DETRÁS DE LA SEGUNDA GUERRA DE LAS ARMADURAS DE IRON MAN

Hay hombres que no se pueden estar quietos. Que miran a su alrededor y no se sienten satisfechos con lo que encuentran. Que les incomodan aquellos que dicen que algo es imposible. Que despegan sus pies del suelo y dirigen la mirada a las estrellas. Que son capaces de adelantarse al futuro, o mejor aún: inventarlo.

 

Uno de esos hombres es Tony Stark. Empresario. Emprendedor. Conquistador. Héroe. Hombre de Hierro. Y todo en uno. Sí, es cierto que tantas virtudes se compensan con unos cuantos defectos. El primero de ellos, resulta obvio: Tony no es real, o al menos no todo lo real que nos gustaría. Nació en las viñetas de un cómic, de la imaginación de Stan Lee, efervescente en aquellos primeros años sesenta en los que también llegaron al mundo Los 4 Fantásticos, La Patrulla-X, Los Vengadores o Spiderman. No obstante, pese a que pertenezca a esta particular cosmogonía de ficción, Tony Stark cuenta con un modelo tomado directamente de nuestro mundo por Lee. Se trata de Howard Hughes, el productor de cine, millonario, pionero de la ingeniería, genio autodidacta y playboy cuya vida y milagros eran objeto de atención en aquel entonces por parte de los tabloides de Hollywood, y cuya trayectoria luego sería recogida de manera brillante en la película El aviador (2004), dirigida por Martin Scorsese y en la que Leonardo DiCaprio dio vida a Hughes.

 

Tony Stark, además de una apariencia similar a la de Hughes, reúne todas las virtudes que adornaran a éste, amplificadas hasta la excelencia, como sólo puede ocurrir con un personaje de cómic cuya vida se encuadra en un universo donde lo prodigioso es habitual. Es inteligente y cautivador, capaz de concebir hoy la tecnología del mañana, de conquistar a las más bellas mujeres y de dirigir con precisión quirúrgica un poderoso emporio industrial. Pero hay algo que le convierte en verdaderamente excepcional, por encima de cualquier otra consideración. La historia es bien conocida por todos, hasta el punto que ha sido trasladada al cine con exquisita fidelidad, pero bien haremos en recordarla. Un día, el destino colocó a Tony entre la espada y la pared. Se vio obligado a construir un arma para sus propios enemigos… Sólo que, en lugar de eso, creó el traje de Iron Man, un prodigio de la tecnología que le permitió vencerles, además de cambiar su vida para siempre. Tony no sólo había creado una prodigiosa armadura moderna que le convierte en un ejército de un solo hombre: se había reinventado a sí mismo. Tras el nacimiento de Iron Man, abandonaría la carrera armamentística, para dedicar sus empresas a fines pacíficos. La historia no habría hecho sino comenzar. En el camino de Iron Man esperaban espías industriales, supervillanos de toda clase y condición, tiburones de las finanzas en busca de caza mayor y decenas de enemigos deseosos de plantar cara al Hombre de Hierro. No es extraño que, ante semejante caterva de villanos, el Tony Stark de los cómics eligiera mantener su identidad de Iron Man en secreto: inventar una mascarada según la cual el Hombre de Hierro era en realidad su guardaespaldas, por más que nunca se les viera juntos, detalle que sería resuelto por los autores de la colección con el paso del tiempo, cuando alguien tuvo la idea de que la armadura podía controlarse por control remoto.

 

¿Y qué hay de esos defectos a los que nos referíamos antes? Al igual que ocurre con todos los grandes personajes de Marvel, Iron Man posee debilidades que le colocan a ras de suelo. Durante los primeros tiempos, la metralla alojada cerca de su corazón le obligaba a vivir conectado a la armadura, un trauma superado con el paso del tiempo, pero que sería sustituido por otros. Como su modelo en la vida real, Tony es un hombre de excesos, igualmente elevados a la enésima potencia. Alcohólico con varias recaídas, sabe que puede perderlo todo si se deja seducir por una botella. De aquel infierno, narrado en la mítica aventura “El demonio en una botella”, consiguió salir con su fuerza de voluntad, pero también con la ayuda de sus amigos. Entre ellos cabe destacar a James Rhodes, quien le sustituyera como Iron Man durante una larga temporada, lo que le convierte en poco menos que un hermano, no unido por la sangre, pero sí por un vínculo que puede llegar a ser incluso más fuerte.

 

“La segunda guerra de las armaduras”, aventura recogida en este tomo y que fue publicada por Marvel en 1990, supuso todo un revulsivo para el Hombre de Hierro. Su título recordaba la existencia de una aclamada saga anterior, “La guerra de las armaduras” original, en la que Iron Man decidía enfrentarse a todos aquellos que habían robado sus descubrimientos. La historia, publicada por Panini en un volumen de su colección Best of Marvel Essentials, caló hondo en sentir de los lectores, que adquirieron una nueva perspectiva del personaje. La armadura no sólo había servido para luchar contra las injusticias: sus fundamentos básicos también se utilizaban para perpetrar crímenes y asesinatos, lo que convertía a Tony Stark en involuntario responsable de los mismos, un sentimiento de culpa que le acompañaría el resto de sus días.

 

A partir de ese punto, John Byrne, uno de los más fructíferos autores de la época, construiría una nueva saga, independiente de la anterior salvo por el detalle del nombre, en la que el objeto de codicia no es la armadura, sino el mismo Tony Stark: si controlas al hombre que está dentro del traje de hierro, poseerás no sólo aquello que ha inventado, sino también su fortuna, conocimiento y habilidades. Byrne, guionista al mismo tiempo que dibujante en memorables etapas de Los 4 Fantásticos, Alpha Flight, Hulk o Superman (en este caso, para DC Comics), decidió en este caso restringir su participación al ámbito literario, mientras que del artístico se encargaba un viejo conocido del personaje: John Romita Jr.

 

Este inmenso dibujante, hijo de un mítico autor de los años sesenta, ha consagrado su carrera a trabajar en la Casa de las Ideas. Por sus manos han pasado la plana mayor de sus héroes, dejando en todos ellos una huella indeleble: Spiderman, La Patrulla-X, Hulk, Thor, Daredevil, Punisher… Y también Iron Man. De hecho, Romita Jr. despuntó, entre finales de los setenta y primeros años ochenta, en una larga estancia en la cabecera del Hombre de Hierro, con un estilo eminentemente realista que se beneficiaba de la meticulosidad del entintado de Bob Layton, muy agradecido a la hora de retratar la armadura del héroe. “La segunda guerra de las armaduras” es un buen ejemplo de la evolución experimentada por Romita Jr. a lo largo de unos años en los que desarrolló soltura, espontaneidad, sencillez, habilidad narrativa y grandilocuencia. Un observador poco experimentado podría suponer incluso que el dibujante de aquella primera época no tiene nada que ver con el de esta segunda, aunque en ambos casos coincidan calidad y espectáculo.

 

Byrne y Romita Jr, en la cumbre de sus carreras, ofrecen un ejemplo intemporal de lo que debe ser una excelente aventura de Iron Man, en la que nos recuerdan que lo importante no es la última innovación que incluya la armadura o el poder de los conspiradores en la sombra, sino el ingenio, la inteligencia, la perseverancia y capacidad de sacrificio del hombre que se oculta bajo la máscara de hierro.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Iron Man: La Segunda Guerra de las Armaduras

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