1989. DISOLUCIÓN Y RENACIMIENTO

Es primavera de 1989. Terminada la saga, cada colección reemprende su camino, esta vez desde posiciones de absoluta disparidad argumental que dejan cerradas durante largo tiempo las puertas a un nuevo crossover. En X-Factor, una vez resueltos todos los problemas causados por la creación del grupo, Weezie Simonson busca nuevos motivos para hacerlo interesante, ahora sin la compañía de su marido, quien por esas fechas se convierte en el autor completo de los Cuatro Fantásticos.

En The New Mutants queda pendiente la vuelta a las andadas de Magneto. La situación, alargada desde La caída, está programada para resolverse en el curso de Inferno, pero la estructura final de la saga obliga a aparcarla hasta el TNM 75 (V 89). Resulta apropiado que el cómic en el que los bebés-X abandonan a Magneto y éste asciende a Rey Negro del Club Fuego Infernal sea dibujado por John Byrne. Derrotado por la supuesta muerte de la Patrulla-X y la tragedia de Illyana, Magneto prevé una guerra entre humanos y mutantes, razón por la que se pone al frente de los enemigos naturales de los hombres-X. “Ya sabemos que eres uno de los malos”, exclama Bala de Cañón. Weezie tiene ahora las manos libres para poder lanzar a sus niños a un conjunto de aventuras por completo alejadas de la Patrulla-X. Dicho y hecho: al mismo tiempo que X-Factor viaja al espacio (XF 43-51, VIII 89-II 90), los Nuevos Mutantes dan con sus huesos en Asgard, donde permanecen por una buena temporada (TNM 78-87, VIII 89-III 90).

La situación es diferente en las colecciones escritas por Claremont. Inferno, producto de reuniones en las que el Padre Mutante y Bob Harras preparan durante horas esquemas con más de setenta personajes, ha dejado agotado al guionista. El siguiente clavo en el ataúd lo ponen los chicos de Marketing. Este año también va a haber series con periodicidad quincenal La lotería le ha tocado a Uncanny. Excalibur y Wolverine. Ante su incapacidad manifiesta para escribir dos tebeos por semana y otras tantas novelas por año, Claremont cede a una propuesta de Harras por la cual deja en sus manos Wolverine. A partir de ese momento, el editor contrata diferentes equipos artísticos por un determinado número de meses, lo que impide que ninguno de ellos acabe por asentarse definitivamente en la serie. Claremont se divierte con Alan Davis, por eso se mantiene al frente de Excalibur. Pero eso no impide que su agotamiento se refleje en los guiones. En EX 9 (VI 89) comienza una larga saga en la que Cacharro transporta a los héroes a varias dimensiones alternativas. Los primeros números resultan divertidos, sobre todo el EX 14 (XI 89), en el que Excalibur llega a una Tierra habitada por parodias de los principales héroes Marvel, y los EX 16 y 17 (XII 89), elaborados a partir de un plot escrito por Davis con el que el dibujante homenajea al John Carter de Burroughs. Sin embargo, pasan los meses y Excalibur sigue saltando de mundo paralelo en mundo paralelo sin un En el UXM 215 objetivo claro. El cansancio se hace extensible tanto a los lectores como al artista, que además recibe los guiones con retrasos de una o dos semanas. “Esto es demasiado, no puedo hacerlo”, dice Davis, quien decide abandonar la serie en el EX 24 (VII 90). Sin su creador gráfico, Excalibur queda a la deriva. Sus páginas ya no hacen sonreír ni al mismo Padre Mutante, a pesar de que siga escribiéndolas.

“¿Qué le está pasando a Chris Claremont?”, se preguntan incluso sus incondicionales. Muy pocos de ellos entienden gran cosa de Disolución y renacimiento, la saga veraniega que se publica en Uncanny después de Inferno. Los lectores no saben a dónde va la serie, pero, por primera vez desde su comienzo, da la sensación de que el autor tampoco. Preocupado por rematar Grounded, la segunda parte de su novela First Flight, Claremont descuida los guiones, abusa de las representaciones oníricas (casi siempre confusas), multiplica sus tics, reitera los viejos trucos y se sumerge en sagas eternas que no conducen a ninguna parte, como la de Excalibur, mientras no deja de protestar por haber perdido el control de sus personajes. “La fuerza que tenía la Patrulla-X en los años ochenta residía en que yo escribía todo”, dice. “Escribía Uncanny, los bebés-X y las miniseries. Luego tuve que dejar algunas cosas, pero vino Weezie. Con ella siempre me he coordinado bien, por lo que seguía habiendo una visión única. Con Wolverine es la primera vez que un personaje protagonista no lo escribimos ninguno de los dos. Quién sabe cuáles serán las consecuencias de eso. Puede que Logan evolucione de forma diferente a cómo lo hace en Uncanny. Sólo tiene que llegar un guionista que tenga una visión de él diferente a la mía. ¿Me tendré que preocupar de que esto importe a los lectores? ¿Tendré que adecuar mi Lobezno al de la serie regular? ¿Tendré que sacarlo del grupo? Si yo fuera el único escritor de Lobezno no habría problemas. Sabría a dónde va el personaje, quién es y cómo funciona. He estado haciendo eso desde hace quince años. Las dificultades llegan ahora, cuando hay otras personas implicadas en el proceso”

“¿Dónde diablos está Lobezno?”, se pregunta Kaos (UXM 249, IX 89). El canadiense de las garras de adamántium se pierde en los arcos argumentales de su colección a la vez que cada uno de los hombres-X va causando baja en Uncanny. Pícara es arrastrada hasta el Lugar Peligroso mientras lucha con Molde Maestro (UXM 247, VIII 89), Longshot deja el grupo y Tormenta parece morir en un accidente (UXM 248, IX 89). El resto, impulsados por un sueño premonitorio de Mariposa Mental en el que los ve a todos muertos, deciden viajar también al Lugar Peligroso (UXM 250, XI 89). Lobezno reaparece en la primera página de ese mismo número, pero lo hace crucificado. Cómo ha llegado hasta ahí es algo que Claremont no explica hasta la página doce, y cuando lo hace, utiliza una alucinación del mismo Logan en la que no queda muy claro qué es realidad y qué ficción. En los siguientes números tampoco se entiende gran cosa, hasta que en el UXM 254 (XII 89) se presenta una nueva-y-diferente Patrulla-X compuesta por Moira McTaggert, Amanda Sefton, Legión, Forja, Banshee, Polaris y un Morlock llamado Rompedor, todos ellos inquilinos de la Isla Muir. Un número más tarde, derrotan a los Cosechadores, responsables de la ruptura del anterior equipo.

A partir de ese mes, Claremont prevé traer de vuelta a los hombres-X que han pasado por el Lugar Peligroso. El Patriarca Mutante debe afrontar, sin embargo un nuevo imprevisto que viene de la mano de su viejo amigo John Byrne. Junto con el editor Howard Mackie, Byrne ha organizado un crossover a imagen y semejanza de Inferno. Aunque el argumento principal de Actos de Venganza transcurre en las series protagonizadas por los Vengadores, sus consecuencias colaterales afectan al resto del Universo Marvel. De esta forma, un grupo de villanos se intercambia a sus respectivos enemigos. Mientras Magneto pelea contra Spider-Man, a la Patrulla-X le cae en gracia… el Mandarín.

Con Marc Silvestri de vacaciones después del atracón veraniego, Bob Harras necesita otro dibujante para la saga. En los últimos meses, ha dado sus frutos la búsqueda de nuevas estrellas emprendida por Tom DeFalco. De forma inadvertida, un pequeño grupo de imberbes, desconocidos y ambiciosos artistas han ido ocupando colecciones menores. Una portada a tener en cuenta: Incredible Hulk 340 (II 88). Las garras de Lobezno reflejan el enfurecido rostro del coloso esmeralda. El autor es Todd McFarlane, joven promesa recién traída de DC cuyo trazo barroco se convierte en modelo a seguir por las generaciones emergentes. Entre esas generaciones, un coreano residente en San Diego llamado Jim Lee, artista llamativo enterrado en un título de segunda, Punisher War Journal, cuya mayor aspiración es dibujar Uncanny X-Men.

Lee es un currante nato. Hijo de modestos inmigrantes, ha mamado el sueño americano. Sabe que trabajando, trabajando y trabajando todos tus deseos pueden hacerse realidad. Por eso trabaja, trabaja y trabaja. Lee abandona la carrera de Medicina. Lee se encadena a un tablero de dibujo. Lee desea ser mejor que todos sus ídolos. Mejor que John Byrne, mejor que Frank Miller, mejor que David Mazzucchelli, mejor que Arthur Adams. En 1986, Archie Goodwin le presenta a Carl Potts, con quien trabaja primero en Alpha Flight, y luego en Punisher War Journal. Durante los tres años siguientes perfecciona su estilo. Acción y drama, composiciones de página arriesgadas, detallismo extremo, mujeres hermosas, cuerpos retorcidos de dolor, expresiones altivas y chulescas. ¿Cuántas veces puedes dibujar al Castigador conduciendo una furgoneta de forma dramática? Las que hagan falta hasta que se fijen en mí, sostiene.

1989. LA REVOLUCIÓN SE LLAMA JIM LEE (Y EL CHICO DE LA GORRA ROB LIEFELD)

Es verano de 1989. El sueño se hace realidad. Bob Harras contrata a Jim Lee para los tres números de Uncanny correspondientes a Actos de Venganza. Este chaval es demasiado bueno para dejarlo en Punisher, afirma el editor. Lo que finalmente le convence es una aventura de este personaje en la que Lobezno aparece como invitado especial (Punisher War Journal 6 y 7, VI-VII 88). Tras ella, llega un tebeo de prueba, el UXM 248, que Lee dibuja en quince días, y, por fin, Actos de Venganza. Son apenas tres números (UXM 256-258, XII 89-II 90), pero a Harras le bastan para saber a ciencia cierta que Jim Lee es lo que Chris Claremont lleva necesitando desde hace años. “Éste, éste”, repite una y otra vez.

 

-Es muy bueno, Chris, ¿a que es la hostia de bueno?

-No lo hace mal.

Es otoño de 1989. Lee diseña el aspecto de la Mariposa Mental surgida del Lugar Peligroso. Como dijera Roma, en el Lugar Peligroso tu vida entera es puesta en una balanza por “el mayor de los poderes”, que puede ofrecerte la oportunidad de empezar desde cero. En definitiva, el Lugar Peligroso es un recurso de Claremont para introducir cambios sorprendentes en sus personajes. La fórmula le ha funcionado siempre, pese a las protestas iniciales de los lectores. Para qué engañarse: Claremont conoce a sus fans. Les encanta esa sensación de falso cambio. Primero odian a la Tormenta punk para a continuación adorarla. Sucede que en este enésimo salto al vacío no hay siquiera unos meses de transición. Mariposa Mental entra siendo una tierna joven endurecida por las circunstancias… y sale transformada en una mortífera ninja de rasgos orientales y curvas imposibles. Mariposa ha sido reeducada por los asesinos de la Mano, quienes la localizan “en estado de shock, con su mente y sus recuerdos totalmente fragmentados” (UXM 256). Lobezno, como ya hiciera con Kitty Pryde en la miniserie que compartieran, es el encargado de devolverla a la realidad. Por cierto, a Lobezno le acompaña Júbilo, la niña que le ha rescatado de su crucifixión. Versión para los años noventa de Kitty, la chavala se aleja de la sofisticación de ésta. Frente a la niña pija educada en los mejores colegios de Chicago, Júbilo es una malhablada hortera criada en las calles de Los Angeles y deseosa de meterse en líos. “Sin ella no estaría aquí. Sin ella no estaría vivo”, agradece Logan (UXM 257).

El día que entrega su tercer número Lee se acerca para hablar con Harras. “Si buscas a alguien para sustituir a Silvestri, ponme en la lista”, le dice. No hace falta, porque el editor ya tiene en la cabeza una reestructuración completa de las colecciones mutantes. Uncanny va a ser dibujada por Lee. Está decidido y no hay marcha atrás. Incluso acepta que sea el mismo artista quien elija su propio entintador. ¿Qué pasa entonces con Marc Silvestri? Muy fácil. Silvestri termina su contrato en Uncanny y pasa a Wolverine. Las ventas de la colección del mutante de las garras de adamántium no van bien. Hace falta un equipo creativo fijo que establezca una dirección unívoca para la serie, que lleva dando palos de ciego desde la salida de Claremont. La elección del nuevo guionista de Lobezno recae sobre Larry Hama, un especialista en cómics de acción bregado en sus muchos años como escritor de G. I. Joe. Tanto él como Silvestri se estrenan con el WOL 31 (IX 90). Por último, Harras también opina que los bebés-X están pidiendo a gritos un revulsivo. Weezie Simonson no está de acuerdo, pero eso no importa. Le apetece dar cancha a un chaval que lleva haciendo cosas sueltas para la Oficina-X desde hace algún tiempo. Se llama Rob Liefeld, es californiano, tiene veintitrés años, le gusta el surf y es hijo de un predicador arruinado.

Fichado por los cazatalentos de Marvel después de ver su trabajo para DC en la miniserie Hawk and Dove, Rob no tiene colección fija, aunque casi todo lo que ha hecho para la Casa de las Ideas se encuadra en el entorno mutante: un X-Factor primero (XF V 89), un Uncanny después (UXM 245, VI 89), un What if? de Lobezno más tarde (What if? 7, XII 89)… Rob está fascinado desde que se enteró que Todd McFarlane, ese tipo increíble que dibuja Spider-Man, vive en la playa de Malibú. No en Malibú, sino en la playa de Malibú. Eso es lo que Rob busca: ganar tanta pasta dibujando tebeos como para comprarse una casa en la playa de Malibú.

