MONOGRÁFICO JIM LEE 5: DE LA TIERRA SALVAJE AL ESPACIO… Y MÁS ALLÁ

La reunificación de La Patrulla-X, desbandada desde casi dos años atrás, se llevaría a cabo durante una extensa aventura que Chris Claremont y Jim Lee desarrollarían en Uncanny X-Men #269-277 USA. Tres de esos episodios, sin embargo, interrumpirían la narración para dar cobijo a un cruce con otras series mutantes, denominado “Proyecto Exterminio”. 

Aquella epopeya partiría de dos enclaves recurrentes en el pasado de los mutantes, tan fundamentales como antitéticos: la Tierra Salvaje, paraíso perdido en el que la evolución se había detenido y los pocos humanos que allí había convivían con dinosaurios, y la galaxia Shi’ar, imperio galáctico gobernado por viejos amigos de los mutantes, y donde llevaba largo tiempo aparcado el Profesor Xavier, personaje que Claremont prefería mantener alejado de sus alumnos. En la ecuación también entraría Pícara, integrante de La Patrulla-X cuya imagen, en manos de Lee, cambiaría radicalmente: la que antaño fuera la tipa dura del grupo, la antigua villana que se había ganado su puesto con sangre, sudor y lágrimas, se descubría de pronto como una auténtica belleza sureña, con un encanto que seduciría tanto a los lectores como a los protagonistas del cómic… ¡Incluso el mismísimo Magneto!

 

En cuanto a Magneto, había desarrollado una evolución modélica a lo largo de los años, que le había llevado a pasar de peor enemigo de los mutantes a valioso aliado. Los planes de Claremont pasaban por arrastrar a Magnus, uno de sus personajes favoritos, hacia una encrucijada en la que se viera obligado a asumir el papel de líder del equipo. Tales previsiones, sin embargo, se verían posteriormente frustradas por la editorial, desde la que se le exigiría a Claremont que devolviera sus galones de villano al Amo del Magnetismo… Pero en estos episodios se hacen patentes las intenciones del escritor.

La mencionada no sería la única fricción que se viviera detrás de las bambalinas, entre el veterano y respetado autor, Claremont, y la nueva atracción de la ciudad, Lee. A la hora de dibujar la historia, éste introduciría algunos cambios en el guión, como por ejemplo la presencia de los Skrull de Guerra, unos villanos que no estaban contemplados en el argumento entregado por Claremont, lo que motivó nuevas protestas del escritor. Bob Harras desoiría las quejas para apoyar a su dibujante y tenía buenas razones para hacerlo: las ventas estaban subiendo como la espuma, los lectores sentían que la colección había recuperado el pulso de sus mejores años, y muchos comparaban el tándem creativo de Claremont-Lee con el de Claremont-Byrne, mitificado en la memoria de los lectores como uno de los mejores de la historia del cómic.

 

Dinosaurios y extraterrestres. Villanos arrepentidos de aspecto regio y espías de lujo. Naves espaciales y praderas interminables. La Patrulla-X volvía a ser “el tebeo que había que leer”.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

MONOGRÁFICO JIM LEE 4. AVENTURA EN MADRIPUR

Un mes más tarde de su debut como dibujante regular de Uncanny X-Men, ya sin Portaccio, pero siempre con Williams, Jim Lee se embarcaría en la que sería considerada una de las mejores historias de esta etapa, aunque simplemente se trate de un sencillo episodio autoconclusivo. La trama sigue los pasos de Lobezno, Júbilo y Mariposa Mental tras los acontecimientos de “Actos de Venganza”, y les lleva hasta Madripur, la isla sudoriental que utiliza habitualmente Logan como base de operaciones y en la que, durante la Guerra Mundial, se desarrollara una extraordinaria aventura del mutante de las garras de Adamántium junto al Capitán América, cuya narración en forma de flashback complementaba el episodio.

 

 

Aquel cómic se convirtió de inmediato en objeto de adoración por parte de los lectores, a causa de múltiples motivos. Claremont dejaba de lado la gran saga que llevaba desarrollando desde más de un año atrás, con los mutantes yendo y viniendo del Lugar Peligroso, para centrarse en un suceso del pasado de Lobezno, raro manjar que en contadas ocasiones el guionista llegaba a ofrecer a sus seguidores. “Caballeros de Madripur” se erige así como un clásico instantáneo que juega con los elementos de la mejor de las películas de Indiana Jones: un enclave neutral a la par que exótico donde la Segunda Guerra Mundial se desarrolla de manera subrepticia; héroes sin tacha aliados con otros vigilantes, de moralidad más cuestionable, mujeres de curvas imposibles y glamour insuperable, villanos de negro corazón que tan pronto visten el uniforme nazi como el traje de ninja… 

Parecía un filme de Lucas y Spielberg con la mejor fotografía posible: Jim Lee dotó a aquella aventura con mayúsculas de épica y grandiosidad. Y los lectores no podían dejar de preguntarse: “Si es capaz de hacer esto sólo con Lobezno y sus acompañantes, ¿hasta dónde llegará cuando se reúna el grupo al completo?”.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

MONOGRÁFICO JIM LEE 2. ACTOS DE VENGANZA

En 1989, los mutantes de Marvel atravesaban un momento complejo. Las enrevesadas tramas de Chris Claremont habían alcanzado un punto de catarsis a partir del cual lo imposible era probable. La Patrulla-X había muerto ante las cámaras de televisión para luego, lejos de ojos indiscretos, volver a la vida y asumir el papel de leyenda urbana. Como consecuencia de ello, sus miembros ya no podían ser detectados por medios mecánicos y habían cambiado su residencia hasta un pueblo perdido de Australia, donde Claremont complicaría aún más sus vidas. Acosados por sus enemigos, cada uno de los hombres-X había saltado a otra dimensión, llamada el Lugar Peligroso, de la que regresaban completamente alterados. 

 

Mientras discurría aquella historia-río, Bob Harras, entonces responsable editorial de las colecciones mutantes, se encontró con un pequeño problema. Durante los meses de verano, la serie aparecería quincenalmente. El dibujante habitual, Marc Silvestri, que ya acumulaba unos cuantos retrasos, no podría acometer tantas entregas. Al menos tres de ellas debían ser cedidas a otro autor.

Por entonces, Harras ya se había fijado en Jim Lee, quien más pronto que tarde estaba llamado a misiones de mayor envergadura que la colección secundaria de Punisher. Pero el editor nunca había trabajado con él, así que primero le puso a prueba. Le encargó que dibujara, a toda prisa, el The Uncanny X-Men #248 USA (1989). No era un cómic fácil, pero quince días después, Harras tuvo en sus manos las 22 páginas y la portada, todas de una elevada calidad. Era evidente que Lee podía acometer aquellos tres episodios veraniegos, de suma importancia no ya para su futuro, sino para el de la industria del cómic.

Dicha aventura (The Uncanny X-Men #256-258 USA, 1989-1990) estaba encuadrada dentro de “Actos de Venganza”, una saga que, pese a leerse de forma independiente, enlazaba con otros títulos de la editorial. La premisa era, cuanto menos, interesante: los grandes villanos se intercambiaban entre ellos a sus principales enemigos, lo que daba lugar a situaciones nunca antes vista. Por ejemplo: mientras Magneto estaba batallando contra Spiderman, a La Patrulla-X le tocaba enfrentarse con… ¡El Mandarín! Sin embargo, a causa de la diáspora al Lugar Peligroso, de los hombres-X sólo quedaba en pie Lobezno y una joven ayudante, recién adquirida por Logan, llamado Júbilo. Al lado del criminal, por contra, los lectores descubrirían una insospechada presencia: la de una antigua mujer-X que, tras pasar por el Lugar Peligroso, incluso cambiaba de raza.

