A CAMINO ENTRE LA LUZ Y LA OSCURIDAD: EL ORIGEN DE CAPA Y PUÑAL

A principios de los años ochenta, el tráfico de drogas en Estados Unidos alcanzó la categoría de epidemia. La cocaína se abarató un ochenta por ciento, lo que facilitó su acceso a las clases marginadas de las grandes ciudades, mientras que los excedentes eran reciclados para dar lugar a una nueva sustancia, el crack, que podía adquirirse por apenas dos dólares y medio. Las calles se llenaron de yonquis y las familias de muertos, cundió la inseguridad ciudadana y los medios de comunicación lanzaron alarmistas mensajes que alcanzaron a toda la población. En paralelo, en la cultura popular, en los cómics de Marvel, irrumpieron dos personajes que nacían de esa ebullición: Capa y Puñal.

 

Bill Mantlo fue el guionista machaca por antonomasia de Marvel durante toda la primera parte de su carrera. Todoterreno capaz de componer historias competentes en tiempo récord, por sus manos pasó la plana mayor de los iconos de la editorial en algún momento dado, junto a los personajes que no quería nadie. Lo mismo se encargaba de Hulk, Iron Man o Spiderman que asumía la difícil tarea de dar trasfondo e interés a licencias jugueteras compradas por la editorial, como Rom o Los Micronautas, o firmaba decenas de números de relleno. Era prolífico, era rápido, era correctísimo y la chavalería disfrutaba de sus historias sin que llegaran a alcanzar la categoría de brillantes, encuadradas en la más pura ortodoxia superheroica.

 

Asentada su carrera, sin embargo, agudizó su narrativa y se atrevió a abordar temas que le preocupaban de manera personal. En la colección secundaria de Spiderman, mientras hacía vibrantes sagas en las que el trepamuros se enfrentaba contra Electro o el Doctor Octopus, introdujo pequeños capítulos que abordaban problemas del mundo real, como la facilidad con la que podía comprarse un arma en Estados Unidos, el vigilantismo ciudadano o el tráfico de estupefacientes. Sus protagonistas eran siempre individuos marginales, que se escurrían por las fisuras del sistema o habían sido injustamente tratados por él, cuando no se habían convertido en sus víctimas.

Fue en esa época en la que creó a Capa y Puñal, un concepto que aunaba este último tema, el empobrecimiento de la infancia y la fuga de adolescentes de su casa. Se trataba de dos adolescentes, Ty Johnson y Tandy Bowen, el primero de raza negra y extracción humilde, la segunda blanca y nacida en una familia adinerada, que se habían fugado de casa y acababan en manos de las mafias del narcotráfico. Los experimentos con drogas que llevaban a cabo con ellos les transformaban en superhumanos, pero siguiendo la tradición atormentada que abanderaban los mutantes por aquel entonces, o el propio Spidey desde dos décadas antes, esos poderes no suponían sino una maldición para ellos, además de acarrear una dependencia el uno del otro, lo que no era sino una bastante explícita metáfora acerca de la adicción que causaban las drogas.

Resueltos a que otros escaparan a su destino, Capa y Puñal atacaban a los narcos, pero también a los adictos, que caían en una insondable oscuridad al enfrentarse a él o alcanzaban la purificación tras sufrir los puñales de ella. Donde la prensa y la policía veía a dos nuevos individuos tomándose la justicia por su mano, Spiderman contemplaba a un par de chiquillos que necesitaban ayuda. En el proceso, el lector del trepamuros, en su mayor parte adolescente, contemplaba escenarios, personajes y actitudes que no solían ser propias del entorno del Hombre Araña: callejones cubiertos de basura, vagones de metro cubiertos de pintadas, edificios abandonados, menudeo de drogas… eran cómics duros, que mostraban la cara más terrible de América y que nunca terminaban con un final feliz.

