1991. EL LANZAMIENTO DE X-MEN Y LA MARCHA DE CHRIS CLAREMONT

Es 1991. Weezie Simonson ya no está. La única preocupación de Bob Harras consiste en retener al dibujante que le ha dado a Uncanny unas ventas mensuales de seiscientos mil ejemplares, un veinticinco por ciento más que en los años precedentes. Por primera vez en más de diez años, Chris Claremont descubre un día que el control ya no está en sus manos. Desde la marcha de John Byrne, el Patriarca Mutante ha regido los destinos de la Patrulla-X. Nadie ha discutido nunca eso. Weezie y Ann comprendían, mejor que nadie, que la fuerza creativa la poseía Claremont. Ahora Weezie ha claudicado, y Ann prefiere hacer otros cómics, como Daredevil o Inhumanos, alejados del huracán mutante. Bob Harras es un tipo diferente, buen conversador, agradable y ambicioso, demasiado ambicioso. Un hombre de empresa que toma decisiones pensando en la cuenta de resultados, a diferencia de aquellas chicas que creían que editar un cómic era supervisar el proceso y echar una mano a los autores. En cuanto a los dibujantes, Claremont se ha preocupado siempre de adecuar sus historias al tipo de artista, una forma inteligente de hacer que todos se sientan cómodos tocando la melodía que les pide ese hombre sabio que conoce mejor que nadie a sus mutantes. Unos (Paul Smith, John Romita Jr.), en su papel de artesanos obedientes; otros (Frank Miller, Bill Sienkiewicz) en perfecta sintonía con el guionista, en una simbiosis de la que salen productos inmejorables. Pero Jim Lee piensa distinto. Tras Proyecto Exterminio surgen las primeras diferencias artísticas entre ambos autores. Jim Lee tiene su propia visión de la Patrulla-X, una visión clara y definida que choca de bruces con la de Claremont. Donde éste le pide escenas de hombres-X hablando, sufriendo, llorando, él dibuja acción, acción y más acción. Patadas, rayos, truenos… y chicas. Muchas chicas. El Sport Illustrated Summer Special con superpoderes, las Playmates de Playboy disfrazadas de Pícara, de Tormenta, de Mariposa Mental. ¿Donde han quedado aquellas mujeres que parecían reales? No se las adivina en esa Pícara de caderas imposibles. Sí, por primera vez en más de diez años, Claremont se ve obligado a plantarle cara a su dibujante. Por primera vez en más de diez años, pierde la batalla.

Bob Harras ha conocido el antes y el después. Como editor de X-Factor, conoció el poder de Claremont sobre Marvel, ese poder que se llevaba por delante guionistas (como Bob Layton) y lo que hiciera falta. Siendo editor de Uncanny, Harras ha visto como los mutantes caían en una peligrosa inercia. Seguían siendo los más vendidos, pero no estaba claro por qué. Cuando en 1991 se disparan nuevamente la ventas, basta un análisis frío y calculado para descubrir la causa. Y la causa se llama Jim Lee. Si la Patrulla-X vive una nueva edad de oro es gracias al Chico Midas. Chris Claremont es ahora, en el mejor de los casos, una parte más del engranaje y, en el peor, el obstáculo que impide a ese engranaje funcionar como debiera. Cualquiera que mire más allá de las quejas del guionista sabría verlo. Bob Harras lo ha visto. Lo ha visto más claro que nunca cuando en la oficina-X trabajaban en las dos nuevas colecciones que han de unirse al Spider-Man de Todd McFarlane. Sí, dos, mejor que una. Sesenta días después del lanzamiento de X-Force, llega X-Men.

X-Men es el spin-off definitivo, porque es el primero que va a superar a la serie madre para colocarse a su altura. “X-Men sin adjetivos. Simplemente X-Men”, repite Harras. Igual que el “Spider-Man sin adjetivos. Simplemente Spider-Man”, de Todd McFarlane. No hay ninguna razón especial para lanzar el nuevo título, salvo tener una plataforma que, al igual que a McFarlane, lance a Jim Lee al estrellato definitivo y a Marvel a las mayores cotas de rentabilidad de su historia. Harras lo tiene claro. La Patrulla-X no es un cómic. Es una franquicia, la Franquicia Mutante. Como Star Wars, como el Pato Donald, como Indiana Jones. Y tiene que dar tanto dinero como todas ellas.

De mala gana, Claremont prepara la nueva serie. De nuevo reuniones, reuniones y más reuniones. De nuevo, discusiones, discusiones y más discusiones. Tom DeFalco se une a un grupo de trabajo formado por Claremont, Harras, Lee y Portacio. DeFalco exige una única Patrulla-X formada por cinco miembros. Sus aventuras se continuarían de un título a otro. Claremont será el guionista de las dos, mientras que Lee dibujará la primera y Portacio la segunda. Tanto Claremont como Harras están en desacuerdo con el director editorial. Por su experiencia haciendo crossovers, saben lo difícil que es coordinar a dos dibujantes diferentes para que se repartan una misma historia. Aunque trabajen codo a codo, como es el caso de Lee y Portacio, los errores de racord y las necesarias correcciones acaban multiplicándose exponencialmente. “Eso es hacer mensual la pesadilla de los crossovers anuales. No estoy dispuesto a pasarme el resto de mi vida pendiente de cumplir las fechas de entrega”, dice el Patriarca Mutante. Cree que cada colección debe tener sus protagonistas diferenciados y una personalidad propia. Por eso propone crear dos Patrullas. Con un montón de personajes a su disposición, quedarse sólo con cinco sería un desperdicio de recursos. Después de tantos años, es incapaz de decidir entre media docena.

Por otra parte, Bob Harras quiere recuperar a los hombres-X originales, al actual X-Factor, e integrarlos de nuevo en la Patrulla-X. A Claremont también le seduce la idea de volver a trabajar con Cíclope o la Bestia. “Vale, tenéis razón”, dice DeFalco. “Haced dos Patrullas”. A cambio, X-Factor pierde todos sus protagonistas, pero Harras ofrece un plan de salvación para la serie que pasa por rescatar a varios mutantes olvidados (Kaos, Polaris, Madrox, Loba Venenosa, Fortachón y Mercurio) y ponerlos a las órdenes del Gobierno. Peter David, el popular guionista de Hulk, se hace con los guiones (XF 71, X-91). “A partir de ahora, X-Factor va a ser la hermanita pobre de los mutantes”, le advierte Harras. “Mejor así”, contesta David.

 

En los meses siguientes, Claremont abandona los guiones de Excalibur, ya que no quiere escribir X-Men en el estado de agotamiento absoluto que ahora padece. En Cruce de caminos (UXM 273-277, II-VI 91) deja todo listo para el lanzamiento de la nueva serie. Por un lado, Magneto y Pícara viven una pequeña historia de amor destinada al fracaso. “Ya estoy comprometido. Tanto como puede estarlo un corazón lleno de fantasmas”, se lamenta Magnus, quien rompe definitivamente las promesas que hiciera. “No soy Charles Xavier. Nunca seré Charles Xavier. Fui un idiota por intentarlo. Como él lo fue, por creer que podría conseguirlo”. Paralelamente, la Patrulla viaja al espacio, donde se encuentra con el Profesor-X, los Saqueadores Espaciales y la Guardia Imperial. Lee altera buena parte de la historia, con el consiguiente enfado de Claremont. En el guión que le entrega al coreano no aparecen los skrulls, convertidos por Lee en los villanos de la aventura. Por otra parte, el dibujante reintroduce los uniformes de la Patrulla-X original sin que vengan a cuento. Molesto con los cambios, el Padre Mutante acude en busca del respaldo de Harras, pero no lo encuentra. “¿Qué quieres que haga? ¿Qué me ponga en contra de nuestro dibujante más rentable?”, pregunta el editor. Las discrepancias no acaban ahí. Los planes de Claremont pasan por matar a Xavier. A partir de esa tragedia y en el plazo de un año, Magneto se vería obligado por lo ocurrido a dar un paso hacia delante y ponerse el manto de héroe tanto si le gusta como si no. Tras escuchar esas intenciones, Harras se niega. Lejos de aceptar la muerte del Profesor-X, el editor pretende (y consigue) que Xavier recupere tanto su viejo papel de maestro de mutantes como su oxidada silla de ruedas. En el colmo del sadismo, el calvo vuelve a perder el uso de sus piernas en el UXM 280 (IX 91), tebeo que antecede cronológicamente al X-Men (XM) 1. Por otra parte, Magneto retorna a su papel de villano, ya que así es como debe aparecer en la nueva colección. Se cumplen de esta forma las directrices de Tom DeFalco acerca de la machacona “vuelta a los orígenes”.

Con Xavier en su sitio, el siguiente paso hacia la nueva colección es decidir qué hombre-X se queda en cada grupo. De nuevo reunido con Lee y Portacio, Claremont propone un pequeño juego.

-Vamos a repartir cromos

Ambas Patrullas vivirán en la Mansión, donde se podrá encontrar a cualquiera de sus respectivos miembros. La separación en dos equipos funciona a la hora de entrar en acción. A partir de la terminología empleada en los submarinos nucleares, Claremont denomina Equipo Azul al que interviene en X-Men, y Equipo Oro al de Uncanny. Ninguna de las dos series va a ser la principal, aunque es obligatorio que Lobezno y Cíclope estén en el Equipo Azul. El resto de los personajes se reparten en función de las preferencias de los dos artistas. Portacio sabe sacar gran partido visual al Ángel y al Hombre de Hielo, ya que los ha dibujado en X-Factor. Pasan, por lo tanto, al Equipo Oro; Gambito, Mariposa Mental y Pícara son personajes redefinidos bajo los lápices de Lee, que se los queda para su colección; Coloso y Tormenta completan el Equipo Oro en tanto que la Bestia y Júbilo cumplen idéntica función en el Equipo Azul.

Ya está todo listo para empezar la nueva serie. La única condición que pone Jim Lee es poder escribirla. Junto a Chris, por supuesto. ¿Cómo dejar de lado al Stan Lee de mi generación, al hombre que, hasta hace unos pocos meses, lo era todo para la Patrulla-X? En menos de un año, Claremont se encuentra a sí mismo argumentando la serie junto a ese Chico Midas salido de la nada. ¿Cómo va a conocer los pensamientos, las reacciones de personajes que le doblan la edad? En un mundo justo, Jim Lee debería, como mucho, escribir los diálogos de Júbilo. Pero no hay justicia en este mundo. Lee quiere historias cortas y sencillas, de tres números a lo sumo. Como un niño con zapatos nuevos, el dibujante disfruta diseñando personajes y uniformes. De su bloc de dibujo surgen los Acólitos, un grupo de fanáticos adoradores de Magneto; Rojo Omega, un Dientes de Sable a la rusa, y Belladonna, la nunca antes mencionada esposa de Remy Lebeau. Ha elaborado también nuevos trajes para Cíclope, Jean Grey y Pícara que siguen el modelo iniciado con la gabardina de Gambito. Sobre las típicas telas de colores chillones aparecen cazadoras, bolsillos, bandoleras… Lee ha creado incluso una silla de ruedas cibernética para Xavier.

Y Claremont se engaña a sí mismo. Cree que todo puede volver a ser como era antes. Antes de que se marcharan Weezie, y Walt, y Ann. Antes de sentirse solo, en medio de una cumbre silenciosa. Antes de que el proceso creativo fuera una lucha diaria contra fuerzas demasiado poderosas. Pero hay una prueba definitiva que le demuestra que el “antes” no volverá. Ha tenido una idea genial, la mejor que se le ha ocurrido en mucho tiempo. Ha pensado un argumento que le devolverá el favor de los lectores, que les mantendrá en suspense durante al menos los dos próximos años. Vale, es exactamente lo contrario a las aventuras breves de Lee. Pero es la bomba.

 

-Perdona, Chris. No entiendo, ¿puedes repetírmelo?-, pregunta Harras, escéptico.

-Voy a matar a Lobezno.

-Otra vez, más despacio.

            -Que voy a matar a Lobezno.

