1988. DETRÁS DE LA SERIE MENSUAL DE LOBEZNO

Es 1988. “Back to the basics, vuelta a los orígenes!!” insiste Tom DeFalco cuando da la orden de lanzar nuevas colecciones que remocen conceptos de las décadas anteriores, como es el caso de Silver Surfer, Doctor Strange, Marc Spector: Moon Knight, Nick Fury agent of SHIELD o The Sensational She-Hulk. Wolverine nace con la pretensión de recuperar el ambiente de las dos series limitadas protagonizadas por Lobezno sin necesidad de urgar en su pasado, que Claremont prefiere mantener oculto. De la noche a la mañana, el Patriarca Mutante aparece con una retahíla de conceptos absolutamente nuevos. Cree que la serie regular de Lobezno está llamada a ser la sustituta de Conan The Barbarian. El público que la compre no sólo es el lector habitual de mutantes, sino también y sobre todo aquél que, de haber nacido una década antes, sería fiel seguidor del cimmerio. En solitario, Logan va a volver sobre sus fueros salvajes, pero, ante todo, sobre la aventura. Conan en el mundo de Terry y los Piratas con unas gotas de Fu Manchu. Villanos malévolos, mujeres exóticas, lugares fantásticos, civilizaciones perdidas… Sin que falten villanos, por supuesto. Es fácil sacar al Lobezno desencadenado, pero le interesa más su quietud, la sensación de que puede vaciar una habitación con sólo levantar una ceja. “Lobezno”, afirma, “es un arma tan mortal que no necesita ser usada”. Como dibujante, Claremont elige a John Buscema, aquél que diera sus mayores días de gloria comercial a Conan. Buscema hace años que no oculta su aversión a los superhéroes, pero piensa que la atmósfera de Wolverine va a ser muy diferente a la que se respira en el tradicional cómic Marvel. De hecho, Lobezno no lucirá su habitual uniforme-X, sino que irá de negro de pies a cabeza. Para mal solucionar el hecho de que el mundo piense que Logan, como el resto de los hombres-X, ha muerto en Dallas, Claremont le crea una nueva identidad, Parche, cuya caracterización se limita a añadir tal complemento al rostro del protagonista. Nadie sugiere que quizás un simple parche no es suficiente para que el héroe no sea reconocido. Buscema aconseja un par de variaciones en el peinado, pero Claremont se niega. Ese pelo es uno de los rasgos distintivos de su chico. Como localización, el Padre Mutante crea una ciudad al completo. Madripur es la Casablanca ficticia del sur de Asia, un Singapur imaginario convertido en el destino definitivo de los perdedores al estilo Bogart, refugio también de la basura y la maldad. “En Madripur”, dice Claremont, “el siglo XIX convive codo a codo con el XVIII. La gran riqueza junto a la más pobre de las miserias. Aquí no hay reglas. Todo puede pasar. Todo puede romperse. Es un contexto diferente al de las aventuras de la Patrulla-X. Es el mundo real, con pistolas de verdad, con muertes de verdad. Y Lobezno combatirá el fuego con fuego”. Como en Casablanca, Madripur tiene un local, el Princesa, donde todo el mundo hace contactos, cierra tratos, propone trabajos o compra y vende información. Falta Sam tocando el piano, pero está O’Donnell, el misterioso regente del local. Un sosias del Rick bogartiano incluso en su manera de vestir y hablar.

Como adelanto de lo que va a ser Wolverine, Marvel lanza una peculiar colección llamada Marvel Comics Presents, proyecto largamente planeado que no acaba de confirmarse hasta que DC anuncia la reconversión de Action Comics a un formato similar. MCP es una colección quincenal que, junto a Excalibur, la ya anunciada Wolverine y la batería de nuevos lanzamientos planeados por DeFalco, salta del dólar que cuestan los tebeos normales desde principio de año a un dólar con veinticinco centavos. A cambio, mejor papel e ilustraciones en contraportada. MCP cuenta, además, con más páginas de tebeo y menos de publicidad. En concreto, cada número contiene cuatro seriales de ocho páginas dedicados a diferentes personajes de la casa. Un mutante será siempre la estrella principal, con su nombre en portada. Al serial, en diez partes, de Lobezno, seguirá uno de Coloso que ya prepara Ann Nocenti junto a Rick Leonardi con el material de lo que un principio iba a ser una miniserie. Además, Barry Smith hará un episodio autoconclusivo dedicado también a Lobezno.

