GEOFF JOHNS EN LOS VENGADORES: VISIÓN PLANETARIA

Si dentro del Universo Marvel un grupo de superhéroes representan la grandeza, ese es, sin lugar a dudas, el de Los Vengadores. Stan Lee y Jack Kirby los crearon como una plataforma para reunir a todos los personajes importantes de la editorial, a imagen y semejanza de La Liga de la Justicia de América, que publicaba su competencia, DC Comics.

No obstante, el propio Stan Lee, cuando todavía se encargaba de escribir la serie, fue alejándose progresivamente del concepto inicial, al verse obligado a sustituir a la plana mayor de los protagonistas por otros héroes menos conocidos, que contra todo pronóstico alcanzarían inmensa popularidad, pero siempre asociados a su pertenencia al equipo, no al valor de sus aventuras individuales. Roy Thomas, el sucesor de Stan, ahondaría en este aspecto, de tal manera que la interacción de los héroes estaría en el primer punto de prioridades a la hora de desarrollar sus aventuras, mientras que la lucha contra peligros hiperbólicos se mantendría en un segundo plano, por más que permaneciera como uno de los elementos distintivos de Los Vengadores.

 

Las relaciones entre sus integrantes y el desarrollo de aventuras más grandes que la vida son, por lo tanto, los dos pilares fundamentales sobre los que se debe apoyar cualquier autor que se haga cargo de la colección, y los que sirvieron de punta de lanza a Geoff Johns en su breve, pero sustanciosa etapa, como guionista de Los Vengadores. Corría el año 2002, y Johns despuntaba como uno de los nombres más interesantes que podía encontrarse en DC Comics, donde sacaba un gran partido a héroes clásicos, como Flash o La Sociedad de la Justicia de América. Su máxima virtud se encontraba en abordarlos con una narrativa moderna pero tomando como referencia el trabajo que con ellos habían hecho los grandes pioneros: aquellos guionistas que asentaran la imagen icónica de esos héroes. Fue en ese contexto, cuando todavía Johns no se había convertido en la estrella que llegaría a ser, pero en la que muchos aficionados ya le señalaban como una de las grandes esperanzas de la industria, en el que Marvel procedió a ofrecerle Los Vengadores. Era una forma de que el grupo pudiera mantenerse fiel a la época que acababa de cerrarse, escrita por Kurt Busiek junto a leyendas del dibujo como George Pérez y Alan Davis, en la que predominaba un acercamiento tradicional a sus aventuras.

 

Para Johns, representó todo un reto suceder al guionista que había conseguido recuperar el favor del público hacia Los Vengadores. Por eso, antes de ponerse a escribir, reflexionó acerca de lo que representa el grupo dentro del Universo Marvel, para llegar a la conclusión de que éste se sitúa en ámbito opuesto al de La Patrulla-X. Mientras que los mutantes son temidos por la sociedad y se mantienen en una posición poco menos que clandestina, Los Vengadores han crecido hasta convertirse en el equipo al que todo el mundo acude en los momentos de necesidad, cuando grandes desastres azotan el planeta y ponen en peligro la vida de miles de personas. Su jurisdicción, por tanto, va más allá de Estados Unidos, hasta competer a la Tierra en su totalidad. Entonces, ¿qué ocurriría si la ONU les entregara el control del planeta, a causa de una crisis como ninguna otra?

 

“Confianza mundial”, la aventura que respondería a semejante cuestión, llegaría hasta los lectores como un ejemplo de lo que debe ser una gran aventura protagonizada por Los Vengadores: con un escenario gigantesco, un peligro global, una metáfora socio-política y la participación de los más importantes miembros del grupo, con Iron Man y el Capitán América a la cabeza, aunque sin descuidar la atención a los secundarios, que además tienen una abultada representación: Johns procura que El Halcón, Pantera Negra, Hulka, Chaqueta Amarilla o La Avispa brillen con luz propia, y en sucesivas aventuras acentuaría este aspecto.

 

En el apartado gráfico, el guionista recibe la réplica de Kieron Dwyer, un artista que ya se encargó de los últimos números escritos por Busiek meses atrás y que había sido una solución de urgencia adoptada por Marvel antes de dar con otro autor. Sin llegar a brillar como los grandes gigantes que han pasado por la colección, este veterano artista lograba superar el trance con dignidad, en una saga muy compleja por la multitud de personajes y lugares en los que se mueve, como si de una superproducción cinematográfica se tratara.

 

Johns permanecería en la colección durante un corto periodo de tiempo, sin que llegara a desarrollar todo su potencial, pero dejando atrás un puñado de estupendas historias, todas ellas ya ofrecidas dentro del coleccionable Marvel Héroes, en los tomos titulados Zona Roja y La búsqueda de Hulka. Finalmente, el escritor se decantaría por DC, donde llegarían las obras que más fama y fortuna le han dado. Antes de eso, no obstante, todavía firmaría para La Casa de Las Ideas una miniserie protagonizada por La Visión, personaje que encontraba fascinante, puesto que no es un hombre, pero tampoco acaba de ser una máquina: alguien con sentimientos humanos que no puede expresarlos. Para la ocasión, contó con Iván Reis, un impresionante artista que posteriormente le acompañaría en Green Lantern, el que quizás sea el trabajo más reconocido de ambos. La mencionada aventura del carismático sintozoide se encuentra también en este volumen, un complemento de excepción a la que fue una breve, pero acertada etapa, que capturaba como pocas el espíritu de lo que significan Los Vengadores.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Los Vengadores: Confianza mundial

MOTORISTA FANTASMA: CÓMO REINVENTAR PERSONAJES EN LOS NOVENTA

Hay personajes de cómic que ofrecen una imagen tan iconográfica que llegan a ser reconocidos en ámbitos que nada tienen que ver con los lectores habituales. Con ellos, se confirma la afirmación de que la imagen tiene una capacidad evocadora incomparablemente superior a la de las palabras.

 

Es lo que ocurre con el Motorista Fantasma, que en el momento de su nacimiento, allá por los años setenta, se alzó como todo un símbolo para personas que jamás habían leído una viñeta en sus vidas, pero que, nada más ver a aquel esqueleto de cráneo incendiado a lomos de una motocicleta demoniaca imaginaban infinitas carreteras quemadas por los neumáticos, escuchaban atronadoras canciones de Led Zeppelin o The Who y concebían una vida en libertad, sin límites y sin normas que acatar. Era el espíritu de filmes como Easy Rider (1969) o de libros como En el camino (1951) de Jack Kerouac traspasado a las viñetas, El Motorista Fantasma se alzaba como un superhéroe antisistema, o al menos al margen de las reglas morales y “las buenas costumbres” de la sociedad.

 

Los orígenes del personaje, como él mismo, ruedan por la carretera de lo desconocido.  Roy Thomas, guionista y Director Editorial de Marvel en 1972, reclama un importante papel en la creación. Comenta que se trataba de una idea que había tenido para un villano que se enfrentaría a Daredevil y que cedió al también escritor Gary Friedrich, quien sugirió entonces el nombre del personaje y que fuera un tipo extraño y aterrador. Según Thomas, él también habría sido el responsable del diseño, junto al dibujante Mike Plogg. Friedrich, por su parte, quita méritos a Thomas para quedárselos él mismo, en particular la idea de la calavera incendiada y la motocicleta, mientras que Plogg no recuerda demasiado bien las circunstancias exactas.

 

Fuera de una forma u otra, el Motorista Fantasma fue presentado en sociedad en el quinto número de Marvel Spotlight, con fecha de portada de agosto de 1972. Allí se contaba la trágica historia de Johnny Blaze, un motociclista de riesgo que trabajaba en un circo y se ponía al servicio de Satán a cambio de que su padrino Crash Simpson superara el cáncer que le estaba mantanto. El demonio cumpliría la literalidad del contrato, de tal manera que Crash se curaría, pero no tardaría en morir víctima de un accidente en la pista, mientras que Blaze estaría condenado a transformarse por las noches en una infernal criatura que sometería a los criminales a su venganza.

 

El éxito del Motorista Fantasma fue inmediato: la sorprendente mezcla de aventuras callejeras, road movie y thriller sobrenatural encandiló a los lectores. Tras un puñado de aventuras publicadas en Marvel Spotlight, llegaría la serie con el nombre del personaje, que a su vez multiplicaría las apariciones en los títulos más populares de la factoría, hasta instalarse no sólo en la mente de los fans, sino como parte de la cultura popular. No es extraño que muchos moteros de la época se identificaran con él, hasta integrarlo en su estética. Incluso el dúo Suicide le dedicaría una popular canción en 1977.

