CARTAS MARCADAS: LOEB Y SALE ANTES DE LA GRANDEZA

Stan Lee y Jack Kirby, Dennis O’Neill y Neal Adams, Chris Claremont y John Byrne, Marv Wolfman y George Pérez, Garth Ennis y Steve Dillon, Ed Brubaker y Sean Phillips… algunas de las obras más destacadas del cómic estadounidense se asientan sobre los hombros de sólidos equipos creativos compuestos por un escritor y un dibujante de talentos equiparables, y cuya suma es mayor que el valor de las partes. En los años noventa, el formado por Jeph Loeb y Tim Sale destacó sobremanera gracias a la tetralogía de colores que realizó en Marvel o las historias para Batman y Superman construidas en DC Comics. Pero Loeb y Sale no salieron de la nada; antes realizaron trabajos que pasaron inadvertidos, pero que revstían un valor indudable, además de que sobre ellos tomaron impulso para sus obras más ambiciosas. La miniserie Lobezno / Gambito: Víctimas es uno de ellos.

¿Alguien recuerda a Los Retadores de lo Desconocido? Fueron un invento de Jack Kirby anterior a Los Cuatro Fantásticos, cuya presencia en los libros de historia tan sólo obedece al hecho de haber servido como precursores lejanos de La Primera Familia. en la DC Post-Crisis los editores buscaban la combinación perfecta de buenos autores y conceptos olvidados. Después de poner al día a los grandes de la casa les fue tocando el turno a los más variopintos secundones, lo que posibilitó la reinvención de personajes que hoy en día se han convertido en leyenda (Animal Man, Question, Sandman…), en un recuerdo agradable (la Doom Patrol pre-Morrison, el Capitán Atom, Halcón y Paloma…) o en todo un misterio perdido en las cajas de saldo de las librerías especializadas (la miniserie que protagonizaron estos viejos personajes).

Arrancaba la década de los noventa y ni un pelo de tonto tenía Jeph Loeb. Nacido en 1958 en Connecticut y californiano de adopción, en sus estanterías reposaban todos y cada uno de los tebeos publicados por Marvel y DC desde 1964. Todos. Una etiqueta segura de aficionado comiquero incombustible para un tipo que, hasta entonces, se ganaba la vida en la industria cinematográfica escribiendo y produciendo títulos que no entrarían precisamente en ninguna lista de obras maestras: Comando y De pelo en pecho (ambas de 1985), por poner un par de ejemplos más que ilustrativos. Afición y trabajo se encontraron, y Loeb conoció a Jenette Kahn, entonces presidenta de DC, con motivo de un proyecto de película de Flash que nunca llegó a materializarse. Loeb por lo menos salió del encuentro con la invitación a convertirse en guionista de tebeos. Y así empezó todo.

Puestos a pedir, el recién llegado quería trabajar con Batman, Superman o Wonder Woman. Ninguno de los tres estaba disponibles, de ahí que acabara fijándose en… Los Retadores de lo Desconocido. La gran ventaja era que podía hacer prácticamente lo que quisiera con ellos, que nadie iba a protestar por el tratamiento que le diera al cuarteto de aventureros. El gran inconveniente era que probablemente nadie se fijara en el cómic, pero qué diablos. Con el sueldo de Comando, había pagado la hipoteca de su chalet y no tenía grandes ahogos económicos. Podía permitirse semejantes ligerezas. Fue entonces cuando Tim Sale entró en escena. En aquel momento, este neoyorquino nacido en 1956, marvelita declarado, artista daltónico y alumno de John Buscema tan sólo había publicado sus dibujos para las novelas gráficas de la saga literaria Thieves’ World, mientras que sus miniseries de Grendel (con Matt Wagner) y Amazon (Con Steven T. Seagle) estaban a punto de salir a la calle. Barbara Kesel presentó a ambos autores y enseguida decidieron trabajar juntos. Lo que más le atrajo a Loeb fue que Sale, con su trazo limpio y elegante, dibujaba gente real, e incluso fea cuando era necesario.