A Rob le gusta dibujar cosas grandes. Tipos grandes. Dientes grandes. Tetas grandes. Para compensar, también dibuja pies y cabezas diminutos. Rob oculta hábilmente su falta de dominio de la figura humana debajo de multitud de líneas cinéticas, de viñetas desordenadas o inexistentes, de caras furiosas, de posturitas y musculitos. Todo lo que sabe sobre dibujo lo ha aprendido copiando a sus ídolos, costumbre que no tiene por qué abandonar ahora que le pagan por ello.

 

-Este dibujo está plagiado de otro de Arthur Adams -trata de explicar Weezie Simonson a Bob Harras.

-No es un plagio. Es un homenaje.

-Lo que tú digas.

 

Weezie no se siente cómoda. Le quitan a Bret Blevins, el dibujante perfecto para los bebés-X y le ponen a este niño tonto. Harras pide que se reúnan en Nueva York y coman juntos un día. Liefeld viene con su carpeta de dibujos debajo del brazo. Ha diseñado uniformes nuevos para todos los bebés-X. Son cientos, pero todos se parecen. Mucha cazadora y muchas mallas de gimnasio. “Dios mío, que horror”, piensa Weezie. Pero no dice nada. Rob habla apresuradamente. Bebe Coca-Cola y come un doble Whopper con queso, bacon y mucho ketchup. Le gustan los tebeos guays, con peleas guays y con tías guays. Aborrece todo el rollo ése de adolescentes problemáticos metidos a superhéroes. Quiere menos diálogos y más acción.

-También me gustaría que usásemos a estos villanos. Se llaman el Frente de Liberación Mutante. Y a este tío. Le llamo Cable.

-Ah, ya.

Cable es un armario enorme cargado de pistolones todavía más grandes. Lleva unas botas militares, un brazo cibernético y artillería suficiente como para abastecer un ejército. Parece una mezcla de Arnold Schwarzenegger y un bisonte desbocado.

-¿Qué hace?

-Pues es guay.

-¿Y porqué le brilla un ojo?

-No sé. A mí me mola. Es guay.

-Dime, Rob, ¿te quitas alguna vez la gorra de beisbol?

-Sólo para dormir, ¿por qué?

 

Resignada, Weezie escribe el primer guión para Liefeld, una historia sencilla que forma parte de Actos de Venganza, con el Buitre y el Chapucero como villanos (TNM 86, II 90). La mayor parte de la trama transcurre en la azotea de un juzgado. Más facilidad, imposible. Cuando recibe las páginas dibujadas y listas para que les coloque los diálogos descubre que va a ser duro. Muy duro. El chaval tiene varios problemas. Es obvio que sus nociones de anatomía dejan bastante que desear, pero eso es lo de menos. Primero, Rob no sabe narrar. Puede hacer dibujos, pero es incapaz de contar una historia mediante esos dibujos. Segundo, le pides que te dibuje una cosa y te dibuja lo que a él le apetece. Weezie utiliza sus textos para explicar las incomprensibles viñetas, pero eso la obliga a cargar las páginas con diálogos superfluos que serían innecesarios con un dibujante normal. A pesar de ello, hay cosas que no tienen arreglo. Ejemplo: TNM 86. Página diez, viñeta seis. Rusty Collins sube por unas escaleras metálicas que conducen a un tejado. En el tejado espera el Buitre. Página once, viñeta uno. Rusty se arroja contra el Buitre. Dada la posición de cada uno de los dos personajes, ambos deberían caer sobre el tejado. Sin embargo, caen al vacío. O falta una viñeta o el edificio se ha dado la vuelta de forma inexplicable. Más que un cómic, los bebés-X de Rob Liefeld parecen una antología de gazapos visuales.

Tanto Cable como el Frente de Liberación Mutante debutan en las últimas páginas de ese mismo número. Según los diálogos que consigue encajarle Weezie, Cable es un viejo soldado amargado que está de vuelta de todo. Tiempo atrás, debió de trabajar para el Gobierno Americano, pero ahora va por libre. En el Pentágono le consideran una leyenda, ha participado en misiones secretas desarrolladas en lugares como Madripur y su peor enemigo es el líder del FLM, un tipo con armadura llamado Dyscordia. Liefeld desea convertir a Cable en el nuevo profesor de los bebés-X. Weezie piensa que la idea es un disparate. Entonces recuerda sus tiempos como editora. Nada como un buen editor para bajar los humos a un recién llegado que todavía tiene mucho oficio que aprender. Esa debería ser la labor de Bob Harras. O eso piensa ella.

1990-91. DEL DESESTIMIENTO DE LOUISE SIMONSON A LA IRRUPCIÓN DE X-FORCE

Es primavera de 1990. En los meses previos a la llegada de Jim Lee, Claremont recupera a los hombres-X perdidos en el Lugar Peligroso al tiempo que desarrolla una irregular aventura protagonizada por secundarios como Forja, la Bestia o Jean Grey. Tal vez sean las horas más bajas de toda su carrera como guionista, un problema que se ve agravado por unos infames dibujos de impresentables como Kieron Dwyer, Bill Jaaska o Mike Collins. Mientras tanto, trabaja junto a Lee en el diseño de un nuevo hombre-X. Remy Lebeau, alias Gambito, repite el esquema del tipo duro de oscuro pasado en la línea de Lobezno. “Es un renegado perteneciente a un clan de ladrones de Nueva Orleans. Tiene acento francés y va por la vida rompiendo corazones. Muy carismático, con un estilo parecido al de John Malkovih”, describe Claremont. Lee lo viste con una gabardina, le coloca un cigarro en la comisura de los labios y una baraja de cartas en la mano. “Este es su poder. Carga las cartas con energía y las arroja”, explica el dibujante. “La gabardina es para que parezca más real, aunque cuando se mueve hace las veces de capa”. Gambito aparece por primera vez en el UXM 266 (VIII 90). Un mes más tarde une su destino al de Tormenta en el mismo número en el que Jim Lee se incorpora como dibujante regular, con el considerable alivio de los lectores. Las palabras finales de Ororo presagian la ansiada reunión del grupo: “Dime, Gambito… ¿Has oído hablar de un equipo de héroes mutantes llamado la Patrulla-X?”

Ha decidido dejarse el pellejo en la serie. Jim Lee comprende que es la oportunidad de su vida. Mes a mes ensaya innovadoras fórmulas narrativas, que van desde la superposición de viñetas a la abundancia de dibujos a sangre, de los flashbacks rodeados con orlas negras a los encuadres arriesgados o al predominio de las escenas en scope. El detallismo de su trazo alcanza niveles hiperrealistas. Es el sueño dorado de todo lector de tebeos hecho realidad. Jim Lee te sujeta en la portada y no te suelta hasta la última página. Entonces, respiras. Antes, contienes el aliento. Es un dibujante en la plenitud de sus dotes artísticas que sin embargo crece página a página, número a número. ¿Cuantas horas diarias pasa delante del tablero de dibujo? ¿Diez, doce? Las que sean necesarias. De repente, el público vuelve a mirar de otra forma a la Patrulla-X. Lobezno vive exóticas aventuras junto al Capitán América y la Viuda Negra (UXM 268, IX 90) y Pícara aparece ante los fans como un modelo de lencería (UXM 269, X 90). La colección cobra vida. Las ventas suben como la espuma. Jim Lee es el Chico Midas. Todo lo que dibuja se convierte en oro. Claremont sin embargo empieza a sentirse desplazado. Le vienen a la cabeza palabras de John Byrne pronunciadas diez años atrás.

 

-¿Sabes cual es el problema, Chris? No sé si la gente mira a la Patrulla-X o nos mira a nosotros. Pero pienso averiguarlo. Si tú te quedas, nunca lo sabrás.

Byrne se equivocaba. Durante todos estos años, han mirado a la Patrulla-X. Y Chris Claremont ES la Patrulla-X. No hay Patrulla-X sin Chris Claremont. Todos lo saben. ¿Todos?

Es verano de 1990. Chris Claremont y Weezie Simonson planean el crossover mutante anual. Mucho más modesta que Inferno, esta nueva saga va a constar de nueve capítulos repartidos entre las tres series principales (UXM 270-272, TNM 95-97 y XF 60-62, XI 90-I 91).

 

-Es la última que vamos a hacer, Chris.

-Ya me gustaría.

-No entiendes lo que te estoy diciendo. Me voy.

-¿Qué?

-Que estoy cansada. Me voy.

 

El problema no es Liefeld, sino que Harras se haya puesto de su parte. Weezie ha decidido que no está dispuesta a ser la dialoguista de un niñato que no sabe hacer un dibujo a derechas pero al que el editor se niega a cuestionar nada. En los últimos meses, Liefeld ha ido afianzando posiciones en The New Mutants. La chavalería le adora, la colección escala posiciones mes a mes, pero es imposible trabajar con él. Ella escribe sus guiones para que Liefeld los modifique a su antojo. Ha convertido a sus bebés-X en una horda de psicópatas sedientos de sangre, y todavía dice que quiere hacer más cambios. No le gustan personajes como Rhane o Warlock. Dice que son unos mariquitas. Rob quiere soldados, pero Weezie está harta de pelear en primera línea de fuego. Después de una década en Marvel, ha decidido aceptar una oferta de la competencia. DC le ha pedido que escriba una de las series de Superman. En ella podrá colaborar junto a Jon Bogdanove, uno de sus mejores amigos. Solo lamenta dejar de trabajar con Claremont, pero hace tiempo que las colecciones mutantes han dejado de ser cosa de dos. “Ya no me necesitas”, le dice. Y se equivoca. La necesita más que nunca. Weezie Simonson es la última amiga que le queda a Chris Claremont en Marvel. Se siente solo, rodeado por los indios y sin la esperanza de que venga la caballería a rescatarle. Ha terminado una época. Lo saben los dos. Empieza un nuevo tiempo en el que no tienen cabida personajes como Warlock. El extraterrestre divertido y adorable que fuera uno de los bebés-X favorito de ambos muere heroicamente durante el nuevo crossover (TNM 95, XI 90). Proyecto Exterminio, se titula, y supone la consagración definitiva de Jim Lee y Rob Liefeld. Las constantes del cambio se reiteran en cada uno de sus episodios. Los tres grupos mutantes actúan como un ejército que arrasa Genosha mientras combate a Cameron Hodge, viejo conocido de X-Factor ahora transformado en un ciborg de aspecto repugnante. Ya no hay tiempo para el tratamiento de personajes, para la tortura existencialista que fuera la marca de la casa.

Weezie Simonson abandona Marvel sin que nadie mueva un dedo para evitarlo. Muy al contrario, a la vez que Rob Liefeld queda como autor único de The New Mutants, Harras ficha a Whilce Portacio, el mejor amigo de Jim Lee, para que dibuje X-Factor, y al mismo Lee para que la escriba. “Seguro que puedes, Jim”, afirma Harras. Seguro que no. Lee llama inmediatamente a Claremont. “Socorro”, dice. “¿Puedes escribir tú los diálogos?”. Y Claremont, que echa de menos trabajar con Cíclope, que siente como sus niños se le escapan de las manos por momentos, accede. Lee y Portacio tienen en mente el combate definitivo entre X-Factor y Apocalipsis, una aventura de proporciones épicas cuyo final recupere el sabor de la saga de Fénix Oscura. El acontecimiento que se convierta en un nuevo clásico del noveno arte no va a ser esta vez la muerte de un personaje importante. ¡Va a ser una boda! La boda de Jean Grey y Scott Summers.

Los profetas están equivocados. La historia nunca se repite, pero lo disimula muy bien. Claremont, Lee y Portacio preparan El manifiesto Apocalipsis, un arco argumental de cuatro números (XF 65-68, IV-VII 91). Tienen previsto que durante la saga Jean y Scott se casen, Apocalipsis interrumpa la boda y aparezcan los Askani, un clan religioso procedente del futuro cuya misión es proteger a Nathan Summers, el hijo de Scott. Harras cree que un acontecimiento de esa magnitud merece que Marvel se vuelque en promocionarlo. Cuando Tom DeFalco conoce sus planes, le frena en seco. “Estás confundido, Bob”, asevera. “Un acontecimiento de esa magnitud lo que merece es que ocurra en Uncanny X-Men, no en X-Factor”. Pero en Uncanny no puede celebrarse la boda. Al menos no de momento. Ni Scott ni Jean pertenecen a la Patrulla-X. Claremont, Lee y Portacio se quedan compuestos y sin novia. En su lugar, improvisan algo diferente. No hay boda, pero Apocalipsis ataca al grupo y secuestra a Nathan. Si el niño es valioso para Mister Siniestro, también lo puede ser para Apocalipsis. La batalla se traslada a la Luna, como en el último capítulo de la Saga de Fénix Oscura. X-Factor rescata a Nathan, pero ya es demasiado tarde. Apocalipsis lo ha infectado con un virus tecnológico que lo está matando. Entonces aparece una sacerdotisa Askani con la solución: llevarse al bebé al futuro, “donde será amado, porque se le necesita desesperadamente”. Al parecer, Nathan crecerá para convertirse en una especie de Mesías. La viajera del tiempo se refiere a él como “el elegido”. Cíclope sabe que nunca volverá a ver a su hijo, pero acepta el sacrificio. El XF 68 termina con un discurso del Vigilante similar al que hiciera en la última página del UXM 137: “Pase lo que pase estaré presente para maravillarme con esta extraña, salvaje y fascinante raza de seres cuyo nombre es la suma de sus mejores atributos y más nobles aspiraciones. Raza humana”

 

Es verano de 1990. Rob Liefeld telefonea a su viejo amigo Fabian Nicieza, guionista de The New Warriors, la gran serie de la temporada. Rob tiene un problema y una idea. Primero explica cuál es su problema. Tras la marcha de Weezie Simonson, él mismo va a encargarse de escribir las aventuras de Cable y los bebés-X. Va a ocuparse tanto de los argumentos como de los dibujos. “Sé que puedo tener más ideas en un solo número que un guionista en doce”, presume. Sin embargo, necesita que alguien escriba los diálogos. Él no se siente capaz. Cree que Nicieza es la persona indicada. Nicieza está saturado de trabajo, pero acepta. Puede ser divertido. Los bebés-X forman un grupo muy diferente a los Nuevos Guerreros. A continuación, Rob le explica cuál es su idea. Pretende que la colección cierre en el TNM 100 para a continuación ser relanzada con nueva numeración, nuevo nombre, nuevo planteamiento y nuevos personajes. Nicieza no está de acuerdo. “Es un error cerrar uno de los títulos Marvel mejor vendidos”, dice. Pero Rob insiste hasta convencerle. Ya son dos. Juntos convencen a Sven Larsen, director de Marketing. Ya son tres. Juntos convencen a Bob Harras, editor de las series mutantes. Ya son cuatro. Juntos convencen a Tom DeFalco, director editorial de Marvel.

