Amazing Spider-Man,
Marvel Team-Up, los especiales trimestrales
titulados Giant-Size Spider-Man, apariciones
especiales siempre que la ocasión lo permitiera... Y
ahora llegaba la tercera serie regular, Peter Parker,
The Spectacular Spider-Man, dedicada a narrar las
aventuras estudiantiles del trepamuros, pero que al fin
y al cabo resultaba indistinguible de la serie madre, de
no ser porque seguía siendo en ésta donde,
supuestamente, se narraban los grandes acontecimientos
de su vida. ¿O no? Porque la fama tenía un precio, y,
ahora que el circulito con el rostro arácnido servía
como perfecto elemento iconográfico de Marvel, ya no
resultaba tan sencillo hacerle perrerías al personaje.
Lo fácil, lo realmente fácil, era volver sobre lo de
siempre.
Tras un episodio en
el que Archie Goodwin aclaraba de manera poética pero
escasamente convincente que el clon había muerto y el
verdadero Peter era quien había sobrevivido (AS 150, XI
75), el veterano Len Wein se hacía cargo de la serie.
Wein carecía del toque inconfundible de un Stan Lee o
del carisma sin igual de un Gerry Conway. Se hizo con
los guiones de la serie porque acababa de ser nombrado
director editorial de Marvel, y el que los directores de
entonces fueran también los guionistas de las colección
principales se había convertido en una tradición
arraigada. La había iniciado el mismo Stan Lee, acatado
Roy Thomas y, tras Wein, la habían continuado Marv
Wolfman y Denny O’Neil.
El
trabajo de Len Wein en Spider-Man fue, antes que nada,
funcional: aventuras entretenidas
a la par que
reiterativas sobre lo ya visto. Se agradece, en todo
caso, la legibilidad del producto y el afán de Wein por
cerrar líneas argumentales: en el AS 156 (V 76) casó por
fin a Betty Brant, la primera novia de Peter, con Ned
Leeds, su chico de toda la vida. Puestos en plan
romántico, Wein incluso buscó novia para el cascarrabias
de Jonah: la doctora Marla Madison, allá por el AS 162
(XI 76). En los AS 157 a 159 (VI a VII 76) puso fin al
culebrón Octopus-Cabeza de Martillo-tía May con la
resurrección más pillada por los pelos de la historia
del cómic (¿un fantasma radiactivo de Cabeza de
Martillo? ¡por favor!). Wein incluso se molestó en traer
de vuelta al Spider-Móvil, aunque sólo fuera con el
propósito de mandarlo al desguace para siempre (AS 160,
IX 76). En esta época tampoco faltaron los nuevos
villanos, aunque ninguno de ellos fuera demasiado
glorioso: Espejismo en el AS 156 (V 76); la Mosca Humana
en el Annual 10 (1976); Will O’ The Wisp en el AS 167,
(IV 77); el Corredor Cohete en el AS 172 (IX 77)... todo
ello unido al enésimo retorno de Kingpin o del
Conmocionador.
¿Qué hace todo
guionista de Spider-Man cuando se le acaban los malos de
toda la vida y ya no es capaz de crear nuevos? Traer de
vuelta al Duende Verde, claro. No era ni Norman
resucitado ni Harry, por mucho que el pillín de Wein nos
hiciera pensar que el jovencito Osborn volvía por sus
fueros: era su psiquiatra, y aunque la aventura daba una
terrible sensación de ya vista, por lo menos se leía de
manera agradable (AS 176 a 180, I a V 78) y suponía un
más que digno broche final para su autor. De los años
que permaneció en la serie poco más hay que añadir: Wein
no hizo nada relevante, pero tampoco molestó demasiado,
algo que no se puede afirmar de guionistas actuales,
como Terry Kavanagh o Howard Mackie. El periplo de éstos
por la strip eleva a categoría de sublime la
etapa de Wein.
Sin hacer apenas
ruido, Wein cedió los trastos de director editorial y
los guiones de (entre otras series) Spider-Man a Marv
Wolfman. A diferencia de su antecesor, Wolfman llegó con
ganas de aprovechar su doble condición de
editor/guionista para cambiar las cosas en la colección
de una manera que, en la recta final de los tranquilos
setenta, se antojaba poco menos que revolucionaria. Sus
planes pasaban por matar a tía May, volver loco a
Jameson hasta el punto de que cometiera un asesinato,
dar el pasaporte a Mary Jane, volver a liar a Betty con
Peter e incluso que abandonara su trabajo en el Daily
Bugle para ser fichado por el Globe, máximo competidor
del periódico dirigido por Jonah. El nuevo tiempo
requería también nueva sangre en el aspecto gráfico.
