1990-91. DEL DESESTIMIENTO DE LOUISE SIMONSON A LA IRRUPCIÓN DE X-FORCE

Es primavera de 1990. En los meses previos a la llegada de Jim Lee, Claremont recupera a los hombres-X perdidos en el Lugar Peligroso al tiempo que desarrolla una irregular aventura protagonizada por secundarios como Forja, la Bestia o Jean Grey. Tal vez sean las horas más bajas de toda su carrera como guionista, un problema que se ve agravado por unos infames dibujos de impresentables como Kieron Dwyer, Bill Jaaska o Mike Collins. Mientras tanto, trabaja junto a Lee en el diseño de un nuevo hombre-X. Remy Lebeau, alias Gambito, repite el esquema del tipo duro de oscuro pasado en la línea de Lobezno. “Es un renegado perteneciente a un clan de ladrones de Nueva Orleans. Tiene acento francés y va por la vida rompiendo corazones. Muy carismático, con un estilo parecido al de John Malkovih”, describe Claremont. Lee lo viste con una gabardina, le coloca un cigarro en la comisura de los labios y una baraja de cartas en la mano. “Este es su poder. Carga las cartas con energía y las arroja”, explica el dibujante. “La gabardina es para que parezca más real, aunque cuando se mueve hace las veces de capa”. Gambito aparece por primera vez en el UXM 266 (VIII 90). Un mes más tarde une su destino al de Tormenta en el mismo número en el que Jim Lee se incorpora como dibujante regular, con el considerable alivio de los lectores. Las palabras finales de Ororo presagian la ansiada reunión del grupo: “Dime, Gambito… ¿Has oído hablar de un equipo de héroes mutantes llamado la Patrulla-X?”

Ha decidido dejarse el pellejo en la serie. Jim Lee comprende que es la oportunidad de su vida. Mes a mes ensaya innovadoras fórmulas narrativas, que van desde la superposición de viñetas a la abundancia de dibujos a sangre, de los flashbacks rodeados con orlas negras a los encuadres arriesgados o al predominio de las escenas en scope. El detallismo de su trazo alcanza niveles hiperrealistas. Es el sueño dorado de todo lector de tebeos hecho realidad. Jim Lee te sujeta en la portada y no te suelta hasta la última página. Entonces, respiras. Antes, contienes el aliento. Es un dibujante en la plenitud de sus dotes artísticas que sin embargo crece página a página, número a número. ¿Cuantas horas diarias pasa delante del tablero de dibujo? ¿Diez, doce? Las que sean necesarias. De repente, el público vuelve a mirar de otra forma a la Patrulla-X. Lobezno vive exóticas aventuras junto al Capitán América y la Viuda Negra (UXM 268, IX 90) y Pícara aparece ante los fans como un modelo de lencería (UXM 269, X 90). La colección cobra vida. Las ventas suben como la espuma. Jim Lee es el Chico Midas. Todo lo que dibuja se convierte en oro. Claremont sin embargo empieza a sentirse desplazado. Le vienen a la cabeza palabras de John Byrne pronunciadas diez años atrás.

 

-¿Sabes cual es el problema, Chris? No sé si la gente mira a la Patrulla-X o nos mira a nosotros. Pero pienso averiguarlo. Si tú te quedas, nunca lo sabrás.

Byrne se equivocaba. Durante todos estos años, han mirado a la Patrulla-X. Y Chris Claremont ES la Patrulla-X. No hay Patrulla-X sin Chris Claremont. Todos lo saben. ¿Todos?

Es verano de 1990. Chris Claremont y Weezie Simonson planean el crossover mutante anual. Mucho más modesta que Inferno, esta nueva saga va a constar de nueve capítulos repartidos entre las tres series principales (UXM 270-272, TNM 95-97 y XF 60-62, XI 90-I 91).

 

-Es la última que vamos a hacer, Chris.

-Ya me gustaría.

-No entiendes lo que te estoy diciendo. Me voy.

-¿Qué?

-Que estoy cansada. Me voy.

 

El problema no es Liefeld, sino que Harras se haya puesto de su parte. Weezie ha decidido que no está dispuesta a ser la dialoguista de un niñato que no sabe hacer un dibujo a derechas pero al que el editor se niega a cuestionar nada. En los últimos meses, Liefeld ha ido afianzando posiciones en The New Mutants. La chavalería le adora, la colección escala posiciones mes a mes, pero es imposible trabajar con él. Ella escribe sus guiones para que Liefeld los modifique a su antojo. Ha convertido a sus bebés-X en una horda de psicópatas sedientos de sangre, y todavía dice que quiere hacer más cambios. No le gustan personajes como Rhane o Warlock. Dice que son unos mariquitas. Rob quiere soldados, pero Weezie está harta de pelear en primera línea de fuego. Después de una década en Marvel, ha decidido aceptar una oferta de la competencia. DC le ha pedido que escriba una de las series de Superman. En ella podrá colaborar junto a Jon Bogdanove, uno de sus mejores amigos. Solo lamenta dejar de trabajar con Claremont, pero hace tiempo que las colecciones mutantes han dejado de ser cosa de dos. “Ya no me necesitas”, le dice. Y se equivoca. La necesita más que nunca. Weezie Simonson es la última amiga que le queda a Chris Claremont en Marvel. Se siente solo, rodeado por los indios y sin la esperanza de que venga la caballería a rescatarle. Ha terminado una época. Lo saben los dos. Empieza un nuevo tiempo en el que no tienen cabida personajes como Warlock. El extraterrestre divertido y adorable que fuera uno de los bebés-X favorito de ambos muere heroicamente durante el nuevo crossover (TNM 95, XI 90). Proyecto Exterminio, se titula, y supone la consagración definitiva de Jim Lee y Rob Liefeld. Las constantes del cambio se reiteran en cada uno de sus episodios. Los tres grupos mutantes actúan como un ejército que arrasa Genosha mientras combate a Cameron Hodge, viejo conocido de X-Factor ahora transformado en un ciborg de aspecto repugnante. Ya no hay tiempo para el tratamiento de personajes, para la tortura existencialista que fuera la marca de la casa.

Weezie Simonson abandona Marvel sin que nadie mueva un dedo para evitarlo. Muy al contrario, a la vez que Rob Liefeld queda como autor único de The New Mutants, Harras ficha a Whilce Portacio, el mejor amigo de Jim Lee, para que dibuje X-Factor, y al mismo Lee para que la escriba. “Seguro que puedes, Jim”, afirma Harras. Seguro que no. Lee llama inmediatamente a Claremont. “Socorro”, dice. “¿Puedes escribir tú los diálogos?”. Y Claremont, que echa de menos trabajar con Cíclope, que siente como sus niños se le escapan de las manos por momentos, accede. Lee y Portacio tienen en mente el combate definitivo entre X-Factor y Apocalipsis, una aventura de proporciones épicas cuyo final recupere el sabor de la saga de Fénix Oscura. El acontecimiento que se convierta en un nuevo clásico del noveno arte no va a ser esta vez la muerte de un personaje importante. ¡Va a ser una boda! La boda de Jean Grey y Scott Summers.

Los profetas están equivocados. La historia nunca se repite, pero lo disimula muy bien. Claremont, Lee y Portacio preparan El manifiesto Apocalipsis, un arco argumental de cuatro números (XF 65-68, IV-VII 91). Tienen previsto que durante la saga Jean y Scott se casen, Apocalipsis interrumpa la boda y aparezcan los Askani, un clan religioso procedente del futuro cuya misión es proteger a Nathan Summers, el hijo de Scott. Harras cree que un acontecimiento de esa magnitud merece que Marvel se vuelque en promocionarlo. Cuando Tom DeFalco conoce sus planes, le frena en seco. “Estás confundido, Bob”, asevera. “Un acontecimiento de esa magnitud lo que merece es que ocurra en Uncanny X-Men, no en X-Factor”. Pero en Uncanny no puede celebrarse la boda. Al menos no de momento. Ni Scott ni Jean pertenecen a la Patrulla-X. Claremont, Lee y Portacio se quedan compuestos y sin novia. En su lugar, improvisan algo diferente. No hay boda, pero Apocalipsis ataca al grupo y secuestra a Nathan. Si el niño es valioso para Mister Siniestro, también lo puede ser para Apocalipsis. La batalla se traslada a la Luna, como en el último capítulo de la Saga de Fénix Oscura. X-Factor rescata a Nathan, pero ya es demasiado tarde. Apocalipsis lo ha infectado con un virus tecnológico que lo está matando. Entonces aparece una sacerdotisa Askani con la solución: llevarse al bebé al futuro, “donde será amado, porque se le necesita desesperadamente”. Al parecer, Nathan crecerá para convertirse en una especie de Mesías. La viajera del tiempo se refiere a él como “el elegido”. Cíclope sabe que nunca volverá a ver a su hijo, pero acepta el sacrificio. El XF 68 termina con un discurso del Vigilante similar al que hiciera en la última página del UXM 137: “Pase lo que pase estaré presente para maravillarme con esta extraña, salvaje y fascinante raza de seres cuyo nombre es la suma de sus mejores atributos y más nobles aspiraciones. Raza humana”

 

Es verano de 1990. Rob Liefeld telefonea a su viejo amigo Fabian Nicieza, guionista de The New Warriors, la gran serie de la temporada. Rob tiene un problema y una idea. Primero explica cuál es su problema. Tras la marcha de Weezie Simonson, él mismo va a encargarse de escribir las aventuras de Cable y los bebés-X. Va a ocuparse tanto de los argumentos como de los dibujos. “Sé que puedo tener más ideas en un solo número que un guionista en doce”, presume. Sin embargo, necesita que alguien escriba los diálogos. Él no se siente capaz. Cree que Nicieza es la persona indicada. Nicieza está saturado de trabajo, pero acepta. Puede ser divertido. Los bebés-X forman un grupo muy diferente a los Nuevos Guerreros. A continuación, Rob le explica cuál es su idea. Pretende que la colección cierre en el TNM 100 para a continuación ser relanzada con nueva numeración, nuevo nombre, nuevo planteamiento y nuevos personajes. Nicieza no está de acuerdo. “Es un error cerrar uno de los títulos Marvel mejor vendidos”, dice. Pero Rob insiste hasta convencerle. Ya son dos. Juntos convencen a Sven Larsen, director de Marketing. Ya son tres. Juntos convencen a Bob Harras, editor de las series mutantes. Ya son cuatro. Juntos convencen a Tom DeFalco, director editorial de Marvel.

 

-De acuerdo, pero vamos a hacerlo a lo grande.

“A lo grande” quiere decir que el número uno de la nueva colección se venda precintado junto con un cromo. Que haya cinco cromos diferentes, para que el lector que quiera conseguir todos deba comprarse otros tantos ejemplares. Que haya además una versión sin cromo, pero con tintas metálicas en la portada. El objetivo es repetir la Operación Todd McFarlane. El Spider-Man 1 (VIII 90), con guión y dibujos de Todd McFarlane, ha vendido tres millones de ejemplares. La industria del cómic jamás ha conocido cifras similares. Especuladores y Marvel zombies han hecho de este tebeo su más preciado tesoro. La fuente de tanta felicidad tiene cinco portadas diferentes, enormes viñetas redundantes, escaso diálogo, nulo argumento, un Lagarto aterrador y una espectacular Mary Jane Parker. Reconocida la fórmula magistral, en Marvel llevan meses buscando el siguiente crack. El entusiasmo crece en la Oficina-X ante el proyecto que lidera Rob Liefeld. X-Force, así se llamará. Suena potente, tiene garra y una X muy grande al principio. Pronto, el lanzamiento de la nueva serie ocupa casi todas las horas laborales de Bob Harras.

Liefeld utiliza los últimos números de The New Mutants para reordenar el grupo a su antojo. En el TNM 98 (II 91) debuta Dominó, una vieja novia de Cable. “Si Cable fuera Clyde, Dominó sería Bonnie”, explica Nicieza. En el siguiente número llegan Feroz, una Loba Venenosa sin la dulzura de Rhane, y Estrella Rota, una copia de Longshot con el añadido de dos espadas y muy mala leche. Ese mismo mes, Mancha Solar abandona el equipo ante sus diferencias con Cable. El nuevo grupo se completa con Sendero de Guerra, el hermano de Ave de Trueno, quien hasta ese momento formaba parte de los Infernales de Emma Frost. También surgen nuevos villanos, como Masacre, un mercenario bocazas fruto de colocar dos pistolones a una copia de Spider-Man. Cuando perpetra la última página del TNM 100 (IV 91), Liefeld ha eliminado a casi todos los personajes que escribiera Weezie Simonson. Sólo quedan dos, Bala de Cañón y Bum-Bum. Nadie recuerda ya a aquellos críos que aprendían a vivir mientras peleaban contra el simpático villano del día. El ejército bien engrasado por Cable les ha sustituido. Por si alguien no se ha enterado del nuevo estilo del grupo, Cable asesina a un villano desarmado en la página dieciocho del TNM 100. “Vinisteis aquí traídos por un hombre que tenía un sueño. El sueño ha muerto. Es hora de enfrentarse a la realidad. Ha llegado la hora de convertirse en una fuerza que cambie el mundo. Una fuerza… legal o no, que luche por lo que es correcto”, sermonea Cable.

“He leído en Time unos cuantos artículos sobre los Niños de la Guerra”, explica Nicieza. “Son críos de catorce y quince años obligados a participar en un conflicto bélico. Se vuelven muy duros y cínicos. En eso se han convertido los X-Force, en Niños de la Guerra. Los Nuevos Guerreros se divierten cuando hablan entre ellos. Los de X-Force no. No me los imagino sentados en un sofá mientras ven Magnum, como solían hacer. Eso se ha terminado”. Marvel anuncia la salida de la serie, momento en el que los malos pronósticos de Nicieza se caen por su propio peso. Al departamento de ventas llegan unos pedidos iniciales que superan los tres millones de ejemplares. “Creo que voy a ganar dinero suficiente para pagar mi hipoteca… y todavía me quedará un poco para irme a cenar”, bromea Nicieza.

Es 1989. Un periodista pregunta a Bob Harras:

 

-¿Qué harías si Chris dejara la serie?

-Ésa es una pregunta irreal. No puedo imaginarme a Chris haciendo eso. Creo que me daría un ataque al corazón.

-A ti y al departamento de ventas.

-Sí, seguro. Honestamente, creo que le pediría a Weezie Simonson que le sustituyera.