 

 

Con el paso del tiempo, sin embargo, la figura del Motorista Fantasma fue declinando, hasta que, ya en 1983, la editorial decidió cancelar la colección, con una apoteósica etapa final: Johnny Blaze conseguía escapar de su maldición y ganarse una vida feliz junto a su novia Roxanne. En la última viñeta, ambos se perdían en el horizonte, a lomos de la máquina de dos ruedas. Todo hacía presagiar que el Motorista Fantasma se había retirado para siempre.

 

Sin embargo, en el mundo del cómic, un “para siempre” significa sólo “hasta el próximo relanzamiento”, algo a lo que se han acostumbrado los lectores hoy en día, pero que antes no era tan habitual. Por eso, fueron muchos los sorprendidos a comienzos de 1990, cuando, dentro de un puñado de nuevos títulos agrupados bajo el indicativo de “Héroes para los noventa”, reaparecía el Motorista Fantasma…. Aunque no el que recordaban los aficionados veteranos.

La portada del primer número mandaba el mensaje de que ése no era el personaje que hubiera sido tan conocido unos lustros atrás, sino una versión actualizada y rompedora. El cráneo en llamas distintivo seguía ahí, pero todo lo demás había sufrido cambios radicales. La motocicleta ya no era la mítica Harley-Davidson, sino un vehículo que parecía haberse ensamblado en el infierno, con espectaculares ruedas de fuego; el traje de especialista que solía vestir Johnny Blaze, tan parecido a los disfraces que se ponía Elvis Presley para salir al escenario, había sido sustituido por una cazadora de cuero, cargada de remaches y cadenas. En el lugar de Blaze, los lectores se encontraron con Danny Ketch, una nueva raza de Espíritu de la Venganza… Para unos tiempos menos amables.

Cuenta Howard Mackie, el guionista responsable de este renacimiento, que la inspiración le llegó después de enterarse que habían sido profanadas unas tumbas de Cypress Hill, el cementerio próximo al barrio de Brooklyn en el que se crió. Mientras repasaba los antiguos cómics del Motorista Fantasma en busca de ideas para la nueva serie, Mackie volvió a pasear por los lugares de su niñez, sólo para constatar que todo había cambiado. “Escribe de lo que sabes”: es un viejo consejo para novelistas que Mackie adoptó, para hacer de Danny Ketch un vecino de Brooklyn, cuyo carácter mezclaba rasgos de varias personas que conocía, y para convertir Cypress Hill en el escenario de la primera aventura. No menos importante fue la participación de los dibujantes Javier Saltares y Mark Texeira, quienes envolvieron la historia de realismo descarnado a la vez que aportaban la atmósfera de modernidad por la que se distinguiría aquel cómic de cualquier otro.

El Motorista Fantasma había vuelto a las calles, para alzarse como uno de los personajes clave de la época. Su rotundo éxito permitiría, al cabo del tiempo, recuperar también la figura de Johnny Blaze… Pero esa historia tendrá que ser contada en otra ocasión.

 

Texto aparecido originalmente en Marvel Héroes. Ghost Rider: Espíritu de Venganza

EL DOCTOR MUERTE Y LA NATURALEZA DEL MAL

Uno de los mejores, más complejos y fascinantes personajes del Universo Marvel es también su más terrible villano. Victor von Muerte es la antítesis perfecta de Reed Richards, el líder de Los 4 Fantásticos, pero su alcance y carisma le lleva mucho más allá, hasta alzarse como una gigantesca presencia dentro de La Casa de las Ideas.

 

Cuando fue creado, en Fantastic Four #5 USA (1962. Marvel Masterworks: Los 4 Fantásticos nº 1) de la mano de Stan Lee y Jack Kirby, Muerte ya contaba con una complejidad muy por encima de la que tenían las típicas amenazas a las que se enfrentaban habitualmente los superhéroes. Quizás el primer plan con el que se presentó ante La Primera Familia no fuera demasiado temible: les enviaba atrás en el tiempo para localizar el tesoro del pirata Barbanegra. Era una época en que la primigenia Marvel todavía se debatía entre la aventura ligera y la trascendencia, y ésta venía de la mano de la firme caracterización que Stan Lee ofrecía del Doctor Muerte. No estábamos ante un criminal cualquiera, sino frente al dictador de un país, el imaginario Latveria, situado en los Alpes Bávaros, muy cerca de Transilvania, y al que no parecía haber llegado la edad moderna. Muerte era un maestro de la hechicería, como demostraban los libros de cabecera que acompañaban a la primera imagen en que apareció. Pero en uno de esos títulos ya se intuía la naturaleza dual del villano: “Ciencia y Brujería”. Porque, pese a que habitara en un castillo, vistiera una armadura medieval y le acompañara un cuervo ominoso, aquel tipo siniestro era también un hombre del siglo XX, como Reed Richards confirmaría unas páginas más tarde, al desvelar que había conocido al Doctor Muerte en la universidad, cuando era un brillante estudiante de ciencias a la par que un seguidor de la magia negra, y que habían sido sus “experimentos prohibidos” los que habían provocado el terrible accidente del que salió desfigurado y expulsado de la universidad, sólo para emprender el viaje que le llevaría a convertirse en un maestro del mal encerrado en una armadura tecnificada y capaz de crear artefactos imposibles a la altura de los que construía el propio Mister Fantástico: Una máquina del tiempo, robots que le sustituyeran cuando fuera necesario, o, como se descubriría en el siguiente número, un mecanismo para arrancar el Edificio Baxter de sus cimientos y llevarlo hasta el espacio exterior. A ese rico background se sumaba la contundente imagen de la que le dotó Kirby, que convertiría a Muerte en un verdadero icono intemporal, el prototipo por el que se deberían medir los grandes villanos a partir de entonces, algo que George Lucas sabía muy bien cuando tomó sus líneas maestras para concebir a Darth Vader.

 

Desde aquella primera aparición, Lee y Kirby cayeron rendidos ante las posibilidades que ofrecía el personaje. Sucesivamente volverían sobre él, en sagas cada vez más imaginativas y sobresalientes, en las que Muerte mostraba su ingenio supremo, su inteligencia sólo equiparable a la de Richards y su odio supremo hacia Los 4 Fantásticos, pero también la majestuosidad y el retorcido sentido del honor que le llevaría a actuar siempre según sus reglas. El mayor defecto de Muerte, el que le llevaba a perder una y otra vez en sus monumentales choques con el cuarteto, y en el que estaba en cierta forma el origen del desprecio hacia Richards, no era otro que su arrogancia, el convencimiento de estar por encima de cualquier otro individuo en todos los aspectos imaginables.

 

En 1964, Lee y Kirby le dedicaron el segundo Anual de Los 4 Fantásticos, un significativo número que comenzaba con una escalofriante historia en la que se ampliaba y modernizaba el origen del villano: allí se descubrían sus orígenes gitanos, la trágica e injusta muerte de sus padres, su lucha con el tiránico barón que había gobernado su país con mano de hierro… La conclusión era que Muerte no siempre había sido un villano terrible, sino alguien a quien las desgracias de la vida había conducido por ese camino, igual que a Reed le había llevado por la vía contraria.

 

Con el paso de los años, la influencia de Muerte se extendió más allá de la cabecera de los Imaginautas, hasta enfrentarse con otros héroes y liderar a los grandes villanos de la Casa de las Ideas en momentos críticos, como pudieron ser, en los años ochenta, las Secret Wars, una de las aventuras que mejor describía y caracterizaba al dictador de Latveria. Muerte parecía superar, quizás no en poder o maldad, pero sí en inteligencia, maquiavelismo y capacidad de manipulación, a cualquiera de sus homólogos de fechorías. A través de las décadas, autores como Roy Thomas, John Byrne, Roger Stern o Walter Simonson hicieron grandes sagas que profundizaban en sus motivaciones. Fue Byrne, por ejemplo, quien estableció que los latverianos en realidad están orgullosos de Muerte, puesto que ha sido él quien les ha procurado paz y bienestar, por mucho que les haya robado la libertad.

 

Pero, con medio siglo de existencia a sus espaldas, no resulta fácil construir nuevas historias sin caer en la repetición o en la vacuidad. Con el cargo de guionista de Los 4 Fantásticos va en cierta forma la obligación de ofrecer un choque electrizante con Victor von Muerte, pero no siempre los autores están a la altura del reto. No ocurrió tal cosa con Mark Waid y Mike Wieringo, responsables de una excelente etapa de La Primera Familia que se desarrolló entre los años 2002 y 2005, y cuyo arranque se ofreció en el volumen del coleccionable Marvel Héroes titulado Los 4 Fantásticos: Imagináutas.

