SPIDER-MAN: EL BALANCE DEL AÑO

Vamos con algo que ya hicimos hace doce meses y que queremos convertir en una tradición que se repita cada diciembre: la de fijarnos en cómo nos ha ido el ciclo que cerramos, poner en una balanza lo bueno, lo menos bueno e incluso lo malo y prepararnos así para tomar un nuevo impulso. ¡Le toca el turno a nuestro querido Miles Morales!

 

EL CONTEXTO La colección arrancó 2017 sumergida en los cruces con “Civil War II”, que eran especialmente importantes para el protagonista de esta serie, ya que él formaba parte de la más ominosa profecía de Ulysses. Esta serie se detuvo en los aspectos más personales del conflicto en lo que a Miles se refiere, con especial atención al impacto que la acción tenía sobre los más cercanos al héroe. La saga tuvo como consecuencias que Jefferson regresara a SHIELD, y esto a su vez nos empujó al crossover con Spider-Gwen, con viaje interdimensional incluido. El regreso nos trajo el drama con Rio Morales, así como que retomáramos la trama de La Gata Negra y Cabeza de Martillo, con la que arrancara la colección y que a día de hoy parece muy lejos de haberse saldado. Por el camino, tuvimos a Miles integrado en Los Campeones, el gran grupo del año, pero fue algo que apenas sí se reflejó en estas páginas.

 

GANKE NO PARECE UN NED Probablemente, el mejor chiste del año

 

LOS PUNTOS FUERTES Nadie como Brian Michael Bendis domina el mundo de Miles Morales. Sabe introducir la sorpresa, hacer interesante al entramado de personajes secundarios y, por si fuera poco, el guionista sigue ejerciendo como imán de nuevos dibujantes con talento. Los latinos Nico León y Óscar Bazaldúa aportaron excelencia a la cabecera, mientras que Sara Pichelli apenas tuvo tiempo para pasar por aquí durante unos pocos números, antes de saltar a la segunda parte de Spider-Men, que por fin arrancaba en estos últimos meses. Salvo por el Spider-Man nº 15, con ese Szymon Kudranski que no pegaba lo más mínimo con el tono del cómic (aunque Bendis procuró escribirle un guión acorde con su toque oscuro), hemos mantenido una coherencia estilística dentro del por otra parte ya habitual baile de dibujantes que suele ofrecer Marvel en casi todas sus series. 2017 ha sido también el año en que Miles ha visto puesta a prueba su rectitud ética, con situaciones que le habrían podido enviar hacia zonas oscuras pero que consiguió evitar con la ayuda de su familia y sus amigos, a la postre el gran armazón sobre el que se sostiene tanto el personaje como la colección. Además de que Ganke y Fabio ya forman parte imprescindible de ese entorno, en estos meses se nos ha unido Danika. Está por ver hacia dónde se encaminará su creciente amistad con Ganke y cómo influirá sobre Miles.

 

EL PESO DE LA RESPONSABILIDAD La importancia de ser un Spider-Man negro

 

LOS PUNTOS DÉBILES Estamos en una colección escrita por el rey de la narrativa descomprimida, así que quizás no deberíamos quejarnos de que pasen pocas cosas, pero lo cierto es que la trama ha avanzado todavía más despacio de a lo que estamos acostumbrados. El crossover con Spider-Gwen parecía una aventura forzada por la necesidad de atraer atención hacia ella, no por los propios requerimientos narrativos de la serie que nos ocupa. Casi nos ha sobrado esa historia, pero lo que sin duda nos ha faltado es ver aquí el impacto en Miles de “Imperio Secreto”, que es donde se ha explicado la mencionada profecía de Ulysses. Los villanos también nos fallan: ninguno de los que hemos tenido por aquí estos meses ha representado una verdadera amenaza para el protagonista, más angustiado por sus demonios internos. ¡Que vengan ya esos Seis Siniestros!

 

Spot On de Spider-Man nº 19 (diciembre de 2017)

EL CHICO QUE (A VECES) CUMPLÍA AÑOS

Hasta que llegó el Universo Marvel, y con él una de las mayores revoluciones de la historia del medio, los superhéroes vivían suspendidos en el tiempo, como moscas en ámbar, sin un antes ni un después en sus vidas, más allá de la mera numeración de sus historietas. Las aventuras ocurrían sin que tuvieran impacto unas en otras y sin alterar lo más mínimo a los protagonistas, que se mantenían siempre intocables. Carecían del elemento que se ha dado en llamar “continuidad”, y que viene a significar que todo personaje acumula un pasado y una trayectoria, en la que cada cómic es una pieza que forma parte de una compleja biografía.

 

Con Marvel y con Stan Lee llegó el tiempo como unidad de medida. En el amanecer de La Casa de las Ideas, Spiderman era uno de los personajes más indicados para percibirlo, ya que avanzaba cursos, o pasaba a hacer una carrera, algo que ocurrió a petición de lectores que se preguntaban cómo era posible que un chico tan listo como Peter Parker necesitara tantos años para terminar la educación secundaria. ¡Poco imaginarían que el héroe iba a precisar de más de una década para graduarse como bioquímico! Este detalle ya da una pista acerca de que, por mucho que el tiempo transcurra en el contexto del Universo Marvel, lo hace de manera ralentizada y en absoluto real, a veces incluso con retrocesos que se justifican por la necesidad de mantener frescos a los protagonistas.

 

Los Cuatro Fantásticos, Los Vengadores, La Patrulla-X o Spiderman deben permanecer accesibles para todas las generaciones de lectores, de manera que el envejecimiento nunca debe hacer mella en ellos. Cuando por ejemplo Los Cuatro Fantásticos recuerdan en la actualidad el momento en que consiguieron sus poderes, suelen referirse a que tal cosa ocurrió hace algo más de diez años, cuando la historia se publicó en 1961. De hecho, Reed Richards parece mantenerse siempre en la misma edad, e incluso hay quien diría que ha rejuvenecido con respecto a su debut. Stan Lee hablaba de ” ilusión del cambio”, en lugar de cambio real, porque descubrió que los lectores aplaudían el que sus personajes experimentaran circunstancias que parecieran definitivas o rupturistas, pero se sentían reacios a que esas mismas vicisitudes acabaran arrastrando al héroe hasta un punto en que se alejara demasiado de la imagen que tenían del mismo.

 

The Man aplicó este procedimiento con especial sabiduría durante el centenar de episodios que escribió para Spiderman, uno de sus personajes favoritos. El que Peter Parker fuera un adolescente cuando comenzó su andadura facilitó aún más las cosas: en un momento determinado, Peter terminó el instituto para acudir a la universidad; más adelante finalizó la carrera y comenzó sus estudios de posgrado. En todo ese tiempo, podían cambiar los personajes secundarios, podía cambiar el entorno académico… Pero siempre nos encontrábamos con un Peter Parker estudiante (sin importar qué estudiara), dividido entre dos chicas (primero Liz Allan y Betty Brant; luego Mary Jane y Gwen Stacy, etc) y con los eternos problemas para compatibilizar su vida cotidiana con su actividad de superhéroe. En esencia, era el mismo personaje en que todos sus lectores podían reconocerse.

 

Algunos guionistas, como fue el caso de Marv Wolfman o Len Wein, que escribieron las historias de Spidey a mediados de los setenta, pretendían que el avance se detuviera en los años de doctorado, mientras que Roger Stern, que llegaría poco después, optó por sacarle de ahí, precisamente para que la situación no se eternizara. Fue entonces cuando el trepamuros entró en el periodo en que la indefinición acerca de su edad fue la norma adoptada. Una cláusula de los postulados de Stan Lee consiste en que los adolescentes en el Universo Marvel siguen una maduración más o menos evidente hasta que superan la veintena. En ese punto, al igual que ocurre con personajes más maduros, ellos también acaban perdidos en una nebulosa que se mueve entre los veintitantos y, en pocas ocasiones, los treintaytantos. No sólo puede decirse de Spiderman, sino también de La Patrulla-X, cuyos integrantes originales tenían una edad similar a la de Peter cuando se formó el grupo. Como él, alcanzaron la graduación sin problemas… Y ahí se quedaron.

