EL INCREÍBLE HULK: UN MONSTRUO PARA UNA NUEVA ERA

The Incredible Hulk era, en los años setenta, una de las cabeceras más populares de Marvel, con una tirada media entorno a los trescientos sesenta mil ejemplares. El Goliat Esmeralda se encontraba entre los favoritos de los aficionados, y pronto su fama no haría sino aumentar, puesto que la televisión le haría famoso hasta en el último rincón del planeta. Pese a las críticas que despertaba en una parte del fandom, el dibujante Herb Trimpe había contribuido decisivamente a dar con la imagen característica del Piel Verde. Pero, a finales de 1975, y después de siete largos años, dejó la cabecera. Para sustituirle, el editor y también guionista Len Wein reclutaría a un artista cuyo nombre llegó a identificarse aún más con Hulk: nada menos que Sal Buscema.

Silvio Buscema nació el 26 de noviembre de 1936, en Brooklyn (Nueva York), y aunque nunca alcanzó la fama o el prestigio de su hermano mayor John, sí que se convirtió en uno de los dibujantes más representativos de la Marvel de los setenta y los ochenta, dejando su huella en multitud de series, como Captain America, Marvel Team-Up o Rom. Buscema era un todoterreno, capaz de dibujar varios números completos al mes, lo que hizo de él uno de los autores más prolíficos del momento, aquel profesional al que un editor siempre podía recurrir para cualquier urgencia. Su estilo, sencillo pero efectivo, con una narrativa limpia y ágil, se coló en el subconsciente de la masa lectora, hasta identificarlo por completo con La Casa de las Ideas. Porque los genios como Jim Steranko, Barry Smith o Jim Starlin iban y venían, con ínfulas artísticas, pero Sal Buscema siempre estaba allí, sin creerse ni más ni menos que lo que era: un dibujante de cómics. En The Incredible Hulk permaneció durante toda una década, hasta su marcha en 1985, aunque antes ya había tenido oportunidad de entrar en contacto con el personaje, tanto en diversas apariciones especiales como en Los Defensores, grupo al que pertenecía el Monstruo Gamma y que Buscema venía ilustrando desde su nacimiento. “Hay algo muy satisfactorio en dibujar la rabia y la furia”, confesaba el artista en el libro conmemorativo Sal Buscema: Comics’ Fast & Furious Artist (2010). “Con escasas excepciones, da igual dibujar a un personaje u otro. Siempre es el mismo tipo con ropas ajustadas corriendo de aquí para allá y salvando el mundo un mes tras otro. Hulk era distinto. Cuando descubrí el concepto por primera vez, quedé fascinado. Me encanta dibujar a Hulk, debido a su lenguaje corporal y a su personalidad, que son tan diferentes a la de cualquier otro superhéroe. Así que cuando un editor de Marvel me llamó para preguntarme si quería hacer su serie todos los meses mi respuesta no pudo ser más positiva”. Este texto aborda el comienzo de esa larga etapa, aludiendo en ocasiones a detalles significativos de la historia, por lo que se recomienda postergar su lectura hasta la finalización del tomo, en caso de no conocer los cómics con anterioridad.

 

Ilustración de Hulk realizada por Sal Buscema para el calendario Marvel de 1975. El dibujo acompañaba al mes de diciembre, que coincide con la fecha de portada de su primer número en la colección. ¿Coincidencia? ¡Que no te quepa duda!

 

Buscema se unía a un proyecto que ya estaba en construcción. Len Wein había comenzado a hacer los guiones desde un año atrás, y tenía en marcha algunas importantes tramas que, como era habitual en él, desarrollaba a largo plazo, especialmente las referidas a la Base Cazahulks, hogar no sólo del General “Trueno” Ross, el más persistente rival de Hulk, sino también de la práctica totalidad del elenco de secundarios de la cabecera, como Betty, la que había sido gran amor de Bruce Banner y que ahora estaba casada con el Coronel Glenn Talbot. Sobre éste, Len Wein había construido un larguísima argumento, con innumerables sorpresas y giros argumentales, que cuando llegó Buscema todavía estaba pendiente de solucionar. Talbot se encontraba prisionero de la Unión Soviética y había sido rescatado en números anteriores, pero en estado vegetativo y sin que los médicos supieran cómo sacarlo de esa situación… todo ello conduciría a The Incredible Hulk#200 USA (1976), uno de los primeros episodios incluidos en este tomo. Se trataba de un soberbio homenaje a Viaje alucinante(1966), la película que narraba el viaje al interior de un cuerpo humano de un grupo de científicos, con el fin de salvar la vida de un científico que había quedado en coma. En el cómic, Doc Samson ideaba una técnica similar para despertar a Glenn Talbot, sólo que quien viajaría al interior del militar no sería otro que Hulk, y además bajo unas condiciones verdaderamente particulares.

