MARVEL EN JULIO DE 2018: TODOS LOS ACONTECIMIENTOS DESTACADOS

31 de julio

Trailer oficial 2 de Venom, la peli de Veneno

 

27 de julio

Los accionistas de Fox aprueban la compra por parte de Disney

 

24 de julio

Pedidos de Marvel para octubre

 

20 de julio

Donny Cates, showrunner de MK20

Venom Annual #1

Los tie-ins de Spider-Geddon

Marvel 80 Years

Marvel Studios. The First Ten Years

Capa y Puñal renueva para una segunda temporada

La ultraderecha estadounidense consigue que Disney despida a James Gunn

 

19 de julio

Puño de Hierro 2 se estrenará el 7 de septiembre

 

18 de julio

Jessica Jones Blindspot #1, por Kelly Thompson y Mattia de Iulis

 

17 de julio

Blindspot Teaser

Shuri #1, por Nnedi Okorafor y Leonardo Romero

IDW publicará la nueva línea infantil de Marvel

Marvel Rising Initiation Trailer

 

16 de julio

Seis nuevos What If para octubre

Typhoid Fever: Spider-Man #1, por Clay McLeod Chapman y Stefano Landini

Marvel anuncia X-Men Black Magneto y desvelará detalles en la SDCC

John Byrne está haciendo una continuación no oficial de su etapa en X-Men

 

13 de julio

Amazing Spider-Man #1, el trailer

 

12 de julio

Marvel anuncia Superior Octopus #1 y desvelará detalles en la SDCC

Marvel anuncia Spider-Gwen AKA Ghost Spider #1 y desvelará detalles en la SDCC

 

10 de julio

Fecha, extras y otros detalles del formato doméstico de Los Vengadores: La Guerra del Infinito

 

7 de julio

Ha muerto Steve Ditko

Actualizado el calendario de estrenos de Marvel Studios

 

6 de julio

Shatterstar #1, por Tim Seeley y Carlos Villa

Tributo conjunto a la portada de Infinity Gauntley #1

 

3 de julio

Planning de Marvel para SDCC 2018

 

2 de julio

Marvel anuncia nuevos títulos de Infinity Warps

 

1985. LA CONSPIRACIÓN QUE ALUMBRÓ A FACTOR-X

Es primavera de 1985. Bob Layton comenta con el dibujante Jackson Guice la posibilidad de trabajar juntos en un nuevo título. Ambos son fans irredentos de la prehistórica Patrulla-X. Si el grupo surgido del Giant-Size X-Men 1 es la segunda generación de mutantes y los Nuevos Mutantes son la tercera, ¿por qué no van a tener colección los veteranos de la primera generación?, se preguntan. Acto seguido, redactan una propuesta orgullosamente retro en la que los primeros alumnos de Xavier se reúnen para viajar por todo el mundo, ayudar a mutantes buenos y pelear contra mutantes malos. La proposición llega a la mesa de Jim Shooter, quien tiene un excelente concepto de Layton a raíz de su trabajo en Iron Man y en las dos miniseries protagonizadas por Hércules. Años después de rechazar una idea similar de Mark Gruenwald, el director editorial cree que las cosas han cambiado. Ahora se prepara otro título más con supergrupo, en esta ocasión, dedicado a una sucursal en California de los Vengadores. Mientras dos colecciones dedicadas a los Vengadores puedan funcionar, el mercado acogerá con expectación una tercera dedicada a los mutantes.

 

-Bueno, ¿Cuando podéis empezar? -pregunta.

-Ya -dice Layton.

 

Al poco tiempo, Claremont se entera de la existencia del proyecto, de cuyo planteamiento abomina enseguida. No le interesa la prehistórica Patrulla-X y no le importa que utilicen a personajes que en realidad nunca han tenido mucho que ver con su obra, como el Hombre de Hielo, la Bestia o el Ángel. Lo que le molesta son los objetivos. Hasta ahora, los viejos alumnos de Xavier eran los amigos del instituto, dispersos aquí y allá, que, ocasionalmente, se reunían para contarse batallitas. Distinto es si se les agrupa con el objetivo de crear otro título parecido a Uncanny X-Men o The New Mutants, un título con una “X” muy grande en portada. Claremont no quiere más colecciones mutantes. No mientras él no pueda escribirlas todas. Pero es que, además, Layton está empeñados en llevarse a uno de sus chicos. En el UXM 201 (I 86), el mismo número en el que nace Nathan Christopher Summers, su primer hijo, Cíclope pierde el liderazgo en combate contra Tormenta. Abatido y confuso, el hombre-X por excelencia abandona la Patrulla para irse a vivir con su esposa. Venga, ¿no es esto lo que queríais? Pues todo vuestro y dejadme en paz. Es una situación en línea con la imprevisibilidad habitual de la strip que podría haber tenido lugar con o sin la existencia del nuevo proyecto, pero viene condicionada por ésta.

Una vez conseguido a Cíclope, Layton no tiene demasiados problemas para completar su X-Factor, nombre elegido para la colección que recuerda el factor-x genético que produce las mutaciones. La Bestia, el Hombre de Hielo y el Ángel languidecen en un título de segunda fila, The New Defenders. A pesar de seguir saliendo a la calle, se trata de una serie muerta largo tiempo atrás cuyo cierre no molestará a nadie. En Marvel aprovechan las Secret Wars II para cancelarla. Cuatro de los cinco primeros estudiantes de la Escuela del Profesor Xavier para Jóvenes Talentos están dispuestos para la Gran Reunión, pero hace falta un quinto, una figura femenina que sustituya a la insustituible Jean Grey. Porque Jean es fiambre, kaputt, pasto de los gusanos selenitas, pasto glorioso pero pasto al fin y al cabo. Hay, por supuesto, dos Jean Greys de pega: Madelyne Pryor y Rachel. Ésta última es colocada por Claremont en una circunstancia difícil de manejar por nadie que no sea él mismo. En el UXM 199, Rachel reclama un resto de poder de su madre, oculto en una matriz energética shi’ar. Es ahora una nueva Fénix, heredera de la primera. Los lectores, sin embargo, cual Hamlets huérfanos de rey muerto, están obsesionados con la original y piden una y otra vez su retorno. La carta de uno de ellos, publicada en el correo del UXM 143, decía así a raíz de la muerte del personaje: “Tengo la colección completa de La Patrulla-X. Mi primer número fue el 37… pero el 138 es el último. Durante los dos últimos años (desde el 113) he visto como la serie degenera. Decidí dejarla durante la saga del Club Fuego Infernal, pero me dominaron mis sentimientos y una vaga esperanza de que las cosas mejorasen. Durante la saga de Fénix Oscura volví a pensar en dejarla… No puedo seguir, ni siquiera por mantener mi colección completa… hasta que las cosas cambien, habéis perdido un lector”.

 

Años después, ese mismo lector, llamado Kurt Busiek, trabaja como editor asistente de Marvel Age. Es invierno de 1983. La llegada de Madelyne ha puesto en boca de todo el mundo la posible resurrección de Fénix. Entre los especuladores, Roger Stern y el mismo Busiek:

-Es un truco. Chris no va a resucitarla -asegura Stern -Shooter no le dejará. Saldrá de nuevo con el rollo del genocidio cósmico.

-No sé, ha pasado ya mucho tiempo.

-Oye, si tú fueras guionista de la Patrulla-X, ¿como harías para resucitar a Fénix?

-Fácil. Si el problema es que Fénix es una asesina en serie, busquemos una forma de evitarlo. El plan original era hacer una especie de exorcismo, que Fénix dejara de existir y Jean se convirtiera en una chica normal, ¿verdad? Pues lo que hay que hacer es retomar esa idea. Que Jean y Fénix sean dos seres diferentes, pero no de forma metafórica. Debe ser algo real. En un momento dado, Fénix se habría hecho pasar por ella. Jean estaría desde entonces en animación suspendida. ¿Ves que fácil?

-¿Y qué momento sería ése, antes de convertirse en Fénix Oscura?

-No. Tiene que ser más atrás. Diablos, en el mismo momento en que aparece Fénix. Así se justificaría que la Jean de los años sesenta tenga un carácter mucho más dulce que el de Fénix.

-Byrne dice siempre que esa no era Jean Grey.

-Pues tiene razón. Era Fénix.

Diseños aparecidos en Marvel Age 33

Un mes más tarde aparece el UXM 175, en el que se desmiente que Madelyne sea Fénix resucitada. El asunto se olvida por un tiempo. Dos años después nace el proyecto de X-Factor. Stern comenta la idea de Busiek con John Byrne, y éste a su vez lo hace con Layton, que ya tiene pensado un argumento similar para el X-Factor 12, aunque, ¡¿qué diablos?! Lancemos la colección con un acontecimiento de esta envergadura. Todos juntos, apoyados por Mike Carlin, futuro editor de X-Factor, y Mark Gruenwald, actual editor de The Avengers y The Fantastic Four, se plantan en el despacho de Shooter, que encuentra el razonamiento irreprochable. Nadie va a desobedecer su orden. Fénix sigue muerta y culpable. La Chica Maravillosa, que en realidad permanecía recuperándose de sus heridas desde el UXM 101, será traída de vuelta limpia de polvo y paja. Lista para vender muchos cómics.

-Sois geniales, chicos. Esto va a ser mejor que la muerte de Jean, mejor que la muerte de Elektra, mejor que la venida de Galactus. Y, por lo menos, tan bueno como mis Secret Wars.

 

Pasan dos días. Layton se acerca a Busiek y le dice:

 

-¡Ey, tenemos a Jean Grey de vuelta para X-Factor… y oí que tenía que agradecértelo!

-¿Uh?

 

En los meses de preparación de la serie, la resurrección se lleva en la más absoluta oscuridad de cara a los lectores. Desde el Marvel Age 30 (IX 85), Busiek anuncia la existencia del grupo y reta a los fans a que averigüen quién será el quinto miembro. Muchas de las respuestas identifican a Rachel o a Madelyne; algunos despistados piensan en Mantis, Pícara, Tormenta, Lobezno o Franklyn Richards. Quién más se acerca propone a Fénix. Sólo un lector acierta de pleno. En el bullpen sin embargo no hay secretos. El regreso de la Chica Maravillosa es el tema de moda. La noticia llega pronto a oídos de Ann Nocenti. Al día siguiente, queda para comer con Claremont y Barry Smith. Tienen que hablar de la segunda parte de Muerte viva, pero la conversación acaba desviándose.

