ULTIMATE X-MEN 1: EL CAMINO HACIA EL MAÑANA

La línea Ultimate pasó por un largo proceso de trabajo previo antes de ver la luz. Tanto Bill Jemas, presidente de Marvel y padre del concepto, como Joe Quesada, el Director Editorial de La Casa de las Ideas, tenían claro que el nuevo sello debía asentarse sobre dos grandes titanes, que a su vez eran los personajes más populares de la editorial: Spiderman y La Patrulla-X. Gracias a que Brian Michael Bendis se sumó al proyecto, el reto de reinventar al Hombre Araña pudo superarse de manera sobresaliente. Sin embargo, en la editorial se antojaba mucho más complicado trasladar los presupuestos de la Marvel Definitiva a un concepto cuya naturaleza misma es el cambio.

La Patrulla-X original nació en 1963 de la mano de Stan Lee y Jack Kirby. El concepto de los mutantes, seres que adquirían sus habilidades especiales al nacer, como consecuencia de una modificación genética, no era extraño dentro de la ciencia ficción, pero el gran patriarca Marvel le dio una orientación innovadora: los humanos convencionales temían, odiaban y rechazaban a estos mutantes, al considerarlos como el escalón evolutivo que un día habría de sustituirlos. Frente al discurso de coexistencia pacífica que avalaba el telépata Charles Xavier a través de cinco jóvenes con variopintos poderes, se posicionaba Magneto, decidido a aplastar a la humanidad en lugar de ayudarla. Tal planteamiento tenía ecos de las diferentes posturas alrededor de la lucha de los negros por conseguir los mismos derechos que los blancos, polarizada durante aquellos primeros años sesenta por la figura, pacífica y dialogante, de Martin Luther King, y por la frentista y radical de Malcom X.

 

La profundidad del mensaje que proponía el cómic nunca llego a calar entre los lectores, de manera que La Patrulla-X fue decayendo en ventas hasta su práctica desaparición. Fue ya a mediados de la década de los setenta, con el renacimiento del grupo a través de una formación internacional que incluía personajes como Lobezno, Tormenta, Coloso y Rondador Nocturno, y mediante las historias, complejas a la par que épicas, tejidas por el guionista Chris Claremont junto a los dibujantes Dave Cockrum, John Byrne o John Romita Jr., cuando los mutantes de Marvel alcanzaron un éxito monumental. Con el paso del tiempo. La Patrulla-X se extendió a toda una franquicia de series, luego dio el salto a la televisión y posteriormente a la gran pantalla de cine.

 

En la trayectoria de los mutantes de Marvel habían tenido cabida, por lo tanto, diversas perspectivas del concepto inicial. El supergrupo de chavales estadounidenses de los inicios poco tenía que ver con el que viera la luz una década después, y éste a su vez también se alejaba de las intrincadas tramas propias del cambio de siglo, con los mutantes repartidos en multitud de grupos y colecciones, cada una con su orientación diferenciada del resto. Un espectador que disfrutara de la película no tendría la menor idea de cómo acercarse a los cómics de mutantes.

 

En la editorial querían evitar por todos los medios ese escenario, de manera que, antes de que el filme llegara a las carteleras, comenzaron a trabajar en Ultimate X-Men. Y no fue nada fácil. Brian Michael Bendis, el responsable literario de Ultimate Spiderman, era quien debía materializar el proyecto, que estaría dibujado por el español Salvador Larroca. ¡Pero ambos autores se quedaron por el camino! Tras dar vueltas al asunto, Bendis estimó que no era capaz de encontrar “la voz de los personajes” con la misma intensidad con la que se había hecho con la de Spiderman, por lo que prefirió renunciar antes de que la nave encallara. En cuanto a Larroca, en el tiempo que pasó hasta que por fin se pudiera poner en marcha la serie, acabó por incorporarse a otra colección, por lo que tampoco estimaba oportuno permanecer a bordo. No obstante, antes de irse dejó un buen número de diseños, en los que combinaba “la estética Matrix” que se vería en la película con el tono de los hombres-X clásicos. El trabajo era tan formidable que sería utilizado en su mayor parte.

 

Y entonces llegó Mark Millar, el más atrevido guionista del panorama estadounidense, un escocés que estaba rompiendo con todos los clichés de los superhéroes. Lo hacía en las páginas de Authority, un cómic de la independiente Image que había heredado de las manos del polémico Warren Ellis y al que había conseguido llevar incluso un escalón más allá de donde lo dejó su creador. Authorityera la mezcla perfecta de espectáculo sin límites, protagonistas de carisma insuperable y tramas audaces con un cierto trasfondo político que las hacía relevantes. Parecía haber nacido para escribir Ultimate X-Men, aunque entre sus lecturas de cabecera no se encontraran precisamente los mutantes. Nada más ser fichado por Marvel, puso multitud de ideas encima de la mesa. La que se llevó el visto bueno de los editores se alejaba bastante de lo que cabía esperar. Consistía en que La Patrulla-X fuera un grupo de mutantes al servicio del presidente de Estados Unidos que debería combatir la amenaza del terrorista Magneto. El primer número comenzaría con una misión de alto riesgo en Oriente Medio, con Jean Grey, Cíclope, La Bestia… ¡Y Mística! formando parte del grupo. El espectacular Adam Kubert incluso había dibujado unas cuantas páginas, y entonces…

 

…Entonces llego el 17 de julio de 2000: El estreno en cines de X-Men. Ni siquiera en Marvel estaban seguros de cómo funcionaría la película, pero lo hizo excepcionalmente bien: más de 54 millones de dólares recaudados sólo en Estados Unidos durante el primer fin de semana. Fue el dato que supuso una revolución dentro de La Casa de las Ideas, pero también en lo que a Ultimate X-Mense refiere: los planes que tenían diferían demasiado de la película. Había que empezar de nuevo.