 

La aventura, a su vez, dio pie al regreso de Jarella, un viejo amor de Hulk, cuya relación intermitente llegaría a su fin en este punto de la historia, con una trágica conclusión que sorprendió a los aficionados en una época en la que la muerte de personajes secundarios, menos aún del interés amoroso del protagonista, era algo que se producía en muy pocas ocasiones. El fandom señaló que las circunstancias heroicas de la despedida de Jarella recordaban poderosamente a las de la muerte del Capitán Stacy, que había tenido lugar en The Amazing Spider-Man #90 USA (1970. Marvel Gold. El Asombroso Spiderman: Por fin desenmascarado). Ni Wein ni Buscema recordaban la saga arácnida en el momento de escribir su historia, o al menos así lo afirmaron ellos. En realidad, el guionista tenía una idea para recuperar a Jarella: dada su condición alienígena, lo que había parecido su muerte era en realidad el comienzo de una metamorfosis, que la llevaría a transformarse en un ser de elevado poder. Sin embargo, el guionista no tuvo la oportunidad de continuar con la historia tal y como la tenia planeada, ya que abandonó la serie antes de hacerlo, y ninguno de sus seguidores volvería sobre el personaje.

 

La muerte de Jarella frente a la del Capitán Stacy. ¿Homenaje, plagio o desmemoria?

 

Un cambio gráfico importante vino dado por la marcha de Joe Staton, el entintador con que había contado Trimpe en su última etapa y que mantuvo Buscema a lo largo de su primer año. Su estilo limpio y contundente servía para dotar a la serie de una imagen muy característica. Le sustituyo Ernie Chan, que dio un aspecto mucho más sucio y realista a los lápices de Buscema, hasta casi ocultar su estilo y aproximarlo al género de la fantasía heroica en el que Chan era un maestro. Con Chan se iniciaba una época en la que Bruce Banner trataba de llevar una vida convencional, rompiendo con la tradición del monstruo nómada: ahora se quedaría de manera continuada en Nueva York, el hogar de buena parte de la comunidad superheroica de Marvel. Eso se traduciría en la búsqueda de un trabajo o de un lugar donde vivir, así como la incorporación de personajes secundarios ajenos al entorno de la base militar. Irrumpieron Jim Wilson, el airado joven cuya vida de delincuente había ayudado a cambiar en el pasado, o April Sommers, una guapa y simpática casera que rompía todos los tópicos y apuntaba maneras como nueva novia del protagonista, pero esto último fue otro de los argumentos que Wein se dejó en el tintero. En ese tiempo, tuvo lugar la primera aparición a color de La Sota de Corazones, un personaje nacido un año atrás en los magazines de la editorial, en concreto en The Deadly Hands Of Kung Fu#22 USA (1976).

 

El debut de Jack, por Bill Mantlo y Keith Pollard.

 

Las circunstancias devolvieron pronto al Piel Verde a su deambular, mientras que Wein preparaba ya su marcha. Su última saga constituyó un verdadero homenaje a la literatura de aventuras. En su curso, Hulk naufragaba en una isla recóndita donde se encontraba con Robinson Crusoe, el personaje de Daniel Dafoe, cuyas andanzas habían sido previamente adaptadas por la editorial. El episodio con su aparición, The Incredible Hulk #219 (1978), cuenta con una de las anécdotas involuntarias más recordadas de la historia de Marvel. El Capitán Barracuda, villano protagonista, miraba a través de un periscopio… ¡con el ojo en que tenía puesto un parche! Por si a alguien le había pasado inadvertida la metedura de pata del dibujante, la propia Marvel se encargó de señalarla, en The Official Marvel No-Prize Book (1982). “Ojalá mi vista fuera tan buena como la del Capitán Barracuda”, decía Stan Lee. “No recuerdo que recibiéramos ninguna carta al respecto”, añadió Stern. “Pero ninguno de los que trabajábamos en el cómic nos dimos cuenta hasta que después de que el cómic estaba impreso. Cuando tuve una copia en mis manos, me di cuenta que algo estaba mal en esa viñeta de Barracuda. Hice la mayor parte de la búsqueda para el No-Prize Book, así que me aseguré de que incluyera ese pequeño error tan embarazoso. Fue un error tonto y pensé que debíamos reconocerlo”.

