1992. ¿VIDA MUTANTE DESPUÉS DE CHRIS CLAREMONT?

Es febrero de 1992 y nace Image. Terry Stewart tranquiliza a los mercados desde la tribuna que le ofrece The New York Times. “Los autores vienen y van, pero los personajes y sus universos permanecen”. Marvel está por encima de quien trabaje eventualmente en sus oficinas. Stewart está convencido de que la aventura californiana de esos cerdos traidores será un fracaso. Quien me hecha un pulso lo pierde, asegura. Stewart no sabe nada sobre cómics, pero eso no le importa. Nombrado presidente por Ron Perelman, propietario de Marvel, a principios de 1990, su modelo de empresa lo representa Disney. En su esquema del negocio, los cómics son una pequeña parte de un imperio mayor compuesto por películas, parques temáticos, juguetes, videojuegos… Cualquier cosa que pueda vender a un público entre los cinco y los veintipoquísmos años. En manos de Stewart, Marvel funciona más que nunca como una multinacional. Contrata gente a espuertas, hagan o no falta; cuida el mercado televisivo, y mete dinero a mansalva en los estudios de animación de Marvel, que empiezan a trabajar en una serie de dibujos animados protagonizada por la Patrulla-X. Los diseños de personajes y primeros argumentos están basados en los X-Men… de Jim Lee.

Con la oficina-X inmersa en la mayor crisis de toda su historia, Bob Harras se convierte en la única persona con capacidad operativa para tomar decisiones. Las únicas consignas que recibe desde arriba se resumen en mantener el nivel de ventas de la Franquicia Mutante y no promocionar en exceso a sus asalariados. Ni un dibujante con ínfulas de estrella en la casa. Harras pone ahora sus esperanzas en la inteligencia de Fabian Nicieza, su más inmediato colaborador, que asciende de argumentista a escritor de X-Force y X-Men. Scott Lobdell, del que hay buena opinión en la casa, también pasa a ser el guionista de Uncanny. Lobdell llega después de que John Byrne se niegue a escribir en una sola noche los diálogos del UXM 286 (III 92). Hasta ese momento su único mérito conocido es haber cubierto bajas aquí y allá, pero sabe cómo subir en una empresa. Redactor de revistas de tercera regional y fracasado humorista de bodeguilla, Lobdell se curra su futuro en los pasillos, en los despachos, en la cafetería de Marvel. Una tarde recibe una llamada de Lisa Patrick, la mano derecha de Bob Harras.

 

-Hola Scott. ¿Serías capaz de hacer los diálogos de un tebeo de la Patrulla-X?

-Claro. ¿Para cuándo lo quieres?

-Para mañana a primera hora

-Vale.

-¿Te va a dar tiempo?

-Sí. ¿Por qué no me iba a dar tiempo?

 

A la mañana siguiente, Harras tiene su guión completo encima de la mesa.

 

-Espera, Scott. No te vayas. Déjame que te haga unas preguntas.

-Adelante.

-¿Estás disponible?

-Sí, claro.

-¿Sigues las colecciones de la Patrulla-X?

-Las leo todas.

-¿Sabes cómo funciona la Oficina-X?

-No, no lo sé.

-¡Has contestado correctamente a todas las preguntas! Una cosa más, ¿te gustaría ser el guionista regular de Uncanny X-Men?

-Diablos, por supuesto que me gustaría. ¿Es una especie de broma?

-No. No es ninguna broma. ¿Quieres o no?

-Sí, sí. Desde luego.

-Pues bienvenido a bordo.

 

Acompañando a los nuevos guionistas están chicos salidos de quién sabe dónde, jovenzuelos que llegan a Marvel con un estilo que mimetiza el de Jim Lee o Rob Liefeld. Si otro puede hacerlo, ¿para qué contratar a los originales? Son los Tom Raney, los Brandon Peterson, los Art Thibert, los Mark Pacella, los Greg Capullo, los Joe Quesada. En el aspecto narrativo, Wolverine mantiene a Larry Hama, quien ha demostrado ser el perfecto escritor de las aventuras del mutante de las garras de adamántium. Bajo su tutela, la colección alcanza el tono a Conan del siglo XX perseguido, que no logrado, por Claremont en los primeros números. Lobezno encuentra en Hama al otro gran autor que le entiende y sabe a dónde llevarle: hacia el derrumbe emocional. Con un hábil giro dramático, el guionista se deshace de Mariko Yashida, la muñeca de porcelana china que ha simbolizado durante todos estos años el control de Lobezno sobre sus demonios internos. Muerta Mariko (WOL 57, VII 92), Logan regresa a sus orígenes salvajes, con historias más descarnadas y violentas que las que preceden la llegada de Hama. En sustitución de Silvestri, entra en escena Mark Texeira, un dibujante de trazo sucio y salvaje que compensa sus carencias con la fuerza estilística que Lobezno necesita.

 

X-Factor es la colección que menos vende de las publicadas por Harras. Peter David tiene manga ancha para hacer lo que quiera con ella dentro de un cierto orden. Siguiendo el estilo que le ha hecho famoso en Incredible Hulk, David introduce la interacción de personajes y el humor como los grandes valores de la colección, y los diálogos inteligentes como su más poderosa arma para conquistar nuevos lectores. Enseguida construye un cómic inteligente y lleno de frescura que crece mes a mes ayudado de los buenos oficios primero de Larry Stroman y luego de Joe Quesada, uno de los pocos imitadores de Jim Lee con un lápiz capaz de evolucionar hacia un estilo propio.

Marvel Comics Presents y Excalibur funcionan por otro lado, ya que ambas series las edita Terry Kavanagh, en lugar de Harras. La primera publica seriales protagonizados por Lobezno de forma sistemática. Kavanagh concentra sus esfuerzos alrededor de una historia en trece partes escrita, dibujada, entintada y coloreada por Barry Smith (MCP 72-84, V-XI 91). En los dos años que ha durado su proceso creativo, Arma-X ha pasado de ser un relato corto de ocho páginas a convertirse en una espectacular novela gráfica de ciento veinte. El título se refiere al primer nombre clave utilizado por Logan, así como al proyecto gubernamental que dio origen a sus huesos y garras de adamántium. Smith acomete su realización sin más influencia externa que una pequeña charla con Chris Claremont en la que éste sugiere que detrás del Proyecto Arma-X puede estar la oscura mano de Apocalipsis.

Un accidente de tráfico sufrido por Smith retrasa tanto la aparición de Arma-X como de la tercera parte de Muerte viva, en la que también trabaja. Terminado el serial de MCP, el artista vuelve sobre esta nueva obra en torno a Tormenta, aunque sin que Marvel le indique fecha de entrega. De momento, no necesitan la historia. Tiempo después, cuando por fin la concluye, Bob Harras se niega a publicarla. Alega que en ella se hace apología del suicidio. Muerte viva III aparece en 1999 bajo el nombre de Adastra in Africa, un álbum de lujo que publica Fantagraphics Books. Smith cambia el nombre de la protagonista para evitar problemas de derechos con Marvel. De igual forma, las contradicciones que Arma-X introduce en la cronología de Lobezno llevan a que Larry Hama, por indicaciones de Harras, la convierta en poco menos que una ensoñación apócrifa fruto de implantes cerebrales, como se explica a lo largo de una compleja aventura que vuelve a sumir el origen de Logan en la incertidumbre absoluta (WOL 48-50, XI 91-I 92).

