LOS PREPARATIVOS DE LA MUERTE DE ULTIMATE SPIDER-MAN

La muerte y los superhéroes son amantes imposibles. Cuando se encuentran, su pasión suele manifestarse de manera ardiente, desaforada, carnal, pero nunca es para siempre. Parece como si no pudieran estar juntos más allá del arrebato inicial, de manera que terminan por romper ese compromiso que, en el mundo real, es inquebrantable. Los personajes mueren en las situaciones más dramáticas que puedan concebir sus guionistas, atraen los focos de los aficionados, de los medios especializados y a veces incluso de los generalistas, que ajenos a las reglas del género dan el obituario por definitivo y se sorprenden cándidamente cuando descubren que no es así. Ningún superhéroe importante que haya muerto ha permanecido de esa manera mucho tiempo. ¿Ninguno? Brian Michael Bendis tiene algo que decir al respecto.

 

 

 

La historia de Peter Parker siempre ha sido una narración a medio terminar. Antes de que fuera constatable que el personaje no era una moda pasajera, sino que estaba aquí para quedarse y, por lo tanto, debía permanecer más o menos inmutable y pasar de generación a generación, Stan Lee le condujo desde la adolescencia del instituto hasta la juventud de la universidad. Sus sucesores aceptaron ese cambio y ese ligero pasar de las fechas en el calendario como una norma a seguir, de manera que mostrarían cómo el personaje terminaba la facultad, comenzaba estudios de postgrado, los dejaba a medias, tenía diversos trabajos (casi siempre en el Daily Bugle), diversas novias, asentaba la cabeza (en brazos de Mary Jane) y llegaba incluso a tocar una madurez que, podía deducirse, equivalía a la llegada a los treinta. Sí, Marvel dejaba que la encarnación clásica del Hombre Araña viera los años pasar, pero hasta cierto punto, porque la ilusión de cambio que enunciara Stan Lee era eso: una ilusión. Los héroes sólo pueden avanzar hasta cierto punto, tan radical como pueda parecer al guionista o el editor de turno, pero del que sea fácil volver… Y en el cómic de superhéroes todo es posible. Cualquier retruécano argumental puede valer con tal de conseguir el resultado que la editorial desea.

 

Este tipo de movimientos, esa vuelta a los orígenes, suele romper en dos a la audiencia, ya que en muchas ocasiones responde a los deseos de una parte de los lectores o a aquello que la editorial estima necesario. Las resurrecciones son los casos que más resistencias encuentran entre los aficionados, que por otra parte son los que echan de menos a tal o cual personaje heroicamente fallecido y reclaman su regreso. Dentro de La Casa de las Ideas, muertes míticas, como la de Jean Grey de La Patrulla-X, o la del Duende Verde, el peor enemigo de Spiderman, no impidieron que, un buen día, pasados muchos años, alguien en la factoría estimara oportuno desdecir aquellas historias y poner en activo una vez más a tales personajes.

 

Después de tanto usar y abusar del recurso de la resurrección o de la falsa muerte, en las editoriales llegarían a institucionalizarlo. Sabedoras de que la posibilidad de regreso era proporcional a la importancia del afectado, comenzaron a planificar lo uno junto a lo otro. En 1992, DC Comics consiguió hacer de la muerte de Superman uno de los mayores acontecimientos de su historia, que abrió periódicos y telediarios en todo el mundo. El editor Mike Carlin y sus guionistas sabían que sería algo temporal y ya tenían diseñado el mecanismo por el que el Hombre de Acero saldría de la tumba, de manera que el camino de vuelta se convirtió también en otro acontecimiento singular y multitudinario. Un caso similar se repetiría, tiempo después, con el Capitán América en Marvel, aunque esta vez la iniciativa permaneció en manos del guionista que la llevaba a cabo, Ed Brubaker, y fue él también quien diseñó el rumbo a seguir, con la sustitución de Steve Rogers por el a su vez resucitado Bucky Barnes, hasta la reinstauración triunfal del héroe de las barras y estrellas que siempre ha sido y será… Salvo en los momentos puntuales en que el drama y la comercialidad requieran de lo contrario.

