VENENO: PROTECTOR LETAL. LA PRIMERA DOSIS

Un millón de copias. Eso fue lo que vendió, o al menos se imprimió, de Venom: Lethal Protector #1 USA (1993). Eran los felices noventa. La década del exceso en el cómic, elevado a todas las categorías que quepa imaginar. No fue ninguna sorpresa que la puesta de largo de la figura más carismática de la caterva de villanos arácnidos alcanzase semejantes cifras. Veneno era incluso más popular que el propio Spiderman, de manera que bastaba que ese reflejo oscuro del Hombre Araña apareciera en la colección de éste para que legiones de chavales que habitualmente no se la llevaban a casa corrieran a hacerse con el número en cuestión. El editor Danny Fingeroth sabía que estaban allí, que querían a Eddie Brock y su aceitoso amigo en una serie para ellos solos, y cuando les dio aquello que tanto ansiaban, la multitud enloqueció.

 

La decisión de que Veneno protagonizara su colección personal fue el resultado de un progresivo agotamiento de las fórmulas que habían llevado al éxito al personaje, lo que dificultaba que sus encuentros con el trepamuros continuaran siendo tan emocionantes como en los comienzos sin caer una y otra vez en la repetición, sumado a un fandom abundante que no entendía de cansancios ni de moderaciones. Las circunstancias en las que el simbionte alienígena de Spiderman había adquirido independencia y una nueva dimensión ya eran de por sí llamativas. La criatura surgió de las primeras Secret Wars, cuando Spidey se trajo a la Tierra un nuevo traje que, en realidad, estaba vivo; su diseño singular causó una buena impresión entre los lectores, lo que permitió mantenerlo en activo más tiempo del inicialmente previsto, hasta que finalmente fue necesaria cerrar la trama y contar la última tentación del simbionte, la de salvar a su huésped antes de sacrificarse a sí mismo.

 

Pero David Michelinie tenía una idea para seguir adelante, la de una mujer con buenas razones para odiar a Spiderman, después de que hubiera perdido a su hijo nonato y a su marido en el curso de un incidente villanesco en el que el trepamuros tenía un papel menor. Unida al simbionte, podría cancelar el sentido arácnido del héroe, lo que la convertiría en toda una amenaza. Apareció entre sombras en unos pocos episodios, sin que pudiera determinarse su naturaleza; se perdió de vista durante un tiempo, en el que el escritor saltó de la menos relevante Web Of Spider-Man a la fundamental The Amazing Spider-Man, y cuando por fin estuvo lista para reaparecer, el editor Jim Salicrup convenció al guionista de que optara por un antagonista masculino. Así nació Eddie Brock, un periodista del Daily Globe desacreditado, después de publicar las confesiones del supuesto asesino de Jean DeWolff que luego resultaron ser falsas. Culpaba a Spiderman de su desgracia, y era suficiente motivo para odiarlo desde lo más profundo de sus entrañas. Michelinie se había inspirado en la figura de Jimmy Breslin, el reportero que creía estar en contacto con alguien que decía ser el famoso asesino múltiple apodado el Hijo de Sam, y que luego resultó un fraude.

 

Con todo, quizás Veneno nunca hubiera tenido un éxito tan contundente de no ser por la revolucionaria interpretación gráfica que Todd McFarlane hizo del villano. Apenas dos números después de desembarcar en la franquicia, tuvo la oportunidad de presentarlo para The Amazing Spider-Man #300 USA (1988), un episodio con una fuerza tan gigantesca que se alzó como el comienzo de una nueva era, mientras Veneno era señalado como el heraldo de los nuevos tiempos. Era gigantesco, contundente, terrible, implacable, aterrador y dotado de un sentido del espectáculo que lo asemejaba con el Joker… muchos pensaron que el trepamuros había encontrado a su mayor enemigo moderno, y lo cierto es que ningún villano de Spidey producía tal aclamación popular desde mucho, mucho tiempo atrás.

 

Spiderman regresó a lo más alto de la cadena alimenticia de Marvel, catapultado por el arte de McFarlane, las historias sencillas pero efectivas de Michelinie, los suéteres ajustados de Mary Jane… y los periódicos enfrentamientos contra Veneno, que enseguida comenzó a definirse como un protector de inocentes. Tal apelativo, en el momento de esgrimirse, no hacía sino añadir un mayor grado de psicopatía al personaje. Y sin embargo, guionista y editorial ya estaban allanando el terreno para que Veneno alcanzara la posición de protagonista. Siguió siendo la salsa que, al menos una vez al año, mejor aliñaba el Amazing de los dibujantes estrella cuando a McFarlane le sustituyó Erik Larsen y cuando a éste le sucedió Mark Bagley. En tiempo ya de este último, en The Amazing Spider-Man #361 USA (1992), se presentó a Matanza, serial killer surgido de la fusión de un auténtico psicópata de libro al que Eddie Brock había conocido en la cárcel con un nuevo simbionte, nacido del original. Para detenerlo, Spidey debía reclamar la ayuda de Veneno, lo que dejaba abierta la puerta a una evolución de éste.

 

En realidad, Michelinie, pretendía que, llegados al Amazing #400 USA, Eddie muriera y fuera sustituido por otro anfitrión, el primero de muchos… pero cuando un guionista hace planes en Marvel, el destino se ríe en su cara: aquellos no serían las ideas que se llevaran a cabo, sino otras muy distintas, impulsadas por Danny Fingeroth, el editor que había sustituido a Salicrup para continuar con todas las fórmulas empleadas por éste. Con Matanza como nuevo villano favorito, Veneno pudo seguir el nuevo camino que se le abría por delante. El guionista ideó una suerte de prólogo de lo que habría de venir, que culminó en el Amazing#375 USA. El consabido enfrentamiento entre Spidey y su peor enemigo se saldaba con algo tan imaginable que no podía estar más alejado de la personalidad del héroe: Peter aceptaba un pacto con Veneno por el cual ambos se comprometían a no meterse con el otro. Algunos lectores protestaron, pero el terreno quedó expedito para que el villano tuviera serie propia… ¿o quizás ya no era tan malvado?