En Excalibur, tras una soporífera etapa de interinidad, Kavanagh rescata a Alan Davis, quien meses atrás se ha estrenado como guionista en un especial dedicado a Lobezno (Wolverine: blood lust, 1990). “Vuelve a la serie. Quiero que hagas los dibujos y los guiones. Puedes hacer lo que te apetezca con los personajes. Disfruta”, sugiere Kavanagh, quien, al contrario que Harras, mantiene un sistema de edición en el que prima la capacidad de los autores para desarrollar sus ideas. Davis demuestra enseguida que puede ser tan buen escritor como dibujante. Su trabajo, divertido, muy bien escrito y estructurado, resulta una absoluta delicia desde el primer momento (EX 42, X 91). En pocos meses resuelve gran parte de las inconsistencias y cabos sueltos dejados por Claremont en su anterior etapa conjunta. Vuelven viejos conocidos de la serie, como Saturnina o la Banda Loca, cuya presencia sirve para desvelar misterios olvidados que hacen referencia incluso a la primera aparición del grupo. Los lectores conocen así el verdadero origen de Cacharro (EX 66, VI 93), la conspiración de Merlyn fruto de la cual nació Excalibur (EX 50, V 92) o las razones por las que el Capitán Britania se comportaba como un imbécil descerebrado en los primeros números. Davis acomete también una de las empresas más duras de la historia mutante, reordenar y clarificar la cronología de Fénix (EX 52, VII 92). Mientras aclara estos misterios, avanza hacia nuevos puntos de interés, con la introducción de personajes como Cereza (EX 46, I 92) o Feron (EX 48, III 92). “Sigo un esquema muy parecido al de las historias del Mono Chino, en las que hay cuatro personajes que representan los distintos aspectos de la totalidad”, explica. “Creo conversaciones entre ellos, y esas charlas son el equivalente al psicoanálisis y a las dudas sobre uno mismo”. La serie, junto con X-Factor, alcanza un nivel de oasis dentro de la Franquicia-X.

1992. MANTENERSE EN LA CIMA ANTE LA AMENAZA DE IMAGE

Bien, señores. Este es nuestro objetivo. Mantenernos aquí. Los primeros.

Bob Harras señala el gráfico de ventas de Uncanny X-Men. La serie pasa de algo menos de medio millón de ejemplares mensuales en 1991 a casi 750.000 en 1992. Eso representa un aumento del cincuenta por ciento, cifra que ha permanecido inamovible tras la marcha de Claremont. Ahora hay que conseguir que todo siga igual sin Jim Lee ni Rob Liefeld.

Es ocho de febrero de 1992. Una rueda de prensa convocada por siete de sus más rentables estrellas coge a Marvel con el paso cambiado. Todd McFarlane, Jim Lee, Rob Liefeld, Marc Silvestri, Jim Valentino, Erik Larsen y Whilce Portacio anuncian que dejan la Casa de las Ideas para fundar su propia editorial.

A sus veintidós años recién cumplidos, Rob Liefeld es un millonario feliz. Ha hecho realidad sus sueños de niñez. Los chicos que compran X-Force quieren dibujar como él, vestir como él, sonreír como él, ser como él. Pero una mañana Rob Liefeld descubre que, si él ha ganado dinero, mucho dinero, Marvel ha ganado todavía más, más dinero, a su costa. No sólo eso, Marvel utiliza su arte con absoluta impudicia en merchandising diverso sin pagarle un centavo por ello. Sin él, X-Force seguiría siendo una pandilla de críos tonteando en Asgard. Gracias a él, ahora son la pieza maestra del ejército de Cable. Con Hollywood llamando a la puerta, Marvel se ha convertido en un problema. ¿Qué vas a vender a los chicos del cine cuando tus dibujos, tu sangre, tu arte, pertenece a otro? Marvel es más pequeña y menos importante que Rob Liefeld, pero no lo sabe todavía. Marvel cree que puede tratar a Rob Liefeld como a un dibujante más, pero Rob Liefeld ha salido en la MTV. Por eso Rob ha empezado a coquetear con pequeñas compañías. Pretende que le publiquen una cosa titulada Youngblood. La idea es que ellos se lleven un pequeño porcentaje de ventas y Rob el noventa por ciento de los beneficios. Malibu Comics, hasta ahora una compañía insignificante, acepta el reto. Saben que el diez por ciento de ventas de dos millones de ejemplares sigue siendo mucho dinero. Guay.

Es tan guay que Rob se lo cuenta a su amigo Todd McFarlane. Es tan guay que McFarlane ve la oportunidad de su vida. Es tan guay que pronto se unen los demás. Silvestri, Valentino, Larsen. Chicos criados bajo el sol de California, locos por el surf que han visto el sueño americano hecho realidad después de que Marvel colmara sus cuentas bancarias. Pero les falta alguien. Les falta el nuevo Rey. Les falta Jim Lee.

Lee está en la cumbre. Ahora ya no tiene la molesta obligación de saltarse los guiones de Claremont. Por fin ha quedado claro que su visión de lo que tiene que ser la Patrulla-X es la que ha conquistado millones de corazones en todo el mundo. Por fin el guionista cumple su función primordial, escribir los diálogos. Scott Lobdell, ese chico que le ha puesto Harras, lo entiende. Lo entiende mejor que John Byrne. El que sea éste quien sustituya a Claremont supone todo un golpe maestro de cara a la galería, pero no funciona. Byrne aparece como por arte de magia al día siguiente de la marcha de Chris. Viene con un par de ideas que pone sobre la mesa. “Estoy presionando para que se haga una línea argumental que elimine el noventa por ciento de los mutantes. Con un poco de suerte, podremos volver a lo que era el cómic cuando comenzó en el primer número: los buenos mutantes intentado localizar a otros mutantes antes de que lo hagan los chicos malos. Y así no tendremos a los miles de personajes que hay ahora”, dice. Byrne dialoga los UXM 281 a 285 (IX 91-II 92) y los XM 4 y 5 (I-II 92). Acto seguido decide marcharse, furioso por que Whilce Portacio, el socio de Lee en su estudio y dibujante de Uncanny, no entrega sus páginas con tiempo suficiente para que pueda escribir los diálogos. Byrne afirma que sólo un par de esos números los ha escrito realmente. ¿Cuántos días necesita para llenar los bocadillos?, se pregunta el Chico Midas. Mierda, si sólo son letras. Cualquiera que haya ido a la escuela primaria puede hacerlo.

Jim Lee es un millonario feliz. Ha trabajado duro por la corporación y la corporación le ha recompensado como se merece. Por eso, cuando llegan Rob y los demás con las cuentas de la lechera, les dice que se lo pensará, pero que está muy bien en Marvel, que él es un hombre de empresa y que no planea cambiar. Una mañana, sin embargo, se entera de que Terry Stewart, el presidente de la compañía, está regateándole las pagas de beneficios, los billetes de avión para su esposa, las facturas del coche que alquila cuando acude a una convención. El quiere a Marvel, pero Marvel le trata como a uno más. Eres el más grande, Jim. Nos has hecho de oro, Jim. Te hemos hecho millonario, Jim. Pero, Jim, no eres lo suficientemente importante para nosotros como para que tu esposa viaje gratis. “¿Ah, sí? Pues que os jodan”. El Chico Midas vuelve a hablar con Todd McFarlane. “¿Lo comprendes ahora, Jim?” Ahora sí, Todd, ahora sí. “Dios bendiga a Terry Stewart”, piensa McFarlane. “Dejamos Marvel porque no nos trata como queremos. No nos vamos porque odiemos sus personajes o su manera de hacer cómics”, declara públicamente Lee.

