1987. DE CÓMO LA GUERRA DE LA REALIDAD SE TRANSFORMÓ EN LA CAÍDA DE LOS MUTANTES

Es 1987. Claremont está ahora barajando hacia dónde dirigir la serie. En los últimos años, ha trazado argumentos con doce meses vista, pero ya no puede permitirse ese lujo. Ahora, a raíz del éxito de La masacre mutante, desde arriba le piden un crossover anual y máxima coordinación con Weezie Simonson. Se insiste en que el gran encuentro entre la Patrulla-X y X-Factor sería un espectacular acontecimiento con extraordinarias ventas. Claremont todavía se resiste a llevarlo a cabo, pero sabe que no podrá hacerlo durante mucho tiempo. En lo que parece una huida hacia delante, aleja a los hombres-X de Nueva York y de las exigencias editoriales, de las apariciones en cada uno de los títulos que publica Marvel con a saber qué guionista y de la Secret Wars de turno, la llame Tom DeFalco como la llame. Cambia el racismo hacia los mutantes, al que ya ha sacado un enorme partido, por algo totalmente diferente. Los hombres-X seguirán actuando en la sombra, pero no porque sean proscritos y perseguidos, sino porque se han convertido en leyendas. El propósito lo enuncia Tormenta: “Mientras la Patrulla-X exista, harán lo imposible por destruirnos. Nos atacarán directamente o a través de los que amamos. La solución a nuestro problema es encontrar una manera de tomar la iniciativa. Creo que la única posible es hacerles creer que han logrado su propósito. Por eso la Patrulla-X debe morir” (UXM 219).

Camino de ese objetivo, el Patriarca Mutante decide cerrar muchos de los cabos sueltos que ha dejado colgados en los últimos años y por los cuales ha recibido críticas despiadadas. Toca ahora dar una explicación plausible a La masacre mutante. Mientras Weezie Simonson convierte a Apocalipsis en un villano de altura, Claremont crea a Mister Siniestro, la mente oculta tras los Merodeadores, cuyo debut tiene lugar en el UXM 221 (IX 87), aunque Dientes de Sable ya lo había mencionado en su primer encuentro con Lobezno (UXM 212). Mister Siniestro, que con sus oscuras razones sirve para justificar casi todo, también es el culpable de que Madelyne Pryor lleve varios meses huyendo. Siniestro envía a los Merodeadores con la intención de asesinarla, pero ella es rescatada por la Patrulla-X (UXM 221 y 222, IX-X 87), junto a la que permanecerá desde entonces, con la intención de recuperar a su hijo.

Paralelamente, el que iba a ser argumento de una miniserie protagonizada por Tormenta pasa a integrarse dentro de la serie regular en una saga oficiosamente titulada La guerra de la realidad (UXM 220-224, VIII-XII 87), preludio del siguiente gran crossover mutante. En ella, Tormenta emprende la búsqueda de Forja en compañía de Naze, el viejo maestro chamán del mutante. Naze asegura que Forja ha sido poseído por el Adversario, un demonio de otra dimensión que pretende destruir el universo. En realidad, el verdadero poseído es Naze, suceso ocurrido en el UXM 188 (XII 84) y del que Claremont parecía haberse olvidado por completo en los tres años transcurridos desde la publicación del cómic. Viaje iniciático del estilo habitual de su autor, La guerra de la realidad extiende su discurso en torno al amor, la fidelidad y la traición más allá de los cuatro números inicialmente previstos. Al final del UXM 224, sólo ha sido revelada la naturaleza maligna de Naze, lo que deja el reencuentro de Forja y Tormenta para los dos números siguientes, que ya forman parte de The fall of the mutants. El título de este segundo crossover es un juego de palabras: fall significa tanto caída como otoño, fecha de aparición de los números que componen la saga. De nuevo, se enuncia un nombre genérico que agrupa a las tres colecciones durante otros tantos meses pero cuyos acontecimientos poco tienen que ver entre sí, de no ser por un tono general de catarsis.

En Uncanny, Claremont vuelve a anunciar sorpresas a bombo y platillo en cuanta entrevista u aparición pública hace. Desde el principio, ocurra lo que ocurra, Destino ya ha vaticinado su profecía: “La Patrulla-X morirá en Dallas”. Conociendo el augurio, los hombres-X viajan a la ciudad, donde acometen la batalla final contra el Adversario (UXM 225-227, I-III 88). Por otra parte, Tormenta y Forja, exiliados por el mismo villano en una tierra paralela donde éste consigue devolver sus poderes climáticos a Ororo, también deciden abandonar su paraíso particular a cambio de la oportunidad de enfrentarse al Adversario. “Estamos condenados”, dice ella. “Si nos quedamos, nuestro mundo morirá. Si volvemos, morirá éste”. El sacrifico es el gran tema de la saga. Desde siempre, Claremont ha definido el heroísmo de sus personajes en función de la capacidad de éstos para superar sus conflictos internos y afrontar su destino. La predeterminación con la que actúan sus criaturas adquiere ahora una nueva entidad. Cada hombre-X renuncia a su vida, e incluso a liderar una nueva humanidad en el caso de Tormenta y Forja, para salvar el universo. “Si hemos de morir, que signifique algo”, promete Lobezno. Claremont compara la situación con las de los trescientos de Esparta, el reducido ejército que, aún a costa de su vida, detuvo el avance del imperio persa en la batalla de las Termópilas. Partiendo de semejante referente, la strip recupera un tono épico olvidado desde hace algún tiempo y que se ha visto sustituido mientras tanto por la angustia perpetua que acompaña a los protagonistas. Esa vuelta a las esencias está condicionada, en gran medida, por la preparación de la serie que Claremont realizará junto a Alan Davis. Repasando los cómics ingleses del Capitán Britania dibujados por Davis en busca de personajes que reutilizar en la nueva colección, Claremont encuentra a Roma, la hija del mago Merlyn, guardiana de todas las realidades. La procedencia mágica de Roma la convierte en la perfecta enemiga del Adversario. Éste es el único villano de auténtica relevancia cósmica al que se enfrenta la Patrulla-X desde, por lo menos, Fénix. Su misma concepción resulta extemporánea a los hombres-X. Claremont lo crea para utilizarlo en Doctor Strange, colección que escribió a principios de los ochenta y que abandonó antes de que el Adversario tuviera oportunidad de aparecer. El Adversario y Roma se enfrentan en un ajedrez cósmico en el que los hombres-X son meros peones, carne de cañón cuya muerte sirve para expulsar al villano de la Tierra.

 

Hubiera sido un buen final para la colección pero, es una obviedad, ésta ha de seguir adelante. ¿Cual es el truco? La esencia de cada hombre-X, además de la de Madelyne Pryor, sirve para derrotar al villano. La cámara de un intrépido periodista retransmite el heroico suceso a los teleespectadores de todo el mundo. Ya en secreto, Roma resucita a los hombres-X. El Adversario no ha sido destruido, ya que su existencia es necesaria para el equilibrio natural de las cosas, aunque permanecerá encerrado durante una era “en castigo por su transgresión”. A cambio, la Patrulla tiene la oportunidad de empezar desde cero, con un mundo que los cree muertos. Claremont consigue así un doble objetivo. En primer lugar, si Lobezno, o Tormenta, o quien sea, están muertos, es más difícil que puedan aparecer como invitados especiales en cualquier otro título Marvel; en segundo lugar, queda saldada la histeria antimutante. Los héroes alcanzan la categoría de mito al tiempo que abandonan su papel de “odiados y temidos”. Han caído para salvar el Universo ante los ojos de los que antes querían lincharles. Se han convertido en leyendas.