Claremont aprovecha la estructura que le ofrece MCP para desarrollar una típica aventura encuadrada en lo folletinesco que refuerza su clasicismo mediante títulos tan obvios como “El bueno” (MCP 1, X 88), “El malo” (MCP 2, X 88), “La chica” (MCP 3, XI 88), etc. Hacia el final, los lectores a tienen una idea bastante definida de lo que van a encontrarse en Wolverine. En quien no piensan es en Jessica Drew y Lindsay McCabe, olvidadas protagonista y secundaria, respectivamente, de Spider-Woman. Claremont las rescata en el primer número de la serie regular para unirlas al plantel de secundarios que habitan Madripur. Un fino observador puede descubrir que Lindsay es la verdadera protagonista de los WOL 1 a 3 (XI 88-I 89). En números sucesivos, tanto ella como Jessica, Karma o una ocasional amante de Lobezno apodada el Tigre destacan tan sólo por debajo de Logan. La serie parece una reunión de viejas amigas. Obligado a escribir colecciones que preferiría que no existieran, Claremont se permite estas pequeñas libertades. Ventajas de las cárceles de oro.

La aparición de Wolverine coincide además con la salida de Ann Nocenti de la oficina-X. Al igual que Weezie Simonson, Nocenti ha ganado el derecho a convertirse en guionista a tiempo completo. En primavera, coincidiendo con el UXM 232 (VIII 88), Bob Harras la sustituye. Harras, hasta ahora encargado de editar X-Factor y de supervisar las apariciones de los mutantes en otros títulos Marvel, se hace cargo de Uncanny, New Mutants, Classic X-Men y Wolverine. A partir de ahora, ayudará a Claremont y Simonson a sostener el intrincado universo mutante en colaboración con Terry Kavanagh, otro de los ayudantes de Nocenti, que pasa a ocuparse de Excalibur. No sólo son tiempos de cambio para los mutantes, sino también para Marvel. A vueltas de verano, New World anuncia la venta de la editorial a Andrews Group, multinacional propietaria de empresas tan dispares como Revlon o Four Star. Los setenta millones de dólares de beneficio que ha tenido la Casa de las Ideas en el último ejercicio son suficiente razón para que los nuevos dueños decidan mantener a Tom DeFalco como director editorial. DeFalco responde ante los accionistas de un consejo de administración, gente que nada sabe, ni quiere saber, sobre cómics. Gente preocupada tan sólo por la cuenta de resultados. “Hubo una época en la que aquí veníamos a divertirnos y hacer buenos tebeos”, recuerdan los más viejos del Bullpen. Aquellos años, con Martin Goodman, Stan Lee o Roy Thomas siempre a pie de obra como responsables máximos de la editorial pertenecen más que nunca al pasado. Para bien y para mal.

SPIDER-MAN: LA HISTORIA GRÁFICA, PARTE 19: EL CÓMIC FAVORITO DE JOHN ROMITA

Tras “La saga de la tablilla”, llegaron historias cortas y sencillas en las que se descendía hasta los problemas mundanos de Peter Parker que habían dado encanto a las viñetas en otros tiempos, mientras que se recuperaba a algunos viejos villanos, como El Camaleón o Electro. Éste reaparecía en una aventura que, al transcurrir en un plató de televisión, quizás era la misma que estaba pensada para el tercer número de Spectacular (p 117).

 

En los Amazing #78 y 79 (1969), Romita ofreció un nuevo contrincante para el trepamuros cuya creación le había sugerido nada menos que Junior, su hijo. “Sólo hice el típico traje ajustado”, dijo éste, años después. “Tenía doce o trece años. Era un traje tonto, pero, como un buen padre, se lo llevó a Stan Lee y le dijo: ‘mira lo que ha hecho mi hijo’. Stan respondió: ‘Ése es un buen nombre. Me gusta el nombre. No me gusta el traje, pero me gusta el nombre’. Y así fue como se convirtió en lo que se convirtió” (p 117).

 

Algunos aficionados llegaron a preguntarse si no era recomendable romper en mil pedazos el tabú de la identidad secreta: si El Duende Verde sabía quién era Spider-Man, ¿por qué Peter no confesaba la verdad a sus cercanos? Stan sometió la cuestión a los votos del aficionado. “¿Quién debe convertirse en el confidente de Spidey?”, les preguntaba (p 118).