 

-He estado con Bob Layton. Me ha comentado que ya han elegido un quinto miembro para X-Factor. Adivina quien.

-No sé. ¿quién?

-Van a hacer algo radical. Chris, van a resucitar a Jean Grey.

-Venga ya.

-Te lo juro.

-No son tan torpes.

-Lo son.

-¿Shooter lo aprueba?

-Shooter está encantado.

-¿Pero quién coño se cree que es?

-Chris, es el director editorial.

-¡Y yo soy el autor más importante de Marvel! Sin mí no son nada. Mierda, acaban de joderme la serie sin remedio. -Claremont se dirige a la barra-. Camarero, quiero un teléfono. -Se lo traen. Empieza a marcar. Cuelga.

-¿Qué pasa? -pregunta Nocenti-. ¿A quien llamas?

-A Shooter. Pero con el cambio de oficinas no me acuerdo de la extensión.

-Es viernes y son las seis, Chris. Han cerrado ya. Y mejor que no le digas a Shooter algo de lo que puedas arrepentirte el lunes.

Claremont se marcha a casa. Pasa el fin de semana preparando una propuesta alternativa. Una forma de que X-Factor tenga quinto miembro sin necesidad de resucitar a Jean. El lunes a media mañana consigue hablar con Shooter.

-Gracias, Chris. Aprecio tus esfuerzos. Pero la decisión está tomada. No es nada personal, lo sabes. Teníamos un problema y lo hemos resuelto. Una simple cuestión de marketing. Y, ¿sabes lo que te digo? La culpa la tienes tú, por escribir personajes inolvidables. En los últimos cinco años no he podido hacer una aparición pública en la que no me pregunten si vamos a resucitar a Fénix. A ti te pasa exactamente lo mismo, no me lo niegues ahora. ¿Por qué si no te has sacado dos Jean Greys de la manga, Madelyne y Rachel? Pues qué quieres que te diga, estoy harto. Voy a darles lo que quieren.

-El secreto está en no contentarles nunca, Jim. Creí que tú lo sabrías.

1992. MANTENERSE EN LA CIMA ANTE LA AMENAZA DE IMAGE

Bien, señores. Este es nuestro objetivo. Mantenernos aquí. Los primeros.

Bob Harras señala el gráfico de ventas de Uncanny X-Men. La serie pasa de algo menos de medio millón de ejemplares mensuales en 1991 a casi 750.000 en 1992. Eso representa un aumento del cincuenta por ciento, cifra que ha permanecido inamovible tras la marcha de Claremont. Ahora hay que conseguir que todo siga igual sin Jim Lee ni Rob Liefeld.

Es ocho de febrero de 1992. Una rueda de prensa convocada por siete de sus más rentables estrellas coge a Marvel con el paso cambiado. Todd McFarlane, Jim Lee, Rob Liefeld, Marc Silvestri, Jim Valentino, Erik Larsen y Whilce Portacio anuncian que dejan la Casa de las Ideas para fundar su propia editorial.

A sus veintidós años recién cumplidos, Rob Liefeld es un millonario feliz. Ha hecho realidad sus sueños de niñez. Los chicos que compran X-Force quieren dibujar como él, vestir como él, sonreír como él, ser como él. Pero una mañana Rob Liefeld descubre que, si él ha ganado dinero, mucho dinero, Marvel ha ganado todavía más, más dinero, a su costa. No sólo eso, Marvel utiliza su arte con absoluta impudicia en merchandising diverso sin pagarle un centavo por ello. Sin él, X-Force seguiría siendo una pandilla de críos tonteando en Asgard. Gracias a él, ahora son la pieza maestra del ejército de Cable. Con Hollywood llamando a la puerta, Marvel se ha convertido en un problema. ¿Qué vas a vender a los chicos del cine cuando tus dibujos, tu sangre, tu arte, pertenece a otro? Marvel es más pequeña y menos importante que Rob Liefeld, pero no lo sabe todavía. Marvel cree que puede tratar a Rob Liefeld como a un dibujante más, pero Rob Liefeld ha salido en la MTV. Por eso Rob ha empezado a coquetear con pequeñas compañías. Pretende que le publiquen una cosa titulada Youngblood. La idea es que ellos se lleven un pequeño porcentaje de ventas y Rob el noventa por ciento de los beneficios. Malibu Comics, hasta ahora una compañía insignificante, acepta el reto. Saben que el diez por ciento de ventas de dos millones de ejemplares sigue siendo mucho dinero. Guay.

Es tan guay que Rob se lo cuenta a su amigo Todd McFarlane. Es tan guay que McFarlane ve la oportunidad de su vida. Es tan guay que pronto se unen los demás. Silvestri, Valentino, Larsen. Chicos criados bajo el sol de California, locos por el surf que han visto el sueño americano hecho realidad después de que Marvel colmara sus cuentas bancarias. Pero les falta alguien. Les falta el nuevo Rey. Les falta Jim Lee.

Lee está en la cumbre. Ahora ya no tiene la molesta obligación de saltarse los guiones de Claremont. Por fin ha quedado claro que su visión de lo que tiene que ser la Patrulla-X es la que ha conquistado millones de corazones en todo el mundo. Por fin el guionista cumple su función primordial, escribir los diálogos. Scott Lobdell, ese chico que le ha puesto Harras, lo entiende. Lo entiende mejor que John Byrne. El que sea éste quien sustituya a Claremont supone todo un golpe maestro de cara a la galería, pero no funciona. Byrne aparece como por arte de magia al día siguiente de la marcha de Chris. Viene con un par de ideas que pone sobre la mesa. “Estoy presionando para que se haga una línea argumental que elimine el noventa por ciento de los mutantes. Con un poco de suerte, podremos volver a lo que era el cómic cuando comenzó en el primer número: los buenos mutantes intentado localizar a otros mutantes antes de que lo hagan los chicos malos. Y así no tendremos a los miles de personajes que hay ahora”, dice. Byrne dialoga los UXM 281 a 285 (IX 91-II 92) y los XM 4 y 5 (I-II 92). Acto seguido decide marcharse, furioso por que Whilce Portacio, el socio de Lee en su estudio y dibujante de Uncanny, no entrega sus páginas con tiempo suficiente para que pueda escribir los diálogos. Byrne afirma que sólo un par de esos números los ha escrito realmente. ¿Cuántos días necesita para llenar los bocadillos?, se pregunta el Chico Midas. Mierda, si sólo son letras. Cualquiera que haya ido a la escuela primaria puede hacerlo.

Jim Lee es un millonario feliz. Ha trabajado duro por la corporación y la corporación le ha recompensado como se merece. Por eso, cuando llegan Rob y los demás con las cuentas de la lechera, les dice que se lo pensará, pero que está muy bien en Marvel, que él es un hombre de empresa y que no planea cambiar. Una mañana, sin embargo, se entera de que Terry Stewart, el presidente de la compañía, está regateándole las pagas de beneficios, los billetes de avión para su esposa, las facturas del coche que alquila cuando acude a una convención. El quiere a Marvel, pero Marvel le trata como a uno más. Eres el más grande, Jim. Nos has hecho de oro, Jim. Te hemos hecho millonario, Jim. Pero, Jim, no eres lo suficientemente importante para nosotros como para que tu esposa viaje gratis. “¿Ah, sí? Pues que os jodan”. El Chico Midas vuelve a hablar con Todd McFarlane. “¿Lo comprendes ahora, Jim?” Ahora sí, Todd, ahora sí. “Dios bendiga a Terry Stewart”, piensa McFarlane. “Dejamos Marvel porque no nos trata como queremos. No nos vamos porque odiemos sus personajes o su manera de hacer cómics”, declara públicamente Lee.

EL PÁJARO QUE SIEMPRE VUELVE: LAS VIDAS, MUERTES Y RESURRECCIONES DE FÉNIX

Cualquier lector que lleve un tiempo en esta afición, sabe que las muertes y posteriores regresos de los personajes forman parte de las reglas del juego. Lo uno y lo otro suele utilizarse como resorte para llamar la atención del lector, de manera que, con el paso de los años, esta clase de acontecimientos cada vez reviste una menor dosis de sorpresa. La apuesta es cada vez más elevada, a la hora de acometer una operación de esta clase que impacte de verdad en el ánimo del aficionado: debes convencerlo de la autenticidad de una muerte, pero también de la necesidad de un regreso. No hay reglas escritas con ningún personaje, así que la editorial siempre puede tratar de convencer a sus fieles de lo irremediable de unos sucesos que, por definición, han devenido en pronosticables. Hay un caso particular en el que el fin y el nuevo comienzo forma parte intrínseca del icono, de tal manera que su esencia es despedirse para luego reaparecer. Y ese caso es el de Jean Grey.

1976. PRIMERA MUERTE

Cuando todo empezó, Jean Grey y Fénix no eran dos entidades diferenciadas, aunque Chris Claremont supo dar una poesía a la transformación de la una en la otra que, en una relectura posterior, podría llegar a interpretarse como tal. Como el resto de La Patrulla-X original, salvo Cíclope, Jean estaba destinada a perderse de vista para dar paso a la Segunda Génesis. Pero no fue así. El personaje era la pareja de Scott Summers, por lo que pronto volvió a su lado. Atrapada junto al resto por Los Centinelas y conducida hasta el espacio, Jean demostraba una iniciativa y un ardor del que nunca antes hizo gala. Era la única mujer entre los fundadores, y como tal nunca desempeñó otro papel que el de servir de interés amoroso. Pero, en esta nueva fase, desde su traje a su nombre de heroína, el de Chica Maravillosa, todo eso debía quedar atrás para de cara a los rupturistas setenta. Nada más hacerse con las riendas del personaje, Claremont cambió su personalidad, para convertirla en una mujer resuelta e independiente, algo que, como veremos más adelante, molestó fuera y dentro de Marvel. Al final de la aventura con Los Centinelas, en una escena pletórica de drama y sacrificio, Jean conducía la nave que permitía al grupo regresar a casa, atravesando una tormenta solar destinada a acabar con su vida, sólo que…

 

1976. PRIMERA RESURRECCIÓN

…sólo que no fue así. Al comienzo del siguiente número, la nave llegaba a la Tierra y se sumergía en las aguas de las que, acto seguido, emergía Jean. “¡Escuchadme, Patrulla-X! ¡Ya no soy la mujer que conocisteis! ¡Soy el fuego! ¡Soy la vida encarnada! Ahora y para siempre… ¡Soy Fénix!”, proclamaba, vestida con un nuevo y resplandeciente traje que había creado de la nada, utilizando para ello habilidades que nunca había mostrado. Efectivamente, la tormenta solar había redefinido a la mutante, que pasó a ser la integrante más poderosa del equipo. La Patrulla-X ya marcaba pautas que, al cabo de unos años, asumiría todo el género superheróico. Para el nuevo diseño, Dave Cockrum tomó como modelo a Farraw Fawcett en los anuncios de Wella-Balsan y en las portadas de Cosmopolitan, mientras que el cambio de nombre buscaba diferenciarla de Ms. Marvel, que entonces escribía el propio Claremont y que también estaba a la vanguardia del feminismo superheroico. Los colores iniciales eran blanco y dorado, pero el editor Archie Goodwin pidió que se cambiara el blanco por verde, para evitar que se notara la transparencia del papel.