Un proceso similar vive X-Factor con su participación en La caída de los mutantes (XF 24-26, I-III 88). Los Simonson cierran la compleja línea argumental iniciada con su llegada a la colección un año y medio atrás. Desde entonces, han prolongado el suspense mes a mes, sin un sólo número que no llevara continuará en la última página, técnica sabiamente aprendida por Weezie en sus años como editora de Uncanny. Toca ahora dejar la serie preparada para un nuevo comienzo, sin el lastre que conlleva su concepto inicial. Como en el caso de la Patrulla-X, los chicos de X-Factor son ensalzados como héroes tras derrotar a Apocalipsis. El engaño permanente de los cazadores de mutantes que en realidad se dedican a salvarlos también concluye una vez que el grupo revela la verdad a la prensa. En cuanto a los conflictos personales, Cíclope y Jean ven como Madelyne muere en Dallas, excusa más que suficiente para reiniciar de una vez por todas su romance. Por último, el Ángel, tras padecer la amputación de sus alas y haber sido transformado por Apocalipsis en un oscuro jinete de metálicas y mortíferas plumas, salva las vidas de sus compañeros y vuelve junto a ellos, ahora con las habilidades relevantes y la tortura mental que los Simonson necesitan para hacer de él un personaje de provecho, el Lobezno del grupo, en definitiva.

Por último Weezie Simonson utiliza el crossover para afianzarse como autora de The New Mutants. Le acompaña Bret Blevins, un dibujante que, tras ocuparse de varios números sueltos de Uncanny, llega a la serie de los bebés-X con un particularísimo estilo muy dado a lo caricaturesco que le sirve para dibujar unos adolescentes que realmente parecen eso, y no llamativos superhombres de inverosímiles proporciones. La Simonson aprovecha al máximo las virtudes de Blevins, lo que le lleva a introducir personajes tan disparatados como Cabeza de Chorlito, un ser plumífero surgido de una Isla de los Monstruos con su obligado científico loco. El enfrentamiento con este último se salda con la primera muerte que afronta el universo mutante desde el suicidio de Fénix. Doug Ramsey, un chico apreciado por Claremont al que la nueva guionista no acaba de encontrar utilidad, fallece víctima de un vulgar tiroteo (TNM 60, II 87). La muerte marca el comienzo del distanciamiento entre Magneto y sus alumnos, punto de partida necesario para dotar a la serie de una mayor dosis de aventura y entretenimiento que conlleva la inmediata reducción del drama mutante.

1987. GESTACIÓN Y NACIMIENTO DE EXCALIBUR

Es otoño de 1987. Claremont elige la supuesta muerte de la Patrulla-X como el catalizador de la formación de X-Calibre, la agrupación mutante inglesa cuya colección va a realizar en compañía de Alan Davis. Ha pasado un año desde que hablaran por primera vez de la serie. En ese tiempo, X-Calibre cambia su nombre por Excalibur. Fonéticamente suenan igual, pero el nuevo nombre es mucho más elegante e inglés. Claremont quiere rescatar a la inmensa mayoría de personajes secundarios, villanos y escenarios, cuanto menos peculiares, del serial del Capitán Britania.

Britania, creado por el mismo Claremont junto a Herb Trimpe para la delegación inglesa de Marvel, nace como un sosias del Capitán América atemperado por un par de rasgos mágicos, como por ejemplo la presencia de los ya mencionados Merlyn y Roma, que no oculta el evidente tono superheroico. Tras su debut en Captain Britain 1 (X 76), Brian Braddock se enfrenta a los pertinentes villanos mientras trata de conquistar el corazón de la bella Courtney Ross y hacer frente a las acusaciones del inspector Dai Thomas, un policía que odia a los vigilantes enmascarados con fervor similar al de Jonah J. Jameson. Son tebeos en los que también aparece por primera vez Betsy o Jamie, los hermanos de Brian. Tanto Claremont como Trimpe acaban por abandonar al héroe, que comienza un peregrinaje editorial de diez años en los que salta de una revista a otra, casi siempre en capítulos de no más de ocho páginas. Para evitar problemas de continuidad con Marvel, el guionista David Thorpe hace viajar al Capitán Britania por múltiples tierras paralelas. En una de ellas conoce a Saturnina, la encargada de mantener el orden del multiverso, y se enfrenta a la Banda Loca, un conjunto estrafalario de villanos encabezado por la Reina de Corazones que perseguía a la Alicia de Lewis Carroll, aquí conocida como la Reina Roja. De su diseño se encarga un primerizo Alan Davis, convertido en dibujante del Capitán Britania a partir de 1981.

Pocos meses después de la llegada de Davis, Thorpe es sustituido por Alan Moore, quien añade un toque terrorífico a la colección presente desde el primer número que escribe (Marvel superheroes 387, VII 82). Allí debuta la Furia, un siniestro ciborg cuyo objetivo de matar superhéroes cumple con eficacia absoluta. Moore, influido por Días del futuro pasado, conduce al Capitán Britania por un sin fin de Inglaterras alternativas en las que la Furia asesina a las respectivas contrapartidas del héroe, así como a otros vigilantes enmascarados. De esta época data también la Ejecutiva Especial, el grupo de mercenarios que más tarde será conocido como la Tecno Red.

La última etapa del serial abarca desde 1984 hasta 1986. Alan Davis continúa dibujando mientras que de los guiones se encarga Jamie Delano. El Capitán Britania sigue su periplo por dimensiones paralelas gracias ahora al faro en el que habita, que utiliza como puerta espacio-temporal. Además, Brian conoce a Meggan, la multiforme de origen desconocido que será su novia; y Betsy pierde la vista, momento en el que Claremont retoma a los personajes para incluirlos dentro del Universo Mutante. El haber sido el creador del protagonista le legitima en cierta forma para reutilizar los hallazgos de sus continuadores. “Cuando vuelvo sobre el Capitán Britania descubro que cualquier cosa que hubiera podido hacer, que hubiera tenido en mente, no es nada comparado con lo que han hecho ellos”, explica. Unida esta admiración al deseo de no verse encasillado en la imagen de perpetua seriedad y dramatismo que lleva a cuestas como guionista supremo de los sufrientes hombres-X, propone que Excalibur sea muy diferente a lo que se espera de él.

 

 

Mirando hacia DC, si el año pasado lo que funcionaba era el oscuro Señor de la Noche, este año un par de locos llamados Keith Giffen y J. M. DeMatteis han abierto en canal la vena satírica de la nueva Justice League International. Ése el camino. Hay que hacer cómics más ligeros. Claremont, conocido por la solemnidad de sus guiones, no ha dejado de caer, en ocasiones concretas, en la tentación bromística. Lo hace, por ejemplo, en los ya reseñados El cuento de hadas de Kitty (UXM 153), o en El profesor Xavier es un idiota (UXM 168), pero también en los UXM Annual 7 (1983) y TNM Annual 3 (1987), en ambos casos con la intervención del estrambótico Hombre Imposible, en el segundo de ellos junto a Alan Davis. Ocurre que probablemente el guión más delirante escrito por Claremont pertenezca a una serie sin relación con la Patrulla-X. En el Man-Thing 11 (VII 81), último de la serie, el mismo Padre Mutante es protagonista (a punto de darse a la bebida por la cancelación del cómic), mientras que Jim Shooter, Weezie Simonson o Danny Fingeroth figuran como secundarios. Puede que ahora esté siguiendo una tendencia marcada por otra colección, pero esa tendencia no le es desconocida. Además, en Excalibur, el humor no proviene, como en el caso de la Justice League, de los diálogos frenéticos o los chistes fáciles, sino que es la consecuencia de colocar a un grupo tradicional de superhéroes ante personajes estrafalarios y situaciones rocambolescas. Puestos a buscar definiciones, Ann Nocenti, la editora de la serie, da en el clavo.

 

-Excalibur es una comedia cósmica.

-¿Ah sí? -dice Davis-. Pues yo creía que era una Patrulla-X Europa.

-Chris piensa que tu estilo de dibujo tiende a lo humorístico y quiere aprovecharlo.

-No tenía ni idea, pero por mí encantado. Soy incapaz de unir la palabra “superhéroe” con “realismo” o “seriedad”.