La legendaria pifia del Capitán Barracuda, el periscopio y su parche.

 

Además de los episodios correspondientes a la serie mensual de Hulk, este volumen también contiene los Annualspublicados durante la época. En concreto, contamos con The Incredible Hulk Annual#5 USA (1976), una aventura para la que Wein contó para desarrollar el guión con Chris Claremont, la joven promesa que le acababa de relevar en los guiones de La Patrulla-X. Suponía un verdadero acontecimiento para los fans veteranos, ya que Hulk se encontraba en el camino de nada menos que seis de las criaturas procedentes de la Era Atlas, nombre que recibió Marvel en los años cincuenta. Y es que, en la época previa a los superhéroes, alienígenas y monstruos poblaban las páginas de los cómics, y muchos se preguntaban qué había sido de ellos. Algunos, como fue sucedió con Xemnu, reaparecerían con frecuencia en futuros cómics, pero el caso más particular de todos es el de Groot, puesto que al cabo de los años acabaría por alzarse como uno de los más carismáticos integrantes de los Guardianes de la Galaxia, así como toda una estrella cinematográfica. Puede que a los que estén familiarizados con la versión moderna de Groot sorprenda que, en las páginas del Annual, tenga un vocabulario mucho más amplio, pero así fue como lo imaginaron originalmente Stan Lee y Jack Kirby, en Tales To Astonish#13 USA (1960. Marvel Gold. Guardianes de la Galaxia: Vidas pasadas). Ante una ocasión tan especial, Kirby fue reclutado para realizar la cubierta del cómic, que tuvo correcciones de John Romita. El siguiente Annual, apelaba de igual manera a la nostalgia, ya que suponía el regreso del grupo de científicos que dieron vida al ser más tarde conocido como Adam Warlock. Decían haber aprendido de sus errores pasados. Por supuesto, cometerían otros nuevos.El debut de Groot en Tales To Astonish #13 USA (1960), antes de que existiera un Universo Marvel propiamente dicho.

 

El tomo concluye con la irrupción del guionista que sustituyó a Len Wein, nada menos que Roger Stern, el que luego sería uno de los más significativos autores de los años ochenta, que comenzaría a despuntar en The Incredible Hulk, donde llevó a cabo una de las mejores épocas de su historia, algo que podrás comprobar en nuestro próximo volumen. Stern era por aquel entonces un joven editor que había escrito las aventuras de los Guardianes de la Galaxia en Marvel Presents y que colaboró con Wein en The Mighty Thor Annual #6 (1977). Cuando éste tuvo problemas para cumplir las fechas de entrega del Piel Verde, llamó nuevamente a Stern para que le echara una mano. El primer episodio en el que trabajaron juntos fue The Incredible Hulk#218 USA (1977), un cómic en que la presencia del monstruo era meramente anecdótica, siendo Doc Samson quien llevaba la voz cantante. Originalmente, debía haber sido publicado en alguna colección antológica, como Marvel Spotlighto Marvel Premiere, pero las urgencias obligaron a incorporarlo aquí. Wein todavía participó de los guiones de la saga de Robinson Crusoe y el Capitán Barracuda, así como en un relato autoconclusivo también pensado para ver la luz al margen, The Incredible Hulk #222 USA (1978). Representó su último contacto con el Piel Verde. “Después de cuatro años, parecía que había llegado el momento de marcharme”, dijo al respecto. Para Hulk, empezaba una prometedora época.

 

Textos aparecidos originalmente en Marvel Héroes. El Increíble Hulk: Un monstruo entre nosotros.

EL VIEJO LOGAN: EN LA CARRETERA

Cada cómic que se publica es hijo de su tiempo, de las circunstancias en las que ha sido concebido. Tal principio alcanza con el Universo Marvel su máxima expresión. A lo largo de sus muchas décadas de existencia, la Casa de las Ideas ha reflejado las épocas por las que ha pasado, con una obvia referencia a Estados Unidos, ya que es allí donde se producen sus historias, pero que por afinidad cultural puede llegar a trasladarse hasta nosotros. Si los cómics que alumbran el nacimiento de Los 4 Fantásticos o Los Vengadores están impregnados del optimismo y la ilusión de los sesenta, esa situación cambia en la década siguiente, presidida por el despertar a la dura realidad que trajo la guerra de Vietnam o el Escándalo Watergate, que acabó con la carrera política del presidente republicano Richard Nixon. Como respuesta a la amargura que envolvió a la sociedad en aquel entonces, los cómics se poblaron de personajes siniestros, vigilantes que disparaban a matar y seres terroríficos surgidos de las peores pesadillas. Había llegado el tiempo de Punisher, del Motorista Fantasma o del Hombre-Cosa. Pero, sobre todo, había llegado el tiempo de Lobezno.