 

 

El debut de la pareja se produjo en Peter Parker, The Spectacular Spider-Man #64 USA (1982). Como expresó el autor en un artículo publicado en la revista oficial Marvel Age, era el resultado de un largo paseo impulsado por un bloqueo literario, que le llevó hasta la Isla de Ellis, la cual había servido de puerta de entrega a Estados Unidos para millones de inmigrantes, entre ellos sus propios abuelos. “Capa y Puñal vinieron a mí”, explicaba Mantlo, “Llegaron de noche, cuando todo estaba en silencio y mi mente estaba en blanco. Llegaron completos, definidos con sus poderes y atributos, su origen y sus motivaciones. Estaban llenos de ese miedo y miseria, hambre e impotencia que me había asustado en la Isla de Ellis. Escribí el guión y, al día siguiente, llamé a Tom DeFalco. ‘Escucha’, dije, ‘acabo de terminar la mejor historia que he escrito nunca’. No estaba impresionado. Hasta que la leyó. La reacción de Ed Hannigan fue similar. Me alegro de que fuera Ed quien dibujó mi trabajo. Los primeros bocetos atraparon el sentido de los personajes y lo que trataba de expresar en el guión. Por su visualización y por el impulso creativo que imprimió al diseño de Capa y Puñal, Ed Hannigan será siempre acreditado como cocreador de los personajes. Se lo merece”.

Con Capa y Puñal, llegaba a La Casa de las Ideas una nueva generación de vigilantes callejeros, producto de la década de los ochenta, en que la heroína arrasaba los barrios marginales de las grandes urbes, como El Castigador había sido fruto de la Guerra de Vietnam. La crudeza, autenticidad y dramatismo de la pareja caló entre los lectores, mientras que Mantlo permaneció enamorado del concepto. Tras su excelente debut, en forma de historia completa y cerrada de apenas un único número, Capa y Puñal regresaron unos pocos meses después, en los Spectacular #69 y 70 USA (1982), para entrar en conflicto con el mundo del héroe y atacar a uno de sus más olvidados villanos, Cabello de Plata, que llevaba largo tiempo sin aparecer. Una tercera aventura involucró a la pareja de vigilantes, en Spectacular #81 y 82 USA (1983), esta vez envueltos en la caza de una pieza mayor, nada menos que Kingpin, mientras que El Castigador, también entraba en escena, en un ejercicio con el que Mantlo estableció diferencias con la pareja de adolescentes. Mientras El Castigador se significaba como un despiadado asesino más allá de toda redención, Capa y Puñal seguían siendo, a ojos de Spiderman, dos niños necesitados de cariño, perdidos, víctimas de su destino y que todavía podían salvarse.

Antes de que acabara 1983, Mantlo continuó la saga de Capa y Puñal en una fascinante serie limitada de cuatro números, ya sin Spiderman y con Rick Leonardi como dibujante, ante la imposibilidad de que Hannigan pudiera abordar el proyecto. La miniserie dotaba a los protagonistas de individualidad, más allá del entorno arácnido, a la par que construía su universo de secundarios y recontaba el origen de la pareja, de cara a aquellos que no lo hubieran leído en Spectacular. El de las miniseries era un formato en alza dentro de Marvel. Había comenzado a emplearse apenas un año antes, a mediados de 1982, y desde entonces se había popularizado de cara a lanzar historias cerradas de héroes que, en un principio, no podían sostener una colección abierta por sí mismos, o como método para sondear el mercado de cara a la posterior cabecera sin fecha de finalización.

 

Rick Leonardi también estuvo presente, junto a Tony Salmons, en un largo número de la revista Marvel Fanfare, que editaba Milgrom, y que vino a extender el interés hacia el dúo protagonista. A su vez, Capa y Puñal continuaron siendo habituales en Spectacular, pasaron por las páginas de Power Pack y Chris Claremont y Bill Sienkiewicz los tomaron prestados para una aventura de The New Mutants que amplió aún más su público potencial. Apenas unos meses después de esto último, a mediados de 1985, estrenaron por fin su título abierto, de nuevo con Mantlo y Leonardi al frente. Su empuje comercial no fue, por desgracia, el esperado, y la colección cerró tras once entregas bimestrales, antes de reciclarse en una nueva cabecera, Strange Tales, donde compartió espacio con el Doctor Extraño, y una tercera colección, de nuevo en solitario, pero con el significativo título de “The Mutant Misadventures of Cloak And Dagger” (Las desventuras mutantes de Capa y Puñal), que trataba de explotar la pertenencia de la pareja al Homo superior. Para entonces Bill Mantlo y Rick Leonardi hacía mucho tiempo que no estaban presentes, los años noventa habían llegado y estos personajes parecían, en definitiva, un recuerdo de otro tiempo.