 

Claremont ha meditado la estructura hasta el mínimo detalle. Notas iniciales para los argumentos previstos por el Patriarca Mutante para los veinticuatro próximos meses: El primer número de X-Men representa un nuevo comienzo, algo así como “Bueno, vale, si no nos has leído antes, la cosa funciona de esta manera. Aquí tienes la mansión, los personajes, sus motivaciones y su entorno”. Multiplicamos por tres la gran pregunta final del Giant-Size X-Men 1: ¿Qué hacemos con cincuenta y tres hombres-X? El cómic empieza con una gran secuencia de cinco páginas. Decenas de mutantes peleando con otros tantos villanos. Perfecto para Jim Lee. Aparecen Cíclope y Tormenta. No pelean. De hecho, para ellos, parece como si no hubiera lucha. Están sentados, se pasean, toman notas. La imagen se congela. El lector descubre que lo que ha visto es una simulación creada en la Sala del Peligro. Los líderes de la Patrulla la utilizan para combinar las posibilidades de cada miembro. En las siguientes páginas, prueban varias opciones. “¿Lobezno debe estar en el mismo grupo que Júbilo? ¿debemos dejar de lado a una mutante tan joven? ¿dónde metemos a Jean y dónde a Scott?” Tormenta y Cíclope van desechando unas ideas y quedándose con otras hasta que deciden la formación de los dos equipos (Azul y Oro). En medio de todo esto aparece Magneto. Tenemos la pelea de rigor. Magneto y Xavier han llegado a una separación irreconciliable. Magneto está convencido de que la humanidad le traicionará. Xavier de que no. El hombre de Estado frente al terrorista… ¿quién tiene razón? El lector concluye que éste es un mundo desagradable y que la Patrulla-X tendrá que estar a la altura de las circunstancias. Ahora pasamos al segundo número, donde Dama Mortal arranca el corazón a Lobezno. Ambos mueren. En meses posteriores, tenemos funerales, lloros y lamentos, etc. Entonces aparece La Mano, que secuestra el cuerpo de Logan y lo resucita, como hizo con Elektra. Vemos el largo proceso de recuperación. El factor curativo funciona ahora de una manera muy interesante. Se ocupa sobre todo de reconstruir el corazón, mientras deja de lado las extremidades. Sus brazos y sus piernas comienzan a pudrirse mientras el corazón se regenera. Va a ser algo muy, muy desagradable. En el Uncanny X-Men 294, prevé Claremont, Lobezno ya recuperado se convierte en el líder de La Mano. A partir de aquí, la historia continúa de una serie a la otra hasta que alcance un punto en el que Logan luchará por la bondad de su alma. Y vencerá. Paralelamente, el Padre Mutante calcula cada una de las reacciones de los otros personajes. Van desde la de Cíclope (“Lobezno se ha vuelto malo y hay que acabar con él”), a la de  Xavier, que se muestra inflexible acerca de la necesidad de que Logan vuelva a la luz. Jean Grey y Coloso alcanzarán las posturas más radicales. Mientras la primera decide acudir al rescate de su compañero e incluso fingirá ser su amante, Peter llegará a arrancarle las garras en el curso de una pelea.

 

            -Es el mayor conflicto al que se ha enfrentado la Patrulla-X desde que se fundó. Uno de los suyos, el alma del grupo, será su peor enemigo –concluye Claremont, orgulloso.

-Éso no funciona –responde Harras.

 

No funciona porque Lobezno tiene colección propia, no funciona porque Lobezno tiene que aparecer como invitado especial en la mitad de los títulos que Marvel publica, no funciona porque Lobezno es el héroe favorito de todos los chicos que compran Uncanny y que comprarán X-Men. ¿Cómo les explicas a esos chicos que ahora es uno de los malos? No funciona.

Llegados a ese extremo, la discusión se traslada al despacho de Terry Stewart, el presidente de la compañía. Éste da la razón a Harras. Que quede claro: esta empresa funciona como una máquina. Cada mañana vienes aquí, pulsas las teclas adecuadas, el engranaje se pone en marcha y todos somos felices. Pero mucho cuidado con mover ese engranaje, aunque sea para mejorarlo, porque lo estropearás. Cada pieza en su sitio, cada trabajador en su sitio. Es la prueba definitiva. Claremont está invitado a escribir las historias de los hombres-X siempre que se pliegue a los dictados de Bob Harras; siempre que no tenga inconveniente en compartir créditos con Jim Lee; siempre que sea el dialoguista que exigen que sea.

 

-No pienso quedarme para ayudaros a destruir lo que he tardado diecisiete años en crear.

-Yo no lo veo así –sostiene Harras.

-Ya sé que tú no lo ves así, pero yo no tengo otra alternativa. Que te jodan. Me voy.

 

Pueden hablar durante horas, pero no lo hacen en el mismo idioma. Claremont se pregunta si alguna vez lo han hecho. Durante las semanas siguientes, sólo se comunican mediante fax porque ambos quieren una copia escrita de cada cosa que dicen. En prensa, Marvel anuncia que “Chris Claremont va a tomarse un pequeño descanso de un año durante el que no escribirá ningún cómic”. El aludido, al que todavía intentan convencer de que dé marcha atrás, salta a la palestra para exponer los trapos sucios y dejar claro que su cese tiene carácter irrevocable. En un principio, no quiere siquiera comenzar X-Men, pero su mujer le convence para que el primer número de la nueva serie, del que se esperan ventas millonarias, sea el de su finiquito, un dinero que necesitan para la hipoteca. Haré X-Men 1 porque creo que me lo he ganado, afirma. En Marvel responden: “De acuerdo, podremos vivir con eso”.

Nunca antes en toda su vida Claremont se ha sentido más triste. No es así como deben escribirse los tebeos, no es así. Deberías disfrutar haciéndolos, leyéndolos. Debería ser la clase de cosas donde tú te sientas y hablas de los personajes, las aventuras y el sentido que hace que todo encaje. Pero eso se acabó. Cuando empieza a desarrollar su última historia, ésta se alarga a tres espectaculares episodios (XM 1-3, X-XII 91) en los que Magneto y Charles Xavier llevan su viejo enfrentamiento hasta un punto de no retorno. El Amo del Magnetismo muere entre fuego y gloria, traicionado por uno de sus Acólitos y salvando la vida a la Patrulla-X con su último aliento. “Te devuelvo tu sueño, Charles. Pero me temo que, con el tiempo, cuando comprendas que nunca fue más que la esperanza de un loco, te romperá el corazón. Adiós, viejo amigo”, son sus últimas palabras.

Marvel pone a la venta cinco versiones diferentes del X-Men 1. Vende siete millones y medio de ejemplares, el doble de los conseguidos por el X-Force (XFO) 1 (VIII 91). Gran parte de la tirada va a manos de especuladores; otra queda en poder de los libreros especializados y una mínima porción, no más del diez por ciento, acaba en las estanterías de los aficionados. Con esos beneficios en la mano, la marcha de Claremont se considera una pérdida aceptable. El Padre Mutante conoce en carne propia el precio que le ha costado su sueño de autonomía creativa. Aprende que también se puede morir de éxito. Sus casi dos décadas al frente de la strip son reducidas a la nada, al polvo absoluto. En Marvel demuestran una dramática falta de perspectiva histórica. Tom DeFalco no mueve un dedo por evitar lo inevitable. ¿Por qué? Tiene siete millones de razones. Importa más el día a día. Importa más una gloria pasajera de cartón-piedra que sueñan convencidos será permanente. Jim Lee se queda, ¿no? Eso es suficiente. También ahí se equivocan. Tampoco eso les importa.

Boceto inicial y final de la portada de X-Men 1

Es verano de 1991. Jim Lee asiste a la San Diego Comic Con. Los guardias de seguridad hacen ímprobos esfuerzos para que el millar largo de fans deseoso de conseguir la firma de su ídolo mantenga el orden y la compostura. Las colas se forman por riguroso orden de llegada. Cada aficionado recibe un número que ha de presentar en su debido momento. No hay dibujos, el alto número de congregados lo impide. Jim Lee tan sólo puede firmar tres ejemplares por cabeza. “Eres el mejor, Jim. Quiero ser como tú”, o algo así, vienen a decir ocho de cada diez chavales. Los dos que quedan apenas son capaces de dar las gracias por la rúbrica, impresionados ante la presencia del que juzgan Dios del Cómic. El Chico Midas no se cree lo que está viviendo. Todos quieren ser su mejor amigo. En apenas un año se ha hecho millonario. Marvel acaba de anunciar que, tras el X-Men 3 y el Uncanny X-Men 281, él y su amigo Whilce Portacio asumirán los destinos del Universo Mutante. “Quiero dejar huella”, afirma Lee. “Me gustaría hacer unos cincuenta números”. Muchos son los que respiran aliviados ante la salida de un guionista que, dicen, escribe por mera costumbre desde largo tiempo atrás. Confían en que el Chico Midas y su gente sepan dar a la strip un soplo de aire fresco. ¿En qué consiste? Lee sabe que lo suyo no son los argumentos complicados o los personajes dolientes. Nada de llorones ni de historias que se alargan durante años. En su lugar, habrá más acción, más viñetas grandes, menos diálogo que tape sus dibujos y aventuras que, como mucho, duren cuatro números, que luego los lectores no se aclaran.

Es verano de 1991. Claremont hace su primera aparición pública desde que ha abandonado X-Men. Yo salvé la industria del cómic en los años setenta y volveré a salvarla en los noventa, proclama. Tiene proyectos, muchos proyectos. El pasado es prólogo, el futuro que preveo es la guerra. Va a dar a DC unos héroes, Sovereign Seven, de los que mantendrá la propiedad intelectual para evitar las injerencias editoriales. Unos héroes que van a significar el siguiente paso de excelencia no en su carrera, sino en la historia del medio. Pero Claremont no sólo escribirá cómics. Va a escribir más novelas. En solitario y en compañía de George Lucas. Primero el cómic, luego la narrativa pura y, por último, el cine. Todos rendidos a sus pies. “Señor Claremont”, pregunta uno de los asistentes, “¿qué cree que va a ser de X-Men sin usted?” X-Men, dice Claremont, caerá por su propio peso. Dentro de unos meses, nadie comprará X-Men.

Pocos son los que escuchan sus palabras. Menos aún los que las creen.

 

1992. ¿VIDA MUTANTE DESPUÉS DE CHRIS CLAREMONT?

Es febrero de 1992 y nace Image. Terry Stewart tranquiliza a los mercados desde la tribuna que le ofrece The New York Times. “Los autores vienen y van, pero los personajes y sus universos permanecen”. Marvel está por encima de quien trabaje eventualmente en sus oficinas. Stewart está convencido de que la aventura californiana de esos cerdos traidores será un fracaso. Quien me hecha un pulso lo pierde, asegura. Stewart no sabe nada sobre cómics, pero eso no le importa. Nombrado presidente por Ron Perelman, propietario de Marvel, a principios de 1990, su modelo de empresa lo representa Disney. En su esquema del negocio, los cómics son una pequeña parte de un imperio mayor compuesto por películas, parques temáticos, juguetes, videojuegos… Cualquier cosa que pueda vender a un público entre los cinco y los veintipoquísmos años. En manos de Stewart, Marvel funciona más que nunca como una multinacional. Contrata gente a espuertas, hagan o no falta; cuida el mercado televisivo, y mete dinero a mansalva en los estudios de animación de Marvel, que empiezan a trabajar en una serie de dibujos animados protagonizada por la Patrulla-X. Los diseños de personajes y primeros argumentos están basados en los X-Men… de Jim Lee.

Con la oficina-X inmersa en la mayor crisis de toda su historia, Bob Harras se convierte en la única persona con capacidad operativa para tomar decisiones. Las únicas consignas que recibe desde arriba se resumen en mantener el nivel de ventas de la Franquicia Mutante y no promocionar en exceso a sus asalariados. Ni un dibujante con ínfulas de estrella en la casa. Harras pone ahora sus esperanzas en la inteligencia de Fabian Nicieza, su más inmediato colaborador, que asciende de argumentista a escritor de X-Force y X-Men. Scott Lobdell, del que hay buena opinión en la casa, también pasa a ser el guionista de Uncanny. Lobdell llega después de que John Byrne se niegue a escribir en una sola noche los diálogos del UXM 286 (III 92). Hasta ese momento su único mérito conocido es haber cubierto bajas aquí y allá, pero sabe cómo subir en una empresa. Redactor de revistas de tercera regional y fracasado humorista de bodeguilla, Lobdell se curra su futuro en los pasillos, en los despachos, en la cafetería de Marvel. Una tarde recibe una llamada de Lisa Patrick, la mano derecha de Bob Harras.

 

-Hola Scott. ¿Serías capaz de hacer los diálogos de un tebeo de la Patrulla-X?

-Claro. ¿Para cuándo lo quieres?

-Para mañana a primera hora

-Vale.

-¿Te va a dar tiempo?

-Sí. ¿Por qué no me iba a dar tiempo?

 

A la mañana siguiente, Harras tiene su guión completo encima de la mesa.

 

-Espera, Scott. No te vayas. Déjame que te haga unas preguntas.

-Adelante.

-¿Estás disponible?

-Sí, claro.

-¿Sigues las colecciones de la Patrulla-X?

-Las leo todas.

-¿Sabes cómo funciona la Oficina-X?

-No, no lo sé.

-¡Has contestado correctamente a todas las preguntas! Una cosa más, ¿te gustaría ser el guionista regular de Uncanny X-Men?

-Diablos, por supuesto que me gustaría. ¿Es una especie de broma?

-No. No es ninguna broma. ¿Quieres o no?

-Sí, sí. Desde luego.

-Pues bienvenido a bordo.

 

Acompañando a los nuevos guionistas están chicos salidos de quién sabe dónde, jovenzuelos que llegan a Marvel con un estilo que mimetiza el de Jim Lee o Rob Liefeld. Si otro puede hacerlo, ¿para qué contratar a los originales? Son los Tom Raney, los Brandon Peterson, los Art Thibert, los Mark Pacella, los Greg Capullo, los Joe Quesada. En el aspecto narrativo, Wolverine mantiene a Larry Hama, quien ha demostrado ser el perfecto escritor de las aventuras del mutante de las garras de adamántium. Bajo su tutela, la colección alcanza el tono a Conan del siglo XX perseguido, que no logrado, por Claremont en los primeros números. Lobezno encuentra en Hama al otro gran autor que le entiende y sabe a dónde llevarle: hacia el derrumbe emocional. Con un hábil giro dramático, el guionista se deshace de Mariko Yashida, la muñeca de porcelana china que ha simbolizado durante todos estos años el control de Lobezno sobre sus demonios internos. Muerta Mariko (WOL 57, VII 92), Logan regresa a sus orígenes salvajes, con historias más descarnadas y violentas que las que preceden la llegada de Hama. En sustitución de Silvestri, entra en escena Mark Texeira, un dibujante de trazo sucio y salvaje que compensa sus carencias con la fuerza estilística que Lobezno necesita.

