1989. DISOLUCIÓN Y RENACIMIENTO

Es primavera de 1989. Terminada la saga, cada colección reemprende su camino, esta vez desde posiciones de absoluta disparidad argumental que dejan cerradas durante largo tiempo las puertas a un nuevo crossover. En X-Factor, una vez resueltos todos los problemas causados por la creación del grupo, Weezie Simonson busca nuevos motivos para hacerlo interesante, ahora sin la compañía de su marido, quien por esas fechas se convierte en el autor completo de los Cuatro Fantásticos.

En The New Mutants queda pendiente la vuelta a las andadas de Magneto. La situación, alargada desde La caída, está programada para resolverse en el curso de Inferno, pero la estructura final de la saga obliga a aparcarla hasta el TNM 75 (V 89). Resulta apropiado que el cómic en el que los bebés-X abandonan a Magneto y éste asciende a Rey Negro del Club Fuego Infernal sea dibujado por John Byrne. Derrotado por la supuesta muerte de la Patrulla-X y la tragedia de Illyana, Magneto prevé una guerra entre humanos y mutantes, razón por la que se pone al frente de los enemigos naturales de los hombres-X. “Ya sabemos que eres uno de los malos”, exclama Bala de Cañón. Weezie tiene ahora las manos libres para poder lanzar a sus niños a un conjunto de aventuras por completo alejadas de la Patrulla-X. Dicho y hecho: al mismo tiempo que X-Factor viaja al espacio (XF 43-51, VIII 89-II 90), los Nuevos Mutantes dan con sus huesos en Asgard, donde permanecen por una buena temporada (TNM 78-87, VIII 89-III 90).

La situación es diferente en las colecciones escritas por Claremont. Inferno, producto de reuniones en las que el Padre Mutante y Bob Harras preparan durante horas esquemas con más de setenta personajes, ha dejado agotado al guionista. El siguiente clavo en el ataúd lo ponen los chicos de Marketing. Este año también va a haber series con periodicidad quincenal La lotería le ha tocado a Uncanny. Excalibur y Wolverine. Ante su incapacidad manifiesta para escribir dos tebeos por semana y otras tantas novelas por año, Claremont cede a una propuesta de Harras por la cual deja en sus manos Wolverine. A partir de ese momento, el editor contrata diferentes equipos artísticos por un determinado número de meses, lo que impide que ninguno de ellos acabe por asentarse definitivamente en la serie. Claremont se divierte con Alan Davis, por eso se mantiene al frente de Excalibur. Pero eso no impide que su agotamiento se refleje en los guiones. En EX 9 (VI 89) comienza una larga saga en la que Cacharro transporta a los héroes a varias dimensiones alternativas. Los primeros números resultan divertidos, sobre todo el EX 14 (XI 89), en el que Excalibur llega a una Tierra habitada por parodias de los principales héroes Marvel, y los EX 16 y 17 (XII 89), elaborados a partir de un plot escrito por Davis con el que el dibujante homenajea al John Carter de Burroughs. Sin embargo, pasan los meses y Excalibur sigue saltando de mundo paralelo en mundo paralelo sin un En el UXM 215 objetivo claro. El cansancio se hace extensible tanto a los lectores como al artista, que además recibe los guiones con retrasos de una o dos semanas. “Esto es demasiado, no puedo hacerlo”, dice Davis, quien decide abandonar la serie en el EX 24 (VII 90). Sin su creador gráfico, Excalibur queda a la deriva. Sus páginas ya no hacen sonreír ni al mismo Padre Mutante, a pesar de que siga escribiéndolas.

“¿Qué le está pasando a Chris Claremont?”, se preguntan incluso sus incondicionales. Muy pocos de ellos entienden gran cosa de Disolución y renacimiento, la saga veraniega que se publica en Uncanny después de Inferno. Los lectores no saben a dónde va la serie, pero, por primera vez desde su comienzo, da la sensación de que el autor tampoco. Preocupado por rematar Grounded, la segunda parte de su novela First Flight, Claremont descuida los guiones, abusa de las representaciones oníricas (casi siempre confusas), multiplica sus tics, reitera los viejos trucos y se sumerge en sagas eternas que no conducen a ninguna parte, como la de Excalibur, mientras no deja de protestar por haber perdido el control de sus personajes. “La fuerza que tenía la Patrulla-X en los años ochenta residía en que yo escribía todo”, dice. “Escribía Uncanny, los bebés-X y las miniseries. Luego tuve que dejar algunas cosas, pero vino Weezie. Con ella siempre me he coordinado bien, por lo que seguía habiendo una visión única. Con Wolverine es la primera vez que un personaje protagonista no lo escribimos ninguno de los dos. Quién sabe cuáles serán las consecuencias de eso. Puede que Logan evolucione de forma diferente a cómo lo hace en Uncanny. Sólo tiene que llegar un guionista que tenga una visión de él diferente a la mía. ¿Me tendré que preocupar de que esto importe a los lectores? ¿Tendré que adecuar mi Lobezno al de la serie regular? ¿Tendré que sacarlo del grupo? Si yo fuera el único escritor de Lobezno no habría problemas. Sabría a dónde va el personaje, quién es y cómo funciona. He estado haciendo eso desde hace quince años. Las dificultades llegan ahora, cuando hay otras personas implicadas en el proceso”

“¿Dónde diablos está Lobezno?”, se pregunta Kaos (UXM 249, IX 89). El canadiense de las garras de adamántium se pierde en los arcos argumentales de su colección a la vez que cada uno de los hombres-X va causando baja en Uncanny. Pícara es arrastrada hasta el Lugar Peligroso mientras lucha con Molde Maestro (UXM 247, VIII 89), Longshot deja el grupo y Tormenta parece morir en un accidente (UXM 248, IX 89). El resto, impulsados por un sueño premonitorio de Mariposa Mental en el que los ve a todos muertos, deciden viajar también al Lugar Peligroso (UXM 250, XI 89). Lobezno reaparece en la primera página de ese mismo número, pero lo hace crucificado. Cómo ha llegado hasta ahí es algo que Claremont no explica hasta la página doce, y cuando lo hace, utiliza una alucinación del mismo Logan en la que no queda muy claro qué es realidad y qué ficción. En los siguientes números tampoco se entiende gran cosa, hasta que en el UXM 254 (XII 89) se presenta una nueva-y-diferente Patrulla-X compuesta por Moira McTaggert, Amanda Sefton, Legión, Forja, Banshee, Polaris y un Morlock llamado Rompedor, todos ellos inquilinos de la Isla Muir. Un número más tarde, derrotan a los Cosechadores, responsables de la ruptura del anterior equipo.

A partir de ese mes, Claremont prevé traer de vuelta a los hombres-X que han pasado por el Lugar Peligroso. El Patriarca Mutante debe afrontar, sin embargo un nuevo imprevisto que viene de la mano de su viejo amigo John Byrne. Junto con el editor Howard Mackie, Byrne ha organizado un crossover a imagen y semejanza de Inferno. Aunque el argumento principal de Actos de Venganza transcurre en las series protagonizadas por los Vengadores, sus consecuencias colaterales afectan al resto del Universo Marvel. De esta forma, un grupo de villanos se intercambia a sus respectivos enemigos. Mientras Magneto pelea contra Spider-Man, a la Patrulla-X le cae en gracia… el Mandarín.

Con Marc Silvestri de vacaciones después del atracón veraniego, Bob Harras necesita otro dibujante para la saga. En los últimos meses, ha dado sus frutos la búsqueda de nuevas estrellas emprendida por Tom DeFalco. De forma inadvertida, un pequeño grupo de imberbes, desconocidos y ambiciosos artistas han ido ocupando colecciones menores. Una portada a tener en cuenta: Incredible Hulk 340 (II 88). Las garras de Lobezno reflejan el enfurecido rostro del coloso esmeralda. El autor es Todd McFarlane, joven promesa recién traída de DC cuyo trazo barroco se convierte en modelo a seguir por las generaciones emergentes. Entre esas generaciones, un coreano residente en San Diego llamado Jim Lee, artista llamativo enterrado en un título de segunda, Punisher War Journal, cuya mayor aspiración es dibujar Uncanny X-Men.

Lee es un currante nato. Hijo de modestos inmigrantes, ha mamado el sueño americano. Sabe que trabajando, trabajando y trabajando todos tus deseos pueden hacerse realidad. Por eso trabaja, trabaja y trabaja. Lee abandona la carrera de Medicina. Lee se encadena a un tablero de dibujo. Lee desea ser mejor que todos sus ídolos. Mejor que John Byrne, mejor que Frank Miller, mejor que David Mazzucchelli, mejor que Arthur Adams. En 1986, Archie Goodwin le presenta a Carl Potts, con quien trabaja primero en Alpha Flight, y luego en Punisher War Journal. Durante los tres años siguientes perfecciona su estilo. Acción y drama, composiciones de página arriesgadas, detallismo extremo, mujeres hermosas, cuerpos retorcidos de dolor, expresiones altivas y chulescas. ¿Cuántas veces puedes dibujar al Castigador conduciendo una furgoneta de forma dramática? Las que hagan falta hasta que se fijen en mí, sostiene.

1989. LA REVOLUCIÓN SE LLAMA JIM LEE (Y EL CHICO DE LA GORRA ROB LIEFELD)

Es verano de 1989. El sueño se hace realidad. Bob Harras contrata a Jim Lee para los tres números de Uncanny correspondientes a Actos de Venganza. Este chaval es demasiado bueno para dejarlo en Punisher, afirma el editor. Lo que finalmente le convence es una aventura de este personaje en la que Lobezno aparece como invitado especial (Punisher War Journal 6 y 7, VI-VII 88). Tras ella, llega un tebeo de prueba, el UXM 248, que Lee dibuja en quince días, y, por fin, Actos de Venganza. Son apenas tres números (UXM 256-258, XII 89-II 90), pero a Harras le bastan para saber a ciencia cierta que Jim Lee es lo que Chris Claremont lleva necesitando desde hace años. “Éste, éste”, repite una y otra vez.

 

-Es muy bueno, Chris, ¿a que es la hostia de bueno?

-No lo hace mal.