Con todas las circunstancias adversas, a través de apariciones especiales aquí y allá, algún especial voluntarioso, miniseries ligadas a eventos puntuales y larguísimas ausencias, Capa y Puñal han llegado hasta la actualidad, para transmutarse incluso en teleserie. Bien metidos en el siglo XXI, estamos ante un concepto que muy pocos conocen, pero quienes lo hacen guardan un inmenso cariño hacia este dúo de contrastes y contradicciones, noble representante de aquella época en que el cómic de superhéroes daba tímidos pasos a la búsqueda de ese otro público y esas otras historias que acabó encontrando no mucho más tarde. Por eso es buen momento para (re)descubrir tanto el debut de Capa y Puñal como aquella mítica miniserie, por no hablar de su especial en Marvel Fanfare, hasta ahora inédito en España. Además de un perfecto medio de acercamiento a sus protagonistas, estas páginas siguen suponiendo una sugestiva lectura que, tanto tiempo después, mantiene su fuerza y vigencia.

 

artículo originalmente aparecido en 100 % Marvel HC. Capa y Puñal: sombras y luz

DETRÁS DE PLANETA HULK: MÁS HULK QUE NUNCA

No recuerdo con exactitud cuál fue mi primera toma de contacto con El Increíble Hulk. Probablemente fuera una publicidad de su cómic, en los tiempos en que los publicaba Bruguera. Puede que se tratara de aquella con una gloriosa ilustración del Monstruo Gamma recién transformado, en un estallido de furia en medio de una turba humana. Muchos años después sabría que ese dibujo lo había hecho Earl Norem para el magazine The Hulk!, y que la pieza completa era todavía más impresionante, pero eso no viene ahora al caso. “La arrolladora acción del cíclope llamado… La Masa”, decía un titular superior. Sí, porque en aquel entonces ese era todavía el nombre por el que muchos lo conocían, herencia de Ediciones Vértice. “El ser más perseguido del mundo… ¡pero también el más fuerte!”, se añadía bajo la ilustración. También es bien posible que mi primer encuentro con Hulk fuera otra publicidad, también de Bruguera, en la que se advertía: “Si te tropiezas por ahí con La Masa… ¡No la provoques! ¡No la interceptes! ¡No la enfurezcas! ¡No la contradigas! …O sería lo último que hicieras…”.

 

 

Cualquiera de las dos opciones es válida, porque en cualquier caso me quedó bastante claro que Hulk no era un tipo amable, con el que te pudieras tomar un Cola-Cao, como sí lo era Spiderman. Y cuando por fin leí sus cómics, tuve claro por qué. Eran las historias arquetípicas del Hulk de buena parte de los sesenta y los setenta, con el monstruo tonto perseguido por el ejército y deambulando de aquí para allá, mientras se encontraba con los más variopintos villanos, enemigos y seres humanos necesitados de su ayuda o tratando de aprovecharse de él. Hulk daba miedo por buenas razones: era grande, verde, malhumorado, lo destrozaba todo, iba por ahí con un pantalón hecho jirones y hablaba raro, como los indios de las películas. Cuando luego conseguí ver algún capítulo de la teleserie de imagen real de Bill Bixby y Lou Ferrigno, que también era pieza codiciada en una población rural donde en pocas casas se veía la Segunda Cadena, ese concepto arquetípico del monstruo de naturaleza bondadosa perseguido por la humanidad fue reforzado en mi cabeza. Aquello era Hulk, lo mismo que Superman luchaba con Lex Luthor mientras trataba de proteger su identidad secreta de la cotilla de Lois Lane, o igual que Batman perseguía a los criminales de Gotham tan pronto como se encendía la Batseñal.

