1982. SEIS DIBUJANTES PARA LA PATRULLA-X

Entretanto, por el bullpen circula el comentario de que la serie es buena, es excelente, pero no llega a los niveles alcanzados con Byrne, pese a que las ventas no hayan dejado de crecer. De una media de 260.000 ejemplares mensuales vendidos en 1980 ha pasado a 313.000 en 1981. Shooter desempolva una vieja propuesta de Cockrum anterior a su vuelta a Uncanny y se pone a leerla con detenimiento. Poco después telefonea al dibujante.

-Dave, he leído tu propuesta, The Futurians, y me encanta. Creo que deberías prepararla. Podemos lanzarla a lo grande, con una novela gráfica de presentación y una serie regular. Tendrás los derechos de autor sobre tus personajes, como hacemos en Epic. Suma a eso los incentivos. Estamos pagando incentivos a todo lo que supere las cien mil copias. Tendrás incentivos y derechos de autor para ti solo. Con un álbum de seis dólares. Piénsate si te interesa esto o seguir en la Patrulla-X.

 

Cockrum quiere hacer The Futurians. Es su invento, le ha dado forma y lo ha modelado sin otra ayuda que la de su imaginación. La Patrulla está bien, pero ya no se parece al grupo surgido del Giant-Size. Imitar a Byrne hasta el hastío no es su idea de creación artística. Habla con Chris y la Jones y deciden, de mutuo acuerdo, que si tanto le entusiasma The Futurians, que no se preocupe y deje a los mutantes. Ya buscarán a alguien. Jones empiezan a barajar opciones entre los artistas que han trabajado con mutantes durante las dos últimas temporadas, muchos de ellos dentro de la serie regular a causa de los problemas de Cockrum para entregar veintidós páginas mensuales.

Opción uno. Michael Golden se ocupa de los dos primeros Marvel Fanfare, que inmediatamente le facilitan el encargo del The Avengers Annual10. Es un dibujante preciosista, de rasgos bellos y barrocos. La fuerza de su trabajo sirve para ocultar errores propios de un novato. Problema: demasiado lento, incapaz de cumplir las fechas de entrega.

Opción dos. John Buscema, autor de un relato de Bizarre Adventures 27 protagonizado por Jean. Perfecto dominador de la figura humana, Buscema es un clásico del género. Demasiado clásico para la Patrulla-X, piensan Claremont y Jones. Además, odia los superhéroes.

 

Opción tres. George Pérez, autor del relato protagonizado por el Hombre de Hielo. Es el hombre perfecto para la Patrulla-X. Discípulo de Byrne, consigue superarle en precisión y detallismo. El UXM Annual 3 le coloca en primera posición de salida para dibujar la Patrulla-X. Problema: está muy contento en DC.

 

Opción cuatro. Bill Sienkiewicz, remedo de Neal Adams al que Jones encarga el UXM 159 (VII 82) y el UXM Annual 6 (1982). En ambos, la Patrulla-X se enfrenta a un Drácula fascinante, enamorado de Tormenta. Claremont rescata así al Príncipe de las Tinieblas de su supuesta muerte en el último número de la colección que protagonizara durante siete años (Tomb of Dracula70, VIII 1979). Sienkiewicz es el dibujante adecuado para la aventura, pero está por ver que encaje en la serie regular. Algo que, de momento, no se podrá comprobar, ya que prefiere seguir dibujando Moon Knight, donde utiliza experimentos visuales que le estarían vetados con la Patrulla-X.

 

Opción cinco. Brent Eric Anderson, dibujante de Dios ama, el hombre mata, del Annual 5 (1981) y del UXM 160 (VIII 82). Este último número cuenta con la presencia de Belasco, uno de los villanos que Anderson ha tenido que dibujar en Ka-Zar. Belasco es el demoniaco príncipe del Limbo que secuestra a Illyana, la hermana de Coloso. El Limbo es un mundo de fantasía donde no se aplican las leyes de espacio y tiempo. La Patrulla rescata a una Illyana que ha pasado siete años junto a Belasco. Lo ocurrido en ese tiempo es la semilla de una nueva miniserie que no tarda demasiado en posponerse. Brent Anderson resulta espectacular con la novela gráfica, competente en el Annualy escalofriante en este número, pero es incapaz de entregar cada mes un trabajo de calidad similar.

 

Opción seis. Paul Smith, que dibuja el cuarto número de Marvel Fanfare. Al igual que Golden, es capaz de imprimir en su trazo una belleza y elegancia absoluta. A diferencia de Golden, ese trazo es limpio, pura línea clara americana. Además, puede dibujar cualquier cosa sin protestar. Es un artesano sin ínfulas de autor. Hace lo que diga el guionista o el editor de turno. La decisión está tomada.

1986. CHRIS CLAREMONT TOMA EL CONTROL

Es 1986. Spin-Offs. Colecciones que crecen como setas al lado de una seta mayor. Una serie es un spin-off cuando la leen solo aquellos que siguen la serie madre. Es el precio del éxito. A Claremont le gusta ser conocido y admirado. La fama es muy agradable. Pero tiene un lado malo. Marvel está explotando la gallina mutante de los huevos de oro como si se tratara de Spider-Man. Claremont piensa que hay demasiados tebeos tratando el tema. Son demasiados desde el momento en que él no pueda escribirlos todos. Es un pensamiento egoísta pero es lo bastante humano como para sentirse egoísta. X-Factor supone una intromisión en su universo particular que no puede permitir. Lo que hagan con el Ángel, la Bestia o el Hombre de Hielo no le importa. Pero que utilicen a Cíclope, Madelyne Pryor o Jean Grey –Dios, Jean Grey, qué falta de respeto a los muertos- lo considera una provocación. Apoyado en que las ventas de los primeros números de X-Factor no han sido todo lo excelentes que se esperaban a pesar de la inmensa campaña de publicidad, Claremont comienza a presionar. Es consciente de que no puede conseguir el cierre de la serie, pero hay alternativas más o menos decentes. Jim Shooter ofrece varias, cambia a los editores Mike Carlin y Michael Higgins por Bob Harras, un hombre de su absoluta confianza, y, finalmente, con tan sólo cinco números y un Annual en su haber, destituye a Bob Layton. En su lugar, tal y como ha prometido a Claremont, sitúa un equipo creativo de lujo: Weezie Simonson en los guiones y su marido Walter al dibujo. Ambos acometen el trabajo como una operación a vida o muerte. Enseguida identifican los grandes problemas de X-Factor. Con la ayuda de Claremont, buscan soluciones y se marcan un plazo de un año para ponerlas en práctica.

Primer problema. Dejando aparte la mediocridad de los cinco primeros números, la premisa de la serie es absurda. Si los chicos de X-Factor se hacen pasar por cazadores de mutantes para así rescatarlos lo que conseguirán no será más que acentuar la histeria anti-mutante. El grupo necesita encontrar otra razón de ser. Una razón de peso. ¿Solución? Ponerles contra las cuerdas. Hacerles ver que se han equivocado. Transformar al promotor de la idea, Cameron Hodge, amigo de la infancia del Ángel, en un malvado conspirador de oscuros propósitos que acaba liderando su propio grupo de villanos, La Verdad.

 

Segundo problema. No se sostiene que Cíclope consiga ocultar a Jean su matrimonio. Por mucho que Layton quisiera ignorarlos, Madelyne y Nathan siguen existiendo. ¿Solución? Cíclope desvela la verdad a Jean en el tercer número escrito por Weezie Simonson (XF 8, IX 86). Poco después, Summers regresa a casa en busca de esposa e hijo, pero no están, han desaparecido. Solo queda un cadáver con el aspecto de Madelyne (XF 13, II 87). No es ella, por supuesto, pero Scott pensará que sí, lo que en cierta forma viene a justificar que deje de buscarla y vuelva al lado de Jean. Claremont se hará cargo de Madelyne en Uncanny (es su personaje y está encariñado con ella), mientras que Nathan seguirá desaparecido a la espera del momento apropiado para recuperarlo. Además, los Simonson rescatan algo tan olvidado como la atracción del Ángel hacia Jean. El triángulo Cíclope-Ángel-Jean, mediatizado por la sombra de Madelyne, se convierte en el gran culebrón de la serie. La situación llega a resultar graciosa, con Cíclope paranoico hasta niveles nunca vistos.

Tercer problema. Más de dos décadas después de su creación, estos personajes siguen teniendo un déficit de poder que dificulta involucrarlos en aventuras realmente épicas. Layton, empeñado en que sea el tono recurrente el que domine la serie, quita a Jean sus habilidades telepáticas y a la Bestia su pelaje azul. Los Simonson van a tomar el camino opuesto. A largo plazo, quieren recuperar a la Bestia peluda, incrementar los poderes del Hombre de Hielo, que Jean pueda hacer algo más que mover jarrones con la mente y que el Angel no se limite solamente a volar con alguien a cuestas.

Cuarto problema. Magneto, primer villano de la Patrulla-X, es ahora uno de sus aliados; Juggernaut y los Centinelas suele reservárselos Claremont. Por lo demás, no queda ni un sólo enemigo de los primeros hombres-X que merezca la pena. Es necesario encontrar nuevos peligros.El matrimonio Simonson toma un misterioso villano que estaba actuando en las sombras durante los episodios de Layton. Inicialmente, se trataba de El Búho, el viejo enemigo de Daredevil, pero Simonson prefiere transformarlo en una nueva creación. Guice redibuja la viñeta final de XF 5 (VI 86) para que ya no sea El Búho, sino… Apocalipsis, un antagonista sumergido en el misterio, con poderes metamórficos y un pasado legendario. Si tenemos un Apocalipsis, dice Weezie, habrá que buscar cuatro jinetes. Hace cuentas y le sale una aventura a cuyo climax llegarán hacia el X-Factor 25.

Spin-Offs. El fenómeno que divide el corazón de los fans. Desean leer más aventuras de sus héroes favoritos, pero su economía se resiente mes a mes. Phoenix: the untold story (IV 84), un lujoso número que recopila el UXM 137 tal y como fue concebido por Claremont y Byrne, se convierte en un éxito inmediato, a pesar de su elevado precio, dos dólares frente a los sesenta centavos que vienen costando las series regulares. Como consecuencia del especial, Marvel responde a las peticiones de las nuevas generaciones de seguidores de la Patrulla-X con la inevitable reedición de los primeros números. Pero no es suficiente, hay que hacer un producto atractivo para todos, algo que ofrezca un plus parecido al que contiene The untold story. Por eso Claremont y John Bolton dejan su oasis en Epic, donde han concebido obras de la delicada belleza de Marada the she-wolf o The Black Dragon para preparar relatos cortos que complementen las reediciones, un Classic X-Men en edición de lujo, con portada e ilustraciones interiores de Arthur Adams, el dibujante de moda; una colección en la que Claremont tiene la oportunidad de enmerdarse la plana a sí mismo y a su pasado. A las diecisiete páginas de los tebeos que escribiera diez años atrás añade nuevas planchas a cargo de un poco inspirado Dave Cockrum, que ventila el encargo sin verlo como otra cosa que no sea un simple recurso alimenticio. Son explicaciones apócrifas a toro pasado que sirven para arreglar viejos desaguisados tales como que Jean Grey tratara de asesinar a Scott Lang, pero que hacen un flaco favor al arte original. La verdadera adecuación al pulso actual la lleva a cabo Claremont con enorme talento en los episodios complementarios, una delicia para los amantes de la contemporánea etapa de John Romita Jr.; apasionado análisis de la personalidad de Jean, Lobezno, Tormenta, Coloso, Rondador; en última instancia, revelación de secretos olvidados, álbum de familia recién abierto.

Crossovers. El otro fenómeno de masas. Secret Wars II termina para los Nuevos Mutantes en un estremecedor relato en el que el Todopoderoso los asesina uno a uno (TNM 37, III 86), aunque los resucite ese mismo mes en Secret Wars II 9 (III 86); y, para la Patrulla-X, con un apasionante duelo entre Fénix y el Todopoderoso (UXM 202-203, II-III 86), nuevo recuerdo de la saga de Fénix Oscura. ¿Y después qué? Después de Secret Wars, el Universo Marvel nunca será el mismo. En DC responden con Crisis on infinite earth, brutal acontecimiento de proporciones cósmicas que borra de un plumazo el medio siglo de historia de personajes con la solera de Superman, Batman o Flash. El Universo DC renace para parecerse a Marvel, para convertirse por primera vez tras muchos años en una competencia presentable y peligrosa. Frank Miller reconstruye el origen del Hombre Murciélago y, toda una pesadilla para Shooter, John Byrne abandona la Casa de las Ideas para reinventar a Superman. La respuesta es inmediata.