 

Y es así como llegamos al Universo Ultimate. Durante sus primeros años de existencia, los responsables de la línea se habían hartado de decir que esta versión reducida y por lo tanto más manejable del cosmos conectado Marvel, no se ataba a las leyes que pudieran seguir los cómics tradicionales. A partir de «Ultimatum», empezaron a demostrarlo. Los muertos se quedaban en la tumba. Héroes que se pasaban al bando de los villanos permanecían allí sin redención posible. Y si un gran cambio afectaba a alguno de los protagonistas, nunca aparecía a los pocos meses una manera milagrosa de deshacerse.

 

Brian Michael Bendis, el más representativo guionista de la línea, sabía que había un límite que quizás no deberían atreverse a superar, precisamente porque en el Universo Ultimate no funcionaban las puertas giratorias. Ese límite era el de matar a Spiderman. Porque una de las características fundamentales del Hombre Araña es que debajo de la máscara está Peter Parker; porque el joven trepamuros es la base de todo, y sin él probablemente el Universo Ultimate se vendría abajo, porque… Cuanto más lo pensaba Bendis, más se daba cuenta de que todas esas razones eran en realidad las excusas que se habían dado a sí mismos para mantener los parámetros de la serie dentro de lo razonable. Pero, ¿y si la lógica interna de la historia empujara a romperlos? ¿Y si era el camino correcto a seguir, el fin que se merecía el personaje, el recurso para demostrar una vez más que ni él, ni nadie en Marvel, tenía miedo al vacío?

 

La colección, después de apenas quince entregas de su relanzamiento en el tono costumbrista y de comedia de situación que había aportado la llegada del dibujante David Lafuente, había recuperado su numeración original, de manera que en la oficina del editor Mark Paniccia contaban ya con más de 150 entregas publicadas. El número que había servido para conmemorarlas ofrecía un singular acontecimiento para la vida de Peter Parker, que pasaría a estar bajo el entrenamiento de los Ultimates. El héroe adolescente se disponía a abrazar las responsabilidades de la edad adulta.

 

Un año antes, en 2010, había tenido lugar el décimo aniversario de la colección, que la editorial celebró con alegría, al tiempo que los medios especializados respondían con artículos en los que se hacían balances extraordinariamente positivos. En ellos, Mark Bagley recordaba con añoranza sus años en la serie y llegaba a manifestar que lo echaba de menos. Un año después, el artista regresaría no sólo a Marvel, sino a Ultimate Spider-Man, y además lo haría para narrar los últimos días del joven Peter Parker. La incredulidad fue el primer sentimiento que asaltó a los lectores de todo el mundo cuando Marvel se atrevió a anunciar todo eso: que Bagley sería el responsable gráfico de la saga más decisiva de la historia del Universo Ultimate, y que esa saga se llamaría «La muerte de Spiderman». Muchos, ante aquel anuncio, daban por hecho que Peter abandonaría momentáneamente las redes, o que tendría lugar una «muerte» simbólica, porque «muerte» podía significar también cambio. Ni Bendis ni la propia Marvel despejaron incógnitas sobre qué pasaría en la última página, porque, a su juicio, el título ya lo decía todo. No pasaron de ofrecer detalles sobre cómo se orquestaría la saga, ya que contaría con un prólogo en los episodios previos y un reflejo en paralelo mediante una miniserie que enfrentara a Los Vengadores de Nick Furia contra los Nuevos Ultimates.

 

Este tomo acoge el mencionado prólogo, que preparaba el escenario para la polémica aventura. En el apartado gráfico todavía se mantenía David Lafuente, pero Sara Pichelli, una hasta entonces desconocida artista italiana que había tenido oportunidad de realizar apenas un número previo, echaba una mano en muchas de las páginas, al tiempo que Chris Samnne, dibujante de influencias cartoon pero estilo netamente clásico, que representaba a Mary Jane y a Peter como si fueran los de Romita, por más que se tratara de las versiones Ultimate, se ocupaba del número inmediatamente anterior a la llegada de Bagley. En realidad, tanto Pichelli como Samnne servían de transición hacia la vuelta de la estética que había sido habitual en Ultimate Spider-Man desde sus inicios. Porque, cuando Bagley dibujara de nuevo al trepamuros, parecería como si no hubieran pasado los años.

 

¿De verdad que Spidey moriría? Nadie lo veía posible, pese al cacareado título. Nadie sabía entender lo obvio. Que la historia de Peter Parker era una narración a medio terminar y Brian Michael Bendis quería ser quien escribiera ese final.

 

 

 Artículo aparecido originalmente en Coleccionable Ultimate. Ultimate Spiderman nº 29

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