1987. DE CÓMO LA GUERRA DE LA REALIDAD SE TRANSFORMÓ EN LA CAÍDA DE LOS MUTANTES

Es 1987. Claremont está ahora barajando hacia dónde dirigir la serie. En los últimos años, ha trazado argumentos con doce meses vista, pero ya no puede permitirse ese lujo. Ahora, a raíz del éxito de La masacre mutante, desde arriba le piden un crossover anual y máxima coordinación con Weezie Simonson. Se insiste en que el gran encuentro entre la Patrulla-X y X-Factor sería un espectacular acontecimiento con extraordinarias ventas. Claremont todavía se resiste a llevarlo a cabo, pero sabe que no podrá hacerlo durante mucho tiempo. En lo que parece una huida hacia delante, aleja a los hombres-X de Nueva York y de las exigencias editoriales, de las apariciones en cada uno de los títulos que publica Marvel con a saber qué guionista y de la Secret Wars de turno, la llame Tom DeFalco como la llame. Cambia el racismo hacia los mutantes, al que ya ha sacado un enorme partido, por algo totalmente diferente. Los hombres-X seguirán actuando en la sombra, pero no porque sean proscritos y perseguidos, sino porque se han convertido en leyendas. El propósito lo enuncia Tormenta: “Mientras la Patrulla-X exista, harán lo imposible por destruirnos. Nos atacarán directamente o a través de los que amamos. La solución a nuestro problema es encontrar una manera de tomar la iniciativa. Creo que la única posible es hacerles creer que han logrado su propósito. Por eso la Patrulla-X debe morir” (UXM 219).

Camino de ese objetivo, el Patriarca Mutante decide cerrar muchos de los cabos sueltos que ha dejado colgados en los últimos años y por los cuales ha recibido críticas despiadadas. Toca ahora dar una explicación plausible a La masacre mutante. Mientras Weezie Simonson convierte a Apocalipsis en un villano de altura, Claremont crea a Mister Siniestro, la mente oculta tras los Merodeadores, cuyo debut tiene lugar en el UXM 221 (IX 87), aunque Dientes de Sable ya lo había mencionado en su primer encuentro con Lobezno (UXM 212). Mister Siniestro, que con sus oscuras razones sirve para justificar casi todo, también es el culpable de que Madelyne Pryor lleve varios meses huyendo. Siniestro envía a los Merodeadores con la intención de asesinarla, pero ella es rescatada por la Patrulla-X (UXM 221 y 222, IX-X 87), junto a la que permanecerá desde entonces, con la intención de recuperar a su hijo.

Paralelamente, el que iba a ser argumento de una miniserie protagonizada por Tormenta pasa a integrarse dentro de la serie regular en una saga oficiosamente titulada La guerra de la realidad (UXM 220-224, VIII-XII 87), preludio del siguiente gran crossover mutante. En ella, Tormenta emprende la búsqueda de Forja en compañía de Naze, el viejo maestro chamán del mutante. Naze asegura que Forja ha sido poseído por el Adversario, un demonio de otra dimensión que pretende destruir el universo. En realidad, el verdadero poseído es Naze, suceso ocurrido en el UXM 188 (XII 84) y del que Claremont parecía haberse olvidado por completo en los tres años transcurridos desde la publicación del cómic. Viaje iniciático del estilo habitual de su autor, La guerra de la realidad extiende su discurso en torno al amor, la fidelidad y la traición más allá de los cuatro números inicialmente previstos. Al final del UXM 224, sólo ha sido revelada la naturaleza maligna de Naze, lo que deja el reencuentro de Forja y Tormenta para los dos números siguientes, que ya forman parte de The fall of the mutants. El título de este segundo crossover es un juego de palabras: fall significa tanto caída como otoño, fecha de aparición de los números que componen la saga. De nuevo, se enuncia un nombre genérico que agrupa a las tres colecciones durante otros tantos meses pero cuyos acontecimientos poco tienen que ver entre sí, de no ser por un tono general de catarsis.

En Uncanny, Claremont vuelve a anunciar sorpresas a bombo y platillo en cuanta entrevista u aparición pública hace. Desde el principio, ocurra lo que ocurra, Destino ya ha vaticinado su profecía: “La Patrulla-X morirá en Dallas”. Conociendo el augurio, los hombres-X viajan a la ciudad, donde acometen la batalla final contra el Adversario (UXM 225-227, I-III 88). Por otra parte, Tormenta y Forja, exiliados por el mismo villano en una tierra paralela donde éste consigue devolver sus poderes climáticos a Ororo, también deciden abandonar su paraíso particular a cambio de la oportunidad de enfrentarse al Adversario. “Estamos condenados”, dice ella. “Si nos quedamos, nuestro mundo morirá. Si volvemos, morirá éste”. El sacrifico es el gran tema de la saga. Desde siempre, Claremont ha definido el heroísmo de sus personajes en función de la capacidad de éstos para superar sus conflictos internos y afrontar su destino. La predeterminación con la que actúan sus criaturas adquiere ahora una nueva entidad. Cada hombre-X renuncia a su vida, e incluso a liderar una nueva humanidad en el caso de Tormenta y Forja, para salvar el universo. “Si hemos de morir, que signifique algo”, promete Lobezno. Claremont compara la situación con las de los trescientos de Esparta, el reducido ejército que, aún a costa de su vida, detuvo el avance del imperio persa en la batalla de las Termópilas. Partiendo de semejante referente, la strip recupera un tono épico olvidado desde hace algún tiempo y que se ha visto sustituido mientras tanto por la angustia perpetua que acompaña a los protagonistas. Esa vuelta a las esencias está condicionada, en gran medida, por la preparación de la serie que Claremont realizará junto a Alan Davis. Repasando los cómics ingleses del Capitán Britania dibujados por Davis en busca de personajes que reutilizar en la nueva colección, Claremont encuentra a Roma, la hija del mago Merlyn, guardiana de todas las realidades. La procedencia mágica de Roma la convierte en la perfecta enemiga del Adversario. Éste es el único villano de auténtica relevancia cósmica al que se enfrenta la Patrulla-X desde, por lo menos, Fénix. Su misma concepción resulta extemporánea a los hombres-X. Claremont lo crea para utilizarlo en Doctor Strange, colección que escribió a principios de los ochenta y que abandonó antes de que el Adversario tuviera oportunidad de aparecer. El Adversario y Roma se enfrentan en un ajedrez cósmico en el que los hombres-X son meros peones, carne de cañón cuya muerte sirve para expulsar al villano de la Tierra.

 

Hubiera sido un buen final para la colección pero, es una obviedad, ésta ha de seguir adelante. ¿Cual es el truco? La esencia de cada hombre-X, además de la de Madelyne Pryor, sirve para derrotar al villano. La cámara de un intrépido periodista retransmite el heroico suceso a los teleespectadores de todo el mundo. Ya en secreto, Roma resucita a los hombres-X. El Adversario no ha sido destruido, ya que su existencia es necesaria para el equilibrio natural de las cosas, aunque permanecerá encerrado durante una era “en castigo por su transgresión”. A cambio, la Patrulla tiene la oportunidad de empezar desde cero, con un mundo que los cree muertos. Claremont consigue así un doble objetivo. En primer lugar, si Lobezno, o Tormenta, o quien sea, están muertos, es más difícil que puedan aparecer como invitados especiales en cualquier otro título Marvel; en segundo lugar, queda saldada la histeria antimutante. Los héroes alcanzan la categoría de mito al tiempo que abandonan su papel de “odiados y temidos”. Han caído para salvar el Universo ante los ojos de los que antes querían lincharles. Se han convertido en leyendas.

Un proceso similar vive X-Factor con su participación en La caída de los mutantes (XF 24-26, I-III 88). Los Simonson cierran la compleja línea argumental iniciada con su llegada a la colección un año y medio atrás. Desde entonces, han prolongado el suspense mes a mes, sin un sólo número que no llevara continuará en la última página, técnica sabiamente aprendida por Weezie en sus años como editora de Uncanny. Toca ahora dejar la serie preparada para un nuevo comienzo, sin el lastre que conlleva su concepto inicial. Como en el caso de la Patrulla-X, los chicos de X-Factor son ensalzados como héroes tras derrotar a Apocalipsis. El engaño permanente de los cazadores de mutantes que en realidad se dedican a salvarlos también concluye una vez que el grupo revela la verdad a la prensa. En cuanto a los conflictos personales, Cíclope y Jean ven como Madelyne muere en Dallas, excusa más que suficiente para reiniciar de una vez por todas su romance. Por último, el Ángel, tras padecer la amputación de sus alas y haber sido transformado por Apocalipsis en un oscuro jinete de metálicas y mortíferas plumas, salva las vidas de sus compañeros y vuelve junto a ellos, ahora con las habilidades relevantes y la tortura mental que los Simonson necesitan para hacer de él un personaje de provecho, el Lobezno del grupo, en definitiva.

Por último Weezie Simonson utiliza el crossover para afianzarse como autora de The New Mutants. Le acompaña Bret Blevins, un dibujante que, tras ocuparse de varios números sueltos de Uncanny, llega a la serie de los bebés-X con un particularísimo estilo muy dado a lo caricaturesco que le sirve para dibujar unos adolescentes que realmente parecen eso, y no llamativos superhombres de inverosímiles proporciones. La Simonson aprovecha al máximo las virtudes de Blevins, lo que le lleva a introducir personajes tan disparatados como Cabeza de Chorlito, un ser plumífero surgido de una Isla de los Monstruos con su obligado científico loco. El enfrentamiento con este último se salda con la primera muerte que afronta el universo mutante desde el suicidio de Fénix. Doug Ramsey, un chico apreciado por Claremont al que la nueva guionista no acaba de encontrar utilidad, fallece víctima de un vulgar tiroteo (TNM 60, II 87). La muerte marca el comienzo del distanciamiento entre Magneto y sus alumnos, punto de partida necesario para dotar a la serie de una mayor dosis de aventura y entretenimiento que conlleva la inmediata reducción del drama mutante.

1987. GESTACIÓN Y NACIMIENTO DE EXCALIBUR

Es otoño de 1987. Claremont elige la supuesta muerte de la Patrulla-X como el catalizador de la formación de X-Calibre, la agrupación mutante inglesa cuya colección va a realizar en compañía de Alan Davis. Ha pasado un año desde que hablaran por primera vez de la serie. En ese tiempo, X-Calibre cambia su nombre por Excalibur. Fonéticamente suenan igual, pero el nuevo nombre es mucho más elegante e inglés. Claremont quiere rescatar a la inmensa mayoría de personajes secundarios, villanos y escenarios, cuanto menos peculiares, del serial del Capitán Britania.

Britania, creado por el mismo Claremont junto a Herb Trimpe para la delegación inglesa de Marvel, nace como un sosias del Capitán América atemperado por un par de rasgos mágicos, como por ejemplo la presencia de los ya mencionados Merlyn y Roma, que no oculta el evidente tono superheroico. Tras su debut en Captain Britain 1 (X 76), Brian Braddock se enfrenta a los pertinentes villanos mientras trata de conquistar el corazón de la bella Courtney Ross y hacer frente a las acusaciones del inspector Dai Thomas, un policía que odia a los vigilantes enmascarados con fervor similar al de Jonah J. Jameson. Son tebeos en los que también aparece por primera vez Betsy o Jamie, los hermanos de Brian. Tanto Claremont como Trimpe acaban por abandonar al héroe, que comienza un peregrinaje editorial de diez años en los que salta de una revista a otra, casi siempre en capítulos de no más de ocho páginas. Para evitar problemas de continuidad con Marvel, el guionista David Thorpe hace viajar al Capitán Britania por múltiples tierras paralelas. En una de ellas conoce a Saturnina, la encargada de mantener el orden del multiverso, y se enfrenta a la Banda Loca, un conjunto estrafalario de villanos encabezado por la Reina de Corazones que perseguía a la Alicia de Lewis Carroll, aquí conocida como la Reina Roja. De su diseño se encarga un primerizo Alan Davis, convertido en dibujante del Capitán Britania a partir de 1981.

Pocos meses después de la llegada de Davis, Thorpe es sustituido por Alan Moore, quien añade un toque terrorífico a la colección presente desde el primer número que escribe (Marvel superheroes 387, VII 82). Allí debuta la Furia, un siniestro ciborg cuyo objetivo de matar superhéroes cumple con eficacia absoluta. Moore, influido por Días del futuro pasado, conduce al Capitán Britania por un sin fin de Inglaterras alternativas en las que la Furia asesina a las respectivas contrapartidas del héroe, así como a otros vigilantes enmascarados. De esta época data también la Ejecutiva Especial, el grupo de mercenarios que más tarde será conocido como la Tecno Red.

La última etapa del serial abarca desde 1984 hasta 1986. Alan Davis continúa dibujando mientras que de los guiones se encarga Jamie Delano. El Capitán Britania sigue su periplo por dimensiones paralelas gracias ahora al faro en el que habita, que utiliza como puerta espacio-temporal. Además, Brian conoce a Meggan, la multiforme de origen desconocido que será su novia; y Betsy pierde la vista, momento en el que Claremont retoma a los personajes para incluirlos dentro del Universo Mutante. El haber sido el creador del protagonista le legitima en cierta forma para reutilizar los hallazgos de sus continuadores. “Cuando vuelvo sobre el Capitán Britania descubro que cualquier cosa que hubiera podido hacer, que hubiera tenido en mente, no es nada comparado con lo que han hecho ellos”, explica. Unida esta admiración al deseo de no verse encasillado en la imagen de perpetua seriedad y dramatismo que lleva a cuestas como guionista supremo de los sufrientes hombres-X, propone que Excalibur sea muy diferente a lo que se espera de él.