 

El planteamiento que latía detrás de “Protector Letal”, el subtítulo de la miniserie, era precisamente el de instaurar a Eddie Brock y su querido simbionte como una especie de antihéroe extremo. Michelinie y Bagley se implicaron de tal manera que ellos mismos se encargaron del producto, aunque el dibujante fue sustituido a partir del cuarto número por Ron Lim, famoso por su trabajo en la Marvel cósmica de Jim Starlin. Así fue como Veneno tuvo una retorcida actitud justiciera, más en la línea de El Castigador que de Spiderman; su propia ciudad, San Francisco; sus propios enemigos, El Jurado; a Spidey como invitado especial, e incluso un infausto peinado para Eddie Brock que delataba, más que ninguna otra circunstancia, la fecha de publicación del cómic. Como decíamos al principio, el lanzamiento constituyó un pelotazo propio de la época: siguiendo los trucos comerciales del momento, hubo dos ediciones, una masiva, la del millón de ejemplares distribuidos, con cubierta de aluminio impresa en rojo, y una segunda edición, limitada a 11.000 ejemplares, con cubierta impresa en dorado. Curiosamente, la versión más buscada de todas ha terminado por ser una variante involuntaria de la primera, con fondo oscuro en portada, resultado de un error de imprenta que apenas afectó a unos pocos ejemplares. El signo de los tiempos.

 

Venom: Lethal Protector no fue más que el comienzo de una larga sucesión de miniseries que se sucederían durante los cinco años siguientes como si de una auténtica serie abierta se tratara, aunque ya con autores distintos a los que habían iniciado el fenómeno. La Venenomanía, como se llegó a llamar, había estallado.

 

 

LA HORA DE MATANZA EN ULTIMATE SPIDERMAN

“¿Qué puedo hacer para machacar de una tacada a todos los protagonistas de Ultimate Spiderman?” La formulación de esa pregunta por parte de Brian Michael Bendis tuvo como respuesta el arco argumental en el que se presentaría a Matanza, un villano arácnido surgido en el Universo Marvel convencional en los años noventa como una extensión de Veneno. Después de que éste hubiera contado con su réplica definitiva, era cuestión de tiempo que el simbionte psicópata también irrumpiera en el mundo del adolescente Peter Parker. Lo que quizás nadie hubiera imaginado es que volvería su existencia del revés.

 

Para conocer los orígenes de Matanza debemos retroceder hasta los años noventa, durante la larga etapa de The Amazing Spider-Man escrita por David Michelinie, que se caracterizó por la espectacularidad de los dibujantes y la ligereza de los contenidos. Michelinie había creado, junto a Todd McFarlane, a Veneno, villano que se convirtió en un éxito rotundo e inesperado, cuyos periódicos regresos a la colección suponían grandes ventas inmediatas, aunque la fórmula del enemigo acosador que conoce todos los secretos del héroe pronto empezaría a agotarse. Con la intención de dar un paso más allá, Michelinie se planteó que el simbionte alienígena fuera pasando por otros individuos, además de Eddie Brock, ya que planeaba que éste moriría en The Amazing Spider-Man #400 USA, en celebración de los cien números que habrían transcurrido desde la primera gran aventura del villano. Estos últimos planes se vieron truncados, ya que Veneno estaba teniendo tal aceptación comercial que Marvel no sólo se negaba a acabar con su vida, sino que pronto empezaría a colocarlo como protagonista de una sucesión de miniseries que terminarían por devaluarle como rival arácnido.

 

Michelinie, sin embargo, decidió seguir adelante con la idea de que otro personaje contara con su propio simbionte. ¿Por qué no un engendro de la entidad original, tomando como excusa que la especie se reprodujera por fragmentación, como si de una estrella de mar se tratara? No obstante, la clave no estaba tanto en la criatura en sí misma, sino en el huésped humano que la acogería. Mientras que Eddie Brock contaba con un retorcido concepto de moralidad, el nuevo personaje carecería de ella: sería un psicópata y un asesino en serie. Hay que tener en cuenta que la gran película de aquel año, 1991, había sido El silencio de los corderos, con un Anibal Lecter idolatrado como la imagen del villano definitivo. Kletus Casady, el alter ego del nuevo enemigo arácnido, había sido condenado a once cadenas perpetuas por otros tantos asesinatos. Durante su estancia en prisión, compartiría celda con Eddie, lo que abría la puerta a que el vástago del simbionte original entrara en contacto con él… Y naciera Matanza (Carnage en inglés), para el que también se barajaron nombres como Caos (Chaos) o Depravación (Ravage). Mientras que el diseño de Kletus corrió a cargo de Erik Larsen, éste ya estaba fuera de la serie cuando llegó la hora de la primera gran saga con Matanza, en The Amazing Spider-Man #361-363 USA (1992), así que el artista que dio con su imagen no fue otro que… Mark Bagley, quien con el paso de los años acabaría siendo el ilustrador por antonomasia de Ultimate Spider-Man.

 

 

A día de hoy, Bagley todavía recuerda que el diseño del Matanza clásico fue un auténtico quebradero de cabeza. Su idea original, con una mancha de sangre que se extendía por el torso hasta las extremidades, no convenció al editor Danny Fingeroth, que le pidió que buscara otra fórmula, hasta dar con la definitiva. Además, para alguien tan conservador como Bagley, el personaje resultaba demasiado extremo. Pero cuando aquella primera aventura se convirtió en un inesperado éxito que obligó a su reimpresión inmediata, se dio cuenta que tendría que dibujar muchas veces a Matanza. En las convenciones, los aficionados empezaron a pedirle insistentemente que bocetos del villano lanzando un bebé por la ventana, una de las escenas más intensas del cómic. La popularidad de Matanza fue tal que acabó por ser el gran protagonista de “Matanza Máxima”, un crossover arácnido publicado en 1993 que llegaría a tener su propio videojuego, pese a que no convenció ni siquiera a los autores. Su pésima calidad llevaría al olvido del personaje: pese a que volvería a enfrentarse con Spiderman en diversas ocasiones, su tiempo había pasado.