 

X-Factor es la colección que menos vende de las publicadas por Harras. Peter David tiene manga ancha para hacer lo que quiera con ella dentro de un cierto orden. Siguiendo el estilo que le ha hecho famoso en Incredible Hulk, David introduce la interacción de personajes y el humor como los grandes valores de la colección, y los diálogos inteligentes como su más poderosa arma para conquistar nuevos lectores. Enseguida construye un cómic inteligente y lleno de frescura que crece mes a mes ayudado de los buenos oficios primero de Larry Stroman y luego de Joe Quesada, uno de los pocos imitadores de Jim Lee con un lápiz capaz de evolucionar hacia un estilo propio.

Marvel Comics Presents y Excalibur funcionan por otro lado, ya que ambas series las edita Terry Kavanagh, en lugar de Harras. La primera publica seriales protagonizados por Lobezno de forma sistemática. Kavanagh concentra sus esfuerzos alrededor de una historia en trece partes escrita, dibujada, entintada y coloreada por Barry Smith (MCP 72-84, V-XI 91). En los dos años que ha durado su proceso creativo, Arma-X ha pasado de ser un relato corto de ocho páginas a convertirse en una espectacular novela gráfica de ciento veinte. El título se refiere al primer nombre clave utilizado por Logan, así como al proyecto gubernamental que dio origen a sus huesos y garras de adamántium. Smith acomete su realización sin más influencia externa que una pequeña charla con Chris Claremont en la que éste sugiere que detrás del Proyecto Arma-X puede estar la oscura mano de Apocalipsis.

Un accidente de tráfico sufrido por Smith retrasa tanto la aparición de Arma-X como de la tercera parte de Muerte viva, en la que también trabaja. Terminado el serial de MCP, el artista vuelve sobre esta nueva obra en torno a Tormenta, aunque sin que Marvel le indique fecha de entrega. De momento, no necesitan la historia. Tiempo después, cuando por fin la concluye, Bob Harras se niega a publicarla. Alega que en ella se hace apología del suicidio. Muerte viva III aparece en 1999 bajo el nombre de Adastra in Africa, un álbum de lujo que publica Fantagraphics Books. Smith cambia el nombre de la protagonista para evitar problemas de derechos con Marvel. De igual forma, las contradicciones que Arma-X introduce en la cronología de Lobezno llevan a que Larry Hama, por indicaciones de Harras, la convierta en poco menos que una ensoñación apócrifa fruto de implantes cerebrales, como se explica a lo largo de una compleja aventura que vuelve a sumir el origen de Logan en la incertidumbre absoluta (WOL 48-50, XI 91-I 92).

En Excalibur, tras una soporífera etapa de interinidad, Kavanagh rescata a Alan Davis, quien meses atrás se ha estrenado como guionista en un especial dedicado a Lobezno (Wolverine: blood lust, 1990). “Vuelve a la serie. Quiero que hagas los dibujos y los guiones. Puedes hacer lo que te apetezca con los personajes. Disfruta”, sugiere Kavanagh, quien, al contrario que Harras, mantiene un sistema de edición en el que prima la capacidad de los autores para desarrollar sus ideas. Davis demuestra enseguida que puede ser tan buen escritor como dibujante. Su trabajo, divertido, muy bien escrito y estructurado, resulta una absoluta delicia desde el primer momento (EX 42, X 91). En pocos meses resuelve gran parte de las inconsistencias y cabos sueltos dejados por Claremont en su anterior etapa conjunta. Vuelven viejos conocidos de la serie, como Saturnina o la Banda Loca, cuya presencia sirve para desvelar misterios olvidados que hacen referencia incluso a la primera aparición del grupo. Los lectores conocen así el verdadero origen de Cacharro (EX 66, VI 93), la conspiración de Merlyn fruto de la cual nació Excalibur (EX 50, V 92) o las razones por las que el Capitán Britania se comportaba como un imbécil descerebrado en los primeros números. Davis acomete también una de las empresas más duras de la historia mutante, reordenar y clarificar la cronología de Fénix (EX 52, VII 92). Mientras aclara estos misterios, avanza hacia nuevos puntos de interés, con la introducción de personajes como Cereza (EX 46, I 92) o Feron (EX 48, III 92). “Sigo un esquema muy parecido al de las historias del Mono Chino, en las que hay cuatro personajes que representan los distintos aspectos de la totalidad”, explica. “Creo conversaciones entre ellos, y esas charlas son el equivalente al psicoanálisis y a las dudas sobre uno mismo”. La serie, junto con X-Factor, alcanza un nivel de oasis dentro de la Franquicia-X.

1992. LOS EJES DE LA PATRULLA-X POST-CLAREMONT

Es verano de 1992. Bob Harras tiene otros quebraderos de cabeza. En el corto plazo, su ocupación número uno es coordinar el primer gran crossover de la nueva era. El problema principal al que se enfrenta es que el crossover está cerrado con el departamento de contabilidad. Harras sabe que ha de publicarse durante los meses de verano pero no sabe, no tiene ni la más remota idea, cuál va a ser el tema que trate. Agobiado por las prisas, le ruega a Nicieza que prepare la historia cuanto antes. Nicieza, conocedor sobre todo de X-Force y su líder Cable, centra el argumento en éste último.

El Cable con el que se encuentra Nicieza una vez se marcha Liefeld es un personaje lleno de contradicciones, más por la ineptitud del mismo Liefeld que por otra cosa. Puesto a hacer de él algo con un mínimo sentido, Nicieza especifica en XFO 8 (III 92) que el nombre de pila de Cable es Nathan; que a su vez tiene unos robots a los que llama Jean y Scott, una nave a la que se dirige como “Profesor” y que proviene de un futuro terrible que intenta alterar con sucesivos viajes a nuestro tiempo. De esta forma, se ofrece una explicación lógica a las múltiples conexiones del líder de X-Force con los más variopintos individuos, desde Nick Furia a Moira McTaggert y se apuntan unas cuantas pistas acerca de su verdadera identidad. Tanto en los siguientes números de la colección como en su propia miniserie (Cable 1 y 2, X y XI 92) Nicieza añade nuevos detalles a la biografía del personaje que sirven de prólogo al crossover.

La canción del verdugo (UXM 294-295, XM 14-16, XF 84-86, XFO 16-18, XI 92-I 93) , cuyo nombre homenajea la novela de Norman Mailer (1979), se interpreta sobre un equívoco, el intento de asesinato de Xavier por parte de quien se hace pasar por Cable. En realidad, el homicida es Dyscordia, el doble de Cable creado por Rob Liefeld en los últimos números de TNM y cuya misma existencia representa uno de los misterios por resolver que penden de un hilo tras la marcha del dibujante. Nicieza establece una conexión entre Cable, Dyscordia y la Patrulla-X que da un nuevo sentido a El manifiesto Apocalipsis. Cable y Dyscordia son clones. La gran revelación tiene lugar cuando se descubre que uno de ellos, probablemente Dyscordia, es Nathan Summers, el hijo de Cíclope enviado para proteger el futuro. La canción del verdugo termina, como El manifiesto Apocalipsis y la Saga de Fénix Oscura, en la luna, con una espectacular batalla entre Cable y Dyscordia en la que ambos parecen morir. Se trata tan sólo de un oportuno mutis cargado de confusión y dobles interpretaciones que deja abierta la puerta a una futura colección regular.

Surgida de la necesidad de buscar un enlace entre Cable, Dyscordia, Scott y Jean que sirva para cruzar sin problemas las colecciones mutantes, La canción del verdugo marca las líneas básicas de futuros crossovers. En esencia, se trata de desarrollar un concepto sencillo en torno al cual desplegar a las docenas de mutantes que pululan en cada colección. La aventura podría contarse en cuatro episodios, pero hacen falta doce para implicar a todos los hombres-X desperdigados en sus respectivos equipos, que básicamente se dedican a marear la perdiz y a viajar de un lado para otro, de la Tierra a la Luna, de Nuevo México a Canadá, mientras el argumento principal se centra en cuatro o cinco de ellos. Lo que cuenta es rellenar páginas y aumentar las ventas. Por otra parte, La canción del verdugo también sirve para abrir nuevas subtramas que, en el más obvio estilo claremontiano, se estiran hasta el infinito.. o, mejor aun, hasta el siguiente crossover. En este caso, la novedad viene de la mano del Virus del Legado, regalo final que deja Dyscordia a sus enemigos. Puede definirse como un SIDA al estilo Marvel cuyas funciones básicas son añadir un poco más de tragedia a la ya de por sí sufrida vida de los mutantes y eliminar a todo personaje molesto que los chicos de Harras encuentren a su paso.

En apenas unos meses, el editor mutante da la vuelta al calcetín. Hasta el momento, aventuras como La caída de los mutantes o Inferno servían para cerrar tramas enquistadas en la complicada cronología mutante. Ahora, esas mismas tramas aparecen con el único fin de alimentar un próximo crossover o, en su defecto, caer en el olvido con absoluta desvergüenza. La consecuencia inmediata de tal perversión es que, entre un crossover y el siguiente, no pasa casi nada de auténtico interés. Los personajes dejan de evolucionar con la naturalidad que lo hicieran en tiempos pasados. Resulta más sencillo encerrarlos en clichés que se repiten cada mes. Los tebeos se rellenan con mil subargumentos reiterativos que jamás conducen a nada, aunque adornados con los textos de apoyo engolados y diálogos teatrales característicos de la casa mutante ofrecen una sensación general de trascendencia.

Scott Lobdell, en una sesión de fotos para la revista Wizard

A tal efecto, Scott Lobdell y Fabian Nicieza son los mejores cómplices que pueda desear Harras. El primero, si bien demuestra enseguida su incapacidad para desarrollar aventuras con una pulcritud mínima, copia todos los tics de Claremont y los aplica en cada uno de sus textos. Por ejemplo, su manera de aproximarse a los personajes es siempre la misma: plano general de la mansión acompañado por cuatro textos de apoyo cortantes: “Salem Center. Escuela del Profesor Xavier para Jóvenes Talentos. Hogar de la Patrulla-X. Temidos y odiados por la humanidad que han jurado proteger”. A continuación, Lobdell suele presentar a unos cuantos mutantes que se quejan sistemáticamente de lo mucho que sufren. “Háblame, Cerebro. Señálame dónde está ese nuevo mutante. Dime si él o ella será quien sirva de puente entre humanos y mutantes. Y aunque no sea cierto, dime que hay motivos para tener esperanza” (UXM 300, V 93). Esta perorata se la suelta Rondador Nocturno a una máquina como si fuera Hamlet hablando al fantasma de su padre. ¿Por qué? “Queda bonito”, afirma Lobdell. Fabian Nicieza al menos reconoce que tarda un año en sacar de su cabeza la voz de Chris Claremont. “Tengo la sensación de que me dicta cómo tengo que escribir”, afirma. Mientras tanto, desarrolla dos o tres argumentos con principio y final. Resuelve, por ejemplo, los problemas de identidad de Mariposa Mental causados por lo ocurrido en Actos de Venganza (XM 20-23, V-VIII 93). A pesar de sus contadas diferencias de estilo, los nuevos guionistas-X coinciden, en el terreno argumental, al retratar una Patrulla-X obsesionada por la causa del Profesor hasta grados cercanos al fanatismo, y, en el laboral, al doblarse cual contorsionistas a las exigencias de Harras. Se hace lo que él dice, que por algo es el editor.

Siguiendo este esquema básico, en los meses siguientes a La canción del verdugo, las colecciones mutantes se escriben a partir de cuatro ejes más o menos claros. Unos conducirán al siguiente crossover, otros seguirán ahí hasta que les toque su turno.

Primer eje. El traidor. Antes de marcharse a Image, Whilce Portacio crea un nuevo hombre-X que supone todo un golpe de originalidad. Como con Cable y su futuro apocalíptico no es suficiente, de un futuro algo menos lejano aunque igual de siniestro llega Bishop. A imagen de Cable, Bishop abulta como un rinoceronte y va cargado hasta las orejas con pistolones que dispara a la menor provocación. A diferencia de Cable, Bishop es negro, tiene un tatuaje en la cara (en lugar de un ojo brillante) y habla de la Patrulla-X con un respeto religioso. Para el, los hombres-X son mitos. Lo son hasta tal punto que, cuando los conoce, piensa que se encuentra ante unos impostores, ya que no alcanzan la perfección que se les supone a las leyendas. “Hasta los alumnos de preescolar saben que Coloso se movía tan rápido como el viento”, asegura. En el futuro de Bishop, como en todo futuro mutante que se precie, la Patrulla-X acabó mal, muy mal. El grupo al completo fue asesinado por uno de sus miembros, un misterioso traidor cuya identidad ha venido Bishop a descubrir. A pesar de las reticencias de todos sus alumnos, Xavier acepta al viajero del tiempo como nuevo hombre-X (UXM 287, IV 92). Enseguida, las sospechas de Bishop apuntan a Gambito como el posible traidor (XM 8, V 92). Como toda prueba, Bishop aporta una grabación en la que la Jean Grey del futuro hace una desesperada llamada de socorro. Frases como “nunca debimos confiar en….” o “sabíamos tan poco de…” componen algunos pasajes de la cinta. Resultan tan ininteligibles que el traidor podría ser Gambito… o incluso el mismo Bishop, ya que de ambos apenas se sabe nada. Sea cual sea, la identidad del asesino importa poco. Ni Portacio la conoce a la hora de crear a Bishop, ni Harras, Nicieza y Lobdell se molestan en decidirse por alguien en concreto. De momento, se limitan a hacer insinuaciones carentes de base cierta.