 

Millar tiró a la basura su enfoque militarista, para cambiarlo por el de “mutantes a la carrera”. En este mundo, las autoridades persiguen a todo aquel que tenga “algo malo” en su ADN. Hay un psicópata aterrador llamado Magneto que quiere reclutar a esos jóvenes fugitivos para su guerra contra la humanidad… Y sólo se le opone un hombre en silla de ruedas, que ha logrado convencer a un puñado de chavales para que se unan a su sueño de paz. El argumento simplificaba al máximo décadas de cómics al tiempo que mantenía un hermanamiento con la película allá en lo que fuera necesario: en el tono inteligente de la narrativa o en la elección de héroes y villanos. No obstante, Millar también se tomó cuantas libertadas estimó oportunas. Frente a las limitación presupuestaria del filme, no había desafío demasiado grande para el lápiz de los hermanos Kubert, Adam y Andy. Ultimate X-Men, por tanto, ofrecería todo lo que los espectadores se habían encontrado en el cine, pero también mucho, mucho más: gigantescos robots Centinelas pisando las calles de Nueva York, increíbles batallas a lo largo del planeta, giros argumentales completamente inesperados… Y un Lobezno como nunca antes se había visto.

 

El resultado fue un auténtico bombazo desde el momento de su lanzamiento. Si Ultimate Spidermanhabía logrado conquistar el corazón de los lectores unos meses antes, Ultimate X-Menles metería el corazón en un puño. La gente del mañana estaba aquí. Y el mañana ya era hoy.

 

Artículo aparecido en Ultimate X-Men 1

SPIDER-MAN EN NUEVOS VENGADORES: EL FIN DEL TREPAMUROS SOLITARIO

Desde siempre, se nos ha transmitido la idea de que Spiderman actúa en solitario, que nunca se unirá a ningún grupo de superhéroes. En los años fundacionales del Hombre Araña, Stan Lee escribió unas cuantas historias en las que éste trataba de incorporarse a las filas de equipos como Los Vengadores o Los 4 Fantásticos y nunca llegaba a hacerlo, casi siempre por razones un tanto absurdas, que venían a expresar una impresión que estaba en el aire: que Spidey era demasiado distinto a los demás, demasiado independiente a la hora de hacer las cosas, demasiado mal visto por las autoridades, demasiado informal para pertenecer a cualquier club. Pero como todos los grandes tabúes del cómic, ese también terminó por romperse, y lo hizo a finales de 2004, cuando el trepamuros ingresó en la última alineación de Los Vengadores.

 

Aquélla era otra de las consecuencias de que los chicos que habían dado la campanada con la creación del Universo Ultimate, Mark Millar y Brian Michael Bendis, llevaran algún tiempo construyendo también sus historias dentro del Universo Marvel clásico. Empezó en un retiro editorial multitudinario, con más de cincuenta autores y editores en la sala. Bill Jemas, el entonces presidente de la compañía, planteó un tema para que su gente profundizara: ¿Cuáles eran las raíces de cada título? ¿Cuál era la esencia, la naturaleza verdadera de cada serie? Bendis estaba sentado al lado de Millar, y hablaban entre ellos con la inconsciente convicción de los que creen saberlo todo. Entonces, la disquisición editorial llegó hasta Los Vengadores. En la formación del momento, militaban personajes secundarios como Hulka y La Sota de Corazones y la serie no arrojaba ventas destacables. “¿Son de verdad esos Los Héroes Más Grandes de la Tierra?”, planteó Bendis, inquisitivo. “¿Por qué no están ahí gente como Spiderman, Lobezno y el Capitán América?”. Y la habitación estalló en una discusión a gritos, con la gente proclamando, como la verdad absoluta que había sido siempre, que “¡Spider-Man no es un vengador!”.

 

Tom Brevoort, el editor de la Oficina Vengadora y una de las personas más implicadas en la coordinación del Universo Marvel, miró a Bendis como si fuera a asesinarle. Ni él ni Millar se habían llegado a plantear escribir la colección de Los Vengadores. Aquello no era más que un hablar por hablar. Pero Joe Quesada, el Director Editorial de la compañía, se dirigió entonces hacia los chicos Ultimate y les dijo: “Muy bien, pues uno de vosotros va a escribir eso. ¿Quién va a ser?”. BMB trató de escabullirse. Se había retirado de Ultimate X-Men antes de terminar ni un número porque no se le daba bien escribir grupos, le asustaban. Millar alegó que ya estaba haciendo, de hecho, Los Vengadores, sólo que en el Universo Ultimate se llamaban The Ultimates. “Entonces, comprendí que había dicho, literalmente, que me asustaba algo”, rememoraría luego Bendis, “y eso es malo para un escritor. Si algo te asusta, inmediatamente tienes que decir que vas a escribirlo. Así que me acerqué a Joe esa misma noche, cuando estábamos de copas, y le dije que quería hacerlo, si no era demasiado tarde. Me dijo que el trabajo era mío”.

