DETRÁS DE PLANETA HULK: MÁS HULK QUE NUNCA

No recuerdo con exactitud cuál fue mi primera toma de contacto con El Increíble Hulk. Probablemente fuera una publicidad de su cómic, en los tiempos en que los publicaba Bruguera. Puede que se tratara de aquella con una gloriosa ilustración del Monstruo Gamma recién transformado, en un estallido de furia en medio de una turba humana. Muchos años después sabría que ese dibujo lo había hecho Earl Norem para el magazine The Hulk!, y que la pieza completa era todavía más impresionante, pero eso no viene ahora al caso. “La arrolladora acción del cíclope llamado… La Masa”, decía un titular superior. Sí, porque en aquel entonces ese era todavía el nombre por el que muchos lo conocían, herencia de Ediciones Vértice. “El ser más perseguido del mundo… ¡pero también el más fuerte!”, se añadía bajo la ilustración. También es bien posible que mi primer encuentro con Hulk fuera otra publicidad, también de Bruguera, en la que se advertía: “Si te tropiezas por ahí con La Masa… ¡No la provoques! ¡No la interceptes! ¡No la enfurezcas! ¡No la contradigas! …O sería lo último que hicieras…”.

 

 

Cualquiera de las dos opciones es válida, porque en cualquier caso me quedó bastante claro que Hulk no era un tipo amable, con el que te pudieras tomar un Cola-Cao, como sí lo era Spiderman. Y cuando por fin leí sus cómics, tuve claro por qué. Eran las historias arquetípicas del Hulk de buena parte de los sesenta y los setenta, con el monstruo tonto perseguido por el ejército y deambulando de aquí para allá, mientras se encontraba con los más variopintos villanos, enemigos y seres humanos necesitados de su ayuda o tratando de aprovecharse de él. Hulk daba miedo por buenas razones: era grande, verde, malhumorado, lo destrozaba todo, iba por ahí con un pantalón hecho jirones y hablaba raro, como los indios de las películas. Cuando luego conseguí ver algún capítulo de la teleserie de imagen real de Bill Bixby y Lou Ferrigno, que también era pieza codiciada en una población rural donde en pocas casas se veía la Segunda Cadena, ese concepto arquetípico del monstruo de naturaleza bondadosa perseguido por la humanidad fue reforzado en mi cabeza. Aquello era Hulk, lo mismo que Superman luchaba con Lex Luthor mientras trataba de proteger su identidad secreta de la cotilla de Lois Lane, o igual que Batman perseguía a los criminales de Gotham tan pronto como se encendía la Batseñal.

 

 

Una de las cosas que nos da la lectura de los cómics, una vez nos convertimos en aficionados y acometemos el disfrute de nuestros personajes favoritos de manera continuada, es que los tópicos están para romperlos. Llega el momento en que Steve Rogers abandona su identidad de Capitán América para pasar a ser El Nómada, en que a Spiderman le tiran a la novia desde un puente y tú te quedas a cuadros, porque no era eso lo que te habían contado de ese personaje, no era eso lo que se supone que debía ocurrir. Entonces, claro, te enganchan todavía más las viñetas. Tienes que estar ahí cuando suceda eso tan trascendental que cambiará para siempre la vida de tal o cual héroe.

 

En los años ochenta, Hulk no era una de las colecciones que siguiera de manera habitual, por más que me gustara el personaje. Estaba, como aquel que dice, todo el pescado vendido. No había sorpresas en el mundo del Piel Verde, y parecía mucho más interesante el Daredevil de Frank Miller, donde también mataban a las novias, o el Thor de Walter Simonson, donde llegaba un tío con cara de caballo y levantaba el martillo. No debí de ser el único que no se enganchaba con Hulk, porque la colección de Forum pasó de quincenal a mensual, signo de que las cosas no iban bien, y más tarde terminó por ser cancelada. Pero antes de eso, cayó en mis manos unos tebeos en los que Bruce Banner retenía su inteligencia cuando se transformaba. Había toda una nueva perspectiva, que daba lugar a reinterpretar su mundo paso a paso, y eso sí me flipó. Seguí leyendo la saga, que se extendía como una de esas largas historias-río que se leían en la Marvel de entonces, y Hulk pasó al extremo opuesto, a hacerse más bestia que nunca, hasta el punto de que se enfrentaba a un montón de héroes y el Doctor Extraño se veía obligado a exiliarlo a un lugar lejos de la Tierra que se llamaba La Encrucijada. Lejos de acabar la trama, Hulk iba a quedarse una larga temporada en esa dimensión extraña, repleta de portales a los más extraños mundos que pudiera haber imaginado nunca. En un episodio, Hulk era libertador, en otro esclavo, en un tercero un pirata… Lo de La Encrucijada era raro de narices, un tebeo de superhéroes que no era de superhéroes, sino de fantasía, y de ciencia ficción, y de espada y brujería, y de terror…

 

 