 

Resulta llamativo que, después de que se prescindiera del recurso que nos permitía determinar la edad del trepamruos (los cursos académicos) sólo hayan existido dos ocasiones en que los autores se atrevieran a celebrar su cumpleaños. La primera de ellas, tuvo lugar en Spider-Man #23 USA, un cómic escrito y dibujado por Erik Larsen en 1992 y al final del cual Peter soplaba 25 velitas. La segunda se daría con motivo del Amazing Spider-Man #500 USA, aparecido en 2003 e incluido en este volumen. En este caso, aunque no llega a indicarse en ningún momento el cumpleaños que celebra el trepamuros, no sería atrevido aventurar que se trata de la treintena, por múltiples motivos.

 

 

Nos encontramos en el epicentro de la etapa escrita por Joe M. Straczynski y dibujada por John Romita Jr. La idea central de JMS a la hora de abordar al personaje se encontraba en la necesidad de maduración del mismo, deseo explicitado en su nuevo trabajo como profesor, en la confesión a tía May de su doble vida o en el cambio de su relación con Mary Jane, que pasaba a estar sostenida por la sinceridad y la complicidad. Peter, a fin de cuentas y aunque fuera de manera implícita, estaba aceptando que ya no era un crío, sino un adulto responsable y coherente con la edad que había alcanzado. Su siguiente cumpleaños, por tanto, no podía ser más especial y significado… Lo que se tradujo en una espectacular aventura, en la que se veía obligado a revivir los combates contra todos y cada uno de los enemigos con los que se haya enfrentado alguna vez… Sólo para encontrarse con un espectacular regalo al final del camino.

 

Y si Peter recibía ese obsequio maravilloso, no era de menor importancia el que llegaba hasta los lectores. Marvel quiso que para ellos también la ocasión fuera única, no sólo por la mayor longitud de la historia, por la participación del Doctor Extraño o porque se recuperara la numeración histórica de la serie, sino porque pidió a uno de los más significados autores que han pasado por ella que regresara durante unas pocas páginas. Se trataba del mismísimo John Romita, quien dibujara a Spidey durante sus años dorados en la década de los sesenta y que aquí compartía cartel con su propio hijo, John Romita Jr.

 

El resultado final es el que quizás sea el mejor número “redondo” con el que jamás haya contado Spiderman. Un glorioso recordatorio del camino recorrido, pero también una cima desde la que contemplar un prometedor futuro. Este es quizás también el cómic que marcço a fuego el límite al que se atreve a llegar Marvel con respecto a la madurez de su personaje insignia. Y, aunque hay quien le gustaría conocer a un Peter Parker cincuentón o jubilado, otros preferimos que siga en la brecha durante mucho, mucho tiempo, por más que nosotros envejezcamos mientras él continúa tan joven como siempre.

 

Texto aparecido originalmente en Marvel Saga. El Asombroso Spiderman nº 4: Feliz cumpleaños

SPIDER-MAN: LA HISTORIA GRÁFICA, PARTE 1

En 1961, próximo a cumplir los cuarenta, Stan Lee ejercía como guionista, editor y motor de la compañía, que por entonces utilizaba el nombre de Atlas, y a cuyas pequeñas oficinas en el 655 de Madison Avenue viajaba cada día desde su casa en Long Island. (pp. 9)

 

Tad Carter, el primer mutante de Marvel, se parecía extraordinariamente a Peter Parker, tanto en su aspecto físico como en su manera de vestir y comportarse. (pp. 13)

 

“Adiós a Linda Brown” contaba la historia de una joven en silla de ruedas que vivía junto a su Tío Ben y su Tía May en una casa al borde de la playa. Los rasgos y personalidad de la pareja eran equivalentes a los de los tíos de Peter (pp. 13)

 

Con un nombre muy similar en lo fonético al de Peter Parker aunque sin la aliteración típica de muchos superhéroes, Carter era un científico que introducía en una cámara atómica una araña. Ésta crecía hasta el tamaño de un ser humano y adquiría inteligencia y unos sorprendentes poderes (pp. 13)

 

Stephen J. Ditko, el artista detrás tanto de la historia de Tad Carter como de la de Linda Brown, era, después de Jack Kirby, el dibujante más destacado de la factoría. Había nacido el 2 de noviembre de 1927 en el seno de una familia trabajadora de inmigrantes eslavos, en Johnstown (Pensilvania). (pp 13).

 

La inclusión de la palabra “Adult” en el título representaba poco menos que un desafío. “El magazine que respeta tu inteligencia”, decía una frase destacada en el índice, junto a otro aviso que advertía de que todas las historias y el dibujo eran de Stan Lee y Steve Ditko. (pp. 15)

 

El cómic se publicó, la colección se canceló tal y como estaba previsto y, hasta pasados unos meses, no llegaron los datos de ventas, que certificaban el éxito y que el trepamuros, por tanto, era merecedor de su propia serie. (pp. 17)

 

Textos procedentes de Spider-Man: La historia jamás contada

LA SAGA DEL CLON: EL MONTAJE DEL DIRECTOR

EL ORIGEN DE LAS ESPECIES

La más polémica aventura de la dilatada trayectoria de Spiderman se publicó entre 1994 y 1996, a lo largo de unos doscientos tebeos. Sin embargo, para entender todas sus implicaciones, hay que retrotraerse hasta mucho tiempo atrás. En concreto, a los años setenta, y es ahí donde ha de empezar nuestra historia. Por aquel entonces, el Hombre Araña ya tenía a sus espaldas una larga trayectoria compuesta por diversas etapas. Estaban los años fundacionales, con Stan Lee y Steve Ditko a los guiones, en los que Peter Parker era un adolescente apocado que aprendía el oficio de superhéroe; y estaba la época dorada, con John Romita a los dibujos, durante la que la serie había añadido un importante componente romántico, gracias a la llegada de las dos chicas entre las que se dividía el corazón del protagonista, la carnal y excitante Mary Jane Watson frente a la dulce e inocente Gwen Stacy. Sería esta última la elegida por Peter Parker, pero también la que encontraría un destino fatal a manos del peor enemigo del héroe, en una aventura publicada en 1972 y escrita por Gerry Conway, un guionista de apenas diecinueve años que acababa de recibir la serie de las manos del mismísimo Stan Lee.

 

La muerte de la novia del héroe, lo que hoy en día ha llegado a convertirse casi en un tópico, era por aquel entonces un imposible. El impacto que causó en los lectores fue incomparable, hasta el punto de que muchos sintieron la pérdida como propia. La conmoción llegó a tal nivel que, dos años después, todavía eran muchos los que reclamaban el regreso de Gwen Stacy mediante cualquiera de los muchos trucos que se utilizan en los cómics de superhéroes para recuperar a los personajes populares. Sólo que Marvel en general, y Gerry Conway en particular, se negaban a ofrecerles eso. En su lugar, el escritor tejió una saga que puso a prueba la cordura de los aficionados arácnidos.

 

Un buen día, en la puerta de Peter Parker, apareció Gwen. ¡Estaba viva! Sólo que no era la Gwen de siempre, que, como muy pronto se comprobó, seguía muerta y enterrada. Esta otra Gwen era un clon creado por Miles Warren, un profesor que se había obsesionado con la joven y que, como no podía ser de otra forma, se había convertido en un villano deseoso de acabar con Spiderman, que respondía por el nombre del Chacal. En el climax de la aventura, Spiderman descubría que el de Gwen no era el único clon que el Chacal había concebido: también realizo un clon del propio Spiderman: el arma perfecta para acabar con el trepamuros. La saga se resolvería en Amazing Spider-Man #149 USA (1975. Spiderman: Los imprescindibles nº 7). En sus páginas, tanto el Chacal como el clon del lanzarredes encontraban la muerte, mientras que la doble de Gwen decidía buscar su propio camino, lejos de la sombra de su doble genético, y Peter entregaba al fin su corazón a Mary Jane, cumpliéndose así el verdadero objetivo de Conway a la hora de desarrollar este argumento.

 

 

EL REGRESO DEL CLON

Salvo por menciones ocasionales, y la aparición puntual del clon de Gwen en un Anual, no se volvió a profundizar en el asunto del clon durante los siguientes veinte años, Muchos guionistas preferían no tocar ese argumento. A principios de los ochenta, Roger Stern llegó a planificar una historia en la que el clon de Gwen había envejecido aceleradamente, para morir finalmente en la paz de un monasterio, pero decidió abandonar la trama antes siquiera de sentarse a escribirla. A lo largo de ese tiempo, Peter Parker contrajo finalmente matrimonio con Mary Jane, a la vez que el Hombre Araña alcanzaba nuevas cotas de popularidad, que llevaron a Marvel a multiplicar exponencialmente el número de sus series. A mediados de los años noventa, la sensación de que Spiderman ya no resultaba tan atractivo para los lectores se había hecho fuerte, y con ella, llegaría también la intención de buscar la manera de arreglar las cosas. Los autores y editores, con toda la buena intención del mundo, querían quitar lastre al héroe, hacerlo de nuevo divertido y romántico, devolverle su soltería, su espontaneidad y su infelicidad crónica.