 

Y entonces, más de diez años después, llegó el momento de implantarlo en el Universo Ultimate. Como en el caso de Veneno, Bendis no estaba demasiado conforme con el origen clásico, puesto que lo veía demasiado alejado del protagonista de la serie: no era una historia de Spiderman propiamente dicha, sino una historia en la que estaba Spiderman, pero podría haber estado cualquier otro héroe. Al igual que con el Protector Letal, lo que de verdad le gustaba de Matanza era su aspecto desasosegante y pesadillesco. En lugar de un asesino en serie, el guionista de Ultimate Spiderman se iría al extremo opuesto: el Matanza definitivo no sería malvado. Ni siquiera tendría conciencia de existir, y mucho menos de conceptos complejos como el bien o el mal. Y sí estaría ligado a Peter Parker, y de manera íntima, lo que supondría la peor situación posible en la que Bendis imaginaba que podía colocar al joven héroe, porque… Bueno, es una sorpresa que quizás merezca dejarse para la lectura de la historia.

 

La saga serviría también para recuperar a un personaje que había tenido cierta importancia en números anteriores, pero que todavía estaba esperando su gran oportunidad: Curt Conners, la cara humana del Lagarto, que llegó en Ultimate Marvel Team-Up #10 USA (2002. Ultimate Spiderman: Encuentros extraños), sería la punta de lanza para dar vida a Matanza… Pero también estaría presente otro secundario más, un técnico de laboratorio llamado Ben Reilly. Bendis sabía que la mera utilización de ese nombre pondría en alerta a los lectores, puesto que así se llamaba el clon de Peter Parker de la continuidad clásica. En realidad, era su manera de hacerles un guiño acerca de los planes de futuro que tenía, de cara a una adaptación de la celebérrima saga que a finales de los noventa casi dio al traste con el Hombre Araña. No obstante, cualquier insinuación quedaría enterrada por los trágicos acontecimientos que tendrían lugar alrededor de Matanza y que determinarían en grado máximo el desarrollo de la colección a partir de entonces.

 

Artículo aparecido originalmente en Coleccionable Ultimate. Ultimate Spider-Man nº 13

 

ULTIMATE SPIDER-MAN: LA REFORMULACIÓN DE VENENO

El trabajo de los creadores de Spiderman llevado a cabo en su primera década de existencia, en los años sesenta, fue tan deslumbrante que oscureció cualquier logro que pudieran acometer sus sucesores. Por muchos años que pasen, los clásicos como el Duende Verde, el Doctor Octopus, El Buitre, El Lagarto, Electro, Mysterio o El Hombre de Arena se sitúan siempre a la cabeza. Habría que citar dos excepciones: dos enemigos que, habiendo sido creados mucho tiempo después, sí conseguirían colarse en esos primeros puestos. Uno de ellos fue El Duende, sorprendente actualización del concepto de villano de identidad desconocida que fuera Norman Osborn en sus inicios. El otro, que destacó de tal manera que muchos llegarían a posicionarlo como el peor enemigo de Spiderman, respondía al nombre de Veneno.

 

Veneno fue presentado en Amazing Spider-Man #299 USA (abril de 1988), como una versión oscura del propio trepamuros. Sin embargo, para precisar su origen, hay que retroceder a algunos años antes, hasta 1984, fecha en las que se publicó un evento que reunió a los grandes héroes de Marvel y recibió el nombre de Secret Wars. En estas Guerras Secretas, Los Vengadores, La Patrulla-X, Los 4 Fantásticos y, por supuesto, Spiderman, eran enviados por un misterioso ser llamado el Todopoderoso hasta un remoto planeta, donde todos ellos se veían obligados a luchar contra sus peores contrincantes. Durante la saga, Spidey se hacía con un misterioso traje que respondía a sus órdenes, cambiaba de aspecto y creaba sus propias telarañas. Decidió traérselo de vuelta a la Tierra… Sólo para descubrir, una vez en casa, que se trataba de un ser vivo, un simbionte que trataba de poseerle. Separado del mismo gracias a la intervención de Reed Richards, todavía habría de encontrarse con el traje maldito en un par de ocasiones, hasta que consiguió vencerle en lo alto de un campanario. Parecía que nunca volvería a saberse de él.

 

Por aquel entonces, también tuvo lugar otra aventura significativa, en la que Jean DeWolff, el contacto de Spidey en la policía, era violentamente asesinada por un misterioso psicópata llamado El Comepecados. En el curso de la historia, el Daily Globe señaló a un individuo como culpable, pero la noticia resultó ser falsa, ya que el trepamuros atrapó al verdadero criminal. Tampoco nadie podía imaginar que esta segunda historia tuviera continuidad, o que llegase a entrar en relación con la primera.

 

El guionista David Michelinie, en cambio, sí logró una manera de conectarlas, mediante la creación de la figura de Eddie Brock, el periodista del Globe que hubiera sido quien escribió la falsa noticia y cayó por ello en desgracia. Encolerizado con el trepamuros y fanatizado por la religión, había acudido a la iglesia donde tuvo lugar la batalla final contra el simbionte… Y allí, una vez que éste había abandonado a Peter Parker, Eddie se uniría con la criatura, para dar vida a Veneno. La complejidad del concepto, unida a la contundencia gráfica que le supo dar el dibujante Todd McFarlane, sirvió para que Veneno alcanzara una increíble fama desde el primer encuentro con Spiderman. Cada una de las siguientes apariciones fue celebrada con alboroto y subida de ventas, un fenómeno que no hizo más que crecer cuando el personaje también fue llevado a la pequeña pantalla, en la teleserie animada de Spidey, o consiguió a raíz de esto último sus propios muñecos.