Challengers se publicó a lo largo de 1991, pasando por completo inadvertida entre los lectores, pese a que reunía todas las condiciones para llegar a título de culto: un guión complejo y sin concesiones, experimentos narrativos en cada página, un montón de guiños a la cultura popular en general, y a la cinematográfica y comiqueril en particular, y un resultado difícil de leer, pero agradecido de degustar, surrealista y divertido. El mítico editor Archie Goodwin sí apreció los méritos de la miniserie y encargó a Sale una saga para Legends Of The Dark Knight, escrita por James Robinson. Goodwin estaba tan satisfecho que invitó a Sale a que preparara una segunda historia. Sale propuso a Loeb como guionista, y el resultado fue “Choices” (luego renombrado “Fears”), el primero de una trilogía de especiales de Halloween del Hombre Murciélago al que seguirían “Ghosts” en 1994 y “Madness” en 1995. Supusieron un inesperado éxito de ventas y que Loeb entrara en el radar de Marvel en general y de la Franquicia Mutante en particular, donde empezó a escribir la serie abierta de Cable, participó en “La Era de Apocalipsis”, creó a X-Man y, en lo que a nuestro objeto de interés se refiere, se trajó a su colega Tim Sale.

Formando equipo creativo, ambos se estrenaron en Marvel con una pequeña, pero muy sugestiva y sofisticada, aventura de Bishop, que apareció como complemento de The Uncanny X-Men Annual #18 USA (1994) y con la que se completa este tomo. La segunda fue la miniserie que lo encabeza, y que contaba como protagonistas con los que entonces eran los dos hombres más populares del momento: Lobezno y Gambito. Vista con la perspectiva de los años, “Víctimas” representa una saludable excepción, dentro de lo que venía siendo la Franquicia Mutante en los noventa. Era una época en la que se tendía a integrar cualquier producto dentro del maremágnum de tramas, casi siempre relativas a las figuras de Apocalipsis o Mister Siniestro y que costaban entender de manera autónoma. El dibujo solía ser abigarrado, con abundancia de poses de póster y en línea con los excesos del momento. Predominaban los escenarios desnaturalizados, desde la base secreta del villano a los futuros distópicos alternativos. Por suerte, nada de eso está aquí. “Víctimas” no es sino un relato de corte noir cargado de intimismo y que se construye con lentitud, dejando que respire la narración. Loeb parece contar la historia en voz baja, poniendo ya en práctica ese viejo truco que tanto ha repetido luego de que los textos de apoyo expliquen algo diferente a lo que muestran las viñetas, y dejando a su vez que el soberbio arte de Sale hable por sí mismo. El artista había empezado a hacer efectivo el alejamiento de los artificios gráficos utilizados con Los retadores de lo desconocido, y ya empieza a sustituirlos por una exaltada grandiosidad de la que luego haría gala en proyectos posteriores.

La miniserie funcionó bien, y podría haber sido el comienzo de un conjunto de nuevos proyectos… sólo que entonces Loeb y Sale se reencontraron con Goodwin en la San Diego Comicon, comieron juntos, se acordaron del Batman: Año Uno de Frank Miller y decidieron construir una maxiserie con los mafiosos que habían aparecido en la mítica historia. Fue así como nació Batman: El largo Halloween, la obra que lanzó al estrellato definitivo a la pareja. Luego llegaron, no necesariamente en este orden, las secuelas de ésta, Superman: Las cuatro estaciones y, claro está, la vuelta triunfal a Marvel coincidiendo con el nuevo siglo y con la Dirección Editorial de Joe Quesada. Empezó entonces la tetralogía de los colores, con su toque nostálgico y evocador, asentado en los años dorados de cada personaje protagonista, pero quedaron atrás las aventuras propias, surgidas de la imaginación de los autores y sin referentes previos sobre los que apoyarse. Las historias contenidas en este volumen se erigen así como una curiosidad, un presagio del potencial que ya atesoraban sus autores en aquel lejano 1995 y, quizás, como un precedente sobre el que construir futuros proyectos. Aquellos a los que nos gustaría ver a Loeb y Sale otra vez en Marvel, con algo nuevo, excitante y distinto a lo anterior, lo agradeceríamos inmensamente.

EL OTRO SIGNIFICADO DE BLUE

 

Blue [Blu:} ADJ. Azul; cielo; triste, deprimido/a; to feel… estar tristón/ona, tener pena; enamorado. (Collins English-Spanish Dictionary. Harper Collins, tercera edición. 1998).

 

Tengo un viejo amigo que se llama Peter.

