EL PÁJARO QUE SIEMPRE VUELVE: LAS VIDAS, MUERTES Y RESURRECCIONES DE FÉNIX

Cualquier lector que lleve un tiempo en esta afición, sabe que las muertes y posteriores regresos de los personajes forman parte de las reglas del juego. Lo uno y lo otro suele utilizarse como resorte para llamar la atención del lector, de manera que, con el paso de los años, esta clase de acontecimientos cada vez reviste una menor dosis de sorpresa. La apuesta es cada vez más elevada, a la hora de acometer una operación de esta clase que impacte de verdad en el ánimo del aficionado: debes convencerlo de la autenticidad de una muerte, pero también de la necesidad de un regreso. No hay reglas escritas con ningún personaje, así que la editorial siempre puede tratar de convencer a sus fieles de lo irremediable de unos sucesos que, por definición, han devenido en pronosticables. Hay un caso particular en el que el fin y el nuevo comienzo forma parte intrínseca del icono, de tal manera que su esencia es despedirse para luego reaparecer. Y ese caso es el de Jean Grey.

1976. PRIMERA MUERTE

Cuando todo empezó, Jean Grey y Fénix no eran dos entidades diferenciadas, aunque Chris Claremont supo dar una poesía a la transformación de la una en la otra que, en una relectura posterior, podría llegar a interpretarse como tal. Como el resto de La Patrulla-X original, salvo Cíclope, Jean estaba destinada a perderse de vista para dar paso a la Segunda Génesis. Pero no fue así. El personaje era la pareja de Scott Summers, por lo que pronto volvió a su lado. Atrapada junto al resto por Los Centinelas y conducida hasta el espacio, Jean demostraba una iniciativa y un ardor del que nunca antes hizo gala. Era la única mujer entre los fundadores, y como tal nunca desempeñó otro papel que el de servir de interés amoroso. Pero, en esta nueva fase, desde su traje a su nombre de heroína, el de Chica Maravillosa, todo eso debía quedar atrás para de cara a los rupturistas setenta. Nada más hacerse con las riendas del personaje, Claremont cambió su personalidad, para convertirla en una mujer resuelta e independiente, algo que, como veremos más adelante, molestó fuera y dentro de Marvel. Al final de la aventura con Los Centinelas, en una escena pletórica de drama y sacrificio, Jean conducía la nave que permitía al grupo regresar a casa, atravesando una tormenta solar destinada a acabar con su vida, sólo que…

 

1976. PRIMERA RESURRECCIÓN

…sólo que no fue así. Al comienzo del siguiente número, la nave llegaba a la Tierra y se sumergía en las aguas de las que, acto seguido, emergía Jean. “¡Escuchadme, Patrulla-X! ¡Ya no soy la mujer que conocisteis! ¡Soy el fuego! ¡Soy la vida encarnada! Ahora y para siempre… ¡Soy Fénix!”, proclamaba, vestida con un nuevo y resplandeciente traje que había creado de la nada, utilizando para ello habilidades que nunca había mostrado. Efectivamente, la tormenta solar había redefinido a la mutante, que pasó a ser la integrante más poderosa del equipo. La Patrulla-X ya marcaba pautas que, al cabo de unos años, asumiría todo el género superheróico. Para el nuevo diseño, Dave Cockrum tomó como modelo a Farraw Fawcett en los anuncios de Wella-Balsan y en las portadas de Cosmopolitan, mientras que el cambio de nombre buscaba diferenciarla de Ms. Marvel, que entonces escribía el propio Claremont y que también estaba a la vanguardia del feminismo superheroico. Los colores iniciales eran blanco y dorado, pero el editor Archie Goodwin pidió que se cambiara el blanco por verde, para evitar que se notara la transparencia del papel.

