EL INMORTAL PUÑO DE HIERRO: LA REVIGORIZACIÓN DE UNA LEYENDA

Puño de Hierro, personaje que alcanzó sus mayores éxitos en los años setenta, cuando la tendencia fagocitadora de Marvel se aproximó al género de las artes marciales, no había vuelto a gozar desde entonces de la atención de la editorial o del favor del público de manera equivalente. Pero la ola revitalizadora de la primera década del siglo XXI, por la que se estaba rehabilitando a héroes como Luke Cage o la original Spiderwoman, motivó una puesta al día de ambiciosos objetivos, la que procuraron, a partir de 2006, Ed Brubaker, Matt Fraction y David Aja bajo el título de The Immortal Iron Fist.

 

Fue el mejor año de la edad moderna de Marvel. En 2006, La Casa de las Ideas lanzó “Civil War”, el más ambicioso evento que hubiera producido nunca y el que hizo que todas las miradas se volvieran hacia ella. Pero tal era la potencia del proyecto comandado por Joe Quesada y Dan Buckley, Director Editorial y Publisher, respectivamente, que otras propuestas con menor empaque mediático atesoraban un carisma y una fuerza equivalente. Mientras tenía lugar la Guerra Civil Superheroica, se publicó también “Aniquilación” o “Planeta Hulk”, sagas que alcanzarían un grado supremo de iconicidad, y arrancaban series como The Immortal Iron Fist, que habría de señalar el camino para los héroes secundarios durante los años siguientes.

 

El papel de Puño de Hierro en aquel entonces no podía ser más accesorio. En Marvel querían que Daredevil estuviera de alguna manera presente en el desarrollo de “Civil War”, pero el Hombre sin Miedo se encontraba inmerso en la historia-río planeada por Brian Michael Bendis, con Alex Maleev al dibujo, con el descubrimiento de su identidad secreta como punto de partida. No era factible extraerlo de aquel maremágnum para dejarlo caer en otro conflicto, por lo que en la editorial parchearon con una solución improvisada: Danny Rand, el hombre tras la máscara de Puño de Hierro, asumió su identidad durante la saga, para, una vez finalizada, volver a vestir su traje tradicional, como señal de la llegada de una nueva serie.

 

“Civil War” dio una plataforma formidable desde la que lanzar el proyecto de The Immortal Iron Fist. El editor Warren Simons acudió a uno de los escritores de Marvel que, en los últimos años, había alcanzado la categoría de leyenda. Ed Brubaker (2966, Maryland), que venía del cómic independiente o del policiaco noir de DC Comics, estaba acometiendo la mejor etapa que hubiera tenido el Capitán América en décadas. Gustaba Brubaker de explorar géneros vetustos, para darles un barniz de modernidad y una apariencia de trascendencia que no llegaban a tapar la inmensa épica y diversión que procuraba inyectar a sus guiones por encima de cualquier otra cosa. Y el de las artes marciales probablemente era el más olvidado de todos esos géneros, en cuanto a los superhéroes se refiere. El furor amarillo de los setenta no había vuelto a conocer días equivalentes, si bien en aquel arranque del siglo XXI alimentaba un cierto interés, a través de obras cinematográficas que tomaban algunos de sus aspectos y los popularizaban entre el público masivo, como fueron los casos de The Matrix (1999) y sus posteriores secuelas (The Matrix Reloaded y The Matrix Revolutions, ambas de 2003) y de los dos volúmenes de Kill Bill (2003 y 2004).