 

Había llegado su oportunidad y no la iba a desaprovechar. En esos tres números, Jim Lee explotó sus habilidades hasta el paroxismo: composiciones cinematográficas, detallismo casi enfermizo, figuras humanas perfectas y en posturas de revista… Todo eso estaba presente en uno de los guiones más inspirados de Claremont. El escritor había contado durante su carrera con compañeros de viaje capaces de sacar todo el jugo a su prosa, como John Byrne, Paul Smith, Bill Sienkiewicz, Frank Miller, John Romita Jr. o Arthur Adams. Sin embargo, llevaba largo tiempo sin encontrar un aliado con el que alcanzar los niveles de éxito logrados junto a los anteriormente mencionados.

Lo más sorprendente es que Jim Lee no era todavía el dibujante fijo de La Patrulla-X, sólo un mero sustituto. Pero aquellos memorables episodios bastaron para que todos, lectores y aparato editorial, ansiaran que asumiera tal posición, algo que ocurriría apenas unos meses después.

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

LOBEZNO Y LA PATRULLA-X DE JASON AARON: ESTUDIOS SUPERIORES DE MOLONERÍA

“Regénesis” dividió a La Patrulla-X en dos grupos claramente diferenciados, lo que se tradujo en el lanzamiento de sendas colecciones, que se aproximaban al concepto de los mutantes de Marvel desde perspectivas contrapuestas. Mientras La Imposible Patrulla-X apostaba por la sofisticación en las historias escritas por Kieron Gillen, y el espectáculo, de la mano del dibujo de Carlos Pacheco, en Lobezno y La Patrulla-X, el equipo formado por Jason Aaron y Chris Bachalo optó por la ruptura, la extravagancia y por no tomarse demasiado en serio los habituales dramas del mundo mutante. Logan reabría la vieja escuela del Profesor Xavier, pero todo era distinto, desde el nombre de la academia a los métodos de enseñanza, pasando por un alumnado rebelde y un patio de colegio capaz de zamparse a las visitas no deseadas. Nunca fue más divertido ir al colegio.

 

 

Olvídate de lo que hayas leído anteriormente sobre La Patrulla-X. Esta colección, que arranca en el tomo que tienes en tus manos, está hecha para tirar a la basura todos los esquemas y todas las ideas preconcebidas. Es un cambio radical de paradigma, pero también es el perfecto ejemplo de lo que deberían ser siempre los cómics de mutantes: algo único, desafiante, y no una compra por inercia, para leerla y olvidarla inmediatamente. Desde que Grant Morrison pasó por los pasillos del Instituto Xavier, allá por el comienzo del siglo XXI, nadie se había atrevido a tanto. Esta serie es en lo que se convierte La Patrulla-X cuando se la libera de restricciones, ideas manidas, exceso de control editorial y miedo escénico. El responsable de tanto atrevimiento es un tipo calvotora (no, no es Charles Xavier) y barbudo, llamado Jason Aaron, que si un día te lo encuentras en un callejón oscuro lo mismo sales corriendo, pero que si te paras a conocerle y a conocer lo que escribe, seguro que lo que querrás es irte de copas con él. La carrera del señor Aaron ha sido fulgurante: Algún avispado editor de Marvel le echó el lazo después de leer esa maravilla titulada Scalped y publicada dentro de Vertigo. Desde entonces no ha hecho más que subir enteros su figura dentro de La Casa de las Ideas. Primero con una imaginativa etapa del Motorista Fantasma y luego con la más estimulante época que haya atravesado la colección de Lobezno en décadas. Cuando parecía que había alcanzado la cima, Aaron nos reta, a nosotros y a Marvel. Se lanza al vacío y echa a volar, de la mano del propio Logan y todos los personajes que pululan alrededor de su heterodoxa escuela.

 

El concepto mismo de La Patrulla-X como una escuela para que los mutantes que acaban de descubrir sus poderes aprendan a controlarlos y a convivir con esos humanos siempre tan suspicaces por la posibilidad de que aparezca alguien que los aniquile con sus rayos ópticos estaba en desuso. En realidad, a lo largo de la historia del grupo, muy pocos autores lo han explotado al máximo o siquiera han manifestado interés por hacerlo. En tiempos de Stan Lee y Jack Kirby, la escuela de mutantes se limitaba a cinco alumnos, lo que convertía su única clase en la que ofrecía el mejor ratio profesor-alumno que se haya visto jamás. La siguiente generación de estudiantes, ya en los años ochenta, no fue mucho más abultada. Los Nuevos Mutantes empezaron siendo también cinco. Y, cuando una década después, La Escuela del Profesor Xavier para Jóvenes Talentos pasó a estar dirigida por Sean Cassidy y Emma Frost y a educar a los chicos de Generación-X, el número se mantuvo igualmente manejable, aunque irreal: no podía compararse con ningún colegio o instituto que estuviera en la cabeza de nadie.

 

Es, verdaderamente, con Grant Morrison, ya en el siglo XXI, cuando el rebautizado Instituto Xavier se transformó, de verdad, en un centro de enseñanza con un elevado número de alumnos, y con todo lo que eso significa: un claustro de profesores, clases normalizadas, taquillas en los pasillos, exámenes, hermandades, riñas, rivalidades y amoríos… Fueron los años de la Academia-X, que también tocaron a su fin en un momento dado, cuando el empuje dramático de los acontecimientos obligó a un enfoque más proactivo para los mutantes. La única lección que tuvieron que aprender los que escaparon del Día-M fue la de mantenerse con vida todo el tiempo que pudieran. Pero esos tiempos quedaron atrás después de “Complejo de Mesías”, y ahora es el momento de construir un nuevo espíritu.

 

Para ello, Aaron se vale de un peculiarísimo elenco, en el que se combinan personajes referenciales del Universo Mutante en una posición inesperada: Logan y Kitty Pryde de directores, Bobby Drake, también conocido como El Hombre de Hielo, de contable…  Junto a ellos, se sitúan personajes con un carácter más marginal pero destinados a dar mucho juego, desde El Sapo a Doop, sin olvidarnos de Quentin Quire, la cita morrisoniana de Aaron que ya utilizara en Patrulla-X: Cisma. De allí provienen de igual forma los villanos que marcan el contrapunto de la serie: Kade Kilgore y sus amigos dan nueva vida a un Club Fuego Infernal que ha dejado atrás los trajes horteras, las luchas intestinas y la decadencia decimonónica, pero que es igualmente peligroso.

 

A tan chispeante propuesta se le suman unos cuantos grados más de locura gracias al dibujo de Chris Bachalo y Nick Bradshaw, artistas que se alternan en la cabecera y cuyo estilo, que amalgaman multitud de influencias, escapa al canon tradicional de los superhéroes. Ya en el tomo que tienes en tus manos, puedes ver una amplia muestra de las capacidades de ambos, junto con un montón de sorpresas más, que van desde el peculiar jardín de nuestra escuela a los alumnos de intercambio, de un catálogo de asignaturas que deja con la boca abierta a los embarazos inesperados.

 

Con Lobezno y La Patrulla-X, Jason Aaron y sus compañeros de aventura se decidieron a conseguir una colección distinta, que entusiasmara al lector y que le hiciera desear cada nuevo número con la pureza del verdadero creyente que necesita saber lo que ocurrirá a continuación. Y a fe que lo lograron.

