EL INCREÍBLE HULK: UN MONSTRUO PARA UNA NUEVA ERA

The Incredible Hulk era, en los años setenta, una de las cabeceras más populares de Marvel, con una tirada media entorno a los trescientos sesenta mil ejemplares. El Goliat Esmeralda se encontraba entre los favoritos de los aficionados, y pronto su fama no haría sino aumentar, puesto que la televisión le haría famoso hasta en el último rincón del planeta. Pese a las críticas que despertaba en una parte del fandom, el dibujante Herb Trimpe había contribuido decisivamente a dar con la imagen característica del Piel Verde. Pero, a finales de 1975, y después de siete largos años, dejó la cabecera. Para sustituirle, el editor y también guionista Len Wein reclutaría a un artista cuyo nombre llegó a identificarse aún más con Hulk: nada menos que Sal Buscema.

Silvio Buscema nació el 26 de noviembre de 1936, en Brooklyn (Nueva York), y aunque nunca alcanzó la fama o el prestigio de su hermano mayor John, sí que se convirtió en uno de los dibujantes más representativos de la Marvel de los setenta y los ochenta, dejando su huella en multitud de series, como Captain America, Marvel Team-Up o Rom. Buscema era un todoterreno, capaz de dibujar varios números completos al mes, lo que hizo de él uno de los autores más prolíficos del momento, aquel profesional al que un editor siempre podía recurrir para cualquier urgencia. Su estilo, sencillo pero efectivo, con una narrativa limpia y ágil, se coló en el subconsciente de la masa lectora, hasta identificarlo por completo con La Casa de las Ideas. Porque los genios como Jim Steranko, Barry Smith o Jim Starlin iban y venían, con ínfulas artísticas, pero Sal Buscema siempre estaba allí, sin creerse ni más ni menos que lo que era: un dibujante de cómics. En The Incredible Hulk permaneció durante toda una década, hasta su marcha en 1985, aunque antes ya había tenido oportunidad de entrar en contacto con el personaje, tanto en diversas apariciones especiales como en Los Defensores, grupo al que pertenecía el Monstruo Gamma y que Buscema venía ilustrando desde su nacimiento. “Hay algo muy satisfactorio en dibujar la rabia y la furia”, confesaba el artista en el libro conmemorativo Sal Buscema: Comics’ Fast & Furious Artist (2010). “Con escasas excepciones, da igual dibujar a un personaje u otro. Siempre es el mismo tipo con ropas ajustadas corriendo de aquí para allá y salvando el mundo un mes tras otro. Hulk era distinto. Cuando descubrí el concepto por primera vez, quedé fascinado. Me encanta dibujar a Hulk, debido a su lenguaje corporal y a su personalidad, que son tan diferentes a la de cualquier otro superhéroe. Así que cuando un editor de Marvel me llamó para preguntarme si quería hacer su serie todos los meses mi respuesta no pudo ser más positiva”. Este texto aborda el comienzo de esa larga etapa, aludiendo en ocasiones a detalles significativos de la historia, por lo que se recomienda postergar su lectura hasta la finalización del tomo, en caso de no conocer los cómics con anterioridad.

 

Ilustración de Hulk realizada por Sal Buscema para el calendario Marvel de 1975. El dibujo acompañaba al mes de diciembre, que coincide con la fecha de portada de su primer número en la colección. ¿Coincidencia? ¡Que no te quepa duda!

 

Buscema se unía a un proyecto que ya estaba en construcción. Len Wein había comenzado a hacer los guiones desde un año atrás, y tenía en marcha algunas importantes tramas que, como era habitual en él, desarrollaba a largo plazo, especialmente las referidas a la Base Cazahulks, hogar no sólo del General “Trueno” Ross, el más persistente rival de Hulk, sino también de la práctica totalidad del elenco de secundarios de la cabecera, como Betty, la que había sido gran amor de Bruce Banner y que ahora estaba casada con el Coronel Glenn Talbot. Sobre éste, Len Wein había construido un larguísima argumento, con innumerables sorpresas y giros argumentales, que cuando llegó Buscema todavía estaba pendiente de solucionar. Talbot se encontraba prisionero de la Unión Soviética y había sido rescatado en números anteriores, pero en estado vegetativo y sin que los médicos supieran cómo sacarlo de esa situación… todo ello conduciría a The Incredible Hulk#200 USA (1976), uno de los primeros episodios incluidos en este tomo. Se trataba de un soberbio homenaje a Viaje alucinante(1966), la película que narraba el viaje al interior de un cuerpo humano de un grupo de científicos, con el fin de salvar la vida de un científico que había quedado en coma. En el cómic, Doc Samson ideaba una técnica similar para despertar a Glenn Talbot, sólo que quien viajaría al interior del militar no sería otro que Hulk, y además bajo unas condiciones verdaderamente particulares.

 

La aventura, a su vez, dio pie al regreso de Jarella, un viejo amor de Hulk, cuya relación intermitente llegaría a su fin en este punto de la historia, con una trágica conclusión que sorprendió a los aficionados en una época en la que la muerte de personajes secundarios, menos aún del interés amoroso del protagonista, era algo que se producía en muy pocas ocasiones. El fandom señaló que las circunstancias heroicas de la despedida de Jarella recordaban poderosamente a las de la muerte del Capitán Stacy, que había tenido lugar en The Amazing Spider-Man #90 USA (1970. Marvel Gold. El Asombroso Spiderman: Por fin desenmascarado). Ni Wein ni Buscema recordaban la saga arácnida en el momento de escribir su historia, o al menos así lo afirmaron ellos. En realidad, el guionista tenía una idea para recuperar a Jarella: dada su condición alienígena, lo que había parecido su muerte era en realidad el comienzo de una metamorfosis, que la llevaría a transformarse en un ser de elevado poder. Sin embargo, el guionista no tuvo la oportunidad de continuar con la historia tal y como la tenia planeada, ya que abandonó la serie antes de hacerlo, y ninguno de sus seguidores volvería sobre el personaje.

