Consiguió lo que muchos dábamos ya por imposible, después de todos los años que nos pasamos deseando que se hiciera realidad. Consiguió llevar a Spider-Man al cine, y hacerlo de manera inteligente, con sentimiento y fidelidad al cómic. Consiguió esa película redonda, escalofriante, que es el primer Spider-Man, donde todo cuadra y todo encaja y todo es (vale, salvo el Duende Verde), como debería ser, desde el primer minuto, hasta el último. Consiguió contarnos ese origen perfecto, que sólo acaba cuando Peter Parker se da la vuelta, asume su pesada carga y nos dice que él es Spider-Man.
Y a partir de ahí, nos hizo una secuela perfecta, llena de espectáculo, diversión y clasicismo. Sus dos primeras películas de Spider-Man son la esencia del héroe, con un toque de Romita por aquí, un toque de Ditko por allá, y mucho Stan Lee. Son todo lo que debería ser una película de Spider-Man, y una película de superhéroes.
Luego llegaron las presiones, y llegó Spider-Man 3, tan fallida, tan llena de errores, tan equivocada a la hora de apuntar hacia algún sitio que, sólo una cuarta entrega, que hubiera de verdad cerrado la historia y recuperado el espíritu de las dos primeras, siguiendo con sentido y lógica la progresión iniciaca, le hubiera evitado la calificación de apócrifa.
Pero Sam Raimi nunca completará su trilogía de Spider-Man, nunca dirá la última palabra, antes de que llegue el consabido relanzamiento.
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