Segundo eje. Los líos amorosos. De un día para otro, los hombres-X padecen unos excesos hormonales hasta ahora inéditos en la strip. La causa puede residir en que todos los artistas sin excepción dibujan a las chicas como modelos de Playboy y a los chicos como dioses griegos, pero el caso es que, con lo mucho que sufren, pasan el día entero metiéndose mano o intentándolo. Cíclope, ese calzonazos siempre enamorado de la misma pelirroja en sus múltiples encarnaciones, se obsesiona de repente por Mariposa Mental. La cosa no pasa de calentón, pero depara una de las escenas más divertidas jamás vista en un cómic de mutantes, con Mariposa aplicando un impresionante lametazo a un Cíclope anonadado (XM 20, V 93). Semejante tonteo es atajado a tiempo por la misma Jean y pasa al anecdotario una vez la parejita se compromete a casarse (UXM 308, I 94). Por otro lado, Gambito y Pícara pierden el culo el uno por el otro, pero ocurre lo que siempre ocurre en el Universo Marvel. Por enmedio se interponen el pasado de él y los poderes de ella. Un desastre, vamos. Por último, el romance vuelve a surgir entre Tormenta y Forja, e incluso él llega a pedirle matrimonio (UXM 289, VI 92). Al final, nada de nada. Por si acaso, Bishop le echa un ojo a Ororo…

Tercer eje. Coloso debe sufrir. La idea se le mete en la cabeza a Fabian Nicieza, y, después del visto bueno de Harras, la aplica al pie de la letra. En el horizonte inmediato se divisa la resurrección de Magneto. Nicieza quiere llevar al bueno de Peter a una desesperación tal que decida unirse al Amo del Magnetismo. Para empezar, “suicida” a su recién reencontrado hermano Mijail (UXM 293, X 92); para continuar, elimina con descarnada crueldad a sus padres (XM 18, III 93); para terminar, su hermana Illyana contrae el Virus del Legado, que acaba matándola (UXM 303, VIII 93). Por cierto, Illyana es la víctima más destacable de este temible mal cuya característica única reside en no afectar a ninguno de los protagonistas de la serie. Peter llora mucho, quema sus cuadros, se enfada con el Profesor-X, cuestiona sus métodos, y en el funeral de Illyana decide cambiarse de bando para irse con Magneto (UXM 304, IX 93). “Al igual que el Profesor, Magneto nunca ha titubeado en su entrega a una meta. Quizás de tener la fuerza de convicción para unirme antes a él no estaría aquí, ante la tumba de mi hermana”, se justifica Coloso.

Cuarto eje. La conspiración. Por un lado está Mister Siniestro. Aparece de vez en cuanto, suelta un par de frases ambiguas, vuelve a desaparecer y todos se quedan pensando en lo que ha dicho. En XM 23 (VIII 93) insinúa la existencia de un tercer hermano de Cíclope del que, por supuesto, nunca se volverá a saber. Los guionistas son los primeros que no tienen demasiada idea de qué está hablando Siniestro, ya que improvisan continuamente. Por otro lado tenemos a los Arribistas y al Amo del Juego. Son los villanos más patéticos salidos de la Franquicia Mutante. Una panda de ricachones que actúa de la misma manera que Siniestro: hacen acto de presencia cuando Nicieza o Lobdell se acuerdan, tienen unos cuantos diálogos enigmáticos y hasta la próxima. Los Arribistas conspiran, manipulan y se pelean entre ellos con el fin de ganar un extraño concurso cuyas reglas u objetivos nunca son explicados. Creados por Portacio como otra de sus geniales ocurrencias (UXM 283, XII 91), Nicieza los retoma sin demasiado entusiasmo, aunque luego los utilice en un cruce entre X-Force y The New Warriors (XFO 33 y 34, The New Warriors 45 y 46, III y IV 94). Con un par de honrosas excepciones, a los Arribistas no se le conocen grandes maldades. Son enemigos de la Patrulla-X… porque sí. Vaya.

1992. MANTENERSE EN LA CIMA ANTE LA AMENAZA DE IMAGE

Bien, señores. Este es nuestro objetivo. Mantenernos aquí. Los primeros.

Bob Harras señala el gráfico de ventas de Uncanny X-Men. La serie pasa de algo menos de medio millón de ejemplares mensuales en 1991 a casi 750.000 en 1992. Eso representa un aumento del cincuenta por ciento, cifra que ha permanecido inamovible tras la marcha de Claremont. Ahora hay que conseguir que todo siga igual sin Jim Lee ni Rob Liefeld.

Es ocho de febrero de 1992. Una rueda de prensa convocada por siete de sus más rentables estrellas coge a Marvel con el paso cambiado. Todd McFarlane, Jim Lee, Rob Liefeld, Marc Silvestri, Jim Valentino, Erik Larsen y Whilce Portacio anuncian que dejan la Casa de las Ideas para fundar su propia editorial.

A sus veintidós años recién cumplidos, Rob Liefeld es un millonario feliz. Ha hecho realidad sus sueños de niñez. Los chicos que compran X-Force quieren dibujar como él, vestir como él, sonreír como él, ser como él. Pero una mañana Rob Liefeld descubre que, si él ha ganado dinero, mucho dinero, Marvel ha ganado todavía más, más dinero, a su costa. No sólo eso, Marvel utiliza su arte con absoluta impudicia en merchandising diverso sin pagarle un centavo por ello. Sin él, X-Force seguiría siendo una pandilla de críos tonteando en Asgard. Gracias a él, ahora son la pieza maestra del ejército de Cable. Con Hollywood llamando a la puerta, Marvel se ha convertido en un problema. ¿Qué vas a vender a los chicos del cine cuando tus dibujos, tu sangre, tu arte, pertenece a otro? Marvel es más pequeña y menos importante que Rob Liefeld, pero no lo sabe todavía. Marvel cree que puede tratar a Rob Liefeld como a un dibujante más, pero Rob Liefeld ha salido en la MTV. Por eso Rob ha empezado a coquetear con pequeñas compañías. Pretende que le publiquen una cosa titulada Youngblood. La idea es que ellos se lleven un pequeño porcentaje de ventas y Rob el noventa por ciento de los beneficios. Malibu Comics, hasta ahora una compañía insignificante, acepta el reto. Saben que el diez por ciento de ventas de dos millones de ejemplares sigue siendo mucho dinero. Guay.

Es tan guay que Rob se lo cuenta a su amigo Todd McFarlane. Es tan guay que McFarlane ve la oportunidad de su vida. Es tan guay que pronto se unen los demás. Silvestri, Valentino, Larsen. Chicos criados bajo el sol de California, locos por el surf que han visto el sueño americano hecho realidad después de que Marvel colmara sus cuentas bancarias. Pero les falta alguien. Les falta el nuevo Rey. Les falta Jim Lee.

Lee está en la cumbre. Ahora ya no tiene la molesta obligación de saltarse los guiones de Claremont. Por fin ha quedado claro que su visión de lo que tiene que ser la Patrulla-X es la que ha conquistado millones de corazones en todo el mundo. Por fin el guionista cumple su función primordial, escribir los diálogos. Scott Lobdell, ese chico que le ha puesto Harras, lo entiende. Lo entiende mejor que John Byrne. El que sea éste quien sustituya a Claremont supone todo un golpe maestro de cara a la galería, pero no funciona. Byrne aparece como por arte de magia al día siguiente de la marcha de Chris. Viene con un par de ideas que pone sobre la mesa. “Estoy presionando para que se haga una línea argumental que elimine el noventa por ciento de los mutantes. Con un poco de suerte, podremos volver a lo que era el cómic cuando comenzó en el primer número: los buenos mutantes intentado localizar a otros mutantes antes de que lo hagan los chicos malos. Y así no tendremos a los miles de personajes que hay ahora”, dice. Byrne dialoga los UXM 281 a 285 (IX 91-II 92) y los XM 4 y 5 (I-II 92). Acto seguido decide marcharse, furioso por que Whilce Portacio, el socio de Lee en su estudio y dibujante de Uncanny, no entrega sus páginas con tiempo suficiente para que pueda escribir los diálogos. Byrne afirma que sólo un par de esos números los ha escrito realmente. ¿Cuántos días necesita para llenar los bocadillos?, se pregunta el Chico Midas. Mierda, si sólo son letras. Cualquiera que haya ido a la escuela primaria puede hacerlo.

Jim Lee es un millonario feliz. Ha trabajado duro por la corporación y la corporación le ha recompensado como se merece. Por eso, cuando llegan Rob y los demás con las cuentas de la lechera, les dice que se lo pensará, pero que está muy bien en Marvel, que él es un hombre de empresa y que no planea cambiar. Una mañana, sin embargo, se entera de que Terry Stewart, el presidente de la compañía, está regateándole las pagas de beneficios, los billetes de avión para su esposa, las facturas del coche que alquila cuando acude a una convención. El quiere a Marvel, pero Marvel le trata como a uno más. Eres el más grande, Jim. Nos has hecho de oro, Jim. Te hemos hecho millonario, Jim. Pero, Jim, no eres lo suficientemente importante para nosotros como para que tu esposa viaje gratis. “¿Ah, sí? Pues que os jodan”. El Chico Midas vuelve a hablar con Todd McFarlane. “¿Lo comprendes ahora, Jim?” Ahora sí, Todd, ahora sí. “Dios bendiga a Terry Stewart”, piensa McFarlane. “Dejamos Marvel porque no nos trata como queremos. No nos vamos porque odiemos sus personajes o su manera de hacer cómics”, declara públicamente Lee.

1992. ATURDIDOS POR EL GOLPE DE IMAGE

Es otoño de 1992. En Marvel descubren sorprendidos que los chicos de Image no se han hundido en la miseria, como auguraban los grandes expertos financieros contratados por Terry Stewart. Muy al contrario. Image arrasa con todo lo que se le ponga por delante. El Youngblood 1 (IV 92) de Rob Liefeld, el Spawn 1 (V 92) de Todd McFarlane y el WildC.A.T.S. 1 (VII 92) de Jim Lee alcanzan unas ventas brutales, tanto que sus responsables no tardan en independizarse de los socios de Malibu Comics. Editoriales pequeñas como Valiant, Dark Horse, Topps o la misma Malibu aprovechan el momento para lanzar nuevos títulos, a la vez que DC amplía su ya abultada oferta. Marvel responde con una ofensiva sin igual consistente en inundar el mercado con nuevas colecciones. El sistema de crecimiento de la Franquicia Mutante se aplica a Punisher, Motorista Fantasma, Vengadores y Spider-Man, a cuyo alrededor nacen series de calidad ínfima realizadas por autores desconocidos. También se potencian los títulos de Epic y los de Marvel UK, la sucursal de la editorial en Inglaterra, y se lanza una nueva línea de colecciones bajo el epígrafe Marvel 2099, con versiones futuristas de Spider-Man o Punisher. En total, Marvel pone cada mes ciento cincuenta títulos en el mercado, una cantidad nunca vista. A los ejecutivos de la Casa de las Ideas ni siquiera les interesa que vendan. Prefieren perder dinero si ello sirve para ahogar al competidor. Las librerías especializadas caen en la trampa al principio, pero a largo plazo se encuentran con un stock que nadie quiere comprar, material inamovible cuyo destino final es el saldo.

 

Los fundadores de Image. Foto perteneciente al libro Image Comics. The Road To Independence (Twomorrows Publishing)

En detrimento de las compañías independientes, los establecimientos aumentan también sus pedidos a Image. Saben que van a vender medio millón de ejemplares de cada colección y que el margen de beneficio sobre el precio de portada es más alto que con Marvel. Sin embargo, Image abusa de una táctica comercial que acaba por pasarle factura. La editorial de Jim Lee anuncia títulos que luego retrasa o que nunca aparecen. Los cinco primeros números de WildC.A.T.S, por ejemplo, tardan un año y medio largo en publicarse. La consecuencia inmediata es que las tiendas tienen su dinero paralizado. Los aficionados, por cierto, son casi los mismos de siempre. Existe un nuevo fan, sí, pero compra cómics porque están de moda, y compra básicamente Image. “Nuestros tebeos son los de Image; los de nuestros padres eran los de Marvel y los de nuestros abuelos los de DC”, explica. La explosión de ventas propiciada primero por el lanzamiento de Spider-Man, X-Force y X-Men y luego por los títulos de Image no se traduce en un aumento significativo del público consumidor, sino del mercado especulador. ¿De qué sirven varios millones de copias del X-Men 1 esperando a que su precio se cotice por las nubes si no hay siete millones de posibles compradores? La situación pone contra las cuerdas a las pequeñas editoriales. DC se mantiene en un puesto de privilegiado observador, respaldada por el poder de Warner, su empresa propietaria, aunque eso no le impida dar un campanazo en los medios de comunicación con la muerte de Superman (Superman 75, I 93). Entretanto, Image y Marvel siguen adelante con su escalada bélica.