1980. SEGUNDA MUERTE

Mientras que Chris Claremont y Dave Cockrum pretendían que el poder de Fénix fuera en aumento, hasta alcanzar una categoría cósmica, Goodwin demandó que fueran en otra dirección, antes de que ella hiciera superflua al resto de integrantes. Después de que salvara el Universo, en The X-Men #108 USA, el guionista procedió a una rebaja de esos poderes, y los justificó mediante un bloqueo mental: Jean todavía no estaba preparada para asumir semejante carga. Además, trató de fijar que tenía una rica vida privada al margen del equipo, al que acudía en los momentos de necesidad, algo que ya se estaba haciendo con Thor con respecto a Los Vengadores. En paralelo, el guionista estaba jugando con el concepto mismo del poder: la manera en que puede corromper a una persona y cómo es necesario que, conforme aumentan sus capacidades, aumente también su consciencia. Cockrum dio paso a John Byrne, en calidad tanto de dibujante como de coargumentista de la serie. Era un fan de la Chica Maravillosa de siempre y no le gustaba la excepcionalidad de Fénix. En el tira y afloja, ambos autores concibieron una saga en la que Jean era manipulada por Mente Maestra y el Club Fuego Infernal, lo que la llevaba a la locura, a la orgía genocida y a transformarse, en definitiva, en Fénix Oscura. La aventura debía haber acabado con Jean lobotomizada por el Imperio Shi’ar, pero el entonces director editorial Jim Shooter pidió su cabeza, así que Claremont y Byrne cambiaron la historia: Jean se sacrificaba, suicidándose, y The X-Men #137 USA se convirtió en una auténtica leyenda, el mito sobre el que se iba a asentar el éxito arrollador de la serie en los años posteriores.

 

1985. SEGUNDA RESURRECCIÓN

Poco después de “La saga de Fénix Oscura”, John Byrne abandonó la serie, quedándose Claremont como cabeza visible de los mutantes, muy consciente de que la efervescencia que se vivía alrededor de ellos era en gran medida consecuencia de que uno de los más respetados y queridos integrantes del equipo había encontrado la muerte. ¿Recuerdas lo que comentábamos al comienzo, acerca del ciclo de muertes y resurrecciones de personajes populares? Todavía no había empezado. Corrían los ochenta, el Universo Marvel revestía una solidez y una coherencia impresionantes y lo que moría permanecía muerto. Así que el Patriarca Mutante, en lugar de resucitar a Jean, se sacó de la manga a una hija venida de un futuro alternativo, o a una esposa para Cíclope cuyo aspecto era exactamente el mismo que el de su amor perdido… sin llegar a tratarse de ella.

 

Y entonces llegó Factor-X.

 

Bob Layton y Jackson Guice querían hacer un nuevo equipo que reuniera a La Patrulla-X original. Trajeron a La Bestia, El Ángel y El Hombre de Hielo de las filas de Los Nuevos Defensores y arrastraron a Cíclope desde su retiro. El hueco de Jean lo iba a llenar Madelyne Pryor, Rachel Summers, Dazzler o cualquier otra chica disponible. En el proceso, Kurt Busiek, futuro guionista de prestigio y entonces machaca dentro del Bullpen, se enteró de que Factor-X estaba en proceso y propuso a sus autores una idea: que Jean Grey volviera, pero sorteando su muerte como Fénix. Fue en ese momento en que se estableció lo que antes no era en absoluto así: que se trataba de dos seres diferenciados. Se volvía así a lo ocurrido en The X-Men #100 y 101 USA, cuando Jean había estado a punto de morir, pero emergió transformada en Fénix, y se estableció que ésta era una auténtica fuerza cósmica, que había duplicado la forma de Jean y seguido adelante con su vida sin siquiera ser consciente de ello, mientras que la auténtica Jean se recuperaba en el fondo del mar, envuelta en una crisálida que encontraban Los Vengadores y abrían Los Cuatro Fantásticos. Roger Stern, guionista de los primeros, y John Byrne, responsables de los segundos, que a su vez habían estado implicados en el desarrollo de Fénix, participaron de la trama. Por fin, en la primera historia de Factor-X, Jean y Scott volvían a reencontrarse.

Chris Claremont no estuvo nada contento con lo ocurrido, y desde el principio trató de torpedear la nueva serie. No consiguió pararla, pero sí que su guionista fuera sustituido por Louise Simonson, alguien de su entera confianza. Juntos trataron los años siguientes de remendar todo el estropicio que a su juicio había tenido lugar, algo que consiguieron parcialmente en “Inferno”, una saga mutante publicada en 1989, que se saldó con la muerte de Madelyne Pryor, que se había descubierto como un clon de Jean producido por Mister Siniestro, y la fusión de sus recuerdos con los de Jean. Ella y Cíclope se casaron unos años más adelante, ya con Claremont fuera del escenario.

 

2004. TERCERA MUERTE

Después de que Alan Davis, en las páginas de Excalibur, diera una explicación coherente al concepto de la Fuerza Fénix, ahora encarnada en Rachel Summers, la editorial dio un descanso a la entidad, si bien recurrieron a ella de manera testimonial en 1995, con motivo de un cruce entre el Universo Marvel y el Ultraverso que respondía al nombre profético de The Phoenix Resurrection y que quedó en lo meramente anecdótico. Tuvo que tener lugar la irrupción de Grant Morrison en el cosmos mutante para que la Fuerza Fénix resurgiera, una vez más, de sus cenizas. Morrison puso al día la plana mayor de los conceptos de la era Claremont-Byrne, y el de la entidad cósmica no iba a ser menos: pronto volvió a manifestarse como parte de Jean, con un toque muy próximo al de la posesión demoniaca. Para completar el ciclo, Jean murió una vez más, en New X-Men #150 USA, a manos de quien Morrison pretendía que fuera Magneto y que luego, en una reescritura de otros autores, se desveló como Xorn.

 

En los años posteriores, Jean permaneció bajo tierra, pero la Fuerza Fénix siguió reapareciendo de manera recurrente, para asociarse con otros huéspedes, en historias como “La canción final de Fénix” (2005), “La canción de guerra de Fénix” (2006-07) y “VvX. Los Vengadores Vs. La Patrulla-X” (2012). A la búsqueda de la simplificación, quedó establecido que Fénix era un ser de naturaleza cósmica que, cada cierto tiempo, pasaba por nuestro planeta y se encarnaba en un ser humano, con preferencia, pero no de manera exclusiva, por las mutantes pelirrojas. A lo largo de su trayectoria, además de la copia de Jean por la que se justificó su primera muerte o Rachel Summers, la entidad tomó como anfitriones a Hope Summers, las hermanas Cuco, los Cinco Fénix (Namor, Magik, Coloso, Emma Frost y Cíclope) y una larga lista de personajes.

 

2018. TERCERA RESURRECCIÓN

La colección protagonizada por la joven Jean Grey del pasado presentaba, como su principal atractivo, el enésimo retorno de la Fuerza Fénix. Era en realidad el preámbulo que facilitaría otra vuelta, la que tiene lugar en La resurrección de Jean Grey, con un “adulta” entre paréntesis en el título dado inicialmente por Marvel, para que no hubiera duda alguna. El ciclo se repite una vez más, confirmando la circularidad de la historia, sólo que ahora hay circunstancias distintas a las que tuvieron lugar en 1984. Esta vez no han transcurrido cuatro escasos años desde la muerte y la resurrección, sino casi tres lustros, en los que el Universo Marvel en general y el entorno mutante, en particular han cambiado como nunca antes y en los que la ausencia de Jean ha llegado a formar parte del paisaje. Sin ella, el Homo superior ha alcanzado momentos de esplendor, y como tal cabe calificar las épocas del Astonishing X-Men de Joss Whedon y John Cassaday, de La Patrulla-X de Matt Fraction, del cisma orquestado por Jason Aaron y Kieron Gillen, o de La Patrulla-X del ayer de Brian Michael Bendis, pero también hemos vivido tiempos de incertidumbre, en que los mutantes parecían arrinconados y al borde de la extinción dentro de Marvel. Lo que ocurre es que, si algo han demostrado estos personajes en sus décadas de existencia, es su capacidad para resurgir, como ave fénix, de las cenizas, y hacerlo más fuertes que nunca. Ojalá que la resurrección de Jean Grey no sea sino el presagio de una nueva, y necesaria, era de grandeza.

 

JOHN BYRNE Y PAUL RYAN EN IRON MAN: PELIGROS RENOVADOS

La plana mayor de los superhéroes Marvel, casi todos aquellos que han alcanzado fama mundial y se han convertido en iconos reconocibles por cualquier persona, fueron concebidos en los años sesenta. Uno de los grandes aciertos de Stan Lee y sus colaboradores fue crear personajes universales, que trascendían al momento y lugar de su nacimiento. Pero sería inapropiado olvidar que, en aquellas primeras andanzas, había muchos rasgos comunes a la época.

Con el paso de los años, esos detalles han sido actualizados, cuando no borrados. Ahora no tiene sentido alguno decir que Reed Richards y Ben Grimm lucharon en la Segunda Guerra Mundial o citar los enfrentamientos de superhéroes con agentes secretos de la Unión Soviética. Por tanto, los acontecimientos históricos con nombre propio deben ser dejados de lado si se quiere preservar la juventud y actualidad de los personajes. Entre los más mediatizados por el contexto de su creación está sin duda Iron Man. Tony Stark vivió la epifanía que le llevó a convertirse en Hombre de Hierro en las selvas de Vietnam, dato sustituido, en la versión fílmica, por los desiertos de Afganistán, se enfrentó a gran cantidad de villanos contextualizados en la Guerra Fría y encontró en la China comunista a su némesis definitiva: El Mandarín.

