EL INCREÍBLE HULK: UN MONSTRUO EN CAMBIO PERMANENTE

La factoría Marvel es una máquina de reciclaje y modernización de mitos eternos. Sus autores toman los elementos básicos de cualquier leyenda para reinventarla de sorprendentes maneras. El caso de Hulk es uno de los más fácilmente reconocibles. Stan Lee partió de un concepto básico: la criatura de aspecto humanoide concebida por un hombre que juega a ser dios. No hay nada nuevo bajo el sol, hasta el punto de que tal idea ya había encontrado acomodo en el mito judío del Gólem, y también en dos iconos fundamentales de la literatura, Frankenstein o el moderno Prometeo, la notable novela de Mary W. Shelley en la que un visionario daba vida a un constructo compuesto con piezas de varios cadáveres; y El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde, donde Robert Louis Stevenson narraba la historia del científico que lograba disociar su personalidad, hasta transformarse, tras la ingesta de un brebaje, en un ser poderoso, malvado y desinhibido.

El cerebro detrás del Universo Marvel, que tenía ambas obras entre sus favoritas, decidió trasladar esos conceptos a los tiempos modernos, a la América de los años sesenta, sumida en el miedo a la bomba atómica, consecuencia inmediata de la escalada armamentística entre las democracias modernas, encabezadas por Estados Unidos, y el bloque comunista, que representaba la Unión Soviética. La histeria colectiva buscaba la válvula de escape en la fantasía y en la ciencia ficción, de tal manera que los cines se llenaban de inofensivos animales que, tras ser sometidos a la radiación, se transformaban en terribles bestias dispuestas a pulverizar ciudades enteras. Y fue en ese contexto en el que se produjo la llegada de Hulk.

 

Robert Bruce Banner, un brillante científico al servicio del ejército, crea la Bomba Gamma, un artefacto capaz de eliminar a los enemigos sin provocar la destrucción de las ciudades. Durante las pruebas de la bomba, un joven imprudente se introduce en el área sin saber lo que allí se está llevando a cabo. Banner acude a su rescate, pero no puede ponerse a salvo a sí mismo. A partir de entonces, y como consecuencia de la radiación recibida, se transforma de manera intermitente en un gigantesco monstruo de incalculable fuerza y escasa inteligencia.

 

Más allá del componente atómico, Hulk tiene una característica que le hace único: su naturaleza bondadosa. El Goliat Verde no busca la aniquilación de la humanidad; bien al contrario, desea la paz y la quietud, y son los humanos quienes no parecen dispuestos a dejarle tranquilo… Unos humanos que se concretizan en toda clase de enemigos con superpoderes, pero también en el ejército estadounidense, que persigue sin descanso a Hulk, con el General Thaddeus “Trueno” Ross a la cabeza, precisamente el padre de la mujer a la que Bruce Banner ama.

 

Varios lustros después de su nacimiento, Hulk alcanzaría fama universal, gracias a una serie de televisión en la que el culturista Lou Ferrigno encarnaba al Monstruo Gamma, mientras que el actor Bill Bixby ponía rostro al científico. La popularidad del programa fue tal que, para generaciones enteras de espectadores, quedaría grabada en su memoria una visión arquetípica de Hulk: con Bruce Banner deambulando por todo el país, ocultando su naturaleza dual ante sus semejantes, hasta que una injusticia provoca que Hulk emerja a la superficie y arregle las cosas, lo que obliga finalmente a su alter ego a emprender de nuevo la huida.

 

Sin embargo, el auténtico Hulk, el que nace y vive en las páginas de los cómics, no está esculpido en piedra precisamente. Muy al contrario, presenta diferentes cambios a lo largo de su existencia, de tal manera que cuesta encontrar una época que se parezca a otra. Quienes no han leído nunca sus tebeos tal vez desconozcan que la piel de Hulk no era verde en sus orígenes, sino gris, un color que se demostró enseguida como inapropiado para las técnicas de reproducción de la época, por lo que se optó por abandonarlo. En años recientes, a su vez, ha surgido un nuevo Hulk, esta vez de color rojo, más salvaje de lo que nunca fue el original. Igual de cambiante ha sido la inteligencia del monstruo. En sus primeras aventuras, se mostraba como astuto y sagaz, para dejar luego paso al Hulk todo músculo y nada cerebro. Años más tarde, durante una larguísima temporada, Bruce Banner llegaría a tomar control de su lado bestial, situación que posteriormente sería llevada hasta el extremo opuesto, de forma que cualquier rasgo de conocimiento abandonaría a Monstruo Gamma.

 

¿Cuál es el Hulk favorito de los lectores? ¿El Hulk gris y ladino, que regresaría en los años noventa para convertirse en un matón de casino? ¿El Hulk verde e inteligente, que sería aclamado como un héroe por las autoridades y por el resto de superhombres del Universo Marvel? ¿El Hulk desbocado, que eleva su salvajismo más allá de cualquier límite? ¿El Hulk prototípico, carente de inteligencia y perseguido por el ejército? Es difícil quedarse con uno de ellos, pero todos son sinónimos del héroe del cómic, y quizás por eso Paul Jenkins, un inteligente guionista de Marvel, tuvo la ocurrencia de no renunciar a ninguno de ellos y conjugarlos todos.