 

La muerte de Jarella frente a la del Capitán Stacy. ¿Homenaje, plagio o desmemoria?

 

Un cambio gráfico importante vino dado por la marcha de Joe Staton, el entintador con que había contado Trimpe en su última etapa y que mantuvo Buscema a lo largo de su primer año. Su estilo limpio y contundente servía para dotar a la serie de una imagen muy característica. Le sustituyo Ernie Chan, que dio un aspecto mucho más sucio y realista a los lápices de Buscema, hasta casi ocultar su estilo y aproximarlo al género de la fantasía heroica en el que Chan era un maestro. Con Chan se iniciaba una época en la que Bruce Banner trataba de llevar una vida convencional, rompiendo con la tradición del monstruo nómada: ahora se quedaría de manera continuada en Nueva York, el hogar de buena parte de la comunidad superheroica de Marvel. Eso se traduciría en la búsqueda de un trabajo o de un lugar donde vivir, así como la incorporación de personajes secundarios ajenos al entorno de la base militar. Irrumpieron Jim Wilson, el airado joven cuya vida de delincuente había ayudado a cambiar en el pasado, o April Sommers, una guapa y simpática casera que rompía todos los tópicos y apuntaba maneras como nueva novia del protagonista, pero esto último fue otro de los argumentos que Wein se dejó en el tintero. En ese tiempo, tuvo lugar la primera aparición a color de La Sota de Corazones, un personaje nacido un año atrás en los magazines de la editorial, en concreto en The Deadly Hands Of Kung Fu#22 USA (1976).

 

El debut de Jack, por Bill Mantlo y Keith Pollard.

 

Las circunstancias devolvieron pronto al Piel Verde a su deambular, mientras que Wein preparaba ya su marcha. Su última saga constituyó un verdadero homenaje a la literatura de aventuras. En su curso, Hulk naufragaba en una isla recóndita donde se encontraba con Robinson Crusoe, el personaje de Daniel Dafoe, cuyas andanzas habían sido previamente adaptadas por la editorial. El episodio con su aparición, The Incredible Hulk #219 (1978), cuenta con una de las anécdotas involuntarias más recordadas de la historia de Marvel. El Capitán Barracuda, villano protagonista, miraba a través de un periscopio… ¡con el ojo en que tenía puesto un parche! Por si a alguien le había pasado inadvertida la metedura de pata del dibujante, la propia Marvel se encargó de señalarla, en The Official Marvel No-Prize Book (1982). “Ojalá mi vista fuera tan buena como la del Capitán Barracuda”, decía Stan Lee. “No recuerdo que recibiéramos ninguna carta al respecto”, añadió Stern. “Pero ninguno de los que trabajábamos en el cómic nos dimos cuenta hasta que después de que el cómic estaba impreso. Cuando tuve una copia en mis manos, me di cuenta que algo estaba mal en esa viñeta de Barracuda. Hice la mayor parte de la búsqueda para el No-Prize Book, así que me aseguré de que incluyera ese pequeño error tan embarazoso. Fue un error tonto y pensé que debíamos reconocerlo”.

La legendaria pifia del Capitán Barracuda, el periscopio y su parche.

 

Además de los episodios correspondientes a la serie mensual de Hulk, este volumen también contiene los Annualspublicados durante la época. En concreto, contamos con The Incredible Hulk Annual#5 USA (1976), una aventura para la que Wein contó para desarrollar el guión con Chris Claremont, la joven promesa que le acababa de relevar en los guiones de La Patrulla-X. Suponía un verdadero acontecimiento para los fans veteranos, ya que Hulk se encontraba en el camino de nada menos que seis de las criaturas procedentes de la Era Atlas, nombre que recibió Marvel en los años cincuenta. Y es que, en la época previa a los superhéroes, alienígenas y monstruos poblaban las páginas de los cómics, y muchos se preguntaban qué había sido de ellos. Algunos, como fue sucedió con Xemnu, reaparecerían con frecuencia en futuros cómics, pero el caso más particular de todos es el de Groot, puesto que al cabo de los años acabaría por alzarse como uno de los más carismáticos integrantes de los Guardianes de la Galaxia, así como toda una estrella cinematográfica. Puede que a los que estén familiarizados con la versión moderna de Groot sorprenda que, en las páginas del Annual, tenga un vocabulario mucho más amplio, pero así fue como lo imaginaron originalmente Stan Lee y Jack Kirby, en Tales To Astonish#13 USA (1960. Marvel Gold. Guardianes de la Galaxia: Vidas pasadas). Ante una ocasión tan especial, Kirby fue reclutado para realizar la cubierta del cómic, que tuvo correcciones de John Romita. El siguiente Annual, apelaba de igual manera a la nostalgia, ya que suponía el regreso del grupo de científicos que dieron vida al ser más tarde conocido como Adam Warlock. Decían haber aprendido de sus errores pasados. Por supuesto, cometerían otros nuevos.El debut de Groot en Tales To Astonish #13 USA (1960), antes de que existiera un Universo Marvel propiamente dicho.