 

La formación del nuevo grupo tiene lugar en el Excalibur Special Edition (III 88), un tomo es formato prestigio que precede a la serie regular. Al Capitán Britania y Meggan se unen Kitty Pryde, Rondador Nocturno y Rachel Summers. Tanto Kitty como Rondador han estado hospitalizados en la isla Muir desde La masacre mutante, por lo que no se encuentran junto a los hombres-X cuando éstos mueren en Dallas. De Rachel en cambio no se sabe nada desde que viajara a la dimensión de Mojo en el UXM 209 (IX 86). Las explicaciones de lo que allí ocurrió las reserva Claremont para una futura miniserie dibujada por Rick Leonardi, pero tal proyecto cae enseguida en el olvido. Alan Davis convierte a Rachel en una encantadora jovencita que poco tiene que ver con la torturada niña venida del futuro. El resto de los cambios operados en los antiguos hombres-X son apenas perceptibles, pero un buen observador puede darse cuenta de que Rondador Nocturno es algo más alto y Kitty más fuerte, se parece ahora a Katherine Hepburn en lugar de a Sigourney Weaver. Por su parte, el Capitán Britania ha aumentado de tamaño y masa muscular, lo que sirve a Claremont para hacer bromas sobre una torpeza de la que antes carecía. Brian Braddock es ahora un Capitán América inglés con defectos tales como la soberbia o la afición a la bebida, algo impensable en Steve Rogers.

“Esta es la historia, haz una portada divertida”, dice Claremont en la nota que adjunta al guión de cada número de la serie regular. Ejemplos de portadas con chiste: la del EX 1 (X 88) adereza la pose de los protagonistas con los risueños villanos, los lobos de guerra. En la del EX 2 (XI 89) uno de esos lobos descansa satisfecho después de haberse tragado a Kitty; el Capitán Britania, arroyado por Juggernaut, pregunta en la del EX 3 (XII 89) si hay más villanos como ése en los Estados Unidos. Por último, en la cubierta del EX 4 (I 90), Davis se atreve con algo realmente arriesgado y absurdo: Un barrendero asegura que los héroes musculosos, la violencia gratuita y las chicas guapas esperan dentro, pero que el lector se olvide de esas cosas en portada. Es la primera vez en su vida que Davis publica un texto.

En el interior del cómic, el Padre Mutante descubre que es mucho más sencillo contar historias dramáticas que humorísticas. Pese a las bromas, casi siempre visuales, es inevitable volver a las viejas costumbres. El primer número comienza con uno de esos misterios claremontianos que se alargan mes a mes sin que parezcan tener solución. En este caso, se trata del debut de Cacharro, una simpática cabeza robótica creada por Davis que la publicidad anuncia como el quinto miembro del grupo. De Cacharro se van dando pistas con cuentagotas. Así, en el EX 2, se revela que puede transformarse en un portal a otras dimensiones, adonde transporta a un misterioso niño de ojos felinos llamado Colin. Al mismo tiempo, el faro del Capitán Britania, convertido en el cuartel general de Excalibur, sigue siendo una especie de encrucijada espacio-temporal. Desde el principio está claro que el viaje por diferentes mundos va a ser una de las constantes de la serie, y otro tanto ocurre con las apariciones de viejos conocidos del Capitán Britania. Saturnina y la Tecno Red se dejan caer en el Special Edition; Courtney Ross en el EX 1; Simio, de la Banda Loca, en ese mismo número, y la Banda Loca al completo en los EX 4 y 5, donde comparten cartel con Arcade, comodín perfecto para añadir unas cuantas bromas al ya de por sí enloquecido argumento.

Excalibur, éxito inmediato que se coloca en ventas a la altura de sus hermanos yanquis, supone la más inesperada sorpresa para los acostumbrados a la angustia recurrente de Uncanny. Por encima de cualquier otro motivo está el dibujo de Alan Davis, imbuido de un maravilloso sentido lúdico de la aventura, de una capacidad para dibujar acción fluida, mujeres imposiblemente hermosas y héroes apuestos y honorables que nadie consigue igualar en el medio. Davis, acostumbrado a que el tradicional papel de pulpa oculte, trastoque o apelmace sus finas y precisas líneas, cuenta ahora con una impresión mucho más digna que hace que su trabajo, entintado siempre por el excelente Paul Neary, brille con la fuerza que se merece.

Seis meses median entre la publicación del Excalibur Special Edition y el primer número de la serie regular. El retraso con la que aparece se debe a dos imprevistos que se presentan ante Claremont. El primero, a algún genio se le ha ocurrido que, como no es suficiente con un crossover anual, no estaría de más que Uncanny apareciera cada quince días durante los meses de verano. El segundo, Tom DeFalco quiere lanzar una colección dedicada a Lobezno. Si Claremont no la quiere escribir porque está demasiado ocupado, no hay problema. La puede escribir cualquier otro. Puestos a decidir entre horas de sueño y el mutante de las garras de adamántium, gana la batalla éste último. Va a ser un año duro. Las cuentas salen con dificultad. Doce números de Excalibur, más doce números de Wolverine, más quince números de Uncanny… ¿Será divertido? Ya verá. Es como perderse en un bosque. Estás tan ocupado buscando el camino e intentando no caerte por el precipicio que te olvidas de admirar la belleza de los árboles. ¿Hasta donde es capaz de llegar Marvel para sacar dinero a los mutantes?, se pregunta Claremont. En 1988, año del estreno de Excalibur y Wolverine, Uncanny coloca una media de 430.000 ejemplares mensuales. Pero Uncanny es tan sólo la punta de un iceberg compuesto por cinco series más (contando Classic X-Men). Juntas, acumulan un cuarenta por ciento de los beneficios que tiene Marvel en el mercado directo. Claremont está convencido de que existe un límite, pero no sabe cuándo se llegará a él. Tampoco sabe si ese límite coincide con su capacidad para concebir historias o con la de los lectores para comprarlas y leerlas. Atrás queda la intención de regresar a The New Mutants, a lo que se une el abandono de los episodios complementarios de Classic X-Men, ahora en manos de Ann Nocenti. No puedes volver a casa, piensa Claremont. Por fortuna, Weezie y Ann hacen un trabajo excelente. ¿echa de menos a los bebés-X? Ojalá tuviera un minuto libre para echarlos de menos.

1989. DISOLUCIÓN Y RENACIMIENTO

Es primavera de 1989. Terminada la saga, cada colección reemprende su camino, esta vez desde posiciones de absoluta disparidad argumental que dejan cerradas durante largo tiempo las puertas a un nuevo crossover. En X-Factor, una vez resueltos todos los problemas causados por la creación del grupo, Weezie Simonson busca nuevos motivos para hacerlo interesante, ahora sin la compañía de su marido, quien por esas fechas se convierte en el autor completo de los Cuatro Fantásticos.

En The New Mutants queda pendiente la vuelta a las andadas de Magneto. La situación, alargada desde La caída, está programada para resolverse en el curso de Inferno, pero la estructura final de la saga obliga a aparcarla hasta el TNM 75 (V 89). Resulta apropiado que el cómic en el que los bebés-X abandonan a Magneto y éste asciende a Rey Negro del Club Fuego Infernal sea dibujado por John Byrne. Derrotado por la supuesta muerte de la Patrulla-X y la tragedia de Illyana, Magneto prevé una guerra entre humanos y mutantes, razón por la que se pone al frente de los enemigos naturales de los hombres-X. “Ya sabemos que eres uno de los malos”, exclama Bala de Cañón. Weezie tiene ahora las manos libres para poder lanzar a sus niños a un conjunto de aventuras por completo alejadas de la Patrulla-X. Dicho y hecho: al mismo tiempo que X-Factor viaja al espacio (XF 43-51, VIII 89-II 90), los Nuevos Mutantes dan con sus huesos en Asgard, donde permanecen por una buena temporada (TNM 78-87, VIII 89-III 90).