 

Desde California, Jim Lee y los suyos preparan la contraofensiva. Tiran de agenda telefónica y llaman a todo dibujante Marvel mínimamente comercial. Son la legión de jovencitos imitadores que ha sacado Bob Harras de debajo de las piedras. Hola, soy Jim Lee. ¿Te gustaría dibujar para nosotros? No me importa lo que te paguen. Nosotros te pagamos el doble. Casi todos aceptan. ¿Cómo van a decir que no a Jim Lee, si de mayor quieren ser como él? Las condiciones monetarias también ayudan. Artistas que cobran ciento cincuenta dólares por página en Marvel pasan a ganar entre trescientos y cuatrocientos en Image. “Marvel es nuestra plantación de algodón”, declara entonces Todd McFarlane. “Nos pasamos por allí cada vez que necesitamos negros, vemos lo que nos gusta y nos lo llevamos”. Marvel busca dibujantes, los educa, los cuida, los lanza a la fama. Image los contrata y los convierte en estrellas. ¿Por qué dibujantes, y no guionistas? “Los dibujantes no necesitamos guionistas”, sostiene McFarlane.

Las chicas de La Patrulla-X según Art Thibert, uno de los clones de Jim Lee

Cada uno de los dibujantes aprovechables que consigue la Franquicia Mutante le son arrebatados poco después. Harras se ve obligado a rellenar los huecos como buenamente le dejan. No puede promocionar jóvenes promesas porque acaban fichadas por Image, pero tampoco puede utilizar artistas mediocres porque las ventas bajan. Su estrategia se traduce en probar nuevos talentos en números de relleno y annuales al tiempo que en las series regulares emplea autores de perfil corporativo, esa buena gente cuya fidelidad a la empresa está por encima de cualquier oferta tentadora. Eso sí: ahora sabe, gracias a su experiencia con Jim Lee, que la fidelidad merece recompensa. En concreto, los hijos de Joe Kubert firman contrato con Marvel por medio millón de dólares anuales, sin contar los incentivos provenientes de las ventas. Andy Kubert pasa a X-Men (XM 14, XI 92), y Adam Kubert a Wolverine (WOL 75, XI 93). Bob Harras llama también a John Romita Jr. para rellenar el hueco dejado por Brandon Peterson en Uncanny (UXM 300, V 93). En X-Factor sustituye a Jae Lee por Joe Quesada (XF 87, II 93), y en X-Force a Mark Pacella por Greg Capullo (XFO 15, X 92). Cuando Capullo cae en las redes de McFarlane lo cambia por un desconocido y prometedor chaval llamado Tony Daniel (XFO 28, XI 93). El futuro de éste último también pasa por cierta oficina en California.

X-Force, según Tony Daniel

Marvel utiliza como arma incluso los trucos del enemigo. Se sirve de portadas dobles, de portadas con hologramas, de portadas troqueladas, de portadas en relieve, de portadas con tintas metálicas; aumenta las colecciones hasta el infinito y más allá; mejora el papel; sube los precios; multiplica los crossovers y dobla las apariciones en otras series de sus personajes más populares. Lobezno manifiesta un nuevo poder mutante antes desconocido, la ubicuidad. Puede estar al mismo tiempo en su propia colección, en Uncanny y en X-Men, en Marvel Comics Presents, en el especial que toque ese mes (casi siempre explorando situaciones de su pasado que se contradicen las unas con las otras) y como invitado en multitud de títulos. Puede estar allá donde se requiera su presencia. Más que nunca, Lobezno es el mejor en su trabajo. Más que nunca, su trabajo no resulta agradable.

 

Conforme pasan los meses, los autores acaban sometidos a una férrea disciplina cuasi militar. Alguien analiza con lupa las ventas de Excalibur. Son buenas, por encima de la mayoría de títulos Marvel. Pero hay un problema: por debajo del resto de los títulos mutantes. Debe resolverse. ¿Cómo es posible que Excalibur venda doscientos mil ejemplares si X-Men vende seiscientos mil? Sólo hay una respuesta posible. La X de Excalibur no es todo lo grande que debiera; En Excalibur no sale Lobezno. En Excalibur no aparece la Patrulla-X. En Excalibur no hay crossovers. Por otra parte, Harras y sus chicos tienen un pequeño problema con su autor. Alan Davis cuenta historias. Alan Davis explica la cronología completa de Fénix en un único número. Alan Davis tiene ideas, las desarrolla y las concluye. No hay nada malo en eso, pero son argumentos que se podrían aprovechar mucho mejor en las series principales. ¿Cómo es posible que Excalibur salve al universo y la aventura no se desarrolle en un crossover? ¿Quién se cree Alan Davis que es? Las presiones aumentan. Nos gusta mucho Excalibur, pero la Patrulla-X debería aparecer más, dicen. Nos gusta mucho Excalibur, pero nos gustaría todavía más si la colección no estuviera tan aislada de las otras series mutantes, insisten. Nos gusta mucho Excalibur, pero la aparición de Mariposa Mental (EX 55, X 92) no la has coordinado con nosotros, protestan. Finalmente, ante la incapacidad de narrar sus aventuras con un mínimo de libertad, Davis dimite junto con el editor Terry Kavanagh (EX 67, VII 93). La edición de la serie recae entonces en manos de Harras, quien cede los guiones a Scott Lobdell. En el ámbito artístico, Excalibur se convierte en un campo de pruebas para nuevos dibujantes, mientras que en el argumental Lobdell prepara, como no, el siguiente crossover.

Todo vale en la Casa de las Ideas, reconvertida en la Casa de los Líos. Entre los títulos con los que Marvel invade las librerías se sitúan varias miniseries mutantes, en concreto las dedicadas a Masacre (Deadpool 1-4, VIII-XI 93), Dientes de Sable (Sabretooth 1-4, VIII-XI 93) o Gambito (Gambit 1-4, XII 93-III 94), y dos colecciones regulares, X-Men Unlimited (VI 93) y Cable (V 93). La primera, con sesenta y cuatro páginas y periodicidad trimestral, pretende “contar esas historias que no tienen cabida en otro sitio”. En realidad, X-Men Unlimited sirve sobre todo para desfogar a nuevos dibujantes, como Chris Bachalo (XMU 1, VI 93) o Jan Duursema (XMU 2, IX 93). El lanzamiento de Cable supone un problema para su guionista, Fabian Nicieza, obligado a cambiar argumentos ya preparados para X-Force. Nicieza aprovecha la nueva colección para dar a conocer el dramático mundo del que procede el protagonista. Por primera vez, se atisba una cierta evolución hacia una mayor serenidad y trascendencia. Aparecen un hijo y una esposa fallecida mientras se señala a Apocalipsis como principal responsable de que el siglo XXXVIII sea un auténtico infierno. También se aclara que Cable es Nathan Summers, el hijo de Cíclope, mientras que Dyscordia es un clon, y no al revés, como se insinúa en La canción del Verdugo.

1993. DE CUANDO LOBEZNO SE QUEDÓ SIN ADAMÁNTIUM

Es invierno de 1993. Bob Harras reúne a la legión de autores-X. Cada cierto tiempo es necesario juntar a todos alrededor de una mesa para discutir el desarrollo general de la franquicia, escuchar sus quejas, ideas y propuestas, y planear aquello que van a hacer durante los siguientes doce meses.

Lo más importante, claro, es el crossover anual. Lo que ocurre en cada una de las series mutantes está supeditado al dichoso crossover anual. Durante el resto del tiempo, cada guionista tendrá que confluir la trama de su serie hacia tal acontecimiento. Luego, si le queda algo de espacio, deberá incluir referencias a las otras colecciones. Ya, en última instancia, incluso pueden permitirse alguna historia propia.

El gran crossover de este año, Atracciones fatales, trae el retorno de Magneto en el treinta aniversario de la publicación del The X-Men 1 de Stan Lee y Jack Kirby. Bueno, según Claremont, Magneto murió en XM 3, pero, qué narices, sigue siendo el mejor villano susceptible de resurrección. Lo que quiere Harras es que no sea otra historia de Magneto vuelve.

 

-¿Se os ocurre algo?

 

Empieza a hablar Fabian Nicieza, guionista de X-Men y X-Force, quien tiene más o menos claro qué hacer con los Acólitos, y con el Coloso traidor. Poco a poco, los demás se van animando. También están Ben Raab, Suzanne Gaffney y Lisa Patrick, de la Oficina-X, Scott Lobdell por Uncanny, Larry Hama por Wolverine, y Peter David por X-Factor. David está callado y cómodo en su silla mientras todos los demás se interrumpen los unos a los otros. Entonces, se incorpora y, con voz tranquila, dice:

 

-Oye, No entiendo por qué Magneto va a pelearse con Lobezno. ¿Por qué no hacemos que le saque el adamántium de una puñetera vez?

 

Silencio.

Más Silencio.

 

-Ey, era un chiste. Podéis reíros. De verdad, a mí me parece una idea horrible.

 

Bob Harras pone su mano derecha sobre el mentón.

 

-Uhm-, dice.

 

XM 25 (X 93). La Patrulla-X con Xavier a la cabeza lucha contra Magneto y sus acólitos en Avalón, el nuevo cuartel general del Amo del Magnetismo. El desarrollo del cómic parece calcado del XM 3, hasta que surge un repentino giro argumental. Página treinta y una. Lobezno se arroja sobre el Amo del Magnetismo con la intención de destriparlo. Está fuera de control y puede incluso asesinarle. Página treinta y dos. Magneto responde utilizando su poder. “Nunca más, Logan. Ha terminado para nosotros. Nuestra larga asociación, mi más visceral enemigo, mi más respetado adversario ha terminado” dice. Página treinta y tres, viñeta cinco. Magneto extrae el adamántium del cuerpo de Lobezno. Página cuarenta y dos. Logan se retuerce de dolor y queda tendido en el suelo. “Somos actores de una tragedia más grande que todos nosotros. Una tragedia llamada vida, Logan. Pero hoy, para ti, y quizás también para mí, la cortina cae y el juego termina”. Páginas treinta y cinco y treinta seis. El Profesor-X desconecta de manera literal el cerebro de su enemigo. Página treinta y ocho. La Patrulla-X regresa a casa mientras el cuerpo del Amo del Magnetismo queda al cuidado de Coloso.

Atracciones fatales funciona como una historia cuyas partes pueden ser leídas de forma independiente. Cada episodio del crossover es doble y abarca, en orden cronológico, los XF 92 (VII 93), XFO 25 (VIII 93), UXM 304 (IX 93), XM 25 (X 93), WOL 75 (XI 93) y EX 71 (XI 93). A la base inicial de la saga, centrada en un primer momento en el regreso de Magneto, la traición de Coloso y el debut de Amelia Voght, una antigua amante de Xavier ahora afiliada a los Acólitos, se suma la tragedia particular de Lobezno. El XM 25 resulta impresionante por la escena antes mencionada, pero el WOL 75 adquiere mayor importancia. En un relato cargado de emoción que demuestra tanto su amor al personaje como una inmensa capacidad narrativa, Larry Hama explica las consecuencias inmediatas de que Logan pierda el adamántium. Si el preciado metal es prescindible, cosa distinta sucede con las garras. Sorpresa: siguen ahí, siempre han estado ahí, ya que forman parte de su cuerpo. “Son de hueso porque debo haber nacido con ellas”, concluye Lobezno, quien abandona la mansión en la última página del relato. “¡Voy a iniciar una nueva fase de mi vida! ¡Una nueva aventura!”, anuncia mientras se pierde en el horizonte a bordo de su Harley Davison. Esperan, efectivamente, nuevas aventuras con un tono apropiado de road movie en las que Logan se enfrenta a su nueva situación a la vez que crece su salvajismo.