 

El tomo concluye con la irrupción del guionista que sustituyó a Len Wein, nada menos que Roger Stern, el que luego sería uno de los más significativos autores de los años ochenta, que comenzaría a despuntar en The Incredible Hulk, donde llevó a cabo una de las mejores épocas de su historia, algo que podrás comprobar en nuestro próximo volumen. Stern era por aquel entonces un joven editor que había escrito las aventuras de los Guardianes de la Galaxia en Marvel Presents y que colaboró con Wein en The Mighty Thor Annual #6 (1977). Cuando éste tuvo problemas para cumplir las fechas de entrega del Piel Verde, llamó nuevamente a Stern para que le echara una mano. El primer episodio en el que trabajaron juntos fue The Incredible Hulk#218 USA (1977), un cómic en que la presencia del monstruo era meramente anecdótica, siendo Doc Samson quien llevaba la voz cantante. Originalmente, debía haber sido publicado en alguna colección antológica, como Marvel Spotlighto Marvel Premiere, pero las urgencias obligaron a incorporarlo aquí. Wein todavía participó de los guiones de la saga de Robinson Crusoe y el Capitán Barracuda, así como en un relato autoconclusivo también pensado para ver la luz al margen, The Incredible Hulk #222 USA (1978). Representó su último contacto con el Piel Verde. “Después de cuatro años, parecía que había llegado el momento de marcharme”, dijo al respecto. Para Hulk, empezaba una prometedora época.

 

Textos aparecidos originalmente en Marvel Héroes. El Increíble Hulk: Un monstruo entre nosotros.

LA LLEGADA DE LA IMPOSIBLE PATRULLA-X. DE LAS CENIZAS DEL PASADO

Entre los grandes conceptos creados por Stan Lee a comienzos de los años sesenta y que conforman las piezas angulares del Universo Marvel, pocos tuvieron en aquel entonces un menor impacto comercial que La Patrulla-X. Sin embargo, aquel cómic viviría, más de una década después de su nacimiento, una profunda transformación que le llevó, primero, a ganarse la categoría de título de culto, luego, a alzarse como la más poderosa franquicia de la industria, y finalmente a significarse como un fenómeno capaz de saltar a la televisión y al cine, hasta instalarse en un lugar de honor dentro de la cultura popular. Con el primer volumen de La Imposible Patrulla-X, arranca la recopilación de esa larga y fructífera etapa de oro, quizás la más importante y determinante que haya tenido jamás un cómic de superhéroes, pero cuyos inicios fueron tan modestos y fortuitos que hubiera sido imposible aventurar semejante futuro resplandeciente.

 

Concebida en 1963 por Stan Lee junto al dibujante Jack Kirby, el otro gran hombre de los albores de la Casa de las Ideas, La Patrulla-X ahondaba en una idea común en la ciencia-ficción de la época, la de los mutantes, seres cuyos genes se diferenciaban del de los meros humanos, una alteración debida fundamentalmente a los efectos de la Era Nuclear. El propio Lee, en este caso junto a Steve Ditko, ya había producido un año antes un relato corto protagonizado por el que podría calificarse como el primer homo superior de Marvel: Tad Carter, el hijo de un científico atómico con asombrosos poderes que le granjearían el desprecio de sus semejantes.

 

La idea del aislamiento adolescente, que el guionista ya había explorado en Spiderman, volvía con fuerza en estos mutantes. De hecho, ése era el título, Los Mutantes, que le hubiera gustado poner a la nueva serie que llegaría a las tiendas con fecha de septiembre de 1963, pero Martin Goodman, el dueño de la compañía, no lo tenía tan claro. En cambio, encontró más atractiva la segunda propuesta de Lee: The X-Men, los hombres-X que, en su traducción española, se convertirían en La Patrulla-X: Cinco jóvenes con poderes (Cíclope, El Ángel, La Bestia, El Hombre de Hielo y La Chica Maravillosa) que habían sido reunidos por Charles Xavier, un hombre confinado en una silla de ruedas, pero capaz de leer mentes y proyectar sus pensamientos.

 

Las habilidades de los mutantes no se debían a ningún suceso o accidente extraordinario, sino a una alteración en el ADN. Nacían con ellas, aunque no se manifestaban hasta alcanzar la pubertad, y era entonces cuando se convertían en una bendición para los suyos… o en la peor de las amenazas. Charles Xavier, el mentor de La Patrulla-X, se situaba en el primer grupo, mientras que Magneto, el que enseguida se alzó como su peor enemigo, en el segundo. La dialéctica de ambos personajes discurría en paralelo a la que se producía, en el mundo real, entre Martin Luther King y Malcom X alrededor de la discriminación racial. Stan Lee buscaba plantear una metáfora del racismo: Mientras Xavier apostaba por la convivencia con los humanos, Magneto proclamaba que el homo superior debía subyugarlos. La Patrulla-X había jurado proteger a una humanidad que les temía y odiaba. Protegerla de los prejuicios, pero también de aquellos mutantes que representaran una amenaza.

 

Quizás fuera porque el planteamiento no cuajara entre los lectores. Tal vez porque se diluía en las aventuras más o menos ligeras que vivían los cinco héroes protagonistas y su figura paterna. O puede que los autores que sustituyeron a Lee y Kirby no siempre consiguieran desarrollar las mejores historias posibles. En todo caso, las ventas de La Patrulla-X fueron perdiendo fuelle, para entrar en un lento declive comercial, hasta que en, The X-Men #66 USA (1970), se presentó la última de sus historias. A partir del siguiente episodio, la colección pasaría a acoger reediciones de aventuras publicadas anteriormente.

 

Pero, casi desde el momento de su entrada en letargo, Roy Thomas, que sustituiría a Stan Lee como Director Editorial de Marvel en 1972, se propuso que los mutantes volvieran a la carga. El que había sido escritor de aquella última etapa, y había demostrado lo lejos que La Patrulla-X podía llegar, en un puñado de electrizantes episodios realizados junto al excepcional artista Neal Adams, concibió un plan para insuflar nueva vida a la serie. Consistía en renovar la alineación del equipo, mediante miembros de diferentes nacionalidades, lo que quizás facilitaría la venta de la serie fuera de Estados Unidos. La propuesta fue lanzada en varias ocasiones, hasta que al fin entró a trámite en 1974, cuatro años después de que los hijos del átomo fueran puestos en suspenso y restringieran su papel al de meros invitados en otros títulos de Marvel.