1980. SEGUNDA MUERTE

Mientras que Chris Claremont y Dave Cockrum pretendían que el poder de Fénix fuera en aumento, hasta alcanzar una categoría cósmica, Goodwin demandó que fueran en otra dirección, antes de que ella hiciera superflua al resto de integrantes. Después de que salvara el Universo, en The X-Men #108 USA, el guionista procedió a una rebaja de esos poderes, y los justificó mediante un bloqueo mental: Jean todavía no estaba preparada para asumir semejante carga. Además, trató de fijar que tenía una rica vida privada al margen del equipo, al que acudía en los momentos de necesidad, algo que ya se estaba haciendo con Thor con respecto a Los Vengadores. En paralelo, el guionista estaba jugando con el concepto mismo del poder: la manera en que puede corromper a una persona y cómo es necesario que, conforme aumentan sus capacidades, aumente también su consciencia. Cockrum dio paso a John Byrne, en calidad tanto de dibujante como de coargumentista de la serie. Era un fan de la Chica Maravillosa de siempre y no le gustaba la excepcionalidad de Fénix. En el tira y afloja, ambos autores concibieron una saga en la que Jean era manipulada por Mente Maestra y el Club Fuego Infernal, lo que la llevaba a la locura, a la orgía genocida y a transformarse, en definitiva, en Fénix Oscura. La aventura debía haber acabado con Jean lobotomizada por el Imperio Shi’ar, pero el entonces director editorial Jim Shooter pidió su cabeza, así que Claremont y Byrne cambiaron la historia: Jean se sacrificaba, suicidándose, y The X-Men #137 USA se convirtió en una auténtica leyenda, el mito sobre el que se iba a asentar el éxito arrollador de la serie en los años posteriores.

 

1985. SEGUNDA RESURRECCIÓN

Poco después de “La saga de Fénix Oscura”, John Byrne abandonó la serie, quedándose Claremont como cabeza visible de los mutantes, muy consciente de que la efervescencia que se vivía alrededor de ellos era en gran medida consecuencia de que uno de los más respetados y queridos integrantes del equipo había encontrado la muerte. ¿Recuerdas lo que comentábamos al comienzo, acerca del ciclo de muertes y resurrecciones de personajes populares? Todavía no había empezado. Corrían los ochenta, el Universo Marvel revestía una solidez y una coherencia impresionantes y lo que moría permanecía muerto. Así que el Patriarca Mutante, en lugar de resucitar a Jean, se sacó de la manga a una hija venida de un futuro alternativo, o a una esposa para Cíclope cuyo aspecto era exactamente el mismo que el de su amor perdido… sin llegar a tratarse de ella.

 

Y entonces llegó Factor-X.

 

Bob Layton y Jackson Guice querían hacer un nuevo equipo que reuniera a La Patrulla-X original. Trajeron a La Bestia, El Ángel y El Hombre de Hielo de las filas de Los Nuevos Defensores y arrastraron a Cíclope desde su retiro. El hueco de Jean lo iba a llenar Madelyne Pryor, Rachel Summers, Dazzler o cualquier otra chica disponible. En el proceso, Kurt Busiek, futuro guionista de prestigio y entonces machaca dentro del Bullpen, se enteró de que Factor-X estaba en proceso y propuso a sus autores una idea: que Jean Grey volviera, pero sorteando su muerte como Fénix. Fue en ese momento en que se estableció lo que antes no era en absoluto así: que se trataba de dos seres diferenciados. Se volvía así a lo ocurrido en The X-Men #100 y 101 USA, cuando Jean había estado a punto de morir, pero emergió transformada en Fénix, y se estableció que ésta era una auténtica fuerza cósmica, que había duplicado la forma de Jean y seguido adelante con su vida sin siquiera ser consciente de ello, mientras que la auténtica Jean se recuperaba en el fondo del mar, envuelta en una crisálida que encontraban Los Vengadores y abrían Los Cuatro Fantásticos. Roger Stern, guionista de los primeros, y John Byrne, responsables de los segundos, que a su vez habían estado implicados en el desarrollo de Fénix, participaron de la trama. Por fin, en la primera historia de Factor-X, Jean y Scott volvían a reencontrarse.