 

Llegados a Ultimate Spider-Man, Brian Michael Bendis sabía que, tarde o temprano, abordaría la figura de Veneno, lo que nadie imaginaba era la manera en la que lo haría. El problema principal residía en que el villano había sido construido a partir de historias previas anteriores, Secret Wars y la saga del Comepecados, demasiado complicadas como para incluirlas dentro del mundo del Spiderman Definitivo, además de que esto no supondría sino una lamentable repetición de aventuras ya narradas en la continuidad clásica. Aquí fue cuando Bendis optó por recurrir a una subtrama que venía trabajando casi desde los inicios de la colección, con insinuaciones que sólo captaron los lectores que estuvieran suficientemente atentos: la de los padres de Peter.

 

En el Universo Marvel tradicional, Stan Lee tuvo la ocurrencia de que Richard y Mary Parker fueran en realidad agentes secretos que habían sido desacreditados y asesinados por Cráneo Rojo, una intriga que salió a flote en el Amazing Spider-Man Annual #5 USA (1968. Marvel Gold. El Asombroso Spiderman: Crisis en el campus) y que apenas impactó en la tradición del personaje, debido a lo rocambolesca que resultaba. Bendis sin embargo estimó oportuno que ahí había algunos detalles interesantes que podían encajar muy bien en la teoría de la conspiración que estaba construyendo junto con Mark Millar en el Universo Ultimate. De esta forma, había ido dejando caer que Richard Parker fue un brillante científico admirado incluso por Mister Fantástico, cuya muerte y la de su esposa estaba sumida en la bruma y llenaba de pesar a Peter.

 

¿Y si alguien hubiera tenido buenos motivos para hacer desaparecer a los Parker? ¿Y si Richard había creado algo revolucionario que podría cambiar el curso de la historia? Las semillas para crear al Veneno Definitivo, partiendo de un origen diferente al establecido por los cómics clásicos, pero llegando a unas conclusiones similares, ya estaban ahí plantadas. Faltaba sólo acudir a la figura de Eddie Brock. ¿Quién sería en realidad? En Ultimate Spider-Man #17 USA (Coleccionable Ultimate. Ultimate Spiderman nº 4), durante la conferencia de prensa de Justin Hammer, había aparecido fuera de plano un tal Eddie Brock, reportero del Globe. El detalle llamó la atención de los lectores, que se apresuraron a anunciar la inminente irrupción de Veneno, pero… o se trataba de una pista falsa o Bendis cambió luego de idea y decidió ignorarla. El verdadero Eddie Brock sería un amigo de la infancia de Peter, lo que lo relacionaría con una época en la que sus padres estaban todavía vivos. Para que se desataran los acontecimientos sólo hacía falta que el joven lanzarredes se encontrara en el trastero de su casa con una caja llena de recuerdos.

 

La saga, contenida en este volumen, sabría aunar todas las nuevas ideas de Bendis con la esencia de los cómics en los que se había fraguado el Veneno original, hasta dar lugar a una trama que aunaba a partes iguales intriga, espectacularidad y terror. No sólo conquistaría a las nuevas generaciones de lectores, sino que abriría una nueva puerta, cuando años después el director de cine Marc Webb y los guionistas James Vanderbilt, Alvin Sargent y Steve Kloves recurrieron en gran medida a ella para construir el argumento de The Amazing Spiderman (2012), reinicio de las aventuras cinematográficas del trepamuros en el que el misterio alrededor de la muerte de los padres de Peter tendría una relevancia absoluta y seguiría muy de cerca los parámetros establecidos por Brian Michael Bendis en Ultimate Spider-Man.

 

Artículo aparecido originalmente en Ultimate Spiderman nº 8: Veneno

UNA TRANSICIÓN COMPLICADA: MÁS ALLÁ DE McFARLANE Y LARSEN

1992 fue un año de vértigo para Marvel en general y para la Franquicia Arácnida en particular. La creación de Image había dejado de un plumazo sin las dos figuras artísticas más importantes con las que contaba Spiderman en esos momentos. Todd McFarlane y Erik Larsen se habían marchado para lanzar sus propios cómics fuera de la órbita de las grandes editoriales. El mercado se rompería como nunca lo había hecho, pero en La Casa de las Ideas todavía no eran conscientes del golpe que habían recibido. Bien al contrario, las imágenes creadas por McFarlane se siguieron utilizando en los elementos distintivos del personaje. El dibujo del hijo pródigo que nunca regresaría estaba en la logoforma que decoraba las portadas de la que había sido su cabecera y otra de sus figuras también aparecía en el logotipo del Treinta Aniversario del nacimiento de Spiderman, que se celebraba ese mismo año.

 

Habían pasado tres décadas desde que Stan Lee y Steve Ditko hubieran creado al Hombre Araña en Amazing Fantasy #15 USA (1962. Marvel Gold. El Asombroso Spiderman: Poder y responsabilidad), el último número de una serie que a nadie importaba y con el que se dio inicio a un mito de la cultura popular. Treinta años después de aquel revelador momento, el trepamuros vivía su momento comercial más dulce. Danny Fingeroth, el recién estrenado editor de la franquicia, la había heredado de las manos de Jim Salicrup en unas condiciones inmejorables. El trabajo de McFarlane y Larsen, primero en The Amazing Spider-Man y luego en Spider-Man, había puesto de nuevo de moda al personaje, y en Marvel no entendieron por qué habrían de cambiar las cosas ahora que ellos ya no estaban. De hecho, Mark Bagley, el nuevo dibujante de Amazing, conseguía mantener el impulso que habían conferido sus predecesores al principal título arácnido, mientras que David Michelinie continuaría escribiéndola, lo que posibilitaría la continuidad en el tono. Spectacular y Web of, las otras dos colecciones que figuraban junto a Amazing, no habían sufrido cambio alguno por la espantada de los dos dibujantes, lo que aparentemente acotaba el problema.