Más de un año estuvo Hulk en La Encrucijada. ¿Sabes lo que es eso cuando eres adolescente? Una eternidad de historias. Luego regresó a la Tierra, y volvió a ser perseguido, y separaron a Bruce Banner de la bestia… pero eso es material para otra charleta. El caso es que, en mi memoria, La Encrucijada quedó grabada como el último resquicio del Hulk clásico, y al mismo tiempo el instrumento a través del que Marvel en general, y el guionista Bill Mantlo en particular, pulverizó el concepto del Hulk clásico. Mantlo estaba por aquel entonces escribiendo también una estupenda etapa de Spidey, y luego lo descubrí en Los Micronautas o en miniseries como las de Capa y Puñal o Jack, la Sota de Corazones. Se alzó como uno de mis escritores favoritos, en el momento en que empezabas a fijarte en ese tipo de cosas. Era distinto a los demás. No le importaba romper los huevos para hacer una buena tortilla y tenía una preocupación sincera por contarte una buena historia, no sólo por tirar para adelante y dejarse llevar por los esquemas de siempre. Era un grandioso profesional del cómic, y cuando años más tarde supe que su carrera se había visto truncada por un atropello que le dejó las siguientes décadas postrado en una cama y con su actividad cerebral muy disminuida, me sentí triste como pocas veces me había sentido.

 

Creo que algo así le debió pasar a Greg Pak, un tipo que había leído más o menos los mismos cómics que yo, que también se había sentido apasionado por la obra de Bill Mantlo y al que también se le había desencajado la mandíbula con La Encrucijada. Sabía Greg Pak que cada superhéroe es lo que es, y por eso se queda grabado en la retina del populacho, pero que también pueden ser cosas distintas a lo que son habitualmente, y que a veces de esas grandes ocasiones surgen las historias que se recuerdan para siempre. Hijo de padre coreano y madre estadounidense, Pak había nacido en Dallas, el 23 de agosto de 1968 y enseguida había orientado su carrera hacia la industria cinematográfica. A mediados de la primera década del siglo XX, Joe Quesada, que andaba buscando talento externo a la industria tradicional, se fijó en él y le invitó a escribir para Marvel. Desarrolló un par de miniseries, y la segunda de ellas, “La canción final de Fénix”, tuvo cierta repercusión entre los lectores. Casi sonaba como guionista fijo de Uncanny X-Men cuando el bueno de Joe Q le propuso otra cosa completamente distinta. Estaban en el Bullpen planeando “Civil War”, la saga por la que el Universo Marvel se dividía en dos bandos enfrentados, y no querían que Hulk desequilibrara ninguno de ellos con su poder. Habían decidido mandarlo lejos, necesitaban que alguien hiciera una historia con eso, y Pak fue uno de los primeros candidatos sobre la mesa.

 

 

Me imagino la emoción que debió sentir, cuando supo del concepto que le ofrecía la editorial. En síntesis, no era muy distinto de lo que había hecho Mantlo con La Encrucijada en su momento, sólo que había pasado el tiempo suficiente como para que casi nadie recordase aquello, y que quienes lo hicieran sintieran una tremenda nostalgia. Fue así, en líneas generales, como nació “Planeta Hulk”. Era un cómic de Hulk, desde luego, y tenía muchas de las constantes. ¿Cómo no reconocerlo como tal, si en esencia se trataba de una actualización de una de sus sagas memorables? Pero había mucho más ahí que una puesta al día. Había una película de gladiadores con un mensaje libertario. Había una saga que expandía los límites del Universo Marvel para presentarnos un nuevo escenario fascinante que invitaba a la construcción de nuevos relatos. Había una historia de amor y una historia de amistad. Estaba llamado a convertirse en un clásico.

 

¿Quieres saber un secreto más, esta vez de la intrahistoria de Panini? Cuando nos tocó publicar “Planeta Hulk”, la colección iba francamente mal. Vendía muy poco desde los tiempos de Forum y en Panini no habían mejorado las cosas. Ése era el motivo por el que se editaba en aquellos tomitos que eran tan habituales en los comienzos de la editorial en España. “Planeta Hulk” parecía interesante, pero nada hacía pensar que aquello cambiaría las cosas, así que la programamos, como hubiéramos programado cualquier otra historia… ¡y fue un éxito brutal, como no había conocido Hulk desde mucho tiempo atrás! Todavía me arrepiento de no haberla publicado en grapa. Se agotaron todos los tomos, se reeditaron otra vez, se volvieron a agotar, y luego se lanzó la aventura en formato Marvel Deluxe, hasta entonces acotado a los verdaderos pesos pesados. Con “Planeta Hulk” empezó una nueva edad dorada para el Piel Verde, y también se disparó la carrera de Greg Pak, quien desde entonces ha seguido unido de manera intermitente a Hulk, e incluso ha hecho de uno de los secundarios de esta saga, Amadeus Cho, el perfecto heredero de Bruce Banner. Aunque eso también es una historia para otro momento.

 

Probablemente te hayas acercado a este volumen con unas ideas preconcebidas. Quizás conozcas al Hulk de las películas, al monstruo sin mente, a la bestia trágica. Aquí descubrirás muchos más aspectos del personaje, en los que nunca antes habías caído. Como me pasó a mí en otro tiempo, tal vez se te quede grabada a fuego esta epopeya que muestra a un Hulk que no es lo que se supone que debe ser, pero que es más Hulk que nunca.

 

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Integral: Planeta Hulk

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