SPIDER-MAN: LA HISTORIA GRÁFICA, PARTE 21: LA VERDADERA HISTORIA DE LA SAGA DE LAS DROGAS

Los cómics de la época, con el Code por medio, jamás mostrarían a la pareja en la cama o yendo más allá de los besos pasionales, ni a Stan Lee se le pasó siquiera por la cabeza hacerlo, sabedor de que buena parte de su audiencia seguía estando formada por niños, pero el aficionado inteligente podría sacar sus propias conclusiones (p. 125).

 

la Oficina de Salud, Educación y Bienestar de Washington, una agencia del gobierno estadounidense, quería que, dada la popularidad entre los más jóvenes de las publicaciones de La Casa de las Ideas, Stan Lee escribiera una historia sobre el peligro de las drogas (p. 125).

 

“Estábamos encantados de poder ayudar”, confesó. “Intercalé el tema en un argumento más amplio sin incluir ningún tipo de sermón. Los niños no escuchan si descubren que tratas de sermonearles. Yo sabía que, si intentaba aleccionar, podía causar el efecto contrario al buscado” (p. 125).

 

El rostro desencajado de la víctima, su cuerpo retorcido, sus dudas, sus miedos… Gil Kane reflejó todo eso en la escena. Nadie que la leyera podía pensar que aquello que hubiera tomado el joven era remotamente recomendable (p. 126).

 

El guionista también sometía a la adicción a uno de los secundarios. El elegido obvio fue Harry, el compañero de piso de Peter y pobre niño rico, hijo de Norman Osborn. Retroactivamente, se desvelaba su dependencia de las pastillas (p. 126).

 

El Comics Code se negó a aprobar la trama. Sus estatutos marcaban que en ningún caso los cómics podían aludir directa o indirectamente a la droga. Stan lee insistió, pero cualquier cosa que les dijera, se daba contra un muro: “¡No puedes mencionar las drogas!”, repetían una y otra vez. “No podía entenderles”, recuerda Stan (p. 126).

 

“Me acerqué a Martin Goodman. Sabía que podía meterme en problemas, porque Martin podía haberse enfadado porque yo hubiera escrito algo que no quería aprobar el Code. Pero le dije: ‘Martin, ésta es la historia… éste es el motivo por el que la he hecho… Me gustaría publicarla sin el sello de aprobación del Code’. Y él dijo: ‘¡Absolutamente, Stan! ¡Adelante con ello!’” (p. 127).

Hubo gente que acusó a Stan Lee de hacer atractivas las drogas, por el mero hecho de incluirlas en un contenido de entretenimiento. Niños que jamás habían pensado en ellas, ahora lo hacían por primera vez. Para Stan, nada podía ser más inexacto (p. 128).

Textos procedentes de Spider-Man: La historia jamás contada

SPIDER-MAN: LA HISTORIA GRÁFICA, PARTE 20: LA REINVENCIÓN DE LA VIUDA NEGRA

“Un día, le dije a Stan que me gustaría hacer una serie de Miss Fury. Al cabo de unos días me comentó: ‘No sé, no creo que a nadie le interese lo más mínimo. He hablado con unas cuantas personas y no han mostrado demasiado entusiasmo’. Pero también dijo: ‘Sabes, me encanta el traje, ¿por qué no se lo damos a La Viuda Negra?’. Así que cuando hice esa historia de La Viuda Negra en que aparecía como estrella invitada en Amazing, le cambié el traje” (p 120).

 

Romita recibió la llamada de Kirby: quería que se fuera con él a DC, que le ayudara a crear toda una nueva línea de cómics, tal y como había hecho Stan Lee en Marvel. Él seguiría dibujando, pero sobre todo escribiría, y sería Romita quien dibujara sus guiones. Juntos podrían lograr lo imposible: superar a La Casa de las Ideas. El dibujante de Amazing dudó por un momento y consultó con su mujer. A Virginia Romita no le gustó la idea (p 121).