Chris Claremont no estuvo nada contento con lo ocurrido, y desde el principio trató de torpedear la nueva serie. No consiguió pararla, pero sí que su guionista fuera sustituido por Louise Simonson, alguien de su entera confianza. Juntos trataron los años siguientes de remendar todo el estropicio que a su juicio había tenido lugar, algo que consiguieron parcialmente en “Inferno”, una saga mutante publicada en 1989, que se saldó con la muerte de Madelyne Pryor, que se había descubierto como un clon de Jean producido por Mister Siniestro, y la fusión de sus recuerdos con los de Jean. Ella y Cíclope se casaron unos años más adelante, ya con Claremont fuera del escenario.

 

2004. TERCERA MUERTE

Después de que Alan Davis, en las páginas de Excalibur, diera una explicación coherente al concepto de la Fuerza Fénix, ahora encarnada en Rachel Summers, la editorial dio un descanso a la entidad, si bien recurrieron a ella de manera testimonial en 1995, con motivo de un cruce entre el Universo Marvel y el Ultraverso que respondía al nombre profético de The Phoenix Resurrection y que quedó en lo meramente anecdótico. Tuvo que tener lugar la irrupción de Grant Morrison en el cosmos mutante para que la Fuerza Fénix resurgiera, una vez más, de sus cenizas. Morrison puso al día la plana mayor de los conceptos de la era Claremont-Byrne, y el de la entidad cósmica no iba a ser menos: pronto volvió a manifestarse como parte de Jean, con un toque muy próximo al de la posesión demoniaca. Para completar el ciclo, Jean murió una vez más, en New X-Men #150 USA, a manos de quien Morrison pretendía que fuera Magneto y que luego, en una reescritura de otros autores, se desveló como Xorn.

 

En los años posteriores, Jean permaneció bajo tierra, pero la Fuerza Fénix siguió reapareciendo de manera recurrente, para asociarse con otros huéspedes, en historias como “La canción final de Fénix” (2005), “La canción de guerra de Fénix” (2006-07) y “VvX. Los Vengadores Vs. La Patrulla-X” (2012). A la búsqueda de la simplificación, quedó establecido que Fénix era un ser de naturaleza cósmica que, cada cierto tiempo, pasaba por nuestro planeta y se encarnaba en un ser humano, con preferencia, pero no de manera exclusiva, por las mutantes pelirrojas. A lo largo de su trayectoria, además de la copia de Jean por la que se justificó su primera muerte o Rachel Summers, la entidad tomó como anfitriones a Hope Summers, las hermanas Cuco, los Cinco Fénix (Namor, Magik, Coloso, Emma Frost y Cíclope) y una larga lista de personajes.

 

2018. TERCERA RESURRECCIÓN

La colección protagonizada por la joven Jean Grey del pasado presentaba, como su principal atractivo, el enésimo retorno de la Fuerza Fénix. Era en realidad el preámbulo que facilitaría otra vuelta, la que tiene lugar en La resurrección de Jean Grey, con un “adulta” entre paréntesis en el título dado inicialmente por Marvel, para que no hubiera duda alguna. El ciclo se repite una vez más, confirmando la circularidad de la historia, sólo que ahora hay circunstancias distintas a las que tuvieron lugar en 1984. Esta vez no han transcurrido cuatro escasos años desde la muerte y la resurrección, sino casi tres lustros, en los que el Universo Marvel en general y el entorno mutante, en particular han cambiado como nunca antes y en los que la ausencia de Jean ha llegado a formar parte del paisaje. Sin ella, el Homo superior ha alcanzado momentos de esplendor, y como tal cabe calificar las épocas del Astonishing X-Men de Joss Whedon y John Cassaday, de La Patrulla-X de Matt Fraction, del cisma orquestado por Jason Aaron y Kieron Gillen, o de La Patrulla-X del ayer de Brian Michael Bendis, pero también hemos vivido tiempos de incertidumbre, en que los mutantes parecían arrinconados y al borde de la extinción dentro de Marvel. Lo que ocurre es que, si algo han demostrado estos personajes en sus décadas de existencia, es su capacidad para resurgir, como ave fénix, de las cenizas, y hacerlo más fuertes que nunca. Ojalá que la resurrección de Jean Grey no sea sino el presagio de una nueva, y necesaria, era de grandeza.