 

En ese contexto, Terry Kavanagh, uno de los escritores de las diversas colecciones arácnidas, propuso en una reunión de trabajo celebrada en 1993 que trajeran de vuelta al clon: no al de Gwen, sino al del propio Spidey, un regreso que provocaría todo un cataclismo a todos los niveles. Conscientes de las posibilidades que dicho argumento ofrecía, toda la oficina arácnida decidió apoyarlo decididamente. Tom DeFalco, Director Editorial de Marvel en aquel entonces, no sólo daría luz verde a la saga, sino que se sentiría tan entusiasmado con ella que incluso decidiría sumarse a los autores de la misma.

 

Inicialmente, el arco argumental se desarrollaría a través de las cuatro colecciones que el lanzarredes protagonizaba. Dicho y hecho: en Web of Spider-Man #117 USA (1994. Spìderman vol. 2, nº 6 de Forum), el clon entraba en escena, bajo el nombre de Ben Reilly. Había logrado sobrevivir a los acontecimientos del Amazing Spider-Man #149 USA, llevaba cinco años “recorriendo América”, y tomaba la decisión de regresar al descubrir que tía May estaba grave. En los meses siguientes, Ben se alzó como la gran estrella de las series arácnidas: convertido en un nuevo superhéroe, la Araña Escarlata, luchó contra los peores enemigos del lanzarredes y se ganó la confianza de los aficionados, que veían en él a un Peter Parker que no había gozado de la buena suerte del que conocían, pero había sabido construirse a sí mismo y sobreponerse a sus desgracias. A su vez, el verdadero Peter era arrastrado por la oscuridad y la depresión, apareciendo cada vez más antipático ante los lectores.

 

 

El plan de guionistas y editores consistía en que la saga concluyera después de seis meses (unos veinticinco tebeos, teniendo en cuenta la gran cantidad de colecciones arácnidas)… Pero las cosas no salieron como tenían pensadas. Las ventas enseguida comenzaron a aumentar. Los autores se divertían con su trabajo como nunca habían hecho, y ese entusiasmo se transmitía en una gran historia-río plagada de sorpresas y conspiración, que dejaba siempre con el deseo de que llegara el próximo número. En la editorial también se entusiasmaron, a su manera. Amaban al clon, y lo querían presente tanto tiempo como fuera posible. Fue en ese punto donde empezaron los problemas. Ante la petición de retrasar la conclusión de la saga, se tuvo que improvisar, alterar decisiones ya tomadas, incorporar nuevos autores poco experimentados y estirar los argumentos deprisa y corriendo, con la consiguiente multiplicación de incoherencias y el bajón en la calidad de la saga, que fue perceptible después del Amazing Spider-Man #400 USA (1995. Spiderman vol. 2, nº 12), un emocionante episodio en el que se narraba la muerte de tía May y tras el que los guionistas se quedaron sin nada interesante que contar, pero muchas páginas que rellenar.

 

La puntilla llegó cuando se hizo necesario poner fin a “La saga de Ben Reilly”. En el ánimo del equipo creativo estaba que Peter se retirara a causa de su próxima paternidad y Ben tomara su lugar, aunque sólo de forma momentánea. Sin embargo, los convulsos tiempos que vivía Marvel influyeron en contra de la ejecución de esas intenciones. La dirección de la compañía cambió, y el nuevo director no tenía claro a qué carta jugar con Spiderman. Decidió, sin demasiados elementos de juicio, que Ben sustituyera a Peter de manera permanente, estableciendo incluso que el que había sido Peter durante veinte años era en realidad el clon, mientras que Ben se alzaba como el auténtico.

 

La respuesta de los aficionados fue rápida y unánime. No querían a Ben Reilly como Spiderman, ni mucho menos querían que el Peter Parker al que habían seguido durante dos décadas fuera calificado de impostor. La saga, cerrada en falso, todavía tendría que continuar durante unos meses más, hasta que, finalmente, en Peter Parker: Spider-Man #75 USA (1996. Nuevo Spiderman nº 12 de Forum), se llevó a cabo la corrección. El catalizador fue un inverosímil regreso de la muerte por parte de Norman Osborn, que se descubría como la mente maestra detrás de cuantas desgracias le habían ocurrido al Hombre Araña en los años anteriores. Peter volvía a vestir las telarañas, Ben Reilly moría heroicamente, a la vez que se aclaraba su condición de copia, y el embarazo de Mary Jane terminaba en tragedia: no habría bebé que cuidar y que obligara a dejar aparcado el uniforme arácnido. Y por si fuera poco, al cabo de unos meses, tía May también estaría de nuevo en danza.

 

 

En definitiva: Las cosas volverían a estar en su sitio, pese a que el daño padecido fue demasiado grande. Durante la etapa de Ben Reilly como Spiderman, las ventas descendieron de manera preocupante, en un contexto general ya de por sí átono. Muchos eran los aficionados que habían retirado su apoyo al nuevo Hombre Araña, furiosos por lo ocurrido. En la Casa de las Ideas decidieron que nunca más se volvería a hablar de clones ni a poner en duda que Peter Parker sea Spiderman. Y pese a todo, el icono tardaría todavía varios años más en recuperar el pulso, mientras que algunas de las consecuencias de lo ocurrido permanecerían activas, hasta el punto que Norman Osborn es, a día de hoy, una pieza fundamental del Universo Marvel.

 

EL MONTAJE DEL DIRECTOR

Tres lustros después de la publicación de “La saga de Ben Reilly” los ánimos se han calmado, en gran parte porque una gran cantidad de nuevos lectores siguen ahora las aventuras de Spiderman, y muchos de ellos se preguntan en qué consistió aquello tan polémico. Mark Millar, en una viñeta de su excepcional Marvel Knights: Spiderman (2004), fue el primero en el siglo XXI en atreverse a escribir, negro sobre blanco y con todas las letras, el nombre maldito: Ben Reilly. Las bromas, los chistes privados, las alusiones a los clones introducidas por lo bajini en los diálogos de Spiderman se fueron haciendo cada vez más ocasionales, sobre todo por parte de Brian Michael Bendis, en Nuevos Vengadores. Fue éste el guionista que se atrevió a ofrecer su propia versión de la “maldita” saga, en Ultimate Spiderman, y con resultados más que satisfactorios, prueba de que la idea no era mala por sí misma, y que su ejecución mejoraba en extremo cuando se dejaba a los autores hacer su trabajo.

Pero el detonante del proyecto que tienes en tus manos vino, curiosamente, a causa de las excelentes ventas logradas por el primer volumen recopilatorio de “La saga de Ben Reilly”, un tochazo de más de 400 páginas publicado por Marvel en Estados Unidos que apenas sería el primero de los muchos volúmenes necesarios el evento completo. Si había tanta gente dispuesta a hacerse con la más denostada aventura de Spiderman, quizás habría un puñado de lectores deseosos de conocer algo muy especial…

 

Y así es como llegamos a este volumen. Tom DeFalco fue el Director Editorial de Marvel que aprobó la elaboración de la historia, allá por 1994. Howard Mackie fue el guionista que tuvo que concluirla, dos años después. El dibujante Todd Nauck todavía no había entrado en la industria cuando todo esto ocurrió, pero ha dibujado a Spiderman durante algún tiempo, y su estilo recuerda en cierta forma a algunos de los autores de la aventura primigenia, como el ya olvidado Steven Butler, o el ahora inaccesible Mark Bagley. Entre todos ellos han compuesto un producto verdaderamente inusual, una “versión del director” de la saga original o, como prefiere definirlo DeFalco, “una oportunidad para dos viejos escritores de Spiderman para demostrar que todavía pueden lanzar algunas interesantes telarañas”.

