UNA TRANSICIÓN COMPLICADA: MÁS ALLÁ DE McFARLANE Y LARSEN

1992 fue un año de vértigo para Marvel en general y para la Franquicia Arácnida en particular. La creación de Image había dejado de un plumazo sin las dos figuras artísticas más importantes con las que contaba Spiderman en esos momentos. Todd McFarlane y Erik Larsen se habían marchado para lanzar sus propios cómics fuera de la órbita de las grandes editoriales. El mercado se rompería como nunca lo había hecho, pero en La Casa de las Ideas todavía no eran conscientes del golpe que habían recibido. Bien al contrario, las imágenes creadas por McFarlane se siguieron utilizando en los elementos distintivos del personaje. El dibujo del hijo pródigo que nunca regresaría estaba en la logoforma que decoraba las portadas de la que había sido su cabecera y otra de sus figuras también aparecía en el logotipo del Treinta Aniversario del nacimiento de Spiderman, que se celebraba ese mismo año.

 

Habían pasado tres décadas desde que Stan Lee y Steve Ditko hubieran creado al Hombre Araña en Amazing Fantasy #15 USA (1962. Marvel Gold. El Asombroso Spiderman: Poder y responsabilidad), el último número de una serie que a nadie importaba y con el que se dio inicio a un mito de la cultura popular. Treinta años después de aquel revelador momento, el trepamuros vivía su momento comercial más dulce. Danny Fingeroth, el recién estrenado editor de la franquicia, la había heredado de las manos de Jim Salicrup en unas condiciones inmejorables. El trabajo de McFarlane y Larsen, primero en The Amazing Spider-Man y luego en Spider-Man, había puesto de nuevo de moda al personaje, y en Marvel no entendieron por qué habrían de cambiar las cosas ahora que ellos ya no estaban. De hecho, Mark Bagley, el nuevo dibujante de Amazing, conseguía mantener el impulso que habían conferido sus predecesores al principal título arácnido, mientras que David Michelinie continuaría escribiéndola, lo que posibilitaría la continuidad en el tono. Spectacular y Web of, las otras dos colecciones que figuraban junto a Amazing, no habían sufrido cambio alguno por la espantada de los dos dibujantes, lo que aparentemente acotaba el problema.

 

La única de las colecciones en la que había que tomar medidas era ese cuarto título que Salicrup habría creado para uso y disfrute exclusivo de McFarlane y que, tras su salida, Fingeroth había cedido a Larsen, esperando repetir el esquema de dibujante comercial que escribía también sus historias. No había, sin embargo, un tercer autor en liza que pudiera mantener una fórmula que estaba cosechando ventas millonarias. De hecho, la plana mayor de las estrellas de la compañía había optado por sumarse a la aventura de Image. Después de aquello, Marvel estaba quemada de estrellas y nombres que vendían por sí mismos. La política que a partir de ese momento sería decretada desde la cúspide de la editorial iría en sentido contrario: ya no tenían a Jim Lee, Todd McFarlane, Erik Larsen, Rob Liefeld o Marc Silvestri, pero podían recurrir a imitadores que copiaran su estilo, dibujantes sin personalidad que no dieran problemas, bajo la atenta mirada de sus editores, que serían en definitiva los que llevaran la voz cantante a partir de ese momento, aunque en realidad no harían sino plegarse a las demandas del departamento de marketing, que trataría de repetir todos los trucos que durante los años pasados habían traído las ventas millonarias. Se resumían en portadas múltiples, en cartoncillo, con tintas metálicas, relieves u hologramas, además de crossovers siempre que fuera posible, y que darían lugar a nuevas cabeceras pertenecientes a las franquicias de éxito, la arácnida y la mutante en primer término, la cósmica o la sobrenatural en segundo plano. En el departamento de marketing de aquellos primeros noventa nunca habían oído hablar de buenos cómics. En realidad, no hubieran reconocido uno de haberlo visto.

