LA SAGA DE FÉNIX OSCURA: EL NACIMIENTO DE UN MITO

Eran el patito feo del Universo Marvel. Frente al drama adolescente de Spiderman, a la épica de Los Vengadores o la ciencia-ficción sofisticada de Los 4 Fantásticos, las andanzas de cinco chavales a las órdenes de un señor calvo no conseguían concitar la atención y el cariño de las masas. La Patrulla-X de Stan Lee y Jack Kirby nació en 1963, en plena ebullición creativa de La Casa de las Ideas, y lo hizo a partir de una idea tan inteligente como sugestiva: la existencia de un nuevo tipo de personas, dotadas con superpoderes como consecuencia de su herencia genética. Así vieron la luz los mutantes, en un contexto de miedo atómico y reivindicación de minorías, porque ahí sí acertó Stan Lee: cuando convirtió a sus hombres-X en marginados por su condición racial. Las mismas turbas que desconfiaban de Spiderman saltaban enfurecidos y aterrorizados ante la simple idea del homo superior, el siguiente eslabón en la cadena de Darwin, aquellos llamados un día a sustituir al homo sapiens. ¿Qué podían hacer los mutantes, frente a quienes los odiaban? “Aprender a convivir con ellos y enseñarles que no tienen que temernos”, decía Charles Xavier, el maestro que había dado un propósito vital a Cíclope, El Ángel, La Bestia, el Hombre de Hielo y la Chica Maravillosa. “Aniquilarlos y dominarlos”, respondía Magneto, su contrapartida malvada, en una dialéctica que situaba a Xavier en el papel de Martin Luther King y al Amo del Magnetismo más próximo a las invectivas de Malcom X.

 

Era un concepto en cierta forma revolucionario, tanto que llegó demasiado pronto para conseguir la aceptación entre los lectores. Bien hay que decir que sus autores tampoco consiguieron sacarle todo el partido posible, ya que Stan y Jack abandonaron la cabecera demasiado pronto, cuando apenas empezaban a apuntar maneras, e incorporar elementos tan sugestivos como el de Los Centinelas, robots asesinos de mutantes que presagiaban un futuro oscuro para toda la humanidad. Sólo algunos años más tarde, el imaginativo trabajo desarrollado en la serie por Roy Thomas y el mítico dibujante Neal Adams conseguiría vislumbrar cuán lejos podría llegar esa Patrulla-X si se la permitía.

 

Pero no se la permitió, y en el cambio de década, la colección fue puesta en barbecho. Cinco años tardaría en salir del limbo, hasta que, en 1975, los entonces responsables de La Casa de las Ideas decidieron dar una segunda oportunidad a los mutantes… Sólo que la idea sería reformulada en su práctica totalidad. Cíclope y Xavier permanecerían como cabeza visible del equipo, pero todos los demás serían sustituidos por nuevos personajes, procedentes cada uno de ellos de los más diferentes lugares del globo. Había una africana, Tormenta; un ruso, Coloso; un alemán, Rondador Nocturno; un canadiense, Lobezno… El tono de pequeña aventurilla era sustituido por la grandilocuencia, en línea con lo que ya habían hecho Thomas y Adams en los estertores de la primera andadura, mientras que el dibujante Dave Cockrum aportaba un toque eminentemente moderno al diseño de la obra. Quiso la suerte que el guionista responsable, Len Wein, apenas sí llegara a encargarse del episodio de estreno y de apuntar la saga posterior: pronto dejó el trabajo en manos de su joven ayudante, un inglés de veinticinco años llamado Chris Claremont.

Ocurrió de manera gradual, sin hacer ruido y por la puerta de atrás. La “nueva” Patrulla-X de Claremont y Cockrum fue afianzándose poco a poco, haciéndose fuerte allá por donde nunca habían transitado los antiguos hombres-X. Se apelaba a la angustia de la condición mutante, a la minuciosa caracterización de personajes, al acento en aquello que les hacía diferente y únicos, con una mirada puesta en sus vidas privadas; a la concatenación de aventuras sin dejar al lector un momento para respirar, y al tono internacional del equipo, al que muy pronto se le quedó el mundo lo suficientemente pequeño como para viajar a las estrellas y más allá.