 

Los lectores encontraron su nombre asociado al cargo de Artista Emérito, un término cuyo significado ni siquiera el propio Romita llegaba a entender. En todo caso, el dibujante siguió haciendo lo que llamaba “control de calidad”, de manera que ayudaba a Kane a elaborar las historias y le entintaba, porque su estilo era demasiado diferente al que había tenido hasta entonces la serie (p 122).

 

Aunque Romita había introducido tímidamente algunos cambios que se habían producido en las modas conforme pasaban los años, Peter seguía bajo su lápiz con sus camisas bien planchadas y acudiendo en bastantes ocasiones a la corbata. Kane se atrevió a vestirlo con chaquetas con flecos, pañuelos al cuello, chalecos, collares llamativos, camisas abiertas… (p 123).

 

Había una tercera mano, la de Tony Mortellaro, que contribuyó a liberar aún más la agenda de Romita, de manera que se ocupaba exclusivamente de entintar los fondos. Entró por recomendación de Mike Esposito y Romita le pagaba de su propio bolsillo, porque le compensaba con creces el tiempo que conseguía ahorrar con su apoyo (p 123).

 

En una agradecida licencia gráfica, el Octopus de Kane alargó sus brazos mecánicos bastante más de los oficiales ocho metros, lo que dio lugar a algunas imágenes de verdadero impacto (p 124).

 

“Creo que fue una buena idea matarlo”, dice John Romita al respecto. “Que antes de morir revelara que sabía la verdad sobre Peter me pareció un movimiento muy, muy bueno. Me encantaba el personaje, pero era buena idea matarlo para conseguir algo impactante” (p 124).

 

“Amigo, puede que tú sepas o sientas que Spidey no fue responsable de la muerte del Capitán Stacy”, decía Stan Lee en el correo de los lectores, unos pocos números más tarde, “pero ¿quién de nosotros se lo dirá al atormentado Peter Parker?” (p 124).

 

Textos procedentes de Spider-Man: La historia jamás contada

LA GRAN EVASIÓN DE TODD McFARLANE

Este volumen contiene las dos últimas historias que realizaría Todd McFarlane con Spiderman como protagonista, que se publicaron en la segunda mitad de 1991. El planteamiento inicial de que la serie fuera una sucesión de arcos argumentales independientes de una duración de cinco episodios quedó definitivamente abortada. Sólo con dos de ellos McFarlane había conseguido alcanzar una longitud tan larga. Su abrupta salida demostraría que toda la libertad que le había concedido Marvel para disponer a su antojo del personaje insignia de la editorial no era suficiente para colmar sus ambiciones. Bien al contrario, La Casa de las Ideas había alimentado una bestia que se volvería en su contra. McFarlane y sus coetáneos estaban a punto de orquestar una revolución que, para bien y sobre todo en los primeros años para mal, cambiaría el escenario y las reglas del cómic.

La primera de esas dos últimas historias del canadiense repetía al milímetro los esquemas que ya había utilizado con El Lagarto o con El Duende: villano clásico del trepamuros completamente alterado para que pase por un ser monstruoso y encaje en una historia macabra, pretendidamente adulta y muy sencilla. El enemigo arácnido elegido para la ocasión al menos sí caía en el ámbito de las criaturas de la noche. Se trataba de Morbius, un invento de Roy Thomas y Gil Kane cuya primera aparición se había producido en el mítico The Amazing Spider-Man #101 USA (1971. Marvel Gold. El Asombroso Spiderman: ¿La araña o el hombre?). En aquel entonces, la censura previa del llamado Comics Code era muy estricta e impedía la utilización de auténticos vampiros en todas las publicaciones que llevaran el ominoso sello. Como consecuencia de ello, Thomas no podía enfrentar al trepamuros con el legendario Drácula, motivo por el que creó a Morbius, un vampiro que debía su mal a causas científicas, en lugar de sobrenaturales. Tiempo después se flexibilizaría el Code, lo que posibilitó que el propio Drácula se convirtiera en un personaje de Marvel con colección propia, la primera protagonizada por un villano. Mientras tanto, Morbius se asentaría como uno de los villanos de Spiderman, con ocasionales apariciones en sus series así como aventuras en solitario que se publicarían a mediados de los setenta, primero en Vampire Tales, un magazine en blanco y negro orientado a lectores adultos, y luego en la más convencional Adventure Into Fear.