 

Sin que nadie le diera la menor importancia, aquel cómic fue la primera vez en la que un chaval negro vestía de Spidey (p 118).

 

En contraste con la rudeza y la contundencia corporal de Kingpin, su esposa Vanessa era una esbelta y elegante dama de mirada triste para cuya creación Jazzy se había basado en Dragon Lady, un personaje de su tira favorita, Terry y los piratas, de Milton Caniff. Éste representaba a Dragon Lady como una seductora espía asiática, siempre vestida con ropa elegante y ajustada. “Era la mujer mayor a la que yo hubiera amado”, confiesa Romita (p 118).

 

 

“Cuando John Buscema hacía los bocetos, era el más rápido de los tipos”, recuerda Romita. “Stan dijo: ‘Saquemos adelante Amazing. Dejemos que la dibuje John Buscema’. Así que me daba un esquema general. Elegía un personaje, un escenario y algunas ideas con las que yo hacía un argumento con Buscema. Y tenía que escuchar a John gruñendo: ‘Oh, cuánto odio a Spider-Man. ¡Esto es un montón de mierda!’. Odiaba a los superhéroes, especialmente a Spider-Man (p 119).

 

La mayor noticia del mes es que John Romita estará dibujando Amazing una vez más”, proclamaba el Marvel Bulletins del Amazing #82. “Pero todavía tenemos otra sorpresa para todos los Spider-Manófilos. Stan y Johnny han decidido volver al estilo original de historias y poner más el énfasis en la vida privada de Peter Parker, tal y como muchos habíais pedido” (p 120).

 

Textos procedentes de Spider-Man: La historia jamás contada

NOCHES DE MADRIPUR: LA HISTORIA DE CÓMO LOBEZNO CONSIGUIÓ COLECCIÓN PROPIA

Los Vengadores, Los 4 Fantásticos y Spiderman fueron los personajes de cómic más importantes de los años sesenta y setenta, pero, en las décadas posteriores, La Patrulla-X en general y Lobezno en particular se añadieron a ese selecto Olimpo en el que sólo caben unos pocos elegidos y en el que la renovación es poco menos que un sueño imposible.

El ascenso del mutante de las garras de adamántium fue lento, pero imparable, culminado con su transformación en personaje de cine y televisión, pero mediatizado por un alto en el camino que marca un antes y un después: el lanzamiento de su propia serie mensual. Aquel era un sueño largo tiempo acariciado por los fans, que, hasta 1988, fecha del lanzamiento de la cabecera, se habían tenido que conformar con contadas aventuras de Logan en solitario, tanto dentro como fuera de las páginas de La Patrulla-X. A ese respecto, hay que tener en cuenta que, en un primer momento, los lectores no estaban demasiados interesados en Lobezno, hasta el punto de que más de uno exigió su eliminación y el guionista Chris Claremont llegó a planteársela. Fue la llegada de John Byrne a los mutantes la que permitió un giro radical y lanzó a Lobezno hasta el estrellato, en un proceso que puede contemplarse en los dos primeros volúmenes de Marvel Gold. La Imposible Patrulla-X, donde se recopilan los cinco años iniciales de los nuevos hombres-X. En ellos, la participación de Logan va en aumento, hasta resultar determinante en unas pocas historias, como el viaje a Canadá en el que los mutantes se enfrentan con Alpha Flight o “Días del futuro pasado”, en donde se presentaba a un Lobezno maduro y canoso en un futuro apocalíptico. Sin embargo, y salvo alguna historia corta completamente anecdótica, hasta Uncanny X-Men #162 USA (1982. Marvel Gold. La Imposible Patrulla-X nº 4) los lectores no contemplaron una gran aventura en la que Logan fuera el único y exclusivo protagonista. Aquella historia, en la que luchaba contra los alienígenas de El Nido y conseguía eliminar al embrión que trataba de crecer en su interior, se quedó en la memoria de los aficionados como un momento verdaderamente especial. Pero era insuficiente: querían más… Y Marvel no tardó en dárselo.

