LOS 4 FANTÁSTICOS DE WALTER SIMONSON: UN VIAJE AL CORAZÓN DEL INFINITO

Los 4 Fantásticos representan el alfa y el omega del Universo Marvel. Con ellos empezó todo y con sus aventuras Stan Lee y Jack Kirby alcanzaron las mayores cotas de grandeza que haya conocido jamás el Noveno Arte, a lo largo de una amplísima etapa de más de cien números que se extendió a lo largo de nueve años, los comprendidos entre 1961 y 1970. ¿Cómo superar la perfección? Es imposible, y sin embargo unos pocos autores han logrado al menos igualarla. Bien es cierto que la lista es escasa. Los aficionados pueden darse por más que satisfechos si cada década arroja al menos un nombre de oro: John Byrne en los ochenta, Mark Waid junto a Mike Wieringo en los 2000… Y en los noventa, nada más arrancar la década, la genialidad en lo que a la cabecera de La Primera Familia se refiere fue sinónimo de Walter Simonson.

 

Primero fue la pasión por los dinosaurios. Llegó después de que su padre le acompañara a ver Fantasia y se quedara hipnotizado por la aparición de las grandes bestias prehistóricas durante “La consagración de la primavera”. El joven Walter Simonson (1946, Knoxville, Tennessee) se propuso entonces ser paleontólogo. Su otra pasión estaba en las viñetas. Desde que tenía recuerdos, había leído cómics, todos los que caían en sus manos, desde los de superhéroes de DC hasta los de personajes de Disney que escribía y dibujaba Carl Barks. Pero en 1965, todo cambió. En 1965, Walt Simonson se dejó hechizar por Marvel y sus personajes. Thor se convirtió en su favorito, ya que se enmarcaba en otro de sus intereses, la mitología nórdica, y a él se añadieron pronto Spiderman, Iron Man y Los 4 Fantásticos. A estos últimos los descubrió con The Fantastic Four #47 USA, en plena efervescencia del reinado Lee/Kirby.

 

Cuando comprendió que la búsqueda incansable de fósiles no formaba parte de su futuro, Simonson ya había ingresado en la Escuela de Diseño de Rhode Island y, antes de que hubiera terminado las clases, su carrera se orientaba en la dirección del Noveno Arte. Se presentó en DC con su portafolio y allí es donde acabaría trabajando, a principios de los años setenta, con un trazo suelto y ágil, que cambiaba el detallismo y la limpieza de líneas habitual en el género superheroico por una poderosa espontaneidad que quedaba un tanto oculta cuando era otro quien le entintaba. Manhunter, un complemento de Detective Comics escrito por Archie Goodwin, le elevaría a la categoría de artista de culto, y se sumaría a otras historias de Batman, Metal Men, Dr. Fate y Hercules Unbound, también producidas por dicha editorial. En 1975, además, ilustraría la espectacular adaptación de la película Alien, de Ridley Scott. A Marvel llegó en 1977, con Rampaging Hulk, un magazine en blanco y negro que trataba de emular el espíritu de las primeras historias del Goliat Esmeralda. En ese mismo año acometería su primera y breve estancia en The Mighty Thor, sólo como dibujante y acompañado de entintadores que restarían fuerza a su personalísimo estilo. Trabajos en las versiones para cómic de Battlestar Galactica o Star Wars, el cruce entre La Patrulla-X y Los Nuevos Titanes o su obra personal, la novela gráfica Star Slammers, se sumarían a su currículum en esta época, hasta alcanzar el comienzo de los años ochenta.

 

Entonces llegaría la oportunidad de su vida, cuando se hizo cargo como autor completo de la colección de Thor y la llevó a cotas de excelencia nunca antes conocidas. A lo largo de cuatro irrepetibles años (1983-87), Simonson encadenaría aventuras con una grandilocuencia y épica equiparable a la de los tiempos de Stan Lee y Jack Kirby, acometería una perfecta modernización de las leyendas nórdicas al más puro estilo Marvel y salpicaría cada página con unas deliciosas gotas de humor, con las que el autor daba a entender que todo era posible: desde dudar de la inteligencia del protagonista a transformarlo en rana.

 

En 1986, con su esposa Louise como guionista, se hizo con el dibujo de X-Factor, la cabecera dedicada a la formación original de La Patrulla-X. Ese mismo año, comenzó a escribir The Avengers… Y allí nacería la semilla que llevó a Walter Simonson a The Fantastic Four. El artista comenzó a desarrollar una compleja trama durante la cual Nébula, la supuesta nieta de Thanos, se infiltraba en el Consejo de Kangs, una organización formada por versiones alternativas del peor enemigo de Los Vengadores. Nébula manipularía a héroes y villanos, con el objetivo de llegar a una fuente de poder que le daría el control del Universo. Un Celestial renegado había escondido tan formidable arma dentro de una impenetrable burbuja temporal. Simonson desarrolló con mimo la trama durante varios episodios, haciendo que aumentara progresivamente su importancia, hasta que, de repente, la cerró abruptamente, en The Avengers #297 USA (1988). Cualquier lector avispado podría deducir que allí había gato encerrado: nadie teje un argumento tan complejo para abandonarlo sin más en unas pocas viñetas… ¡Y tendría razón! Pero era algo que tardaría en comprobarse. Tres números más tarde, llegó la sorpresa, cuando nada menos que Mister Fantástico y la Mujer Invisible se unieron a Los Vengadores. Simonson pretendía integrarlos en el equipo durante una buena temporada, e incluso tenía en mente que Reed y el Capitán América se pelearan por el liderazgo, pero de inmediato llegó la orden de que ambos personajes debían volver a Los 4 Efe. Esto último fue el catalizador que provocó la marcha de Simonson, hastiado por las condiciones en que la estaba escribiendo. Cada dos por tres, le requerían que prescindiera de tal o cual héroe, lo que le obligaba a acortar los argumentos o cercenarlos de raíz. ¡Incluso cuando había recurrido a dos personajes como Reed y Sue, que no estaban siendo utilizados en su lugar natural, debía renunciar a ellos! En esas condiciones, le resultaba imposible contar sus historias, así que decidió tirar la toalla. Concluía así una corta etapa, recopilada en su totalidad en Marvel Gold. Los Vengadores: Disolución y renacimiento.

 

En aquel entonces, Los 4 Fantásticos estaban envueltos en un buen embrollo. El guionista Steve Englehart había desarrollado un conjunto de culebronescos argumentos, a partir de una cada vez más extraña alineación, por la que había pasado incluso el Doctor Muerte y en la que, en esos precisos momentos, militaba Sharon Ventura, un personaje surgido de las páginas de la colección de La Cosa que adoptó el aspecto rocoso de ésta. La vuelta de Mister Fantástico y La Mujer Invisible no hizo sino añadir más confusión a la fórmula. En su último episodio, y sin encontrar siquiera una manera digna de cerrar capítulo, Englehart, bajo el seudónimo de John Harkness, concluía que cuanto había sucedido a Los 4 Efe en los anteriores números era un sueño. El guionista aparecía en la última viñeta, entonando una petición: “Hace falta alguien mejor que yo para arreglar este lío”, decía. Ese “alguien mejor” sería Walter Simonson, como anunciaba el dibujo de La Cosa que figuraba al final del episodio. Ralph Macchio, el entonces editor de la serie, le ofreció encargarse de ella tan pronto como estuvo fuera de The Avengers, ya que Englehart había decidido marcharse. El artista pensó que, dado que Los 4 Fantásticos carecían de la posición central de Los Vengadores dentro del Universo Marvel, gozaría de una facilidad para desarrollar su trabajo superior a la que había contado en el caso de Los Héroes Más Poderosos de la Tierra, así que aceptó. A continuación, analizaremos a fondo su estancia en la serie, por lo que los lectores que no conozcan las líneas maestras de la misma quizás encuentren más satisfactoria la lectura del resto del artículo una vez finalizados los cómics.

El final de The Fantastic Four #333 USA, inmediatamente anterior a la llegada de Simonson.

 

lustración con la que se anunciaba la llegada de Walter Simonson.

 

La peculiar, algunos dirían desastrosa, etapa de Englehart no había sido más que un síntoma de la pérdida de rumbo que padecía La Primera Familia en aquellos momentos. La larga sombra de John Byrne, el artista que había estado allí entre 1981 y 1986, pesaba como una losa. La comprensión total de los personajes, su entorno y sus enemigos con la que Byrne había acometido aquellos años le acreditaban como el autor definitivo del cuarteto. Ni Englehart, ni Roger Stern antes que él, consiguieron acercarse a la grandeza que les precedía. Si había alguien que podía competir con Byrne en cuanto a su capacidad para entender a Los 4 Efe de manera global, ése era Walter Simonson, aunque su llegada a la colección tendría lugar de una manera poco ortodoxa. En los tres primeros, sólo se ocuparía del guión, mientras que del dibujo se encargó Rich Buckler, (quien ya ilustraba las últimas historias de Englehart), y Ron Lim.

 

¿Por qué esperar hasta The Fantastic Four #337 USA para hacerse también con los dibujos? Había diversos motivos, más allá de que Simonson tuviera compromisos pendientes que le mantenían ocupado. En primer lugar, esos tres primeros números estaban destinados a albergar los cruces de la serie con “Actos de Venganza”, un gigantesco evento que estaba orquestando John Byrne, paradójicamente desde The Avengers. El concepto consistía en que los supervillanos se intercambiaran entre ellos a los héroes con los que se enfrentaban habitualmente, lo que daría lugar a encuentros tan singulares como el de La Patrulla-X con El Mandarín o el de Spiderman con Magneto. Partiendo de cierta libertad para elegir los villanos, Simonson optó por lo que nadie hubiera elegido: en lugar de recurrir a algún personaje carismático, pensó que sería divertido optar por los villanos más ridículos que fuera capaz de encontrar, lo que dio lugar a una simpática historia sin mayor pretensión que la de divertir.

 

El segundo motivo para esperar era fundamentalmente simbólico. Simonson había comenzado a escribir y dibujar las aventuras del Dios del Trueno en Thor #337 USA (1983), de forma que le hacía ilusión arrancar con el mismo número en otra colección, sobre todo si se trataba de una tan señalada como The Fantastic Four. Una vez cumplido el compromiso del crossover, podría desarrollar las historias que tenía pensadas y que, en parte, no había podido usar en The Avengers. El argumento de la burbuja temporal, Nébula y el Celestial renegado volvía con fuerza, e incluso incorporaba a Thor y Iron Man como invitados especiales… ¡Precisamente, dos de los héroes que se le habían negado en Los Vengadores!