Es otoño de 1989. Lee diseña el aspecto de la Mariposa Mental surgida del Lugar Peligroso. Como dijera Roma, en el Lugar Peligroso tu vida entera es puesta en una balanza por “el mayor de los poderes”, que puede ofrecerte la oportunidad de empezar desde cero. En definitiva, el Lugar Peligroso es un recurso de Claremont para introducir cambios sorprendentes en sus personajes. La fórmula le ha funcionado siempre, pese a las protestas iniciales de los lectores. Para qué engañarse: Claremont conoce a sus fans. Les encanta esa sensación de falso cambio. Primero odian a la Tormenta punk para a continuación adorarla. Sucede que en este enésimo salto al vacío no hay siquiera unos meses de transición. Mariposa Mental entra siendo una tierna joven endurecida por las circunstancias… y sale transformada en una mortífera ninja de rasgos orientales y curvas imposibles. Mariposa ha sido reeducada por los asesinos de la Mano, quienes la localizan “en estado de shock, con su mente y sus recuerdos totalmente fragmentados” (UXM 256). Lobezno, como ya hiciera con Kitty Pryde en la miniserie que compartieran, es el encargado de devolverla a la realidad. Por cierto, a Lobezno le acompaña Júbilo, la niña que le ha rescatado de su crucifixión. Versión para los años noventa de Kitty, la chavala se aleja de la sofisticación de ésta. Frente a la niña pija educada en los mejores colegios de Chicago, Júbilo es una malhablada hortera criada en las calles de Los Angeles y deseosa de meterse en líos. “Sin ella no estaría aquí. Sin ella no estaría vivo”, agradece Logan (UXM 257).

El día que entrega su tercer número Lee se acerca para hablar con Harras. “Si buscas a alguien para sustituir a Silvestri, ponme en la lista”, le dice. No hace falta, porque el editor ya tiene en la cabeza una reestructuración completa de las colecciones mutantes. Uncanny va a ser dibujada por Lee. Está decidido y no hay marcha atrás. Incluso acepta que sea el mismo artista quien elija su propio entintador. ¿Qué pasa entonces con Marc Silvestri? Muy fácil. Silvestri termina su contrato en Uncanny y pasa a Wolverine. Las ventas de la colección del mutante de las garras de adamántium no van bien. Hace falta un equipo creativo fijo que establezca una dirección unívoca para la serie, que lleva dando palos de ciego desde la salida de Claremont. La elección del nuevo guionista de Lobezno recae sobre Larry Hama, un especialista en cómics de acción bregado en sus muchos años como escritor de G. I. Joe. Tanto él como Silvestri se estrenan con el WOL 31 (IX 90). Por último, Harras también opina que los bebés-X están pidiendo a gritos un revulsivo. Weezie Simonson no está de acuerdo, pero eso no importa. Le apetece dar cancha a un chaval que lleva haciendo cosas sueltas para la Oficina-X desde hace algún tiempo. Se llama Rob Liefeld, es californiano, tiene veintitrés años, le gusta el surf y es hijo de un predicador arruinado.

Fichado por los cazatalentos de Marvel después de ver su trabajo para DC en la miniserie Hawk and Dove, Rob no tiene colección fija, aunque casi todo lo que ha hecho para la Casa de las Ideas se encuadra en el entorno mutante: un X-Factor primero (XF V 89), un Uncanny después (UXM 245, VI 89), un What if? de Lobezno más tarde (What if? 7, XII 89)… Rob está fascinado desde que se enteró que Todd McFarlane, ese tipo increíble que dibuja Spider-Man, vive en la playa de Malibú. No en Malibú, sino en la playa de Malibú. Eso es lo que Rob busca: ganar tanta pasta dibujando tebeos como para comprarse una casa en la playa de Malibú.

A Rob le gusta dibujar cosas grandes. Tipos grandes. Dientes grandes. Tetas grandes. Para compensar, también dibuja pies y cabezas diminutos. Rob oculta hábilmente su falta de dominio de la figura humana debajo de multitud de líneas cinéticas, de viñetas desordenadas o inexistentes, de caras furiosas, de posturitas y musculitos. Todo lo que sabe sobre dibujo lo ha aprendido copiando a sus ídolos, costumbre que no tiene por qué abandonar ahora que le pagan por ello.

 

-Este dibujo está plagiado de otro de Arthur Adams -trata de explicar Weezie Simonson a Bob Harras.

-No es un plagio. Es un homenaje.

-Lo que tú digas.

 

Weezie no se siente cómoda. Le quitan a Bret Blevins, el dibujante perfecto para los bebés-X y le ponen a este niño tonto. Harras pide que se reúnan en Nueva York y coman juntos un día. Liefeld viene con su carpeta de dibujos debajo del brazo. Ha diseñado uniformes nuevos para todos los bebés-X. Son cientos, pero todos se parecen. Mucha cazadora y muchas mallas de gimnasio. “Dios mío, que horror”, piensa Weezie. Pero no dice nada. Rob habla apresuradamente. Bebe Coca-Cola y come un doble Whopper con queso, bacon y mucho ketchup. Le gustan los tebeos guays, con peleas guays y con tías guays. Aborrece todo el rollo ése de adolescentes problemáticos metidos a superhéroes. Quiere menos diálogos y más acción.

-También me gustaría que usásemos a estos villanos. Se llaman el Frente de Liberación Mutante. Y a este tío. Le llamo Cable.

-Ah, ya.

Cable es un armario enorme cargado de pistolones todavía más grandes. Lleva unas botas militares, un brazo cibernético y artillería suficiente como para abastecer un ejército. Parece una mezcla de Arnold Schwarzenegger y un bisonte desbocado.

-¿Qué hace?

-Pues es guay.

-¿Y porqué le brilla un ojo?

-No sé. A mí me mola. Es guay.

-Dime, Rob, ¿te quitas alguna vez la gorra de beisbol?

-Sólo para dormir, ¿por qué?

 

Resignada, Weezie escribe el primer guión para Liefeld, una historia sencilla que forma parte de Actos de Venganza, con el Buitre y el Chapucero como villanos (TNM 86, II 90). La mayor parte de la trama transcurre en la azotea de un juzgado. Más facilidad, imposible. Cuando recibe las páginas dibujadas y listas para que les coloque los diálogos descubre que va a ser duro. Muy duro. El chaval tiene varios problemas. Es obvio que sus nociones de anatomía dejan bastante que desear, pero eso es lo de menos. Primero, Rob no sabe narrar. Puede hacer dibujos, pero es incapaz de contar una historia mediante esos dibujos. Segundo, le pides que te dibuje una cosa y te dibuja lo que a él le apetece. Weezie utiliza sus textos para explicar las incomprensibles viñetas, pero eso la obliga a cargar las páginas con diálogos superfluos que serían innecesarios con un dibujante normal. A pesar de ello, hay cosas que no tienen arreglo. Ejemplo: TNM 86. Página diez, viñeta seis. Rusty Collins sube por unas escaleras metálicas que conducen a un tejado. En el tejado espera el Buitre. Página once, viñeta uno. Rusty se arroja contra el Buitre. Dada la posición de cada uno de los dos personajes, ambos deberían caer sobre el tejado. Sin embargo, caen al vacío. O falta una viñeta o el edificio se ha dado la vuelta de forma inexplicable. Más que un cómic, los bebés-X de Rob Liefeld parecen una antología de gazapos visuales.

Tanto Cable como el Frente de Liberación Mutante debutan en las últimas páginas de ese mismo número. Según los diálogos que consigue encajarle Weezie, Cable es un viejo soldado amargado que está de vuelta de todo. Tiempo atrás, debió de trabajar para el Gobierno Americano, pero ahora va por libre. En el Pentágono le consideran una leyenda, ha participado en misiones secretas desarrolladas en lugares como Madripur y su peor enemigo es el líder del FLM, un tipo con armadura llamado Dyscordia. Liefeld desea convertir a Cable en el nuevo profesor de los bebés-X. Weezie piensa que la idea es un disparate. Entonces recuerda sus tiempos como editora. Nada como un buen editor para bajar los humos a un recién llegado que todavía tiene mucho oficio que aprender. Esa debería ser la labor de Bob Harras. O eso piensa ella.

1991. EL LANZAMIENTO DE X-MEN Y LA MARCHA DE CHRIS CLAREMONT

Es 1991. Weezie Simonson ya no está. La única preocupación de Bob Harras consiste en retener al dibujante que le ha dado a Uncanny unas ventas mensuales de seiscientos mil ejemplares, un veinticinco por ciento más que en los años precedentes. Por primera vez en más de diez años, Chris Claremont descubre un día que el control ya no está en sus manos. Desde la marcha de John Byrne, el Patriarca Mutante ha regido los destinos de la Patrulla-X. Nadie ha discutido nunca eso. Weezie y Ann comprendían, mejor que nadie, que la fuerza creativa la poseía Claremont. Ahora Weezie ha claudicado, y Ann prefiere hacer otros cómics, como Daredevil o Inhumanos, alejados del huracán mutante. Bob Harras es un tipo diferente, buen conversador, agradable y ambicioso, demasiado ambicioso. Un hombre de empresa que toma decisiones pensando en la cuenta de resultados, a diferencia de aquellas chicas que creían que editar un cómic era supervisar el proceso y echar una mano a los autores. En cuanto a los dibujantes, Claremont se ha preocupado siempre de adecuar sus historias al tipo de artista, una forma inteligente de hacer que todos se sientan cómodos tocando la melodía que les pide ese hombre sabio que conoce mejor que nadie a sus mutantes. Unos (Paul Smith, John Romita Jr.), en su papel de artesanos obedientes; otros (Frank Miller, Bill Sienkiewicz) en perfecta sintonía con el guionista, en una simbiosis de la que salen productos inmejorables. Pero Jim Lee piensa distinto. Tras Proyecto Exterminio surgen las primeras diferencias artísticas entre ambos autores. Jim Lee tiene su propia visión de la Patrulla-X, una visión clara y definida que choca de bruces con la de Claremont. Donde éste le pide escenas de hombres-X hablando, sufriendo, llorando, él dibuja acción, acción y más acción. Patadas, rayos, truenos… y chicas. Muchas chicas. El Sport Illustrated Summer Special con superpoderes, las Playmates de Playboy disfrazadas de Pícara, de Tormenta, de Mariposa Mental. ¿Donde han quedado aquellas mujeres que parecían reales? No se las adivina en esa Pícara de caderas imposibles. Sí, por primera vez en más de diez años, Claremont se ve obligado a plantarle cara a su dibujante. Por primera vez en más de diez años, pierde la batalla.

Bob Harras ha conocido el antes y el después. Como editor de X-Factor, conoció el poder de Claremont sobre Marvel, ese poder que se llevaba por delante guionistas (como Bob Layton) y lo que hiciera falta. Siendo editor de Uncanny, Harras ha visto como los mutantes caían en una peligrosa inercia. Seguían siendo los más vendidos, pero no estaba claro por qué. Cuando en 1991 se disparan nuevamente la ventas, basta un análisis frío y calculado para descubrir la causa. Y la causa se llama Jim Lee. Si la Patrulla-X vive una nueva edad de oro es gracias al Chico Midas. Chris Claremont es ahora, en el mejor de los casos, una parte más del engranaje y, en el peor, el obstáculo que impide a ese engranaje funcionar como debiera. Cualquiera que mire más allá de las quejas del guionista sabría verlo. Bob Harras lo ha visto. Lo ha visto más claro que nunca cuando en la oficina-X trabajaban en las dos nuevas colecciones que han de unirse al Spider-Man de Todd McFarlane. Sí, dos, mejor que una. Sesenta días después del lanzamiento de X-Force, llega X-Men.