 

En el momento en que McFarlane se acordó de él, Morbius era un personaje bastante olvidado, quizás porque muchos pensaba que su tiempo había quedado atrás. El artista lo retomaba para devolverle a sus orígenes góticos y terroríficos, un monarca de las alcantarillas que protege el territorio en el que habita en compañía de seres que parecen haberse escapado de una de las películas de zombies de George A. Romero, pero que acaban por asumir el papel del monstruo inocente y perseguido por la sociedad que enseñara Tod Browning en Freaks (1932), aunque quizás las semejanzas sean más fruto de la casualidad que de la escasa cinefilia de McFarlane. Los dos episodios en que se saldaba la historia no daban para mucho más, aunque el dibujante introdujo dos elementos cuanto menos curiosos. El primero era el traje negro de Spiderman, que el héroe recupera para bajar a las cloacas. McFarlane ya había tenido oportunidad de dibujarlo, unos años atrás, cuando todavía era un prometedor desconocido que se había hecho con el dibujo de la colección principal del Hombre Araña. A petición suya, el guionista David Michelinie lo sustituiría por el traje clásico, al final de The Amazing Spider-Man #300 USA (1988). En aquel entonces, el cambio había motivado un aplaudido pero sencillo truco de McFarlane con el que la base del dibujo de una portada le serviría para completar otra. Así, el lector descubriría un mes más tarde que la portada de la colección mostraba al trepamuros en la misma pose que ya había visto treinta días antes, con la salvedad de que el traje era diferente. El truco causó aplausos, por lo que el canadiense lo repetiría de nuevo para la ocasión. De esta forma, la cubierta de Spider-Man #13 USA (1991) volvía a mostrar al héroe en la misma postura que presentaba en el primer número de la serie, aunque con el traje negro. El editor Jim Salicrup hizo que la semejanzas se acentuaran hasta las últimas consecuencias, al repetir los grafismos que hubiera utilizado para aquella portada, que un año más tarde ya había alcanzado la categoría de mítica entre la legión de fans de McFarlane. Otro elemento pasaría mucho más inadvertido, porque todavía no debía llamar la atención de nadie. Se trataba de uno de los personajes secundarios de la historia, el sangriento psicópata llamado Keever, que serviría como modelo para Violator, futuro personaje al que McFarlane enfrentaría con su más ambiciosa creación, pero nos estamos adelantando a los acontecimientos…

Tras la aventura de Morbius, el dibujante acometería su último episodio para la serie, para Spiderman y para Marvel, que en realidad era un crossover con otra cabecera, el X-Force de Rob Liefeld. Éste era un autor de estilo opuesto al de McFarlane, pero con el que compartía importantes rasgos. El salto a la fama de Liefeld había sido equiparablemente meteórico. Tras apenas unos meses como dibujante de The New Mutants, una de las colecciones mejor asentadas de la factoría, el editor Bob Harras se había plegado con entusiasmo a todas y cada una de sus exigencias. Louise Simonson, la hasta entonces guionista de The New Mutants, había abandonado el barco, después de que Harras ignorara los ruegos de la que llevaba toda una vida en Marvel y plegara armas ante Liefeld. Éste había visto el éxito alcanzado con McFarlane una vez tenía las manos libres y exigió un trato similar. En respuesta, The New Mutants fue cancelada para renacer como X-Force, con los otrora bebés-X transformados en un ejército capitaneado por el violento y misterioso Cable y con Liefeld como autor completo, con múltiples portadas y ventas millonarias especulativas más allá de todo raciocinio, si bien el dibujante había hecho una concesión a la modestia al solicitar que un guionista de verdad, Fabian Nicieza, le escribiera los diálogos y le ayudara a componer la trama.

