“En este número de Daredevil vamos a sacar a
Spider-Man. Cúrratelo”. Y John, que acababa de volver a
Marvel, que por fin había encontrado un trabajo
medianamente estable, dibujó un trepamuros que, con
cierta timidez, apuntaba hacia otro lado. Más músculos,
más figura, menos araña, más superhéroe. Es esto lo que
necesitamos, concluyó Stan Lee, que ya tenía recambio
preparado para el momento en que sus discusiones con
Ditko llegaran a un punto de no retorno. John Romita, un
hombre de empresa, un perpetuo “empleado del mes”. El
que nunca discute y a todo dice que sí. Y además, un
dibujante excepcional. Ditko salió tarifando de Marvel,
sin dibujar siquiera la portada de su último Spider-Man,
el AS 38 (VII 66). Quería que el Duende fuera un
desconocido, un don nadie. “Que sea el padre de Harry.
Si es un don nadie, nadie se sorprenderá”, decía Lee. No
importaba el cúmulo de casualidades: dejas escapar a un
ladrón y es el mismo que mata a tu tío Ben. Tu peor
enemigo resulta que es el viejo de tu mejor amigo. Tu
peor enemigo descubre tu identidad secreta y tú la suya.
Luego le borramos la memoria. ¿Forzando la lógica de la
serie? “Es un cómic, es un golpe de efecto”, insistía
Lee. Y se quedó sólo insistiendo. Por eso contrató a
Romita. Porque Romita pensaba que aquella primera
aventura era una más en la vida del héroe (AS 39 y 40,
VIII y IX 66). Porque Romita jamás discutiría un guión
de The Man, del hombre que le había rescatado del
olvido.
Romita, que en los
primeros meses vivió a la sombra de Ditko. “¿Cuándo
vuelve?”, preguntaban los iniciados en la primera época.
Pero nunca iba a volver. Aquel Spider-Man se acabó para
siempre. Con Romita, el ratón de biblioteca salía a la
calle, ganaba puntos a ojos de las féminas y pronto
estaba debatiéndose entre una Gwen Stacy angelicalmente
imposible
recreada por el mismo Romita a partir del
pendón ideado por Ditko (para Ditko sólo había dos tipos
de mujeres: las putas, las Liz Allan, y las santas, las
Betty Brant) y una por fin descubierta Mary Jane que, a
fuerza de repetir el chiste de la vecinita con la que te
quiere emparejar la tía May pero que nunca llegas a
verla, acabaría convirtiéndose en una realidad palpable
a la primera de cambio (AS 42, XI 66). “Admítelo tigre,
te ha tocado la lotería”, decía la mujer con la que
todos nos iríamos al huerto de cabeza. A Parker le tocó
la lotería y a nosotros la pedrea, el juego de
consolación de ver con cual de ellas se iría, para que
luego se decidiera por la rubia, por la niña buena.
Hasta
el cascarrabias de J. Jonah Jameson encontró su
contrapunto en el siempre comprensivo y amigable Joe
Robertson, primero editor de local y posterior
redactor-jefe del Daily Bugle, que debutó en el AS 51
(VIII 67). Al fin y al cabo, Peter Parker empezaba a
vivir en otro mundo: en un mundo de héroes y villanos en
estado puro. De aventura, de humor y amor perfectamente
equilibrados. Ya podía romperse un brazo, pillar un
catarro o recibir una soberana paliza. Era otro
personaje, mucho más comercial y popular: pronto
empezaría a pisar los pies de sus hermanos mayores, de
los Cuatro Fantásticos. Cada mes, su colección se
convertía en el mejor escaparate de Marvel. Los viejos
villanos reaparecían más terribles que nunca en sagas
inolvidables: La quintaesencia: Los tentáculos y la
trampa. el Doctor Octopus de inquilino en casa de
tía May, Spider-Man convertido en su aliado gracias a
una oportuna amnesia, la pelea final con Octopus... la
épica marca Marvel encarnada en cuatro increíbles tebeos
(AS 53 a 56, X 67 a I 68). En el lápiz de Romita renacen
todos: el Lagarto, Kraven, el Buitre, Mysterio... y
alumbran otros: Kingpin, su favorito, llega en el AS 50
(VII 67), tal vez la portada más recordada de la
historia del trepamuros, un abandono de telarañas con
dejà vu de los AS 17 y 18. No importaba, acababan de
aterrizar una legión de nuevos lectores que ni habían
leído ni les interesaba el trabajo de Ditko, una legión
de nuevos lectores que llenaban la universidad con
tebeos de la Casa de las Ideas, con esa basura comunista
que nada tenía que ver con las hazañas de los Superman y
los Batman. La imaginación al poder, Flash Thompson al
ejército, que ya no nos hace falta, y Spidey al campus,
al de la Empire State, por cierto. Que nadie busque en
el Ministerio de Educación americano. Jamás existió
ninguna Universidad Empire State. Allí iba Parker, para
no ir a un Harvard o a un Yale, para no perder el
contacto con su núcleo duro de lectores: la juventud
americana de la Década Prodigiosa, que lo convirtió en
icono popular. ¿Los Beatles más famoso que Jesucristo?