 

-De acuerdo, pero vamos a hacerlo a lo grande.

“A lo grande” quiere decir que el número uno de la nueva colección se venda precintado junto con un cromo. Que haya cinco cromos diferentes, para que el lector que quiera conseguir todos deba comprarse otros tantos ejemplares. Que haya además una versión sin cromo, pero con tintas metálicas en la portada. El objetivo es repetir la Operación Todd McFarlane. El Spider-Man 1 (VIII 90), con guión y dibujos de Todd McFarlane, ha vendido tres millones de ejemplares. La industria del cómic jamás ha conocido cifras similares. Especuladores y Marvel zombies han hecho de este tebeo su más preciado tesoro. La fuente de tanta felicidad tiene cinco portadas diferentes, enormes viñetas redundantes, escaso diálogo, nulo argumento, un Lagarto aterrador y una espectacular Mary Jane Parker. Reconocida la fórmula magistral, en Marvel llevan meses buscando el siguiente crack. El entusiasmo crece en la Oficina-X ante el proyecto que lidera Rob Liefeld. X-Force, así se llamará. Suena potente, tiene garra y una X muy grande al principio. Pronto, el lanzamiento de la nueva serie ocupa casi todas las horas laborales de Bob Harras.

Liefeld utiliza los últimos números de The New Mutants para reordenar el grupo a su antojo. En el TNM 98 (II 91) debuta Dominó, una vieja novia de Cable. “Si Cable fuera Clyde, Dominó sería Bonnie”, explica Nicieza. En el siguiente número llegan Feroz, una Loba Venenosa sin la dulzura de Rhane, y Estrella Rota, una copia de Longshot con el añadido de dos espadas y muy mala leche. Ese mismo mes, Mancha Solar abandona el equipo ante sus diferencias con Cable. El nuevo grupo se completa con Sendero de Guerra, el hermano de Ave de Trueno, quien hasta ese momento formaba parte de los Infernales de Emma Frost. También surgen nuevos villanos, como Masacre, un mercenario bocazas fruto de colocar dos pistolones a una copia de Spider-Man. Cuando perpetra la última página del TNM 100 (IV 91), Liefeld ha eliminado a casi todos los personajes que escribiera Weezie Simonson. Sólo quedan dos, Bala de Cañón y Bum-Bum. Nadie recuerda ya a aquellos críos que aprendían a vivir mientras peleaban contra el simpático villano del día. El ejército bien engrasado por Cable les ha sustituido. Por si alguien no se ha enterado del nuevo estilo del grupo, Cable asesina a un villano desarmado en la página dieciocho del TNM 100. “Vinisteis aquí traídos por un hombre que tenía un sueño. El sueño ha muerto. Es hora de enfrentarse a la realidad. Ha llegado la hora de convertirse en una fuerza que cambie el mundo. Una fuerza… legal o no, que luche por lo que es correcto”, sermonea Cable.

“He leído en Time unos cuantos artículos sobre los Niños de la Guerra”, explica Nicieza. “Son críos de catorce y quince años obligados a participar en un conflicto bélico. Se vuelven muy duros y cínicos. En eso se han convertido los X-Force, en Niños de la Guerra. Los Nuevos Guerreros se divierten cuando hablan entre ellos. Los de X-Force no. No me los imagino sentados en un sofá mientras ven Magnum, como solían hacer. Eso se ha terminado”. Marvel anuncia la salida de la serie, momento en el que los malos pronósticos de Nicieza se caen por su propio peso. Al departamento de ventas llegan unos pedidos iniciales que superan los tres millones de ejemplares. “Creo que voy a ganar dinero suficiente para pagar mi hipoteca… y todavía me quedará un poco para irme a cenar”, bromea Nicieza.

Es 1989. Un periodista pregunta a Bob Harras:

 

-¿Qué harías si Chris dejara la serie?

-Ésa es una pregunta irreal. No puedo imaginarme a Chris haciendo eso. Creo que me daría un ataque al corazón.

-A ti y al departamento de ventas.

-Sí, seguro. Honestamente, creo que le pediría a Weezie Simonson que le sustituyera.

1991. EL LANZAMIENTO DE X-MEN Y LA MARCHA DE CHRIS CLAREMONT

Es 1991. Weezie Simonson ya no está. La única preocupación de Bob Harras consiste en retener al dibujante que le ha dado a Uncanny unas ventas mensuales de seiscientos mil ejemplares, un veinticinco por ciento más que en los años precedentes. Por primera vez en más de diez años, Chris Claremont descubre un día que el control ya no está en sus manos. Desde la marcha de John Byrne, el Patriarca Mutante ha regido los destinos de la Patrulla-X. Nadie ha discutido nunca eso. Weezie y Ann comprendían, mejor que nadie, que la fuerza creativa la poseía Claremont. Ahora Weezie ha claudicado, y Ann prefiere hacer otros cómics, como Daredevil o Inhumanos, alejados del huracán mutante. Bob Harras es un tipo diferente, buen conversador, agradable y ambicioso, demasiado ambicioso. Un hombre de empresa que toma decisiones pensando en la cuenta de resultados, a diferencia de aquellas chicas que creían que editar un cómic era supervisar el proceso y echar una mano a los autores. En cuanto a los dibujantes, Claremont se ha preocupado siempre de adecuar sus historias al tipo de artista, una forma inteligente de hacer que todos se sientan cómodos tocando la melodía que les pide ese hombre sabio que conoce mejor que nadie a sus mutantes. Unos (Paul Smith, John Romita Jr.), en su papel de artesanos obedientes; otros (Frank Miller, Bill Sienkiewicz) en perfecta sintonía con el guionista, en una simbiosis de la que salen productos inmejorables. Pero Jim Lee piensa distinto. Tras Proyecto Exterminio surgen las primeras diferencias artísticas entre ambos autores. Jim Lee tiene su propia visión de la Patrulla-X, una visión clara y definida que choca de bruces con la de Claremont. Donde éste le pide escenas de hombres-X hablando, sufriendo, llorando, él dibuja acción, acción y más acción. Patadas, rayos, truenos… y chicas. Muchas chicas. El Sport Illustrated Summer Special con superpoderes, las Playmates de Playboy disfrazadas de Pícara, de Tormenta, de Mariposa Mental. ¿Donde han quedado aquellas mujeres que parecían reales? No se las adivina en esa Pícara de caderas imposibles. Sí, por primera vez en más de diez años, Claremont se ve obligado a plantarle cara a su dibujante. Por primera vez en más de diez años, pierde la batalla.

Bob Harras ha conocido el antes y el después. Como editor de X-Factor, conoció el poder de Claremont sobre Marvel, ese poder que se llevaba por delante guionistas (como Bob Layton) y lo que hiciera falta. Siendo editor de Uncanny, Harras ha visto como los mutantes caían en una peligrosa inercia. Seguían siendo los más vendidos, pero no estaba claro por qué. Cuando en 1991 se disparan nuevamente la ventas, basta un análisis frío y calculado para descubrir la causa. Y la causa se llama Jim Lee. Si la Patrulla-X vive una nueva edad de oro es gracias al Chico Midas. Chris Claremont es ahora, en el mejor de los casos, una parte más del engranaje y, en el peor, el obstáculo que impide a ese engranaje funcionar como debiera. Cualquiera que mire más allá de las quejas del guionista sabría verlo. Bob Harras lo ha visto. Lo ha visto más claro que nunca cuando en la oficina-X trabajaban en las dos nuevas colecciones que han de unirse al Spider-Man de Todd McFarlane. Sí, dos, mejor que una. Sesenta días después del lanzamiento de X-Force, llega X-Men.

X-Men es el spin-off definitivo, porque es el primero que va a superar a la serie madre para colocarse a su altura. “X-Men sin adjetivos. Simplemente X-Men”, repite Harras. Igual que el “Spider-Man sin adjetivos. Simplemente Spider-Man”, de Todd McFarlane. No hay ninguna razón especial para lanzar el nuevo título, salvo tener una plataforma que, al igual que a McFarlane, lance a Jim Lee al estrellato definitivo y a Marvel a las mayores cotas de rentabilidad de su historia. Harras lo tiene claro. La Patrulla-X no es un cómic. Es una franquicia, la Franquicia Mutante. Como Star Wars, como el Pato Donald, como Indiana Jones. Y tiene que dar tanto dinero como todas ellas.

De mala gana, Claremont prepara la nueva serie. De nuevo reuniones, reuniones y más reuniones. De nuevo, discusiones, discusiones y más discusiones. Tom DeFalco se une a un grupo de trabajo formado por Claremont, Harras, Lee y Portacio. DeFalco exige una única Patrulla-X formada por cinco miembros. Sus aventuras se continuarían de un título a otro. Claremont será el guionista de las dos, mientras que Lee dibujará la primera y Portacio la segunda. Tanto Claremont como Harras están en desacuerdo con el director editorial. Por su experiencia haciendo crossovers, saben lo difícil que es coordinar a dos dibujantes diferentes para que se repartan una misma historia. Aunque trabajen codo a codo, como es el caso de Lee y Portacio, los errores de racord y las necesarias correcciones acaban multiplicándose exponencialmente. “Eso es hacer mensual la pesadilla de los crossovers anuales. No estoy dispuesto a pasarme el resto de mi vida pendiente de cumplir las fechas de entrega”, dice el Patriarca Mutante. Cree que cada colección debe tener sus protagonistas diferenciados y una personalidad propia. Por eso propone crear dos Patrullas. Con un montón de personajes a su disposición, quedarse sólo con cinco sería un desperdicio de recursos. Después de tantos años, es incapaz de decidir entre media docena.

Por otra parte, Bob Harras quiere recuperar a los hombres-X originales, al actual X-Factor, e integrarlos de nuevo en la Patrulla-X. A Claremont también le seduce la idea de volver a trabajar con Cíclope o la Bestia. “Vale, tenéis razón”, dice DeFalco. “Haced dos Patrullas”. A cambio, X-Factor pierde todos sus protagonistas, pero Harras ofrece un plan de salvación para la serie que pasa por rescatar a varios mutantes olvidados (Kaos, Polaris, Madrox, Loba Venenosa, Fortachón y Mercurio) y ponerlos a las órdenes del Gobierno. Peter David, el popular guionista de Hulk, se hace con los guiones (XF 71, X-91). “A partir de ahora, X-Factor va a ser la hermanita pobre de los mutantes”, le advierte Harras. “Mejor así”, contesta David.

 

En los meses siguientes, Claremont abandona los guiones de Excalibur, ya que no quiere escribir X-Men en el estado de agotamiento absoluto que ahora padece. En Cruce de caminos (UXM 273-277, II-VI 91) deja todo listo para el lanzamiento de la nueva serie. Por un lado, Magneto y Pícara viven una pequeña historia de amor destinada al fracaso. “Ya estoy comprometido. Tanto como puede estarlo un corazón lleno de fantasmas”, se lamenta Magnus, quien rompe definitivamente las promesas que hiciera. “No soy Charles Xavier. Nunca seré Charles Xavier. Fui un idiota por intentarlo. Como él lo fue, por creer que podría conseguirlo”. Paralelamente, la Patrulla viaja al espacio, donde se encuentra con el Profesor-X, los Saqueadores Espaciales y la Guardia Imperial. Lee altera buena parte de la historia, con el consiguiente enfado de Claremont. En el guión que le entrega al coreano no aparecen los skrulls, convertidos por Lee en los villanos de la aventura. Por otra parte, el dibujante reintroduce los uniformes de la Patrulla-X original sin que vengan a cuento. Molesto con los cambios, el Padre Mutante acude en busca del respaldo de Harras, pero no lo encuentra. “¿Qué quieres que haga? ¿Qué me ponga en contra de nuestro dibujante más rentable?”, pregunta el editor. Las discrepancias no acaban ahí. Los planes de Claremont pasan por matar a Xavier. A partir de esa tragedia y en el plazo de un año, Magneto se vería obligado por lo ocurrido a dar un paso hacia delante y ponerse el manto de héroe tanto si le gusta como si no. Tras escuchar esas intenciones, Harras se niega. Lejos de aceptar la muerte del Profesor-X, el editor pretende (y consigue) que Xavier recupere tanto su viejo papel de maestro de mutantes como su oxidada silla de ruedas. En el colmo del sadismo, el calvo vuelve a perder el uso de sus piernas en el UXM 280 (IX 91), tebeo que antecede cronológicamente al X-Men (XM) 1. Por otra parte, Magneto retorna a su papel de villano, ya que así es como debe aparecer en la nueva colección. Se cumplen de esta forma las directrices de Tom DeFalco acerca de la machacona “vuelta a los orígenes”.

Con Xavier en su sitio, el siguiente paso hacia la nueva colección es decidir qué hombre-X se queda en cada grupo. De nuevo reunido con Lee y Portacio, Claremont propone un pequeño juego.