1993. DE CUANDO LOBEZNO SE QUEDÓ SIN ADAMÁNTIUM

Es invierno de 1993. Bob Harras reúne a la legión de autores-X. Cada cierto tiempo es necesario juntar a todos alrededor de una mesa para discutir el desarrollo general de la franquicia, escuchar sus quejas, ideas y propuestas, y planear aquello que van a hacer durante los siguientes doce meses.

Lo más importante, claro, es el crossover anual. Lo que ocurre en cada una de las series mutantes está supeditado al dichoso crossover anual. Durante el resto del tiempo, cada guionista tendrá que confluir la trama de su serie hacia tal acontecimiento. Luego, si le queda algo de espacio, deberá incluir referencias a las otras colecciones. Ya, en última instancia, incluso pueden permitirse alguna historia propia.

El gran crossover de este año, Atracciones fatales, trae el retorno de Magneto en el treinta aniversario de la publicación del The X-Men 1 de Stan Lee y Jack Kirby. Bueno, según Claremont, Magneto murió en XM 3, pero, qué narices, sigue siendo el mejor villano susceptible de resurrección. Lo que quiere Harras es que no sea otra historia de Magneto vuelve.

 

-¿Se os ocurre algo?

 

Empieza a hablar Fabian Nicieza, guionista de X-Men y X-Force, quien tiene más o menos claro qué hacer con los Acólitos, y con el Coloso traidor. Poco a poco, los demás se van animando. También están Ben Raab, Suzanne Gaffney y Lisa Patrick, de la Oficina-X, Scott Lobdell por Uncanny, Larry Hama por Wolverine, y Peter David por X-Factor. David está callado y cómodo en su silla mientras todos los demás se interrumpen los unos a los otros. Entonces, se incorpora y, con voz tranquila, dice:

 

-Oye, No entiendo por qué Magneto va a pelearse con Lobezno. ¿Por qué no hacemos que le saque el adamántium de una puñetera vez?

 

Silencio.

Más Silencio.

 

-Ey, era un chiste. Podéis reíros. De verdad, a mí me parece una idea horrible.

 

Bob Harras pone su mano derecha sobre el mentón.

 

-Uhm-, dice.

 

XM 25 (X 93). La Patrulla-X con Xavier a la cabeza lucha contra Magneto y sus acólitos en Avalón, el nuevo cuartel general del Amo del Magnetismo. El desarrollo del cómic parece calcado del XM 3, hasta que surge un repentino giro argumental. Página treinta y una. Lobezno se arroja sobre el Amo del Magnetismo con la intención de destriparlo. Está fuera de control y puede incluso asesinarle. Página treinta y dos. Magneto responde utilizando su poder. “Nunca más, Logan. Ha terminado para nosotros. Nuestra larga asociación, mi más visceral enemigo, mi más respetado adversario ha terminado” dice. Página treinta y tres, viñeta cinco. Magneto extrae el adamántium del cuerpo de Lobezno. Página cuarenta y dos. Logan se retuerce de dolor y queda tendido en el suelo. “Somos actores de una tragedia más grande que todos nosotros. Una tragedia llamada vida, Logan. Pero hoy, para ti, y quizás también para mí, la cortina cae y el juego termina”. Páginas treinta y cinco y treinta seis. El Profesor-X desconecta de manera literal el cerebro de su enemigo. Página treinta y ocho. La Patrulla-X regresa a casa mientras el cuerpo del Amo del Magnetismo queda al cuidado de Coloso.

Atracciones fatales funciona como una historia cuyas partes pueden ser leídas de forma independiente. Cada episodio del crossover es doble y abarca, en orden cronológico, los XF 92 (VII 93), XFO 25 (VIII 93), UXM 304 (IX 93), XM 25 (X 93), WOL 75 (XI 93) y EX 71 (XI 93). A la base inicial de la saga, centrada en un primer momento en el regreso de Magneto, la traición de Coloso y el debut de Amelia Voght, una antigua amante de Xavier ahora afiliada a los Acólitos, se suma la tragedia particular de Lobezno. El XM 25 resulta impresionante por la escena antes mencionada, pero el WOL 75 adquiere mayor importancia. En un relato cargado de emoción que demuestra tanto su amor al personaje como una inmensa capacidad narrativa, Larry Hama explica las consecuencias inmediatas de que Logan pierda el adamántium. Si el preciado metal es prescindible, cosa distinta sucede con las garras. Sorpresa: siguen ahí, siempre han estado ahí, ya que forman parte de su cuerpo. “Son de hueso porque debo haber nacido con ellas”, concluye Lobezno, quien abandona la mansión en la última página del relato. “¡Voy a iniciar una nueva fase de mi vida! ¡Una nueva aventura!”, anuncia mientras se pierde en el horizonte a bordo de su Harley Davison. Esperan, efectivamente, nuevas aventuras con un tono apropiado de road movie en las que Logan se enfrenta a su nueva situación a la vez que crece su salvajismo.

 

Resulta paradójico que el hombre que sugiere la idea central de Atracciones fatales dimita un par de meses antes del comienzo del crossover. Peter David abandona la Franquicia Mutante por razones similares a las esgrimidas por Alan Davis. El guionista de X-Factor, como hiciera el autor de Excalibur, denuncia presiones por parte del equipo de Bob Harras encaminadas a torpedear su labor en la colección. David se queja del exceso de dibujantes de segunda fila con los que tiene que trabajar por el mero hecho de que Harras necesite probarlos de cara a posibles sustituciones en las otras series. Por otra parte, el guionista arrastra viejos reproches surgidos durante la realización de La canción del Verdugo y aparcados ante la promesa por parte de Harras de no obligarle de nuevo a dejar de lado las tramas argumentales de X-Factor en beneficio de futuros crossovers. La gota que colma el vaso es una saga que David ha de terminar un mes antes de lo previsto para evitar que se solape con el episodio de X-Factor dedicado a Atracciones fatales. “Quieren que corte mi historia y escriba la suya”, se queja. “Estoy muy apenado, pero sencillamente no puedo seguir bajo estas condiciones. Valoro demasiado el apoyo de los lectores como para hacer historias cuyo resultado va a ser inferior al habitual”. El guionista siente que si participa de la situación estará diciendo a sus seguidores: “Vale, de acuerdo. Pasemos de un dibujante regular. Pasemos de historias coherentes. Pasemos de los lectores. Da igual. X-Factor es un cómic de mutantes. Lo comprarán de todas maneras”