La situación es diferente en las colecciones escritas por Claremont. Inferno, producto de reuniones en las que el Padre Mutante y Bob Harras preparan durante horas esquemas con más de setenta personajes, ha dejado agotado al guionista. El siguiente clavo en el ataúd lo ponen los chicos de Marketing. Este año también va a haber series con periodicidad quincenal La lotería le ha tocado a Uncanny. Excalibur y Wolverine. Ante su incapacidad manifiesta para escribir dos tebeos por semana y otras tantas novelas por año, Claremont cede a una propuesta de Harras por la cual deja en sus manos Wolverine. A partir de ese momento, el editor contrata diferentes equipos artísticos por un determinado número de meses, lo que impide que ninguno de ellos acabe por asentarse definitivamente en la serie. Claremont se divierte con Alan Davis, por eso se mantiene al frente de Excalibur. Pero eso no impide que su agotamiento se refleje en los guiones. En EX 9 (VI 89) comienza una larga saga en la que Cacharro transporta a los héroes a varias dimensiones alternativas. Los primeros números resultan divertidos, sobre todo el EX 14 (XI 89), en el que Excalibur llega a una Tierra habitada por parodias de los principales héroes Marvel, y los EX 16 y 17 (XII 89), elaborados a partir de un plot escrito por Davis con el que el dibujante homenajea al John Carter de Burroughs. Sin embargo, pasan los meses y Excalibur sigue saltando de mundo paralelo en mundo paralelo sin un En el UXM 215 objetivo claro. El cansancio se hace extensible tanto a los lectores como al artista, que además recibe los guiones con retrasos de una o dos semanas. “Esto es demasiado, no puedo hacerlo”, dice Davis, quien decide abandonar la serie en el EX 24 (VII 90). Sin su creador gráfico, Excalibur queda a la deriva. Sus páginas ya no hacen sonreír ni al mismo Padre Mutante, a pesar de que siga escribiéndolas.

“¿Qué le está pasando a Chris Claremont?”, se preguntan incluso sus incondicionales. Muy pocos de ellos entienden gran cosa de Disolución y renacimiento, la saga veraniega que se publica en Uncanny después de Inferno. Los lectores no saben a dónde va la serie, pero, por primera vez desde su comienzo, da la sensación de que el autor tampoco. Preocupado por rematar Grounded, la segunda parte de su novela First Flight, Claremont descuida los guiones, abusa de las representaciones oníricas (casi siempre confusas), multiplica sus tics, reitera los viejos trucos y se sumerge en sagas eternas que no conducen a ninguna parte, como la de Excalibur, mientras no deja de protestar por haber perdido el control de sus personajes. “La fuerza que tenía la Patrulla-X en los años ochenta residía en que yo escribía todo”, dice. “Escribía Uncanny, los bebés-X y las miniseries. Luego tuve que dejar algunas cosas, pero vino Weezie. Con ella siempre me he coordinado bien, por lo que seguía habiendo una visión única. Con Wolverine es la primera vez que un personaje protagonista no lo escribimos ninguno de los dos. Quién sabe cuáles serán las consecuencias de eso. Puede que Logan evolucione de forma diferente a cómo lo hace en Uncanny. Sólo tiene que llegar un guionista que tenga una visión de él diferente a la mía. ¿Me tendré que preocupar de que esto importe a los lectores? ¿Tendré que adecuar mi Lobezno al de la serie regular? ¿Tendré que sacarlo del grupo? Si yo fuera el único escritor de Lobezno no habría problemas. Sabría a dónde va el personaje, quién es y cómo funciona. He estado haciendo eso desde hace quince años. Las dificultades llegan ahora, cuando hay otras personas implicadas en el proceso”

“¿Dónde diablos está Lobezno?”, se pregunta Kaos (UXM 249, IX 89). El canadiense de las garras de adamántium se pierde en los arcos argumentales de su colección a la vez que cada uno de los hombres-X va causando baja en Uncanny. Pícara es arrastrada hasta el Lugar Peligroso mientras lucha con Molde Maestro (UXM 247, VIII 89), Longshot deja el grupo y Tormenta parece morir en un accidente (UXM 248, IX 89). El resto, impulsados por un sueño premonitorio de Mariposa Mental en el que los ve a todos muertos, deciden viajar también al Lugar Peligroso (UXM 250, XI 89). Lobezno reaparece en la primera página de ese mismo número, pero lo hace crucificado. Cómo ha llegado hasta ahí es algo que Claremont no explica hasta la página doce, y cuando lo hace, utiliza una alucinación del mismo Logan en la que no queda muy claro qué es realidad y qué ficción. En los siguientes números tampoco se entiende gran cosa, hasta que en el UXM 254 (XII 89) se presenta una nueva-y-diferente Patrulla-X compuesta por Moira McTaggert, Amanda Sefton, Legión, Forja, Banshee, Polaris y un Morlock llamado Rompedor, todos ellos inquilinos de la Isla Muir. Un número más tarde, derrotan a los Cosechadores, responsables de la ruptura del anterior equipo.

A partir de ese mes, Claremont prevé traer de vuelta a los hombres-X que han pasado por el Lugar Peligroso. El Patriarca Mutante debe afrontar, sin embargo un nuevo imprevisto que viene de la mano de su viejo amigo John Byrne. Junto con el editor Howard Mackie, Byrne ha organizado un crossover a imagen y semejanza de Inferno. Aunque el argumento principal de Actos de Venganza transcurre en las series protagonizadas por los Vengadores, sus consecuencias colaterales afectan al resto del Universo Marvel. De esta forma, un grupo de villanos se intercambia a sus respectivos enemigos. Mientras Magneto pelea contra Spider-Man, a la Patrulla-X le cae en gracia… el Mandarín.

Con Marc Silvestri de vacaciones después del atracón veraniego, Bob Harras necesita otro dibujante para la saga. En los últimos meses, ha dado sus frutos la búsqueda de nuevas estrellas emprendida por Tom DeFalco. De forma inadvertida, un pequeño grupo de imberbes, desconocidos y ambiciosos artistas han ido ocupando colecciones menores. Una portada a tener en cuenta: Incredible Hulk 340 (II 88). Las garras de Lobezno reflejan el enfurecido rostro del coloso esmeralda. El autor es Todd McFarlane, joven promesa recién traída de DC cuyo trazo barroco se convierte en modelo a seguir por las generaciones emergentes. Entre esas generaciones, un coreano residente en San Diego llamado Jim Lee, artista llamativo enterrado en un título de segunda, Punisher War Journal, cuya mayor aspiración es dibujar Uncanny X-Men.

Lee es un currante nato. Hijo de modestos inmigrantes, ha mamado el sueño americano. Sabe que trabajando, trabajando y trabajando todos tus deseos pueden hacerse realidad. Por eso trabaja, trabaja y trabaja. Lee abandona la carrera de Medicina. Lee se encadena a un tablero de dibujo. Lee desea ser mejor que todos sus ídolos. Mejor que John Byrne, mejor que Frank Miller, mejor que David Mazzucchelli, mejor que Arthur Adams. En 1986, Archie Goodwin le presenta a Carl Potts, con quien trabaja primero en Alpha Flight, y luego en Punisher War Journal. Durante los tres años siguientes perfecciona su estilo. Acción y drama, composiciones de página arriesgadas, detallismo extremo, mujeres hermosas, cuerpos retorcidos de dolor, expresiones altivas y chulescas. ¿Cuántas veces puedes dibujar al Castigador conduciendo una furgoneta de forma dramática? Las que hagan falta hasta que se fijen en mí, sostiene.

1992. ¿VIDA MUTANTE DESPUÉS DE CHRIS CLAREMONT?