 

 

Mirando hacia DC, si el año pasado lo que funcionaba era el oscuro Señor de la Noche, este año un par de locos llamados Keith Giffen y J. M. DeMatteis han abierto en canal la vena satírica de la nueva Justice League International. Ése el camino. Hay que hacer cómics más ligeros. Claremont, conocido por la solemnidad de sus guiones, no ha dejado de caer, en ocasiones concretas, en la tentación bromística. Lo hace, por ejemplo, en los ya reseñados El cuento de hadas de Kitty (UXM 153), o en El profesor Xavier es un idiota (UXM 168), pero también en los UXM Annual 7 (1983) y TNM Annual 3 (1987), en ambos casos con la intervención del estrambótico Hombre Imposible, en el segundo de ellos junto a Alan Davis. Ocurre que probablemente el guión más delirante escrito por Claremont pertenezca a una serie sin relación con la Patrulla-X. En el Man-Thing 11 (VII 81), último de la serie, el mismo Padre Mutante es protagonista (a punto de darse a la bebida por la cancelación del cómic), mientras que Jim Shooter, Weezie Simonson o Danny Fingeroth figuran como secundarios. Puede que ahora esté siguiendo una tendencia marcada por otra colección, pero esa tendencia no le es desconocida. Además, en Excalibur, el humor no proviene, como en el caso de la Justice League, de los diálogos frenéticos o los chistes fáciles, sino que es la consecuencia de colocar a un grupo tradicional de superhéroes ante personajes estrafalarios y situaciones rocambolescas. Puestos a buscar definiciones, Ann Nocenti, la editora de la serie, da en el clavo.

 

-Excalibur es una comedia cósmica.

-¿Ah sí? -dice Davis-. Pues yo creía que era una Patrulla-X Europa.

-Chris piensa que tu estilo de dibujo tiende a lo humorístico y quiere aprovecharlo.

-No tenía ni idea, pero por mí encantado. Soy incapaz de unir la palabra “superhéroe” con “realismo” o “seriedad”.

 

La formación del nuevo grupo tiene lugar en el Excalibur Special Edition (III 88), un tomo es formato prestigio que precede a la serie regular. Al Capitán Britania y Meggan se unen Kitty Pryde, Rondador Nocturno y Rachel Summers. Tanto Kitty como Rondador han estado hospitalizados en la isla Muir desde La masacre mutante, por lo que no se encuentran junto a los hombres-X cuando éstos mueren en Dallas. De Rachel en cambio no se sabe nada desde que viajara a la dimensión de Mojo en el UXM 209 (IX 86). Las explicaciones de lo que allí ocurrió las reserva Claremont para una futura miniserie dibujada por Rick Leonardi, pero tal proyecto cae enseguida en el olvido. Alan Davis convierte a Rachel en una encantadora jovencita que poco tiene que ver con la torturada niña venida del futuro. El resto de los cambios operados en los antiguos hombres-X son apenas perceptibles, pero un buen observador puede darse cuenta de que Rondador Nocturno es algo más alto y Kitty más fuerte, se parece ahora a Katherine Hepburn en lugar de a Sigourney Weaver. Por su parte, el Capitán Britania ha aumentado de tamaño y masa muscular, lo que sirve a Claremont para hacer bromas sobre una torpeza de la que antes carecía. Brian Braddock es ahora un Capitán América inglés con defectos tales como la soberbia o la afición a la bebida, algo impensable en Steve Rogers.

“Esta es la historia, haz una portada divertida”, dice Claremont en la nota que adjunta al guión de cada número de la serie regular. Ejemplos de portadas con chiste: la del EX 1 (X 88) adereza la pose de los protagonistas con los risueños villanos, los lobos de guerra. En la del EX 2 (XI 89) uno de esos lobos descansa satisfecho después de haberse tragado a Kitty; el Capitán Britania, arroyado por Juggernaut, pregunta en la del EX 3 (XII 89) si hay más villanos como ése en los Estados Unidos. Por último, en la cubierta del EX 4 (I 90), Davis se atreve con algo realmente arriesgado y absurdo: Un barrendero asegura que los héroes musculosos, la violencia gratuita y las chicas guapas esperan dentro, pero que el lector se olvide de esas cosas en portada. Es la primera vez en su vida que Davis publica un texto.

En el interior del cómic, el Padre Mutante descubre que es mucho más sencillo contar historias dramáticas que humorísticas. Pese a las bromas, casi siempre visuales, es inevitable volver a las viejas costumbres. El primer número comienza con uno de esos misterios claremontianos que se alargan mes a mes sin que parezcan tener solución. En este caso, se trata del debut de Cacharro, una simpática cabeza robótica creada por Davis que la publicidad anuncia como el quinto miembro del grupo. De Cacharro se van dando pistas con cuentagotas. Así, en el EX 2, se revela que puede transformarse en un portal a otras dimensiones, adonde transporta a un misterioso niño de ojos felinos llamado Colin. Al mismo tiempo, el faro del Capitán Britania, convertido en el cuartel general de Excalibur, sigue siendo una especie de encrucijada espacio-temporal. Desde el principio está claro que el viaje por diferentes mundos va a ser una de las constantes de la serie, y otro tanto ocurre con las apariciones de viejos conocidos del Capitán Britania. Saturnina y la Tecno Red se dejan caer en el Special Edition; Courtney Ross en el EX 1; Simio, de la Banda Loca, en ese mismo número, y la Banda Loca al completo en los EX 4 y 5, donde comparten cartel con Arcade, comodín perfecto para añadir unas cuantas bromas al ya de por sí enloquecido argumento.

Excalibur, éxito inmediato que se coloca en ventas a la altura de sus hermanos yanquis, supone la más inesperada sorpresa para los acostumbrados a la angustia recurrente de Uncanny. Por encima de cualquier otro motivo está el dibujo de Alan Davis, imbuido de un maravilloso sentido lúdico de la aventura, de una capacidad para dibujar acción fluida, mujeres imposiblemente hermosas y héroes apuestos y honorables que nadie consigue igualar en el medio. Davis, acostumbrado a que el tradicional papel de pulpa oculte, trastoque o apelmace sus finas y precisas líneas, cuenta ahora con una impresión mucho más digna que hace que su trabajo, entintado siempre por el excelente Paul Neary, brille con la fuerza que se merece.

Seis meses median entre la publicación del Excalibur Special Edition y el primer número de la serie regular. El retraso con la que aparece se debe a dos imprevistos que se presentan ante Claremont. El primero, a algún genio se le ha ocurrido que, como no es suficiente con un crossover anual, no estaría de más que Uncanny apareciera cada quince días durante los meses de verano. El segundo, Tom DeFalco quiere lanzar una colección dedicada a Lobezno. Si Claremont no la quiere escribir porque está demasiado ocupado, no hay problema. La puede escribir cualquier otro. Puestos a decidir entre horas de sueño y el mutante de las garras de adamántium, gana la batalla éste último. Va a ser un año duro. Las cuentas salen con dificultad. Doce números de Excalibur, más doce números de Wolverine, más quince números de Uncanny… ¿Será divertido? Ya verá. Es como perderse en un bosque. Estás tan ocupado buscando el camino e intentando no caerte por el precipicio que te olvidas de admirar la belleza de los árboles. ¿Hasta donde es capaz de llegar Marvel para sacar dinero a los mutantes?, se pregunta Claremont. En 1988, año del estreno de Excalibur y Wolverine, Uncanny coloca una media de 430.000 ejemplares mensuales. Pero Uncanny es tan sólo la punta de un iceberg compuesto por cinco series más (contando Classic X-Men). Juntas, acumulan un cuarenta por ciento de los beneficios que tiene Marvel en el mercado directo. Claremont está convencido de que existe un límite, pero no sabe cuándo se llegará a él. Tampoco sabe si ese límite coincide con su capacidad para concebir historias o con la de los lectores para comprarlas y leerlas. Atrás queda la intención de regresar a The New Mutants, a lo que se une el abandono de los episodios complementarios de Classic X-Men, ahora en manos de Ann Nocenti. No puedes volver a casa, piensa Claremont. Por fortuna, Weezie y Ann hacen un trabajo excelente. ¿echa de menos a los bebés-X? Ojalá tuviera un minuto libre para echarlos de menos.

1988. DETRÁS DE LA SERIE MENSUAL DE LOBEZNO

Es 1988. “Back to the basics, vuelta a los orígenes!!” insiste Tom DeFalco cuando da la orden de lanzar nuevas colecciones que remocen conceptos de las décadas anteriores, como es el caso de Silver Surfer, Doctor Strange, Marc Spector: Moon Knight, Nick Fury agent of SHIELD o The Sensational She-Hulk. Wolverine nace con la pretensión de recuperar el ambiente de las dos series limitadas protagonizadas por Lobezno sin necesidad de urgar en su pasado, que Claremont prefiere mantener oculto. De la noche a la mañana, el Patriarca Mutante aparece con una retahíla de conceptos absolutamente nuevos. Cree que la serie regular de Lobezno está llamada a ser la sustituta de Conan The Barbarian. El público que la compre no sólo es el lector habitual de mutantes, sino también y sobre todo aquél que, de haber nacido una década antes, sería fiel seguidor del cimmerio. En solitario, Logan va a volver sobre sus fueros salvajes, pero, ante todo, sobre la aventura. Conan en el mundo de Terry y los Piratas con unas gotas de Fu Manchu. Villanos malévolos, mujeres exóticas, lugares fantásticos, civilizaciones perdidas… Sin que falten villanos, por supuesto. Es fácil sacar al Lobezno desencadenado, pero le interesa más su quietud, la sensación de que puede vaciar una habitación con sólo levantar una ceja. “Lobezno”, afirma, “es un arma tan mortal que no necesita ser usada”. Como dibujante, Claremont elige a John Buscema, aquél que diera sus mayores días de gloria comercial a Conan. Buscema hace años que no oculta su aversión a los superhéroes, pero piensa que la atmósfera de Wolverine va a ser muy diferente a la que se respira en el tradicional cómic Marvel. De hecho, Lobezno no lucirá su habitual uniforme-X, sino que irá de negro de pies a cabeza. Para mal solucionar el hecho de que el mundo piense que Logan, como el resto de los hombres-X, ha muerto en Dallas, Claremont le crea una nueva identidad, Parche, cuya caracterización se limita a añadir tal complemento al rostro del protagonista. Nadie sugiere que quizás un simple parche no es suficiente para que el héroe no sea reconocido. Buscema aconseja un par de variaciones en el peinado, pero Claremont se niega. Ese pelo es uno de los rasgos distintivos de su chico. Como localización, el Padre Mutante crea una ciudad al completo. Madripur es la Casablanca ficticia del sur de Asia, un Singapur imaginario convertido en el destino definitivo de los perdedores al estilo Bogart, refugio también de la basura y la maldad. “En Madripur”, dice Claremont, “el siglo XIX convive codo a codo con el XVIII. La gran riqueza junto a la más pobre de las miserias. Aquí no hay reglas. Todo puede pasar. Todo puede romperse. Es un contexto diferente al de las aventuras de la Patrulla-X. Es el mundo real, con pistolas de verdad, con muertes de verdad. Y Lobezno combatirá el fuego con fuego”. Como en Casablanca, Madripur tiene un local, el Princesa, donde todo el mundo hace contactos, cierra tratos, propone trabajos o compra y vende información. Falta Sam tocando el piano, pero está O’Donnell, el misterioso regente del local. Un sosias del Rick bogartiano incluso en su manera de vestir y hablar.

Como adelanto de lo que va a ser Wolverine, Marvel lanza una peculiar colección llamada Marvel Comics Presents, proyecto largamente planeado que no acaba de confirmarse hasta que DC anuncia la reconversión de Action Comics a un formato similar. MCP es una colección quincenal que, junto a Excalibur, la ya anunciada Wolverine y la batería de nuevos lanzamientos planeados por DeFalco, salta del dólar que cuestan los tebeos normales desde principio de año a un dólar con veinticinco centavos. A cambio, mejor papel e ilustraciones en contraportada. MCP cuenta, además, con más páginas de tebeo y menos de publicidad. En concreto, cada número contiene cuatro seriales de ocho páginas dedicados a diferentes personajes de la casa. Un mutante será siempre la estrella principal, con su nombre en portada. Al serial, en diez partes, de Lobezno, seguirá uno de Coloso que ya prepara Ann Nocenti junto a Rick Leonardi con el material de lo que un principio iba a ser una miniserie. Además, Barry Smith hará un episodio autoconclusivo dedicado también a Lobezno.

Claremont aprovecha la estructura que le ofrece MCP para desarrollar una típica aventura encuadrada en lo folletinesco que refuerza su clasicismo mediante títulos tan obvios como “El bueno” (MCP 1, X 88), “El malo” (MCP 2, X 88), “La chica” (MCP 3, XI 88), etc. Hacia el final, los lectores a tienen una idea bastante definida de lo que van a encontrarse en Wolverine. En quien no piensan es en Jessica Drew y Lindsay McCabe, olvidadas protagonista y secundaria, respectivamente, de Spider-Woman. Claremont las rescata en el primer número de la serie regular para unirlas al plantel de secundarios que habitan Madripur. Un fino observador puede descubrir que Lindsay es la verdadera protagonista de los WOL 1 a 3 (XI 88-I 89). En números sucesivos, tanto ella como Jessica, Karma o una ocasional amante de Lobezno apodada el Tigre destacan tan sólo por debajo de Logan. La serie parece una reunión de viejas amigas. Obligado a escribir colecciones que preferiría que no existieran, Claremont se permite estas pequeñas libertades. Ventajas de las cárceles de oro.