 

 

¿Contiene este tomo “La saga de Ben Reilly” que le hubiera gustado escribir a los guionistas originales? Es probable que no. Para empezar, porque han pasado quince años, la memoria es débil y muchas notas de las reuniones de entonces se han perdido para siempre. Para continuar, porque faltan piezas fundamentales de aquel equipo, como J. M. DeMatteis, el guionista que mejor definiera a Ben Reilly, o Terry Kavanagh, el tipo que, pese a sus escasas habilidades como escritor, debe llevarse el mérito de haber tenido la idea original. Y para finalizar, porque aquellos elementos que configuraron los cómics que vieron la luz durante esos dos años han determinado mucho de lo que aquí se cuenta. Sorprende, por ejemplo, que DeFalco y Mackie recurran aquí a Norman Osborn, puesto que la única figura en la sombra que se les pasó por la cabeza en un principio fue la de Miles Warren, y la opción de resucitar a Norman no llegara hasta mucho tiempo después.

 

Por el contrario, estos seis números que condensan, redefinen y alteran aquel caudal infinito de tebeos sí se acerca, en espíritu, a lo que podía haber sido pero no fue “La saga de Ben Reilly”: una trascendental aventura de Spiderman con un principio, un nudo y un desenlace planificados con coherencia. Las cosas son como son, y no como nos hubieran gustado que fueran, pero hay que alabar este sorprendente experimento que se lee como un desquite por parte de sus autores: otra una manera de decirnos que las cosas se podrían haber hecho mucho mejor. Quién sabe si este proyecto será el germen que lleve, algún día, a reposicionar en el escenario a Ben Reilly. Tantos años después, con la perspectiva que da el paso del tiempo, va a ser verdad eso de que algunos le echamos de menos.

 

Artículo aparecido originalmente en 100 % Marvel. Spiderman: La saga del clon

CLÁSICOS MARVEL GUÍA DE LECTURA 2017

Este es el orden recomendado de lectura para la línea de clásicos Marvel de Panini Comics, actualizado a diciembre de 2017.

EL FESTÍN DE LOS MONSTRUOS

La pretensión de que Spider-Man fuera una sucesión de miniseries de cinco números chocó contra el muro de la realidad nada más concluido el primer arco argumental. Puede que la colección fuera pasto exclusivo de Todd McFarlane, que el editor Jim Salicrup la hubiera aislado de cuanto ocurría en el resto de títulos del personaje y que el fenómeno alcanzara unas cifras de ventas millonarias como no se veían en la industria del cómic estadounidense desde la Edad de Oro, pero eso no la libraba de los problemas. Y estos se pusieron de manifiesto antes de lo que nadie hubiera imaginado.

Durante los dos años que había permanecido como dibujante de The Amazing Spider-Man, bajo los guiones ligeros, entretenidos y para todos los públicos de David Michelinie, McFarlane consiguió el aplauso de una monumental mayoría de lectores, que destacaba lo impresionante de sus composiciones, lo espectacular de su puesta en escena o la atrevida manera en la que había logrado actualizar al trepamuros y cuanto le rodeaba. Las críticas no se hicieron notar hasta que la estrella no empezó a contar sus propias historias. Más allá de los miles de dólares que se estaba embolsando Marvel con su trabajo, algunos de los aficionados que pasaban por caja no estaban conformes con algunos aspectos de la obra. Protestaron, por ejemplo, por el tratamiento que le había dado al Lagarto, contradictorio con las apariciones anteriores del personaje. El canadiense se escudó en que no le gustaba que El Lagarto hablara, que odiaba especialmente cada vez que un guionista alargaba las eses de sus diálogos, hasta hacer que pareciera una caricatura, y que se basaba en lo que Steve Ditko había hecho con el villano en la época primigenia, si bien reconocía que no había llegado a releer aquellos cómics, según él, “para no sentirse condicionado”.

 

McFarlane, un hombre que presumía públicamente de no haber leído un libro en su vida, tenía una manera peculiar de escribir sus guiones, que en nada tenía que ver con cualquier otro método profesional que se hubiera utilizado hasta entonces. Redactaba una frase, una única frase sencilla y directa, en la que explicaba lo que ocurría en cada página. Podía poner, por ejemplo, “Peter y Mary Jane hablan”. De esta forma, cuando tenía 22 frases, llamaba a Salicrup, recitaba lo escrito e iba concretando más detalles sobre la marcha, según se le ocurrían, porque su mente “completaba lo que no estuviera en el papel”. Según insistía cada vez que le preguntaban, escribir era algo muy fácil, porque a cualquiera se le puede ocurrir una idea. Tiempo atrás, cuando comenzó en Amazing, alguien en Marvel le había dicho que debía dibujar los ojos de Spiderman más pequeños. Pero él no estaba de acuerdo con eso, así que, a partir de entonces, lo que hizo fue dibujarlos más grandes. Luego reconocería que si nadie hubiera protestado, quizás nunca habría llegado a hacerlos tan exagerados. En definitiva, McFarlane había convertido llevar la contraria en una seña de identidad jaleada y defendida a brazo partido por sus seguidores. Con el control total sobre la obra, sólo los críticos podían responderle ya, pero lo que dijeran no importaba gran cosa, porque seguiría vendiendo una barbaridad.

 

Para Spider-Man #6-10 USA, pensaba acometer una aventura en la que Spidey viajaría a Canadá para encontrarse allí con Lobezno y juntos pelear contra El Wendigo, el primer enemigo al que se hubiera enfrentado éste. A continuación, Spider-Man #11-15 USA acogerían un enfrentamiento contra El Duende Verde, mientras que para Spider-Man #16-20 USA el rival sería Veneno, con lo que casi se pondría en los dos años completos de historias. El problema surgió a la hora de llevar esas ideas al papel y comprobar que encadenar frase tras frase hasta tener un número completo, y luego encadenar número completo tras número completo hasta tener una saga cerrada, no era tan sencillo como había proclamado a los cuatro vientos.

 

La saga del Duende Verde terminó convertida en la saga del Duende, porque el Duende Verde, tal y como era en esos precisos momentos, con Harry Osborn bajo la capucha, no encajaba en la descripción monstruosa que pretendía darle McFarlane. De hecho, Harry había vuelto a vestir con las ropas del villano para realizar actos heroicos, en el curso de una saga que involucraba a todo el Universo Marvel y que respondía al nombre de “Inferno”. Las intenciones de McFarlane pasaban por que pareciera que no había un humano dentro del traje del Duende Verde y que el lector creyera que se trataba de un Duende auténtico. Dado que la continuidad no importaba gran cosa al artista, Salicrup le ofreció una alternativa airosa: recurrir al personaje que se llamaba El Duende a secas y que de hecho era el moderno sucesor de Norman Osborn. Durante “Inferno”, en concreto en The Spectacular Spider-Man #147 USA (1989) había padecido una horrible transformación sobrenatural, así que se acercaba a lo que el dibujante canadiense estaba buscando para su historia. Por mucho que renegara del trabajo de sus coetáneos, siempre podía utilizarlo cuando fuera en su provecho. Además, El Duende tenía una diferencia con El Duende Verde que le resultaba particularmente agradable: su disfraz incluía una capa. En el diseño original, apenas cubría la mitad de su espalda, pero él la alargó hasta conseguir que lo engullera todo a su alrededor, como antes hubiera hecho con Batman. Las complicaciones no terminaron con el villano, ya que la trama no daba en realidad para cinco números, así que se quedaría únicamente en dos episodios, que se publicarían como segundo arco de la colección y en los que aparecería como invitado especial el nuevo Motorista Fantasma, un personaje también muy popular en aquel momento, que encajaba como un guante en las inquietudes de McFarlane. En el relato, recurrió además a algo que se le había escapado en la primera saga: los informativos de televisión como elemento narrativo. Aquello estaba calcado, hasta el último detalle, del Batman: Dark Knight Returns de Frank Miller, el autor completo y la obra a la que, quizás, soñaba McFarlane acercarse algún día. ¿Qué más hacía falta para conseguirlo, quizás una aparición gratuita de Mary Jane en lencería? Tampoco estaría de más.

 

Así fue como la historia de Lobezno y El Wendigo saltó su turno hasta aparecer como la tercera saga de la cabecera. Argumentalmente, suponía cambiar los tejados y callejones de Nueva York por un entorno tan poco arácnido como los bosques canadienses, aunque con aquel viaje McFarlane se sentía, literalmente, en casa: seguía siendo ese artista afincado en Calgary que sólo viajaba a Estados Unidos para las convenciones de tebeos o para reuniones puntuales en Marvel. La historia trataba sobre un asesino de niños, un tema que no solía verse en los cómics convencionales de superhéroes. El autor quedó tan satisfecho con el resultado que llegaría a considerarlo como uno de sus mejores trabajos. No opinaron así los defensores de la moral más tramontana, de manera la polémica saltaría a los medios generalistas y pronto surgieron tiendas que retiraron el cómic y cancelaron sus pedidos. Mientras en la editorial se encendían las alarmas y cundía la preocupación, McFarlane no entendía tanto revuelo. ¿Qué importaba que unos pocos establecimientos no quisieran poner a la venta el cómic? Estaba vendiéndose por millones. Mientras el artista llegaba a la conclusión de que no encajaba bien en los parámetros de la compañía, La Casa de las Ideas empezaba a mirar a McFarlane con incomodidad.

