialmente su creación más ambiciosa, WildCATS, a la que luego se sumarían proyectos como Stormwatch, Deathblow o Gen13. En ellos Lee desempeñó tareas que iban desde mero inspirador a guionista, en esta última demostraría una ausencia de talento equiparable a su desinterés hacia la misma. Fue una época, aquellos primeros noventa, en los que Image conseguiría colocar todos sus títulos entre los más vendidos, lo que recrudecería la guerra de la nueva editorial contra Marvel. La paz se firmaría en 1996, cuando el mercado había entrado en cuesta abajo, y Lee, junto a Rob Liefeld, regresó a la Casa de las Ideas, con un contrato millonario bajo el brazo, para acometer el fallido proyecto Heroes Reborn. El Chico Midas dibujó seis números de Los 4 Fantásticos, y dejó otros seis en manos de colaboradores cercanos, hasta que, transcurrido un año del experimento, Marvel renunció a renovar otra temporada más.

 

 

De vuelta a Image y a Wildstorm, Jim Lee se apuntaría un inesperado tanto, al conseguir que Alan Moore desarrollara toda una línea de tebeos para su sello editorial. ABC englobaría conceptos tan interesantes como Promethea, Tom Strong o La Liga de Los Extraordinarios Caballeros. A su vez, también como editor, Lee ponía en las librerías dos colecciones que contribuirían a cambiar de nuevo la industria: Planetary y Authority. Era 1998 cuando dio la sorpresa: abandonaba Image para vender Wildstorm a DC Comics, donde seguiría funcionando como estudio independiente.

Una década después, Jim Lee permanece al frente del sello, que a día de hoy ofrece algunos interesantes productos. A su vez, DC se ha beneficiado del talento gráfico del que ahora es uno de sus ejecutivos. Lee ha vuelto al tablero de dibujo para acometer sendas sagas de Batman y Superman, que en ambos casos le devolverían a los primeros puestos de venta. Ni siquiera los que denigran su actual colaboración con Frank Miller en una desconcertante revisión del Hombre Murciélago son capaces de perderse ni una sola de las entregas.

Veinte años después de su irrupción en el mundo del cómic, Jim Lee lo ha sido todo en este negocio. Ha estado en ambos lados de la trinchera, le han señalado como un auténtico fenómeno entre los fans, uno de los profesionales que más dinero ha ganado haciendo tebeos, el referente de toda una generación de dibujantes y el símbolo, para bien o para mal, de una década, la de los noventa, convulsa y caracterizada por la supremacía del dibujo grandilocuente sobre las historias. Para sorpresa de todos, Lee no sólo ha conseguido sobrevivir a una época de la que pocos de sus contemporáneos han salido indemnes, sino que ha logrado reinventarse a sí mismo: situarse, como editor, detrás de obras de gran interés en las antípodas de su estilo, a la vez que llevaba sus habilidades artísticas hasta los más altos niveles de excelencia. En veinte años, Jim Lee ha demostrado que aquel chaval que revolucionó a La Patrulla-X primero, y al tebeo americano después, no sólo estaba llamado a ser el artista más importante de su tiempo, sino también el que demostrara una mayor inteligencia.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

MONOGRÁFICO JIM LEE 5: DE LA TIERRA SALVAJE AL ESPACIO… Y MÁS ALLÁ

La reunificación de La Patrulla-X, desbandada desde casi dos años atrás, se llevaría a cabo durante una extensa aventura que Chris Claremont y Jim Lee desarrollarían en Uncanny X-Men #269-277 USA. Tres de esos episodios, sin embargo, interrumpirían la narración para dar cobijo a un cruce con otras series mutantes, denominado “Proyecto Exterminio”. 

Aquella epopeya partiría de dos enclaves recurrentes en el pasado de los mutantes, tan fundamentales como antitéticos: la Tierra Salvaje, paraíso perdido en el que la evolución se había detenido y los pocos humanos que allí había convivían con dinosaurios, y la galaxia Shi’ar, imperio galáctico gobernado por viejos amigos de los mutantes, y donde llevaba largo tiempo aparcado el Profesor Xavier, personaje que Claremont prefería mantener alejado de sus alumnos. En la ecuación también entraría Pícara, integrante de La Patrulla-X cuya imagen, en manos de Lee, cambiaría radicalmente: la que antaño fuera la tipa dura del grupo, la antigua villana que se había ganado su puesto con sangre, sudor y lágrimas, se descubría de pronto como una auténtica belleza sureña, con un encanto que seduciría tanto a los lectores como a los protagonistas del cómic… ¡Incluso el mismísimo Magneto!

 

En cuanto a Magneto, había desarrollado una evolución modélica a lo largo de los años, que le había llevado a pasar de peor enemigo de los mutantes a valioso aliado. Los planes de Claremont pasaban por arrastrar a Magnus, uno de sus personajes favoritos, hacia una encrucijada en la que se viera obligado a asumir el papel de líder del equipo. Tales previsiones, sin embargo, se verían posteriormente frustradas por la editorial, desde la que se le exigiría a Claremont que devolviera sus galones de villano al Amo del Magnetismo… Pero en estos episodios se hacen patentes las intenciones del escritor.