La aparición de Wolverine coincide además con la salida de Ann Nocenti de la oficina-X. Al igual que Weezie Simonson, Nocenti ha ganado el derecho a convertirse en guionista a tiempo completo. En primavera, coincidiendo con el UXM 232 (VIII 88), Bob Harras la sustituye. Harras, hasta ahora encargado de editar X-Factor y de supervisar las apariciones de los mutantes en otros títulos Marvel, se hace cargo de Uncanny, New Mutants, Classic X-Men y Wolverine. A partir de ahora, ayudará a Claremont y Simonson a sostener el intrincado universo mutante en colaboración con Terry Kavanagh, otro de los ayudantes de Nocenti, que pasa a ocuparse de Excalibur. No sólo son tiempos de cambio para los mutantes, sino también para Marvel. A vueltas de verano, New World anuncia la venta de la editorial a Andrews Group, multinacional propietaria de empresas tan dispares como Revlon o Four Star. Los setenta millones de dólares de beneficio que ha tenido la Casa de las Ideas en el último ejercicio son suficiente razón para que los nuevos dueños decidan mantener a Tom DeFalco como director editorial. DeFalco responde ante los accionistas de un consejo de administración, gente que nada sabe, ni quiere saber, sobre cómics. Gente preocupada tan sólo por la cuenta de resultados. “Hubo una época en la que aquí veníamos a divertirnos y hacer buenos tebeos”, recuerdan los más viejos del Bullpen. Aquellos años, con Martin Goodman, Stan Lee o Roy Thomas siempre a pie de obra como responsables máximos de la editorial pertenecen más que nunca al pasado. Para bien y para mal.

1988. CUANDO LA PATRULLA-X SE MUDA A AUSTRALIA

Es 1988. En paralelo al lanzamiento de Wolverine, La Patrulla-X comienza a vivir una nueva etapa en el UXM 229 (IV 88), donde se definen los parámetros por los que se moverá el grupo tras La caída de los mutantes. En ese número, Roma les explica que, después de su teórica muerte, no pueden ser detectados por medios mecánicos, mágicos o científicos, y les ofrece dos alternativas: enviarles a una especie de Dimensión Fantasma conocida como el Lugar Peligroso, donde serán juzgados por sus acciones y tendrán la oportunidad de comenzar su vida de nuevo, o, la opción que aceptan, dejarles en Australia, en una localización exótica con enormes terrenos vírgenes alejados de los entornos urbanos típico superhéroe Marvel. Nada hace pensar que Spider-Man o los Vengadores vayan a acercarse por “el más remoto continente terrestre”. La Patrulla-X se ha convertido en leyenda, pero no en la leyenda artúrica a la que Claremont puede acercarse en Excalibur, no la leyenda de fantasía heroica que ha retratado en Marada The She-Wolf o en The Black Dragon, sino la única leyenda que, dejando aparte a los superhéroes, han aportado los Estados Unidos a la cultura universal, la leyenda del western. Esta Australia irreal nada tiene que ver con el Sidney de los documentales, sino que se trata de una árida extensión de malas tierras similar a la Texas de John Ford. Donde allí se enseñoreaba John Wayne y Lee Marvin, aquí están Lobezno y compañía. De hecho, en lugar de establecerse en cualquiera de las muchas ciudades del país, lo hacen en un poblado de casas abandonadas, donde un extraño aborigen llamado Pórtico les facilita transporte dimensional a donde sea necesario sin hacer preguntas ni contestarlas. Pórtico cumple las mismas funciones que desempeña Cacharro para Excalibur y, al igual que éste, poco más se sabe de él. Siempre callado, ni siquiera revela si sus poderes son de naturaleza mística o mutante. Poco importa, ya que su aprovechamiento argumental se limita al de haber sustituido al Pájaro Negro como vehículo de transporte de los hombres-X.

 

Nada más aterrizar en su nuevo hogar la Patrulla hace frente a los Cosechadores, una actualización high-tech del Grupo Salvaje de Sam Peckinpah. Claremont aprovecha la habilidad de Silvestri para dibujar personajes de aspecto desagradable. Los Cosechadores han perdido cualquier rasgo posible de humanidad. Gran parte de su cuerpo está compuesto de piezas mecánicas y donde queda algo de hueso y carne brilla siempre la simbología nazi (cabezas rapadas, esvásticas, cadenas, ropa militar). No disponen de poderes ni habilidades especiales, sino que utilizan las armas y las tácticas de grupos terroristas, aunque lo hacen con una salvedad: mientras los fines de éstos suelen tener algún tipo de contenido político, la única pretensión de los Cosechadores es asesinar, robar y divertirse.

Frente a ellos, resulta demoledor el contraste de una Patrulla-X que ha cambiado la tecnología Shi’ar por la cuchara de palo; los viajes en el Pájaro Negro por el teletransporte cuasi místico que les procura Pórtico; la Sala del Peligro por la arena del desierto; las amplias habitaciones de la mansión de Xavier por barracas de madera y barro. “Estoy en medio de ningún sitio, sin libros que leer, sin tele que mirar, sin música que escuchar, sin ningún lugar donde divertirme el sábado por la noche… Si esto es ser una leyenda, prefiero morirme”, brama Dazzler (UXM 230, VI 88). Contra los tipos duros que proliferan en el Universo Marvel con el Castigador a la cabeza, Claremont vuelve sobre las raíces. El héroe despojado de cualquier artificio que no sea su valor y habilidad frente al villano repugnante y artero. Con esa premisa básica, se desarrollan las dos aventuras que aparecen con periodicidad quincenal durante los meses del verano de 1988. “Esto es una locura”, sostienen con razón tanto Claremont como Silvestri. El dibujante, tras constatar que es imposible sacar adelante cuarenta y cuatro páginas mensuales, máxime si los guiones de Claremont llegan con retrasos de una semana, es apoyado por Rick Leonardi, que se ocupa de tres de los seis números quincenales.

La primera de esas sagas (UXM 232-234, VIII-IX 88) recupera a los eslyzoides del Nido, de los que nada se ha vuelto a saber desde los gloriosos tiempos de Paul Smith, pese a los incesantes ruegos de sus muchos fans. La principal novedad es ver a los alienígenas sueltos por la tierra e infectando a cada humano o mutante que se le ponga por delante. Mayor enjundia contiene la siguiente aventura, ya que en ella Claremont regresa sobre el racismo mutante desde la perspectiva de la política-ficción. En los UXM 235-238, X-XI 88) aparece por primera vez el imaginario país de Genosha, “una tierra verde y agradable de esperanza y oportunidad. Donde la libertad es consigna”, reza su lema. Genosha es una metáfora de la Sudáfrica del apartheid llevada a sus últimas consecuencias, una utopía construida sobre la vergüenza. En la paradisiaca Genosha, situada entre Madagascar y las Islas Seychelles, la sociedad y la economía han evolucionado a cotas formidables. “No existe pobreza, y se dispone de incomparables oportunidades en educación y empleo”, dice la propaganda política. “El nuestro es un país libre, cuya gente es juzgada por sus actos, no por el color de su piel”. En realidad, Genosha es un Estado policial, y su falsa prosperidad se debe a la segregación racial. Mientras los humanos cuentan con todos los derechos, los mutantes son esclavizados de por vida. Una casta científica, los Geningenieros, se ocupa de localizarlos y de adecuar sus poderes a las diferentes funciones que desempeñan (desde industriales a médicas) mientras que un sofisticado grupo militar, los Magistrados, constituye la fuerza organizada que sostiene el sistema, la encargada de castigar cualquier disidencia. Claremont inventa para ambos un nuevo lenguaje racista. Mientras los Geningenieros llaman a los mutantes “genpositivos”, los Magistrados se refieren a ellos como “genobichos”. La Patrulla-X llega a Genosha cuando empiezan a arder las llamas de la revolución desde el interior mismo del régimen establecido, por iniciativa del hijo de un Geningeniero que intenta rescatar a su novia mutante. Que esa revolución salga adelante queda, al final de la saga, en la incógnita o en el devenir de la colección. En caso de fracaso, los hombres-X prometen regresar al país.

En un segundo nivel, la aventura muestra a los hombres-X desde perspectivas diferentes. Por una parte, descubren las ventajas (e inconvenientes) de su capacidad recién adquirida de no ser detectados por métodos electrónicos; por el otro, Lobezno y Pícara son desposeídos de sus poderes. La falta del factor curativo en el primero tiene una consecuencia lógica, ya que sus manos sangran cada vez que saca las garras. Queda así establecido que Lobezno no tiene ningún orificio en sus extremidades, sino que las garras producen una herida curada al momento por su poder mutante, uno de esos detalles sin importancia que apasionan a los fans más detallistas. En una crueldad argumental de sofisticada premeditación, Pícara, que ha pasado toda su vida con el deseo de tocar y ser tocada, sufre terribles abusos sexuales que llevan a su mente a retraerse y a ser tomada por la personalidad de Carol Danvers, un pretexto del Padre Mutante para dar un par de pinceladas sobre el pasado común de ella y Lobezno. Carol recuerda “aquella vez que me rescataste del KGB”. Claremont no cuenta mucho más, fiel a su consigna de insinuar antes que detallar.

Es una época en la que afloran acusaciones contra el guionista por sus temas recurrentes, sus diálogos eternos, sus personajes torturados. Nada hace pensar que su antes elogiada imaginación y capacidad narrativa esté oxidada, por mucho que tenga que producir tres colecciones mensuales. En 1988, en los guiones de Claremont hay conceptos y personajes por cuya creación muchos autores matarían. Hay historias magníficas y emocionantes, desde las grandes sagas dramáticas que construye en Uncanny –primero La caída de los mutantes, luego la aventura en Genosha- a las deliciosas historias de Excalibur. ¿Qué es lo que falla entonces? Tal vez una cierta falta de reconocimiento intelectual de la calidad de su trabajo, pese a que él se considere un honrado artesano del entretenimiento; tal vez el verse inmerso en un huracán que controla a duras penas; tal vez el agotamiento inherente a más de una década trabajando en la strip, a unos años en los que no hay tiempo para relajarse.

1988. LA MECHA QUE ENCENDIÓ EL INFERNO

Es otoño de 1988. Toca de nuevo crossover con las series mutantes. En este caso, Claremont tiene un plan para dar solución por fin al culebrón Jean Grey-Cíclope-Madelyne Pryor, con el esperadísimo encuentro de los dos grandes grupos mutantes. Walter Simonson y Marc Silvestri preparan las publicidades del evento. En la de Simonson, junto a los rostros de Jean, Scott y Madelyne aparece una pregunta: “¿Crees conocer la verdadera historia?”. La de Silvestri muestra a Mister Siniestro acompañado del lema “Los mejores planes llevan toda una vida”. A fecha de septiembre de 1988, los lectores mutantes están lo suficientemente liados como para no estar seguros de nada. Tras releer la colección desde el The X-Men 1, el Patriarca Mutante elabora una compleja explicación que sirve para aclarar las partes oscuras de la historia de la Patrulla-X. Para ello, enlaza tres sucesos clave: la muerte de Fénix, la aparición de Madelyne y el regreso de Jean Grey.

Primera pregunta: ¿Quién mueve los hilos? Respuesta: Mister Siniestro. Este chico vale para todo. Si ya fue útil para explicar La masacre mutante, ahora vuelve a serlo para resolver las grandes dudas de la strip. Siniestro ha manipulado a Cíclope desde su más tierna infancia. Durante años le mantuvo en el orfanato mientras supervisaba la aparición de sus poderes. Sin embargo, Scott, con todos sus recuerdos borrados, escapó y fue reclutado por Xavier para la primera formación de la Patrulla-X

Segunda pregunta: ¿Quién es en realidad Madelyne? Respuesta: Madelyne es un clon creado por Mister Siniestro y colocado en el lugar preciso para que se enamore de Cíclope y tengan un hijo cuyos genes conserven lo mejor de cada casa. Ese hijo es Nathan, con el que Siniestro pretende llevar a cabo planes por los que Claremont prefiere pasar de puntillas, ya que todavía no los ha decidido.

Tercera pregunta: ¿Qué relación tiene Fénix en todo esto? Respuesta: Los sucesos del UXM 137 son de nuevo objeto de reinterpretación, esta vez por el mismo Claremont (Si me cambian mis propias historias, ¿no tengo derecho a hacer yo lo mismo?, piensa). Fénix, explica el Patriarca Mutante, tampoco murió en la luna. Lo que murió fue el cuerpo creado por Fénix a partir de Jean Grey. Fénix regresó entonces a la Tierra con la intención de despertar a Jean, quien dormía plácidamente en el fondo del río Hudson. Sin embargo, a quien despertó fue a Madelyne, todavía en manos de Siniestro.

Unificados los sucesos, Claremont toma la sensata decisión de quedarse con una sola de las tres chicas. En la saga, Madelyne muere, pero tanto sus recuerdos como los de Fénix pasan a la mente de Jean (XF 38, III 89). Queda pendiente encontrar un hecho que desencadene la aventura. Se busca una buena razón para corromper a Madelyne y enfrentarla a la Patrulla-X y a X-Factor.