 

NEW X-MEN DE GRANT MORRISON: HIJOS DE LA REVOLUCIÓN

El siglo XXI acababa de nacer y con él, la siguiente fase de la evolución humana tomó los cines. Pocos esperaban que X-Men de Bryan Singer, la peliculita con la que 20Th Century Fox cubrió el hueco comercial del 14 de julio, se convertiría en un fenómeno. Es más, los lectores de cómics o los que habían descubierto a los mutantes gracias a la serie de televisión de los años noventa dieron por hecho, casi de manera unánime, que sería un desastre sin paliativos. Por contra, Singer creó un producto sofisticado y competente, pegado a la tierra y expurgado de cualquier tentación camp que la audiencia generalista pudiera identificar con la imagen peyorativa que tenían de los superhéroes.

X-Men, la película, triunfó con armas similares a las que había utilizado La Patrulla-X, el cómic, en sus años de esplendor, a finales de los setenta y primeros ochenta. Esos días de gloria parecían muy, muy lejanos. Mientras el largometraje sorprendía en los cines, los cómics que lo motivaban sólo atraían ya a coleccionistas compulsivos y a los fanboys veteranos incapaces de abandonar su dosis. Los lectores atentos a las vanguardias, aquéllos que intuían cuál era el título de moda en cada momento y se lanzaban en plancha sobre él, quienes sabían qué cómic recomendar a las nuevas generaciones para cautivarlas, habían aprendido a mirar a La Patrulla-X con indisimulado desdén. El que un día fuera todo eso que obligaba a leer un determinado tebeo era una triste sombra del pasado, enterrada sobre lustros de trucos comerciales, crossovers sin sentido, crecimiento desordenado en forma de copias clónicas e historias construidas desde el estamento editorial dejando de lado cualquier sensibilidad artística. Todo eso ocasionaba que las muchas colecciones que formaban la llamada Franquicia Mutante, y salvo honrosas excepciones, fueran material ilegible.

 

Y sin embargo, la noche es más oscura antes del amanecer. Cuando Bill Jemas, el entonces presidente de Marvel, contempló la manera en que la editorial dejaba pasar la oportunidad que supuso el éxito de la película de cara a rentabilizarla en el alistamiento de nuevos lectores, concluyó que hasta ahí habían llegado. Apenas un mes y medio del estreno del filme, destituyó fulminantemente a Bob Harras, el Director Editorial de la compañía en los últimos años y al que se le señalaba en buena parte como responsable del desastre. En su lugar, colocó a Joe Quesada, el talento que había impulsado la línea Marvel Knights, la única que parecía excitar a ese nuevo lector que tanto necesitaba La Casa de las Ideas. Quesada se colocaba en el extremo opuesto de Harras. Mientras éste primaba la construcción de los cómics de espaldas a la fuerza creativa, Quesada colocaba a los autores en primera línea de batalla. Los escogía con mimo, entre los que más destacaban dentro de la industria pero que carecían de una visión acomodaticia de los superhéroes, y también entre los que estaban fuera de los cómics pero triunfaban en el entretenimiento popular: directores de cine y televisión, artistas infográficos, novelistas… Todos parecían estar en la agenda, y en las fiestas, de Quesada, y muchos de los que ahora fichaban por Marvel habían perjurado, en tiempos del viejo régimen, no pisar sus oficinas mientras estuvieran vivos.

 

Entre el talento que el nuevo jefe había atraído a la editorial, ya en su fase como responsable de Marvel Knights, estaba el de Grant Morrison (Glasgow, 31 de enero de 1960). La figura de Morrison era gigantesca para los verdaderos gourmets de las viñetas, aquellos que despreciaban a La Patrulla-X como el modelo de tebeo que imponía el stablishment. Morrison había saltado a la fama, y había cosechado una inmensa fortuna, con Arkham Asylum, una hipnótica pesadilla en tapa dura que adentraría a Batman en las penumbras del sanatorio psiquiátrico para criminales dementes de Gotham para descubrir que no era tan distinto a sus residentes. Arkham Asylum se benefició de la Batmanía que arrasó el mundo a raíz de la primera película de Tim Burton y vendió millones de ejemplares, de cada uno de los cuáles Morrison se quedaba con un dólar en concepto de royalties. Pudo comprarse un castillo con ellos, viajar por el mundo y consumir drogas que abrirían su mente y le llevarían a escribir cómics cada vez más experimentales, como Doom Patrol, Animal Man o The Invisibles, su más personal obra maestra, en la que volcó su manera de ver el mundo y de verse a sí mismo.