 

 

Más allá del préstamo de personajes y de las circunstancias editoriales, la aventura tendría el más puro estilo de La Primera Familia. De la misma forma en que durante sus años como responsable de Thor, Simonson había llevado al límite el elemento mitológico que caracterizara la cabecera, aquí se trataba de sustituir el género y acudir a la ciencia ficción. En un suma y sigue que no hacía sino acrecentar la épica de la historia, tuvo lugar el regreso tanto de Galactus como del arma que servía para vencerle, el Nulificador Supremo, sobre cuyas cualidades Simonson deseaba profundizar. Recordaba que, en su primer encuentro, Reed había amenazado a Galactus con el Nulificador, un arma capaz “de destruir una galaxia, de aniquilar un universo”, pero nunca había llegado a dispararla. ¿Qué ocurriría si alguien lo hiciera? ¡Era el momento de averiguarlo!

 

Portada de Silver Surfer vol. 2, #10 USA, en la que Walter Simonson dibujó a Galactus.

 

Esa ambición en los planteamientos se trasladaba al plano gráfico, donde Simonson jugó desde el principio con gigantescas imágenes del grupo surcando el espacio-tiempo a lomos de una nave en forma de trineo que recibía el nombre de Rosebud II, en homenaje al final de Ciudadano Kane. No menos portentosas resultaban las irrupciones de Galactus y del Celestial renegado, o una doble página en la que el autor, por cuestiones de guión, recurría al blanco absoluto como fondo sobre el que navegaban los héroes, a los que se veía diminutos, únicamente en la segunda plancha. La suerte vino a visitarle con esa escena en concreto. En la edición americana del cómic, en el anverso de la primera de las dos páginas, se colocó un anuncio de la película Dick Tracy, que acababa de estrenarse. La creatividad era fundamentalmente negra, con lo que, al transparentarse, producía un efecto inesperado y elegante. El propio Simonson quedó encantado con el resultado, aunque se molestaría cuando, en una recopilación posterior, la editorial optó por eliminar la primera página, totalmente en blanco, ignorando así su valor narrativo. Otro importante detalle pictórico al que el artista daría especial importancia fue la representación del poder de los personajes, no como algo físico y violento, sino como energía cinética, en línea con el estilo de Jack Kirby. No quería emular al Rey, pero si había un aspecto en el que deseaba seguir sus pasos, era precisamente ése, y a buen seguro que lo logró: rayos de poder, líneas cinéticas, motores en combustión, naves fulgurantes, gigantescas explosiones… Cuesta encontrar unas pocas viñetas seguidas sin que Simonson recurra a alguno de esos efectos con espectáculo y generosidad.

La doble con el fondo blanco

 

La etapa en su totalidad se orquestaría a través del viaje espacio temporal de los protagonistas, dividida en diversas etapas, cada una consecuencia de la anterior: la primera tenía como temas centrales la burbuja temporal, el Celestial renegado y Galactus. La segunda sería un gran tributo a las aventuras de viajes en el tiempo y las paradojas a las que dan lugar, un tema del que Simonson estaba enamorado desde que, siendo un niño, leyó Twist in Time, un relato de Murray Leinster y La máquina del tiempo, de H. G. Wells. Los 4 Fantásticos tan pronto terminaban en un mundo en que nunca había terminado la Guerra Fría como en la época de los dinosaurios, lo que permitiría a Simonson dar rienda suelta a su amor por estas bestias. Por más que fuera algo que incluso proclamaba a través de su firma en forma de brontosaurio, hasta ese momento había podido dibujarlos en sus cómics en contadísimas ocasiones. La historia partía de otro libro clave en su infancia. Se llamaba Dangerous Island, y aunque no recordaba su autor, sí se había grabado en su memoria la epopeya de tres chavales que aparecían en una pequeña isla después de que se accidentara el barco en que viajaban. Una mañana, descubrían que la propia isla se estaba hundiendo en la profundidad del océano.

 

La tercera etapa del viaje colocaba a la Autoridad de Variación Temporal en el foco de atención y era la consecuencia directa de todo lo ocurrido anteriormente. Simonson había apuntado la existencia de la AVT durante su etapa en el Dios del Trueno, en Thor #372 USA (1986), aunque fue en The Fantastic Four donde contaría con oportunidad de desarrollar el concepto en su máxima amplitud. El objetivo de esta organización, cuyo acrónimo recuerda expresamente a la Autoridad del Valle del Tennessee, consiste en regular los viajes a través del tiempo y sancionar aquellos que tienen lugar al margen de unas determinadas normas. En cierta forma, la Autoridad de Variación Temporal vigila que no se produzcan errores de continuidad en el Universo Marvel, ni más ni menos que el mismo papel que desempeñaba por aquel entonces Mark Gruenwald, el editor y guionista que había desarrollado proyectos como el Official Index of the Marvel Universe o el Official Handbook of the Marvel Universe. En homenaje a éste, la cabeza visible de la AVT sería su viva imagen, y el funcionamiento de la misma un reflejo de la burocratización que llevaba padeciendo La Casa de las Ideas en los últimos años.

 

Entre los viajes temporales de Los 4 Efe se insertarían a su vez un par de historias cortas, pero extraordinariamente significativas y ambiciosas, por diferentes causas. Al llegar a The Fantastic Four #347 USA (1990), Simonson necesitaba un pequeño descanso de tres meses. Aunque continuaría escribiendo los guiones, dejaría el lápiz en manos de nada menos que Arthur Adams, un fabuloso artista con el que compartía el amor por la diversión sin frenos y los grandes monstruos. Adams se había hecho famoso por sus incursiones anuales en el Universo Mutante, entre las que destacaba una pantagruélica saga de los hombres-X en el reino de los dioses nórdicos (Marvel Gold. La Patrulla-X: Las guerras asgardianas). Simonson y Adams eran viejos colegas y se tomaron el trabajo compartido como un divertimento del que disfrutar al máximo: harían exactamente lo que más le apeteciera. En concreto, el artista se moría por dibujar los monstruos de Marvel en los años cincuenta, cuando la editorial se llamaba Atlas, y también tenía una extraña obsesión por retratar a Hulk montado en una motocicleta. Además, señalaba al Hombre Topo y a los Skrull como sus favoritos entre los enemigos de Los 4 Fantásticos, así que el escritor buscaría la manera de complacerle.

 

El tema de esos tres episodios surgiría en una reunión en el departamento de ventas, dirigido por Carol Kalish y en el que trabajaba por aquel entonces Kurt Busiek, el que acabaría convirtiéndose en guionista de Marvels. Al respecto, Simonson recuerda que llegó con la idea de introducir a Spiderman como invitado. Busiek repuso que sería una buena idea añadir también al Motorista Fantasma, Punisher y Lobezno, ya que eran los personajes más populares del momento. A este respecto hay una pequeña disonancia: Busiek sostiene que también mencionó a Hulk, pero Simonson afirma que en realidad no fue así: que Hulk apareció en escena cuando llamó a Adams y éste le dijo que no le apetecía dibujar a Punisher, que en su lugar prefería utilizar al Monstruo Gamma. Fue entonces cuando se dieron cuenta que habían elegido ya a cuatro invitados especiales, así que… ¿Por qué no hacer que sustituyeran por completo al equipo titular? Cada uno de los seleccionados guardaba paralelismos con Los 4 Efe, o al menos eso pensaban los autores: Hulk es un monstruo superfuerte, como La Cosa; Spidey domina la ciencia, como lo hace Mister Fantástico; el cráneo del Motorista Fantasma arde con intensidad equiparable a la de La Antorcha Humana, y Lobezno… Bueno, en realidad Lobezno no tenía nada que ver con La Mujer Invisible, pero cualquier tebeo en que saliera aumentaba de inmediato las ventas. La aventura parodiaba y se reía a gusto del uso y abuso de los trucos de mercadotecnia a los que venía recurriendo Marvel entonces. Al final, incluso Punisher tuvo un hueco, y sirvió como excusa para una deliciosa broma en portada.

 

Los tres episodios de “Los Nuevos 4 Fantásticos” atrajeron multitud de miradas y billetes hacia la serie, a la vez que desataban las críticas de los lectores que no entendían el tono paródico de la saga. Pero, una vez terminada, llegó el momento de ponerse serios. Simonson estaba de nuevo en el tablero de dibujo, a tiempo para The Fantastic Four #350 USA, en el que se producía el regreso del villano por excelencia de La Primera Familia: El Doctor Muerte. El propósito fundamental del autor consistía en devolver el esplendor al personaje mediante el borrado de sus anteriores apariciones. Para ello, recurrió a un truco inventado por John Byrne, el de asignar tales momentos a los Muertebots, utilizados por el auténtico Muerte para sustituirle siempre que fuera necesario… Pero Simonson daba un paso más allá, puesto que el villano llegaba a insinuar que había pasado mucho, mucho tiempo fuera de juego.

 

El misterio alrededor del “retorno” de Muerte, así como las insinuaciones que se hacían a lo largo del cómic, despertaron enseguida las especulaciones de los lectores, que no tardaron en enviar sus cábalas a Marvel. ¿Durante cuántos años el villano no había sido más que un robot? ¿Quizás el verdadero Muerte no se dejaba ver desde los tiempos de Stan Lee y Jack Kirby, en concreto desde Fantastic Four #40 USA (1965), como se llegaba a deducir por un diálogo con La Cosa? ¿O su ausencia se limitaba a unos pocos números atrás, tal vez el epílogo de Secret Wars II en The Fantastic Four #319 USA (1988)? Un lector, llamado Eric Stephenson, que acabaría por convertirse en destacado profesional de la industria, proclamaba, convencido, que era imposible que El Todopoderoso confundiera a Muerte con un robot. En realidad, el objetivo de Simonson con su maniobra argumental no era sino quitarse de encima, de la manera más sencilla posible, los problemas de continuidad que venía arrastrando el monarca de Latveria en los últimos años, pero ni siquiera tenía demasiado claro en qué punto del pasado Muerte había iniciado el viaje que terminaba en The Fantastic Four #350 USA. Para él, todas las apariciones de Muerte durante la era Lee/Kirby eran auténticas. A partir de ahí, la decisión quedaba en manos de los lectores, que se quedarían con sus aventuras favoritas como auténticas y descartarían el resto.