 

Antes de que la nueva colección de Vengadores de Bendis, editada por Tom Brevoort, estuviera en marcha, se produjo el relevo en la Presidencia de Marvel. El polémico Jemas salió por la puerta de atrás, después de acumular diversos conflictos con autores, editores y ejecutivos, y en su lugar entro el pacífico e integrador Dan Buckley, el ejecutivo con el que Marvel iba a recuperar muchas de sus señas de identidad y el que enterró definitivamente los experimentos de la época que se había dado en llamar Neomarvel. Buckley dio carta libre a Bendis para sus Héroes Más Poderosos de la Tierra, con la condición de que en el equipo estuvieran Spiderman, Lobezno, Capitán América y Iron Man. Podía completar con quien quisiera, así que BMB optó por Luke Cage, que era otra manera de traerse también a Jessica Jones; por Spiderwoman y quizás por Daredevil. Junto a David Finch, un tipo de Top Cow con un estilo muy derivado de los de Jim Lee y Marc Silvestri, entró en la serie en Avengers #500 (septiembre de 2004) y lo primero que hizo fue dinamitar la mansión. En el curso de una saga apropiadamente titulada “Vengadores Desunidos”, murieron El Hombre Hormiga, La Sota de Corazones y La Visión. La responsable era La Bruja Escarlata, que se había vuelto loca a causa de la pérdida de sus hijos, un acontecimiento que había tenido lugar hacía tantos lustros que pocos lo recordaban. Bendis tocaba de oídas en cuanto a continuidad, con pequeños errores que exageró el fandom veterano, pero la saga fue un éxito absoluto de ventas. Al cabo de cuatro entregas, la colección llegaba a su final. Y un mes más tarde, The New Avengers #1 (enero de 2005), irrumpió en las librerías.

 

Spiderman no podía ser vengador, decían algunos, apoyados en la tradición, en que siempre había sido un solitario y que todos sus intentos de unirse a cualquier grupo habían salido mal. Pero allí estaba Spiderman. Vendió por encima de cualquier previsión optimista, hasta desbancar a los mutantes o la línea Ultimate, algo insólito que nunca había pasado con Los Vengadores. Desde ese momento, tal vez porque los personajes pertenecían a cada franquicia destacable, se situaron en el centro del Universo Marvel, y éste recuperó la interconexión previa a la Administración Quesada.

 

Spidey, como pronto se puso de manifiesto, era el alivio cómico de Los Nuevos Vengadores. Junto a Luke Cage parecía protagonizar una buddy movie sin fin. Bendis, que hasta entonces había escrito el Peter Parker adolescente de Ultimate Spider-Man, tuvo que meterse en la piel de uno que tenía treinta y tantos, casado y superhéroe con experiencia, que había vivido casi todas las situaciones imaginables y que se reía de ellas. De las muchas cosas que los tradicionalistas detestaron de The New Avengers, la caracterización del Hombre Araña estuvo entre las primeras.

 

Un acontecimiento de semejantes características tenía que tener, por fuerza, impacto en las colecciones protagonizadas por el personaje, y la que lideró el cambio fue, precisamente, The Amazing Spider-Man, el título principal de la franquicia. Joe Michael Straczynski aprovechó la trama de “A flor de piel” para, al final de dicha historia, prender fuego a la casa de Tía May. Ya tenía la excusa perfecta para que tanto ella, como Peter y Mary Jane se mudaran a vivir a la Torre Stark. El truco de JMS para integrar sus historias en el nuevo statu quo estaba en la comedia, en sacar punta a la inclusión de una familia convencional, como la de los Parker, en un entorno que les resultaba alienígena, como el de Los Vengadores. El resultado fue una trepidante saga, la incluida en este tomo, en la que el cabeza de red se enfrentaba contra la clase de enemigo con la que no solía encontrarse de manera habitual, a la vez que trataba de aclimatarse a su nuevo mundo. Esta vez, aquello de que “nada volvería a ser igual”, sería completamente cierto.

 

Artículo aparecido en Marvel Saga. El Asombroso Spiderman nº 8: Nuevos Vengadores

BIENVENIDOS A NEOMARVEL: EL CASO ULTIMATE MARVEL TEAM-UP

En los primeros años de la década de los 2000, La Casa de las Ideas vivió una de las épocas más sugestivas de su historia. El equipo encabezado por Joe Quesada debía manejar con cuidado la difícil herencia dejada por sus antecesores. Durante la década anterior, la editorial había establecido unas prácticas que ahuyentaban el talento y premiaban la mediocridad. Tales métodos debían desterrarse, no sólo para hacerse con la complicidad de los lectores, sino también para que guionistas y dibujantes miraran a Marvel como un lugar en el que quisieran estar.