Contra crossovers, más crossovers. Con X-Factor en manos de los Simonson, se prepara la primera gran saga que agrupa las tres colecciones mutantes. El proyecto surge de manera espontánea. Nace de la amistad entre Claremont y los Simonson, deseosos de trabajar de nuevo juntos. Las posibilidades comerciales llegan después y apenas importan a los autores, aunque la editorial empiece pronto a frotarse las manos y a poner toda su maquinaria propagandística a disposición de ellos. Las ganas de divertirse de unos y el afán recaudatorio de los otros obliga a que los Morlocks lo paguen caro. Van a ser las pobres víctimas, carne de cañón en un título que se adivina premonitorio, La masacre mutante.

Desde hace algún tiempo, Claremont piensa que la población Morlock ha crecido de forma exagerada. Su idea inicial es dedicar un número de la colección a cortar de raíz el problema con una carnicería que ayude de paso a elevar el tono angustioso de la strip. El tema surge enseguida en las habituales conversaciones con la Simonson, que mantiene la misma opinión sobre el exceso de habitantes del Callejón pero que tiene otros planes en cuanto a la extensión de la historia:

-Chris, es demasiado buena para dedicarle un sólo número.

-Bueno Weezie, luego tendremos unos cuantos meses de funerales y lloros…

-No, lo que quiero decir que algo tan grande podemos desarrollarlo en las otras colecciones… Y Walt nos puede echar una mano en Thor

-Uhm. –Claremont se para un momento a pensar. -Puede quedar bien. Pero va a ser complicado construir una saga con un único argumento en la que los personajes protagonistas no se encuentren nunca…

-Naah, ya se nos ocurrirá algo…

1987. DE CÓMO LA GUERRA DE LA REALIDAD SE TRANSFORMÓ EN LA CAÍDA DE LOS MUTANTES

Es 1987. Claremont está ahora barajando hacia dónde dirigir la serie. En los últimos años, ha trazado argumentos con doce meses vista, pero ya no puede permitirse ese lujo. Ahora, a raíz del éxito de La masacre mutante, desde arriba le piden un crossover anual y máxima coordinación con Weezie Simonson. Se insiste en que el gran encuentro entre la Patrulla-X y X-Factor sería un espectacular acontecimiento con extraordinarias ventas. Claremont todavía se resiste a llevarlo a cabo, pero sabe que no podrá hacerlo durante mucho tiempo. En lo que parece una huida hacia delante, aleja a los hombres-X de Nueva York y de las exigencias editoriales, de las apariciones en cada uno de los títulos que publica Marvel con a saber qué guionista y de la Secret Wars de turno, la llame Tom DeFalco como la llame. Cambia el racismo hacia los mutantes, al que ya ha sacado un enorme partido, por algo totalmente diferente. Los hombres-X seguirán actuando en la sombra, pero no porque sean proscritos y perseguidos, sino porque se han convertido en leyendas. El propósito lo enuncia Tormenta: “Mientras la Patrulla-X exista, harán lo imposible por destruirnos. Nos atacarán directamente o a través de los que amamos. La solución a nuestro problema es encontrar una manera de tomar la iniciativa. Creo que la única posible es hacerles creer que han logrado su propósito. Por eso la Patrulla-X debe morir” (UXM 219).

Camino de ese objetivo, el Patriarca Mutante decide cerrar muchos de los cabos sueltos que ha dejado colgados en los últimos años y por los cuales ha recibido críticas despiadadas. Toca ahora dar una explicación plausible a La masacre mutante. Mientras Weezie Simonson convierte a Apocalipsis en un villano de altura, Claremont crea a Mister Siniestro, la mente oculta tras los Merodeadores, cuyo debut tiene lugar en el UXM 221 (IX 87), aunque Dientes de Sable ya lo había mencionado en su primer encuentro con Lobezno (UXM 212). Mister Siniestro, que con sus oscuras razones sirve para justificar casi todo, también es el culpable de que Madelyne Pryor lleve varios meses huyendo. Siniestro envía a los Merodeadores con la intención de asesinarla, pero ella es rescatada por la Patrulla-X (UXM 221 y 222, IX-X 87), junto a la que permanecerá desde entonces, con la intención de recuperar a su hijo.

Paralelamente, el que iba a ser argumento de una miniserie protagonizada por Tormenta pasa a integrarse dentro de la serie regular en una saga oficiosamente titulada La guerra de la realidad (UXM 220-224, VIII-XII 87), preludio del siguiente gran crossover mutante. En ella, Tormenta emprende la búsqueda de Forja en compañía de Naze, el viejo maestro chamán del mutante. Naze asegura que Forja ha sido poseído por el Adversario, un demonio de otra dimensión que pretende destruir el universo. En realidad, el verdadero poseído es Naze, suceso ocurrido en el UXM 188 (XII 84) y del que Claremont parecía haberse olvidado por completo en los tres años transcurridos desde la publicación del cómic. Viaje iniciático del estilo habitual de su autor, La guerra de la realidad extiende su discurso en torno al amor, la fidelidad y la traición más allá de los cuatro números inicialmente previstos. Al final del UXM 224, sólo ha sido revelada la naturaleza maligna de Naze, lo que deja el reencuentro de Forja y Tormenta para los dos números siguientes, que ya forman parte de The fall of the mutants. El título de este segundo crossover es un juego de palabras: fall significa tanto caída como otoño, fecha de aparición de los números que componen la saga. De nuevo, se enuncia un nombre genérico que agrupa a las tres colecciones durante otros tantos meses pero cuyos acontecimientos poco tienen que ver entre sí, de no ser por un tono general de catarsis.

En Uncanny, Claremont vuelve a anunciar sorpresas a bombo y platillo en cuanta entrevista u aparición pública hace. Desde el principio, ocurra lo que ocurra, Destino ya ha vaticinado su profecía: “La Patrulla-X morirá en Dallas”. Conociendo el augurio, los hombres-X viajan a la ciudad, donde acometen la batalla final contra el Adversario (UXM 225-227, I-III 88). Por otra parte, Tormenta y Forja, exiliados por el mismo villano en una tierra paralela donde éste consigue devolver sus poderes climáticos a Ororo, también deciden abandonar su paraíso particular a cambio de la oportunidad de enfrentarse al Adversario. “Estamos condenados”, dice ella. “Si nos quedamos, nuestro mundo morirá. Si volvemos, morirá éste”. El sacrifico es el gran tema de la saga. Desde siempre, Claremont ha definido el heroísmo de sus personajes en función de la capacidad de éstos para superar sus conflictos internos y afrontar su destino. La predeterminación con la que actúan sus criaturas adquiere ahora una nueva entidad. Cada hombre-X renuncia a su vida, e incluso a liderar una nueva humanidad en el caso de Tormenta y Forja, para salvar el universo. “Si hemos de morir, que signifique algo”, promete Lobezno. Claremont compara la situación con las de los trescientos de Esparta, el reducido ejército que, aún a costa de su vida, detuvo el avance del imperio persa en la batalla de las Termópilas. Partiendo de semejante referente, la strip recupera un tono épico olvidado desde hace algún tiempo y que se ha visto sustituido mientras tanto por la angustia perpetua que acompaña a los protagonistas. Esa vuelta a las esencias está condicionada, en gran medida, por la preparación de la serie que Claremont realizará junto a Alan Davis. Repasando los cómics ingleses del Capitán Britania dibujados por Davis en busca de personajes que reutilizar en la nueva colección, Claremont encuentra a Roma, la hija del mago Merlyn, guardiana de todas las realidades. La procedencia mágica de Roma la convierte en la perfecta enemiga del Adversario. Éste es el único villano de auténtica relevancia cósmica al que se enfrenta la Patrulla-X desde, por lo menos, Fénix. Su misma concepción resulta extemporánea a los hombres-X. Claremont lo crea para utilizarlo en Doctor Strange, colección que escribió a principios de los ochenta y que abandonó antes de que el Adversario tuviera oportunidad de aparecer. El Adversario y Roma se enfrentan en un ajedrez cósmico en el que los hombres-X son meros peones, carne de cañón cuya muerte sirve para expulsar al villano de la Tierra.

 

Hubiera sido un buen final para la colección pero, es una obviedad, ésta ha de seguir adelante. ¿Cual es el truco? La esencia de cada hombre-X, además de la de Madelyne Pryor, sirve para derrotar al villano. La cámara de un intrépido periodista retransmite el heroico suceso a los teleespectadores de todo el mundo. Ya en secreto, Roma resucita a los hombres-X. El Adversario no ha sido destruido, ya que su existencia es necesaria para el equilibrio natural de las cosas, aunque permanecerá encerrado durante una era “en castigo por su transgresión”. A cambio, la Patrulla tiene la oportunidad de empezar desde cero, con un mundo que los cree muertos. Claremont consigue así un doble objetivo. En primer lugar, si Lobezno, o Tormenta, o quien sea, están muertos, es más difícil que puedan aparecer como invitados especiales en cualquier otro título Marvel; en segundo lugar, queda saldada la histeria antimutante. Los héroes alcanzan la categoría de mito al tiempo que abandonan su papel de “odiados y temidos”. Han caído para salvar el Universo ante los ojos de los que antes querían lincharles. Se han convertido en leyendas.

Un proceso similar vive X-Factor con su participación en La caída de los mutantes (XF 24-26, I-III 88). Los Simonson cierran la compleja línea argumental iniciada con su llegada a la colección un año y medio atrás. Desde entonces, han prolongado el suspense mes a mes, sin un sólo número que no llevara continuará en la última página, técnica sabiamente aprendida por Weezie en sus años como editora de Uncanny. Toca ahora dejar la serie preparada para un nuevo comienzo, sin el lastre que conlleva su concepto inicial. Como en el caso de la Patrulla-X, los chicos de X-Factor son ensalzados como héroes tras derrotar a Apocalipsis. El engaño permanente de los cazadores de mutantes que en realidad se dedican a salvarlos también concluye una vez que el grupo revela la verdad a la prensa. En cuanto a los conflictos personales, Cíclope y Jean ven como Madelyne muere en Dallas, excusa más que suficiente para reiniciar de una vez por todas su romance. Por último, el Ángel, tras padecer la amputación de sus alas y haber sido transformado por Apocalipsis en un oscuro jinete de metálicas y mortíferas plumas, salva las vidas de sus compañeros y vuelve junto a ellos, ahora con las habilidades relevantes y la tortura mental que los Simonson necesitan para hacer de él un personaje de provecho, el Lobezno del grupo, en definitiva.

Por último Weezie Simonson utiliza el crossover para afianzarse como autora de The New Mutants. Le acompaña Bret Blevins, un dibujante que, tras ocuparse de varios números sueltos de Uncanny, llega a la serie de los bebés-X con un particularísimo estilo muy dado a lo caricaturesco que le sirve para dibujar unos adolescentes que realmente parecen eso, y no llamativos superhombres de inverosímiles proporciones. La Simonson aprovecha al máximo las virtudes de Blevins, lo que le lleva a introducir personajes tan disparatados como Cabeza de Chorlito, un ser plumífero surgido de una Isla de los Monstruos con su obligado científico loco. El enfrentamiento con este último se salda con la primera muerte que afronta el universo mutante desde el suicidio de Fénix. Doug Ramsey, un chico apreciado por Claremont al que la nueva guionista no acaba de encontrar utilidad, fallece víctima de un vulgar tiroteo (TNM 60, II 87). La muerte marca el comienzo del distanciamiento entre Magneto y sus alumnos, punto de partida necesario para dotar a la serie de una mayor dosis de aventura y entretenimiento que conlleva la inmediata reducción del drama mutante.