Scott Lobdell, siempre al rescate de su jefe, termina la saga comenzada por David (XF 91, VI 93) y escribe la parte de Atracciones fatales correspondiente a X-Factor. A partir del XF 93 (VIII 93), J. M. DeMatteis se hace cargo de los guiones, aunque tampoco dura demasiado (XF 106, IV 94). El momento exige hombres como Lobdell, un fiel a la causa que no tiene inconveniente en denunciar a cada uno de los insurrectos que se desvíen un milímetro de la doctrina oficial impartida por el amado líder. Como recompensa, Harras le premia con una miniserie sobre la infancia de Cable en el siglo XXXVIII (The adventures of Cyclops and Phoenix, V-VIII 94). La historia de esa miniserie difiere de los esquemas de Nicieza, que no entiende qué diablos hace Lobdell escribiendo sobre un personaje del que no tiene ni idea y por el que ni siquiera se molesta en preguntarle. Por otra parte, a la hora de asignar dibujante, la miniserie se lleva al estupendo Gene Ha, mientras que la colección regular de Cable malvive de artistas de segunda fila cuya calidad oscila entre lo mediocre y lo lamentable. Nicieza se siente ignorado primero y ninguneado luego. Cuando tiene oportunidad de comentarlo con Harras, éste le responde: “Trabajas demasiado, Fabian, y el resultado se resiente”. Al día siguiente, Nicieza entrega el guión del CB 9 (III 94). “Tienes toda la razón del mundo, Bob. Trabajo demasiado. Por eso este es mi último guión para Cable. Dejo la serie ahora mismo”. Pensando en su hija recién nacida, Nicieza se queda, no obstante, tanto en X-Men como en X-Force, colecciones que le aseguran dinero de sobra para pagar las facturas. Al final ha comprendido que en la Oficina-X no te contratan para escribir, sino para juntar piezas de un puzzle. Una pequeña parte de esas piezas están en tus manos, el resto en las de otros. Por encima de cualquier baile de autores, una cosa queda clara. Scott Lobdell es el chico favorito de Bob Harras, a quien escucha y pregunta, a quien asigna el trabajo sucio porque sabe que va a resolverlo sin problemas. Por eso se gana el derecho a preparar su propia colección mutante con personajes propios por los que cobrar royalties. Harras sólo pone una condición, que se titule The New Mutants, para que así Marvel pueda mantener el copyright sobre el anterior nombre de X-Force. Sin embargo, a Lobdell no le interesa recuperar el concepto de los bebés-X.

 

-Ok, Bob. Escribiré el nuevo título, pero quiero que se llame Generation-X. Es mucho mejor que The New Mutants. Suena como X-Men: the next generation. Acuérdate de cuando salió el libro de Douglas Coupland. A todas horas había debates en televisión sobre “la generación x”.

-De acuerdo. Me has convencido. Que se llame como te apetezca.

1993. EL PINCHAZO DE LA BURBUJA DE LOS CÓMICS

Es otoño de 1993. Después de una década de subidas ininterrumpidas y tres años de ventas desorbitadas, las editoriales ven las orejas del lobo. A pesar de su portada completamente metalizada, en las tiendas especializadas se comen con patatas tres cuartas partes del millón de ejemplares que han pedido del Turok dinosaur hunter 1 (VI 93), publicado por Valiant. Es un síntoma, sólo un síntoma, de lo que se avecina. Un vistazo general a las ventas sirve para comprobar que han empezado a descender de forma inusitada.

 

Las anunciadas líneas de superhéroes de pequeñas compañías comienzan su andadura por debajo de las expectativas iniciales (Malibu) o se hunden en cuanto salen a competir con los grandes gigantes (Valiant). La Franquicia Mutante, que repite su posición de liderazgo mes a mes junto con los grandes éxitos de Image, se convierte en el termómetro perfecto para diagnosticar el estado de salud del paciente. Está enfermo, no cabe duda. Las cifras, que a finales de 1992 rozan los 750.000 ejemplares vendidos de Uncanny, retroceden por debajo de los 600.000. Es un dato preocupante, desde luego, pero la sangría es todavía mayor en títulos como X-Force o Excalibur. Lejos de estabilizarse, las ventas descienden mes a mes. Se lanzan menos colecciones mientras crece el número de las que se cancelan. El nerviosismo cunde en las esferas, donde solucionan cualquier atisbo de crisis a golpe de talonario. Marvel diversifica mercados con la compra de una empresa juguetera, Toy Biz, y otra dedicada a la comercialización de cromos y juegos de cartas, Fleer. Ya no buscan al público lector, sino al coleccionista.

 

La situación se traduce dentro de la Franquicia Mutante en una intensificación de los métodos utilizados con anterioridad. Nada más terminar Atracciones Fatales aparece Lazos de sangre, un crossover, otro más, que celebra el treinta aniversario de la creación de la Patrulla-X y los Vengadores (UXM 307, XM 26, The Avengers 368-369 y Avengers West Coast 101, XI-XII 93). Superado el compromiso, la generosidad de Harras llega a tal extremo que en X-Men ocurre un hecho relevante. Después de tres décadas de noviazgo, Jean Grey y Scott Summers pasan por la vicaría. Como viene ocurriendo a lo largo de todos esos años, Jean toma la iniciativa y es quien propone al chico dejar de vivir en pecado (UXM 308, I 94). Fabian Nicieza escribe el episodio de la boda, uno de los pocos de toda su etapa en X-Men de los que se siente orgulloso (XM 30, III 94). “Creo que es una buena idea para los personajes, y me alegro de poder tratarla desde una perspectiva adulta”, declara. Nada de villanos, pues, en un acontecimiento sin número doble ni cubierta plastifica. Como mucho, Marvel y Fox, la productora de la serie de dibujos animados dedicada a la Patrulla-X, imprimen unas invitaciones de boda, detalle simpático alejado de la que podría haber sido una enorme campaña de marketing. Tal vez por ello, pocos días después del XM 30, la Oficina-X recibe multitud de cartas con fans que aplauden la historia. Otro de los tebeos favoritos de Nicieza también pertenece a esta época. El UX 33 (V 94) conecta los años como ladrón de Gambito con el pasado de Dientes de Sable en un estupendo relato autoconclusivo que hace preguntarse qué sería de la strip si Nicieza contara con una mayor libertad creativa.

Dejando aparte estos casos concretos, sigue la tortura existencialista de los mutantes, que en actitud rayana en la vagancia pasan el día apoyados en las paredes de la mansión mientras se quejan de cuánto les teme y les odia la humanidad que han jurado proteger. Son tebeos, según Bob Harras, “de tratamiento de personajes”. Esto significa que un par de hombres-X dialogan sin decir realmente nada y sin que esos diálogos sirvan para diferenciar a los unos de los otros, especialidad en la que Lobdell se supera mes a mes. La explicación de éste es todavía más divertida que la de Harras: “He trabajado en terapias de grupo en campamentos de niños con problemas emocionales. Por eso hago tandas de cuatro o cinco episodios en los que no se pelea nadie y la gente se pasa el rato sentada y relacionándose”. Confesado su crimen, el guionista de Uncanny se responsabiliza también de La alianza Falange (UXM 316 y 317, XM 36 y 37, XF 106, XFO 38, EX 82 y CB 16, IX-X 94), saga en la que aparecen por primera vez los miembros de la futura Generación-X. El crossover se desarrolla con desigual fortuna hasta un final absurdo con el que Lobdell demuestra su escasa capacidad para resolver incluso historias propias.