X-Men es el spin-off definitivo, porque es el primero que va a superar a la serie madre para colocarse a su altura. “X-Men sin adjetivos. Simplemente X-Men”, repite Harras. Igual que el “Spider-Man sin adjetivos. Simplemente Spider-Man”, de Todd McFarlane. No hay ninguna razón especial para lanzar el nuevo título, salvo tener una plataforma que, al igual que a McFarlane, lance a Jim Lee al estrellato definitivo y a Marvel a las mayores cotas de rentabilidad de su historia. Harras lo tiene claro. La Patrulla-X no es un cómic. Es una franquicia, la Franquicia Mutante. Como Star Wars, como el Pato Donald, como Indiana Jones. Y tiene que dar tanto dinero como todas ellas.

De mala gana, Claremont prepara la nueva serie. De nuevo reuniones, reuniones y más reuniones. De nuevo, discusiones, discusiones y más discusiones. Tom DeFalco se une a un grupo de trabajo formado por Claremont, Harras, Lee y Portacio. DeFalco exige una única Patrulla-X formada por cinco miembros. Sus aventuras se continuarían de un título a otro. Claremont será el guionista de las dos, mientras que Lee dibujará la primera y Portacio la segunda. Tanto Claremont como Harras están en desacuerdo con el director editorial. Por su experiencia haciendo crossovers, saben lo difícil que es coordinar a dos dibujantes diferentes para que se repartan una misma historia. Aunque trabajen codo a codo, como es el caso de Lee y Portacio, los errores de racord y las necesarias correcciones acaban multiplicándose exponencialmente. “Eso es hacer mensual la pesadilla de los crossovers anuales. No estoy dispuesto a pasarme el resto de mi vida pendiente de cumplir las fechas de entrega”, dice el Patriarca Mutante. Cree que cada colección debe tener sus protagonistas diferenciados y una personalidad propia. Por eso propone crear dos Patrullas. Con un montón de personajes a su disposición, quedarse sólo con cinco sería un desperdicio de recursos. Después de tantos años, es incapaz de decidir entre media docena.

Por otra parte, Bob Harras quiere recuperar a los hombres-X originales, al actual X-Factor, e integrarlos de nuevo en la Patrulla-X. A Claremont también le seduce la idea de volver a trabajar con Cíclope o la Bestia. “Vale, tenéis razón”, dice DeFalco. “Haced dos Patrullas”. A cambio, X-Factor pierde todos sus protagonistas, pero Harras ofrece un plan de salvación para la serie que pasa por rescatar a varios mutantes olvidados (Kaos, Polaris, Madrox, Loba Venenosa, Fortachón y Mercurio) y ponerlos a las órdenes del Gobierno. Peter David, el popular guionista de Hulk, se hace con los guiones (XF 71, X-91). “A partir de ahora, X-Factor va a ser la hermanita pobre de los mutantes”, le advierte Harras. “Mejor así”, contesta David.

 

En los meses siguientes, Claremont abandona los guiones de Excalibur, ya que no quiere escribir X-Men en el estado de agotamiento absoluto que ahora padece. En Cruce de caminos (UXM 273-277, II-VI 91) deja todo listo para el lanzamiento de la nueva serie. Por un lado, Magneto y Pícara viven una pequeña historia de amor destinada al fracaso. “Ya estoy comprometido. Tanto como puede estarlo un corazón lleno de fantasmas”, se lamenta Magnus, quien rompe definitivamente las promesas que hiciera. “No soy Charles Xavier. Nunca seré Charles Xavier. Fui un idiota por intentarlo. Como él lo fue, por creer que podría conseguirlo”. Paralelamente, la Patrulla viaja al espacio, donde se encuentra con el Profesor-X, los Saqueadores Espaciales y la Guardia Imperial. Lee altera buena parte de la historia, con el consiguiente enfado de Claremont. En el guión que le entrega al coreano no aparecen los skrulls, convertidos por Lee en los villanos de la aventura. Por otra parte, el dibujante reintroduce los uniformes de la Patrulla-X original sin que vengan a cuento. Molesto con los cambios, el Padre Mutante acude en busca del respaldo de Harras, pero no lo encuentra. “¿Qué quieres que haga? ¿Qué me ponga en contra de nuestro dibujante más rentable?”, pregunta el editor. Las discrepancias no acaban ahí. Los planes de Claremont pasan por matar a Xavier. A partir de esa tragedia y en el plazo de un año, Magneto se vería obligado por lo ocurrido a dar un paso hacia delante y ponerse el manto de héroe tanto si le gusta como si no. Tras escuchar esas intenciones, Harras se niega. Lejos de aceptar la muerte del Profesor-X, el editor pretende (y consigue) que Xavier recupere tanto su viejo papel de maestro de mutantes como su oxidada silla de ruedas. En el colmo del sadismo, el calvo vuelve a perder el uso de sus piernas en el UXM 280 (IX 91), tebeo que antecede cronológicamente al X-Men (XM) 1. Por otra parte, Magneto retorna a su papel de villano, ya que así es como debe aparecer en la nueva colección. Se cumplen de esta forma las directrices de Tom DeFalco acerca de la machacona “vuelta a los orígenes”.

Con Xavier en su sitio, el siguiente paso hacia la nueva colección es decidir qué hombre-X se queda en cada grupo. De nuevo reunido con Lee y Portacio, Claremont propone un pequeño juego.

-Vamos a repartir cromos

Ambas Patrullas vivirán en la Mansión, donde se podrá encontrar a cualquiera de sus respectivos miembros. La separación en dos equipos funciona a la hora de entrar en acción. A partir de la terminología empleada en los submarinos nucleares, Claremont denomina Equipo Azul al que interviene en X-Men, y Equipo Oro al de Uncanny. Ninguna de las dos series va a ser la principal, aunque es obligatorio que Lobezno y Cíclope estén en el Equipo Azul. El resto de los personajes se reparten en función de las preferencias de los dos artistas. Portacio sabe sacar gran partido visual al Ángel y al Hombre de Hielo, ya que los ha dibujado en X-Factor. Pasan, por lo tanto, al Equipo Oro; Gambito, Mariposa Mental y Pícara son personajes redefinidos bajo los lápices de Lee, que se los queda para su colección; Coloso y Tormenta completan el Equipo Oro en tanto que la Bestia y Júbilo cumplen idéntica función en el Equipo Azul.

Ya está todo listo para empezar la nueva serie. La única condición que pone Jim Lee es poder escribirla. Junto a Chris, por supuesto. ¿Cómo dejar de lado al Stan Lee de mi generación, al hombre que, hasta hace unos pocos meses, lo era todo para la Patrulla-X? En menos de un año, Claremont se encuentra a sí mismo argumentando la serie junto a ese Chico Midas salido de la nada. ¿Cómo va a conocer los pensamientos, las reacciones de personajes que le doblan la edad? En un mundo justo, Jim Lee debería, como mucho, escribir los diálogos de Júbilo. Pero no hay justicia en este mundo. Lee quiere historias cortas y sencillas, de tres números a lo sumo. Como un niño con zapatos nuevos, el dibujante disfruta diseñando personajes y uniformes. De su bloc de dibujo surgen los Acólitos, un grupo de fanáticos adoradores de Magneto; Rojo Omega, un Dientes de Sable a la rusa, y Belladonna, la nunca antes mencionada esposa de Remy Lebeau. Ha elaborado también nuevos trajes para Cíclope, Jean Grey y Pícara que siguen el modelo iniciado con la gabardina de Gambito. Sobre las típicas telas de colores chillones aparecen cazadoras, bolsillos, bandoleras… Lee ha creado incluso una silla de ruedas cibernética para Xavier.

Y Claremont se engaña a sí mismo. Cree que todo puede volver a ser como era antes. Antes de que se marcharan Weezie, y Walt, y Ann. Antes de sentirse solo, en medio de una cumbre silenciosa. Antes de que el proceso creativo fuera una lucha diaria contra fuerzas demasiado poderosas. Pero hay una prueba definitiva que le demuestra que el “antes” no volverá. Ha tenido una idea genial, la mejor que se le ha ocurrido en mucho tiempo. Ha pensado un argumento que le devolverá el favor de los lectores, que les mantendrá en suspense durante al menos los dos próximos años. Vale, es exactamente lo contrario a las aventuras breves de Lee. Pero es la bomba.

 

-Perdona, Chris. No entiendo, ¿puedes repetírmelo?-, pregunta Harras, escéptico.

-Voy a matar a Lobezno.

-Otra vez, más despacio.

            -Que voy a matar a Lobezno.

 

Claremont ha meditado la estructura hasta el mínimo detalle. Notas iniciales para los argumentos previstos por el Patriarca Mutante para los veinticuatro próximos meses: El primer número de X-Men representa un nuevo comienzo, algo así como “Bueno, vale, si no nos has leído antes, la cosa funciona de esta manera. Aquí tienes la mansión, los personajes, sus motivaciones y su entorno”. Multiplicamos por tres la gran pregunta final del Giant-Size X-Men 1: ¿Qué hacemos con cincuenta y tres hombres-X? El cómic empieza con una gran secuencia de cinco páginas. Decenas de mutantes peleando con otros tantos villanos. Perfecto para Jim Lee. Aparecen Cíclope y Tormenta. No pelean. De hecho, para ellos, parece como si no hubiera lucha. Están sentados, se pasean, toman notas. La imagen se congela. El lector descubre que lo que ha visto es una simulación creada en la Sala del Peligro. Los líderes de la Patrulla la utilizan para combinar las posibilidades de cada miembro. En las siguientes páginas, prueban varias opciones. “¿Lobezno debe estar en el mismo grupo que Júbilo? ¿debemos dejar de lado a una mutante tan joven? ¿dónde metemos a Jean y dónde a Scott?” Tormenta y Cíclope van desechando unas ideas y quedándose con otras hasta que deciden la formación de los dos equipos (Azul y Oro). En medio de todo esto aparece Magneto. Tenemos la pelea de rigor. Magneto y Xavier han llegado a una separación irreconciliable. Magneto está convencido de que la humanidad le traicionará. Xavier de que no. El hombre de Estado frente al terrorista… ¿quién tiene razón? El lector concluye que éste es un mundo desagradable y que la Patrulla-X tendrá que estar a la altura de las circunstancias. Ahora pasamos al segundo número, donde Dama Mortal arranca el corazón a Lobezno. Ambos mueren. En meses posteriores, tenemos funerales, lloros y lamentos, etc. Entonces aparece La Mano, que secuestra el cuerpo de Logan y lo resucita, como hizo con Elektra. Vemos el largo proceso de recuperación. El factor curativo funciona ahora de una manera muy interesante. Se ocupa sobre todo de reconstruir el corazón, mientras deja de lado las extremidades. Sus brazos y sus piernas comienzan a pudrirse mientras el corazón se regenera. Va a ser algo muy, muy desagradable. En el Uncanny X-Men 294, prevé Claremont, Lobezno ya recuperado se convierte en el líder de La Mano. A partir de aquí, la historia continúa de una serie a la otra hasta que alcance un punto en el que Logan luchará por la bondad de su alma. Y vencerá. Paralelamente, el Padre Mutante calcula cada una de las reacciones de los otros personajes. Van desde la de Cíclope (“Lobezno se ha vuelto malo y hay que acabar con él”), a la de  Xavier, que se muestra inflexible acerca de la necesidad de que Logan vuelva a la luz. Jean Grey y Coloso alcanzarán las posturas más radicales. Mientras la primera decide acudir al rescate de su compañero e incluso fingirá ser su amante, Peter llegará a arrancarle las garras en el curso de una pelea.