 

 

Este segundo tomo de la andadura Waid/Wieringo sigue allá donde se quedó el anterior, para conformar un argumento completo y autónomo, en el que tiene lugar ese ambicioso enfrentamiento con un Doctor Muerte tan temible como en sus orígenes. Waid, guionista que posee un meticuloso conocimiento del pasado de los personajes, pero que no tiene miedo en saltar hacia delante, ofrece, al comienzo de la historia, un interesante giro de tuerca. Como resultado de ello, tenemos una severa transformación que en ningún momento abandona la coherencia con todo lo que se conoce sobre el villano. Más aún: lo enriquece, sofistica y completa. Bienvenido por tanto a una de las mejores historias jamás realizadas sobre el hombre más temible del Universo Marvel.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Los 4 Fantásticos: Impensable

PROYECTO MARVELS: LA RECONSTRUCCIÓN DE LA MANERA EN QUE EMPEZÓ TODO

Dicen los libros de historia que el Universo Marvel echó a andar de manera oficial en 1961, con el nacimiento de Los 4 Fantásticos. Y no andan errados. En aquella fecha mítica, Stan Lee y Jack Kirby colocaron los cimientos de lo que luego se convertiría en el cosmos de ficción más importante jamás creado. Si no hubiera tenido lugar aquel singular acontecimiento, personajes como Spiderman, Los Vengadores o La Patrulla-X nunca habrían llegado a vivir. La aparición de la Primera Familia marcó un antes y un después, en tanto que supuso la resurrección de un medio a punto de desaparecer bajo unos presupuestos, los de la humanización del héroe, que nunca antes se habían utilizado.

 

 

Sin embargo, la historia no es tan sencilla y merece que se hagan algunas matizaciones. A finales de los años treinta y primeros cuarenta, coincidiendo con el auge del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, el género de los superhéroes había vivido su primera gran explosión, en lo que se dio en llamar como la Edad de Oro de los cómics. En aquellos tiempos, la primigenia Casa de las Ideas había lanzado los primeros personajes. Timely Comics, la que luego se convertiría en Marvel, nació en 1939, año en el que presentaría en sociedad a la Antorcha Humana original y Namor, el Hombre Submarino. Ya en 1941, llegaría el Capitán América, y todos ellos combatirían la amenaza de Hitler, aunque sus caminos se encontrarían en contadas ocasiones.

 

Cuando, dos décadas más tarde, Stan Lee acometió la llegada de Los 4 Fantásticos, el guionista era plenamente consciente de tan rico pasado: de hecho había sido partícipe del mismo, puesto que llevaba en la editorial desde aquel entonces y su primer relato vio la luz dentro de Captain America Comics #3 USA (1941. Visionarios Marvel: Stan Lee). Decidido a aprovechar lo mejor de aquel legado, en el cuarto número de Los 4 Fantásticos llevó a cabo la integración de Namor en la actualidad de la Primera Familia. No contento con eso, en otro cuarto número, esta vez de Los Vengadores, se produjo la reentrada del Capitán América, quien había estado congelado en un bloque de hielo desde los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. Y, un tiempo más tarde, aunque también en una cuarta entrega, Fantastic Four Annual #4 USA para ser exactos (1966. Los 4 Fantásticos: La edad dorada), Johnny Storm y el resto de sus compañeros desempolvarían del olvido a la Antorcha Humana original, cuyas pautas cerebrales luego servirían para dar vida a La Visión, uno de los integrantes de Los Vengadores.

 

De alguna manera, los grandes personajes de la Timely encontrarían nueva vida en el Universo Marvel. No obstante, en la editorial siempre mantendrían el primer episodio de Los 4 Fantásticos como una frontera entre lo que podría calificarse la prehistoria y “su” historia. De hecho, a efectos oficiales, la primera aparición del Capi, Namor o la Antorcha Humana original que se señalaba siempre era la que había tenido lugar en los años sesenta, y a la que se le añadía la matización de “moderna”, queriendo resaltar que todas aquellas aventuran de los años cuarenta y cincuenta existían y estaban ahí, pero que no debían tenerse en cuenta más que a efectos anecdóticos.

 

Ya en los setenta, el interés por esa “prehistoria Marvel” se reavivaría gracias a Los Invasores, un proyecto impulsado por un enorme aficionado a la Edad Dorada, el guionista Roy Thomas. “¿Qué hubiera pasado si algo similar a Los Vengadores, es decir, un supergrupo que reuniera a los principales héroes de la época, hubiera existido durante la Segunda Guerra Mundial?” Ésa es la respuesta que venía a responder. Con un toque de nostalgia rodeando sus aventuras, Los Invasores, en cuyas filas militaban el Capitán América y su compañero Bucky, la Antorcha Humana y su camarada Toro o Namor, entre otros combatieron contra las fuerzas del Eje en una cabecera que se publicó entre 1975 y 1971 y que quedaría marcada en el recuerdo de los lectores.

 

Una nueva ola nostálgica tendría lugar en pleno siglo XXI, coincidiendo con el setenta aniversario del nacimiento de Timely. En Marvel planificaron varios eventos que conmemoraran una fecha tan señalada, pero entre ellos uno destacó con una enorme fuerza: El proyecto Marvels. La idea surgió del editor Tom Brevoort, que consideró al guionista Ed Brubaker como el más apropiado para encarar el reto. Éste se había convertido por derecho propio en uno de los mejores autores con los que haya contado jamás el Capitán América y se sintió hipnotizado ante el ofrecimiento de Brevoort, ya que se trataba, en cierta forma, de contar el origen y el contexto de su personaje favorito. Mientras investigaba los cómics que había protagonizado el Centinela de la Libertad y otros héroes en los años cuarenta, Bru sintió que era necesario actualizar aquellas historias a través del lenguaje del cómic moderno, así como entrelazarlas de tal manera que, en lugar de los relatos fragmentados sin conexión alguna que fueran en el momento de publicarse, se organizaran como una compleja trama trasversal que sirviera para desentrañar la manera en la que los superhéroes habían surgido y los motivos que les habían llevado a colaborar contra un enemigo común.

 

Anteriormente, Kurt Busiek y Alex Ross, ya habían desarrollado un trabajo lejanamente similar, en el prólogo y primer capítulo de Marvels, donde se evocaba el nacimiento de la Antorcha Humana original o una de sus batallas con Namor. El propósito de Brubaker consistiría, sin embargo, en ir un paso más allá: utilizar el material ya existente con sumo cuidado y respeto, pero también unir los huecos vacíos, con el objeto de ofrecer una monumental historia de espías que se introdujera en el trasfondo de eventos históricos. De esta forma, la trama abarca desde la Gran Depresión hasta poco después del ataque a Pearl Harbor, o, lo que es lo mismo: desde que surge la necesidad de crear superhumanos con los que oponerse al auge del nazismo hasta que estos llegan a formalizar su alianza, pasando por todo el proceso de nacimiento y primeros pasos. El guionista llegó a plantearse Cold Secret War (Guerra Fría Secreta) como título de la obra, pero finalmente prefirió El Proyecto Marvels, para así establecer un paralelismo con el Proyecto Manhattan, que en las mismas fechas en las que sucede esta historia había dado lugar a la bomba atómica. Así, seguía la tradición del Universo Marvel de reflejar la realidad de cada momento histórico desde un punto de vista superheroico.

 

Brubaker encontraría espacio no sólo para los grandes nombres de la Timely, los que forman la trinidad de Capitán América, Namor y la Antorcha Humana, sino también para otros conceptos, de menor impacto cultural, pero que también existieron en aquel entonces, así como otros que fueron aportados por Thomas dentro de Los Invasores. No sólo el escritor brilla con intensidad, sino también el dibujante Steve Epting, quien ya estuviera con él durante los primeros años de la etapa en Capitán América. El realismo de Epting, junto a su indudable raigambre clásica, coronan El proyecto Marvels como un cómic con ecos de superproducción cinematográfica en el que se consigue capturar y embotellar un mundo que ya no existe y en el que se sembró la semilla de nuestro tiempo.

 

 

Texto aparecido originalmente en Marvel Héroes. Capitán América: Proyecto Marvels

LOS 4 FANTÁSTICOS: DETRÁS DE LA VUELTA DE GALACTUS

A lo largo de los años sesenta, Los 4 Fantásticos fue la colección más importante del Universo Marvel, una ventana a un mundo lleno de posibilidades infinitas. No sólo el hecho de haber sido la colección en inaugurar aquel cosmos de ficción era importante, sino también el que fuera el título más preciado por Stan Lee y Jack Kirby. En la concepción misma de La Primera Familia estaba implícito el descubrimiento de nuevos horizontes. Porque Los 4 Fantásticos no sólo son superhéroes, sino también pioneros, investigadores de lo desconocido, rastreadores de la siguiente frontera del universo.