1988. CUANDO LA PATRULLA-X SE MUDA A AUSTRALIA

Es 1988. En paralelo al lanzamiento de Wolverine, La Patrulla-X comienza a vivir una nueva etapa en el UXM 229 (IV 88), donde se definen los parámetros por los que se moverá el grupo tras La caída de los mutantes. En ese número, Roma les explica que, después de su teórica muerte, no pueden ser detectados por medios mecánicos, mágicos o científicos, y les ofrece dos alternativas: enviarles a una especie de Dimensión Fantasma conocida como el Lugar Peligroso, donde serán juzgados por sus acciones y tendrán la oportunidad de comenzar su vida de nuevo, o, la opción que aceptan, dejarles en Australia, en una localización exótica con enormes terrenos vírgenes alejados de los entornos urbanos típico superhéroe Marvel. Nada hace pensar que Spider-Man o los Vengadores vayan a acercarse por “el más remoto continente terrestre”. La Patrulla-X se ha convertido en leyenda, pero no en la leyenda artúrica a la que Claremont puede acercarse en Excalibur, no la leyenda de fantasía heroica que ha retratado en Marada The She-Wolf o en The Black Dragon, sino la única leyenda que, dejando aparte a los superhéroes, han aportado los Estados Unidos a la cultura universal, la leyenda del western. Esta Australia irreal nada tiene que ver con el Sidney de los documentales, sino que se trata de una árida extensión de malas tierras similar a la Texas de John Ford. Donde allí se enseñoreaba John Wayne y Lee Marvin, aquí están Lobezno y compañía. De hecho, en lugar de establecerse en cualquiera de las muchas ciudades del país, lo hacen en un poblado de casas abandonadas, donde un extraño aborigen llamado Pórtico les facilita transporte dimensional a donde sea necesario sin hacer preguntas ni contestarlas. Pórtico cumple las mismas funciones que desempeña Cacharro para Excalibur y, al igual que éste, poco más se sabe de él. Siempre callado, ni siquiera revela si sus poderes son de naturaleza mística o mutante. Poco importa, ya que su aprovechamiento argumental se limita al de haber sustituido al Pájaro Negro como vehículo de transporte de los hombres-X.

 

Nada más aterrizar en su nuevo hogar la Patrulla hace frente a los Cosechadores, una actualización high-tech del Grupo Salvaje de Sam Peckinpah. Claremont aprovecha la habilidad de Silvestri para dibujar personajes de aspecto desagradable. Los Cosechadores han perdido cualquier rasgo posible de humanidad. Gran parte de su cuerpo está compuesto de piezas mecánicas y donde queda algo de hueso y carne brilla siempre la simbología nazi (cabezas rapadas, esvásticas, cadenas, ropa militar). No disponen de poderes ni habilidades especiales, sino que utilizan las armas y las tácticas de grupos terroristas, aunque lo hacen con una salvedad: mientras los fines de éstos suelen tener algún tipo de contenido político, la única pretensión de los Cosechadores es asesinar, robar y divertirse.

Frente a ellos, resulta demoledor el contraste de una Patrulla-X que ha cambiado la tecnología Shi’ar por la cuchara de palo; los viajes en el Pájaro Negro por el teletransporte cuasi místico que les procura Pórtico; la Sala del Peligro por la arena del desierto; las amplias habitaciones de la mansión de Xavier por barracas de madera y barro. “Estoy en medio de ningún sitio, sin libros que leer, sin tele que mirar, sin música que escuchar, sin ningún lugar donde divertirme el sábado por la noche… Si esto es ser una leyenda, prefiero morirme”, brama Dazzler (UXM 230, VI 88). Contra los tipos duros que proliferan en el Universo Marvel con el Castigador a la cabeza, Claremont vuelve sobre las raíces. El héroe despojado de cualquier artificio que no sea su valor y habilidad frente al villano repugnante y artero. Con esa premisa básica, se desarrollan las dos aventuras que aparecen con periodicidad quincenal durante los meses del verano de 1988. “Esto es una locura”, sostienen con razón tanto Claremont como Silvestri. El dibujante, tras constatar que es imposible sacar adelante cuarenta y cuatro páginas mensuales, máxime si los guiones de Claremont llegan con retrasos de una semana, es apoyado por Rick Leonardi, que se ocupa de tres de los seis números quincenales.

La primera de esas sagas (UXM 232-234, VIII-IX 88) recupera a los eslyzoides del Nido, de los que nada se ha vuelto a saber desde los gloriosos tiempos de Paul Smith, pese a los incesantes ruegos de sus muchos fans. La principal novedad es ver a los alienígenas sueltos por la tierra e infectando a cada humano o mutante que se le ponga por delante. Mayor enjundia contiene la siguiente aventura, ya que en ella Claremont regresa sobre el racismo mutante desde la perspectiva de la política-ficción. En los UXM 235-238, X-XI 88) aparece por primera vez el imaginario país de Genosha, “una tierra verde y agradable de esperanza y oportunidad. Donde la libertad es consigna”, reza su lema. Genosha es una metáfora de la Sudáfrica del apartheid llevada a sus últimas consecuencias, una utopía construida sobre la vergüenza. En la paradisiaca Genosha, situada entre Madagascar y las Islas Seychelles, la sociedad y la economía han evolucionado a cotas formidables. “No existe pobreza, y se dispone de incomparables oportunidades en educación y empleo”, dice la propaganda política. “El nuestro es un país libre, cuya gente es juzgada por sus actos, no por el color de su piel”. En realidad, Genosha es un Estado policial, y su falsa prosperidad se debe a la segregación racial. Mientras los humanos cuentan con todos los derechos, los mutantes son esclavizados de por vida. Una casta científica, los Geningenieros, se ocupa de localizarlos y de adecuar sus poderes a las diferentes funciones que desempeñan (desde industriales a médicas) mientras que un sofisticado grupo militar, los Magistrados, constituye la fuerza organizada que sostiene el sistema, la encargada de castigar cualquier disidencia. Claremont inventa para ambos un nuevo lenguaje racista. Mientras los Geningenieros llaman a los mutantes “genpositivos”, los Magistrados se refieren a ellos como “genobichos”. La Patrulla-X llega a Genosha cuando empiezan a arder las llamas de la revolución desde el interior mismo del régimen establecido, por iniciativa del hijo de un Geningeniero que intenta rescatar a su novia mutante. Que esa revolución salga adelante queda, al final de la saga, en la incógnita o en el devenir de la colección. En caso de fracaso, los hombres-X prometen regresar al país.

En un segundo nivel, la aventura muestra a los hombres-X desde perspectivas diferentes. Por una parte, descubren las ventajas (e inconvenientes) de su capacidad recién adquirida de no ser detectados por métodos electrónicos; por el otro, Lobezno y Pícara son desposeídos de sus poderes. La falta del factor curativo en el primero tiene una consecuencia lógica, ya que sus manos sangran cada vez que saca las garras. Queda así establecido que Lobezno no tiene ningún orificio en sus extremidades, sino que las garras producen una herida curada al momento por su poder mutante, uno de esos detalles sin importancia que apasionan a los fans más detallistas. En una crueldad argumental de sofisticada premeditación, Pícara, que ha pasado toda su vida con el deseo de tocar y ser tocada, sufre terribles abusos sexuales que llevan a su mente a retraerse y a ser tomada por la personalidad de Carol Danvers, un pretexto del Padre Mutante para dar un par de pinceladas sobre el pasado común de ella y Lobezno. Carol recuerda “aquella vez que me rescataste del KGB”. Claremont no cuenta mucho más, fiel a su consigna de insinuar antes que detallar.

Es una época en la que afloran acusaciones contra el guionista por sus temas recurrentes, sus diálogos eternos, sus personajes torturados. Nada hace pensar que su antes elogiada imaginación y capacidad narrativa esté oxidada, por mucho que tenga que producir tres colecciones mensuales. En 1988, en los guiones de Claremont hay conceptos y personajes por cuya creación muchos autores matarían. Hay historias magníficas y emocionantes, desde las grandes sagas dramáticas que construye en Uncanny –primero La caída de los mutantes, luego la aventura en Genosha- a las deliciosas historias de Excalibur. ¿Qué es lo que falla entonces? Tal vez una cierta falta de reconocimiento intelectual de la calidad de su trabajo, pese a que él se considere un honrado artesano del entretenimiento; tal vez el verse inmerso en un huracán que controla a duras penas; tal vez el agotamiento inherente a más de una década trabajando en la strip, a unos años en los que no hay tiempo para relajarse.

1988. LA MECHA QUE ENCENDIÓ EL INFERNO

Es otoño de 1988. Toca de nuevo crossover con las series mutantes. En este caso, Claremont tiene un plan para dar solución por fin al culebrón Jean Grey-Cíclope-Madelyne Pryor, con el esperadísimo encuentro de los dos grandes grupos mutantes. Walter Simonson y Marc Silvestri preparan las publicidades del evento. En la de Simonson, junto a los rostros de Jean, Scott y Madelyne aparece una pregunta: “¿Crees conocer la verdadera historia?”. La de Silvestri muestra a Mister Siniestro acompañado del lema “Los mejores planes llevan toda una vida”. A fecha de septiembre de 1988, los lectores mutantes están lo suficientemente liados como para no estar seguros de nada. Tras releer la colección desde el The X-Men 1, el Patriarca Mutante elabora una compleja explicación que sirve para aclarar las partes oscuras de la historia de la Patrulla-X. Para ello, enlaza tres sucesos clave: la muerte de Fénix, la aparición de Madelyne y el regreso de Jean Grey.

Primera pregunta: ¿Quién mueve los hilos? Respuesta: Mister Siniestro. Este chico vale para todo. Si ya fue útil para explicar La masacre mutante, ahora vuelve a serlo para resolver las grandes dudas de la strip. Siniestro ha manipulado a Cíclope desde su más tierna infancia. Durante años le mantuvo en el orfanato mientras supervisaba la aparición de sus poderes. Sin embargo, Scott, con todos sus recuerdos borrados, escapó y fue reclutado por Xavier para la primera formación de la Patrulla-X

Segunda pregunta: ¿Quién es en realidad Madelyne? Respuesta: Madelyne es un clon creado por Mister Siniestro y colocado en el lugar preciso para que se enamore de Cíclope y tengan un hijo cuyos genes conserven lo mejor de cada casa. Ese hijo es Nathan, con el que Siniestro pretende llevar a cabo planes por los que Claremont prefiere pasar de puntillas, ya que todavía no los ha decidido.

Tercera pregunta: ¿Qué relación tiene Fénix en todo esto? Respuesta: Los sucesos del UXM 137 son de nuevo objeto de reinterpretación, esta vez por el mismo Claremont (Si me cambian mis propias historias, ¿no tengo derecho a hacer yo lo mismo?, piensa). Fénix, explica el Patriarca Mutante, tampoco murió en la luna. Lo que murió fue el cuerpo creado por Fénix a partir de Jean Grey. Fénix regresó entonces a la Tierra con la intención de despertar a Jean, quien dormía plácidamente en el fondo del río Hudson. Sin embargo, a quien despertó fue a Madelyne, todavía en manos de Siniestro.

Unificados los sucesos, Claremont toma la sensata decisión de quedarse con una sola de las tres chicas. En la saga, Madelyne muere, pero tanto sus recuerdos como los de Fénix pasan a la mente de Jean (XF 38, III 89). Queda pendiente encontrar un hecho que desencadene la aventura. Se busca una buena razón para corromper a Madelyne y enfrentarla a la Patrulla-X y a X-Factor.

Entonces llega Weezie Simonson con sus planes para The New Mutants. Weezie trabaja en una aventura en la que Illyana afronta de forma definitiva el eterno conflicto con su lado oscuro. Como Claremont en el caso de Madelyne y Jean, la Simonson quiere así resolver líneas argumentales que arrastra desde largos años atrás. En concreto, desde la miniserie de Illyana. Lo que tiene la guionista pensado es que los demonios del Limbo invadan la Tierra. Magik tendrá que elegir entre su inocencia perdida y su parte demoniaca. Por supuesto, gana la inocencia, y lo hace de manera literal, ya que la saga termina con Illyana convertida de nuevo en niña, tal y como era antes de llegar al Limbo. Weezie lo habla con Claremont, y él se da cuenta de que el contexto es perfecto para convertir a Madelyne en la villana de la historia. Que se alíe con N’asthir, uno de los demonios del Limbo, con el objetivo de recuperar a su hijo Nathan. A cambio, N’asthir consigue invadir la Tierra al frente de una legión de demonios. Enseguida aparece un título para la saga. Primero se la llama Infierno en la Tierra, aunque pronto se simplifica el nombre hasta quedarse simplemente en Inferno. El problema surge cuando le cuentan la idea a Bob Harras, el editor de las series mutantes.