 

            -Es el mayor conflicto al que se ha enfrentado la Patrulla-X desde que se fundó. Uno de los suyos, el alma del grupo, será su peor enemigo –concluye Claremont, orgulloso.

-Éso no funciona –responde Harras.

 

No funciona porque Lobezno tiene colección propia, no funciona porque Lobezno tiene que aparecer como invitado especial en la mitad de los títulos que Marvel publica, no funciona porque Lobezno es el héroe favorito de todos los chicos que compran Uncanny y que comprarán X-Men. ¿Cómo les explicas a esos chicos que ahora es uno de los malos? No funciona.

Llegados a ese extremo, la discusión se traslada al despacho de Terry Stewart, el presidente de la compañía. Éste da la razón a Harras. Que quede claro: esta empresa funciona como una máquina. Cada mañana vienes aquí, pulsas las teclas adecuadas, el engranaje se pone en marcha y todos somos felices. Pero mucho cuidado con mover ese engranaje, aunque sea para mejorarlo, porque lo estropearás. Cada pieza en su sitio, cada trabajador en su sitio. Es la prueba definitiva. Claremont está invitado a escribir las historias de los hombres-X siempre que se pliegue a los dictados de Bob Harras; siempre que no tenga inconveniente en compartir créditos con Jim Lee; siempre que sea el dialoguista que exigen que sea.

 

-No pienso quedarme para ayudaros a destruir lo que he tardado diecisiete años en crear.

-Yo no lo veo así –sostiene Harras.

-Ya sé que tú no lo ves así, pero yo no tengo otra alternativa. Que te jodan. Me voy.

 

Pueden hablar durante horas, pero no lo hacen en el mismo idioma. Claremont se pregunta si alguna vez lo han hecho. Durante las semanas siguientes, sólo se comunican mediante fax porque ambos quieren una copia escrita de cada cosa que dicen. En prensa, Marvel anuncia que “Chris Claremont va a tomarse un pequeño descanso de un año durante el que no escribirá ningún cómic”. El aludido, al que todavía intentan convencer de que dé marcha atrás, salta a la palestra para exponer los trapos sucios y dejar claro que su cese tiene carácter irrevocable. En un principio, no quiere siquiera comenzar X-Men, pero su mujer le convence para que el primer número de la nueva serie, del que se esperan ventas millonarias, sea el de su finiquito, un dinero que necesitan para la hipoteca. Haré X-Men 1 porque creo que me lo he ganado, afirma. En Marvel responden: “De acuerdo, podremos vivir con eso”.

Nunca antes en toda su vida Claremont se ha sentido más triste. No es así como deben escribirse los tebeos, no es así. Deberías disfrutar haciéndolos, leyéndolos. Debería ser la clase de cosas donde tú te sientas y hablas de los personajes, las aventuras y el sentido que hace que todo encaje. Pero eso se acabó. Cuando empieza a desarrollar su última historia, ésta se alarga a tres espectaculares episodios (XM 1-3, X-XII 91) en los que Magneto y Charles Xavier llevan su viejo enfrentamiento hasta un punto de no retorno. El Amo del Magnetismo muere entre fuego y gloria, traicionado por uno de sus Acólitos y salvando la vida a la Patrulla-X con su último aliento. “Te devuelvo tu sueño, Charles. Pero me temo que, con el tiempo, cuando comprendas que nunca fue más que la esperanza de un loco, te romperá el corazón. Adiós, viejo amigo”, son sus últimas palabras.

Marvel pone a la venta cinco versiones diferentes del X-Men 1. Vende siete millones y medio de ejemplares, el doble de los conseguidos por el X-Force (XFO) 1 (VIII 91). Gran parte de la tirada va a manos de especuladores; otra queda en poder de los libreros especializados y una mínima porción, no más del diez por ciento, acaba en las estanterías de los aficionados. Con esos beneficios en la mano, la marcha de Claremont se considera una pérdida aceptable. El Padre Mutante conoce en carne propia el precio que le ha costado su sueño de autonomía creativa. Aprende que también se puede morir de éxito. Sus casi dos décadas al frente de la strip son reducidas a la nada, al polvo absoluto. En Marvel demuestran una dramática falta de perspectiva histórica. Tom DeFalco no mueve un dedo por evitar lo inevitable. ¿Por qué? Tiene siete millones de razones. Importa más el día a día. Importa más una gloria pasajera de cartón-piedra que sueñan convencidos será permanente. Jim Lee se queda, ¿no? Eso es suficiente. También ahí se equivocan. Tampoco eso les importa.

Boceto inicial y final de la portada de X-Men 1

Es verano de 1991. Jim Lee asiste a la San Diego Comic Con. Los guardias de seguridad hacen ímprobos esfuerzos para que el millar largo de fans deseoso de conseguir la firma de su ídolo mantenga el orden y la compostura. Las colas se forman por riguroso orden de llegada. Cada aficionado recibe un número que ha de presentar en su debido momento. No hay dibujos, el alto número de congregados lo impide. Jim Lee tan sólo puede firmar tres ejemplares por cabeza. “Eres el mejor, Jim. Quiero ser como tú”, o algo así, vienen a decir ocho de cada diez chavales. Los dos que quedan apenas son capaces de dar las gracias por la rúbrica, impresionados ante la presencia del que juzgan Dios del Cómic. El Chico Midas no se cree lo que está viviendo. Todos quieren ser su mejor amigo. En apenas un año se ha hecho millonario. Marvel acaba de anunciar que, tras el X-Men 3 y el Uncanny X-Men 281, él y su amigo Whilce Portacio asumirán los destinos del Universo Mutante. “Quiero dejar huella”, afirma Lee. “Me gustaría hacer unos cincuenta números”. Muchos son los que respiran aliviados ante la salida de un guionista que, dicen, escribe por mera costumbre desde largo tiempo atrás. Confían en que el Chico Midas y su gente sepan dar a la strip un soplo de aire fresco. ¿En qué consiste? Lee sabe que lo suyo no son los argumentos complicados o los personajes dolientes. Nada de llorones ni de historias que se alargan durante años. En su lugar, habrá más acción, más viñetas grandes, menos diálogo que tape sus dibujos y aventuras que, como mucho, duren cuatro números, que luego los lectores no se aclaran.

Es verano de 1991. Claremont hace su primera aparición pública desde que ha abandonado X-Men. Yo salvé la industria del cómic en los años setenta y volveré a salvarla en los noventa, proclama. Tiene proyectos, muchos proyectos. El pasado es prólogo, el futuro que preveo es la guerra. Va a dar a DC unos héroes, Sovereign Seven, de los que mantendrá la propiedad intelectual para evitar las injerencias editoriales. Unos héroes que van a significar el siguiente paso de excelencia no en su carrera, sino en la historia del medio. Pero Claremont no sólo escribirá cómics. Va a escribir más novelas. En solitario y en compañía de George Lucas. Primero el cómic, luego la narrativa pura y, por último, el cine. Todos rendidos a sus pies. “Señor Claremont”, pregunta uno de los asistentes, “¿qué cree que va a ser de X-Men sin usted?” X-Men, dice Claremont, caerá por su propio peso. Dentro de unos meses, nadie comprará X-Men.

Pocos son los que escuchan sus palabras. Menos aún los que las creen.

 

1992. MANTENERSE EN LA CIMA ANTE LA AMENAZA DE IMAGE

Bien, señores. Este es nuestro objetivo. Mantenernos aquí. Los primeros.

Bob Harras señala el gráfico de ventas de Uncanny X-Men. La serie pasa de algo menos de medio millón de ejemplares mensuales en 1991 a casi 750.000 en 1992. Eso representa un aumento del cincuenta por ciento, cifra que ha permanecido inamovible tras la marcha de Claremont. Ahora hay que conseguir que todo siga igual sin Jim Lee ni Rob Liefeld.

Es ocho de febrero de 1992. Una rueda de prensa convocada por siete de sus más rentables estrellas coge a Marvel con el paso cambiado. Todd McFarlane, Jim Lee, Rob Liefeld, Marc Silvestri, Jim Valentino, Erik Larsen y Whilce Portacio anuncian que dejan la Casa de las Ideas para fundar su propia editorial.

A sus veintidós años recién cumplidos, Rob Liefeld es un millonario feliz. Ha hecho realidad sus sueños de niñez. Los chicos que compran X-Force quieren dibujar como él, vestir como él, sonreír como él, ser como él. Pero una mañana Rob Liefeld descubre que, si él ha ganado dinero, mucho dinero, Marvel ha ganado todavía más, más dinero, a su costa. No sólo eso, Marvel utiliza su arte con absoluta impudicia en merchandising diverso sin pagarle un centavo por ello. Sin él, X-Force seguiría siendo una pandilla de críos tonteando en Asgard. Gracias a él, ahora son la pieza maestra del ejército de Cable. Con Hollywood llamando a la puerta, Marvel se ha convertido en un problema. ¿Qué vas a vender a los chicos del cine cuando tus dibujos, tu sangre, tu arte, pertenece a otro? Marvel es más pequeña y menos importante que Rob Liefeld, pero no lo sabe todavía. Marvel cree que puede tratar a Rob Liefeld como a un dibujante más, pero Rob Liefeld ha salido en la MTV. Por eso Rob ha empezado a coquetear con pequeñas compañías. Pretende que le publiquen una cosa titulada Youngblood. La idea es que ellos se lleven un pequeño porcentaje de ventas y Rob el noventa por ciento de los beneficios. Malibu Comics, hasta ahora una compañía insignificante, acepta el reto. Saben que el diez por ciento de ventas de dos millones de ejemplares sigue siendo mucho dinero. Guay.