Entonces llega Weezie Simonson con sus planes para The New Mutants. Weezie trabaja en una aventura en la que Illyana afronta de forma definitiva el eterno conflicto con su lado oscuro. Como Claremont en el caso de Madelyne y Jean, la Simonson quiere así resolver líneas argumentales que arrastra desde largos años atrás. En concreto, desde la miniserie de Illyana. Lo que tiene la guionista pensado es que los demonios del Limbo invadan la Tierra. Magik tendrá que elegir entre su inocencia perdida y su parte demoniaca. Por supuesto, gana la inocencia, y lo hace de manera literal, ya que la saga termina con Illyana convertida de nuevo en niña, tal y como era antes de llegar al Limbo. Weezie lo habla con Claremont, y él se da cuenta de que el contexto es perfecto para convertir a Madelyne en la villana de la historia. Que se alíe con N’asthir, uno de los demonios del Limbo, con el objetivo de recuperar a su hijo Nathan. A cambio, N’asthir consigue invadir la Tierra al frente de una legión de demonios. Enseguida aparece un título para la saga. Primero se la llama Infierno en la Tierra, aunque pronto se simplifica el nombre hasta quedarse simplemente en Inferno. El problema surge cuando le cuentan la idea a Bob Harras, el editor de las series mutantes.

-Es perfecto. Magnífico. Los demonios dominan Manhattan y luchan contra todos los héroes del Universo Marvel. ¿Por qué no se lo proponemos a DeFalco? Creo que esto lo podemos llevar más allá de nuestras colecciones.

Las decisiones argumentales, convertidas en decisiones políticas, se trasladan a los despachos. En dos días, el proyecto atañe al resto de las series de la casa. Así, de una forma u otra, la invasión demoniaca afecta a las colecciones de Spider-Man, Vengadores, Cuatro Fantásticos, Power Pack, Capa y Puñal… No obstante, el núcleo principal del crossover se desarrolla únicamente en las tres series mutantes más veteranas, mientras que en Excalibur el tema se toca de manera tangencial y en Wolverine ni siquiera se menciona. La saga cuenta además con un prólogo, X-Terminators (X 88-I 89), miniserie protagonizada por los chavales que viven con X-Factor y que Weezie Simonson pretende fusionar con los bebés-X.

El Claremont de Inferno resulta ácido como en pocas ocasiones. Capaz de divertirse con ascensores que devoran a turistas estúpidos, fuentes que aporrean perros, edificios que crecen, un cameo de los Cazafantasmas o lo que se le ponga por delante, el guionista encuentra tremendamente divertido jugar con los cabos sueltos dejados durante la última década tanto por él como por los demás autores mutantes, autorizados (Weezie) o no (Shooter y compañía). Lleva demasiado tiempo peleándose con todo el mundo por culpa de Jean Grey, sus muertes y sus resurrecciones. Demasiado tiempo construyendo el culebrón más largo de la narrativa universal. Ha llegado el momento de dejar las cosas claras. Esta vez no hay ningún director editorial que interfiera, ni tampoco ningún subalterno con ínfulas de guionista jodiendo por detrás. Sólo él y Weezie reparando los errores del pasado y asumiéndolos como propios en una explicación única, coherente y definitiva. De Inferno quedan varios momentos decisivos para el recuerdo: la muerte de Madelyne, la vuelta a la niñez de Illyana, el reencuentro de Logan y Jean… y, sobre todo, queda el primer gran crossover mutante que afecta al resto de la Casa de las Ideas, un negocio redondo cuya estructura puede repetirse en el futuro. De hecho, John Byrne, ahora guionista de Los Vengadores, tiene una idea similar para los Héroes Más Poderosos de la Tierra.

1989. DISOLUCIÓN Y RENACIMIENTO

Es primavera de 1989. Terminada la saga, cada colección reemprende su camino, esta vez desde posiciones de absoluta disparidad argumental que dejan cerradas durante largo tiempo las puertas a un nuevo crossover. En X-Factor, una vez resueltos todos los problemas causados por la creación del grupo, Weezie Simonson busca nuevos motivos para hacerlo interesante, ahora sin la compañía de su marido, quien por esas fechas se convierte en el autor completo de los Cuatro Fantásticos.

En The New Mutants queda pendiente la vuelta a las andadas de Magneto. La situación, alargada desde La caída, está programada para resolverse en el curso de Inferno, pero la estructura final de la saga obliga a aparcarla hasta el TNM 75 (V 89). Resulta apropiado que el cómic en el que los bebés-X abandonan a Magneto y éste asciende a Rey Negro del Club Fuego Infernal sea dibujado por John Byrne. Derrotado por la supuesta muerte de la Patrulla-X y la tragedia de Illyana, Magneto prevé una guerra entre humanos y mutantes, razón por la que se pone al frente de los enemigos naturales de los hombres-X. “Ya sabemos que eres uno de los malos”, exclama Bala de Cañón. Weezie tiene ahora las manos libres para poder lanzar a sus niños a un conjunto de aventuras por completo alejadas de la Patrulla-X. Dicho y hecho: al mismo tiempo que X-Factor viaja al espacio (XF 43-51, VIII 89-II 90), los Nuevos Mutantes dan con sus huesos en Asgard, donde permanecen por una buena temporada (TNM 78-87, VIII 89-III 90).

La situación es diferente en las colecciones escritas por Claremont. Inferno, producto de reuniones en las que el Padre Mutante y Bob Harras preparan durante horas esquemas con más de setenta personajes, ha dejado agotado al guionista. El siguiente clavo en el ataúd lo ponen los chicos de Marketing. Este año también va a haber series con periodicidad quincenal La lotería le ha tocado a Uncanny. Excalibur y Wolverine. Ante su incapacidad manifiesta para escribir dos tebeos por semana y otras tantas novelas por año, Claremont cede a una propuesta de Harras por la cual deja en sus manos Wolverine. A partir de ese momento, el editor contrata diferentes equipos artísticos por un determinado número de meses, lo que impide que ninguno de ellos acabe por asentarse definitivamente en la serie. Claremont se divierte con Alan Davis, por eso se mantiene al frente de Excalibur. Pero eso no impide que su agotamiento se refleje en los guiones. En EX 9 (VI 89) comienza una larga saga en la que Cacharro transporta a los héroes a varias dimensiones alternativas. Los primeros números resultan divertidos, sobre todo el EX 14 (XI 89), en el que Excalibur llega a una Tierra habitada por parodias de los principales héroes Marvel, y los EX 16 y 17 (XII 89), elaborados a partir de un plot escrito por Davis con el que el dibujante homenajea al John Carter de Burroughs. Sin embargo, pasan los meses y Excalibur sigue saltando de mundo paralelo en mundo paralelo sin un En el UXM 215 objetivo claro. El cansancio se hace extensible tanto a los lectores como al artista, que además recibe los guiones con retrasos de una o dos semanas. “Esto es demasiado, no puedo hacerlo”, dice Davis, quien decide abandonar la serie en el EX 24 (VII 90). Sin su creador gráfico, Excalibur queda a la deriva. Sus páginas ya no hacen sonreír ni al mismo Padre Mutante, a pesar de que siga escribiéndolas.

“¿Qué le está pasando a Chris Claremont?”, se preguntan incluso sus incondicionales. Muy pocos de ellos entienden gran cosa de Disolución y renacimiento, la saga veraniega que se publica en Uncanny después de Inferno. Los lectores no saben a dónde va la serie, pero, por primera vez desde su comienzo, da la sensación de que el autor tampoco. Preocupado por rematar Grounded, la segunda parte de su novela First Flight, Claremont descuida los guiones, abusa de las representaciones oníricas (casi siempre confusas), multiplica sus tics, reitera los viejos trucos y se sumerge en sagas eternas que no conducen a ninguna parte, como la de Excalibur, mientras no deja de protestar por haber perdido el control de sus personajes. “La fuerza que tenía la Patrulla-X en los años ochenta residía en que yo escribía todo”, dice. “Escribía Uncanny, los bebés-X y las miniseries. Luego tuve que dejar algunas cosas, pero vino Weezie. Con ella siempre me he coordinado bien, por lo que seguía habiendo una visión única. Con Wolverine es la primera vez que un personaje protagonista no lo escribimos ninguno de los dos. Quién sabe cuáles serán las consecuencias de eso. Puede que Logan evolucione de forma diferente a cómo lo hace en Uncanny. Sólo tiene que llegar un guionista que tenga una visión de él diferente a la mía. ¿Me tendré que preocupar de que esto importe a los lectores? ¿Tendré que adecuar mi Lobezno al de la serie regular? ¿Tendré que sacarlo del grupo? Si yo fuera el único escritor de Lobezno no habría problemas. Sabría a dónde va el personaje, quién es y cómo funciona. He estado haciendo eso desde hace quince años. Las dificultades llegan ahora, cuando hay otras personas implicadas en el proceso”

“¿Dónde diablos está Lobezno?”, se pregunta Kaos (UXM 249, IX 89). El canadiense de las garras de adamántium se pierde en los arcos argumentales de su colección a la vez que cada uno de los hombres-X va causando baja en Uncanny. Pícara es arrastrada hasta el Lugar Peligroso mientras lucha con Molde Maestro (UXM 247, VIII 89), Longshot deja el grupo y Tormenta parece morir en un accidente (UXM 248, IX 89). El resto, impulsados por un sueño premonitorio de Mariposa Mental en el que los ve a todos muertos, deciden viajar también al Lugar Peligroso (UXM 250, XI 89). Lobezno reaparece en la primera página de ese mismo número, pero lo hace crucificado. Cómo ha llegado hasta ahí es algo que Claremont no explica hasta la página doce, y cuando lo hace, utiliza una alucinación del mismo Logan en la que no queda muy claro qué es realidad y qué ficción. En los siguientes números tampoco se entiende gran cosa, hasta que en el UXM 254 (XII 89) se presenta una nueva-y-diferente Patrulla-X compuesta por Moira McTaggert, Amanda Sefton, Legión, Forja, Banshee, Polaris y un Morlock llamado Rompedor, todos ellos inquilinos de la Isla Muir. Un número más tarde, derrotan a los Cosechadores, responsables de la ruptura del anterior equipo.

A partir de ese mes, Claremont prevé traer de vuelta a los hombres-X que han pasado por el Lugar Peligroso. El Patriarca Mutante debe afrontar, sin embargo un nuevo imprevisto que viene de la mano de su viejo amigo John Byrne. Junto con el editor Howard Mackie, Byrne ha organizado un crossover a imagen y semejanza de Inferno. Aunque el argumento principal de Actos de Venganza transcurre en las series protagonizadas por los Vengadores, sus consecuencias colaterales afectan al resto del Universo Marvel. De esta forma, un grupo de villanos se intercambia a sus respectivos enemigos. Mientras Magneto pelea contra Spider-Man, a la Patrulla-X le cae en gracia… el Mandarín.

Con Marc Silvestri de vacaciones después del atracón veraniego, Bob Harras necesita otro dibujante para la saga. En los últimos meses, ha dado sus frutos la búsqueda de nuevas estrellas emprendida por Tom DeFalco. De forma inadvertida, un pequeño grupo de imberbes, desconocidos y ambiciosos artistas han ido ocupando colecciones menores. Una portada a tener en cuenta: Incredible Hulk 340 (II 88). Las garras de Lobezno reflejan el enfurecido rostro del coloso esmeralda. El autor es Todd McFarlane, joven promesa recién traída de DC cuyo trazo barroco se convierte en modelo a seguir por las generaciones emergentes. Entre esas generaciones, un coreano residente en San Diego llamado Jim Lee, artista llamativo enterrado en un título de segunda, Punisher War Journal, cuya mayor aspiración es dibujar Uncanny X-Men.

Lee es un currante nato. Hijo de modestos inmigrantes, ha mamado el sueño americano. Sabe que trabajando, trabajando y trabajando todos tus deseos pueden hacerse realidad. Por eso trabaja, trabaja y trabaja. Lee abandona la carrera de Medicina. Lee se encadena a un tablero de dibujo. Lee desea ser mejor que todos sus ídolos. Mejor que John Byrne, mejor que Frank Miller, mejor que David Mazzucchelli, mejor que Arthur Adams. En 1986, Archie Goodwin le presenta a Carl Potts, con quien trabaja primero en Alpha Flight, y luego en Punisher War Journal. Durante los tres años siguientes perfecciona su estilo. Acción y drama, composiciones de página arriesgadas, detallismo extremo, mujeres hermosas, cuerpos retorcidos de dolor, expresiones altivas y chulescas. ¿Cuántas veces puedes dibujar al Castigador conduciendo una furgoneta de forma dramática? Las que hagan falta hasta que se fijen en mí, sostiene.

1989. LA REVOLUCIÓN SE LLAMA JIM LEE (Y EL CHICO DE LA GORRA ROB LIEFELD)

Es verano de 1989. El sueño se hace realidad. Bob Harras contrata a Jim Lee para los tres números de Uncanny correspondientes a Actos de Venganza. Este chaval es demasiado bueno para dejarlo en Punisher, afirma el editor. Lo que finalmente le convence es una aventura de este personaje en la que Lobezno aparece como invitado especial (Punisher War Journal 6 y 7, VI-VII 88). Tras ella, llega un tebeo de prueba, el UXM 248, que Lee dibuja en quince días, y, por fin, Actos de Venganza. Son apenas tres números (UXM 256-258, XII 89-II 90), pero a Harras le bastan para saber a ciencia cierta que Jim Lee es lo que Chris Claremont lleva necesitando desde hace años. “Éste, éste”, repite una y otra vez.

 

-Es muy bueno, Chris, ¿a que es la hostia de bueno?

-No lo hace mal.