1991. EL LANZAMIENTO DE X-MEN Y LA MARCHA DE CHRIS CLAREMONT

Es 1991. Weezie Simonson ya no está. La única preocupación de Bob Harras consiste en retener al dibujante que le ha dado a Uncanny unas ventas mensuales de seiscientos mil ejemplares, un veinticinco por ciento más que en los años precedentes. Por primera vez en más de diez años, Chris Claremont descubre un día que el control ya no está en sus manos. Desde la marcha de John Byrne, el Patriarca Mutante ha regido los destinos de la Patrulla-X. Nadie ha discutido nunca eso. Weezie y Ann comprendían, mejor que nadie, que la fuerza creativa la poseía Claremont. Ahora Weezie ha claudicado, y Ann prefiere hacer otros cómics, como Daredevil o Inhumanos, alejados del huracán mutante. Bob Harras es un tipo diferente, buen conversador, agradable y ambicioso, demasiado ambicioso. Un hombre de empresa que toma decisiones pensando en la cuenta de resultados, a diferencia de aquellas chicas que creían que editar un cómic era supervisar el proceso y echar una mano a los autores. En cuanto a los dibujantes, Claremont se ha preocupado siempre de adecuar sus historias al tipo de artista, una forma inteligente de hacer que todos se sientan cómodos tocando la melodía que les pide ese hombre sabio que conoce mejor que nadie a sus mutantes. Unos (Paul Smith, John Romita Jr.), en su papel de artesanos obedientes; otros (Frank Miller, Bill Sienkiewicz) en perfecta sintonía con el guionista, en una simbiosis de la que salen productos inmejorables. Pero Jim Lee piensa distinto. Tras Proyecto Exterminio surgen las primeras diferencias artísticas entre ambos autores. Jim Lee tiene su propia visión de la Patrulla-X, una visión clara y definida que choca de bruces con la de Claremont. Donde éste le pide escenas de hombres-X hablando, sufriendo, llorando, él dibuja acción, acción y más acción. Patadas, rayos, truenos… y chicas. Muchas chicas. El Sport Illustrated Summer Special con superpoderes, las Playmates de Playboy disfrazadas de Pícara, de Tormenta, de Mariposa Mental. ¿Donde han quedado aquellas mujeres que parecían reales? No se las adivina en esa Pícara de caderas imposibles. Sí, por primera vez en más de diez años, Claremont se ve obligado a plantarle cara a su dibujante. Por primera vez en más de diez años, pierde la batalla.

Bob Harras ha conocido el antes y el después. Como editor de X-Factor, conoció el poder de Claremont sobre Marvel, ese poder que se llevaba por delante guionistas (como Bob Layton) y lo que hiciera falta. Siendo editor de Uncanny, Harras ha visto como los mutantes caían en una peligrosa inercia. Seguían siendo los más vendidos, pero no estaba claro por qué. Cuando en 1991 se disparan nuevamente la ventas, basta un análisis frío y calculado para descubrir la causa. Y la causa se llama Jim Lee. Si la Patrulla-X vive una nueva edad de oro es gracias al Chico Midas. Chris Claremont es ahora, en el mejor de los casos, una parte más del engranaje y, en el peor, el obstáculo que impide a ese engranaje funcionar como debiera. Cualquiera que mire más allá de las quejas del guionista sabría verlo. Bob Harras lo ha visto. Lo ha visto más claro que nunca cuando en la oficina-X trabajaban en las dos nuevas colecciones que han de unirse al Spider-Man de Todd McFarlane. Sí, dos, mejor que una. Sesenta días después del lanzamiento de X-Force, llega X-Men.

X-Men es el spin-off definitivo, porque es el primero que va a superar a la serie madre para colocarse a su altura. “X-Men sin adjetivos. Simplemente X-Men”, repite Harras. Igual que el “Spider-Man sin adjetivos. Simplemente Spider-Man”, de Todd McFarlane. No hay ninguna razón especial para lanzar el nuevo título, salvo tener una plataforma que, al igual que a McFarlane, lance a Jim Lee al estrellato definitivo y a Marvel a las mayores cotas de rentabilidad de su historia. Harras lo tiene claro. La Patrulla-X no es un cómic. Es una franquicia, la Franquicia Mutante. Como Star Wars, como el Pato Donald, como Indiana Jones. Y tiene que dar tanto dinero como todas ellas.

De mala gana, Claremont prepara la nueva serie. De nuevo reuniones, reuniones y más reuniones. De nuevo, discusiones, discusiones y más discusiones. Tom DeFalco se une a un grupo de trabajo formado por Claremont, Harras, Lee y Portacio. DeFalco exige una única Patrulla-X formada por cinco miembros. Sus aventuras se continuarían de un título a otro. Claremont será el guionista de las dos, mientras que Lee dibujará la primera y Portacio la segunda. Tanto Claremont como Harras están en desacuerdo con el director editorial. Por su experiencia haciendo crossovers, saben lo difícil que es coordinar a dos dibujantes diferentes para que se repartan una misma historia. Aunque trabajen codo a codo, como es el caso de Lee y Portacio, los errores de racord y las necesarias correcciones acaban multiplicándose exponencialmente. “Eso es hacer mensual la pesadilla de los crossovers anuales. No estoy dispuesto a pasarme el resto de mi vida pendiente de cumplir las fechas de entrega”, dice el Patriarca Mutante. Cree que cada colección debe tener sus protagonistas diferenciados y una personalidad propia. Por eso propone crear dos Patrullas. Con un montón de personajes a su disposición, quedarse sólo con cinco sería un desperdicio de recursos. Después de tantos años, es incapaz de decidir entre media docena.

Por otra parte, Bob Harras quiere recuperar a los hombres-X originales, al actual X-Factor, e integrarlos de nuevo en la Patrulla-X. A Claremont también le seduce la idea de volver a trabajar con Cíclope o la Bestia. “Vale, tenéis razón”, dice DeFalco. “Haced dos Patrullas”. A cambio, X-Factor pierde todos sus protagonistas, pero Harras ofrece un plan de salvación para la serie que pasa por rescatar a varios mutantes olvidados (Kaos, Polaris, Madrox, Loba Venenosa, Fortachón y Mercurio) y ponerlos a las órdenes del Gobierno. Peter David, el popular guionista de Hulk, se hace con los guiones (XF 71, X-91). “A partir de ahora, X-Factor va a ser la hermanita pobre de los mutantes”, le advierte Harras. “Mejor así”, contesta David.

 

En los meses siguientes, Claremont abandona los guiones de Excalibur, ya que no quiere escribir X-Men en el estado de agotamiento absoluto que ahora padece. En Cruce de caminos (UXM 273-277, II-VI 91) deja todo listo para el lanzamiento de la nueva serie. Por un lado, Magneto y Pícara viven una pequeña historia de amor destinada al fracaso. “Ya estoy comprometido. Tanto como puede estarlo un corazón lleno de fantasmas”, se lamenta Magnus, quien rompe definitivamente las promesas que hiciera. “No soy Charles Xavier. Nunca seré Charles Xavier. Fui un idiota por intentarlo. Como él lo fue, por creer que podría conseguirlo”. Paralelamente, la Patrulla viaja al espacio, donde se encuentra con el Profesor-X, los Saqueadores Espaciales y la Guardia Imperial. Lee altera buena parte de la historia, con el consiguiente enfado de Claremont. En el guión que le entrega al coreano no aparecen los skrulls, convertidos por Lee en los villanos de la aventura. Por otra parte, el dibujante reintroduce los uniformes de la Patrulla-X original sin que vengan a cuento. Molesto con los cambios, el Padre Mutante acude en busca del respaldo de Harras, pero no lo encuentra. “¿Qué quieres que haga? ¿Qué me ponga en contra de nuestro dibujante más rentable?”, pregunta el editor. Las discrepancias no acaban ahí. Los planes de Claremont pasan por matar a Xavier. A partir de esa tragedia y en el plazo de un año, Magneto se vería obligado por lo ocurrido a dar un paso hacia delante y ponerse el manto de héroe tanto si le gusta como si no. Tras escuchar esas intenciones, Harras se niega. Lejos de aceptar la muerte del Profesor-X, el editor pretende (y consigue) que Xavier recupere tanto su viejo papel de maestro de mutantes como su oxidada silla de ruedas. En el colmo del sadismo, el calvo vuelve a perder el uso de sus piernas en el UXM 280 (IX 91), tebeo que antecede cronológicamente al X-Men (XM) 1. Por otra parte, Magneto retorna a su papel de villano, ya que así es como debe aparecer en la nueva colección. Se cumplen de esta forma las directrices de Tom DeFalco acerca de la machacona “vuelta a los orígenes”.

Con Xavier en su sitio, el siguiente paso hacia la nueva colección es decidir qué hombre-X se queda en cada grupo. De nuevo reunido con Lee y Portacio, Claremont propone un pequeño juego.

-Vamos a repartir cromos

Ambas Patrullas vivirán en la Mansión, donde se podrá encontrar a cualquiera de sus respectivos miembros. La separación en dos equipos funciona a la hora de entrar en acción. A partir de la terminología empleada en los submarinos nucleares, Claremont denomina Equipo Azul al que interviene en X-Men, y Equipo Oro al de Uncanny. Ninguna de las dos series va a ser la principal, aunque es obligatorio que Lobezno y Cíclope estén en el Equipo Azul. El resto de los personajes se reparten en función de las preferencias de los dos artistas. Portacio sabe sacar gran partido visual al Ángel y al Hombre de Hielo, ya que los ha dibujado en X-Factor. Pasan, por lo tanto, al Equipo Oro; Gambito, Mariposa Mental y Pícara son personajes redefinidos bajo los lápices de Lee, que se los queda para su colección; Coloso y Tormenta completan el Equipo Oro en tanto que la Bestia y Júbilo cumplen idéntica función en el Equipo Azul.

Ya está todo listo para empezar la nueva serie. La única condición que pone Jim Lee es poder escribirla. Junto a Chris, por supuesto. ¿Cómo dejar de lado al Stan Lee de mi generación, al hombre que, hasta hace unos pocos meses, lo era todo para la Patrulla-X? En menos de un año, Claremont se encuentra a sí mismo argumentando la serie junto a ese Chico Midas salido de la nada. ¿Cómo va a conocer los pensamientos, las reacciones de personajes que le doblan la edad? En un mundo justo, Jim Lee debería, como mucho, escribir los diálogos de Júbilo. Pero no hay justicia en este mundo. Lee quiere historias cortas y sencillas, de tres números a lo sumo. Como un niño con zapatos nuevos, el dibujante disfruta diseñando personajes y uniformes. De su bloc de dibujo surgen los Acólitos, un grupo de fanáticos adoradores de Magneto; Rojo Omega, un Dientes de Sable a la rusa, y Belladonna, la nunca antes mencionada esposa de Remy Lebeau. Ha elaborado también nuevos trajes para Cíclope, Jean Grey y Pícara que siguen el modelo iniciado con la gabardina de Gambito. Sobre las típicas telas de colores chillones aparecen cazadoras, bolsillos, bandoleras… Lee ha creado incluso una silla de ruedas cibernética para Xavier.

Y Claremont se engaña a sí mismo. Cree que todo puede volver a ser como era antes. Antes de que se marcharan Weezie, y Walt, y Ann. Antes de sentirse solo, en medio de una cumbre silenciosa. Antes de que el proceso creativo fuera una lucha diaria contra fuerzas demasiado poderosas. Pero hay una prueba definitiva que le demuestra que el “antes” no volverá. Ha tenido una idea genial, la mejor que se le ha ocurrido en mucho tiempo. Ha pensado un argumento que le devolverá el favor de los lectores, que les mantendrá en suspense durante al menos los dos próximos años. Vale, es exactamente lo contrario a las aventuras breves de Lee. Pero es la bomba.

 

-Perdona, Chris. No entiendo, ¿puedes repetírmelo?-, pregunta Harras, escéptico.

-Voy a matar a Lobezno.

-Otra vez, más despacio.

            -Que voy a matar a Lobezno.

 

Claremont ha meditado la estructura hasta el mínimo detalle. Notas iniciales para los argumentos previstos por el Patriarca Mutante para los veinticuatro próximos meses: El primer número de X-Men representa un nuevo comienzo, algo así como “Bueno, vale, si no nos has leído antes, la cosa funciona de esta manera. Aquí tienes la mansión, los personajes, sus motivaciones y su entorno”. Multiplicamos por tres la gran pregunta final del Giant-Size X-Men 1: ¿Qué hacemos con cincuenta y tres hombres-X? El cómic empieza con una gran secuencia de cinco páginas. Decenas de mutantes peleando con otros tantos villanos. Perfecto para Jim Lee. Aparecen Cíclope y Tormenta. No pelean. De hecho, para ellos, parece como si no hubiera lucha. Están sentados, se pasean, toman notas. La imagen se congela. El lector descubre que lo que ha visto es una simulación creada en la Sala del Peligro. Los líderes de la Patrulla la utilizan para combinar las posibilidades de cada miembro. En las siguientes páginas, prueban varias opciones. “¿Lobezno debe estar en el mismo grupo que Júbilo? ¿debemos dejar de lado a una mutante tan joven? ¿dónde metemos a Jean y dónde a Scott?” Tormenta y Cíclope van desechando unas ideas y quedándose con otras hasta que deciden la formación de los dos equipos (Azul y Oro). En medio de todo esto aparece Magneto. Tenemos la pelea de rigor. Magneto y Xavier han llegado a una separación irreconciliable. Magneto está convencido de que la humanidad le traicionará. Xavier de que no. El hombre de Estado frente al terrorista… ¿quién tiene razón? El lector concluye que éste es un mundo desagradable y que la Patrulla-X tendrá que estar a la altura de las circunstancias. Ahora pasamos al segundo número, donde Dama Mortal arranca el corazón a Lobezno. Ambos mueren. En meses posteriores, tenemos funerales, lloros y lamentos, etc. Entonces aparece La Mano, que secuestra el cuerpo de Logan y lo resucita, como hizo con Elektra. Vemos el largo proceso de recuperación. El factor curativo funciona ahora de una manera muy interesante. Se ocupa sobre todo de reconstruir el corazón, mientras deja de lado las extremidades. Sus brazos y sus piernas comienzan a pudrirse mientras el corazón se regenera. Va a ser algo muy, muy desagradable. En el Uncanny X-Men 294, prevé Claremont, Lobezno ya recuperado se convierte en el líder de La Mano. A partir de aquí, la historia continúa de una serie a la otra hasta que alcance un punto en el que Logan luchará por la bondad de su alma. Y vencerá. Paralelamente, el Padre Mutante calcula cada una de las reacciones de los otros personajes. Van desde la de Cíclope (“Lobezno se ha vuelto malo y hay que acabar con él”), a la de  Xavier, que se muestra inflexible acerca de la necesidad de que Logan vuelva a la luz. Jean Grey y Coloso alcanzarán las posturas más radicales. Mientras la primera decide acudir al rescate de su compañero e incluso fingirá ser su amante, Peter llegará a arrancarle las garras en el curso de una pelea.

 

            -Es el mayor conflicto al que se ha enfrentado la Patrulla-X desde que se fundó. Uno de los suyos, el alma del grupo, será su peor enemigo –concluye Claremont, orgulloso.

-Éso no funciona –responde Harras.