 

Liefeld podía estar entregado al militarismo y los dientes apretados y McFarlane a los callejones oscuros, pero ambos tenían ese espíritu de “somos los mejores” y “la empresa debe hacer lo que nosotros digamos” y encajaban como piezas de un puzzle que no tardaría en completarse con sus contemporáneos Jim Lee, Marc Silvestri, Jim Valentino y Erik Larsen. Pero antes de conspirar en comunión, McFarlane y Liefeld ofrecerían su crossover entre Spider-Man y X-Force, un experimento para el que recurrirían a Juggernaut, villano mutante que se había cruzado en algunas memorables ocasiones con Spidey, y a una orquestación apaisada de las viñetas, porque respondía a la espectacularidad a la que ambos estaban rendidos. Mientras que Liefeld se encargaba de la conclusión, McFarlane escribió y dibujó la primera parte de la historia, despidiéndose de sus lectores en una página que terminaba en “continuará”. El motivo final de la ruptura estaba en un redibujo que le había exigido Tom DeFalco. El director editorial estimaba que una viñeta en la que Estrella Rota ensartaba su espada en el ojo de Juggernaut era demasiado violenta para la audiencia de Marvel. McFarlane, que ya no contaba con el respaldo de Jim Salicrup al haber sido sustituido ese mismo mes por un nuevo editor, Danny Fingeroth, tuvo que cambiarla, pero juró que aquello sería lo último que hiciera para Marvel. Y lo cumplió.

 

Original sin censurar y página censurada publicada de Spider-Man #16 USA

 

De puertas para afuera, el artista justificaba su salida en que necesitaba un tiempo de descanso que dedicar a la familia. En realidad, junto a Liefeld, Lee y el resto de los antes mencionados, estaba planeando la huída de Marvel y la fundación de Image, un nuevo proyecto editorial en el que los autores no sólo tendrían control total sobre los cómics que escribían, sino también sobre aquello que les había empezado a preocupar, el merchandising, los derechos cinematográficos y, en definitiva, todo lo que daba dinero en cantidades astronómicas. En Image, McFarlane crearía Spawn, con el que desarrollaría el mismo tipo de historias oscuras y grotescas que había hecho en Spider-Man, pero sin la molesta presencia del trepamuros y con un personaje de su propiedad. Lo que nunca logró es que Spawn permaneciera en el tiempo, más allá de gozar de una buena década, con ventas destacadas, serie animada y película de bajo presupuesto. Con el paso del tiempo, se quedaría como uno de los símbolos de lo que habían sido los noventa, etiqueta que también le colgarían al propio McFarlane, pero ni el artista ni su engendro tendrían la fuerza suficiente para mantenerse en lo más alto, de manera que con el cambio de siglo serían olvidados.

 

Spiderman, por su parte, permanecería para siempre.

 

 

Artículo aparecido originalmente en Spider-Man nº 3: Máscaras

LA MARCA DEL DESTINO

Sorprende que la vida de uno de los personajes Marvel que más se prestan al humor esté tan salpicada por la tragedia. Es uno de los elementos que articulan la grandeza y complejidad de Spiderman, cuya existencia, desde su nacimiento, va de la mano, y encuentra sentido, en la muerte de un ser querido. El tío Ben fue asesinado por la inacción del imprudente Peter Parker, que pudo haber detenido al ladrón que luego perpetraría el crimen, pero no lo hizo. Lección moral, casualidad aparentemente simple, pero que encierra la fatalidad del destino: un destino al que el Hombre Araña, a partir de entonces, nunca ha conseguido escapar.