Es febrero de 1992 y nace Image. Terry Stewart tranquiliza a los mercados desde la tribuna que le ofrece The New York Times. “Los autores vienen y van, pero los personajes y sus universos permanecen”. Marvel está por encima de quien trabaje eventualmente en sus oficinas. Stewart está convencido de que la aventura californiana de esos cerdos traidores será un fracaso. Quien me hecha un pulso lo pierde, asegura. Stewart no sabe nada sobre cómics, pero eso no le importa. Nombrado presidente por Ron Perelman, propietario de Marvel, a principios de 1990, su modelo de empresa lo representa Disney. En su esquema del negocio, los cómics son una pequeña parte de un imperio mayor compuesto por películas, parques temáticos, juguetes, videojuegos… Cualquier cosa que pueda vender a un público entre los cinco y los veintipoquísmos años. En manos de Stewart, Marvel funciona más que nunca como una multinacional. Contrata gente a espuertas, hagan o no falta; cuida el mercado televisivo, y mete dinero a mansalva en los estudios de animación de Marvel, que empiezan a trabajar en una serie de dibujos animados protagonizada por la Patrulla-X. Los diseños de personajes y primeros argumentos están basados en los X-Men… de Jim Lee.

Con la oficina-X inmersa en la mayor crisis de toda su historia, Bob Harras se convierte en la única persona con capacidad operativa para tomar decisiones. Las únicas consignas que recibe desde arriba se resumen en mantener el nivel de ventas de la Franquicia Mutante y no promocionar en exceso a sus asalariados. Ni un dibujante con ínfulas de estrella en la casa. Harras pone ahora sus esperanzas en la inteligencia de Fabian Nicieza, su más inmediato colaborador, que asciende de argumentista a escritor de X-Force y X-Men. Scott Lobdell, del que hay buena opinión en la casa, también pasa a ser el guionista de Uncanny. Lobdell llega después de que John Byrne se niegue a escribir en una sola noche los diálogos del UXM 286 (III 92). Hasta ese momento su único mérito conocido es haber cubierto bajas aquí y allá, pero sabe cómo subir en una empresa. Redactor de revistas de tercera regional y fracasado humorista de bodeguilla, Lobdell se curra su futuro en los pasillos, en los despachos, en la cafetería de Marvel. Una tarde recibe una llamada de Lisa Patrick, la mano derecha de Bob Harras.

 

-Hola Scott. ¿Serías capaz de hacer los diálogos de un tebeo de la Patrulla-X?

-Claro. ¿Para cuándo lo quieres?

-Para mañana a primera hora

-Vale.

-¿Te va a dar tiempo?

-Sí. ¿Por qué no me iba a dar tiempo?

 

A la mañana siguiente, Harras tiene su guión completo encima de la mesa.

 

-Espera, Scott. No te vayas. Déjame que te haga unas preguntas.

-Adelante.

-¿Estás disponible?

-Sí, claro.

-¿Sigues las colecciones de la Patrulla-X?

-Las leo todas.

-¿Sabes cómo funciona la Oficina-X?

-No, no lo sé.

-¡Has contestado correctamente a todas las preguntas! Una cosa más, ¿te gustaría ser el guionista regular de Uncanny X-Men?

-Diablos, por supuesto que me gustaría. ¿Es una especie de broma?

-No. No es ninguna broma. ¿Quieres o no?

-Sí, sí. Desde luego.

-Pues bienvenido a bordo.

 

Acompañando a los nuevos guionistas están chicos salidos de quién sabe dónde, jovenzuelos que llegan a Marvel con un estilo que mimetiza el de Jim Lee o Rob Liefeld. Si otro puede hacerlo, ¿para qué contratar a los originales? Son los Tom Raney, los Brandon Peterson, los Art Thibert, los Mark Pacella, los Greg Capullo, los Joe Quesada. En el aspecto narrativo, Wolverine mantiene a Larry Hama, quien ha demostrado ser el perfecto escritor de las aventuras del mutante de las garras de adamántium. Bajo su tutela, la colección alcanza el tono a Conan del siglo XX perseguido, que no logrado, por Claremont en los primeros números. Lobezno encuentra en Hama al otro gran autor que le entiende y sabe a dónde llevarle: hacia el derrumbe emocional. Con un hábil giro dramático, el guionista se deshace de Mariko Yashida, la muñeca de porcelana china que ha simbolizado durante todos estos años el control de Lobezno sobre sus demonios internos. Muerta Mariko (WOL 57, VII 92), Logan regresa a sus orígenes salvajes, con historias más descarnadas y violentas que las que preceden la llegada de Hama. En sustitución de Silvestri, entra en escena Mark Texeira, un dibujante de trazo sucio y salvaje que compensa sus carencias con la fuerza estilística que Lobezno necesita.

 

X-Factor es la colección que menos vende de las publicadas por Harras. Peter David tiene manga ancha para hacer lo que quiera con ella dentro de un cierto orden. Siguiendo el estilo que le ha hecho famoso en Incredible Hulk, David introduce la interacción de personajes y el humor como los grandes valores de la colección, y los diálogos inteligentes como su más poderosa arma para conquistar nuevos lectores. Enseguida construye un cómic inteligente y lleno de frescura que crece mes a mes ayudado de los buenos oficios primero de Larry Stroman y luego de Joe Quesada, uno de los pocos imitadores de Jim Lee con un lápiz capaz de evolucionar hacia un estilo propio.

Marvel Comics Presents y Excalibur funcionan por otro lado, ya que ambas series las edita Terry Kavanagh, en lugar de Harras. La primera publica seriales protagonizados por Lobezno de forma sistemática. Kavanagh concentra sus esfuerzos alrededor de una historia en trece partes escrita, dibujada, entintada y coloreada por Barry Smith (MCP 72-84, V-XI 91). En los dos años que ha durado su proceso creativo, Arma-X ha pasado de ser un relato corto de ocho páginas a convertirse en una espectacular novela gráfica de ciento veinte. El título se refiere al primer nombre clave utilizado por Logan, así como al proyecto gubernamental que dio origen a sus huesos y garras de adamántium. Smith acomete su realización sin más influencia externa que una pequeña charla con Chris Claremont en la que éste sugiere que detrás del Proyecto Arma-X puede estar la oscura mano de Apocalipsis.

Un accidente de tráfico sufrido por Smith retrasa tanto la aparición de Arma-X como de la tercera parte de Muerte viva, en la que también trabaja. Terminado el serial de MCP, el artista vuelve sobre esta nueva obra en torno a Tormenta, aunque sin que Marvel le indique fecha de entrega. De momento, no necesitan la historia. Tiempo después, cuando por fin la concluye, Bob Harras se niega a publicarla. Alega que en ella se hace apología del suicidio. Muerte viva III aparece en 1999 bajo el nombre de Adastra in Africa, un álbum de lujo que publica Fantagraphics Books. Smith cambia el nombre de la protagonista para evitar problemas de derechos con Marvel. De igual forma, las contradicciones que Arma-X introduce en la cronología de Lobezno llevan a que Larry Hama, por indicaciones de Harras, la convierta en poco menos que una ensoñación apócrifa fruto de implantes cerebrales, como se explica a lo largo de una compleja aventura que vuelve a sumir el origen de Logan en la incertidumbre absoluta (WOL 48-50, XI 91-I 92).

En Excalibur, tras una soporífera etapa de interinidad, Kavanagh rescata a Alan Davis, quien meses atrás se ha estrenado como guionista en un especial dedicado a Lobezno (Wolverine: blood lust, 1990). “Vuelve a la serie. Quiero que hagas los dibujos y los guiones. Puedes hacer lo que te apetezca con los personajes. Disfruta”, sugiere Kavanagh, quien, al contrario que Harras, mantiene un sistema de edición en el que prima la capacidad de los autores para desarrollar sus ideas. Davis demuestra enseguida que puede ser tan buen escritor como dibujante. Su trabajo, divertido, muy bien escrito y estructurado, resulta una absoluta delicia desde el primer momento (EX 42, X 91). En pocos meses resuelve gran parte de las inconsistencias y cabos sueltos dejados por Claremont en su anterior etapa conjunta. Vuelven viejos conocidos de la serie, como Saturnina o la Banda Loca, cuya presencia sirve para desvelar misterios olvidados que hacen referencia incluso a la primera aparición del grupo. Los lectores conocen así el verdadero origen de Cacharro (EX 66, VI 93), la conspiración de Merlyn fruto de la cual nació Excalibur (EX 50, V 92) o las razones por las que el Capitán Britania se comportaba como un imbécil descerebrado en los primeros números. Davis acomete también una de las empresas más duras de la historia mutante, reordenar y clarificar la cronología de Fénix (EX 52, VII 92). Mientras aclara estos misterios, avanza hacia nuevos puntos de interés, con la introducción de personajes como Cereza (EX 46, I 92) o Feron (EX 48, III 92). “Sigo un esquema muy parecido al de las historias del Mono Chino, en las que hay cuatro personajes que representan los distintos aspectos de la totalidad”, explica. “Creo conversaciones entre ellos, y esas charlas son el equivalente al psicoanálisis y a las dudas sobre uno mismo”. La serie, junto con X-Factor, alcanza un nivel de oasis dentro de la Franquicia-X.