 

Ya no había estrellas a la que encumbrar, pero Fingeroth creyó que, para Spider-Man, seguía valiendo el planteamiento inicial, que mimetizaba la estructura de arcos argumentales con equipos creativos rotantes de Batman: Legends Of The Dark Knight. Siempre sería fácil encontrar guionistas o dibujantes que se quisieran hacer cargo del trepamuros durante unos pocos episodios por un sustancial sueldo. Quizás no serían tan llamativos como McFarlane o Larsen, pero a cambio tampoco serían problemáticos. Para el primero de esos arcos en la era posterior al ocaso de los dioses, Fingeroth se hizo con los servicios de dos autores de peso que nunca habían dejado su impronta en el Hombre Araña. El guionista era Don McGregor, acreedor de una mítica etapa en los años setenta al frente de Pantera Negra, con un toque muy político que había fascinado a un puñado de entusiastas lectores, pero de la que nada sabía buena parte del fandom. McGregor había regresado periódicamente a Marvel, y además de volver el héroe de Wakanda también acometía pequeños encargos con personajes menores, como Blade o Morbius. Para Spider-Man, se encargaría de un relato en dos partes, centrado en el acoso infantil y la facilidad de acceso a las armas que existe en Estados Unidos. Se trataba de una pequeña historia de contenido social como no se veía en las aventuras arácnidas desde mucho tiempo atrás, en la época de la Marvel relevante y con resonancia en la realidad. De dibujarla se ocuparía nada menos que Marshall Rogers, el hombre que había redefinido a Batman o al Doctor Extraño, y cuyos días de gloria también parecían ya olvidados.

 

Con McGregor y Rogers empezaría la nueva etapa del cuarto y más independiente de los títulos arácnidos, pero antes de su llegada, Fingeroth haría tiempo con tres episodios autoconclusivos, realizados por otros tantos equipos. Howard Mackie, firmando como H. Austin Mackie, el que era por aquel entonces escritor de Web of Spider-Man, se haría cargo del primero de ellos, una historia ligada a “La guerra del Infinito”, que era el crossover cósmico que Jim Starlin abanderaba en esos precisos momentos. Mackie optó por El Duende y El Demoduende como villanos, algo que le resultaba sumamente sencillo, puesto que pronto recurriría a ellos en Web of. La trama continuaba en la serie troncal de “La Guerra del Infinito”, donde Spidey no pasaría de tener un papel de mera comparsa. El segundo número de relleno contaría con Excalibur como héroes invitados y estaría escrito por Terry Kavanagh, el editor de los mutantes británicos, que empezaba a hacer sus pinitos ante el procesador de textos. Para esa misma colección, Kavanagh había escrito también una pequeña aventura en dos partes, como complemento del arco de Larsen. Al cabo de un tiempo, pasaría a encargarse de manera continuada de una de las series del trepamuros.

 

El tercer y último episodio de relleno fue el más especial de todos, no por el holograma de portada, tan del gusto de los chicos de marketing, sino porque era el que específicamente celebraba el trigésimo aniversario del personaje. Tom DeFalco y Ron Frenz, que habían compuesto el equipo de Amazing durante buena parte de los añorados ochenta, volvieron a casa para una historia conmemorativa que seguía las reglas no escritas de este tipo de eventos, pero que resultaba especialmente interesante, puesto que Frenz, un discípulo aventajado de Steve Ditko, recreaba los lápices de éste para el debut del trepamuros. La grandeza de antaño seguía ahí, sólo era necesario encontrarla de nuevo.

 

Artículo aparecido originalmente en Spider-Man nº 5: Una gran responsabilidad

ERIK LARSEN, EL SUSTITUTO DE TODD McFARLANE

La marcha de Todd McFarlane de Marvel y de Spider-Man, la colección que habían confeccionado a su medida, dejó a muchos aficionados huérfanos y a otros extraordinariamente satisfechos, puesto que, después de un año pergeñando sus propias historias, el canadiense había conseguido dividir radicalmente a la audiencia, entre los que le amaban y entre los que le odiaban. En Marvel ya se veían venir la espantada, después de los problemas y disputas que venían manteniendo con el egocéntrico artista. Danny Fingeroth, el editor que por aquel entonces se estrenaba en la franquicia arácnida, no tardó en encontrar un sustituto perfecto. Su nombre: Erik Larsen.