Durante toda esa década, un conjunto de conceptos más-grandes-que-la-vida fueron surgiendo de las páginas de The Fantastic Four. Ya en su segunda aventura, tuvieron la oportunidad de enfrentarse a los Skrull, una raza metamórfica de extraterrestres que perseguía la conquista de la Tierra. Este primer choque, que se resolvió de manera imaginativa en apenas veinte páginas, tuvo como consecuencias el inicio de la enemistad permanente entre los hombrecillos verdes y Los 4 Fantásticos, que volvieron a enfrentarse en multitud de ocasiones a partir de entonces. Con el tiempo, los alienígenas incluso lanzarían a su propio campeón, el Super-Skrull, un miembro de su raza capaz de emular las habilidades de los integrantes del cuarteto, y que les metería en aprietos en más de una ocasión.

 

Pero los Skrull no eran más que una muestra de los peligros que aguardaban “ahí fuera”. Debemos fijarnos en la época más fructífera de la colaboración entre Lee y Kirby, la que se desarrollaría entre los años 1965 y 1967, trienio maravilloso en el que se presentaron en sociedad un torrente de personajes que pasarían a formar parte indispensable de la Casa de las Ideas: la raza oculta de Los Inhumanos, Pantera Negra y su país, Wakanda, Warlock (llamado entonces, simplemente, Él)… Pero, por encima de todo, estaba Galactus y su heraldo, Estela Plateada.

 

Galactus, cuya primera aparición tuvo lugar en Fantastic Four #48 USA (1966. Marvel Deluxe. Los 4 Fantásticos: La Edad Dorada), no se presentaba como un villano al uso, sino como una auténtica fuerza cósmica que se limitaba a cumplir con su destino, el de consumir los mundos con los que saciar su infinita sed. Después de entrar en contacto con la humanidad, Estela Plateada decidía volverse contra su amo, mientras que El Vigilante, otra entidad de naturaleza celestial, prestaba su ayuda a la Primera Familia, al sugerirles la localización de la única arma que podría vencer a Galactus. Aquella memorable aventura se quedó grabada en la retina de los lectores, de tal manera que cada nueva aparición de Galactus sería recibida con alborozo. Los guionistas, tanto Lee como sus sucesores, se verían obligados a su vez a encontrar argumentos imaginativos en los que emplear al Devorador de Mundos, puesto que había que ofrecer nuevas sagas a la altura de la primera y que no se limitasen a repetir sus esquemas.

 

Esa categoría de serie en la que se desarrollaban las grandes aventuras de carácter cósmico fue cedida, ya en los años setenta, a Los Vengadores. Sin embargo, a finales de dicha década, Los 4 Fantásticos volvieron a convertirse en protagonistas de una de las mayores epopeyas galácticas que se hayan publicado jamás. A lo largo de once episodios, lo que equivalía a prácticamente un año entero de la serie, la Primera Familia se vio inmersa en una conflagración de gigantescas proporciones, que envolvería tanto a algunos de sus contrincantes habituales como otros que habían surgido de diversas fuentes.

 

El responsable de esta ambiciosa propuesta fue el escritor Marv Wolfman, uno de los autores clave de la época, acostumbrado a desplegar numerosos repartos a lo largo de multitud de escenarios, y que en este caso no hacía sino continuar un puñado de argumentos que habían quedado inconclusos en otro de sus proyectos: Nova, el Cohete Humano. Inicialmente, Nova se había movido en el terreno de una serie ligera, centrada en las andanzas superheroicas de un adolescente que recordaba a Peter Parker. Progresivamente, sin embargo, Wolfman fue introduciendo una mayor complejidad en las historias, ahondando en las raíces espaciales del Cuerpo Nova, una especie de policía galáctica, y llevando al héroe a vivir grandes aventuras más allá de su planeta de origen. Todo eso tenía lugar mientras el enigmático y poderoso ser llamado La Esfinge cobraba importancia y reclutaba a todo un grupo de superhéroes: Los Nuevos Campeones. Nova #25 USA (1979. Biblioteca Marvel: Nova), el último número de la colección, concluía con La Esfinge y Los Nuevos Campeones, entre los que se encontraba Nova, camino del planeta Xandar, donde les esperaba un destino incierto.

 

Ante la cancelación de la cabecera, Wolfman decidió trasladar todos los argumentos inconclusos a las aventuras de Los 4 Fantásticos, aunque la saga subsiguiente podría leerse de manera independiente y autónoma, puesto que eran muchos más los lectores que tenían éstos que los que dejaba atrás Nova. El resultado no pudo haber sido más espectacular. Con la llegada de la Primera Familia, el conflicto que se estaba tejiendo se transformaba en una guerra intergaláctica en la que los héroes se veían implicados casi por accidente y de la que ya no podrían escapar hasta su conclusión. El relato navegaría por inesperados lugares, sumando más y más personajes a cada nueva entrega, hasta un apoteósico final que enfrentaría a Galactus con La Esfinge, con Los 4 Fantásticos librando a su vez una aterradora batalla contra la muerte. Quedaría también un hueco para la sonrisa, con la presentación en los cómics de HERBIE, un pequeño robot volador que había ocupado el lugar de La Antorcha Humana en una serie de dibujos animados que el cuarteto protagonizara en aquel entonces, pero tan pequeña anécdota no empañaría la trascendencia y épica que se respiraba en cada página.

 

A la espectacularidad del resultado contribuiría no sólo el planteamiento de gran odisea coral diseñado por Wolfman, sino el impresionante trabajo realizado por los dibujantes. La saga fue iniciada por Keith Pollard en su mejor momento artístico, con un sólido estilo que le alineaba como discípulo de John Buscema. Tras un par de episodios del hermano de éste, Sal Buscema, la historia alcanzaría su apoteosis con la llegada de John Byrne, el que poco tiempo después se convertiría en autor completo de la cabecera. Joe Sinnott, en tareas de entintado, aportaría homogeneidad y elegancia al conjunto.

 

Eran tiempos en los que a los cines llegaba Star Wars, cuando todavía la llamábamos La Guerra de las Galaxias, y en los que Star Trek se hacía mayor con su propio largometraje. Sin embargo, la más alucinante película de ciencia-ficción no estaba en la gran pantalla, sino en las modestas viñetas de un tebeo que, superadas sus doscientas entregas publicadas y próximo a su vigésimo aniversario, hacía apropiado el lema de portada: “¡El cómic más grande del mundo!”

LA PATRULLA-X – HIJOS DEL ÁTOMO: ANTES DE QUE TODO EMPEZARA

La capacidad de síntesis narrativa es una de las características fundamentales de la Edad de Plata de los Cómics, en la que vivió su nacimiento y auge el Universo Marvel. Basta repasar el origen de los principales personajes de la Casa de las Ideas para percibir que bastaban unas pocas páginas para establecer el escenario, caracterizar al protagonista y su entorno y relatar el suceso extraordinario que cambiaba su vida para siempre.

 

 

Por ejemplo, el debut de Spiderman consta de apenas once páginas, en la que se explicaba todo lo que era necesario saber sobre Peter Parker; Los 4 Fantásticos viajaron al espacio y fueron alterados por los rayos cósmicos en apenas trece planchas, las mismas que necesitaron, respectivamente, Iron Man y Thor para ser presentados en sociedad. Algunos privilegiados, como Hulk, Los Vengadores y La Patrulla-X gozaron de relatos un poco más largos, pero no demasiado: en torno a las veinte páginas. Se trataba de poner al corriente al lector de manera inmediata, y saltar cuanto antes a la aventura, porque así era la estructura habitual del cómic en aquellos años sesenta: historias cortas y autoconclusivas, que ocuparan la mitad de un cuadernillo, o a lo sumo la totalidad de sus páginas.

 

Hasta la consolidación del proyecto capitaneado por Stan Lee, éste no se atrevió a colocar la palabra “continuará” en ninguno de los cómics que escribía. Cuando lo hizo, sin embargo, el Universo Marvel alcanzó su máximo potencial y épica. La historia-río se convirtió en el modelo a seguir, hasta que, llegados a la actualidad, rara vez se encuentra una aventura que se extienda por menos de cuatro o cinco episodios.