 

La aventura con el Doctor Muerte alcanzaba su apogeo en el capítulo final, un ejercicio narrativo de enorme sofisticación, para el que Simonson bifurcó la historia en dos líneas temporales. Mientras Muerte y Mister Fantástico luchan entre ellos, viajando atrás y adelante en el tiempo, el resto de Los 4 Fantásticos permanece en el presente. El autor optó por incorporar dos relojes, uno para cada línea, a la vez que recurría al blanco y negro y a la utilización de tramas para las viñetas en las que tenía lugar el combate entre el líder del equipo y su peor enemigo. El resultado era portentoso y de una originalidad apabullante. En portada, el habitual lema de “¡El mejor cómic del mundo!” fue sustituido por el de “¡El cómic más confuso del mundo!”, mientras que en el correo de lectores de la edición americana, Simonson, a sugerencia de su esposa, incluyó unas “instrucciones de lectura”, temiendo que algún aficionado no entendiera muy bien cómo funcionaba, aunque bien es cierto que muchos de ellos conocerían los libros en que el autor se había inspirado para construir la historia: la línea de Elige tu propia aventura, en la que el lector podía escoger entre varios hilos argumentales, además de Criaturas de luz y tinieblas, un clásico de la literatura fantástica escrito por Roger Zelazny que incluye una batalla similar a la que llevan a cabo Reed y Muerte.

 

La etapa de Walter Simonson en la serie finalizaría con The Fantastic Four #354 (1991), tras poco menos de dos años al frente, lo que no deja de ser una cifra respetable, aunque se queda muy lejos de la larga temporada que permaneció en The Mighty Thor. Podría haber seguido adelante, ya que mantenía una buena relación con Macchio, el editor y tenía unas cuantas ideas pendientes de desarrollar. Por ejemplo, planeaba hacer que una coalición de villanos destruyera el hogar de La Primera Familia, lo que les obligaría a renunciar a su habitual exposición al público y les llevaría a pasar a la clandestinidad, moviendo su residencia por todo Nueva York cada pocos días. Un argumento como éste hubiera dado al menos para otro año más, pero las cosas estaban cambiando en Marvel, y lo hacían demasiado deprisa. Llegada la década de los noventa, Walter Simonson ya no se sentía cómodo en la compañía. Su esposa Louise acababa de ser apartada de sus tareas como guionista en The New Mutants a causa de una disputa con un jovenzuelo y avaricioso dibujante, y otro tanto estaba ocurriendo con unos cuantos buenos amigos. Daba la impresión de que la editorial estaba tomada por una nueva generación que cortaba lazos con el pasado, y además lo hacía de forma maleducada y abrupta. La Casa de las Ideas había dejado de ser el hogar de los dinosaurios de siempre, así que, después de diecisiete años ininterrumpidos trabajando para la editorial, Simonson decidió buscar nuevos territorios. No sólo había terminado una época dorada en su carrera, sino también en la historia de Los 4 Fantásticos y, aunque todavía no fuera evidente, dentro de la industria del cómic.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Los 4 Fantásticos de Walter Simonson

MARVEL 2 EN UNO 2: DONDE TODO EMPEZÓ

Ben y Alicia recordando los buenos tiempos, incluida la época de John Byrne, en que La Cosa se quedó una temporada en el planeta de las Guerras Secretas mientras Johnny y la artista ciega intimaban hasta el punto de que llegarían a casarse… para luego descubrirse que ella era en realidad una Skrull; la vieja bañera de los primeros tiempos funcionando a pleno rendimiento, como si no hubieran pasado unas cuantas décadas desde entonces; La Cosa saltando contra El Hombre Topo y contra el Doctor Muerte… ¡Sólo faltaba una visita a la Isla Monstruo para que todos nos sintiéramos como si acabáramos de ponernos esas viejas zapatillas que eran tan cómodas! Y aquí la tenemos.

 

Fue, como nos ha recordado Chip Zdarsky en las páginas del tebeo, el escenario de la primera aventura de Los Cuatro Fantásticos. Pero no sólo nos quedamos con la información recabada en aquel tebeo de apertura, donde Stan Lee y Jack Kirby parecían remedar el argumento de El mundo perdido de Arthur Conan Doyle. La Isla Monstruo ha seguido siendo un enclave recurrente dentro de la historia del Universo Marvel, de manera que la hemos visitado en unas cuantas ocasiones más, como si de secuelas de una gran superproducción se tratase. Es el lugar donde todo empezó, así que resulta obligado regresar a él de vez en cuando.

 

PRIMERA VISITA

El debut de la Isla Monstruo

 

ACTUALIZANDO FECHAS 1998. Ese es ahora el año en que Reed Richards, Ben Grimm y Victor Von Muerte coincidieron en la Universidad. Por lo tanto, lo más probable es que Los Cuatro Fantásticos no hayan existido durante el siglo XX. ¿Verdad que resulta escalofriante y, quizás… discutible? Si echamos un vistazo a lo que ha hecho la editorial en el pasado con referencias históricas tan concretas, nos encontraremos con dos filosofías claramente diferenciadas. En los inicios, Stan no sabía que estaba construyendo un cosmos compartido persistente, destinado a durar de manera indefinida, pero también a acotar el crecimiento de sus personajes durante un espacio de tiempo limitado. Cuando los cómics empezaron a distanciarse de su punto de arranque, pero los protagonistas continuaron aparentando más o menos la misma edad, fue necesario eliminar las alusiones temporales. Dejó de decirse, por ejemplo, que Ben y Reed habían luchado en la Segunda Guerra Mundial, y así es como mantuvieron su vigencia y juventud. Eludir la referencia histórica fue la solución fácil que permitió al Universo Marvel evitar las contradicciones. Todo había ocurrido, sí, pero simplemente había cosas de las que no se hablaba… Pero entonces se hizo cada vez más habitual recontar hechos ocurridos en el pasado, o introducir remiendos dentro de la continuidad. Al principio, teníamos a nostálgicos como Kurt Busiek, que en Las historias jamás contadas de Spiderman evitó por todos los medios contextualizar las aventuras en los años ochenta o noventa, sin llegar por ello a soltar fechas de los sesenta. Pero no todos los autores eran como él, y fue así como llegó la segunda forma de hacer las cosas: algunos guionistas echaron cuentas, estimaron que el inicio del Universo Marvel, con la llegada de La Primera Familia, debió de ser hace unos quince años, y es así como nos empezamos a encontrar móviles, conexiones a Internet y cosas por el estilo en historias ambientadas en los inicios de Spiderman y Los Vengadores. La buena costumbre, de simplemente mantenerse fiel a los cómics originales y evitar ese tipo de cosas, se ha ido perdido, y así es como nos encontramos con este 1998. Qué duda cabe que también estará destinado a pasar al olvido, tan pronto como el paso del tiempo obligue de igual manera a enterrarlo.

 

AQUELLOS BICHOS

Goom, en Tales of Suspense #17 USA

 

Spot On publicado originalmente en Marvel 2 En Uno nº 2

CUENTA ATRÁS A INFINITO: ADAM WARLOCK ENTRA EN LA NUEVA GUERRA POR LAS GEMAS

Desde las páginas de Guardianes de la Galaxia, llega la trama que estaba destinada a narrarse en esa misma serie, pero que en el Bullpen de Marvel han preferido desgajar de ella, para que así pudiera concitar muchísima mayor atención entre los lectores. Atentos, porque arrancamos un proyecto que nos llevará al menos hasta final de este año 2018, y con alta probabilidad mucho más allá.

 

LOS AUTORES Desde que aterrizara en la cabecera de los Guardianes, Gerry Duggan se ha alzado como una pieza fundamental del rincón cósmico Marvel, puesto que en esa serie no sólo asumió el destino de la tropa de Peter Quill, sino también de otros muchos personajes relacionados con dicho ámbito. En la editorial confían en él para sostener el cronómetro durante esta Cuenta atrás a Infinito, sin que sepamos todavía si será el encargado de ofrecernos la hipotética saga posterior. Durante el camino, contará con un buen puñado de dibujantes, que repasaremos conforme nos los vayamos encontrándonos. En este especial de Adam Warlock sorprende en un primer momento la incorporación de Michael Allred, en su primer trabajo para Marvel después de concluir con la aclamada etapa de Estela Plateada de la que se ha hecho cargo junto a Dan Slott. Es una vez que degustamos el contenido del cómic cuando entendemos que el editor Jordan D. White recurriera a él, puesto que repasamos la historia y la memorabilia del Universo Marvel, con especial atención a personajes y artefactos con un genuino aspecto kirbiesco… ¿y qué mejor artista para recoger el espíritu de El Rey de los Cómics que Allred? Apologista de Kirby durante toda su obra, se dio a conocer con la independiente Madman. En Marvel, todavía recordamos con emoción su magnífica etapa junto a Peter Milligan en Fuerza-X/X-Statix.

 

DESDE LA CRISÁLIDA

Kirby nos muestra a Él

 

EL DISCURRIR DE UNA VIDA Gracias a los lápices de Allred, recorremos los orígenes de Warlock desde su nacimiento, cuando no respondía a ese nombre, sino al de Él. Son tres impresionantes dobles páginas que narran los eventos del personaje a través de los años sesenta y setenta, hasta culminar en su primera muerte. Asistimos así a su nacimiento, a manos de El Enclave, en Fantastic Four #66 y 67 USA (1967. Marvel Gold. Los 4 Fantásticos nº 4: A través del Universo); saltamos a su regreso y su choque con el Dios del Trueno, en The Mighty Thor #166 USA (1969. Marvel Gold. El Poderoso Thor nº 4: Y ahora… ¡Galactus!) y alcanzamos a continuación hasta sus aventuras en solitario, ya como Adam Warlock, primero el ciclo con El Alto Evolucionador (1972-73. Marvel Gold. Warlock: La saga de la Contratierra), para luego concluir con la etapa de Jim Starlin, en que Adam fue quien acabó con el Titán Loco (1975-77. Marvel Gold. La saga de Thanos). Llama la atención que no se diga nada del revival del personaje en los noventa, que ahora precisamente estamos recopilando en la Colección Jim Starlin.