 

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Deluxe. Lobezno y La Patrulla-X nº 1

INTERCAMBIO DE MENTES: EL TEMOR AL SALTO DEL TIBURÓN DE ULTIMATE SPIDER-MAN

La muerte de Gwen Stacy, ocurrida en Ultimate Spiderman: Matanza, sumergió la serie en una oscuridad que ya venía creciendo desde varias aventuras atrás, con la aparición de Veneno y la ruptura temporal entre Peter y Mary Jane. Las aventuras de Spiderman siempre han sido característicamente agridulces, por lo que una excesiva carga negativa podía alejar demasiado al personaje de su espíritu fundacional. Brian Michael Bendis necesitaba romper la inercia en la que parecía haber caído su encarnación del Hombre Araña y para hacerlo optó por una idea que había tenido su editor Nick Lowe y que le pareció fundamentalmente estúpida. Al menos la primera vez que la escuchó.

 

¿Has visto cualquiera de esas películas en que un adulto se mete en la cabeza de un niño y viceversa? Causaron sensación en los años ochenta, hasta casi convertirse en un género en sí mismas. Todo empezó con De tal astilla, tal palo (1987), con la entonces estrella adolescente Kirk Cameron en el papel de un chaval que intercambiaba el cuerpo con su padre, encarnado por Dudley Moore. El filme estaba ligeramente inspirado por Viernes loco (1975), largometraje en el que también se producía un embrollo similar, aunque en este caso era con madre e hija. Fue precisamente esta última película la que usó Nick Lowe, el coordinador de la edición americana de Ultimate Spiderman, para comentarle a Brian Michael Bendis que, de cara a dejar atrás la tristeza imperante tras la muerte de Gwen, no estaría mal hacer algo similar entre el trepamuros… y Lobezno. El guionista, al que nunca antes le había propuesto una trama ningún editor, tuvo palabras amables con Nick, de quien estaba convencido que algún día llegaría incluso a ocupar el puesto de Joe Quesada… Pero la idea le parecía horrible.

 

Solo que en aquel entonces, una de sus hijas pasaba por el periodo que suelen atravesar en algún momento todos los niños, cuando se obsesionan por alguna película y no dejan de verla una vez tras otra. Lo más divertido es que la cinta que tanto le gustaba a la pequeña no era otra que Viernes loco. La ponía constantemente, y en muchas ocasiones estaba su padre junto a él. Tras repasar el filme hasta la extenuación, Bendis tuvo que dar su brazo a torcer y reconocer que la ocurrencia de Lowe no era tan mala, después de todo, y que incluso podría dar para unas cuantas situaciones bastante alocadas y divertidas. Sería la manera adecuada de poner de nuevo el tren sobre los raíles.

 

Los lectores necesitaban y anhelaban un giro inmediato. La muerte de Gwen, que había cogido con la guardia baja, les disgustó tanto que muchos no dudaron en enviar sus quejas a la editorial, tal y como había ocurrido con la historia clásica en que el Duende Verde asesinaba a la entonces novia de Peter Parker. Al contrario que lo sucedido en el cómic que escribiera Gerry Conway y dibujara Gil Kane en 1973, la tragedia carecía de cualquier rasgo de épica o de cualquier posibilidad de desquite. A la Gwen original la asesinaba el Duende Verde, que quería así dañar al trepamuros, y tenía como consecuencia, en último término, el fallecimiento de éste. La historia, por triste y difícil de aceptar que fuera, se orquestaba como una fábula moral. La muerte de la Gwen de Ultimate Spiderman, en cambio, tenía una aleatoriedad total que la hacía mucho más cruda. Gwen había encontrado la parca porque estaba en el lugar y en el momento equivocados. Matanza tampoco era un villano convencional que llevara a cabo una acción consciente: tan sólo era una criatura amorfa que deseaba convertirse en humana. Más allá de que el método respondiera a las herramientas del buen escritor naturalista que es, Bendis tenía sus razones para que el fin de Gwen fuera así de cruel y sin sentido. Lo necesitaba para llevar la colección y la vida de Peter por la dirección que se disponía a tomar, pero muchos lectores, sin la visión de conjunto, no quisieron tener en cuenta nada de todo eso. Perdieron parte de la confianza que habían depositado en la que, hasta ese momento, era una serie muy especialmente querida por ellos. Algunos identificaron la muerte de Gwen como “el salto del tiburón”, una expresión propia del medio televisivo que se usa para señalar el momento en que una serie que entusiasma a multitud de seguidores pierde su esencia y comienza su decadencia, en muchos casos hasta finalizar con la cancelación.

 

Como demostraría el paso del tiempo, Ultimate Spiderman no sólo había evitado el salto del tiburón, sino que nunca lo llegaría a conocer. Brian Michael Bendis reivindicaría el producto una y otra vez, de las más imaginativas maneras, y la irreverente aventura de Spidey y Lobezno sería el detonante de uno de esos cambios inesperados. La historia, de apenas dos episodios, no sólo insuflaría nueva vida a la cabecera, sino que sería recibida con alborozo por los aficionados, que no esperaban nada similar. Joe Quesada se acercó para felicitar a Bendis, que no acababa de creerse la reacción, proponiéndole que cada año repitieran la broma, hasta convertirla en una tradición, a lo que el guionista respondió con una sonora negativa: ¡jamás repetiría aquello!

 

Se equivocaba: ocho años después, el relato sería adaptado por el propio Bendis, para materializarse como el décimo episodio en la primera temporada de la teleserie de dibujos animados de Ultimate Spider-Man. Ésta a su vez estaba influida por el tono absurdo y endiablado de aquel intercambio de cuerpos entre Spidey y Lobezno. Apenas fueron dos números, pero quedaron grabados en el recuerdo de los lectores como algo muy especial.

 

En los siguientes episodios, siguiendo con la recepción de invitados especiales, y después de que la saga con Lobezno hubiera dado también pie a la aparición de La Patrulla-X, entraba en juego La Antorcha Humana. En los cómics clásicos, Spidey y el más joven de Los 4 Fantásticos siempre han mantenido una profunda amistad que ha ido creciendo con el paso de las décadas. Bendis trasladaba la relación hasta el Universo Ultimate, pero poniendo el acento en las identidades civiles de los héroes. A renglón seguido, La Antorcha cedería el testigo al Doctor Extraño, otro personaje con fuertes lazos con Spidey no siempre explorados en profundidad. Por debajo de todas esas historias, latía el sentimiento de Peter, Mary Jane y todos los demás secundarios, tratando de superar la pérdida de Gwen, cada uno a su manera. Estaban creciendo y, en palabras de Bendis, comprendiendo que las cosas cada vez serían más duras.

 

Artículo aparecido originalmente en Coleccionable Ultimate. Ultimate Spiderman nº 14

DETRÁS DE LOBEZNO: ORIGEN

Desde que se produjo la llegada de Lobezno a las viñetas, allá por 1974, y durante más de un cuarto de siglo, el pasado del personaje permaneció en la oscuridad. El guionista Len Wein lo concibió para que se enfrentara a Hulk durante unas pocas páginas, en las que demostraría su salvajismo y atrevimiento, pero ni siquiera se llegó a plantear de dónde había salido aquel tipo de las garras. Es más: Wein daba por hecho que éstas eran un complemento que surgía de los guantes, nunca algo que formara parte de su cuerpo. El director artístico John Romita diseñó el uniforme a partir de algunas fotografías del fiero animal del que recibía su nombre (la traducción exacta de Wolverine sería carcayú: un fiero animal que habita los bosques canadiense), y Herb Trimpe dibujó su debut en las viñetas, sin que ninguno se parara a preguntar más detalles.