 

El paso del tiempo, la acumulación de décadas en la trayectoria de los personajes, ha servido además para la proliferación de otro fenómeno, el del revisionismo: se actualizan los orígenes de los más destacados héroes, para así poner a los nuevos lectores al tanto de cómo empezó todo, y tal operación se hace con las herramientas del cómic moderno, con una narrativa descomprimida que entra en detalles pasados por alto en su momento o que simplemente no se llegaron jamás a plantear, ante la necesidad de comprimir toda la trama en un espacio reducido.

 

Y es así como llegamos a La Patrulla-X: Hijos del átomo, la obra que reconstruye el nacimiento del equipo de mutantes de Marvel. La mayoría del público se ha acercado a estos en su encarnación moderna, la surgida en 1975 con carácter internacional, ya que incluía miembros de multitud de nacionalidades, como el canadiense Lobezno, el alemán Rondador Nocturno o el ruso Coloso o. Sin embargo, los hombres-X habían nacido más de una década antes, en 1963, cuando Stan Lee y Jack Kirby concibieron a este quinteto de chavales, todos ellos estadounidenses, con habilidades especiales desarrolladas durante la adolescencia, que recibían las enseñanzas de un maestro en silla de ruedas llamado Charles Xavier. En aquellos comienzos, el número de mutantes era muy escaso, y en rara vez la aparición de nuevos especímenes del homo superior tenía lugar más allá de las fronteras del país. Los miembros de La Patrulla-X se podían contar con los dedos de una mano, y la inclusión de nuevos fichajes tardaría mucho en producirse. En definitiva, el contexto de aquellos cómics era reducido, podría decirse que doméstico, en comparación con su posterior desarrollo.

 

Un repaso detenido a The X-Men #1 (1963) permite constatar algunas circunstancias que llaman la atención al lector actual. En el comienzo de la historia, La Patrulla-X ya está formada, y todos sus integrantes masculinos habitan la mansión del Profesor Xavier. De hecho, Lee y Kirby recurrieron a una técnica narrativa bastante moderna, la de la “acción empezada”, ya que no desvelan cómo reclutó Charles Xavier a sus pupilos ni de dónde había salido aquel misterioso individuo en silla de ruedas. El motivo elegido para arrancar el cómic fue la llegada de la única fémina que formaría parte del equipo, Jean Grey, también conocida como Chica Maravillosa. Bastaban unas viñetas para hacer las presentaciones de cortesía y explicar la existencia del homo superior, dividido en dos facciones, la que lidera Xavier, a favor de la convivencia con los humanos convencionales, y la que lidera Magneto, decidido a subyugarlos. Todavía quedaba espacio en aquel primer cómic de La Patrulla-X para un primer enfrentamiento de los jóvenes alumnos de Xavier contra el Amo del Magnetismo, que perdía la partida.

 

Ya durante la misma década de los años sesenta, Roy Thomas, el sucesor de Stan Lee en los guiones de la serie, constató que faltaban muchos detalles por explicar, de ahí que, a partir de The X-Men #38 (1967) se incluyera un pequeño complemento a la historia principal, en el que se desgranaría la procedencia del Profesor Xavier, cómo se habían manifestado los poderes de sus futuros alumnos y la manera en la que éstos fueron reclutados para la causa. El resultado era un conjunto de relatos breves que, cronológicamente, precedían al debut del equipo, publicado siete años antes. “Los orígenes de La Patrulla-X”, como se llamó aquel serial, sin embargo, caerían al vacío del olvido, por dos motivos fundamentales: El primero: se publicaron en el momento en que la colección había entrado en decadencia y contaba con una escasísimas ventas. El segundo: el posterior relanzamiento de la serie, acompañado ya de un contundente éxito comercial, ponía su acento en temas por los que Thomas había pasado muy por encima o que ni siquiera contemplaba, como el racismo, la soledad adolescente o del papel de los medios de comunicación masivos como generadores de opinión pública. Por tanto, aunque los aficionados modernos hubieran tenido acceso a aquellos “orígenes”, probablemente no hubieran sido de su agrado.

 

Entre quienes desconocían el serial de “Los orígenes” se encontraba el guionista Joe Casey, un excelente autor que irrumpió en Marvel a mediados de los años noventa y que estaba destinado a grandes empresas. En los siguientes años, desarrollaría interesantes proyectos, tanto en La Casa de las Ideas como en DC Comics y en Wildstorm, aunque su mayor triunfo hay que buscarlo fuera del cómic, ya que figura entre los creadores de Ben Ten, uno de los mayores fenómenos de la animación del siglo XXI.

 

En 1999, Casey formaba parte de la nueva generación de escritores que acababa de irrumpir en escena, con una exquisita formación literaria, elevado dominio de la técnica narrativa y habilidad para actualizar conceptos añejos. Su labor en Cable, colección mutante que reinventó por completo con un tono evidentemente clasicista, le señaló como el hombre propicio para acometer una miniserie que reconstruiría, con la sensibilidad del presente, pero sin olvidar el pasado, cuanto había sucedido antes de la primera página de The X-Men #1. A la empresa se sumaría Steve Rude, dibujante de elegancia portentosa, en cuyo estilo resonaba con fuerza la influencia de Jack Kirby. Rude, sin embargo, no conseguiría completar el proyecto, motivo por el que Marvel contaría con dos dibujantes más, ambos con un talento equiparable: Paul Smith, que años atrás ya hubiera desarrollado una mítica etapa dentro de La Patrulla-X, y Esad Ribic, croata recién llegado entonces a la industria y que sabría mimetizar el trazo de sus colegas. En unos pocos años, acabaría posicionándose como una estrella absoluta del dibujo.

 

Este volumen ofrece los seis episodios de Hijos del átomo, además de completarse con el contenido más apropiado que pueda imaginarse: nada menos que The X-Men #1, allá donde empezó todo, pero también el punto final señalado por Casey, Rude, Smith y Ribic para completar su historia… Nada menos que los primeros pasos de aquellos chicos asustados que compondrían el más extraño grupo de superhéroes… ¡La Patrulla-X!

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. La Patrulla-X: Hijos del Átomo

EL INCREÍBLE HULK: UN MONSTRUO EN CAMBIO PERMANENTE

La factoría Marvel es una máquina de reciclaje y modernización de mitos eternos. Sus autores toman los elementos básicos de cualquier leyenda para reinventarla de sorprendentes maneras. El caso de Hulk es uno de los más fácilmente reconocibles. Stan Lee partió de un concepto básico: la criatura de aspecto humanoide concebida por un hombre que juega a ser dios. No hay nada nuevo bajo el sol, hasta el punto de que tal idea ya había encontrado acomodo en el mito judío del Gólem, y también en dos iconos fundamentales de la literatura, Frankenstein o el moderno Prometeo, la notable novela de Mary W. Shelley en la que un visionario daba vida a un constructo compuesto con piezas de varios cadáveres; y El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde, donde Robert Louis Stevenson narraba la historia del científico que lograba disociar su personalidad, hasta transformarse, tras la ingesta de un brebaje, en un ser poderoso, malvado y desinhibido.

El cerebro detrás del Universo Marvel, que tenía ambas obras entre sus favoritas, decidió trasladar esos conceptos a los tiempos modernos, a la América de los años sesenta, sumida en el miedo a la bomba atómica, consecuencia inmediata de la escalada armamentística entre las democracias modernas, encabezadas por Estados Unidos, y el bloque comunista, que representaba la Unión Soviética. La histeria colectiva buscaba la válvula de escape en la fantasía y en la ciencia ficción, de tal manera que los cines se llenaban de inofensivos animales que, tras ser sometidos a la radiación, se transformaban en terribles bestias dispuestas a pulverizar ciudades enteras. Y fue en ese contexto en el que se produjo la llegada de Hulk.

 

Robert Bruce Banner, un brillante científico al servicio del ejército, crea la Bomba Gamma, un artefacto capaz de eliminar a los enemigos sin provocar la destrucción de las ciudades. Durante las pruebas de la bomba, un joven imprudente se introduce en el área sin saber lo que allí se está llevando a cabo. Banner acude a su rescate, pero no puede ponerse a salvo a sí mismo. A partir de entonces, y como consecuencia de la radiación recibida, se transforma de manera intermitente en un gigantesco monstruo de incalculable fuerza y escasa inteligencia.

 

Más allá del componente atómico, Hulk tiene una característica que le hace único: su naturaleza bondadosa. El Goliat Verde no busca la aniquilación de la humanidad; bien al contrario, desea la paz y la quietud, y son los humanos quienes no parecen dispuestos a dejarle tranquilo… Unos humanos que se concretizan en toda clase de enemigos con superpoderes, pero también en el ejército estadounidense, que persigue sin descanso a Hulk, con el General Thaddeus “Trueno” Ross a la cabeza, precisamente el padre de la mujer a la que Bruce Banner ama.