 

Apenas un par de meses más tarde, vio la luz la mítica primera miniserie de Lobezno, cuatro memorables números realizados por Claremont con dibujos de Frank Miller y ambientados en Japón, que además de recibir la aclamación de público y crítica lograron unas ventas extraordinarias. No es extraño que, en cuestión de dos años, Marvel lanzara una secuela, en la que Lobezno compartía cartel con su compañera Kitty Pryde, también con Japón como escenario. Para entonces, las peticiones de que Logan tuviera una colección mensual ya era un clamor dentro de la editorial. Chris Claremont, sin embargo, no lo tenía claro: el que había sido casi el único guionista del personaje hasta entonces era muy celoso de su trabajo. No estaba dispuesto a que ningún otro autor tocara a sus mutantes y tampoco acababa de encontrar tiempo para encargarse él mismo del ansiado proyecto. Además, ¿cómo podría coordinar todas esas aventuras al margen de La Patrulla-X con las que vivía el héroe dentro del grupo? Las anteriores miniseries ya habían supuesto un gran esfuerzo en ese sentido. Convertir lo esporádico en permanente no podía sino traer quebraderos de cabeza.

 

Sin embargo, la insistencia de Marvel fue tal que, al fin, Claremont logró encontrar la fórmula para que todo encajara. Tras una épica saga titulada “La caída de los mutantes”, La Patrulla-X había pasado de estar en su plácida mansión de Salem Center a establecerse en una aldea abandonada en el desierto australiano. Mientras el mundo entero creía que sus integrantes habían muerto y un hechizo impedía que sus imágenes fueran recogidas por medios tecnológicos, los héroes llevaban a cabo incursiones furtivas allá donde eran requeridos, mediante la ayuda de Pórtico, un nuevo miembro del grupo capaz de teleportarles allá donde fueran necesarios. Por tanto, no era demasiado complicado que Logan hiciera, de vez en cuando, escapadas que le llevaran lejos, muy lejos, donde pudiera ser un hombre distinto al que los lectores conocían.

 

Claremont siempre ha sostenido que Lobezno es un personaje universal y atemporal, la moderna encarnación del aventurero arquetípico que podía haber vivido en cualquier lugar y época: El Conan de los tiempos pre-cataclísmicos, el Han Solo de una galaxia muy lejana… O el Rick Blaine de Casablanca. Siguiendo el ejemplo, el guionista creó una nueva personalidad para Logan, la de Parche, que guardaba un buen número de paralelismos con el mítico personaje cinematográfico. Al igual que éste, contaba con un pasado envuelto en brumas, era un tipo de vuelta de todo, pero honorable y de fuertes convicciones, que había pagado un alto precio por mantenerlas. Además, disponía de un bar ubicado en un lugar exótico que recibía las visitas de los más diversos clientes.

 

El Rick’s Café se convertía entonces en el Princesa, mientras que Casablanca se transformaba en Madripur, una ciudad imaginaria, al sur de Singapur, “donde el siglo XXI vive hombro con hombro con el XVIII”, decía Claremont. En definitiva, el escenario perfecto en el que incluir a Lobezno. No es extraño que, para insistir en ese toque de aventura clásica, el guionista eligiera como compañero de viajes a John Buscema, el veterano artista que había dibujado Conan durante tantos y tantos episodios y que encajaba a la perfección en las premisas que tendría la nueva serie. Ésta vio la luz con fecha de portada de noviembre de 1988, aunque antes contó con una introducción de diez entregas, contenido en la revista Marvel Comics Presents y publicado en los meses precedentes.

 

Este volumen ofrece tanto ese prólogo como los cinco primeros episodios de la colección propiamente dicha. En ella, quedó marcado a fuego el momento en el que Lobezno adquirió independencia y vida propia. Es el instante trascendental en el que el más popular mutante que jamás haya existido se elevó sobre sí mismo, para alzarse como un mito moderno, quizás el último de los muchos que ofreció el siglo XX.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Lobezno: Noches de Madripur

EL ASALTO A LA MANSIÓN DE LOS VENGADORES: LA HORA DE LA VENGANZA

Uno de los lugares comunes más recurrentes dentro del género de los superhéroes es el de la némesis: aquel enemigo que, de entre toda la galería de villanos con la que pueda contar un personaje concreto, se alza no sólo como el más peligroso o el más difícil de vencer, sino también como su reverso oscuro.