El que habría de convertirse en el personaje más popular de esos treinta años llegó al mundo sin demasiadas pretensiones. El guionista Len Wein lo concibió como un fiero rival para Hulk. Lobezno sería un veinteañero respondón sin demasiado respeto por sus mayores, equipado con unos guantes de los que surgían unas garras de metal irrompible; John Romita, director artístico de la compañía en aquel entonces, se encargó de diseñar su aspecto, con un traje plagado de elementos felinos; Herb Trimpe le dibujaría en su primera aparición, una aventura publicada en Incredible Hulk #180 y 181 (1974), en la que Lobezno se enfrentaba contra el Piel Verde y El Wendigo, un terrible monstruo de leyenda.

 

Tras el debut, Wein se animaría a recuperarle en la renacida Patrulla-X, un concepto que se presentó un año más tarde y por el que los adolescentes que hasta entonces habían formado parte del grupo serían sustituidos por un puñado de nuevos héroes, cada uno de ellos con una nacionalidad diferente. Lobezno venía de Canadá, y era el tipo duro. Fue determinante que Wein se marchara poco después de aquella aventura, para dar paso a un joven de 25 años llamado Chris Claremont, quien comenzó a añadir elementos a un personaje cuyo background permanecía pendiente de rellenar. Fue Claremont quien decidió que Lobezno fuera, en realidad, un tipo que, aunque hubiera superado ampliamente los treinta, se mantenía en una edad indeterminada, a causa de un factor curativo que, a la par que curaba sus heridas, ralentizaba su envejecimiento. Se estableció también que su verdadero nombre era Logan, sin precisar nunca un apellido, y que las garras nacían de sus antebrazos y formaban parte del cuerpo. Alguien las había puesto ahí, pero, ¿quién? Los misterios enseguida comenzaron a circundar al más violento de los integrantes de La Patrulla-X, quien pronto se descubrió como un tipo verdaderamente amenazador, el único de los héroes mutantes que se dejaba arrastrar por su rabia hasta el punto de matar a sus enemigos.

 

La atención hacia Lobezno se incrementó todavía más con la irrupción de John Byrne, dibujante que compartiría tareas de argumento con Claremont, y que se sentía especialmente afín hacia Logan, canadiense como él. Byrne estableció la especial afinidad del personaje hacia Japón. Allí había pasado largo tiempo, e incluso aprendió el idioma… Aunque nunca explicara las circunstancias, porque nadie había preguntado. Así era el Lobezno de los primeros tiempos: un misterio en cada viñeta esperando a ser respondido. Y las respuestas tardarían mucho en llegar, ya que Claremont se negaba a darlas, pues así mantenía la intriga alrededor del que pronto empezó a ser el mutante más deseado por los lectores.

 

En 1982, aparecería la primera gran historia en solitario de Logan, recopilada luego bajo el título de Lobezno: Honor, y en la que Claremont, junto a Frank Miller, exploraba los lazos del personaje con el País del Sol Naciente. Finalmente, Marvel concedió a los lectores algo por lo que pasaron años suspirando: en 1988 Lobezno obtuvo colección mensual. Para entonces ya rivalizaba con Spiderman por el favor de los aficionados, que lo habían elevado a categoría de icono. Agotado el siglo XX, Lobezno era el único de los personajes nacido después de los años sesenta que había logrado cautivar a nuevas generaciones. Alrededor de él, además de las aventuras que protagonizaba con La Patrulla-X o su colección mensual, empezaron a surgir toda clase de especiales y apariciones en otros títulos de la factoría. Incluso La Casa de las Ideas se atrevió finalmente a contar todos y cada uno de los detalles que comprendían su vida: el misterio se había esfumado, pero no así la popularidad, que siguió creciendo y alcanzó a las grandes masas cuando Lobezno se situó como la clave del éxito de las películas de X-Men.