-Es perfecto. Magnífico. Los demonios dominan Manhattan y luchan contra todos los héroes del Universo Marvel. ¿Por qué no se lo proponemos a DeFalco? Creo que esto lo podemos llevar más allá de nuestras colecciones.

Las decisiones argumentales, convertidas en decisiones políticas, se trasladan a los despachos. En dos días, el proyecto atañe al resto de las series de la casa. Así, de una forma u otra, la invasión demoniaca afecta a las colecciones de Spider-Man, Vengadores, Cuatro Fantásticos, Power Pack, Capa y Puñal… No obstante, el núcleo principal del crossover se desarrolla únicamente en las tres series mutantes más veteranas, mientras que en Excalibur el tema se toca de manera tangencial y en Wolverine ni siquiera se menciona. La saga cuenta además con un prólogo, X-Terminators (X 88-I 89), miniserie protagonizada por los chavales que viven con X-Factor y que Weezie Simonson pretende fusionar con los bebés-X.

El Claremont de Inferno resulta ácido como en pocas ocasiones. Capaz de divertirse con ascensores que devoran a turistas estúpidos, fuentes que aporrean perros, edificios que crecen, un cameo de los Cazafantasmas o lo que se le ponga por delante, el guionista encuentra tremendamente divertido jugar con los cabos sueltos dejados durante la última década tanto por él como por los demás autores mutantes, autorizados (Weezie) o no (Shooter y compañía). Lleva demasiado tiempo peleándose con todo el mundo por culpa de Jean Grey, sus muertes y sus resurrecciones. Demasiado tiempo construyendo el culebrón más largo de la narrativa universal. Ha llegado el momento de dejar las cosas claras. Esta vez no hay ningún director editorial que interfiera, ni tampoco ningún subalterno con ínfulas de guionista jodiendo por detrás. Sólo él y Weezie reparando los errores del pasado y asumiéndolos como propios en una explicación única, coherente y definitiva. De Inferno quedan varios momentos decisivos para el recuerdo: la muerte de Madelyne, la vuelta a la niñez de Illyana, el reencuentro de Logan y Jean… y, sobre todo, queda el primer gran crossover mutante que afecta al resto de la Casa de las Ideas, un negocio redondo cuya estructura puede repetirse en el futuro. De hecho, John Byrne, ahora guionista de Los Vengadores, tiene una idea similar para los Héroes Más Poderosos de la Tierra.

1989. LA REVOLUCIÓN SE LLAMA JIM LEE (Y EL CHICO DE LA GORRA ROB LIEFELD)

Es verano de 1989. El sueño se hace realidad. Bob Harras contrata a Jim Lee para los tres números de Uncanny correspondientes a Actos de Venganza. Este chaval es demasiado bueno para dejarlo en Punisher, afirma el editor. Lo que finalmente le convence es una aventura de este personaje en la que Lobezno aparece como invitado especial (Punisher War Journal 6 y 7, VI-VII 88). Tras ella, llega un tebeo de prueba, el UXM 248, que Lee dibuja en quince días, y, por fin, Actos de Venganza. Son apenas tres números (UXM 256-258, XII 89-II 90), pero a Harras le bastan para saber a ciencia cierta que Jim Lee es lo que Chris Claremont lleva necesitando desde hace años. “Éste, éste”, repite una y otra vez.

 

-Es muy bueno, Chris, ¿a que es la hostia de bueno?

-No lo hace mal.

Es otoño de 1989. Lee diseña el aspecto de la Mariposa Mental surgida del Lugar Peligroso. Como dijera Roma, en el Lugar Peligroso tu vida entera es puesta en una balanza por “el mayor de los poderes”, que puede ofrecerte la oportunidad de empezar desde cero. En definitiva, el Lugar Peligroso es un recurso de Claremont para introducir cambios sorprendentes en sus personajes. La fórmula le ha funcionado siempre, pese a las protestas iniciales de los lectores. Para qué engañarse: Claremont conoce a sus fans. Les encanta esa sensación de falso cambio. Primero odian a la Tormenta punk para a continuación adorarla. Sucede que en este enésimo salto al vacío no hay siquiera unos meses de transición. Mariposa Mental entra siendo una tierna joven endurecida por las circunstancias… y sale transformada en una mortífera ninja de rasgos orientales y curvas imposibles. Mariposa ha sido reeducada por los asesinos de la Mano, quienes la localizan “en estado de shock, con su mente y sus recuerdos totalmente fragmentados” (UXM 256). Lobezno, como ya hiciera con Kitty Pryde en la miniserie que compartieran, es el encargado de devolverla a la realidad. Por cierto, a Lobezno le acompaña Júbilo, la niña que le ha rescatado de su crucifixión. Versión para los años noventa de Kitty, la chavala se aleja de la sofisticación de ésta. Frente a la niña pija educada en los mejores colegios de Chicago, Júbilo es una malhablada hortera criada en las calles de Los Angeles y deseosa de meterse en líos. “Sin ella no estaría aquí. Sin ella no estaría vivo”, agradece Logan (UXM 257).

El día que entrega su tercer número Lee se acerca para hablar con Harras. “Si buscas a alguien para sustituir a Silvestri, ponme en la lista”, le dice. No hace falta, porque el editor ya tiene en la cabeza una reestructuración completa de las colecciones mutantes. Uncanny va a ser dibujada por Lee. Está decidido y no hay marcha atrás. Incluso acepta que sea el mismo artista quien elija su propio entintador. ¿Qué pasa entonces con Marc Silvestri? Muy fácil. Silvestri termina su contrato en Uncanny y pasa a Wolverine. Las ventas de la colección del mutante de las garras de adamántium no van bien. Hace falta un equipo creativo fijo que establezca una dirección unívoca para la serie, que lleva dando palos de ciego desde la salida de Claremont. La elección del nuevo guionista de Lobezno recae sobre Larry Hama, un especialista en cómics de acción bregado en sus muchos años como escritor de G. I. Joe. Tanto él como Silvestri se estrenan con el WOL 31 (IX 90). Por último, Harras también opina que los bebés-X están pidiendo a gritos un revulsivo. Weezie Simonson no está de acuerdo, pero eso no importa. Le apetece dar cancha a un chaval que lleva haciendo cosas sueltas para la Oficina-X desde hace algún tiempo. Se llama Rob Liefeld, es californiano, tiene veintitrés años, le gusta el surf y es hijo de un predicador arruinado.

Fichado por los cazatalentos de Marvel después de ver su trabajo para DC en la miniserie Hawk and Dove, Rob no tiene colección fija, aunque casi todo lo que ha hecho para la Casa de las Ideas se encuadra en el entorno mutante: un X-Factor primero (XF V 89), un Uncanny después (UXM 245, VI 89), un What if? de Lobezno más tarde (What if? 7, XII 89)… Rob está fascinado desde que se enteró que Todd McFarlane, ese tipo increíble que dibuja Spider-Man, vive en la playa de Malibú. No en Malibú, sino en la playa de Malibú. Eso es lo que Rob busca: ganar tanta pasta dibujando tebeos como para comprarse una casa en la playa de Malibú.

A Rob le gusta dibujar cosas grandes. Tipos grandes. Dientes grandes. Tetas grandes. Para compensar, también dibuja pies y cabezas diminutos. Rob oculta hábilmente su falta de dominio de la figura humana debajo de multitud de líneas cinéticas, de viñetas desordenadas o inexistentes, de caras furiosas, de posturitas y musculitos. Todo lo que sabe sobre dibujo lo ha aprendido copiando a sus ídolos, costumbre que no tiene por qué abandonar ahora que le pagan por ello.

 

-Este dibujo está plagiado de otro de Arthur Adams -trata de explicar Weezie Simonson a Bob Harras.

-No es un plagio. Es un homenaje.

-Lo que tú digas.

 

Weezie no se siente cómoda. Le quitan a Bret Blevins, el dibujante perfecto para los bebés-X y le ponen a este niño tonto. Harras pide que se reúnan en Nueva York y coman juntos un día. Liefeld viene con su carpeta de dibujos debajo del brazo. Ha diseñado uniformes nuevos para todos los bebés-X. Son cientos, pero todos se parecen. Mucha cazadora y muchas mallas de gimnasio. “Dios mío, que horror”, piensa Weezie. Pero no dice nada. Rob habla apresuradamente. Bebe Coca-Cola y come un doble Whopper con queso, bacon y mucho ketchup. Le gustan los tebeos guays, con peleas guays y con tías guays. Aborrece todo el rollo ése de adolescentes problemáticos metidos a superhéroes. Quiere menos diálogos y más acción.

-También me gustaría que usásemos a estos villanos. Se llaman el Frente de Liberación Mutante. Y a este tío. Le llamo Cable.

-Ah, ya.

Cable es un armario enorme cargado de pistolones todavía más grandes. Lleva unas botas militares, un brazo cibernético y artillería suficiente como para abastecer un ejército. Parece una mezcla de Arnold Schwarzenegger y un bisonte desbocado.

-¿Qué hace?

-Pues es guay.

-¿Y porqué le brilla un ojo?

-No sé. A mí me mola. Es guay.

-Dime, Rob, ¿te quitas alguna vez la gorra de beisbol?

-Sólo para dormir, ¿por qué?

 

Resignada, Weezie escribe el primer guión para Liefeld, una historia sencilla que forma parte de Actos de Venganza, con el Buitre y el Chapucero como villanos (TNM 86, II 90). La mayor parte de la trama transcurre en la azotea de un juzgado. Más facilidad, imposible. Cuando recibe las páginas dibujadas y listas para que les coloque los diálogos descubre que va a ser duro. Muy duro. El chaval tiene varios problemas. Es obvio que sus nociones de anatomía dejan bastante que desear, pero eso es lo de menos. Primero, Rob no sabe narrar. Puede hacer dibujos, pero es incapaz de contar una historia mediante esos dibujos. Segundo, le pides que te dibuje una cosa y te dibuja lo que a él le apetece. Weezie utiliza sus textos para explicar las incomprensibles viñetas, pero eso la obliga a cargar las páginas con diálogos superfluos que serían innecesarios con un dibujante normal. A pesar de ello, hay cosas que no tienen arreglo. Ejemplo: TNM 86. Página diez, viñeta seis. Rusty Collins sube por unas escaleras metálicas que conducen a un tejado. En el tejado espera el Buitre. Página once, viñeta uno. Rusty se arroja contra el Buitre. Dada la posición de cada uno de los dos personajes, ambos deberían caer sobre el tejado. Sin embargo, caen al vacío. O falta una viñeta o el edificio se ha dado la vuelta de forma inexplicable. Más que un cómic, los bebés-X de Rob Liefeld parecen una antología de gazapos visuales.

Tanto Cable como el Frente de Liberación Mutante debutan en las últimas páginas de ese mismo número. Según los diálogos que consigue encajarle Weezie, Cable es un viejo soldado amargado que está de vuelta de todo. Tiempo atrás, debió de trabajar para el Gobierno Americano, pero ahora va por libre. En el Pentágono le consideran una leyenda, ha participado en misiones secretas desarrolladas en lugares como Madripur y su peor enemigo es el líder del FLM, un tipo con armadura llamado Dyscordia. Liefeld desea convertir a Cable en el nuevo profesor de los bebés-X. Weezie piensa que la idea es un disparate. Entonces recuerda sus tiempos como editora. Nada como un buen editor para bajar los humos a un recién llegado que todavía tiene mucho oficio que aprender. Esa debería ser la labor de Bob Harras. O eso piensa ella.