Al margen de la polémica, estaba la presencia de Lobezno. Habían pasado dos años largos desde su contacto previo con el mutante, que tuviera lugar en The Incredible Hulk #340 USA (1988). Entonces, la batalla sin concesiones entre el monstruo Gamma y el hombre-X y la impresionante portada en la que McFarlane reflejó el rostro enfurecido de Hulk sobre las garras extendidas de Lobezno habían devuelto la popularidad a la colección de la criatura y, en última instancia, provocado que McFarlane se convirtiera en estrella. En esta segunda ocasión, el artista tendría la oportunidad de recrearse en Logan, pero no sólo eso. En el tercer episodio, consideró oportuno que, en lugar del uniforme marrón que había vestido durante toda la década de los ochenta, el personaje recuperara el traje amarillo y azul que luciera anteriormente. Esta vez no hubo nadie que protestara, sino todo lo contrario. De inmediato, el cambio fue abrazado por los responsables de la Franquicia Mutante y por sus futuros socios, Jim Lee en X-Men y Marc Silvestri en Wolverine, que lo hicieron permanente. El criterio de McFarlane era ley. Y tampoco con eso bastaba.

Artículo aparecido originalmente en Spider-Man de Todd McFarlane nº 2

EL REGRESO DE MARTA PLATEADA

Dan Slott nos la quitó y ahora Dan Slott nos la devuelve. Marta Plateada está de nuevo en danza, después de que (no) la viéramos morir en el último capítulo de “Hasta el fin del mundo” (The Amazing Spider-Man #687 USA, 2012. El Asombroso Spiderman nº 74). En aquel entonces, fue una despedida de lo más dramática, toda vez que era la primera persona de relevancia que perdía el trepamuros después de su promesa de que nadie moriría mientras de él dependiera. Un lustro después, se resuelve aquella situación y se recupera a una de las heroínas secundarias con más solera dentro de la Franquicia Arácnida. “Nunca vimos realmente morir a Marta Plateada”, concuerda Slott con nosotros. “Ella ‘murió’ fuera de plano. Vimos la amenaza que iba a asesinarla, con Rino sujetándola bajo el agua. Spidey iba a volver para ayudarla, y ella no paraba de gritar que siguiera y salvara el mundo. Más tarde, la base del Doctor Octopus explotaba, así que fue algo así como “Ahhh, no más Rino. No más Marta Plateada”. Bueno, como sabes, ya trajimos de vuelta a Rino para ‘La conspiración del clon’. En el momento en que ponías a Rino encima de la mesa, todo el mundo podía decir, ‘¡Ey! ¿dónde está Marta?’. Así que tenía que ser la siguiente historia que contáramos, porque todo el mundo iba a seguir preguntándolo. En este número, por fin hemos podido ver cómo consiguió escapar y engañar a la muerte”.

UN NUEVO DESAFÍO

Eso es lo que quería conseguir nuestro guionista con el enésimo enfrentamiento entre Spidey y Norman: que no fuera igual que todas las veces anteriores. “Tenemos todos estos años de historias donde ha sido el tipo que lo ha tenido todo y lo ha perdido”, recuerda. “En un momento, casi estuvo gobernando el mundo a través de HAMMER y como líder de los Vengadores Oscuros y los Thunderbolts. Ha encontrado su lugar en el sol, y luego algo siempre lo destruye. Ha conseguido los mejores golpes contra Spiderman, lo ha herido de maneras que ningún otro enemigo ha logrado, pero al final del día, sigue siendo el perdedor. Al final del día, Spidey todavía lo derriba, no importa lo alto que haya conseguido levantarse. Así que esto es un poco en plan, ‘¿por qué siempre pasa esto?’. Esta versión de Norman ha conseguido eliminar de su cuerpo el suero del Duende Verde. Tiene ahora algo que nunca ha tenido: no está gobernado por la locura. Posee su astucia y puede atacar a Spiderman de maneras terribles. El trepamuros nunca ha luchado contra Norman de esta forma”. El resultado ha sido una de las mejores batallas que haya habido entre Spidey y Norman en la larga historia de sus choques, algo a lo que ha contribuido también el excelente dibujo de Stuart Immonen. En la recámara, Slott se reserva el regreso de Norman como Duende Verde… ¿será ya el año que viene, coincidiendo con The Amazing Spider-Man #800 USA, o nutrirá la primera saga del Legacy, titulada “La caída de Parker”?

HEMBECK A ESCENA

Este tomo se completa con la primera de las entregas de las tiras clásicas sobre Spiderman que hizo Fred Hembeck. Te las ofreceremos durante los próximos diez números, hasta completar todas las que existen. Hembeck es un caricaturista que ha colaborado con Marvel, dejando algunas piezas memorables, como aquel número con La Mosca y La Gata Negra para el llamado “Mes de los editores asistentes”. Muchos de los lectores de los años ochenta seguro que le recuerdan con inmenso cariño, así que espero que se hayan llevado una agradable sorpresa con este ejercicio de nostalgia que aquí iniciamos.

Spot On perteneciente a El Asombroso Spiderman nº 133

EL OTRO SIGNIFICADO DE BLUE

 

Blue [Blu:} ADJ. Azul; cielo; triste, deprimido/a; to feel… estar tristón/ona, tener pena; enamorado. (Collins English-Spanish Dictionary. Harper Collins, tercera edición. 1998).

 

Tengo un viejo amigo que se llama Peter.

 

Le conozco desde hace más años de los que pueda recordar. Vino conmigo al colegio, al instituto, a la universidad, a las clases de post-grado y al trabajo. Podría mirar hacia cualquier momento de mi vida, y sería completamente diferente a cualquier otro, pero siempre encontraría un denominador común: Peter estaba allí, a mi lado. A lo largo de todo este tiempo, le he visto estudiar, pasar cursos, enamorarse, sufrir la pérdida de unos cuantos seres queridos, casarse, separarse… Y, mientras tanto, yo también terminaba el instituto, empezaba la carrera, pasaba cursos, perdía series queridos, me enamoraba…

 

¿Queréis que os cuente un pequeño secreto? Bueno, en realidad no es pequeño, pero no lo podéis revelar por nada del mundo. Aunque Peter parezca un chico de lo más normal, no lo es. Cuando tenía dieciséis años le picó una araña radiactiva que alteró su composición celular. Imaginaros a aquel chico que se había pasado toda su vida acurrucado entre sus tíos, con los que vivía desde que sus padres murieron cuando era muy pequeño, siempre escondido en sus libros de ciencias y tras aquellas enormes gafas… Imaginaros a aquel chico que, de la noche a la mañana, tenía en sus manos un asombroso poder que le permitía trepar paredes, saltar de tejado en tejado, moverse como una auténtica araña humana… Imaginaros la sensación. Peter pecó de orgullo, pero cualquiera de nosotros lo hubiera hecho. Qué diablos, tan sólo quería utilizar esos poderes para conseguir algo de dinero con el que ayudar a sus tíos. Entonces dejó escapar a un ladrón que podría haber detenido fácilmente. Y ese ladrón fue el que asesinó a su tío Ben. Peter comprendió, por las malas, que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Desde entonces, viste la máscara del asombroso Spider-Man.

 

Y como Spider-Man ha luchado contra terribles villanos, ha estado al borde de la muerte en múltiples ocasiones, e incluso ha ayudado a salvar al mundo en otras cuantas. Pero, a pesar de todo ello, Peter ha seguido siendo un chico como otro cualquiera. Un chico que se ha hecho mayor, como yo. Un chico que ya no tiene dieciséis años, que ya no va al instituto, que ya no mira al mundo con la inocencia que un día tuvimos y, no sé cuándo, perdimos. Peter, ay, como yo, merodea peligrosamente la treintena. Siente cómo los últimos quince años han pasado en un suspiro, siente que se le han escapado de las manos sin que apenas se diera cuenta. Ya no tiene “toda la vida por delante”, como cuando estaba en el instituto. Los días pasan deprisa, y cada vez se parecen más los unos a los otros. Como dice la canción, cada año parece más corto. Nunca encuentras tiempo. Los planes se quedan en media página con palabras sin sentido garabateadas.