 

Resulta paradójico que el hombre que sugiere la idea central de Atracciones fatales dimita un par de meses antes del comienzo del crossover. Peter David abandona la Franquicia Mutante por razones similares a las esgrimidas por Alan Davis. El guionista de X-Factor, como hiciera el autor de Excalibur, denuncia presiones por parte del equipo de Bob Harras encaminadas a torpedear su labor en la colección. David se queja del exceso de dibujantes de segunda fila con los que tiene que trabajar por el mero hecho de que Harras necesite probarlos de cara a posibles sustituciones en las otras series. Por otra parte, el guionista arrastra viejos reproches surgidos durante la realización de La canción del Verdugo y aparcados ante la promesa por parte de Harras de no obligarle de nuevo a dejar de lado las tramas argumentales de X-Factor en beneficio de futuros crossovers. La gota que colma el vaso es una saga que David ha de terminar un mes antes de lo previsto para evitar que se solape con el episodio de X-Factor dedicado a Atracciones fatales. “Quieren que corte mi historia y escriba la suya”, se queja. “Estoy muy apenado, pero sencillamente no puedo seguir bajo estas condiciones. Valoro demasiado el apoyo de los lectores como para hacer historias cuyo resultado va a ser inferior al habitual”. El guionista siente que si participa de la situación estará diciendo a sus seguidores: “Vale, de acuerdo. Pasemos de un dibujante regular. Pasemos de historias coherentes. Pasemos de los lectores. Da igual. X-Factor es un cómic de mutantes. Lo comprarán de todas maneras”

Scott Lobdell, siempre al rescate de su jefe, termina la saga comenzada por David (XF 91, VI 93) y escribe la parte de Atracciones fatales correspondiente a X-Factor. A partir del XF 93 (VIII 93), J. M. DeMatteis se hace cargo de los guiones, aunque tampoco dura demasiado (XF 106, IV 94). El momento exige hombres como Lobdell, un fiel a la causa que no tiene inconveniente en denunciar a cada uno de los insurrectos que se desvíen un milímetro de la doctrina oficial impartida por el amado líder. Como recompensa, Harras le premia con una miniserie sobre la infancia de Cable en el siglo XXXVIII (The adventures of Cyclops and Phoenix, V-VIII 94). La historia de esa miniserie difiere de los esquemas de Nicieza, que no entiende qué diablos hace Lobdell escribiendo sobre un personaje del que no tiene ni idea y por el que ni siquiera se molesta en preguntarle. Por otra parte, a la hora de asignar dibujante, la miniserie se lleva al estupendo Gene Ha, mientras que la colección regular de Cable malvive de artistas de segunda fila cuya calidad oscila entre lo mediocre y lo lamentable. Nicieza se siente ignorado primero y ninguneado luego. Cuando tiene oportunidad de comentarlo con Harras, éste le responde: “Trabajas demasiado, Fabian, y el resultado se resiente”. Al día siguiente, Nicieza entrega el guión del CB 9 (III 94). “Tienes toda la razón del mundo, Bob. Trabajo demasiado. Por eso este es mi último guión para Cable. Dejo la serie ahora mismo”. Pensando en su hija recién nacida, Nicieza se queda, no obstante, tanto en X-Men como en X-Force, colecciones que le aseguran dinero de sobra para pagar las facturas. Al final ha comprendido que en la Oficina-X no te contratan para escribir, sino para juntar piezas de un puzzle. Una pequeña parte de esas piezas están en tus manos, el resto en las de otros. Por encima de cualquier baile de autores, una cosa queda clara. Scott Lobdell es el chico favorito de Bob Harras, a quien escucha y pregunta, a quien asigna el trabajo sucio porque sabe que va a resolverlo sin problemas. Por eso se gana el derecho a preparar su propia colección mutante con personajes propios por los que cobrar royalties. Harras sólo pone una condición, que se titule The New Mutants, para que así Marvel pueda mantener el copyright sobre el anterior nombre de X-Force. Sin embargo, a Lobdell no le interesa recuperar el concepto de los bebés-X.

 

-Ok, Bob. Escribiré el nuevo título, pero quiero que se llame Generation-X. Es mucho mejor que The New Mutants. Suena como X-Men: the next generation. Acuérdate de cuando salió el libro de Douglas Coupland. A todas horas había debates en televisión sobre “la generación x”.

-De acuerdo. Me has convencido. Que se llame como te apetezca.

1993. EL PINCHAZO DE LA BURBUJA DE LOS CÓMICS

Es otoño de 1993. Después de una década de subidas ininterrumpidas y tres años de ventas desorbitadas, las editoriales ven las orejas del lobo. A pesar de su portada completamente metalizada, en las tiendas especializadas se comen con patatas tres cuartas partes del millón de ejemplares que han pedido del Turok dinosaur hunter 1 (VI 93), publicado por Valiant. Es un síntoma, sólo un síntoma, de lo que se avecina. Un vistazo general a las ventas sirve para comprobar que han empezado a descender de forma inusitada.

 

Las anunciadas líneas de superhéroes de pequeñas compañías comienzan su andadura por debajo de las expectativas iniciales (Malibu) o se hunden en cuanto salen a competir con los grandes gigantes (Valiant). La Franquicia Mutante, que repite su posición de liderazgo mes a mes junto con los grandes éxitos de Image, se convierte en el termómetro perfecto para diagnosticar el estado de salud del paciente. Está enfermo, no cabe duda. Las cifras, que a finales de 1992 rozan los 750.000 ejemplares vendidos de Uncanny, retroceden por debajo de los 600.000. Es un dato preocupante, desde luego, pero la sangría es todavía mayor en títulos como X-Force o Excalibur. Lejos de estabilizarse, las ventas descienden mes a mes. Se lanzan menos colecciones mientras crece el número de las que se cancelan. El nerviosismo cunde en las esferas, donde solucionan cualquier atisbo de crisis a golpe de talonario. Marvel diversifica mercados con la compra de una empresa juguetera, Toy Biz, y otra dedicada a la comercialización de cromos y juegos de cartas, Fleer. Ya no buscan al público lector, sino al coleccionista.

 

La situación se traduce dentro de la Franquicia Mutante en una intensificación de los métodos utilizados con anterioridad. Nada más terminar Atracciones Fatales aparece Lazos de sangre, un crossover, otro más, que celebra el treinta aniversario de la creación de la Patrulla-X y los Vengadores (UXM 307, XM 26, The Avengers 368-369 y Avengers West Coast 101, XI-XII 93). Superado el compromiso, la generosidad de Harras llega a tal extremo que en X-Men ocurre un hecho relevante. Después de tres décadas de noviazgo, Jean Grey y Scott Summers pasan por la vicaría. Como viene ocurriendo a lo largo de todos esos años, Jean toma la iniciativa y es quien propone al chico dejar de vivir en pecado (UXM 308, I 94). Fabian Nicieza escribe el episodio de la boda, uno de los pocos de toda su etapa en X-Men de los que se siente orgulloso (XM 30, III 94). “Creo que es una buena idea para los personajes, y me alegro de poder tratarla desde una perspectiva adulta”, declara. Nada de villanos, pues, en un acontecimiento sin número doble ni cubierta plastifica. Como mucho, Marvel y Fox, la productora de la serie de dibujos animados dedicada a la Patrulla-X, imprimen unas invitaciones de boda, detalle simpático alejado de la que podría haber sido una enorme campaña de marketing. Tal vez por ello, pocos días después del XM 30, la Oficina-X recibe multitud de cartas con fans que aplauden la historia. Otro de los tebeos favoritos de Nicieza también pertenece a esta época. El UX 33 (V 94) conecta los años como ladrón de Gambito con el pasado de Dientes de Sable en un estupendo relato autoconclusivo que hace preguntarse qué sería de la strip si Nicieza contara con una mayor libertad creativa.

Dejando aparte estos casos concretos, sigue la tortura existencialista de los mutantes, que en actitud rayana en la vagancia pasan el día apoyados en las paredes de la mansión mientras se quejan de cuánto les teme y les odia la humanidad que han jurado proteger. Son tebeos, según Bob Harras, “de tratamiento de personajes”. Esto significa que un par de hombres-X dialogan sin decir realmente nada y sin que esos diálogos sirvan para diferenciar a los unos de los otros, especialidad en la que Lobdell se supera mes a mes. La explicación de éste es todavía más divertida que la de Harras: “He trabajado en terapias de grupo en campamentos de niños con problemas emocionales. Por eso hago tandas de cuatro o cinco episodios en los que no se pelea nadie y la gente se pasa el rato sentada y relacionándose”. Confesado su crimen, el guionista de Uncanny se responsabiliza también de La alianza Falange (UXM 316 y 317, XM 36 y 37, XF 106, XFO 38, EX 82 y CB 16, IX-X 94), saga en la que aparecen por primera vez los miembros de la futura Generación-X. El crossover se desarrolla con desigual fortuna hasta un final absurdo con el que Lobdell demuestra su escasa capacidad para resolver incluso historias propias.

Generation-X (GX) 1 (XI 94) supone una agradable sorpresa gracias a los dibujos de Chris Bachalo, un artista con fama de rarito proveniente de la línea Vertigo de DC. Lobdell pide su incorporación al proyecto después de ver algunas de sus páginas para el XMU 1. Bachalo acomete un trabajo fresco y agradable alejado del tono trascendente del resto de la Franquicia Mutante. Junto a Lobdell diseña unos personajes con cierta gracia estética en los que se ha exagerado el lado freak. Incluso la bella Paige Guthrie, hermana de Bala de Cañón, resulta bastante desagradable cuando utiliza su poder de cambio de piel. Luego está Cámara, un chaval torturado a causa de que la primera manifestación de sus habilidades mutantes destrozó la mitad de su pecho y gran parte de la cara. M, alias de Monet St. Croix, es la sex symbol de la tropa, aunque se echa a perder con su actitud ególatra; a Pellejo le sobran unos diez metros de piel, circunstancia que lo afea en extremo; Penitencia no puede tocar a nadie a riesgo de cortarle en cachitos por culpa de su cuerpo filoso… “Cada personaje tiene algo de mí”, explica Bachalo. “Pellejo es mi lado desagradable; M mi lado femenino; Paige es mi lado eficiente y limpio”. La parada de los monstruos se completa con los que pueden considerarse “normales”: Sincro, Mondo y Júbilo, esta última degradada a la segunda división mutante por un Harras que nunca la ha querido dentro de la Patrulla-X.

El nuevo equipo mutante forma la cuarta promoción de la Escuela del Profesor Xavier para Jóvenes Talentos. No obstante, Lobdell toma una decisión que acaba de una vez por todas con la condición académica del hogar de los hombres-X. De esta forma, la mansión de la Patrulla cambia su denominación por la de Instituto Xavier de Estudios Superiores, mientras que la escuela se instala en la Academia de Massachusetts de Emma Frost. La antigua Reina Blanca del Club Fuego Infernal pasa al bando de los buenos después de contemplar la muerte de todos y cada uno de sus anteriores alumnos, los Infernales (UXM 314, VII 94). Como contrapunto de Emma, tanto sexual como pedagógico, se trae de vuelta a Banshee, recuperado de las afecciones de garganta que causaran su retiro. “Quiero establecer un sentido de esperanza y optimismo que actualmente no se encuentra en ningún cómic. Generación-X no va a ser una Patrulla-X de reserva, sino una pandilla de chavales aprendiendo a utilizar sus poderes”, explica Lobdell, que sin el menor indicio de estar bromeando añade: “espero que Generation-X tenga unas repercusión parecida a la de Watchmen o Dark Knight”. Sin duda, este chico es un genio.

Mientras crece la familia mutante, Harras pone a su gente a la búsqueda de nuevos colaboradores. Lisa Patrick hace un par de llamadas y las preguntas de rigor:

 

-Tengo que hacerte cuatro preguntas. Primera: ¿estás disponible?

-Sí.

-Dos: ¿lees habitualmente las series de mutantes?

-Por supuesto, las llevo todas al día.

-Tres: ¿cumples los plazos de entrega?

-Sí, pregunta a cualquiera de DC.

-Cuatro: ¿sabes cómo se trabaja en la Oficina-X?

.No. No tengo ni idea.

-¡Has contestado correctamente a todas las preguntas!

 

Quien responde al teléfono es Jeph Loeb, guionista de películas como Commando o Teen wolf (ambas de 1985). Loeb, un fan del noveno arte que posee cada cómic publicado por Marvel o DC a partir de 1964, ha hecho algunos trabajos interesantes en la Distinguida Competencia. Patrick le conoce gracias a un especial de Batman ambientado en Halloween que le ha gustado mucho. Junto al dibujante Tim Sale, Loeb prepara una historia de complemento para el UXM Annual 18 (1994). Poco después se convierte en el guionista regular de Cable (CB 15, IX 94). En una reunión editorial conoce a Scott Lobdell, de quien pronto se hace amigo. “Voy a enseñarte cómo se escribe la Patrulla-X”, le dice éste en su primera conversación. Lobdell le explica básicamente cómo trabajar con Bob Harras y le ofrece la posibilidad de realizar diversos crossovers entre Cable y Uncanny. A partir de ese momento, la esperanza de Loeb es llegar a convertirse en el guionista de X-Men, por eso procura incluir en sus historias alguno de los hombres-X.

Suzanne Gaffney realiza idéntica llamada, pero al otro lado del Atlántico. Warren Ellis también contesta correctamente las cuatro grandes preguntas. Ellis viene de Inglaterra para escribir Excalibur (EX 83, XI 94). Tras unos meses a la deriva con ilustres desconocidos a su cargo, la serie necesita un nuevo rumbo. El nombre de Ellis empieza a sonar con fuerza en círculos especializados gracias a sus guiones oscuros llenos de humor negro, muy en la línea británica de autores como Alan Moore o Neil Gaiman. La misma Gaffney también se pone en contacto con Carlos Pacheco para encargarle una miniserie protagonizada por Bishop (Bishop 1-4, XII 94-III 95) que el gaditano realiza en compañía de John Ostrander, veterano guionista procedente de DC.