En la cúpula de la editorial estaban convencidos de que las glorias del pasado cada vez tenían menos que ofrecer, por lo que necesitaban dar entrada a nuevos autores con las ideas frescas. Quesada, como Director Editorial, Bill Jemas, como presidente de la compañía, y editores como Axel Alonso, procedente del sello Vertigo de DC Comics para lectores adultos, se consagraron con tanta determinación a ese propósito que, en apenas unos pocos meses, los cómics Marvel se vieron inundados por estrellas consagradas que habían alcanzado la aclamación en otras editoriales e incluso en otros medios, como el cinematográfico o el televisivo, pero también por jóvenes promesas que venían del campo independiente. Los resultados fueron tan diversos como sorprendentes. Se alcanzó lo glorioso, lo extraño, lo nunca visto… También hubo errores, desde luego: propuestas tan estrambóticas que nunca encontraron su público, pero en general se consiguió cambiar la imagen que se tenía hasta entonces de la factoría. De una editorial acomodada, que nunca se arriesgaba y que no hacía sino sangrar a la cada vez más reducida comunidad de lectores, se pasó en un tiempo récord a afianzar la imagen de una Marvel abierta a la innovación. Muchos aplaudieron la valentía de La Casa de las Ideas y se acercaron a sus cómics. Otros, criticaron aquella operación a corazón abierto, acusando a sus responsables de estar desnaturalizando a grandes iconos con más de cuatro décadas de tradición a sus espaldas. Y tanto partidarios como detractores comenzaron a referirse a la editorial como Neomarvel.

 

Ultimate Marvel Team-Up vio la luz cuando esta época concreta estaba en plena efervescencia. Brian Michael Bendis había alcanzado ya la categoría de estrella, a causa del éxito conseguido por Ultimate Spiderman, pero sus referencias primarias seguían estando en el cómic independiente del que procedía. Las agendas de Quesada, que había sido responsable de la pequeña editorial Event Comics, y la de Alonso, que durante su etapa en Vertigo había recurrido a un buen número de artistas con una sensibilidad contrapuesta a la del género superheroico, sirvieron para nutrir la serie, lo que la convirtió en un pequeño catálogo de lo más extraño que podía encontrarse en el cómic estadounidense. Y conforme la colección fue avanzando, el riesgo de las apuestas fue en aumento.

 

Este segundo y último volumen dedicado a Marvel Team-Up ofrece, por tanto, los más inusuales encuentros que haya tenido jamás Spiderman con otros personajes, no ya porque, en su mayoría, éstos se encuentran en la retaguardia de La Casa de las Ideas, sino porque los dibujantes que fueron requeridos quizás nunca imaginaron que terminarían firmando un cómic Marvel.

 

El tomo se abre con un episodio humorístico, no en vano ilustrado por Jim Mahfood, dibujante de estilo cartoon que había colaborado con Kevin Smith en la adaptación al cómic de algunos de sus filmes. En sus páginas, Peter Parker acude al cuartel general de Los 4 Fantásticos para verse envuelto en una abracadabrante trama que le llevará a pasar por las mismísimas oficinas de Marvel. Bendis desata su vena humorística como nunca antes había hecho, a través de un experimento que, por inclasificable que pudiera parecer, en realidad enlazaba con una olvidada tradición, por la que, en ocasiones especiales, los autores de la editorial habían hecho acto de presencia en las viñetas. El cómic supuso además el debut de Los 4 Fantásticos en el Universo Ultimate. Sin embargo, la versión que se daba de La Primera Familia poco o nada tendría que ver con la que un tiempo después encontraríamos en su propia serie Ultimate, lo que dejaría fuera de continuidad este cómic en concreto, por más que sea un documento de incalculable valor para entender el clima en el que se desarrollaba la revolución Marvel de los 2000.

 

En las antípodas se colocaba el episodio inmediatamente posterior, con el Hombre-Cosa como personaje invitado. Consciente de las muchas veces que se había comparado a este monstruo con su contemporáneo de DC Comics, La Cosa del Pantano, Bendis requirió los servicios de John Totleben, el dibujante de la etapa más famosa que hubiera tenido éste, la que escribió Alan Moore. El resultado recuerda al tono oscuro y terrorífico de aquella obra maestra, muy adecuado para presentar a El Lagarto, uno de los enemigos clásicos del héroe original, que posteriormente regresaría en la colección-madre. Acto seguido, cambia de nuevo el tono: Chynna Clugston, otra autora de Oni Press, como era el caso de Mahfood, que había sido nominada a los Premios Eisner de ese año por su miniserie Blue Monday y estaba enormemente influida por el manga, sumerge a Spidey en un encuentro con La Patrulla-X, en un escenario tan poco superheroico como un centro comercial. De nuevo, estamos ante un cómic a tener en cuenta, puesto que avanzaría futuras tramas.

 

De ahí saltamos a una aventura de doble extensión, en la que el Doctor Extraño se estrena en el Universo Ultimate. Para la ocasión, Bendis quería rememorar el primer cruce entre los dos héroes clásicos, acaecido en Strange Tales Annual #2 USA (1963) e ilustrado por Steve Ditko, el creador gráfico de ambos. La nueva aventura viene a ser un remake indisimulado de aquella, con Ted McKeever, una leyenda del cómic independiente norteamericano, compitiendo con Ditko en capacidad para crear entornos mágicos desquiciados. La serie baja el diapasón para acoger la visita de la Viuda Negra, en una historia en la que también tenemos a Nick Furia y que se sitúa cronológicamente antes de que irrumpiera en la vida de Spidey, en Ultimate Spiderman: Legado, aunque sirve de preámbulo a ésta. Ilustra Terry Moore, que había conseguido el Eisner por Strangers In Paradise. Otra historia doble, esta vez coprotagonizada por Shang Chi y deudora del cine de serie B de artes marciales, supondría el colofón de Marvel Team-Up. Rick Mays, también con ciertos ecos de amerimanga en su trazo, fue el elegido para la ocasión.