 

¿Quién era este peligroso individuo? Argumentalmente, podemos explicar que su primera aparición data de Tales of Suspense #50 USA (1964), una pequeña historia escrita por Stan Lee y dibujada por Don Heck, el equipo habitual de Iron Man, en la que la figura del Mandarín se rodeaba de un halo de misterio. “Algunos afirman que lleva vivo muchos siglos. Otros, que es más que humano. Pero nadie sabe su verdadero origen”, se aseveraba en la primera página, en la que aparecía este siniestro personaje, dotado de diez anillos que le conferían terribles poderes: magia contra tecnología, esa era la dicotomía que quería establecer Stan Lee en su narración. Con el paso del tiempo, ha sido el elemento característico del Mandarín que ha permanecido intacto y que le convierte en un rival formidable para Iron Man, mientras que la naturaleza de sus poderes así como los orígenes han sido reformulados y actualizados conforme a las necesidades de cada momento.

 

Un experto en tales lides es el guionista y dibujante John Byrne, quien llevase a cabo, durante los años ochenta, interesantes etapas de series como Los 4 Fantásticos y Superman, fundadas en una modernización de estos héroes que, sin embargo, permanecía fiel a las esencias de los mismos. Similar operación también fue aplicada por Byrne durante su corta, pero sustanciosa etapa, en la colección del Hombre de Hierro, uno de los pocos cómics que escribió pero se abstuvo de dibujar, dejando tal tarea en manos de excelentes autores: John Romita Jr. durante la primera parte de su periplo (recogido en el tomo de este coleccionable Iron Man: La Segunda Guerra de las Armaduras), mientras que el eficaz Paul Ryan se hizo cargo del resto.

 

Byrne tuvo la feliz idea de unir el destino del Madarín con el de una criatura en cuyo camino nunca se había cruzado hasta el momento: Fin Fang Foom, un gigantesco ser que pertenecía a una época oscura y olvidada de la historia de Marvel, en concreto al periodo que media entre el final de la Edad de Oro y el comienzo de la Edad de Plata. En aquel entonces, la editorial había sobrevivido mediante unas pocas publicaciones en las que abundaban pequeños relatos de terror, fantasía y ciencia ficción, con alienígenas, monstruos, fantasmas y seres fabulosos de la más diversa clase y condición. Fin Fang Foom, cuyo debut se produjo en Strange Tales #69 USA (1961), ofrecía un fascinante aspecto. Su demiurgo gráfico, el genial Jack Kirby, concibió una bestia gigante y parlanchina, a medio camino entre dinosaurio y dragón y que a su aspecto añadía algo tan fuera de lugar como unos calzones. Fin Fang Foom procedía de la isla China de Formosa y había permanecido oculto en un templo y dormido durante siglos hasta que fue despertado por Chan Liuchow, un joven que le conducía hasta los invasores comunistas que trataban de conquistar la zona. Una vez derrotado el enemigo, Chan engañaba a Fin Fang Foom para que volviera a caer en su letargo. Hubiera sido el final… De no ser porque, treinta años después, John Byrne se empeñó en recuperar al personaje.

 

La historia, en realidad, comienza en el volumen anterior a éste, el ya mencionado Iron Man: La Segunda Guerra de las armaduras. A modo de subargumento, mientras Tony Stark pasaba por una de las peores crisis de su vida, El Mandarín acometía la laboriosa búsqueda de Fin Fang Foom, al que finalmente localizaba en el interior de un remoto templo, quien sabe si el mismo en el que le había dejado Chan Liuchow. Como éste, El Mandarín le despertaba y conseguía encontrar la manera de controlarle, con el fin de que le sirviera de instrumento en la conquista de China. Fue ahí donde se quedó la historia, para dar paso a la saga que se recopila en este volumen. En sus páginas, Byrne no sólo retoma el argumento, sino también la calamitosa situación en la que dejó a Tony Stark, preso de su propia armadura y con el sistema nervioso colapsado. La trama resultante permitió al autor revisitar el pasado de Iron Man, pero también el del Mandarín y el de Fing Fan Foom, dando lugar a una de sus más relevantes aventuras.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Iron Man: La semilla del dragón

 

DETRÁS DE LA SEGUNDA GUERRA DE LAS ARMADURAS DE IRON MAN

Hay hombres que no se pueden estar quietos. Que miran a su alrededor y no se sienten satisfechos con lo que encuentran. Que les incomodan aquellos que dicen que algo es imposible. Que despegan sus pies del suelo y dirigen la mirada a las estrellas. Que son capaces de adelantarse al futuro, o mejor aún: inventarlo.

 

Uno de esos hombres es Tony Stark. Empresario. Emprendedor. Conquistador. Héroe. Hombre de Hierro. Y todo en uno. Sí, es cierto que tantas virtudes se compensan con unos cuantos defectos. El primero de ellos, resulta obvio: Tony no es real, o al menos no todo lo real que nos gustaría. Nació en las viñetas de un cómic, de la imaginación de Stan Lee, efervescente en aquellos primeros años sesenta en los que también llegaron al mundo Los 4 Fantásticos, La Patrulla-X, Los Vengadores o Spiderman. No obstante, pese a que pertenezca a esta particular cosmogonía de ficción, Tony Stark cuenta con un modelo tomado directamente de nuestro mundo por Lee. Se trata de Howard Hughes, el productor de cine, millonario, pionero de la ingeniería, genio autodidacta y playboy cuya vida y milagros eran objeto de atención en aquel entonces por parte de los tabloides de Hollywood, y cuya trayectoria luego sería recogida de manera brillante en la película El aviador (2004), dirigida por Martin Scorsese y en la que Leonardo DiCaprio dio vida a Hughes.

 

Tony Stark, además de una apariencia similar a la de Hughes, reúne todas las virtudes que adornaran a éste, amplificadas hasta la excelencia, como sólo puede ocurrir con un personaje de cómic cuya vida se encuadra en un universo donde lo prodigioso es habitual. Es inteligente y cautivador, capaz de concebir hoy la tecnología del mañana, de conquistar a las más bellas mujeres y de dirigir con precisión quirúrgica un poderoso emporio industrial. Pero hay algo que le convierte en verdaderamente excepcional, por encima de cualquier otra consideración. La historia es bien conocida por todos, hasta el punto que ha sido trasladada al cine con exquisita fidelidad, pero bien haremos en recordarla. Un día, el destino colocó a Tony entre la espada y la pared. Se vio obligado a construir un arma para sus propios enemigos… Sólo que, en lugar de eso, creó el traje de Iron Man, un prodigio de la tecnología que le permitió vencerles, además de cambiar su vida para siempre. Tony no sólo había creado una prodigiosa armadura moderna que le convierte en un ejército de un solo hombre: se había reinventado a sí mismo. Tras el nacimiento de Iron Man, abandonaría la carrera armamentística, para dedicar sus empresas a fines pacíficos. La historia no habría hecho sino comenzar. En el camino de Iron Man esperaban espías industriales, supervillanos de toda clase y condición, tiburones de las finanzas en busca de caza mayor y decenas de enemigos deseosos de plantar cara al Hombre de Hierro. No es extraño que, ante semejante caterva de villanos, el Tony Stark de los cómics eligiera mantener su identidad de Iron Man en secreto: inventar una mascarada según la cual el Hombre de Hierro era en realidad su guardaespaldas, por más que nunca se les viera juntos, detalle que sería resuelto por los autores de la colección con el paso del tiempo, cuando alguien tuvo la idea de que la armadura podía controlarse por control remoto.

 

¿Y qué hay de esos defectos a los que nos referíamos antes? Al igual que ocurre con todos los grandes personajes de Marvel, Iron Man posee debilidades que le colocan a ras de suelo. Durante los primeros tiempos, la metralla alojada cerca de su corazón le obligaba a vivir conectado a la armadura, un trauma superado con el paso del tiempo, pero que sería sustituido por otros. Como su modelo en la vida real, Tony es un hombre de excesos, igualmente elevados a la enésima potencia. Alcohólico con varias recaídas, sabe que puede perderlo todo si se deja seducir por una botella. De aquel infierno, narrado en la mítica aventura “El demonio en una botella”, consiguió salir con su fuerza de voluntad, pero también con la ayuda de sus amigos. Entre ellos cabe destacar a James Rhodes, quien le sustituyera como Iron Man durante una larga temporada, lo que le convierte en poco menos que un hermano, no unido por la sangre, pero sí por un vínculo que puede llegar a ser incluso más fuerte.

 

“La segunda guerra de las armaduras”, aventura recogida en este tomo y que fue publicada por Marvel en 1990, supuso todo un revulsivo para el Hombre de Hierro. Su título recordaba la existencia de una aclamada saga anterior, “La guerra de las armaduras” original, en la que Iron Man decidía enfrentarse a todos aquellos que habían robado sus descubrimientos. La historia, publicada por Panini en un volumen de su colección Best of Marvel Essentials, caló hondo en sentir de los lectores, que adquirieron una nueva perspectiva del personaje. La armadura no sólo había servido para luchar contra las injusticias: sus fundamentos básicos también se utilizaban para perpetrar crímenes y asesinatos, lo que convertía a Tony Stark en involuntario responsable de los mismos, un sentimiento de culpa que le acompañaría el resto de sus días.

 

A partir de ese punto, John Byrne, uno de los más fructíferos autores de la época, construiría una nueva saga, independiente de la anterior salvo por el detalle del nombre, en la que el objeto de codicia no es la armadura, sino el mismo Tony Stark: si controlas al hombre que está dentro del traje de hierro, poseerás no sólo aquello que ha inventado, sino también su fortuna, conocimiento y habilidades. Byrne, guionista al mismo tiempo que dibujante en memorables etapas de Los 4 Fantásticos, Alpha Flight, Hulk o Superman (en este caso, para DC Comics), decidió en este caso restringir su participación al ámbito literario, mientras que del artístico se encargaba un viejo conocido del personaje: John Romita Jr.

