THOR DE JASON AARON 1. PASADO, PRESENTE Y FUTURO: REESTABLECIENDO LA PIRÁMIDE ALIMENTICIA MARVEL

Marvel Now!, el movimiento que en 2012 reposicionó a todos los autores y personajes dentro de La Casa de las Ideas, fue especialmente favorable para el Dios del Trueno. Ahíto de un equipo creativo carismático, Thor recibió a dos autores que parecían destinados a cruzarse en su camino. El barbudo de Alabama amante de la cerveza y la juerga en buena compañía Jason Aaron se había curtido dentro de Marvel con personajes de peso como Lobezno y Hulk. Ahora se sumergía en una mitología diseñada para potenciar al máximo su talento de escritor trepidante, energético y adorador de los entornos de fantasía heroica. Esad Ribic, croata de talla mayúscula que ya ilustró una Asgard mitológica y fundamental en Loki, se disponía a construir cada mes ese mundo, real a la par que mágico en sus lápices. Juntos entregaron a los lectores no sólo el Thor que querían, sino también el Thor que necesitaban. 

 

 

Ocurrió durante la realización de VvX: Los Vengadores Vs. La Patrulla-X. El cónclave de guionistas que se había encargado del proyecto fue sometido a una cuestión en cuya respuesta descansaría el futuro de la compañía. ¿Qué querían hacer a continuación? La Casa de las Ideas se disponía a cambiarlo todo, a que aquellos autores, que en aquel preciso momento representaban la flor y nata de la industria del cómic estadounidense, pasaran a ocuparse de personajes con los que no tuvieran contacto previo, y que además estuvieran deseosos de abordar. “Si hay algo que siempre hayas querido escribir, ahora es el momento de hablar”, dijo el entonces Director Editorial Axel Alonso. La respuesta de Jason Aaron estaba clara: le encantaría abordar Thor. Lo sabía desde varios años antes, cuando había tenido oportunidad de leer el conjunto de historias desarrolladas por Matt Fraction que dieron en llamarse de manera conjunta Las edades del trueno. “Podía verme escribiendo la serie, pero nunca le di vueltas”, comentó luego al respecto. “De repente, una vez que Thor estuvo encima de la mesa, tenía que plantar mi bandera, aunque ni siquiera tuviera una historia que contar”.

 

En Las edades del trueno, Fraction narraba hechos ambientados en un pasado remoto, cuando Thor era joven, inexperto, cruel y orgulloso, y lo hacía con un dibujo, el de Patrick Zircher junto a otros artistas que mimetizaron su estilo en capítulos más breves, que huía del tópico superheroico para abrazar una tradición que no era extraña a Marvel, pero que llevaba muchos años sin ponerse en práctica: la de Conan El Bárbaro, el personaje de la Era Hiboria que la editorial había publicado en forma de licencia durante los últimos treinta años del siglo XX, pero cuya trascendencia había sido tan mayúscula como para convertirse en pieza esencial de la época. Conan representaba la ración de fantasía heroica diseñada para el fandom marvelita, igual que La Patrulla-X aportaba drama culebronesco, Los 4 Fantásticos se reservaban la ciencia ficción o Los Vengadores la gran epopeya. Era, en definitiva, parte de la dieta del True Believer. Desde que cayera en el ostracismo y fuera desechado por la editorial, esa parte estaba ausente y por lo tanto la pirámide alimenticia permanecía desequilibrada… hasta que llegó Aaron con su Thor.

 

Nada más sentarse a escribir, el de Alabama quiso que Las edades del trueno perviviera en una parte de la colección: en un tercio, para ser exactos. Porque ahí regresaba el joven Thor, “este dios de los vikingos, cabeza de chorlito, al que le encanta bajar a Midgard y meterse en problemas”, tal y como describía el guionista, y no era más que el principio. A continuación, presentó al Thor actual, al que podemos ver en otras series del Universo Marvel o formando parte de Los Vengadores. Y aunque la historia se insertaba plenamente en continuidad, Aaron trató casi en todo momento de olvidarse de personajes secundarios o de héroes invitados y centrarse en el protagonista en sí mismo. Por último, los fans se dieron de bruces con el Thor del futuro, de un futuro indeterminado, pero al borde del fin de los tiempos, en que se habrá convertido en rey de Asgard después de que ocurrir algo horrible. “Disponemos de esas tres versiones diferentes de Thor”, continuaba Aaron, “por tanto estamos mirando a este personaje en tres épocas diferentes e importantes de su vida. Lo que quiero es profundizar en él y averiguar quién es este tipo, o este dios. Por qué hace las cosas que hace. Qué quiere”.

 

El villano de la historia servía como conexión entre las tres épocas. En obras anteriores, el guionista había manifestado su inquietud acerca del concepto de la religión, de la manera en que la fabulación de un más allá y de unos dioses que crean a los humanos y conducen su destino como si se tratara de figuras articuladas en manos de un niño afecta a la vida cotidiana de los creyentes. Lo abordó en un lugar tan impropio como la colección de Lobezno, uno de los ateos por excelencia del Universo Marvel, cuyas experiencias le llevaban a abrazar una suerte de fe, pero era en la serie protagonizada por un dios propiamente dicho donde podría profundizar en todos esos temas. ¿Eran acaso los panteones Marvelianos, desde el nórdico de Thor al olímpico de Hércules, equiparables a las religiones convencionales? ¿Cómo afectaba la presencia constante de esos dioses en el ánimo y en las vidas de los meros humanos? ¿Cuál era la respuesta de quienes tenían legítimos motivos para despreciar a esos dioses? ¿Podían los dioses morir? El antagonista del Hijo de Odín venía a responder a todas esas preguntas. Y su golpe, aunque se circunscribió a los doce primeros números, estaba llamado a impactar sobre la totalidad de la etapa.

 

Un hombre de espesa barba y nula preocupación por su aspecto cuya comida favorita consistía en algo que hubiera estado vivo, que se cocinara a fuego lento y en parrilla y luego se regara con bebidas de la más alta graduación. Un europeo del este también barbudo cuyas manos podían reducir bloques a cenizas y cuyos ojos estaban siempre hambrientos por el dulce sabor del combate, en palabras del propio guionista. Aquellos eran los autores que ahora se encargaban de narrar las andanzas de Thor. El primero escuchaba “Inmigrant Song” de Led Zeppelin mientras escribía, para añadir Manowar y Amon Amarth en los momentos de mayor épica. “Baterías tronantes y gritos guturales sobre dioses, sangre y guerra, que es exactamente cómo me imagino que suenan los grandes salones de Asgard cada viernes por la noche”, decía el escritor, que todavía encontraba momentos para la ortodoxia clásica, y entonces por sus altavoces sonaba “El Anillo del Nibelungo”, de Richard Wagner, porque incluso alguien como él a veces necesitaba un descanso entre tantos chillidos.

 

De esa forma, trascendencia y aventura, épica y juerga, se entremezclaban en las páginas de un proyecto que, desde el comienzo, se antojó como memorable, y que habría de extenderse durante largos años, en sentido opuesto a lo que venía siendo habitual en la industria. Jason Aaron y Esad Ribic disfrutaron sin remilgos mientras componían los movimientos de apertura de esta sinfonía, y ese entusiasmo trascendió a las viñetas hasta colarse en el ánimo del lector. Entre rondas de hidromiel y barbacoas, entre el heavy atronador y la ópera wagneriana, con cada página, con cada viñeta y en cada golpe de martillo de Thor, Aaron y Ribic encontraban una multitud de devotos a la única religión verdadera: la de Marvel.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Now! Deluxe. Thor de Jason Aaron nº 1

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