Cuando era niño, Erik Larsen disfrutaba con los cómics más que con ninguna otra cosa. Pronto supo que era eso a lo que quería dedicarse profesionalmente. Empezó a crear un montón de personajes que surgían de su imaginación como un caudal inagotable. Se propuso ser como Herb Trimpe, el artista por antonomasia de The Incredible Hulk, que no era especialmente querido por el fandom, pero al que admiraba por su perseverancia, ya que permaneció junto al Goliat Esmeralda durante decenas de números. Con 19 años, Larsen escribió y dibujó Megaton, un cómic en blanco y negro con un héroe que él mismo había creado y que le serviría como entrenamiento, mientras sumaba a la de Trimpe las influencias de Steve Ditko, Jack Kirby, Walt Simonson y Gil Kane, cuyo estilo adoraba. Disfrutó mucho de la experiencia y, una vez concluido su periodo de aprendizaje, Marvel le dio unos cuantos episodios de relleno, aunque fue DC Comics la que le ofreció su primer trabajo relevante, los lápices de Doom Patrol. Por aquel entonces, conoció a Todd McFarlane en una convención y ambos se hicieron amigos.

 

Al cabo de un tiempo, ambos estaban asentados en Marvel y McFarlane se había convertido en la estrella de The Amazing Spider-Man. El éxito de la serie era tal que, durante el verano de 1989, se publicaría quincenalmente. El dibujante titular trató de hacerse cargo de todos los episodios, pero no daría abasto y necesitaría de un sustituto puntual para la quinta parte de una aventura de seis capítulos, titulada “Complot para un magnicidio”. El escogido fue Larsen. El salto de McFarlane, de Amazing a Spider-Man, tendría lugar apenas cuatro números más tarde, pero de ellos sólo dibujaría dos. El entonces editor Jim Salicrup utilizaría los otros dos como campo de pruebas para encontrar un sustituto que mantuviera cierta coherencia gráfica con respecto al estilo de su artista más comercial. Colleen Doran hizo uno de los episodios, Larsen el otro y Salicrup se decantaría finalmente por éste.

 

Al contrario que su amigo, Larsen no quería cambiar radicalmente el estilo de Spiderman, sino todo lo contrario: reproduciría todos los trucos que habían lanzado al estrellato a McFarlane, ya que temía que los aficionados se echaran sobre él si de distanciaba demasiado. Las telarañas en forma de spaguetti, una Mary Jane desproporcionadamente sexy, grandes dibujos con Spidey saltando por Nueva York, estructuras originales de página, con viñetas rotas, recuadradas o irregulares… El nuevo artista hizo suyo el repertorio, pero al contrario que su colega no le interesaban ni los callejones oscuros ni las almas atormentadas. Era un autor de la espectacularidad y del optimismo y aunque nunca alcanzaría el gigantesco grado de popularidad de McFarlane, si logró mejores resultados gráficos que éste y Amazing incluso elevó los excelentes ratios de venta que habían tenido hasta entonces.

 

Los editores estaban tan satisfechos como sorprendidos, pero una vez asentado en su puesto, Larsen empezó a sentirse un poco frustrado. Tenía la impresión de que Amazing no era el cómic con el que más disfrutaría. Hubiera preferido encargarse de Hulk, Thor o Los Cuatro Fantásticos, y soñaba con hacerse cargo algún día de Nova, uno de los héroes fundamentales de su infancia. Además, estaba harto de Veneno, que le parecía un villano de lo más predecible, pero que volvía cada dos por tres. Fue entonces cuando McFarlane dejó Spider-Man y Danny Fingeroth, el sustituto de Salicrup, estimó que lo más oportuno era que Larsen heredara la serie siguiendo el mismo esquema de artista inmensamente popular que, de la noche a la mañana, se ponía a escribir las historias. Incluso tenía alguna experiencia previa con el procesador de textos, ya que un año antes ya había hecho un pequeño serial de Spiderman y Lobezno para la serie semanal Marvel Comics Presents: “Mi guionista favorito soy yo mismo”, afirmaba Larsen en una entrevista, “porque nunca me pediría algo que no pudiera dibujar bien”.