 

EL SEGUNDO PADRE

Starlin se hace con Warlock

 

LA ESTRUCTURA Una vez sentadas las bases en lo que a Warlock se refiere, el mes que viene entramos en la saga propiamente dicha, con un nº 0 al que le seguirán otras cinco entregas, lo que nos coloca en noviembre… ¡uy, tenemos el pálpito de que alguien volverá a casa por Navidad, portará el Guantelete del Infinito y será cierto amante de la muerte! Apunta además que habrá una serie-companion mensual, titulada Cuenta Atrás a Infinito: Héroes, de cuatro números, a publicarse entre septiembre y noviembre, y en cuyas páginas nos encontraremos con la implicación en la historia de Capitana Marvel, Daredevil, Viuda Negra, Halcón Oscuro y Los Campeones.

 

Spot On aparecido en Cuenta atrás a Infinito: Adam Warlock

RECONSTRUYENDO EL ORIGEN DE UN MITO: EL AÑO UNO DE LOS VENGADORES

El Universo Marvel arrancó con la década de los sesenta, mediante un acontecimiento poco menos que fortuito, como fue el nacimiento de Los 4 Fantásticos. Tras ellos vendrían Los Vengadores, La Patrulla-X, Spiderman… Pero sería inexacto decir que aquellos primeros años ya ofrecían la grandeza que la editorial alcanzó apenas unos años después, cuando Stan Lee y todos sus colaboradores estaban plenamente asentados y eran conscientes del proyecto que acometían, lo que dio lugar a obras maestras que hoy en día son referencia ineludible dentro del Noveno Arte.

 

Basta echar un vistazo a algunas de las historias publicadas hacia mediados de la década para comprobarlo. Fue entonces cuando el Hombre Araña vivió su momento dorado, gracias a la llegada del dibujante John Romita; cuando en las historias de Los 4 Fantásticos aparecieron conceptos como Los Inhumanos, Estela Plateada y Galactus; cuando Jim Steranko alzó a Nick Furia al Olimpo del arte pop; o cuando Thor vivió el apogeo de su trayectoria. Frente a semejante torrente de imaginación, las aventuras fundacionales quedan empequeñecidas. “Ah, no estaban más que haciendo tímidos ensayos de lo que luego vendría”, podrían decir algunos. “Fueron entrañables comienzos”, añadirían otros.

 

El caso de Los Vengadores precisa un análisis minucioso. La colección se presentó con fecha de portada de septiembre de 1963, la misma del primer número de La Patrulla-X. En su interior, y a imagen y semejanza de La Liga de la Justicia de DC, Stan y Jack reunían a todos los grandes héroes que actuaban en solitario en las diferentes series que habían creado durante los dos últimos años. Esto es: Thor, Hulk, Iron Man y el dúo formado por el Hombre Hormiga y La Avispa. Nada más concluir la primera aventura, los autores decidieron que Hulk abandonara el equipo para llegar a erigirse como uno de sus enemigos. En el tercer número, el Goliat Esmeralda haría piña con Namor, el Hombre Submarino, un personaje de los años cuarenta recuperado en Los 4 Fantásticos.

 

Namor, a su vez, serviría como detonante para la vuelta de otros de los grandes iconos de La Edad de Oro de los Cómics: En Avengers #4 USA, el Capitán América despertaba de un largo sueño para ponerse al frente del equipo, marcando el momento en que se completaría la formación inicial de Los Héroes Más Poderosos de la Tierra. Poco después, llegarían también algunos de sus peores enemigos, Los Señores del Mal (en Avengers #5 USA) y Kang El Conquistador (en Avengers #8 USA), que han seguido luchando contra Los Vengadores a través de las décadas.

 

Cumplidos dos años del comienzo, Stan Lee era consciente de que el concepto del que había partido la serie, el de aunar a todos los héroes importantes de la editorial, no acababa de funcionar como esperaba: cada vez era más complicado combinar lo que ocurría en las series de cada uno de los personajes con las aventuras que vivían en Los Vengadores. La solución llegó en Avengers #16 USA (1965), un episodio fundamental, en el que todos los miembros fundadores lo abandonaron. El Capitán América tendría que hacerse cargo de tres fichajes que hasta ahora habían actuado como villanos: Ojo de Halcón, que se había enfrentado repetidamente a Iron Man, y Mercurio y La Bruja Escarlata, escindidos de La Hermandad de Mutantes Diabólicos de Magneto. Stan Lee se deshacía de héroes consolidados para sustituirlos por unas pocas caras desconocidas. Contra todo pronóstico, fue la mejor de las decisiones que pudo tomar. Desde entonces, las filas de Los Vengadores se moverían siempre entre la presencia discontinua de los tres vórtices fundamentales del equipo (el Capitán América, Iron Man y Thor) y la de personajes secundarios que carecían de popularidad fuera del equipo, lo que posibilitaba que el peso dramático de la serie recayera sobre ellos.

 

Avengers #16 USA fue además el último número dibujado por Jack Kirby, mientras que Stan permanecería durante un tiempo más, aunque también acabaría marchándose, para ceder las labores de guionista a su mano derecha, Roy Thomas, quien junto a John Buscema desarrollaría una larga y fructífera etapa, que combinaba a partes iguales complejidad y épica. Frente a los años de la consolidación, las primeras historias de Los Vengadores podrían llegar a juzgarse como demasiado ligeras y simples, fruto de una cierta improvisación… Sin embargo, un vistazo detenido nos permite descubrir que allí ya estaba plantada la semilla de la grandeza; que decisiones como sacar a Hulk del equipo, introducir al Capitán América o renovar por completo las filas son las que permitirían luego a Los Vengadores encontrar su camino.

 

Llegados al siglo XXI, más de cuatro décadas después del nacimiento de Los Vengadores, desde Marvel plantearon una revisión de los orígenes, de tal manera que el guionista Joe Casey y el dibujante Scott Kolins podrían acercarse a los sucesos que iban desde la fundación del equipo hasta la marcha de los miembros originales como si fuera un relato compacto que se contara por primera vez y en el que se podrían analizar temas por los que en su momento se pasó de puntillas, como el impacto de la llegada de Los Vengadores en la opinión pública o el choque mental que para el Capitán América despertar en un tiempo diferente al que conoció. Su plasmación con las herramientas narrativas actuales permitiría a los aficionados más jóvenes descubrir una época única y hacerla también suya. Casey ya tenía experiencia previa con un proyecto similar, Patrulla-X: hijos del átomo, con el que dio nueva forma a la creación del más popular grupo de mutantes, mientras que Kolins había destacado por su peculiar estilo en las historias contemporáneas del grupo, en un arco argumental que puede encontrarse en Los Vengadores: La búsqueda de Hulka.

 

La unión de ambos supone un estimulante ejercicio en el que pasado y presente se dan la mano. En lugar de sustituir a las narraciones originales de Stan Lee y Jack Kirby, este “Año Uno” ayuda a comprender la gran importancia que en realidad tienen. Fue en esos modestos inicios donde se fraguó la leyenda de Los Héroes Más Poderosos de la Tierra.

 

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Los Vengadores: Año Uno

EL DOCTOR MUERTE Y LA NATURALEZA DEL MAL

Uno de los mejores, más complejos y fascinantes personajes del Universo Marvel es también su más terrible villano. Victor von Muerte es la antítesis perfecta de Reed Richards, el líder de Los 4 Fantásticos, pero su alcance y carisma le lleva mucho más allá, hasta alzarse como una gigantesca presencia dentro de La Casa de las Ideas.

 

Cuando fue creado, en Fantastic Four #5 USA (1962. Marvel Masterworks: Los 4 Fantásticos nº 1) de la mano de Stan Lee y Jack Kirby, Muerte ya contaba con una complejidad muy por encima de la que tenían las típicas amenazas a las que se enfrentaban habitualmente los superhéroes. Quizás el primer plan con el que se presentó ante La Primera Familia no fuera demasiado temible: les enviaba atrás en el tiempo para localizar el tesoro del pirata Barbanegra. Era una época en que la primigenia Marvel todavía se debatía entre la aventura ligera y la trascendencia, y ésta venía de la mano de la firme caracterización que Stan Lee ofrecía del Doctor Muerte. No estábamos ante un criminal cualquiera, sino frente al dictador de un país, el imaginario Latveria, situado en los Alpes Bávaros, muy cerca de Transilvania, y al que no parecía haber llegado la edad moderna. Muerte era un maestro de la hechicería, como demostraban los libros de cabecera que acompañaban a la primera imagen en que apareció. Pero en uno de esos títulos ya se intuía la naturaleza dual del villano: “Ciencia y Brujería”. Porque, pese a que habitara en un castillo, vistiera una armadura medieval y le acompañara un cuervo ominoso, aquel tipo siniestro era también un hombre del siglo XX, como Reed Richards confirmaría unas páginas más tarde, al desvelar que había conocido al Doctor Muerte en la universidad, cuando era un brillante estudiante de ciencias a la par que un seguidor de la magia negra, y que habían sido sus “experimentos prohibidos” los que habían provocado el terrible accidente del que salió desfigurado y expulsado de la universidad, sólo para emprender el viaje que le llevaría a convertirse en un maestro del mal encerrado en una armadura tecnificada y capaz de crear artefactos imposibles a la altura de los que construía el propio Mister Fantástico: Una máquina del tiempo, robots que le sustituyeran cuando fuera necesario, o, como se descubriría en el siguiente número, un mecanismo para arrancar el Edificio Baxter de sus cimientos y llevarlo hasta el espacio exterior. A ese rico background se sumaba la contundente imagen de la que le dotó Kirby, que convertiría a Muerte en un verdadero icono intemporal, el prototipo por el que se deberían medir los grandes villanos a partir de entonces, algo que George Lucas sabía muy bien cuando tomó sus líneas maestras para concebir a Darth Vader.

 

Desde aquella primera aparición, Lee y Kirby cayeron rendidos ante las posibilidades que ofrecía el personaje. Sucesivamente volverían sobre él, en sagas cada vez más imaginativas y sobresalientes, en las que Muerte mostraba su ingenio supremo, su inteligencia sólo equiparable a la de Richards y su odio supremo hacia Los 4 Fantásticos, pero también la majestuosidad y el retorcido sentido del honor que le llevaría a actuar siempre según sus reglas. El mayor defecto de Muerte, el que le llevaba a perder una y otra vez en sus monumentales choques con el cuarteto, y en el que estaba en cierta forma el origen del desprecio hacia Richards, no era otro que su arrogancia, el convencimiento de estar por encima de cualquier otro individuo en todos los aspectos imaginables.