 

La única de las colecciones en la que había que tomar medidas era ese cuarto título que Salicrup habría creado para uso y disfrute exclusivo de McFarlane y que, tras su salida, Fingeroth había cedido a Larsen, esperando repetir el esquema de dibujante comercial que escribía también sus historias. No había, sin embargo, un tercer autor en liza que pudiera mantener una fórmula que estaba cosechando ventas millonarias. De hecho, la plana mayor de las estrellas de la compañía había optado por sumarse a la aventura de Image. Después de aquello, Marvel estaba quemada de estrellas y nombres que vendían por sí mismos. La política que a partir de ese momento sería decretada desde la cúspide de la editorial iría en sentido contrario: ya no tenían a Jim Lee, Todd McFarlane, Erik Larsen, Rob Liefeld o Marc Silvestri, pero podían recurrir a imitadores que copiaran su estilo, dibujantes sin personalidad que no dieran problemas, bajo la atenta mirada de sus editores, que serían en definitiva los que llevaran la voz cantante a partir de ese momento, aunque en realidad no harían sino plegarse a las demandas del departamento de marketing, que trataría de repetir todos los trucos que durante los años pasados habían traído las ventas millonarias. Se resumían en portadas múltiples, en cartoncillo, con tintas metálicas, relieves u hologramas, además de crossovers siempre que fuera posible, y que darían lugar a nuevas cabeceras pertenecientes a las franquicias de éxito, la arácnida y la mutante en primer término, la cósmica o la sobrenatural en segundo plano. En el departamento de marketing de aquellos primeros noventa nunca habían oído hablar de buenos cómics. En realidad, no hubieran reconocido uno de haberlo visto.

 

Ya no había estrellas a la que encumbrar, pero Fingeroth creyó que, para Spider-Man, seguía valiendo el planteamiento inicial, que mimetizaba la estructura de arcos argumentales con equipos creativos rotantes de Batman: Legends Of The Dark Knight. Siempre sería fácil encontrar guionistas o dibujantes que se quisieran hacer cargo del trepamuros durante unos pocos episodios por un sustancial sueldo. Quizás no serían tan llamativos como McFarlane o Larsen, pero a cambio tampoco serían problemáticos. Para el primero de esos arcos en la era posterior al ocaso de los dioses, Fingeroth se hizo con los servicios de dos autores de peso que nunca habían dejado su impronta en el Hombre Araña. El guionista era Don McGregor, acreedor de una mítica etapa en los años setenta al frente de Pantera Negra, con un toque muy político que había fascinado a un puñado de entusiastas lectores, pero de la que nada sabía buena parte del fandom. McGregor había regresado periódicamente a Marvel, y además de volver el héroe de Wakanda también acometía pequeños encargos con personajes menores, como Blade o Morbius. Para Spider-Man, se encargaría de un relato en dos partes, centrado en el acoso infantil y la facilidad de acceso a las armas que existe en Estados Unidos. Se trataba de una pequeña historia de contenido social como no se veía en las aventuras arácnidas desde mucho tiempo atrás, en la época de la Marvel relevante y con resonancia en la realidad. De dibujarla se ocuparía nada menos que Marshall Rogers, el hombre que había redefinido a Batman o al Doctor Extraño, y cuyos días de gloria también parecían ya olvidados.

 

Con McGregor y Rogers empezaría la nueva etapa del cuarto y más independiente de los títulos arácnidos, pero antes de su llegada, Fingeroth haría tiempo con tres episodios autoconclusivos, realizados por otros tantos equipos. Howard Mackie, firmando como H. Austin Mackie, el que era por aquel entonces escritor de Web of Spider-Man, se haría cargo del primero de ellos, una historia ligada a “La guerra del Infinito”, que era el crossover cósmico que Jim Starlin abanderaba en esos precisos momentos. Mackie optó por El Duende y El Demoduende como villanos, algo que le resultaba sumamente sencillo, puesto que pronto recurriría a ellos en Web of. La trama continuaba en la serie troncal de “La Guerra del Infinito”, donde Spidey no pasaría de tener un papel de mera comparsa. El segundo número de relleno contaría con Excalibur como héroes invitados y estaría escrito por Terry Kavanagh, el editor de los mutantes británicos, que empezaba a hacer sus pinitos ante el procesador de textos. Para esa misma colección, Kavanagh había escrito también una pequeña aventura en dos partes, como complemento del arco de Larsen. Al cabo de un tiempo, pasaría a encargarse de manera continuada de una de las series del trepamuros.

 

El tercer y último episodio de relleno fue el más especial de todos, no por el holograma de portada, tan del gusto de los chicos de marketing, sino porque era el que específicamente celebraba el trigésimo aniversario del personaje. Tom DeFalco y Ron Frenz, que habían compuesto el equipo de Amazing durante buena parte de los añorados ochenta, volvieron a casa para una historia conmemorativa que seguía las reglas no escritas de este tipo de eventos, pero que resultaba especialmente interesante, puesto que Frenz, un discípulo aventajado de Steve Ditko, recreaba los lápices de éste para el debut del trepamuros. La grandeza de antaño seguía ahí, sólo era necesario encontrarla de nuevo.