1991. EL LANZAMIENTO DE X-MEN Y LA MARCHA DE CHRIS CLAREMONT

Es 1991. Weezie Simonson ya no está. La única preocupación de Bob Harras consiste en retener al dibujante que le ha dado a Uncanny unas ventas mensuales de seiscientos mil ejemplares, un veinticinco por ciento más que en los años precedentes. Por primera vez en más de diez años, Chris Claremont descubre un día que el control ya no está en sus manos. Desde la marcha de John Byrne, el Patriarca Mutante ha regido los destinos de la Patrulla-X. Nadie ha discutido nunca eso. Weezie y Ann comprendían, mejor que nadie, que la fuerza creativa la poseía Claremont. Ahora Weezie ha claudicado, y Ann prefiere hacer otros cómics, como Daredevil o Inhumanos, alejados del huracán mutante. Bob Harras es un tipo diferente, buen conversador, agradable y ambicioso, demasiado ambicioso. Un hombre de empresa que toma decisiones pensando en la cuenta de resultados, a diferencia de aquellas chicas que creían que editar un cómic era supervisar el proceso y echar una mano a los autores. En cuanto a los dibujantes, Claremont se ha preocupado siempre de adecuar sus historias al tipo de artista, una forma inteligente de hacer que todos se sientan cómodos tocando la melodía que les pide ese hombre sabio que conoce mejor que nadie a sus mutantes. Unos (Paul Smith, John Romita Jr.), en su papel de artesanos obedientes; otros (Frank Miller, Bill Sienkiewicz) en perfecta sintonía con el guionista, en una simbiosis de la que salen productos inmejorables. Pero Jim Lee piensa distinto. Tras Proyecto Exterminio surgen las primeras diferencias artísticas entre ambos autores. Jim Lee tiene su propia visión de la Patrulla-X, una visión clara y definida que choca de bruces con la de Claremont. Donde éste le pide escenas de hombres-X hablando, sufriendo, llorando, él dibuja acción, acción y más acción. Patadas, rayos, truenos… y chicas. Muchas chicas. El Sport Illustrated Summer Special con superpoderes, las Playmates de Playboy disfrazadas de Pícara, de Tormenta, de Mariposa Mental. ¿Donde han quedado aquellas mujeres que parecían reales? No se las adivina en esa Pícara de caderas imposibles. Sí, por primera vez en más de diez años, Claremont se ve obligado a plantarle cara a su dibujante. Por primera vez en más de diez años, pierde la batalla.

Bob Harras ha conocido el antes y el después. Como editor de X-Factor, conoció el poder de Claremont sobre Marvel, ese poder que se llevaba por delante guionistas (como Bob Layton) y lo que hiciera falta. Siendo editor de Uncanny, Harras ha visto como los mutantes caían en una peligrosa inercia. Seguían siendo los más vendidos, pero no estaba claro por qué. Cuando en 1991 se disparan nuevamente la ventas, basta un análisis frío y calculado para descubrir la causa. Y la causa se llama Jim Lee. Si la Patrulla-X vive una nueva edad de oro es gracias al Chico Midas. Chris Claremont es ahora, en el mejor de los casos, una parte más del engranaje y, en el peor, el obstáculo que impide a ese engranaje funcionar como debiera. Cualquiera que mire más allá de las quejas del guionista sabría verlo. Bob Harras lo ha visto. Lo ha visto más claro que nunca cuando en la oficina-X trabajaban en las dos nuevas colecciones que han de unirse al Spider-Man de Todd McFarlane. Sí, dos, mejor que una. Sesenta días después del lanzamiento de X-Force, llega X-Men.

X-Men es el spin-off definitivo, porque es el primero que va a superar a la serie madre para colocarse a su altura. “X-Men sin adjetivos. Simplemente X-Men”, repite Harras. Igual que el “Spider-Man sin adjetivos. Simplemente Spider-Man”, de Todd McFarlane. No hay ninguna razón especial para lanzar el nuevo título, salvo tener una plataforma que, al igual que a McFarlane, lance a Jim Lee al estrellato definitivo y a Marvel a las mayores cotas de rentabilidad de su historia. Harras lo tiene claro. La Patrulla-X no es un cómic. Es una franquicia, la Franquicia Mutante. Como Star Wars, como el Pato Donald, como Indiana Jones. Y tiene que dar tanto dinero como todas ellas.

De mala gana, Claremont prepara la nueva serie. De nuevo reuniones, reuniones y más reuniones. De nuevo, discusiones, discusiones y más discusiones. Tom DeFalco se une a un grupo de trabajo formado por Claremont, Harras, Lee y Portacio. DeFalco exige una única Patrulla-X formada por cinco miembros. Sus aventuras se continuarían de un título a otro. Claremont será el guionista de las dos, mientras que Lee dibujará la primera y Portacio la segunda. Tanto Claremont como Harras están en desacuerdo con el director editorial. Por su experiencia haciendo crossovers, saben lo difícil que es coordinar a dos dibujantes diferentes para que se repartan una misma historia. Aunque trabajen codo a codo, como es el caso de Lee y Portacio, los errores de racord y las necesarias correcciones acaban multiplicándose exponencialmente. “Eso es hacer mensual la pesadilla de los crossovers anuales. No estoy dispuesto a pasarme el resto de mi vida pendiente de cumplir las fechas de entrega”, dice el Patriarca Mutante. Cree que cada colección debe tener sus protagonistas diferenciados y una personalidad propia. Por eso propone crear dos Patrullas. Con un montón de personajes a su disposición, quedarse sólo con cinco sería un desperdicio de recursos. Después de tantos años, es incapaz de decidir entre media docena.

Por otra parte, Bob Harras quiere recuperar a los hombres-X originales, al actual X-Factor, e integrarlos de nuevo en la Patrulla-X. A Claremont también le seduce la idea de volver a trabajar con Cíclope o la Bestia. “Vale, tenéis razón”, dice DeFalco. “Haced dos Patrullas”. A cambio, X-Factor pierde todos sus protagonistas, pero Harras ofrece un plan de salvación para la serie que pasa por rescatar a varios mutantes olvidados (Kaos, Polaris, Madrox, Loba Venenosa, Fortachón y Mercurio) y ponerlos a las órdenes del Gobierno. Peter David, el popular guionista de Hulk, se hace con los guiones (XF 71, X-91). “A partir de ahora, X-Factor va a ser la hermanita pobre de los mutantes”, le advierte Harras. “Mejor así”, contesta David.

 

En los meses siguientes, Claremont abandona los guiones de Excalibur, ya que no quiere escribir X-Men en el estado de agotamiento absoluto que ahora padece. En Cruce de caminos (UXM 273-277, II-VI 91) deja todo listo para el lanzamiento de la nueva serie. Por un lado, Magneto y Pícara viven una pequeña historia de amor destinada al fracaso. “Ya estoy comprometido. Tanto como puede estarlo un corazón lleno de fantasmas”, se lamenta Magnus, quien rompe definitivamente las promesas que hiciera. “No soy Charles Xavier. Nunca seré Charles Xavier. Fui un idiota por intentarlo. Como él lo fue, por creer que podría conseguirlo”. Paralelamente, la Patrulla viaja al espacio, donde se encuentra con el Profesor-X, los Saqueadores Espaciales y la Guardia Imperial. Lee altera buena parte de la historia, con el consiguiente enfado de Claremont. En el guión que le entrega al coreano no aparecen los skrulls, convertidos por Lee en los villanos de la aventura. Por otra parte, el dibujante reintroduce los uniformes de la Patrulla-X original sin que vengan a cuento. Molesto con los cambios, el Padre Mutante acude en busca del respaldo de Harras, pero no lo encuentra. “¿Qué quieres que haga? ¿Qué me ponga en contra de nuestro dibujante más rentable?”, pregunta el editor. Las discrepancias no acaban ahí. Los planes de Claremont pasan por matar a Xavier. A partir de esa tragedia y en el plazo de un año, Magneto se vería obligado por lo ocurrido a dar un paso hacia delante y ponerse el manto de héroe tanto si le gusta como si no. Tras escuchar esas intenciones, Harras se niega. Lejos de aceptar la muerte del Profesor-X, el editor pretende (y consigue) que Xavier recupere tanto su viejo papel de maestro de mutantes como su oxidada silla de ruedas. En el colmo del sadismo, el calvo vuelve a perder el uso de sus piernas en el UXM 280 (IX 91), tebeo que antecede cronológicamente al X-Men (XM) 1. Por otra parte, Magneto retorna a su papel de villano, ya que así es como debe aparecer en la nueva colección. Se cumplen de esta forma las directrices de Tom DeFalco acerca de la machacona “vuelta a los orígenes”.

Con Xavier en su sitio, el siguiente paso hacia la nueva colección es decidir qué hombre-X se queda en cada grupo. De nuevo reunido con Lee y Portacio, Claremont propone un pequeño juego.

-Vamos a repartir cromos

Ambas Patrullas vivirán en la Mansión, donde se podrá encontrar a cualquiera de sus respectivos miembros. La separación en dos equipos funciona a la hora de entrar en acción. A partir de la terminología empleada en los submarinos nucleares, Claremont denomina Equipo Azul al que interviene en X-Men, y Equipo Oro al de Uncanny. Ninguna de las dos series va a ser la principal, aunque es obligatorio que Lobezno y Cíclope estén en el Equipo Azul. El resto de los personajes se reparten en función de las preferencias de los dos artistas. Portacio sabe sacar gran partido visual al Ángel y al Hombre de Hielo, ya que los ha dibujado en X-Factor. Pasan, por lo tanto, al Equipo Oro; Gambito, Mariposa Mental y Pícara son personajes redefinidos bajo los lápices de Lee, que se los queda para su colección; Coloso y Tormenta completan el Equipo Oro en tanto que la Bestia y Júbilo cumplen idéntica función en el Equipo Azul.

Ya está todo listo para empezar la nueva serie. La única condición que pone Jim Lee es poder escribirla. Junto a Chris, por supuesto. ¿Cómo dejar de lado al Stan Lee de mi generación, al hombre que, hasta hace unos pocos meses, lo era todo para la Patrulla-X? En menos de un año, Claremont se encuentra a sí mismo argumentando la serie junto a ese Chico Midas salido de la nada. ¿Cómo va a conocer los pensamientos, las reacciones de personajes que le doblan la edad? En un mundo justo, Jim Lee debería, como mucho, escribir los diálogos de Júbilo. Pero no hay justicia en este mundo. Lee quiere historias cortas y sencillas, de tres números a lo sumo. Como un niño con zapatos nuevos, el dibujante disfruta diseñando personajes y uniformes. De su bloc de dibujo surgen los Acólitos, un grupo de fanáticos adoradores de Magneto; Rojo Omega, un Dientes de Sable a la rusa, y Belladonna, la nunca antes mencionada esposa de Remy Lebeau. Ha elaborado también nuevos trajes para Cíclope, Jean Grey y Pícara que siguen el modelo iniciado con la gabardina de Gambito. Sobre las típicas telas de colores chillones aparecen cazadoras, bolsillos, bandoleras… Lee ha creado incluso una silla de ruedas cibernética para Xavier.

Y Claremont se engaña a sí mismo. Cree que todo puede volver a ser como era antes. Antes de que se marcharan Weezie, y Walt, y Ann. Antes de sentirse solo, en medio de una cumbre silenciosa. Antes de que el proceso creativo fuera una lucha diaria contra fuerzas demasiado poderosas. Pero hay una prueba definitiva que le demuestra que el “antes” no volverá. Ha tenido una idea genial, la mejor que se le ha ocurrido en mucho tiempo. Ha pensado un argumento que le devolverá el favor de los lectores, que les mantendrá en suspense durante al menos los dos próximos años. Vale, es exactamente lo contrario a las aventuras breves de Lee. Pero es la bomba.

 

-Perdona, Chris. No entiendo, ¿puedes repetírmelo?-, pregunta Harras, escéptico.

-Voy a matar a Lobezno.

-Otra vez, más despacio.

            -Que voy a matar a Lobezno.