 

No funciona porque Lobezno tiene colección propia, no funciona porque Lobezno tiene que aparecer como invitado especial en la mitad de los títulos que Marvel publica, no funciona porque Lobezno es el héroe favorito de todos los chicos que compran Uncanny y que comprarán X-Men. ¿Cómo les explicas a esos chicos que ahora es uno de los malos? No funciona.

Llegados a ese extremo, la discusión se traslada al despacho de Terry Stewart, el presidente de la compañía. Éste da la razón a Harras. Que quede claro: esta empresa funciona como una máquina. Cada mañana vienes aquí, pulsas las teclas adecuadas, el engranaje se pone en marcha y todos somos felices. Pero mucho cuidado con mover ese engranaje, aunque sea para mejorarlo, porque lo estropearás. Cada pieza en su sitio, cada trabajador en su sitio. Es la prueba definitiva. Claremont está invitado a escribir las historias de los hombres-X siempre que se pliegue a los dictados de Bob Harras; siempre que no tenga inconveniente en compartir créditos con Jim Lee; siempre que sea el dialoguista que exigen que sea.

 

-No pienso quedarme para ayudaros a destruir lo que he tardado diecisiete años en crear.

-Yo no lo veo así –sostiene Harras.

-Ya sé que tú no lo ves así, pero yo no tengo otra alternativa. Que te jodan. Me voy.

 

Pueden hablar durante horas, pero no lo hacen en el mismo idioma. Claremont se pregunta si alguna vez lo han hecho. Durante las semanas siguientes, sólo se comunican mediante fax porque ambos quieren una copia escrita de cada cosa que dicen. En prensa, Marvel anuncia que “Chris Claremont va a tomarse un pequeño descanso de un año durante el que no escribirá ningún cómic”. El aludido, al que todavía intentan convencer de que dé marcha atrás, salta a la palestra para exponer los trapos sucios y dejar claro que su cese tiene carácter irrevocable. En un principio, no quiere siquiera comenzar X-Men, pero su mujer le convence para que el primer número de la nueva serie, del que se esperan ventas millonarias, sea el de su finiquito, un dinero que necesitan para la hipoteca. Haré X-Men 1 porque creo que me lo he ganado, afirma. En Marvel responden: “De acuerdo, podremos vivir con eso”.

Nunca antes en toda su vida Claremont se ha sentido más triste. No es así como deben escribirse los tebeos, no es así. Deberías disfrutar haciéndolos, leyéndolos. Debería ser la clase de cosas donde tú te sientas y hablas de los personajes, las aventuras y el sentido que hace que todo encaje. Pero eso se acabó. Cuando empieza a desarrollar su última historia, ésta se alarga a tres espectaculares episodios (XM 1-3, X-XII 91) en los que Magneto y Charles Xavier llevan su viejo enfrentamiento hasta un punto de no retorno. El Amo del Magnetismo muere entre fuego y gloria, traicionado por uno de sus Acólitos y salvando la vida a la Patrulla-X con su último aliento. “Te devuelvo tu sueño, Charles. Pero me temo que, con el tiempo, cuando comprendas que nunca fue más que la esperanza de un loco, te romperá el corazón. Adiós, viejo amigo”, son sus últimas palabras.

Marvel pone a la venta cinco versiones diferentes del X-Men 1. Vende siete millones y medio de ejemplares, el doble de los conseguidos por el X-Force (XFO) 1 (VIII 91). Gran parte de la tirada va a manos de especuladores; otra queda en poder de los libreros especializados y una mínima porción, no más del diez por ciento, acaba en las estanterías de los aficionados. Con esos beneficios en la mano, la marcha de Claremont se considera una pérdida aceptable. El Padre Mutante conoce en carne propia el precio que le ha costado su sueño de autonomía creativa. Aprende que también se puede morir de éxito. Sus casi dos décadas al frente de la strip son reducidas a la nada, al polvo absoluto. En Marvel demuestran una dramática falta de perspectiva histórica. Tom DeFalco no mueve un dedo por evitar lo inevitable. ¿Por qué? Tiene siete millones de razones. Importa más el día a día. Importa más una gloria pasajera de cartón-piedra que sueñan convencidos será permanente. Jim Lee se queda, ¿no? Eso es suficiente. También ahí se equivocan. Tampoco eso les importa.

Boceto inicial y final de la portada de X-Men 1

Es verano de 1991. Jim Lee asiste a la San Diego Comic Con. Los guardias de seguridad hacen ímprobos esfuerzos para que el millar largo de fans deseoso de conseguir la firma de su ídolo mantenga el orden y la compostura. Las colas se forman por riguroso orden de llegada. Cada aficionado recibe un número que ha de presentar en su debido momento. No hay dibujos, el alto número de congregados lo impide. Jim Lee tan sólo puede firmar tres ejemplares por cabeza. “Eres el mejor, Jim. Quiero ser como tú”, o algo así, vienen a decir ocho de cada diez chavales. Los dos que quedan apenas son capaces de dar las gracias por la rúbrica, impresionados ante la presencia del que juzgan Dios del Cómic. El Chico Midas no se cree lo que está viviendo. Todos quieren ser su mejor amigo. En apenas un año se ha hecho millonario. Marvel acaba de anunciar que, tras el X-Men 3 y el Uncanny X-Men 281, él y su amigo Whilce Portacio asumirán los destinos del Universo Mutante. “Quiero dejar huella”, afirma Lee. “Me gustaría hacer unos cincuenta números”. Muchos son los que respiran aliviados ante la salida de un guionista que, dicen, escribe por mera costumbre desde largo tiempo atrás. Confían en que el Chico Midas y su gente sepan dar a la strip un soplo de aire fresco. ¿En qué consiste? Lee sabe que lo suyo no son los argumentos complicados o los personajes dolientes. Nada de llorones ni de historias que se alargan durante años. En su lugar, habrá más acción, más viñetas grandes, menos diálogo que tape sus dibujos y aventuras que, como mucho, duren cuatro números, que luego los lectores no se aclaran.

Es verano de 1991. Claremont hace su primera aparición pública desde que ha abandonado X-Men. Yo salvé la industria del cómic en los años setenta y volveré a salvarla en los noventa, proclama. Tiene proyectos, muchos proyectos. El pasado es prólogo, el futuro que preveo es la guerra. Va a dar a DC unos héroes, Sovereign Seven, de los que mantendrá la propiedad intelectual para evitar las injerencias editoriales. Unos héroes que van a significar el siguiente paso de excelencia no en su carrera, sino en la historia del medio. Pero Claremont no sólo escribirá cómics. Va a escribir más novelas. En solitario y en compañía de George Lucas. Primero el cómic, luego la narrativa pura y, por último, el cine. Todos rendidos a sus pies. “Señor Claremont”, pregunta uno de los asistentes, “¿qué cree que va a ser de X-Men sin usted?” X-Men, dice Claremont, caerá por su propio peso. Dentro de unos meses, nadie comprará X-Men.

Pocos son los que escuchan sus palabras. Menos aún los que las creen.

 

1992. ¿VIDA MUTANTE DESPUÉS DE CHRIS CLAREMONT?

Es febrero de 1992 y nace Image. Terry Stewart tranquiliza a los mercados desde la tribuna que le ofrece The New York Times. “Los autores vienen y van, pero los personajes y sus universos permanecen”. Marvel está por encima de quien trabaje eventualmente en sus oficinas. Stewart está convencido de que la aventura californiana de esos cerdos traidores será un fracaso. Quien me hecha un pulso lo pierde, asegura. Stewart no sabe nada sobre cómics, pero eso no le importa. Nombrado presidente por Ron Perelman, propietario de Marvel, a principios de 1990, su modelo de empresa lo representa Disney. En su esquema del negocio, los cómics son una pequeña parte de un imperio mayor compuesto por películas, parques temáticos, juguetes, videojuegos… Cualquier cosa que pueda vender a un público entre los cinco y los veintipoquísmos años. En manos de Stewart, Marvel funciona más que nunca como una multinacional. Contrata gente a espuertas, hagan o no falta; cuida el mercado televisivo, y mete dinero a mansalva en los estudios de animación de Marvel, que empiezan a trabajar en una serie de dibujos animados protagonizada por la Patrulla-X. Los diseños de personajes y primeros argumentos están basados en los X-Men… de Jim Lee.

Con la oficina-X inmersa en la mayor crisis de toda su historia, Bob Harras se convierte en la única persona con capacidad operativa para tomar decisiones. Las únicas consignas que recibe desde arriba se resumen en mantener el nivel de ventas de la Franquicia Mutante y no promocionar en exceso a sus asalariados. Ni un dibujante con ínfulas de estrella en la casa. Harras pone ahora sus esperanzas en la inteligencia de Fabian Nicieza, su más inmediato colaborador, que asciende de argumentista a escritor de X-Force y X-Men. Scott Lobdell, del que hay buena opinión en la casa, también pasa a ser el guionista de Uncanny. Lobdell llega después de que John Byrne se niegue a escribir en una sola noche los diálogos del UXM 286 (III 92). Hasta ese momento su único mérito conocido es haber cubierto bajas aquí y allá, pero sabe cómo subir en una empresa. Redactor de revistas de tercera regional y fracasado humorista de bodeguilla, Lobdell se curra su futuro en los pasillos, en los despachos, en la cafetería de Marvel. Una tarde recibe una llamada de Lisa Patrick, la mano derecha de Bob Harras.

 

-Hola Scott. ¿Serías capaz de hacer los diálogos de un tebeo de la Patrulla-X?

-Claro. ¿Para cuándo lo quieres?

-Para mañana a primera hora

-Vale.

-¿Te va a dar tiempo?

-Sí. ¿Por qué no me iba a dar tiempo?

 

A la mañana siguiente, Harras tiene su guión completo encima de la mesa.

 

-Espera, Scott. No te vayas. Déjame que te haga unas preguntas.

-Adelante.

-¿Estás disponible?

-Sí, claro.

-¿Sigues las colecciones de la Patrulla-X?

-Las leo todas.

-¿Sabes cómo funciona la Oficina-X?

-No, no lo sé.

-¡Has contestado correctamente a todas las preguntas! Una cosa más, ¿te gustaría ser el guionista regular de Uncanny X-Men?

-Diablos, por supuesto que me gustaría. ¿Es una especie de broma?

-No. No es ninguna broma. ¿Quieres o no?

-Sí, sí. Desde luego.

-Pues bienvenido a bordo.

 

Acompañando a los nuevos guionistas están chicos salidos de quién sabe dónde, jovenzuelos que llegan a Marvel con un estilo que mimetiza el de Jim Lee o Rob Liefeld. Si otro puede hacerlo, ¿para qué contratar a los originales? Son los Tom Raney, los Brandon Peterson, los Art Thibert, los Mark Pacella, los Greg Capullo, los Joe Quesada. En el aspecto narrativo, Wolverine mantiene a Larry Hama, quien ha demostrado ser el perfecto escritor de las aventuras del mutante de las garras de adamántium. Bajo su tutela, la colección alcanza el tono a Conan del siglo XX perseguido, que no logrado, por Claremont en los primeros números. Lobezno encuentra en Hama al otro gran autor que le entiende y sabe a dónde llevarle: hacia el derrumbe emocional. Con un hábil giro dramático, el guionista se deshace de Mariko Yashida, la muñeca de porcelana china que ha simbolizado durante todos estos años el control de Lobezno sobre sus demonios internos. Muerta Mariko (WOL 57, VII 92), Logan regresa a sus orígenes salvajes, con historias más descarnadas y violentas que las que preceden la llegada de Hama. En sustitución de Silvestri, entra en escena Mark Texeira, un dibujante de trazo sucio y salvaje que compensa sus carencias con la fuerza estilística que Lobezno necesita.

 

X-Factor es la colección que menos vende de las publicadas por Harras. Peter David tiene manga ancha para hacer lo que quiera con ella dentro de un cierto orden. Siguiendo el estilo que le ha hecho famoso en Incredible Hulk, David introduce la interacción de personajes y el humor como los grandes valores de la colección, y los diálogos inteligentes como su más poderosa arma para conquistar nuevos lectores. Enseguida construye un cómic inteligente y lleno de frescura que crece mes a mes ayudado de los buenos oficios primero de Larry Stroman y luego de Joe Quesada, uno de los pocos imitadores de Jim Lee con un lápiz capaz de evolucionar hacia un estilo propio.

Marvel Comics Presents y Excalibur funcionan por otro lado, ya que ambas series las edita Terry Kavanagh, en lugar de Harras. La primera publica seriales protagonizados por Lobezno de forma sistemática. Kavanagh concentra sus esfuerzos alrededor de una historia en trece partes escrita, dibujada, entintada y coloreada por Barry Smith (MCP 72-84, V-XI 91). En los dos años que ha durado su proceso creativo, Arma-X ha pasado de ser un relato corto de ocho páginas a convertirse en una espectacular novela gráfica de ciento veinte. El título se refiere al primer nombre clave utilizado por Logan, así como al proyecto gubernamental que dio origen a sus huesos y garras de adamántium. Smith acomete su realización sin más influencia externa que una pequeña charla con Chris Claremont en la que éste sugiere que detrás del Proyecto Arma-X puede estar la oscura mano de Apocalipsis.

Un accidente de tráfico sufrido por Smith retrasa tanto la aparición de Arma-X como de la tercera parte de Muerte viva, en la que también trabaja. Terminado el serial de MCP, el artista vuelve sobre esta nueva obra en torno a Tormenta, aunque sin que Marvel le indique fecha de entrega. De momento, no necesitan la historia. Tiempo después, cuando por fin la concluye, Bob Harras se niega a publicarla. Alega que en ella se hace apología del suicidio. Muerte viva III aparece en 1999 bajo el nombre de Adastra in Africa, un álbum de lujo que publica Fantagraphics Books. Smith cambia el nombre de la protagonista para evitar problemas de derechos con Marvel. De igual forma, las contradicciones que Arma-X introduce en la cronología de Lobezno llevan a que Larry Hama, por indicaciones de Harras, la convierta en poco menos que una ensoñación apócrifa fruto de implantes cerebrales, como se explica a lo largo de una compleja aventura que vuelve a sumir el origen de Logan en la incertidumbre absoluta (WOL 48-50, XI 91-I 92).