 

Al parecer, la cabecera mantenía unas respetables cifras de venta, pero el esfuerzo de encontrar un artista de altura que se adaptara a cada nueva saga pesaba como una losa. Todavía se llevaría a cabo un número especial repleto de autores invitados, ya bajo el paraguas propiamente dicho de Ultimate Spider-Man y que veremos en el siguiente tomo del personaje, pero con la cancelación de Ultimate Marvel Team-Up también se veía próximo el fin de la época más experimental que haya tenido nunca La Casa de las Ideas. Neomarvel quedaba atrás mientras un nuevo tiempo se abría camino.

 

Artículo aparecido en Coleccionable Ultimate. Ultimate Spiderman nº 6: Encuentros extraños

 

 

NEW X-MEN DE GRANT MORRISON: HIJOS DE LA REVOLUCIÓN

El siglo XXI acababa de nacer y con él, la siguiente fase de la evolución humana tomó los cines. Pocos esperaban que X-Men de Bryan Singer, la peliculita con la que 20Th Century Fox cubrió el hueco comercial del 14 de julio, se convertiría en un fenómeno. Es más, los lectores de cómics o los que habían descubierto a los mutantes gracias a la serie de televisión de los años noventa dieron por hecho, casi de manera unánime, que sería un desastre sin paliativos. Por contra, Singer creó un producto sofisticado y competente, pegado a la tierra y expurgado de cualquier tentación camp que la audiencia generalista pudiera identificar con la imagen peyorativa que tenían de los superhéroes.

X-Men, la película, triunfó con armas similares a las que había utilizado La Patrulla-X, el cómic, en sus años de esplendor, a finales de los setenta y primeros ochenta. Esos días de gloria parecían muy, muy lejanos. Mientras el largometraje sorprendía en los cines, los cómics que lo motivaban sólo atraían ya a coleccionistas compulsivos y a los fanboys veteranos incapaces de abandonar su dosis. Los lectores atentos a las vanguardias, aquéllos que intuían cuál era el título de moda en cada momento y se lanzaban en plancha sobre él, quienes sabían qué cómic recomendar a las nuevas generaciones para cautivarlas, habían aprendido a mirar a La Patrulla-X con indisimulado desdén. El que un día fuera todo eso que obligaba a leer un determinado tebeo era una triste sombra del pasado, enterrada sobre lustros de trucos comerciales, crossovers sin sentido, crecimiento desordenado en forma de copias clónicas e historias construidas desde el estamento editorial dejando de lado cualquier sensibilidad artística. Todo eso ocasionaba que las muchas colecciones que formaban la llamada Franquicia Mutante, y salvo honrosas excepciones, fueran material ilegible.

 

Y sin embargo, la noche es más oscura antes del amanecer. Cuando Bill Jemas, el entonces presidente de Marvel, contempló la manera en que la editorial dejaba pasar la oportunidad que supuso el éxito de la película de cara a rentabilizarla en el alistamiento de nuevos lectores, concluyó que hasta ahí habían llegado. Apenas un mes y medio del estreno del filme, destituyó fulminantemente a Bob Harras, el Director Editorial de la compañía en los últimos años y al que se le señalaba en buena parte como responsable del desastre. En su lugar, colocó a Joe Quesada, el talento que había impulsado la línea Marvel Knights, la única que parecía excitar a ese nuevo lector que tanto necesitaba La Casa de las Ideas. Quesada se colocaba en el extremo opuesto de Harras. Mientras éste primaba la construcción de los cómics de espaldas a la fuerza creativa, Quesada colocaba a los autores en primera línea de batalla. Los escogía con mimo, entre los que más destacaban dentro de la industria pero que carecían de una visión acomodaticia de los superhéroes, y también entre los que estaban fuera de los cómics pero triunfaban en el entretenimiento popular: directores de cine y televisión, artistas infográficos, novelistas… Todos parecían estar en la agenda, y en las fiestas, de Quesada, y muchos de los que ahora fichaban por Marvel habían perjurado, en tiempos del viejo régimen, no pisar sus oficinas mientras estuvieran vivos.

 

Entre el talento que el nuevo jefe había atraído a la editorial, ya en su fase como responsable de Marvel Knights, estaba el de Grant Morrison (Glasgow, 31 de enero de 1960). La figura de Morrison era gigantesca para los verdaderos gourmets de las viñetas, aquellos que despreciaban a La Patrulla-X como el modelo de tebeo que imponía el stablishment. Morrison había saltado a la fama, y había cosechado una inmensa fortuna, con Arkham Asylum, una hipnótica pesadilla en tapa dura que adentraría a Batman en las penumbras del sanatorio psiquiátrico para criminales dementes de Gotham para descubrir que no era tan distinto a sus residentes. Arkham Asylum se benefició de la Batmanía que arrasó el mundo a raíz de la primera película de Tim Burton y vendió millones de ejemplares, de cada uno de los cuáles Morrison se quedaba con un dólar en concepto de royalties. Pudo comprarse un castillo con ellos, viajar por el mundo y consumir drogas que abrirían su mente y le llevarían a escribir cómics cada vez más experimentales, como Doom Patrol, Animal Man o The Invisibles, su más personal obra maestra, en la que volcó su manera de ver el mundo y de verse a sí mismo.