 

1995. BAJO LA SOMBRA DE ONSLAUGHT

Es primavera de 1995. Concluida La Era de Apocalipsis, las colecciones mutantes vuelven a la normalidad. Un puñado de detalles sirven para maquillar que el último crossover no ha tenido repercusión alguna dentro de la continuidad mutante. El único cambio palpable es que, donde antes había ocho colecciones regulares ahora hay una más, X-Man, dedicada al niño probeta que sustituyera a Cable durante la saga. Por lo demás, unos cuantos personajes surgidos del mundo de Apocalipsis han conseguido colarse en la continuidad Marvel. Algunos de ellos sirven, por ejemplo, para explicar la existencia de los Morlocks o de Genosha. Poco a poco la oficina de Harras recupera su dinámica habitual. Todavía colean algunas de las tramas estilo Guadiana que tanto se supone que gustan a los lectores. Entre ellas, los negocios pendientes entre Mister Siniestro y Gambito, la conflictiva relación de éste con Pícara, que Xavier tenga como huésped de la Mansión a Dientes de Sable o la posibilidad de que Lobezno recupere su adamántium. En la nueva temporada se añaden nuevos misterios por resolver, que van desde la aparición de Joseph, un tipo amnésico con la apariencia y los poderes de Magneto, a la vuelta de Coloso al bando de los buenos, aunque sea para afiliarse a Excalibur. De tapadillo, los guionistas preparan el siguiente crossover, en el que los mutantes se enfrentarán a Onslaught, una amenaza capaz de apalear al mismísimo Juggernaut pero de la que en ningún momento se ofrece indicación alguna sobre su aspecto, motivaciones o identidad real. Una vez más, Harras y su gente improvisan. No saben quién se oculta tras Onslaught, pero ya se les ocurrirá algo. Lo de siempre, vamos.

Sólo la incorporación de Mark Waid como escritor de X-Men (XM 51, IV 96) amenaza con romper la tendencia que Scott Lobdell imprime a la strip. Waid quiere sacar a los mutantes de la mansión, que pasen menos tiempo quejándose y más rato salvando al mundo de la peor crisis que pueda imaginarse. No es necesario que lo hagan todos los meses, pero sí de vez en cuando, como solían hacerlo años atrás. También propone coincidir la identidad de Onslaught con la del traidor al que se refiere la grabación que trajo Bishop del futuro según la cual un hombre-X asesinará a los demás. En su opinión, el traidor no puede ser ni Gambito, ni Bishop, ni ningún otro sospechoso habitual. Debe ser la persona que nadie espere: Charles Xavier.

La teoría de Waid tiene un fallo, ya que la grabación de Bishop da a entender que los hombres-X conocen al traidor desde hace muy poco tiempo. Ocurre que Waid encuentra una forma de resolver el problema. Con extremada habilidad, el guionista cambia por completo el sentido de las palabras de Jean Grey, para lo que se sirve de la estática que las interrumpe varias veces. Así, la primera vez que se escucha la cinta (UXM 287, IV 92) Jean dice: “…traicionados por uno de los nuestros. (estática) Profesor Xavier (estática) el primero en morir (estática) culpa nuestra. En realidad nunca debimos confiar en (estática) sabíamos tan poco de (estática)”. Cuatro años después, Waid llena los huecos de la siguiente forma: “Traicionados por uno de los nuestros. (Por increíble que parezca, el) Profesor Xavier (se ha vuelto loco. Por lo que sé, Juggernaut fue) el primero en morir. (Sólo quedo yo para mandar este mensaje. Es) culpa nuestra. En realidad nunca debimos confiar en (que el hecho de apagar la mente de Magneto no tuviera efectos secundarios) sabíamos tan poco de (los daños psiónicos que provocaría)…”. Brillante.

 

“Creo con firmeza que el Profesor-X tiene una lado oscuro”, explica Waid. “Ningún hombre puede ser el santo que se supone que es Charles Xavier. Tal vez él no se dé cuenta, pero para proyectar esa imagen se ha pasado toda su vida adulta reprimiendo cada rabia, cada pasión, cada prejuicio, cada mal pensamiento que ha experimentado”. Indagando sentimientos reprimidos, en el TXM 3 localiza un ¿inocente? pensamiento de Xavier. “No puedo evitar preocuparme por alguien a quien quiero”, sostiene el Profesor-X, refiéndose a Jean Grey. “Pero no se lo diré. No tengo derecho. No mientras sea el líder de la Patrulla-X y esté confinado en esta silla de ruedas”. El sentimiento carnal del Profesor-X hacia su alumna aparece por primera y última vez en esa única viñeta, olvidada durante treinta años hasta que a Waid se le ocurre desempolvarla.

La solución al enigma del traidor cae como una bomba en la Oficina-X. Les gusta mucho, pero tienen miedo. Supone colocar al calvo en una posición tras la que es muy difícil dar marcha atrás. La utilizarán, pero con matices. Ha de quedar muy claro que Onslaught surge de la fusión del lado oscuro de Xavier con el de Magneto. Después de Onslaught, Xavier pasará un tiempo alejado de sus queridos alumnos, pero luego volverá, porque siempre vuelve. De aplicar al pie de la letra la solución de Waid, el alejamiento tendría que ser permanente. Al final, la identidad de Onslaught difiere tanto del concepto inicial que llega incluso a cobrar autonomía propia e independiente de Charles Xavier, y como tal actúa en la fase final del crossover. Bajo la identidad del Profesor-X sólo aparece en los tebeos escritos por Waid, a quien molesta la forma en la que Harras y compañía retuercen su idea hasta dejarla en una historia políticamente correcta. “¿Magneto? ¿Qué tiene que ver Magneto con todo esto?”, se pregunta. Al cuaderno de los agravios añade las constantes disputas que tiene con Lobdell. Empiezan el día en el que éste le hace la misma oferta que planteara en su momento a Jeph Loeb:

 

 

-Mark, si eres bueno te enseñaré cómo hay que escribir la Patrulla-X.

-No hace falta, Scott. Creo que me las apañaré yo solo.

 

Waid no entiende nada. Fue él quien introdujo a Lobdell en el mundillo, un detalle que su compañero ha debido olvidar. Es él quien recibe toda clase de alabanzas por sus historias en Flash o Captain America, mientras que Lobdell no consigue más que palos por parte de la crítica especializada. ¿Por qué viene ahora con esas tonterías? ¿Quién se cree que es, el dueño y señor de la Patrulla-X? ¿Cómo se atreve a ir dando credenciales de escritor a nadie? Durante un tiempo, Waid hace lo que puede para cohabitar con Lobdell, pero las circunstancias acaban por vencerle. Una vez concluido su contrato inicial de seis meses, convence a Andy Kubert, dibujante de X-Men, para que ambos se embarquen en un nuevo proyecto, una colección dedicada a Ka-Zar. No quiere saber nada de la Oficina-X ni de su gente. Antes trabajaría en un McDonalds. La noticia alegra a Lobdell. Está harto de “ese puto gordo cabrón que no tiene ni puñetera idea de escribir”. Esta frase la repite palabra por palabra allá donde le dejan un micrófono o encuentra un periodista.

La de Mark Waid, no es la única baja de la Franquicia Mutante. Jeph Loeb, harto de esperar que le den los guiones de X-Men, sigue sus pasos. Para reemplazar a ambos, Harras recurre a viejos editores, como Terry Kavanagh o Ben Raab. El primero demuestra que haber sido un excelente director de colección no se traduce necesariamente en escribir luego bien. Las habilidades de Raab en uno u otro trabajo todavía están por descubrirse. Los guiones que Kavanagh escribe para X-Man son torpes, repetitivos y carentes de interés. A su lado, los Uncanny de Lobdell pueden calificarse de obra maestra. Sólo el que Harras sea amigo de Kavanagh ayuda a este último a conservar su puesto de trabajo.

1996. HEROES REBORN HACE SALTAR TODO POR LOS AIRES

Es otoño de 1995. Los problemas financieros de Marvel siguen agravándose al tiempo que el resto de la industria del tebeo americano acompaña a la Casa de las Ideas en su viaje al abismo. “Juntos permanecemos, divididos caemos”, gritan todos. Marvel y DC se alían para preparar un crossover conjunto a la vez que  DC, Image y Dark Horse acuerdan distribuirse en exclusiva a través de Diamond Comics. Editoriales más pequeñas hacen un pacto similar con Capitol. El recién llegado presidente Jerry Calabrese repasa los resultados financieros de Marvel desde que fuera comprada por Perelman. Tres millones, siete millones, ocho millones… Esta editorial vendía millones de ejemplares de X-Men en 1991. ¿Por qué ahora sólo vende medio millón? ¿Qué ha pasado aquí? Calabrese enciende la máquina de pensar. Enseguida identifica el problema. Todd McFarlane, Jim Lee, Rob Liefeld. Estos señores vendían millones y nos los dejamos escapar. Hay que contratarles otra vez. Y todos nuestros problemas se habrán resuelto.

 

Es 14 de diciembre de 1995. Jim Lee y Rob Liefeld anuncian su retorno triunfal a Marvel. La misión que han aceptado consiste en relanzar a los Cuatro Fantásticos y los Vengadores, cuyas colecciones siguen publicándose hasta ahora por una simple cuestión de prestigio. Un intento similar de que Todd McFarlane regrese a Spider-Man queda en el olvido ante la negativa tajante del creador de Spawn a volver a la editorial que detesta desde lo más profundo de su alma. Con Heroes Reborn, los chicos de Image van a rehacer el origen de los personajes. Marvel lo único que tiene que hacer es tirar por la borda sus treinta años de continuidad para recomenzar desde el número uno las cuatro series que contempla el contrato. Eso o nada. “¿Dónde hay que firmar?”, pregunta Calabrese. La operación se cierra en los despachos, de espaldas al staff creativo de la empresa. Ese mismo mes, el presidente de Marvel da por concluido el periodo de interinidad sufrido por la compañía desde la destitución de Tom DeFalco. Calabrese nombra a Bob Harras nuevo director editorial, ya que sus colecciones son las únicas que han mantenido el tipo mientras que el resto se despeñaba en el Top 100 de ventas. La última reunión que Harras celebra con su gente de la Franquicia Mutante está dedicada a la modificación del final de la saga de Onslaught. Los grandes héroes del Universo Marvel tendrán la despedida que se merecen, el sacrificio que se merecen, la muerte que se merecen. Lo que en un principio era un crossover más de la Patrulla-X y sus colecciones aledañas se convierte en el evento de la década. Los mutantes rompen con el aislamiento al que viven sometidos en los últimos años para recibir en casa al resto de sus compañeros del Universo Marvel. No es una visita de cortesía, sino la antesala del fin. “He hecho mi trabajo. Fui testigo de una maravilla única. Un lapso de tiempo en que campeones de leyenda arriesgaban a diario sus vidas para combatir las fuerzas del mal y la tiranía. Una era en que la medida de un héroe no la daba su fuerza, sino su nobleza. Esa era ha terminado”, pone Mark Waid en boca del Vigilante (Onslaught: Marvel Universe, X 96). Los Vengadores y Cuatro Fantásticos derrotan a Onslaught a costa de caer en las garras de Jim Lee y Rob Liefeld. La Patrulla-X y la opinión pública les cree muertos, pero la parca sería algo demasiado piadoso en comparación con el castigo impuesto por los ejecutivos de la editorial. A pie de obra, cunde el desencanto entre quienes han liderado durante los últimos años la guerra contra Image. “No sólo nos han vencido, también se han quedado con nuestro Universo”, dice alguien. El enemigo duerme con nosotros, Bob Harras es el primero que lo sabe. Para lavar su conciencia, el nuevo director editorial impulsa propuestas como Thunderbolts, Deadpool, Ka-Zar o Heroes for Hire. Todas ellas tratan de recuperar un pasado glorioso con historias que contar y personajes con los que emocionarse.

 

 

Es primavera de 1996. Bob Harras deja la Franquicia Mutante en manos de Mark Powers, antiguo ayudante de Terry Kavanagh. Scott Lobdell escribe ahora tanto X-Men como Uncanny, situación inédita hasta el momento que deja al descubierto las precarias habilidades del guionista para sostener en solitario ambas Patrullas. Lobdell vuelve por sus fueros habituales con historias que no cuentan nada y mutantes que se quejan mucho. “Estoy explorando cómo se comportan los mutantes sin el Profesor-X”, dice, pero todo es falso y redundante. Nunca explica las ausencias de los personajes, apunta ideas que no resuelve o se olvida por completo de tramas enteras. En general, las colecciones mutantes viven una temporada baja. Aquéllas con un cierto atractivo, como X-Force, Cable o X-Man, caen en una peligrosa desidia. Warren Ellis consigue que Excalibur sea de nuevo interesante, pero su etapa concluye demasiado pronto (EX 103, XI 96). El grupo británico cae luego en manos de Ben Raab, quien cada mes compite con Terry Kavanagh por el título de peor guionista del cómic mundial. La fuga de Chris Bachalo de Generarion-X (GX 6, VIII 95) pone de manifiesto que todo el interés de la colección reside en su creador gráfico, obligado a volver poco después (GX 16, VII 96). Incluso Larry Hama en Wolverine comienza a mostrar claros signos de cansancio, que se acentúan cuando pierde los lápices de Adam Kubert (WOL 102, VI 96). Como en los últimos tiempos de Claremont, los mutantes siguen adelante por pura inercia. Cada día se hace más necesario un cambio. En X-Men, Carlos Pacheco sustituye a Andy Kubert (XM 62, III 97). El español realiza una obra sin tacha, pero esos guiones no la merecen.