 

En 1964, Lee y Kirby le dedicaron el segundo Anual de Los 4 Fantásticos, un significativo número que comenzaba con una escalofriante historia en la que se ampliaba y modernizaba el origen del villano: allí se descubrían sus orígenes gitanos, la trágica e injusta muerte de sus padres, su lucha con el tiránico barón que había gobernado su país con mano de hierro… La conclusión era que Muerte no siempre había sido un villano terrible, sino alguien a quien las desgracias de la vida había conducido por ese camino, igual que a Reed le había llevado por la vía contraria.

 

Con el paso de los años, la influencia de Muerte se extendió más allá de la cabecera de los Imaginautas, hasta enfrentarse con otros héroes y liderar a los grandes villanos de la Casa de las Ideas en momentos críticos, como pudieron ser, en los años ochenta, las Secret Wars, una de las aventuras que mejor describía y caracterizaba al dictador de Latveria. Muerte parecía superar, quizás no en poder o maldad, pero sí en inteligencia, maquiavelismo y capacidad de manipulación, a cualquiera de sus homólogos de fechorías. A través de las décadas, autores como Roy Thomas, John Byrne, Roger Stern o Walter Simonson hicieron grandes sagas que profundizaban en sus motivaciones. Fue Byrne, por ejemplo, quien estableció que los latverianos en realidad están orgullosos de Muerte, puesto que ha sido él quien les ha procurado paz y bienestar, por mucho que les haya robado la libertad.

 

Pero, con medio siglo de existencia a sus espaldas, no resulta fácil construir nuevas historias sin caer en la repetición o en la vacuidad. Con el cargo de guionista de Los 4 Fantásticos va en cierta forma la obligación de ofrecer un choque electrizante con Victor von Muerte, pero no siempre los autores están a la altura del reto. No ocurrió tal cosa con Mark Waid y Mike Wieringo, responsables de una excelente etapa de La Primera Familia que se desarrolló entre los años 2002 y 2005, y cuyo arranque se ofreció en el volumen del coleccionable Marvel Héroes titulado Los 4 Fantásticos: Imagináutas.

 

 

Este segundo tomo de la andadura Waid/Wieringo sigue allá donde se quedó el anterior, para conformar un argumento completo y autónomo, en el que tiene lugar ese ambicioso enfrentamiento con un Doctor Muerte tan temible como en sus orígenes. Waid, guionista que posee un meticuloso conocimiento del pasado de los personajes, pero que no tiene miedo en saltar hacia delante, ofrece, al comienzo de la historia, un interesante giro de tuerca. Como resultado de ello, tenemos una severa transformación que en ningún momento abandona la coherencia con todo lo que se conoce sobre el villano. Más aún: lo enriquece, sofistica y completa. Bienvenido por tanto a una de las mejores historias jamás realizadas sobre el hombre más temible del Universo Marvel.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Los 4 Fantásticos: Impensable

EL PRODIGIO DETRÁS DE MARVELS: CONTEXTUALIZACIÓN PARA UNA OBRA MAESTRA

La editorial que en la actualidad conocemos como Marvel tardó mucho tiempo en adoptar tal nombre. Durante sus primeras décadas de actividad, existió bajo las denominaciones de Timely, Atlas o sin que siquiera contara con un sello reconocible. En el advenimiento de la segunda gran oleada de los superhéroes, lo que se dio en llamar La Edad de Plata, comenzó a aparecer Marvel en portada. Tenía gancho y permitía a los lectores una identificación que no llegaría a darse con ningún otro cosmos de entretenimiento. El nombre de Marvel no podía ser más perfecto, porque enunciaba aquello que ofrecía.

 

 

A comienzos de los años sesenta, surgió la magia. Stan Lee y Jack Kirby dieron vida a Los 4 Fantásticos, superhéroes diferentes a todos los que se habían visto hasta entonces, con personalidades diferenciadas, propensión al conflicto y aspectos que les asemejaban a cualquier persona que pudiera caminar por la calle. Detrás de ellos llegaron muchos más: Thor, El Hombre Hormiga, Iron Man… En un momento dado, viejos personajes de los años cuarenta, como Namor y el Capitán América, fueron reinstaurados. De la colaboración de Stan Lee con Steve Ditko surgieron Spiderman y El Doctor Extraño; en conjunción con Bill Everett, llegó Daredevil. La mayoría de ellos habitaba en diferentes zonas de Nueva York, y lo hacían en el tiempo presente, así se volvió habitual que cruzaran sus caminos, conforme sus vidas avanzaban. Había nacido el Universo Marvel.

 

 

Durante las décadas siguientes, algunos de los mejores autores de la industria contribuyeron al crecimiento y la expansión de aquel cosmos conectado. Los lectores se involucraban de tal manera en las historias que llegaban a sentirlo como propio. Al ambientarse en el mundo real y en escenarios reales, ellos también podían estar ahí, en la Quinta Avenida, donde se ubicaba la Mansión de Los Vengadores; en Queens, donde vivía Spiderman; o en Greenwich Village, donde estaba la casa del Doctor Extraño. Las generaciones pasaron, guionistas, dibujantes y editores llegaron y se marcharon, los tiempos corrieron, de manera que la inocencia de los sesenta dio paso al descreimiento de los setenta; la prosperidad de los ochenta a la desorientación de los noventa, y en algún momento del proceso, no sólo el impulso inicial, sino la maravilla que causaban aquellos cómics, fue difuminándose, hasta quedar sólo una sombra de lo que había sido.

 

 

La última década del siglo XX fue terrible para el cómic de superhéroes en general y para Marvel en particular. La editorial atravesaba una crisis en todos los órdenes imaginables. A comienzos de la década, una nueva ola de dibujantes había cambiado las reglas del juego, virando hacia una espectacularidad vacía de contenido. Los trucos de marketing abundaban de manera confusa, contribuyendo a que se perdiera de vista la importancia de la aventura. La línea divisoria entre héroes y villanos, que llevaba desdibujándose desde mucho tiempo atrás, finalmente pareció perderse de vista, mientras proliferaban personajes fundamentalmente oscuros, violentos y atormentados. Todas esas circunstancias acabaron por producir un colapso en el mercado que se llevó por delante cientos de librerías, editoriales al completo y una parte significativa del aficionado.

 

 

Desde la profesión, algunos de los autores que se habían destetado en los buenos tiempos tomaron conciencia de que era necesario emprender la búsqueda de las esencias perdidas. La reacción en contra al clima de oscuridad que se había adueñado de los cómics surgió de manera apenas perceptible, con gestos y obras cuya importancia sólo se ha podido juzgar posteriormente. En La Casa de las Ideas, puede decirse que todo arrancó con una modesta miniserie de cuatro números que nadie esperaba, pero que a todo el mundo recordó por qué les gustaban los superhéroes… y no era por las causas que muchos ejecutivos tenían por ciertas. Esa obra fue Marvels.

 

 

En el momento de publicarse Marvels, no podía decirse que sus autores fueran estrellas. El guionista Kurt Busiek (16 de septiembre de 1960, Boston) no había llegado a leer cómics siendo niño, a causa de la aversión que estos les producían a sus padres. Cuando comenzó a seguirlos de manera continuada, ya tenía catorce años y el Universo Marvel estaba maduro: las intrincadas conexiones que se establecían entre sus personajes fue un elemento crucial a la hora de engancharlo. Su firma se hizo habitual entre las cartas de aficionados que se publicaban en las secciones de correo. En el último año en la Universidad, envió propuestas de trabajo tanto a Marvel como a DC, y aunque ésta publicó su primera historia, fue aquélla donde acabó trabajando, como ayudante de edición, labor que compaginaba con la elaboración puntual de algunos de sus guiones, tanto dentro como fuera de la editorial, sin que ninguno llegara a impactar en el gran público.

 

 

El dibujante Alex Ross nació 22 de enero de 1970, en Portland, hijo de un pastor y de una dibujante de publicidad. Del primero, aprendió los valores morales que también encontró en los superhéroes. De la segunda, una inquietud artística que supo encauzar después de descubrir a Spiderman en el programa de televisión Electric Company. En su proceso formativo, llegó a admirar a George Pérez o a Bernie Wrightson, reconocidos profesionales del cómic, pero su verdadera inspiración llegó de ilustradores grandiosos, como Andrew Loomis y Norman Rockwell. Cuando estaba estudiando en la American Academy of Art, de Chicago, a la que también había acudido su madre, llegó a la conclusión de que quería llevar el fotorrealismo de Rockwell a los cómics, algo inédito en el medio. Las imágenes de Rockwell habían sido las que retrataran el Estados Unidos idílico de los años cincuenta y primeros sesenta, una época que también coincidía con la del auge del Universo Marvel clásico.

 

 

Ambos autores se unieron casi por casualidad, cuando un editor enseñó a otro el trabajo de Ross, y éste pensó que tal vez sería buena idea utilizar a un artista tan peculiar para un relato protagonizado por La Antorcha Humana. Busiek entró en el proyecto y éste comenzó a crecer hasta convertirse en la crónica de toda una época. El objetivo consistía en relatar la historia del Universo Marvel, desde el que podría calificarse como su nacimiento, con la aparición del primer superhéroe, hasta el que muchos denominan como el final de su etapa fundamental, con la muerte de Gwen Stacy a manos del Duende Verde. Pero la verdadera magia del proyecto estaba en el punto de vista elegido para llevar a cabo la narración: el del hombre de la calle, el del testigo maravillado por cuanto contempla, representado por el fotógrafo del Daily Bugle Phil Sheldon, a través del cual el lector se sentía parte de los acontecimientos, de cómo impacta lo que está ocurriendo en el sentir personal del ciudadano de a pie, de cómo recibe la presencia de esos prodigios y cuáles son las reflexiones que hace acerca de ellos. De cómo, en definitiva, la existencia de esos héroes cambia la vida de quienes los contemplan, igual que la lectura de sus aventuras puede llegar a cambiar la vida de los aficionados. A tal efecto, la labor de Alex Ross se reveló como esencial, puesto que su arte pictórico hizo que, en lugar de un cosmos de viñetas, se apreciara la percepción del Universo Marvel como un mundo real: Más que nunca, nuestro mundo real. Corría 1994, y las representaciones gráficas que ofrecía Marvels chocaban con casi cualquier cosa que se pudiera encontrar en las librerías. No había viñetas rotas, ni encuadres exagerados, ni una narrativa atropellada. No había poses de pin-ups, y si bien Ross utilizaba modelos para muchas de sus imágenes, estas reflejaban situaciones cotidianas que fluían con naturalidad, hasta encontrarse de bruces con la majestuosidad de los Prodigios.