-Vamos a repartir cromos

Ambas Patrullas vivirán en la Mansión, donde se podrá encontrar a cualquiera de sus respectivos miembros. La separación en dos equipos funciona a la hora de entrar en acción. A partir de la terminología empleada en los submarinos nucleares, Claremont denomina Equipo Azul al que interviene en X-Men, y Equipo Oro al de Uncanny. Ninguna de las dos series va a ser la principal, aunque es obligatorio que Lobezno y Cíclope estén en el Equipo Azul. El resto de los personajes se reparten en función de las preferencias de los dos artistas. Portacio sabe sacar gran partido visual al Ángel y al Hombre de Hielo, ya que los ha dibujado en X-Factor. Pasan, por lo tanto, al Equipo Oro; Gambito, Mariposa Mental y Pícara son personajes redefinidos bajo los lápices de Lee, que se los queda para su colección; Coloso y Tormenta completan el Equipo Oro en tanto que la Bestia y Júbilo cumplen idéntica función en el Equipo Azul.

Ya está todo listo para empezar la nueva serie. La única condición que pone Jim Lee es poder escribirla. Junto a Chris, por supuesto. ¿Cómo dejar de lado al Stan Lee de mi generación, al hombre que, hasta hace unos pocos meses, lo era todo para la Patrulla-X? En menos de un año, Claremont se encuentra a sí mismo argumentando la serie junto a ese Chico Midas salido de la nada. ¿Cómo va a conocer los pensamientos, las reacciones de personajes que le doblan la edad? En un mundo justo, Jim Lee debería, como mucho, escribir los diálogos de Júbilo. Pero no hay justicia en este mundo. Lee quiere historias cortas y sencillas, de tres números a lo sumo. Como un niño con zapatos nuevos, el dibujante disfruta diseñando personajes y uniformes. De su bloc de dibujo surgen los Acólitos, un grupo de fanáticos adoradores de Magneto; Rojo Omega, un Dientes de Sable a la rusa, y Belladonna, la nunca antes mencionada esposa de Remy Lebeau. Ha elaborado también nuevos trajes para Cíclope, Jean Grey y Pícara que siguen el modelo iniciado con la gabardina de Gambito. Sobre las típicas telas de colores chillones aparecen cazadoras, bolsillos, bandoleras… Lee ha creado incluso una silla de ruedas cibernética para Xavier.

Y Claremont se engaña a sí mismo. Cree que todo puede volver a ser como era antes. Antes de que se marcharan Weezie, y Walt, y Ann. Antes de sentirse solo, en medio de una cumbre silenciosa. Antes de que el proceso creativo fuera una lucha diaria contra fuerzas demasiado poderosas. Pero hay una prueba definitiva que le demuestra que el “antes” no volverá. Ha tenido una idea genial, la mejor que se le ha ocurrido en mucho tiempo. Ha pensado un argumento que le devolverá el favor de los lectores, que les mantendrá en suspense durante al menos los dos próximos años. Vale, es exactamente lo contrario a las aventuras breves de Lee. Pero es la bomba.

 

-Perdona, Chris. No entiendo, ¿puedes repetírmelo?-, pregunta Harras, escéptico.

-Voy a matar a Lobezno.

-Otra vez, más despacio.

            -Que voy a matar a Lobezno.

 

Claremont ha meditado la estructura hasta el mínimo detalle. Notas iniciales para los argumentos previstos por el Patriarca Mutante para los veinticuatro próximos meses: El primer número de X-Men representa un nuevo comienzo, algo así como “Bueno, vale, si no nos has leído antes, la cosa funciona de esta manera. Aquí tienes la mansión, los personajes, sus motivaciones y su entorno”. Multiplicamos por tres la gran pregunta final del Giant-Size X-Men 1: ¿Qué hacemos con cincuenta y tres hombres-X? El cómic empieza con una gran secuencia de cinco páginas. Decenas de mutantes peleando con otros tantos villanos. Perfecto para Jim Lee. Aparecen Cíclope y Tormenta. No pelean. De hecho, para ellos, parece como si no hubiera lucha. Están sentados, se pasean, toman notas. La imagen se congela. El lector descubre que lo que ha visto es una simulación creada en la Sala del Peligro. Los líderes de la Patrulla la utilizan para combinar las posibilidades de cada miembro. En las siguientes páginas, prueban varias opciones. “¿Lobezno debe estar en el mismo grupo que Júbilo? ¿debemos dejar de lado a una mutante tan joven? ¿dónde metemos a Jean y dónde a Scott?” Tormenta y Cíclope van desechando unas ideas y quedándose con otras hasta que deciden la formación de los dos equipos (Azul y Oro). En medio de todo esto aparece Magneto. Tenemos la pelea de rigor. Magneto y Xavier han llegado a una separación irreconciliable. Magneto está convencido de que la humanidad le traicionará. Xavier de que no. El hombre de Estado frente al terrorista… ¿quién tiene razón? El lector concluye que éste es un mundo desagradable y que la Patrulla-X tendrá que estar a la altura de las circunstancias. Ahora pasamos al segundo número, donde Dama Mortal arranca el corazón a Lobezno. Ambos mueren. En meses posteriores, tenemos funerales, lloros y lamentos, etc. Entonces aparece La Mano, que secuestra el cuerpo de Logan y lo resucita, como hizo con Elektra. Vemos el largo proceso de recuperación. El factor curativo funciona ahora de una manera muy interesante. Se ocupa sobre todo de reconstruir el corazón, mientras deja de lado las extremidades. Sus brazos y sus piernas comienzan a pudrirse mientras el corazón se regenera. Va a ser algo muy, muy desagradable. En el Uncanny X-Men 294, prevé Claremont, Lobezno ya recuperado se convierte en el líder de La Mano. A partir de aquí, la historia continúa de una serie a la otra hasta que alcance un punto en el que Logan luchará por la bondad de su alma. Y vencerá. Paralelamente, el Padre Mutante calcula cada una de las reacciones de los otros personajes. Van desde la de Cíclope (“Lobezno se ha vuelto malo y hay que acabar con él”), a la de  Xavier, que se muestra inflexible acerca de la necesidad de que Logan vuelva a la luz. Jean Grey y Coloso alcanzarán las posturas más radicales. Mientras la primera decide acudir al rescate de su compañero e incluso fingirá ser su amante, Peter llegará a arrancarle las garras en el curso de una pelea.

 

            -Es el mayor conflicto al que se ha enfrentado la Patrulla-X desde que se fundó. Uno de los suyos, el alma del grupo, será su peor enemigo –concluye Claremont, orgulloso.

-Éso no funciona –responde Harras.

 

No funciona porque Lobezno tiene colección propia, no funciona porque Lobezno tiene que aparecer como invitado especial en la mitad de los títulos que Marvel publica, no funciona porque Lobezno es el héroe favorito de todos los chicos que compran Uncanny y que comprarán X-Men. ¿Cómo les explicas a esos chicos que ahora es uno de los malos? No funciona.

Llegados a ese extremo, la discusión se traslada al despacho de Terry Stewart, el presidente de la compañía. Éste da la razón a Harras. Que quede claro: esta empresa funciona como una máquina. Cada mañana vienes aquí, pulsas las teclas adecuadas, el engranaje se pone en marcha y todos somos felices. Pero mucho cuidado con mover ese engranaje, aunque sea para mejorarlo, porque lo estropearás. Cada pieza en su sitio, cada trabajador en su sitio. Es la prueba definitiva. Claremont está invitado a escribir las historias de los hombres-X siempre que se pliegue a los dictados de Bob Harras; siempre que no tenga inconveniente en compartir créditos con Jim Lee; siempre que sea el dialoguista que exigen que sea.

 

-No pienso quedarme para ayudaros a destruir lo que he tardado diecisiete años en crear.

-Yo no lo veo así –sostiene Harras.

-Ya sé que tú no lo ves así, pero yo no tengo otra alternativa. Que te jodan. Me voy.

 

Pueden hablar durante horas, pero no lo hacen en el mismo idioma. Claremont se pregunta si alguna vez lo han hecho. Durante las semanas siguientes, sólo se comunican mediante fax porque ambos quieren una copia escrita de cada cosa que dicen. En prensa, Marvel anuncia que “Chris Claremont va a tomarse un pequeño descanso de un año durante el que no escribirá ningún cómic”. El aludido, al que todavía intentan convencer de que dé marcha atrás, salta a la palestra para exponer los trapos sucios y dejar claro que su cese tiene carácter irrevocable. En un principio, no quiere siquiera comenzar X-Men, pero su mujer le convence para que el primer número de la nueva serie, del que se esperan ventas millonarias, sea el de su finiquito, un dinero que necesitan para la hipoteca. Haré X-Men 1 porque creo que me lo he ganado, afirma. En Marvel responden: “De acuerdo, podremos vivir con eso”.

Nunca antes en toda su vida Claremont se ha sentido más triste. No es así como deben escribirse los tebeos, no es así. Deberías disfrutar haciéndolos, leyéndolos. Debería ser la clase de cosas donde tú te sientas y hablas de los personajes, las aventuras y el sentido que hace que todo encaje. Pero eso se acabó. Cuando empieza a desarrollar su última historia, ésta se alarga a tres espectaculares episodios (XM 1-3, X-XII 91) en los que Magneto y Charles Xavier llevan su viejo enfrentamiento hasta un punto de no retorno. El Amo del Magnetismo muere entre fuego y gloria, traicionado por uno de sus Acólitos y salvando la vida a la Patrulla-X con su último aliento. “Te devuelvo tu sueño, Charles. Pero me temo que, con el tiempo, cuando comprendas que nunca fue más que la esperanza de un loco, te romperá el corazón. Adiós, viejo amigo”, son sus últimas palabras.

Marvel pone a la venta cinco versiones diferentes del X-Men 1. Vende siete millones y medio de ejemplares, el doble de los conseguidos por el X-Force (XFO) 1 (VIII 91). Gran parte de la tirada va a manos de especuladores; otra queda en poder de los libreros especializados y una mínima porción, no más del diez por ciento, acaba en las estanterías de los aficionados. Con esos beneficios en la mano, la marcha de Claremont se considera una pérdida aceptable. El Padre Mutante conoce en carne propia el precio que le ha costado su sueño de autonomía creativa. Aprende que también se puede morir de éxito. Sus casi dos décadas al frente de la strip son reducidas a la nada, al polvo absoluto. En Marvel demuestran una dramática falta de perspectiva histórica. Tom DeFalco no mueve un dedo por evitar lo inevitable. ¿Por qué? Tiene siete millones de razones. Importa más el día a día. Importa más una gloria pasajera de cartón-piedra que sueñan convencidos será permanente. Jim Lee se queda, ¿no? Eso es suficiente. También ahí se equivocan. Tampoco eso les importa.

Boceto inicial y final de la portada de X-Men 1

Es verano de 1991. Jim Lee asiste a la San Diego Comic Con. Los guardias de seguridad hacen ímprobos esfuerzos para que el millar largo de fans deseoso de conseguir la firma de su ídolo mantenga el orden y la compostura. Las colas se forman por riguroso orden de llegada. Cada aficionado recibe un número que ha de presentar en su debido momento. No hay dibujos, el alto número de congregados lo impide. Jim Lee tan sólo puede firmar tres ejemplares por cabeza. “Eres el mejor, Jim. Quiero ser como tú”, o algo así, vienen a decir ocho de cada diez chavales. Los dos que quedan apenas son capaces de dar las gracias por la rúbrica, impresionados ante la presencia del que juzgan Dios del Cómic. El Chico Midas no se cree lo que está viviendo. Todos quieren ser su mejor amigo. En apenas un año se ha hecho millonario. Marvel acaba de anunciar que, tras el X-Men 3 y el Uncanny X-Men 281, él y su amigo Whilce Portacio asumirán los destinos del Universo Mutante. “Quiero dejar huella”, afirma Lee. “Me gustaría hacer unos cincuenta números”. Muchos son los que respiran aliviados ante la salida de un guionista que, dicen, escribe por mera costumbre desde largo tiempo atrás. Confían en que el Chico Midas y su gente sepan dar a la strip un soplo de aire fresco. ¿En qué consiste? Lee sabe que lo suyo no son los argumentos complicados o los personajes dolientes. Nada de llorones ni de historias que se alargan durante años. En su lugar, habrá más acción, más viñetas grandes, menos diálogo que tape sus dibujos y aventuras que, como mucho, duren cuatro números, que luego los lectores no se aclaran.

Es verano de 1991. Claremont hace su primera aparición pública desde que ha abandonado X-Men. Yo salvé la industria del cómic en los años setenta y volveré a salvarla en los noventa, proclama. Tiene proyectos, muchos proyectos. El pasado es prólogo, el futuro que preveo es la guerra. Va a dar a DC unos héroes, Sovereign Seven, de los que mantendrá la propiedad intelectual para evitar las injerencias editoriales. Unos héroes que van a significar el siguiente paso de excelencia no en su carrera, sino en la historia del medio. Pero Claremont no sólo escribirá cómics. Va a escribir más novelas. En solitario y en compañía de George Lucas. Primero el cómic, luego la narrativa pura y, por último, el cine. Todos rendidos a sus pies. “Señor Claremont”, pregunta uno de los asistentes, “¿qué cree que va a ser de X-Men sin usted?” X-Men, dice Claremont, caerá por su propio peso. Dentro de unos meses, nadie comprará X-Men.

Pocos son los que escuchan sus palabras. Menos aún los que las creen.