 

Es otoño de 1996. Las dos colecciones de Heroes Reborn asignadas al equipo de Jim Lee tienen un comienzo espectacular sin alcanzar ni de lejos las cifras millonarias de 1991. Hacia el tercer número se desinflan. Las de Liefeld ni siquiera consiguen el arranque esperado. La operación firmada por Calabrese se califica de éxito relativo, pero el balance de cuentas sigue en números rojos. Ron Perelman despide a Calabrese y pone en marcha un plan de saneamiento para la Casa de las Ideas que pasa por disgregar las partes rentables de la compañía y prescindir de las deficitarias. Con el fin de evitarlo, un grupo de accionistas minoritarios liderados por Toy Biz interpone una demanda contra Perelman, quien debe dinero a todos ellos. El 27 de diciembre, el juez aprueba una suspensión de pagos de un año, tiempo en el que la compañía no está obligada a pagar sus deudas. Perelman no tarda ni tres meses en anunciar su rendición. Después de ocho años al frente de Marvel, decide que el negocio de los tebeos no es lo suyo. Retira su plan de saneamiento, saca todo su dinero y abandona la compañía, que queda en manos de los socios menores. Éstos dan un giro editorial inmediato encaminado a que el mercado recupere la confianza en la Casa de las Ideas que empieza con la vuelta a la distribución a través de Diamond.

Es primavera de 1997. Marvel anuncia que no renovará el contrato por un año firmado con Jim Lee y Rob Liefeld. Superado el mal trago y con las manos algo más libres, Harras decide que ha llegado la hora de una profunda renovación tanto de los personajes retenidos por la gente de Image como de los mutantes. El director editorial contrata a autores de prestigio para rescatar de la muerte a Vengadores y Cuatro Fantásticos mientras que para la Franquicia Mutante prepara una remodelación de arriba abajo que pone a temblar a unos cuantos guionistas con síndrome de funcionario. Una mañana, Scott Lobdell se acerca a su despacho:

 

-Bob, ¿verdad que no estás pensando en sustituirme por Chris Claremont?

-Noooo, nada de eso. ¿Cómo se te ocurren esas cosas?

-Lo he leído en Wizard.

-Pues no es verdad. Te lo prometo. Además, esas decisiones las toma ahora Mark Powers. Habla con él.

 

Mark no sabe nada, o eso dice. Harras sin embargo ha escuchado los insultos y descalificaciones que Lobdell va diciendo por ahí de Mark Waid. No está nada contento con esa actitud que enturbia las buenas relaciones de la empresa con los autores. Llama a Waid, le ofrece disculpas e incluso el despido fulminante de Lobdell. “No hace falta. Es tentador, pero no. Gracias de todas formas”, responde el guionista. Pocas semanas después, Harras vuelve a convocar a Lobdell. Tiene una recompensa por todos estos años de sacrificio.

 

-Vas a escribir The Fantastic Four.

-Jo, Bob. No sé que decir. Muchas gracias.

-De nada. Por cierto, también vas a dejar las colecciones mutantes.

 

1997. JOE KELLY Y STEVEN T. SEAGLE EN LA PATRULLA-X

El director editorial Bob Harras acaba de hablar con Joe Kelly, un guionista recién llegado al negocio que ha sorprendido a todos por su divertido trabajo en Deadpool. Le ha ofrecido escribir X-Men y ha aceptado, así de simple. También está buscando a alguien para Uncanny. Visto el tamaño alcanzado por el ego de Lobdell una vez convertido en el único guionista de los dos títulos principales, Harras prefiere volver a la cohabitación. En días sucesivos, contrata a Steven T. Seagle, quién al igual que Kelly, apenas lleva unos meses en Marvel, donde se ocupa de la nueva serie dedicada a Alpha Flight. Sólo ha hablado una vez con él, pero la conversación se le ha quedado grabada.

 

-Steve, déjame que te pregunte algo… ¿Qué te parece la Patrulla-X?

-Bueno, cuando era crío me encantaba. Pero ahora me parece una mierda.

-¿Y eso?

-Es una lata. Nunca pasa nada.

 

 

Los cambios en la franquicia se completan con el trasvase de Larry Hama desde Wolverine (WOL 118, XI 97) a Generation-X (GX 33, XII 97); la entrada de Chris Bachalo en Uncanny para sustituir a Joe Madureira, y la llegada de James Robinson a Cable (CB 44, VI 97). Por primera vez en muchos años, los responsables de las colecciones-X salen a pescar autores prestigiosos que han triunfado en anteriores trabajos. Tanto Bachalo como Seagle vienen de Vertigo, la línea adulta de DC. Robinson despunta como uno de guionistas más sólidos de los noventa. Desde 1992, no ha importado quién escribiera X-Men. Ahora el énfasis vuelve a estar puesto sobre la parte creativa. ¿Ha llegado la hora de recuperar la gloria y el orgullo perdidos? Eso es lo que piensan los nuevos capitanes de Marvel, que abren conversaciones con antiguos colaboradores de la Casa de las Ideas. Una de las primeras personas con las que contactan es Chris Claremont. El viejo Patriarca Mutante se ha pasado los últimos años preparando novelas mientras hacía contadas incursiones en el mundo del cómic. La única serie regular que ha guionizado en todo este tiempo es Sovereign Seven, por la que ha recibido pésimas críticas, escasa atención del público y una continuidad en su publicación por parte de DC debida más al nombre del autor que a los escasos beneficios de la obra. “¿Le gustaría volver a X-Men?”, le preguntan en cada entrevista que concede. Nunca hay un no rotundo, sólo condiciones. Que todo vuelva a ser como antes, que pueda hacer y deshacer a su antojo, que el control vuelva a sus manos. Condiciones imposibles de satisfacer.

Ahora Marvel vuelve a llamar a su puerta. Le dicen que las cosas han cambiado, que pretenden recuperar la ambición por ser los mejores, tanto en el aspecto creativo como en el comercial. Han descubierto que la empresa lleva años cometiendo enormes fallos que deben ser solucionados. Se acabaron las portadas con truco, se acabaron los crossovers sin sentido. Vuelven las buenas historias bien dibujadas como primer paradigma para alcanzar el éxito comercial. Por eso le piden que regrese a casa, no para escribir la Patrulla-X, como a él le gustaría, sino para ser el vicepresidente de la empresa, un puesto sólo por debajo del que ahora goza Bob Harras. Su misión, si decide aceptarla, señor Claremont, consistirá en coordinar a los editores para ayudarles a crear el tono general y la estructura del Universo Marvel. También supervisará proyectos e impulsará la búsqueda de promesas emergentes. Demasiado bonito para negarse. Qué diablos, ningún odio eterno dura mil años, y ya han pasado siete desde la última vez que entró en el 387 de Park Avenue. Y Chris Claremont, el expulsado a las tinieblas exteriores que lleva más de un lustro echando pestes de Marvel, regresa como si nada hubiera pasado. Y Chris Claremont, el escritor maldito arrinconado por los malvados editores, se convierte en el ojo acechante que vigila cada una de las acciones de esos editores. Y Chris Claremont, el creador de las tramas infinitas, acaba obligando a todos los guionistas de la Casa de las Ideas a realizar historias autoconclusivas. Y Chris Claremont, comprobado que no puede vencer al enemigo, se va a tomar café con él. No cabe duda. El destino juega a provocar. Scott Lobdell lo comprueba en sus propias carnes. Lobdell deja la Franquicia Mutante con la promesa de un futuro mejor en The Fantastic Four. Después de escribirla durante tan sólo tres meses, le sustituyen por Claremont, su predecesor en X-Men. ¿Justicia poética, tal vez? Tal vez no, porque el encargo llega al Patriarca Mutante en mal momento, con unos primeros números que parecen obra de un principiante, por no hablar de los cuatro capítulos de Wolverine que firma en la peor de sus crisis literarias (WOL 125-127, VI-VII 98).

Es verano de 1997. Steven Seagle aterriza en Uncanny con cuarenta y ocho horas de plazo para dialogar la última aventura escrita por Lobdell, en la que por fin se desvela el gran secreto que une a Gambito con Mister Siniestro (UXM 350, XII 97). El imperdonable pecado de Remy Lebeau consiste en haber conducido a los Merodeadores de Siniestro hasta los túneles donde vivían los Morlocks, donde desencadenaron La masacre mutante. Sin embargo, Lobdell comete un enorme error en su último trabajo para la franquicia. Un simple vistazo al UXM 210, prólogo de La masacre mutante, le serviría para descubrir, maravilla, de las maravillas, que fue Tommy, una morlock anónima, la que, accidentalmente, condujo a los Merodeadores hasta los túneles, y no ningún individuo en gabardina. Por si hay lugar a la duda, éstas son las palabras que dice Cazador de Cabelleras antes de asesinar a Tommy: “Te dejamos marchar PARA QUE NOS GUIARAS HASTA AQUÍ”. Sin comentarios. La rapidez con la que Seagle ha de escribir los diálogos del UXM 350 añade nuevos errores, como por ejemplo desordenar la historia del personaje. Se supone que la función de un editor es evitar tales despropósitos, pero Mark Powers parece estar demasiado ocupado en vigilar las cifras de ventas como para dedicarse a nimiedades.

Lobdell también deja un argumento colgado en X-Men. Se trata de la saga Operación Tolerancia Zero (XM 66-70, VIII-XII 97), cuya realización se convierte en un catálogo de despropósitos. Como todas las grandes ideas de Lobdell, tiene un comienzo explosivo para desinflarse inmediatamente. En ella se presenta a Bastión, un peligroso individuo que lidera la nueva generación de Centinelas. Lobdell se desentiende de tal manera del crossover que ha de ser Larry Hama quien ate todos los cabos sueltos en Wolverine (WOL 115-118, VIII-XI 97). Durante la Operación Tolerancia Zero se presenta además a Oruga, Médula y la doctora Cecilia Reyes, tres nuevas incorporaciones que despiertan enseguida las simpatías de Joe Kelly. En su primer número en X-Men (XM 70, XII 97), los personajes vuelven a hablar con voces diferenciadas en una historia de ritmo frenético en la que no hay un momento para el aburrimiento. Otro tanto ocurre cuando Seagle escribe un guión completo sin necesidad de basarse en el argumento previo dejado por Lobdell (UXM 351, I 98). La falta de frescura y espontaneidad que fuera dueña y señora de los años pasados desaparece en apenas un mes. Resulta imposible pedir un arranque mejor a los recién estrenados guionistas, que pronto descubren lo bien que se complementan. Pese a vivir en ciudades diferentes, Seagle y Kelly traban una sincera amistad que les lleva a discutir los argumentos sin hablar antes con Mark Powers. Incluso llegan a proponer a éste que escriban entre los dos ambas series, a lo que el editor se opone. Prefiere mantener un tono distinto en cada una de ellas.

Los nuevos guionistas saben que están sometidos a un estricto control editorial, pero su falta de experiencia les lleva a pensar que con una estrategia bien calculada pueden poner a Powers de su parte. Seagle invita a Kelly a pasar unos días en su casa de California, donde planean cosas radicales, desde matar a Mariposa Mental a recuperar a Fénix. Calculan que, en el plazo de medio año, disgregarán la Patrulla-X en dos grupos. Uno, participado por los hombres-X clásicos, protagonizará Uncanny y se verá envuelto en el retorno de Fénix; el otro, centrado en los nuevos miembros, actuará en X-Men. “Van a ser como la Coca Cola clásica y la nueva”, explica Seagle.

De vuelta a Nueva York, se celebra la primera reunión después de la marcha de Lobdell. En la mesa redonda se sientan, además de los escritores y dibujantes, Bob Harras (director editorial), Mark Powers (editor de la Oficina-X) y Jason Liebig (ayudante de edición). En cuanto pueden, Kelly y Seagle dan a conocer algunas de sus ideas. Unas pocas se aprueban, otras no. Nada de disgregar los equipos y mucho menos de resucitar a Fénix. Ésta última negativa provoca que un número completo de Uncanny tenga que ser reescrito por completo (UXM 357, VII 98). Los guionistas sí consiguen el visto bueno para lo que llaman crossnews. Consiste en que un suceso determinado se mencione y afecte de alguna manera a varias colecciones, pero sin necesidad de montar un crossover que obligue a la compra de varios tebeos. Sin saberlo, Seagle y Kelly proponen la recuperación del espíritu que alentara a Marvel hasta finales de los ochenta. En aquella época, un suceso que ocurría en Thor podía repercutir en veinte colecciones más sin que se continuaran entre ellas. En los noventa, Thanos transforma Manhattan en una selva, pero no se menciona más que en la serie donde transcurre la aventura. El primer y único ensayo de crossnews se lleva a cabo con relativo éxito en XM 78 (VIII 98). Una batalla de Mariposa Mental contra el Rey-Sombra hace que todos los telépatas del mundo pierdan sus poderes. El suceso afecta de alguna manera a personajes como Cable o X-Man, incluidos en la Franquicia Mutante, pero se olvida en el resto de las series Marvel.

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