 

 

Poco después, el personaje ingresaría en la “nueva” Patrulla-X, y es allí donde sería tomado de la mano por Chris Claremont, su mayor artífice durante largos años, quien consideraba que Logan resultaba mucho más interesante si las preguntas sobre sus orígenes eran más numerosas que las respuestas. Las muchas súplicas de los fans sólo obtenían breves pinceladas de la que parecía la más apasionante y rica de las biografías de cuantos héroes pueblan el Universo Marvel. De esta manera, nunca sabías cuándo aparecería un dato más. Por ejemplo, en un imprevisto viaje a Japón, sus compañeros de La Patrulla-X descubrían que Logan había estado ya en aquel lejano país y conocía perfectamente su idioma. “No lo sabía”, le comentaba Cíclope. “No preguntaste”, respondía Logan, que nunca estaba dispuesto a facilitar demasiada información sobre sí mismo: ni su apellido, ni su lugar de nacimiento, ni su edad, ni todo lo que había hecho antes de unirse a los chicos de Charles Xavier.

 

Con el paso de los años, Claremont perdió el control sobre el mutante de las garras de Adamántium, al tiempo que aumentaron las aventuras ambientadas en la historia anterior a su afiliación a La Patrulla-X. Se llegó incluso a publicar un importante tebeo de elevado impacto, Lobezno: Arma X, en el que el prestigioso Barry Windsor-Smith destapaba todos los detalles sobre el proyecto secreto en el que los huesos de Logan habían sido recubiertos con el metal irrompible. Sin embargo, aquella historia estaba ambientada en la madurez del personaje: muchos otros acontecimientos habían tenido lugar con anterioridad a los eventos allí narrados. ¿De dónde procedía realmente Lobezno? ¿Cuál era su nombre completo? ¿Cómo había descubierto sus poderes de curación o la existencia de las garras?

 

Ya en el año 2000, la película X-Men devolvió a Logan a primera plana de actualidad. Hugh Jackman conseguía capturar en su interpretación el carisma, misterio y salvajismo que habían hecho tan popular al personaje. En Hollywood sabían que tenían un caballo ganador, y apostaron enseguida por convertir a Lobezno en protagonista de su propio largometraje, centrado en su origen. Ante semejante anuncio, los nervios invadieron las oficinas de Marvel. No estaban dispuestos a que desde un estudio de cine les dictaran la procedencia de su hombre-X.

 

Por aquel entonces, Joe Quesada y Bill Jemas acababan de ponerse al mando de Marvel, en calidad de Director Editorial y Presidente, respectivamente. Su irrupción significaba todo un revulsivo, ya que ambos estaban recuperando el entusiasmo hacia la factoría con un método tan sencillo como efectivo: no tener miedo a nada. Cualquier tabú que pudieran encontrarse a su paso, merecía ser roto: también cualquiera que pudiera rodear a Lobezno. Había llegado la hora de desvelar, desde la viñeta y sin el condicionamiento de nadie externo a la compañía, el origen del personaje. Pero, ¿cómo? Lo primero era encontrar la historia. Tras obtener el beneplácito de Chris Claremont, el padre moral del personaje, Jemas y Quesada trazaron las líneas maestras del argumento. Faltaba el equipo creativo que estuviera dispuesto a ponerlo sobre el papel. Querían un guionista de peso, pero también alguien capaz de acometer el que sería el cómic más importante de aquel año. Las opciones enseguida se redujeron a cinco nombres: Grant Morrison, Mark Millar, Brian Michael Bendis, Joe Casey y Paul Jenkins, todos ellos destacados profesionales del cómic en el comienzo del siglo XXI.

 

Morrison, autor de la revolucionaria New X-Men, encontró la idea absurda. No quería conocer el origen de Lobezno ni mucho menos contarlo; Millar, enfant terrible del tebeo americano, se quedó con las ganas, debido a su ya apretada agenda de trabajo; Bendis, el creador de Ultimate Spider-Man, se ilusionó, trabajó duro y llegó a redactar una propuesta de lo que hubiera sido una novela gráfica próxima a las cuatrocientas páginas, pero no le gustó lo que había escrito, y decidió abandonar; Casey (Patrulla-X: Hijos del átomo) consideraba que el único y verdadero origen de Lobezno era el que había contado Barry Smith en Arma X. Paul Jenkins, al contrario que el resto, pensó que sus colegas debían estar locos. ¡Por supuesto que quería escribir la historia! ¿Cómo era posible que alguien dijera que no? El que había sido escritor de una aclamada maxiserie de Los Inhumanos se puso manos a la obra

 

En cuanto al dibujante, el magnífico Andy Kubert enseguida se destapó como el apropiado para acometer tal empresa. Casi desde el comienzo de su carrera, la trayectoria del pequeño de los Kubert había estado ligada a Marvel: primero en X-Men, donde había conseguido algo tan difícil como superar la herencia de Jim Lee (el gran artista que revolucionara a los mutantes a comienzos de los noventa); luego en Ka-Zar y Capitán América, en ambos casos junto a Mark Waid, en la que había supuesto su eclosión como artista. Tan importante resultaba Lobezno: Origen para la editorial que Jemas y Quesada reclamaron que Andy se uniera al proyecto a pesar de estar compartiendo lápices con su hermano Adam en Ultimate X-Men. La ausencia de un entintador y su sustitución por el color directamente aplicado sobre el dibujo fue también una decisión de suma importancia, y se produjo no sin antes contemplar los espectaculares resultados que en esos momentos estaba cosechando la serie X-Treme X-Men. Se conseguía así el toque de elegancia y distinción que requería una epopeya de ritmo cinematográfico, donde las influencias de las adaptaciones de las novelas de Jane Austen se unían a la sutil narrativa de Jenkins. El trabajo recayó sobre un verdadero genio llamado Richard Isanove, que marcaría con su labor en Origen un camino a seguir para toda la industria.

 

Curiosamente, el proyecto de filme de Lobezno se abandonó poco después de la realización de Origen, y no se recuperaría hasta algunos años más tarde. Cuando finalmente se llevó a cabo, en 2009, bajo el título de X-Men Orígenes: Lobezno, los primeros minutos de la película estaban directamente inspirados en las primeras páginas de este cómic, anunciado por Marvel como “la mayor historia jamás contada”, publicado originalmente en 2002 y acreedor de ventas millonarias. De esta forma, el propósito inicial de la obra se había cumplido.

 

El presente volumen no sólo reproduce aquel acontecimiento de primer orden, sino también el que se podría denominar como el “origen cronológico”: el Incredible Hulk #181 USA (noviembre 1974), cómic en el que los lectores contemplaron por primera vez a Lobezno en acción. Aquí habría que añadir que, en realidad, el personaje ya había aparecido en la última viñeta del episodio anterior, reproducida junto a estas palabras. Quien iba a decir que aquel tipo de las garras irrompibles acabaría por convertirse en uno de los mayores iconos del cómic mundial.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Lobezno: Origen

EL VIEJO LOGAN: EN LA CARRETERA

Cada cómic que se publica es hijo de su tiempo, de las circunstancias en las que ha sido concebido. Tal principio alcanza con el Universo Marvel su máxima expresión. A lo largo de sus muchas décadas de existencia, la Casa de las Ideas ha reflejado las épocas por las que ha pasado, con una obvia referencia a Estados Unidos, ya que es allí donde se producen sus historias, pero que por afinidad cultural puede llegar a trasladarse hasta nosotros. Si los cómics que alumbran el nacimiento de Los 4 Fantásticos o Los Vengadores están impregnados del optimismo y la ilusión de los sesenta, esa situación cambia en la década siguiente, presidida por el despertar a la dura realidad que trajo la guerra de Vietnam o el Escándalo Watergate, que acabó con la carrera política del presidente republicano Richard Nixon. Como respuesta a la amargura que envolvió a la sociedad en aquel entonces, los cómics se poblaron de personajes siniestros, vigilantes que disparaban a matar y seres terroríficos surgidos de las peores pesadillas. Había llegado el tiempo de Punisher, del Motorista Fantasma o del Hombre-Cosa. Pero, sobre todo, había llegado el tiempo de Lobezno.

