EL HÉROE FUERA DEL TIEMPO

Los héroes fundamentales surgidos de la imaginación de Stan Lee que conformarían lo que hemos dado en denominar Universo Marvel surgieron a comienzos de los años sesenta, en lo que se dio en llamar la Era de Plata de los cómics. Stan Lee, junto a los dibujantes Jack Kirby y Steve Ditko, entre otros, concibió personajes como Los 4 Fantásticos, Spiderman, Hulk, Los Vengadores o La Patrulla-X, que consiguieron dar nueva vida a un género, el de los superhéroes, que por aquel entonces todos daban por acabado.

La editorial que lanzó esos grandes éxitos pronto tomaría la denominación de Marvel Comics. Sin embargo, aquella factoría burbujeante de ideas que acababa de alcanzar el estrellato llevaba ya más de dos décadas produciendo tebeos. Su auge hay que buscarlo en la década de los años cuarenta, la Edad de Oro de los Cómics. El nacimiento de Superman y Batman, ambos de National Periodicals (posterior DC Comics), animó al editor Martin Goodman, dueño de Timely (el germen de lo que luego sería Marvel), a presentar nuevos personajes circunscritos al género superheroico. Entre otros, Timely presentó a la Antorcha Humana original, a Namor, el Hombre Submarino… Y al Capitán América.

 

Fueron dos jóvenes de origen judío, el escritor Joe Simon y el dibujante Jack Kirby, quienes, furiosos e impotentes ante el auge de las Fuerzas del Eje, decidieron crear un nuevo icono que representara el espíritu de una juventud que quería luchar contra el nazismo. Steve Rogers, un humilde hijo de la Depresión Americana, es quien se transforma, gracias al suero del supersoldado, en el Centinela de la Libertad. El primer número de su colección aparecería con fecha de marzo de 1941, y en la portada el Capi, vestido con su traje tricolor y armado con su escudo, golpeaba al dictador en la cara. La imagen estremeció a un país que, apenas unos meses después, entraría en guerra contra Alemania.

 

El Capitán América fue el mayor representante de Timely durante los años siguientes, un verdadero símbolo de la justicia que incluso llegaría a contar con seriales cinematográficos. El final de la guerra, sin embargo, traería su declive y desaparición. ¡Pero el mito no había hecho más que nacer! En 1963, en plena ebullición de Marvel, Stan Lee tuvo la brillante idea de unir en un único equipo de justicieros a las principales espadas de la editorial. En Los Vengadores estarían Thor, Iron Man, Hulk, El Hombre Hormiga y La Avispa. Pero faltaba algo. Y entonces, Stan se acordó de la figura del Capitán América, y encontró la manera perfecta de recuperarlo. En su cuarta aventura, Los Vengadores encontraban por casualidad al veterano héroe, congelado en hielo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y que de nuevo volvería a entrar en acción.

 

El gran acierto de Stan Lee, más allá de recuperar a un personaje que permanecía en el recuerdo del país, estuvo en presentarlo como un hombre fuera de su tiempo: alguien que había vivido en un mundo de buenos y malos y ahora descubría la existencia de toda una escala de grises. Además de sus aventuras junto a Los Vengadores, de los que pronto se convertiría en líder, Steve Rogers contaría enseguida con su propia colección, también desarrollada por Lee con dibujos de Jack Kirby, el que hubiera sido su creador gráfico y que tenía la oportunidad, veinte años después, de reinterpretarlo para las nuevas generaciones.

 

En los años siguientes, grandes autores como Jim Steranko, John Romita, Gene Colan, Steve Englehart o Sal Buscema apuntalarían el mito. El trabajo de estos dos últimos, ya a mediados de los setenta, fue especialmente revelador: Uno a los guiones, el otro a los lápices, narrarían un largo ciclo de historias en el que el Capi tendría que abrir los ojos a la América corrupta del escándalo Watergate, el mismo que había hecho despertar al país a la dura realidad. Desencantado, Steve Rogers decidía abandonar la identidad del Capitán América para adoptar la del Nómada, un héroe sin patria. Tras comprender que el sueño al que representa no reside en los políticos, sino en el pueblo, el Centinela de la Libertad volvía a su puesto, con más fuerza que nunca.

 

La etapa que recoge este volumen se publicaría unos años más tarde, entre 1980 y 81, y supondría otro nuevo acierto, no sólo para el héroe de las barras y estrellas, sino también para Marvel. Sus responsables son el guionista Roger Stern y el dibujante John Byrne, quienes se habían amamantado con las grandes sagas de Stan Lee y Jack Kirby para pasar luego a convertirse en piezas fundamentales de la factoría. Curiosamente, cuando recibió el encargo de escribir la serie, Stern ya había pasado un año coordinándola, pero no por ello se sintió menos intimidado. Veía al personaje como un idealista y un patriota: un símbolo viviente del Sueño Americano. ¡Y es muy difícil que una persona convencional se sienta identificada con alguien así! Por eso, Stern quiso meterse en la cabeza de Steve Rogers, misión que se tomó muy en serio y para la cual realizó un profundo estudio de los años veinte, la época en la que hubiera nacido el hombre bajo la máscara. Fue entonces cuando hizo un descubrimiento que le sorprendió: aquél había sido un tiempo tan depravado como el actual, con grandes injusticias económicas y corrupción política generalizada. No era cierto que las cosas hubieran cambiado tanto desde entonces: simplemente, los demagogos que engañaban a la gente habían cambiado la radio por la televisión.

 

En cuanto supo que su amigo Stern escribiría la serie, John Byrne tuvo claro que él debía dibujarla, y nadie se hubiera atrevido a negar tal deseo al que estaba considerado como uno de los grandes autores de la época. El entintador Joe Rubinstein completaría un equipo que se encargaría de nueve trepidantes episodios repletos de acción, con nuevos y viejos enemigos y un renovado plantel de secundarios del que surgiría el nuevo interés amoroso de Steve Rogers. Entre las aventuras narradas, algunas se quedarían para siempre en la memoria del lector. A destacar, el encuentro con el Barón Sangre, una escalofriante amenaza de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuya conclusión dejó boquiabiertos a miles de fans; el capítulo en el que se aborda la hipotética candidatura del Capi a la presidencia, que a punto estuvo de tener un final diferente, o el flashback con el que se corona la etapa, y en el que se rememora el origen del héroe, tan redondo y certero que acabaría siendo novelizado, e incluso convertido en audiolibro.

Aquella época dorada terminó demasiado pronto, cuando ya había alcanzado la categoría de excelente. Los motivos habría que buscarlos en las discrepancias editoriales acerca de algo tan nimio como la duración de la siguiente saga que Stern y Byrne tenían proyectado realizar: un choque contra Cráneo Rojo, el archienemigo del Capi. Ante la imposibilidad de seguir adelante con sus planes, el guionista decidió abandonar la colección, y con él también se fue el dibujante. Pese a todo, ambos recuerdan todavía esta colaboración como una fuente de inmenso disfrute y alegría. Quedó para siempre como uno de los mejores periodos jamás vividos por el Capitán América, y entre los que más acertadamente definen a este defensor de los sueños que no teme nunca enfrentarse a la realidad, por dura que sea.

Artículo aparecido en Marvel Héroes. Capitán América: La leyenda viviente

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