 

 

Busiek ensambló unos elementos que estaban ahí, esperando que alguien hiciera semejante trabajo titánico: el de recoger aventuras dispersas a lo largo de muchos años de tebeos e integrarlos en un hilo narrativo coherente y fiel a su orden de publicación original. El guionista tuvo que revisar página a página ingentes cantidades de papel, hasta el punto detallista de elaborar microfichas de todos y cada uno de los cómics que vieron la luz durante el periodo que relata Marvels, desde aquellos aparecidos en 1939, con la llegada de La Antorcha Humana original, Namor o el Capitán América, hasta el asesinato de la novia de Spiderman, historia que fuera publicada en 1973. Marvels consiguió levantar la admiración de quienes conocían las fuentes de las que partía, pero también de aquellos que no habían tenido oportunidad de leer las aventuras originales, y que entonces se sintieron animados a descubrirlas.

 

 

Más allá de la enorme labor de documentación, de la prodigiosa habilidad para crear un ambiente y una época, de la sorprendente fusión del mundo real de los años cuarenta, sesenta y primeros setenta con el que se contaba en las viñetas, había un subtexto y un discurso. Dentro de aquel enorme edificio construido por Busiek y Ross, se encontraba una reflexión sobre el significado de ser un héroe, su propósito y su fin. La respuesta estaba muy alejada, cuando no en directa contradicción, con el concepto de estos iconos que se estilaba en aquellos años de desesperanza. Marvels marcó una línea divisoria a partir de la que empezar a hacer las cosas de otra forma y dejó un legado destinado a perdurar. Por eso, cada vez que la moda imperante, los trucos de mercado o el mero egoísmo de la industria dejen de lado el sentido de estos iconos, nosotros podremos perdernos en sus páginas, recrearnos con cada una de sus viñetas y recordar el lugar en que se sitúa el auténtico héroe, el que es, ante todo, un protector de los inocentes, un símbolo de la esperanza y un ejemplo de aquello a lo que debemos aspirar.

 

Artículo aparecido originalmente en Colección Marvels. Marvels

PROYECTO MARVELS: LA RECONSTRUCCIÓN DE LA MANERA EN QUE EMPEZÓ TODO

Dicen los libros de historia que el Universo Marvel echó a andar de manera oficial en 1961, con el nacimiento de Los 4 Fantásticos. Y no andan errados. En aquella fecha mítica, Stan Lee y Jack Kirby colocaron los cimientos de lo que luego se convertiría en el cosmos de ficción más importante jamás creado. Si no hubiera tenido lugar aquel singular acontecimiento, personajes como Spiderman, Los Vengadores o La Patrulla-X nunca habrían llegado a vivir. La aparición de la Primera Familia marcó un antes y un después, en tanto que supuso la resurrección de un medio a punto de desaparecer bajo unos presupuestos, los de la humanización del héroe, que nunca antes se habían utilizado.

 

 

Sin embargo, la historia no es tan sencilla y merece que se hagan algunas matizaciones. A finales de los años treinta y primeros cuarenta, coincidiendo con el auge del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, el género de los superhéroes había vivido su primera gran explosión, en lo que se dio en llamar como la Edad de Oro de los cómics. En aquellos tiempos, la primigenia Casa de las Ideas había lanzado los primeros personajes. Timely Comics, la que luego se convertiría en Marvel, nació en 1939, año en el que presentaría en sociedad a la Antorcha Humana original y Namor, el Hombre Submarino. Ya en 1941, llegaría el Capitán América, y todos ellos combatirían la amenaza de Hitler, aunque sus caminos se encontrarían en contadas ocasiones.

 

Cuando, dos décadas más tarde, Stan Lee acometió la llegada de Los 4 Fantásticos, el guionista era plenamente consciente de tan rico pasado: de hecho había sido partícipe del mismo, puesto que llevaba en la editorial desde aquel entonces y su primer relato vio la luz dentro de Captain America Comics #3 USA (1941. Visionarios Marvel: Stan Lee). Decidido a aprovechar lo mejor de aquel legado, en el cuarto número de Los 4 Fantásticos llevó a cabo la integración de Namor en la actualidad de la Primera Familia. No contento con eso, en otro cuarto número, esta vez de Los Vengadores, se produjo la reentrada del Capitán América, quien había estado congelado en un bloque de hielo desde los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. Y, un tiempo más tarde, aunque también en una cuarta entrega, Fantastic Four Annual #4 USA para ser exactos (1966. Los 4 Fantásticos: La edad dorada), Johnny Storm y el resto de sus compañeros desempolvarían del olvido a la Antorcha Humana original, cuyas pautas cerebrales luego servirían para dar vida a La Visión, uno de los integrantes de Los Vengadores.

 

De alguna manera, los grandes personajes de la Timely encontrarían nueva vida en el Universo Marvel. No obstante, en la editorial siempre mantendrían el primer episodio de Los 4 Fantásticos como una frontera entre lo que podría calificarse la prehistoria y “su” historia. De hecho, a efectos oficiales, la primera aparición del Capi, Namor o la Antorcha Humana original que se señalaba siempre era la que había tenido lugar en los años sesenta, y a la que se le añadía la matización de “moderna”, queriendo resaltar que todas aquellas aventuran de los años cuarenta y cincuenta existían y estaban ahí, pero que no debían tenerse en cuenta más que a efectos anecdóticos.

 

Ya en los setenta, el interés por esa “prehistoria Marvel” se reavivaría gracias a Los Invasores, un proyecto impulsado por un enorme aficionado a la Edad Dorada, el guionista Roy Thomas. “¿Qué hubiera pasado si algo similar a Los Vengadores, es decir, un supergrupo que reuniera a los principales héroes de la época, hubiera existido durante la Segunda Guerra Mundial?” Ésa es la respuesta que venía a responder. Con un toque de nostalgia rodeando sus aventuras, Los Invasores, en cuyas filas militaban el Capitán América y su compañero Bucky, la Antorcha Humana y su camarada Toro o Namor, entre otros combatieron contra las fuerzas del Eje en una cabecera que se publicó entre 1975 y 1971 y que quedaría marcada en el recuerdo de los lectores.

 

Una nueva ola nostálgica tendría lugar en pleno siglo XXI, coincidiendo con el setenta aniversario del nacimiento de Timely. En Marvel planificaron varios eventos que conmemoraran una fecha tan señalada, pero entre ellos uno destacó con una enorme fuerza: El proyecto Marvels. La idea surgió del editor Tom Brevoort, que consideró al guionista Ed Brubaker como el más apropiado para encarar el reto. Éste se había convertido por derecho propio en uno de los mejores autores con los que haya contado jamás el Capitán América y se sintió hipnotizado ante el ofrecimiento de Brevoort, ya que se trataba, en cierta forma, de contar el origen y el contexto de su personaje favorito. Mientras investigaba los cómics que había protagonizado el Centinela de la Libertad y otros héroes en los años cuarenta, Bru sintió que era necesario actualizar aquellas historias a través del lenguaje del cómic moderno, así como entrelazarlas de tal manera que, en lugar de los relatos fragmentados sin conexión alguna que fueran en el momento de publicarse, se organizaran como una compleja trama trasversal que sirviera para desentrañar la manera en la que los superhéroes habían surgido y los motivos que les habían llevado a colaborar contra un enemigo común.

 

Anteriormente, Kurt Busiek y Alex Ross, ya habían desarrollado un trabajo lejanamente similar, en el prólogo y primer capítulo de Marvels, donde se evocaba el nacimiento de la Antorcha Humana original o una de sus batallas con Namor. El propósito de Brubaker consistiría, sin embargo, en ir un paso más allá: utilizar el material ya existente con sumo cuidado y respeto, pero también unir los huecos vacíos, con el objeto de ofrecer una monumental historia de espías que se introdujera en el trasfondo de eventos históricos. De esta forma, la trama abarca desde la Gran Depresión hasta poco después del ataque a Pearl Harbor, o, lo que es lo mismo: desde que surge la necesidad de crear superhumanos con los que oponerse al auge del nazismo hasta que estos llegan a formalizar su alianza, pasando por todo el proceso de nacimiento y primeros pasos. El guionista llegó a plantearse Cold Secret War (Guerra Fría Secreta) como título de la obra, pero finalmente prefirió El Proyecto Marvels, para así establecer un paralelismo con el Proyecto Manhattan, que en las mismas fechas en las que sucede esta historia había dado lugar a la bomba atómica. Así, seguía la tradición del Universo Marvel de reflejar la realidad de cada momento histórico desde un punto de vista superheroico.

 

Brubaker encontraría espacio no sólo para los grandes nombres de la Timely, los que forman la trinidad de Capitán América, Namor y la Antorcha Humana, sino también para otros conceptos, de menor impacto cultural, pero que también existieron en aquel entonces, así como otros que fueron aportados por Thomas dentro de Los Invasores. No sólo el escritor brilla con intensidad, sino también el dibujante Steve Epting, quien ya estuviera con él durante los primeros años de la etapa en Capitán América. El realismo de Epting, junto a su indudable raigambre clásica, coronan El proyecto Marvels como un cómic con ecos de superproducción cinematográfica en el que se consigue capturar y embotellar un mundo que ya no existe y en el que se sembró la semilla de nuestro tiempo.

 

 

Texto aparecido originalmente en Marvel Héroes. Capitán América: Proyecto Marvels

LOS 4 FANTÁSTICOS: DETRÁS DE LA VUELTA DE GALACTUS

A lo largo de los años sesenta, Los 4 Fantásticos fue la colección más importante del Universo Marvel, una ventana a un mundo lleno de posibilidades infinitas. No sólo el hecho de haber sido la colección en inaugurar aquel cosmos de ficción era importante, sino también el que fuera el título más preciado por Stan Lee y Jack Kirby. En la concepción misma de La Primera Familia estaba implícito el descubrimiento de nuevos horizontes. Porque Los 4 Fantásticos no sólo son superhéroes, sino también pioneros, investigadores de lo desconocido, rastreadores de la siguiente frontera del universo.