 

Y entonces, miras hacia atrás. Miras hacia tu Edad de Oro. Todos tenemos una. Es esa época en la que todo era perfecto. Es esa época en la que eras inmensamente feliz, aunque ni siquiera tú lo supieras entonces, y sólo puedas descubrirlo con el pasar del tiempo. Para Peter, esa época es su primer año de universidad, cuando tenía dieciocho años y conoció a Gwen y Mary Jane, las dos mujeres más importantes de su vida, aunque él ni siquiera lo imaginaba. Fue la época en la que compartió gratis un piso con Harry, su mejor amigo. Fue la época, nunca lo creeríais si le conocierais ahora, que Peter iba por ahí en moto.

 

¿Qué fue de la antigua moto? Creo que al final acabó empeñándola, una de aquellas veces que estaba tan pelado de dinero que hubiera vendido hasta su última camisa. Eso también lo aprendes con los años. Sí, es cierto que hay gente que acaba triunfando, acaba ganando un pastón increíble, conduciendo un coche increíble y viviendo en una casa increíble con un perro y unos niños y una mujer increíble. Pero no es nada que vaya a pasar ni a Peter, ni a mi, ni a nuestros amigos. El dinero va y viene. El trabajo va y viene. Las chicas van y vienen. Pero a lo que iba…

 

Gwen. Se hubieran casado antes de cumplir los veinticinco. Eran de ésos. Toda la angustia existencialista que había atenazado a Peter durante su adolescencia acabó enterrada tan pronto como ella se instaló en su vida. Tiene gracia, porque Gwen le echó el ojo a Peter desde el primer día de clase, pero no puede decirse que entonces se llevaran bien. Él estaba distraído (intentando conseguir el antídoto que salvara la vida de su tía May, enferma debido a la transfusión que él mismo le hubiera hecho… pero eso es otra historia), y cuando Peter está pendiente de una cosa, se olvida de todo lo demás. Gwen interpretó aquella actitud como desaire, pero eso sólo sirvió para aumentar su interés hacia el bueno de Pete. Al final, un tipo que siempre había tenido que sudar la gota gorda para llevarse a la chica, la consiguió casi sin darse cuenta. Podrías pensar que una chica como Gwen se debería haber fijado en cualquier otro tío, o que Peter simplemente habría estado demasiado ocupado pateando el culo del Doctor Octopus como para descubrir que ella estaba allí, pero no ocurrió. Acabaron juntos, porque no podía ser de otra forma, como si la magia hubiera tenido algo que ver.

 

Mary Jane. Como si no hubiera bastante con Gwen. Hacía meses que tía May andaba conchabada con su vecina, Anna Watson, para que los niños de la casa se conocieran. Los niños eran, claro, Peter por parte de tía May… y Mary Jane por parte de tía Anna. Peter, el muy cabestro, sospechaba que Mary Jane debía ser una gorda, calva e insoportable tonta, por eso había hecho lo imposible por escaparse de todas las citas a ciegas que las dos amorosas tías habían preparado para sus los encantadores sobrinos. Pero Mary Jane no era ni gorda, ni calva ni mucho menos tonta, aunque alguno pudiera pensar que aquella pelirroja irresistible no debía tener demasiadas luces en su linda cabecita. Las tenía, vaya si las tenía. ¿He dicho ya que parecía mágica la manera en la que Peter y Gwen habían acabado juntos? En esa misma época, Peter conoció por fin a Mary Jane, y fue uno de esos encuentros que quedan grabados a fuego en la memoria. Fue verla y querer saberlo todo de ella, y no entender cómo había pasado todos esos meses esquivándola. Y ya teníamos el lío en la cabeza del pobre Peter, dividido entre dos mujeres maravillosas. Como Betty y Verónica con Archie, pero esta vez no era un tebeo para críos. Era la realidad.

 

Ah, y también estaban Harry y Flash, espectadores boquiabiertos de lo que pasaba. Flash conocía a Peter desde el instituto. Bueno, sería más apropiado decir que Flash llevaba siendo la peor pesadilla de Peter desde el instituto. Con el tiempo, habían aprendido a soportarse, pero Flash no podía comprender que la rubia bebiera los vientos por el canijo Parker, y que él encima apareciera un buen día con la pelirroja. El mundo se había vuelto loco. Flash no entendía que su momento había pasado, en apenas un abrir y cerrar de ojos. Aquella no era su Edad de Oro, era la de Peter. La suya había empezado y terminado ya, cuando todos le miraban como una gran estrella del fútbol. Para lo que le serviría.

 

Harry. Harry nunca tuvo una Edad de Oro. O quizás fue tan breve que apenas pudo apreciarla. En aquella época, el niño rico luchaba por el amor de su padre, sin saber que su padre era un psicópata cuya maldición arrastraría a ambos a la tumba. Pensó que encontraría su consuelo en Mary Jane, pero aquello no funcionaría. Funcionó lo de Peter con Gwen, y envidió a su amigo más que a nadie en el mundo. Su amigo, el que le había ayudado a estudiar, el que había aceptado compartir piso con él para no sentirse tan solo como estaba. Al menos Harry no sabía lo que vendría luego, y ese es el mejor consuelo que pueden esperar quienes le conocieron.

 

Ha llovido tanto desde entonces… Gwen murió. Mary Jane se casó con Peter. Harry también murió. Flash acabó hundido en una botella, sin comprender el motivo por el que los días de la estrella de fútbol habían terminado. Como había terminado aquella Edad de Oro. Aquellos años en azul. Azul enamorado, como estaba Peter, no sólo de Gwen, o más tarde de Mary Jane, sino de una época irrepetible. Azul nostálgico, entristecido, como es el poso amargo que deja el recuerdo de aquello que se ha perdido para siempre. Recuerdos en azul brillante, porque, sin buscarlo y sin saberlo, el brillo en los ojos de una chica había hecho de su vida algo maravilloso.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Age nº 16

EL NACIMIENTO DE UN ARTISTA SOBRESALIENTE

Un vistazo a la historia del cómic estadounidense desvela que cada generación tiene dos o tres autores que despuntan por encima de la media y cuyas obras sirven de modelo a la gran mayoría de sus contemporáneos y sucesores. La Marvel de los años ochenta fue afortunada en cuanto a la generación de esa clase de genios, capaces de insuflar nueva vida a personajes agotados y encontrar nuevos caminos que recorrer por parte de toda una industria. En aquella época, estaba John Byrne. Estaba Walter Simonson. Y desde luego, estaba Frank Miller.

Lo cierto es que en el currículum de ningún genio figura una obra maestra al comienzo del documento. Primero tiene que haber, por fuerza, voluntariosos intentos, esperanzadores reflejos de lo que será, ensayos que están muy lejos de la perfección, pero que consiguen divisarla a lo lejos. El caso de Miller no es diferente. El artista destinado a crear Daredevil: Born Again, Batman: Dark Knight o Sin City (por mencionar tres de sus más reconocidas obras), nació el 27 de enero de 1957, en Maryland y creció leyendo los cómics de Spiderman, Superboy o Los 4 Fantásticos. Era tal su pasión por las viñetas que, a los seis años, su madre ya le dijo que se dedicaría a ese negocio. Pero no sólo de tebeos se nutrió la imaginación del joven Miller, que frecuentaba también las novelas de género negro de Mickey Spillane, el creador de Mike Hammer o las películas de Alfred Hitchcock.

 

Decidido a convertirse en un profesional de las viñetas, utodidacta del dibujo y aprendiz de técnicas narrativas a través de libros sobre cinematografía, Miller malvivió durante buena parte de su juventud, intentándose abrir camino en el mundo del cómic. Tras unos pequeños encargos de las editoriales Gold Key y DC, recibió la llamada de Marvel. Y aquí es donde las cosas se ponen verdaderamente interesantes.

 

Miller, en aquel 1979, no era más que uno de los muchos autores que empezaba su carrera, y en la Casa de las Ideas le hicieron un encargo a la altura de un desconocido: Debía dibujar un par de episodios de la segunda serie del Hombre Araña, titulada Spectacular Spider-Man. Aquellos dos números formaban parte de una saga en la que el trepamuros se enfrentaba a un nuevo y mortífero enemigo llamado Carroña. Pero el detalle importante de aquella historia, desarrollada por el prolífico guionista Bill Mantlo, estaba en la presencia de un viejo amigo de Spidey: Daredevil.