El que habría de convertirse en el personaje más popular de esos treinta años llegó al mundo sin demasiadas pretensiones. El guionista Len Wein lo concibió como un fiero rival para Hulk. Lobezno sería un veinteañero respondón sin demasiado respeto por sus mayores, equipado con unos guantes de los que surgían unas garras de metal irrompible; John Romita, director artístico de la compañía en aquel entonces, se encargó de diseñar su aspecto, con un traje plagado de elementos felinos; Herb Trimpe le dibujaría en su primera aparición, una aventura publicada en Incredible Hulk #180 y 181 (1974), en la que Lobezno se enfrentaba contra el Piel Verde y El Wendigo, un terrible monstruo de leyenda.

 

Tras el debut, Wein se animaría a recuperarle en la renacida Patrulla-X, un concepto que se presentó un año más tarde y por el que los adolescentes que hasta entonces habían formado parte del grupo serían sustituidos por un puñado de nuevos héroes, cada uno de ellos con una nacionalidad diferente. Lobezno venía de Canadá, y era el tipo duro. Fue determinante que Wein se marchara poco después de aquella aventura, para dar paso a un joven de 25 años llamado Chris Claremont, quien comenzó a añadir elementos a un personaje cuyo background permanecía pendiente de rellenar. Fue Claremont quien decidió que Lobezno fuera, en realidad, un tipo que, aunque hubiera superado ampliamente los treinta, se mantenía en una edad indeterminada, a causa de un factor curativo que, a la par que curaba sus heridas, ralentizaba su envejecimiento. Se estableció también que su verdadero nombre era Logan, sin precisar nunca un apellido, y que las garras nacían de sus antebrazos y formaban parte del cuerpo. Alguien las había puesto ahí, pero, ¿quién? Los misterios enseguida comenzaron a circundar al más violento de los integrantes de La Patrulla-X, quien pronto se descubrió como un tipo verdaderamente amenazador, el único de los héroes mutantes que se dejaba arrastrar por su rabia hasta el punto de matar a sus enemigos.

 

La atención hacia Lobezno se incrementó todavía más con la irrupción de John Byrne, dibujante que compartiría tareas de argumento con Claremont, y que se sentía especialmente afín hacia Logan, canadiense como él. Byrne estableció la especial afinidad del personaje hacia Japón. Allí había pasado largo tiempo, e incluso aprendió el idioma… Aunque nunca explicara las circunstancias, porque nadie había preguntado. Así era el Lobezno de los primeros tiempos: un misterio en cada viñeta esperando a ser respondido. Y las respuestas tardarían mucho en llegar, ya que Claremont se negaba a darlas, pues así mantenía la intriga alrededor del que pronto empezó a ser el mutante más deseado por los lectores.

 

En 1982, aparecería la primera gran historia en solitario de Logan, recopilada luego bajo el título de Lobezno: Honor, y en la que Claremont, junto a Frank Miller, exploraba los lazos del personaje con el País del Sol Naciente. Finalmente, Marvel concedió a los lectores algo por lo que pasaron años suspirando: en 1988 Lobezno obtuvo colección mensual. Para entonces ya rivalizaba con Spiderman por el favor de los aficionados, que lo habían elevado a categoría de icono. Agotado el siglo XX, Lobezno era el único de los personajes nacido después de los años sesenta que había logrado cautivar a nuevas generaciones. Alrededor de él, además de las aventuras que protagonizaba con La Patrulla-X o su colección mensual, empezaron a surgir toda clase de especiales y apariciones en otros títulos de la factoría. Incluso La Casa de las Ideas se atrevió finalmente a contar todos y cada uno de los detalles que comprendían su vida: el misterio se había esfumado, pero no así la popularidad, que siguió creciendo y alcanzó a las grandes masas cuando Lobezno se situó como la clave del éxito de las películas de X-Men.

 

En la actualidad, el mutante de las garras de Adamántium ha trascendido los tebeos en los que nació; es una franquicia, un héroe de cine y dibujos animados, un muñeco articulado y el protagonista de centenares de historias. Es un personaje reconocido por cualquier persona, no sólo por los pocos que leen cómics. Pero, por encima de cualquier otra consideración, Lobezno es el perfecto vehículo para contar un determinado tipo de historias: las que protagoniza el anti-héroe prototípico de estas últimas décadas: Es el justiciero de la carretera, un tipo duro pero honesto, al que no le tiembla el pulso cuando tiene que eliminar a sus enemigos, pero que también atesora bondad, honor y piedad; es un alma torturada por los errores de un pasado que siempre vuelve para perseguirlo; es alguien que, aunque encuentre la compañía de otros, siempre se sentirá solo. Todo eso lo comparte con esos anti-héroes que, de John McClane a Harry Callahan, han cincelado el cine durante una época de descreimiento.

 

La que quizás sea la más transcendental saga vivida por Lobezno en la primera década del siglo XXI vino de manos de Mark Millar, un hombre capaz de poner en marcha y ejecutar proyectos de colosales envergaduras, gobernados por tramas más-grandes-que-la-vida, con personajes paradigmáticos llevados a sus extremos y con una narrativa cinematográfica, a camino entre el espectáculo explosivo de Michael Bay y la hilaridad sangrienta de Quentin Tarantino, siempre ejecutada por dibujantes de primerísimo orden. Millar parte siempre de un concepto sencillo, minimalista, y a la par poderoso y exuberante, que en muchas ocasiones no sirven sino para responder a las preguntas que siempre se han hecho los grandes aficionados al cómic, como él mismo. Por ejemplo, ¿qué pasaría si los héroes se enfrentaran entre ellos en una guerra en la que unos optan por la seguridad y otros por la libertad? Así nació Civil War, el mayor acontecimiento Marvel de los últimos treinta años. ¿Y si todos los grandes enemigos de Spiderman se confabularan para perseguirle? Fue el comienzo de doce trepidantes episodios protagonizados por el trepamuros. ¿Qué sucede cuando, en nuestro propio mundo convencional, un chaval como otro cualquiera trata de convertirse en superhéroe? Ése fue el origen de Kick-Ass, un tebeo que ya es, también, película. Porque Millar busca siempre la manera de convertir sus obras en franquicias que se reproduzcan más allá de las viñetas. Y de momento lo está consiguiendo.

 

Para acometer Lobezno: El viejo Logan, la pregunta que se hizo Mark Millar fue tan simple como, ¿qué será de él dentro de cincuenta años? El proceso retardado de envejecimiento del que se beneficia Logan puede llegar a calificarse de maldición, puesto que le condena a contemplar la muerte de todos sus seres queridos, mientras él tiene que seguir adelante. El futuro que plantea esta historia no es agradable. Es un futuro en que los villanos vencieron, largo tiempo atrás, la eterna batalla entre el bien y el mal, y ahora controlan el mundo.