De manera periódica, la parca volvería a cebarse con diversos integrantes del elenco de personajes que aparecían en las aventuras de Spiderman, siempre envueltos tanto en las andanzas del trepamuros como en las de su alter ego. En Amazing Spider-Man #10 (1964), Bennet Brant, el hermano de Betty, la entonces novia del joven héroe, moría en el marco de una batalla entre el trepamuros y los delincuentes con quienes Bennet tenía cuentas por saldar. La ocasión se repetiría unos pocos años más tarde, con Frederick Foswell, periodista del Daily Bugle y criminal arrepentido, que fallecía en un fuego abierto contra Spidey por los subalternos de Kingpin, el Rey del Crimen de Nueva York (Amazing Spider-Man #52. 1967).

 

Pero las aventuras del lanzarredes están presididas por el contrapeso y el equilibrio de elementos. Las muchas meteduras de pata del protagonista, la mala suerte que le persigue allá donde se dirige, los conflictos, en definitiva, que inundan su vida privada al chocar con su vida de superhéroe, se contrarrestan gracias a otras circunstancias de cariz positivo y enriquecedor. El Peter Parker al que las chicas rechazaban en su adolescencia encuentra, llegada la edad adulta, al gran amor de su vida, una belleza cargada de dulzura y comprensión llamada Gwen Stacy. A su vez, el Peter Parker que había perdido a una figura paterna con la muerte de tío Ben haya un cierto equivalente en el veterano capitán de policía George Stacy, padre de Gwen y el único dentro de los adultos que aparecen en la serie que confía en la condición heroica de Spiderman.

 

Aunque Gwen ya había aparecido en la recta final de la etapa dibujada por Steve Ditko, el creador gráfico del personaje, sería tras su sustitución por John Romita cuando ella adquiriría un papel preponderante, momento en que su progenitor también se sumaría a los secundarios. De una época dominada por lo extraño y por una alegoría del aislamiento del adolescente, las aventuras de Spiderman pasarían a convertirse en una suerte de comedia romántica, en la que el peso recaía sobre las posibilidades amorosas que se presentaban ante un protagonista que debía elegir entre la ardiente y dispuesta Mary Jane, estupenda vecinita de al lado con la que cualquier mortal le hubiera gustado acostarse, y la encantadora y angelical Gwen, la novia que todos los jóvenes que leían las aventuras del lanzarredes hubieran querido tener, y por la que finalmente acabaría decidiéndose Peter.

 

¿Llegaba entonces la plenitud para el atormentado superhéroe? No, nunca llega, porque toda serie necesita de conflictos para seguir adelante, y la de Spiderman los concentra en cuanto sucede alrededor del hombre bajo la máscara. El noviazgo con Gwen estaría impregnado de ellos: de escapadas de Peter en momentos de peligro en que debía dar paso a Spiderman, pero que le dejaban como un cobarde ante su amada; de circunstancias comprometidas para las que no podía dar ninguna explicación sin revelar su identidad secreta. Y mientras tanto, ahí estaba el capitán Stacy, ya retirado, demasiado inteligente para estarse quieto, que llenaba su tiempo libre con deducciones acerca de quién era Spiderman y por qué se comportaba como lo hacía. Stacy era, junto con Robbie Robertson, el amable redactor jefe del Daily Bugle, un hombre bueno en un mundo lleno de oportunistas en quien no se puede confiar. Era un héroe esperando a mostrarse como tal, y esa oportunidad le llegaría, en la primera de las aventuras recogidas en este volumen, aquella que, una vez más, y con mayor intensidad que nunca antes, tiñó de negro la trayectoria de Spiderman.