1992. ATURDIDOS POR EL GOLPE DE IMAGE

Es otoño de 1992. En Marvel descubren sorprendidos que los chicos de Image no se han hundido en la miseria, como auguraban los grandes expertos financieros contratados por Terry Stewart. Muy al contrario. Image arrasa con todo lo que se le ponga por delante. El Youngblood 1 (IV 92) de Rob Liefeld, el Spawn 1 (V 92) de Todd McFarlane y el WildC.A.T.S. 1 (VII 92) de Jim Lee alcanzan unas ventas brutales, tanto que sus responsables no tardan en independizarse de los socios de Malibu Comics. Editoriales pequeñas como Valiant, Dark Horse, Topps o la misma Malibu aprovechan el momento para lanzar nuevos títulos, a la vez que DC amplía su ya abultada oferta. Marvel responde con una ofensiva sin igual consistente en inundar el mercado con nuevas colecciones. El sistema de crecimiento de la Franquicia Mutante se aplica a Punisher, Motorista Fantasma, Vengadores y Spider-Man, a cuyo alrededor nacen series de calidad ínfima realizadas por autores desconocidos. También se potencian los títulos de Epic y los de Marvel UK, la sucursal de la editorial en Inglaterra, y se lanza una nueva línea de colecciones bajo el epígrafe Marvel 2099, con versiones futuristas de Spider-Man o Punisher. En total, Marvel pone cada mes ciento cincuenta títulos en el mercado, una cantidad nunca vista. A los ejecutivos de la Casa de las Ideas ni siquiera les interesa que vendan. Prefieren perder dinero si ello sirve para ahogar al competidor. Las librerías especializadas caen en la trampa al principio, pero a largo plazo se encuentran con un stock que nadie quiere comprar, material inamovible cuyo destino final es el saldo.

 

Los fundadores de Image. Foto perteneciente al libro Image Comics. The Road To Independence (Twomorrows Publishing)

En detrimento de las compañías independientes, los establecimientos aumentan también sus pedidos a Image. Saben que van a vender medio millón de ejemplares de cada colección y que el margen de beneficio sobre el precio de portada es más alto que con Marvel. Sin embargo, Image abusa de una táctica comercial que acaba por pasarle factura. La editorial de Jim Lee anuncia títulos que luego retrasa o que nunca aparecen. Los cinco primeros números de WildC.A.T.S, por ejemplo, tardan un año y medio largo en publicarse. La consecuencia inmediata es que las tiendas tienen su dinero paralizado. Los aficionados, por cierto, son casi los mismos de siempre. Existe un nuevo fan, sí, pero compra cómics porque están de moda, y compra básicamente Image. “Nuestros tebeos son los de Image; los de nuestros padres eran los de Marvel y los de nuestros abuelos los de DC”, explica. La explosión de ventas propiciada primero por el lanzamiento de Spider-Man, X-Force y X-Men y luego por los títulos de Image no se traduce en un aumento significativo del público consumidor, sino del mercado especulador. ¿De qué sirven varios millones de copias del X-Men 1 esperando a que su precio se cotice por las nubes si no hay siete millones de posibles compradores? La situación pone contra las cuerdas a las pequeñas editoriales. DC se mantiene en un puesto de privilegiado observador, respaldada por el poder de Warner, su empresa propietaria, aunque eso no le impida dar un campanazo en los medios de comunicación con la muerte de Superman (Superman 75, I 93). Entretanto, Image y Marvel siguen adelante con su escalada bélica.

 

Desde California, Jim Lee y los suyos preparan la contraofensiva. Tiran de agenda telefónica y llaman a todo dibujante Marvel mínimamente comercial. Son la legión de jovencitos imitadores que ha sacado Bob Harras de debajo de las piedras. Hola, soy Jim Lee. ¿Te gustaría dibujar para nosotros? No me importa lo que te paguen. Nosotros te pagamos el doble. Casi todos aceptan. ¿Cómo van a decir que no a Jim Lee, si de mayor quieren ser como él? Las condiciones monetarias también ayudan. Artistas que cobran ciento cincuenta dólares por página en Marvel pasan a ganar entre trescientos y cuatrocientos en Image. “Marvel es nuestra plantación de algodón”, declara entonces Todd McFarlane. “Nos pasamos por allí cada vez que necesitamos negros, vemos lo que nos gusta y nos lo llevamos”. Marvel busca dibujantes, los educa, los cuida, los lanza a la fama. Image los contrata y los convierte en estrellas. ¿Por qué dibujantes, y no guionistas? “Los dibujantes no necesitamos guionistas”, sostiene McFarlane.

Las chicas de La Patrulla-X según Art Thibert, uno de los clones de Jim Lee

Cada uno de los dibujantes aprovechables que consigue la Franquicia Mutante le son arrebatados poco después. Harras se ve obligado a rellenar los huecos como buenamente le dejan. No puede promocionar jóvenes promesas porque acaban fichadas por Image, pero tampoco puede utilizar artistas mediocres porque las ventas bajan. Su estrategia se traduce en probar nuevos talentos en números de relleno y annuales al tiempo que en las series regulares emplea autores de perfil corporativo, esa buena gente cuya fidelidad a la empresa está por encima de cualquier oferta tentadora. Eso sí: ahora sabe, gracias a su experiencia con Jim Lee, que la fidelidad merece recompensa. En concreto, los hijos de Joe Kubert firman contrato con Marvel por medio millón de dólares anuales, sin contar los incentivos provenientes de las ventas. Andy Kubert pasa a X-Men (XM 14, XI 92), y Adam Kubert a Wolverine (WOL 75, XI 93). Bob Harras llama también a John Romita Jr. para rellenar el hueco dejado por Brandon Peterson en Uncanny (UXM 300, V 93). En X-Factor sustituye a Jae Lee por Joe Quesada (XF 87, II 93), y en X-Force a Mark Pacella por Greg Capullo (XFO 15, X 92). Cuando Capullo cae en las redes de McFarlane lo cambia por un desconocido y prometedor chaval llamado Tony Daniel (XFO 28, XI 93). El futuro de éste último también pasa por cierta oficina en California.

X-Force, según Tony Daniel

Marvel utiliza como arma incluso los trucos del enemigo. Se sirve de portadas dobles, de portadas con hologramas, de portadas troqueladas, de portadas en relieve, de portadas con tintas metálicas; aumenta las colecciones hasta el infinito y más allá; mejora el papel; sube los precios; multiplica los crossovers y dobla las apariciones en otras series de sus personajes más populares. Lobezno manifiesta un nuevo poder mutante antes desconocido, la ubicuidad. Puede estar al mismo tiempo en su propia colección, en Uncanny y en X-Men, en Marvel Comics Presents, en el especial que toque ese mes (casi siempre explorando situaciones de su pasado que se contradicen las unas con las otras) y como invitado en multitud de títulos. Puede estar allá donde se requiera su presencia. Más que nunca, Lobezno es el mejor en su trabajo. Más que nunca, su trabajo no resulta agradable.