En Excalibur, tras una soporífera etapa de interinidad, Kavanagh rescata a Alan Davis, quien meses atrás se ha estrenado como guionista en un especial dedicado a Lobezno (Wolverine: blood lust, 1990). “Vuelve a la serie. Quiero que hagas los dibujos y los guiones. Puedes hacer lo que te apetezca con los personajes. Disfruta”, sugiere Kavanagh, quien, al contrario que Harras, mantiene un sistema de edición en el que prima la capacidad de los autores para desarrollar sus ideas. Davis demuestra enseguida que puede ser tan buen escritor como dibujante. Su trabajo, divertido, muy bien escrito y estructurado, resulta una absoluta delicia desde el primer momento (EX 42, X 91). En pocos meses resuelve gran parte de las inconsistencias y cabos sueltos dejados por Claremont en su anterior etapa conjunta. Vuelven viejos conocidos de la serie, como Saturnina o la Banda Loca, cuya presencia sirve para desvelar misterios olvidados que hacen referencia incluso a la primera aparición del grupo. Los lectores conocen así el verdadero origen de Cacharro (EX 66, VI 93), la conspiración de Merlyn fruto de la cual nació Excalibur (EX 50, V 92) o las razones por las que el Capitán Britania se comportaba como un imbécil descerebrado en los primeros números. Davis acomete también una de las empresas más duras de la historia mutante, reordenar y clarificar la cronología de Fénix (EX 52, VII 92). Mientras aclara estos misterios, avanza hacia nuevos puntos de interés, con la introducción de personajes como Cereza (EX 46, I 92) o Feron (EX 48, III 92). “Sigo un esquema muy parecido al de las historias del Mono Chino, en las que hay cuatro personajes que representan los distintos aspectos de la totalidad”, explica. “Creo conversaciones entre ellos, y esas charlas son el equivalente al psicoanálisis y a las dudas sobre uno mismo”. La serie, junto con X-Factor, alcanza un nivel de oasis dentro de la Franquicia-X.

1992. LOS EJES DE LA PATRULLA-X POST-CLAREMONT

Es verano de 1992. Bob Harras tiene otros quebraderos de cabeza. En el corto plazo, su ocupación número uno es coordinar el primer gran crossover de la nueva era. El problema principal al que se enfrenta es que el crossover está cerrado con el departamento de contabilidad. Harras sabe que ha de publicarse durante los meses de verano pero no sabe, no tiene ni la más remota idea, cuál va a ser el tema que trate. Agobiado por las prisas, le ruega a Nicieza que prepare la historia cuanto antes. Nicieza, conocedor sobre todo de X-Force y su líder Cable, centra el argumento en éste último.

El Cable con el que se encuentra Nicieza una vez se marcha Liefeld es un personaje lleno de contradicciones, más por la ineptitud del mismo Liefeld que por otra cosa. Puesto a hacer de él algo con un mínimo sentido, Nicieza especifica en XFO 8 (III 92) que el nombre de pila de Cable es Nathan; que a su vez tiene unos robots a los que llama Jean y Scott, una nave a la que se dirige como “Profesor” y que proviene de un futuro terrible que intenta alterar con sucesivos viajes a nuestro tiempo. De esta forma, se ofrece una explicación lógica a las múltiples conexiones del líder de X-Force con los más variopintos individuos, desde Nick Furia a Moira McTaggert y se apuntan unas cuantas pistas acerca de su verdadera identidad. Tanto en los siguientes números de la colección como en su propia miniserie (Cable 1 y 2, X y XI 92) Nicieza añade nuevos detalles a la biografía del personaje que sirven de prólogo al crossover.

La canción del verdugo (UXM 294-295, XM 14-16, XF 84-86, XFO 16-18, XI 92-I 93) , cuyo nombre homenajea la novela de Norman Mailer (1979), se interpreta sobre un equívoco, el intento de asesinato de Xavier por parte de quien se hace pasar por Cable. En realidad, el homicida es Dyscordia, el doble de Cable creado por Rob Liefeld en los últimos números de TNM y cuya misma existencia representa uno de los misterios por resolver que penden de un hilo tras la marcha del dibujante. Nicieza establece una conexión entre Cable, Dyscordia y la Patrulla-X que da un nuevo sentido a El manifiesto Apocalipsis. Cable y Dyscordia son clones. La gran revelación tiene lugar cuando se descubre que uno de ellos, probablemente Dyscordia, es Nathan Summers, el hijo de Cíclope enviado para proteger el futuro. La canción del verdugo termina, como El manifiesto Apocalipsis y la Saga de Fénix Oscura, en la luna, con una espectacular batalla entre Cable y Dyscordia en la que ambos parecen morir. Se trata tan sólo de un oportuno mutis cargado de confusión y dobles interpretaciones que deja abierta la puerta a una futura colección regular.

Surgida de la necesidad de buscar un enlace entre Cable, Dyscordia, Scott y Jean que sirva para cruzar sin problemas las colecciones mutantes, La canción del verdugo marca las líneas básicas de futuros crossovers. En esencia, se trata de desarrollar un concepto sencillo en torno al cual desplegar a las docenas de mutantes que pululan en cada colección. La aventura podría contarse en cuatro episodios, pero hacen falta doce para implicar a todos los hombres-X desperdigados en sus respectivos equipos, que básicamente se dedican a marear la perdiz y a viajar de un lado para otro, de la Tierra a la Luna, de Nuevo México a Canadá, mientras el argumento principal se centra en cuatro o cinco de ellos. Lo que cuenta es rellenar páginas y aumentar las ventas. Por otra parte, La canción del verdugo también sirve para abrir nuevas subtramas que, en el más obvio estilo claremontiano, se estiran hasta el infinito.. o, mejor aun, hasta el siguiente crossover. En este caso, la novedad viene de la mano del Virus del Legado, regalo final que deja Dyscordia a sus enemigos. Puede definirse como un SIDA al estilo Marvel cuyas funciones básicas son añadir un poco más de tragedia a la ya de por sí sufrida vida de los mutantes y eliminar a todo personaje molesto que los chicos de Harras encuentren a su paso.

En apenas unos meses, el editor mutante da la vuelta al calcetín. Hasta el momento, aventuras como La caída de los mutantes o Inferno servían para cerrar tramas enquistadas en la complicada cronología mutante. Ahora, esas mismas tramas aparecen con el único fin de alimentar un próximo crossover o, en su defecto, caer en el olvido con absoluta desvergüenza. La consecuencia inmediata de tal perversión es que, entre un crossover y el siguiente, no pasa casi nada de auténtico interés. Los personajes dejan de evolucionar con la naturalidad que lo hicieran en tiempos pasados. Resulta más sencillo encerrarlos en clichés que se repiten cada mes. Los tebeos se rellenan con mil subargumentos reiterativos que jamás conducen a nada, aunque adornados con los textos de apoyo engolados y diálogos teatrales característicos de la casa mutante ofrecen una sensación general de trascendencia.

Scott Lobdell, en una sesión de fotos para la revista Wizard

A tal efecto, Scott Lobdell y Fabian Nicieza son los mejores cómplices que pueda desear Harras. El primero, si bien demuestra enseguida su incapacidad para desarrollar aventuras con una pulcritud mínima, copia todos los tics de Claremont y los aplica en cada uno de sus textos. Por ejemplo, su manera de aproximarse a los personajes es siempre la misma: plano general de la mansión acompañado por cuatro textos de apoyo cortantes: “Salem Center. Escuela del Profesor Xavier para Jóvenes Talentos. Hogar de la Patrulla-X. Temidos y odiados por la humanidad que han jurado proteger”. A continuación, Lobdell suele presentar a unos cuantos mutantes que se quejan sistemáticamente de lo mucho que sufren. “Háblame, Cerebro. Señálame dónde está ese nuevo mutante. Dime si él o ella será quien sirva de puente entre humanos y mutantes. Y aunque no sea cierto, dime que hay motivos para tener esperanza” (UXM 300, V 93). Esta perorata se la suelta Rondador Nocturno a una máquina como si fuera Hamlet hablando al fantasma de su padre. ¿Por qué? “Queda bonito”, afirma Lobdell. Fabian Nicieza al menos reconoce que tarda un año en sacar de su cabeza la voz de Chris Claremont. “Tengo la sensación de que me dicta cómo tengo que escribir”, afirma. Mientras tanto, desarrolla dos o tres argumentos con principio y final. Resuelve, por ejemplo, los problemas de identidad de Mariposa Mental causados por lo ocurrido en Actos de Venganza (XM 20-23, V-VIII 93). A pesar de sus contadas diferencias de estilo, los nuevos guionistas-X coinciden, en el terreno argumental, al retratar una Patrulla-X obsesionada por la causa del Profesor hasta grados cercanos al fanatismo, y, en el laboral, al doblarse cual contorsionistas a las exigencias de Harras. Se hace lo que él dice, que por algo es el editor.

Siguiendo este esquema básico, en los meses siguientes a La canción del verdugo, las colecciones mutantes se escriben a partir de cuatro ejes más o menos claros. Unos conducirán al siguiente crossover, otros seguirán ahí hasta que les toque su turno.

Primer eje. El traidor. Antes de marcharse a Image, Whilce Portacio crea un nuevo hombre-X que supone todo un golpe de originalidad. Como con Cable y su futuro apocalíptico no es suficiente, de un futuro algo menos lejano aunque igual de siniestro llega Bishop. A imagen de Cable, Bishop abulta como un rinoceronte y va cargado hasta las orejas con pistolones que dispara a la menor provocación. A diferencia de Cable, Bishop es negro, tiene un tatuaje en la cara (en lugar de un ojo brillante) y habla de la Patrulla-X con un respeto religioso. Para el, los hombres-X son mitos. Lo son hasta tal punto que, cuando los conoce, piensa que se encuentra ante unos impostores, ya que no alcanzan la perfección que se les supone a las leyendas. “Hasta los alumnos de preescolar saben que Coloso se movía tan rápido como el viento”, asegura. En el futuro de Bishop, como en todo futuro mutante que se precie, la Patrulla-X acabó mal, muy mal. El grupo al completo fue asesinado por uno de sus miembros, un misterioso traidor cuya identidad ha venido Bishop a descubrir. A pesar de las reticencias de todos sus alumnos, Xavier acepta al viajero del tiempo como nuevo hombre-X (UXM 287, IV 92). Enseguida, las sospechas de Bishop apuntan a Gambito como el posible traidor (XM 8, V 92). Como toda prueba, Bishop aporta una grabación en la que la Jean Grey del futuro hace una desesperada llamada de socorro. Frases como “nunca debimos confiar en….” o “sabíamos tan poco de…” componen algunos pasajes de la cinta. Resultan tan ininteligibles que el traidor podría ser Gambito… o incluso el mismo Bishop, ya que de ambos apenas se sabe nada. Sea cual sea, la identidad del asesino importa poco. Ni Portacio la conoce a la hora de crear a Bishop, ni Harras, Nicieza y Lobdell se molestan en decidirse por alguien en concreto. De momento, se limitan a hacer insinuaciones carentes de base cierta.

Segundo eje. Los líos amorosos. De un día para otro, los hombres-X padecen unos excesos hormonales hasta ahora inéditos en la strip. La causa puede residir en que todos los artistas sin excepción dibujan a las chicas como modelos de Playboy y a los chicos como dioses griegos, pero el caso es que, con lo mucho que sufren, pasan el día entero metiéndose mano o intentándolo. Cíclope, ese calzonazos siempre enamorado de la misma pelirroja en sus múltiples encarnaciones, se obsesiona de repente por Mariposa Mental. La cosa no pasa de calentón, pero depara una de las escenas más divertidas jamás vista en un cómic de mutantes, con Mariposa aplicando un impresionante lametazo a un Cíclope anonadado (XM 20, V 93). Semejante tonteo es atajado a tiempo por la misma Jean y pasa al anecdotario una vez la parejita se compromete a casarse (UXM 308, I 94). Por otro lado, Gambito y Pícara pierden el culo el uno por el otro, pero ocurre lo que siempre ocurre en el Universo Marvel. Por enmedio se interponen el pasado de él y los poderes de ella. Un desastre, vamos. Por último, el romance vuelve a surgir entre Tormenta y Forja, e incluso él llega a pedirle matrimonio (UXM 289, VI 92). Al final, nada de nada. Por si acaso, Bishop le echa un ojo a Ororo…

Tercer eje. Coloso debe sufrir. La idea se le mete en la cabeza a Fabian Nicieza, y, después del visto bueno de Harras, la aplica al pie de la letra. En el horizonte inmediato se divisa la resurrección de Magneto. Nicieza quiere llevar al bueno de Peter a una desesperación tal que decida unirse al Amo del Magnetismo. Para empezar, “suicida” a su recién reencontrado hermano Mijail (UXM 293, X 92); para continuar, elimina con descarnada crueldad a sus padres (XM 18, III 93); para terminar, su hermana Illyana contrae el Virus del Legado, que acaba matándola (UXM 303, VIII 93). Por cierto, Illyana es la víctima más destacable de este temible mal cuya característica única reside en no afectar a ninguno de los protagonistas de la serie. Peter llora mucho, quema sus cuadros, se enfada con el Profesor-X, cuestiona sus métodos, y en el funeral de Illyana decide cambiarse de bando para irse con Magneto (UXM 304, IX 93). “Al igual que el Profesor, Magneto nunca ha titubeado en su entrega a una meta. Quizás de tener la fuerza de convicción para unirme antes a él no estaría aquí, ante la tumba de mi hermana”, se justifica Coloso.

Cuarto eje. La conspiración. Por un lado está Mister Siniestro. Aparece de vez en cuanto, suelta un par de frases ambiguas, vuelve a desaparecer y todos se quedan pensando en lo que ha dicho. En XM 23 (VIII 93) insinúa la existencia de un tercer hermano de Cíclope del que, por supuesto, nunca se volverá a saber. Los guionistas son los primeros que no tienen demasiada idea de qué está hablando Siniestro, ya que improvisan continuamente. Por otro lado tenemos a los Arribistas y al Amo del Juego. Son los villanos más patéticos salidos de la Franquicia Mutante. Una panda de ricachones que actúa de la misma manera que Siniestro: hacen acto de presencia cuando Nicieza o Lobdell se acuerdan, tienen unos cuantos diálogos enigmáticos y hasta la próxima. Los Arribistas conspiran, manipulan y se pelean entre ellos con el fin de ganar un extraño concurso cuyas reglas u objetivos nunca son explicados. Creados por Portacio como otra de sus geniales ocurrencias (UXM 283, XII 91), Nicieza los retoma sin demasiado entusiasmo, aunque luego los utilice en un cruce entre X-Force y The New Warriors (XFO 33 y 34, The New Warriors 45 y 46, III y IV 94). Con un par de honrosas excepciones, a los Arribistas no se le conocen grandes maldades. Son enemigos de la Patrulla-X… porque sí. Vaya.

1992. MANTENERSE EN LA CIMA ANTE LA AMENAZA DE IMAGE

Bien, señores. Este es nuestro objetivo. Mantenernos aquí. Los primeros.

Bob Harras señala el gráfico de ventas de Uncanny X-Men. La serie pasa de algo menos de medio millón de ejemplares mensuales en 1991 a casi 750.000 en 1992. Eso representa un aumento del cincuenta por ciento, cifra que ha permanecido inamovible tras la marcha de Claremont. Ahora hay que conseguir que todo siga igual sin Jim Lee ni Rob Liefeld.