 

Los ecos de Will Munny, el personaje que encarnara Clint Eastwood en ese inolvidable western crepuscular que es Sin Perdón, encuentran resonancia en estas páginas. Algo del pasado de Munny le obligó a enfundar las pistolas para siempre, a alejarse de una vida de violencia a la que aspira a no volver nunca más. Logan ha seguido un camino paralelo en esta historia: cuando comienza la acción, lleva cincuenta años sin sacar las garras, nadie sabe muy bien por qué. Ha formado una familia que nada tiene que ver con sus aventuras de los tiempos de La Patrulla-X, y se ha establecido en un lugar en medio de ninguna parte, alejado de cualquiera de sus vidas pasadas.

 

Es entonces cuando ocurre algo anecdótico, casi sin importancia, que obliga al protagonista a emprender un largo viaje por la América conquistada por los villanos. Se plantea ante los lectores una auténtica road movie, un Mad Max del Universo Marvel en el que Logan, y con él los aficionados, recorre un mundo sin piedad en el que todavía existen las huellas de una época mejor que ahora sólo es un recuerdo para unos pocos ancianos. Millar apoya su devastadora visión de los grandes mitos de La Casa de las Ideas sobre el arte de Steve McNiven, quien ya estuviera junto a él en Civil War, y que aquí se adapta al realismo descarnado, a la par que épico, que requiere la historia.

 

Aquí tienes, por tanto, una aventura del mutante de las garras de Adamántium como nunca se ha visto antes: una epopeya en la que Lobezno fue derrotado, junto a todos sus amigos, en una noche siniestra. Tuvo la mala suerte de sobrevivir, y ahora sólo queda un viejo llamado Logan que, antes de reencontrarse con sus compañeros muertos, tiene todavía por delante una larga y tortuosa misión, llena de peligros, en la que contemplará esperanzas frustradas y sueños pervertidos. Al final de la carretera, le aguarda su verdadero destino.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Lobezno: El Viejo Logan

LA SAGA DE FÉNIX OSCURA: EL NACIMIENTO DE UN MITO

Eran el patito feo del Universo Marvel. Frente al drama adolescente de Spiderman, a la épica de Los Vengadores o la ciencia-ficción sofisticada de Los 4 Fantásticos, las andanzas de cinco chavales a las órdenes de un señor calvo no conseguían concitar la atención y el cariño de las masas. La Patrulla-X de Stan Lee y Jack Kirby nació en 1963, en plena ebullición creativa de La Casa de las Ideas, y lo hizo a partir de una idea tan inteligente como sugestiva: la existencia de un nuevo tipo de personas, dotadas con superpoderes como consecuencia de su herencia genética. Así vieron la luz los mutantes, en un contexto de miedo atómico y reivindicación de minorías, porque ahí sí acertó Stan Lee: cuando convirtió a sus hombres-X en marginados por su condición racial. Las mismas turbas que desconfiaban de Spiderman saltaban enfurecidos y aterrorizados ante la simple idea del homo superior, el siguiente eslabón en la cadena de Darwin, aquellos llamados un día a sustituir al homo sapiens. ¿Qué podían hacer los mutantes, frente a quienes los odiaban? “Aprender a convivir con ellos y enseñarles que no tienen que temernos”, decía Charles Xavier, el maestro que había dado un propósito vital a Cíclope, El Ángel, La Bestia, el Hombre de Hielo y la Chica Maravillosa. “Aniquilarlos y dominarlos”, respondía Magneto, su contrapartida malvada, en una dialéctica que situaba a Xavier en el papel de Martin Luther King y al Amo del Magnetismo más próximo a las invectivas de Malcom X.

 

Era un concepto en cierta forma revolucionario, tanto que llegó demasiado pronto para conseguir la aceptación entre los lectores. Bien hay que decir que sus autores tampoco consiguieron sacarle todo el partido posible, ya que Stan y Jack abandonaron la cabecera demasiado pronto, cuando apenas empezaban a apuntar maneras, e incorporar elementos tan sugestivos como el de Los Centinelas, robots asesinos de mutantes que presagiaban un futuro oscuro para toda la humanidad. Sólo algunos años más tarde, el imaginativo trabajo desarrollado en la serie por Roy Thomas y el mítico dibujante Neal Adams conseguiría vislumbrar cuán lejos podría llegar esa Patrulla-X si se la permitía.

 

Pero no se la permitió, y en el cambio de década, la colección fue puesta en barbecho. Cinco años tardaría en salir del limbo, hasta que, en 1975, los entonces responsables de La Casa de las Ideas decidieron dar una segunda oportunidad a los mutantes… Sólo que la idea sería reformulada en su práctica totalidad. Cíclope y Xavier permanecerían como cabeza visible del equipo, pero todos los demás serían sustituidos por nuevos personajes, procedentes cada uno de ellos de los más diferentes lugares del globo. Había una africana, Tormenta; un ruso, Coloso; un alemán, Rondador Nocturno; un canadiense, Lobezno… El tono de pequeña aventurilla era sustituido por la grandilocuencia, en línea con lo que ya habían hecho Thomas y Adams en los estertores de la primera andadura, mientras que el dibujante Dave Cockrum aportaba un toque eminentemente moderno al diseño de la obra. Quiso la suerte que el guionista responsable, Len Wein, apenas sí llegara a encargarse del episodio de estreno y de apuntar la saga posterior: pronto dejó el trabajo en manos de su joven ayudante, un inglés de veinticinco años llamado Chris Claremont.

Ocurrió de manera gradual, sin hacer ruido y por la puerta de atrás. La “nueva” Patrulla-X de Claremont y Cockrum fue afianzándose poco a poco, haciéndose fuerte allá por donde nunca habían transitado los antiguos hombres-X. Se apelaba a la angustia de la condición mutante, a la minuciosa caracterización de personajes, al acento en aquello que les hacía diferente y únicos, con una mirada puesta en sus vidas privadas; a la concatenación de aventuras sin dejar al lector un momento para respirar, y al tono internacional del equipo, al que muy pronto se le quedó el mundo lo suficientemente pequeño como para viajar a las estrellas y más allá.

 

Tales principios fueron potenciados aún más si cabe cuando Cockum cedió los lápices a John Byrne, el que estaba llamado a ser el gran dibujante estrella de la Marvel de los ochenta, quien ya había desarrollado cierta química de trabajo con Claremont y cuyo estilo realista y dramático se adaptaba a todo lo que necesitaba La Patrulla-X. Aquél era el cómic que Byrne no sólo quería dibujar, sino del que quería formar parte. Tan es así, que su labor se haría extensiva a los argumentos. Gracias a Byrne, los lectores llegarían a mirar con otros ojos a Lobezno, ése pequeño y brutal mutante por el que anteriormente no sentían demasiadas simpatías. Con su misterio a cuestas, su actitud desafiante, con esa rabia enjaulada que nunca sabías cuándo quedaría libre.

En La Patrulla-X había exóticos viajes a lugares como la Tierra Salvaje, Japón o la Antártida; había terribles amenazas, como la de Magneto, renacido y ebrio de poder, o Proteus, un mutante capaz de asesinar a sus víctimas con sólo tocarlas; situaciones dramáticas, en las que una parte del equipo llegaba a creer durante meses y más meses que la otra había muerto, y viceversa; mujeres atractivas, inteligentes e independientes como no se habían visto nunca en un cómic de superhéroes; héroes que era el epítome de la masculinidad… Cada victoria tenía un precio, cada cosa que ocurría dejaba su poso en los personajes, pero también en los lectores, que poco a poco se fueron asomando a aquella Patrulla-X, porque era “el cómic que había que leer”.