 

Conforme pasan los meses, los autores acaban sometidos a una férrea disciplina cuasi militar. Alguien analiza con lupa las ventas de Excalibur. Son buenas, por encima de la mayoría de títulos Marvel. Pero hay un problema: por debajo del resto de los títulos mutantes. Debe resolverse. ¿Cómo es posible que Excalibur venda doscientos mil ejemplares si X-Men vende seiscientos mil? Sólo hay una respuesta posible. La X de Excalibur no es todo lo grande que debiera; En Excalibur no sale Lobezno. En Excalibur no aparece la Patrulla-X. En Excalibur no hay crossovers. Por otra parte, Harras y sus chicos tienen un pequeño problema con su autor. Alan Davis cuenta historias. Alan Davis explica la cronología completa de Fénix en un único número. Alan Davis tiene ideas, las desarrolla y las concluye. No hay nada malo en eso, pero son argumentos que se podrían aprovechar mucho mejor en las series principales. ¿Cómo es posible que Excalibur salve al universo y la aventura no se desarrolle en un crossover? ¿Quién se cree Alan Davis que es? Las presiones aumentan. Nos gusta mucho Excalibur, pero la Patrulla-X debería aparecer más, dicen. Nos gusta mucho Excalibur, pero nos gustaría todavía más si la colección no estuviera tan aislada de las otras series mutantes, insisten. Nos gusta mucho Excalibur, pero la aparición de Mariposa Mental (EX 55, X 92) no la has coordinado con nosotros, protestan. Finalmente, ante la incapacidad de narrar sus aventuras con un mínimo de libertad, Davis dimite junto con el editor Terry Kavanagh (EX 67, VII 93). La edición de la serie recae entonces en manos de Harras, quien cede los guiones a Scott Lobdell. En el ámbito artístico, Excalibur se convierte en un campo de pruebas para nuevos dibujantes, mientras que en el argumental Lobdell prepara, como no, el siguiente crossover.

Todo vale en la Casa de las Ideas, reconvertida en la Casa de los Líos. Entre los títulos con los que Marvel invade las librerías se sitúan varias miniseries mutantes, en concreto las dedicadas a Masacre (Deadpool 1-4, VIII-XI 93), Dientes de Sable (Sabretooth 1-4, VIII-XI 93) o Gambito (Gambit 1-4, XII 93-III 94), y dos colecciones regulares, X-Men Unlimited (VI 93) y Cable (V 93). La primera, con sesenta y cuatro páginas y periodicidad trimestral, pretende “contar esas historias que no tienen cabida en otro sitio”. En realidad, X-Men Unlimited sirve sobre todo para desfogar a nuevos dibujantes, como Chris Bachalo (XMU 1, VI 93) o Jan Duursema (XMU 2, IX 93). El lanzamiento de Cable supone un problema para su guionista, Fabian Nicieza, obligado a cambiar argumentos ya preparados para X-Force. Nicieza aprovecha la nueva colección para dar a conocer el dramático mundo del que procede el protagonista. Por primera vez, se atisba una cierta evolución hacia una mayor serenidad y trascendencia. Aparecen un hijo y una esposa fallecida mientras se señala a Apocalipsis como principal responsable de que el siglo XXXVIII sea un auténtico infierno. También se aclara que Cable es Nathan Summers, el hijo de Cíclope, mientras que Dyscordia es un clon, y no al revés, como se insinúa en La canción del Verdugo.

1998. EL 35º ANIVERSARIO DE LA PRIMERA PATRULLA-X

Es 1998, el año del treinta y cinco aniversario de la primera Patrulla-X. Las celebraciones se traducen en un crossover detrás de otro. Hasta tres grandes sagas sitúa el editor Mark Powers en su calendario, si bien es cierto que sólo afectan a las dos colecciones principales. La primero de esas sagas (UXM 360 y 361, XM 80 y 81, X y XI 98) sirve para que la Franquicia Mutante complete su remodelación. Por un lado, los viejos hombres-X perdidos en Excalibur (Kitty Pryde, Rondador y Coloso) regresan a casa después del cierre inevitable de la colección (EX 125, X 98). Por el otro, dado el éxito de los universos paralelos, X-Factor termina su andadura en el XF 149 (IX 98) para ser sustituida un mes después por Mutant-X, serie protagonizada por Kaos que transcurre en una dimensión alternativa.

 

Por último, los objetivos para las dos formaciones de la Patrulla-X pasan por potenciar su lado clásico. Que quien se acerque a los mutantes después de veinte años sin leerlos pueda reconocer inmediatamente al grupo que tanto le gustó en su juventud. Ese planteamiento choca con gran parte de las ideas de Kelly y Seagle. No obstante, aceptan seguir adelante, más convencidos que nunca de que su capacidad de actuación dentro de la Oficina-X está reducida a la mínima expresión. Con la trama del crossover firmada, los guionistas vuelven a casa para escribir. A mitad del trabajo, reciben la típica llamada del editor asociado de turno. “Oye, que de lo hablado en la reunión nada de nada, que hemos cambiado de idea”. La falta de seriedad a la que ya estaba acostumbrado y de la que incluso participara Scott Lobdell cae como otro jarro de agua fría sobre sus cabezas. El siguiente bofetón se lo llevan cuando descubren que alguien trastoca sus textos. “Dios mío, yo no escribí esto. Ni de lejos”, piensa horrorizado Steve Seagle cuando recibe el UXM 361, impresión idéntica a la que saca Kelly del XM 80. Con el cuerpo editorial hemos topado, amigo Sancho. “Este sitio es kafkiano”, sostiene Seagle. Los dos guionistas soportan un clima enrarecido bajo el que pronto son tachados de autores conflictivos con un afán demasiado innovador. Mejor sujetarse a lo que ha funcionado siempre, dicen en Marvel. Si los Vengadores, los Cuatro Fantásticos, Spider-Man han conseguido superar el bache de los últimos años mediante el truco de parecerse a cómo eran en su época dorada, a la Patrulla-X le conviene olvidarse de tonterías e ir a lo seguro. Abajo con las ideas de estos dos. Fuera lo nuevo y vuelta a lo viejo. “Por favor, ¿por qué no ingresamos a Xavier en un asilo con su sillita?”, sugiere Kelly cuando le anuncian que el Profesor-X ha de volver a regir los destinos de sus alumnos.

Es verano de 1998. Los constantes bailes entre los autores de la Franquicia Mutante dejan fuera a Larry Hama, muy criticado por su corta etapa en Generation-X (GX 33-44, XII 97-XI 98). Resulta obvio que al perfecto guionista de Lobezno no le sienta nada bien el cambio de registro. James Robinson cede Cable a Joey Casey, un amiguete de una librería especializada que enseguida despunta como uno de los más inteligentes escritores de la nueva hornada (CB 52, III 98). También hay bajas entre los dibujantes, ya que Chris Bachalo tiene previsto abandonar Marvel a finales de año (UXM 365, III 99). Por último, X-Men lleva sin artista fijo desde que Carlos Pacheco dejara la serie para ayudar a Kurt Busiek con varios proyectos especiales relacionados con los Vengadores (XM 75, IV 98). Para rellenar el hueco, la Oficina-X se pone en contacto con Alan Davis, quien acepta volver a casa a condición de que también pueda escribir los argumentos. Joe Kelly sólo es informado de la primera parte.

 

-Vas a tener a Alan Davis en X-Men, ¿qué te parece?

-Ah, de puta madre.