Generation-X (GX) 1 (XI 94) supone una agradable sorpresa gracias a los dibujos de Chris Bachalo, un artista con fama de rarito proveniente de la línea Vertigo de DC. Lobdell pide su incorporación al proyecto después de ver algunas de sus páginas para el XMU 1. Bachalo acomete un trabajo fresco y agradable alejado del tono trascendente del resto de la Franquicia Mutante. Junto a Lobdell diseña unos personajes con cierta gracia estética en los que se ha exagerado el lado freak. Incluso la bella Paige Guthrie, hermana de Bala de Cañón, resulta bastante desagradable cuando utiliza su poder de cambio de piel. Luego está Cámara, un chaval torturado a causa de que la primera manifestación de sus habilidades mutantes destrozó la mitad de su pecho y gran parte de la cara. M, alias de Monet St. Croix, es la sex symbol de la tropa, aunque se echa a perder con su actitud ególatra; a Pellejo le sobran unos diez metros de piel, circunstancia que lo afea en extremo; Penitencia no puede tocar a nadie a riesgo de cortarle en cachitos por culpa de su cuerpo filoso… “Cada personaje tiene algo de mí”, explica Bachalo. “Pellejo es mi lado desagradable; M mi lado femenino; Paige es mi lado eficiente y limpio”. La parada de los monstruos se completa con los que pueden considerarse “normales”: Sincro, Mondo y Júbilo, esta última degradada a la segunda división mutante por un Harras que nunca la ha querido dentro de la Patrulla-X.

El nuevo equipo mutante forma la cuarta promoción de la Escuela del Profesor Xavier para Jóvenes Talentos. No obstante, Lobdell toma una decisión que acaba de una vez por todas con la condición académica del hogar de los hombres-X. De esta forma, la mansión de la Patrulla cambia su denominación por la de Instituto Xavier de Estudios Superiores, mientras que la escuela se instala en la Academia de Massachusetts de Emma Frost. La antigua Reina Blanca del Club Fuego Infernal pasa al bando de los buenos después de contemplar la muerte de todos y cada uno de sus anteriores alumnos, los Infernales (UXM 314, VII 94). Como contrapunto de Emma, tanto sexual como pedagógico, se trae de vuelta a Banshee, recuperado de las afecciones de garganta que causaran su retiro. “Quiero establecer un sentido de esperanza y optimismo que actualmente no se encuentra en ningún cómic. Generación-X no va a ser una Patrulla-X de reserva, sino una pandilla de chavales aprendiendo a utilizar sus poderes”, explica Lobdell, que sin el menor indicio de estar bromeando añade: “espero que Generation-X tenga unas repercusión parecida a la de Watchmen o Dark Knight”. Sin duda, este chico es un genio.

Mientras crece la familia mutante, Harras pone a su gente a la búsqueda de nuevos colaboradores. Lisa Patrick hace un par de llamadas y las preguntas de rigor:

 

-Tengo que hacerte cuatro preguntas. Primera: ¿estás disponible?

-Sí.

-Dos: ¿lees habitualmente las series de mutantes?

-Por supuesto, las llevo todas al día.

-Tres: ¿cumples los plazos de entrega?

-Sí, pregunta a cualquiera de DC.

-Cuatro: ¿sabes cómo se trabaja en la Oficina-X?

.No. No tengo ni idea.

-¡Has contestado correctamente a todas las preguntas!

 

Quien responde al teléfono es Jeph Loeb, guionista de películas como Commando o Teen wolf (ambas de 1985). Loeb, un fan del noveno arte que posee cada cómic publicado por Marvel o DC a partir de 1964, ha hecho algunos trabajos interesantes en la Distinguida Competencia. Patrick le conoce gracias a un especial de Batman ambientado en Halloween que le ha gustado mucho. Junto al dibujante Tim Sale, Loeb prepara una historia de complemento para el UXM Annual 18 (1994). Poco después se convierte en el guionista regular de Cable (CB 15, IX 94). En una reunión editorial conoce a Scott Lobdell, de quien pronto se hace amigo. “Voy a enseñarte cómo se escribe la Patrulla-X”, le dice éste en su primera conversación. Lobdell le explica básicamente cómo trabajar con Bob Harras y le ofrece la posibilidad de realizar diversos crossovers entre Cable y Uncanny. A partir de ese momento, la esperanza de Loeb es llegar a convertirse en el guionista de X-Men, por eso procura incluir en sus historias alguno de los hombres-X.

Suzanne Gaffney realiza idéntica llamada, pero al otro lado del Atlántico. Warren Ellis también contesta correctamente las cuatro grandes preguntas. Ellis viene de Inglaterra para escribir Excalibur (EX 83, XI 94). Tras unos meses a la deriva con ilustres desconocidos a su cargo, la serie necesita un nuevo rumbo. El nombre de Ellis empieza a sonar con fuerza en círculos especializados gracias a sus guiones oscuros llenos de humor negro, muy en la línea británica de autores como Alan Moore o Neil Gaiman. La misma Gaffney también se pone en contacto con Carlos Pacheco para encargarle una miniserie protagonizada por Bishop (Bishop 1-4, XII 94-III 95) que el gaditano realiza en compañía de John Ostrander, veterano guionista procedente de DC.

 

1995. BAJO LA SOMBRA DE ONSLAUGHT

Es primavera de 1995. Concluida La Era de Apocalipsis, las colecciones mutantes vuelven a la normalidad. Un puñado de detalles sirven para maquillar que el último crossover no ha tenido repercusión alguna dentro de la continuidad mutante. El único cambio palpable es que, donde antes había ocho colecciones regulares ahora hay una más, X-Man, dedicada al niño probeta que sustituyera a Cable durante la saga. Por lo demás, unos cuantos personajes surgidos del mundo de Apocalipsis han conseguido colarse en la continuidad Marvel. Algunos de ellos sirven, por ejemplo, para explicar la existencia de los Morlocks o de Genosha. Poco a poco la oficina de Harras recupera su dinámica habitual. Todavía colean algunas de las tramas estilo Guadiana que tanto se supone que gustan a los lectores. Entre ellas, los negocios pendientes entre Mister Siniestro y Gambito, la conflictiva relación de éste con Pícara, que Xavier tenga como huésped de la Mansión a Dientes de Sable o la posibilidad de que Lobezno recupere su adamántium. En la nueva temporada se añaden nuevos misterios por resolver, que van desde la aparición de Joseph, un tipo amnésico con la apariencia y los poderes de Magneto, a la vuelta de Coloso al bando de los buenos, aunque sea para afiliarse a Excalibur. De tapadillo, los guionistas preparan el siguiente crossover, en el que los mutantes se enfrentarán a Onslaught, una amenaza capaz de apalear al mismísimo Juggernaut pero de la que en ningún momento se ofrece indicación alguna sobre su aspecto, motivaciones o identidad real. Una vez más, Harras y su gente improvisan. No saben quién se oculta tras Onslaught, pero ya se les ocurrirá algo. Lo de siempre, vamos.

Sólo la incorporación de Mark Waid como escritor de X-Men (XM 51, IV 96) amenaza con romper la tendencia que Scott Lobdell imprime a la strip. Waid quiere sacar a los mutantes de la mansión, que pasen menos tiempo quejándose y más rato salvando al mundo de la peor crisis que pueda imaginarse. No es necesario que lo hagan todos los meses, pero sí de vez en cuando, como solían hacerlo años atrás. También propone coincidir la identidad de Onslaught con la del traidor al que se refiere la grabación que trajo Bishop del futuro según la cual un hombre-X asesinará a los demás. En su opinión, el traidor no puede ser ni Gambito, ni Bishop, ni ningún otro sospechoso habitual. Debe ser la persona que nadie espere: Charles Xavier.