 

1997. JOE KELLY Y STEVEN T. SEAGLE EN LA PATRULLA-X

El director editorial Bob Harras acaba de hablar con Joe Kelly, un guionista recién llegado al negocio que ha sorprendido a todos por su divertido trabajo en Deadpool. Le ha ofrecido escribir X-Men y ha aceptado, así de simple. También está buscando a alguien para Uncanny. Visto el tamaño alcanzado por el ego de Lobdell una vez convertido en el único guionista de los dos títulos principales, Harras prefiere volver a la cohabitación. En días sucesivos, contrata a Steven T. Seagle, quién al igual que Kelly, apenas lleva unos meses en Marvel, donde se ocupa de la nueva serie dedicada a Alpha Flight. Sólo ha hablado una vez con él, pero la conversación se le ha quedado grabada.

 

-Steve, déjame que te pregunte algo… ¿Qué te parece la Patrulla-X?

-Bueno, cuando era crío me encantaba. Pero ahora me parece una mierda.

-¿Y eso?

-Es una lata. Nunca pasa nada.

 

 

Los cambios en la franquicia se completan con el trasvase de Larry Hama desde Wolverine (WOL 118, XI 97) a Generation-X (GX 33, XII 97); la entrada de Chris Bachalo en Uncanny para sustituir a Joe Madureira, y la llegada de James Robinson a Cable (CB 44, VI 97). Por primera vez en muchos años, los responsables de las colecciones-X salen a pescar autores prestigiosos que han triunfado en anteriores trabajos. Tanto Bachalo como Seagle vienen de Vertigo, la línea adulta de DC. Robinson despunta como uno de guionistas más sólidos de los noventa. Desde 1992, no ha importado quién escribiera X-Men. Ahora el énfasis vuelve a estar puesto sobre la parte creativa. ¿Ha llegado la hora de recuperar la gloria y el orgullo perdidos? Eso es lo que piensan los nuevos capitanes de Marvel, que abren conversaciones con antiguos colaboradores de la Casa de las Ideas. Una de las primeras personas con las que contactan es Chris Claremont. El viejo Patriarca Mutante se ha pasado los últimos años preparando novelas mientras hacía contadas incursiones en el mundo del cómic. La única serie regular que ha guionizado en todo este tiempo es Sovereign Seven, por la que ha recibido pésimas críticas, escasa atención del público y una continuidad en su publicación por parte de DC debida más al nombre del autor que a los escasos beneficios de la obra. “¿Le gustaría volver a X-Men?”, le preguntan en cada entrevista que concede. Nunca hay un no rotundo, sólo condiciones. Que todo vuelva a ser como antes, que pueda hacer y deshacer a su antojo, que el control vuelva a sus manos. Condiciones imposibles de satisfacer.

Ahora Marvel vuelve a llamar a su puerta. Le dicen que las cosas han cambiado, que pretenden recuperar la ambición por ser los mejores, tanto en el aspecto creativo como en el comercial. Han descubierto que la empresa lleva años cometiendo enormes fallos que deben ser solucionados. Se acabaron las portadas con truco, se acabaron los crossovers sin sentido. Vuelven las buenas historias bien dibujadas como primer paradigma para alcanzar el éxito comercial. Por eso le piden que regrese a casa, no para escribir la Patrulla-X, como a él le gustaría, sino para ser el vicepresidente de la empresa, un puesto sólo por debajo del que ahora goza Bob Harras. Su misión, si decide aceptarla, señor Claremont, consistirá en coordinar a los editores para ayudarles a crear el tono general y la estructura del Universo Marvel. También supervisará proyectos e impulsará la búsqueda de promesas emergentes. Demasiado bonito para negarse. Qué diablos, ningún odio eterno dura mil años, y ya han pasado siete desde la última vez que entró en el 387 de Park Avenue. Y Chris Claremont, el expulsado a las tinieblas exteriores que lleva más de un lustro echando pestes de Marvel, regresa como si nada hubiera pasado. Y Chris Claremont, el escritor maldito arrinconado por los malvados editores, se convierte en el ojo acechante que vigila cada una de las acciones de esos editores. Y Chris Claremont, el creador de las tramas infinitas, acaba obligando a todos los guionistas de la Casa de las Ideas a realizar historias autoconclusivas. Y Chris Claremont, comprobado que no puede vencer al enemigo, se va a tomar café con él. No cabe duda. El destino juega a provocar. Scott Lobdell lo comprueba en sus propias carnes. Lobdell deja la Franquicia Mutante con la promesa de un futuro mejor en The Fantastic Four. Después de escribirla durante tan sólo tres meses, le sustituyen por Claremont, su predecesor en X-Men. ¿Justicia poética, tal vez? Tal vez no, porque el encargo llega al Patriarca Mutante en mal momento, con unos primeros números que parecen obra de un principiante, por no hablar de los cuatro capítulos de Wolverine que firma en la peor de sus crisis literarias (WOL 125-127, VI-VII 98).

Es verano de 1997. Steven Seagle aterriza en Uncanny con cuarenta y ocho horas de plazo para dialogar la última aventura escrita por Lobdell, en la que por fin se desvela el gran secreto que une a Gambito con Mister Siniestro (UXM 350, XII 97). El imperdonable pecado de Remy Lebeau consiste en haber conducido a los Merodeadores de Siniestro hasta los túneles donde vivían los Morlocks, donde desencadenaron La masacre mutante. Sin embargo, Lobdell comete un enorme error en su último trabajo para la franquicia. Un simple vistazo al UXM 210, prólogo de La masacre mutante, le serviría para descubrir, maravilla, de las maravillas, que fue Tommy, una morlock anónima, la que, accidentalmente, condujo a los Merodeadores hasta los túneles, y no ningún individuo en gabardina. Por si hay lugar a la duda, éstas son las palabras que dice Cazador de Cabelleras antes de asesinar a Tommy: “Te dejamos marchar PARA QUE NOS GUIARAS HASTA AQUÍ”. Sin comentarios. La rapidez con la que Seagle ha de escribir los diálogos del UXM 350 añade nuevos errores, como por ejemplo desordenar la historia del personaje. Se supone que la función de un editor es evitar tales despropósitos, pero Mark Powers parece estar demasiado ocupado en vigilar las cifras de ventas como para dedicarse a nimiedades.

Lobdell también deja un argumento colgado en X-Men. Se trata de la saga Operación Tolerancia Zero (XM 66-70, VIII-XII 97), cuya realización se convierte en un catálogo de despropósitos. Como todas las grandes ideas de Lobdell, tiene un comienzo explosivo para desinflarse inmediatamente. En ella se presenta a Bastión, un peligroso individuo que lidera la nueva generación de Centinelas. Lobdell se desentiende de tal manera del crossover que ha de ser Larry Hama quien ate todos los cabos sueltos en Wolverine (WOL 115-118, VIII-XI 97). Durante la Operación Tolerancia Zero se presenta además a Oruga, Médula y la doctora Cecilia Reyes, tres nuevas incorporaciones que despiertan enseguida las simpatías de Joe Kelly. En su primer número en X-Men (XM 70, XII 97), los personajes vuelven a hablar con voces diferenciadas en una historia de ritmo frenético en la que no hay un momento para el aburrimiento. Otro tanto ocurre cuando Seagle escribe un guión completo sin necesidad de basarse en el argumento previo dejado por Lobdell (UXM 351, I 98). La falta de frescura y espontaneidad que fuera dueña y señora de los años pasados desaparece en apenas un mes. Resulta imposible pedir un arranque mejor a los recién estrenados guionistas, que pronto descubren lo bien que se complementan. Pese a vivir en ciudades diferentes, Seagle y Kelly traban una sincera amistad que les lleva a discutir los argumentos sin hablar antes con Mark Powers. Incluso llegan a proponer a éste que escriban entre los dos ambas series, a lo que el editor se opone. Prefiere mantener un tono distinto en cada una de ellas.

Los nuevos guionistas saben que están sometidos a un estricto control editorial, pero su falta de experiencia les lleva a pensar que con una estrategia bien calculada pueden poner a Powers de su parte. Seagle invita a Kelly a pasar unos días en su casa de California, donde planean cosas radicales, desde matar a Mariposa Mental a recuperar a Fénix. Calculan que, en el plazo de medio año, disgregarán la Patrulla-X en dos grupos. Uno, participado por los hombres-X clásicos, protagonizará Uncanny y se verá envuelto en el retorno de Fénix; el otro, centrado en los nuevos miembros, actuará en X-Men. “Van a ser como la Coca Cola clásica y la nueva”, explica Seagle.

De vuelta a Nueva York, se celebra la primera reunión después de la marcha de Lobdell. En la mesa redonda se sientan, además de los escritores y dibujantes, Bob Harras (director editorial), Mark Powers (editor de la Oficina-X) y Jason Liebig (ayudante de edición). En cuanto pueden, Kelly y Seagle dan a conocer algunas de sus ideas. Unas pocas se aprueban, otras no. Nada de disgregar los equipos y mucho menos de resucitar a Fénix. Ésta última negativa provoca que un número completo de Uncanny tenga que ser reescrito por completo (UXM 357, VII 98). Los guionistas sí consiguen el visto bueno para lo que llaman crossnews. Consiste en que un suceso determinado se mencione y afecte de alguna manera a varias colecciones, pero sin necesidad de montar un crossover que obligue a la compra de varios tebeos. Sin saberlo, Seagle y Kelly proponen la recuperación del espíritu que alentara a Marvel hasta finales de los ochenta. En aquella época, un suceso que ocurría en Thor podía repercutir en veinte colecciones más sin que se continuaran entre ellas. En los noventa, Thanos transforma Manhattan en una selva, pero no se menciona más que en la serie donde transcurre la aventura. El primer y único ensayo de crossnews se lleva a cabo con relativo éxito en XM 78 (VIII 98). Una batalla de Mariposa Mental contra el Rey-Sombra hace que todos los telépatas del mundo pierdan sus poderes. El suceso afecta de alguna manera a personajes como Cable o X-Man, incluidos en la Franquicia Mutante, pero se olvida en el resto de las series Marvel.

1998. EL 35º ANIVERSARIO DE LA PRIMERA PATRULLA-X

Es 1998, el año del treinta y cinco aniversario de la primera Patrulla-X. Las celebraciones se traducen en un crossover detrás de otro. Hasta tres grandes sagas sitúa el editor Mark Powers en su calendario, si bien es cierto que sólo afectan a las dos colecciones principales. La primero de esas sagas (UXM 360 y 361, XM 80 y 81, X y XI 98) sirve para que la Franquicia Mutante complete su remodelación. Por un lado, los viejos hombres-X perdidos en Excalibur (Kitty Pryde, Rondador y Coloso) regresan a casa después del cierre inevitable de la colección (EX 125, X 98). Por el otro, dado el éxito de los universos paralelos, X-Factor termina su andadura en el XF 149 (IX 98) para ser sustituida un mes después por Mutant-X, serie protagonizada por Kaos que transcurre en una dimensión alternativa.

 

Por último, los objetivos para las dos formaciones de la Patrulla-X pasan por potenciar su lado clásico. Que quien se acerque a los mutantes después de veinte años sin leerlos pueda reconocer inmediatamente al grupo que tanto le gustó en su juventud. Ese planteamiento choca con gran parte de las ideas de Kelly y Seagle. No obstante, aceptan seguir adelante, más convencidos que nunca de que su capacidad de actuación dentro de la Oficina-X está reducida a la mínima expresión. Con la trama del crossover firmada, los guionistas vuelven a casa para escribir. A mitad del trabajo, reciben la típica llamada del editor asociado de turno. “Oye, que de lo hablado en la reunión nada de nada, que hemos cambiado de idea”. La falta de seriedad a la que ya estaba acostumbrado y de la que incluso participara Scott Lobdell cae como otro jarro de agua fría sobre sus cabezas. El siguiente bofetón se lo llevan cuando descubren que alguien trastoca sus textos. “Dios mío, yo no escribí esto. Ni de lejos”, piensa horrorizado Steve Seagle cuando recibe el UXM 361, impresión idéntica a la que saca Kelly del XM 80. Con el cuerpo editorial hemos topado, amigo Sancho. “Este sitio es kafkiano”, sostiene Seagle. Los dos guionistas soportan un clima enrarecido bajo el que pronto son tachados de autores conflictivos con un afán demasiado innovador. Mejor sujetarse a lo que ha funcionado siempre, dicen en Marvel. Si los Vengadores, los Cuatro Fantásticos, Spider-Man han conseguido superar el bache de los últimos años mediante el truco de parecerse a cómo eran en su época dorada, a la Patrulla-X le conviene olvidarse de tonterías e ir a lo seguro. Abajo con las ideas de estos dos. Fuera lo nuevo y vuelta a lo viejo. “Por favor, ¿por qué no ingresamos a Xavier en un asilo con su sillita?”, sugiere Kelly cuando le anuncian que el Profesor-X ha de volver a regir los destinos de sus alumnos.

Es verano de 1998. Los constantes bailes entre los autores de la Franquicia Mutante dejan fuera a Larry Hama, muy criticado por su corta etapa en Generation-X (GX 33-44, XII 97-XI 98). Resulta obvio que al perfecto guionista de Lobezno no le sienta nada bien el cambio de registro. James Robinson cede Cable a Joey Casey, un amiguete de una librería especializada que enseguida despunta como uno de los más inteligentes escritores de la nueva hornada (CB 52, III 98). También hay bajas entre los dibujantes, ya que Chris Bachalo tiene previsto abandonar Marvel a finales de año (UXM 365, III 99). Por último, X-Men lleva sin artista fijo desde que Carlos Pacheco dejara la serie para ayudar a Kurt Busiek con varios proyectos especiales relacionados con los Vengadores (XM 75, IV 98). Para rellenar el hueco, la Oficina-X se pone en contacto con Alan Davis, quien acepta volver a casa a condición de que también pueda escribir los argumentos. Joe Kelly sólo es informado de la primera parte.

 

-Vas a tener a Alan Davis en X-Men, ¿qué te parece?

-Ah, de puta madre.

