DETRÁS DE LA SERIE DE IMAGEN REAL DE SPIDER-MAN EN LOS AÑOS SETENTA

En La Casa de las Ideas tenían un especial cuidado con lo que pudiera ocurrir con sus licencias en otros medios. En un ambiente en que el destino de la industria seguía siendo incierto, la incansable búsqueda de acuerdos con terceros por parte de Stan Lee empezaba a dar sus frutos. En 1977, había concluido la participación del trepamuros en The Electric Company, lo que facilitaba la venta de los derechos televisivos para la realización de una serie de imagen real. El canal CBS, propiedad de Columbia, se quedó con un paquete que, además del trepamuros, incluía al Doctor Extraño, Capitán América y Hulk. Todos ellos llegaron a la parrilla televisiva en forma de backdoor pilots, una denominación que se empleaba para aquellos pilotos que podían ser emitidos como si de un telefilme se tratase, incluso si luego no llegaba a desarrollarse la serie propiamente dicha.

 

 

Ni el Maestro de las artes Místicas, con estreno en septiembre de 1978, ni el Centinela de la Libertad, con dos películas, en enero y en noviembre de 1979, encontraron fortuna al respecto, pero el Hombre Araña y el Piel Verde sí corrieron mejor suerte. The Incredible Hulk contó no sólo con el respaldo de la cadena, sino también de Universal Pictures, lo que permitió que la apuesta fuera lo suficientemente ambiciosa y su presupuesto todo lo decente que se podía permitir el medio. La teleserie alcanzó la categoría de fenómeno mundial, con cinco temporadas emitidas entre 1978 y 1982, a las que siguieron unos cuantos telefilmes. El productor Kenneth Johnson optó por alejarse de los cómics, que despreciaba abiertamente, para poner el acento sobre el drama de un hombre en su incansable huida de sí mismo y de las autoridades, lo que le emparentaba más con otro clásico televisivo, El Fugitivo, que con ninguna viñeta que se hubiera dibujado nunca. La interpretación sobria de Bill Bixby como David Banner y la presencia imponente de Lou Ferrigno en su papel de Hulk conquistaron a las audiencias de todo el planeta, que encumbraron al monstruo de Marvel a una categoría de icono de la cultura popular que se mantuvo durante décadas y que a su vez dejó huella en los cómics.

Stan Lee con Nicholas Hammond

 

Spidey, que fue el primero de todos en colarse en los salones de los estadounidenses, se quedó a medio camino entre el fracaso rotundo de Doctor Extraño y Capitán América y el éxito atronador de Hulk, aunque Stan Lee no tuvo empacho en calificar la experiencia como una absoluta pesadilla. Bajo el paraguas de Columbia Pictures Television, Charles W. Fries, un veterano profesional que se había especializado en la realización de TV movies, se alió con el productor ejecutivo Daniel R. Goodman, pero dejó de lado al creador literario del personaje. A Stan no le quedó otra salida que la de la pataleta: acudía a las reuniones con la cadena y los guionistas para quejarse de lo poco que se parecía aquello a los cómics o de que no hubiera villanos con superpoderes ni tampoco efectos especiales caros. Un día, desesperado, llamó a Nueva York a Romita para contarle que iban a usar un traje negro y rojo. A Romita no le preocupó demasiado, pero preguntó a The Man los motivos. Éste le explicó que se trataba de una cuestión técnica. Algunas escenas debían rodarse con un croma azul, lo que tenía como consecuencia que el azul del propio traje se volviera luego invisible. El artista tuvo entonces un golpe de genialidad, al sugerir que en lugar de un croma azul recurrieran a un croma verde. Y gracias a eso el traje de Spider-Man pudo parecerse al de los cómics.

 

Nicholas Hammond, al que se le conocía por haber sido uno de los niños de Sonrisas y lágrimas, se quedó con el papel de Peter Parker, por más que a sus veintiocho años se le considerara excesivamente mayor para interpretar a un estudiante de Doctorado que sacaba unos dólares haciendo fotos para el Daily Bugle. En el piloto aparecían también Tía May (Jeff Donnell), J. Jonah Jameson (David White) y Robbie (Hilly Hicks), del que no se volvía a saber luego. El reparto se completaba con secundarios creados para la ocasión: el Capitán Barbera (Michael Pataki), un policía que compartía con Jameson el desprecio hacia el trepamuros, y Judy Tyler (Lisa Eilbacher), una reportera del Bugle, convertida en novieta del protagonista. Ya en la serie propiamente dicha, Robertson fue sustituido por una secretaria. También era de raza negra y podía haberse llamado Glory Grant, pero las concesiones a las viñetas parecían haber terminado: recibió el nombre de Rita Conway (Chip Fields). Robert F Simon heredó el papel de Jameson, mientras que Tía May sólo volvió en un único episodio, y también con una actriz diferente a la primera, Irene Tedrow.