 

Antes de saltar a una saga más extensa, llegaría el Spider-Man #15 USA (publicado en el tercer volumen de esta colección), una aventura ligera, en la que Spidey compartía espacio con La Bestia. Allí se adelantaban algunas de las intenciones de Larsen: introducir nuevos personajes, cuanto más monstruosos mejor, y mantener un tono lúdico, de aventura ligera, que estaba en las antípodas de la truculencia a la que se había apuntado McFarlane. Tres números más tarde, empezaría el único arco argumental que llegó a hacer. “La venganza de Los Seis Siniestros” se presentaba desde su título como secuela de otra aventura que había escrito David Michelinie y dibujado el propio Larsen para Amazing. El artista pensó que algunos cabos sueltos dejados allí podían alimentar otra saga que, por lo demás, funcionaría como un relato autónomo.

 

La anterior historia había sido un rendido homenaje al debut del grupo de villanos dirigido por el Doctor Octopus, que Stan Lee y Steve Ditko llevaran a cabo en The Amazing Spider-Man Annual #1 USA (1964. Marvel Gold. El Asombroso Spiderman: Poder y responsabilidad). Con la segunda parte, el artista quiso dar un paso más allá, de forma que la trama servía de vehículo para utilizar a todos los personajes de Marvel que le apetecía tratar. Además del trepamuros, de sus enemigos y de la inevitable Mary Jane con el melenón que le había dado, estaba el Motorista Fantasma, Hulk, Los 4 Fantásticos, Deathlok, Solo, Sonámbulo, Nova (claro está) y, finalmente, un invitado sorpresa que llevaba veinte años sin aparecer en un cómic del trepamuros, pero que encajaba como un guante en sus preferencias.

 

“La Venganza de Los Seis Siniestros” fue, en definitiva, el patio de colegio en el que Larsen pudo disponer de todos los juguetes que le hubiera gustado tener de niño. Por aquel entonces, McFarlane le propuso acompañarle en la aventura de Image. Él no estaba enfadado con Marvel ni preocupado por el dinero que daba el merchandising, y ni siquiera tenía grandes ambiciones económicas. Lo único que quería hacer era escribir y dibujar durante las siguientes décadas el cómic de un personaje que había creado cuando estaba en el colegio y cuyos diseños conservaba desde entonces, un tipo verde, musculoso y con una cresta de caballito de mar que respondía por el nombre de Dragon.

 

Antes de dar el salto a Image, el artista completó su última aventura con Spiderman, dejándole un pequeño regalo al héroe al que tanto le debía. Una tarta de cumpleaños que permitió a los lectores hacer algo que no podrían repetir nunca más: calcular la edad exacta que en aquellos momentos tenía Peter Parker. Poco después, Larsen empezó a vivir su sueño junto al que se llamó, finalmente, Savage Dragon. Más de veinte años y casi trescientos después, todavía sigue haciéndolo, y sin faltar ni una vez a su cita. En todo ese tiempo, ha encontrado alguna que otra ocasión para volver a dibujar a Spiderman. Al contrario que McFarlane, Larsen nunca ha pensado que el Hombre Araña fuera el equivalente al instituto: algo que pudo estar bien en la adolescencia, pero a lo que jamás regresaría. Al contrario que McFarlane, Larsen sigue haciendo tebeos y, como le pasaba cuando era un niño, disfruta con ellos más que con ninguna otra cosa.

 

Texto aparecido originalmente en Coleccionable Spider-Man nº 4

LA GRAN EVASIÓN DE TODD McFARLANE

Este volumen contiene las dos últimas historias que realizaría Todd McFarlane con Spiderman como protagonista, que se publicaron en la segunda mitad de 1991. El planteamiento inicial de que la serie fuera una sucesión de arcos argumentales independientes de una duración de cinco episodios quedó definitivamente abortada. Sólo con dos de ellos McFarlane había conseguido alcanzar una longitud tan larga. Su abrupta salida demostraría que toda la libertad que le había concedido Marvel para disponer a su antojo del personaje insignia de la editorial no era suficiente para colmar sus ambiciones. Bien al contrario, La Casa de las Ideas había alimentado una bestia que se volvería en su contra. McFarlane y sus coetáneos estaban a punto de orquestar una revolución que, para bien y sobre todo en los primeros años para mal, cambiaría el escenario y las reglas del cómic.