 

Tales principios fueron potenciados aún más si cabe cuando Cockum cedió los lápices a John Byrne, el que estaba llamado a ser el gran dibujante estrella de la Marvel de los ochenta, quien ya había desarrollado cierta química de trabajo con Claremont y cuyo estilo realista y dramático se adaptaba a todo lo que necesitaba La Patrulla-X. Aquél era el cómic que Byrne no sólo quería dibujar, sino del que quería formar parte. Tan es así, que su labor se haría extensiva a los argumentos. Gracias a Byrne, los lectores llegarían a mirar con otros ojos a Lobezno, ése pequeño y brutal mutante por el que anteriormente no sentían demasiadas simpatías. Con su misterio a cuestas, su actitud desafiante, con esa rabia enjaulada que nunca sabías cuándo quedaría libre.

En La Patrulla-X había exóticos viajes a lugares como la Tierra Salvaje, Japón o la Antártida; había terribles amenazas, como la de Magneto, renacido y ebrio de poder, o Proteus, un mutante capaz de asesinar a sus víctimas con sólo tocarlas; situaciones dramáticas, en las que una parte del equipo llegaba a creer durante meses y más meses que la otra había muerto, y viceversa; mujeres atractivas, inteligentes e independientes como no se habían visto nunca en un cómic de superhéroes; héroes que era el epítome de la masculinidad… Cada victoria tenía un precio, cada cosa que ocurría dejaba su poso en los personajes, pero también en los lectores, que poco a poco se fueron asomando a aquella Patrulla-X, porque era “el cómic que había que leer”.

 

Los que todavía se resistían a hacerlo cayeron en las redes de los mutantes con una larga epopeya cuyo final redefiniría, desde su publicación en adelante, la manera de hacer tebeos, en más aspectos de los que podría llegar a imaginarse. Fue el arco argumental que, con posterioridad, ha recibido el nombre de “La saga de Fénix Oscura”.

 

La Fénix del título es la Chica Maravillosa, una de las fundadoras del equipo, la eterna novia de Cíclope, que había vuelto al redil poco después de la refundación, con una nueva identidad y unos nuevos poderes que, en ocasiones, hacía que la presencia del resto de sus compañeros fuera poco menos que inútil. ¿Qué ocurre cuando un poder de semejante envergadura es pervertido o cae en manos equivocadas? ¿Qué sucede cuando uno de los tuyos se vuelve contra ti? ¿Cuál es el precio a pagar por el culpable de genocidio? ¿Hasta dónde pueden llegar las ansias de justicia? ¿Hasta dónde el amor?

 

Todas esas preguntas se abordan, y se responden, en estas páginas, en un cómic que establece la medida de cómo narrar una historia en viñetas sin que el ritmo decaiga en ningún momento, sin que el lector adivine nunca lo que encontrará en la siguiente viñeta, sin que ninguna relectura sea menos provechosa que la anterior. El desarrollo ya es modélico, pero lo que convierte en mítica a “La saga de Fénix Oscura” quizás sea su conclusión, un final nunca pretendido ni buscado por sus autores, sino forzado por las circunstancias editoriales y las exigencias de Jim Shooter, el entonces Director Editorial de Marvel. Poco imaginaba él que aquella decisión de cambiar las últimas páginas de la historia, de teñir de negro lo que antes sólo estaba cubierto por la amargura, tendría unas consecuencias tan grandes que nunca han dejado de sentirse, que empapan cuanto tebeo de superhéroes se ha escrito y dibujado desde entonces.

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. La Patrulla-X: La saga de Fénix Oscura

SECRET WARS: LA GUERRA QUE LO EMPEZÓ TODO

1984 no se pareció en nada a la novela del mismo nombre escrita por George Orwell. Brillante año de los prodigiosos ochenta, fue un auténtico paraíso para cualquier chaval que todavía vistiera pantalones cortos. En los cines, se estrenaron Cazafantasmas, Indiana Jones y el Templo Maldito, Terminator, Gremlins, Superpolicía en Hollywood, y Tras el corazón verde. En televisión, triunfaban Magnum, Dinastía, Falcon Crest, Canción triste de Hill Street, El Equipo-A y El coche fantástico. Fue el año de “Like A Virgin” de Madonna, de “Purple Rain” de Prince o de “Girls Just Want To Have Fun” de Cindy Lauper. Y para los que leían cómics y jugaban con muñecos, fue definitivamente el año de las Secret Wars.

