Alatriste: Y tan triste

alatriste.jpg Estreno de Alatriste con cines llenos hasta la bandera como si fueran la cuarta entrega de El Señor de los Anillos. Se demuestra así que la gente acude en masa a las salas con una campaña publicitaria invasiva y bien orquestada, y no importa la nacionalidad de la película. Ahora bien, ¿qué tal está? Eso es otro cantar, amigos.
Reconozco que no soy un gran seguidor de Pérez-Reverte. El único libro suyo que leí, La tabla de Flandes, me parece un engendro best-sellero mediocre y plano, muy cercano en pretensiones y estilo a El código Da Vinci. Por el contrario, el planteamiento de las novelas de Alatriste me parece interesante, pese a no haberme acercado a ninguna, y puede que algún día pique con ellas, aunque no precisamente atraido por el resultado de este filme.


Dicen que condensan en una película de dos horas y pico las cinco novelas de la saga, y ya el planteamiento me parece de una ambición bastante escasa. No se adapta el primer libro, o se hace una aventura, a ver qué tal funciona, y a ver si nueva saga cinematográfica habemus. No, desde el principio se queman todas las naves, matando las posibilidades de una continuación que dudo mucho que se pudiera dar (¿cuándo volverán a juntar tantos millones y secuestrar de nuevo a Viggo Mortessen, máxime teniendo en cuenta la excasa proyección que puede tener el largometraje fuera de nuestras fronteras?), pero que no debería descartarse de una manera tan evidente.
Tenemos por lo tanto una historia plagada de situaciones y personajes escasamente desarrollados, que aspira a contarnos una amplia parte de la vida del protagonista. Debajo laten también dos pretensiones, la de una gran superproducción y la de retratar una España donde se pasa muy mal y los poderosos chupan la sangre al pueblo. Creo, en contra de lo que dice la plana mayor de la crítica española, siempre muy benevolente con el producto patrio, que en el primer propósito la cinta fracasa estrepitósamente. Sí, la fotografía es buena, pero eso de “gran superproducción”… Mira, que se vayan a vender la burra a otra parte. Se ha rodado en exteriores ya existentes, y que por lo tanto parecen tener varios siglos, no las escasas décadas que deberían aparentar en la época en la que se ambienta el relato (no se han molestado ni en borrar digitálmente la contaminación de la piedra, un detalle que canta ópera al que conozca mínimamente el asunto) y se ha huído por completo de la panorámica, del plano general. Ni uno. Es que ni un plano general de ese Madrid del siglo XVII que nos dice todo el mundo que tan bien plasman. He preguntado a un técnico de efectos visuales si hubiera sido muy caro crear un Madrid digital que se viera en un par de planos: “Mientras no muevas la cámara, para nada”, responde. Pero es que la cosa no se queda ahí, y la Cádiz de entonces es una playa, y Flandes un lago brumoso, y así hasta el infinito. ¿Gran superproducción? ¿Se han gastado veintipico millones de euros en vestir a la gente y en desasearla? El más ciego es el que no quiere ver.
Y luego está el segundo propósito, el de sacar a relucir esa España que por suerte no nos ha tocado vivir. Ahí sí creo que al menos se puede decir que el filme tiene buenas intenciones, y sí queda claro que es una época horrible y terrible, donde la vida no vale nada y encima te mueres. (Escalofriante el diálogo de íñigo cuando dice: “Sabes que después no hay nada, ¿verdad?”, porque vale por toda la película). En ese sentido sórdido, especialmente destacables me parecen las escaramuzas, tan sucias, tan burras, tan alejadas de la épica a la que nos tiene acostumbrado Hollywood. Y aún así, cuando se sube el diapasón, de nuevo se evidencian los escasos medios de la cinta. La última batalla la vemos cinco horas después de dar inicio porque no hay un duro para enseñar más.
Se le ven, insisto, buenas intenciones, buenos momentos, algún que otro actor intentando brillar por encima del tópico en el que le han colocado. (Echanove merece una película de Quevedo para él solo). Reconozco que Díaz Yanes ha hecho lo que ha podido con lo que tenía, y no es poco ese mérito, pero no es suficiente para lograr algo más que un truñete caro, aburrido y complaciente, con cierto destello de querer ser algo más, pero sin lograrlo en ningún momento.
¿Alatriste? Y tan triste…

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