 

Este inmenso dibujante, hijo de un mítico autor de los años sesenta, ha consagrado su carrera a trabajar en la Casa de las Ideas. Por sus manos han pasado la plana mayor de sus héroes, dejando en todos ellos una huella indeleble: Spiderman, La Patrulla-X, Hulk, Thor, Daredevil, Punisher… Y también Iron Man. De hecho, Romita Jr. despuntó, entre finales de los setenta y primeros años ochenta, en una larga estancia en la cabecera del Hombre de Hierro, con un estilo eminentemente realista que se beneficiaba de la meticulosidad del entintado de Bob Layton, muy agradecido a la hora de retratar la armadura del héroe. “La segunda guerra de las armaduras” es un buen ejemplo de la evolución experimentada por Romita Jr. a lo largo de unos años en los que desarrolló soltura, espontaneidad, sencillez, habilidad narrativa y grandilocuencia. Un observador poco experimentado podría suponer incluso que el dibujante de aquella primera época no tiene nada que ver con el de esta segunda, aunque en ambos casos coincidan calidad y espectáculo.

 

Byrne y Romita Jr, en la cumbre de sus carreras, ofrecen un ejemplo intemporal de lo que debe ser una excelente aventura de Iron Man, en la que nos recuerdan que lo importante no es la última innovación que incluya la armadura o el poder de los conspiradores en la sombra, sino el ingenio, la inteligencia, la perseverancia y capacidad de sacrificio del hombre que se oculta bajo la máscara de hierro.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Iron Man: La Segunda Guerra de las Armaduras

POTENCIAL PARA LA GRANDEZA: EL HULK DE JOHN BYRNE

Pocos autores de Marvel tocaron en los años ochenta a un número tan elevado de personajes de la editorial como fue el caso de John Byrne. Durante los primeros años de carrera, por las manos del popular artista pasaron héroes tan diversos como Spiderman, Puño de Hierro, Los Campeones o Los Vengadores; cuando alcanzó la consolidación, fue autor de épocas históricas para La Patrulla-X, Los 4 Fantásticos o el Capitán América, además de lanzar y permanecer durante más de dos años en la colección de un grupo de creación propia, Alpha Flight. Fue esta serie la que intercambió en 1985 con el equipo creativo que entonces estaba al frente de The Incredible Hulk, en una curiosa iniciativa que debería haber marcado el comienzo de otra larga y provechosa etapa más, aunque las circunstancias se aliarían para abortarla tras apenas medio año de su inicio. Ésta es la historia de lo que fue… y de lo que pudo haber sido.

 

 

La relación entre John Byrne y el Gigante Gamma había comenzado mucho tiempo atrás, cuando el canadiense apenas era un niño y el Universo Marvel echaba a andar. Como había hecho con Los 4 Fantásticos, el joven Byrne siguió las primeras aventuras de Hulk y se enganchó a ellas cuando la criatura de Stan Lee y Jack Kirby apenas daba sus primeros pasos y estaba todo por hacer. Era un Hulk que cambiaba de aspecto, de habilidades, de inteligencia y actitud casi en cada número, que muy pocos lectores reconocerían como el icónico, que fue cancelado tras apenas seis entregas y que todavía no encajaba en los tópicos posteriores de bestia perseguida y en el fondo pacífica, pero que a Byrne se le quedó grabado a fuego.

 

El autor había tenido, antes de 1985, escasas y muy breves oportunidades para acercarse a su figura, aunque fueron ocasiones de una importancia destacable. Hulk pasó por las manos de Byrne como invitado especial en Marvel Team-Up #53 USA (1977), con guión de Bill Mantlo. Apenas un año después, coescribió, con Roger Stern, y dibujó The Incredible Hulk Annual #7 USA (1978), un cómic que se convirtió en un clásico instantáneo. Y el mismo equipo literario repitió, doce meses más tarde, en The Incredible Hulk Annual #8 USA (1979), con Sal Buscema al dibujo. En todas esas historias, el Piel Verde que se mostraba era el que estaba arraigado en el imaginario colectivo de los lectores, un bruto bondadoso de escaso cerebro y verbo limitado, con inigualable capacidad destructora. Byrne sí tuvo un contacto más continuado con Hulka, un personaje muy próximo a Bruce Banner, a la que convirtió en integrante de Los 4 Fantásticos y el epítome de mujer con la que a cualquier lector le hubiera gustado salir, inteligente, divertida y sexy. No había en ella ningún rastro de la furia gamma de su primo, ni trazas que la relacionaran con él, al margen del parentesco y de la sangre irradiada que compartían.

El Hulk icónico ilustrado por Byrne a finales de los setenta

 

Llegados a 1985, Hulk no había hecho sino dar pasos que lo alejaban no sólo de su imagen primigenia, sino también de su iconicidad. Bill Mantlo llevaba escribiéndolo todo el último lustro, y en ese tiempo había jugado a que Bruce Banner mantuviera su inteligencia durante las transformaciones y, una vez que el público se había acostumbrado a esa situación, la había basculado hasta el extremo opuesto, anulando hasta la más mínima expresión de raciocinio en la bestia. Por si fuera poco, durante más de un año, el personaje había permanecido exiliado en La Encrucijada, un entorno de fantasía alejado de la Tierra. Sí, estaba claro que aquel Hulk no tenía nada que ver con el tradicional. Y Byrne lo echaba de menos como nunca le había pasado. “Sentía, y esto sorprenderá a todo el mundo, estoy seguro, que el personaje estaba demasiado alejado de sus orígenes, y una aproximación de vuelta a lo básico era necesaria”, explicaba años después en su página web oficial. “A tal fin, mencioné lo que pensaba que debía hacerse con Hulk al Director Editorial [Jim Shooter], y su respuesta fue ‘¡Eso es genial! ¡Debería hacerte cargo de la serie de Hulk!’. Bueno, en aquella época yo estaba hasta arriba de trabajo, así que asumir también Hulk parecía algo improbable… hasta que comprendí que ya había dicho todo lo que tenía que decir de Alpha Flight. Así que llamé a Bill Mantlo, que estaba escribiendo Hulk en aquella época, y le pregunté si le parecía bien hacer un cambio”. La decisión terminó por fraguarse entre Byrne y Shooter, cuando ambos se encontraban en un taxi. El autor explicó cuanto pensaba hacer en la serie y al editor le pareció lo suficientemente acertado como para darle luz verde.

 

Anuncio del intercambio de autores entre Alpha Flight y The Incredible Hulk, aparecido en Alpha Flight #28 USA (1985)

 

Mantlo aceptó también, de manera que Hulk regresaba de su exilio en La Encrucijada, y la herramienta argumental para hacerlo no era otra que Alpha Flight. El primer episodio del antiguo guionista de Hulk en esta serie mostraba la vuelta a la Tierra del Piel Verde y su enfrentamiento con el grupo canadiense. Al final de la historia, Hulk se perdía en el horizonte, dando saltos por las montañas nevadas. Fue ahí donde ya le retomaba Byrne, el primer mes por partida doble, con el que puede calificarse de manera oficial como el primer número de su etapa, el The Incredible Hulk #314 USA, y con un Annual dibujado por Sal Buscema, el artista que más tiempo había estado dibujando al monstruo. Volvía momentáneamente a hacerlo después de que, apenas unos meses antes, hubiera abandonado la cabecera por desavenencias con Mantlo. En cualquier caso, el cambio de autoría fue recibido con alborozo por los lectores, que vieron así reposicionada una colección que languidecía comercialmente. Byrne era, en aquel entonces, una de las mayores estrellas del cómic estadounidense, capaz de mover masas de aficionados allá donde fuera. Sus cómics tenían algo mágico; su habilidad para reinventar a los grandes iconos de Marvel desde una perspectiva clasicista acompañada de un acercamiento moderno estaba más que contrastada por su etapa en Fantastic Four, por lo que el fandom no podía estar menos que entusiasmado. A partir de este punto del artículo, entraremos en algunos detalles argumentales sobre el objeto de estudio, de manera que recomendamos postergar su lectura a aquellos que no conozcan el material previamente.

 

El plan de Byrne para The Incredible Hulk, esa vuelta a los orígenes de la que hablábamos antes, debía llevarse a cabo en el primer medio año que permaneciera al frente de la nave, hasta alcanzar el statu quo en que se movería el personaje en lo sucesivo. Venía a ser un espejo de aquellos seis primeros números de la colección original, junto a The Avengers #1 USA (1963), lo que el autor consideraba como el “Hulk definitivo”: un Hulk más salvaje, que reaccionaba siempre con furia y brutalidad, frente al “buen salvaje” en que se había transformado posteriormente.

 

Sus primeros números estarían preñados de grandes sorpresas y acontecimientos inesperados que dejaban con la boca abierta a quienes los leyeran. Todo ello se entremezclaba no tanto con una repetición de los detalles característicos de Hulk en sus años iniciales, sino de aquellos aspectos que, como lector fervoroso reconvertido luego en autor, Byrne encontraba más significativos. El The Incredible Hulk #314 USA se abría con una declaración de intenciones: la muerte inintencionada de un pobre ciervo que tomaba la mala decisión de enfrentarse con el monstruo. Éste respondía con todo su poder sin pensárselo dos veces y luego se limitaba a constatar sus resultados. En otros tiempos, los hubiera lamentado hasta dejar incluso escapar unas lágrimas, un comportamiento que Byrne identificaba con las historias que Len Wein había narrado en los años setenta, y que en las que, a su juicio, Hulk recordaba a Goofy, el personaje tontorrón y bondadoso de Disney. “No es Goofy: es el Pato Donald”, vino a concluir al repasar los trabajos de Stan Lee y Jack Kirby. La búsqueda de los instintos primitivos se reflejó en lo estético. Este remozado Hulk se diferenciaba del que hubiera dibujado el propio Byrne una década antes en un aspecto casi simiesco, de troglodita: cejas gruesas y largas, brazos colganderos que se balanceaban como si el monstruo cargara con ellos, figura encorvada… el poder se redujo hasta un nivel más manejable, pero también más bestial. No era, como decía el autor, un Arnold Schwarzenegger aumentado de tamaño: era un auténtico monstruo destructor y debía diferenciarse como tal. Toda esa filosofía estaba condensada en la imagen de Hulk que Byrne realizó para The Official Handbook of the Marvel Universe Deluxe Edition #5 USA, publicado en 1985, meses antes de que el canadiense irrumpiera en la serie gamma.