La teoría de Waid tiene un fallo, ya que la grabación de Bishop da a entender que los hombres-X conocen al traidor desde hace muy poco tiempo. Ocurre que Waid encuentra una forma de resolver el problema. Con extremada habilidad, el guionista cambia por completo el sentido de las palabras de Jean Grey, para lo que se sirve de la estática que las interrumpe varias veces. Así, la primera vez que se escucha la cinta (UXM 287, IV 92) Jean dice: “…traicionados por uno de los nuestros. (estática) Profesor Xavier (estática) el primero en morir (estática) culpa nuestra. En realidad nunca debimos confiar en (estática) sabíamos tan poco de (estática)”. Cuatro años después, Waid llena los huecos de la siguiente forma: “Traicionados por uno de los nuestros. (Por increíble que parezca, el) Profesor Xavier (se ha vuelto loco. Por lo que sé, Juggernaut fue) el primero en morir. (Sólo quedo yo para mandar este mensaje. Es) culpa nuestra. En realidad nunca debimos confiar en (que el hecho de apagar la mente de Magneto no tuviera efectos secundarios) sabíamos tan poco de (los daños psiónicos que provocaría)…”. Brillante.

 

“Creo con firmeza que el Profesor-X tiene una lado oscuro”, explica Waid. “Ningún hombre puede ser el santo que se supone que es Charles Xavier. Tal vez él no se dé cuenta, pero para proyectar esa imagen se ha pasado toda su vida adulta reprimiendo cada rabia, cada pasión, cada prejuicio, cada mal pensamiento que ha experimentado”. Indagando sentimientos reprimidos, en el TXM 3 localiza un ¿inocente? pensamiento de Xavier. “No puedo evitar preocuparme por alguien a quien quiero”, sostiene el Profesor-X, refiéndose a Jean Grey. “Pero no se lo diré. No tengo derecho. No mientras sea el líder de la Patrulla-X y esté confinado en esta silla de ruedas”. El sentimiento carnal del Profesor-X hacia su alumna aparece por primera y última vez en esa única viñeta, olvidada durante treinta años hasta que a Waid se le ocurre desempolvarla.

La solución al enigma del traidor cae como una bomba en la Oficina-X. Les gusta mucho, pero tienen miedo. Supone colocar al calvo en una posición tras la que es muy difícil dar marcha atrás. La utilizarán, pero con matices. Ha de quedar muy claro que Onslaught surge de la fusión del lado oscuro de Xavier con el de Magneto. Después de Onslaught, Xavier pasará un tiempo alejado de sus queridos alumnos, pero luego volverá, porque siempre vuelve. De aplicar al pie de la letra la solución de Waid, el alejamiento tendría que ser permanente. Al final, la identidad de Onslaught difiere tanto del concepto inicial que llega incluso a cobrar autonomía propia e independiente de Charles Xavier, y como tal actúa en la fase final del crossover. Bajo la identidad del Profesor-X sólo aparece en los tebeos escritos por Waid, a quien molesta la forma en la que Harras y compañía retuercen su idea hasta dejarla en una historia políticamente correcta. “¿Magneto? ¿Qué tiene que ver Magneto con todo esto?”, se pregunta. Al cuaderno de los agravios añade las constantes disputas que tiene con Lobdell. Empiezan el día en el que éste le hace la misma oferta que planteara en su momento a Jeph Loeb:

 

 

-Mark, si eres bueno te enseñaré cómo hay que escribir la Patrulla-X.

-No hace falta, Scott. Creo que me las apañaré yo solo.

 

Waid no entiende nada. Fue él quien introdujo a Lobdell en el mundillo, un detalle que su compañero ha debido olvidar. Es él quien recibe toda clase de alabanzas por sus historias en Flash o Captain America, mientras que Lobdell no consigue más que palos por parte de la crítica especializada. ¿Por qué viene ahora con esas tonterías? ¿Quién se cree que es, el dueño y señor de la Patrulla-X? ¿Cómo se atreve a ir dando credenciales de escritor a nadie? Durante un tiempo, Waid hace lo que puede para cohabitar con Lobdell, pero las circunstancias acaban por vencerle. Una vez concluido su contrato inicial de seis meses, convence a Andy Kubert, dibujante de X-Men, para que ambos se embarquen en un nuevo proyecto, una colección dedicada a Ka-Zar. No quiere saber nada de la Oficina-X ni de su gente. Antes trabajaría en un McDonalds. La noticia alegra a Lobdell. Está harto de “ese puto gordo cabrón que no tiene ni puñetera idea de escribir”. Esta frase la repite palabra por palabra allá donde le dejan un micrófono o encuentra un periodista.

La de Mark Waid, no es la única baja de la Franquicia Mutante. Jeph Loeb, harto de esperar que le den los guiones de X-Men, sigue sus pasos. Para reemplazar a ambos, Harras recurre a viejos editores, como Terry Kavanagh o Ben Raab. El primero demuestra que haber sido un excelente director de colección no se traduce necesariamente en escribir luego bien. Las habilidades de Raab en uno u otro trabajo todavía están por descubrirse. Los guiones que Kavanagh escribe para X-Man son torpes, repetitivos y carentes de interés. A su lado, los Uncanny de Lobdell pueden calificarse de obra maestra. Sólo el que Harras sea amigo de Kavanagh ayuda a este último a conservar su puesto de trabajo.

1996. HEROES REBORN HACE SALTAR TODO POR LOS AIRES

Es otoño de 1995. Los problemas financieros de Marvel siguen agravándose al tiempo que el resto de la industria del tebeo americano acompaña a la Casa de las Ideas en su viaje al abismo. “Juntos permanecemos, divididos caemos”, gritan todos. Marvel y DC se alían para preparar un crossover conjunto a la vez que  DC, Image y Dark Horse acuerdan distribuirse en exclusiva a través de Diamond Comics. Editoriales más pequeñas hacen un pacto similar con Capitol. El recién llegado presidente Jerry Calabrese repasa los resultados financieros de Marvel desde que fuera comprada por Perelman. Tres millones, siete millones, ocho millones… Esta editorial vendía millones de ejemplares de X-Men en 1991. ¿Por qué ahora sólo vende medio millón? ¿Qué ha pasado aquí? Calabrese enciende la máquina de pensar. Enseguida identifica el problema. Todd McFarlane, Jim Lee, Rob Liefeld. Estos señores vendían millones y nos los dejamos escapar. Hay que contratarles otra vez. Y todos nuestros problemas se habrán resuelto.

 