 

Pese a los muchos rasgos que delataban la juventud y falta de experiencia de la joven promesa, para los editores de la compañía brillaron mucho más sus aciertos, todo el potencial que había en aquel Nueva York sucio y auténtico, en aquellas composiciones de página tan originales, en aquellos personajes secundarios que parecían tipos que te podías encontrar por la calle, o en aquellos dos héroes que, donde otros muchos encontraban semejanzas, este dibujante procuraba destacar las diferencias. Si los movimientos de Spiderman resultaban elásticos y espontáneos, con posturas sólo posibles para alguien capaz de dislocar sus miembros, los de Daredevil eran propios de alguien que, aunque había recibido un severo entrenamiento, seguía siendo humano. Había, en autor aquel recién llegado, influencias de artistas como Gil Kane, Will Eisner o Neal Adams; un realismo heredado del cine y una oscuridad propia de la novela negra. Todo en potencia, todo esperando a ser tallado, como un diamante en la piedra.

 

Cuenta la leyenda que Jim Shooter, el Director de la Compañía en aquel entonces, se enamoró del trabajo de Miller, que su fe y confianza en el recién llegado fueron las que le llevaron a darle el espaldarazo definitivo. Quiso el destino que Gene Colan deseara abandonar Daredevil y que el joven Frank hubiera demostrado su capacidad para dibujar al héroe ciego. Apenas dos meses después de su breve paso por Spectacular Spider-Man, Miller fue nombrado dibujante habitual de la cabecera protagonizada por el Hombre Sin Miedo, de la que poco tiempo después se convertiría también en guionista.

 

La que entonces era una serie moribunda, pasaría a situarse como uno de los mayores referentes artísticos y comerciales de Marvel. Pero de nuevo, aquel proceso fue lento, de tal forma que, en el momento de aterrizar Miller en la colección, Daredevil mostraba unas paupérrimas ventas que habían obligado a que su llegada a las librerías se produjera cada dos meses, en lugar de los treinta días habituales. Miller tenía por lo tanto mucho tiempo libre para ocuparse de otros encargos puntuales, de tal manera que, en un plazo de dos años, llegaría a frecuentar al trepamuros en repetidas ocasiones. Daredevil era su esposa, pero Spiderman era su amante secreta.

 

Este volumen recoge todos aquellos trabajos, realizados entre 1979 y 1981 en las diversas publicaciones protagonizadas por el héroe rojiazul. Abre fuego el Amazing Spider-Man Annual #14 (1980), una colaboración con el veterano escritor Denny O’Neil, en la que tiene lugar a su vez un encuentro entre Spidey y el Doctor Extraño. Se trata de los dos personajes que creara gráficamente Steve Ditko, un autor que influyó de manera determinante a Miller en estos primeros tiempos. Las dimensiones mágicas de Ditko, plagados de criaturas gelatinosas y donde no se cumplen las leyes físicas de nuestro mundo, se abren paso en una aventura plena de viñetas de gran belleza y composiciones tan originales como sugestivas.

 

A continuación, figura el Marvel Team-Up #100 (1980), un cómic sobresaliente por varios motivos. El primero, que Miller tuvo la oportunidad de trabajar por primera vez con Chris Claremont, el guionista de La Patrulla-X, junto con el que luego firmaría la más aclamada aventura de Lobezno de todos los tiempos. El segundo, que supone la presentación de un nuevo personaje, Karma, destinado a situarse luego en la cosmogonía mutante. El tercero, que se trata de una de las escasas oportunidades de contemplar la interpretación que Miller hace de unos personajes tan alejados de sus querencias habituales, como son Los 4 Fantásticos. A destacar, el flashback con el origen de Karma, en el que el artista ensaya nuevas técnicas pictóricas y narrativas. Faltaba mucho para la llegada de Sin City, pero aquí hay una lejana sombra del estilo de esa futura obra.

 

Llega luego una sorpresa, el Marvel Team-Up Annual #4 (1981), donde Miller no dibuja –esta tarea queda en manos de Herb Trimpe-, sino que es el encargado de escribir una historia que reúne de nuevo a Spiderman junto a Daredevil, además de otros justicieros urbanos de la editorial: El Caballero Luna (considerado por muchos como el Batman de Marvel), Power Man y Puño de Hierro. Por encima de los héroes, es el tratamiento del villano lo que verdaderamente destaca: un Kingpin habitualmente adscrito al lanzarredes, que Miller acabaría por convertirlo en el enemigo por excelencia de Daredevil.

 

Sigue el Amazing Spider-Man Annual #15 (1981), otra colaboración con O’Neil, el que era su editor en la colección del Hombre sin Miedo y luego le sustituiría como guionista. Aquí ambos componen un divertido aunque absorbente relato urbano en el que destaca el genial tratamiento de personaje llevado a cabo con J. Jonah Jameson, el verborréico  director del Daily Bugle, así como el detalle de que Miller entre en contacto con Punisher, un implacable vigilante que pocos meses después recuperaría en Daredevil. La pelea con el Doctor Octopus, en medio de las rotativas del Bugle, trae de nuevo a la memoria los mejores momentos del Spiderman de Ditko.

 

El volumen se cierra con aquel puñado de páginas que permitieron a Miller hacerse con una colección propia: una curiosidad que demuestra la inexperiencia del autor en aquel entonces, pero también la fuerza arrasadora de su trazo. Se incluyen además las muchas portadas de diversas series arácnidas que Miller dibujó en este periodo, y que sirven de colofón a un volumen dedicado a la época más desconocida de un autor que, en aquel entonces, ni siquiera sospechaba los infinitos horizontes que habría de conquistar.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Spiderman: Integral Frank Miller

VIAJE A LA SUPERFICIALIDAD DE LA NOCHE

Spiderman es algo más que un personaje de tebeo. Es un icono asimilado por la cultura popular, el símbolo de Marvel Comics y una imagen de marca reconocible por millones de personas en todo el mundo. Esa popularidad se asentó a mediados de los años sesenta, sobre los dibujos realizados por John Romita, el artista que llevó al trepamuros a sus mayores cotas de éxito y reconocimiento. Su aspecto limpio, optimista, luminoso, contrastaba con el que le había dado su creador gráfico, Steve Ditko, y tal vez por eso se asentó como el favorito de las masas… Hasta que llegó un nuevo artista, un joven canadiense de apenas veinticinco años que consiguió lo imposible. Su nombre era Todd McFarlane.

Alguien podría pensar que el hecho de que Todd McFarlane naciera el 16 de marzo de 1961, en Calgary (Canadá) reviste cierto simbolismo, ya que ése fue el mismo año en que se inauguró el Universo Marvel, con The Fantastic Four #1 USA. Pero lo cierto es que tal coincidencia no es sino el fruto de la casualidad, porque el nombre de uno de los niños prodigio de los noventa se asocia a La Casa de las Ideas como mera estación de paso, campo de pruebas en el que darse a conocer y desde el que saltar hacia nuevas metas. McFarlane entró en la industria del cómic estadounidense en un periodo de cambio, de viraje hacia una preponderancia absoluta de la imagen sobre la historia. Sería representante del mismo, junto a otros contemporáneos que acabarían por convertirse en sus compañeros de viaje, como Jim Lee, Rob Liefeld, Marc Silvestri o Erik Larsen, con los que compartía algunos rasgos característicos, tanto de estilo como de personalidad.

 

Su carrera propiamente dicha había comenzado en 1985, dentro de una serie llamada Coyote, que publicaba el sello Epic de Marvel. Ese mismo año, fichó por DC Comics para dibujar Infinity Inc., una cabecera eminentemente nostálgica, donde destacaría por arriesgadas composiciones de página que no eran habituales en una época donde la mayoría de los artistas se limitaban a colocar una viñeta tras otra hasta completar la plancha, mientras que McFarlane ya trataba de interpretarla como un todo. Su siguiente obra, tal vez por la relevancia del protagonista, tal vez porque el trazo ya evolucionó hacia un oscuro barroco, fue la que le señaló como un hombre a seguir. Batman Year Two le valió para descubrir cuánto le gustaban las capas de desproporcionado lirismo y para que Marvel le llamara. Le querían de vuelta. En 1987 dibujaría las aventuras del Increíble Hulk durante medio año, antes de que la serie se le quedara pequeña y el editor Jim Salicrup, responsable de las colecciones protagonizadas por el Hombre Araña, se empeñara en colocarlo al frente de la principal: The Amazing Spider-Man. Salicrup estaba convencido que McFarlane elevaría las ventas de la colección hasta situarla, al cabo de ocho años, en el primer puesto de las más vendidas. No sería necesario ni la mitad de ese tiempo.