 

Varios lustros después de su nacimiento, Hulk alcanzaría fama universal, gracias a una serie de televisión en la que el culturista Lou Ferrigno encarnaba al Monstruo Gamma, mientras que el actor Bill Bixby ponía rostro al científico. La popularidad del programa fue tal que, para generaciones enteras de espectadores, quedaría grabada en su memoria una visión arquetípica de Hulk: con Bruce Banner deambulando por todo el país, ocultando su naturaleza dual ante sus semejantes, hasta que una injusticia provoca que Hulk emerja a la superficie y arregle las cosas, lo que obliga finalmente a su alter ego a emprender de nuevo la huida.

 

Sin embargo, el auténtico Hulk, el que nace y vive en las páginas de los cómics, no está esculpido en piedra precisamente. Muy al contrario, presenta diferentes cambios a lo largo de su existencia, de tal manera que cuesta encontrar una época que se parezca a otra. Quienes no han leído nunca sus tebeos tal vez desconozcan que la piel de Hulk no era verde en sus orígenes, sino gris, un color que se demostró enseguida como inapropiado para las técnicas de reproducción de la época, por lo que se optó por abandonarlo. En años recientes, a su vez, ha surgido un nuevo Hulk, esta vez de color rojo, más salvaje de lo que nunca fue el original. Igual de cambiante ha sido la inteligencia del monstruo. En sus primeras aventuras, se mostraba como astuto y sagaz, para dejar luego paso al Hulk todo músculo y nada cerebro. Años más tarde, durante una larguísima temporada, Bruce Banner llegaría a tomar control de su lado bestial, situación que posteriormente sería llevada hasta el extremo opuesto, de forma que cualquier rasgo de conocimiento abandonaría a Monstruo Gamma.

 

¿Cuál es el Hulk favorito de los lectores? ¿El Hulk gris y ladino, que regresaría en los años noventa para convertirse en un matón de casino? ¿El Hulk verde e inteligente, que sería aclamado como un héroe por las autoridades y por el resto de superhombres del Universo Marvel? ¿El Hulk desbocado, que eleva su salvajismo más allá de cualquier límite? ¿El Hulk prototípico, carente de inteligencia y perseguido por el ejército? Es difícil quedarse con uno de ellos, pero todos son sinónimos del héroe del cómic, y quizás por eso Paul Jenkins, un inteligente guionista de Marvel, tuvo la ocurrencia de no renunciar a ninguno de ellos y conjugarlos todos.

 

Ése fue el punto de arranque de una estimulante etapa, que se desarrolló durante los años 2000 y 2001, y en la que las diversas versiones de Hulk toman la voz cantante en función de las necesidades que se plantean, al tiempo que sobre Bruce Banner, desesperado tras el fallecimiento de Betty, pende toda una sentencia de muerte: ha descubierto que padece esclerosis lateral amiotrófica, también conocida como la enfermedad de Lou Gehrig. “Los perros de la guerra” es el arco argumental en el que se pone en práctica el pacto entre las diversas personalidades de Hulk. La prueba de fuego llega de la mano de un nuevo e implacable enemigo, el General John Ryker, un genio estratega que ha extendido sus tentáculos a través del poder y la política, hasta situarle en una posición poco menos que intocable. Además de por su trepidante argumento, esta obra merece destacarse por su capacidad para inspirar la película de Hulk que dirigiera Ang Lee en 2003, y en la que aparecían unos perros contaminados por radiación gamma muy similares a los que dan título a esta saga, y contra los que el Monstruo Esmeralda combate en el curso de la misma.

 

El volumen se completa, además, con el cómic en el que se produjo el debut del personaje, en el lejano 1962. La comparación de aquel primer episodio con “Los perros de la guerra”, una de sus más brillantes interpretaciones, permite al lector asombrarse de la gigantesca riqueza adquirida por El Increíble Hulk a lo largo de sus cinco décadas de historias, en las que, más allá de sus continuas transformaciones, permanece siempre la dialéctica entre el hombre y el monstruo que habita en su interior.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Hulk: Los perros de la guerra

LOS VENGADORES: CUANDO GEOFF JOHNS ERA LA GRAN APUESTA DE MARVEL

La aceptación popular alcanzada por los personajes de Marvel Comics ha servido para que nos acostumbremos a ellos, para que los veamos como parte del escenario y de lo cotidiano. No era así cuando dieron sus primeros pasos. No era así en absoluto.

 

 

Stan Lee se había aburrido tiempo atrás de los clásicos justicieros de mandíbula cuadrada que hablaban todos de la misma manera y se comportaban como auténticos camaradas con sus compañeros de gremio. Martin Goodman, el propietario de la editorial, había observado, a comienzos de la década de los sesenta, que la competencia tenía su Liga de la Justicia, un tebeo en el que Superman, Wonder Woman, Batman y otros iconos propiedad de DC Comics compartían espacio, misiones, sonrisas y complicidad. Goodman quería algo así, y eso fue lo que le encargó a Lee. Éste, sin embargo, le entregó a Los 4 Fantásticos, que se pasaban el día discutiendo entre ellos, cuando no peleando abiertamente.

 

La sorpresa de los lectores ante aquella revolucionaria propuesta fue tal que, tras el lanzamiento del heterodoxo cuarteto, el imaginativo guionista fue poniendo encima de la mesa nuevos héroes cortados por el mismo patrón: el de la diferencia, el de salirse de las normas y reinventar un género al que todos habían enterrado antes de tiempo. Así llegaron, con Jack Kirby a los dibujos, el Hombre-Hormiga y La Avispa, Thor, Iron Man o Hulk, mientras que Steve Ditko se encargó de poner sobre el papel otras dos ideas más de Lee: Spiderman y el Doctor Extraño.

 

En apenas dos años, Marvel ya tenía una pléyade de nuevos héroes con los que jugar. De manera espontánea, esos personajes empezaron a encontrarse, y de nuevo la discordia y el enfrentamiento centraron aquellos primeros cruces entre unos y otros. El caso es que Martin Goodman, un tipo bastante insistente, quería tener una Liga de la Justicia. Y fue entonces cuando, con fecha de portada de septiembre de 1963 (el mismo mes en que La Patrulla-X vio la luz), nacieron Los Vengadores, dispuestos a luchar contra peligros de enormes proporciones.

 

La nueva propuesta de Lee y Kirby aglutinaba las creaciones de esta pareja creativa, quedándose fuera las de Ditko. Ni la angustia adolescente de Spiderman ni la magia febril del Doctor Extraño encajaban en un proyecto que aspiraba a ser el buque insignia de La Casa de las Ideas: un cierto halo de institucionalidad rodeaban a Los Vengadores, que pronto contaron con una mansión como base de operaciones, con su mesa de reuniones y estatutos, así como con la complicidad, la confianza y el aprecio de las autoridades.

 

Y sin embargo, los bautizados como Héroes Más Poderosos de la Tierra no tardaron en reivindicar rasgos distintivos que enseguida les alejarían de las comparaciones odiosas. Su propia reunión había sido fruto de la lucha de todos ellos contra Hulk, a causa de un engaño tejido por el malvado Loki, hermanastro conspicuo de Thor. En el cuarto episodio, llegaría quien estaba llamado a convertirse en el líder del equipo, el Capitán América, mientras que el resto de los fundadores terminaría por tirar la toalla, dejando paso a villanos redimidos, como Ojo de Halcón, La Bruja Escarlata o Mercurio.

 

Aunque más tarde volverían, Iron Man y Thor no fueron los únicos en marcharse: también Lee y Kirby, que cedieron los trastos creativos a otros autores. Entre ellos, habría que destacar el trabajo de Roy Thomas y John Buscema, quienes potenciaron al máximo las virtudes de la serie, hasta cumplir ese propósito inicial de cabeza de cartel de la compañía. En Los Vengadores cabía toda clase de historias, nacidas de la variedad de una alineación en continuo cambio. En sus filas ingresarían un androide (La Visión); un aventurero medieval (el Caballero Negro); un monarca africano (Pantera Negra) o una espía rusa (Viuda Negra)… El único denominador común, aquello que nunca podía faltar, era la grandeza del planteamiento; el objetivo de narrar siempre epopeyas más grandes que la vida misma, que lo mismo podía llevar a Los Vengadores hasta las estrellas o hasta un mundo alternativo; a salvar el planeta de un tirano cibernético o a combatir seres más allá de toda comprensión.