Es ocho de febrero de 1992. Una rueda de prensa convocada por siete de sus más rentables estrellas coge a Marvel con el paso cambiado. Todd McFarlane, Jim Lee, Rob Liefeld, Marc Silvestri, Jim Valentino, Erik Larsen y Whilce Portacio anuncian que dejan la Casa de las Ideas para fundar su propia editorial.

A sus veintidós años recién cumplidos, Rob Liefeld es un millonario feliz. Ha hecho realidad sus sueños de niñez. Los chicos que compran X-Force quieren dibujar como él, vestir como él, sonreír como él, ser como él. Pero una mañana Rob Liefeld descubre que, si él ha ganado dinero, mucho dinero, Marvel ha ganado todavía más, más dinero, a su costa. No sólo eso, Marvel utiliza su arte con absoluta impudicia en merchandising diverso sin pagarle un centavo por ello. Sin él, X-Force seguiría siendo una pandilla de críos tonteando en Asgard. Gracias a él, ahora son la pieza maestra del ejército de Cable. Con Hollywood llamando a la puerta, Marvel se ha convertido en un problema. ¿Qué vas a vender a los chicos del cine cuando tus dibujos, tu sangre, tu arte, pertenece a otro? Marvel es más pequeña y menos importante que Rob Liefeld, pero no lo sabe todavía. Marvel cree que puede tratar a Rob Liefeld como a un dibujante más, pero Rob Liefeld ha salido en la MTV. Por eso Rob ha empezado a coquetear con pequeñas compañías. Pretende que le publiquen una cosa titulada Youngblood. La idea es que ellos se lleven un pequeño porcentaje de ventas y Rob el noventa por ciento de los beneficios. Malibu Comics, hasta ahora una compañía insignificante, acepta el reto. Saben que el diez por ciento de ventas de dos millones de ejemplares sigue siendo mucho dinero. Guay.

Es tan guay que Rob se lo cuenta a su amigo Todd McFarlane. Es tan guay que McFarlane ve la oportunidad de su vida. Es tan guay que pronto se unen los demás. Silvestri, Valentino, Larsen. Chicos criados bajo el sol de California, locos por el surf que han visto el sueño americano hecho realidad después de que Marvel colmara sus cuentas bancarias. Pero les falta alguien. Les falta el nuevo Rey. Les falta Jim Lee.

Lee está en la cumbre. Ahora ya no tiene la molesta obligación de saltarse los guiones de Claremont. Por fin ha quedado claro que su visión de lo que tiene que ser la Patrulla-X es la que ha conquistado millones de corazones en todo el mundo. Por fin el guionista cumple su función primordial, escribir los diálogos. Scott Lobdell, ese chico que le ha puesto Harras, lo entiende. Lo entiende mejor que John Byrne. El que sea éste quien sustituya a Claremont supone todo un golpe maestro de cara a la galería, pero no funciona. Byrne aparece como por arte de magia al día siguiente de la marcha de Chris. Viene con un par de ideas que pone sobre la mesa. “Estoy presionando para que se haga una línea argumental que elimine el noventa por ciento de los mutantes. Con un poco de suerte, podremos volver a lo que era el cómic cuando comenzó en el primer número: los buenos mutantes intentado localizar a otros mutantes antes de que lo hagan los chicos malos. Y así no tendremos a los miles de personajes que hay ahora”, dice. Byrne dialoga los UXM 281 a 285 (IX 91-II 92) y los XM 4 y 5 (I-II 92). Acto seguido decide marcharse, furioso por que Whilce Portacio, el socio de Lee en su estudio y dibujante de Uncanny, no entrega sus páginas con tiempo suficiente para que pueda escribir los diálogos. Byrne afirma que sólo un par de esos números los ha escrito realmente. ¿Cuántos días necesita para llenar los bocadillos?, se pregunta el Chico Midas. Mierda, si sólo son letras. Cualquiera que haya ido a la escuela primaria puede hacerlo.

Jim Lee es un millonario feliz. Ha trabajado duro por la corporación y la corporación le ha recompensado como se merece. Por eso, cuando llegan Rob y los demás con las cuentas de la lechera, les dice que se lo pensará, pero que está muy bien en Marvel, que él es un hombre de empresa y que no planea cambiar. Una mañana, sin embargo, se entera de que Terry Stewart, el presidente de la compañía, está regateándole las pagas de beneficios, los billetes de avión para su esposa, las facturas del coche que alquila cuando acude a una convención. El quiere a Marvel, pero Marvel le trata como a uno más. Eres el más grande, Jim. Nos has hecho de oro, Jim. Te hemos hecho millonario, Jim. Pero, Jim, no eres lo suficientemente importante para nosotros como para que tu esposa viaje gratis. “¿Ah, sí? Pues que os jodan”. El Chico Midas vuelve a hablar con Todd McFarlane. “¿Lo comprendes ahora, Jim?” Ahora sí, Todd, ahora sí. “Dios bendiga a Terry Stewart”, piensa McFarlane. “Dejamos Marvel porque no nos trata como queremos. No nos vamos porque odiemos sus personajes o su manera de hacer cómics”, declara públicamente Lee.

1992. ATURDIDOS POR EL GOLPE DE IMAGE

Es otoño de 1992. En Marvel descubren sorprendidos que los chicos de Image no se han hundido en la miseria, como auguraban los grandes expertos financieros contratados por Terry Stewart. Muy al contrario. Image arrasa con todo lo que se le ponga por delante. El Youngblood 1 (IV 92) de Rob Liefeld, el Spawn 1 (V 92) de Todd McFarlane y el WildC.A.T.S. 1 (VII 92) de Jim Lee alcanzan unas ventas brutales, tanto que sus responsables no tardan en independizarse de los socios de Malibu Comics. Editoriales pequeñas como Valiant, Dark Horse, Topps o la misma Malibu aprovechan el momento para lanzar nuevos títulos, a la vez que DC amplía su ya abultada oferta. Marvel responde con una ofensiva sin igual consistente en inundar el mercado con nuevas colecciones. El sistema de crecimiento de la Franquicia Mutante se aplica a Punisher, Motorista Fantasma, Vengadores y Spider-Man, a cuyo alrededor nacen series de calidad ínfima realizadas por autores desconocidos. También se potencian los títulos de Epic y los de Marvel UK, la sucursal de la editorial en Inglaterra, y se lanza una nueva línea de colecciones bajo el epígrafe Marvel 2099, con versiones futuristas de Spider-Man o Punisher. En total, Marvel pone cada mes ciento cincuenta títulos en el mercado, una cantidad nunca vista. A los ejecutivos de la Casa de las Ideas ni siquiera les interesa que vendan. Prefieren perder dinero si ello sirve para ahogar al competidor. Las librerías especializadas caen en la trampa al principio, pero a largo plazo se encuentran con un stock que nadie quiere comprar, material inamovible cuyo destino final es el saldo.

 

Los fundadores de Image. Foto perteneciente al libro Image Comics. The Road To Independence (Twomorrows Publishing)

En detrimento de las compañías independientes, los establecimientos aumentan también sus pedidos a Image. Saben que van a vender medio millón de ejemplares de cada colección y que el margen de beneficio sobre el precio de portada es más alto que con Marvel. Sin embargo, Image abusa de una táctica comercial que acaba por pasarle factura. La editorial de Jim Lee anuncia títulos que luego retrasa o que nunca aparecen. Los cinco primeros números de WildC.A.T.S, por ejemplo, tardan un año y medio largo en publicarse. La consecuencia inmediata es que las tiendas tienen su dinero paralizado. Los aficionados, por cierto, son casi los mismos de siempre. Existe un nuevo fan, sí, pero compra cómics porque están de moda, y compra básicamente Image. “Nuestros tebeos son los de Image; los de nuestros padres eran los de Marvel y los de nuestros abuelos los de DC”, explica. La explosión de ventas propiciada primero por el lanzamiento de Spider-Man, X-Force y X-Men y luego por los títulos de Image no se traduce en un aumento significativo del público consumidor, sino del mercado especulador. ¿De qué sirven varios millones de copias del X-Men 1 esperando a que su precio se cotice por las nubes si no hay siete millones de posibles compradores? La situación pone contra las cuerdas a las pequeñas editoriales. DC se mantiene en un puesto de privilegiado observador, respaldada por el poder de Warner, su empresa propietaria, aunque eso no le impida dar un campanazo en los medios de comunicación con la muerte de Superman (Superman 75, I 93). Entretanto, Image y Marvel siguen adelante con su escalada bélica.

 

Desde California, Jim Lee y los suyos preparan la contraofensiva. Tiran de agenda telefónica y llaman a todo dibujante Marvel mínimamente comercial. Son la legión de jovencitos imitadores que ha sacado Bob Harras de debajo de las piedras. Hola, soy Jim Lee. ¿Te gustaría dibujar para nosotros? No me importa lo que te paguen. Nosotros te pagamos el doble. Casi todos aceptan. ¿Cómo van a decir que no a Jim Lee, si de mayor quieren ser como él? Las condiciones monetarias también ayudan. Artistas que cobran ciento cincuenta dólares por página en Marvel pasan a ganar entre trescientos y cuatrocientos en Image. “Marvel es nuestra plantación de algodón”, declara entonces Todd McFarlane. “Nos pasamos por allí cada vez que necesitamos negros, vemos lo que nos gusta y nos lo llevamos”. Marvel busca dibujantes, los educa, los cuida, los lanza a la fama. Image los contrata y los convierte en estrellas. ¿Por qué dibujantes, y no guionistas? “Los dibujantes no necesitamos guionistas”, sostiene McFarlane.

Las chicas de La Patrulla-X según Art Thibert, uno de los clones de Jim Lee

Cada uno de los dibujantes aprovechables que consigue la Franquicia Mutante le son arrebatados poco después. Harras se ve obligado a rellenar los huecos como buenamente le dejan. No puede promocionar jóvenes promesas porque acaban fichadas por Image, pero tampoco puede utilizar artistas mediocres porque las ventas bajan. Su estrategia se traduce en probar nuevos talentos en números de relleno y annuales al tiempo que en las series regulares emplea autores de perfil corporativo, esa buena gente cuya fidelidad a la empresa está por encima de cualquier oferta tentadora. Eso sí: ahora sabe, gracias a su experiencia con Jim Lee, que la fidelidad merece recompensa. En concreto, los hijos de Joe Kubert firman contrato con Marvel por medio millón de dólares anuales, sin contar los incentivos provenientes de las ventas. Andy Kubert pasa a X-Men (XM 14, XI 92), y Adam Kubert a Wolverine (WOL 75, XI 93). Bob Harras llama también a John Romita Jr. para rellenar el hueco dejado por Brandon Peterson en Uncanny (UXM 300, V 93). En X-Factor sustituye a Jae Lee por Joe Quesada (XF 87, II 93), y en X-Force a Mark Pacella por Greg Capullo (XFO 15, X 92). Cuando Capullo cae en las redes de McFarlane lo cambia por un desconocido y prometedor chaval llamado Tony Daniel (XFO 28, XI 93). El futuro de éste último también pasa por cierta oficina en California.

X-Force, según Tony Daniel

Marvel utiliza como arma incluso los trucos del enemigo. Se sirve de portadas dobles, de portadas con hologramas, de portadas troqueladas, de portadas en relieve, de portadas con tintas metálicas; aumenta las colecciones hasta el infinito y más allá; mejora el papel; sube los precios; multiplica los crossovers y dobla las apariciones en otras series de sus personajes más populares. Lobezno manifiesta un nuevo poder mutante antes desconocido, la ubicuidad. Puede estar al mismo tiempo en su propia colección, en Uncanny y en X-Men, en Marvel Comics Presents, en el especial que toque ese mes (casi siempre explorando situaciones de su pasado que se contradicen las unas con las otras) y como invitado en multitud de títulos. Puede estar allá donde se requiera su presencia. Más que nunca, Lobezno es el mejor en su trabajo. Más que nunca, su trabajo no resulta agradable.

 

Conforme pasan los meses, los autores acaban sometidos a una férrea disciplina cuasi militar. Alguien analiza con lupa las ventas de Excalibur. Son buenas, por encima de la mayoría de títulos Marvel. Pero hay un problema: por debajo del resto de los títulos mutantes. Debe resolverse. ¿Cómo es posible que Excalibur venda doscientos mil ejemplares si X-Men vende seiscientos mil? Sólo hay una respuesta posible. La X de Excalibur no es todo lo grande que debiera; En Excalibur no sale Lobezno. En Excalibur no aparece la Patrulla-X. En Excalibur no hay crossovers. Por otra parte, Harras y sus chicos tienen un pequeño problema con su autor. Alan Davis cuenta historias. Alan Davis explica la cronología completa de Fénix en un único número. Alan Davis tiene ideas, las desarrolla y las concluye. No hay nada malo en eso, pero son argumentos que se podrían aprovechar mucho mejor en las series principales. ¿Cómo es posible que Excalibur salve al universo y la aventura no se desarrolle en un crossover? ¿Quién se cree Alan Davis que es? Las presiones aumentan. Nos gusta mucho Excalibur, pero la Patrulla-X debería aparecer más, dicen. Nos gusta mucho Excalibur, pero nos gustaría todavía más si la colección no estuviera tan aislada de las otras series mutantes, insisten. Nos gusta mucho Excalibur, pero la aparición de Mariposa Mental (EX 55, X 92) no la has coordinado con nosotros, protestan. Finalmente, ante la incapacidad de narrar sus aventuras con un mínimo de libertad, Davis dimite junto con el editor Terry Kavanagh (EX 67, VII 93). La edición de la serie recae entonces en manos de Harras, quien cede los guiones a Scott Lobdell. En el ámbito artístico, Excalibur se convierte en un campo de pruebas para nuevos dibujantes, mientras que en el argumental Lobdell prepara, como no, el siguiente crossover.

Todo vale en la Casa de las Ideas, reconvertida en la Casa de los Líos. Entre los títulos con los que Marvel invade las librerías se sitúan varias miniseries mutantes, en concreto las dedicadas a Masacre (Deadpool 1-4, VIII-XI 93), Dientes de Sable (Sabretooth 1-4, VIII-XI 93) o Gambito (Gambit 1-4, XII 93-III 94), y dos colecciones regulares, X-Men Unlimited (VI 93) y Cable (V 93). La primera, con sesenta y cuatro páginas y periodicidad trimestral, pretende “contar esas historias que no tienen cabida en otro sitio”. En realidad, X-Men Unlimited sirve sobre todo para desfogar a nuevos dibujantes, como Chris Bachalo (XMU 1, VI 93) o Jan Duursema (XMU 2, IX 93). El lanzamiento de Cable supone un problema para su guionista, Fabian Nicieza, obligado a cambiar argumentos ya preparados para X-Force. Nicieza aprovecha la nueva colección para dar a conocer el dramático mundo del que procede el protagonista. Por primera vez, se atisba una cierta evolución hacia una mayor serenidad y trascendencia. Aparecen un hijo y una esposa fallecida mientras se señala a Apocalipsis como principal responsable de que el siglo XXXVIII sea un auténtico infierno. También se aclara que Cable es Nathan Summers, el hijo de Cíclope, mientras que Dyscordia es un clon, y no al revés, como se insinúa en La canción del Verdugo.