 

The Immortal Iron Fist respondía a la búsqueda de una efervescencia equivalente dentro de Marvel, sólo que Brubaker acudió a referentes propios, en lugar de dejarse arrastrar por cualquiera de las modas: sólo así consiguió unos resultados atemporales. En lugar de impostar una puesta al día de Puño de Hierro, la nueva serie escarbaba en la tradición del personaje, para presentar a los lectores a aquellos que habían poseído el título en otras épocas anteriores a la de Danny Rand, y como esa herencia afectaba a éste en el presente. Puño de Hierro como personaje de legado, un significado que ya latía en el personaje desde que fuera creado por Roy Thomas y Gil Kane, o en las más brillantes aproximaciones que habían existido hasta el momento, como la que acometieran Chris Claremont y John Byrne en los setenta, pero en el que jamás se había profundizado con tanta meticulosidad. El planteamiento de la obra, siempre con el presente como faro, permitía saltar de una época a otra, lo que a su vez facilitaba el mestizaje de narrativas. The Immortal Iron Fist no sólo se erigía como una reivindicación de las artes marciales, sino, por extensión, de cualquier género que oliera a pulp: bélico y noir, western y espionaje, se daban cita en un cómic formidable.

 

Se dio la circunstancia de que Brubaker contase con un apoyo para sus guiones, el de un entonces semidesconodido Matt Fraction (1975, Chicago) que, como él, se había desfogado en el mercado indie para a continuación buscar el éxito dentro del mainstream prestigioso que estaba produciendo Marvel. Pronto se significó como el discípulo aventajado de Brubaker, con una progresión meteórica que le llevaría a pasar por otros rincones esenciales de La Casa de las Ideas y a configurar, junto a otro de los artífices de The Immortal Iron Fist, la obra por la que sería más recordado dentro de la editorial, un singular acercamiento al personaje de Ojo de Halcón.

 

Ese autor es David Aja (Valladolid, 1977), la otra fuerza motora de The Immortal Iron Fist. Con una larga carrera a sus espaldas dentro de nuestro país, tanto en la ilustración como en el diseño, Aja coincidió con Brubaker en un número de su aclamada etapa de Daredevil. Su estilo estaba entonces más próximo al realismo sucio que había practicado David Mazzucchelli en sus primeros trabajos que a la depuración que alcanzaría más tarde. La implicación del dibujante en el proyecto ocurrió de manera un tanto atropellada. Todavía no había comenzado a dibujar el episodio de Daredevil cuando se encontraba de visita a las oficinas de Marvel en Nueva York y Warren Simons le comentó que Brubaker estaba interesado en hacer un cómic de Puño de Hierro. Aja manifestó entonces su gusto por el personaje y, a los pocos días, cuando estaba inmerso en el cómic del Diablo Guardián, le ofrecieron encargarse de lo que en principio iba a ser solamente una miniserie y para la que tuvo que preparar una portada de urgencia, de cara a su promoción inmediata.

 

En el momento de anunciarse, The Immortal Iron Fist había mutado a colección abierta. La premura obligó a un inusual cambio en el planteamiento. La idea inicial es que David Aja se ocupara de dibujar también los flashbacks que salpicaban la narración y que mostraban a los Puños de Hierro de otras épocas. Hubiera permitido que ensayara diferentes estilos, en cada uno de ellos. Pero el guión del primer número le llegó con apenas tiempo para acometerlo, de manera que esas páginas acabaron en manos de otros autores, si bien los diseños corrieron de su cuenta. Esta circunstancia permitió embarcar en la empresa a dibujantes tan distintos como Travel Foreman o los veteranos John Severin, Russ Heath o Sal Buscema, cada uno elegido por su proximidad particular al estilo que abordaran las diferentes escenas.

 

The Immortal Iron Fist se alzó como fenómeno, fruto de una colaboración que iba más allá del mero compañerismo y alcanzaba una inmensa complicidad, descrita así por Aja en una entrevista que realizara David Fernández para Zona Negativa en noviembre de 2008: “Los guiones son tan de Brubaker como de Fraction. Se llevan muy bien, e incluso han vuelto a colaborar juntos… al final del segundo arco, casi lo hizo sólo Fraction, porque Brubaker estaba muy liado. Son la hostia. Se trabaja muy bien con ellos. Hemos llegado a un nivel de buen rollo y complicidad, de ponerme cosas en los guiones específicamente para mí… No sé. Trabajamos muy cómodos. Nos entendemos muy bien. Además, hablamos muchísimo, y cada cambio lo comentamos por correo electrónico. Les parece genial, todo”.