 

Cuando Quesada logró fichar a Morrison en Marvel Knights, fue para obras puntuales, llamativas y al margen de las grandes olas de la editorial: las miniseries Marvel Boy o Fantastic Four: 1 2 3 4. En tiempos de Bob Harras, hubiera sido literalmente imposible que el escocés entrara a su juego y aceptara ceñirse a los crossovers estacionales o a que un vulgar editor que en su vida hubiera leído un libro reescribiera diálogos a conveniencia. Pero con Quesada sería distinto, precisamente porque Quesada quería destruir la imagen de corporación siniestra que Marvel se había ganado entre autores y lectores durante una década de desencantos. Todo lo que estaba prohibido hasta entonces se adoptaría como principio supremo a partir de ese momento.

 

En 1988, Morrison se había atrevido a decir que La Patrulla-X debía haber terminado con “Días del Futuro Pasado”, la célebre historia de Chris Claremont y John Byrne publicada en 1980, porque lo posterior no valía para nada. Ahora que todo había cambiado, que Quesada le ofrecía estabilidad, libertad y el mejor de los tratos posibles, lo último que podía hacer era negarse a dar aquel paso. Escribiría la que, desde ese momento, sería la serie de bandera de la Franquicia Mutante. The Uncanny X-Men era la cabecera de toda la vida, la clásica, la que había empezado en 1963, así que Morrison prefirió quedarse con “la otra Patrulla-X”, la titulada, simplemente, X-Men… Aunque bajo sus alas pasaría a denominarse New X-Men, con un nuevo logo que diseñaría él mismo y que ya era en sí una declaración de intenciones: se podía leer boca arriba y boca abajo, que decía lo mismo.

 

El dibujante de New X-Men sería Frank Quitely, el heterodoxo artista que le había acompañado en Flex Mentallo y en la novela gráfica JLA Earth 2, que sería el último trabajo de ambos en DC antes de saltar a Marvel. Quitely, natural de Glasgow como Morrison y amigo de éste, tenía buenos motivos para alejarse de la editorial de Superman. Estaba dibujando también The Authority, con Mark Millar como guionista, donde la recién compradora de Wildstorm insistía en censurar su trabajo, en viñetas en las que la violencia excedía los límites que DC entendía como admisibles o en las que Apollo y Midnighter, versiones radicales de Superman y Batman, se besaban. Uno de los cambios más llamativos que la editorial había impuesto en el arte de Quitely se encontraba en el The Authority #14 USA (2000), en el que los villanos eran una parodia de Los Vengadores. El equivalente del Capitán América se parecía demasiado a éste, por lo que decidieron quitarle su escudo y cambiarle los colores. Aquella saga, que escribía Mark Millar y que avergonzaba a DC, enseñó a los lectores la simiente de lo que un día serían The Ultimates. Para Quitely, aquellos incidentes señalaron que era el momento de buscar pastos más verdes. Su lentitud dibujando llevaría además a establecer que se alternara en New X-Men con otro fichaje más venido de DC, en este caso Ethan Van Sciver.

 

Morrison se leyó todos los tomos recopilatorios que pudo encontrar con antiguas aventuras de La Patrulla-X, lo que le permitió determinar qué es lo que funcionaba y qué no, y lo escribió en el manifiesto que puede encontrarse al final de este tomo. Su propósito pasaba por mantener a los lectores que todavía permanecían fieles a los mutantes y conseguir que entrara “una nueva audiencia contemporánea”. Para ello, se disponía a recrear no la literalidad, sino el espíritu de lo que había sido la mítica etapa de Claremont y Byrne. No se trataba de repetir los éxitos del pasado, como habían hecho tantos otros, sino que la colección volviera a estar en la vanguardia del cómic mundial, que fuera desafiante, sofisticada y accesible a todos. Como ya hacía la película, en lugar de aferrarse a las referencias a los superhéroes clásicos, su cómic apelaría a “la constante lucha evolutiva entre lo bueno/nuevo y lo malo/viejo”, una frase que escribió en su propuesta del 20 de octubre de 2000. Y de acuerdo también a lo que había impuesto el cine, la licra de los uniformes quedaría atrás, para aproximarse al cuero, aunque en este caso siguiendo los peculiares diseños que haría Quitely.

 

“Elegí no presentar a La Patrulla-X como víctimas ‘temidas y odiadas’ de un mundo que se negaba a entenderlos, sino como representantes, declarados y orgullosos, del inevitable siguiente paso en la evolución”, escribiría Morrison algunos años después, en Supergods, su historia del cómic estadounidense revestida de memorias personales. “Nosotros los odiábamos por la misma razón por la que odiábamos en secreto a nuestros hijos: porque están aquí para reemplazarnos. No imaginaba a la cultura mutante como un solo ideal monolítico o como las ideologías enfrentadas de los ‘mutantes diabólicos’ y ‘los buenos’, sino como un espectro de conflictivos puntos de vista, autoimágenes e ideas sobre el futuro. Frank Quitely y yo tratamos de imaginar la aparición entre nosotros de una extraña cultura nueva, con diseñadores de ropa mutante creando camisetas con seis brazos o alta costura invisible; músicos mutantes lanzando álbumes que sólo pudieran ser oídos en frecuencias infra o ultrasónicas; artistas que usaran colores que sólo los ojos mutantes pudieran ver… En lugar de solamente un equipo, o incluso una tribu, nos imaginamos una sociedad homo superior completamente formada, por fin erigiéndose hacia la luz de la emancipación. New X-Men  trataría sobre el amanecer de un futuro con nueva música, nuevos sueños, nuevas formas de ver y de vivir. El Instituto Xavier sería una avanzada del futuro aquí y ahora, así como un cuartel general y una escuela. Pensé que podía usar el comic para hablar sobre los aspectos positivos y negativos de la cultura geek llegando al mainstream“.