 

Kelly se entera de la segunda parte por la prensa. “No puede ser, ¿me han tomado por un dialoguista o qué?”, afirma sorprendido. Ambos autores coinciden en septiembre durante la convención de cómics que se celebra en Avilés (Gijón). Tratan de ponerse de acuerdo, pero no lo consiguen. Tienen ideas completamente contrarias acerca de lo que quieren hacer. Nada más volver a Estados Unidos, Kelly habla con Seagle. Llevan meses hartos de que les toquen los argumentos y los cojones. Ambos deciden hacer efectivo un acuerdo según el cual si uno se marcha, el otro también. Inmediatamente, presentan su dimisión conjunta. “Joder, lo que faltaba ahora”, gritan en la Oficina-X. Los tebeos más vendidos y mejor pagados del mundo buscan guionista. Y no lo encuentran. Alan Davis es una solución temporal, un parche de oro hasta que Mark Powers y compañía den con un nombre que, primero, tenga el suficiente prestigio como para que el situarlo en las series mutantes no contradiga las nuevas consignas de calidad (los años en los que “no importa quien escriba X-Men” han terminado); segundo, cargue con la paciencia necesaria como para convivir con el sistema interno de la franquicia. Yo de verdad que no entiendo por qué no consiguen amoldarse a nosotros, sostiene Powers.

Alan Davis viene a X-Men en una temporada baja de su carrera. Una enfermedad le ha mantenido apartado del tablero de dibujo en los últimos meses. Nada más recuperarse, descubre que algunos de sus compromisos profesionales han sido atrasados. Es el caso de una serie que prepara para Marvel sobre Killraven. Necesita volver a figurar en primera línea de las agendas editoriales. Cuando Powers llama a su puerta, casi le besa. “Bueno, puedo quedarme aquí medio año, me llevo la pasta y vuelvo a lo mío”, piensa. Sabe muy bien como funcionan las cosas. Acaba de ver como Marvel engañaba a Kelly y Seagle. Sospecha que a él le harán lo mismo a la menor oportunidad, por eso no se plantea su estancia en la Franquicia más allá de los seis meses por los que firma.

Con los argumentos de ambas series en sus manos y ayudado por su amigo Terry Kavanagh a los diálogos, Davis hace lo que mejor sabe: ata cabos sueltos al tiempo que recupera el clasicismo de la strip. En sus tres primeros números, resuelve todos los problemas en torno a Magneto y su doble Joseph, pero también sitúa al Amo del Magnetismo en una posición inédita, la de líder de toda una nación como Genosha (XM 87, V 99). Mientras tanto, Powers sigue buscando un autor que le soporte, pero sigue sin encontrarlo. Por fin, pide a Davis que renueve por medio año más. Éste se divierte en la serie y más todavía cuando le llega la nómina. “Venga, otros seis meses”. En ellos, aprovechando algunas tramas apuntadas por Joey Casey en Cable, desarrolla la saga de Los Doce, durante la que vuelve Apocalipsis (UXM 377, XII 99) y Lobezno recupera su adamántium (WOL 145, XII 99). Son historias de una suma importancia, ya que dejan limpia la casa de polvo y paja a la espera de la ansiada renovación, que además ha de coincidir con el estreno en verano de 2000 de X-Men the movie, en la que Marvel ha depositado todas sus esperanzas.

Concluido su contrato, Davis se despide a lo grande, con una muerte que hace temblar las estructuras de la familia mutante. Cíclope, el primer y durante años más importante hombre-X, se ha convertido con el paso de los años en el más redundante. Los lazos familiares del único huérfano de la prehistórica Patrulla-X se extienden ahora por varias líneas temporales. De elemento que daba cohesión al sueño de Xavier, Scott Summers ha pasado a ser la plañidera incapaz de tomar decisiones bajo otra influencia que no sea la de su esposa Jean Grey, entronizada ahora como verdadera figura central del Universo Mutante. La desaparición de Cíclope es la más llorada por lo que representa y la más fácil de encajar debido al papel, por completo prescindible, que ha adquirido el personaje. El suceso, por supuesto, carece de cualquier posibilidad de permanencia, a la vista de la falta absoluta de credibilidad que la muerte tiene en Marvel desde la resurrección de Jean.

Es verano de 1999. Powers concluye su búsqueda del guionista perdido. La clave la encuentra en casa, en ese The Fantastic Four escrito por Chris Claremont al que los lectores maliciosos acusan de ser el mejor Excalibur de los últimos años. La presencia constante de personajes y situaciones procedentes de sus años al frente de la Franquicia Mutante, así como la extraña petición de integrar a Kitty Pryde en la Primera Familia Marveliana –respondida con una negativa– dejan claros los deseos del guionista. ¿Cuánto tiempo puede pasar Chris Claremont encerrado en un despacho de Marvel antes de volverse loco? ¿Cuánto tiempo antes de que empiece, medio en broma, medio en serio, a redactar guiones que luego no firma? ¿Cuánto tiempo aconsejando posibles argumentos a Kavanagh o a Davis? Gran parte de las ideas que utiliza éste durante su segundo semestre proceden del Patriarca Mutante, que de rondón consigue colar por fin aquella historia con Lobezno muerto (UXM 375. X 99) y convertido en un villano (Astonishing X-Men 1-3, IX-XI 99). ¿Y por qué no os libráis de Xavier? ¿Y por qué no matáis a Cíclope? ¿Y por qué no disgregáis el grupo durante una temporadita?… ¿Y por qué no lo escribes tú, Chris? Por que no me dejan, Alan, por que no me dejan.

 

 

Han pasado veinticinco años desde que, casi por casualidad, aquel desconocido recién llegado de Inglaterra recibiera el encargo de escribir un tebeo de segunda categoría llamado X-Men. En esos años, el título creció, superó sus límites y se multiplicó exponencialmente, primero bajo la influencia de Claremont, luego como un imparable rodillo comercial. La industria del cómic es hoy muy distinta de cómo lo era en aquel verano de 1975. Y lo es, en gran medida, gracias a (o por culpa de) los mutantes de Chris Claremont. Sus criaturas, sus niños, sus hijos, mucho más resistentes que él mismo, con una fortaleza que les ha permitido superar el trato y el maltrato de un cuarto de siglo de éxito. Por encima de cualquier circunstancia, Logan, Ororo, Kurt, Peter, Kitty… se levantan indemnes, con fuerzas cada vez mayores. Mientras John Byrne regresa a casa con un título dedicado a narrar las aventuras de los pupilos de Xavier durante sus años ocultos, comienzan las conversaciones, los tira y afloja. Bob Harras, en contra de su propio criterio, pone encima de la mesa de Claremont una oferta que el Patriarca Mutante es incapaz de rechazar. Los guiones de las dos series principales, la cesión de las colecciones mutantes peor vendidas a un autor de su completa afinidad y una libertad para hacer y deshacer de la que ningún otro guionista goza en la Marvel actual. Sin trucos. Sin cuerpo editorial que valga metiendo mano en los guiones. Con los Hijos del Átomo en manos de quien mejor los conoce, ahora que se acerca la dura prueba que representa el filme de Fox, con millones de ojos mirando hacia la Patrulla-X.  Claremont piensa en ello. Piensa en si va a ser él menos que Byrne. Piensa en las decisiones que tomó. En las que no tomó. ¿Debería haber dejado que se convirtiera en una parte tan fundamental de mi vida? ¿Debería haberme marchado antes? ¿Debería haberme quedado? Piensa en las historias que contó. En las historias que no contó. En las historias que pudo haber contado mejor. La parte más triste de este negocio es su naturaleza transitoria. Trabajas en una serie. Trabajas en unos personajes que son como tus hijos. Luego te vas. Cada guionista, cada dibujante o editor que llega detrás de ti modela tus conceptos para que encajen en su visión, no en la tuya. Lo que pasó antes es cambiado. O apartado. O simplemente olvidado. Pero hubo un tiempo en que la visión era la mía. El concepto a modelar era el mío. Los personajes eran los míos.

Es 24 de septiembre de 1999. Marvel anuncia que el nuevo guionista de X-Men y Uncanny X-Men se llama Chris Claremont.

 

EL PÁJARO QUE SIEMPRE VUELVE: LAS VIDAS, MUERTES Y RESURRECCIONES DE FÉNIX

Cualquier lector que lleve un tiempo en esta afición, sabe que las muertes y posteriores regresos de los personajes forman parte de las reglas del juego. Lo uno y lo otro suele utilizarse como resorte para llamar la atención del lector, de manera que, con el paso de los años, esta clase de acontecimientos cada vez reviste una menor dosis de sorpresa. La apuesta es cada vez más elevada, a la hora de acometer una operación de esta clase que impacte de verdad en el ánimo del aficionado: debes convencerlo de la autenticidad de una muerte, pero también de la necesidad de un regreso. No hay reglas escritas con ningún personaje, así que la editorial siempre puede tratar de convencer a sus fieles de lo irremediable de unos sucesos que, por definición, han devenido en pronosticables. Hay un caso particular en el que el fin y el nuevo comienzo forma parte intrínseca del icono, de tal manera que su esencia es despedirse para luego reaparecer. Y ese caso es el de Jean Grey.

1976. PRIMERA MUERTE

Cuando todo empezó, Jean Grey y Fénix no eran dos entidades diferenciadas, aunque Chris Claremont supo dar una poesía a la transformación de la una en la otra que, en una relectura posterior, podría llegar a interpretarse como tal. Como el resto de La Patrulla-X original, salvo Cíclope, Jean estaba destinada a perderse de vista para dar paso a la Segunda Génesis. Pero no fue así. El personaje era la pareja de Scott Summers, por lo que pronto volvió a su lado. Atrapada junto al resto por Los Centinelas y conducida hasta el espacio, Jean demostraba una iniciativa y un ardor del que nunca antes hizo gala. Era la única mujer entre los fundadores, y como tal nunca desempeñó otro papel que el de servir de interés amoroso. Pero, en esta nueva fase, desde su traje a su nombre de heroína, el de Chica Maravillosa, todo eso debía quedar atrás para de cara a los rupturistas setenta. Nada más hacerse con las riendas del personaje, Claremont cambió su personalidad, para convertirla en una mujer resuelta e independiente, algo que, como veremos más adelante, molestó fuera y dentro de Marvel. Al final de la aventura con Los Centinelas, en una escena pletórica de drama y sacrificio, Jean conducía la nave que permitía al grupo regresar a casa, atravesando una tormenta solar destinada a acabar con su vida, sólo que…

 

1976. PRIMERA RESURRECCIÓN

…sólo que no fue así. Al comienzo del siguiente número, la nave llegaba a la Tierra y se sumergía en las aguas de las que, acto seguido, emergía Jean. “¡Escuchadme, Patrulla-X! ¡Ya no soy la mujer que conocisteis! ¡Soy el fuego! ¡Soy la vida encarnada! Ahora y para siempre… ¡Soy Fénix!”, proclamaba, vestida con un nuevo y resplandeciente traje que había creado de la nada, utilizando para ello habilidades que nunca había mostrado. Efectivamente, la tormenta solar había redefinido a la mutante, que pasó a ser la integrante más poderosa del equipo. La Patrulla-X ya marcaba pautas que, al cabo de unos años, asumiría todo el género superheróico. Para el nuevo diseño, Dave Cockrum tomó como modelo a Farraw Fawcett en los anuncios de Wella-Balsan y en las portadas de Cosmopolitan, mientras que el cambio de nombre buscaba diferenciarla de Ms. Marvel, que entonces escribía el propio Claremont y que también estaba a la vanguardia del feminismo superheroico. Los colores iniciales eran blanco y dorado, pero el editor Archie Goodwin pidió que se cambiara el blanco por verde, para evitar que se notara la transparencia del papel.

1980. SEGUNDA MUERTE

Mientras que Chris Claremont y Dave Cockrum pretendían que el poder de Fénix fuera en aumento, hasta alcanzar una categoría cósmica, Goodwin demandó que fueran en otra dirección, antes de que ella hiciera superflua al resto de integrantes. Después de que salvara el Universo, en The X-Men #108 USA, el guionista procedió a una rebaja de esos poderes, y los justificó mediante un bloqueo mental: Jean todavía no estaba preparada para asumir semejante carga. Además, trató de fijar que tenía una rica vida privada al margen del equipo, al que acudía en los momentos de necesidad, algo que ya se estaba haciendo con Thor con respecto a Los Vengadores. En paralelo, el guionista estaba jugando con el concepto mismo del poder: la manera en que puede corromper a una persona y cómo es necesario que, conforme aumentan sus capacidades, aumente también su consciencia. Cockrum dio paso a John Byrne, en calidad tanto de dibujante como de coargumentista de la serie. Era un fan de la Chica Maravillosa de siempre y no le gustaba la excepcionalidad de Fénix. En el tira y afloja, ambos autores concibieron una saga en la que Jean era manipulada por Mente Maestra y el Club Fuego Infernal, lo que la llevaba a la locura, a la orgía genocida y a transformarse, en definitiva, en Fénix Oscura. La aventura debía haber acabado con Jean lobotomizada por el Imperio Shi’ar, pero el entonces director editorial Jim Shooter pidió su cabeza, así que Claremont y Byrne cambiaron la historia: Jean se sacrificaba, suicidándose, y The X-Men #137 USA se convirtió en una auténtica leyenda, el mito sobre el que se iba a asentar el éxito arrollador de la serie en los años posteriores.

 

1985. SEGUNDA RESURRECCIÓN

Poco después de “La saga de Fénix Oscura”, John Byrne abandonó la serie, quedándose Claremont como cabeza visible de los mutantes, muy consciente de que la efervescencia que se vivía alrededor de ellos era en gran medida consecuencia de que uno de los más respetados y queridos integrantes del equipo había encontrado la muerte. ¿Recuerdas lo que comentábamos al comienzo, acerca del ciclo de muertes y resurrecciones de personajes populares? Todavía no había empezado. Corrían los ochenta, el Universo Marvel revestía una solidez y una coherencia impresionantes y lo que moría permanecía muerto. Así que el Patriarca Mutante, en lugar de resucitar a Jean, se sacó de la manga a una hija venida de un futuro alternativo, o a una esposa para Cíclope cuyo aspecto era exactamente el mismo que el de su amor perdido… sin llegar a tratarse de ella.