 

La Casa de las Ideas de mediados de los setenta había crecido más allá de cualquier previsión optimista. Con una mayor capacidad financiera que la que contaba en sus inicios y la independencia que eso traía consigo, Marvel aumentó su producción en cantidad y en variedad de títulos. Se dio entonces impulso al proyecto de una “nueva” Patrulla-X. Los responsables de materializarla serían el guionista Mike Friedrich, uno de los profesionales de la casa, y el dibujante Dave Cockrum, quien había alcanzado gran popularidad por su labor en La Legión de Superhéroes de DC Comics, donde destacaba por sus imaginativos personajes, entre los que destacaban las integrantes femeninas del grupo, dotadas de un inmenso atractivo y elegancia.

 

 

Era una época de efervescencia dentro de Marvel, pero la cantidad de trabajo sobrepasaba a los medios materiales para hacerle frente. Después de la salida de Stan Lee, fueron varios los responsables editoriales que accedieron al cargo de manera sucesiva, tirando la toalla al cabo de un tiempo, por puro agotamiento. El cargo no sólo implicaba la supervisión de todas las colecciones, sino también ocuparse de los guiones de algunas de ellas. Tras dos años al mando, Roy Thomas renunció al puesto de cabeza visible de la editorial, que recayó en el también guionista Len Wein. Éste agregó el relanzamiento de La Patrulla-X a un paquete de proyectos en el que estaban incluidos otros grupos. Los mutantes no eran, por tanto, una prioridad esencial para la maquinaria de la Casa de las Ideas: simplemente una de las muchas novedades en la que trabajaban en aquel momento, un bosquejo que todavía debería pasar por modificaciones antes de fructificar, porque, antes de colocarse ante la máquina de escribir, Mike Friedrich decidió a su vez abandonar Marvel. Con la patata caliente en las manos, Wein asumió las tareas de guionista, al tiempo que asignaba al relanzamiento mutante un nuevo formato que estaba ensayando en aquel entonces con diversas series, el Giant-Size o, lo que es lo mismo, episodios trimestrales con un mayor número de páginas que un cómic convencional. Cockrum seguía como dibujante, e incluso llevaba meses preparando diseños.

 

 

El Giant-Size X-Men #1 USA estaría encabezado con una espectacular portada del maestro Gil Kane, en la que los nuevos integrantes del equipo rasgaban el papel. El toque que la convertiría en obra maestra vino de la mano de Cockrum, que completó la ilustración con una panorámica de la formación original, mirando con ojos asombrados a sus sustitutos. Tan sólo uno de aquélla, Cíclope, se colocaba al lado de los recién llegados, aunque en una posición secundaria. Su función sería la de enlace entre el pasado y el futuro, último vestigio de la inocente Patrulla-X original que, en todas las propuestas de recuperación del título, siempre surgía como elemento a mantener intacto. No en vano, había sido el líder natural del equipo hasta ese momento, y quizás el miembro más carismático. De cara a actualizar su imagen, Cockrum rediseñó su visor, lo que añadiría un mayor dramatismo al semblante. Cíclope tendría que lidiar con personajes de los que nadie había oído hablar hasta entonces, o que apenas sí habían aparecido en algún otro cómic.

 

¿De dónde habían salido? En gran medida, del cuaderno de dibujo de Dave Cockrum, con las convenientes matizaciones llevadas a cabo por Wein. Además, había viejos conocidos o recientes incorporaciones al Universo Marvel a la búsqueda de un hueco donde cobijarse. Mejor será seguir su orden de aparición en el cómic para señalar su procedencia. El primero de los nuevos integrantes de La Patrulla-X era también el preferido del dibujante, el germano Rondador Nocturno. Cockrum lo había inventado muchos años atrás, cuando estaba sirviendo en la Marina, destinado en Guam junto a su primera esposa. Una noche de tormenta, no encontraron mejor manera de matar el tiempo que crear personajes de cómic. Entre ellos, estaba Intruder, una mezcla entre Batman y Punisher que iba acompañado de un demonio que escalaba muros. Éste era la semilla de lo que luego se convertiría en Rondador Nocturno, aunque todavía habría de pasar por serias alteraciones. El concepto fue sido rechazado por el editor de La Legión de Superhéroes, que lo consideraba demasiado extraño, pero a Wein le resultó perfecto para el tipo de grupo heterodoxo que quería componer. Cockrum también aportaría los poderes de teleportación, el uniforme y el nombre real del simpático elfo, Kurt Wagner, resultado de fusionar el del canciller Kurt Waldheim con el del músico Richard Wagner. En cambio, se desecharía la idea de que Rondador fuera un auténtico demonio confinado en la Tierra después de fracasar en una de sus misiones, así como que se le caracterizara como “el gran hijo de perra” del equipo.

 

 