Después de cinco años en la colección puntera de Marvel,
Ross Andru fue relevado por el más impactante Keith
Pollard, con lo que se perdía para siempre un rasgo
distintivo de la época clásica del trepamuros. En su
despedida, Andru dibujó una aventura que era casi un
símbolo: la ceremonia de graduación universitaria de
Peter Parker, ocurrida en el AS 185 (X 78). En realidad,
Peter vestía toga y birrete, pero no pudo recibir el
título junto a sus compañeros de la Universidad Empire
State. ¡Había suspendido las matemáticas! (Para los
interesados, el aprobado caería varios meses después, en
el AS 192, V 79).
Con un
aire muy a lo Ditko, Keith Pollard debutó en el AS 186,
el primero de una compleja saga que culminaría con el
número doscientos
de la serie. Mes a mes, Wolfman fue
ejecutando sus ideas con frialdad absoluta. Los lectores
contemplaron anonadados como Jameson perdía la chaveta y
cedía su puesto a Robertson, Betty abandonaba a Ned nada
más volver de la luna de miel, Spidey perdía sus poderes
y la tía May enfermaba, empeoraba y... ¡moría! La
portada del AS 196 (IX 79) conseguía un grado de
importancia tal que rivalizaba con la del número de la
muerte de Gwen: Peter ante la tumba de su adorada tía.
Por supuesto, todo era un embuste del villano que
tocase, en este caso Mysterio, pero el dramatismo
conseguido por Wolfman y Pollard conseguía que el
lector, a la vista de todo lo que estaba ocurriendo,
creyera la muerte de la vieja a pies juntillas. Sobre
todo teniendo en cuenta el retorno de un personaje del
que no se había vuelto a saber nada desde el Amazing
Fantasy 15: ¡el asesino del tío Ben! Forzando por
enésima vez la credibilidad de la serie, ahora se
descubría que el asesino había acudido a la casa de los Parker a la búsqueda de un antiguo tesoro escondido en
el sótano. Con él se enfrentaba Peter, desposeído de sus
habilidades arácnidas, en el magnífico AS 200 (I 80). El
asesino caía, finalmente, víctima de un infarto, al
descubrirle Spider-Man su verdadera identidad. La tía
May volvía vivita y coleando y nuestro chico se perdía
en el horizonte más feliz que unas pascuas, tras haber
recuperado, de propina, sus poderes.
Comenzaba la segunda parte de la etapa de Wolfman, en la
que pretendía llevar hasta el límite la locura de
Jameson. Nunca lo haría, ya que abandonó repentinamente
la serie cuatro meses después, teniendo que arreglar el
desaguisado un tal Roger Stern que se dedicaba a
contestar las cartas de los lectores. El encargado de
sustituir de manera definitiva a Wolfman fue, sin
embargo, Denny O’Neil. Tampoco se puede decir mucho de
su paso por Amazing, salvo que puede calificarse
de coitus interruptus de la revolución planteada
por su antecesor:
en pocos meses, Jonah volvía a dirigir
con mano de hierro el Bugle y contrataba de nuevo a
Peter. Nada nuevo bajo el sol, salvo por la llegada de
un dibujante con nombre sospechosamente familiar: John
Romita... hijo.
Junior
había visto toda su vida a papá amanecer dormido en el
tablero de dibujo, malviviendo con el sueldo de
dibujante. También había visto el asombroso arte de su
viejo, capaz de dejarle con la boca abierta. “Papá, de
mayor quiero ser artista”, dijo. Pues vente un día al
bullpen. Junior se hace la ruta completa, como
cualquier otro. Su toma de contacto con Spider-Man la
lleva a cabo en la historia de complemento de un
Annual, el 11 (1977). Tras dos números de relleno,
le nombran dibujante regular de la serie, de la que pasa
a encargarse a partir del AS 210. Se acercaba una nueva
era dorada para el trepamuros, pero todavía tendría que
pasar un año largo en el que O’Neil dejaba paso a varios
guionistas ocasionales. En la hermana Peter Parker,
the Spectacular Spider-Man, despuntaba ya el autor
destinado a devolver toda su fuerza al héroe. Aquel tal
Roger Stern.
Julián M. Clemente