 

Ése fue el punto de arranque de una estimulante etapa, que se desarrolló durante los años 2000 y 2001, y en la que las diversas versiones de Hulk toman la voz cantante en función de las necesidades que se plantean, al tiempo que sobre Bruce Banner, desesperado tras el fallecimiento de Betty, pende toda una sentencia de muerte: ha descubierto que padece esclerosis lateral amiotrófica, también conocida como la enfermedad de Lou Gehrig. “Los perros de la guerra” es el arco argumental en el que se pone en práctica el pacto entre las diversas personalidades de Hulk. La prueba de fuego llega de la mano de un nuevo e implacable enemigo, el General John Ryker, un genio estratega que ha extendido sus tentáculos a través del poder y la política, hasta situarle en una posición poco menos que intocable. Además de por su trepidante argumento, esta obra merece destacarse por su capacidad para inspirar la película de Hulk que dirigiera Ang Lee en 2003, y en la que aparecían unos perros contaminados por radiación gamma muy similares a los que dan título a esta saga, y contra los que el Monstruo Esmeralda combate en el curso de la misma.

 

El volumen se completa, además, con el cómic en el que se produjo el debut del personaje, en el lejano 1962. La comparación de aquel primer episodio con “Los perros de la guerra”, una de sus más brillantes interpretaciones, permite al lector asombrarse de la gigantesca riqueza adquirida por El Increíble Hulk a lo largo de sus cinco décadas de historias, en las que, más allá de sus continuas transformaciones, permanece siempre la dialéctica entre el hombre y el monstruo que habita en su interior.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Hulk: Los perros de la guerra

DETRÁS DE LOBEZNO: ORIGEN

Desde que se produjo la llegada de Lobezno a las viñetas, allá por 1974, y durante más de un cuarto de siglo, el pasado del personaje permaneció en la oscuridad. El guionista Len Wein lo concibió para que se enfrentara a Hulk durante unas pocas páginas, en las que demostraría su salvajismo y atrevimiento, pero ni siquiera se llegó a plantear de dónde había salido aquel tipo de las garras. Es más: Wein daba por hecho que éstas eran un complemento que surgía de los guantes, nunca algo que formara parte de su cuerpo. El director artístico John Romita diseñó el uniforme a partir de algunas fotografías del fiero animal del que recibía su nombre (la traducción exacta de Wolverine sería carcayú: un fiero animal que habita los bosques canadiense), y Herb Trimpe dibujó su debut en las viñetas, sin que ninguno se parara a preguntar más detalles.

 

 

Poco después, el personaje ingresaría en la “nueva” Patrulla-X, y es allí donde sería tomado de la mano por Chris Claremont, su mayor artífice durante largos años, quien consideraba que Logan resultaba mucho más interesante si las preguntas sobre sus orígenes eran más numerosas que las respuestas. Las muchas súplicas de los fans sólo obtenían breves pinceladas de la que parecía la más apasionante y rica de las biografías de cuantos héroes pueblan el Universo Marvel. De esta manera, nunca sabías cuándo aparecería un dato más. Por ejemplo, en un imprevisto viaje a Japón, sus compañeros de La Patrulla-X descubrían que Logan había estado ya en aquel lejano país y conocía perfectamente su idioma. “No lo sabía”, le comentaba Cíclope. “No preguntaste”, respondía Logan, que nunca estaba dispuesto a facilitar demasiada información sobre sí mismo: ni su apellido, ni su lugar de nacimiento, ni su edad, ni todo lo que había hecho antes de unirse a los chicos de Charles Xavier.

 

Con el paso de los años, Claremont perdió el control sobre el mutante de las garras de Adamántium, al tiempo que aumentaron las aventuras ambientadas en la historia anterior a su afiliación a La Patrulla-X. Se llegó incluso a publicar un importante tebeo de elevado impacto, Lobezno: Arma X, en el que el prestigioso Barry Windsor-Smith destapaba todos los detalles sobre el proyecto secreto en el que los huesos de Logan habían sido recubiertos con el metal irrompible. Sin embargo, aquella historia estaba ambientada en la madurez del personaje: muchos otros acontecimientos habían tenido lugar con anterioridad a los eventos allí narrados. ¿De dónde procedía realmente Lobezno? ¿Cuál era su nombre completo? ¿Cómo había descubierto sus poderes de curación o la existencia de las garras?