Es otoño de 1989. Lee diseña el aspecto de la Mariposa Mental surgida del Lugar Peligroso. Como dijera Roma, en el Lugar Peligroso tu vida entera es puesta en una balanza por “el mayor de los poderes”, que puede ofrecerte la oportunidad de empezar desde cero. En definitiva, el Lugar Peligroso es un recurso de Claremont para introducir cambios sorprendentes en sus personajes. La fórmula le ha funcionado siempre, pese a las protestas iniciales de los lectores. Para qué engañarse: Claremont conoce a sus fans. Les encanta esa sensación de falso cambio. Primero odian a la Tormenta punk para a continuación adorarla. Sucede que en este enésimo salto al vacío no hay siquiera unos meses de transición. Mariposa Mental entra siendo una tierna joven endurecida por las circunstancias… y sale transformada en una mortífera ninja de rasgos orientales y curvas imposibles. Mariposa ha sido reeducada por los asesinos de la Mano, quienes la localizan “en estado de shock, con su mente y sus recuerdos totalmente fragmentados” (UXM 256). Lobezno, como ya hiciera con Kitty Pryde en la miniserie que compartieran, es el encargado de devolverla a la realidad. Por cierto, a Lobezno le acompaña Júbilo, la niña que le ha rescatado de su crucifixión. Versión para los años noventa de Kitty, la chavala se aleja de la sofisticación de ésta. Frente a la niña pija educada en los mejores colegios de Chicago, Júbilo es una malhablada hortera criada en las calles de Los Angeles y deseosa de meterse en líos. “Sin ella no estaría aquí. Sin ella no estaría vivo”, agradece Logan (UXM 257).

El día que entrega su tercer número Lee se acerca para hablar con Harras. “Si buscas a alguien para sustituir a Silvestri, ponme en la lista”, le dice. No hace falta, porque el editor ya tiene en la cabeza una reestructuración completa de las colecciones mutantes. Uncanny va a ser dibujada por Lee. Está decidido y no hay marcha atrás. Incluso acepta que sea el mismo artista quien elija su propio entintador. ¿Qué pasa entonces con Marc Silvestri? Muy fácil. Silvestri termina su contrato en Uncanny y pasa a Wolverine. Las ventas de la colección del mutante de las garras de adamántium no van bien. Hace falta un equipo creativo fijo que establezca una dirección unívoca para la serie, que lleva dando palos de ciego desde la salida de Claremont. La elección del nuevo guionista de Lobezno recae sobre Larry Hama, un especialista en cómics de acción bregado en sus muchos años como escritor de G. I. Joe. Tanto él como Silvestri se estrenan con el WOL 31 (IX 90). Por último, Harras también opina que los bebés-X están pidiendo a gritos un revulsivo. Weezie Simonson no está de acuerdo, pero eso no importa. Le apetece dar cancha a un chaval que lleva haciendo cosas sueltas para la Oficina-X desde hace algún tiempo. Se llama Rob Liefeld, es californiano, tiene veintitrés años, le gusta el surf y es hijo de un predicador arruinado.

Fichado por los cazatalentos de Marvel después de ver su trabajo para DC en la miniserie Hawk and Dove, Rob no tiene colección fija, aunque casi todo lo que ha hecho para la Casa de las Ideas se encuadra en el entorno mutante: un X-Factor primero (XF V 89), un Uncanny después (UXM 245, VI 89), un What if? de Lobezno más tarde (What if? 7, XII 89)… Rob está fascinado desde que se enteró que Todd McFarlane, ese tipo increíble que dibuja Spider-Man, vive en la playa de Malibú. No en Malibú, sino en la playa de Malibú. Eso es lo que Rob busca: ganar tanta pasta dibujando tebeos como para comprarse una casa en la playa de Malibú.

A Rob le gusta dibujar cosas grandes. Tipos grandes. Dientes grandes. Tetas grandes. Para compensar, también dibuja pies y cabezas diminutos. Rob oculta hábilmente su falta de dominio de la figura humana debajo de multitud de líneas cinéticas, de viñetas desordenadas o inexistentes, de caras furiosas, de posturitas y musculitos. Todo lo que sabe sobre dibujo lo ha aprendido copiando a sus ídolos, costumbre que no tiene por qué abandonar ahora que le pagan por ello.

 

-Este dibujo está plagiado de otro de Arthur Adams -trata de explicar Weezie Simonson a Bob Harras.

-No es un plagio. Es un homenaje.

-Lo que tú digas.

 

Weezie no se siente cómoda. Le quitan a Bret Blevins, el dibujante perfecto para los bebés-X y le ponen a este niño tonto. Harras pide que se reúnan en Nueva York y coman juntos un día. Liefeld viene con su carpeta de dibujos debajo del brazo. Ha diseñado uniformes nuevos para todos los bebés-X. Son cientos, pero todos se parecen. Mucha cazadora y muchas mallas de gimnasio. “Dios mío, que horror”, piensa Weezie. Pero no dice nada. Rob habla apresuradamente. Bebe Coca-Cola y come un doble Whopper con queso, bacon y mucho ketchup. Le gustan los tebeos guays, con peleas guays y con tías guays. Aborrece todo el rollo ése de adolescentes problemáticos metidos a superhéroes. Quiere menos diálogos y más acción.

-También me gustaría que usásemos a estos villanos. Se llaman el Frente de Liberación Mutante. Y a este tío. Le llamo Cable.

-Ah, ya.

Cable es un armario enorme cargado de pistolones todavía más grandes. Lleva unas botas militares, un brazo cibernético y artillería suficiente como para abastecer un ejército. Parece una mezcla de Arnold Schwarzenegger y un bisonte desbocado.

-¿Qué hace?

-Pues es guay.

-¿Y porqué le brilla un ojo?

-No sé. A mí me mola. Es guay.

-Dime, Rob, ¿te quitas alguna vez la gorra de beisbol?

-Sólo para dormir, ¿por qué?

 

Resignada, Weezie escribe el primer guión para Liefeld, una historia sencilla que forma parte de Actos de Venganza, con el Buitre y el Chapucero como villanos (TNM 86, II 90). La mayor parte de la trama transcurre en la azotea de un juzgado. Más facilidad, imposible. Cuando recibe las páginas dibujadas y listas para que les coloque los diálogos descubre que va a ser duro. Muy duro. El chaval tiene varios problemas. Es obvio que sus nociones de anatomía dejan bastante que desear, pero eso es lo de menos. Primero, Rob no sabe narrar. Puede hacer dibujos, pero es incapaz de contar una historia mediante esos dibujos. Segundo, le pides que te dibuje una cosa y te dibuja lo que a él le apetece. Weezie utiliza sus textos para explicar las incomprensibles viñetas, pero eso la obliga a cargar las páginas con diálogos superfluos que serían innecesarios con un dibujante normal. A pesar de ello, hay cosas que no tienen arreglo. Ejemplo: TNM 86. Página diez, viñeta seis. Rusty Collins sube por unas escaleras metálicas que conducen a un tejado. En el tejado espera el Buitre. Página once, viñeta uno. Rusty se arroja contra el Buitre. Dada la posición de cada uno de los dos personajes, ambos deberían caer sobre el tejado. Sin embargo, caen al vacío. O falta una viñeta o el edificio se ha dado la vuelta de forma inexplicable. Más que un cómic, los bebés-X de Rob Liefeld parecen una antología de gazapos visuales.

Tanto Cable como el Frente de Liberación Mutante debutan en las últimas páginas de ese mismo número. Según los diálogos que consigue encajarle Weezie, Cable es un viejo soldado amargado que está de vuelta de todo. Tiempo atrás, debió de trabajar para el Gobierno Americano, pero ahora va por libre. En el Pentágono le consideran una leyenda, ha participado en misiones secretas desarrolladas en lugares como Madripur y su peor enemigo es el líder del FLM, un tipo con armadura llamado Dyscordia. Liefeld desea convertir a Cable en el nuevo profesor de los bebés-X. Weezie piensa que la idea es un disparate. Entonces recuerda sus tiempos como editora. Nada como un buen editor para bajar los humos a un recién llegado que todavía tiene mucho oficio que aprender. Esa debería ser la labor de Bob Harras. O eso piensa ella.

1990-91. DEL DESESTIMIENTO DE LOUISE SIMONSON A LA IRRUPCIÓN DE X-FORCE

Es primavera de 1990. En los meses previos a la llegada de Jim Lee, Claremont recupera a los hombres-X perdidos en el Lugar Peligroso al tiempo que desarrolla una irregular aventura protagonizada por secundarios como Forja, la Bestia o Jean Grey. Tal vez sean las horas más bajas de toda su carrera como guionista, un problema que se ve agravado por unos infames dibujos de impresentables como Kieron Dwyer, Bill Jaaska o Mike Collins. Mientras tanto, trabaja junto a Lee en el diseño de un nuevo hombre-X. Remy Lebeau, alias Gambito, repite el esquema del tipo duro de oscuro pasado en la línea de Lobezno. “Es un renegado perteneciente a un clan de ladrones de Nueva Orleans. Tiene acento francés y va por la vida rompiendo corazones. Muy carismático, con un estilo parecido al de John Malkovih”, describe Claremont. Lee lo viste con una gabardina, le coloca un cigarro en la comisura de los labios y una baraja de cartas en la mano. “Este es su poder. Carga las cartas con energía y las arroja”, explica el dibujante. “La gabardina es para que parezca más real, aunque cuando se mueve hace las veces de capa”. Gambito aparece por primera vez en el UXM 266 (VIII 90). Un mes más tarde une su destino al de Tormenta en el mismo número en el que Jim Lee se incorpora como dibujante regular, con el considerable alivio de los lectores. Las palabras finales de Ororo presagian la ansiada reunión del grupo: “Dime, Gambito… ¿Has oído hablar de un equipo de héroes mutantes llamado la Patrulla-X?”

Ha decidido dejarse el pellejo en la serie. Jim Lee comprende que es la oportunidad de su vida. Mes a mes ensaya innovadoras fórmulas narrativas, que van desde la superposición de viñetas a la abundancia de dibujos a sangre, de los flashbacks rodeados con orlas negras a los encuadres arriesgados o al predominio de las escenas en scope. El detallismo de su trazo alcanza niveles hiperrealistas. Es el sueño dorado de todo lector de tebeos hecho realidad. Jim Lee te sujeta en la portada y no te suelta hasta la última página. Entonces, respiras. Antes, contienes el aliento. Es un dibujante en la plenitud de sus dotes artísticas que sin embargo crece página a página, número a número. ¿Cuantas horas diarias pasa delante del tablero de dibujo? ¿Diez, doce? Las que sean necesarias. De repente, el público vuelve a mirar de otra forma a la Patrulla-X. Lobezno vive exóticas aventuras junto al Capitán América y la Viuda Negra (UXM 268, IX 90) y Pícara aparece ante los fans como un modelo de lencería (UXM 269, X 90). La colección cobra vida. Las ventas suben como la espuma. Jim Lee es el Chico Midas. Todo lo que dibuja se convierte en oro. Claremont sin embargo empieza a sentirse desplazado. Le vienen a la cabeza palabras de John Byrne pronunciadas diez años atrás.

 

-¿Sabes cual es el problema, Chris? No sé si la gente mira a la Patrulla-X o nos mira a nosotros. Pero pienso averiguarlo. Si tú te quedas, nunca lo sabrás.

Byrne se equivocaba. Durante todos estos años, han mirado a la Patrulla-X. Y Chris Claremont ES la Patrulla-X. No hay Patrulla-X sin Chris Claremont. Todos lo saben. ¿Todos?

Es verano de 1990. Chris Claremont y Weezie Simonson planean el crossover mutante anual. Mucho más modesta que Inferno, esta nueva saga va a constar de nueve capítulos repartidos entre las tres series principales (UXM 270-272, TNM 95-97 y XF 60-62, XI 90-I 91).

 

-Es la última que vamos a hacer, Chris.

-Ya me gustaría.

-No entiendes lo que te estoy diciendo. Me voy.

-¿Qué?

-Que estoy cansada. Me voy.

 

El problema no es Liefeld, sino que Harras se haya puesto de su parte. Weezie ha decidido que no está dispuesta a ser la dialoguista de un niñato que no sabe hacer un dibujo a derechas pero al que el editor se niega a cuestionar nada. En los últimos meses, Liefeld ha ido afianzando posiciones en The New Mutants. La chavalería le adora, la colección escala posiciones mes a mes, pero es imposible trabajar con él. Ella escribe sus guiones para que Liefeld los modifique a su antojo. Ha convertido a sus bebés-X en una horda de psicópatas sedientos de sangre, y todavía dice que quiere hacer más cambios. No le gustan personajes como Rhane o Warlock. Dice que son unos mariquitas. Rob quiere soldados, pero Weezie está harta de pelear en primera línea de fuego. Después de una década en Marvel, ha decidido aceptar una oferta de la competencia. DC le ha pedido que escriba una de las series de Superman. En ella podrá colaborar junto a Jon Bogdanove, uno de sus mejores amigos. Solo lamenta dejar de trabajar con Claremont, pero hace tiempo que las colecciones mutantes han dejado de ser cosa de dos. “Ya no me necesitas”, le dice. Y se equivoca. La necesita más que nunca. Weezie Simonson es la última amiga que le queda a Chris Claremont en Marvel. Se siente solo, rodeado por los indios y sin la esperanza de que venga la caballería a rescatarle. Ha terminado una época. Lo saben los dos. Empieza un nuevo tiempo en el que no tienen cabida personajes como Warlock. El extraterrestre divertido y adorable que fuera uno de los bebés-X favorito de ambos muere heroicamente durante el nuevo crossover (TNM 95, XI 90). Proyecto Exterminio, se titula, y supone la consagración definitiva de Jim Lee y Rob Liefeld. Las constantes del cambio se reiteran en cada uno de sus episodios. Los tres grupos mutantes actúan como un ejército que arrasa Genosha mientras combate a Cameron Hodge, viejo conocido de X-Factor ahora transformado en un ciborg de aspecto repugnante. Ya no hay tiempo para el tratamiento de personajes, para la tortura existencialista que fuera la marca de la casa.