 

Desde entonces, tales fuegos artificiales han atraído a cada nueva generación de lectores, mientras que la sal y la pimienta de la colección ha estado en las relaciones personales y amorosas entre los protagonistas, en sus idas y venidas, que han mantenido viva la cabecera a lo largo de los años y las décadas: puede decirse que el Capitán América, Iron Man y Thor forman la sagrada trinidad sobre la que se cimentan Los Vengadores. En los grandes momentos del equipo, siempre estará presente alguno de ellos, cuando no los tres, pero son los héroes secundarios, aquellos que nunca han alcanzado la suficiente popularidad como para tener comic propio, los que apuntalan cada página y sobre los que, de verdad, gira cuanto sucede.

 

El arco argumental que contiene este volumen ofrece todas y cada una de las características definitorias de las que están hechos los grandes relatos de Los Vengadores. Zona Roja se publicó originalmente en Estados Unidos a lo largo de buena parte de 2003. El guión corre a cargo de Geoff Johns, un escritor que destaca por sus profundos conocimientos del cosmos del superhéroe clásico, sobre el que lanza una mirada moderna y actualizadora. La mayor parte de su carrera se ha desarrollado en DC Comics, factoría a la que ha conseguido insuflar nueva vida en la primera década del siglo XXI. Durante una breve temporada, Johns también tuvo oportunidad de dejar su huella en Los Vengadores, en una etapa en la que estos episodios brillan con luz propia.

 

La aventura cuenta además con tres dibujantes excepcionales. El primero es Gary Frank, artista de trazo primoroso que se diera a conocer con una larga etapa en Hulk; a continuación llega Ivan Reis, autor primerizo en el momento de la realización de este cómic, pero que ya apuntaba las influencias de los más grandes del género. Ambos, curiosamente, acompañarían posteriormente a Johns en sus aclamadas etapas de Superman y Green Lantern, respectivamente. Frank y Reis se ocupan del prólogo de Zona Roja, mientras que es Olivier Coipel quien acomete la almendra central de la saga. En este caso, estamos ante un dibujante que realizó un camino inverso a los de sus compañeros. Destetado en La Legión de Superhéroes de DC, Coipel sería fichado luego por Marvel, donde desarrollaría una meteórica carrera que se inició, precisamente, en Los Vengadores. En su horizonte esperaban eventos como Dinastía de M y Asedio, así como una visionaria estancia en Thor. Todas esas obras se han servido de su elegancia y espectacularidad, que aquí ya se hacían evidentes.

 

Estos elementos unidos dan forma a una epopeya en la que las vivencias más personales de los héroes se dan la mano con su trabajo diario, que consiste en salvar al mundo de amenazas que ningún héroe en solitario podría afrontar: así de sencillo, y así de difícil.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Los Vengadores: Zona Roja

DETRÁS DE LA SEGUNDA GUERRA DE LAS ARMADURAS DE IRON MAN

Hay hombres que no se pueden estar quietos. Que miran a su alrededor y no se sienten satisfechos con lo que encuentran. Que les incomodan aquellos que dicen que algo es imposible. Que despegan sus pies del suelo y dirigen la mirada a las estrellas. Que son capaces de adelantarse al futuro, o mejor aún: inventarlo.

 

Uno de esos hombres es Tony Stark. Empresario. Emprendedor. Conquistador. Héroe. Hombre de Hierro. Y todo en uno. Sí, es cierto que tantas virtudes se compensan con unos cuantos defectos. El primero de ellos, resulta obvio: Tony no es real, o al menos no todo lo real que nos gustaría. Nació en las viñetas de un cómic, de la imaginación de Stan Lee, efervescente en aquellos primeros años sesenta en los que también llegaron al mundo Los 4 Fantásticos, La Patrulla-X, Los Vengadores o Spiderman. No obstante, pese a que pertenezca a esta particular cosmogonía de ficción, Tony Stark cuenta con un modelo tomado directamente de nuestro mundo por Lee. Se trata de Howard Hughes, el productor de cine, millonario, pionero de la ingeniería, genio autodidacta y playboy cuya vida y milagros eran objeto de atención en aquel entonces por parte de los tabloides de Hollywood, y cuya trayectoria luego sería recogida de manera brillante en la película El aviador (2004), dirigida por Martin Scorsese y en la que Leonardo DiCaprio dio vida a Hughes.

 

Tony Stark, además de una apariencia similar a la de Hughes, reúne todas las virtudes que adornaran a éste, amplificadas hasta la excelencia, como sólo puede ocurrir con un personaje de cómic cuya vida se encuadra en un universo donde lo prodigioso es habitual. Es inteligente y cautivador, capaz de concebir hoy la tecnología del mañana, de conquistar a las más bellas mujeres y de dirigir con precisión quirúrgica un poderoso emporio industrial. Pero hay algo que le convierte en verdaderamente excepcional, por encima de cualquier otra consideración. La historia es bien conocida por todos, hasta el punto que ha sido trasladada al cine con exquisita fidelidad, pero bien haremos en recordarla. Un día, el destino colocó a Tony entre la espada y la pared. Se vio obligado a construir un arma para sus propios enemigos… Sólo que, en lugar de eso, creó el traje de Iron Man, un prodigio de la tecnología que le permitió vencerles, además de cambiar su vida para siempre. Tony no sólo había creado una prodigiosa armadura moderna que le convierte en un ejército de un solo hombre: se había reinventado a sí mismo. Tras el nacimiento de Iron Man, abandonaría la carrera armamentística, para dedicar sus empresas a fines pacíficos. La historia no habría hecho sino comenzar. En el camino de Iron Man esperaban espías industriales, supervillanos de toda clase y condición, tiburones de las finanzas en busca de caza mayor y decenas de enemigos deseosos de plantar cara al Hombre de Hierro. No es extraño que, ante semejante caterva de villanos, el Tony Stark de los cómics eligiera mantener su identidad de Iron Man en secreto: inventar una mascarada según la cual el Hombre de Hierro era en realidad su guardaespaldas, por más que nunca se les viera juntos, detalle que sería resuelto por los autores de la colección con el paso del tiempo, cuando alguien tuvo la idea de que la armadura podía controlarse por control remoto.

 

¿Y qué hay de esos defectos a los que nos referíamos antes? Al igual que ocurre con todos los grandes personajes de Marvel, Iron Man posee debilidades que le colocan a ras de suelo. Durante los primeros tiempos, la metralla alojada cerca de su corazón le obligaba a vivir conectado a la armadura, un trauma superado con el paso del tiempo, pero que sería sustituido por otros. Como su modelo en la vida real, Tony es un hombre de excesos, igualmente elevados a la enésima potencia. Alcohólico con varias recaídas, sabe que puede perderlo todo si se deja seducir por una botella. De aquel infierno, narrado en la mítica aventura “El demonio en una botella”, consiguió salir con su fuerza de voluntad, pero también con la ayuda de sus amigos. Entre ellos cabe destacar a James Rhodes, quien le sustituyera como Iron Man durante una larga temporada, lo que le convierte en poco menos que un hermano, no unido por la sangre, pero sí por un vínculo que puede llegar a ser incluso más fuerte.

 

“La segunda guerra de las armaduras”, aventura recogida en este tomo y que fue publicada por Marvel en 1990, supuso todo un revulsivo para el Hombre de Hierro. Su título recordaba la existencia de una aclamada saga anterior, “La guerra de las armaduras” original, en la que Iron Man decidía enfrentarse a todos aquellos que habían robado sus descubrimientos. La historia, publicada por Panini en un volumen de su colección Best of Marvel Essentials, caló hondo en sentir de los lectores, que adquirieron una nueva perspectiva del personaje. La armadura no sólo había servido para luchar contra las injusticias: sus fundamentos básicos también se utilizaban para perpetrar crímenes y asesinatos, lo que convertía a Tony Stark en involuntario responsable de los mismos, un sentimiento de culpa que le acompañaría el resto de sus días.

 

A partir de ese punto, John Byrne, uno de los más fructíferos autores de la época, construiría una nueva saga, independiente de la anterior salvo por el detalle del nombre, en la que el objeto de codicia no es la armadura, sino el mismo Tony Stark: si controlas al hombre que está dentro del traje de hierro, poseerás no sólo aquello que ha inventado, sino también su fortuna, conocimiento y habilidades. Byrne, guionista al mismo tiempo que dibujante en memorables etapas de Los 4 Fantásticos, Alpha Flight, Hulk o Superman (en este caso, para DC Comics), decidió en este caso restringir su participación al ámbito literario, mientras que del artístico se encargaba un viejo conocido del personaje: John Romita Jr.