Tal vez, pero mientras tanto tocaba milagro: la tirada
de Amazing Spider-Man se multiplicaba como los
panes y los peces, tan repartida como el pan de los
pobres, tan en la boca de todos como la Coca Cola. Y el
negocio funcionaba viento en popa: días de gloria, en
los brazos de Gwen, en los tentáculos del mata-arañas
mejorado.

Y
entonces... toque de atención: que el jefe se va a hacer
películas, que esto ya no funciona como antes. Fue una
señal de alarma allá por la recta final de los sesenta.
¿Y si lo de los superhéroes se acabó? Habían funcionado
medio bien durante unos años, pero llegaba la hora del
carpetazo final. Se barajaban formatos, se hablaba de
tebeos más adultos mientras Stan Lee coqueteaba con
otros medios. Cada vez más alejado del universo que
había montado en los primeros sesenta, dejaba que la
máquina funcionara sola. Conversaciones telefónicas
resolvían argumentos y guiones. Que el dibujante tirara
por la calle de en medio. Diálogos cada vez más breves,
aventuras estiradas como chicles y un tono más moderno,
que es el que pide el fandom. En el camino,
quedan experimentos meritorios pero que no llevan a
ninguna parte. Verbigracia: The Spectacular
Spider-Man, magazine en blanco y negro destinado a
un público adulto a cuyas manos jamás llegaron los dos
escasos números de los que se compuso la colección (VII
y XI 68), mal distribuida, cuando no sepultada en los
almacenes de libreros que no sabían donde ponerla, si
entre los tebeos o las revistas. Ni siquiera el segundo
número, que renunciaba a los nobles propósitos del
primero mediante la inclusión de un villano de toda la
vida –el Duende Verde- y el conveniente coloreado,
sirvió para rescatar un proyecto destinado a ser en un
futuro carne de coleccionista millonario.
En ese
contexto, llega La saga de la tablilla (AS 68 a
77, I a X 69), aventura de enrevesado argumento y
elevados propósitos que apostaba decididamente por una
maduración en el tono de la strip. En medio, un
Romita agotado por sus muchos trabajos en otras series,
recibió en un primer momento el apoyo de John Buscema,
primoroso dibujante que manifestaba sin pudor alguno su
desprecio absoluto hacia la serie y sus protagonistas, y
luego de Gil Kane, sagrado monstruo del lápiz que no
tardaría en ganarse un hueco entre los mejores artistas
encargados del lanzarredes. Algunas de las historias que
escribió así lo prueban. Por ejemplo, La muerte del
Capitán Stacy (AS 90, XI 70), el padre de la novia
que en secreto conocía la identidad del héroe.
Nuevamente, la tensión dramática aumenta, la colección
crece, sobre la tumba de uno de sus personajes
secundarios.