 

Artículo aparecido originalmente en Spider-Man nº 5: Una gran responsabilidad

EL ORIGEN DE VENENO

A finales de los años ochenta, los mejores años de la historia de Spiderman, aquellos en los que vivió sus aventuras más icónicas, habían terminado. La boda de Peter Parker con Mary Jane, que tuvo lugar en 1987, había tirado al traste buena parte de la magia. David Michelinie, el guionista que escribió el especial de la ceremonia bajo dictado y sin querer siquiera conducir al personaje por ese camino, tenía la responsabilidad de continuar con The Amazing Spider-Man, el título principal del héroe. El editor Jim Salicrup fichó a un dibujante canadiense que había comenzado a despuntar en The Incredible Hulk. Se llamaba Todd McFarlane y, aunque hacía tiempo que ya había dejado de leer cómics, su máxima ambición consistía en convertirse en una estrella del medio. McFarlane tenía la madera para conseguirlo: inmenso talento, un estilo preciosista que chocaba con las normas establecidas, el deseo de ir a contracorriente y la convicción de que la suya era la manera correcta de hacer las cosas.

Apenas dos números después de su llegada, llegó el momento de acometer The Amazing Spider-Man #300 USA (1988), un cómic que debía ser muy especial. Michelinie, que anteriormente escribía Web Of Spider-Man, otra serie arácnida que se publicaba en paralelo, se trajo un argumento que venía desarrollando allí, por el cual una misteriosa persona capaz de anular el sentido arácnido del trepamuros había tratado de asesinarlo en repetidas ocasiones. Coincidiendo con el Amazing #300, Michelinie barajaba traer a la luz al enemigo oculto. Éste sería en realidad una mujer, deseosa de acabar con Spidey después de que durante una batalla de que, durante una batalla del lanzarredes con cualquier otro de sus enemigos, su marido hubiera muerto accidentalmente y ella hubiera perdido al hijo que esperaba. A continuación, la mujer se habría hecho con el traje alienígena que Spiderman se trajera del planeta de Secret Wars, que se había demostrado como un parásito y del que el héroe había conseguido deshacerse. Juntos, se transformarían en la criatura llamada Veneno.

A Salicrup le gustó la idea, pero el detalle de que se tratase de una mujer no acababa de convencerle, ya que no parecería una amenaza física lo suficientemente peligrosa para Spiderman, así que pidió al guionista un reemplazo. Unos pocos años antes, en 1985, Peter David había escrito “La muerte de Jean DeWolff”, una aclamada y dramática historia en que este secundario de las colecciones arácnidas había sido asesinado. Michelinie fabuló que, en el curso de la investigación, el crimen habría sido falsamente atribuido a un inocente por parte del Daily Globe, el periódico rival del Daily Bugle. Un periodista llamado Eddie Brock publicó la historia, que después de que Spidey atrapara al verdadero asesino quedaba invalidada. Brock habría caído en desgracia, y de ahí su odio hacia el trepamuros. El personaje estaba basado en un reportero real, Jimmy Breslin, que en los años setenta había atribuido los asesinatos del Hijo de Sam a la persona equivocada. Michelinie describió al villano resultante de la simbiosis de Brock con el traje alienígena como un tipo tipo grande, vestido con el traje negro de Spiderman. Pero esa descripción no convenció a McFarlane, que tenía una especial afinidad hacia los monstruos. Se preguntó qué ocurriría si el simbionte fuera un cascarón que se hubiera tragado al huésped. Lo encorvó un poco y alteró también la estructura muscular, pero sobre todo cambió el aspecto de su rostro. No parecía humano, sino que mostraba una gigantesca sonrisa sádica. En lugar de dientes, había fauces similares a la de un tiburón o una hiena: un depredador, en cualquier caso.

Veneno, nombre que adoptó el personaje, irrumpió ante Mary Jane en las últimas páginas del Amazing #299 USA, y primero le confundía con su marido, hasta que el villano se presentaba en primer plano como una criatura. Ya fue en el Amazing #300 USA en el que tuvo lugar el primer combate contra el trepamuros, en una aventura rotunda y excitante, que se convirtió en un clásico inmediato para los lectores y que además supuso un importante cambio en el mito arácnido.

 

Después de varios años alternando el traje clásico con el negro, el lanzarredes abandonó éste definitivamente. Era una de las peticiones que había hecho McFarlane antes de incorporarse a la colección, pero igualmente se trataba de un cambio que deseaba hacer Salicrup, que se resistía debido a que la idea del traje negro venía de su jefe, el Director Editorial Jim Shooter. Una vez que éste le dijo que no le importaba, dio vía libre a dibujante y guionista para efectuar el cambio. McFarlane encontró además en el traje clásico un elemento con el que diferenciarse de anteriores interpretaciones del trepamuros. Agrandó los ojos, hasta hacerlos gigantes; e incorporó un trazado de redes más tupido que nunca, y grandes manchas de negro en las zonas azules, tal y como había hecho Steve Ditko en los primeros tiempos. Además, cambió la manera de dibujar la telaraña, que se volvió mucho más complicada, como si adquiriera formas de espagueti, y trastocó al máximo la anatomía, con poses dislocadas y articulaciones colocados en posiciones imposibles para un humano normal. Pretendía apuntar que el Hombre Araña tenía más de Araña que de Hombre. A eso sumó viñetas a página completa, que sencillamente mostraban a Spidey balanceándose por Nueva York, en las que el lector podía recrearse como si fuera un póster. Todos esos elementos, en mayor o menor medida, impactaron a los nuevos lectores que se aproximaron a Amazing ante la exuberancia gráfica que ahora presentaba. También causaron algunas críticas por parte de los aficionados más veteranos. McFarlane tendía a polarizar opiniones allá donde iba, y lo siguió haciendo durante el tiempo en que se mantuvo como artista dentro de la Franquicia Arácnida. Con él, Spidey entró en la modernidad y asumió unos cánones que se mantendrían activos durante varios lustros.