La primera de esas dos últimas historias del canadiense repetía al milímetro los esquemas que ya había utilizado con El Lagarto o con El Duende: villano clásico del trepamuros completamente alterado para que pase por un ser monstruoso y encaje en una historia macabra, pretendidamente adulta y muy sencilla. El enemigo arácnido elegido para la ocasión al menos sí caía en el ámbito de las criaturas de la noche. Se trataba de Morbius, un invento de Roy Thomas y Gil Kane cuya primera aparición se había producido en el mítico The Amazing Spider-Man #101 USA (1971. Marvel Gold. El Asombroso Spiderman: ¿La araña o el hombre?). En aquel entonces, la censura previa del llamado Comics Code era muy estricta e impedía la utilización de auténticos vampiros en todas las publicaciones que llevaran el ominoso sello. Como consecuencia de ello, Thomas no podía enfrentar al trepamuros con el legendario Drácula, motivo por el que creó a Morbius, un vampiro que debía su mal a causas científicas, en lugar de sobrenaturales. Tiempo después se flexibilizaría el Code, lo que posibilitó que el propio Drácula se convirtiera en un personaje de Marvel con colección propia, la primera protagonizada por un villano. Mientras tanto, Morbius se asentaría como uno de los villanos de Spiderman, con ocasionales apariciones en sus series así como aventuras en solitario que se publicarían a mediados de los setenta, primero en Vampire Tales, un magazine en blanco y negro orientado a lectores adultos, y luego en la más convencional Adventure Into Fear.

 

En el momento en que McFarlane se acordó de él, Morbius era un personaje bastante olvidado, quizás porque muchos pensaba que su tiempo había quedado atrás. El artista lo retomaba para devolverle a sus orígenes góticos y terroríficos, un monarca de las alcantarillas que protege el territorio en el que habita en compañía de seres que parecen haberse escapado de una de las películas de zombies de George A. Romero, pero que acaban por asumir el papel del monstruo inocente y perseguido por la sociedad que enseñara Tod Browning en Freaks (1932), aunque quizás las semejanzas sean más fruto de la casualidad que de la escasa cinefilia de McFarlane. Los dos episodios en que se saldaba la historia no daban para mucho más, aunque el dibujante introdujo dos elementos cuanto menos curiosos. El primero era el traje negro de Spiderman, que el héroe recupera para bajar a las cloacas. McFarlane ya había tenido oportunidad de dibujarlo, unos años atrás, cuando todavía era un prometedor desconocido que se había hecho con el dibujo de la colección principal del Hombre Araña. A petición suya, el guionista David Michelinie lo sustituiría por el traje clásico, al final de The Amazing Spider-Man #300 USA (1988). En aquel entonces, el cambio había motivado un aplaudido pero sencillo truco de McFarlane con el que la base del dibujo de una portada le serviría para completar otra. Así, el lector descubriría un mes más tarde que la portada de la colección mostraba al trepamuros en la misma pose que ya había visto treinta días antes, con la salvedad de que el traje era diferente. El truco causó aplausos, por lo que el canadiense lo repetiría de nuevo para la ocasión. De esta forma, la cubierta de Spider-Man #13 USA (1991) volvía a mostrar al héroe en la misma postura que presentaba en el primer número de la serie, aunque con el traje negro. El editor Jim Salicrup hizo que la semejanzas se acentuaran hasta las últimas consecuencias, al repetir los grafismos que hubiera utilizado para aquella portada, que un año más tarde ya había alcanzado la categoría de mítica entre la legión de fans de McFarlane. Otro elemento pasaría mucho más inadvertido, porque todavía no debía llamar la atención de nadie. Se trataba de uno de los personajes secundarios de la historia, el sangriento psicópata llamado Keever, que serviría como modelo para Violator, futuro personaje al que McFarlane enfrentaría con su más ambiciosa creación, pero nos estamos adelantando a los acontecimientos…