Durante toda esa década, un conjunto de conceptos más-grandes-que-la-vida fueron surgiendo de las páginas de The Fantastic Four. Ya en su segunda aventura, tuvieron la oportunidad de enfrentarse a los Skrull, una raza metamórfica de extraterrestres que perseguía la conquista de la Tierra. Este primer choque, que se resolvió de manera imaginativa en apenas veinte páginas, tuvo como consecuencias el inicio de la enemistad permanente entre los hombrecillos verdes y Los 4 Fantásticos, que volvieron a enfrentarse en multitud de ocasiones a partir de entonces. Con el tiempo, los alienígenas incluso lanzarían a su propio campeón, el Super-Skrull, un miembro de su raza capaz de emular las habilidades de los integrantes del cuarteto, y que les metería en aprietos en más de una ocasión.

 

Pero los Skrull no eran más que una muestra de los peligros que aguardaban “ahí fuera”. Debemos fijarnos en la época más fructífera de la colaboración entre Lee y Kirby, la que se desarrollaría entre los años 1965 y 1967, trienio maravilloso en el que se presentaron en sociedad un torrente de personajes que pasarían a formar parte indispensable de la Casa de las Ideas: la raza oculta de Los Inhumanos, Pantera Negra y su país, Wakanda, Warlock (llamado entonces, simplemente, Él)… Pero, por encima de todo, estaba Galactus y su heraldo, Estela Plateada.

 

Galactus, cuya primera aparición tuvo lugar en Fantastic Four #48 USA (1966. Marvel Deluxe. Los 4 Fantásticos: La Edad Dorada), no se presentaba como un villano al uso, sino como una auténtica fuerza cósmica que se limitaba a cumplir con su destino, el de consumir los mundos con los que saciar su infinita sed. Después de entrar en contacto con la humanidad, Estela Plateada decidía volverse contra su amo, mientras que El Vigilante, otra entidad de naturaleza celestial, prestaba su ayuda a la Primera Familia, al sugerirles la localización de la única arma que podría vencer a Galactus. Aquella memorable aventura se quedó grabada en la retina de los lectores, de tal manera que cada nueva aparición de Galactus sería recibida con alborozo. Los guionistas, tanto Lee como sus sucesores, se verían obligados a su vez a encontrar argumentos imaginativos en los que emplear al Devorador de Mundos, puesto que había que ofrecer nuevas sagas a la altura de la primera y que no se limitasen a repetir sus esquemas.

 

Esa categoría de serie en la que se desarrollaban las grandes aventuras de carácter cósmico fue cedida, ya en los años setenta, a Los Vengadores. Sin embargo, a finales de dicha década, Los 4 Fantásticos volvieron a convertirse en protagonistas de una de las mayores epopeyas galácticas que se hayan publicado jamás. A lo largo de once episodios, lo que equivalía a prácticamente un año entero de la serie, la Primera Familia se vio inmersa en una conflagración de gigantescas proporciones, que envolvería tanto a algunos de sus contrincantes habituales como otros que habían surgido de diversas fuentes.

 

El responsable de esta ambiciosa propuesta fue el escritor Marv Wolfman, uno de los autores clave de la época, acostumbrado a desplegar numerosos repartos a lo largo de multitud de escenarios, y que en este caso no hacía sino continuar un puñado de argumentos que habían quedado inconclusos en otro de sus proyectos: Nova, el Cohete Humano. Inicialmente, Nova se había movido en el terreno de una serie ligera, centrada en las andanzas superheroicas de un adolescente que recordaba a Peter Parker. Progresivamente, sin embargo, Wolfman fue introduciendo una mayor complejidad en las historias, ahondando en las raíces espaciales del Cuerpo Nova, una especie de policía galáctica, y llevando al héroe a vivir grandes aventuras más allá de su planeta de origen. Todo eso tenía lugar mientras el enigmático y poderoso ser llamado La Esfinge cobraba importancia y reclutaba a todo un grupo de superhéroes: Los Nuevos Campeones. Nova #25 USA (1979. Biblioteca Marvel: Nova), el último número de la colección, concluía con La Esfinge y Los Nuevos Campeones, entre los que se encontraba Nova, camino del planeta Xandar, donde les esperaba un destino incierto.

 

Ante la cancelación de la cabecera, Wolfman decidió trasladar todos los argumentos inconclusos a las aventuras de Los 4 Fantásticos, aunque la saga subsiguiente podría leerse de manera independiente y autónoma, puesto que eran muchos más los lectores que tenían éstos que los que dejaba atrás Nova. El resultado no pudo haber sido más espectacular. Con la llegada de la Primera Familia, el conflicto que se estaba tejiendo se transformaba en una guerra intergaláctica en la que los héroes se veían implicados casi por accidente y de la que ya no podrían escapar hasta su conclusión. El relato navegaría por inesperados lugares, sumando más y más personajes a cada nueva entrega, hasta un apoteósico final que enfrentaría a Galactus con La Esfinge, con Los 4 Fantásticos librando a su vez una aterradora batalla contra la muerte. Quedaría también un hueco para la sonrisa, con la presentación en los cómics de HERBIE, un pequeño robot volador que había ocupado el lugar de La Antorcha Humana en una serie de dibujos animados que el cuarteto protagonizara en aquel entonces, pero tan pequeña anécdota no empañaría la trascendencia y épica que se respiraba en cada página.

 

A la espectacularidad del resultado contribuiría no sólo el planteamiento de gran odisea coral diseñado por Wolfman, sino el impresionante trabajo realizado por los dibujantes. La saga fue iniciada por Keith Pollard en su mejor momento artístico, con un sólido estilo que le alineaba como discípulo de John Buscema. Tras un par de episodios del hermano de éste, Sal Buscema, la historia alcanzaría su apoteosis con la llegada de John Byrne, el que poco tiempo después se convertiría en autor completo de la cabecera. Joe Sinnott, en tareas de entintado, aportaría homogeneidad y elegancia al conjunto.

 

Eran tiempos en los que a los cines llegaba Star Wars, cuando todavía la llamábamos La Guerra de las Galaxias, y en los que Star Trek se hacía mayor con su propio largometraje. Sin embargo, la más alucinante película de ciencia-ficción no estaba en la gran pantalla, sino en las modestas viñetas de un tebeo que, superadas sus doscientas entregas publicadas y próximo a su vigésimo aniversario, hacía apropiado el lema de portada: “¡El cómic más grande del mundo!”

LA PATRULLA-X – HIJOS DEL ÁTOMO: ANTES DE QUE TODO EMPEZARA

La capacidad de síntesis narrativa es una de las características fundamentales de la Edad de Plata de los Cómics, en la que vivió su nacimiento y auge el Universo Marvel. Basta repasar el origen de los principales personajes de la Casa de las Ideas para percibir que bastaban unas pocas páginas para establecer el escenario, caracterizar al protagonista y su entorno y relatar el suceso extraordinario que cambiaba su vida para siempre.

 

 

Por ejemplo, el debut de Spiderman consta de apenas once páginas, en la que se explicaba todo lo que era necesario saber sobre Peter Parker; Los 4 Fantásticos viajaron al espacio y fueron alterados por los rayos cósmicos en apenas trece planchas, las mismas que necesitaron, respectivamente, Iron Man y Thor para ser presentados en sociedad. Algunos privilegiados, como Hulk, Los Vengadores y La Patrulla-X gozaron de relatos un poco más largos, pero no demasiado: en torno a las veinte páginas. Se trataba de poner al corriente al lector de manera inmediata, y saltar cuanto antes a la aventura, porque así era la estructura habitual del cómic en aquellos años sesenta: historias cortas y autoconclusivas, que ocuparan la mitad de un cuadernillo, o a lo sumo la totalidad de sus páginas.

 

Hasta la consolidación del proyecto capitaneado por Stan Lee, éste no se atrevió a colocar la palabra “continuará” en ninguno de los cómics que escribía. Cuando lo hizo, sin embargo, el Universo Marvel alcanzó su máximo potencial y épica. La historia-río se convirtió en el modelo a seguir, hasta que, llegados a la actualidad, rara vez se encuentra una aventura que se extienda por menos de cuatro o cinco episodios.

 

El paso del tiempo, la acumulación de décadas en la trayectoria de los personajes, ha servido además para la proliferación de otro fenómeno, el del revisionismo: se actualizan los orígenes de los más destacados héroes, para así poner a los nuevos lectores al tanto de cómo empezó todo, y tal operación se hace con las herramientas del cómic moderno, con una narrativa descomprimida que entra en detalles pasados por alto en su momento o que simplemente no se llegaron jamás a plantear, ante la necesidad de comprimir toda la trama en un espacio reducido.

 

Y es así como llegamos a La Patrulla-X: Hijos del átomo, la obra que reconstruye el nacimiento del equipo de mutantes de Marvel. La mayoría del público se ha acercado a estos en su encarnación moderna, la surgida en 1975 con carácter internacional, ya que incluía miembros de multitud de nacionalidades, como el canadiense Lobezno, el alemán Rondador Nocturno o el ruso Coloso o. Sin embargo, los hombres-X habían nacido más de una década antes, en 1963, cuando Stan Lee y Jack Kirby concibieron a este quinteto de chavales, todos ellos estadounidenses, con habilidades especiales desarrolladas durante la adolescencia, que recibían las enseñanzas de un maestro en silla de ruedas llamado Charles Xavier. En aquellos comienzos, el número de mutantes era muy escaso, y en rara vez la aparición de nuevos especímenes del homo superior tenía lugar más allá de las fronteras del país. Los miembros de La Patrulla-X se podían contar con los dedos de una mano, y la inclusión de nuevos fichajes tardaría mucho en producirse. En definitiva, el contexto de aquellos cómics era reducido, podría decirse que doméstico, en comparación con su posterior desarrollo.

 

Un repaso detenido a The X-Men #1 (1963) permite constatar algunas circunstancias que llaman la atención al lector actual. En el comienzo de la historia, La Patrulla-X ya está formada, y todos sus integrantes masculinos habitan la mansión del Profesor Xavier. De hecho, Lee y Kirby recurrieron a una técnica narrativa bastante moderna, la de la “acción empezada”, ya que no desvelan cómo reclutó Charles Xavier a sus pupilos ni de dónde había salido aquel misterioso individuo en silla de ruedas. El motivo elegido para arrancar el cómic fue la llegada de la única fémina que formaría parte del equipo, Jean Grey, también conocida como Chica Maravillosa. Bastaban unas viñetas para hacer las presentaciones de cortesía y explicar la existencia del homo superior, dividido en dos facciones, la que lidera Xavier, a favor de la convivencia con los humanos convencionales, y la que lidera Magneto, decidido a subyugarlos. Todavía quedaba espacio en aquel primer cómic de La Patrulla-X para un primer enfrentamiento de los jóvenes alumnos de Xavier contra el Amo del Magnetismo, que perdía la partida.

