LA HORA DEL CASTIGO: FRANK CASTLE DIBUJA SU CÍRCULO DE SANGRE

Todo empezó en las páginas de The Amazing Spider-Man #129 USA (1974). Desde la portada, un implacable francotirador vestido de negro y con una gran calavera en el pecho cuyos dientes se confundían con la cartuchera apuntaba con un rifle al trepamuros. Aquel personaje era distinto a todo lo que habían visto hasta el momento los inocentes lectores de la época. No era un villano, ya que perseguía la justicia por encima de todo, pero tampoco un héroe, puesto que se distanciaba de los métodos empleados por éstos. Sin máscara, sin poderes y sin nada que le detuviera, El Castigador abría un nuevo tiempo para el cómic.

 

Gerry Conway, escritor por entonces de la serie arácnida, fue el responsable de la llegada de El Castigador. Contó con la ayuda de John Romita, quien diseñó su aspecto final y tuvo la brillante idea de convertir el pequeño cráneo en el pecho que había imaginado el guionista en una gigantesca calavera que ocupaba todo el torso. El nombre inicial que iba a tener el personaje era El Asesino, pero Stan Lee propuso a Conway que lo cambiara por El Castigador: el creador del Universo Marvel ya lo había utilizado antes, para nombrar a un robot que utilizaba Galactus, pero hacía años que no aparecía y nadie se acordaba de él.

 

En aquella época, triunfaban las novelas de El Ejecutor, escritas por Don Pendleton. Su protagonista era Marc Bolan, un ex-combatiente impulsado a luchar contra el crimen tras el asesinato de su familia. En su antihéroe, Pendleton personificada el vacío y la desorientación padecida por Estados Unidos después de Vietnam. Muchos de los veteranos que volvían a casa se encontraban con un país que había cambiado para siempre y que no les recibía como héroes, sino como asesinos. El Castigador compartía muchos rasgos con El Ejecutor, pero Conway negaba una influencia directa. “Creo que era algo más general”, matizaría al respecto. “Había ese zeitgeist en aquel momento, una idea de un vigilante que podía ser héroe o villano, y de ahí también procedía El Ejecutor. Había un sentimiento general, de que aunque la sociedad no quisiera admitirlo necesitábamos a esa clase de ángeles vengadores que se posicionaran al margen de la ley”.

“Mientras estaba escribiendo aquella primera historia”, recordaba el escritor al respecto del debut de su criatura, “me di cuenta de que estaba más y más interesado en el personaje, no necesariamente en la historia. Era un signo de que era un buen personaje o una mala historia. Admiraba su sentido del honor. Incluso al final de la aventura, cuando comprende que ha sido manipulado. Aunque no considere a Spiderman un aliado, no le ve como un enemigo ni trata de matarle. La respuesta dentro de la editorial y entre los lectores fue tan fuerte que decidimos recuperarlo. A veces, te cruzas con personajes que cobran vida por sí mismos más allá de tus intenciones iniciales. Eso fue ciertamente lo que pasó en aquella ocasión”.

Faltaba todavía muchos años para que El Castigador alcanzara la aceptación generalizada. A los guionistas del género les costaba trabajar con un vigilante difícilmente digerible por todos los públicos. En sus comienzos, incluso buscaban rocambolescas explicaciones a su comportamiento, como que las balas que disparaba eran en realidad de plástico y no mataban. La realidad era mucho más cruda, como vino a demostrar el propio Conway, en una historia corta aparecida en Marvel Preview #2 USA (1975), un magazine en blanco y negro orientado a los adultos. Allí se detallaba su origen, el de un excombatiente de una guerra que no se llegaba a mencionar, pero que obviamente era la de Vietnam, que volvía a casa con su familia, sólo para contemplar cómo ésta era asesinada por la mafia después de que accidentalmente fuera testigo de un crimen. Por sorprendente que pueda resultar ahora, Conway no llegaba a aportar el nombre real del personaje. En Marvel todavía no se planteaban que un tipo que ni siquiera tenía superpoderes cargara con una cabecera sobre sus hombros. Un vampiro o un hombre lobo tenían ventaja sobre un asesino. El único intento serio al respecto fue el Marvel Super Action #1 (enero de 1976), un nuevo magazine en blanco y negro que estaba encabezado por El Castigador. Nunca hubo un segundo número.