 

New X-Men #114 USA, el primero de la Era Morrison, impactó en las librerías en la primavera de 2001, como el ejemplo supremo del aire fresco que estaba soplando desde la editorial que, con Jemas y Quesada, se daría en llamar Neomarvel. Desde la portada, aquella reducida alineación de hombres-X en sus nuevos trajes de cuero a lo Matrix caminaba hacia el lector, casi deslumbrado por el brillo de la explosión genética que se intuía a sus espaldas. Las figuras, entre sombras y apenas reconocibles ante las deformaciones estilísticas a las que las había sometido Quitely, se aparecían extrañas a la par que fascinantes, como un misterio pendiente de descubrirse. Podían ser el siguiente paso de la evolución humana, pero también un grupo de operarios municipales punk dispuestos a detener el tráfico. En cualquiera de los casos, eran algo imprevisible, distinto y que había dejado atrás el callejón sin salida en que se habían encerrado los mutantes durante tantos años.

 

La presencia de Morrison en la cabecera se extendería durante tres largos y fértiles años, en que su luz iluminó el camino a seguir por muchos otros, tanto dentro como fuera de Marvel, y en que aquella Nueva Patrulla-X mantuvo su orgullosa independencia. Lo que ocurría en sus páginas impactaría en otros cómics, pero el viaje no funcionaría en el sentido opuesto. Morrison trabajó libre de imposiciones externas y de cuanto se cocía en el resto del Universo Marvel. Su novela mutante en capítulos marcaría época y permanecería como una de las mayores cumbres no ya de la historia de La Patrulla-X o de Marvel, sino del cómic en general. El homo superior había mutado una vez más, esta vez para ser de nuevo relevante.

 

Texto aparecido originalmente en New X-Men de Grant Morrison nº 1

LA REINVENCIÓN DE UN MITO UNIVERSAL

El mundo del cómic está plagado de sorpresas. Nadie hubiera apostado que un personaje extraño, que rompía con la estética a la que todos los lectores estaban acostumbrados y que había debutado en el último número de un título marginal se alzaría como uno de los más representativos iconos de nuestro tiempo. Y sin embargo, así fue.

Spiderman nació en Amazing Fantasy #15 USA (agosto de 1962), de la imaginación de Stan Lee y Steve Ditko, con el objetivo de que cualquier chaval que leyera aquellas historias pudiera identificarse con su protagonista, un Peter Parker no muy distinto de tantos otros adolescentes estudiosos, aislados del resto de sus compañeros y que creían que la mala suerte les acompañaría siempre. La picadura de una araña radiactiva había conferido a Peter increíbles habilidades, mientras que la trágica muerte de su tío Ben, a manos del mismo ladrón al que se había negado a detener días atrás, le había enseñado que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Como El Asombroso Spiderman, consagraría su existencia a luchar contra el crimen, mientras que como Peter Parker trataría de llevar una vida normal, que siempre se complicaría y siempre entraría en conflicto con su actividad como justiciero.

 

La leyenda de Spiderman no ha hecho sino crecer en todo este tiempo, y al tiempo que el personaje acumulaba aventuras y vivencias en las viñetas publicadas por Marvel Comics, el cine, la televisión, los videojuegos y toda clase de productos de mercadotecnia reflejarían su inmensa popularidad. Spidey llega a todo el mundo: le puede fascinar a un chaval que quiere disfrazarse como él en Halloween, a una chica que le encantan sus películas o a un adulto que no se pierde ni uno de los tebeos en los que aparece.

 

Pero, con el paso de los años, en Marvel Comics detectaron que había un gran número de aficionados que se sentían abrumados ante las cuatro décadas ininterrumpidas de aventuras vividas por el Hombre Araña, quien había dejado atrás su adolescencia para alcanzar la edad adulta, casarse y sentar la cabeza. El presidente de la compañía, un tipo con muy buen ojo comercial llamado Bill Jemas, empezó a dar vueltas a una idea tan revolucionaria como provocadora: la de crear una nueva línea editorial en que, primero Spiderman y luego otros personajes populares de la compañía, como La Patrulla-X, comenzaran su historia de nuevo, como si nunca antes se hubiera contado: Partiendo desde cero. Corría el año 2000, estaba a punto de estrenarse la primera película de X-Men y el debut cinematográfico del trepamuros se encontraba a apenas dos años vista, por lo que Jemas estimaba necesario ofrecer “algo diferente”, que atrajera a las nuevas audiencias con las que se encontrara Marvel.