 

Claremont ha meditado la estructura hasta el mínimo detalle. Notas iniciales para los argumentos previstos por el Patriarca Mutante para los veinticuatro próximos meses: El primer número de X-Men representa un nuevo comienzo, algo así como “Bueno, vale, si no nos has leído antes, la cosa funciona de esta manera. Aquí tienes la mansión, los personajes, sus motivaciones y su entorno”. Multiplicamos por tres la gran pregunta final del Giant-Size X-Men 1: ¿Qué hacemos con cincuenta y tres hombres-X? El cómic empieza con una gran secuencia de cinco páginas. Decenas de mutantes peleando con otros tantos villanos. Perfecto para Jim Lee. Aparecen Cíclope y Tormenta. No pelean. De hecho, para ellos, parece como si no hubiera lucha. Están sentados, se pasean, toman notas. La imagen se congela. El lector descubre que lo que ha visto es una simulación creada en la Sala del Peligro. Los líderes de la Patrulla la utilizan para combinar las posibilidades de cada miembro. En las siguientes páginas, prueban varias opciones. “¿Lobezno debe estar en el mismo grupo que Júbilo? ¿debemos dejar de lado a una mutante tan joven? ¿dónde metemos a Jean y dónde a Scott?” Tormenta y Cíclope van desechando unas ideas y quedándose con otras hasta que deciden la formación de los dos equipos (Azul y Oro). En medio de todo esto aparece Magneto. Tenemos la pelea de rigor. Magneto y Xavier han llegado a una separación irreconciliable. Magneto está convencido de que la humanidad le traicionará. Xavier de que no. El hombre de Estado frente al terrorista… ¿quién tiene razón? El lector concluye que éste es un mundo desagradable y que la Patrulla-X tendrá que estar a la altura de las circunstancias. Ahora pasamos al segundo número, donde Dama Mortal arranca el corazón a Lobezno. Ambos mueren. En meses posteriores, tenemos funerales, lloros y lamentos, etc. Entonces aparece La Mano, que secuestra el cuerpo de Logan y lo resucita, como hizo con Elektra. Vemos el largo proceso de recuperación. El factor curativo funciona ahora de una manera muy interesante. Se ocupa sobre todo de reconstruir el corazón, mientras deja de lado las extremidades. Sus brazos y sus piernas comienzan a pudrirse mientras el corazón se regenera. Va a ser algo muy, muy desagradable. En el Uncanny X-Men 294, prevé Claremont, Lobezno ya recuperado se convierte en el líder de La Mano. A partir de aquí, la historia continúa de una serie a la otra hasta que alcance un punto en el que Logan luchará por la bondad de su alma. Y vencerá. Paralelamente, el Padre Mutante calcula cada una de las reacciones de los otros personajes. Van desde la de Cíclope (“Lobezno se ha vuelto malo y hay que acabar con él”), a la de  Xavier, que se muestra inflexible acerca de la necesidad de que Logan vuelva a la luz. Jean Grey y Coloso alcanzarán las posturas más radicales. Mientras la primera decide acudir al rescate de su compañero e incluso fingirá ser su amante, Peter llegará a arrancarle las garras en el curso de una pelea.

 

            -Es el mayor conflicto al que se ha enfrentado la Patrulla-X desde que se fundó. Uno de los suyos, el alma del grupo, será su peor enemigo –concluye Claremont, orgulloso.

-Éso no funciona –responde Harras.

 

No funciona porque Lobezno tiene colección propia, no funciona porque Lobezno tiene que aparecer como invitado especial en la mitad de los títulos que Marvel publica, no funciona porque Lobezno es el héroe favorito de todos los chicos que compran Uncanny y que comprarán X-Men. ¿Cómo les explicas a esos chicos que ahora es uno de los malos? No funciona.

Llegados a ese extremo, la discusión se traslada al despacho de Terry Stewart, el presidente de la compañía. Éste da la razón a Harras. Que quede claro: esta empresa funciona como una máquina. Cada mañana vienes aquí, pulsas las teclas adecuadas, el engranaje se pone en marcha y todos somos felices. Pero mucho cuidado con mover ese engranaje, aunque sea para mejorarlo, porque lo estropearás. Cada pieza en su sitio, cada trabajador en su sitio. Es la prueba definitiva. Claremont está invitado a escribir las historias de los hombres-X siempre que se pliegue a los dictados de Bob Harras; siempre que no tenga inconveniente en compartir créditos con Jim Lee; siempre que sea el dialoguista que exigen que sea.

 

-No pienso quedarme para ayudaros a destruir lo que he tardado diecisiete años en crear.

-Yo no lo veo así –sostiene Harras.

-Ya sé que tú no lo ves así, pero yo no tengo otra alternativa. Que te jodan. Me voy.

 

Pueden hablar durante horas, pero no lo hacen en el mismo idioma. Claremont se pregunta si alguna vez lo han hecho. Durante las semanas siguientes, sólo se comunican mediante fax porque ambos quieren una copia escrita de cada cosa que dicen. En prensa, Marvel anuncia que “Chris Claremont va a tomarse un pequeño descanso de un año durante el que no escribirá ningún cómic”. El aludido, al que todavía intentan convencer de que dé marcha atrás, salta a la palestra para exponer los trapos sucios y dejar claro que su cese tiene carácter irrevocable. En un principio, no quiere siquiera comenzar X-Men, pero su mujer le convence para que el primer número de la nueva serie, del que se esperan ventas millonarias, sea el de su finiquito, un dinero que necesitan para la hipoteca. Haré X-Men 1 porque creo que me lo he ganado, afirma. En Marvel responden: “De acuerdo, podremos vivir con eso”.

Nunca antes en toda su vida Claremont se ha sentido más triste. No es así como deben escribirse los tebeos, no es así. Deberías disfrutar haciéndolos, leyéndolos. Debería ser la clase de cosas donde tú te sientas y hablas de los personajes, las aventuras y el sentido que hace que todo encaje. Pero eso se acabó. Cuando empieza a desarrollar su última historia, ésta se alarga a tres espectaculares episodios (XM 1-3, X-XII 91) en los que Magneto y Charles Xavier llevan su viejo enfrentamiento hasta un punto de no retorno. El Amo del Magnetismo muere entre fuego y gloria, traicionado por uno de sus Acólitos y salvando la vida a la Patrulla-X con su último aliento. “Te devuelvo tu sueño, Charles. Pero me temo que, con el tiempo, cuando comprendas que nunca fue más que la esperanza de un loco, te romperá el corazón. Adiós, viejo amigo”, son sus últimas palabras.

Marvel pone a la venta cinco versiones diferentes del X-Men 1. Vende siete millones y medio de ejemplares, el doble de los conseguidos por el X-Force (XFO) 1 (VIII 91). Gran parte de la tirada va a manos de especuladores; otra queda en poder de los libreros especializados y una mínima porción, no más del diez por ciento, acaba en las estanterías de los aficionados. Con esos beneficios en la mano, la marcha de Claremont se considera una pérdida aceptable. El Padre Mutante conoce en carne propia el precio que le ha costado su sueño de autonomía creativa. Aprende que también se puede morir de éxito. Sus casi dos décadas al frente de la strip son reducidas a la nada, al polvo absoluto. En Marvel demuestran una dramática falta de perspectiva histórica. Tom DeFalco no mueve un dedo por evitar lo inevitable. ¿Por qué? Tiene siete millones de razones. Importa más el día a día. Importa más una gloria pasajera de cartón-piedra que sueñan convencidos será permanente. Jim Lee se queda, ¿no? Eso es suficiente. También ahí se equivocan. Tampoco eso les importa.

Boceto inicial y final de la portada de X-Men 1

Es verano de 1991. Jim Lee asiste a la San Diego Comic Con. Los guardias de seguridad hacen ímprobos esfuerzos para que el millar largo de fans deseoso de conseguir la firma de su ídolo mantenga el orden y la compostura. Las colas se forman por riguroso orden de llegada. Cada aficionado recibe un número que ha de presentar en su debido momento. No hay dibujos, el alto número de congregados lo impide. Jim Lee tan sólo puede firmar tres ejemplares por cabeza. “Eres el mejor, Jim. Quiero ser como tú”, o algo así, vienen a decir ocho de cada diez chavales. Los dos que quedan apenas son capaces de dar las gracias por la rúbrica, impresionados ante la presencia del que juzgan Dios del Cómic. El Chico Midas no se cree lo que está viviendo. Todos quieren ser su mejor amigo. En apenas un año se ha hecho millonario. Marvel acaba de anunciar que, tras el X-Men 3 y el Uncanny X-Men 281, él y su amigo Whilce Portacio asumirán los destinos del Universo Mutante. “Quiero dejar huella”, afirma Lee. “Me gustaría hacer unos cincuenta números”. Muchos son los que respiran aliviados ante la salida de un guionista que, dicen, escribe por mera costumbre desde largo tiempo atrás. Confían en que el Chico Midas y su gente sepan dar a la strip un soplo de aire fresco. ¿En qué consiste? Lee sabe que lo suyo no son los argumentos complicados o los personajes dolientes. Nada de llorones ni de historias que se alargan durante años. En su lugar, habrá más acción, más viñetas grandes, menos diálogo que tape sus dibujos y aventuras que, como mucho, duren cuatro números, que luego los lectores no se aclaran.

Es verano de 1991. Claremont hace su primera aparición pública desde que ha abandonado X-Men. Yo salvé la industria del cómic en los años setenta y volveré a salvarla en los noventa, proclama. Tiene proyectos, muchos proyectos. El pasado es prólogo, el futuro que preveo es la guerra. Va a dar a DC unos héroes, Sovereign Seven, de los que mantendrá la propiedad intelectual para evitar las injerencias editoriales. Unos héroes que van a significar el siguiente paso de excelencia no en su carrera, sino en la historia del medio. Pero Claremont no sólo escribirá cómics. Va a escribir más novelas. En solitario y en compañía de George Lucas. Primero el cómic, luego la narrativa pura y, por último, el cine. Todos rendidos a sus pies. “Señor Claremont”, pregunta uno de los asistentes, “¿qué cree que va a ser de X-Men sin usted?” X-Men, dice Claremont, caerá por su propio peso. Dentro de unos meses, nadie comprará X-Men.

Pocos son los que escuchan sus palabras. Menos aún los que las creen.

 

1992. ¿VIDA MUTANTE DESPUÉS DE CHRIS CLAREMONT?

Es febrero de 1992 y nace Image. Terry Stewart tranquiliza a los mercados desde la tribuna que le ofrece The New York Times. “Los autores vienen y van, pero los personajes y sus universos permanecen”. Marvel está por encima de quien trabaje eventualmente en sus oficinas. Stewart está convencido de que la aventura californiana de esos cerdos traidores será un fracaso. Quien me hecha un pulso lo pierde, asegura. Stewart no sabe nada sobre cómics, pero eso no le importa. Nombrado presidente por Ron Perelman, propietario de Marvel, a principios de 1990, su modelo de empresa lo representa Disney. En su esquema del negocio, los cómics son una pequeña parte de un imperio mayor compuesto por películas, parques temáticos, juguetes, videojuegos… Cualquier cosa que pueda vender a un público entre los cinco y los veintipoquísmos años. En manos de Stewart, Marvel funciona más que nunca como una multinacional. Contrata gente a espuertas, hagan o no falta; cuida el mercado televisivo, y mete dinero a mansalva en los estudios de animación de Marvel, que empiezan a trabajar en una serie de dibujos animados protagonizada por la Patrulla-X. Los diseños de personajes y primeros argumentos están basados en los X-Men… de Jim Lee.

Con la oficina-X inmersa en la mayor crisis de toda su historia, Bob Harras se convierte en la única persona con capacidad operativa para tomar decisiones. Las únicas consignas que recibe desde arriba se resumen en mantener el nivel de ventas de la Franquicia Mutante y no promocionar en exceso a sus asalariados. Ni un dibujante con ínfulas de estrella en la casa. Harras pone ahora sus esperanzas en la inteligencia de Fabian Nicieza, su más inmediato colaborador, que asciende de argumentista a escritor de X-Force y X-Men. Scott Lobdell, del que hay buena opinión en la casa, también pasa a ser el guionista de Uncanny. Lobdell llega después de que John Byrne se niegue a escribir en una sola noche los diálogos del UXM 286 (III 92). Hasta ese momento su único mérito conocido es haber cubierto bajas aquí y allá, pero sabe cómo subir en una empresa. Redactor de revistas de tercera regional y fracasado humorista de bodeguilla, Lobdell se curra su futuro en los pasillos, en los despachos, en la cafetería de Marvel. Una tarde recibe una llamada de Lisa Patrick, la mano derecha de Bob Harras.

 

-Hola Scott. ¿Serías capaz de hacer los diálogos de un tebeo de la Patrulla-X?

-Claro. ¿Para cuándo lo quieres?

-Para mañana a primera hora

-Vale.

-¿Te va a dar tiempo?

-Sí. ¿Por qué no me iba a dar tiempo?

 

A la mañana siguiente, Harras tiene su guión completo encima de la mesa.

 

-Espera, Scott. No te vayas. Déjame que te haga unas preguntas.

-Adelante.

-¿Estás disponible?

-Sí, claro.

-¿Sigues las colecciones de la Patrulla-X?

-Las leo todas.

-¿Sabes cómo funciona la Oficina-X?

-No, no lo sé.

-¡Has contestado correctamente a todas las preguntas! Una cosa más, ¿te gustaría ser el guionista regular de Uncanny X-Men?