 

La vida sigue en ausencia de los que no están, y los lazos establecidos entre los que han de continuar adelante se hacen más fuertes, si cabe. Fue lo que ocurrió entre Peter y Gwen, cuya relación se volvía más seria, más estable, más abocada a donde acababan todas las relaciones en una época en la que no había, al menos no en los cómics, alternativas. Ella se había convertido en la novia eterna del héroe, y de ahí al matrimonio sólo había un paso. Pero tal alteración en el escenario del Hombre Araña hubiera certificado, en cierta forma, su final. Sus aventuras tratan, en cierta forma, de un chaval al que el destino ha señalado con el dedo, que no puede llevar el tipo de vida que llevaría cualquier otra persona, porque cualquier intento de hacerlo siempre choca con la responsabilidad que supone ser Spiderman.

 

Stan Lee había cumplido las cien entregas publicadas como guionista del trepamuros, para ceder el testigo a un joven llamado Gerry Conway, que con apenas diecinueve años conectaba con el personaje mejor todavía de lo que lo hubiera hecho su creador. Conway comprendió que Peter Parker estaba en la encrucijada. Podría casarse con Gwen Stacy, pero tal opción le empujaba a un callejón sin salida. Había otra opción, a la que nadie se atrevía, pero que había sido propuesta por John Romita, que ya no dibujaba las aventuras arácnidas, ahora en manos del virtuoso Gil Kane, pero que seguía presente en la toma de decisiones, desde el cargo de Director Artístico de Marvel.

 

Y entonces, dieron un paso hacia delante, y decidieron romper las reglas del juego. La decisión fue tomada, a iniciativa de Romita, con la aquiescencia de Roy Thomas, segundo al mando de la editorial, y la aceptación de Stan Lee, al que se le presentó la idea con suficiente convicción. Conway y Kane serían los responsables de llevarla a cabo, en Amazing Spider-Man #122 y 123 (1973), y consiguieron producir un relato irrepetible, que señaló el fin de una época y marcó para siempre a cuantos la leyeron. Porque el héroe siempre está ahí para rescatar a su novia. Porque Superman nunca deja caer a Lois Lane… Pero Superman no es un personaje Marvel, y Marvel es el lugar donde ocurren las cosas que no suceden en ninguna otra parte.

 

Los ecos de aquella historia todavía resuenan en la actualidad, y muchos elementos se han venido a sumar a los hechos narrados entonces. También a los que supusieron la despedida del Capitán Stacy. De todos ellos destaca, en especial, una miniserie acometida por el guionista y dibujante Lee Weeks en el año 2000, en la que se profundizaba en las consecuencias de lo ocurrido, completando el relato, aumentando aún más si cabe el insondable pozo de oscuridad.

 

Ambos relatos originales, así como Muerte y destino, la mencionada historia posterior, componen este volumen de Marvel Héroes. Son las aventuras que terminaron de definir al Hombre Araña, aquellas sobre las que siempre se vuelve, porque, después de ellas, nada puede ser más demoledor ni terrible. Son también las historias que cerraron las ventanas de la inocencia y abrieron la puerta de la oscuridad en el cómic de superhéroes. Nada volvió a ser igual. Ni para Spiderman, ni para el mundo de las viñetas, pero tampoco sus seguidores.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Spiderman: La muerte de los Stacy

Spider-Man Bajo la Máscara: 70. Noticias de cine, tomo de Spider-Man 2099 y La Trilogía de las Drogas.

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Numero redondo del Podcast de Bajo la Máscara, donde hablamos de la elección del director y el actor que encarnará a Spider-Man en la nueva entrega cinematográfica.

Reseñamos el tomo de Spider-Man 2099 de reciente aparición.

Y para finalizar una Gran Saga del trepamuros. La denominada “Trilogía de las Drogas“.

*Para escuchar/ descargar este Podcast basta con pinchar en la imagen que abre este artículo.

**También disponible en ITUNES.

Carta para Norman Osborn

Norman, no te van a gustar estas palabras, pero te escribo porque quiero saber.  Quiero saber ¿por qué? ¿Por qué has convertido tu vida en un torbellino de locura? ¿por qué has convertido la vida de los demás en un desierto de pena y soledad ? Como todos,  te tengo miedo, pero eso no me impide enviarte esta carta…

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