 

Y entonces llegó Factor-X.

 

Bob Layton y Jackson Guice querían hacer un nuevo equipo que reuniera a La Patrulla-X original. Trajeron a La Bestia, El Ángel y El Hombre de Hielo de las filas de Los Nuevos Defensores y arrastraron a Cíclope desde su retiro. El hueco de Jean lo iba a llenar Madelyne Pryor, Rachel Summers, Dazzler o cualquier otra chica disponible. En el proceso, Kurt Busiek, futuro guionista de prestigio y entonces machaca dentro del Bullpen, se enteró de que Factor-X estaba en proceso y propuso a sus autores una idea: que Jean Grey volviera, pero sorteando su muerte como Fénix. Fue en ese momento en que se estableció lo que antes no era en absoluto así: que se trataba de dos seres diferenciados. Se volvía así a lo ocurrido en The X-Men #100 y 101 USA, cuando Jean había estado a punto de morir, pero emergió transformada en Fénix, y se estableció que ésta era una auténtica fuerza cósmica, que había duplicado la forma de Jean y seguido adelante con su vida sin siquiera ser consciente de ello, mientras que la auténtica Jean se recuperaba en el fondo del mar, envuelta en una crisálida que encontraban Los Vengadores y abrían Los Cuatro Fantásticos. Roger Stern, guionista de los primeros, y John Byrne, responsables de los segundos, que a su vez habían estado implicados en el desarrollo de Fénix, participaron de la trama. Por fin, en la primera historia de Factor-X, Jean y Scott volvían a reencontrarse.

Chris Claremont no estuvo nada contento con lo ocurrido, y desde el principio trató de torpedear la nueva serie. No consiguió pararla, pero sí que su guionista fuera sustituido por Louise Simonson, alguien de su entera confianza. Juntos trataron los años siguientes de remendar todo el estropicio que a su juicio había tenido lugar, algo que consiguieron parcialmente en “Inferno”, una saga mutante publicada en 1989, que se saldó con la muerte de Madelyne Pryor, que se había descubierto como un clon de Jean producido por Mister Siniestro, y la fusión de sus recuerdos con los de Jean. Ella y Cíclope se casaron unos años más adelante, ya con Claremont fuera del escenario.

 

2004. TERCERA MUERTE

Después de que Alan Davis, en las páginas de Excalibur, diera una explicación coherente al concepto de la Fuerza Fénix, ahora encarnada en Rachel Summers, la editorial dio un descanso a la entidad, si bien recurrieron a ella de manera testimonial en 1995, con motivo de un cruce entre el Universo Marvel y el Ultraverso que respondía al nombre profético de The Phoenix Resurrection y que quedó en lo meramente anecdótico. Tuvo que tener lugar la irrupción de Grant Morrison en el cosmos mutante para que la Fuerza Fénix resurgiera, una vez más, de sus cenizas. Morrison puso al día la plana mayor de los conceptos de la era Claremont-Byrne, y el de la entidad cósmica no iba a ser menos: pronto volvió a manifestarse como parte de Jean, con un toque muy próximo al de la posesión demoniaca. Para completar el ciclo, Jean murió una vez más, en New X-Men #150 USA, a manos de quien Morrison pretendía que fuera Magneto y que luego, en una reescritura de otros autores, se desveló como Xorn.

 

En los años posteriores, Jean permaneció bajo tierra, pero la Fuerza Fénix siguió reapareciendo de manera recurrente, para asociarse con otros huéspedes, en historias como “La canción final de Fénix” (2005), “La canción de guerra de Fénix” (2006-07) y “VvX. Los Vengadores Vs. La Patrulla-X” (2012). A la búsqueda de la simplificación, quedó establecido que Fénix era un ser de naturaleza cósmica que, cada cierto tiempo, pasaba por nuestro planeta y se encarnaba en un ser humano, con preferencia, pero no de manera exclusiva, por las mutantes pelirrojas. A lo largo de su trayectoria, además de la copia de Jean por la que se justificó su primera muerte o Rachel Summers, la entidad tomó como anfitriones a Hope Summers, las hermanas Cuco, los Cinco Fénix (Namor, Magik, Coloso, Emma Frost y Cíclope) y una larga lista de personajes.

 

2018. TERCERA RESURRECCIÓN

La colección protagonizada por la joven Jean Grey del pasado presentaba, como su principal atractivo, el enésimo retorno de la Fuerza Fénix. Era en realidad el preámbulo que facilitaría otra vuelta, la que tiene lugar en La resurrección de Jean Grey, con un “adulta” entre paréntesis en el título dado inicialmente por Marvel, para que no hubiera duda alguna. El ciclo se repite una vez más, confirmando la circularidad de la historia, sólo que ahora hay circunstancias distintas a las que tuvieron lugar en 1984. Esta vez no han transcurrido cuatro escasos años desde la muerte y la resurrección, sino casi tres lustros, en los que el Universo Marvel en general y el entorno mutante, en particular han cambiado como nunca antes y en los que la ausencia de Jean ha llegado a formar parte del paisaje. Sin ella, el Homo superior ha alcanzado momentos de esplendor, y como tal cabe calificar las épocas del Astonishing X-Men de Joss Whedon y John Cassaday, de La Patrulla-X de Matt Fraction, del cisma orquestado por Jason Aaron y Kieron Gillen, o de La Patrulla-X del ayer de Brian Michael Bendis, pero también hemos vivido tiempos de incertidumbre, en que los mutantes parecían arrinconados y al borde de la extinción dentro de Marvel. Lo que ocurre es que, si algo han demostrado estos personajes en sus décadas de existencia, es su capacidad para resurgir, como ave fénix, de las cenizas, y hacerlo más fuertes que nunca. Ojalá que la resurrección de Jean Grey no sea sino el presagio de una nueva, y necesaria, era de grandeza.

 

LA CANCIÓN DEL VERDUGO: UNA SINFONÍA MUTANTE

1992 fue un año crítico para La Patrulla-X. Nada más empezar la década, Chris Claremont, el hombre que había construido la Franquicia Mutante de la nada, decidió abandonarla, ante el excesivo control que le imponía Bob Harras, editor con el que, al contrario que con las legendarias Louise Simonson y Ann Nocenti que le antecedieron en el puesto, Claremont guardaba escasa sintonía. Los dibujantes estrella a los que Harras defendió a capa y espada, con Jim Lee a la cabeza, no tardaron en seguir el camino de Claremont, ya que apenas unos meses después saltaron también de un barco que todo el mundo temía que llegara a hundirse, para formar Image Comics, su propia compañía.

 

 

Las tres principales series de la franquicia (Uncanny X-Men, X-Men y X-Force) perdieron a sus estrellas, lo que obligó a Harras a buscar recambios de urgencia. En el apartado narrativo, Fabian Nicieza, el que ya era uno de los guionistas más prolíficos de la época y que venía encargándose de poner diálogos a los argumentos y dibujos de Rob Liefeld en X-Force, pasó a ser guionista completo de ésta, y también de X-Men. Era, no obstante, en la primera, donde reinaba Cable, un personaje creado por Liefeld bajo la idea de que se trataba de un soldado de fortuna mutante llegado del futuro, al que Nicieza trataba de construir una historia coherente que encajara dentro de los temas de la franquicia. En Uncanny, recayó un joven desconocido, llamado Scott Lobdell, con gran capacidad para las relaciones sociales y un cierto talento para construir diálogos resultones que imitaban los de Claremont. Otras series menores de la franquicia, X-Factor y Excalibur, quedaron en las respetadas manos de Peter David y Alan Davis, respectivamente.

 

Nicieza recuerda aquella época con la frase que utilizó Dickens para comenzar Historia de dos ciudades: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. El mejor, porque lo disfrutó enormemente y supuso todo un reto creativo para él y sus compañeros. El peor, porque, siguiendo con los símiles musicales que evoca el título de La Patrulla-X: La canción del verdugo, los que venían interpretando hasta entonces se habían marchado, mientras que aquellos que les habían sustituido apenas sí empezaban a comprender unos instrumentos que no eran los suyos, toda vez que se sentían obligados a tocar una melodía para la que no contaban con partitura.

 

Por si la situación no fuera ya lo suficientemente compleja, en verano de 1992, apenas unos meses después de los cambios creativos, los nuevos tendrían que hacerse cargo de un crossover. Era una costumbre de la línea mutante que se había convertido en tradición. Inicialmente, estos eventos consistían en una gran historia desarrollada por Claremont en Uncanny X-Men, a la que se unían las otras cabeceras por la puerta de atrás, con argumentos independientes que enlazaban en mayor o menor medida con lo que se venía desarrollando en la serie-madre. Sin embargo, Harras quiso cambiar la fórmula que tan buenos resultados había dado con “La masacre mutante” (1986) y “La caída de los mutantes” (1988). A partir de “Inferno” (1989), se pasaría a una estructura episódica que obligara a los lectores a comprar todas las series si querían comprender la historia. El éxito acompañó, de tal manera que “Proyecto Exterminio” (1990) seguiría esa senda, y lo mismo ocurriría con el evento de 1992.

 

El único problema es que nadie tenía ni la menor idea de qué contar en el evento de 1992. Los antiguos albaceas de la franquicia probablemente no habrían tenido demasiadas complicaciones para encontrar un tema con el gancho suficiente, pero los nuevos, como decía Nicieza, todavía no se habían aprendido el repertorio con la soltura necesaria como para salir al escenario e improvisar.

 

Aquí Harras tuvo la inteligencia de darse cuenta que Nicieza era el único de sus escritores con las cosas medianamente claras. Lobdell había llegado ahí por una carambola del destino, de tal forma que al principio se limitaba a escribir diálogos para la historias que construían los dibujantes; Peter David estaba concentrado en sus personajes, un tanto al margen de la almendra central de la franquicia, y Alan Davis no sólo iba por libre, sino que desarrollaba sus historias al margen de cualquier cosa que pudiera ocurrir en el resto de colecciones, con la ventaja de que Excalibur estaba en la muy lejana Inglaterra. Nicieza había demostrado un gran talento a la hora de construir series desde la nada, como había sido el caso de Los Nuevos Guerreros, y supo además embridar a Liefeld para dar cierto sentido a X-Force. Era, en definitiva, un esforzado artesano del procesador de textos, y por eso recibió el encargo de construir el esqueleto de la historia: doce partes repartidas entre las cuatro series principales a lo largo de otros tantos meses. Se sentía el arquitecto de una casa. Él pondría los planos y levantaría los cimientos, mientras que el resto de guionistas, dibujantes y editores añadirían ladrillos, tuberías, puertas y ventanas, un proceso que se llevaría a cabo mediante maratonianas reuniones tan multitudinarias que fue necesario acudir a un centro de convenciones para celebrarlas.

 

Dado que Nicieza era el muñidor del evento, no fue extraño que Cable se convirtiera en la figura central. ¿Quién era verdaderamente el líder de X-Force? Ni siquiera Liefeld, su creador, lo tenía claro, aunque eso no le había supuesto ningún inconveniente a la hora de convertir a Dyscordia, un doble exacto de Cable, en el archienemigo del grupo. Sólo faltaba dotar a aquello de algún sentido.

 

Meses atrás, antes de su marcha, Claremont y Jim Lee desarrollaron una dramática aventura en la que Nathan, el hijo de Cíclope, era infectado con un virus tecno-orgánico. La única esperanza de salvarlo consistía en dejarlo en manos de una misteriosa sacerdotisa que se lo llevaba al futuro, donde podría tener una esperanza de salir adelante. Nicieza observó aquella trama con interés, de manera que pronto buscó una manera de unir al niño perdido con el misterio alrededor de Cable y Dyscordia. En el futuro del que venía, Cable se había convertido en el gran enemigo de Apocalipsis, un villano de La Patrulla-X con una inmortalidad que le permitiría seguir dando guerra por los siglos de los siglos. A su vez, estaba la figura de Mister Siniestro, otro villano que, en este caso, había manipulado la vida entera de Cíclope y Jean Grey, debido a lo preciado de sus genes, hasta el punto de que, cuando ella fue dada por muerta, incluso llegó a crear un clon de la misma, Madelyne Pryor, que con el tiempo se casaría con Cíclope, y fruto de su matrimonio nacería… Nathan.

 

Las piezas empezaban a encajar en la mente de Nicieza. Su croquis inicial, en el que había doce casillas, una por cada episodio, fue variando en las reuniones, de manera que en el borrador final Mister Siniestro no tendría tanta importancia como en un principio, ni aparecería Magneto a mitad de la historia para dar un vuelco gigantesco al argumento… Pero más allá de eso puede decirse que el resultado final de “La canción del verdugo” se parece a grandes rasgos a lo que diseñó el guionista antes de unirse a sus compañeros.

 

Los resultados, con toda la improvisación de la que fue objeto la aventura, resultaron más que satisfactorios. Como historia, “La canción del verdugo” está plena de momentos de enorme impacto en el lector, a los que se suman continuarás que obligan a lanzarse sobre el siguiente capítulo, hasta llegar a un final dramático como pocos, en un escenario tan significativo para La Patrulla-X como el de la Luna, el lugar en el que se desarrolló también el final de “La saga de Fénix Oscura” y en el que, de una manera u otra, siempre cambia el destino de los mutantes.