-Diablos, por supuesto que me gustaría. ¿Es una especie de broma?

-No. No es ninguna broma. ¿Quieres o no?

-Sí, sí. Desde luego.

-Pues bienvenido a bordo.

 

Acompañando a los nuevos guionistas están chicos salidos de quién sabe dónde, jovenzuelos que llegan a Marvel con un estilo que mimetiza el de Jim Lee o Rob Liefeld. Si otro puede hacerlo, ¿para qué contratar a los originales? Son los Tom Raney, los Brandon Peterson, los Art Thibert, los Mark Pacella, los Greg Capullo, los Joe Quesada. En el aspecto narrativo, Wolverine mantiene a Larry Hama, quien ha demostrado ser el perfecto escritor de las aventuras del mutante de las garras de adamántium. Bajo su tutela, la colección alcanza el tono a Conan del siglo XX perseguido, que no logrado, por Claremont en los primeros números. Lobezno encuentra en Hama al otro gran autor que le entiende y sabe a dónde llevarle: hacia el derrumbe emocional. Con un hábil giro dramático, el guionista se deshace de Mariko Yashida, la muñeca de porcelana china que ha simbolizado durante todos estos años el control de Lobezno sobre sus demonios internos. Muerta Mariko (WOL 57, VII 92), Logan regresa a sus orígenes salvajes, con historias más descarnadas y violentas que las que preceden la llegada de Hama. En sustitución de Silvestri, entra en escena Mark Texeira, un dibujante de trazo sucio y salvaje que compensa sus carencias con la fuerza estilística que Lobezno necesita.

 

X-Factor es la colección que menos vende de las publicadas por Harras. Peter David tiene manga ancha para hacer lo que quiera con ella dentro de un cierto orden. Siguiendo el estilo que le ha hecho famoso en Incredible Hulk, David introduce la interacción de personajes y el humor como los grandes valores de la colección, y los diálogos inteligentes como su más poderosa arma para conquistar nuevos lectores. Enseguida construye un cómic inteligente y lleno de frescura que crece mes a mes ayudado de los buenos oficios primero de Larry Stroman y luego de Joe Quesada, uno de los pocos imitadores de Jim Lee con un lápiz capaz de evolucionar hacia un estilo propio.

Marvel Comics Presents y Excalibur funcionan por otro lado, ya que ambas series las edita Terry Kavanagh, en lugar de Harras. La primera publica seriales protagonizados por Lobezno de forma sistemática. Kavanagh concentra sus esfuerzos alrededor de una historia en trece partes escrita, dibujada, entintada y coloreada por Barry Smith (MCP 72-84, V-XI 91). En los dos años que ha durado su proceso creativo, Arma-X ha pasado de ser un relato corto de ocho páginas a convertirse en una espectacular novela gráfica de ciento veinte. El título se refiere al primer nombre clave utilizado por Logan, así como al proyecto gubernamental que dio origen a sus huesos y garras de adamántium. Smith acomete su realización sin más influencia externa que una pequeña charla con Chris Claremont en la que éste sugiere que detrás del Proyecto Arma-X puede estar la oscura mano de Apocalipsis.

Un accidente de tráfico sufrido por Smith retrasa tanto la aparición de Arma-X como de la tercera parte de Muerte viva, en la que también trabaja. Terminado el serial de MCP, el artista vuelve sobre esta nueva obra en torno a Tormenta, aunque sin que Marvel le indique fecha de entrega. De momento, no necesitan la historia. Tiempo después, cuando por fin la concluye, Bob Harras se niega a publicarla. Alega que en ella se hace apología del suicidio. Muerte viva III aparece en 1999 bajo el nombre de Adastra in Africa, un álbum de lujo que publica Fantagraphics Books. Smith cambia el nombre de la protagonista para evitar problemas de derechos con Marvel. De igual forma, las contradicciones que Arma-X introduce en la cronología de Lobezno llevan a que Larry Hama, por indicaciones de Harras, la convierta en poco menos que una ensoñación apócrifa fruto de implantes cerebrales, como se explica a lo largo de una compleja aventura que vuelve a sumir el origen de Logan en la incertidumbre absoluta (WOL 48-50, XI 91-I 92).

En Excalibur, tras una soporífera etapa de interinidad, Kavanagh rescata a Alan Davis, quien meses atrás se ha estrenado como guionista en un especial dedicado a Lobezno (Wolverine: blood lust, 1990). “Vuelve a la serie. Quiero que hagas los dibujos y los guiones. Puedes hacer lo que te apetezca con los personajes. Disfruta”, sugiere Kavanagh, quien, al contrario que Harras, mantiene un sistema de edición en el que prima la capacidad de los autores para desarrollar sus ideas. Davis demuestra enseguida que puede ser tan buen escritor como dibujante. Su trabajo, divertido, muy bien escrito y estructurado, resulta una absoluta delicia desde el primer momento (EX 42, X 91). En pocos meses resuelve gran parte de las inconsistencias y cabos sueltos dejados por Claremont en su anterior etapa conjunta. Vuelven viejos conocidos de la serie, como Saturnina o la Banda Loca, cuya presencia sirve para desvelar misterios olvidados que hacen referencia incluso a la primera aparición del grupo. Los lectores conocen así el verdadero origen de Cacharro (EX 66, VI 93), la conspiración de Merlyn fruto de la cual nació Excalibur (EX 50, V 92) o las razones por las que el Capitán Britania se comportaba como un imbécil descerebrado en los primeros números. Davis acomete también una de las empresas más duras de la historia mutante, reordenar y clarificar la cronología de Fénix (EX 52, VII 92). Mientras aclara estos misterios, avanza hacia nuevos puntos de interés, con la introducción de personajes como Cereza (EX 46, I 92) o Feron (EX 48, III 92). “Sigo un esquema muy parecido al de las historias del Mono Chino, en las que hay cuatro personajes que representan los distintos aspectos de la totalidad”, explica. “Creo conversaciones entre ellos, y esas charlas son el equivalente al psicoanálisis y a las dudas sobre uno mismo”. La serie, junto con X-Factor, alcanza un nivel de oasis dentro de la Franquicia-X.

1992. LOS EJES DE LA PATRULLA-X POST-CLAREMONT

Es verano de 1992. Bob Harras tiene otros quebraderos de cabeza. En el corto plazo, su ocupación número uno es coordinar el primer gran crossover de la nueva era. El problema principal al que se enfrenta es que el crossover está cerrado con el departamento de contabilidad. Harras sabe que ha de publicarse durante los meses de verano pero no sabe, no tiene ni la más remota idea, cuál va a ser el tema que trate. Agobiado por las prisas, le ruega a Nicieza que prepare la historia cuanto antes. Nicieza, conocedor sobre todo de X-Force y su líder Cable, centra el argumento en éste último.

El Cable con el que se encuentra Nicieza una vez se marcha Liefeld es un personaje lleno de contradicciones, más por la ineptitud del mismo Liefeld que por otra cosa. Puesto a hacer de él algo con un mínimo sentido, Nicieza especifica en XFO 8 (III 92) que el nombre de pila de Cable es Nathan; que a su vez tiene unos robots a los que llama Jean y Scott, una nave a la que se dirige como “Profesor” y que proviene de un futuro terrible que intenta alterar con sucesivos viajes a nuestro tiempo. De esta forma, se ofrece una explicación lógica a las múltiples conexiones del líder de X-Force con los más variopintos individuos, desde Nick Furia a Moira McTaggert y se apuntan unas cuantas pistas acerca de su verdadera identidad. Tanto en los siguientes números de la colección como en su propia miniserie (Cable 1 y 2, X y XI 92) Nicieza añade nuevos detalles a la biografía del personaje que sirven de prólogo al crossover.

La canción del verdugo (UXM 294-295, XM 14-16, XF 84-86, XFO 16-18, XI 92-I 93) , cuyo nombre homenajea la novela de Norman Mailer (1979), se interpreta sobre un equívoco, el intento de asesinato de Xavier por parte de quien se hace pasar por Cable. En realidad, el homicida es Dyscordia, el doble de Cable creado por Rob Liefeld en los últimos números de TNM y cuya misma existencia representa uno de los misterios por resolver que penden de un hilo tras la marcha del dibujante. Nicieza establece una conexión entre Cable, Dyscordia y la Patrulla-X que da un nuevo sentido a El manifiesto Apocalipsis. Cable y Dyscordia son clones. La gran revelación tiene lugar cuando se descubre que uno de ellos, probablemente Dyscordia, es Nathan Summers, el hijo de Cíclope enviado para proteger el futuro. La canción del verdugo termina, como El manifiesto Apocalipsis y la Saga de Fénix Oscura, en la luna, con una espectacular batalla entre Cable y Dyscordia en la que ambos parecen morir. Se trata tan sólo de un oportuno mutis cargado de confusión y dobles interpretaciones que deja abierta la puerta a una futura colección regular.

Surgida de la necesidad de buscar un enlace entre Cable, Dyscordia, Scott y Jean que sirva para cruzar sin problemas las colecciones mutantes, La canción del verdugo marca las líneas básicas de futuros crossovers. En esencia, se trata de desarrollar un concepto sencillo en torno al cual desplegar a las docenas de mutantes que pululan en cada colección. La aventura podría contarse en cuatro episodios, pero hacen falta doce para implicar a todos los hombres-X desperdigados en sus respectivos equipos, que básicamente se dedican a marear la perdiz y a viajar de un lado para otro, de la Tierra a la Luna, de Nuevo México a Canadá, mientras el argumento principal se centra en cuatro o cinco de ellos. Lo que cuenta es rellenar páginas y aumentar las ventas. Por otra parte, La canción del verdugo también sirve para abrir nuevas subtramas que, en el más obvio estilo claremontiano, se estiran hasta el infinito.. o, mejor aun, hasta el siguiente crossover. En este caso, la novedad viene de la mano del Virus del Legado, regalo final que deja Dyscordia a sus enemigos. Puede definirse como un SIDA al estilo Marvel cuyas funciones básicas son añadir un poco más de tragedia a la ya de por sí sufrida vida de los mutantes y eliminar a todo personaje molesto que los chicos de Harras encuentren a su paso.

En apenas unos meses, el editor mutante da la vuelta al calcetín. Hasta el momento, aventuras como La caída de los mutantes o Inferno servían para cerrar tramas enquistadas en la complicada cronología mutante. Ahora, esas mismas tramas aparecen con el único fin de alimentar un próximo crossover o, en su defecto, caer en el olvido con absoluta desvergüenza. La consecuencia inmediata de tal perversión es que, entre un crossover y el siguiente, no pasa casi nada de auténtico interés. Los personajes dejan de evolucionar con la naturalidad que lo hicieran en tiempos pasados. Resulta más sencillo encerrarlos en clichés que se repiten cada mes. Los tebeos se rellenan con mil subargumentos reiterativos que jamás conducen a nada, aunque adornados con los textos de apoyo engolados y diálogos teatrales característicos de la casa mutante ofrecen una sensación general de trascendencia.

Scott Lobdell, en una sesión de fotos para la revista Wizard

A tal efecto, Scott Lobdell y Fabian Nicieza son los mejores cómplices que pueda desear Harras. El primero, si bien demuestra enseguida su incapacidad para desarrollar aventuras con una pulcritud mínima, copia todos los tics de Claremont y los aplica en cada uno de sus textos. Por ejemplo, su manera de aproximarse a los personajes es siempre la misma: plano general de la mansión acompañado por cuatro textos de apoyo cortantes: “Salem Center. Escuela del Profesor Xavier para Jóvenes Talentos. Hogar de la Patrulla-X. Temidos y odiados por la humanidad que han jurado proteger”. A continuación, Lobdell suele presentar a unos cuantos mutantes que se quejan sistemáticamente de lo mucho que sufren. “Háblame, Cerebro. Señálame dónde está ese nuevo mutante. Dime si él o ella será quien sirva de puente entre humanos y mutantes. Y aunque no sea cierto, dime que hay motivos para tener esperanza” (UXM 300, V 93). Esta perorata se la suelta Rondador Nocturno a una máquina como si fuera Hamlet hablando al fantasma de su padre. ¿Por qué? “Queda bonito”, afirma Lobdell. Fabian Nicieza al menos reconoce que tarda un año en sacar de su cabeza la voz de Chris Claremont. “Tengo la sensación de que me dicta cómo tengo que escribir”, afirma. Mientras tanto, desarrolla dos o tres argumentos con principio y final. Resuelve, por ejemplo, los problemas de identidad de Mariposa Mental causados por lo ocurrido en Actos de Venganza (XM 20-23, V-VIII 93). A pesar de sus contadas diferencias de estilo, los nuevos guionistas-X coinciden, en el terreno argumental, al retratar una Patrulla-X obsesionada por la causa del Profesor hasta grados cercanos al fanatismo, y, en el laboral, al doblarse cual contorsionistas a las exigencias de Harras. Se hace lo que él dice, que por algo es el editor.