Es 14 de diciembre de 1995. Jim Lee y Rob Liefeld anuncian su retorno triunfal a Marvel. La misión que han aceptado consiste en relanzar a los Cuatro Fantásticos y los Vengadores, cuyas colecciones siguen publicándose hasta ahora por una simple cuestión de prestigio. Un intento similar de que Todd McFarlane regrese a Spider-Man queda en el olvido ante la negativa tajante del creador de Spawn a volver a la editorial que detesta desde lo más profundo de su alma. Con Heroes Reborn, los chicos de Image van a rehacer el origen de los personajes. Marvel lo único que tiene que hacer es tirar por la borda sus treinta años de continuidad para recomenzar desde el número uno las cuatro series que contempla el contrato. Eso o nada. “¿Dónde hay que firmar?”, pregunta Calabrese. La operación se cierra en los despachos, de espaldas al staff creativo de la empresa. Ese mismo mes, el presidente de Marvel da por concluido el periodo de interinidad sufrido por la compañía desde la destitución de Tom DeFalco. Calabrese nombra a Bob Harras nuevo director editorial, ya que sus colecciones son las únicas que han mantenido el tipo mientras que el resto se despeñaba en el Top 100 de ventas. La última reunión que Harras celebra con su gente de la Franquicia Mutante está dedicada a la modificación del final de la saga de Onslaught. Los grandes héroes del Universo Marvel tendrán la despedida que se merecen, el sacrificio que se merecen, la muerte que se merecen. Lo que en un principio era un crossover más de la Patrulla-X y sus colecciones aledañas se convierte en el evento de la década. Los mutantes rompen con el aislamiento al que viven sometidos en los últimos años para recibir en casa al resto de sus compañeros del Universo Marvel. No es una visita de cortesía, sino la antesala del fin. “He hecho mi trabajo. Fui testigo de una maravilla única. Un lapso de tiempo en que campeones de leyenda arriesgaban a diario sus vidas para combatir las fuerzas del mal y la tiranía. Una era en que la medida de un héroe no la daba su fuerza, sino su nobleza. Esa era ha terminado”, pone Mark Waid en boca del Vigilante (Onslaught: Marvel Universe, X 96). Los Vengadores y Cuatro Fantásticos derrotan a Onslaught a costa de caer en las garras de Jim Lee y Rob Liefeld. La Patrulla-X y la opinión pública les cree muertos, pero la parca sería algo demasiado piadoso en comparación con el castigo impuesto por los ejecutivos de la editorial. A pie de obra, cunde el desencanto entre quienes han liderado durante los últimos años la guerra contra Image. “No sólo nos han vencido, también se han quedado con nuestro Universo”, dice alguien. El enemigo duerme con nosotros, Bob Harras es el primero que lo sabe. Para lavar su conciencia, el nuevo director editorial impulsa propuestas como Thunderbolts, Deadpool, Ka-Zar o Heroes for Hire. Todas ellas tratan de recuperar un pasado glorioso con historias que contar y personajes con los que emocionarse.

 

 

Es primavera de 1996. Bob Harras deja la Franquicia Mutante en manos de Mark Powers, antiguo ayudante de Terry Kavanagh. Scott Lobdell escribe ahora tanto X-Men como Uncanny, situación inédita hasta el momento que deja al descubierto las precarias habilidades del guionista para sostener en solitario ambas Patrullas. Lobdell vuelve por sus fueros habituales con historias que no cuentan nada y mutantes que se quejan mucho. “Estoy explorando cómo se comportan los mutantes sin el Profesor-X”, dice, pero todo es falso y redundante. Nunca explica las ausencias de los personajes, apunta ideas que no resuelve o se olvida por completo de tramas enteras. En general, las colecciones mutantes viven una temporada baja. Aquéllas con un cierto atractivo, como X-Force, Cable o X-Man, caen en una peligrosa desidia. Warren Ellis consigue que Excalibur sea de nuevo interesante, pero su etapa concluye demasiado pronto (EX 103, XI 96). El grupo británico cae luego en manos de Ben Raab, quien cada mes compite con Terry Kavanagh por el título de peor guionista del cómic mundial. La fuga de Chris Bachalo de Generarion-X (GX 6, VIII 95) pone de manifiesto que todo el interés de la colección reside en su creador gráfico, obligado a volver poco después (GX 16, VII 96). Incluso Larry Hama en Wolverine comienza a mostrar claros signos de cansancio, que se acentúan cuando pierde los lápices de Adam Kubert (WOL 102, VI 96). Como en los últimos tiempos de Claremont, los mutantes siguen adelante por pura inercia. Cada día se hace más necesario un cambio. En X-Men, Carlos Pacheco sustituye a Andy Kubert (XM 62, III 97). El español realiza una obra sin tacha, pero esos guiones no la merecen.

 

Es otoño de 1996. Las dos colecciones de Heroes Reborn asignadas al equipo de Jim Lee tienen un comienzo espectacular sin alcanzar ni de lejos las cifras millonarias de 1991. Hacia el tercer número se desinflan. Las de Liefeld ni siquiera consiguen el arranque esperado. La operación firmada por Calabrese se califica de éxito relativo, pero el balance de cuentas sigue en números rojos. Ron Perelman despide a Calabrese y pone en marcha un plan de saneamiento para la Casa de las Ideas que pasa por disgregar las partes rentables de la compañía y prescindir de las deficitarias. Con el fin de evitarlo, un grupo de accionistas minoritarios liderados por Toy Biz interpone una demanda contra Perelman, quien debe dinero a todos ellos. El 27 de diciembre, el juez aprueba una suspensión de pagos de un año, tiempo en el que la compañía no está obligada a pagar sus deudas. Perelman no tarda ni tres meses en anunciar su rendición. Después de ocho años al frente de Marvel, decide que el negocio de los tebeos no es lo suyo. Retira su plan de saneamiento, saca todo su dinero y abandona la compañía, que queda en manos de los socios menores. Éstos dan un giro editorial inmediato encaminado a que el mercado recupere la confianza en la Casa de las Ideas que empieza con la vuelta a la distribución a través de Diamond.

Es primavera de 1997. Marvel anuncia que no renovará el contrato por un año firmado con Jim Lee y Rob Liefeld. Superado el mal trago y con las manos algo más libres, Harras decide que ha llegado la hora de una profunda renovación tanto de los personajes retenidos por la gente de Image como de los mutantes. El director editorial contrata a autores de prestigio para rescatar de la muerte a Vengadores y Cuatro Fantásticos mientras que para la Franquicia Mutante prepara una remodelación de arriba abajo que pone a temblar a unos cuantos guionistas con síndrome de funcionario. Una mañana, Scott Lobdell se acerca a su despacho:

 

-Bob, ¿verdad que no estás pensando en sustituirme por Chris Claremont?

-Noooo, nada de eso. ¿Cómo se te ocurren esas cosas?

-Lo he leído en Wizard.

-Pues no es verdad. Te lo prometo. Además, esas decisiones las toma ahora Mark Powers. Habla con él.

 

Mark no sabe nada, o eso dice. Harras sin embargo ha escuchado los insultos y descalificaciones que Lobdell va diciendo por ahí de Mark Waid. No está nada contento con esa actitud que enturbia las buenas relaciones de la empresa con los autores. Llama a Waid, le ofrece disculpas e incluso el despido fulminante de Lobdell. “No hace falta. Es tentador, pero no. Gracias de todas formas”, responde el guionista. Pocas semanas después, Harras vuelve a convocar a Lobdell. Tiene una recompensa por todos estos años de sacrificio.

 

-Vas a escribir The Fantastic Four.

-Jo, Bob. No sé que decir. Muchas gracias.

-De nada. Por cierto, también vas a dejar las colecciones mutantes.

 

LA CANCIÓN DEL VERDUGO: UNA SINFONÍA MUTANTE

1992 fue un año crítico para La Patrulla-X. Nada más empezar la década, Chris Claremont, el hombre que había construido la Franquicia Mutante de la nada, decidió abandonarla, ante el excesivo control que le imponía Bob Harras, editor con el que, al contrario que con las legendarias Louise Simonson y Ann Nocenti que le antecedieron en el puesto, Claremont guardaba escasa sintonía. Los dibujantes estrella a los que Harras defendió a capa y espada, con Jim Lee a la cabeza, no tardaron en seguir el camino de Claremont, ya que apenas unos meses después saltaron también de un barco que todo el mundo temía que llegara a hundirse, para formar Image Comics, su propia compañía.