 

Tan ambicioso proyecto recibía, en aquel momento embrionario, el nombre de Ground Zero (Zona cero), pero Jemas no encontraba la resonancia necesaria dentro de la editorial como para llevarlo a cabo. Era algo que ya se había intentado anteriormente, sin que acabara de funcionar: apenas unos meses antes había terminado de publicarse Spider-Man: Chapter One, un torpe intento de John Byrne, un autor de la vieja guardia en horas bajas, por modernizar las primeras historias de Spidey en el que simplemente había cambios estéticos. Por ejemplo, donde antes te encontrabas un microscopio, ahora se ponía un ordenador, pero el contexto, el ritmo, la caracterización y las relaciones de los personajes sabían a viejas, muy viejas, sin ni siquiera el encanto de las historias originales. Un refrito sin sustancia alguna que fue vapuleado por lectores y críticos.

 

Muchos, fijándose en los pésimos resultados del Chapter One, ya enterraban la nueva línea antes siquiera de que hubiera nacido, e incluso Bob Harras, el Director Editorial con el que contaba la compañía, no hacía sino proponer autores mediocres para hacerse cargo de Ground Zero. Por aquel entonces, el propio Jemas había escrito un borrador de lo que sería el tomo de lanzamiento, con el origen de Spiderman. Uno de los escritores de confianza de Harras lo desarrolló hasta convertirlo en guión. Cuando Jemas lo pudo leer, supo que tenía un problema: era otro Chapter One, demasiado parecido a la historia primigenia. Tanto, que se confundía con la misma, hasta copiarla, punto por punto. No había el menor asomo de talento ni originalidad en aquel trabajo.

 

Por suerte para todos, el destino jugó sus cartas: Harras fue despedido, ante su incapacidad manifiesta para devolver a Marvel el prestigio que merecía, y sustituido por Joe Quesada, un tipo inteligente, entusiasta y visionario que capitanearía el viaje de La Casa de las Ideas hacia el siglo XXI. Fue Quesada quien puso encima de la mesa el nombre de Brian Michael Bendis, autor casi desconocido en aquel entonces, que había destacado por cómics de género policiaco publicados en editoriales independientes, en los que brillaba una narrativa cinematográfica, diálogos espontáneos y tramas sofisticadas. Después de leerse todas sus obras, Jemas decidió que Bendis era el candidato perfecto para Spiderman Ground Zero… Aunque el cómic pronto cambiaría de nombre por el de Ultimate Spiderman.

 

Cuando en la editorial empezaron a recibir los primeros borradores de guión firmados por Bendis se dieron cuenta que tenían algo verdaderamente grande entre manos. El guionista había hecho suyos los presupuestos de Jemas, para construir una historia cargada de emoción e intensidad en la que se tomaba su tiempo para contar las cosas. “Que no se ponga el traje de superhéroe hasta que pasen varios números”, insistía el presidente de Marvel, a lo que todo el mundo contestaba que aquello era una aberración, que condenaría el proyecto desde el primer número. Pero se equivocaron. Los detalles circunstanciales no eran lo verdaderamente importante, como muy bien había comprendido Bendis, sino el que Peter Parker fuera alguien de carne y hueso, alguien que el lector sintiera como real y cercano. Para ello, no dudó en acercarse a los institutos de su localidad, Cleveland, donde se fijó en cómo vestían, cómo eran, cómo hablaban y cómo se comportaban sus alumnos; repasó multitud de revistas y libros científicos, de cara a que la explicación de los poderes arácnidos fuera lo más verosímil posible y ni siquiera dudó en romper con algunas de las recomendaciones que hizo Jemas, con tal de lograr el resultado buscado. El presidente de la compañía insistía en que cada número fuera autoconclusivo, pero las escasas 22 páginas de un cómic mensual se quedaban muy cortas para la narrativa descomprimida de Bendis. Ultimate Spiderman se ordenaría mediante amplios arcos argumentales de cinco, seis o siete entregas, de manera que luego pudiera recopilarse en forma de libros.

 

Mientras que un innovador como Bendis se había hecho con las tareas literarias, las artísticas recaerían en un valor seguro de la empresa. Mark Bagley llevaba en Marvel desde principios de los noventa. Había participado en el lanzamiento de Los Nuevos Guerreros, un grupo de adolescente que tuviera gran éxito en aquella época, para saltar luego a Amazing Spider-Man, la cabecera principal del trepamuros de toda la vida. En el momento de recibir el encargo de realizar el Hombre Araña Definitivo, llevaba varios años ocupándose de Thunderbolts, por lo que estaba abierto a un cambio de aires. Su estilo, espectacular y muy, muy comercial, así como su rapidez y seriedad a la hora de cumplir las fechas de entrega, le señalaban como el artista apropiado para equilibrar la procedencia y la sensibilidad independiente de Bendis. Lo divertido es que, en un primer momento, Bagley sólo se comprometería a realizar los seis números iniciales de la serie. Pero, cuando estaba acometiendo las páginas del segundo episodio, se sintió tan enganchado como comprometido con el proyecto. Aquello era mágico. Quería seguir allí todo el tiempo que le dejaran. Y desde luego que lo haría.

 

Hacia verano de 2000 llegó a las tiendas el primer número de Ultimate Spiderman. Contra todas las previsiones de los agoreros, fue un éxito monumental de crítica y público, que señalaría el camino a seguir no sólo por la Línea Ultimate, sino por la industria del cómic en general. Un mito, el de Spiderman, había renacido para el siglo XXI. Un mito, el de Ultimate Spiderman, no había hecho más que comenzar.

 

Artículo aparecido originalmente en Coleccionable Ultimate. Ultimate Spiderman nº 1