 

Los que todavía se resistían a hacerlo cayeron en las redes de los mutantes con una larga epopeya cuyo final redefiniría, desde su publicación en adelante, la manera de hacer tebeos, en más aspectos de los que podría llegar a imaginarse. Fue el arco argumental que, con posterioridad, ha recibido el nombre de “La saga de Fénix Oscura”.

 

La Fénix del título es la Chica Maravillosa, una de las fundadoras del equipo, la eterna novia de Cíclope, que había vuelto al redil poco después de la refundación, con una nueva identidad y unos nuevos poderes que, en ocasiones, hacía que la presencia del resto de sus compañeros fuera poco menos que inútil. ¿Qué ocurre cuando un poder de semejante envergadura es pervertido o cae en manos equivocadas? ¿Qué sucede cuando uno de los tuyos se vuelve contra ti? ¿Cuál es el precio a pagar por el culpable de genocidio? ¿Hasta dónde pueden llegar las ansias de justicia? ¿Hasta dónde el amor?

 

Todas esas preguntas se abordan, y se responden, en estas páginas, en un cómic que establece la medida de cómo narrar una historia en viñetas sin que el ritmo decaiga en ningún momento, sin que el lector adivine nunca lo que encontrará en la siguiente viñeta, sin que ninguna relectura sea menos provechosa que la anterior. El desarrollo ya es modélico, pero lo que convierte en mítica a “La saga de Fénix Oscura” quizás sea su conclusión, un final nunca pretendido ni buscado por sus autores, sino forzado por las circunstancias editoriales y las exigencias de Jim Shooter, el entonces Director Editorial de Marvel. Poco imaginaba él que aquella decisión de cambiar las últimas páginas de la historia, de teñir de negro lo que antes sólo estaba cubierto por la amargura, tendría unas consecuencias tan grandes que nunca han dejado de sentirse, que empapan cuanto tebeo de superhéroes se ha escrito y dibujado desde entonces.

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. La Patrulla-X: La saga de Fénix Oscura

UN COSMOS EN EXPANSIÓN

Una vez cumplido el objetivo de poner en marcha las dos colecciones con las que se abrió el Universo Ultimate, y mientras Mark Millar y Bryan Hitch trabajaban en la llegada de Los Ultimates, en La Casa de las Ideas tuvieron una gran duda: ¿Qué hacer a continuación? El Universo Ultimate se había convertido en el éxito del año y las leyes del mercado siempre dictan que si algo se vende mucho, debe producirse en masa.

En cualquier otra circunstancia, los títulos de la Línea Ultimate se habrían multiplicado de inmediato, con los lanzamientos que hiciera falta. Pero en la editorial comprendían que no era buena idea. Mantendrían la línea Ultimate reducida a unos pocos títulos, lo que permitiría cuidarla al máximo. El objetivo es que nunca llegase a haber más de cuatro series al mismo tiempo. Tenían ya dos en las librerías, una más en preparación y una tercera que sugeriría Brian Michael Bendis, el guionista de Ultimate Spiderman.

Tras muchos años como autor independiente, Bendis había logrado dar el salto al mainstream con una aclamación unánime. En Marvel se preguntaban cuál sería su siguiente proyecto y éste les ofreció fusionar dos viejos conceptos ya desaparecidos, Marvel Fanfare, una colección con autores y protagonistas que cambiaban cada mes, y Marvel Team-Up, una cabecera de Spiderman en la que le acompañaba un héroe diferente por número. De esta forma, Bendis preguntaría a artistas que admiraba qué personaje les gustaría dibujar para Marvel. Él adaptaría la historia y el estilo literario a los deseos de cada uno de ellos, al tiempo que Spidey serviría de maestro de ceremonias. En las oficinas de la editorial, en un momento en que estaban muy abiertos a la experimentación y a nuevos puntos de vista, estimaron que la idea podría funcionar bien, además de expandir el cosmos del Universo Ultimate, sin necesidad de multiplicar exponencialmente el número de colecciones.

Bajo esas premisas, Ultimate Marvel Team-Up se convirtió en la tercera cabecera del Universo Definitivo en ver la luz. La serie abría a lo grande, mediante una historia que era importante por tres motivos: suponía el primer encuentro de Spidey con otro superhéroe, era también la primera vez que el trepamuros se cruzaba en el camino de un mutante y el primer cruce de la versión definitiva de los dos personajes más comerciales de la editorial: el Hombre Araña… Y Lobezno. Matt Wagner, el genio detrás de Grendel, uno de los más sugestivos tebeos del panorama independiente americano, se encargaba de los lápices.

No menos importante fue la segunda historia, un encuentro con Hulk dibujado por Phil Hester (Green Arrow), ya que serviría para dar consistencia a un conjunto de ideas alrededor del escenario sobre el que se movía el Universo Ultimate. Al ambiente de Guerra Fría y paranoia radiactiva que presidía los cómics que hicieran Stan Lee y Jack Kirby en el nacimiento del Universo Marvel convencional, Bendis y Millar querían contraponer un modelo adaptado al siglo XXI, el de “la gran conspiración”, con un reducido número de individuos moviendo los hilos desde las sombras, un Gran Hermano que se sitúa en lo más alto de la cadena alimenticia y controla el mundo. En el choque de Spidey con Hulk se apuntaría por primera vez esta circunstancia.

 

Tras el Goliat Esmeralda, el siguiente “Team-Up” supuso el debut de Iron Man, otro de los héroes que pronto aparecería en The Ultimates. El dibujante era todavía más inusual que los anteriores, puesto que se trataba de Mike Allred, cuyo delirio pop también podía encontrarse en X-Force, otro heterodoxo proyecto que La Casa de las Ideas acababa de estrenar. La apuesta se elevaría aún más con la aventura que, acto seguido, reuniría a Spiderman con Daredevil y Punisher. Bendis se mantuvo fiel al concepto original de estos dos oscuros vigilantes de Marvel, pero fue más allá en todo lo demás: no sólo se trataba de la aventura más larga publicada hasta entonces en MTU, sino que además estaba ilustrada nada menos que por Bill Sienkiewicz, un genio de estilo diametralmente opuesto al típico autor de superhéroes.

 

 

En este volumen se recogen todas esas historias. En total, los ocho primeros números de Ultimate Marvel Team-Up, un esclarecedor y brillante ejemplo de lo mucho que arriesgaba La Casa de las Ideas a comienzos de la primera década del siglo XXI. Porque quien nunca arriesga, nunca gana.

Artículo aparecido en Coleccionable Ultimate. Ultimate Spiderman nº 3: Un mundo compartido

EL FESTÍN DE LOS MONSTRUOS

La pretensión de que Spider-Man fuera una sucesión de miniseries de cinco números chocó contra el muro de la realidad nada más concluido el primer arco argumental. Puede que la colección fuera pasto exclusivo de Todd McFarlane, que el editor Jim Salicrup la hubiera aislado de cuanto ocurría en el resto de títulos del personaje y que el fenómeno alcanzara unas cifras de ventas millonarias como no se veían en la industria del cómic estadounidense desde la Edad de Oro, pero eso no la libraba de los problemas. Y estos se pusieron de manifiesto antes de lo que nadie hubiera imaginado.