 

¿Y en cuanto a Veneno? El villano se alzó como el más popular del momento, una posición refrendada luego por la serie de dibujos animados de los años noventa. Pero tras multitud de choques contra el trepamuros, se fue evidenciando lo limitado del concepto. Fue necesaria una acentuada evolución, lo que incluyó cambios de huésped o la llegada de nuevos simbiontes.

Artículo aparecido en Marvel Gold. Marvel. 75 Aniversario. La era clásica

VIAJE A LA SUPERFICIALIDAD DE LA NOCHE

Spiderman es algo más que un personaje de tebeo. Es un icono asimilado por la cultura popular, el símbolo de Marvel Comics y una imagen de marca reconocible por millones de personas en todo el mundo. Esa popularidad se asentó a mediados de los años sesenta, sobre los dibujos realizados por John Romita, el artista que llevó al trepamuros a sus mayores cotas de éxito y reconocimiento. Su aspecto limpio, optimista, luminoso, contrastaba con el que le había dado su creador gráfico, Steve Ditko, y tal vez por eso se asentó como el favorito de las masas… Hasta que llegó un nuevo artista, un joven canadiense de apenas veinticinco años que consiguió lo imposible. Su nombre era Todd McFarlane.

Alguien podría pensar que el hecho de que Todd McFarlane naciera el 16 de marzo de 1961, en Calgary (Canadá) reviste cierto simbolismo, ya que ése fue el mismo año en que se inauguró el Universo Marvel, con The Fantastic Four #1 USA. Pero lo cierto es que tal coincidencia no es sino el fruto de la casualidad, porque el nombre de uno de los niños prodigio de los noventa se asocia a La Casa de las Ideas como mera estación de paso, campo de pruebas en el que darse a conocer y desde el que saltar hacia nuevas metas. McFarlane entró en la industria del cómic estadounidense en un periodo de cambio, de viraje hacia una preponderancia absoluta de la imagen sobre la historia. Sería representante del mismo, junto a otros contemporáneos que acabarían por convertirse en sus compañeros de viaje, como Jim Lee, Rob Liefeld, Marc Silvestri o Erik Larsen, con los que compartía algunos rasgos característicos, tanto de estilo como de personalidad.

 

Su carrera propiamente dicha había comenzado en 1985, dentro de una serie llamada Coyote, que publicaba el sello Epic de Marvel. Ese mismo año, fichó por DC Comics para dibujar Infinity Inc., una cabecera eminentemente nostálgica, donde destacaría por arriesgadas composiciones de página que no eran habituales en una época donde la mayoría de los artistas se limitaban a colocar una viñeta tras otra hasta completar la plancha, mientras que McFarlane ya trataba de interpretarla como un todo. Su siguiente obra, tal vez por la relevancia del protagonista, tal vez porque el trazo ya evolucionó hacia un oscuro barroco, fue la que le señaló como un hombre a seguir. Batman Year Two le valió para descubrir cuánto le gustaban las capas de desproporcionado lirismo y para que Marvel le llamara. Le querían de vuelta. En 1987 dibujaría las aventuras del Increíble Hulk durante medio año, antes de que la serie se le quedara pequeña y el editor Jim Salicrup, responsable de las colecciones protagonizadas por el Hombre Araña, se empeñara en colocarlo al frente de la principal: The Amazing Spider-Man. Salicrup estaba convencido que McFarlane elevaría las ventas de la colección hasta situarla, al cabo de ocho años, en el primer puesto de las más vendidas. No sería necesario ni la mitad de ese tiempo.

 

La irrupción del canadiense en el mundo arácnido tuvo lugar apenas unos números después de la llegada de un nuevo guionista, David Michelinie, y de que Peter Parker se hubiera casado con Mary Jane, una situación con la que ningún autor en Marvel acababa de estar cómodo, pero con la que el nuevo equipo tendría que apechugar hasta hacerla suya. Michelinie desarrollaría historias muy ligeras, fundamentalmente aventureras, con una gota del romanticismo de un matrimonio imposible, de una relación amorosa que aparecía como idílica ante los ojos del lector, el mismo que siempre había soñado con encontrar una media naranja que además fuera top model. Todos esos elementos, sumados al espectáculo y la originalidad del dibujo de McFarlane, contribuirían a llamar la atención de nuevas hordas de aficionados que, hasta entonces, creían que el trepamuros era un héroe pasado de moda. Ocurría que aquel personaje en poco se parecía al Spiderman de sus padres. McFarlane lo dibujaba en posturas absurdas, propias de un cuerpo que se había roto, pero que funcionaban con apoteósica fascinación. Como sólo había pasado en los tiempos iniciales de Ditko, el Hombre Araña era ahora más Araña que Hombre. La huída de los convencionalismos, de las figuras anatómicamente perfectas, se completó con un agrandamiento de los ojos, hasta cubrir buena parte de la máscara, que hacían a Spidey expresivo, y con una telaraña llena de hebras, deshilachada y difícil de dibujar, que se ganó el apelativo de “telaraña spaguetti”. La revolución visual se extendió a la plana mayor de los personajes secundarios, con esa Mary Jane que, mientras huía del “canon Romita”, se mimetizaba con el catálogo de Victoria’s Secret, pero sobre todo con los villanos. Michelinie recuperó a muchos de los clásicos, que fueron reinterpretados por McFarlane como recién nacidos, a la par que introdujo una nueva amenaza, la de Veneno, que debutaría en la aventura especial de The Amazing Spider-Man #300 USA (1988). De inmediato se alzó como el reverso tenebroso del héroe, un mastodonte musculoso fusionado con el viejo simbionte de las Secret Wars, aquel traje negro que utilizara Peter Parker unos años atrás hasta descubrir que estaba vivo, y que ahora, con Eddie Brock como huésped, había desarrollado unas aterradoras fauces.