Es tan guay que Rob se lo cuenta a su amigo Todd McFarlane. Es tan guay que McFarlane ve la oportunidad de su vida. Es tan guay que pronto se unen los demás. Silvestri, Valentino, Larsen. Chicos criados bajo el sol de California, locos por el surf que han visto el sueño americano hecho realidad después de que Marvel colmara sus cuentas bancarias. Pero les falta alguien. Les falta el nuevo Rey. Les falta Jim Lee.

Lee está en la cumbre. Ahora ya no tiene la molesta obligación de saltarse los guiones de Claremont. Por fin ha quedado claro que su visión de lo que tiene que ser la Patrulla-X es la que ha conquistado millones de corazones en todo el mundo. Por fin el guionista cumple su función primordial, escribir los diálogos. Scott Lobdell, ese chico que le ha puesto Harras, lo entiende. Lo entiende mejor que John Byrne. El que sea éste quien sustituya a Claremont supone todo un golpe maestro de cara a la galería, pero no funciona. Byrne aparece como por arte de magia al día siguiente de la marcha de Chris. Viene con un par de ideas que pone sobre la mesa. “Estoy presionando para que se haga una línea argumental que elimine el noventa por ciento de los mutantes. Con un poco de suerte, podremos volver a lo que era el cómic cuando comenzó en el primer número: los buenos mutantes intentado localizar a otros mutantes antes de que lo hagan los chicos malos. Y así no tendremos a los miles de personajes que hay ahora”, dice. Byrne dialoga los UXM 281 a 285 (IX 91-II 92) y los XM 4 y 5 (I-II 92). Acto seguido decide marcharse, furioso por que Whilce Portacio, el socio de Lee en su estudio y dibujante de Uncanny, no entrega sus páginas con tiempo suficiente para que pueda escribir los diálogos. Byrne afirma que sólo un par de esos números los ha escrito realmente. ¿Cuántos días necesita para llenar los bocadillos?, se pregunta el Chico Midas. Mierda, si sólo son letras. Cualquiera que haya ido a la escuela primaria puede hacerlo.

Jim Lee es un millonario feliz. Ha trabajado duro por la corporación y la corporación le ha recompensado como se merece. Por eso, cuando llegan Rob y los demás con las cuentas de la lechera, les dice que se lo pensará, pero que está muy bien en Marvel, que él es un hombre de empresa y que no planea cambiar. Una mañana, sin embargo, se entera de que Terry Stewart, el presidente de la compañía, está regateándole las pagas de beneficios, los billetes de avión para su esposa, las facturas del coche que alquila cuando acude a una convención. El quiere a Marvel, pero Marvel le trata como a uno más. Eres el más grande, Jim. Nos has hecho de oro, Jim. Te hemos hecho millonario, Jim. Pero, Jim, no eres lo suficientemente importante para nosotros como para que tu esposa viaje gratis. “¿Ah, sí? Pues que os jodan”. El Chico Midas vuelve a hablar con Todd McFarlane. “¿Lo comprendes ahora, Jim?” Ahora sí, Todd, ahora sí. “Dios bendiga a Terry Stewart”, piensa McFarlane. “Dejamos Marvel porque no nos trata como queremos. No nos vamos porque odiemos sus personajes o su manera de hacer cómics”, declara públicamente Lee.

1992. ATURDIDOS POR EL GOLPE DE IMAGE

Es otoño de 1992. En Marvel descubren sorprendidos que los chicos de Image no se han hundido en la miseria, como auguraban los grandes expertos financieros contratados por Terry Stewart. Muy al contrario. Image arrasa con todo lo que se le ponga por delante. El Youngblood 1 (IV 92) de Rob Liefeld, el Spawn 1 (V 92) de Todd McFarlane y el WildC.A.T.S. 1 (VII 92) de Jim Lee alcanzan unas ventas brutales, tanto que sus responsables no tardan en independizarse de los socios de Malibu Comics. Editoriales pequeñas como Valiant, Dark Horse, Topps o la misma Malibu aprovechan el momento para lanzar nuevos títulos, a la vez que DC amplía su ya abultada oferta. Marvel responde con una ofensiva sin igual consistente en inundar el mercado con nuevas colecciones. El sistema de crecimiento de la Franquicia Mutante se aplica a Punisher, Motorista Fantasma, Vengadores y Spider-Man, a cuyo alrededor nacen series de calidad ínfima realizadas por autores desconocidos. También se potencian los títulos de Epic y los de Marvel UK, la sucursal de la editorial en Inglaterra, y se lanza una nueva línea de colecciones bajo el epígrafe Marvel 2099, con versiones futuristas de Spider-Man o Punisher. En total, Marvel pone cada mes ciento cincuenta títulos en el mercado, una cantidad nunca vista. A los ejecutivos de la Casa de las Ideas ni siquiera les interesa que vendan. Prefieren perder dinero si ello sirve para ahogar al competidor. Las librerías especializadas caen en la trampa al principio, pero a largo plazo se encuentran con un stock que nadie quiere comprar, material inamovible cuyo destino final es el saldo.

 

Los fundadores de Image. Foto perteneciente al libro Image Comics. The Road To Independence (Twomorrows Publishing)

En detrimento de las compañías independientes, los establecimientos aumentan también sus pedidos a Image. Saben que van a vender medio millón de ejemplares de cada colección y que el margen de beneficio sobre el precio de portada es más alto que con Marvel. Sin embargo, Image abusa de una táctica comercial que acaba por pasarle factura. La editorial de Jim Lee anuncia títulos que luego retrasa o que nunca aparecen. Los cinco primeros números de WildC.A.T.S, por ejemplo, tardan un año y medio largo en publicarse. La consecuencia inmediata es que las tiendas tienen su dinero paralizado. Los aficionados, por cierto, son casi los mismos de siempre. Existe un nuevo fan, sí, pero compra cómics porque están de moda, y compra básicamente Image. “Nuestros tebeos son los de Image; los de nuestros padres eran los de Marvel y los de nuestros abuelos los de DC”, explica. La explosión de ventas propiciada primero por el lanzamiento de Spider-Man, X-Force y X-Men y luego por los títulos de Image no se traduce en un aumento significativo del público consumidor, sino del mercado especulador. ¿De qué sirven varios millones de copias del X-Men 1 esperando a que su precio se cotice por las nubes si no hay siete millones de posibles compradores? La situación pone contra las cuerdas a las pequeñas editoriales. DC se mantiene en un puesto de privilegiado observador, respaldada por el poder de Warner, su empresa propietaria, aunque eso no le impida dar un campanazo en los medios de comunicación con la muerte de Superman (Superman 75, I 93). Entretanto, Image y Marvel siguen adelante con su escalada bélica.

 

Desde California, Jim Lee y los suyos preparan la contraofensiva. Tiran de agenda telefónica y llaman a todo dibujante Marvel mínimamente comercial. Son la legión de jovencitos imitadores que ha sacado Bob Harras de debajo de las piedras. Hola, soy Jim Lee. ¿Te gustaría dibujar para nosotros? No me importa lo que te paguen. Nosotros te pagamos el doble. Casi todos aceptan. ¿Cómo van a decir que no a Jim Lee, si de mayor quieren ser como él? Las condiciones monetarias también ayudan. Artistas que cobran ciento cincuenta dólares por página en Marvel pasan a ganar entre trescientos y cuatrocientos en Image. “Marvel es nuestra plantación de algodón”, declara entonces Todd McFarlane. “Nos pasamos por allí cada vez que necesitamos negros, vemos lo que nos gusta y nos lo llevamos”. Marvel busca dibujantes, los educa, los cuida, los lanza a la fama. Image los contrata y los convierte en estrellas. ¿Por qué dibujantes, y no guionistas? “Los dibujantes no necesitamos guionistas”, sostiene McFarlane.

Las chicas de La Patrulla-X según Art Thibert, uno de los clones de Jim Lee

Cada uno de los dibujantes aprovechables que consigue la Franquicia Mutante le son arrebatados poco después. Harras se ve obligado a rellenar los huecos como buenamente le dejan. No puede promocionar jóvenes promesas porque acaban fichadas por Image, pero tampoco puede utilizar artistas mediocres porque las ventas bajan. Su estrategia se traduce en probar nuevos talentos en números de relleno y annuales al tiempo que en las series regulares emplea autores de perfil corporativo, esa buena gente cuya fidelidad a la empresa está por encima de cualquier oferta tentadora. Eso sí: ahora sabe, gracias a su experiencia con Jim Lee, que la fidelidad merece recompensa. En concreto, los hijos de Joe Kubert firman contrato con Marvel por medio millón de dólares anuales, sin contar los incentivos provenientes de las ventas. Andy Kubert pasa a X-Men (XM 14, XI 92), y Adam Kubert a Wolverine (WOL 75, XI 93). Bob Harras llama también a John Romita Jr. para rellenar el hueco dejado por Brandon Peterson en Uncanny (UXM 300, V 93). En X-Factor sustituye a Jae Lee por Joe Quesada (XF 87, II 93), y en X-Force a Mark Pacella por Greg Capullo (XFO 15, X 92). Cuando Capullo cae en las redes de McFarlane lo cambia por un desconocido y prometedor chaval llamado Tony Daniel (XFO 28, XI 93). El futuro de éste último también pasa por cierta oficina en California.

X-Force, según Tony Daniel

Marvel utiliza como arma incluso los trucos del enemigo. Se sirve de portadas dobles, de portadas con hologramas, de portadas troqueladas, de portadas en relieve, de portadas con tintas metálicas; aumenta las colecciones hasta el infinito y más allá; mejora el papel; sube los precios; multiplica los crossovers y dobla las apariciones en otras series de sus personajes más populares. Lobezno manifiesta un nuevo poder mutante antes desconocido, la ubicuidad. Puede estar al mismo tiempo en su propia colección, en Uncanny y en X-Men, en Marvel Comics Presents, en el especial que toque ese mes (casi siempre explorando situaciones de su pasado que se contradicen las unas con las otras) y como invitado en multitud de títulos. Puede estar allá donde se requiera su presencia. Más que nunca, Lobezno es el mejor en su trabajo. Más que nunca, su trabajo no resulta agradable.