 

Kelly se entera de la segunda parte por la prensa. “No puede ser, ¿me han tomado por un dialoguista o qué?”, afirma sorprendido. Ambos autores coinciden en septiembre durante la convención de cómics que se celebra en Avilés (Gijón). Tratan de ponerse de acuerdo, pero no lo consiguen. Tienen ideas completamente contrarias acerca de lo que quieren hacer. Nada más volver a Estados Unidos, Kelly habla con Seagle. Llevan meses hartos de que les toquen los argumentos y los cojones. Ambos deciden hacer efectivo un acuerdo según el cual si uno se marcha, el otro también. Inmediatamente, presentan su dimisión conjunta. “Joder, lo que faltaba ahora”, gritan en la Oficina-X. Los tebeos más vendidos y mejor pagados del mundo buscan guionista. Y no lo encuentran. Alan Davis es una solución temporal, un parche de oro hasta que Mark Powers y compañía den con un nombre que, primero, tenga el suficiente prestigio como para que el situarlo en las series mutantes no contradiga las nuevas consignas de calidad (los años en los que “no importa quien escriba X-Men” han terminado); segundo, cargue con la paciencia necesaria como para convivir con el sistema interno de la franquicia. Yo de verdad que no entiendo por qué no consiguen amoldarse a nosotros, sostiene Powers.

Alan Davis viene a X-Men en una temporada baja de su carrera. Una enfermedad le ha mantenido apartado del tablero de dibujo en los últimos meses. Nada más recuperarse, descubre que algunos de sus compromisos profesionales han sido atrasados. Es el caso de una serie que prepara para Marvel sobre Killraven. Necesita volver a figurar en primera línea de las agendas editoriales. Cuando Powers llama a su puerta, casi le besa. “Bueno, puedo quedarme aquí medio año, me llevo la pasta y vuelvo a lo mío”, piensa. Sabe muy bien como funcionan las cosas. Acaba de ver como Marvel engañaba a Kelly y Seagle. Sospecha que a él le harán lo mismo a la menor oportunidad, por eso no se plantea su estancia en la Franquicia más allá de los seis meses por los que firma.

Con los argumentos de ambas series en sus manos y ayudado por su amigo Terry Kavanagh a los diálogos, Davis hace lo que mejor sabe: ata cabos sueltos al tiempo que recupera el clasicismo de la strip. En sus tres primeros números, resuelve todos los problemas en torno a Magneto y su doble Joseph, pero también sitúa al Amo del Magnetismo en una posición inédita, la de líder de toda una nación como Genosha (XM 87, V 99). Mientras tanto, Powers sigue buscando un autor que le soporte, pero sigue sin encontrarlo. Por fin, pide a Davis que renueve por medio año más. Éste se divierte en la serie y más todavía cuando le llega la nómina. “Venga, otros seis meses”. En ellos, aprovechando algunas tramas apuntadas por Joey Casey en Cable, desarrolla la saga de Los Doce, durante la que vuelve Apocalipsis (UXM 377, XII 99) y Lobezno recupera su adamántium (WOL 145, XII 99). Son historias de una suma importancia, ya que dejan limpia la casa de polvo y paja a la espera de la ansiada renovación, que además ha de coincidir con el estreno en verano de 2000 de X-Men the movie, en la que Marvel ha depositado todas sus esperanzas.

Concluido su contrato, Davis se despide a lo grande, con una muerte que hace temblar las estructuras de la familia mutante. Cíclope, el primer y durante años más importante hombre-X, se ha convertido con el paso de los años en el más redundante. Los lazos familiares del único huérfano de la prehistórica Patrulla-X se extienden ahora por varias líneas temporales. De elemento que daba cohesión al sueño de Xavier, Scott Summers ha pasado a ser la plañidera incapaz de tomar decisiones bajo otra influencia que no sea la de su esposa Jean Grey, entronizada ahora como verdadera figura central del Universo Mutante. La desaparición de Cíclope es la más llorada por lo que representa y la más fácil de encajar debido al papel, por completo prescindible, que ha adquirido el personaje. El suceso, por supuesto, carece de cualquier posibilidad de permanencia, a la vista de la falta absoluta de credibilidad que la muerte tiene en Marvel desde la resurrección de Jean.

Es verano de 1999. Powers concluye su búsqueda del guionista perdido. La clave la encuentra en casa, en ese The Fantastic Four escrito por Chris Claremont al que los lectores maliciosos acusan de ser el mejor Excalibur de los últimos años. La presencia constante de personajes y situaciones procedentes de sus años al frente de la Franquicia Mutante, así como la extraña petición de integrar a Kitty Pryde en la Primera Familia Marveliana –respondida con una negativa– dejan claros los deseos del guionista. ¿Cuánto tiempo puede pasar Chris Claremont encerrado en un despacho de Marvel antes de volverse loco? ¿Cuánto tiempo antes de que empiece, medio en broma, medio en serio, a redactar guiones que luego no firma? ¿Cuánto tiempo aconsejando posibles argumentos a Kavanagh o a Davis? Gran parte de las ideas que utiliza éste durante su segundo semestre proceden del Patriarca Mutante, que de rondón consigue colar por fin aquella historia con Lobezno muerto (UXM 375. X 99) y convertido en un villano (Astonishing X-Men 1-3, IX-XI 99). ¿Y por qué no os libráis de Xavier? ¿Y por qué no matáis a Cíclope? ¿Y por qué no disgregáis el grupo durante una temporadita?… ¿Y por qué no lo escribes tú, Chris? Por que no me dejan, Alan, por que no me dejan.

 

 

Han pasado veinticinco años desde que, casi por casualidad, aquel desconocido recién llegado de Inglaterra recibiera el encargo de escribir un tebeo de segunda categoría llamado X-Men. En esos años, el título creció, superó sus límites y se multiplicó exponencialmente, primero bajo la influencia de Claremont, luego como un imparable rodillo comercial. La industria del cómic es hoy muy distinta de cómo lo era en aquel verano de 1975. Y lo es, en gran medida, gracias a (o por culpa de) los mutantes de Chris Claremont. Sus criaturas, sus niños, sus hijos, mucho más resistentes que él mismo, con una fortaleza que les ha permitido superar el trato y el maltrato de un cuarto de siglo de éxito. Por encima de cualquier circunstancia, Logan, Ororo, Kurt, Peter, Kitty… se levantan indemnes, con fuerzas cada vez mayores. Mientras John Byrne regresa a casa con un título dedicado a narrar las aventuras de los pupilos de Xavier durante sus años ocultos, comienzan las conversaciones, los tira y afloja. Bob Harras, en contra de su propio criterio, pone encima de la mesa de Claremont una oferta que el Patriarca Mutante es incapaz de rechazar. Los guiones de las dos series principales, la cesión de las colecciones mutantes peor vendidas a un autor de su completa afinidad y una libertad para hacer y deshacer de la que ningún otro guionista goza en la Marvel actual. Sin trucos. Sin cuerpo editorial que valga metiendo mano en los guiones. Con los Hijos del Átomo en manos de quien mejor los conoce, ahora que se acerca la dura prueba que representa el filme de Fox, con millones de ojos mirando hacia la Patrulla-X.  Claremont piensa en ello. Piensa en si va a ser él menos que Byrne. Piensa en las decisiones que tomó. En las que no tomó. ¿Debería haber dejado que se convirtiera en una parte tan fundamental de mi vida? ¿Debería haberme marchado antes? ¿Debería haberme quedado? Piensa en las historias que contó. En las historias que no contó. En las historias que pudo haber contado mejor. La parte más triste de este negocio es su naturaleza transitoria. Trabajas en una serie. Trabajas en unos personajes que son como tus hijos. Luego te vas. Cada guionista, cada dibujante o editor que llega detrás de ti modela tus conceptos para que encajen en su visión, no en la tuya. Lo que pasó antes es cambiado. O apartado. O simplemente olvidado. Pero hubo un tiempo en que la visión era la mía. El concepto a modelar era el mío. Los personajes eran los míos.

Es 24 de septiembre de 1999. Marvel anuncia que el nuevo guionista de X-Men y Uncanny X-Men se llama Chris Claremont.

 

Breve crónica desde las jornadas de cómic de Avilés (Última Parte)

 

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Las concurridas calles del centro histórico de Avilés siguen viviendo un hervidero de fanáticos del noveno arte un día más. Personalmente hoy ha sido un día en el que las presentaciones y pases de cine no han supuesto el centro de la actividad.

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