 

 

El largometraje de debut, emitido el 14 de septiembre de 1977 bajo el título de Spider-Man, estaba consagrado a narrar la manera en la que Spidey obtenía sus poderes. La indispensable araña se colaba por accidente en un experimento con radiación dentro de un laboratorio universitario con nulas medidas de seguridad, para luego picar a Peter fuera de cámara y dotarle de sus habilidades arácnidas. Sin que llegara a verse cómo lo había confeccionado, el protagonista se probaba ante el espejo su traje de batalla, en un plano que parecía calcado de la segunda edición de Reflections Of A Superhero. El Spider-Man de carne y hueso disparaba telarañas, porque de otra manera se hubiera hurtado un rasgo fundamental del icono, aunque se dejaban ver en escasas ocasiones y siempre con poca dignidad, y tampoco se entró en detalles acerca de su fabricación. De una red con aspecto realista, que se utilizó en el piloto, se pasó a una muy diferente, que venía a ser una cuerda blanca. Romita había conseguido que se mantuviera el rojo y el azul del traje original, pero los resultados tampoco fueron los mejores posibles. Los ojos consistían en una superficie plateada reflectante, en consonancia con el diseño original, pero hicieron un montón de pequeños agujeros, de cara a que Hammond o el especialista y antiguo artista del trapecio Fred Waugh pudieran ver. El efecto secundario fue que Spidey, en los primeros planos, parecía tener dos coladores en la cara.

 

 

Curiosamente, el piloto sí mostraba la manufactura de los lanzarredes, con una apariencia tosca, pero similar a los de las viñetas, pero luego la red parecía salir sin más del antebrazo del héroe, como si no fuera necesario accionar ningún mecanismo. Tras el piloto, el lanzarredes pasó a estar por encima del guante… ¡un único lanzarredes, en la mano derecha! Era una aparatosa cartuchera de tonos plateados, igual que el cinturón multiusos, que ya se mostraba en las escenas finales del piloto. Más allá de lo mencionado, no había demasiados parecidos más con los cómics. La trama del largometraje alternaba la génesis del superhéroe con la amenaza de un charlatán encorbatado que ponía en jaque a la ciudad mediante la extorsión y el control mental. La caracterización de personajes quedaba en lo superficial, con flagrantes contradicciones, como que Peter viviera en una gigantesca mansión pero al mismo tiempo tuviera problemas monetarios, mientras que los efectos visuales iban parejos a la precariedad de la época. Había algunas escenas que se grabaron en lo alto de los rascacielos de Nueva York, pese a que el grueso de la producción tuvo lugar en Los Ángeles. Waugh figuraba colgado de cables supuestamente invisibles y hacía algunas acrobacias llamativas mientras le sujetaban siete operarios. Se alternaban con planos compuestos mediante reserva de material del trepamuros reptando, que luego se superponía sobre la imagen de la fachada de un edificio. Las batallas eran propias de filmes de artes marciales de Serie B, con golpes, puñetazos, esquives y violencia soft. En la mayoría de las ocasiones, el trepamuros de la tele aparecía representado, básicamente, como un mimo con un disfraz de Halloween correteando por las azoteas, moviéndose con precaución por tejados inclinados, no fuera a caerse, y peleándose con tipos con una sospechosa movilidad reducida, mientras que Peter Parker era un protagonista como cualquier otro, sin los problemas, la inteligencia, la vis cómica o la amargura del verdadero.