 

El Hulk de Byrne en el Official Handbook

 

También en ese primer número, Byrne enfrentaba al Piel Verde contra sus enemigos más icónicos mientras en paralelo recontaba el origen, un tópico que repetía en cualquier serie por la que pasara. Los contrincantes eran nada menos que Juggernaut, MODOK, El Rino y La Abominación. La utilización de todos ellos de una tacada obedecía a la intención de satisfacer cuanto antes a los lectores habituales. El autor pretendía ignorar a todos esos enemigos en lo sucesivo, salvo quizás a La Abominación. Entendía que se había abusado demasiado de ellos y que además se trataba de personajes que se habían tomado prestados de otras series. Hulk, a juicio de Byrne, presentaba una necesidad acuciante de encontrar nuevas amenazas. En realidad, en este episodio el verdadero rival era Doc Samson, un viejo secundario de la franquicia, que regresaba a casa encarnado en herramienta necesaria para acometer la maniobra que tenía planeada Byrne. Como elemento novedoso, el autor introdujo una justificación acerca del motivo por el que tantas aventuras de Hulk tenían lugar en el desierto en que había tenido lugar su “nacimiento”. Era una de esas explicaciones racionales que el autor siempre intentaba dar a circunstancias tópicas que rodeaban a cuanto personaje pasaba por sus manos.

 

En esa línea, pronto recordó, después de mucho tiempo sin que se hubiera vuelto a mencionar el asunto, que Hulk en su primera aparición había tenido una pigmentación gris, para luego pasar al verde característico. El motivo en su momento había sido puramente industrial, dado que el gris no se imprimía con la calidad suficiente en el papel de los añejos comic-books, pero Byrne quiso dar una justificación verosímil dentro del contexto de la serie. Por primera vez, las generaciones más jóvenes contemplaron al Monstruo Gamma tal y como había sido en su nacimiento.

 

Siguiendo con la reivindicación, a su manera, de esos elementos característicos, el segundo número se abría con una ensoñación ambientada en la cámara subacuática en la que, con ayuda de Rick Jones, Bruce Banner se ocultaba para contener el poder de su alter ego. La primera página, de hecho, era un homenaje a la que Jack Kirby hubiera dibujado para el tercer número de la colección, casi veinticinco años atrás. En las últimas páginas, regresaba a la serie Betty Ross, la eterna novia de Banner, que jugaría un papel fundamental en los siguientes números y a la que Byrne imaginaba sustituyendo a Rick Jones en el papel de carcelero del Piel Verde. Jones, el joven imprudente al que había salvado Banner de la bomba gamma, también estaba de vuelta, para The Incredible Hulk #319 USA, así como el padre de Betty, el iracundo “Trueno” Ross, lo que completaba el rescate del elenco original de Stan y Jack. Por supuesto, también figuraba Hulka, porque el personaje fetiche de Byrne no podía faltar. En recuerdo de aquel The Avengers #1 USA, donde Loki confundía a los protagonistas para que se enfrentaran con Hulk, Los Vengadores también saltaban a escena, aunque esta vez sus motivos para enfrentarse a la bestia estaban más que justificados. Y lejos de quedarse en los secundarios ya conocidos, Byrne introdujo un nuevo grupo de Cazahulks, compuesto por cinco variopintos individuos con potencial suficiente para aderezar años de historias… y sin embargo…

 

El monstruo atrapado, según Jack Kirby

 

…Sin embargo, el The Incredible Hulk #319 USA, publicado apenas seis meses después del arranque de la etapa y en el que culminaba la batería de cambios cataclísmicos que alumbraban el escenario sobre el que debía haberse movido Byrne en lo sucesivo, fue también el último que realizó. En aquel momento, la gran estrella de Marvel no hacía sino chocar con el estamento editorial allá donde se encontraba. Las disputas le llevaron a abandonar tanto Fantastic Four como The Incredible Hulk. En este caso en concreto, muchos de los cambios que había llevado a cabo, y que explicara a Shooter en aquel viaje en taxi mencionado antes, no despertaron el entusiasmo de éste una vez empezó a aplicarlos, y así se lo transmitió el editor de la serie, Dennis O’Neil. La gota que colmó el vaso estuvo en el rechazo de todo un número. En aquel entonces, Byrne estaba llevando a cabo muchos experimentos gráficos que se reflejaron en esos pocos episodios que había llegado a firmar para Hulk. Pero componer toda una entrega con viñetas a toda página parecía excesivo para los cánones de la época. El episodio sólo vio la luz algunos meses después, dentro de la cabecera antológica Marvel Fanfare, cuando su autor ya había volado de la colección gamma. Algunas de las muchas ideas que se quedaron en el tintero pasaban por crear un ejército de Abominaciones, a partir de la resurrección de la original; dar una mayor importancia de Bruce Banner y que éste y Hulk volvieran a verse como la cara y la cruz de la serie, aunque desde la nueva perspectiva que daba el cambio revolucionario con el que Byrne había abierto la etapa; presentar a El General, un nuevo villano cuyo poder rivalizaría con el del protagonista, y, en el colmo del revisionismo de los primeros sesenta, recuperar a El Amo del Metal, el que fuera enemigo del último número de la serie original y del que nadie se acordaba ya. Para dar lustre a esta rentrée, Byrne quería servirse de una estatua de Hulk fabricada en adamántium que había sido utilizada por Bill Mantlo.

 

El Amo del Metal, el villano que Byrne no tuvo tiempo de recuperar

 

La primera época de Byrne en La Casa de las Ideas, una auténtica edad dorada dentro de la carrera del autor, llegaba a su fin y, a juicio de muchos, no se repetiría jamás. Saltó entonces a DC Comics, para acometer otro particular “back to the basics” sobre el primero de los superhéroes, Superman. Sólo regresó a Marvel cuando Jim Shooter ya no estaba en la editorial, y, al cabo de varios lustros más, ya en 1999, tuvo la oportunidad de volver a acercarse al Piel Verde, en una etapa igualmente breve, pero que en absoluto despertó el entusiasmo y la expectación lograda con aquella primera estancia. Ya no era el genio de los tiempos pasados, sino una vieja gloria venida a menos. Contemplada en la actualidad su breve estancia de mitad de los ochenta, compuesta por seis entregas de la serie abierta, un Annual y el episodio “rescatado” en Marvel Fanfare, sigue apreciándose la extraordinaria energía puesta en aquel puñado de números. Algunos de los cambios introducidos por Byrne fueron enseguida desechos, mientras que unos pocos perduraron durante años, en especial los relativos a Betty. Pero cuesta mucho imaginar hasta dónde podría haber llegado la etapa de haberla podido continuar su autor: se aprecia un diamante en bruto, sin llegar a vislumbrarse la pieza a la que podría haber dado lugar. Fue, como llegó a decir el autor en alguna ocasión, un menú degustación de ocho platos del que sólo llegamos a disfrutar del primero de ellos. Un enorme disfrute, no obstante.

 

Artículo aparecido originalmente en 100 % Marvel HC. El Increíble Hulk de John Byrne

EL VIEJO LOGAN: EN LA CARRETERA

Cada cómic que se publica es hijo de su tiempo, de las circunstancias en las que ha sido concebido. Tal principio alcanza con el Universo Marvel su máxima expresión. A lo largo de sus muchas décadas de existencia, la Casa de las Ideas ha reflejado las épocas por las que ha pasado, con una obvia referencia a Estados Unidos, ya que es allí donde se producen sus historias, pero que por afinidad cultural puede llegar a trasladarse hasta nosotros. Si los cómics que alumbran el nacimiento de Los 4 Fantásticos o Los Vengadores están impregnados del optimismo y la ilusión de los sesenta, esa situación cambia en la década siguiente, presidida por el despertar a la dura realidad que trajo la guerra de Vietnam o el Escándalo Watergate, que acabó con la carrera política del presidente republicano Richard Nixon. Como respuesta a la amargura que envolvió a la sociedad en aquel entonces, los cómics se poblaron de personajes siniestros, vigilantes que disparaban a matar y seres terroríficos surgidos de las peores pesadillas. Había llegado el tiempo de Punisher, del Motorista Fantasma o del Hombre-Cosa. Pero, sobre todo, había llegado el tiempo de Lobezno.

El que habría de convertirse en el personaje más popular de esos treinta años llegó al mundo sin demasiadas pretensiones. El guionista Len Wein lo concibió como un fiero rival para Hulk. Lobezno sería un veinteañero respondón sin demasiado respeto por sus mayores, equipado con unos guantes de los que surgían unas garras de metal irrompible; John Romita, director artístico de la compañía en aquel entonces, se encargó de diseñar su aspecto, con un traje plagado de elementos felinos; Herb Trimpe le dibujaría en su primera aparición, una aventura publicada en Incredible Hulk #180 y 181 (1974), en la que Lobezno se enfrentaba contra el Piel Verde y El Wendigo, un terrible monstruo de leyenda.

 

Tras el debut, Wein se animaría a recuperarle en la renacida Patrulla-X, un concepto que se presentó un año más tarde y por el que los adolescentes que hasta entonces habían formado parte del grupo serían sustituidos por un puñado de nuevos héroes, cada uno de ellos con una nacionalidad diferente. Lobezno venía de Canadá, y era el tipo duro. Fue determinante que Wein se marchara poco después de aquella aventura, para dar paso a un joven de 25 años llamado Chris Claremont, quien comenzó a añadir elementos a un personaje cuyo background permanecía pendiente de rellenar. Fue Claremont quien decidió que Lobezno fuera, en realidad, un tipo que, aunque hubiera superado ampliamente los treinta, se mantenía en una edad indeterminada, a causa de un factor curativo que, a la par que curaba sus heridas, ralentizaba su envejecimiento. Se estableció también que su verdadero nombre era Logan, sin precisar nunca un apellido, y que las garras nacían de sus antebrazos y formaban parte del cuerpo. Alguien las había puesto ahí, pero, ¿quién? Los misterios enseguida comenzaron a circundar al más violento de los integrantes de La Patrulla-X, quien pronto se descubrió como un tipo verdaderamente amenazador, el único de los héroes mutantes que se dejaba arrastrar por su rabia hasta el punto de matar a sus enemigos.

 

La atención hacia Lobezno se incrementó todavía más con la irrupción de John Byrne, dibujante que compartiría tareas de argumento con Claremont, y que se sentía especialmente afín hacia Logan, canadiense como él. Byrne estableció la especial afinidad del personaje hacia Japón. Allí había pasado largo tiempo, e incluso aprendió el idioma… Aunque nunca explicara las circunstancias, porque nadie había preguntado. Así era el Lobezno de los primeros tiempos: un misterio en cada viñeta esperando a ser respondido. Y las respuestas tardarían mucho en llegar, ya que Claremont se negaba a darlas, pues así mantenía la intriga alrededor del que pronto empezó a ser el mutante más deseado por los lectores.