Weezie Simonson abandona Marvel sin que nadie mueva un dedo para evitarlo. Muy al contrario, a la vez que Rob Liefeld queda como autor único de The New Mutants, Harras ficha a Whilce Portacio, el mejor amigo de Jim Lee, para que dibuje X-Factor, y al mismo Lee para que la escriba. “Seguro que puedes, Jim”, afirma Harras. Seguro que no. Lee llama inmediatamente a Claremont. “Socorro”, dice. “¿Puedes escribir tú los diálogos?”. Y Claremont, que echa de menos trabajar con Cíclope, que siente como sus niños se le escapan de las manos por momentos, accede. Lee y Portacio tienen en mente el combate definitivo entre X-Factor y Apocalipsis, una aventura de proporciones épicas cuyo final recupere el sabor de la saga de Fénix Oscura. El acontecimiento que se convierta en un nuevo clásico del noveno arte no va a ser esta vez la muerte de un personaje importante. ¡Va a ser una boda! La boda de Jean Grey y Scott Summers.

Los profetas están equivocados. La historia nunca se repite, pero lo disimula muy bien. Claremont, Lee y Portacio preparan El manifiesto Apocalipsis, un arco argumental de cuatro números (XF 65-68, IV-VII 91). Tienen previsto que durante la saga Jean y Scott se casen, Apocalipsis interrumpa la boda y aparezcan los Askani, un clan religioso procedente del futuro cuya misión es proteger a Nathan Summers, el hijo de Scott. Harras cree que un acontecimiento de esa magnitud merece que Marvel se vuelque en promocionarlo. Cuando Tom DeFalco conoce sus planes, le frena en seco. “Estás confundido, Bob”, asevera. “Un acontecimiento de esa magnitud lo que merece es que ocurra en Uncanny X-Men, no en X-Factor”. Pero en Uncanny no puede celebrarse la boda. Al menos no de momento. Ni Scott ni Jean pertenecen a la Patrulla-X. Claremont, Lee y Portacio se quedan compuestos y sin novia. En su lugar, improvisan algo diferente. No hay boda, pero Apocalipsis ataca al grupo y secuestra a Nathan. Si el niño es valioso para Mister Siniestro, también lo puede ser para Apocalipsis. La batalla se traslada a la Luna, como en el último capítulo de la Saga de Fénix Oscura. X-Factor rescata a Nathan, pero ya es demasiado tarde. Apocalipsis lo ha infectado con un virus tecnológico que lo está matando. Entonces aparece una sacerdotisa Askani con la solución: llevarse al bebé al futuro, “donde será amado, porque se le necesita desesperadamente”. Al parecer, Nathan crecerá para convertirse en una especie de Mesías. La viajera del tiempo se refiere a él como “el elegido”. Cíclope sabe que nunca volverá a ver a su hijo, pero acepta el sacrificio. El XF 68 termina con un discurso del Vigilante similar al que hiciera en la última página del UXM 137: “Pase lo que pase estaré presente para maravillarme con esta extraña, salvaje y fascinante raza de seres cuyo nombre es la suma de sus mejores atributos y más nobles aspiraciones. Raza humana”

 

Es verano de 1990. Rob Liefeld telefonea a su viejo amigo Fabian Nicieza, guionista de The New Warriors, la gran serie de la temporada. Rob tiene un problema y una idea. Primero explica cuál es su problema. Tras la marcha de Weezie Simonson, él mismo va a encargarse de escribir las aventuras de Cable y los bebés-X. Va a ocuparse tanto de los argumentos como de los dibujos. “Sé que puedo tener más ideas en un solo número que un guionista en doce”, presume. Sin embargo, necesita que alguien escriba los diálogos. Él no se siente capaz. Cree que Nicieza es la persona indicada. Nicieza está saturado de trabajo, pero acepta. Puede ser divertido. Los bebés-X forman un grupo muy diferente a los Nuevos Guerreros. A continuación, Rob le explica cuál es su idea. Pretende que la colección cierre en el TNM 100 para a continuación ser relanzada con nueva numeración, nuevo nombre, nuevo planteamiento y nuevos personajes. Nicieza no está de acuerdo. “Es un error cerrar uno de los títulos Marvel mejor vendidos”, dice. Pero Rob insiste hasta convencerle. Ya son dos. Juntos convencen a Sven Larsen, director de Marketing. Ya son tres. Juntos convencen a Bob Harras, editor de las series mutantes. Ya son cuatro. Juntos convencen a Tom DeFalco, director editorial de Marvel.

 

-De acuerdo, pero vamos a hacerlo a lo grande.

“A lo grande” quiere decir que el número uno de la nueva colección se venda precintado junto con un cromo. Que haya cinco cromos diferentes, para que el lector que quiera conseguir todos deba comprarse otros tantos ejemplares. Que haya además una versión sin cromo, pero con tintas metálicas en la portada. El objetivo es repetir la Operación Todd McFarlane. El Spider-Man 1 (VIII 90), con guión y dibujos de Todd McFarlane, ha vendido tres millones de ejemplares. La industria del cómic jamás ha conocido cifras similares. Especuladores y Marvel zombies han hecho de este tebeo su más preciado tesoro. La fuente de tanta felicidad tiene cinco portadas diferentes, enormes viñetas redundantes, escaso diálogo, nulo argumento, un Lagarto aterrador y una espectacular Mary Jane Parker. Reconocida la fórmula magistral, en Marvel llevan meses buscando el siguiente crack. El entusiasmo crece en la Oficina-X ante el proyecto que lidera Rob Liefeld. X-Force, así se llamará. Suena potente, tiene garra y una X muy grande al principio. Pronto, el lanzamiento de la nueva serie ocupa casi todas las horas laborales de Bob Harras.

Liefeld utiliza los últimos números de The New Mutants para reordenar el grupo a su antojo. En el TNM 98 (II 91) debuta Dominó, una vieja novia de Cable. “Si Cable fuera Clyde, Dominó sería Bonnie”, explica Nicieza. En el siguiente número llegan Feroz, una Loba Venenosa sin la dulzura de Rhane, y Estrella Rota, una copia de Longshot con el añadido de dos espadas y muy mala leche. Ese mismo mes, Mancha Solar abandona el equipo ante sus diferencias con Cable. El nuevo grupo se completa con Sendero de Guerra, el hermano de Ave de Trueno, quien hasta ese momento formaba parte de los Infernales de Emma Frost. También surgen nuevos villanos, como Masacre, un mercenario bocazas fruto de colocar dos pistolones a una copia de Spider-Man. Cuando perpetra la última página del TNM 100 (IV 91), Liefeld ha eliminado a casi todos los personajes que escribiera Weezie Simonson. Sólo quedan dos, Bala de Cañón y Bum-Bum. Nadie recuerda ya a aquellos críos que aprendían a vivir mientras peleaban contra el simpático villano del día. El ejército bien engrasado por Cable les ha sustituido. Por si alguien no se ha enterado del nuevo estilo del grupo, Cable asesina a un villano desarmado en la página dieciocho del TNM 100. “Vinisteis aquí traídos por un hombre que tenía un sueño. El sueño ha muerto. Es hora de enfrentarse a la realidad. Ha llegado la hora de convertirse en una fuerza que cambie el mundo. Una fuerza… legal o no, que luche por lo que es correcto”, sermonea Cable.

“He leído en Time unos cuantos artículos sobre los Niños de la Guerra”, explica Nicieza. “Son críos de catorce y quince años obligados a participar en un conflicto bélico. Se vuelven muy duros y cínicos. En eso se han convertido los X-Force, en Niños de la Guerra. Los Nuevos Guerreros se divierten cuando hablan entre ellos. Los de X-Force no. No me los imagino sentados en un sofá mientras ven Magnum, como solían hacer. Eso se ha terminado”. Marvel anuncia la salida de la serie, momento en el que los malos pronósticos de Nicieza se caen por su propio peso. Al departamento de ventas llegan unos pedidos iniciales que superan los tres millones de ejemplares. “Creo que voy a ganar dinero suficiente para pagar mi hipoteca… y todavía me quedará un poco para irme a cenar”, bromea Nicieza.

Es 1989. Un periodista pregunta a Bob Harras:

 

-¿Qué harías si Chris dejara la serie?

-Ésa es una pregunta irreal. No puedo imaginarme a Chris haciendo eso. Creo que me daría un ataque al corazón.

-A ti y al departamento de ventas.

-Sí, seguro. Honestamente, creo que le pediría a Weezie Simonson que le sustituyera.

1991. EL LANZAMIENTO DE X-MEN Y LA MARCHA DE CHRIS CLAREMONT

Es 1991. Weezie Simonson ya no está. La única preocupación de Bob Harras consiste en retener al dibujante que le ha dado a Uncanny unas ventas mensuales de seiscientos mil ejemplares, un veinticinco por ciento más que en los años precedentes. Por primera vez en más de diez años, Chris Claremont descubre un día que el control ya no está en sus manos. Desde la marcha de John Byrne, el Patriarca Mutante ha regido los destinos de la Patrulla-X. Nadie ha discutido nunca eso. Weezie y Ann comprendían, mejor que nadie, que la fuerza creativa la poseía Claremont. Ahora Weezie ha claudicado, y Ann prefiere hacer otros cómics, como Daredevil o Inhumanos, alejados del huracán mutante. Bob Harras es un tipo diferente, buen conversador, agradable y ambicioso, demasiado ambicioso. Un hombre de empresa que toma decisiones pensando en la cuenta de resultados, a diferencia de aquellas chicas que creían que editar un cómic era supervisar el proceso y echar una mano a los autores. En cuanto a los dibujantes, Claremont se ha preocupado siempre de adecuar sus historias al tipo de artista, una forma inteligente de hacer que todos se sientan cómodos tocando la melodía que les pide ese hombre sabio que conoce mejor que nadie a sus mutantes. Unos (Paul Smith, John Romita Jr.), en su papel de artesanos obedientes; otros (Frank Miller, Bill Sienkiewicz) en perfecta sintonía con el guionista, en una simbiosis de la que salen productos inmejorables. Pero Jim Lee piensa distinto. Tras Proyecto Exterminio surgen las primeras diferencias artísticas entre ambos autores. Jim Lee tiene su propia visión de la Patrulla-X, una visión clara y definida que choca de bruces con la de Claremont. Donde éste le pide escenas de hombres-X hablando, sufriendo, llorando, él dibuja acción, acción y más acción. Patadas, rayos, truenos… y chicas. Muchas chicas. El Sport Illustrated Summer Special con superpoderes, las Playmates de Playboy disfrazadas de Pícara, de Tormenta, de Mariposa Mental. ¿Donde han quedado aquellas mujeres que parecían reales? No se las adivina en esa Pícara de caderas imposibles. Sí, por primera vez en más de diez años, Claremont se ve obligado a plantarle cara a su dibujante. Por primera vez en más de diez años, pierde la batalla.

Bob Harras ha conocido el antes y el después. Como editor de X-Factor, conoció el poder de Claremont sobre Marvel, ese poder que se llevaba por delante guionistas (como Bob Layton) y lo que hiciera falta. Siendo editor de Uncanny, Harras ha visto como los mutantes caían en una peligrosa inercia. Seguían siendo los más vendidos, pero no estaba claro por qué. Cuando en 1991 se disparan nuevamente la ventas, basta un análisis frío y calculado para descubrir la causa. Y la causa se llama Jim Lee. Si la Patrulla-X vive una nueva edad de oro es gracias al Chico Midas. Chris Claremont es ahora, en el mejor de los casos, una parte más del engranaje y, en el peor, el obstáculo que impide a ese engranaje funcionar como debiera. Cualquiera que mire más allá de las quejas del guionista sabría verlo. Bob Harras lo ha visto. Lo ha visto más claro que nunca cuando en la oficina-X trabajaban en las dos nuevas colecciones que han de unirse al Spider-Man de Todd McFarlane. Sí, dos, mejor que una. Sesenta días después del lanzamiento de X-Force, llega X-Men.

X-Men es el spin-off definitivo, porque es el primero que va a superar a la serie madre para colocarse a su altura. “X-Men sin adjetivos. Simplemente X-Men”, repite Harras. Igual que el “Spider-Man sin adjetivos. Simplemente Spider-Man”, de Todd McFarlane. No hay ninguna razón especial para lanzar el nuevo título, salvo tener una plataforma que, al igual que a McFarlane, lance a Jim Lee al estrellato definitivo y a Marvel a las mayores cotas de rentabilidad de su historia. Harras lo tiene claro. La Patrulla-X no es un cómic. Es una franquicia, la Franquicia Mutante. Como Star Wars, como el Pato Donald, como Indiana Jones. Y tiene que dar tanto dinero como todas ellas.