 

Ya durante la misma década de los años sesenta, Roy Thomas, el sucesor de Stan Lee en los guiones de la serie, constató que faltaban muchos detalles por explicar, de ahí que, a partir de The X-Men #38 (1967) se incluyera un pequeño complemento a la historia principal, en el que se desgranaría la procedencia del Profesor Xavier, cómo se habían manifestado los poderes de sus futuros alumnos y la manera en la que éstos fueron reclutados para la causa. El resultado era un conjunto de relatos breves que, cronológicamente, precedían al debut del equipo, publicado siete años antes. “Los orígenes de La Patrulla-X”, como se llamó aquel serial, sin embargo, caerían al vacío del olvido, por dos motivos fundamentales: El primero: se publicaron en el momento en que la colección había entrado en decadencia y contaba con una escasísimas ventas. El segundo: el posterior relanzamiento de la serie, acompañado ya de un contundente éxito comercial, ponía su acento en temas por los que Thomas había pasado muy por encima o que ni siquiera contemplaba, como el racismo, la soledad adolescente o del papel de los medios de comunicación masivos como generadores de opinión pública. Por tanto, aunque los aficionados modernos hubieran tenido acceso a aquellos “orígenes”, probablemente no hubieran sido de su agrado.

 

Entre quienes desconocían el serial de “Los orígenes” se encontraba el guionista Joe Casey, un excelente autor que irrumpió en Marvel a mediados de los años noventa y que estaba destinado a grandes empresas. En los siguientes años, desarrollaría interesantes proyectos, tanto en La Casa de las Ideas como en DC Comics y en Wildstorm, aunque su mayor triunfo hay que buscarlo fuera del cómic, ya que figura entre los creadores de Ben Ten, uno de los mayores fenómenos de la animación del siglo XXI.

 

En 1999, Casey formaba parte de la nueva generación de escritores que acababa de irrumpir en escena, con una exquisita formación literaria, elevado dominio de la técnica narrativa y habilidad para actualizar conceptos añejos. Su labor en Cable, colección mutante que reinventó por completo con un tono evidentemente clasicista, le señaló como el hombre propicio para acometer una miniserie que reconstruiría, con la sensibilidad del presente, pero sin olvidar el pasado, cuanto había sucedido antes de la primera página de The X-Men #1. A la empresa se sumaría Steve Rude, dibujante de elegancia portentosa, en cuyo estilo resonaba con fuerza la influencia de Jack Kirby. Rude, sin embargo, no conseguiría completar el proyecto, motivo por el que Marvel contaría con dos dibujantes más, ambos con un talento equiparable: Paul Smith, que años atrás ya hubiera desarrollado una mítica etapa dentro de La Patrulla-X, y Esad Ribic, croata recién llegado entonces a la industria y que sabría mimetizar el trazo de sus colegas. En unos pocos años, acabaría posicionándose como una estrella absoluta del dibujo.

 

Este volumen ofrece los seis episodios de Hijos del átomo, además de completarse con el contenido más apropiado que pueda imaginarse: nada menos que The X-Men #1, allá donde empezó todo, pero también el punto final señalado por Casey, Rude, Smith y Ribic para completar su historia… Nada menos que los primeros pasos de aquellos chicos asustados que compondrían el más extraño grupo de superhéroes… ¡La Patrulla-X!

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. La Patrulla-X: Hijos del Átomo

EL INCREÍBLE HULK: UN MONSTRUO EN CAMBIO PERMANENTE

La factoría Marvel es una máquina de reciclaje y modernización de mitos eternos. Sus autores toman los elementos básicos de cualquier leyenda para reinventarla de sorprendentes maneras. El caso de Hulk es uno de los más fácilmente reconocibles. Stan Lee partió de un concepto básico: la criatura de aspecto humanoide concebida por un hombre que juega a ser dios. No hay nada nuevo bajo el sol, hasta el punto de que tal idea ya había encontrado acomodo en el mito judío del Gólem, y también en dos iconos fundamentales de la literatura, Frankenstein o el moderno Prometeo, la notable novela de Mary W. Shelley en la que un visionario daba vida a un constructo compuesto con piezas de varios cadáveres; y El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde, donde Robert Louis Stevenson narraba la historia del científico que lograba disociar su personalidad, hasta transformarse, tras la ingesta de un brebaje, en un ser poderoso, malvado y desinhibido.

El cerebro detrás del Universo Marvel, que tenía ambas obras entre sus favoritas, decidió trasladar esos conceptos a los tiempos modernos, a la América de los años sesenta, sumida en el miedo a la bomba atómica, consecuencia inmediata de la escalada armamentística entre las democracias modernas, encabezadas por Estados Unidos, y el bloque comunista, que representaba la Unión Soviética. La histeria colectiva buscaba la válvula de escape en la fantasía y en la ciencia ficción, de tal manera que los cines se llenaban de inofensivos animales que, tras ser sometidos a la radiación, se transformaban en terribles bestias dispuestas a pulverizar ciudades enteras. Y fue en ese contexto en el que se produjo la llegada de Hulk.

 

Robert Bruce Banner, un brillante científico al servicio del ejército, crea la Bomba Gamma, un artefacto capaz de eliminar a los enemigos sin provocar la destrucción de las ciudades. Durante las pruebas de la bomba, un joven imprudente se introduce en el área sin saber lo que allí se está llevando a cabo. Banner acude a su rescate, pero no puede ponerse a salvo a sí mismo. A partir de entonces, y como consecuencia de la radiación recibida, se transforma de manera intermitente en un gigantesco monstruo de incalculable fuerza y escasa inteligencia.

 

Más allá del componente atómico, Hulk tiene una característica que le hace único: su naturaleza bondadosa. El Goliat Verde no busca la aniquilación de la humanidad; bien al contrario, desea la paz y la quietud, y son los humanos quienes no parecen dispuestos a dejarle tranquilo… Unos humanos que se concretizan en toda clase de enemigos con superpoderes, pero también en el ejército estadounidense, que persigue sin descanso a Hulk, con el General Thaddeus “Trueno” Ross a la cabeza, precisamente el padre de la mujer a la que Bruce Banner ama.

 

Varios lustros después de su nacimiento, Hulk alcanzaría fama universal, gracias a una serie de televisión en la que el culturista Lou Ferrigno encarnaba al Monstruo Gamma, mientras que el actor Bill Bixby ponía rostro al científico. La popularidad del programa fue tal que, para generaciones enteras de espectadores, quedaría grabada en su memoria una visión arquetípica de Hulk: con Bruce Banner deambulando por todo el país, ocultando su naturaleza dual ante sus semejantes, hasta que una injusticia provoca que Hulk emerja a la superficie y arregle las cosas, lo que obliga finalmente a su alter ego a emprender de nuevo la huida.

 

Sin embargo, el auténtico Hulk, el que nace y vive en las páginas de los cómics, no está esculpido en piedra precisamente. Muy al contrario, presenta diferentes cambios a lo largo de su existencia, de tal manera que cuesta encontrar una época que se parezca a otra. Quienes no han leído nunca sus tebeos tal vez desconozcan que la piel de Hulk no era verde en sus orígenes, sino gris, un color que se demostró enseguida como inapropiado para las técnicas de reproducción de la época, por lo que se optó por abandonarlo. En años recientes, a su vez, ha surgido un nuevo Hulk, esta vez de color rojo, más salvaje de lo que nunca fue el original. Igual de cambiante ha sido la inteligencia del monstruo. En sus primeras aventuras, se mostraba como astuto y sagaz, para dejar luego paso al Hulk todo músculo y nada cerebro. Años más tarde, durante una larguísima temporada, Bruce Banner llegaría a tomar control de su lado bestial, situación que posteriormente sería llevada hasta el extremo opuesto, de forma que cualquier rasgo de conocimiento abandonaría a Monstruo Gamma.

 

¿Cuál es el Hulk favorito de los lectores? ¿El Hulk gris y ladino, que regresaría en los años noventa para convertirse en un matón de casino? ¿El Hulk verde e inteligente, que sería aclamado como un héroe por las autoridades y por el resto de superhombres del Universo Marvel? ¿El Hulk desbocado, que eleva su salvajismo más allá de cualquier límite? ¿El Hulk prototípico, carente de inteligencia y perseguido por el ejército? Es difícil quedarse con uno de ellos, pero todos son sinónimos del héroe del cómic, y quizás por eso Paul Jenkins, un inteligente guionista de Marvel, tuvo la ocurrencia de no renunciar a ninguno de ellos y conjugarlos todos.

 

Ése fue el punto de arranque de una estimulante etapa, que se desarrolló durante los años 2000 y 2001, y en la que las diversas versiones de Hulk toman la voz cantante en función de las necesidades que se plantean, al tiempo que sobre Bruce Banner, desesperado tras el fallecimiento de Betty, pende toda una sentencia de muerte: ha descubierto que padece esclerosis lateral amiotrófica, también conocida como la enfermedad de Lou Gehrig. “Los perros de la guerra” es el arco argumental en el que se pone en práctica el pacto entre las diversas personalidades de Hulk. La prueba de fuego llega de la mano de un nuevo e implacable enemigo, el General John Ryker, un genio estratega que ha extendido sus tentáculos a través del poder y la política, hasta situarle en una posición poco menos que intocable. Además de por su trepidante argumento, esta obra merece destacarse por su capacidad para inspirar la película de Hulk que dirigiera Ang Lee en 2003, y en la que aparecían unos perros contaminados por radiación gamma muy similares a los que dan título a esta saga, y contra los que el Monstruo Esmeralda combate en el curso de la misma.

 

El volumen se completa, además, con el cómic en el que se produjo el debut del personaje, en el lejano 1962. La comparación de aquel primer episodio con “Los perros de la guerra”, una de sus más brillantes interpretaciones, permite al lector asombrarse de la gigantesca riqueza adquirida por El Increíble Hulk a lo largo de sus cinco décadas de historias, en las que, más allá de sus continuas transformaciones, permanece siempre la dialéctica entre el hombre y el monstruo que habita en su interior.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Hulk: Los perros de la guerra

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