 

En 1982, aparecería la primera gran historia en solitario de Logan, recopilada luego bajo el título de Lobezno: Honor, y en la que Claremont, junto a Frank Miller, exploraba los lazos del personaje con el País del Sol Naciente. Finalmente, Marvel concedió a los lectores algo por lo que pasaron años suspirando: en 1988 Lobezno obtuvo colección mensual. Para entonces ya rivalizaba con Spiderman por el favor de los aficionados, que lo habían elevado a categoría de icono. Agotado el siglo XX, Lobezno era el único de los personajes nacido después de los años sesenta que había logrado cautivar a nuevas generaciones. Alrededor de él, además de las aventuras que protagonizaba con La Patrulla-X o su colección mensual, empezaron a surgir toda clase de especiales y apariciones en otros títulos de la factoría. Incluso La Casa de las Ideas se atrevió finalmente a contar todos y cada uno de los detalles que comprendían su vida: el misterio se había esfumado, pero no así la popularidad, que siguió creciendo y alcanzó a las grandes masas cuando Lobezno se situó como la clave del éxito de las películas de X-Men.

 

En la actualidad, el mutante de las garras de Adamántium ha trascendido los tebeos en los que nació; es una franquicia, un héroe de cine y dibujos animados, un muñeco articulado y el protagonista de centenares de historias. Es un personaje reconocido por cualquier persona, no sólo por los pocos que leen cómics. Pero, por encima de cualquier otra consideración, Lobezno es el perfecto vehículo para contar un determinado tipo de historias: las que protagoniza el anti-héroe prototípico de estas últimas décadas: Es el justiciero de la carretera, un tipo duro pero honesto, al que no le tiembla el pulso cuando tiene que eliminar a sus enemigos, pero que también atesora bondad, honor y piedad; es un alma torturada por los errores de un pasado que siempre vuelve para perseguirlo; es alguien que, aunque encuentre la compañía de otros, siempre se sentirá solo. Todo eso lo comparte con esos anti-héroes que, de John McClane a Harry Callahan, han cincelado el cine durante una época de descreimiento.

 

La que quizás sea la más transcendental saga vivida por Lobezno en la primera década del siglo XXI vino de manos de Mark Millar, un hombre capaz de poner en marcha y ejecutar proyectos de colosales envergaduras, gobernados por tramas más-grandes-que-la-vida, con personajes paradigmáticos llevados a sus extremos y con una narrativa cinematográfica, a camino entre el espectáculo explosivo de Michael Bay y la hilaridad sangrienta de Quentin Tarantino, siempre ejecutada por dibujantes de primerísimo orden. Millar parte siempre de un concepto sencillo, minimalista, y a la par poderoso y exuberante, que en muchas ocasiones no sirven sino para responder a las preguntas que siempre se han hecho los grandes aficionados al cómic, como él mismo. Por ejemplo, ¿qué pasaría si los héroes se enfrentaran entre ellos en una guerra en la que unos optan por la seguridad y otros por la libertad? Así nació Civil War, el mayor acontecimiento Marvel de los últimos treinta años. ¿Y si todos los grandes enemigos de Spiderman se confabularan para perseguirle? Fue el comienzo de doce trepidantes episodios protagonizados por el trepamuros. ¿Qué sucede cuando, en nuestro propio mundo convencional, un chaval como otro cualquiera trata de convertirse en superhéroe? Ése fue el origen de Kick-Ass, un tebeo que ya es, también, película. Porque Millar busca siempre la manera de convertir sus obras en franquicias que se reproduzcan más allá de las viñetas. Y de momento lo está consiguiendo.

 

Para acometer Lobezno: El viejo Logan, la pregunta que se hizo Mark Millar fue tan simple como, ¿qué será de él dentro de cincuenta años? El proceso retardado de envejecimiento del que se beneficia Logan puede llegar a calificarse de maldición, puesto que le condena a contemplar la muerte de todos sus seres queridos, mientras él tiene que seguir adelante. El futuro que plantea esta historia no es agradable. Es un futuro en que los villanos vencieron, largo tiempo atrás, la eterna batalla entre el bien y el mal, y ahora controlan el mundo.

 

Los ecos de Will Munny, el personaje que encarnara Clint Eastwood en ese inolvidable western crepuscular que es Sin Perdón, encuentran resonancia en estas páginas. Algo del pasado de Munny le obligó a enfundar las pistolas para siempre, a alejarse de una vida de violencia a la que aspira a no volver nunca más. Logan ha seguido un camino paralelo en esta historia: cuando comienza la acción, lleva cincuenta años sin sacar las garras, nadie sabe muy bien por qué. Ha formado una familia que nada tiene que ver con sus aventuras de los tiempos de La Patrulla-X, y se ha establecido en un lugar en medio de ninguna parte, alejado de cualquiera de sus vidas pasadas.

 

Es entonces cuando ocurre algo anecdótico, casi sin importancia, que obliga al protagonista a emprender un largo viaje por la América conquistada por los villanos. Se plantea ante los lectores una auténtica road movie, un Mad Max del Universo Marvel en el que Logan, y con él los aficionados, recorre un mundo sin piedad en el que todavía existen las huellas de una época mejor que ahora sólo es un recuerdo para unos pocos ancianos. Millar apoya su devastadora visión de los grandes mitos de La Casa de las Ideas sobre el arte de Steve McNiven, quien ya estuviera junto a él en Civil War, y que aquí se adapta al realismo descarnado, a la par que épico, que requiere la historia.

 

Aquí tienes, por tanto, una aventura del mutante de las garras de Adamántium como nunca se ha visto antes: una epopeya en la que Lobezno fue derrotado, junto a todos sus amigos, en una noche siniestra. Tuvo la mala suerte de sobrevivir, y ahora sólo queda un viejo llamado Logan que, antes de reencontrarse con sus compañeros muertos, tiene todavía por delante una larga y tortuosa misión, llena de peligros, en la que contemplará esperanzas frustradas y sueños pervertidos. Al final de la carretera, le aguarda su verdadero destino.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Lobezno: El Viejo Logan

LA SAGA DE FÉNIX OSCURA: EL NACIMIENTO DE UN MITO

Eran el patito feo del Universo Marvel. Frente al drama adolescente de Spiderman, a la épica de Los Vengadores o la ciencia-ficción sofisticada de Los 4 Fantásticos, las andanzas de cinco chavales a las órdenes de un señor calvo no conseguían concitar la atención y el cariño de las masas. La Patrulla-X de Stan Lee y Jack Kirby nació en 1963, en plena ebullición creativa de La Casa de las Ideas, y lo hizo a partir de una idea tan inteligente como sugestiva: la existencia de un nuevo tipo de personas, dotadas con superpoderes como consecuencia de su herencia genética. Así vieron la luz los mutantes, en un contexto de miedo atómico y reivindicación de minorías, porque ahí sí acertó Stan Lee: cuando convirtió a sus hombres-X en marginados por su condición racial. Las mismas turbas que desconfiaban de Spiderman saltaban enfurecidos y aterrorizados ante la simple idea del homo superior, el siguiente eslabón en la cadena de Darwin, aquellos llamados un día a sustituir al homo sapiens. ¿Qué podían hacer los mutantes, frente a quienes los odiaban? “Aprender a convivir con ellos y enseñarles que no tienen que temernos”, decía Charles Xavier, el maestro que había dado un propósito vital a Cíclope, El Ángel, La Bestia, el Hombre de Hielo y la Chica Maravillosa. “Aniquilarlos y dominarlos”, respondía Magneto, su contrapartida malvada, en una dialéctica que situaba a Xavier en el papel de Martin Luther King y al Amo del Magnetismo más próximo a las invectivas de Malcom X.

 

Era un concepto en cierta forma revolucionario, tanto que llegó demasiado pronto para conseguir la aceptación entre los lectores. Bien hay que decir que sus autores tampoco consiguieron sacarle todo el partido posible, ya que Stan y Jack abandonaron la cabecera demasiado pronto, cuando apenas empezaban a apuntar maneras, e incorporar elementos tan sugestivos como el de Los Centinelas, robots asesinos de mutantes que presagiaban un futuro oscuro para toda la humanidad. Sólo algunos años más tarde, el imaginativo trabajo desarrollado en la serie por Roy Thomas y el mítico dibujante Neal Adams conseguiría vislumbrar cuán lejos podría llegar esa Patrulla-X si se la permitía.

 

Pero no se la permitió, y en el cambio de década, la colección fue puesta en barbecho. Cinco años tardaría en salir del limbo, hasta que, en 1975, los entonces responsables de La Casa de las Ideas decidieron dar una segunda oportunidad a los mutantes… Sólo que la idea sería reformulada en su práctica totalidad. Cíclope y Xavier permanecerían como cabeza visible del equipo, pero todos los demás serían sustituidos por nuevos personajes, procedentes cada uno de ellos de los más diferentes lugares del globo. Había una africana, Tormenta; un ruso, Coloso; un alemán, Rondador Nocturno; un canadiense, Lobezno… El tono de pequeña aventurilla era sustituido por la grandilocuencia, en línea con lo que ya habían hecho Thomas y Adams en los estertores de la primera andadura, mientras que el dibujante Dave Cockrum aportaba un toque eminentemente moderno al diseño de la obra. Quiso la suerte que el guionista responsable, Len Wein, apenas sí llegara a encargarse del episodio de estreno y de apuntar la saga posterior: pronto dejó el trabajo en manos de su joven ayudante, un inglés de veinticinco años llamado Chris Claremont.

Ocurrió de manera gradual, sin hacer ruido y por la puerta de atrás. La “nueva” Patrulla-X de Claremont y Cockrum fue afianzándose poco a poco, haciéndose fuerte allá por donde nunca habían transitado los antiguos hombres-X. Se apelaba a la angustia de la condición mutante, a la minuciosa caracterización de personajes, al acento en aquello que les hacía diferente y únicos, con una mirada puesta en sus vidas privadas; a la concatenación de aventuras sin dejar al lector un momento para respirar, y al tono internacional del equipo, al que muy pronto se le quedó el mundo lo suficientemente pequeño como para viajar a las estrellas y más allá.