De mala gana, Claremont prepara la nueva serie. De nuevo reuniones, reuniones y más reuniones. De nuevo, discusiones, discusiones y más discusiones. Tom DeFalco se une a un grupo de trabajo formado por Claremont, Harras, Lee y Portacio. DeFalco exige una única Patrulla-X formada por cinco miembros. Sus aventuras se continuarían de un título a otro. Claremont será el guionista de las dos, mientras que Lee dibujará la primera y Portacio la segunda. Tanto Claremont como Harras están en desacuerdo con el director editorial. Por su experiencia haciendo crossovers, saben lo difícil que es coordinar a dos dibujantes diferentes para que se repartan una misma historia. Aunque trabajen codo a codo, como es el caso de Lee y Portacio, los errores de racord y las necesarias correcciones acaban multiplicándose exponencialmente. “Eso es hacer mensual la pesadilla de los crossovers anuales. No estoy dispuesto a pasarme el resto de mi vida pendiente de cumplir las fechas de entrega”, dice el Patriarca Mutante. Cree que cada colección debe tener sus protagonistas diferenciados y una personalidad propia. Por eso propone crear dos Patrullas. Con un montón de personajes a su disposición, quedarse sólo con cinco sería un desperdicio de recursos. Después de tantos años, es incapaz de decidir entre media docena.

Por otra parte, Bob Harras quiere recuperar a los hombres-X originales, al actual X-Factor, e integrarlos de nuevo en la Patrulla-X. A Claremont también le seduce la idea de volver a trabajar con Cíclope o la Bestia. “Vale, tenéis razón”, dice DeFalco. “Haced dos Patrullas”. A cambio, X-Factor pierde todos sus protagonistas, pero Harras ofrece un plan de salvación para la serie que pasa por rescatar a varios mutantes olvidados (Kaos, Polaris, Madrox, Loba Venenosa, Fortachón y Mercurio) y ponerlos a las órdenes del Gobierno. Peter David, el popular guionista de Hulk, se hace con los guiones (XF 71, X-91). “A partir de ahora, X-Factor va a ser la hermanita pobre de los mutantes”, le advierte Harras. “Mejor así”, contesta David.

 

En los meses siguientes, Claremont abandona los guiones de Excalibur, ya que no quiere escribir X-Men en el estado de agotamiento absoluto que ahora padece. En Cruce de caminos (UXM 273-277, II-VI 91) deja todo listo para el lanzamiento de la nueva serie. Por un lado, Magneto y Pícara viven una pequeña historia de amor destinada al fracaso. “Ya estoy comprometido. Tanto como puede estarlo un corazón lleno de fantasmas”, se lamenta Magnus, quien rompe definitivamente las promesas que hiciera. “No soy Charles Xavier. Nunca seré Charles Xavier. Fui un idiota por intentarlo. Como él lo fue, por creer que podría conseguirlo”. Paralelamente, la Patrulla viaja al espacio, donde se encuentra con el Profesor-X, los Saqueadores Espaciales y la Guardia Imperial. Lee altera buena parte de la historia, con el consiguiente enfado de Claremont. En el guión que le entrega al coreano no aparecen los skrulls, convertidos por Lee en los villanos de la aventura. Por otra parte, el dibujante reintroduce los uniformes de la Patrulla-X original sin que vengan a cuento. Molesto con los cambios, el Padre Mutante acude en busca del respaldo de Harras, pero no lo encuentra. “¿Qué quieres que haga? ¿Qué me ponga en contra de nuestro dibujante más rentable?”, pregunta el editor. Las discrepancias no acaban ahí. Los planes de Claremont pasan por matar a Xavier. A partir de esa tragedia y en el plazo de un año, Magneto se vería obligado por lo ocurrido a dar un paso hacia delante y ponerse el manto de héroe tanto si le gusta como si no. Tras escuchar esas intenciones, Harras se niega. Lejos de aceptar la muerte del Profesor-X, el editor pretende (y consigue) que Xavier recupere tanto su viejo papel de maestro de mutantes como su oxidada silla de ruedas. En el colmo del sadismo, el calvo vuelve a perder el uso de sus piernas en el UXM 280 (IX 91), tebeo que antecede cronológicamente al X-Men (XM) 1. Por otra parte, Magneto retorna a su papel de villano, ya que así es como debe aparecer en la nueva colección. Se cumplen de esta forma las directrices de Tom DeFalco acerca de la machacona “vuelta a los orígenes”.

Con Xavier en su sitio, el siguiente paso hacia la nueva colección es decidir qué hombre-X se queda en cada grupo. De nuevo reunido con Lee y Portacio, Claremont propone un pequeño juego.

-Vamos a repartir cromos

Ambas Patrullas vivirán en la Mansión, donde se podrá encontrar a cualquiera de sus respectivos miembros. La separación en dos equipos funciona a la hora de entrar en acción. A partir de la terminología empleada en los submarinos nucleares, Claremont denomina Equipo Azul al que interviene en X-Men, y Equipo Oro al de Uncanny. Ninguna de las dos series va a ser la principal, aunque es obligatorio que Lobezno y Cíclope estén en el Equipo Azul. El resto de los personajes se reparten en función de las preferencias de los dos artistas. Portacio sabe sacar gran partido visual al Ángel y al Hombre de Hielo, ya que los ha dibujado en X-Factor. Pasan, por lo tanto, al Equipo Oro; Gambito, Mariposa Mental y Pícara son personajes redefinidos bajo los lápices de Lee, que se los queda para su colección; Coloso y Tormenta completan el Equipo Oro en tanto que la Bestia y Júbilo cumplen idéntica función en el Equipo Azul.

Ya está todo listo para empezar la nueva serie. La única condición que pone Jim Lee es poder escribirla. Junto a Chris, por supuesto. ¿Cómo dejar de lado al Stan Lee de mi generación, al hombre que, hasta hace unos pocos meses, lo era todo para la Patrulla-X? En menos de un año, Claremont se encuentra a sí mismo argumentando la serie junto a ese Chico Midas salido de la nada. ¿Cómo va a conocer los pensamientos, las reacciones de personajes que le doblan la edad? En un mundo justo, Jim Lee debería, como mucho, escribir los diálogos de Júbilo. Pero no hay justicia en este mundo. Lee quiere historias cortas y sencillas, de tres números a lo sumo. Como un niño con zapatos nuevos, el dibujante disfruta diseñando personajes y uniformes. De su bloc de dibujo surgen los Acólitos, un grupo de fanáticos adoradores de Magneto; Rojo Omega, un Dientes de Sable a la rusa, y Belladonna, la nunca antes mencionada esposa de Remy Lebeau. Ha elaborado también nuevos trajes para Cíclope, Jean Grey y Pícara que siguen el modelo iniciado con la gabardina de Gambito. Sobre las típicas telas de colores chillones aparecen cazadoras, bolsillos, bandoleras… Lee ha creado incluso una silla de ruedas cibernética para Xavier.

Y Claremont se engaña a sí mismo. Cree que todo puede volver a ser como era antes. Antes de que se marcharan Weezie, y Walt, y Ann. Antes de sentirse solo, en medio de una cumbre silenciosa. Antes de que el proceso creativo fuera una lucha diaria contra fuerzas demasiado poderosas. Pero hay una prueba definitiva que le demuestra que el “antes” no volverá. Ha tenido una idea genial, la mejor que se le ha ocurrido en mucho tiempo. Ha pensado un argumento que le devolverá el favor de los lectores, que les mantendrá en suspense durante al menos los dos próximos años. Vale, es exactamente lo contrario a las aventuras breves de Lee. Pero es la bomba.

 

-Perdona, Chris. No entiendo, ¿puedes repetírmelo?-, pregunta Harras, escéptico.

-Voy a matar a Lobezno.

-Otra vez, más despacio.

            -Que voy a matar a Lobezno.

 

Claremont ha meditado la estructura hasta el mínimo detalle. Notas iniciales para los argumentos previstos por el Patriarca Mutante para los veinticuatro próximos meses: El primer número de X-Men representa un nuevo comienzo, algo así como “Bueno, vale, si no nos has leído antes, la cosa funciona de esta manera. Aquí tienes la mansión, los personajes, sus motivaciones y su entorno”. Multiplicamos por tres la gran pregunta final del Giant-Size X-Men 1: ¿Qué hacemos con cincuenta y tres hombres-X? El cómic empieza con una gran secuencia de cinco páginas. Decenas de mutantes peleando con otros tantos villanos. Perfecto para Jim Lee. Aparecen Cíclope y Tormenta. No pelean. De hecho, para ellos, parece como si no hubiera lucha. Están sentados, se pasean, toman notas. La imagen se congela. El lector descubre que lo que ha visto es una simulación creada en la Sala del Peligro. Los líderes de la Patrulla la utilizan para combinar las posibilidades de cada miembro. En las siguientes páginas, prueban varias opciones. “¿Lobezno debe estar en el mismo grupo que Júbilo? ¿debemos dejar de lado a una mutante tan joven? ¿dónde metemos a Jean y dónde a Scott?” Tormenta y Cíclope van desechando unas ideas y quedándose con otras hasta que deciden la formación de los dos equipos (Azul y Oro). En medio de todo esto aparece Magneto. Tenemos la pelea de rigor. Magneto y Xavier han llegado a una separación irreconciliable. Magneto está convencido de que la humanidad le traicionará. Xavier de que no. El hombre de Estado frente al terrorista… ¿quién tiene razón? El lector concluye que éste es un mundo desagradable y que la Patrulla-X tendrá que estar a la altura de las circunstancias. Ahora pasamos al segundo número, donde Dama Mortal arranca el corazón a Lobezno. Ambos mueren. En meses posteriores, tenemos funerales, lloros y lamentos, etc. Entonces aparece La Mano, que secuestra el cuerpo de Logan y lo resucita, como hizo con Elektra. Vemos el largo proceso de recuperación. El factor curativo funciona ahora de una manera muy interesante. Se ocupa sobre todo de reconstruir el corazón, mientras deja de lado las extremidades. Sus brazos y sus piernas comienzan a pudrirse mientras el corazón se regenera. Va a ser algo muy, muy desagradable. En el Uncanny X-Men 294, prevé Claremont, Lobezno ya recuperado se convierte en el líder de La Mano. A partir de aquí, la historia continúa de una serie a la otra hasta que alcance un punto en el que Logan luchará por la bondad de su alma. Y vencerá. Paralelamente, el Padre Mutante calcula cada una de las reacciones de los otros personajes. Van desde la de Cíclope (“Lobezno se ha vuelto malo y hay que acabar con él”), a la de  Xavier, que se muestra inflexible acerca de la necesidad de que Logan vuelva a la luz. Jean Grey y Coloso alcanzarán las posturas más radicales. Mientras la primera decide acudir al rescate de su compañero e incluso fingirá ser su amante, Peter llegará a arrancarle las garras en el curso de una pelea.

 

            -Es el mayor conflicto al que se ha enfrentado la Patrulla-X desde que se fundó. Uno de los suyos, el alma del grupo, será su peor enemigo –concluye Claremont, orgulloso.

-Éso no funciona –responde Harras.

 

No funciona porque Lobezno tiene colección propia, no funciona porque Lobezno tiene que aparecer como invitado especial en la mitad de los títulos que Marvel publica, no funciona porque Lobezno es el héroe favorito de todos los chicos que compran Uncanny y que comprarán X-Men. ¿Cómo les explicas a esos chicos que ahora es uno de los malos? No funciona.

Llegados a ese extremo, la discusión se traslada al despacho de Terry Stewart, el presidente de la compañía. Éste da la razón a Harras. Que quede claro: esta empresa funciona como una máquina. Cada mañana vienes aquí, pulsas las teclas adecuadas, el engranaje se pone en marcha y todos somos felices. Pero mucho cuidado con mover ese engranaje, aunque sea para mejorarlo, porque lo estropearás. Cada pieza en su sitio, cada trabajador en su sitio. Es la prueba definitiva. Claremont está invitado a escribir las historias de los hombres-X siempre que se pliegue a los dictados de Bob Harras; siempre que no tenga inconveniente en compartir créditos con Jim Lee; siempre que sea el dialoguista que exigen que sea.

 

-No pienso quedarme para ayudaros a destruir lo que he tardado diecisiete años en crear.

-Yo no lo veo así –sostiene Harras.

-Ya sé que tú no lo ves así, pero yo no tengo otra alternativa. Que te jodan. Me voy.

 

Pueden hablar durante horas, pero no lo hacen en el mismo idioma. Claremont se pregunta si alguna vez lo han hecho. Durante las semanas siguientes, sólo se comunican mediante fax porque ambos quieren una copia escrita de cada cosa que dicen. En prensa, Marvel anuncia que “Chris Claremont va a tomarse un pequeño descanso de un año durante el que no escribirá ningún cómic”. El aludido, al que todavía intentan convencer de que dé marcha atrás, salta a la palestra para exponer los trapos sucios y dejar claro que su cese tiene carácter irrevocable. En un principio, no quiere siquiera comenzar X-Men, pero su mujer le convence para que el primer número de la nueva serie, del que se esperan ventas millonarias, sea el de su finiquito, un dinero que necesitan para la hipoteca. Haré X-Men 1 porque creo que me lo he ganado, afirma. En Marvel responden: “De acuerdo, podremos vivir con eso”.