 

Si la presencia posterior de El Castigador junto a otros héroes edulcoraba su imagen, tal situación habría de cambiar a comienzos de los años ochenta, gracias a Frank Miller. En Daredevil #183 y 184 USA (1982), el genial autor que había insuflado nueva vida al Hombre sin Miedo comparaba los métodos del Hombre sin Miedo con los de El Castigador en un relato sin concesiones en el que ambos justicieros persiguen al responsable de la muerte de unos niños. Mientras que Miller veía en El Castigador a un justiciero enfrentado a crímenes horrendos que comprende el dolor de las víctimas, no ocurría lo mismo con Bill Mantlo, el guionista que escribiría las siguientes aventuras de Frank Castle, de nuevo junto al Hombre Araña, en Peter Parker, The Spectacular Spider-Man #81-83 USA (1983). Con la memoria puesta en la película Taxi Driver (1976), Mantlo identificaba a El Castigador con el personaje encarnado por Robert DeNiro: un psicópata cuyas acciones tienen más que ver con la enfermedad mental que con el propósito de hacer justicia.

 

Entre 1985 y 1986 se publicó al fin la miniserie de cinco números que da título a este libro, y que marcó un antes y un después en la historia de El Castigador. Por primera vez desde su paso por los magazines, el personaje protagonizaba una aventura en solitario. Su función ya no consistía en servir de referencia para que Spiderman, Daredevil o el Capitán América quedaran moralmente por encima de él. El guionista, Steven Grant, fue quien por fin dio un nombre real, el de Frank Castle, y completó la caracterización. Grant llevaba diez años dándole vueltas al personaje y al cómic que quería escribir con él. “No es un superhéroe”, pensaba al respecto. “Es alguien que está emocionalmente muerto. Ése es el problema que tenían la mayoría de guionistas con él. Cuando escribes sobre un personaje, se supone que tienes que examinar su vida interior. Bueno, pues El Castigador no tiene vida interior. No tiene profundidad emocional, porque no tiene emociones. Eso fue lo que me atrajo de él. Estaba más interesado en la novela negra y él era un personaje del género: un buen vehículo para decir cosas que yo quería decir y no era capaz de hacerlo en ningún cómic de superhéroes”.

Las propuestas de Grant habían sido rechazadas una y otra vez, pero todo cambió cuando entró en juego Mike Zeck, dibujante del mayor éxito de la historia de la compañía, la maxiserie Secret Wars. Así lo recordaba luego el artista: “Cuando Grant se acercó a mí para compartir su percepción de quién era El Castigador y la idea que tenía para una serie limitada, supe que el personaje por fin había sido definido, al menos en lo que concierne a mis gustos. Me subí a bordo al instante. El sentimiento de conocer al personaje hace que dibujarlo sea más disfrutable. Menudo regalo me hizo Grant con El Castigador”.

 

Zeck, que había vivido una pesadilla con las fechas de entrega de Secret Wars, pudo relajarse y disfrutar de nuevo con su trabajo, hasta el punto de que el primer número de la miniserie alcanzó las mayores cotas de calidad de su carrera. Se trataba además de un episodio doble, lo que obligaba a una mayor dedicación. El calendario, pese a todo, volvió a caer sobre el artista, de manera que el último número, que también iba a ser doble, tuvo que dividirse en dos. No pudo terminarlo, y el final de la miniserie recayó en manos de Mike Vosburg, un dibujante que trató de mimetizar a su antecesor, sin llegar a conseguir los grados de excelencia de éste. Pese a todo, “Círculo de sangre” conquistó a un público al que había cogido con la guardia baja. Frank Castle se enfrentaba con el infierno de las cárceles, con una auténtica guerra de bandas o con la corrupción institucionalizada. Nada de disfraces, ni de máscaras, ni de superpoderes. De paso, quedaba aclarado que su anterior comportamiento paranoico se debía a la toma involuntaria de drogas, lo que además servía de arranque argumental. Ante las impresionantes ventas y excelentes críticas cosechadas por la miniserie, El Castigador consiguió poco después su propia colección, en la que no se implicaron ninguno de los dos autores, si bien contaba con el mismo editor, Carl Potts, otra figura que sería capital en la historia del personaje.

Cuatro años después, Grant y Zeck regresaron a casa, unidos por su amistad y por el amor hacia Frank Castle, para realizar una secuela, esta vez en formato álbum, con papel de calidad y un color directo para el que Potts contó con Phil Zimerman, el que había sido responsable de que los lápices para las cubiertas que hizo Zeck en “Círculo de sangre” tuvieran un aspecto todavía más impresionante si cabe. Dicen que no hay dos sin tres, pero en este caso nunca se cumplió tal axioma. Zeck fue requerido para dibujar a Frank Castle en un buen número de portadas, que también se incluyen en este volumen, a modo de extra, y ambos volvieron a reunirse en los cuatro números de Damned, para Image, pero la segunda historia de El Castigador que idearon fue también la última, dejando a los fans con el mejor recuerdo imaginable, y al personaje con una herencia sobre la que edificar su leyenda posterior.

 

Artículo aparecido originalmente en 100 % Marvel HC. El Castigador: Círculo de sangre

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