JOHN BYRNE Y PAUL RYAN EN IRON MAN: PELIGROS RENOVADOS

La plana mayor de los superhéroes Marvel, casi todos aquellos que han alcanzado fama mundial y se han convertido en iconos reconocibles por cualquier persona, fueron concebidos en los años sesenta. Uno de los grandes aciertos de Stan Lee y sus colaboradores fue crear personajes universales, que trascendían al momento y lugar de su nacimiento. Pero sería inapropiado olvidar que, en aquellas primeras andanzas, había muchos rasgos comunes a la época.

Con el paso de los años, esos detalles han sido actualizados, cuando no borrados. Ahora no tiene sentido alguno decir que Reed Richards y Ben Grimm lucharon en la Segunda Guerra Mundial o citar los enfrentamientos de superhéroes con agentes secretos de la Unión Soviética. Por tanto, los acontecimientos históricos con nombre propio deben ser dejados de lado si se quiere preservar la juventud y actualidad de los personajes. Entre los más mediatizados por el contexto de su creación está sin duda Iron Man. Tony Stark vivió la epifanía que le llevó a convertirse en Hombre de Hierro en las selvas de Vietnam, dato sustituido, en la versión fílmica, por los desiertos de Afganistán, se enfrentó a gran cantidad de villanos contextualizados en la Guerra Fría y encontró en la China comunista a su némesis definitiva: El Mandarín.

 

¿Quién era este peligroso individuo? Argumentalmente, podemos explicar que su primera aparición data de Tales of Suspense #50 USA (1964), una pequeña historia escrita por Stan Lee y dibujada por Don Heck, el equipo habitual de Iron Man, en la que la figura del Mandarín se rodeaba de un halo de misterio. “Algunos afirman que lleva vivo muchos siglos. Otros, que es más que humano. Pero nadie sabe su verdadero origen”, se aseveraba en la primera página, en la que aparecía este siniestro personaje, dotado de diez anillos que le conferían terribles poderes: magia contra tecnología, esa era la dicotomía que quería establecer Stan Lee en su narración. Con el paso del tiempo, ha sido el elemento característico del Mandarín que ha permanecido intacto y que le convierte en un rival formidable para Iron Man, mientras que la naturaleza de sus poderes así como los orígenes han sido reformulados y actualizados conforme a las necesidades de cada momento.

 

Un experto en tales lides es el guionista y dibujante John Byrne, quien llevase a cabo, durante los años ochenta, interesantes etapas de series como Los 4 Fantásticos y Superman, fundadas en una modernización de estos héroes que, sin embargo, permanecía fiel a las esencias de los mismos. Similar operación también fue aplicada por Byrne durante su corta, pero sustanciosa etapa, en la colección del Hombre de Hierro, uno de los pocos cómics que escribió pero se abstuvo de dibujar, dejando tal tarea en manos de excelentes autores: John Romita Jr. durante la primera parte de su periplo (recogido en el tomo de este coleccionable Iron Man: La Segunda Guerra de las Armaduras), mientras que el eficaz Paul Ryan se hizo cargo del resto.

 

Byrne tuvo la feliz idea de unir el destino del Madarín con el de una criatura en cuyo camino nunca se había cruzado hasta el momento: Fin Fang Foom, un gigantesco ser que pertenecía a una época oscura y olvidada de la historia de Marvel, en concreto al periodo que media entre el final de la Edad de Oro y el comienzo de la Edad de Plata. En aquel entonces, la editorial había sobrevivido mediante unas pocas publicaciones en las que abundaban pequeños relatos de terror, fantasía y ciencia ficción, con alienígenas, monstruos, fantasmas y seres fabulosos de la más diversa clase y condición. Fin Fang Foom, cuyo debut se produjo en Strange Tales #69 USA (1961), ofrecía un fascinante aspecto. Su demiurgo gráfico, el genial Jack Kirby, concibió una bestia gigante y parlanchina, a medio camino entre dinosaurio y dragón y que a su aspecto añadía algo tan fuera de lugar como unos calzones. Fin Fang Foom procedía de la isla China de Formosa y había permanecido oculto en un templo y dormido durante siglos hasta que fue despertado por Chan Liuchow, un joven que le conducía hasta los invasores comunistas que trataban de conquistar la zona. Una vez derrotado el enemigo, Chan engañaba a Fin Fang Foom para que volviera a caer en su letargo. Hubiera sido el final… De no ser porque, treinta años después, John Byrne se empeñó en recuperar al personaje.

 

La historia, en realidad, comienza en el volumen anterior a éste, el ya mencionado Iron Man: La Segunda Guerra de las armaduras. A modo de subargumento, mientras Tony Stark pasaba por una de las peores crisis de su vida, El Mandarín acometía la laboriosa búsqueda de Fin Fang Foom, al que finalmente localizaba en el interior de un remoto templo, quien sabe si el mismo en el que le había dejado Chan Liuchow. Como éste, El Mandarín le despertaba y conseguía encontrar la manera de controlarle, con el fin de que le sirviera de instrumento en la conquista de China. Fue ahí donde se quedó la historia, para dar paso a la saga que se recopila en este volumen. En sus páginas, Byrne no sólo retoma el argumento, sino también la calamitosa situación en la que dejó a Tony Stark, preso de su propia armadura y con el sistema nervioso colapsado. La trama resultante permitió al autor revisitar el pasado de Iron Man, pero también el del Mandarín y el de Fing Fan Foom, dando lugar a una de sus más relevantes aventuras.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Iron Man: La semilla del dragón

 

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