¿Y si? Disi y el triunfo del pequeño

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Imagínate los poderes. Piensa  en la capacidad de actuación, en un traje rojo y azul con líneas negras, dos grandes crístales en una máscara y una identidad secreta. Recréate en el espacio, siente el silbido del viento mientras te balanceas por los tejados de una ciudad que no te da nada a cambio, mientras que tú concentras cada partícula de tu ser en su seguridad. Ahora recuerda la muerte y la destrucción que viene de su mano, y pregúntale lentamente a esa parte de tu corazón a la que llamas valor que tipo de persona serías si tuvieras las habilidades de Peter Parker.

¿Lo tienes ya pensado? Seguro que no. Empezemos de nuevo, pero al revés. Coge lápiz, goma y papel, y comienza a dibujar. Olvídate de los colores, de las líneas, las texturas, la spider-señal y hasta de la araña del pecho. A nadie les gusta los arácnidos, que cosas.  Jamás vas a pensar en un artrópodo para definir a tu héroe, porque a nadie le gusta ver tantas patas juntas, ni ojos, ni mucho menos pelaje. Son pequeñas, escurridizas, cazadoras, inteligentes, únicas. Los duendes son más divertidos, y eso que no saben contar chistes. Son fuertes, rápidos, tienen largos dientes, una dura piel, un color verde muy llamativo y la gente los adora. Da igual lo muy inteligente que sean los demás, lo mucho que puedan aportar, el mundo siempre va a confiar en la fuerza bruta, el aspecto externo, en las apariencias, en la capacidad de sobrevivir e imponerse a base de autoridad porque, nosotros mismos, los seres humanos, somos eso al final, gotas de lluvia que intentan sobrevivir en el reflejo de un cristal muy alto y muy mojado, y que no quieren tocar nunca el suelo.

Así que nada de mascaras. Ni de identidades ocultas. Ponte un casco, busca ropas que te hagan parecer superior a cualquier situación y usa capa, importante. El mundo tiene que saber quienes somos. Para que pueda respetarnos. O, quizás en el fondo, para que nos pueda temer. Los que amamos estarán a salvo, o eso creemos, porque al final, nadie haría daño al más fuerte de la manada. ¿ O si? No creo estar en el camino correcto del todo. Al final, la pregunta no es si podemos defender a los que amamos, sino sí habrá alguien que realmente nos ame para poder defender.

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Ahora sigue pensando, ya estás metido de lleno en el personaje, no puedes escapar de ese aura tan imponente que has creado sobre él. Ya tienes el poder y el disfraz. ¿Y ahora qué? ¿Nos dedicamos a la tele? ¿A la lucha libre? ¿Intentamos hacernos famosos? ¿Nos compramos un coche para impresionar a la chica de nuestros sueños? ¿Salvamos al mundo?

Salvar al mundo es lo primero, claro. Pero, sin embargo, quizás la peor de las preguntas sea la mejor de las respuestas: ¿Qué más da? Somos ‘especiales’, ‘superpoderosos’, ‘increíbles’, ‘superiores’. Podemos hacer lo que nos propongamos. Los demás no importan porque al final, nosotros somos más importantes que los demás. Así pues, ya sólo queda lo mejor: yo, yo y yo. Nuestro personaje puede ser rico, aprovechar sus increíbles capacidades para amasar una fortuna. Comprarle una casa inmensa a su padre, quien nunca tuvo tiempo de llevarle al beisbol los domingos, demasiado ocupado en luchar contra una sociedad que le impedía ser mejor. También le pagará un viaje por el mundo a su madre, decidida a aprovechar al máximo todas sus oportunidades de actuar con libertad y sin compromiso, tras una infancia y madurez dura, sometida siempre bajo la mano dura de un hombre que imponía sus principios, ya fuera su progenitor o su marido. Mi superhéroe tendrá a la chica de sus sueños porque una confianza extrema en uno mísmo es superior a cualquier hábito moral que pudiera existir. Porque la humildad es para perdedores, el dinero es lo primero y la responsabilidad de proteger al mundo solo es como el ejemplo del profesor que enseña al alumno porque éste es demasiado idiota como para intentar pensar o andar solo. El mundo está a salvo gracias a nuestro duende, el cómo no importa. Se viste, pues, como una vida maravillosa.

Pero lector, por favor, no te vayas. Aguanta el vómito, ya has matado en tu imaginación cien veces a mi héroe, sé que te repugno, pero ya queda poco. Relee el artículo. Piensa en mí. En tí. En Spider-Man. Piensa en como el Cabeza de Red actúa de salvoconducto de la esperanza, como salva el momento día a día, nuestro día a día, imagínatelo rompiendo la lluvia que cae en la ciudad, dibújalo en tu cabeza, pegado en el cristal de aquel rascacielos imponente, entre todas las gotas que somos nosotros, visualiza el azul y el rojo, como intentando gritar que sí se puede marcar una diferencia, que sí se puede aguantar, que sí se puede ser mejor. Ahora sí, ya puedes sonreir. Porque Peter no es el héroe duende o cualquier idea que se le asemeje. Porque en una lucha de titanes, en una guerra donde la araña se enfrente a su alterego el duende, nuestro tipo con capa jamás tendría una oportunidad. Al final, aún con sus poderes y todo el bien hecho para el mundo, el bicho grande y verde es lo peor de la sociedad, lo más despreciable de la gente que nos rodea, contra Spider-Man. Todos sabemos que nunca tuvo una oportunidad. Porque Parker sí es el héroe al que nos quedaríamos esperando, bajo el agua que cae del cielo, como dijo la Tía May, empapándonos, con frío y con un catarro de categoría Galactus, solo para ver a aquel que nos enseñó a aguantar un minuto más. Porque es nuestro ejemplo. Porque estamos orgullosos de él. 

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