La mencionada no sería la única fricción que se viviera detrás de las bambalinas, entre el veterano y respetado autor, Claremont, y la nueva atracción de la ciudad, Lee. A la hora de dibujar la historia, éste introduciría algunos cambios en el guión, como por ejemplo la presencia de los Skrull de Guerra, unos villanos que no estaban contemplados en el argumento entregado por Claremont, lo que motivó nuevas protestas del escritor. Bob Harras desoiría las quejas para apoyar a su dibujante y tenía buenas razones para hacerlo: las ventas estaban subiendo como la espuma, los lectores sentían que la colección había recuperado el pulso de sus mejores años, y muchos comparaban el tándem creativo de Claremont-Lee con el de Claremont-Byrne, mitificado en la memoria de los lectores como uno de los mejores de la historia del cómic.

 

Dinosaurios y extraterrestres. Villanos arrepentidos de aspecto regio y espías de lujo. Naves espaciales y praderas interminables. La Patrulla-X volvía a ser “el tebeo que había que leer”.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

MONOGRÁFICO JIM LEE 4. AVENTURA EN MADRIPUR

Un mes más tarde de su debut como dibujante regular de Uncanny X-Men, ya sin Portaccio, pero siempre con Williams, Jim Lee se embarcaría en la que sería considerada una de las mejores historias de esta etapa, aunque simplemente se trate de un sencillo episodio autoconclusivo. La trama sigue los pasos de Lobezno, Júbilo y Mariposa Mental tras los acontecimientos de “Actos de Venganza”, y les lleva hasta Madripur, la isla sudoriental que utiliza habitualmente Logan como base de operaciones y en la que, durante la Guerra Mundial, se desarrollara una extraordinaria aventura del mutante de las garras de Adamántium junto al Capitán América, cuya narración en forma de flashback complementaba el episodio.

 

 

Aquel cómic se convirtió de inmediato en objeto de adoración por parte de los lectores, a causa de múltiples motivos. Claremont dejaba de lado la gran saga que llevaba desarrollando desde más de un año atrás, con los mutantes yendo y viniendo del Lugar Peligroso, para centrarse en un suceso del pasado de Lobezno, raro manjar que en contadas ocasiones el guionista llegaba a ofrecer a sus seguidores. “Caballeros de Madripur” se erige así como un clásico instantáneo que juega con los elementos de la mejor de las películas de Indiana Jones: un enclave neutral a la par que exótico donde la Segunda Guerra Mundial se desarrolla de manera subrepticia; héroes sin tacha aliados con otros vigilantes, de moralidad más cuestionable, mujeres de curvas imposibles y glamour insuperable, villanos de negro corazón que tan pronto visten el uniforme nazi como el traje de ninja… 

Parecía un filme de Lucas y Spielberg con la mejor fotografía posible: Jim Lee dotó a aquella aventura con mayúsculas de épica y grandiosidad. Y los lectores no podían dejar de preguntarse: “Si es capaz de hacer esto sólo con Lobezno y sus acompañantes, ¿hasta dónde llegará cuando se reúna el grupo al completo?”.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

MONOGRÁFICO JIM LEE 3. LA LLEGADA DE GAMBITO

Jim Lee se convirtió, de forma oficial, en el dibujante de Uncanny X-Men a partir del #267 (1990). Curiosamente, aquel primer episodio estaba firmado por los Homage Studios, que agruparía a Lee junto al también dibujante Whilce Portaccio, amigo y compañero con el que trabajaría codo a codo durante unos cuantos años, y Scott Williams, su entintador-fetiche.

 

Pero, para entender este episodio, el último de una aventura en tres partes, debemos retroceder hasta más de un año atrás: En el Uncanny X-Men #248 USA (aquel número de relleno con el que Lee había entrado en contacto con la Oficina Mutante), la Diosa de los Elementos encontraba la muerte durante una batalla contra Nanny y Creahuérfanos, dos estrafalarios villanos que Claremont había importada de X-Factor, la cabecera escrita por su buena amiga Louise Simonson.

Meses después, en UXM #253 USA, Ororo volvía de nuevo a la acción, amnésica y transformada en una niña, sin que quedasen claros los motivos de semejante cambio. Y así llegamos a la aventura que nos ocupa, en la que al tiempo que nuestra Ororo pre-adolescente huye del Rey Sombra (un viejo enemigo del Profesor Xavier), tiene lugar el encuentro con Gambito, un carismático ladrón, también mutante, con el que conectaba de inmediato.