Los aficionados a los cómics de superhéroes conocían muy bien el funcionamiento de los mundos conectados. Los sugestivos personajes de Marvel podían tener sus propias vidas, como podía verse en cada una de las colecciones que protagonizaban, pero a su vez esas vidas se entremezclaban entre ellas y de forma simultánea, lo que posibilitaba las más imaginativas combinaciones y permutaciones. Spiderman era amigo de La Antorcha Humana de Los Cuatro Fantásticos; La Cosa, también integrante de éstos, jugaba partidas de póker con Nick Furia, Lobezno y Ms. Marvel; Mercurio y La Bruja Escarlata, dos viejos enemigos de La Patrulla-X, militaban en Los Vengadores; Daredevil, en su identidad civil de Matt Murdock, había defendido en juicio a Hulk… y la mayoría de ellos vivía en Nueva York. Al cabo de tantos años, parecía que no quedase demasiado margen para la sorpresa en esos cruces, pero sin embargo todavía había un terreno pendiente de explorar. Los encuentros entre personajes solían estar limitados por las circunstancias. En rara ocasión se había llegado a ver juntos a todos los héroes  de la compañía, más allá de circunstancias puntuales, como la boda de Mister Fantástico y La Chica Invisible o el torneo que se había desarrollado en la miniserie Contest Of Champions (1983), la primera en presentar a todos los justicieros de la Tierra en un único cómic. Eran momentos que no dejaban huella en todos sus protagonistas, quienes en muchos casos no hacían sino rellenar espacio en las viñetas. Habían pasado más de veinte años desde el nacimiento del Universo Marvel y nunca se había publicado una aventura protagonizada por todos los héroes que les afectara tan profundamente como para marcar sus biografías. Nunca… hasta ese mismo año.

 

Probablemente, de no darse las circunstancias propicias, a Marvel se le habría adelantado DC Comics, que ya entonces planeaba un macroevento con el que celebrar su cincuenta aniversario, en el que participarían cuantos héroes poblaban su mundo y que alteraría para siempre el escenario. Quiso la suerte que, antes de que comenzara a publicarse Crisis On Infinite Earths, Marvel diera un paso adelante y llegara a un acuerdo de licencia con la juguetera Mattel. El detonante tuvo que ver, precisamente, con las figuras de acción basadas en los personajes de DC que había lanzado Kenner, la competidora de Mattel. Sus DC Super Powers estaban extraordinariamente bien cuidados y fueron un éxito monumental. Mattel, que había pujado por la licencia de DC sin conseguirla, tenía a su vez un gran éxito en sus manos, la línea de He-Man y los Masters del Universo, pero no le parecía suficiente, así que se aproximó a Marvel para intentar conseguir un trato similar al de Kenner.

En La Casa de las Ideas, eran los tiempos de Jim Shooter como Director Editorial. Niño prodigio de los cómics que había empezado a escribir guiones de manera profesional cuando apenas tenía trece años, Shooter desarrollaba desde 1978 un brillante trabajo al frente de Marvel. Fue el responsable de encarrilar la editorial, a partir del caos anárquico de los setenta, hasta hacer de ella una la máquina bien engrasada en la que confluían talento y negocio. Bajo su responsabilidad, florecieron obras maestras como el Thor de Walter Simonson, el Daredevil de Frank Miller o Los 4 Fantásticos de John Byrne. Mattel encontró en Shooter el aliado perfecto para producir su flamante línea de muñecos basada en los personajes de Marvel. En la juguetera no sólo querían lanzar su colección de action figures con sus accesorios, vehículos y bases de operaciones, sino también arroparla con un cómic que enseñara a los chicos cómo debían jugar: cómo se llamaban y se relacionaban entre sí los personajes, quiénes eran los héroes y quiénes los villanos, cuáles eran sus poderes… La compañía había hecho estudios de mercado con su público potencial, de manera que se presentó ante Shooter con una lista de peticiones. Por ejemplo, querían transformar la armadura del Doctor Muerte, que a su juicio tenía un aspecto demasiado medieval, y que reflejara mejor que se trataba de alta tecnología. También habían constatado que los niños reaccionaban particularmente bien ante dos palabras: “Secret” y “War”, así que, el proyecto de cómic, que inicialmente se llamaba Cosmic Champions, pasó a denominarse Marvel Super Heroes Secret Wars. Su trama obedecería a una idea muy simple, que al Director Editorial le habían hecho llegar muchos lectores, en especial los más jóvenes: debía tratarse de una espectacular aventura en la que aparecieran todos los héroes y todos los villanos de la editorial.