1993. DE CUANDO LOBEZNO SE QUEDÓ SIN ADAMÁNTIUM

Es invierno de 1993. Bob Harras reúne a la legión de autores-X. Cada cierto tiempo es necesario juntar a todos alrededor de una mesa para discutir el desarrollo general de la franquicia, escuchar sus quejas, ideas y propuestas, y planear aquello que van a hacer durante los siguientes doce meses.

Lo más importante, claro, es el crossover anual. Lo que ocurre en cada una de las series mutantes está supeditado al dichoso crossover anual. Durante el resto del tiempo, cada guionista tendrá que confluir la trama de su serie hacia tal acontecimiento. Luego, si le queda algo de espacio, deberá incluir referencias a las otras colecciones. Ya, en última instancia, incluso pueden permitirse alguna historia propia.

El gran crossover de este año, Atracciones fatales, trae el retorno de Magneto en el treinta aniversario de la publicación del The X-Men 1 de Stan Lee y Jack Kirby. Bueno, según Claremont, Magneto murió en XM 3, pero, qué narices, sigue siendo el mejor villano susceptible de resurrección. Lo que quiere Harras es que no sea otra historia de Magneto vuelve.

 

-¿Se os ocurre algo?

 

Empieza a hablar Fabian Nicieza, guionista de X-Men y X-Force, quien tiene más o menos claro qué hacer con los Acólitos, y con el Coloso traidor. Poco a poco, los demás se van animando. También están Ben Raab, Suzanne Gaffney y Lisa Patrick, de la Oficina-X, Scott Lobdell por Uncanny, Larry Hama por Wolverine, y Peter David por X-Factor. David está callado y cómodo en su silla mientras todos los demás se interrumpen los unos a los otros. Entonces, se incorpora y, con voz tranquila, dice:

 

-Oye, No entiendo por qué Magneto va a pelearse con Lobezno. ¿Por qué no hacemos que le saque el adamántium de una puñetera vez?

 

Silencio.

Más Silencio.

 

-Ey, era un chiste. Podéis reíros. De verdad, a mí me parece una idea horrible.

 

Bob Harras pone su mano derecha sobre el mentón.

 

-Uhm-, dice.

 

XM 25 (X 93). La Patrulla-X con Xavier a la cabeza lucha contra Magneto y sus acólitos en Avalón, el nuevo cuartel general del Amo del Magnetismo. El desarrollo del cómic parece calcado del XM 3, hasta que surge un repentino giro argumental. Página treinta y una. Lobezno se arroja sobre el Amo del Magnetismo con la intención de destriparlo. Está fuera de control y puede incluso asesinarle. Página treinta y dos. Magneto responde utilizando su poder. “Nunca más, Logan. Ha terminado para nosotros. Nuestra larga asociación, mi más visceral enemigo, mi más respetado adversario ha terminado” dice. Página treinta y tres, viñeta cinco. Magneto extrae el adamántium del cuerpo de Lobezno. Página cuarenta y dos. Logan se retuerce de dolor y queda tendido en el suelo. “Somos actores de una tragedia más grande que todos nosotros. Una tragedia llamada vida, Logan. Pero hoy, para ti, y quizás también para mí, la cortina cae y el juego termina”. Páginas treinta y cinco y treinta seis. El Profesor-X desconecta de manera literal el cerebro de su enemigo. Página treinta y ocho. La Patrulla-X regresa a casa mientras el cuerpo del Amo del Magnetismo queda al cuidado de Coloso.

Atracciones fatales funciona como una historia cuyas partes pueden ser leídas de forma independiente. Cada episodio del crossover es doble y abarca, en orden cronológico, los XF 92 (VII 93), XFO 25 (VIII 93), UXM 304 (IX 93), XM 25 (X 93), WOL 75 (XI 93) y EX 71 (XI 93). A la base inicial de la saga, centrada en un primer momento en el regreso de Magneto, la traición de Coloso y el debut de Amelia Voght, una antigua amante de Xavier ahora afiliada a los Acólitos, se suma la tragedia particular de Lobezno. El XM 25 resulta impresionante por la escena antes mencionada, pero el WOL 75 adquiere mayor importancia. En un relato cargado de emoción que demuestra tanto su amor al personaje como una inmensa capacidad narrativa, Larry Hama explica las consecuencias inmediatas de que Logan pierda el adamántium. Si el preciado metal es prescindible, cosa distinta sucede con las garras. Sorpresa: siguen ahí, siempre han estado ahí, ya que forman parte de su cuerpo. “Son de hueso porque debo haber nacido con ellas”, concluye Lobezno, quien abandona la mansión en la última página del relato. “¡Voy a iniciar una nueva fase de mi vida! ¡Una nueva aventura!”, anuncia mientras se pierde en el horizonte a bordo de su Harley Davison. Esperan, efectivamente, nuevas aventuras con un tono apropiado de road movie en las que Logan se enfrenta a su nueva situación a la vez que crece su salvajismo.

 

Resulta paradójico que el hombre que sugiere la idea central de Atracciones fatales dimita un par de meses antes del comienzo del crossover. Peter David abandona la Franquicia Mutante por razones similares a las esgrimidas por Alan Davis. El guionista de X-Factor, como hiciera el autor de Excalibur, denuncia presiones por parte del equipo de Bob Harras encaminadas a torpedear su labor en la colección. David se queja del exceso de dibujantes de segunda fila con los que tiene que trabajar por el mero hecho de que Harras necesite probarlos de cara a posibles sustituciones en las otras series. Por otra parte, el guionista arrastra viejos reproches surgidos durante la realización de La canción del Verdugo y aparcados ante la promesa por parte de Harras de no obligarle de nuevo a dejar de lado las tramas argumentales de X-Factor en beneficio de futuros crossovers. La gota que colma el vaso es una saga que David ha de terminar un mes antes de lo previsto para evitar que se solape con el episodio de X-Factor dedicado a Atracciones fatales. “Quieren que corte mi historia y escriba la suya”, se queja. “Estoy muy apenado, pero sencillamente no puedo seguir bajo estas condiciones. Valoro demasiado el apoyo de los lectores como para hacer historias cuyo resultado va a ser inferior al habitual”. El guionista siente que si participa de la situación estará diciendo a sus seguidores: “Vale, de acuerdo. Pasemos de un dibujante regular. Pasemos de historias coherentes. Pasemos de los lectores. Da igual. X-Factor es un cómic de mutantes. Lo comprarán de todas maneras”

Scott Lobdell, siempre al rescate de su jefe, termina la saga comenzada por David (XF 91, VI 93) y escribe la parte de Atracciones fatales correspondiente a X-Factor. A partir del XF 93 (VIII 93), J. M. DeMatteis se hace cargo de los guiones, aunque tampoco dura demasiado (XF 106, IV 94). El momento exige hombres como Lobdell, un fiel a la causa que no tiene inconveniente en denunciar a cada uno de los insurrectos que se desvíen un milímetro de la doctrina oficial impartida por el amado líder. Como recompensa, Harras le premia con una miniserie sobre la infancia de Cable en el siglo XXXVIII (The adventures of Cyclops and Phoenix, V-VIII 94). La historia de esa miniserie difiere de los esquemas de Nicieza, que no entiende qué diablos hace Lobdell escribiendo sobre un personaje del que no tiene ni idea y por el que ni siquiera se molesta en preguntarle. Por otra parte, a la hora de asignar dibujante, la miniserie se lleva al estupendo Gene Ha, mientras que la colección regular de Cable malvive de artistas de segunda fila cuya calidad oscila entre lo mediocre y lo lamentable. Nicieza se siente ignorado primero y ninguneado luego. Cuando tiene oportunidad de comentarlo con Harras, éste le responde: “Trabajas demasiado, Fabian, y el resultado se resiente”. Al día siguiente, Nicieza entrega el guión del CB 9 (III 94). “Tienes toda la razón del mundo, Bob. Trabajo demasiado. Por eso este es mi último guión para Cable. Dejo la serie ahora mismo”. Pensando en su hija recién nacida, Nicieza se queda, no obstante, tanto en X-Men como en X-Force, colecciones que le aseguran dinero de sobra para pagar las facturas. Al final ha comprendido que en la Oficina-X no te contratan para escribir, sino para juntar piezas de un puzzle. Una pequeña parte de esas piezas están en tus manos, el resto en las de otros. Por encima de cualquier baile de autores, una cosa queda clara. Scott Lobdell es el chico favorito de Bob Harras, a quien escucha y pregunta, a quien asigna el trabajo sucio porque sabe que va a resolverlo sin problemas. Por eso se gana el derecho a preparar su propia colección mutante con personajes propios por los que cobrar royalties. Harras sólo pone una condición, que se titule The New Mutants, para que así Marvel pueda mantener el copyright sobre el anterior nombre de X-Force. Sin embargo, a Lobdell no le interesa recuperar el concepto de los bebés-X.

 

-Ok, Bob. Escribiré el nuevo título, pero quiero que se llame Generation-X. Es mucho mejor que The New Mutants. Suena como X-Men: the next generation. Acuérdate de cuando salió el libro de Douglas Coupland. A todas horas había debates en televisión sobre “la generación x”.

-De acuerdo. Me has convencido. Que se llame como te apetezca.

1993. EL PINCHAZO DE LA BURBUJA DE LOS CÓMICS

Es otoño de 1993. Después de una década de subidas ininterrumpidas y tres años de ventas desorbitadas, las editoriales ven las orejas del lobo. A pesar de su portada completamente metalizada, en las tiendas especializadas se comen con patatas tres cuartas partes del millón de ejemplares que han pedido del Turok dinosaur hunter 1 (VI 93), publicado por Valiant. Es un síntoma, sólo un síntoma, de lo que se avecina. Un vistazo general a las ventas sirve para comprobar que han empezado a descender de forma inusitada.

 

Las anunciadas líneas de superhéroes de pequeñas compañías comienzan su andadura por debajo de las expectativas iniciales (Malibu) o se hunden en cuanto salen a competir con los grandes gigantes (Valiant). La Franquicia Mutante, que repite su posición de liderazgo mes a mes junto con los grandes éxitos de Image, se convierte en el termómetro perfecto para diagnosticar el estado de salud del paciente. Está enfermo, no cabe duda. Las cifras, que a finales de 1992 rozan los 750.000 ejemplares vendidos de Uncanny, retroceden por debajo de los 600.000. Es un dato preocupante, desde luego, pero la sangría es todavía mayor en títulos como X-Force o Excalibur. Lejos de estabilizarse, las ventas descienden mes a mes. Se lanzan menos colecciones mientras crece el número de las que se cancelan. El nerviosismo cunde en las esferas, donde solucionan cualquier atisbo de crisis a golpe de talonario. Marvel diversifica mercados con la compra de una empresa juguetera, Toy Biz, y otra dedicada a la comercialización de cromos y juegos de cartas, Fleer. Ya no buscan al público lector, sino al coleccionista.

 

La situación se traduce dentro de la Franquicia Mutante en una intensificación de los métodos utilizados con anterioridad. Nada más terminar Atracciones Fatales aparece Lazos de sangre, un crossover, otro más, que celebra el treinta aniversario de la creación de la Patrulla-X y los Vengadores (UXM 307, XM 26, The Avengers 368-369 y Avengers West Coast 101, XI-XII 93). Superado el compromiso, la generosidad de Harras llega a tal extremo que en X-Men ocurre un hecho relevante. Después de tres décadas de noviazgo, Jean Grey y Scott Summers pasan por la vicaría. Como viene ocurriendo a lo largo de todos esos años, Jean toma la iniciativa y es quien propone al chico dejar de vivir en pecado (UXM 308, I 94). Fabian Nicieza escribe el episodio de la boda, uno de los pocos de toda su etapa en X-Men de los que se siente orgulloso (XM 30, III 94). “Creo que es una buena idea para los personajes, y me alegro de poder tratarla desde una perspectiva adulta”, declara. Nada de villanos, pues, en un acontecimiento sin número doble ni cubierta plastifica. Como mucho, Marvel y Fox, la productora de la serie de dibujos animados dedicada a la Patrulla-X, imprimen unas invitaciones de boda, detalle simpático alejado de la que podría haber sido una enorme campaña de marketing. Tal vez por ello, pocos días después del XM 30, la Oficina-X recibe multitud de cartas con fans que aplauden la historia. Otro de los tebeos favoritos de Nicieza también pertenece a esta época. El UX 33 (V 94) conecta los años como ladrón de Gambito con el pasado de Dientes de Sable en un estupendo relato autoconclusivo que hace preguntarse qué sería de la strip si Nicieza contara con una mayor libertad creativa.

Dejando aparte estos casos concretos, sigue la tortura existencialista de los mutantes, que en actitud rayana en la vagancia pasan el día apoyados en las paredes de la mansión mientras se quejan de cuánto les teme y les odia la humanidad que han jurado proteger. Son tebeos, según Bob Harras, “de tratamiento de personajes”. Esto significa que un par de hombres-X dialogan sin decir realmente nada y sin que esos diálogos sirvan para diferenciar a los unos de los otros, especialidad en la que Lobdell se supera mes a mes. La explicación de éste es todavía más divertida que la de Harras: “He trabajado en terapias de grupo en campamentos de niños con problemas emocionales. Por eso hago tandas de cuatro o cinco episodios en los que no se pelea nadie y la gente se pasa el rato sentada y relacionándose”. Confesado su crimen, el guionista de Uncanny se responsabiliza también de La alianza Falange (UXM 316 y 317, XM 36 y 37, XF 106, XFO 38, EX 82 y CB 16, IX-X 94), saga en la que aparecen por primera vez los miembros de la futura Generación-X. El crossover se desarrolla con desigual fortuna hasta un final absurdo con el que Lobdell demuestra su escasa capacidad para resolver incluso historias propias.

Generation-X (GX) 1 (XI 94) supone una agradable sorpresa gracias a los dibujos de Chris Bachalo, un artista con fama de rarito proveniente de la línea Vertigo de DC. Lobdell pide su incorporación al proyecto después de ver algunas de sus páginas para el XMU 1. Bachalo acomete un trabajo fresco y agradable alejado del tono trascendente del resto de la Franquicia Mutante. Junto a Lobdell diseña unos personajes con cierta gracia estética en los que se ha exagerado el lado freak. Incluso la bella Paige Guthrie, hermana de Bala de Cañón, resulta bastante desagradable cuando utiliza su poder de cambio de piel. Luego está Cámara, un chaval torturado a causa de que la primera manifestación de sus habilidades mutantes destrozó la mitad de su pecho y gran parte de la cara. M, alias de Monet St. Croix, es la sex symbol de la tropa, aunque se echa a perder con su actitud ególatra; a Pellejo le sobran unos diez metros de piel, circunstancia que lo afea en extremo; Penitencia no puede tocar a nadie a riesgo de cortarle en cachitos por culpa de su cuerpo filoso… “Cada personaje tiene algo de mí”, explica Bachalo. “Pellejo es mi lado desagradable; M mi lado femenino; Paige es mi lado eficiente y limpio”. La parada de los monstruos se completa con los que pueden considerarse “normales”: Sincro, Mondo y Júbilo, esta última degradada a la segunda división mutante por un Harras que nunca la ha querido dentro de la Patrulla-X.