 

Conforme pasan los meses, los autores acaban sometidos a una férrea disciplina cuasi militar. Alguien analiza con lupa las ventas de Excalibur. Son buenas, por encima de la mayoría de títulos Marvel. Pero hay un problema: por debajo del resto de los títulos mutantes. Debe resolverse. ¿Cómo es posible que Excalibur venda doscientos mil ejemplares si X-Men vende seiscientos mil? Sólo hay una respuesta posible. La X de Excalibur no es todo lo grande que debiera; En Excalibur no sale Lobezno. En Excalibur no aparece la Patrulla-X. En Excalibur no hay crossovers. Por otra parte, Harras y sus chicos tienen un pequeño problema con su autor. Alan Davis cuenta historias. Alan Davis explica la cronología completa de Fénix en un único número. Alan Davis tiene ideas, las desarrolla y las concluye. No hay nada malo en eso, pero son argumentos que se podrían aprovechar mucho mejor en las series principales. ¿Cómo es posible que Excalibur salve al universo y la aventura no se desarrolle en un crossover? ¿Quién se cree Alan Davis que es? Las presiones aumentan. Nos gusta mucho Excalibur, pero la Patrulla-X debería aparecer más, dicen. Nos gusta mucho Excalibur, pero nos gustaría todavía más si la colección no estuviera tan aislada de las otras series mutantes, insisten. Nos gusta mucho Excalibur, pero la aparición de Mariposa Mental (EX 55, X 92) no la has coordinado con nosotros, protestan. Finalmente, ante la incapacidad de narrar sus aventuras con un mínimo de libertad, Davis dimite junto con el editor Terry Kavanagh (EX 67, VII 93). La edición de la serie recae entonces en manos de Harras, quien cede los guiones a Scott Lobdell. En el ámbito artístico, Excalibur se convierte en un campo de pruebas para nuevos dibujantes, mientras que en el argumental Lobdell prepara, como no, el siguiente crossover.

Todo vale en la Casa de las Ideas, reconvertida en la Casa de los Líos. Entre los títulos con los que Marvel invade las librerías se sitúan varias miniseries mutantes, en concreto las dedicadas a Masacre (Deadpool 1-4, VIII-XI 93), Dientes de Sable (Sabretooth 1-4, VIII-XI 93) o Gambito (Gambit 1-4, XII 93-III 94), y dos colecciones regulares, X-Men Unlimited (VI 93) y Cable (V 93). La primera, con sesenta y cuatro páginas y periodicidad trimestral, pretende “contar esas historias que no tienen cabida en otro sitio”. En realidad, X-Men Unlimited sirve sobre todo para desfogar a nuevos dibujantes, como Chris Bachalo (XMU 1, VI 93) o Jan Duursema (XMU 2, IX 93). El lanzamiento de Cable supone un problema para su guionista, Fabian Nicieza, obligado a cambiar argumentos ya preparados para X-Force. Nicieza aprovecha la nueva colección para dar a conocer el dramático mundo del que procede el protagonista. Por primera vez, se atisba una cierta evolución hacia una mayor serenidad y trascendencia. Aparecen un hijo y una esposa fallecida mientras se señala a Apocalipsis como principal responsable de que el siglo XXXVIII sea un auténtico infierno. También se aclara que Cable es Nathan Summers, el hijo de Cíclope, mientras que Dyscordia es un clon, y no al revés, como se insinúa en La canción del Verdugo.

1996. HEROES REBORN HACE SALTAR TODO POR LOS AIRES

Es otoño de 1995. Los problemas financieros de Marvel siguen agravándose al tiempo que el resto de la industria del tebeo americano acompaña a la Casa de las Ideas en su viaje al abismo. “Juntos permanecemos, divididos caemos”, gritan todos. Marvel y DC se alían para preparar un crossover conjunto a la vez que  DC, Image y Dark Horse acuerdan distribuirse en exclusiva a través de Diamond Comics. Editoriales más pequeñas hacen un pacto similar con Capitol. El recién llegado presidente Jerry Calabrese repasa los resultados financieros de Marvel desde que fuera comprada por Perelman. Tres millones, siete millones, ocho millones… Esta editorial vendía millones de ejemplares de X-Men en 1991. ¿Por qué ahora sólo vende medio millón? ¿Qué ha pasado aquí? Calabrese enciende la máquina de pensar. Enseguida identifica el problema. Todd McFarlane, Jim Lee, Rob Liefeld. Estos señores vendían millones y nos los dejamos escapar. Hay que contratarles otra vez. Y todos nuestros problemas se habrán resuelto.

 

Es 14 de diciembre de 1995. Jim Lee y Rob Liefeld anuncian su retorno triunfal a Marvel. La misión que han aceptado consiste en relanzar a los Cuatro Fantásticos y los Vengadores, cuyas colecciones siguen publicándose hasta ahora por una simple cuestión de prestigio. Un intento similar de que Todd McFarlane regrese a Spider-Man queda en el olvido ante la negativa tajante del creador de Spawn a volver a la editorial que detesta desde lo más profundo de su alma. Con Heroes Reborn, los chicos de Image van a rehacer el origen de los personajes. Marvel lo único que tiene que hacer es tirar por la borda sus treinta años de continuidad para recomenzar desde el número uno las cuatro series que contempla el contrato. Eso o nada. “¿Dónde hay que firmar?”, pregunta Calabrese. La operación se cierra en los despachos, de espaldas al staff creativo de la empresa. Ese mismo mes, el presidente de Marvel da por concluido el periodo de interinidad sufrido por la compañía desde la destitución de Tom DeFalco. Calabrese nombra a Bob Harras nuevo director editorial, ya que sus colecciones son las únicas que han mantenido el tipo mientras que el resto se despeñaba en el Top 100 de ventas. La última reunión que Harras celebra con su gente de la Franquicia Mutante está dedicada a la modificación del final de la saga de Onslaught. Los grandes héroes del Universo Marvel tendrán la despedida que se merecen, el sacrificio que se merecen, la muerte que se merecen. Lo que en un principio era un crossover más de la Patrulla-X y sus colecciones aledañas se convierte en el evento de la década. Los mutantes rompen con el aislamiento al que viven sometidos en los últimos años para recibir en casa al resto de sus compañeros del Universo Marvel. No es una visita de cortesía, sino la antesala del fin. “He hecho mi trabajo. Fui testigo de una maravilla única. Un lapso de tiempo en que campeones de leyenda arriesgaban a diario sus vidas para combatir las fuerzas del mal y la tiranía. Una era en que la medida de un héroe no la daba su fuerza, sino su nobleza. Esa era ha terminado”, pone Mark Waid en boca del Vigilante (Onslaught: Marvel Universe, X 96). Los Vengadores y Cuatro Fantásticos derrotan a Onslaught a costa de caer en las garras de Jim Lee y Rob Liefeld. La Patrulla-X y la opinión pública les cree muertos, pero la parca sería algo demasiado piadoso en comparación con el castigo impuesto por los ejecutivos de la editorial. A pie de obra, cunde el desencanto entre quienes han liderado durante los últimos años la guerra contra Image. “No sólo nos han vencido, también se han quedado con nuestro Universo”, dice alguien. El enemigo duerme con nosotros, Bob Harras es el primero que lo sabe. Para lavar su conciencia, el nuevo director editorial impulsa propuestas como Thunderbolts, Deadpool, Ka-Zar o Heroes for Hire. Todas ellas tratan de recuperar un pasado glorioso con historias que contar y personajes con los que emocionarse.

 

 

Es primavera de 1996. Bob Harras deja la Franquicia Mutante en manos de Mark Powers, antiguo ayudante de Terry Kavanagh. Scott Lobdell escribe ahora tanto X-Men como Uncanny, situación inédita hasta el momento que deja al descubierto las precarias habilidades del guionista para sostener en solitario ambas Patrullas. Lobdell vuelve por sus fueros habituales con historias que no cuentan nada y mutantes que se quejan mucho. “Estoy explorando cómo se comportan los mutantes sin el Profesor-X”, dice, pero todo es falso y redundante. Nunca explica las ausencias de los personajes, apunta ideas que no resuelve o se olvida por completo de tramas enteras. En general, las colecciones mutantes viven una temporada baja. Aquéllas con un cierto atractivo, como X-Force, Cable o X-Man, caen en una peligrosa desidia. Warren Ellis consigue que Excalibur sea de nuevo interesante, pero su etapa concluye demasiado pronto (EX 103, XI 96). El grupo británico cae luego en manos de Ben Raab, quien cada mes compite con Terry Kavanagh por el título de peor guionista del cómic mundial. La fuga de Chris Bachalo de Generarion-X (GX 6, VIII 95) pone de manifiesto que todo el interés de la colección reside en su creador gráfico, obligado a volver poco después (GX 16, VII 96). Incluso Larry Hama en Wolverine comienza a mostrar claros signos de cansancio, que se acentúan cuando pierde los lápices de Adam Kubert (WOL 102, VI 96). Como en los últimos tiempos de Claremont, los mutantes siguen adelante por pura inercia. Cada día se hace más necesario un cambio. En X-Men, Carlos Pacheco sustituye a Andy Kubert (XM 62, III 97). El español realiza una obra sin tacha, pero esos guiones no la merecen.

 

Es otoño de 1996. Las dos colecciones de Heroes Reborn asignadas al equipo de Jim Lee tienen un comienzo espectacular sin alcanzar ni de lejos las cifras millonarias de 1991. Hacia el tercer número se desinflan. Las de Liefeld ni siquiera consiguen el arranque esperado. La operación firmada por Calabrese se califica de éxito relativo, pero el balance de cuentas sigue en números rojos. Ron Perelman despide a Calabrese y pone en marcha un plan de saneamiento para la Casa de las Ideas que pasa por disgregar las partes rentables de la compañía y prescindir de las deficitarias. Con el fin de evitarlo, un grupo de accionistas minoritarios liderados por Toy Biz interpone una demanda contra Perelman, quien debe dinero a todos ellos. El 27 de diciembre, el juez aprueba una suspensión de pagos de un año, tiempo en el que la compañía no está obligada a pagar sus deudas. Perelman no tarda ni tres meses en anunciar su rendición. Después de ocho años al frente de Marvel, decide que el negocio de los tebeos no es lo suyo. Retira su plan de saneamiento, saca todo su dinero y abandona la compañía, que queda en manos de los socios menores. Éstos dan un giro editorial inmediato encaminado a que el mercado recupere la confianza en la Casa de las Ideas que empieza con la vuelta a la distribución a través de Diamond.

Es primavera de 1997. Marvel anuncia que no renovará el contrato por un año firmado con Jim Lee y Rob Liefeld. Superado el mal trago y con las manos algo más libres, Harras decide que ha llegado la hora de una profunda renovación tanto de los personajes retenidos por la gente de Image como de los mutantes. El director editorial contrata a autores de prestigio para rescatar de la muerte a Vengadores y Cuatro Fantásticos mientras que para la Franquicia Mutante prepara una remodelación de arriba abajo que pone a temblar a unos cuantos guionistas con síndrome de funcionario. Una mañana, Scott Lobdell se acerca a su despacho:

 

-Bob, ¿verdad que no estás pensando en sustituirme por Chris Claremont?

-Noooo, nada de eso. ¿Cómo se te ocurren esas cosas?

-Lo he leído en Wizard.

-Pues no es verdad. Te lo prometo. Además, esas decisiones las toma ahora Mark Powers. Habla con él.