 

 

Una de las cosas que nos da la lectura de los cómics, una vez nos convertimos en aficionados y acometemos el disfrute de nuestros personajes favoritos de manera continuada, es que los tópicos están para romperlos. Llega el momento en que Steve Rogers abandona su identidad de Capitán América para pasar a ser El Nómada, en que a Spiderman le tiran a la novia desde un puente y tú te quedas a cuadros, porque no era eso lo que te habían contado de ese personaje, no era eso lo que se supone que debía ocurrir. Entonces, claro, te enganchan todavía más las viñetas. Tienes que estar ahí cuando suceda eso tan trascendental que cambiará para siempre la vida de tal o cual héroe.

 

En los años ochenta, Hulk no era una de las colecciones que siguiera de manera habitual, por más que me gustara el personaje. Estaba, como aquel que dice, todo el pescado vendido. No había sorpresas en el mundo del Piel Verde, y parecía mucho más interesante el Daredevil de Frank Miller, donde también mataban a las novias, o el Thor de Walter Simonson, donde llegaba un tío con cara de caballo y levantaba el martillo. No debí de ser el único que no se enganchaba con Hulk, porque la colección de Forum pasó de quincenal a mensual, signo de que las cosas no iban bien, y más tarde terminó por ser cancelada. Pero antes de eso, cayó en mis manos unos tebeos en los que Bruce Banner retenía su inteligencia cuando se transformaba. Había toda una nueva perspectiva, que daba lugar a reinterpretar su mundo paso a paso, y eso sí me flipó. Seguí leyendo la saga, que se extendía como una de esas largas historias-río que se leían en la Marvel de entonces, y Hulk pasó al extremo opuesto, a hacerse más bestia que nunca, hasta el punto de que se enfrentaba a un montón de héroes y el Doctor Extraño se veía obligado a exiliarlo a un lugar lejos de la Tierra que se llamaba La Encrucijada. Lejos de acabar la trama, Hulk iba a quedarse una larga temporada en esa dimensión extraña, repleta de portales a los más extraños mundos que pudiera haber imaginado nunca. En un episodio, Hulk era libertador, en otro esclavo, en un tercero un pirata… Lo de La Encrucijada era raro de narices, un tebeo de superhéroes que no era de superhéroes, sino de fantasía, y de ciencia ficción, y de espada y brujería, y de terror…

 

 

Más de un año estuvo Hulk en La Encrucijada. ¿Sabes lo que es eso cuando eres adolescente? Una eternidad de historias. Luego regresó a la Tierra, y volvió a ser perseguido, y separaron a Bruce Banner de la bestia… pero eso es material para otra charleta. El caso es que, en mi memoria, La Encrucijada quedó grabada como el último resquicio del Hulk clásico, y al mismo tiempo el instrumento a través del que Marvel en general, y el guionista Bill Mantlo en particular, pulverizó el concepto del Hulk clásico. Mantlo estaba por aquel entonces escribiendo también una estupenda etapa de Spidey, y luego lo descubrí en Los Micronautas o en miniseries como las de Capa y Puñal o Jack, la Sota de Corazones. Se alzó como uno de mis escritores favoritos, en el momento en que empezabas a fijarte en ese tipo de cosas. Era distinto a los demás. No le importaba romper los huevos para hacer una buena tortilla y tenía una preocupación sincera por contarte una buena historia, no sólo por tirar para adelante y dejarse llevar por los esquemas de siempre. Era un grandioso profesional del cómic, y cuando años más tarde supe que su carrera se había visto truncada por un atropello que le dejó las siguientes décadas postrado en una cama y con su actividad cerebral muy disminuida, me sentí triste como pocas veces me había sentido.