Durante los dos años que había permanecido como dibujante de The Amazing Spider-Man, bajo los guiones ligeros, entretenidos y para todos los públicos de David Michelinie, McFarlane consiguió el aplauso de una monumental mayoría de lectores, que destacaba lo impresionante de sus composiciones, lo espectacular de su puesta en escena o la atrevida manera en la que había logrado actualizar al trepamuros y cuanto le rodeaba. Las críticas no se hicieron notar hasta que la estrella no empezó a contar sus propias historias. Más allá de los miles de dólares que se estaba embolsando Marvel con su trabajo, algunos de los aficionados que pasaban por caja no estaban conformes con algunos aspectos de la obra. Protestaron, por ejemplo, por el tratamiento que le había dado al Lagarto, contradictorio con las apariciones anteriores del personaje. El canadiense se escudó en que no le gustaba que El Lagarto hablara, que odiaba especialmente cada vez que un guionista alargaba las eses de sus diálogos, hasta hacer que pareciera una caricatura, y que se basaba en lo que Steve Ditko había hecho con el villano en la época primigenia, si bien reconocía que no había llegado a releer aquellos cómics, según él, “para no sentirse condicionado”.

 

McFarlane, un hombre que presumía públicamente de no haber leído un libro en su vida, tenía una manera peculiar de escribir sus guiones, que en nada tenía que ver con cualquier otro método profesional que se hubiera utilizado hasta entonces. Redactaba una frase, una única frase sencilla y directa, en la que explicaba lo que ocurría en cada página. Podía poner, por ejemplo, “Peter y Mary Jane hablan”. De esta forma, cuando tenía 22 frases, llamaba a Salicrup, recitaba lo escrito e iba concretando más detalles sobre la marcha, según se le ocurrían, porque su mente “completaba lo que no estuviera en el papel”. Según insistía cada vez que le preguntaban, escribir era algo muy fácil, porque a cualquiera se le puede ocurrir una idea. Tiempo atrás, cuando comenzó en Amazing, alguien en Marvel le había dicho que debía dibujar los ojos de Spiderman más pequeños. Pero él no estaba de acuerdo con eso, así que, a partir de entonces, lo que hizo fue dibujarlos más grandes. Luego reconocería que si nadie hubiera protestado, quizás nunca habría llegado a hacerlos tan exagerados. En definitiva, McFarlane había convertido llevar la contraria en una seña de identidad jaleada y defendida a brazo partido por sus seguidores. Con el control total sobre la obra, sólo los críticos podían responderle ya, pero lo que dijeran no importaba gran cosa, porque seguiría vendiendo una barbaridad.

 

Para Spider-Man #6-10 USA, pensaba acometer una aventura en la que Spidey viajaría a Canadá para encontrarse allí con Lobezno y juntos pelear contra El Wendigo, el primer enemigo al que se hubiera enfrentado éste. A continuación, Spider-Man #11-15 USA acogerían un enfrentamiento contra El Duende Verde, mientras que para Spider-Man #16-20 USA el rival sería Veneno, con lo que casi se pondría en los dos años completos de historias. El problema surgió a la hora de llevar esas ideas al papel y comprobar que encadenar frase tras frase hasta tener un número completo, y luego encadenar número completo tras número completo hasta tener una saga cerrada, no era tan sencillo como había proclamado a los cuatro vientos.

 

La saga del Duende Verde terminó convertida en la saga del Duende, porque el Duende Verde, tal y como era en esos precisos momentos, con Harry Osborn bajo la capucha, no encajaba en la descripción monstruosa que pretendía darle McFarlane. De hecho, Harry había vuelto a vestir con las ropas del villano para realizar actos heroicos, en el curso de una saga que involucraba a todo el Universo Marvel y que respondía al nombre de “Inferno”. Las intenciones de McFarlane pasaban por que pareciera que no había un humano dentro del traje del Duende Verde y que el lector creyera que se trataba de un Duende auténtico. Dado que la continuidad no importaba gran cosa al artista, Salicrup le ofreció una alternativa airosa: recurrir al personaje que se llamaba El Duende a secas y que de hecho era el moderno sucesor de Norman Osborn. Durante “Inferno”, en concreto en The Spectacular Spider-Man #147 USA (1989) había padecido una horrible transformación sobrenatural, así que se acercaba a lo que el dibujante canadiense estaba buscando para su historia. Por mucho que renegara del trabajo de sus coetáneos, siempre podía utilizarlo cuando fuera en su provecho. Además, El Duende tenía una diferencia con El Duende Verde que le resultaba particularmente agradable: su disfraz incluía una capa. En el diseño original, apenas cubría la mitad de su espalda, pero él la alargó hasta conseguir que lo engullera todo a su alrededor, como antes hubiera hecho con Batman. Las complicaciones no terminaron con el villano, ya que la trama no daba en realidad para cinco números, así que se quedaría únicamente en dos episodios, que se publicarían como segundo arco de la colección y en los que aparecería como invitado especial el nuevo Motorista Fantasma, un personaje también muy popular en aquel momento, que encajaba como un guante en las inquietudes de McFarlane. En el relato, recurrió además a algo que se le había escapado en la primera saga: los informativos de televisión como elemento narrativo. Aquello estaba calcado, hasta el último detalle, del Batman: Dark Knight Returns de Frank Miller, el autor completo y la obra a la que, quizás, soñaba McFarlane acercarse algún día. ¿Qué más hacía falta para conseguirlo, quizás una aparición gratuita de Mary Jane en lencería? Tampoco estaría de más.

 

Así fue como la historia de Lobezno y El Wendigo saltó su turno hasta aparecer como la tercera saga de la cabecera. Argumentalmente, suponía cambiar los tejados y callejones de Nueva York por un entorno tan poco arácnido como los bosques canadienses, aunque con aquel viaje McFarlane se sentía, literalmente, en casa: seguía siendo ese artista afincado en Calgary que sólo viajaba a Estados Unidos para las convenciones de tebeos o para reuniones puntuales en Marvel. La historia trataba sobre un asesino de niños, un tema que no solía verse en los cómics convencionales de superhéroes. El autor quedó tan satisfecho con el resultado que llegaría a considerarlo como uno de sus mejores trabajos. No opinaron así los defensores de la moral más tramontana, de manera la polémica saltaría a los medios generalistas y pronto surgieron tiendas que retiraron el cómic y cancelaron sus pedidos. Mientras en la editorial se encendían las alarmas y cundía la preocupación, McFarlane no entendía tanto revuelo. ¿Qué importaba que unos pocos establecimientos no quisieran poner a la venta el cómic? Estaba vendiéndose por millones. Mientras el artista llegaba a la conclusión de que no encajaba bien en los parámetros de la compañía, La Casa de las Ideas empezaba a mirar a McFarlane con incomodidad.

Al margen de la polémica, estaba la presencia de Lobezno. Habían pasado dos años largos desde su contacto previo con el mutante, que tuviera lugar en The Incredible Hulk #340 USA (1988). Entonces, la batalla sin concesiones entre el monstruo Gamma y el hombre-X y la impresionante portada en la que McFarlane reflejó el rostro enfurecido de Hulk sobre las garras extendidas de Lobezno habían devuelto la popularidad a la colección de la criatura y, en última instancia, provocado que McFarlane se convirtiera en estrella. En esta segunda ocasión, el artista tendría la oportunidad de recrearse en Logan, pero no sólo eso. En el tercer episodio, consideró oportuno que, en lugar del uniforme marrón que había vestido durante toda la década de los ochenta, el personaje recuperara el traje amarillo y azul que luciera anteriormente. Esta vez no hubo nadie que protestara, sino todo lo contrario. De inmediato, el cambio fue abrazado por los responsables de la Franquicia Mutante y por sus futuros socios, Jim Lee en X-Men y Marc Silvestri en Wolverine, que lo hicieron permanente. El criterio de McFarlane era ley. Y tampoco con eso bastaba.

Artículo aparecido originalmente en Spider-Man de Todd McFarlane nº 2

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