 

Y lo era. Desde luego que lo era.

 

Texto aparecido en Marvel Saga. El Inmortal Puño de Hierro nº 1

PROYECTO MARVELS: LA RECONSTRUCCIÓN DE LA MANERA EN QUE EMPEZÓ TODO

Dicen los libros de historia que el Universo Marvel echó a andar de manera oficial en 1961, con el nacimiento de Los 4 Fantásticos. Y no andan errados. En aquella fecha mítica, Stan Lee y Jack Kirby colocaron los cimientos de lo que luego se convertiría en el cosmos de ficción más importante jamás creado. Si no hubiera tenido lugar aquel singular acontecimiento, personajes como Spiderman, Los Vengadores o La Patrulla-X nunca habrían llegado a vivir. La aparición de la Primera Familia marcó un antes y un después, en tanto que supuso la resurrección de un medio a punto de desaparecer bajo unos presupuestos, los de la humanización del héroe, que nunca antes se habían utilizado.

 

 

Sin embargo, la historia no es tan sencilla y merece que se hagan algunas matizaciones. A finales de los años treinta y primeros cuarenta, coincidiendo con el auge del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, el género de los superhéroes había vivido su primera gran explosión, en lo que se dio en llamar como la Edad de Oro de los cómics. En aquellos tiempos, la primigenia Casa de las Ideas había lanzado los primeros personajes. Timely Comics, la que luego se convertiría en Marvel, nació en 1939, año en el que presentaría en sociedad a la Antorcha Humana original y Namor, el Hombre Submarino. Ya en 1941, llegaría el Capitán América, y todos ellos combatirían la amenaza de Hitler, aunque sus caminos se encontrarían en contadas ocasiones.

 

Cuando, dos décadas más tarde, Stan Lee acometió la llegada de Los 4 Fantásticos, el guionista era plenamente consciente de tan rico pasado: de hecho había sido partícipe del mismo, puesto que llevaba en la editorial desde aquel entonces y su primer relato vio la luz dentro de Captain America Comics #3 USA (1941. Visionarios Marvel: Stan Lee). Decidido a aprovechar lo mejor de aquel legado, en el cuarto número de Los 4 Fantásticos llevó a cabo la integración de Namor en la actualidad de la Primera Familia. No contento con eso, en otro cuarto número, esta vez de Los Vengadores, se produjo la reentrada del Capitán América, quien había estado congelado en un bloque de hielo desde los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. Y, un tiempo más tarde, aunque también en una cuarta entrega, Fantastic Four Annual #4 USA para ser exactos (1966. Los 4 Fantásticos: La edad dorada), Johnny Storm y el resto de sus compañeros desempolvarían del olvido a la Antorcha Humana original, cuyas pautas cerebrales luego servirían para dar vida a La Visión, uno de los integrantes de Los Vengadores.

 

De alguna manera, los grandes personajes de la Timely encontrarían nueva vida en el Universo Marvel. No obstante, en la editorial siempre mantendrían el primer episodio de Los 4 Fantásticos como una frontera entre lo que podría calificarse la prehistoria y “su” historia. De hecho, a efectos oficiales, la primera aparición del Capi, Namor o la Antorcha Humana original que se señalaba siempre era la que había tenido lugar en los años sesenta, y a la que se le añadía la matización de “moderna”, queriendo resaltar que todas aquellas aventuran de los años cuarenta y cincuenta existían y estaban ahí, pero que no debían tenerse en cuenta más que a efectos anecdóticos.