Nunca antes en toda su vida Claremont se ha sentido más triste. No es así como deben escribirse los tebeos, no es así. Deberías disfrutar haciéndolos, leyéndolos. Debería ser la clase de cosas donde tú te sientas y hablas de los personajes, las aventuras y el sentido que hace que todo encaje. Pero eso se acabó. Cuando empieza a desarrollar su última historia, ésta se alarga a tres espectaculares episodios (XM 1-3, X-XII 91) en los que Magneto y Charles Xavier llevan su viejo enfrentamiento hasta un punto de no retorno. El Amo del Magnetismo muere entre fuego y gloria, traicionado por uno de sus Acólitos y salvando la vida a la Patrulla-X con su último aliento. “Te devuelvo tu sueño, Charles. Pero me temo que, con el tiempo, cuando comprendas que nunca fue más que la esperanza de un loco, te romperá el corazón. Adiós, viejo amigo”, son sus últimas palabras.

Marvel pone a la venta cinco versiones diferentes del X-Men 1. Vende siete millones y medio de ejemplares, el doble de los conseguidos por el X-Force (XFO) 1 (VIII 91). Gran parte de la tirada va a manos de especuladores; otra queda en poder de los libreros especializados y una mínima porción, no más del diez por ciento, acaba en las estanterías de los aficionados. Con esos beneficios en la mano, la marcha de Claremont se considera una pérdida aceptable. El Padre Mutante conoce en carne propia el precio que le ha costado su sueño de autonomía creativa. Aprende que también se puede morir de éxito. Sus casi dos décadas al frente de la strip son reducidas a la nada, al polvo absoluto. En Marvel demuestran una dramática falta de perspectiva histórica. Tom DeFalco no mueve un dedo por evitar lo inevitable. ¿Por qué? Tiene siete millones de razones. Importa más el día a día. Importa más una gloria pasajera de cartón-piedra que sueñan convencidos será permanente. Jim Lee se queda, ¿no? Eso es suficiente. También ahí se equivocan. Tampoco eso les importa.

Boceto inicial y final de la portada de X-Men 1

Es verano de 1991. Jim Lee asiste a la San Diego Comic Con. Los guardias de seguridad hacen ímprobos esfuerzos para que el millar largo de fans deseoso de conseguir la firma de su ídolo mantenga el orden y la compostura. Las colas se forman por riguroso orden de llegada. Cada aficionado recibe un número que ha de presentar en su debido momento. No hay dibujos, el alto número de congregados lo impide. Jim Lee tan sólo puede firmar tres ejemplares por cabeza. “Eres el mejor, Jim. Quiero ser como tú”, o algo así, vienen a decir ocho de cada diez chavales. Los dos que quedan apenas son capaces de dar las gracias por la rúbrica, impresionados ante la presencia del que juzgan Dios del Cómic. El Chico Midas no se cree lo que está viviendo. Todos quieren ser su mejor amigo. En apenas un año se ha hecho millonario. Marvel acaba de anunciar que, tras el X-Men 3 y el Uncanny X-Men 281, él y su amigo Whilce Portacio asumirán los destinos del Universo Mutante. “Quiero dejar huella”, afirma Lee. “Me gustaría hacer unos cincuenta números”. Muchos son los que respiran aliviados ante la salida de un guionista que, dicen, escribe por mera costumbre desde largo tiempo atrás. Confían en que el Chico Midas y su gente sepan dar a la strip un soplo de aire fresco. ¿En qué consiste? Lee sabe que lo suyo no son los argumentos complicados o los personajes dolientes. Nada de llorones ni de historias que se alargan durante años. En su lugar, habrá más acción, más viñetas grandes, menos diálogo que tape sus dibujos y aventuras que, como mucho, duren cuatro números, que luego los lectores no se aclaran.

Es verano de 1991. Claremont hace su primera aparición pública desde que ha abandonado X-Men. Yo salvé la industria del cómic en los años setenta y volveré a salvarla en los noventa, proclama. Tiene proyectos, muchos proyectos. El pasado es prólogo, el futuro que preveo es la guerra. Va a dar a DC unos héroes, Sovereign Seven, de los que mantendrá la propiedad intelectual para evitar las injerencias editoriales. Unos héroes que van a significar el siguiente paso de excelencia no en su carrera, sino en la historia del medio. Pero Claremont no sólo escribirá cómics. Va a escribir más novelas. En solitario y en compañía de George Lucas. Primero el cómic, luego la narrativa pura y, por último, el cine. Todos rendidos a sus pies. “Señor Claremont”, pregunta uno de los asistentes, “¿qué cree que va a ser de X-Men sin usted?” X-Men, dice Claremont, caerá por su propio peso. Dentro de unos meses, nadie comprará X-Men.

Pocos son los que escuchan sus palabras. Menos aún los que las creen.

 

1992. ¿VIDA MUTANTE DESPUÉS DE CHRIS CLAREMONT?

Es febrero de 1992 y nace Image. Terry Stewart tranquiliza a los mercados desde la tribuna que le ofrece The New York Times. “Los autores vienen y van, pero los personajes y sus universos permanecen”. Marvel está por encima de quien trabaje eventualmente en sus oficinas. Stewart está convencido de que la aventura californiana de esos cerdos traidores será un fracaso. Quien me hecha un pulso lo pierde, asegura. Stewart no sabe nada sobre cómics, pero eso no le importa. Nombrado presidente por Ron Perelman, propietario de Marvel, a principios de 1990, su modelo de empresa lo representa Disney. En su esquema del negocio, los cómics son una pequeña parte de un imperio mayor compuesto por películas, parques temáticos, juguetes, videojuegos… Cualquier cosa que pueda vender a un público entre los cinco y los veintipoquísmos años. En manos de Stewart, Marvel funciona más que nunca como una multinacional. Contrata gente a espuertas, hagan o no falta; cuida el mercado televisivo, y mete dinero a mansalva en los estudios de animación de Marvel, que empiezan a trabajar en una serie de dibujos animados protagonizada por la Patrulla-X. Los diseños de personajes y primeros argumentos están basados en los X-Men… de Jim Lee.

Con la oficina-X inmersa en la mayor crisis de toda su historia, Bob Harras se convierte en la única persona con capacidad operativa para tomar decisiones. Las únicas consignas que recibe desde arriba se resumen en mantener el nivel de ventas de la Franquicia Mutante y no promocionar en exceso a sus asalariados. Ni un dibujante con ínfulas de estrella en la casa. Harras pone ahora sus esperanzas en la inteligencia de Fabian Nicieza, su más inmediato colaborador, que asciende de argumentista a escritor de X-Force y X-Men. Scott Lobdell, del que hay buena opinión en la casa, también pasa a ser el guionista de Uncanny. Lobdell llega después de que John Byrne se niegue a escribir en una sola noche los diálogos del UXM 286 (III 92). Hasta ese momento su único mérito conocido es haber cubierto bajas aquí y allá, pero sabe cómo subir en una empresa. Redactor de revistas de tercera regional y fracasado humorista de bodeguilla, Lobdell se curra su futuro en los pasillos, en los despachos, en la cafetería de Marvel. Una tarde recibe una llamada de Lisa Patrick, la mano derecha de Bob Harras.

 

-Hola Scott. ¿Serías capaz de hacer los diálogos de un tebeo de la Patrulla-X?

-Claro. ¿Para cuándo lo quieres?

-Para mañana a primera hora

-Vale.

-¿Te va a dar tiempo?

-Sí. ¿Por qué no me iba a dar tiempo?

 

A la mañana siguiente, Harras tiene su guión completo encima de la mesa.

 

-Espera, Scott. No te vayas. Déjame que te haga unas preguntas.

-Adelante.

-¿Estás disponible?

-Sí, claro.

-¿Sigues las colecciones de la Patrulla-X?

-Las leo todas.

-¿Sabes cómo funciona la Oficina-X?

-No, no lo sé.

-¡Has contestado correctamente a todas las preguntas! Una cosa más, ¿te gustaría ser el guionista regular de Uncanny X-Men?

-Diablos, por supuesto que me gustaría. ¿Es una especie de broma?

-No. No es ninguna broma. ¿Quieres o no?

-Sí, sí. Desde luego.

-Pues bienvenido a bordo.

 

Acompañando a los nuevos guionistas están chicos salidos de quién sabe dónde, jovenzuelos que llegan a Marvel con un estilo que mimetiza el de Jim Lee o Rob Liefeld. Si otro puede hacerlo, ¿para qué contratar a los originales? Son los Tom Raney, los Brandon Peterson, los Art Thibert, los Mark Pacella, los Greg Capullo, los Joe Quesada. En el aspecto narrativo, Wolverine mantiene a Larry Hama, quien ha demostrado ser el perfecto escritor de las aventuras del mutante de las garras de adamántium. Bajo su tutela, la colección alcanza el tono a Conan del siglo XX perseguido, que no logrado, por Claremont en los primeros números. Lobezno encuentra en Hama al otro gran autor que le entiende y sabe a dónde llevarle: hacia el derrumbe emocional. Con un hábil giro dramático, el guionista se deshace de Mariko Yashida, la muñeca de porcelana china que ha simbolizado durante todos estos años el control de Lobezno sobre sus demonios internos. Muerta Mariko (WOL 57, VII 92), Logan regresa a sus orígenes salvajes, con historias más descarnadas y violentas que las que preceden la llegada de Hama. En sustitución de Silvestri, entra en escena Mark Texeira, un dibujante de trazo sucio y salvaje que compensa sus carencias con la fuerza estilística que Lobezno necesita.

 

X-Factor es la colección que menos vende de las publicadas por Harras. Peter David tiene manga ancha para hacer lo que quiera con ella dentro de un cierto orden. Siguiendo el estilo que le ha hecho famoso en Incredible Hulk, David introduce la interacción de personajes y el humor como los grandes valores de la colección, y los diálogos inteligentes como su más poderosa arma para conquistar nuevos lectores. Enseguida construye un cómic inteligente y lleno de frescura que crece mes a mes ayudado de los buenos oficios primero de Larry Stroman y luego de Joe Quesada, uno de los pocos imitadores de Jim Lee con un lápiz capaz de evolucionar hacia un estilo propio.

Marvel Comics Presents y Excalibur funcionan por otro lado, ya que ambas series las edita Terry Kavanagh, en lugar de Harras. La primera publica seriales protagonizados por Lobezno de forma sistemática. Kavanagh concentra sus esfuerzos alrededor de una historia en trece partes escrita, dibujada, entintada y coloreada por Barry Smith (MCP 72-84, V-XI 91). En los dos años que ha durado su proceso creativo, Arma-X ha pasado de ser un relato corto de ocho páginas a convertirse en una espectacular novela gráfica de ciento veinte. El título se refiere al primer nombre clave utilizado por Logan, así como al proyecto gubernamental que dio origen a sus huesos y garras de adamántium. Smith acomete su realización sin más influencia externa que una pequeña charla con Chris Claremont en la que éste sugiere que detrás del Proyecto Arma-X puede estar la oscura mano de Apocalipsis.

Un accidente de tráfico sufrido por Smith retrasa tanto la aparición de Arma-X como de la tercera parte de Muerte viva, en la que también trabaja. Terminado el serial de MCP, el artista vuelve sobre esta nueva obra en torno a Tormenta, aunque sin que Marvel le indique fecha de entrega. De momento, no necesitan la historia. Tiempo después, cuando por fin la concluye, Bob Harras se niega a publicarla. Alega que en ella se hace apología del suicidio. Muerte viva III aparece en 1999 bajo el nombre de Adastra in Africa, un álbum de lujo que publica Fantagraphics Books. Smith cambia el nombre de la protagonista para evitar problemas de derechos con Marvel. De igual forma, las contradicciones que Arma-X introduce en la cronología de Lobezno llevan a que Larry Hama, por indicaciones de Harras, la convierta en poco menos que una ensoñación apócrifa fruto de implantes cerebrales, como se explica a lo largo de una compleja aventura que vuelve a sumir el origen de Logan en la incertidumbre absoluta (WOL 48-50, XI 91-I 92).

En Excalibur, tras una soporífera etapa de interinidad, Kavanagh rescata a Alan Davis, quien meses atrás se ha estrenado como guionista en un especial dedicado a Lobezno (Wolverine: blood lust, 1990). “Vuelve a la serie. Quiero que hagas los dibujos y los guiones. Puedes hacer lo que te apetezca con los personajes. Disfruta”, sugiere Kavanagh, quien, al contrario que Harras, mantiene un sistema de edición en el que prima la capacidad de los autores para desarrollar sus ideas. Davis demuestra enseguida que puede ser tan buen escritor como dibujante. Su trabajo, divertido, muy bien escrito y estructurado, resulta una absoluta delicia desde el primer momento (EX 42, X 91). En pocos meses resuelve gran parte de las inconsistencias y cabos sueltos dejados por Claremont en su anterior etapa conjunta. Vuelven viejos conocidos de la serie, como Saturnina o la Banda Loca, cuya presencia sirve para desvelar misterios olvidados que hacen referencia incluso a la primera aparición del grupo. Los lectores conocen así el verdadero origen de Cacharro (EX 66, VI 93), la conspiración de Merlyn fruto de la cual nació Excalibur (EX 50, V 92) o las razones por las que el Capitán Britania se comportaba como un imbécil descerebrado en los primeros números. Davis acomete también una de las empresas más duras de la historia mutante, reordenar y clarificar la cronología de Fénix (EX 52, VII 92). Mientras aclara estos misterios, avanza hacia nuevos puntos de interés, con la introducción de personajes como Cereza (EX 46, I 92) o Feron (EX 48, III 92). “Sigo un esquema muy parecido al de las historias del Mono Chino, en las que hay cuatro personajes que representan los distintos aspectos de la totalidad”, explica. “Creo conversaciones entre ellos, y esas charlas son el equivalente al psicoanálisis y a las dudas sobre uno mismo”. La serie, junto con X-Factor, alcanza un nivel de oasis dentro de la Franquicia-X.

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