 

Creo que algo así le debió pasar a Greg Pak, un tipo que había leído más o menos los mismos cómics que yo, que también se había sentido apasionado por la obra de Bill Mantlo y al que también se le había desencajado la mandíbula con La Encrucijada. Sabía Greg Pak que cada superhéroe es lo que es, y por eso se queda grabado en la retina del populacho, pero que también pueden ser cosas distintas a lo que son habitualmente, y que a veces de esas grandes ocasiones surgen las historias que se recuerdan para siempre. Hijo de padre coreano y madre estadounidense, Pak había nacido en Dallas, el 23 de agosto de 1968 y enseguida había orientado su carrera hacia la industria cinematográfica. A mediados de la primera década del siglo XX, Joe Quesada, que andaba buscando talento externo a la industria tradicional, se fijó en él y le invitó a escribir para Marvel. Desarrolló un par de miniseries, y la segunda de ellas, “La canción final de Fénix”, tuvo cierta repercusión entre los lectores. Casi sonaba como guionista fijo de Uncanny X-Men cuando el bueno de Joe Q le propuso otra cosa completamente distinta. Estaban en el Bullpen planeando “Civil War”, la saga por la que el Universo Marvel se dividía en dos bandos enfrentados, y no querían que Hulk desequilibrara ninguno de ellos con su poder. Habían decidido mandarlo lejos, necesitaban que alguien hiciera una historia con eso, y Pak fue uno de los primeros candidatos sobre la mesa.

 

 

Me imagino la emoción que debió sentir, cuando supo del concepto que le ofrecía la editorial. En síntesis, no era muy distinto de lo que había hecho Mantlo con La Encrucijada en su momento, sólo que había pasado el tiempo suficiente como para que casi nadie recordase aquello, y que quienes lo hicieran sintieran una tremenda nostalgia. Fue así, en líneas generales, como nació “Planeta Hulk”. Era un cómic de Hulk, desde luego, y tenía muchas de las constantes. ¿Cómo no reconocerlo como tal, si en esencia se trataba de una actualización de una de sus sagas memorables? Pero había mucho más ahí que una puesta al día. Había una película de gladiadores con un mensaje libertario. Había una saga que expandía los límites del Universo Marvel para presentarnos un nuevo escenario fascinante que invitaba a la construcción de nuevos relatos. Había una historia de amor y una historia de amistad. Estaba llamado a convertirse en un clásico.

 

¿Quieres saber un secreto más, esta vez de la intrahistoria de Panini? Cuando nos tocó publicar “Planeta Hulk”, la colección iba francamente mal. Vendía muy poco desde los tiempos de Forum y en Panini no habían mejorado las cosas. Ése era el motivo por el que se editaba en aquellos tomitos que eran tan habituales en los comienzos de la editorial en España. “Planeta Hulk” parecía interesante, pero nada hacía pensar que aquello cambiaría las cosas, así que la programamos, como hubiéramos programado cualquier otra historia… ¡y fue un éxito brutal, como no había conocido Hulk desde mucho tiempo atrás! Todavía me arrepiento de no haberla publicado en grapa. Se agotaron todos los tomos, se reeditaron otra vez, se volvieron a agotar, y luego se lanzó la aventura en formato Marvel Deluxe, hasta entonces acotado a los verdaderos pesos pesados. Con “Planeta Hulk” empezó una nueva edad dorada para el Piel Verde, y también se disparó la carrera de Greg Pak, quien desde entonces ha seguido unido de manera intermitente a Hulk, e incluso ha hecho de uno de los secundarios de esta saga, Amadeus Cho, el perfecto heredero de Bruce Banner. Aunque eso también es una historia para otro momento.

 

Probablemente te hayas acercado a este volumen con unas ideas preconcebidas. Quizás conozcas al Hulk de las películas, al monstruo sin mente, a la bestia trágica. Aquí descubrirás muchos más aspectos del personaje, en los que nunca antes habías caído. Como me pasó a mí en otro tiempo, tal vez se te quede grabada a fuego esta epopeya que muestra a un Hulk que no es lo que se supone que debe ser, pero que es más Hulk que nunca.

 

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Integral: Planeta Hulk