 

Le conozco desde hace más años de los que pueda recordar. Vino conmigo al colegio, al instituto, a la universidad, a las clases de post-grado y al trabajo. Podría mirar hacia cualquier momento de mi vida, y sería completamente diferente a cualquier otro, pero siempre encontraría un denominador común: Peter estaba allí, a mi lado. A lo largo de todo este tiempo, le he visto estudiar, pasar cursos, enamorarse, sufrir la pérdida de unos cuantos seres queridos, casarse, separarse… Y, mientras tanto, yo también terminaba el instituto, empezaba la carrera, pasaba cursos, perdía series queridos, me enamoraba…

 

¿Queréis que os cuente un pequeño secreto? Bueno, en realidad no es pequeño, pero no lo podéis revelar por nada del mundo. Aunque Peter parezca un chico de lo más normal, no lo es. Cuando tenía dieciséis años le picó una araña radiactiva que alteró su composición celular. Imaginaros a aquel chico que se había pasado toda su vida acurrucado entre sus tíos, con los que vivía desde que sus padres murieron cuando era muy pequeño, siempre escondido en sus libros de ciencias y tras aquellas enormes gafas… Imaginaros a aquel chico que, de la noche a la mañana, tenía en sus manos un asombroso poder que le permitía trepar paredes, saltar de tejado en tejado, moverse como una auténtica araña humana… Imaginaros la sensación. Peter pecó de orgullo, pero cualquiera de nosotros lo hubiera hecho. Qué diablos, tan sólo quería utilizar esos poderes para conseguir algo de dinero con el que ayudar a sus tíos. Entonces dejó escapar a un ladrón que podría haber detenido fácilmente. Y ese ladrón fue el que asesinó a su tío Ben. Peter comprendió, por las malas, que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Desde entonces, viste la máscara del asombroso Spider-Man.

 

Y como Spider-Man ha luchado contra terribles villanos, ha estado al borde de la muerte en múltiples ocasiones, e incluso ha ayudado a salvar al mundo en otras cuantas. Pero, a pesar de todo ello, Peter ha seguido siendo un chico como otro cualquiera. Un chico que se ha hecho mayor, como yo. Un chico que ya no tiene dieciséis años, que ya no va al instituto, que ya no mira al mundo con la inocencia que un día tuvimos y, no sé cuándo, perdimos. Peter, ay, como yo, merodea peligrosamente la treintena. Siente cómo los últimos quince años han pasado en un suspiro, siente que se le han escapado de las manos sin que apenas se diera cuenta. Ya no tiene “toda la vida por delante”, como cuando estaba en el instituto. Los días pasan deprisa, y cada vez se parecen más los unos a los otros. Como dice la canción, cada año parece más corto. Nunca encuentras tiempo. Los planes se quedan en media página con palabras sin sentido garabateadas.

 

Y entonces, miras hacia atrás. Miras hacia tu Edad de Oro. Todos tenemos una. Es esa época en la que todo era perfecto. Es esa época en la que eras inmensamente feliz, aunque ni siquiera tú lo supieras entonces, y sólo puedas descubrirlo con el pasar del tiempo. Para Peter, esa época es su primer año de universidad, cuando tenía dieciocho años y conoció a Gwen y Mary Jane, las dos mujeres más importantes de su vida, aunque él ni siquiera lo imaginaba. Fue la época en la que compartió gratis un piso con Harry, su mejor amigo. Fue la época, nunca lo creeríais si le conocierais ahora, que Peter iba por ahí en moto.

 

¿Qué fue de la antigua moto? Creo que al final acabó empeñándola, una de aquellas veces que estaba tan pelado de dinero que hubiera vendido hasta su última camisa. Eso también lo aprendes con los años. Sí, es cierto que hay gente que acaba triunfando, acaba ganando un pastón increíble, conduciendo un coche increíble y viviendo en una casa increíble con un perro y unos niños y una mujer increíble. Pero no es nada que vaya a pasar ni a Peter, ni a mi, ni a nuestros amigos. El dinero va y viene. El trabajo va y viene. Las chicas van y vienen. Pero a lo que iba…

 

Gwen. Se hubieran casado antes de cumplir los veinticinco. Eran de ésos. Toda la angustia existencialista que había atenazado a Peter durante su adolescencia acabó enterrada tan pronto como ella se instaló en su vida. Tiene gracia, porque Gwen le echó el ojo a Peter desde el primer día de clase, pero no puede decirse que entonces se llevaran bien. Él estaba distraído (intentando conseguir el antídoto que salvara la vida de su tía May, enferma debido a la transfusión que él mismo le hubiera hecho… pero eso es otra historia), y cuando Peter está pendiente de una cosa, se olvida de todo lo demás. Gwen interpretó aquella actitud como desaire, pero eso sólo sirvió para aumentar su interés hacia el bueno de Pete. Al final, un tipo que siempre había tenido que sudar la gota gorda para llevarse a la chica, la consiguió casi sin darse cuenta. Podrías pensar que una chica como Gwen se debería haber fijado en cualquier otro tío, o que Peter simplemente habría estado demasiado ocupado pateando el culo del Doctor Octopus como para descubrir que ella estaba allí, pero no ocurrió. Acabaron juntos, porque no podía ser de otra forma, como si la magia hubiera tenido algo que ver.