Tal calificativo recaería, en realidad, sobre Lobezno, el siguiente recluta de Xavier. Este violento agente del servicio secreto canadiense debutó meses antes, en una aventura también escrita por Wein en la que se enfrentaba contra Hulk. Su origen editorial puede que se remontase a los primeros intentos de Roy Thomas por relanzar La Patrulla-X. En las reuniones con Cockrum, éste le había enseñado a una pareja de hermanos vampiros, y uno de ellos respondía a la denominación de Wolverine (cuya traducción exacta al castellano sería la de carcayú, una pequeña y brutal criatura de los bosques canadienses). El guionista se olvidó por completo de aquello, pero meses después le sugirió a Len Wein que introdujera en Increíble Hulk a un personaje canadiense, que se llamara Wolverine, y que como dicho animal fuera de escaso tamaño pero muy feroz. Esa misma descripción llegó a manos de John Romita, el director artístico de Marvel, que realizó el diseño a partir de la foto de un auténtico Wolverine, con una máscara de aspecto felino, unas manchas atigradas y unas garras metálicas que surgían del dorso de la mano, después de descartar la opción de que formaran parte de los dedos. En aquel entonces, Wein no tenía demasiado claro los orígenes de Lobezno, aunque se le pasaba por la cabeza que, de hecho, fuera un animal evolucionado. El guionista lo veía además como un veinteañero desairado, probablemente un nacionalista quebequés. Tampoco llegó a contemplar jamás que las garras no fueran otra cosa que un artilugio que formaba parte de los guantes, o que el metal del que estaban hechas recubriera el esqueleto del portador o fuera adamántium. En aquel entonces, Lobezno no era más que un canadiense ágil, con sentidos agudizados, agresivo y malhablado. Cockrum, que no tenía demasiadas simpatías por él, cambió mínimamente la máscara que dibujara Romita, pero mantuvo intacto el resto.

 

El siguiente miembro de la nueva Patrulla-X fue Banshee, un viejo conocido del equipo original. De hecho, se habían enfrentado contra él, en The X-Men #28 USA (1967), aunque en aquel entonces se encontraba bajo el control mental de una malvada organización. El ingreso en el equipo del irlandés Sean Cassidy, sobre el papel el más veterano de los nuevos integrantes, se saldaba en apenas unas pocas viñetas, para dar espacio al único fichaje femenino: Tormenta, una voluptuosa africana capaz de controlar los elementos, que había alcanzado la consideración de diosa entre los habitantes de una tribu. Con Tormenta, de nuevo nos hallamos ante una idea de Cockrum, que en este caso fusionaba aspectos de varios personajes: Tifón, un tipo al que obedece el trueno y la lluvia; Quetzal, una joven con alas en los brazos, y la Gata Negra, una adolescente capaz de adoptar la forma de un gato. Los poderes del primero, el color de piel de la segunda y los ojos felinos de la última dieron como resultado a Tormenta.

 

 

Tras su presentación, quedarían una pocas viñetas más para la llegada de Fuego Solar, cuya entrada en escena hay que buscarla en uno de los últimos episodios de la etapa original de La Patrulla-X, cortesía de Roy Thomas y Don Heck, quienes pergeñaron al primer mutante japonés, hijo de una víctima de la bomba de Hiroshima. Enseguida saltamos de Japón a Rusia, donde espera Coloso, el héroe que ocupaba el mayor espacio de portada y al que se le auguraba una posición destacada dentro del equipo, similar a la que desempeña La Cosa en Los 4 Fantásticos o Thor en Los Vengadores. De nuevo, procede de las propuestas de Cockrum para La Legión de Superhéroes que nunca culminaron tal propósito. Coloso es una buena persona, vestida con colores primarios, cuyo nombre, Peter Rasputín, homenajeaba a dos iconos rusos, Pedro el grande y el consejero zarista Rasputín.

 

Ave de Trueno, el último en sumarse a la fiesta, también salió de los descartes del dibujante para la Legión. En este caso, un indio nativo con elevada fuerza y rapidez, al que Cockrum modificó ligeramente el traje previsto y por el que se decidieron después de rechazar la opción de incluir a Vampyre, un supervelocista de fuerte carácter que resultaba un tanto reiterativo ante la presencia de Lobezno y Ave de Trueno.

 

Establecidos los protagonistas, el argumento de aquel relato iniciático seguía una estructura más o menos tradicional, en cuanto a lo que cabía esperar de una historia de origen. Durante la primera parte, Charles Xavier reunía al nuevo grupo de mutantes para llevar a cabo una misión desesperada. En el nudo de la trama, se presentaba la amenaza a la que deberían hacer frente, mientras que en la parte final tenía lugar el enfrentamiento. Hacía falta un enemigo de altura, que hubiera derrotado fácilmente a la formación original y supusiera todo un reto para la improvisada formación convocada por Xavier. La previsión inicial de Len Wein consistía en recurrir a Sudamérica como escenario, y a un grupo de dioses aztecas como villanos, pero Cockrum, convencido de que tal opción resultaba horrible, ofreció la alternativa que acabaría triunfando. Lo cierto es que el dibujante concibió un peligro tan formidable que costaba imaginar la forma de vencerlo. La solución llegó de manos de Chris Claremont, el ayudante de Wein, un joven inglés de veinticinco años con muy buenas ideas y una especial sensibilidad literaria, en quien ya habían recaído algunos encargos literarios puntuales. El final de la aventura dejaría además abierta la incógnita sobre quién se quedaría y quién se marcharía de la ahora superpoblada Patrulla-X, duda pendiente de resolverse en el siguiente número de la recién inaugurada etapa.

 

A comienzos de 1975, el Giant-Size X-Men #1 saldría al mundo a la búsqueda de lectores. La propuesta se encuadraba junto a otros lanzamientos protagonizados por grupos de la más diversa índole, que estaba ofreciendo la Casa de las Ideas en aquel preciso momento, y sus resultados eran toda una incógnita, pero cualquiera hubiera aventurado un destino similar al que pudieran correr Los Campeones, Los Inhumanos, Los Invasores o Los Guardianes de la Galaxia. Fuera como fuera, lo cierto es que, después de cinco años sin publicarse una nueva aventura de La Patrulla-X, ésta se disponía a renacer, muy distinta a como nadie la había conocido.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Gold. La Imposible Patrulla-X nº 1

EL VIEJO LOGAN: EN LA CARRETERA

Cada cómic que se publica es hijo de su tiempo, de las circunstancias en las que ha sido concebido. Tal principio alcanza con el Universo Marvel su máxima expresión. A lo largo de sus muchas décadas de existencia, la Casa de las Ideas ha reflejado las épocas por las que ha pasado, con una obvia referencia a Estados Unidos, ya que es allí donde se producen sus historias, pero que por afinidad cultural puede llegar a trasladarse hasta nosotros. Si los cómics que alumbran el nacimiento de Los 4 Fantásticos o Los Vengadores están impregnados del optimismo y la ilusión de los sesenta, esa situación cambia en la década siguiente, presidida por el despertar a la dura realidad que trajo la guerra de Vietnam o el Escándalo Watergate, que acabó con la carrera política del presidente republicano Richard Nixon. Como respuesta a la amargura que envolvió a la sociedad en aquel entonces, los cómics se poblaron de personajes siniestros, vigilantes que disparaban a matar y seres terroríficos surgidos de las peores pesadillas. Había llegado el tiempo de Punisher, del Motorista Fantasma o del Hombre-Cosa. Pero, sobre todo, había llegado el tiempo de Lobezno.

