MONOGRÁFICO JIM LEE 1. SUEÑOS QUE CUMPLIR: ANTES DE LA PATRULLA-X

Pocas figuras del mundo del cómic arrastran un carisma y un éxito tal como para representar toda una época de la industria. Jack Kirby, Neal Adams o John Byrne son algunos de esos gigantes, vinculados de manera indeleble a las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. Pero si un único autor simboliza los años noventa, ése es sin duda, Jim Lee.

 

Su meteórico salto a la gloria, que se produjo mientras acometía los cómics recogidos en esta recopilación, supuso un revulsivo cuyo rastro se puede seguir hasta la actualidad. Lee enterró los presupuestos artísticos establecidos durante varios lustros para imponer un nuevo canon, heredero del trabajo de los grandes iconos del cómic, pero a la vez rupturista con todo lo anterior. Con él llegó el cambio en la estructura de página, la pulverización de la viñeta clásica, el detallismo absoluto, las figuras perfectas de hombres y mujeres, el entreguismo del guión a la espectacularidad del dibujo… Por extensión, también llegaron los dibujantes- clon (algunos hoy tan insignes como los hermanos Kubert, otros tan olvidados que sus nombres se perdieron en la noche de los tiempos), el coloreado por ordenador, las ventas millonarias, la burbuja especulativa de mediados de década y su abrupta explosión, que a punto estuvo de llevarse por delante el mercado del cómic estadounidense. A Jim Lee no se le puede atribuir la responsabilidad de otra cosa que no sean los tebeos que dibujó; pero sí se debe recordar que él fue quien encendió la mecha de los convulsos tiempos que habrían de venir luego.

Para entender en su magnitud lo que representa Jim Lee, es necesario retroceder hasta la llegada de sus padres a Estados Unidos. Inmigrantes de clase media procedentes de Seúl (Corea del Sur), desde siempre enseñaron a su retoño el valor del trabajo y la necesidad del esfuerzo para alcanzar grandes metas. Jim Había nacido el 11 de agosto de 1964, y esperaban de él que algún día se hiciera médico, siguiendo los pasos del padre de familia. El joven Jim creció en St. Louis (Missouri), donde algunos profesores del instituto al que asistió se dieron cuenta de su amor por el dibujo. “Este chico debería dedicarse a esto”, dijeron entonces en clase. Pero el chaval no tenía previsto salirse del camino que le habían marcado. Estudió Psicología en Princeton, como un trámite más para luego saltar a Medicina.

Fue entonces cuando todo cambió. Una asignatura optativa, sobre arte, le recordó su gusto por los lápices. En 1986, obtuvo el graduado, pero dejó el estetoscopio en cuarentena. Las enseñanzas del clan familiar no habían caído en saco roto: el chico vería anochecer y amanecer sin tomarse ni un respiro, se mataría a trabajar para lograr sus metas. Pero serían las que él había elegido, no las que le habían dictado.

Mientras agonizaba la década de los ochenta, en la industria de la historieta americana ocurrían cosas interesantes. Un puñado de artistas demostraba que había nuevas maneras de hacer las cosas. Jim se había fijado en ellos. Estaba Arthur Adams, detallista hasta la exasperación y cargado de influencias que venían de oriente. Estaban John Byrne, Walter Simonson y Frank Miller, quienes habían progresado de dibujante a artistas completos capaces de revolucionar hasta al más añejo de los héroes. Y también estaba el tipo aquel que dibujaba Increíble Hulk, el que había hecho la portada del Goliat Esmeralda reflejándose en las garras de Lobezno. Jim no sólo quería ser tan bueno como ellos: debía ser mejor. Por eso se encadenó al tablero de dibujo y practicó, practicó y practico… Hasta que finalmente estuvo preparado.

Fue Archie Goodwin, uno de los grandes del negocio, quien se fijó en su carpeta de dibujos. “Quizás encuentre algo para ti”, le dijo. Goodwin le presentó a otro editor, Carl Potts, y bastaron diez minutos para que éste le encargara los lápices mensuales de Alpha Flight, una de las series que se dedicaba a coordinar. Aquella cabecera llevaba en decadencia desde que Byrne la dejara a su suerte. Nadie miraría mucho hacia un desconocido que, en los meses siguientes, se afianzaba en el dominio de la técnica narrativa y de la figura humana, a la vez que probaba suerte con viñetas rotas y tratamientos originales de la narrativa. Trabajo, trabajo y trabajo. Jim había aprendido bien lo que tenía que hacer. Y Potts, pasado un año y medio, le recompensó con un encargo más comercial: la nueva colección protagonizada por El Castigador, titulada Punisher War Journal.

Para entonces, Jim, que todavía no tenía ni veinticinco años, ya sabía qué era lo que funcionaba en un cómic de superhéroes y qué es lo que no. Era importante que hubiera tipos fuertes y mujeres hermosas. Era importante colocarlos en posturas que reflejaran sentimiento de poder, dolor, grandeza o miseria, aunque hicieran algo tan mundano y poco heroico como tomar un café. “¿Cuántas veces puedes dibujar a Punisher conduciendo una furgoneta de forma dramática? Las que hagan falta hasta que se fijen en mí”, se preguntaba y se respondía a sí mismo, al tiempo que de sus lápices no sólo salía El Castigador, sino también el aluvión de héroes invitados que se paseaban por las páginas de la colección. Destacaría, en concreto, una aventura en dos partes coprotagonizada por Lobezno en la que el miembro de La Patrulla-X demostraba su naturaleza dual, la de un salvaje guerrero con alma de heroico luchador. No pasaría mucho tiempo antes de que Jim recibiera una llamada del lugar donde sólo trabajaban los grandes: la Oficina Mutante.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

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