 

Siempre se ha dicho que Shooter se reservó el guión de Secret Wars para sí mismo porque preveía que la colección fuera un éxito y le reportara importantes dividendos gracias a los royalties que cobraban los autores una vez que un cómic superara cierto nivel de ventas. Sin embargo, no era así como el propio autor, o algunos de sus colaboradores, lo veían. Según Shooter, se hizo cargo de la maxiserie de doce números porque todos los guionistas de la casa se mostraban muy protectores hacia sus personajes, de manera que haber designado a uno de ellos para el proyecto hubiera provocado las quejas del resto. Si era él quien decidía cuanto ocurriera en aquella aventura, los otros escritores podrían discutir sus decisiones, pero en último término él, como máxima autoridad de Marvel, tendría la última palabra.

Shooter designó a Mike Zeck para dibujar la saga. Zeck destacaba por su rotunda interpretación de héroes como Shang Chi o Capitán América, que había abordado en dos destacadas etapas. No era, sin embargo, el artista más indicado para una aventura multitudinaria que requería de constantes correcciones demandadas por Shooter, lo que se hizo sentir durante el desarrollo del proyecto y obligó a embarcar a un segundo dibujante, Bob Layton, para acometer la cuarta y la quinta entrega. A su vez, fue obligado recurrir a multitud de entintadores de cara completar el final. De la coordinación del evento se encargó Tom DeFalco, la mano derecha de Shooter, quien tuvo la idea de que, en los cómics que se pusieron a la venta en Estados Unidos en diciembre de 1983, los héroes desaparecieran rumbo a lo desconocido. El editor tuvo que coordinarse con los autores de las series protagonizadas por Spiderman (en su caso concreto, eran tres), Los Vengadores, Capitán América, Thor, Iron Man, Hulk, Los 4 Fantásticos, La Cosa y La Patrulla-X. Todas estas colecciones presentaron a sus protagonistas introduciéndose en una gigantesca máquina que había aparecido en Central Park. En algunos casos, como el del episodio de The Amazing Spider-Man, co-escrito por el propio DeFalco, el acontecimiento ocupaba varias páginas, e incluso se integraba de manera orgánica en el discurrir de las aventuras que estaba viviendo el trepamuros: desde varios números anteriores, Spidey llevaba sintiendo intensos avisos por parte de su sentido arácnido, y la causa por fin se revelaba ante él, y no era otra que la máquina. En otras colecciones, sin embargo, la saga pilló con el paso cambiado a los responsables, que tuvieron que solucionar la papeleta deprisa y corriendo, en una página extra añadida a última hora. En este aspecto, llamó la atención el caso extremo de Thor. Su guionista y dibujante, Walter Simonson, dejó tres viñetas vacías, en las que debería haberse reflejado el salto del Dios del Trueno a las Guerras Secretas. Los lectores no tendrían la escena hasta el mes siguiente, cuando fue reproducida en las páginas editoriales del cómic.

¿Qué ocurrió en la semana, en tiempo Marvel, en que los héroes estuvieron desaparecidos? Aquellos que se habían quedado en nuestro planeta tuvieron que hacer frente a las crisis en las que hubieran contado con la ayuda de sus compañeros, una circunstancia que se reflejó especialmente en la colección de Los Vengadores, mientras que el Daily Bugle, como pudo verse en Amazing, constataba que se estaba produciendo un incremento en las tasas de criminalidad. No duró mucho, en todo caso, porque, en el número posterior a marcharse, los héroes ya estaban de vuelta, lo que coincidió con la aparición en las librerías del primer número de Secret Wars propiamente dicho.

 

En aquella corta semana, sus vidas habían cambiado para siempre: Spiderman había encontrado un nuevo traje de sorprendentes características; Hulka sustituía a La Cosa dentro de Los 4 Fantásticos, dado que Ben Grimm había decidido quedarse atrás; Iron Man presentaba modificaciones en su armadura; Hulk, que anteriormente conseguía mantener su inteligencia humana, comenzaba a verse privado de ella; Coloso había perdido al amor de su vida, mientras que el resto de La Patrulla-X se traía un dragón a casa… Pero, ¿cómo había ocurrido todo aquello? Los lectores querían saberlo, y por eso se lanzaron en masa sobre aquel primer número de Secret Wars, y mes a mes apoyaron la maxiserie hasta convertirla en el cómic más vendido de la década.