 

La irrupción del canadiense en el mundo arácnido tuvo lugar apenas unos números después de la llegada de un nuevo guionista, David Michelinie, y de que Peter Parker se hubiera casado con Mary Jane, una situación con la que ningún autor en Marvel acababa de estar cómodo, pero con la que el nuevo equipo tendría que apechugar hasta hacerla suya. Michelinie desarrollaría historias muy ligeras, fundamentalmente aventureras, con una gota del romanticismo de un matrimonio imposible, de una relación amorosa que aparecía como idílica ante los ojos del lector, el mismo que siempre había soñado con encontrar una media naranja que además fuera top model. Todos esos elementos, sumados al espectáculo y la originalidad del dibujo de McFarlane, contribuirían a llamar la atención de nuevas hordas de aficionados que, hasta entonces, creían que el trepamuros era un héroe pasado de moda. Ocurría que aquel personaje en poco se parecía al Spiderman de sus padres. McFarlane lo dibujaba en posturas absurdas, propias de un cuerpo que se había roto, pero que funcionaban con apoteósica fascinación. Como sólo había pasado en los tiempos iniciales de Ditko, el Hombre Araña era ahora más Araña que Hombre. La huída de los convencionalismos, de las figuras anatómicamente perfectas, se completó con un agrandamiento de los ojos, hasta cubrir buena parte de la máscara, que hacían a Spidey expresivo, y con una telaraña llena de hebras, deshilachada y difícil de dibujar, que se ganó el apelativo de “telaraña spaguetti”. La revolución visual se extendió a la plana mayor de los personajes secundarios, con esa Mary Jane que, mientras huía del “canon Romita”, se mimetizaba con el catálogo de Victoria’s Secret, pero sobre todo con los villanos. Michelinie recuperó a muchos de los clásicos, que fueron reinterpretados por McFarlane como recién nacidos, a la par que introdujo una nueva amenaza, la de Veneno, que debutaría en la aventura especial de The Amazing Spider-Man #300 USA (1988). De inmediato se alzó como el reverso tenebroso del héroe, un mastodonte musculoso fusionado con el viejo simbionte de las Secret Wars, aquel traje negro que utilizara Peter Parker unos años atrás hasta descubrir que estaba vivo, y que ahora, con Eddie Brock como huésped, había desarrollado unas aterradoras fauces.

 

La del debut de Veneno fue una historia terrorífica, dolorosa y traumática, tanto para el héroe como para su bella esposa, y en definitiva diferente a las que luego escribiría Michelinie en la serie. Siendo la primera que dibujó McFarlane, se le quedaría grabada como el tipo de cómic que le gustaría contar. Confesaría entonces que, a esas alturas de su vida, hacía tiempo que ya no leía tebeos, que le habían dejado de interesar como algo que hacer en los ratos libres. Y quizás sería el dato más revelador que aportara en las muchas entrevistas que concedió tras convertirse en la estrella del momento. En ellas también se quejaba ya de muchas de las circunstancias que rodeaban al proceso editorial, de la calidad del papel, de las fechas de entrega o de que su arte quedara “tapado” por las prisas y el estilo del entintador. Esto último fue lo que le llevó a ocuparse él mismo de completar sus lápices, una toma de control sobre el producto final que pronto consideraría insuficiente.

 

Después de un par de años en The Amazing Spider-Man, McFarlane sintió que había dado el momento de dar el siguiente paso. No sólo quería dibujar y entintar, sino también que cuanto ocurriera en la viñeta fuera una decisión tomada personalmente por él. “Para decirte la verdad, no es que quiera ser un guionista; es que quiero tener el control de mi arte”, afirmaría entonces. Aspiraba a crear nuevos paradigmas al tiempo que tiraba a la basura los viejos. Por eso, ni John Byrne, ni Walter Simonson, ni Frank Miller, los tres grandes autores completos de la década de los ochenta, eran sus modelos a seguir. No tenía grandes ideas que no estuviera dejando de contar y ni siquiera guardaba demasiado respeto por el oficio de escribir. Simplemente, no quería trabajar al dictado de nadie. Con las cifras de venta de Amazing en las manos, Salicrup no sólo fue incapaz de decirle que no, sino que le daría una nueva serie, titulada simplemente Spider-Man, sin adjetivo alguno, como siempre habían tenido las cabeceras arácnidas, y que se alzaría como el cuarto del personaje.

 

El modelo a seguir para Spider-Man venía en realidad de un proyecto de DC Comics, hijo de la Batmanía. Legends of The Dark Knight había sido lanzado un año antes, al cobijo del éxito de la película de Tim Burton, y era la manera de ofrecer a los nuevos lectores una puerta al mundo de Batman libre de complicaciones, consistente en una sucesión de arcos argumentales de cinco números, independientes los unos de los otros, con distintos autores de prestigio y unas calidades de impresión superiores a las de los comic-book convencionales, lo que también se reflejaba en un precio mayor. Para demostrar que en Marvel no les importaba reconocer la influencia, la portada del primer número de Spider-Man indicaba “The Legend Of The Arachknight”, en alusión nada velada a la serie de Batman. Como había ocurrido con ésta, ese número de lanzamiento iría acompañado de una acción especial, que comenzaría a hacerse frecuente a partir de entonces. Marvel lanzaría cuatro versiones diferentes: la normal, para quioscos; la de librería especializada, cuya portada tenía tintas metálicas, y dos ediciones limitadas a 125.000 ejemplares, que se venderían embolsadas. Los especuladores las acogieron con los brazos abiertos, hasta hacerse con 2.350.000 unidades en las primeras horas de venta y dar pie a dos nuevas ediciones, que sumaban medio millón más. La fiesta de los noventa había comenzado.

 

“Tormento”, así se titulaba aquella primera historia de cinco episodios, en las que Todd McFarlane, la veterana estrella de Marvel, se encontraba con Todd McFarlane, el guionista novato de la compañía al que le habían dado una gran oportunidad por razones que nada tenían que ver con su talento literario. El relato era sencillo y contundente: sin tramas secundarias ni personajes de reparto, estaba contado en tiempo real, como si fuera una película, y venía a reflejar lo que su autor describía como “Una mala noche para Spiderman”. El tormento venía dado por El Lagarto, uno de los villanos habituales del héroe, al que el canadiense ya había tenido oportunidad de dibujar en Amazing, pero que para la ocasión sería redefinido. “Quiero que parezca un monstruo”, diría. “Es un personaje muy visual, con sus enormes colmillos. No quiero que se le vea como el Doctor Connors. Es un gran monstruo, en la línea de la criatura de Alien, y no dice ni una sola palabra durante los cinco números”. La excusa para que El Lagarto fuera tan peligroso estaban en una onomatopeya que inundaba muchas de las páginas, un DOOM DOOM DOOM repetitivo hasta la obsesión, detrás del que se ocultaba el verdadero villano del relato y la influencia oculta de McFarlane, que no era otra que “La última cacería de Kraven”, una saga, que J. M. DeMatteis y Mike Zeck hubieran realizado en 1987 y que había sido la primera en introducir de lleno a Spidey en terrenos oscuros. Probablemente Mac nunca la hubiera leído, ya que la sugerencia del villano misterioso vino de manos de Glenn Hardling, ayudante de edición de Salicrup. Y aunque sí la conociera, “Tormento” no tenía en realidad demasiado que ver con ella. El primer arco de Spider-Man sustituía la profundidad psicológica de “La última cacería” por la inmersión y la claustrofobia ambiental. Si el trepamuros estaba dentro de una terrible pesadilla, el lector debía sentirlo en cada página.

 

Frente a Batman, el personaje favorito de McFarlane, que es una criatura de la noche, Spiderman siempre se había caracterizado por su luminosidad. Consciente de ello, el artista le había dado un billete hacia territorios incómodos, donde el Hombre Araña sólo encajaría bien si era él quien conducía el tren. Los resultados comerciales cosechados por la nueva serie dejaban en evidencia que Spiderman viviría en lo profundo de la noche todo el tiempo que quisiera Todd McFarlane. En Marvel desconocían que, ni siquiera cuando le habían dado todo lo que había pedido, el artista iba a darse por satisfecho.

 

Prólogo del tomo Spiderman de Todd McFarlane nº 1

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