 

Con “La canción del verdugo”, volvió a cambiar. La historia sembró las semillas de muchos más crossovers superventas que tendrían que venir en los años posteriores, desde “Atracciones fatales” a “La Era del Apocalipsis”. Su eco llega a sentirse incluso lustros después, como bien demuestra el ciclo de “Complejo de Mesías”, “La guerra del Mesías” y “Advenimiento”, aparecido ya en el siglo XXI. Pero este evento sirvió sobre todo para asentó el organigrama creado por Harras, que acabaría por convertirse en el Director Editorial de Marvel en parte por el éxito comercial que logró con los mutantes, en parte por la ausencia de ninguna figura carismática que mereciera ocupar ese puesto. Corría el verano de 1992 y la década no había hecho más que comenzar.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. La Patrulla-X: La canción del verdugo

NOCHES DE MADRIPUR: LA HISTORIA DE CÓMO LOBEZNO CONSIGUIÓ COLECCIÓN PROPIA

Los Vengadores, Los 4 Fantásticos y Spiderman fueron los personajes de cómic más importantes de los años sesenta y setenta, pero, en las décadas posteriores, La Patrulla-X en general y Lobezno en particular se añadieron a ese selecto Olimpo en el que sólo caben unos pocos elegidos y en el que la renovación es poco menos que un sueño imposible.

El ascenso del mutante de las garras de adamántium fue lento, pero imparable, culminado con su transformación en personaje de cine y televisión, pero mediatizado por un alto en el camino que marca un antes y un después: el lanzamiento de su propia serie mensual. Aquel era un sueño largo tiempo acariciado por los fans, que, hasta 1988, fecha del lanzamiento de la cabecera, se habían tenido que conformar con contadas aventuras de Logan en solitario, tanto dentro como fuera de las páginas de La Patrulla-X. A ese respecto, hay que tener en cuenta que, en un primer momento, los lectores no estaban demasiados interesados en Lobezno, hasta el punto de que más de uno exigió su eliminación y el guionista Chris Claremont llegó a planteársela. Fue la llegada de John Byrne a los mutantes la que permitió un giro radical y lanzó a Lobezno hasta el estrellato, en un proceso que puede contemplarse en los dos primeros volúmenes de Marvel Gold. La Imposible Patrulla-X, donde se recopilan los cinco años iniciales de los nuevos hombres-X. En ellos, la participación de Logan va en aumento, hasta resultar determinante en unas pocas historias, como el viaje a Canadá en el que los mutantes se enfrentan con Alpha Flight o “Días del futuro pasado”, en donde se presentaba a un Lobezno maduro y canoso en un futuro apocalíptico. Sin embargo, y salvo alguna historia corta completamente anecdótica, hasta Uncanny X-Men #162 USA (1982. Marvel Gold. La Imposible Patrulla-X nº 4) los lectores no contemplaron una gran aventura en la que Logan fuera el único y exclusivo protagonista. Aquella historia, en la que luchaba contra los alienígenas de El Nido y conseguía eliminar al embrión que trataba de crecer en su interior, se quedó en la memoria de los aficionados como un momento verdaderamente especial. Pero era insuficiente: querían más… Y Marvel no tardó en dárselo.

 

Apenas un par de meses más tarde, vio la luz la mítica primera miniserie de Lobezno, cuatro memorables números realizados por Claremont con dibujos de Frank Miller y ambientados en Japón, que además de recibir la aclamación de público y crítica lograron unas ventas extraordinarias. No es extraño que, en cuestión de dos años, Marvel lanzara una secuela, en la que Lobezno compartía cartel con su compañera Kitty Pryde, también con Japón como escenario. Para entonces, las peticiones de que Logan tuviera una colección mensual ya era un clamor dentro de la editorial. Chris Claremont, sin embargo, no lo tenía claro: el que había sido casi el único guionista del personaje hasta entonces era muy celoso de su trabajo. No estaba dispuesto a que ningún otro autor tocara a sus mutantes y tampoco acababa de encontrar tiempo para encargarse él mismo del ansiado proyecto. Además, ¿cómo podría coordinar todas esas aventuras al margen de La Patrulla-X con las que vivía el héroe dentro del grupo? Las anteriores miniseries ya habían supuesto un gran esfuerzo en ese sentido. Convertir lo esporádico en permanente no podía sino traer quebraderos de cabeza.

 

Sin embargo, la insistencia de Marvel fue tal que, al fin, Claremont logró encontrar la fórmula para que todo encajara. Tras una épica saga titulada “La caída de los mutantes”, La Patrulla-X había pasado de estar en su plácida mansión de Salem Center a establecerse en una aldea abandonada en el desierto australiano. Mientras el mundo entero creía que sus integrantes habían muerto y un hechizo impedía que sus imágenes fueran recogidas por medios tecnológicos, los héroes llevaban a cabo incursiones furtivas allá donde eran requeridos, mediante la ayuda de Pórtico, un nuevo miembro del grupo capaz de teleportarles allá donde fueran necesarios. Por tanto, no era demasiado complicado que Logan hiciera, de vez en cuando, escapadas que le llevaran lejos, muy lejos, donde pudiera ser un hombre distinto al que los lectores conocían.

 

Claremont siempre ha sostenido que Lobezno es un personaje universal y atemporal, la moderna encarnación del aventurero arquetípico que podía haber vivido en cualquier lugar y época: El Conan de los tiempos pre-cataclísmicos, el Han Solo de una galaxia muy lejana… O el Rick Blaine de Casablanca. Siguiendo el ejemplo, el guionista creó una nueva personalidad para Logan, la de Parche, que guardaba un buen número de paralelismos con el mítico personaje cinematográfico. Al igual que éste, contaba con un pasado envuelto en brumas, era un tipo de vuelta de todo, pero honorable y de fuertes convicciones, que había pagado un alto precio por mantenerlas. Además, disponía de un bar ubicado en un lugar exótico que recibía las visitas de los más diversos clientes.

 

El Rick’s Café se convertía entonces en el Princesa, mientras que Casablanca se transformaba en Madripur, una ciudad imaginaria, al sur de Singapur, “donde el siglo XXI vive hombro con hombro con el XVIII”, decía Claremont. En definitiva, el escenario perfecto en el que incluir a Lobezno. No es extraño que, para insistir en ese toque de aventura clásica, el guionista eligiera como compañero de viajes a John Buscema, el veterano artista que había dibujado Conan durante tantos y tantos episodios y que encajaba a la perfección en las premisas que tendría la nueva serie. Ésta vio la luz con fecha de portada de noviembre de 1988, aunque antes contó con una introducción de diez entregas, contenido en la revista Marvel Comics Presents y publicado en los meses precedentes.

 

Este volumen ofrece tanto ese prólogo como los cinco primeros episodios de la colección propiamente dicha. En ella, quedó marcado a fuego el momento en el que Lobezno adquirió independencia y vida propia. Es el instante trascendental en el que el más popular mutante que jamás haya existido se elevó sobre sí mismo, para alzarse como un mito moderno, quizás el último de los muchos que ofreció el siglo XX.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Lobezno: Noches de Madripur

MONOGRÁFICO JIM LEE 6 Y ÚLTIMO: JIM LEE DESPUÉS DE LA PATRULLA-X

Desde los años en que Chris Claremont compartiera cartel con John Byrne, La Patrulla-X no atravesaba un momento de mayor aclamación. Las ventas no sólo se habían multiplicado de manera sorprendente, sino que lectores y crítica coincidían a la hora de calificar aquella etapa como una de las mejores nunca realizada en la mítica cabecera. Lo cierto es que, por primera vez en varios lustros, Claremont no era la estrella indiscutible, sino que tenía que compartir espacio con aquel joven que, apenas unos meses antes, era un total desconocido.

 

En Marvel planificarían entonces un salto al vacío: la creación de una segunda serie, titulada simplemente X-Men, a la que se trasladara el tándem triunfador de Claremont y Lee, que dejaría Uncanny en otras manos. Los episodios fueron, por lo tanto, los últimos que realizarían Claremont y Lee antes de saltar a la nueva publicación. 

 

X-Men se quedaría con los mutantes que Lee mejor sabía reflejar con sus lápices, para los que desarrollaría nuevos trajes, con los que dejaría claro que su estilo de dibujo no sólo era el que debían seguir todas las jóvenes promesas que quisieran llegar lejos, sino que además debían de fijarse en la moda con la que Lee vestía a los héroes: chaquetas, gabardinas, sudaderas, cinturones, bolsillos… Todo superhéroe que se preciara acabaría llevando algo de eso. O incluso todo. Además, el artista participaría en la elaboración de las historias, aunque Claremont siguiera figurando como guionista y co-argumentista. Desde diez años atrás, durante la etapa junto a Byrne, el Patriarca Mutante no había compartido el puesto con nadie. No es que Jim Lee estuviera especialmente interesado en escribir: sólo quería señalar la dirección de la trama, soltar lastre en cuanto a la complejidad que había sido santo y seña de los hombres-X todos esos años. Los nuevos lectores no querían historias enrevesadas que nunca tuvieran final: ansiaban ver a Lobezno saltando rabioso sobre los villanos y a Mariposa Mental posando en bañador.

 

El primer número de X-Men, de ventas millonarias, vio la luz con fecha de octubre de 1991. Claremont apenas permanecería en la cabecera durante tres memorables episodios, en los que se desarrollaba un combate final de los mutantes contra Magneto teñido de triunfo y tragedia al más puro estilo Marvel. Finalizada su escritura y cobrado el mayor finiquito de la historia del cómic, Claremont abandonó la serie que había escrito desde 1975. Ya no se sentía el verdadero creador de las historias, sino un mero trascriptor de los deseos de los editores. Pese a las circunstancias, mantendría una buena relación con Lee, con quien incluso volvería a colaborar años después. El ya encumbrado como Rey Midas del cómic seguiría desempeñando las labores literarias, con una pequeña ayuda primero de John Byrne y luego de Scott Lobdell. Pero el X-Men #11 (agosto de 1992) sería el último en el que participara.

 

Un grupo formado por los más comerciales dibujantes de Marvel se habían puesto en contacto con él. Se sentían ninguneados por la editorial, que estaba ganando mucho dinero gracias a ellos, y querían probar algo nuevo: crear sus propios cómics lejos del ala protectora, a la par que avariciosa, de las grandes editoriales. Todd McFarlane, Rob Liefeld, Jim Valentino, Marc Silvestri, Erik Larsen, Whilce Portacio… Todos ellos querían que Jim Lee les acompañara en aquella incierta aventura, porque sentían que el dibujante de los hombres-X era la figura paterna que aglutinaba a aquella generación dispuesta a romper las reglas del juego. Lee era un hombre de empresa, dispuesto a quedarse en Marvel, pero la arrogancia de los directivos de entonces consiguió que cambiara de idea. El futuro esperaba fuera.

 

 

Image nació en 1992, y en su seno Jim Lee formó el estudio Wildstorm, que acogería inicialmente su creación más ambiciosa, WildCATS, a la que luego se sumarían proyectos como Stormwatch, Deathblow o Gen13. En ellos Lee desempeñó tareas que iban desde mero inspirador a guionista, en esta última demostraría una ausencia de talento equiparable a su desinterés hacia la misma. Fue una época, aquellos primeros noventa, en los que Image conseguiría colocar todos sus títulos entre los más vendidos, lo que recrudecería la guerra de la nueva editorial contra Marvel. La paz se firmaría en 1996, cuando el mercado había entrado en cuesta abajo, y Lee, junto a Rob Liefeld, regresó a la Casa de las Ideas, con un contrato millonario bajo el brazo, para acometer el fallido proyecto Heroes Reborn. El Chico Midas dibujó seis números de Los 4 Fantásticos, y dejó otros seis en manos de colaboradores cercanos, hasta que, transcurrido un año del experimento, Marvel renunció a renovar otra temporada más.

 

 

De vuelta a Image y a Wildstorm, Jim Lee se apuntaría un inesperado tanto, al conseguir que Alan Moore desarrollara toda una línea de tebeos para su sello editorial. ABC englobaría conceptos tan interesantes como Promethea, Tom Strong o La Liga de Los Extraordinarios Caballeros. A su vez, también como editor, Lee ponía en las librerías dos colecciones que contribuirían a cambiar de nuevo la industria: Planetary y Authority. Era 1998 cuando dio la sorpresa: abandonaba Image para vender Wildstorm a DC Comics, donde seguiría funcionando como estudio independiente.

Una década después, Jim Lee permanece al frente del sello, que a día de hoy ofrece algunos interesantes productos. A su vez, DC se ha beneficiado del talento gráfico del que ahora es uno de sus ejecutivos. Lee ha vuelto al tablero de dibujo para acometer sendas sagas de Batman y Superman, que en ambos casos le devolverían a los primeros puestos de venta. Ni siquiera los que denigran su actual colaboración con Frank Miller en una desconcertante revisión del Hombre Murciélago son capaces de perderse ni una sola de las entregas.

Veinte años después de su irrupción en el mundo del cómic, Jim Lee lo ha sido todo en este negocio. Ha estado en ambos lados de la trinchera, le han señalado como un auténtico fenómeno entre los fans, uno de los profesionales que más dinero ha ganado haciendo tebeos, el referente de toda una generación de dibujantes y el símbolo, para bien o para mal, de una década, la de los noventa, convulsa y caracterizada por la supremacía del dibujo grandilocuente sobre las historias. Para sorpresa de todos, Lee no sólo ha conseguido sobrevivir a una época de la que pocos de sus contemporáneos han salido indemnes, sino que ha logrado reinventarse a sí mismo: situarse, como editor, detrás de obras de gran interés en las antípodas de su estilo, a la vez que llevaba sus habilidades artísticas hasta los más altos niveles de excelencia. En veinte años, Jim Lee ha demostrado que aquel chaval que revolucionó a La Patrulla-X primero, y al tebeo americano después, no sólo estaba llamado a ser el artista más importante de su tiempo, sino también el que demostrara una mayor inteligencia.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

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