 

En la actualidad, el mutante de las garras de Adamántium ha trascendido los tebeos en los que nació; es una franquicia, un héroe de cine y dibujos animados, un muñeco articulado y el protagonista de centenares de historias. Es un personaje reconocido por cualquier persona, no sólo por los pocos que leen cómics. Pero, por encima de cualquier otra consideración, Lobezno es el perfecto vehículo para contar un determinado tipo de historias: las que protagoniza el anti-héroe prototípico de estas últimas décadas: Es el justiciero de la carretera, un tipo duro pero honesto, al que no le tiembla el pulso cuando tiene que eliminar a sus enemigos, pero que también atesora bondad, honor y piedad; es un alma torturada por los errores de un pasado que siempre vuelve para perseguirlo; es alguien que, aunque encuentre la compañía de otros, siempre se sentirá solo. Todo eso lo comparte con esos anti-héroes que, de John McClane a Harry Callahan, han cincelado el cine durante una época de descreimiento.

 

La que quizás sea la más transcendental saga vivida por Lobezno en la primera década del siglo XXI vino de manos de Mark Millar, un hombre capaz de poner en marcha y ejecutar proyectos de colosales envergaduras, gobernados por tramas más-grandes-que-la-vida, con personajes paradigmáticos llevados a sus extremos y con una narrativa cinematográfica, a camino entre el espectáculo explosivo de Michael Bay y la hilaridad sangrienta de Quentin Tarantino, siempre ejecutada por dibujantes de primerísimo orden. Millar parte siempre de un concepto sencillo, minimalista, y a la par poderoso y exuberante, que en muchas ocasiones no sirven sino para responder a las preguntas que siempre se han hecho los grandes aficionados al cómic, como él mismo. Por ejemplo, ¿qué pasaría si los héroes se enfrentaran entre ellos en una guerra en la que unos optan por la seguridad y otros por la libertad? Así nació Civil War, el mayor acontecimiento Marvel de los últimos treinta años. ¿Y si todos los grandes enemigos de Spiderman se confabularan para perseguirle? Fue el comienzo de doce trepidantes episodios protagonizados por el trepamuros. ¿Qué sucede cuando, en nuestro propio mundo convencional, un chaval como otro cualquiera trata de convertirse en superhéroe? Ése fue el origen de Kick-Ass, un tebeo que ya es, también, película. Porque Millar busca siempre la manera de convertir sus obras en franquicias que se reproduzcan más allá de las viñetas. Y de momento lo está consiguiendo.

 

Para acometer Lobezno: El viejo Logan, la pregunta que se hizo Mark Millar fue tan simple como, ¿qué será de él dentro de cincuenta años? El proceso retardado de envejecimiento del que se beneficia Logan puede llegar a calificarse de maldición, puesto que le condena a contemplar la muerte de todos sus seres queridos, mientras él tiene que seguir adelante. El futuro que plantea esta historia no es agradable. Es un futuro en que los villanos vencieron, largo tiempo atrás, la eterna batalla entre el bien y el mal, y ahora controlan el mundo.

 

Los ecos de Will Munny, el personaje que encarnara Clint Eastwood en ese inolvidable western crepuscular que es Sin Perdón, encuentran resonancia en estas páginas. Algo del pasado de Munny le obligó a enfundar las pistolas para siempre, a alejarse de una vida de violencia a la que aspira a no volver nunca más. Logan ha seguido un camino paralelo en esta historia: cuando comienza la acción, lleva cincuenta años sin sacar las garras, nadie sabe muy bien por qué. Ha formado una familia que nada tiene que ver con sus aventuras de los tiempos de La Patrulla-X, y se ha establecido en un lugar en medio de ninguna parte, alejado de cualquiera de sus vidas pasadas.

 

Es entonces cuando ocurre algo anecdótico, casi sin importancia, que obliga al protagonista a emprender un largo viaje por la América conquistada por los villanos. Se plantea ante los lectores una auténtica road movie, un Mad Max del Universo Marvel en el que Logan, y con él los aficionados, recorre un mundo sin piedad en el que todavía existen las huellas de una época mejor que ahora sólo es un recuerdo para unos pocos ancianos. Millar apoya su devastadora visión de los grandes mitos de La Casa de las Ideas sobre el arte de Steve McNiven, quien ya estuviera junto a él en Civil War, y que aquí se adapta al realismo descarnado, a la par que épico, que requiere la historia.

 

Aquí tienes, por tanto, una aventura del mutante de las garras de Adamántium como nunca se ha visto antes: una epopeya en la que Lobezno fue derrotado, junto a todos sus amigos, en una noche siniestra. Tuvo la mala suerte de sobrevivir, y ahora sólo queda un viejo llamado Logan que, antes de reencontrarse con sus compañeros muertos, tiene todavía por delante una larga y tortuosa misión, llena de peligros, en la que contemplará esperanzas frustradas y sueños pervertidos. Al final de la carretera, le aguarda su verdadero destino.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Lobezno: El Viejo Logan