 

Mary Jane. Como si no hubiera bastante con Gwen. Hacía meses que tía May andaba conchabada con su vecina, Anna Watson, para que los niños de la casa se conocieran. Los niños eran, claro, Peter por parte de tía May… y Mary Jane por parte de tía Anna. Peter, el muy cabestro, sospechaba que Mary Jane debía ser una gorda, calva e insoportable tonta, por eso había hecho lo imposible por escaparse de todas las citas a ciegas que las dos amorosas tías habían preparado para sus los encantadores sobrinos. Pero Mary Jane no era ni gorda, ni calva ni mucho menos tonta, aunque alguno pudiera pensar que aquella pelirroja irresistible no debía tener demasiadas luces en su linda cabecita. Las tenía, vaya si las tenía. ¿He dicho ya que parecía mágica la manera en la que Peter y Gwen habían acabado juntos? En esa misma época, Peter conoció por fin a Mary Jane, y fue uno de esos encuentros que quedan grabados a fuego en la memoria. Fue verla y querer saberlo todo de ella, y no entender cómo había pasado todos esos meses esquivándola. Y ya teníamos el lío en la cabeza del pobre Peter, dividido entre dos mujeres maravillosas. Como Betty y Verónica con Archie, pero esta vez no era un tebeo para críos. Era la realidad.

 

Ah, y también estaban Harry y Flash, espectadores boquiabiertos de lo que pasaba. Flash conocía a Peter desde el instituto. Bueno, sería más apropiado decir que Flash llevaba siendo la peor pesadilla de Peter desde el instituto. Con el tiempo, habían aprendido a soportarse, pero Flash no podía comprender que la rubia bebiera los vientos por el canijo Parker, y que él encima apareciera un buen día con la pelirroja. El mundo se había vuelto loco. Flash no entendía que su momento había pasado, en apenas un abrir y cerrar de ojos. Aquella no era su Edad de Oro, era la de Peter. La suya había empezado y terminado ya, cuando todos le miraban como una gran estrella del fútbol. Para lo que le serviría.

 

Harry. Harry nunca tuvo una Edad de Oro. O quizás fue tan breve que apenas pudo apreciarla. En aquella época, el niño rico luchaba por el amor de su padre, sin saber que su padre era un psicópata cuya maldición arrastraría a ambos a la tumba. Pensó que encontraría su consuelo en Mary Jane, pero aquello no funcionaría. Funcionó lo de Peter con Gwen, y envidió a su amigo más que a nadie en el mundo. Su amigo, el que le había ayudado a estudiar, el que había aceptado compartir piso con él para no sentirse tan solo como estaba. Al menos Harry no sabía lo que vendría luego, y ese es el mejor consuelo que pueden esperar quienes le conocieron.

 

Ha llovido tanto desde entonces… Gwen murió. Mary Jane se casó con Peter. Harry también murió. Flash acabó hundido en una botella, sin comprender el motivo por el que los días de la estrella de fútbol habían terminado. Como había terminado aquella Edad de Oro. Aquellos años en azul. Azul enamorado, como estaba Peter, no sólo de Gwen, o más tarde de Mary Jane, sino de una época irrepetible. Azul nostálgico, entristecido, como es el poso amargo que deja el recuerdo de aquello que se ha perdido para siempre. Recuerdos en azul brillante, porque, sin buscarlo y sin saberlo, el brillo en los ojos de una chica había hecho de su vida algo maravilloso.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Age nº 16

Crónica arácnida del Salón del Comic de Barcelona 2015

Con algo de retraso debido a la reconfiguración de la página, os traigo la crónica de nuestra experiencia en el Salón del Comic de Barcelona de éste año. Digo nuestra porqué, como ya viene siendo habitual, en este salón nos reunimos gran parte de la plantilla de Bajo la Máscara: Latro, recién llegado desde Zaragotham, el gran Isra, el sempiterno Leoweb y el genial JM del Salto Miro, junto al que escribe estas líneas. Fue una quedada estupenda en la que incluso tuvimos tiempo de hablar de algún que otro proyecto en construcción para la página.

A pesar de que el foco del Salón de este año correspondía a otros personajes como el Joker o el Capitán America, nos las apañamos para encontrar algunos autores relacionados con nuestro amistoso vecino Spider-Man.

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