 

Spiderman tiene al Duende Verde, Superman a Lex Luthor, Batman al Joker, Thor tiene a Loki, el Capitán América a Cráneo Rojo, Iron Man al Mandarín y Lobezno a Dientes de Sable. Pero, ¿qué ocurre con los grupos? Ellos también atesoran esa horna de su zapato. Dicta el destino que, si existen unos Cuatro Fantásticos, debe haber unos Cuatro Terribles; que si hay una Patrulla-X ha de haber una Hermandad de Mutantes Diabólicos, y que si un día los mayores héroes de la Tierra se unieron frente a una amenaza común para formar Los Vengadores, pocos días después unos cuantos villanos harían otro tanto para dar pie a Los Señores del Mal.

 

Sobre el papel y con los ejemplos por delante, esta tesis no tiene discusión… Pero la realidad es bien distinta. En la práctica, estos grupos de criminales nunca alcanzan a la altura de sus individualidades. Ni Los Cuatro Terribles han llegado a la majestuosidad del Doctor Muerte, ni la Hermandad de Mutantes Diabólicos se ha elevado por encima de la importancia de su primer líder, Magneto. Y tampoco Los Señores del Mal fueron la peor amenaza contra la que hayan luchado Los Vengadores, un puesto que se reservan pesos pesados como Ultrón o Kang El Conquistador. Aunque en este caso hay que citar una excepción, una mítica aventura en la que Los Señores del Mal se ganaron a pulso el calificativo de némesis perfecta de Los Vengadores. Y esa aventura es “El asalto a la mansión”. Aunque, antes de hablar de ella, retrocedamos a los orígenes…

 

El nacimiento de Los Señores del Mal fue una consecuencia directa de la llegada del Capitán América al mundo moderno, después de que fuera encontrado en animación suspendida por Los Vengadores, quienes de inmediato le invitaron a unirse, con lo que podía decirse que se completaba la formación inicial. La vuelta del gran héroe fue recibida como una mala noticia por el Barón Heinrich Zemo, el criminal nazi que creía haberle asesinado en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. Zemo decidió que debía eliminarle de una vez por todas, y a tal fin reunió a toda una caterva de colaboradores con la que también podría hacer frente a Los Vengadores. Algunos de los que formaban parte del proyecto habían sido, a su vez, enemigos de los principales espadas del equipo. De esta manera, La Encantadora,  El Verdugo y El Hombre Radiactivo formaban parte del entorno de Thor, mientras que El Fundidor había luchado anteriormente con Iron Man. El núcleo del concepto residía en algo tan sencillo como aquello de que “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”. El deseo de venganza era, por tanto, la principal motivación para que estos villanos, que en principio no tenían nada en común, unieran sus manos y desataran su ira contra los héroes.

 

Por mucho que Los Señores del Mal originales mordieran el polvo, e incluso el Barón Zemo muriera víctima de sus propios planes, la idea básica se reproduciría a lo largo de los años, con hasta tres formaciones diferentes en las que iban sucediéndose los villanos y en las que apenas sí quedaba nada del equipo inicial.

 

Y así llegamos a 1986. El escritor Roger Stern llevaba ya tres largos y fructíferos años al frente de la colección de Los Vengadores, donde había redescubrió las esencias de Los Héroes Más Poderosos de la Tierra, a través de un conjunto de aventuras con enorme carga épica que se enlazaban con prodigiosa naturalidad y en las que un conjunto de personajes en apariencia poco importantes conseguían situarse entre los favoritos de los lectores. El guionista demostró una habilidad particular a la hora de destacar a las heroínas del equipo, como la Capitana Marvel, Hulka y, en especial, La Avispa, quien llevaba en Los Vengadores desde el inicio, pero que alcanzaría su época dorada con la llegada de Stern, quien la erigió como líder del equipo y resaltó una inteligencia que hasta entonces permanecía oculta bajo una imagen de superficialidad.

 

En aquella época, además, la serie había sido apuntalada a nivel gráfico, gracias al regreso a casa de John Buscema, el que fuera el dibujante que diera sus mayores días de gloria a Los Vengadores durante los años sesenta y que estaba considerado como uno de los grandes de la industria: “el Miguel Ángel de los cómics”, decían de él. El equipo creativo lo completaba el entintador Tom Palmer, otro veterano autor cuya carrera esta intrínsecamente ligada a la serie. Si aquél era ya uno de los títulos destacados de Marvel con la saga que comenzó en Avengers #273 USA alcanzaría gigantescas cotas de calidad, a través de un argumento que se atrevía a romper esquemas anteriormente inquebrantables.