 

Este inmenso dibujante, hijo de un mítico autor de los años sesenta, ha consagrado su carrera a trabajar en la Casa de las Ideas. Por sus manos han pasado la plana mayor de sus héroes, dejando en todos ellos una huella indeleble: Spiderman, La Patrulla-X, Hulk, Thor, Daredevil, Punisher… Y también Iron Man. De hecho, Romita Jr. despuntó, entre finales de los setenta y primeros años ochenta, en una larga estancia en la cabecera del Hombre de Hierro, con un estilo eminentemente realista que se beneficiaba de la meticulosidad del entintado de Bob Layton, muy agradecido a la hora de retratar la armadura del héroe. “La segunda guerra de las armaduras” es un buen ejemplo de la evolución experimentada por Romita Jr. a lo largo de unos años en los que desarrolló soltura, espontaneidad, sencillez, habilidad narrativa y grandilocuencia. Un observador poco experimentado podría suponer incluso que el dibujante de aquella primera época no tiene nada que ver con el de esta segunda, aunque en ambos casos coincidan calidad y espectáculo.

 

Byrne y Romita Jr, en la cumbre de sus carreras, ofrecen un ejemplo intemporal de lo que debe ser una excelente aventura de Iron Man, en la que nos recuerdan que lo importante no es la última innovación que incluya la armadura o el poder de los conspiradores en la sombra, sino el ingenio, la inteligencia, la perseverancia y capacidad de sacrificio del hombre que se oculta bajo la máscara de hierro.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Iron Man: La Segunda Guerra de las Armaduras

1602: EL SIGLO DE LAS MARAVILLAS

¿Qué pueden tener en común la década de los años sesenta con el comienzo del siglo XVII? Más de la que pudiera pensarse en un principio. Ambas son épocas en la que se rompieron dogmas arraigados durante mucho tiempo atrás. Tanto en los años sesenta como en la Era Isabelina se abrieron nuevos horizontes para la humanidad, que enterraría así tiempos oscuros. Ahora, gracias al legendario escritor Neil Gaiman, al prestigioso dibujante Andy Kubert y al aclamado colorista Richard Isanove, esas dos épocas, tan diferentes y al mismo tiempo tan similares, confluyen en una circunstancia más: en que ambas asistirán a la llegada de los superhombres.

 

Hay pocos autores de cómic que consigan concitar tanta atención mediática y que hayan traspasado las fronteras del medio como Neil Gaiman lo ha hecho. Este inglés nacido el 1o de noviembre de 1960 y que gusta de vestir de riguroso negro ya sabía leer cuando apenas contaba con cuatro años. El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll fueron algunas de sus obras favoritas de niñez… junto con una caja de cartón llena de tebeos de Marvel y DC, que le prestaron cuando ya había cumplido los siete. Fue en la que él luego definiría como “una Caja de Sueños” donde conocería a Batman, a la Liga de la Justicia o a un tipo con una máscara de gas cuyo nombre era Sandman. En esa caja también descubrió a las grandes creaciones de Stan Lee, Jack Kirby y Steve Ditko para Marvel. Estaban las ediciones inglesas de Los 4 Fantásticos, La Patrulla-X, Thor, Capitán América… Todos ellos formaron parte del pequeño mundo de ficción en el que habitaba el joven Neil, que creció y, como si no existiera ninguna otra opción, se convirtió en periodista y escritor. Fue una época curiosa, en la que firmó su primer libro… Nada menos que acerca de la historia de la banda pop Duran Duran. Hacia mediados de los años ochenta, descubrió La Cosa del Pantano de Alan Moore y todo cambió para él: redescubrió el placer de leer cómics a la par que se convirtió en un discípulo, y más tarde amigo, de Moore. Este había triunfado en una industria, la del tebeo americano, que hasta entonces parecía vetada a autores ingleses.

 

En aquel entonces, Gaiman empezó a colaborar con pequeños relatos para la mítica revista 2000 AD, al tiempo que se alzaba, de facto, como el sucesor de Alan Moore, cuyo trabajo continuaría en Marvelman, un personaje inglés de los años cincuenta que el barbudo de Northampton había reinventado por completo. A la caza de autores que siguieran la estela de éste, DC Comics le ofreció diversos proyectos, aunque enseguida destacaría por el que acabó por convertirse en uno de los más destacados y significativos cómics de los años noventa: Sandman. Del personaje que hubiera creado tiempo atrás Jack Kirby quedaba sólo el nombre. Neil Gaiman creó a una nueva entidad, un rey de los sueños que es hecho prisionero durante casi todo el siglo XX y al escapar ha de poner sus asuntos en orden y asumir las consecuencias de lo ocurrido en el mundo real a causa de su encarcelamiento. Sandman se alzaría como el estandarte del sello Vertigo, así como el gran tebeo adulto para los lectores de superhéroes que buscaban “algo más”, mediante una interesante combinación de costumbrismo mágico, terror y narración erudita. Entre los muchos relatos que se pueden leer dentro de la trama general que suponía la peripecia de Morfeo, se encontraban dos peculiares adaptaciones de las obras de William Shakespeare El sueño de una noche de verano y La tempestad, que traslucían el amor de Gaiman hacia el dramaturgo inglés y la época en la que vivió.

 

Para cuando Sandman concluyó en 1996, Gaiman ya era una verdadera leyenda que había ido más allá de las viñetas, hasta publicar gran cantidad de relatos y novelas, algunas de las cuales recibirían adaptación cinematográfica, como es el caso de Coraline. Su alejamiento progresivo de la industria del cómic hacía temer a sus legiones de fans por el abandono definitivo… Hasta que llegó 2001, y todo cambió.

 

Por aquel entonces, Joe Quesada acababa de hacerse con la dirección editorial de Marvel y estaba derribando todos los muros infranqueables que La Casa de las Ideas había construido durante sus años de decadencia, durante la década anterior. Entre ellos, se encontraba el hecho de que algunos autores sintieran un rechazo absoluto a la idea de trabajar para ellos. En el caso de Neil Gaiman, ese rechazo era compartido con su colega Alan Moore, y tenía que ver con la polémica generada alrededor de Marvelman, quien para publicarse en Estados Unidos había tenido que cambiar de nombre por Miracleman, a causa de una disputa jurídica con la propia Marvel.

 

Quesada no sólo ofreció a Gaiman enterrar el hacha de guerra con respecto al personaje, sino ayudarle en la batalla que libraba por sus derechos de publicación, en manos de cierto millonario sin escrúpulos. De esta forma, Gaiman desarrollaría un ambicioso proyecto para Marvel, a cambio de que los beneficios que se derivaran del mismo sirvieran para financiar la batalla legal. En agosto de 2001 se cerró el pacto, sin que el guionista tuviera claro siquiera acerca de qué quería escribir para La Casa de las Ideas. Pronto tuvo claro acerca de qué NO quería escribir. El 11-S le convenció que lo último que deseaba era una historia ambientada en el presente, con bombas, aviones, rascacielos e individuos dictando lo que está bien y lo que está mal. En su lugar, se desmarcó con un proyecto que consistía en trasladar el nacimiento del Universo Marvel hasta 1602, un tiempo de maravilla, de cambio, de descubrimiento, como lo fueron los años sesenta cuando Stan, Jack y Steve colocaron las primeras piedras de su cosmos conectado y él tuvo oportunidad de contemplarlas por primera vez.

 

Por entonces, Andy Kubert y Richard Isanove acababan de concluir uno de los más sonados éxitos de la editorial, Lobezno: Origen, en el que usaron una innovadora técnica artística, consistente en que Isanove coloreaba directamente sobre los lápices limpios y precisos de Kubert, sin que interviniera un entintador entre un proceso y otro. El resultado no puede ser más sorprendente, dado que la ausencia de tintas y la etérea paleta de Isanove envuelven a las viñetas en un aura mágica, de pertenecer a un mundo que dejó de existir hace mucho tiempo. Ambos se sumaron a 1602 junto al portadista Todd Klein, quien puso la guinda final al proyecto, con cubiertas que asemejan a cuadros pintados sobre madera.

 

Dos años tardó 1602 en estar concluido. El éxito de público fue mayúsculo, mientras que la crítica se dividía alrededor de él, aunque su leyenda no ha dejado de crecer desde que viera la luz por primera vez, de manera que ha sido reeditado en múltiples ocasiones, hasta situarse en la liga de Lobezno: Origen, Ultimates o Civil War, los grandes éxitos Marvel de este siglo XXI, complejo, duro y aterrador, del que Neil Gaiman quiere darnos una vía de escape, una lectura que nos permita olvidarnos de todo y descubrir esa Marvel de la Era Isabelina, todavía por cartografiar; ese otro mundo que acaba de nacer, donde todo es nuevo, emocionante y esperanzador.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Marvel 1602

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