 

Ya en los setenta, el interés por esa “prehistoria Marvel” se reavivaría gracias a Los Invasores, un proyecto impulsado por un enorme aficionado a la Edad Dorada, el guionista Roy Thomas. “¿Qué hubiera pasado si algo similar a Los Vengadores, es decir, un supergrupo que reuniera a los principales héroes de la época, hubiera existido durante la Segunda Guerra Mundial?” Ésa es la respuesta que venía a responder. Con un toque de nostalgia rodeando sus aventuras, Los Invasores, en cuyas filas militaban el Capitán América y su compañero Bucky, la Antorcha Humana y su camarada Toro o Namor, entre otros combatieron contra las fuerzas del Eje en una cabecera que se publicó entre 1975 y 1971 y que quedaría marcada en el recuerdo de los lectores.

 

Una nueva ola nostálgica tendría lugar en pleno siglo XXI, coincidiendo con el setenta aniversario del nacimiento de Timely. En Marvel planificaron varios eventos que conmemoraran una fecha tan señalada, pero entre ellos uno destacó con una enorme fuerza: El proyecto Marvels. La idea surgió del editor Tom Brevoort, que consideró al guionista Ed Brubaker como el más apropiado para encarar el reto. Éste se había convertido por derecho propio en uno de los mejores autores con los que haya contado jamás el Capitán América y se sintió hipnotizado ante el ofrecimiento de Brevoort, ya que se trataba, en cierta forma, de contar el origen y el contexto de su personaje favorito. Mientras investigaba los cómics que había protagonizado el Centinela de la Libertad y otros héroes en los años cuarenta, Bru sintió que era necesario actualizar aquellas historias a través del lenguaje del cómic moderno, así como entrelazarlas de tal manera que, en lugar de los relatos fragmentados sin conexión alguna que fueran en el momento de publicarse, se organizaran como una compleja trama trasversal que sirviera para desentrañar la manera en la que los superhéroes habían surgido y los motivos que les habían llevado a colaborar contra un enemigo común.

 

Anteriormente, Kurt Busiek y Alex Ross, ya habían desarrollado un trabajo lejanamente similar, en el prólogo y primer capítulo de Marvels, donde se evocaba el nacimiento de la Antorcha Humana original o una de sus batallas con Namor. El propósito de Brubaker consistiría, sin embargo, en ir un paso más allá: utilizar el material ya existente con sumo cuidado y respeto, pero también unir los huecos vacíos, con el objeto de ofrecer una monumental historia de espías que se introdujera en el trasfondo de eventos históricos. De esta forma, la trama abarca desde la Gran Depresión hasta poco después del ataque a Pearl Harbor, o, lo que es lo mismo: desde que surge la necesidad de crear superhumanos con los que oponerse al auge del nazismo hasta que estos llegan a formalizar su alianza, pasando por todo el proceso de nacimiento y primeros pasos. El guionista llegó a plantearse Cold Secret War (Guerra Fría Secreta) como título de la obra, pero finalmente prefirió El Proyecto Marvels, para así establecer un paralelismo con el Proyecto Manhattan, que en las mismas fechas en las que sucede esta historia había dado lugar a la bomba atómica. Así, seguía la tradición del Universo Marvel de reflejar la realidad de cada momento histórico desde un punto de vista superheroico.

 

Brubaker encontraría espacio no sólo para los grandes nombres de la Timely, los que forman la trinidad de Capitán América, Namor y la Antorcha Humana, sino también para otros conceptos, de menor impacto cultural, pero que también existieron en aquel entonces, así como otros que fueron aportados por Thomas dentro de Los Invasores. No sólo el escritor brilla con intensidad, sino también el dibujante Steve Epting, quien ya estuviera con él durante los primeros años de la etapa en Capitán América. El realismo de Epting, junto a su indudable raigambre clásica, coronan El proyecto Marvels como un cómic con ecos de superproducción cinematográfica en el que se consigue capturar y embotellar un mundo que ya no existe y en el que se sembró la semilla de nuestro tiempo.

 

 

Texto aparecido originalmente en Marvel Héroes. Capitán América: Proyecto Marvels