 

Stern concibió una sólida trama en la que Helmut Zemo, el hijo del Barón Zemo original, refundaba Los Señores del Mal con una verdadera legión de villanos con los que acometería el más osado ataque que jamás hubieran sufrido Los Vengadores. Hasta entonces, nadie se había atrevido a llevar una lucha de semejante escala hasta su propio terreno, hasta la infranqueable mansión. Zemo y sus aliados no sólo convertirían aquel santuario en campo de batalla, sino que aprovecharían al máximo la situación para desatar una crisis de la que sus enemigos no pudieran escapar. El resultado fue una epopeya monumental impregnada por la épica, salpicada por la trascendencia y plagada de momentos para el recuerdo y el escalofrío.

 

“El asalto a la mansión” impresionó a los lectores de la época, aunque quizás no fueran conscientes entonces de su importancia. No en vano, no dejaba de ser un pináculo memorable dentro de una etapa que ya venía ofreciendo un buen puñado de excelentes aventuras. Con los años, sin embargo, su legado no ha hecho sino crecer, de tal manera que sería el germen de Thunderbolts, un sorprendente grupo ligado a Los Señores del Mal de la más inesperada de las maneras, que vería la luz en 1997. A día de hoy, “El asalto a la mansión” ha quedado como uno de los modelos insoslayables de lo que debe ser una gran saga protagonizada por Los Vengadores.

 

Artículo aparecido originalmente en Los Vengadores: Asalto a la mansión

LOS VENGADORES: CITA CON LA GRANDEZA

La aceptación popular alcanzada por los personajes de Marvel Comics ha servido para que nos acostumbremos a ellos, para que los veamos como parte del escenario y de lo cotidiano. No era así cuando dieron sus primeros pasos. No era así en absoluto.

Stan Lee se había aburrido tiempo atrás de los clásicos justicieros de mandíbula cuadrada que hablaban todos de la misma manera y se comportaban como auténticos camaradas con sus compañeros de gremio. Martin Goodman, el propietario de la editorial, había observado, a comienzos de la década de los sesenta, que la competencia tenía su Liga de la Justicia, un tebeo en el que Superman, Wonder Woman, Batman y otros iconos propiedad de DC Comics compartían espacio, misiones, sonrisas y complicidad. Goodman quería algo así, y eso fue lo que le encargó a Lee. Éste, sin embargo, le entregó a Los 4 Fantásticos, que se pasaban el día discutiendo entre ellos, cuando no peleando abiertamente.

 

La sorpresa de los lectores ante aquella revolucionaria propuesta fue tal que, tras el lanzamiento del heterodoxo cuarteto, el imaginativo guionista fue poniendo encima de la mesa nuevos héroes cortados por el mismo patrón: el de la diferencia, el de salirse de las normas y reinventar un género al que todos habían enterrado antes de tiempo. Así llegaron, con Jack Kirby a los dibujos, el Hombre-Hormiga y La Avispa, Thor, Iron Man o Hulk, mientras que Steve Ditko se encargó de poner sobre el papel otras dos ideas más de Lee: Spiderman y el Doctor Extraño.

 

En apenas dos años, Marvel ya tenía una pléyade de nuevos héroes con los que jugar. De manera espontánea, esos personajes empezaron a encontrarse, y de nuevo la discordia y el enfrentamiento centraron aquellos primeros cruces entre unos y otros. El caso es que Martin Goodman, un tipo bastante insistente, quería tener una Liga de la Justicia. Y fue entonces cuando, con fecha de portada de septiembre de 1963 (el mismo mes en que La Patrulla-X vio la luz), nacieron Los Vengadores, dispuestos a luchar contra peligros de enormes proporciones.

 

La nueva propuesta de Lee y Kirby aglutinaba las creaciones de esta pareja creativa, quedándose fuera las de Ditko. Ni la angustia adolescente de Spiderman ni la magia febril del Doctor Extraño encajaban en un proyecto que aspiraba a ser el buque insignia de La Casa de las Ideas: un cierto halo de institucionalidad rodeaban a Los Vengadores, que pronto contaron con una mansión como base de operaciones, con su mesa de reuniones y estatutos, así como con la complicidad, la confianza y el aprecio de las autoridades.