Pese a que fueran dos dibujantes menores quienes desarrollaron los dos primeros episodios de la saga (UXM #265 y #266) sería Jim Lee quien la concluyera, en el cómic que mostramos a continuación. No en vano, había sido él quien desarrollara el diseño de Gambito, bajo supervisión de Claremont: “Es un renegado perteneciente a un clan de ladrones de Nueva Orleans. Tiene acento francés y va por la vida rompiendo corazones. Muy carismático, con un estilo parecido al de John Malkovih”, describía el guionista en sus directrices. Lee haría todo eso, pero también añadiría unos cuantos elementos de su cosecha, como la gabardina (“Para que parezca más real”, decía) y sus poderes: la capacidad para cargar objetos con energía (habitualmente cartas de una baraja), que luego arroja contra el enemigo. Un agradable detalle gráfico, que se iluminen los ojos de Gambito en el momento de producirse la carga energética, sería obviado por la mayoría de dibujantes posteriores, pero gozaría de un tratamiento exquisito en manos del coreano.

En aquel ya lejano 1990, Remy Lebeau embelesaría a cuanto individuo se cruzara en las viñetas, pero también a legiones de lectores, que le destacarían en seguida como uno de sus personajes favoritos de la nueva Patrulla-X que todavía se estaba gestando.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

MONOGRÁFICO JIM LEE 2. ACTOS DE VENGANZA

En 1989, los mutantes de Marvel atravesaban un momento complejo. Las enrevesadas tramas de Chris Claremont habían alcanzado un punto de catarsis a partir del cual lo imposible era probable. La Patrulla-X había muerto ante las cámaras de televisión para luego, lejos de ojos indiscretos, volver a la vida y asumir el papel de leyenda urbana. Como consecuencia de ello, sus miembros ya no podían ser detectados por medios mecánicos y habían cambiado su residencia hasta un pueblo perdido de Australia, donde Claremont complicaría aún más sus vidas. Acosados por sus enemigos, cada uno de los hombres-X había saltado a otra dimensión, llamada el Lugar Peligroso, de la que regresaban completamente alterados. 

 

Mientras discurría aquella historia-río, Bob Harras, entonces responsable editorial de las colecciones mutantes, se encontró con un pequeño problema. Durante los meses de verano, la serie aparecería quincenalmente. El dibujante habitual, Marc Silvestri, que ya acumulaba unos cuantos retrasos, no podría acometer tantas entregas. Al menos tres de ellas debían ser cedidas a otro autor.

Por entonces, Harras ya se había fijado en Jim Lee, quien más pronto que tarde estaba llamado a misiones de mayor envergadura que la colección secundaria de Punisher. Pero el editor nunca había trabajado con él, así que primero le puso a prueba. Le encargó que dibujara, a toda prisa, el The Uncanny X-Men #248 USA (1989). No era un cómic fácil, pero quince días después, Harras tuvo en sus manos las 22 páginas y la portada, todas de una elevada calidad. Era evidente que Lee podía acometer aquellos tres episodios veraniegos, de suma importancia no ya para su futuro, sino para el de la industria del cómic.

Dicha aventura (The Uncanny X-Men #256-258 USA, 1989-1990) estaba encuadrada dentro de “Actos de Venganza”, una saga que, pese a leerse de forma independiente, enlazaba con otros títulos de la editorial. La premisa era, cuanto menos, interesante: los grandes villanos se intercambiaban entre ellos a sus principales enemigos, lo que daba lugar a situaciones nunca antes vista. Por ejemplo: mientras Magneto estaba batallando contra Spiderman, a La Patrulla-X le tocaba enfrentarse con… ¡El Mandarín! Sin embargo, a causa de la diáspora al Lugar Peligroso, de los hombres-X sólo quedaba en pie Lobezno y una joven ayudante, recién adquirida por Logan, llamado Júbilo. Al lado del criminal, por contra, los lectores descubrirían una insospechada presencia: la de una antigua mujer-X que, tras pasar por el Lugar Peligroso, incluso cambiaba de raza.

 

Había llegado su oportunidad y no la iba a desaprovechar. En esos tres números, Jim Lee explotó sus habilidades hasta el paroxismo: composiciones cinematográficas, detallismo casi enfermizo, figuras humanas perfectas y en posturas de revista… Todo eso estaba presente en uno de los guiones más inspirados de Claremont. El escritor había contado durante su carrera con compañeros de viaje capaces de sacar todo el jugo a su prosa, como John Byrne, Paul Smith, Bill Sienkiewicz, Frank Miller, John Romita Jr. o Arthur Adams. Sin embargo, llevaba largo tiempo sin encontrar un aliado con el que alcanzar los niveles de éxito logrados junto a los anteriormente mencionados.

Lo más sorprendente es que Jim Lee no era todavía el dibujante fijo de La Patrulla-X, sólo un mero sustituto. Pero aquellos memorables episodios bastaron para que todos, lectores y aparato editorial, ansiaran que asumiera tal posición, algo que ocurriría apenas unos meses después.

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

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