Los
tiempos del romanticismo made in Romita se
encaminaban con paso decisivo hacia la tumba, sólo
faltaba colocar en el ataúd el resto de los clavos. Kane
puso los lápices de la que luego sería considerada una
historia clave, pero que a priori no ofrecía nada
más que el enésimo encuentro con el Duende Verde
sazonado con el drama personal de un Harry Osborn
encerrado en el infierno de las drogas.
Los
tres números de la aventura (AS 96 a 98, V a VII 71)
hubieran pasado sin pena ni gloria de no ser por el
Comics code: Aquí nadie habla de LSD, da igual que sea
para contar lo mal que lo pasan los adictos, dijeron los
cerebros del mecanismo censor americano. Esto no puede
llevar el sacrosanto code, afirmaron. “Pues que no lo
lleve: Lee dio un corte de mangas a los responsables del
sello y siguió adelante con la publicación de la
aventura. El efecto publicitario fue inmenso. Miles de
profesores y asociaciones de padres utilizaron aquellos
tebeos para avisar a sus infantes de los efectos
perniciosos de las drogas. El coste para la editorial
resultó cero: El tratamiento del tema no podía ser más
superficial y plano. Máxima rentabilidad a cambio de un
compromiso social mínimo.
Eran,
en todo caso, años de denuncia, y Amazing Spider-Man
resultaba un escaparate perfecto para las revueltas
estudiantiles (de la mano de Randy Robertson, el hijo
rebelde de Robbie, en AS 68, I 69), la liberación de la
mujer (con la Viuda Negra, que estrenaba ajustadísimo
traje a lo Emma Peel en AS 86, VII 70), la corrupción
política (en una aventura en la que Spider-Man compartía
cartel con el Hombre de Hielo de la Patrulla-X, en AS
92, I 71) o la crítica al sistema penitenciario (AS 99,
VIII 71). Bien es cierto que Stan Lee siempre escribió
tales historias con la idea bien clara de que el tema
social jamás dejara en un segundo plano a la aventura,
pero su valor pionero resulta del todo incuestionable.
Sólo
faltaba un último paso hacia la madurez definitiva, el
momento en que el Gran Padre de Marvel cediera sus
criaturas a otros escritores para pasar a un discreto
segundo plano como fuerza impulsora de la Casa de las
Ideas, pero nunca más como cerebro central de la
máquina. Con el arácnido se resistió casi tanto como con
los Cuatro Fantásticos. Por pura cabezonería más que por
convencimiento, Lee decidió alcanzar el centenar de
números para hacer inmediatamente después mutis por el
foro. 100 números y ni uno más, debió pensar, porque de
la que iba a ser su última historia, la ya mítica saga
de los brazos-extra, tan sólo escribiría el primer
número (AS 100, IX 71), mientras que los dos siguientes
(AS 101 y 102, X y XI 71) quedarían en las manos de Roy
Thomas, su heredero natural. Thomas estaba llamado a
escribir una larga temporada de Spider-Man, pero acabó
por abandonar al personaje tras su segunda aventura, un
maravilloso homenaje a King Kong con Gil Kane a plena
potencia (AS 103 y 104, XII 71 y I 72). Stan Lee se vio
obligado a volver a la serie y permanecer en ella
durante unos meses más. Paradójicamente, entre los
últimos números que escribió, está el cómic favorito de
John Romita, el AS 109 (VI 72), en el que Flash Thompson
regresa del Vietnam. Los viejos esquemas comenzaban a
repetirse con demasiada facilidad, lo que afianzaba la
necesidad de un cambio, y Gerry Conway estaba en el
lugar apropiado a la mejor hora posible. Lee tuvo la
suerte de encontrar en él al mejor sustituto imaginable.
En las décadas siguientes, el creador literario de
Spider-Man volvería ocasionalmente a escribir las
aventuras del trepamuros, sería el responsable de sus
tiras de prensa diarias e incluso de la decisión de
casarlo, pero el destino de Peter Parker no volvería a
estar jamás en sus manos. Las cosas habían cambiado de
forma definitiva, para bien y para mal.
Julián M. Clemente
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