 

Y sin embargo, los bautizados como Héroes Más Poderosos de la Tierra no tardaron en reivindicar rasgos distintivos que enseguida les alejarían de las comparaciones odiosas. Su propia reunión había sido fruto de la lucha de todos ellos contra Hulk, a causa de un engaño tejido por el malvado Loki, hermanastro conspicuo de Thor. En el cuarto episodio, llegaría quien estaba llamado a convertirse en el líder del equipo, el Capitán América, mientras que el resto de los fundadores terminaría por tirar la toalla, dejando paso a villanos redimidos, como Ojo de Halcón, La Bruja Escarlata o Mercurio.

 

 

Aunque más tarde volverían, Iron Man y Thor no fueron los únicos en marcharse: también Lee y Kirby, que cedieron los trastos creativos a otros autores. Entre ellos, habría que destacar el trabajo de Roy Thomas y John Buscema, quienes potenciaron al máximo las virtudes de la serie, hasta cumplir ese propósito inicial de cabeza de cartel de la compañía. En Los Vengadores cabía toda clase de historias, nacidas de la variedad de una alineación en continuo cambio. En sus filas ingresarían un androide (La Visión); un aventurero medieval (el Caballero Negro); un monarca africano (Pantera Negra) o una espía rusa (Viuda Negra)… El único denominador común, aquello que nunca podía faltar, era la grandeza del planteamiento; el objetivo de narrar siempre epopeyas más grandes que la vida misma, que lo mismo podía llevar a Los Vengadores hasta las estrellas o hasta un mundo alternativo; a salvar el planeta de un tirano cibernético o a combatir seres más allá de toda comprensión.

 

Desde entonces, tales fuegos artificiales han atraído a cada nueva generación de lectores, mientras que la sal y la pimienta de la colección ha estado en las relaciones personales y amorosas entre los protagonistas, en sus idas y venidas, que han mantenido viva la cabecera a lo largo de los años y las décadas: puede decirse que el Capitán América, Iron Man y Thor forman la sagrada trinidad sobre la que se cimentan Los Vengadores. En los grandes momentos del equipo, siempre estará presente alguno de ellos, cuando no los tres, pero son los héroes secundarios, aquellos que nunca han alcanzado la suficiente popularidad como para tener comic propio, los que apuntalan cada página y sobre los que, de verdad, gira cuanto sucede.

 

El arco argumental que contiene este volumen ofrece todas y cada una de las características definitorias de las que están hechos los grandes relatos de Los Vengadores. Zona Roja se publicó originalmente en Estados Unidos a lo largo de buena parte de 2003. El guión corre a cargo de Geoff Johns, un escritor que destaca por sus profundos conocimientos del cosmos del superhéroe clásico, sobre el que lanza una mirada moderna y actualizadora. La mayor parte de su carrera se ha desarrollado en DC Comics, factoría a la que ha conseguido insuflar nueva vida en la primera década del siglo XXI. Durante una breve temporada, Johns también tuvo oportunidad de dejar su huella en Los Vengadores, en una etapa en la que estos episodios brillan con luz propia.

La aventura cuenta además con tres dibujantes excepcionales. El primero es Gary Frank, artista de trazo primoroso que se diera a conocer con una larga etapa en Hulk; a continuación llega Ivan Reis, autor primerizo en el momento de la realización de este cómic, pero que ya apuntaba las influencias de los más grandes del género. Ambos, curiosamente, acompañarían posteriormente a Johns en sus aclamadas etapas de Superman y Green Lantern, respectivamente. Frank y Reis se ocupan del prólogo de Zona Roja, mientras que es Olivier Coipel quien acomete la almendra central de la saga. En este caso, estamos ante un dibujante que realizó un camino inverso a los de sus compañeros. Destetado en La Legión de Superhéroes de DC, Coipel sería fichado luego por Marvel, donde desarrollaría una meteórica carrera que se inició, precisamente, en Los Vengadores. En su horizonte esperaban eventos como Dinastía de M y Asedio, así como una visionaria estancia en Thor. Todas esas obras se han servido de su elegancia y espectacularidad, que aquí ya se hacían evidentes.

 

Estos elementos unidos dan forma a una epopeya en la que las vivencias más personales de los héroes se dan la mano con su trabajo diario, que consiste en salvar al mundo de amenazas que ningún héroe en solitario podría afrontar: así de sencillo, y así de difícil.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Los Vengadores: Zona roja