Siguiendo este esquema básico, en los meses siguientes a La canción del verdugo, las colecciones mutantes se escriben a partir de cuatro ejes más o menos claros. Unos conducirán al siguiente crossover, otros seguirán ahí hasta que les toque su turno.

Primer eje. El traidor. Antes de marcharse a Image, Whilce Portacio crea un nuevo hombre-X que supone todo un golpe de originalidad. Como con Cable y su futuro apocalíptico no es suficiente, de un futuro algo menos lejano aunque igual de siniestro llega Bishop. A imagen de Cable, Bishop abulta como un rinoceronte y va cargado hasta las orejas con pistolones que dispara a la menor provocación. A diferencia de Cable, Bishop es negro, tiene un tatuaje en la cara (en lugar de un ojo brillante) y habla de la Patrulla-X con un respeto religioso. Para el, los hombres-X son mitos. Lo son hasta tal punto que, cuando los conoce, piensa que se encuentra ante unos impostores, ya que no alcanzan la perfección que se les supone a las leyendas. “Hasta los alumnos de preescolar saben que Coloso se movía tan rápido como el viento”, asegura. En el futuro de Bishop, como en todo futuro mutante que se precie, la Patrulla-X acabó mal, muy mal. El grupo al completo fue asesinado por uno de sus miembros, un misterioso traidor cuya identidad ha venido Bishop a descubrir. A pesar de las reticencias de todos sus alumnos, Xavier acepta al viajero del tiempo como nuevo hombre-X (UXM 287, IV 92). Enseguida, las sospechas de Bishop apuntan a Gambito como el posible traidor (XM 8, V 92). Como toda prueba, Bishop aporta una grabación en la que la Jean Grey del futuro hace una desesperada llamada de socorro. Frases como “nunca debimos confiar en….” o “sabíamos tan poco de…” componen algunos pasajes de la cinta. Resultan tan ininteligibles que el traidor podría ser Gambito… o incluso el mismo Bishop, ya que de ambos apenas se sabe nada. Sea cual sea, la identidad del asesino importa poco. Ni Portacio la conoce a la hora de crear a Bishop, ni Harras, Nicieza y Lobdell se molestan en decidirse por alguien en concreto. De momento, se limitan a hacer insinuaciones carentes de base cierta.

Segundo eje. Los líos amorosos. De un día para otro, los hombres-X padecen unos excesos hormonales hasta ahora inéditos en la strip. La causa puede residir en que todos los artistas sin excepción dibujan a las chicas como modelos de Playboy y a los chicos como dioses griegos, pero el caso es que, con lo mucho que sufren, pasan el día entero metiéndose mano o intentándolo. Cíclope, ese calzonazos siempre enamorado de la misma pelirroja en sus múltiples encarnaciones, se obsesiona de repente por Mariposa Mental. La cosa no pasa de calentón, pero depara una de las escenas más divertidas jamás vista en un cómic de mutantes, con Mariposa aplicando un impresionante lametazo a un Cíclope anonadado (XM 20, V 93). Semejante tonteo es atajado a tiempo por la misma Jean y pasa al anecdotario una vez la parejita se compromete a casarse (UXM 308, I 94). Por otro lado, Gambito y Pícara pierden el culo el uno por el otro, pero ocurre lo que siempre ocurre en el Universo Marvel. Por enmedio se interponen el pasado de él y los poderes de ella. Un desastre, vamos. Por último, el romance vuelve a surgir entre Tormenta y Forja, e incluso él llega a pedirle matrimonio (UXM 289, VI 92). Al final, nada de nada. Por si acaso, Bishop le echa un ojo a Ororo…

Tercer eje. Coloso debe sufrir. La idea se le mete en la cabeza a Fabian Nicieza, y, después del visto bueno de Harras, la aplica al pie de la letra. En el horizonte inmediato se divisa la resurrección de Magneto. Nicieza quiere llevar al bueno de Peter a una desesperación tal que decida unirse al Amo del Magnetismo. Para empezar, “suicida” a su recién reencontrado hermano Mijail (UXM 293, X 92); para continuar, elimina con descarnada crueldad a sus padres (XM 18, III 93); para terminar, su hermana Illyana contrae el Virus del Legado, que acaba matándola (UXM 303, VIII 93). Por cierto, Illyana es la víctima más destacable de este temible mal cuya característica única reside en no afectar a ninguno de los protagonistas de la serie. Peter llora mucho, quema sus cuadros, se enfada con el Profesor-X, cuestiona sus métodos, y en el funeral de Illyana decide cambiarse de bando para irse con Magneto (UXM 304, IX 93). “Al igual que el Profesor, Magneto nunca ha titubeado en su entrega a una meta. Quizás de tener la fuerza de convicción para unirme antes a él no estaría aquí, ante la tumba de mi hermana”, se justifica Coloso.

Cuarto eje. La conspiración. Por un lado está Mister Siniestro. Aparece de vez en cuanto, suelta un par de frases ambiguas, vuelve a desaparecer y todos se quedan pensando en lo que ha dicho. En XM 23 (VIII 93) insinúa la existencia de un tercer hermano de Cíclope del que, por supuesto, nunca se volverá a saber. Los guionistas son los primeros que no tienen demasiada idea de qué está hablando Siniestro, ya que improvisan continuamente. Por otro lado tenemos a los Arribistas y al Amo del Juego. Son los villanos más patéticos salidos de la Franquicia Mutante. Una panda de ricachones que actúa de la misma manera que Siniestro: hacen acto de presencia cuando Nicieza o Lobdell se acuerdan, tienen unos cuantos diálogos enigmáticos y hasta la próxima. Los Arribistas conspiran, manipulan y se pelean entre ellos con el fin de ganar un extraño concurso cuyas reglas u objetivos nunca son explicados. Creados por Portacio como otra de sus geniales ocurrencias (UXM 283, XII 91), Nicieza los retoma sin demasiado entusiasmo, aunque luego los utilice en un cruce entre X-Force y The New Warriors (XFO 33 y 34, The New Warriors 45 y 46, III y IV 94). Con un par de honrosas excepciones, a los Arribistas no se le conocen grandes maldades. Son enemigos de la Patrulla-X… porque sí. Vaya.

1992. MANTENERSE EN LA CIMA ANTE LA AMENAZA DE IMAGE

Bien, señores. Este es nuestro objetivo. Mantenernos aquí. Los primeros.

Bob Harras señala el gráfico de ventas de Uncanny X-Men. La serie pasa de algo menos de medio millón de ejemplares mensuales en 1991 a casi 750.000 en 1992. Eso representa un aumento del cincuenta por ciento, cifra que ha permanecido inamovible tras la marcha de Claremont. Ahora hay que conseguir que todo siga igual sin Jim Lee ni Rob Liefeld.

Es ocho de febrero de 1992. Una rueda de prensa convocada por siete de sus más rentables estrellas coge a Marvel con el paso cambiado. Todd McFarlane, Jim Lee, Rob Liefeld, Marc Silvestri, Jim Valentino, Erik Larsen y Whilce Portacio anuncian que dejan la Casa de las Ideas para fundar su propia editorial.

A sus veintidós años recién cumplidos, Rob Liefeld es un millonario feliz. Ha hecho realidad sus sueños de niñez. Los chicos que compran X-Force quieren dibujar como él, vestir como él, sonreír como él, ser como él. Pero una mañana Rob Liefeld descubre que, si él ha ganado dinero, mucho dinero, Marvel ha ganado todavía más, más dinero, a su costa. No sólo eso, Marvel utiliza su arte con absoluta impudicia en merchandising diverso sin pagarle un centavo por ello. Sin él, X-Force seguiría siendo una pandilla de críos tonteando en Asgard. Gracias a él, ahora son la pieza maestra del ejército de Cable. Con Hollywood llamando a la puerta, Marvel se ha convertido en un problema. ¿Qué vas a vender a los chicos del cine cuando tus dibujos, tu sangre, tu arte, pertenece a otro? Marvel es más pequeña y menos importante que Rob Liefeld, pero no lo sabe todavía. Marvel cree que puede tratar a Rob Liefeld como a un dibujante más, pero Rob Liefeld ha salido en la MTV. Por eso Rob ha empezado a coquetear con pequeñas compañías. Pretende que le publiquen una cosa titulada Youngblood. La idea es que ellos se lleven un pequeño porcentaje de ventas y Rob el noventa por ciento de los beneficios. Malibu Comics, hasta ahora una compañía insignificante, acepta el reto. Saben que el diez por ciento de ventas de dos millones de ejemplares sigue siendo mucho dinero. Guay.

Es tan guay que Rob se lo cuenta a su amigo Todd McFarlane. Es tan guay que McFarlane ve la oportunidad de su vida. Es tan guay que pronto se unen los demás. Silvestri, Valentino, Larsen. Chicos criados bajo el sol de California, locos por el surf que han visto el sueño americano hecho realidad después de que Marvel colmara sus cuentas bancarias. Pero les falta alguien. Les falta el nuevo Rey. Les falta Jim Lee.

Lee está en la cumbre. Ahora ya no tiene la molesta obligación de saltarse los guiones de Claremont. Por fin ha quedado claro que su visión de lo que tiene que ser la Patrulla-X es la que ha conquistado millones de corazones en todo el mundo. Por fin el guionista cumple su función primordial, escribir los diálogos. Scott Lobdell, ese chico que le ha puesto Harras, lo entiende. Lo entiende mejor que John Byrne. El que sea éste quien sustituya a Claremont supone todo un golpe maestro de cara a la galería, pero no funciona. Byrne aparece como por arte de magia al día siguiente de la marcha de Chris. Viene con un par de ideas que pone sobre la mesa. “Estoy presionando para que se haga una línea argumental que elimine el noventa por ciento de los mutantes. Con un poco de suerte, podremos volver a lo que era el cómic cuando comenzó en el primer número: los buenos mutantes intentado localizar a otros mutantes antes de que lo hagan los chicos malos. Y así no tendremos a los miles de personajes que hay ahora”, dice. Byrne dialoga los UXM 281 a 285 (IX 91-II 92) y los XM 4 y 5 (I-II 92). Acto seguido decide marcharse, furioso por que Whilce Portacio, el socio de Lee en su estudio y dibujante de Uncanny, no entrega sus páginas con tiempo suficiente para que pueda escribir los diálogos. Byrne afirma que sólo un par de esos números los ha escrito realmente. ¿Cuántos días necesita para llenar los bocadillos?, se pregunta el Chico Midas. Mierda, si sólo son letras. Cualquiera que haya ido a la escuela primaria puede hacerlo.

Jim Lee es un millonario feliz. Ha trabajado duro por la corporación y la corporación le ha recompensado como se merece. Por eso, cuando llegan Rob y los demás con las cuentas de la lechera, les dice que se lo pensará, pero que está muy bien en Marvel, que él es un hombre de empresa y que no planea cambiar. Una mañana, sin embargo, se entera de que Terry Stewart, el presidente de la compañía, está regateándole las pagas de beneficios, los billetes de avión para su esposa, las facturas del coche que alquila cuando acude a una convención. El quiere a Marvel, pero Marvel le trata como a uno más. Eres el más grande, Jim. Nos has hecho de oro, Jim. Te hemos hecho millonario, Jim. Pero, Jim, no eres lo suficientemente importante para nosotros como para que tu esposa viaje gratis. “¿Ah, sí? Pues que os jodan”. El Chico Midas vuelve a hablar con Todd McFarlane. “¿Lo comprendes ahora, Jim?” Ahora sí, Todd, ahora sí. “Dios bendiga a Terry Stewart”, piensa McFarlane. “Dejamos Marvel porque no nos trata como queremos. No nos vamos porque odiemos sus personajes o su manera de hacer cómics”, declara públicamente Lee.

1 2 3