 

Cuando Quesada logró fichar a Morrison en Marvel Knights, fue para obras puntuales, llamativas y al margen de las grandes olas de la editorial: las miniseries Marvel Boy o Fantastic Four: 1 2 3 4. En tiempos de Bob Harras, hubiera sido literalmente imposible que el escocés entrara a su juego y aceptara ceñirse a los crossovers estacionales o a que un vulgar editor que en su vida hubiera leído un libro reescribiera diálogos a conveniencia. Pero con Quesada sería distinto, precisamente porque Quesada quería destruir la imagen de corporación siniestra que Marvel se había ganado entre autores y lectores durante una década de desencantos. Todo lo que estaba prohibido hasta entonces se adoptaría como principio supremo a partir de ese momento.

 

En 1988, Morrison se había atrevido a decir que La Patrulla-X debía haber terminado con “Días del Futuro Pasado”, la célebre historia de Chris Claremont y John Byrne publicada en 1980, porque lo posterior no valía para nada. Ahora que todo había cambiado, que Quesada le ofrecía estabilidad, libertad y el mejor de los tratos posibles, lo último que podía hacer era negarse a dar aquel paso. Escribiría la que, desde ese momento, sería la serie de bandera de la Franquicia Mutante. The Uncanny X-Men era la cabecera de toda la vida, la clásica, la que había empezado en 1963, así que Morrison prefirió quedarse con “la otra Patrulla-X”, la titulada, simplemente, X-Men… Aunque bajo sus alas pasaría a denominarse New X-Men, con un nuevo logo que diseñaría él mismo y que ya era en sí una declaración de intenciones: se podía leer boca arriba y boca abajo, que decía lo mismo.

 

El dibujante de New X-Men sería Frank Quitely, el heterodoxo artista que le había acompañado en Flex Mentallo y en la novela gráfica JLA Earth 2, que sería el último trabajo de ambos en DC antes de saltar a Marvel. Quitely, natural de Glasgow como Morrison y amigo de éste, tenía buenos motivos para alejarse de la editorial de Superman. Estaba dibujando también The Authority, con Mark Millar como guionista, donde la recién compradora de Wildstorm insistía en censurar su trabajo, en viñetas en las que la violencia excedía los límites que DC entendía como admisibles o en las que Apollo y Midnighter, versiones radicales de Superman y Batman, se besaban. Uno de los cambios más llamativos que la editorial había impuesto en el arte de Quitely se encontraba en el The Authority #14 USA (2000), en el que los villanos eran una parodia de Los Vengadores. El equivalente del Capitán América se parecía demasiado a éste, por lo que decidieron quitarle su escudo y cambiarle los colores. Aquella saga, que escribía Mark Millar y que avergonzaba a DC, enseñó a los lectores la simiente de lo que un día serían The Ultimates. Para Quitely, aquellos incidentes señalaron que era el momento de buscar pastos más verdes. Su lentitud dibujando llevaría además a establecer que se alternara en New X-Men con otro fichaje más venido de DC, en este caso Ethan Van Sciver.