El que habría de convertirse en el personaje más popular de esos treinta años llegó al mundo sin demasiadas pretensiones. El guionista Len Wein lo concibió como un fiero rival para Hulk. Lobezno sería un veinteañero respondón sin demasiado respeto por sus mayores, equipado con unos guantes de los que surgían unas garras de metal irrompible; John Romita, director artístico de la compañía en aquel entonces, se encargó de diseñar su aspecto, con un traje plagado de elementos felinos; Herb Trimpe le dibujaría en su primera aparición, una aventura publicada en Incredible Hulk #180 y 181 (1974), en la que Lobezno se enfrentaba contra el Piel Verde y El Wendigo, un terrible monstruo de leyenda.

 

Tras el debut, Wein se animaría a recuperarle en la renacida Patrulla-X, un concepto que se presentó un año más tarde y por el que los adolescentes que hasta entonces habían formado parte del grupo serían sustituidos por un puñado de nuevos héroes, cada uno de ellos con una nacionalidad diferente. Lobezno venía de Canadá, y era el tipo duro. Fue determinante que Wein se marchara poco después de aquella aventura, para dar paso a un joven de 25 años llamado Chris Claremont, quien comenzó a añadir elementos a un personaje cuyo background permanecía pendiente de rellenar. Fue Claremont quien decidió que Lobezno fuera, en realidad, un tipo que, aunque hubiera superado ampliamente los treinta, se mantenía en una edad indeterminada, a causa de un factor curativo que, a la par que curaba sus heridas, ralentizaba su envejecimiento. Se estableció también que su verdadero nombre era Logan, sin precisar nunca un apellido, y que las garras nacían de sus antebrazos y formaban parte del cuerpo. Alguien las había puesto ahí, pero, ¿quién? Los misterios enseguida comenzaron a circundar al más violento de los integrantes de La Patrulla-X, quien pronto se descubrió como un tipo verdaderamente amenazador, el único de los héroes mutantes que se dejaba arrastrar por su rabia hasta el punto de matar a sus enemigos.

 

La atención hacia Lobezno se incrementó todavía más con la irrupción de John Byrne, dibujante que compartiría tareas de argumento con Claremont, y que se sentía especialmente afín hacia Logan, canadiense como él. Byrne estableció la especial afinidad del personaje hacia Japón. Allí había pasado largo tiempo, e incluso aprendió el idioma… Aunque nunca explicara las circunstancias, porque nadie había preguntado. Así era el Lobezno de los primeros tiempos: un misterio en cada viñeta esperando a ser respondido. Y las respuestas tardarían mucho en llegar, ya que Claremont se negaba a darlas, pues así mantenía la intriga alrededor del que pronto empezó a ser el mutante más deseado por los lectores.

 

En 1982, aparecería la primera gran historia en solitario de Logan, recopilada luego bajo el título de Lobezno: Honor, y en la que Claremont, junto a Frank Miller, exploraba los lazos del personaje con el País del Sol Naciente. Finalmente, Marvel concedió a los lectores algo por lo que pasaron años suspirando: en 1988 Lobezno obtuvo colección mensual. Para entonces ya rivalizaba con Spiderman por el favor de los aficionados, que lo habían elevado a categoría de icono. Agotado el siglo XX, Lobezno era el único de los personajes nacido después de los años sesenta que había logrado cautivar a nuevas generaciones. Alrededor de él, además de las aventuras que protagonizaba con La Patrulla-X o su colección mensual, empezaron a surgir toda clase de especiales y apariciones en otros títulos de la factoría. Incluso La Casa de las Ideas se atrevió finalmente a contar todos y cada uno de los detalles que comprendían su vida: el misterio se había esfumado, pero no así la popularidad, que siguió creciendo y alcanzó a las grandes masas cuando Lobezno se situó como la clave del éxito de las películas de X-Men.

 

En la actualidad, el mutante de las garras de Adamántium ha trascendido los tebeos en los que nació; es una franquicia, un héroe de cine y dibujos animados, un muñeco articulado y el protagonista de centenares de historias. Es un personaje reconocido por cualquier persona, no sólo por los pocos que leen cómics. Pero, por encima de cualquier otra consideración, Lobezno es el perfecto vehículo para contar un determinado tipo de historias: las que protagoniza el anti-héroe prototípico de estas últimas décadas: Es el justiciero de la carretera, un tipo duro pero honesto, al que no le tiembla el pulso cuando tiene que eliminar a sus enemigos, pero que también atesora bondad, honor y piedad; es un alma torturada por los errores de un pasado que siempre vuelve para perseguirlo; es alguien que, aunque encuentre la compañía de otros, siempre se sentirá solo. Todo eso lo comparte con esos anti-héroes que, de John McClane a Harry Callahan, han cincelado el cine durante una época de descreimiento.