 

Ya en el año 2000, la película X-Men devolvió a Logan a primera plana de actualidad. Hugh Jackman conseguía capturar en su interpretación el carisma, misterio y salvajismo que habían hecho tan popular al personaje. En Hollywood sabían que tenían un caballo ganador, y apostaron enseguida por convertir a Lobezno en protagonista de su propio largometraje, centrado en su origen. Ante semejante anuncio, los nervios invadieron las oficinas de Marvel. No estaban dispuestos a que desde un estudio de cine les dictaran la procedencia de su hombre-X.

 

Por aquel entonces, Joe Quesada y Bill Jemas acababan de ponerse al mando de Marvel, en calidad de Director Editorial y Presidente, respectivamente. Su irrupción significaba todo un revulsivo, ya que ambos estaban recuperando el entusiasmo hacia la factoría con un método tan sencillo como efectivo: no tener miedo a nada. Cualquier tabú que pudieran encontrarse a su paso, merecía ser roto: también cualquiera que pudiera rodear a Lobezno. Había llegado la hora de desvelar, desde la viñeta y sin el condicionamiento de nadie externo a la compañía, el origen del personaje. Pero, ¿cómo? Lo primero era encontrar la historia. Tras obtener el beneplácito de Chris Claremont, el padre moral del personaje, Jemas y Quesada trazaron las líneas maestras del argumento. Faltaba el equipo creativo que estuviera dispuesto a ponerlo sobre el papel. Querían un guionista de peso, pero también alguien capaz de acometer el que sería el cómic más importante de aquel año. Las opciones enseguida se redujeron a cinco nombres: Grant Morrison, Mark Millar, Brian Michael Bendis, Joe Casey y Paul Jenkins, todos ellos destacados profesionales del cómic en el comienzo del siglo XXI.

 

Morrison, autor de la revolucionaria New X-Men, encontró la idea absurda. No quería conocer el origen de Lobezno ni mucho menos contarlo; Millar, enfant terrible del tebeo americano, se quedó con las ganas, debido a su ya apretada agenda de trabajo; Bendis, el creador de Ultimate Spider-Man, se ilusionó, trabajó duro y llegó a redactar una propuesta de lo que hubiera sido una novela gráfica próxima a las cuatrocientas páginas, pero no le gustó lo que había escrito, y decidió abandonar; Casey (Patrulla-X: Hijos del átomo) consideraba que el único y verdadero origen de Lobezno era el que había contado Barry Smith en Arma X. Paul Jenkins, al contrario que el resto, pensó que sus colegas debían estar locos. ¡Por supuesto que quería escribir la historia! ¿Cómo era posible que alguien dijera que no? El que había sido escritor de una aclamada maxiserie de Los Inhumanos se puso manos a la obra

 

En cuanto al dibujante, el magnífico Andy Kubert enseguida se destapó como el apropiado para acometer tal empresa. Casi desde el comienzo de su carrera, la trayectoria del pequeño de los Kubert había estado ligada a Marvel: primero en X-Men, donde había conseguido algo tan difícil como superar la herencia de Jim Lee (el gran artista que revolucionara a los mutantes a comienzos de los noventa); luego en Ka-Zar y Capitán América, en ambos casos junto a Mark Waid, en la que había supuesto su eclosión como artista. Tan importante resultaba Lobezno: Origen para la editorial que Jemas y Quesada reclamaron que Andy se uniera al proyecto a pesar de estar compartiendo lápices con su hermano Adam en Ultimate X-Men. La ausencia de un entintador y su sustitución por el color directamente aplicado sobre el dibujo fue también una decisión de suma importancia, y se produjo no sin antes contemplar los espectaculares resultados que en esos momentos estaba cosechando la serie X-Treme X-Men. Se conseguía así el toque de elegancia y distinción que requería una epopeya de ritmo cinematográfico, donde las influencias de las adaptaciones de las novelas de Jane Austen se unían a la sutil narrativa de Jenkins. El trabajo recayó sobre un verdadero genio llamado Richard Isanove, que marcaría con su labor en Origen un camino a seguir para toda la industria.

 

Curiosamente, el proyecto de filme de Lobezno se abandonó poco después de la realización de Origen, y no se recuperaría hasta algunos años más tarde. Cuando finalmente se llevó a cabo, en 2009, bajo el título de X-Men Orígenes: Lobezno, los primeros minutos de la película estaban directamente inspirados en las primeras páginas de este cómic, anunciado por Marvel como “la mayor historia jamás contada”, publicado originalmente en 2002 y acreedor de ventas millonarias. De esta forma, el propósito inicial de la obra se había cumplido.

 

El presente volumen no sólo reproduce aquel acontecimiento de primer orden, sino también el que se podría denominar como el “origen cronológico”: el Incredible Hulk #181 USA (noviembre 1974), cómic en el que los lectores contemplaron por primera vez a Lobezno en acción. Aquí habría que añadir que, en realidad, el personaje ya había aparecido en la última viñeta del episodio anterior, reproducida junto a estas palabras. Quien iba a decir que aquel tipo de las garras irrompibles acabaría por convertirse en uno de los mayores iconos del cómic mundial.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Lobezno: Origen