 

Morrison se leyó todos los tomos recopilatorios que pudo encontrar con antiguas aventuras de La Patrulla-X, lo que le permitió determinar qué es lo que funcionaba y qué no, y lo escribió en el manifiesto que puede encontrarse al final de este tomo. Su propósito pasaba por mantener a los lectores que todavía permanecían fieles a los mutantes y conseguir que entrara “una nueva audiencia contemporánea”. Para ello, se disponía a recrear no la literalidad, sino el espíritu de lo que había sido la mítica etapa de Claremont y Byrne. No se trataba de repetir los éxitos del pasado, como habían hecho tantos otros, sino que la colección volviera a estar en la vanguardia del cómic mundial, que fuera desafiante, sofisticada y accesible a todos. Como ya hacía la película, en lugar de aferrarse a las referencias a los superhéroes clásicos, su cómic apelaría a “la constante lucha evolutiva entre lo bueno/nuevo y lo malo/viejo”, una frase que escribió en su propuesta del 20 de octubre de 2000. Y de acuerdo también a lo que había impuesto el cine, la licra de los uniformes quedaría atrás, para aproximarse al cuero, aunque en este caso siguiendo los peculiares diseños que haría Quitely.

 

“Elegí no presentar a La Patrulla-X como víctimas ‘temidas y odiadas’ de un mundo que se negaba a entenderlos, sino como representantes, declarados y orgullosos, del inevitable siguiente paso en la evolución”, escribiría Morrison algunos años después, en Supergods, su historia del cómic estadounidense revestida de memorias personales. “Nosotros los odiábamos por la misma razón por la que odiábamos en secreto a nuestros hijos: porque están aquí para reemplazarnos. No imaginaba a la cultura mutante como un solo ideal monolítico o como las ideologías enfrentadas de los ‘mutantes diabólicos’ y ‘los buenos’, sino como un espectro de conflictivos puntos de vista, autoimágenes e ideas sobre el futuro. Frank Quitely y yo tratamos de imaginar la aparición entre nosotros de una extraña cultura nueva, con diseñadores de ropa mutante creando camisetas con seis brazos o alta costura invisible; músicos mutantes lanzando álbumes que sólo pudieran ser oídos en frecuencias infra o ultrasónicas; artistas que usaran colores que sólo los ojos mutantes pudieran ver… En lugar de solamente un equipo, o incluso una tribu, nos imaginamos una sociedad homo superior completamente formada, por fin erigiéndose hacia la luz de la emancipación. New X-Men  trataría sobre el amanecer de un futuro con nueva música, nuevos sueños, nuevas formas de ver y de vivir. El Instituto Xavier sería una avanzada del futuro aquí y ahora, así como un cuartel general y una escuela. Pensé que podía usar el comic para hablar sobre los aspectos positivos y negativos de la cultura geek llegando al mainstream“.

 

New X-Men #114 USA, el primero de la Era Morrison, impactó en las librerías en la primavera de 2001, como el ejemplo supremo del aire fresco que estaba soplando desde la editorial que, con Jemas y Quesada, se daría en llamar Neomarvel. Desde la portada, aquella reducida alineación de hombres-X en sus nuevos trajes de cuero a lo Matrix caminaba hacia el lector, casi deslumbrado por el brillo de la explosión genética que se intuía a sus espaldas. Las figuras, entre sombras y apenas reconocibles ante las deformaciones estilísticas a las que las había sometido Quitely, se aparecían extrañas a la par que fascinantes, como un misterio pendiente de descubrirse. Podían ser el siguiente paso de la evolución humana, pero también un grupo de operarios municipales punk dispuestos a detener el tráfico. En cualquiera de los casos, eran algo imprevisible, distinto y que había dejado atrás el callejón sin salida en que se habían encerrado los mutantes durante tantos años.

 

La presencia de Morrison en la cabecera se extendería durante tres largos y fértiles años, en que su luz iluminó el camino a seguir por muchos otros, tanto dentro como fuera de Marvel, y en que aquella Nueva Patrulla-X mantuvo su orgullosa independencia. Lo que ocurría en sus páginas impactaría en otros cómics, pero el viaje no funcionaría en el sentido opuesto. Morrison trabajó libre de imposiciones externas y de cuanto se cocía en el resto del Universo Marvel. Su novela mutante en capítulos marcaría época y permanecería como una de las mayores cumbres no ya de la historia de La Patrulla-X o de Marvel, sino del cómic en general. El homo superior había mutado una vez más, esta vez para ser de nuevo relevante.

 

Texto aparecido originalmente en New X-Men de Grant Morrison nº 1