 

 

El piloto gozó de una notable audiencia de más de dieciséis millones de espectadores, pero su continuidad tuvo un apoyo errático por parte de la cadena, que cuando se puso a mirar con lupa lo números se percató de que la audiencia se concentraba sobre todo en niños y jóvenes, lo que complicaba la venta de los paquetes publicitarios más lucrativos. CBS optó por conceder al trepamuros una segunda oportunidad, en forma de miniserie de cinco episodios, de cuyo éxito dependía la continuidad del show. Fue ya bajo el título de The Amazing Spider-Man. El plano más voluntarioso que llegó a rodar Fred Waugh, en el que pendía con la telaraña de un helicóptero en marcha, impresionó de tal manera que aparecía en el opening, en el preciso momento de sobreimprimirse el nombre de la teleserie en pantalla. Puro relleno de midseason, su puesta de largo tuvo que esperar a los miércoles de la primavera del año siguiente, 1978. Además de incorporarse las rastreadoras araña como gadget tomado de las viñetas, la anécdota para los conocedores de éstas la trajo el cuarto capítulo, titulado “La noche de los clones”, en que Spider-Man se enfrentaba contra un clon diabólico fabricado por un científico loco. Otras amenazas de la temporada fueron un traficante de armas, una secta con un líder dotado de poderes telekinéticos o un secuestrador.

 

 

La segunda temporada, para la que el título volvió a ser, simplemente, Spider-Man, trajo la incorporación de Lionel E. Siegel, el ejecutivo detrás del éxito de El hombre de los seis millones de dólares, que acometió algunos cambios destinados a atraer a un público de mayor edad. Eso se tradujo en cambios en los argumentos, con amenazas más creíbles, y también en una reformulación del elenco de secundarios: salió el Capitán Barbera para dar entrada a Julie Masters (Ellen Bry), una nueva novia para Peter, fotógrafa como él, que además servía de alivio cómico. También limitó aún más los poderes del personaje, preocupado por la utilización indiscriminada del sentido arácnido, y llevó a cabo esfuerzos tan innecesarios como utilizar el verdadero sonido de una auténtica araña: “Ya tenemos a los chavales en el bolsillo, debido a la popularidad del cómic y a la acción de la serie. Lo que ahora queremos son adultos. Las historias serán más adultas en general “, dijo. “Estamos intentando hacer historias creíbles con un personaje que está en el límite de lo creíble”.

 

Tanto empeño importó poco, después de que la CBS optara por programar los episodios con una terrible aleatoriedad que parecía delatar que la finalidad del producto no era sino la de cubrir huecos: se emitieron dos capítulos en septiembre de 1978, otro a final de noviembre, el quinto y el sexto en febrero… La séptima entrega, de doble duración, no llegó hasta el 6 de julio de 1979 y fue también la última. En un desesperado intento por sobrevivir, Siegel se llevó parte de la trama y del rodaje hasta Hong Kong, envolviendo la aventura en la moda de las artes marciales y otorgándole el título de “La red china”. Además de Spider-Man, The Incredible Hulk y los telefilmes de Capitán América y Doctor Extraño, CBS también emitía Wonder Woman así como reposiciones de Batman y Shazam! Todo ello hizo que fuera señalada como “la cadena de los superhéroes”, una imagen que sus ejecutivos quisieron deshacer cuanto antes. Spidey y la Mujer Maravilla salieron perdiendo.

 

Pese a sus carencias, la teleserie arácnida tuvo una segunda vida en el floreciente circuito del vídeo doméstico, para el que se recicló el producto, uniendo episodios de dos en dos mediante transiciones de unos cinco minutos rodadas para la ocasión con el Daily Bugle como escenario, lo que sirvió para conseguir la duración aproximada de un largometraje. En el circuito internacional, el piloto (bajo el título de The Amazing Spider-Man), los dos episodios iniciales de la primera temporada (como Spider-Man Strikes Back), y el capítulo doble final, también de larga duración (renombrado como Spider-Man: The Dragon’s Challenge), fueron estrenados en salas cinematográficas, con notables resultados. Más allá de esos réditos, la teleserie de imagen real del Hombre Araña era un subproducto ya superado en sus propios tiempos. El espectador convencional, que en 1977 había aprendido lo que era una superproducción de efectos especiales gracias a Star Wars, la descartó de plano, mientras que los lectores de cómics la despreciaban, por su nula conexión con el personaje que tanto amaban. Para ellos, era una oportunidad perdida. El discreto letrero de “¡La sensación televisiva de Marvel!” desapareció pronto de las portadas de los cómics. Ya en 1978 el estreno de Superman, el primer filme de superhéroes verdaderamente ambicioso y adulto, dejó a la producción televisiva del trepamuros en ridículo. Spider-Man estaba muy lejos de poder mirar siquiera de soslayo hacia el Hombre de Acero.

 

 

Textos procedentes de Spider-Man: La historia jamás contada

Imágenes propiedad de CBS/Getty Images

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