 

La que quizás sea la más transcendental saga vivida por Lobezno en la primera década del siglo XXI vino de manos de Mark Millar, un hombre capaz de poner en marcha y ejecutar proyectos de colosales envergaduras, gobernados por tramas más-grandes-que-la-vida, con personajes paradigmáticos llevados a sus extremos y con una narrativa cinematográfica, a camino entre el espectáculo explosivo de Michael Bay y la hilaridad sangrienta de Quentin Tarantino, siempre ejecutada por dibujantes de primerísimo orden. Millar parte siempre de un concepto sencillo, minimalista, y a la par poderoso y exuberante, que en muchas ocasiones no sirven sino para responder a las preguntas que siempre se han hecho los grandes aficionados al cómic, como él mismo. Por ejemplo, ¿qué pasaría si los héroes se enfrentaran entre ellos en una guerra en la que unos optan por la seguridad y otros por la libertad? Así nació Civil War, el mayor acontecimiento Marvel de los últimos treinta años. ¿Y si todos los grandes enemigos de Spiderman se confabularan para perseguirle? Fue el comienzo de doce trepidantes episodios protagonizados por el trepamuros. ¿Qué sucede cuando, en nuestro propio mundo convencional, un chaval como otro cualquiera trata de convertirse en superhéroe? Ése fue el origen de Kick-Ass, un tebeo que ya es, también, película. Porque Millar busca siempre la manera de convertir sus obras en franquicias que se reproduzcan más allá de las viñetas. Y de momento lo está consiguiendo.

 

Para acometer Lobezno: El viejo Logan, la pregunta que se hizo Mark Millar fue tan simple como, ¿qué será de él dentro de cincuenta años? El proceso retardado de envejecimiento del que se beneficia Logan puede llegar a calificarse de maldición, puesto que le condena a contemplar la muerte de todos sus seres queridos, mientras él tiene que seguir adelante. El futuro que plantea esta historia no es agradable. Es un futuro en que los villanos vencieron, largo tiempo atrás, la eterna batalla entre el bien y el mal, y ahora controlan el mundo.

 

Los ecos de Will Munny, el personaje que encarnara Clint Eastwood en ese inolvidable western crepuscular que es Sin Perdón, encuentran resonancia en estas páginas. Algo del pasado de Munny le obligó a enfundar las pistolas para siempre, a alejarse de una vida de violencia a la que aspira a no volver nunca más. Logan ha seguido un camino paralelo en esta historia: cuando comienza la acción, lleva cincuenta años sin sacar las garras, nadie sabe muy bien por qué. Ha formado una familia que nada tiene que ver con sus aventuras de los tiempos de La Patrulla-X, y se ha establecido en un lugar en medio de ninguna parte, alejado de cualquiera de sus vidas pasadas.

 

Es entonces cuando ocurre algo anecdótico, casi sin importancia, que obliga al protagonista a emprender un largo viaje por la América conquistada por los villanos. Se plantea ante los lectores una auténtica road movie, un Mad Max del Universo Marvel en el que Logan, y con él los aficionados, recorre un mundo sin piedad en el que todavía existen las huellas de una época mejor que ahora sólo es un recuerdo para unos pocos ancianos. Millar apoya su devastadora visión de los grandes mitos de La Casa de las Ideas sobre el arte de Steve McNiven, quien ya estuviera junto a él en Civil War, y que aquí se adapta al realismo descarnado, a la par que épico, que requiere la historia.

 

Aquí tienes, por tanto, una aventura del mutante de las garras de Adamántium como nunca se ha visto antes: una epopeya en la que Lobezno fue derrotado, junto a todos sus amigos, en una noche siniestra. Tuvo la mala suerte de sobrevivir, y ahora sólo queda un viejo llamado Logan que, antes de reencontrarse con sus compañeros muertos, tiene todavía por delante una larga y tortuosa misión, llena de peligros, en la que contemplará esperanzas frustradas y sueños pervertidos. Al final de la carretera, le aguarda su verdadero destino.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Lobezno: El Viejo Logan

LA SAGA DE FÉNIX OSCURA: EL NACIMIENTO DE UN MITO

Eran el patito feo del Universo Marvel. Frente al drama adolescente de Spiderman, a la épica de Los Vengadores o la ciencia-ficción sofisticada de Los 4 Fantásticos, las andanzas de cinco chavales a las órdenes de un señor calvo no conseguían concitar la atención y el cariño de las masas. La Patrulla-X de Stan Lee y Jack Kirby nació en 1963, en plena ebullición creativa de La Casa de las Ideas, y lo hizo a partir de una idea tan inteligente como sugestiva: la existencia de un nuevo tipo de personas, dotadas con superpoderes como consecuencia de su herencia genética. Así vieron la luz los mutantes, en un contexto de miedo atómico y reivindicación de minorías, porque ahí sí acertó Stan Lee: cuando convirtió a sus hombres-X en marginados por su condición racial. Las mismas turbas que desconfiaban de Spiderman saltaban enfurecidos y aterrorizados ante la simple idea del homo superior, el siguiente eslabón en la cadena de Darwin, aquellos llamados un día a sustituir al homo sapiens. ¿Qué podían hacer los mutantes, frente a quienes los odiaban? “Aprender a convivir con ellos y enseñarles que no tienen que temernos”, decía Charles Xavier, el maestro que había dado un propósito vital a Cíclope, El Ángel, La Bestia, el Hombre de Hielo y la Chica Maravillosa. “Aniquilarlos y dominarlos”, respondía Magneto, su contrapartida malvada, en una dialéctica que situaba a Xavier en el papel de Martin Luther King y al Amo del Magnetismo más próximo a las invectivas de Malcom X.