 

La del debut de Veneno fue una historia terrorífica, dolorosa y traumática, tanto para el héroe como para su bella esposa, y en definitiva diferente a las que luego escribiría Michelinie en la serie. Siendo la primera que dibujó McFarlane, se le quedaría grabada como el tipo de cómic que le gustaría contar. Confesaría entonces que, a esas alturas de su vida, hacía tiempo que ya no leía tebeos, que le habían dejado de interesar como algo que hacer en los ratos libres. Y quizás sería el dato más revelador que aportara en las muchas entrevistas que concedió tras convertirse en la estrella del momento. En ellas también se quejaba ya de muchas de las circunstancias que rodeaban al proceso editorial, de la calidad del papel, de las fechas de entrega o de que su arte quedara “tapado” por las prisas y el estilo del entintador. Esto último fue lo que le llevó a ocuparse él mismo de completar sus lápices, una toma de control sobre el producto final que pronto consideraría insuficiente.

 

Después de un par de años en The Amazing Spider-Man, McFarlane sintió que había dado el momento de dar el siguiente paso. No sólo quería dibujar y entintar, sino también que cuanto ocurriera en la viñeta fuera una decisión tomada personalmente por él. “Para decirte la verdad, no es que quiera ser un guionista; es que quiero tener el control de mi arte”, afirmaría entonces. Aspiraba a crear nuevos paradigmas al tiempo que tiraba a la basura los viejos. Por eso, ni John Byrne, ni Walter Simonson, ni Frank Miller, los tres grandes autores completos de la década de los ochenta, eran sus modelos a seguir. No tenía grandes ideas que no estuviera dejando de contar y ni siquiera guardaba demasiado respeto por el oficio de escribir. Simplemente, no quería trabajar al dictado de nadie. Con las cifras de venta de Amazing en las manos, Salicrup no sólo fue incapaz de decirle que no, sino que le daría una nueva serie, titulada simplemente Spider-Man, sin adjetivo alguno, como siempre habían tenido las cabeceras arácnidas, y que se alzaría como el cuarto del personaje.

 

El modelo a seguir para Spider-Man venía en realidad de un proyecto de DC Comics, hijo de la Batmanía. Legends of The Dark Knight había sido lanzado un año antes, al cobijo del éxito de la película de Tim Burton, y era la manera de ofrecer a los nuevos lectores una puerta al mundo de Batman libre de complicaciones, consistente en una sucesión de arcos argumentales de cinco números, independientes los unos de los otros, con distintos autores de prestigio y unas calidades de impresión superiores a las de los comic-book convencionales, lo que también se reflejaba en un precio mayor. Para demostrar que en Marvel no les importaba reconocer la influencia, la portada del primer número de Spider-Man indicaba “The Legend Of The Arachknight”, en alusión nada velada a la serie de Batman. Como había ocurrido con ésta, ese número de lanzamiento iría acompañado de una acción especial, que comenzaría a hacerse frecuente a partir de entonces. Marvel lanzaría cuatro versiones diferentes: la normal, para quioscos; la de librería especializada, cuya portada tenía tintas metálicas, y dos ediciones limitadas a 125.000 ejemplares, que se venderían embolsadas. Los especuladores las acogieron con los brazos abiertos, hasta hacerse con 2.350.000 unidades en las primeras horas de venta y dar pie a dos nuevas ediciones, que sumaban medio millón más. La fiesta de los noventa había comenzado.

 

“Tormento”, así se titulaba aquella primera historia de cinco episodios, en las que Todd McFarlane, la veterana estrella de Marvel, se encontraba con Todd McFarlane, el guionista novato de la compañía al que le habían dado una gran oportunidad por razones que nada tenían que ver con su talento literario. El relato era sencillo y contundente: sin tramas secundarias ni personajes de reparto, estaba contado en tiempo real, como si fuera una película, y venía a reflejar lo que su autor describía como “Una mala noche para Spiderman”. El tormento venía dado por El Lagarto, uno de los villanos habituales del héroe, al que el canadiense ya había tenido oportunidad de dibujar en Amazing, pero que para la ocasión sería redefinido. “Quiero que parezca un monstruo”, diría. “Es un personaje muy visual, con sus enormes colmillos. No quiero que se le vea como el Doctor Connors. Es un gran monstruo, en la línea de la criatura de Alien, y no dice ni una sola palabra durante los cinco números”. La excusa para que El Lagarto fuera tan peligroso estaban en una onomatopeya que inundaba muchas de las páginas, un DOOM DOOM DOOM repetitivo hasta la obsesión, detrás del que se ocultaba el verdadero villano del relato y la influencia oculta de McFarlane, que no era otra que “La última cacería de Kraven”, una saga, que J. M. DeMatteis y Mike Zeck hubieran realizado en 1987 y que había sido la primera en introducir de lleno a Spidey en terrenos oscuros. Probablemente Mac nunca la hubiera leído, ya que la sugerencia del villano misterioso vino de manos de Glenn Hardling, ayudante de edición de Salicrup. Y aunque sí la conociera, “Tormento” no tenía en realidad demasiado que ver con ella. El primer arco de Spider-Man sustituía la profundidad psicológica de “La última cacería” por la inmersión y la claustrofobia ambiental. Si el trepamuros estaba dentro de una terrible pesadilla, el lector debía sentirlo en cada página.

 

Frente a Batman, el personaje favorito de McFarlane, que es una criatura de la noche, Spiderman siempre se había caracterizado por su luminosidad. Consciente de ello, el artista le había dado un billete hacia territorios incómodos, donde el Hombre Araña sólo encajaría bien si era él quien conducía el tren. Los resultados comerciales cosechados por la nueva serie dejaban en evidencia que Spiderman viviría en lo profundo de la noche todo el tiempo que quisiera Todd McFarlane. En Marvel desconocían que, ni siquiera cuando le habían dado todo lo que había pedido, el artista iba a darse por satisfecho.

 

Prólogo del tomo Spiderman de Todd McFarlane nº 1