 

Mark no sabe nada, o eso dice. Harras sin embargo ha escuchado los insultos y descalificaciones que Lobdell va diciendo por ahí de Mark Waid. No está nada contento con esa actitud que enturbia las buenas relaciones de la empresa con los autores. Llama a Waid, le ofrece disculpas e incluso el despido fulminante de Lobdell. “No hace falta. Es tentador, pero no. Gracias de todas formas”, responde el guionista. Pocas semanas después, Harras vuelve a convocar a Lobdell. Tiene una recompensa por todos estos años de sacrificio.

 

-Vas a escribir The Fantastic Four.

-Jo, Bob. No sé que decir. Muchas gracias.

-De nada. Por cierto, también vas a dejar las colecciones mutantes.

 

LA CANCIÓN DEL VERDUGO: UNA SINFONÍA MUTANTE

1992 fue un año crítico para La Patrulla-X. Nada más empezar la década, Chris Claremont, el hombre que había construido la Franquicia Mutante de la nada, decidió abandonarla, ante el excesivo control que le imponía Bob Harras, editor con el que, al contrario que con las legendarias Louise Simonson y Ann Nocenti que le antecedieron en el puesto, Claremont guardaba escasa sintonía. Los dibujantes estrella a los que Harras defendió a capa y espada, con Jim Lee a la cabeza, no tardaron en seguir el camino de Claremont, ya que apenas unos meses después saltaron también de un barco que todo el mundo temía que llegara a hundirse, para formar Image Comics, su propia compañía.

 

 

Las tres principales series de la franquicia (Uncanny X-Men, X-Men y X-Force) perdieron a sus estrellas, lo que obligó a Harras a buscar recambios de urgencia. En el apartado narrativo, Fabian Nicieza, el que ya era uno de los guionistas más prolíficos de la época y que venía encargándose de poner diálogos a los argumentos y dibujos de Rob Liefeld en X-Force, pasó a ser guionista completo de ésta, y también de X-Men. Era, no obstante, en la primera, donde reinaba Cable, un personaje creado por Liefeld bajo la idea de que se trataba de un soldado de fortuna mutante llegado del futuro, al que Nicieza trataba de construir una historia coherente que encajara dentro de los temas de la franquicia. En Uncanny, recayó un joven desconocido, llamado Scott Lobdell, con gran capacidad para las relaciones sociales y un cierto talento para construir diálogos resultones que imitaban los de Claremont. Otras series menores de la franquicia, X-Factor y Excalibur, quedaron en las respetadas manos de Peter David y Alan Davis, respectivamente.

 

Nicieza recuerda aquella época con la frase que utilizó Dickens para comenzar Historia de dos ciudades: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. El mejor, porque lo disfrutó enormemente y supuso todo un reto creativo para él y sus compañeros. El peor, porque, siguiendo con los símiles musicales que evoca el título de La Patrulla-X: La canción del verdugo, los que venían interpretando hasta entonces se habían marchado, mientras que aquellos que les habían sustituido apenas sí empezaban a comprender unos instrumentos que no eran los suyos, toda vez que se sentían obligados a tocar una melodía para la que no contaban con partitura.

 

Por si la situación no fuera ya lo suficientemente compleja, en verano de 1992, apenas unos meses después de los cambios creativos, los nuevos tendrían que hacerse cargo de un crossover. Era una costumbre de la línea mutante que se había convertido en tradición. Inicialmente, estos eventos consistían en una gran historia desarrollada por Claremont en Uncanny X-Men, a la que se unían las otras cabeceras por la puerta de atrás, con argumentos independientes que enlazaban en mayor o menor medida con lo que se venía desarrollando en la serie-madre. Sin embargo, Harras quiso cambiar la fórmula que tan buenos resultados había dado con “La masacre mutante” (1986) y “La caída de los mutantes” (1988). A partir de “Inferno” (1989), se pasaría a una estructura episódica que obligara a los lectores a comprar todas las series si querían comprender la historia. El éxito acompañó, de tal manera que “Proyecto Exterminio” (1990) seguiría esa senda, y lo mismo ocurriría con el evento de 1992.

 

El único problema es que nadie tenía ni la menor idea de qué contar en el evento de 1992. Los antiguos albaceas de la franquicia probablemente no habrían tenido demasiadas complicaciones para encontrar un tema con el gancho suficiente, pero los nuevos, como decía Nicieza, todavía no se habían aprendido el repertorio con la soltura necesaria como para salir al escenario e improvisar.

 

Aquí Harras tuvo la inteligencia de darse cuenta que Nicieza era el único de sus escritores con las cosas medianamente claras. Lobdell había llegado ahí por una carambola del destino, de tal forma que al principio se limitaba a escribir diálogos para la historias que construían los dibujantes; Peter David estaba concentrado en sus personajes, un tanto al margen de la almendra central de la franquicia, y Alan Davis no sólo iba por libre, sino que desarrollaba sus historias al margen de cualquier cosa que pudiera ocurrir en el resto de colecciones, con la ventaja de que Excalibur estaba en la muy lejana Inglaterra. Nicieza había demostrado un gran talento a la hora de construir series desde la nada, como había sido el caso de Los Nuevos Guerreros, y supo además embridar a Liefeld para dar cierto sentido a X-Force. Era, en definitiva, un esforzado artesano del procesador de textos, y por eso recibió el encargo de construir el esqueleto de la historia: doce partes repartidas entre las cuatro series principales a lo largo de otros tantos meses. Se sentía el arquitecto de una casa. Él pondría los planos y levantaría los cimientos, mientras que el resto de guionistas, dibujantes y editores añadirían ladrillos, tuberías, puertas y ventanas, un proceso que se llevaría a cabo mediante maratonianas reuniones tan multitudinarias que fue necesario acudir a un centro de convenciones para celebrarlas.

 

Dado que Nicieza era el muñidor del evento, no fue extraño que Cable se convirtiera en la figura central. ¿Quién era verdaderamente el líder de X-Force? Ni siquiera Liefeld, su creador, lo tenía claro, aunque eso no le había supuesto ningún inconveniente a la hora de convertir a Dyscordia, un doble exacto de Cable, en el archienemigo del grupo. Sólo faltaba dotar a aquello de algún sentido.

 

Meses atrás, antes de su marcha, Claremont y Jim Lee desarrollaron una dramática aventura en la que Nathan, el hijo de Cíclope, era infectado con un virus tecno-orgánico. La única esperanza de salvarlo consistía en dejarlo en manos de una misteriosa sacerdotisa que se lo llevaba al futuro, donde podría tener una esperanza de salir adelante. Nicieza observó aquella trama con interés, de manera que pronto buscó una manera de unir al niño perdido con el misterio alrededor de Cable y Dyscordia. En el futuro del que venía, Cable se había convertido en el gran enemigo de Apocalipsis, un villano de La Patrulla-X con una inmortalidad que le permitiría seguir dando guerra por los siglos de los siglos. A su vez, estaba la figura de Mister Siniestro, otro villano que, en este caso, había manipulado la vida entera de Cíclope y Jean Grey, debido a lo preciado de sus genes, hasta el punto de que, cuando ella fue dada por muerta, incluso llegó a crear un clon de la misma, Madelyne Pryor, que con el tiempo se casaría con Cíclope, y fruto de su matrimonio nacería… Nathan.

 

Las piezas empezaban a encajar en la mente de Nicieza. Su croquis inicial, en el que había doce casillas, una por cada episodio, fue variando en las reuniones, de manera que en el borrador final Mister Siniestro no tendría tanta importancia como en un principio, ni aparecería Magneto a mitad de la historia para dar un vuelco gigantesco al argumento… Pero más allá de eso puede decirse que el resultado final de “La canción del verdugo” se parece a grandes rasgos a lo que diseñó el guionista antes de unirse a sus compañeros.

 

Los resultados, con toda la improvisación de la que fue objeto la aventura, resultaron más que satisfactorios. Como historia, “La canción del verdugo” está plena de momentos de enorme impacto en el lector, a los que se suman continuarás que obligan a lanzarse sobre el siguiente capítulo, hasta llegar a un final dramático como pocos, en un escenario tan significativo para La Patrulla-X como el de la Luna, el lugar en el que se desarrolló también el final de “La saga de Fénix Oscura” y en el que, de una manera u otra, siempre cambia el destino de los mutantes.

 

Con “La canción del verdugo”, volvió a cambiar. La historia sembró las semillas de muchos más crossovers superventas que tendrían que venir en los años posteriores, desde “Atracciones fatales” a “La Era del Apocalipsis”. Su eco llega a sentirse incluso lustros después, como bien demuestra el ciclo de “Complejo de Mesías”, “La guerra del Mesías” y “Advenimiento”, aparecido ya en el siglo XXI. Pero este evento sirvió sobre todo para asentó el organigrama creado por Harras, que acabaría por convertirse en el Director Editorial de Marvel en parte por el éxito comercial que logró con los mutantes, en parte por la ausencia de ninguna figura carismática que mereciera ocupar ese puesto. Corría el verano de 1992 y la década no había hecho más que comenzar.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. La Patrulla-X: La canción del verdugo

MONOGRÁFICO JIM LEE 6 Y ÚLTIMO: JIM LEE DESPUÉS DE LA PATRULLA-X

Desde los años en que Chris Claremont compartiera cartel con John Byrne, La Patrulla-X no atravesaba un momento de mayor aclamación. Las ventas no sólo se habían multiplicado de manera sorprendente, sino que lectores y crítica coincidían a la hora de calificar aquella etapa como una de las mejores nunca realizada en la mítica cabecera. Lo cierto es que, por primera vez en varios lustros, Claremont no era la estrella indiscutible, sino que tenía que compartir espacio con aquel joven que, apenas unos meses antes, era un total desconocido.

 

En Marvel planificarían entonces un salto al vacío: la creación de una segunda serie, titulada simplemente X-Men, a la que se trasladara el tándem triunfador de Claremont y Lee, que dejaría Uncanny en otras manos. Los episodios fueron, por lo tanto, los últimos que realizarían Claremont y Lee antes de saltar a la nueva publicación. 

 

X-Men se quedaría con los mutantes que Lee mejor sabía reflejar con sus lápices, para los que desarrollaría nuevos trajes, con los que dejaría claro que su estilo de dibujo no sólo era el que debían seguir todas las jóvenes promesas que quisieran llegar lejos, sino que además debían de fijarse en la moda con la que Lee vestía a los héroes: chaquetas, gabardinas, sudaderas, cinturones, bolsillos… Todo superhéroe que se preciara acabaría llevando algo de eso. O incluso todo. Además, el artista participaría en la elaboración de las historias, aunque Claremont siguiera figurando como guionista y co-argumentista. Desde diez años atrás, durante la etapa junto a Byrne, el Patriarca Mutante no había compartido el puesto con nadie. No es que Jim Lee estuviera especialmente interesado en escribir: sólo quería señalar la dirección de la trama, soltar lastre en cuanto a la complejidad que había sido santo y seña de los hombres-X todos esos años. Los nuevos lectores no querían historias enrevesadas que nunca tuvieran final: ansiaban ver a Lobezno saltando rabioso sobre los villanos y a Mariposa Mental posando en bañador.