 

 

Las tres principales series de la franquicia (Uncanny X-Men, X-Men y X-Force) perdieron a sus estrellas, lo que obligó a Harras a buscar recambios de urgencia. En el apartado narrativo, Fabian Nicieza, el que ya era uno de los guionistas más prolíficos de la época y que venía encargándose de poner diálogos a los argumentos y dibujos de Rob Liefeld en X-Force, pasó a ser guionista completo de ésta, y también de X-Men. Era, no obstante, en la primera, donde reinaba Cable, un personaje creado por Liefeld bajo la idea de que se trataba de un soldado de fortuna mutante llegado del futuro, al que Nicieza trataba de construir una historia coherente que encajara dentro de los temas de la franquicia. En Uncanny, recayó un joven desconocido, llamado Scott Lobdell, con gran capacidad para las relaciones sociales y un cierto talento para construir diálogos resultones que imitaban los de Claremont. Otras series menores de la franquicia, X-Factor y Excalibur, quedaron en las respetadas manos de Peter David y Alan Davis, respectivamente.

 

Nicieza recuerda aquella época con la frase que utilizó Dickens para comenzar Historia de dos ciudades: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. El mejor, porque lo disfrutó enormemente y supuso todo un reto creativo para él y sus compañeros. El peor, porque, siguiendo con los símiles musicales que evoca el título de La Patrulla-X: La canción del verdugo, los que venían interpretando hasta entonces se habían marchado, mientras que aquellos que les habían sustituido apenas sí empezaban a comprender unos instrumentos que no eran los suyos, toda vez que se sentían obligados a tocar una melodía para la que no contaban con partitura.

 

Por si la situación no fuera ya lo suficientemente compleja, en verano de 1992, apenas unos meses después de los cambios creativos, los nuevos tendrían que hacerse cargo de un crossover. Era una costumbre de la línea mutante que se había convertido en tradición. Inicialmente, estos eventos consistían en una gran historia desarrollada por Claremont en Uncanny X-Men, a la que se unían las otras cabeceras por la puerta de atrás, con argumentos independientes que enlazaban en mayor o menor medida con lo que se venía desarrollando en la serie-madre. Sin embargo, Harras quiso cambiar la fórmula que tan buenos resultados había dado con “La masacre mutante” (1986) y “La caída de los mutantes” (1988). A partir de “Inferno” (1989), se pasaría a una estructura episódica que obligara a los lectores a comprar todas las series si querían comprender la historia. El éxito acompañó, de tal manera que “Proyecto Exterminio” (1990) seguiría esa senda, y lo mismo ocurriría con el evento de 1992.

 

El único problema es que nadie tenía ni la menor idea de qué contar en el evento de 1992. Los antiguos albaceas de la franquicia probablemente no habrían tenido demasiadas complicaciones para encontrar un tema con el gancho suficiente, pero los nuevos, como decía Nicieza, todavía no se habían aprendido el repertorio con la soltura necesaria como para salir al escenario e improvisar.

 

Aquí Harras tuvo la inteligencia de darse cuenta que Nicieza era el único de sus escritores con las cosas medianamente claras. Lobdell había llegado ahí por una carambola del destino, de tal forma que al principio se limitaba a escribir diálogos para la historias que construían los dibujantes; Peter David estaba concentrado en sus personajes, un tanto al margen de la almendra central de la franquicia, y Alan Davis no sólo iba por libre, sino que desarrollaba sus historias al margen de cualquier cosa que pudiera ocurrir en el resto de colecciones, con la ventaja de que Excalibur estaba en la muy lejana Inglaterra. Nicieza había demostrado un gran talento a la hora de construir series desde la nada, como había sido el caso de Los Nuevos Guerreros, y supo además embridar a Liefeld para dar cierto sentido a X-Force. Era, en definitiva, un esforzado artesano del procesador de textos, y por eso recibió el encargo de construir el esqueleto de la historia: doce partes repartidas entre las cuatro series principales a lo largo de otros tantos meses. Se sentía el arquitecto de una casa. Él pondría los planos y levantaría los cimientos, mientras que el resto de guionistas, dibujantes y editores añadirían ladrillos, tuberías, puertas y ventanas, un proceso que se llevaría a cabo mediante maratonianas reuniones tan multitudinarias que fue necesario acudir a un centro de convenciones para celebrarlas.

 

Dado que Nicieza era el muñidor del evento, no fue extraño que Cable se convirtiera en la figura central. ¿Quién era verdaderamente el líder de X-Force? Ni siquiera Liefeld, su creador, lo tenía claro, aunque eso no le había supuesto ningún inconveniente a la hora de convertir a Dyscordia, un doble exacto de Cable, en el archienemigo del grupo. Sólo faltaba dotar a aquello de algún sentido.

 

Meses atrás, antes de su marcha, Claremont y Jim Lee desarrollaron una dramática aventura en la que Nathan, el hijo de Cíclope, era infectado con un virus tecno-orgánico. La única esperanza de salvarlo consistía en dejarlo en manos de una misteriosa sacerdotisa que se lo llevaba al futuro, donde podría tener una esperanza de salir adelante. Nicieza observó aquella trama con interés, de manera que pronto buscó una manera de unir al niño perdido con el misterio alrededor de Cable y Dyscordia. En el futuro del que venía, Cable se había convertido en el gran enemigo de Apocalipsis, un villano de La Patrulla-X con una inmortalidad que le permitiría seguir dando guerra por los siglos de los siglos. A su vez, estaba la figura de Mister Siniestro, otro villano que, en este caso, había manipulado la vida entera de Cíclope y Jean Grey, debido a lo preciado de sus genes, hasta el punto de que, cuando ella fue dada por muerta, incluso llegó a crear un clon de la misma, Madelyne Pryor, que con el tiempo se casaría con Cíclope, y fruto de su matrimonio nacería… Nathan.

 

Las piezas empezaban a encajar en la mente de Nicieza. Su croquis inicial, en el que había doce casillas, una por cada episodio, fue variando en las reuniones, de manera que en el borrador final Mister Siniestro no tendría tanta importancia como en un principio, ni aparecería Magneto a mitad de la historia para dar un vuelco gigantesco al argumento… Pero más allá de eso puede decirse que el resultado final de “La canción del verdugo” se parece a grandes rasgos a lo que diseñó el guionista antes de unirse a sus compañeros.

 

Los resultados, con toda la improvisación de la que fue objeto la aventura, resultaron más que satisfactorios. Como historia, “La canción del verdugo” está plena de momentos de enorme impacto en el lector, a los que se suman continuarás que obligan a lanzarse sobre el siguiente capítulo, hasta llegar a un final dramático como pocos, en un escenario tan significativo para La Patrulla-X como el de la Luna, el lugar en el que se desarrolló también el final de “La saga de Fénix Oscura” y en el que, de una manera u otra, siempre cambia el destino de los mutantes.

 

Con “La canción del verdugo”, volvió a cambiar. La historia sembró las semillas de muchos más crossovers superventas que tendrían que venir en los años posteriores, desde “Atracciones fatales” a “La Era del Apocalipsis”. Su eco llega a sentirse incluso lustros después, como bien demuestra el ciclo de “Complejo de Mesías”, “La guerra del Mesías” y “Advenimiento”, aparecido ya en el siglo XXI. Pero este evento sirvió sobre todo para asentó el organigrama creado por Harras, que acabaría por convertirse en el Director Editorial de Marvel en parte por el éxito comercial que logró con los mutantes, en parte por la ausencia de ninguna figura carismática que mereciera ocupar ese puesto. Corría el verano de 1992 y la década no había hecho más que comenzar.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. La Patrulla-X: La canción del verdugo