El nuevo equipo mutante forma la cuarta promoción de la Escuela del Profesor Xavier para Jóvenes Talentos. No obstante, Lobdell toma una decisión que acaba de una vez por todas con la condición académica del hogar de los hombres-X. De esta forma, la mansión de la Patrulla cambia su denominación por la de Instituto Xavier de Estudios Superiores, mientras que la escuela se instala en la Academia de Massachusetts de Emma Frost. La antigua Reina Blanca del Club Fuego Infernal pasa al bando de los buenos después de contemplar la muerte de todos y cada uno de sus anteriores alumnos, los Infernales (UXM 314, VII 94). Como contrapunto de Emma, tanto sexual como pedagógico, se trae de vuelta a Banshee, recuperado de las afecciones de garganta que causaran su retiro. “Quiero establecer un sentido de esperanza y optimismo que actualmente no se encuentra en ningún cómic. Generación-X no va a ser una Patrulla-X de reserva, sino una pandilla de chavales aprendiendo a utilizar sus poderes”, explica Lobdell, que sin el menor indicio de estar bromeando añade: “espero que Generation-X tenga unas repercusión parecida a la de Watchmen o Dark Knight”. Sin duda, este chico es un genio.

Mientras crece la familia mutante, Harras pone a su gente a la búsqueda de nuevos colaboradores. Lisa Patrick hace un par de llamadas y las preguntas de rigor:

 

-Tengo que hacerte cuatro preguntas. Primera: ¿estás disponible?

-Sí.

-Dos: ¿lees habitualmente las series de mutantes?

-Por supuesto, las llevo todas al día.

-Tres: ¿cumples los plazos de entrega?

-Sí, pregunta a cualquiera de DC.

-Cuatro: ¿sabes cómo se trabaja en la Oficina-X?

.No. No tengo ni idea.

-¡Has contestado correctamente a todas las preguntas!

 

Quien responde al teléfono es Jeph Loeb, guionista de películas como Commando o Teen wolf (ambas de 1985). Loeb, un fan del noveno arte que posee cada cómic publicado por Marvel o DC a partir de 1964, ha hecho algunos trabajos interesantes en la Distinguida Competencia. Patrick le conoce gracias a un especial de Batman ambientado en Halloween que le ha gustado mucho. Junto al dibujante Tim Sale, Loeb prepara una historia de complemento para el UXM Annual 18 (1994). Poco después se convierte en el guionista regular de Cable (CB 15, IX 94). En una reunión editorial conoce a Scott Lobdell, de quien pronto se hace amigo. “Voy a enseñarte cómo se escribe la Patrulla-X”, le dice éste en su primera conversación. Lobdell le explica básicamente cómo trabajar con Bob Harras y le ofrece la posibilidad de realizar diversos crossovers entre Cable y Uncanny. A partir de ese momento, la esperanza de Loeb es llegar a convertirse en el guionista de X-Men, por eso procura incluir en sus historias alguno de los hombres-X.

Suzanne Gaffney realiza idéntica llamada, pero al otro lado del Atlántico. Warren Ellis también contesta correctamente las cuatro grandes preguntas. Ellis viene de Inglaterra para escribir Excalibur (EX 83, XI 94). Tras unos meses a la deriva con ilustres desconocidos a su cargo, la serie necesita un nuevo rumbo. El nombre de Ellis empieza a sonar con fuerza en círculos especializados gracias a sus guiones oscuros llenos de humor negro, muy en la línea británica de autores como Alan Moore o Neil Gaiman. La misma Gaffney también se pone en contacto con Carlos Pacheco para encargarle una miniserie protagonizada por Bishop (Bishop 1-4, XII 94-III 95) que el gaditano realiza en compañía de John Ostrander, veterano guionista procedente de DC.

 

1993. CREANDO LA ERA DE APOCALIPSIS

Es junio de 1993. El mayor éxito de Marvel, aquel que le ha llevado a estar en boca de todos los chavales se llama X-Men, pero no es un cómic. Es una serie de animación que emite Fox Tv todos los sábados por la mañana. Bob Harras se reúne periódicamente con los productores para comentar posibles líneas argumentales y asegurarse de que lo que aparece en pantalla mantiene el espíritu de lo que se publica en los tebeos. Los creativos de Fox disfrutan con todas las historias que tengan que ver con viajes temporales. Ya han hecho una relacionada con Cable y ahora preparan otra que involucra a Bishop. Harras sugiere que intenten dar la vuelta al concepto, ya que lo considera repetitivo.

-Por ejemplo, Bishop podría viajar hacia nuestro pasado, donde trastocaría la corriente temporal y cambiaría para siempre la historia de la Patrulla-X…

 

El tono de Harras va haciéndose más lento. Se está dando cuenta de la magnitud de la propuesta conforme la escucha de sus propios labios. Cuando sale de la reunión, ya ha decidido que la idea es demasiado buena para la serie de televisión. “Qué diablos”, piensa. “Me la quedo”. En el avión que le lleva de vuelta a Nueva York, el editor mutante hace frenéticas anotaciones en su libreta. Dos horas más tarde, ya sabe por dónde quiere ir. ¿Qué pasaría si Charles Xavier no hubiera fundado la Patrulla-X?, se pregunta. Seguramente, Magneto habría formado el grupo obligado por las circunstancias. Sería un mundo diferente, mucho más oscuro que el nuestro. No, ésta no va a ser una “historia imaginaria”, un What if? cualquiera, sino la epopeya mutante más espectacular y ambiciosa de todos los tiempos. Nada más llegar a su despacho, Harras convoca a todos los autores de la franquicia. Está entusiasmado. Por primera vez desde la marcha de Jim Lee, sabe que tiene algo tan grande entre manos como para recuperar la atención sobre la Patrulla-X. Quiere cancelar todas las colecciones mutantes a final de año. Un mes más tarde, aparecerían ocho nuevas cabeceras ambientadas en una universo en el que Charles Xavier murió antes de fundar su escuela. La saga duraría cuatro meses y, una vez terminada, las series recuperarían su anterior status quo. Es un salto al vacío. Sabe que se la está jugando, pero tiene la convicción de que las posibilidades de perder son mínimas. Basta con asegurarse de que el deseo de los fans por leer este enorme crossover sea tan intenso como sus ganas de saber qué ocurrirá una vez termine. Además, renumerar las colecciones puede servir para pescar nuevos adictos a la causa, algo necesario a tenor de la continua bajada de ventas. El entusiasmo del editor se trasmite enseguida a guionistas y dibujantes, impresionados ante las posibilidades de la saga. Durante cuatro meses, pueden hacer lo que quieran, incluso matar a Lobezno.

A lo largo de horas y horas, Harras, Lobdell y Nicieza buscan una trama de cuyo resultado nazca el universo paralelo que quieren. Lo único decidido es que Charles Xavier ha de morir, pero surgen un par de preguntas.

Primera pregunta: ¿Cuando? Tras descartar varias opciones, los guionistas y el editor mutante optan por retroceder veinte años en la actual cronología, hasta la época en la que Xavier y Magneto se conocieron en Israel. “Es un momento de la vida de Magneto en el que todavía no ha tomado las decisiones que le convertirán en el gran enemigo de la Patrulla-X”, explica Lobdell.

Segunda pregunta: ¿Quién es el asesino de Xavier? Ningún villano sirve. Ninguno tiene las motivaciones suficientes para llevar a cabo un crimen así dos décadas antes de la creación de la Patrulla-X. “Espera, estamos equivocando el planteamiento”, advierte alguien. “¿Por qué tiene que ser un villano? Podría ser alguien que retrocede en el tiempo para asesinar a Magneto… y mata a Xavier por accidente”. Alguien como Legión, el hijo del Profesor, cuyas acciones desencadenan una serie de acontecimientos que cambian la historia de la humanidad.

Durante tres largos días, se estructura un prólogo al gran acontecimiento del invierno. En La búsqueda de Legión (UXM 320 y 321, XM 40 y 42, I-II 95), el hijo de Xavier, transportado al pasado, asesina por error a su padre. Como consecuencia de ello, la realidad presente desaparece y es sustituida por un mundo de pesadilla conocido como La Era de Apocalipsis. Cada colección mutante queda colgada con cliffhangers cuya resolución deberá esperar a que acabe el nuevo crossover.

Los autores-X se concentran en un hotel de Manhattan en el que durante gran parte de agosto redactan una biblia de personajes, escenarios y situaciones del nuevo universo recién creado. En síntesis, el documento empieza así: “Si la desesperación tuviera un rostro, se estaría riendo. Bienvenidos a América. Bienvenidos a un mundo y un tiempo enloquecido. Hace años, un mutante llamado Apocalipsis conquistó este país. Cuando los Homo superior se alzaron sobre los escombros, los humanos quedaron aplastados por su subida al poder. Unos pocos, los afortunados, consiguieron huir a Europa y Asia. El resto quedó atrapado por un destino que no podía comprender”. Sin un Xavier que se le oponga, Apocalipsis ha convertido la Tierra en un enorme campo de concentración lleno de ciudades devastadas, fosas comunes rebosantes de cadáveres, continentes arrasados y multitudes que se mueren de hambre bajo el yugo del Alto Señor. La Patrulla-X de Magneto y otras guerrillas mutantes son la última esperanza de la humanidad.

 

Lo realmente interesante de La Era del Apocalipsis es ver cómo han evolucionado los mutantes en este mundo desolado. Muchos han cambiado de bando, otros tienen una personalidad muy diferente y unos pocos conservan sus rasgos definitorios. “En algunos casos hemos exagerado el cambio hasta extremos increíbles”, comenta Nicieza. “La Bestia continúa siendo sarcástico, bromista e inteligente, pero ahora es un sádico hijo de puta, un deshumanizado genetista que te despellejaría por el simple gusto de comprobar cuánto dolor puede causarte”. Casi todos los personajes pasan por una reconfiguración gráfica tan contundente como el trasfondo de la aventura. Destaca aquí la labor de Joe Madureira, quien tras escasos meses a cargo de los lápices de Uncanny apunta como una de las firmes promesas a figurar en la lista de los perseguidos por Image. Su estilo combina cierta influencia manga con una línea clara que enseguida le hace popular entre los chavales y controvertido para los lectores veteranos. Otro aspecto de la saga a tener en cuenta es el morbo que produce entre los aficionados saber cuál ha sido el destino en La Era del Apocalipsis de héroes, villanos o secundarios del Universo Marvel. Muchos de ellos aparecen dispersos entre los cientos de secundarios que invaden las treinta y seis partes del crossover. A última hora, Harras se saca de la manga X-Universe, una miniserie donde se explica qué ha sido de Thor, Ben Grimm, Matt Murdock o Gwen Stacy y que también sirve para retener a su dibujante, Carlos Pacheco, quien poco antes ha recibido una suculenta oferta de Image.

La saga se construye durante largas reuniones en la Oficina-X, donde llega un momento el que ya nadie sabe quién propone qué. Las ideas surgen espontáneamente, se discuten, unas pasan la criba y otras van a la papelera. “Podemos estar dieciocho horas seguidas discutiendo qué hacemos con Lobezno. Preparamos toda la trama, nos damos cuenta que no funciona y la desechamos. Acabas agotado”, confirma Harras. Por ejemplo, Nicieza propone que los líderes de ambas Patrullas sean Mercurio y la Bruja Escarlata, por aquello de que son los hijos de Magneto, pero alguien aporta razones de peso para que la Bruja Escarlata muera años antes de empezar la saga. Su puesto se ve sustituido por Pícara, reconvertida en la esposa del Amo del Magnetismo, con quien tiene un hijo llamado Charles.

Cinco de las ocho colecciones que configuran el crossover están protagonizadas por grupos cuyos miembros escoge cada guionista. En La Era del Apocalipsis sigue habiendo dos formaciones de la Patrulla-X. Lobdell elige para la suya a Destello, una secundaria fallecida en el curso de La alianza Falange; o a Morfo, un personaje surgido de la serie de animación. En la Patrulla-X de Nicieza figuran mutantes con los que nunca ha tenido ocasión de trabajar, como Mercurio o Dazzler, mientas que para la colección que sustituye a X-Force Gambito lidera una banda de forajidos. En The Next Generation (antes Generation-X), Lobdell y Bachalo adoptan un tono oscuro y pesimista radicalmente diferente al de los primeros números de la serie. Por lo demás, Cíclope, desde el lado de los malos, protagoniza Factor-X (antes X-Factor). Jean Grey es la amante de Lobezno, quien vuelve a llamarse Arma-X, al igual que la colección que comparte con ella. No existe una Madelyne Pryor, pero Mister Siniestro experimenta igualmente con los genes de Scott y Jean, fruto de los cuales nace un Nathan Summers que protagoniza X-Man (antes Cable). Para Excalibur, Harras ni siquiera tiene que inventar un nuevo título, ya que recurre a X-Calibre, el primer nombre que Claremont barajara para los mutantes de Inglaterra.

En las últimas reuniones antes de ponerse a escribir, los hombres de Harras desarrollan la estructura narrativa de la aventura, que se abre y se cierra con sendos especiales (X-Men Alpha, III 95; y X-Men Omega, VI 95), mientras que un tercero reanuda la continuidad anterior (X-Men Prime, VII 95). La historia se completa con X-Men Chonicles 1 y 2, dos extras dedicados a narrar acontecimientos situados entre la muerte de Xavier y el comienzo de la saga, y con X-Universe 1 y 2 (V y VII 95), la miniserie dibujada por Pacheco con la que Terry Kavanagh se estrena como guionista. Para terminar, en marketing ponen en marcha una estrategia encaminada a que todo el mundo hable de La Era del Apocalipsis antes incluso de que comience. Primero divulgan interesados rumores a través de la prensa especializada según los cuales Marvel planea matar a los hombres-X y cerrar todas y cada uno de las colecciones mutantes a finales de año. Luego filtran el nombre de los títulos que vendrán a sustituirlas.