 

El primer número de X-Men, de ventas millonarias, vio la luz con fecha de octubre de 1991. Claremont apenas permanecería en la cabecera durante tres memorables episodios, en los que se desarrollaba un combate final de los mutantes contra Magneto teñido de triunfo y tragedia al más puro estilo Marvel. Finalizada su escritura y cobrado el mayor finiquito de la historia del cómic, Claremont abandonó la serie que había escrito desde 1975. Ya no se sentía el verdadero creador de las historias, sino un mero trascriptor de los deseos de los editores. Pese a las circunstancias, mantendría una buena relación con Lee, con quien incluso volvería a colaborar años después. El ya encumbrado como Rey Midas del cómic seguiría desempeñando las labores literarias, con una pequeña ayuda primero de John Byrne y luego de Scott Lobdell. Pero el X-Men #11 (agosto de 1992) sería el último en el que participara.

 

Un grupo formado por los más comerciales dibujantes de Marvel se habían puesto en contacto con él. Se sentían ninguneados por la editorial, que estaba ganando mucho dinero gracias a ellos, y querían probar algo nuevo: crear sus propios cómics lejos del ala protectora, a la par que avariciosa, de las grandes editoriales. Todd McFarlane, Rob Liefeld, Jim Valentino, Marc Silvestri, Erik Larsen, Whilce Portacio… Todos ellos querían que Jim Lee les acompañara en aquella incierta aventura, porque sentían que el dibujante de los hombres-X era la figura paterna que aglutinaba a aquella generación dispuesta a romper las reglas del juego. Lee era un hombre de empresa, dispuesto a quedarse en Marvel, pero la arrogancia de los directivos de entonces consiguió que cambiara de idea. El futuro esperaba fuera.

 

 

Image nació en 1992, y en su seno Jim Lee formó el estudio Wildstorm, que acogería inicialmente su creación más ambiciosa, WildCATS, a la que luego se sumarían proyectos como Stormwatch, Deathblow o Gen13. En ellos Lee desempeñó tareas que iban desde mero inspirador a guionista, en esta última demostraría una ausencia de talento equiparable a su desinterés hacia la misma. Fue una época, aquellos primeros noventa, en los que Image conseguiría colocar todos sus títulos entre los más vendidos, lo que recrudecería la guerra de la nueva editorial contra Marvel. La paz se firmaría en 1996, cuando el mercado había entrado en cuesta abajo, y Lee, junto a Rob Liefeld, regresó a la Casa de las Ideas, con un contrato millonario bajo el brazo, para acometer el fallido proyecto Heroes Reborn. El Chico Midas dibujó seis números de Los 4 Fantásticos, y dejó otros seis en manos de colaboradores cercanos, hasta que, transcurrido un año del experimento, Marvel renunció a renovar otra temporada más.

 

 

De vuelta a Image y a Wildstorm, Jim Lee se apuntaría un inesperado tanto, al conseguir que Alan Moore desarrollara toda una línea de tebeos para su sello editorial. ABC englobaría conceptos tan interesantes como Promethea, Tom Strong o La Liga de Los Extraordinarios Caballeros. A su vez, también como editor, Lee ponía en las librerías dos colecciones que contribuirían a cambiar de nuevo la industria: Planetary y Authority. Era 1998 cuando dio la sorpresa: abandonaba Image para vender Wildstorm a DC Comics, donde seguiría funcionando como estudio independiente.

Una década después, Jim Lee permanece al frente del sello, que a día de hoy ofrece algunos interesantes productos. A su vez, DC se ha beneficiado del talento gráfico del que ahora es uno de sus ejecutivos. Lee ha vuelto al tablero de dibujo para acometer sendas sagas de Batman y Superman, que en ambos casos le devolverían a los primeros puestos de venta. Ni siquiera los que denigran su actual colaboración con Frank Miller en una desconcertante revisión del Hombre Murciélago son capaces de perderse ni una sola de las entregas.

Veinte años después de su irrupción en el mundo del cómic, Jim Lee lo ha sido todo en este negocio. Ha estado en ambos lados de la trinchera, le han señalado como un auténtico fenómeno entre los fans, uno de los profesionales que más dinero ha ganado haciendo tebeos, el referente de toda una generación de dibujantes y el símbolo, para bien o para mal, de una década, la de los noventa, convulsa y caracterizada por la supremacía del dibujo grandilocuente sobre las historias. Para sorpresa de todos, Lee no sólo ha conseguido sobrevivir a una época de la que pocos de sus contemporáneos han salido indemnes, sino que ha logrado reinventarse a sí mismo: situarse, como editor, detrás de obras de gran interés en las antípodas de su estilo, a la vez que llevaba sus habilidades artísticas hasta los más altos niveles de excelencia. En veinte años, Jim Lee ha demostrado que aquel chaval que revolucionó a La Patrulla-X primero, y al tebeo americano después, no sólo estaba llamado a ser el artista más importante de su tiempo, sino también el que demostrara una mayor inteligencia.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

MONOGRÁFICO JIM LEE 5: DE LA TIERRA SALVAJE AL ESPACIO… Y MÁS ALLÁ

La reunificación de La Patrulla-X, desbandada desde casi dos años atrás, se llevaría a cabo durante una extensa aventura que Chris Claremont y Jim Lee desarrollarían en Uncanny X-Men #269-277 USA. Tres de esos episodios, sin embargo, interrumpirían la narración para dar cobijo a un cruce con otras series mutantes, denominado “Proyecto Exterminio”. 

Aquella epopeya partiría de dos enclaves recurrentes en el pasado de los mutantes, tan fundamentales como antitéticos: la Tierra Salvaje, paraíso perdido en el que la evolución se había detenido y los pocos humanos que allí había convivían con dinosaurios, y la galaxia Shi’ar, imperio galáctico gobernado por viejos amigos de los mutantes, y donde llevaba largo tiempo aparcado el Profesor Xavier, personaje que Claremont prefería mantener alejado de sus alumnos. En la ecuación también entraría Pícara, integrante de La Patrulla-X cuya imagen, en manos de Lee, cambiaría radicalmente: la que antaño fuera la tipa dura del grupo, la antigua villana que se había ganado su puesto con sangre, sudor y lágrimas, se descubría de pronto como una auténtica belleza sureña, con un encanto que seduciría tanto a los lectores como a los protagonistas del cómic… ¡Incluso el mismísimo Magneto!

 

En cuanto a Magneto, había desarrollado una evolución modélica a lo largo de los años, que le había llevado a pasar de peor enemigo de los mutantes a valioso aliado. Los planes de Claremont pasaban por arrastrar a Magnus, uno de sus personajes favoritos, hacia una encrucijada en la que se viera obligado a asumir el papel de líder del equipo. Tales previsiones, sin embargo, se verían posteriormente frustradas por la editorial, desde la que se le exigiría a Claremont que devolviera sus galones de villano al Amo del Magnetismo… Pero en estos episodios se hacen patentes las intenciones del escritor.

La mencionada no sería la única fricción que se viviera detrás de las bambalinas, entre el veterano y respetado autor, Claremont, y la nueva atracción de la ciudad, Lee. A la hora de dibujar la historia, éste introduciría algunos cambios en el guión, como por ejemplo la presencia de los Skrull de Guerra, unos villanos que no estaban contemplados en el argumento entregado por Claremont, lo que motivó nuevas protestas del escritor. Bob Harras desoiría las quejas para apoyar a su dibujante y tenía buenas razones para hacerlo: las ventas estaban subiendo como la espuma, los lectores sentían que la colección había recuperado el pulso de sus mejores años, y muchos comparaban el tándem creativo de Claremont-Lee con el de Claremont-Byrne, mitificado en la memoria de los lectores como uno de los mejores de la historia del cómic.

 

Dinosaurios y extraterrestres. Villanos arrepentidos de aspecto regio y espías de lujo. Naves espaciales y praderas interminables. La Patrulla-X volvía a ser “el tebeo que había que leer”.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

MONOGRÁFICO JIM LEE 3. LA LLEGADA DE GAMBITO

Jim Lee se convirtió, de forma oficial, en el dibujante de Uncanny X-Men a partir del #267 (1990). Curiosamente, aquel primer episodio estaba firmado por los Homage Studios, que agruparía a Lee junto al también dibujante Whilce Portaccio, amigo y compañero con el que trabajaría codo a codo durante unos cuantos años, y Scott Williams, su entintador-fetiche.

 

Pero, para entender este episodio, el último de una aventura en tres partes, debemos retroceder hasta más de un año atrás: En el Uncanny X-Men #248 USA (aquel número de relleno con el que Lee había entrado en contacto con la Oficina Mutante), la Diosa de los Elementos encontraba la muerte durante una batalla contra Nanny y Creahuérfanos, dos estrafalarios villanos que Claremont había importada de X-Factor, la cabecera escrita por su buena amiga Louise Simonson.

Meses después, en UXM #253 USA, Ororo volvía de nuevo a la acción, amnésica y transformada en una niña, sin que quedasen claros los motivos de semejante cambio. Y así llegamos a la aventura que nos ocupa, en la que al tiempo que nuestra Ororo pre-adolescente huye del Rey Sombra (un viejo enemigo del Profesor Xavier), tiene lugar el encuentro con Gambito, un carismático ladrón, también mutante, con el que conectaba de inmediato.

Pese a que fueran dos dibujantes menores quienes desarrollaron los dos primeros episodios de la saga (UXM #265 y #266) sería Jim Lee quien la concluyera, en el cómic que mostramos a continuación. No en vano, había sido él quien desarrollara el diseño de Gambito, bajo supervisión de Claremont: “Es un renegado perteneciente a un clan de ladrones de Nueva Orleans. Tiene acento francés y va por la vida rompiendo corazones. Muy carismático, con un estilo parecido al de John Malkovih”, describía el guionista en sus directrices. Lee haría todo eso, pero también añadiría unos cuantos elementos de su cosecha, como la gabardina (“Para que parezca más real”, decía) y sus poderes: la capacidad para cargar objetos con energía (habitualmente cartas de una baraja), que luego arroja contra el enemigo. Un agradable detalle gráfico, que se iluminen los ojos de Gambito en el momento de producirse la carga energética, sería obviado por la mayoría de dibujantes posteriores, pero gozaría de un tratamiento exquisito en manos del coreano.

En aquel ya lejano 1990, Remy Lebeau embelesaría a cuanto individuo se cruzara en las viñetas, pero también a legiones de lectores, que le destacarían en seguida como uno de sus personajes favoritos de la nueva Patrulla-X que todavía se estaba gestando.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

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