Las Guerras Secretas se posicionaron en el epicentro del Universo Marvel para alterarlo radicalmente. Algunos de los cambios que trajeron perdurarían durante años, como el traje negro de Spidey, que fue la simiente de Veneno. Secret Wars no sólo fue un evento como nunca se había conocido hasta entonces: sirvió de modelo a todos los que vinieran después, ya fueran en la propia Marvel o en la competencia. Mattel triunfó. Sus action figures eran mucho más sencillas que las de Super Powers, pero consiguieron cautivar a la chavalería, de manera que pronto lanzaron una segunda oleada, y hasta una tercera que sólo se llegó a ver fuera de Estados Unidos. En paralelo, Marvel licenció innumerables productos relacionados: álbumes de cromos, mochilas, coloreables, pegatinas… Secret Wars lo invadió todo, marcando una barrera generacional entre los lectores veteranos, que en su mayor parte la abominaron, y los más jóvenes, que las disfrutaron con entrega entusiasta.

Apenas tres meses después de la publicación del último número de la maxiserie, llegó a las tiendas una secuela, Secret Wars II, aún más compleja que su predecesora y con un planteamiento completamente distinto. En este caso, era el Todopoderoso quien visitaba la Tierra y se cruzaba en su camino con diferentes héroes. Cada uno de los nueve números de la saga continuaba en entregas de diferentes series, hasta nada menos que cuarenta y dos episodios. De nuevo, el éxito comercial fue rotundo, dando lugar a un producto que permitía a los lectores hacerse una clara idea de la configuración que por aquel entonces tenía el Universo Marvel, y a Jim Shooter, de nuevo guionista de la historia, dar rienda suelta a una historia como ninguna otra que hubiera sido escrita en el género, con un dios encarnado en humano como protagonista. Su posterior salida de la compañía, enterró las posibilidades de siguientes entregas.

 

Pero las Guerras Secretas ya habían cambiado la industria del cómic. Las dos grandes editoriales instaurarían la tradición de, al menos una vez al año, ofrecer un acontecimiento que aglutinara a sus más importantes héroes. En Marvel, llegaron historias como “La caída de los mutantes”, “La guerra de la evolución”, “Inferno”, “Actos de Venganza”, “El Guantelete del Infinito” o “La Era de Apocalipsis”. La moda perdió fuelle a finales de los años noventa, para volver, con fuerzas renovadas, a mediados de la primera década del siglo XXI, en que tendríamos “Dinastía de M”, “Civil War”, “Invasión Secreta”, “Asedio” y muchas más. Con el paso del tiempo, estos gigantescos crossovers fueron ganando en complejidad y magnitud, pero nadie debe olvidar que todo empezó con Marvel Super Heroes Secret Wars, un cómic, pensado para aprender a jugar con unos muñequitos pero que, a toda una generación de lectores les descubrió el lugar que, a partir de ese momento, considerarían su casa: el Universo Marvel.

Artículo aparecido en Marvel Héroes. Secret Wars: Integral

EL ORIGEN DE VENENO

A finales de los años ochenta, los mejores años de la historia de Spiderman, aquellos en los que vivió sus aventuras más icónicas, habían terminado. La boda de Peter Parker con Mary Jane, que tuvo lugar en 1987, había tirado al traste buena parte de la magia. David Michelinie, el guionista que escribió el especial de la ceremonia bajo dictado y sin querer siquiera conducir al personaje por ese camino, tenía la responsabilidad de continuar con The Amazing Spider-Man, el título principal del héroe. El editor Jim Salicrup fichó a un dibujante canadiense que había comenzado a despuntar en The Incredible Hulk. Se llamaba Todd McFarlane y, aunque hacía tiempo que ya había dejado de leer cómics, su máxima ambición consistía en convertirse en una estrella del medio. McFarlane tenía la madera para conseguirlo: inmenso talento, un estilo preciosista que chocaba con las normas establecidas, el deseo de ir a contracorriente y la convicción de que la suya era la manera correcta de hacer las cosas.

Apenas dos números después de su llegada, llegó el momento de acometer The Amazing Spider-Man #300 USA (1988), un cómic que debía ser muy especial. Michelinie, que anteriormente escribía Web Of Spider-Man, otra serie arácnida que se publicaba en paralelo, se trajo un argumento que venía desarrollando allí, por el cual una misteriosa persona capaz de anular el sentido arácnido del trepamuros había tratado de asesinarlo en repetidas ocasiones. Coincidiendo con el Amazing #300, Michelinie barajaba traer a la luz al enemigo oculto. Éste sería en realidad una mujer, deseosa de acabar con Spidey después de que durante una batalla de que, durante una batalla del lanzarredes con cualquier otro de sus enemigos, su marido hubiera muerto accidentalmente y ella hubiera perdido al hijo que esperaba. A continuación, la mujer se habría hecho con el traje alienígena que Spiderman se trajera del planeta de Secret Wars, que se había demostrado como un parásito y del que el héroe había conseguido deshacerse. Juntos, se transformarían en la criatura llamada Veneno.

