DENTRO DE ESTELA PLATEADA: RÉQUIEM

La primera que le vimos, ni siquiera tenía que estar ahí. “¿Contra quiénes se enfrentarán Los 4 Fantásticos en el próximo número?”, preguntó Jack. Y Stan respondió: “Contra Dios”. Y Jack se fue a su casa, y dibujó la historia. Pero introdujo una variante: Dios tendría un emisario. Así fue como empezó todo. Así fue como nació Galactus, el Devorador de Mundos, y su heraldo, Estela Plateada. “El Rey” había vuelto a las oficinas de la Casa de las Ideas con algo más que un Apocalipsis reflejado en aquel puñado de páginas: volvió con una tragedia cósmica. La del Heraldo de Galactus que vendió su alma a cambio de salvar su mundo. La del Presagio de Muerte que busca planetas con los que alimentar a su amo. La del alienígena que llega a la Tierra, y conoce la grandeza y la miseria del ser humano. La del Ángel Caído que se revela contra Galactus y paga el más alto precio.

 

Stan Lee se enamoró tanto del concepto de Estela Plateada que lo hizo suyo. Atrapado en la Tierra, el que un día se llamara Norrin Radd trataría, infructuosamente, de comprender el espíritu de los hombres. Primero en algunas inspiradas historias de la Primera Familia, luego en su propia colección, Estela Plateada no cejaba en su intento por encontrar respuestas, por recuperar la libertad perdida.

Desde entonces, el surfista de plata ha continuado siendo una importante pieza de la cosmogonía Marvel: intermitente en sus apariciones, incapaz de sostener por él mismo una colección de forma indefinida, pero sin perder un ápice de su carisma: El embrujo de Estela Plateada ha traspasado la página del cómic, para alcanzar la categoría de icono cultural. Quien conoce a este extraterrestre con tendencia a la disquisición filosófica acaba haciendo suyas sus inquietudes. No es extraño que, cuando Estela Plateada consiguió romper la maldición de Galactus, cuando volvió a surcar el frío del espacio, una parte de él se quedó para siempre con nosotros.

Coincidiendo con el salto a la pantalla del personaje, Marvel cuenta de nuevo su principio, pero también su probable fin, en una historia fuera de continuidad, aunque llamada a ser una de las más memorables entre las que ha protagonizado. Joe Michael Straczynski, siguiendo los pasos de Stan Lee, se introduce en la cabeza del que un día fuera conocido como Norrin Radd, para descubrirnos que no se arrepiente de nada y acepta los designios del destino: no con resignación, sino con el orgullo de quien ha dejado su marca en las estrellas. El lirismo de la obra es de tal envergadura que pocos autores podrían haberla plasmado en viñetas. Esad Ribic es uno de esos pocos, quien sabe si el único capaz de ello. Su representación de Estela Plateada, de los escenarios que visita, de los héroes que conoce quita el aliento hasta el punto que, en el futuro, habrá que colocarle al lado de Kirby, Buscema y Moebius entre los artistas fundamentales del héroe cósmico.

Palabras e imágenes, recuerdos y premoniciones se entrecruzan en una canción funeraria, un réquiem, dedicado al que soñó con navegar a través de la oscuridad que existe entre las estrellas. Al que nos invitó a viajar junto a él cuando el sueño se hizo realidad.

 

Texto originalmente aparecido como prólogo de Marvel Graphic Novels. Estela Plateada: Réquiem

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