“¿Sabéis, chicos? Esta saga es como adaptar al cómic ¡Que bello es vivir!”, bromea Harras. En La Era de Apocalipsis, como en el Pottersville de la película de Frank Capra, el mundo ha cambiado de manera radical a causa de la falta de un hombre bueno. Sin embargo, entre los mutantes no revolotea ningún Clarence a la búsqueda de sus alas, a no ser que se atribuya semejante papel a ese Bishop fantasmal que no deja de repetir “no es nuestro mundo, no es nuestro mundo”

Es octubre de 1994. A un mes para el comienzo de la publicación de La Era de Apocalipsis, al despacho de Terry Stewart llegan las cifras de ventas del último ejercicio. Son pésimas, las peores de la industria del cómic desde que existe el mercado de venta directa. Lejos de parar, la sangría sufrida por Marvel aumenta cada mes. El problema no es exclusivo de la Casa de las Ideas. todas las editoriales registran retrocesos que para algunas de las más modestas suponen el cierre del negocio. La bomba especulativa de los últimos tres años ha explotado. Quien sepa capear el temporal heredará los restos del naufragio, pero nada indica que Marvel vaya a escapar de la refriega. A la caza de culpables, los ejecutivos de Stewart señalan con dedo acusador a las distribuidoras. En concreto a Diamond y Capital. Resulta ofensivo que Marvel tenga que aparecer en sus catálogos junto a editoriales de la calaña de Image, Valiant o Malibu. Solución: me compro una distribuidora para mí solo. Quien quiera leer Marvel, que haga los pedidos a Marvel. La elegida es Heroes World, una empresa regional que, por mucho dinero y personal que inyecte, no está preparada para llevar los tebeos de la Casa de las Ideas de California a la Tierra del Fuego. Más soluciones: ¿cuanta gente nos sobra? En recursos humanos hacen cuentas. Doscientos setenta y cinco, señor Stewart, la mitad de la plantilla. Pues a la puta calle con ellos. ¿Quién ha hecho tantos contratos? Usted, señor Stewart. No, que quién firma debajo. Tom DeFalco, el director general. Pues a la calle con él también, coño.

En los meses siguientes, Stewart sigue adelante con su nueva política editorial. Maquilla las cuentas, compra Malibu Comics para quitarse un competidor de encima y contratar a su equipo de coloristas, rompe relaciones con las viejas distribuidoras (“no queremos intermediarios”, declara), cierra veinticinco títulos y plantea una revolución editorial: la Marvelution. Con ella pretende relanzar los títulos clásicos de la compañía. Tom DeFalco ha caído, pero nadie le sustituye. No hace falta un director editorial. ¿Para qué? ¿Va a supervisar las ciento veinte colecciones que Marvel publica? Experto en trocear empresas para luego venderlas, Stewart separa la producción de Marvel en cinco líneas editoriales dirigidas por otros tantos editores. Al frente de X-Men revalida a Bob Harras, el único de los jefes de colección que ha conseguido mantener sus productos en lo más alto, pese al retroceso general del medio. Harras es el espejo en el que se miran todos sus colegas. Miran tanto que incluso llegan a copiar la estructura de La Era del Apocalipsis para transplantarla a Spider-Man o Los Vengadores. No sirve de nada. Mientras el crossover mutante se convierte en el gran éxito de la temporada, las sagas que intentar dar nueva vida al amistoso vecino arácnido o a los Héroes Más Poderosos de la Tierra no hacen sino ayudar a hundirlos más en la miseria. En julio de 1995, Ron Perelman, dueño de Marvel, asciende a Terry Stewart, quien pasa a desarrollar actividades dentro del emporio Perelman sin relación alguna con los tebeos. Para sustituirle llega Jerry Calabrese, un abogado de Nueva York que continúa adelante con el cierre de series.

Espoleado por los movimientos en la cúpula de la compañía, Harras prepara sus propios reajustes dentro de la Oficina X. Ha aprendido que, como Madonna, tiene que reinventar a los mutantes una vez al año: mover autores, montar algún circo, matar a alguien. Que los lectores tengan esa sensación de falso cambio con la que tanto disfrutan, pero que en realidad todo siga igual que el primer día. A espaldas de Fabian Nicieza, contrata a Mark Waid para escribir los diálogos de los especiales de apertura y cierre de La Era de Apocalipsis. Cuando Nicieza descubre el pastel, no tarda demasiado en hacer firme su decisión de abandonar la Franquicia Mutante. Ha disfrutado mucho durante los meses en los que preparaba junto a Lobdell y Harras el nuevo crossover, pero piensa que el resultado de su trabajo en las dos series que todavía escribe deja mucho que desear. Nicieza calcula los meses que faltan para cobrar su cuantioso cheque de royalties y prepara las maletas (XM 45, X 95). En X-Force le sustituye Jeph Loeb (XFO 44, VII 95), quien ya siguiera sus pasos en Cable, mientras que Mark Waid se confirma como nuevo guionista de X-Men. Otros autores, como John Francis Moore, Terry Kavanagh o Howard Mackie, comienzan a escalar posiciones, ya sea en las series regulares o en el continuo chorreo de miniseries protagonizadas por mutantes. Todos repiten con insistencia la misma pregunta. Algunos incluso se atreven a plantearla en voz alta:

 

-¿Quién me ha cambiado los diálogos?

 

La respuesta es siempre la misma:

 

-El cuerpo editorial.

-¿Quién?

-El cuerpo editorial.

 

 

El cuerpo editorial es un ente poco menos que exotérico. Nadie sabe qué, quién o quienes son; ningún editor ni ayudante se responsabiliza de las modificaciones de los diálogos, del cambio de textos de apoyo o de la eliminación de tramas, pero alguien las lleva a cabo con una profesionalidad bastante discutible. El cuerpo editorial escribe francamente mal. Sus diálogos son planos y que sus construcciones sintácticas dejan mucho que desear. Al cuerpo editorial le vendrían bien unas lecciones prácticas de redacción y estilo literario, pero nadie parece dispuesto a dárselas. Algo parecido le ocurre a los dibujantes, que descubren asombrados como una viñeta se redibuja, un pecho sube, un guiño al lector se borra. El cuerpo editorial actúa desde la impunidad del anonimato. ¿Quién hace ese trabajo sucio? ¿Ben Raab? ¿Suzanne Gaffney? ¿Lisa Patrick? ¿el mismo Harras? Nadie: el cuerpo editorial. Se celebra una reunión en la que se deciden los argumentos de los siguientes meses. Tres días después, cada autor recibe un aviso. “Hemos pensado que no nos gusta lo que hablamos en la última reunión. En su lugar, vamos a hacer esto otro”. ¿Quién decide qué? El cuerpo editorial. El autor se encuentra con que el guión que entrega no es el que se publica. Unos aceptan, aprenden a vivir con el sistema de trabajo y se embolsan el elevado sueldo que acarrea escribir las series mutantes. Otros no.

Ejemplo: Jeph Loeb recibe dos consignas después de hacerse con los guiones de Cable. “Nada de viajes en el tiempo y nada de aventuras que ocurran en Genosha”. Poco tiempo después, Lisa Patrick le pide que se olvide del argumento que ha preparado para el CB 25 (XI 95). En su lugar, Cable debe viajar al futuro, tras lo cual reaparecerá… en Genosha. Loeb prepara la historia siguiendo las indicaciones de Patrick, pero no sirve de nada. El final que se publica tampoco tiene nada que ver con lo que él ha escrito. ¿Quién ha hecho esto? El cuerpo editorial.

1995. BAJO LA SOMBRA DE ONSLAUGHT

Es primavera de 1995. Concluida La Era de Apocalipsis, las colecciones mutantes vuelven a la normalidad. Un puñado de detalles sirven para maquillar que el último crossover no ha tenido repercusión alguna dentro de la continuidad mutante. El único cambio palpable es que, donde antes había ocho colecciones regulares ahora hay una más, X-Man, dedicada al niño probeta que sustituyera a Cable durante la saga. Por lo demás, unos cuantos personajes surgidos del mundo de Apocalipsis han conseguido colarse en la continuidad Marvel. Algunos de ellos sirven, por ejemplo, para explicar la existencia de los Morlocks o de Genosha. Poco a poco la oficina de Harras recupera su dinámica habitual. Todavía colean algunas de las tramas estilo Guadiana que tanto se supone que gustan a los lectores. Entre ellas, los negocios pendientes entre Mister Siniestro y Gambito, la conflictiva relación de éste con Pícara, que Xavier tenga como huésped de la Mansión a Dientes de Sable o la posibilidad de que Lobezno recupere su adamántium. En la nueva temporada se añaden nuevos misterios por resolver, que van desde la aparición de Joseph, un tipo amnésico con la apariencia y los poderes de Magneto, a la vuelta de Coloso al bando de los buenos, aunque sea para afiliarse a Excalibur. De tapadillo, los guionistas preparan el siguiente crossover, en el que los mutantes se enfrentarán a Onslaught, una amenaza capaz de apalear al mismísimo Juggernaut pero de la que en ningún momento se ofrece indicación alguna sobre su aspecto, motivaciones o identidad real. Una vez más, Harras y su gente improvisan. No saben quién se oculta tras Onslaught, pero ya se les ocurrirá algo. Lo de siempre, vamos.

Sólo la incorporación de Mark Waid como escritor de X-Men (XM 51, IV 96) amenaza con romper la tendencia que Scott Lobdell imprime a la strip. Waid quiere sacar a los mutantes de la mansión, que pasen menos tiempo quejándose y más rato salvando al mundo de la peor crisis que pueda imaginarse. No es necesario que lo hagan todos los meses, pero sí de vez en cuando, como solían hacerlo años atrás. También propone coincidir la identidad de Onslaught con la del traidor al que se refiere la grabación que trajo Bishop del futuro según la cual un hombre-X asesinará a los demás. En su opinión, el traidor no puede ser ni Gambito, ni Bishop, ni ningún otro sospechoso habitual. Debe ser la persona que nadie espere: Charles Xavier.

La teoría de Waid tiene un fallo, ya que la grabación de Bishop da a entender que los hombres-X conocen al traidor desde hace muy poco tiempo. Ocurre que Waid encuentra una forma de resolver el problema. Con extremada habilidad, el guionista cambia por completo el sentido de las palabras de Jean Grey, para lo que se sirve de la estática que las interrumpe varias veces. Así, la primera vez que se escucha la cinta (UXM 287, IV 92) Jean dice: “…traicionados por uno de los nuestros. (estática) Profesor Xavier (estática) el primero en morir (estática) culpa nuestra. En realidad nunca debimos confiar en (estática) sabíamos tan poco de (estática)”. Cuatro años después, Waid llena los huecos de la siguiente forma: “Traicionados por uno de los nuestros. (Por increíble que parezca, el) Profesor Xavier (se ha vuelto loco. Por lo que sé, Juggernaut fue) el primero en morir. (Sólo quedo yo para mandar este mensaje. Es) culpa nuestra. En realidad nunca debimos confiar en (que el hecho de apagar la mente de Magneto no tuviera efectos secundarios) sabíamos tan poco de (los daños psiónicos que provocaría)…”. Brillante.

 

“Creo con firmeza que el Profesor-X tiene una lado oscuro”, explica Waid. “Ningún hombre puede ser el santo que se supone que es Charles Xavier. Tal vez él no se dé cuenta, pero para proyectar esa imagen se ha pasado toda su vida adulta reprimiendo cada rabia, cada pasión, cada prejuicio, cada mal pensamiento que ha experimentado”. Indagando sentimientos reprimidos, en el TXM 3 localiza un ¿inocente? pensamiento de Xavier. “No puedo evitar preocuparme por alguien a quien quiero”, sostiene el Profesor-X, refiéndose a Jean Grey. “Pero no se lo diré. No tengo derecho. No mientras sea el líder de la Patrulla-X y esté confinado en esta silla de ruedas”. El sentimiento carnal del Profesor-X hacia su alumna aparece por primera y última vez en esa única viñeta, olvidada durante treinta años hasta que a Waid se le ocurre desempolvarla.

La solución al enigma del traidor cae como una bomba en la Oficina-X. Les gusta mucho, pero tienen miedo. Supone colocar al calvo en una posición tras la que es muy difícil dar marcha atrás. La utilizarán, pero con matices. Ha de quedar muy claro que Onslaught surge de la fusión del lado oscuro de Xavier con el de Magneto. Después de Onslaught, Xavier pasará un tiempo alejado de sus queridos alumnos, pero luego volverá, porque siempre vuelve. De aplicar al pie de la letra la solución de Waid, el alejamiento tendría que ser permanente. Al final, la identidad de Onslaught difiere tanto del concepto inicial que llega incluso a cobrar autonomía propia e independiente de Charles Xavier, y como tal actúa en la fase final del crossover. Bajo la identidad del Profesor-X sólo aparece en los tebeos escritos por Waid, a quien molesta la forma en la que Harras y compañía retuercen su idea hasta dejarla en una historia políticamente correcta. “¿Magneto? ¿Qué tiene que ver Magneto con todo esto?”, se pregunta. Al cuaderno de los agravios añade las constantes disputas que tiene con Lobdell. Empiezan el día en el que éste le hace la misma oferta que planteara en su momento a Jeph Loeb:

 

 

-Mark, si eres bueno te enseñaré cómo hay que escribir la Patrulla-X.

-No hace falta, Scott. Creo que me las apañaré yo solo.

 

Waid no entiende nada. Fue él quien introdujo a Lobdell en el mundillo, un detalle que su compañero ha debido olvidar. Es él quien recibe toda clase de alabanzas por sus historias en Flash o Captain America, mientras que Lobdell no consigue más que palos por parte de la crítica especializada. ¿Por qué viene ahora con esas tonterías? ¿Quién se cree que es, el dueño y señor de la Patrulla-X? ¿Cómo se atreve a ir dando credenciales de escritor a nadie? Durante un tiempo, Waid hace lo que puede para cohabitar con Lobdell, pero las circunstancias acaban por vencerle. Una vez concluido su contrato inicial de seis meses, convence a Andy Kubert, dibujante de X-Men, para que ambos se embarquen en un nuevo proyecto, una colección dedicada a Ka-Zar. No quiere saber nada de la Oficina-X ni de su gente. Antes trabajaría en un McDonalds. La noticia alegra a Lobdell. Está harto de “ese puto gordo cabrón que no tiene ni puñetera idea de escribir”. Esta frase la repite palabra por palabra allá donde le dejan un micrófono o encuentra un periodista.

La de Mark Waid, no es la única baja de la Franquicia Mutante. Jeph Loeb, harto de esperar que le den los guiones de X-Men, sigue sus pasos. Para reemplazar a ambos, Harras recurre a viejos editores, como Terry Kavanagh o Ben Raab. El primero demuestra que haber sido un excelente director de colección no se traduce necesariamente en escribir luego bien. Las habilidades de Raab en uno u otro trabajo todavía están por descubrirse. Los guiones que Kavanagh escribe para X-Man son torpes, repetitivos y carentes de interés. A su lado, los Uncanny de Lobdell pueden calificarse de obra maestra. Sólo el que Harras sea amigo de Kavanagh ayuda a este último a conservar su puesto de trabajo.

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