A Salicrup le gustó la idea, pero el detalle de que se tratase de una mujer no acababa de convencerle, ya que no parecería una amenaza física lo suficientemente peligrosa para Spiderman, así que pidió al guionista un reemplazo. Unos pocos años antes, en 1985, Peter David había escrito “La muerte de Jean DeWolff”, una aclamada y dramática historia en que este secundario de las colecciones arácnidas había sido asesinado. Michelinie fabuló que, en el curso de la investigación, el crimen habría sido falsamente atribuido a un inocente por parte del Daily Globe, el periódico rival del Daily Bugle. Un periodista llamado Eddie Brock publicó la historia, que después de que Spidey atrapara al verdadero asesino quedaba invalidada. Brock habría caído en desgracia, y de ahí su odio hacia el trepamuros. El personaje estaba basado en un reportero real, Jimmy Breslin, que en los años setenta había atribuido los asesinatos del Hijo de Sam a la persona equivocada. Michelinie describió al villano resultante de la simbiosis de Brock con el traje alienígena como un tipo tipo grande, vestido con el traje negro de Spiderman. Pero esa descripción no convenció a McFarlane, que tenía una especial afinidad hacia los monstruos. Se preguntó qué ocurriría si el simbionte fuera un cascarón que se hubiera tragado al huésped. Lo encorvó un poco y alteró también la estructura muscular, pero sobre todo cambió el aspecto de su rostro. No parecía humano, sino que mostraba una gigantesca sonrisa sádica. En lugar de dientes, había fauces similares a la de un tiburón o una hiena: un depredador, en cualquier caso.

Veneno, nombre que adoptó el personaje, irrumpió ante Mary Jane en las últimas páginas del Amazing #299 USA, y primero le confundía con su marido, hasta que el villano se presentaba en primer plano como una criatura. Ya fue en el Amazing #300 USA en el que tuvo lugar el primer combate contra el trepamuros, en una aventura rotunda y excitante, que se convirtió en un clásico inmediato para los lectores y que además supuso un importante cambio en el mito arácnido.

 

Después de varios años alternando el traje clásico con el negro, el lanzarredes abandonó éste definitivamente. Era una de las peticiones que había hecho McFarlane antes de incorporarse a la colección, pero igualmente se trataba de un cambio que deseaba hacer Salicrup, que se resistía debido a que la idea del traje negro venía de su jefe, el Director Editorial Jim Shooter. Una vez que éste le dijo que no le importaba, dio vía libre a dibujante y guionista para efectuar el cambio. McFarlane encontró además en el traje clásico un elemento con el que diferenciarse de anteriores interpretaciones del trepamuros. Agrandó los ojos, hasta hacerlos gigantes; e incorporó un trazado de redes más tupido que nunca, y grandes manchas de negro en las zonas azules, tal y como había hecho Steve Ditko en los primeros tiempos. Además, cambió la manera de dibujar la telaraña, que se volvió mucho más complicada, como si adquiriera formas de espagueti, y trastocó al máximo la anatomía, con poses dislocadas y articulaciones colocados en posiciones imposibles para un humano normal. Pretendía apuntar que el Hombre Araña tenía más de Araña que de Hombre. A eso sumó viñetas a página completa, que sencillamente mostraban a Spidey balanceándose por Nueva York, en las que el lector podía recrearse como si fuera un póster. Todos esos elementos, en mayor o menor medida, impactaron a los nuevos lectores que se aproximaron a Amazing ante la exuberancia gráfica que ahora presentaba. También causaron algunas críticas por parte de los aficionados más veteranos. McFarlane tendía a polarizar opiniones allá donde iba, y lo siguió haciendo durante el tiempo en que se mantuvo como artista dentro de la Franquicia Arácnida. Con él, Spidey entró en la modernidad y asumió unos cánones que se mantendrían activos durante varios lustros.

 

¿Y en cuanto a Veneno? El villano se alzó como el más popular del momento, una posición refrendada luego por la serie de dibujos animados de los años noventa. Pero tras multitud de choques contra el trepamuros, se fue evidenciando lo limitado del concepto. Fue necesaria una acentuada evolución, lo que incluyó cambios de huésped o la llegada de nuevos simbiontes.

Artículo aparecido en Marvel Gold. Marvel. 75 Aniversario. La era clásica