 

Era un concepto en cierta forma revolucionario, tanto que llegó demasiado pronto para conseguir la aceptación entre los lectores. Bien hay que decir que sus autores tampoco consiguieron sacarle todo el partido posible, ya que Stan y Jack abandonaron la cabecera demasiado pronto, cuando apenas empezaban a apuntar maneras, e incorporar elementos tan sugestivos como el de Los Centinelas, robots asesinos de mutantes que presagiaban un futuro oscuro para toda la humanidad. Sólo algunos años más tarde, el imaginativo trabajo desarrollado en la serie por Roy Thomas y el mítico dibujante Neal Adams conseguiría vislumbrar cuán lejos podría llegar esa Patrulla-X si se la permitía.

 

Pero no se la permitió, y en el cambio de década, la colección fue puesta en barbecho. Cinco años tardaría en salir del limbo, hasta que, en 1975, los entonces responsables de La Casa de las Ideas decidieron dar una segunda oportunidad a los mutantes… Sólo que la idea sería reformulada en su práctica totalidad. Cíclope y Xavier permanecerían como cabeza visible del equipo, pero todos los demás serían sustituidos por nuevos personajes, procedentes cada uno de ellos de los más diferentes lugares del globo. Había una africana, Tormenta; un ruso, Coloso; un alemán, Rondador Nocturno; un canadiense, Lobezno… El tono de pequeña aventurilla era sustituido por la grandilocuencia, en línea con lo que ya habían hecho Thomas y Adams en los estertores de la primera andadura, mientras que el dibujante Dave Cockrum aportaba un toque eminentemente moderno al diseño de la obra. Quiso la suerte que el guionista responsable, Len Wein, apenas sí llegara a encargarse del episodio de estreno y de apuntar la saga posterior: pronto dejó el trabajo en manos de su joven ayudante, un inglés de veinticinco años llamado Chris Claremont.

Ocurrió de manera gradual, sin hacer ruido y por la puerta de atrás. La “nueva” Patrulla-X de Claremont y Cockrum fue afianzándose poco a poco, haciéndose fuerte allá por donde nunca habían transitado los antiguos hombres-X. Se apelaba a la angustia de la condición mutante, a la minuciosa caracterización de personajes, al acento en aquello que les hacía diferente y únicos, con una mirada puesta en sus vidas privadas; a la concatenación de aventuras sin dejar al lector un momento para respirar, y al tono internacional del equipo, al que muy pronto se le quedó el mundo lo suficientemente pequeño como para viajar a las estrellas y más allá.

 

Tales principios fueron potenciados aún más si cabe cuando Cockum cedió los lápices a John Byrne, el que estaba llamado a ser el gran dibujante estrella de la Marvel de los ochenta, quien ya había desarrollado cierta química de trabajo con Claremont y cuyo estilo realista y dramático se adaptaba a todo lo que necesitaba La Patrulla-X. Aquél era el cómic que Byrne no sólo quería dibujar, sino del que quería formar parte. Tan es así, que su labor se haría extensiva a los argumentos. Gracias a Byrne, los lectores llegarían a mirar con otros ojos a Lobezno, ése pequeño y brutal mutante por el que anteriormente no sentían demasiadas simpatías. Con su misterio a cuestas, su actitud desafiante, con esa rabia enjaulada que nunca sabías cuándo quedaría libre.

En La Patrulla-X había exóticos viajes a lugares como la Tierra Salvaje, Japón o la Antártida; había terribles amenazas, como la de Magneto, renacido y ebrio de poder, o Proteus, un mutante capaz de asesinar a sus víctimas con sólo tocarlas; situaciones dramáticas, en las que una parte del equipo llegaba a creer durante meses y más meses que la otra había muerto, y viceversa; mujeres atractivas, inteligentes e independientes como no se habían visto nunca en un cómic de superhéroes; héroes que era el epítome de la masculinidad… Cada victoria tenía un precio, cada cosa que ocurría dejaba su poso en los personajes, pero también en los lectores, que poco a poco se fueron asomando a aquella Patrulla-X, porque era “el cómic que había que leer”.

 

Los que todavía se resistían a hacerlo cayeron en las redes de los mutantes con una larga epopeya cuyo final redefiniría, desde su publicación en adelante, la manera de hacer tebeos, en más aspectos de los que podría llegar a imaginarse. Fue el arco argumental que, con posterioridad, ha recibido el nombre de “La saga de Fénix Oscura”.

 

La Fénix del título es la Chica Maravillosa, una de las fundadoras del equipo, la eterna novia de Cíclope, que había vuelto al redil poco después de la refundación, con una nueva identidad y unos nuevos poderes que, en ocasiones, hacía que la presencia del resto de sus compañeros fuera poco menos que inútil. ¿Qué ocurre cuando un poder de semejante envergadura es pervertido o cae en manos equivocadas? ¿Qué sucede cuando uno de los tuyos se vuelve contra ti? ¿Cuál es el precio a pagar por el culpable de genocidio? ¿Hasta dónde pueden llegar las ansias de justicia? ¿Hasta dónde el amor?

 

Todas esas preguntas se abordan, y se responden, en estas páginas, en un cómic que establece la medida de cómo narrar una historia en viñetas sin que el ritmo decaiga en ningún momento, sin que el lector adivine nunca lo que encontrará en la siguiente viñeta, sin que ninguna relectura sea menos provechosa que la anterior. El desarrollo ya es modélico, pero lo que convierte en mítica a “La saga de Fénix Oscura” quizás sea su conclusión, un final nunca pretendido ni buscado por sus autores, sino forzado por las circunstancias editoriales y las exigencias de Jim Shooter, el entonces Director Editorial de Marvel. Poco imaginaba él que aquella decisión de cambiar las últimas páginas de la historia, de teñir de negro lo que antes sólo estaba cubierto por la amargura, tendría unas consecuencias tan grandes que nunca han dejado de sentirse, que empapan cuanto tebeo de superhéroes se ha escrito y dibujado desde entonces.

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. La Patrulla-X: La saga de Fénix Oscura