 

Tales principios fueron potenciados aún más si cabe cuando Cockum cedió los lápices a John Byrne, el que estaba llamado a ser el gran dibujante estrella de la Marvel de los ochenta, quien ya había desarrollado cierta química de trabajo con Claremont y cuyo estilo realista y dramático se adaptaba a todo lo que necesitaba La Patrulla-X. Aquél era el cómic que Byrne no sólo quería dibujar, sino del que quería formar parte. Tan es así, que su labor se haría extensiva a los argumentos. Gracias a Byrne, los lectores llegarían a mirar con otros ojos a Lobezno, ése pequeño y brutal mutante por el que anteriormente no sentían demasiadas simpatías. Con su misterio a cuestas, su actitud desafiante, con esa rabia enjaulada que nunca sabías cuándo quedaría libre.

En La Patrulla-X había exóticos viajes a lugares como la Tierra Salvaje, Japón o la Antártida; había terribles amenazas, como la de Magneto, renacido y ebrio de poder, o Proteus, un mutante capaz de asesinar a sus víctimas con sólo tocarlas; situaciones dramáticas, en las que una parte del equipo llegaba a creer durante meses y más meses que la otra había muerto, y viceversa; mujeres atractivas, inteligentes e independientes como no se habían visto nunca en un cómic de superhéroes; héroes que era el epítome de la masculinidad… Cada victoria tenía un precio, cada cosa que ocurría dejaba su poso en los personajes, pero también en los lectores, que poco a poco se fueron asomando a aquella Patrulla-X, porque era “el cómic que había que leer”.

 

Los que todavía se resistían a hacerlo cayeron en las redes de los mutantes con una larga epopeya cuyo final redefiniría, desde su publicación en adelante, la manera de hacer tebeos, en más aspectos de los que podría llegar a imaginarse. Fue el arco argumental que, con posterioridad, ha recibido el nombre de “La saga de Fénix Oscura”.

 

La Fénix del título es la Chica Maravillosa, una de las fundadoras del equipo, la eterna novia de Cíclope, que había vuelto al redil poco después de la refundación, con una nueva identidad y unos nuevos poderes que, en ocasiones, hacía que la presencia del resto de sus compañeros fuera poco menos que inútil. ¿Qué ocurre cuando un poder de semejante envergadura es pervertido o cae en manos equivocadas? ¿Qué sucede cuando uno de los tuyos se vuelve contra ti? ¿Cuál es el precio a pagar por el culpable de genocidio? ¿Hasta dónde pueden llegar las ansias de justicia? ¿Hasta dónde el amor?

 

Todas esas preguntas se abordan, y se responden, en estas páginas, en un cómic que establece la medida de cómo narrar una historia en viñetas sin que el ritmo decaiga en ningún momento, sin que el lector adivine nunca lo que encontrará en la siguiente viñeta, sin que ninguna relectura sea menos provechosa que la anterior. El desarrollo ya es modélico, pero lo que convierte en mítica a “La saga de Fénix Oscura” quizás sea su conclusión, un final nunca pretendido ni buscado por sus autores, sino forzado por las circunstancias editoriales y las exigencias de Jim Shooter, el entonces Director Editorial de Marvel. Poco imaginaba él que aquella decisión de cambiar las últimas páginas de la historia, de teñir de negro lo que antes sólo estaba cubierto por la amargura, tendría unas consecuencias tan grandes que nunca han dejado de sentirse, que empapan cuanto tebeo de superhéroes se ha escrito y dibujado desde entonces.

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. La Patrulla-X: La saga de Fénix Oscura

EL HÉROE FUERA DEL TIEMPO

Los héroes fundamentales surgidos de la imaginación de Stan Lee que conformarían lo que hemos dado en denominar Universo Marvel surgieron a comienzos de los años sesenta, en lo que se dio en llamar la Era de Plata de los cómics. Stan Lee, junto a los dibujantes Jack Kirby y Steve Ditko, entre otros, concibió personajes como Los 4 Fantásticos, Spiderman, Hulk, Los Vengadores o La Patrulla-X, que consiguieron dar nueva vida a un género, el de los superhéroes, que por aquel entonces todos daban por acabado.

La editorial que lanzó esos grandes éxitos pronto tomaría la denominación de Marvel Comics. Sin embargo, aquella factoría burbujeante de ideas que acababa de alcanzar el estrellato llevaba ya más de dos décadas produciendo tebeos. Su auge hay que buscarlo en la década de los años cuarenta, la Edad de Oro de los Cómics. El nacimiento de Superman y Batman, ambos de National Periodicals (posterior DC Comics), animó al editor Martin Goodman, dueño de Timely (el germen de lo que luego sería Marvel), a presentar nuevos personajes circunscritos al género superheroico. Entre otros, Timely presentó a la Antorcha Humana original, a Namor, el Hombre Submarino… Y al Capitán América.

 

Fueron dos jóvenes de origen judío, el escritor Joe Simon y el dibujante Jack Kirby, quienes, furiosos e impotentes ante el auge de las Fuerzas del Eje, decidieron crear un nuevo icono que representara el espíritu de una juventud que quería luchar contra el nazismo. Steve Rogers, un humilde hijo de la Depresión Americana, es quien se transforma, gracias al suero del supersoldado, en el Centinela de la Libertad. El primer número de su colección aparecería con fecha de marzo de 1941, y en la portada el Capi, vestido con su traje tricolor y armado con su escudo, golpeaba al dictador en la cara. La imagen estremeció a un país que, apenas unos meses después, entraría en guerra contra Alemania.

 

El Capitán América fue el mayor representante de Timely durante los años siguientes, un verdadero símbolo de la justicia que incluso llegaría a contar con seriales cinematográficos. El final de la guerra, sin embargo, traería su declive y desaparición. ¡Pero el mito no había hecho más que nacer! En 1963, en plena ebullición de Marvel, Stan Lee tuvo la brillante idea de unir en un único equipo de justicieros a las principales espadas de la editorial. En Los Vengadores estarían Thor, Iron Man, Hulk, El Hombre Hormiga y La Avispa. Pero faltaba algo. Y entonces, Stan se acordó de la figura del Capitán América, y encontró la manera perfecta de recuperarlo. En su cuarta aventura, Los Vengadores encontraban por casualidad al veterano héroe, congelado en hielo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y que de nuevo volvería a entrar en acción.

 

El gran acierto de Stan Lee, más allá de recuperar a un personaje que permanecía en el recuerdo del país, estuvo en presentarlo como un hombre fuera de su tiempo: alguien que había vivido en un mundo de buenos y malos y ahora descubría la existencia de toda una escala de grises. Además de sus aventuras junto a Los Vengadores, de los que pronto se convertiría en líder, Steve Rogers contaría enseguida con su propia colección, también desarrollada por Lee con dibujos de Jack Kirby, el que hubiera sido su creador gráfico y que tenía la oportunidad, veinte años después, de reinterpretarlo para las nuevas generaciones.

 

En los años siguientes, grandes autores como Jim Steranko, John Romita, Gene Colan, Steve Englehart o Sal Buscema apuntalarían el mito. El trabajo de estos dos últimos, ya a mediados de los setenta, fue especialmente revelador: Uno a los guiones, el otro a los lápices, narrarían un largo ciclo de historias en el que el Capi tendría que abrir los ojos a la América corrupta del escándalo Watergate, el mismo que había hecho despertar al país a la dura realidad. Desencantado, Steve Rogers decidía abandonar la identidad del Capitán América para adoptar la del Nómada, un héroe sin patria. Tras comprender que el sueño al que representa no reside en los políticos, sino en el pueblo, el Centinela de la Libertad volvía a su puesto, con más fuerza que nunca.

 

La etapa que recoge este volumen se publicaría unos años más tarde, entre 1980 y 81, y supondría otro nuevo acierto, no sólo para el héroe de las barras y estrellas, sino también para Marvel. Sus responsables son el guionista Roger Stern y el dibujante John Byrne, quienes se habían amamantado con las grandes sagas de Stan Lee y Jack Kirby para pasar luego a convertirse en piezas fundamentales de la factoría. Curiosamente, cuando recibió el encargo de escribir la serie, Stern ya había pasado un año coordinándola, pero no por ello se sintió menos intimidado. Veía al personaje como un idealista y un patriota: un símbolo viviente del Sueño Americano. ¡Y es muy difícil que una persona convencional se sienta identificada con alguien así! Por eso, Stern quiso meterse en la cabeza de Steve Rogers, misión que se tomó muy en serio y para la cual realizó un profundo estudio de los años veinte, la época en la que hubiera nacido el hombre bajo la máscara. Fue entonces cuando hizo un descubrimiento que le sorprendió: aquél había sido un tiempo tan depravado como el actual, con grandes injusticias económicas y corrupción política generalizada. No era cierto que las cosas hubieran cambiado tanto desde entonces: simplemente, los demagogos que engañaban a la gente habían cambiado la radio por la televisión.

 

En cuanto supo que su amigo Stern escribiría la serie, John Byrne tuvo claro que él debía dibujarla, y nadie se hubiera atrevido a negar tal deseo al que estaba considerado como uno de los grandes autores de la época. El entintador Joe Rubinstein completaría un equipo que se encargaría de nueve trepidantes episodios repletos de acción, con nuevos y viejos enemigos y un renovado plantel de secundarios del que surgiría el nuevo interés amoroso de Steve Rogers. Entre las aventuras narradas, algunas se quedarían para siempre en la memoria del lector. A destacar, el encuentro con el Barón Sangre, una escalofriante amenaza de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuya conclusión dejó boquiabiertos a miles de fans; el capítulo en el que se aborda la hipotética candidatura del Capi a la presidencia, que a punto estuvo de tener un final diferente, o el flashback con el que se corona la etapa, y en el que se rememora el origen del héroe, tan redondo y certero que acabaría siendo novelizado, e incluso convertido en audiolibro.

Aquella época dorada terminó demasiado pronto, cuando ya había alcanzado la categoría de excelente. Los motivos habría que buscarlos en las discrepancias editoriales acerca de algo tan nimio como la duración de la siguiente saga que Stern y Byrne tenían proyectado realizar: un choque contra Cráneo Rojo, el archienemigo del Capi. Ante la imposibilidad de seguir adelante con sus planes, el guionista decidió abandonar la colección, y con él también se fue el dibujante. Pese a todo, ambos recuerdan todavía esta colaboración como una fuente de inmenso disfrute y alegría. Quedó para siempre como uno de los mejores periodos jamás vividos por el Capitán América, y entre los que más acertadamente definen a este defensor de los sueños que no teme nunca enfrentarse a la realidad, por dura que sea.

Artículo aparecido en Marvel Héroes. Capitán América: La leyenda viviente

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