Tras la aventura de Morbius, el dibujante acometería su último episodio para la serie, para Spiderman y para Marvel, que en realidad era un crossover con otra cabecera, el X-Force de Rob Liefeld. Éste era un autor de estilo opuesto al de McFarlane, pero con el que compartía importantes rasgos. El salto a la fama de Liefeld había sido equiparablemente meteórico. Tras apenas unos meses como dibujante de The New Mutants, una de las colecciones mejor asentadas de la factoría, el editor Bob Harras se había plegado con entusiasmo a todas y cada una de sus exigencias. Louise Simonson, la hasta entonces guionista de The New Mutants, había abandonado el barco, después de que Harras ignorara los ruegos de la que llevaba toda una vida en Marvel y plegara armas ante Liefeld. Éste había visto el éxito alcanzado con McFarlane una vez tenía las manos libres y exigió un trato similar. En respuesta, The New Mutants fue cancelada para renacer como X-Force, con los otrora bebés-X transformados en un ejército capitaneado por el violento y misterioso Cable y con Liefeld como autor completo, con múltiples portadas y ventas millonarias especulativas más allá de todo raciocinio, si bien el dibujante había hecho una concesión a la modestia al solicitar que un guionista de verdad, Fabian Nicieza, le escribiera los diálogos y le ayudara a componer la trama.

 

Liefeld podía estar entregado al militarismo y los dientes apretados y McFarlane a los callejones oscuros, pero ambos tenían ese espíritu de “somos los mejores” y “la empresa debe hacer lo que nosotros digamos” y encajaban como piezas de un puzzle que no tardaría en completarse con sus contemporáneos Jim Lee, Marc Silvestri, Jim Valentino y Erik Larsen. Pero antes de conspirar en comunión, McFarlane y Liefeld ofrecerían su crossover entre Spider-Man y X-Force, un experimento para el que recurrirían a Juggernaut, villano mutante que se había cruzado en algunas memorables ocasiones con Spidey, y a una orquestación apaisada de las viñetas, porque respondía a la espectacularidad a la que ambos estaban rendidos. Mientras que Liefeld se encargaba de la conclusión, McFarlane escribió y dibujó la primera parte de la historia, despidiéndose de sus lectores en una página que terminaba en “continuará”. El motivo final de la ruptura estaba en un redibujo que le había exigido Tom DeFalco. El director editorial estimaba que una viñeta en la que Estrella Rota ensartaba su espada en el ojo de Juggernaut era demasiado violenta para la audiencia de Marvel. McFarlane, que ya no contaba con el respaldo de Jim Salicrup al haber sido sustituido ese mismo mes por un nuevo editor, Danny Fingeroth, tuvo que cambiarla, pero juró que aquello sería lo último que hiciera para Marvel. Y lo cumplió.

 

Original sin censurar y página censurada publicada de Spider-Man #16 USA

 

De puertas para afuera, el artista justificaba su salida en que necesitaba un tiempo de descanso que dedicar a la familia. En realidad, junto a Liefeld, Lee y el resto de los antes mencionados, estaba planeando la huída de Marvel y la fundación de Image, un nuevo proyecto editorial en el que los autores no sólo tendrían control total sobre los cómics que escribían, sino también sobre aquello que les había empezado a preocupar, el merchandising, los derechos cinematográficos y, en definitiva, todo lo que daba dinero en cantidades astronómicas. En Image, McFarlane crearía Spawn, con el que desarrollaría el mismo tipo de historias oscuras y grotescas que había hecho en Spider-Man, pero sin la molesta presencia del trepamuros y con un personaje de su propiedad. Lo que nunca logró es que Spawn permaneciera en el tiempo, más allá de gozar de una buena década, con ventas destacadas, serie animada y película de bajo presupuesto. Con el paso del tiempo, se quedaría como uno de los símbolos de lo que habían sido los noventa, etiqueta que también le colgarían al propio McFarlane, pero ni el artista ni su engendro tendrían la fuerza suficiente para mantenerse en lo más alto, de manera que con el cambio de siglo serían olvidados.

 

Spiderman, por su parte, permanecería para siempre.

 

 

Artículo aparecido originalmente en Spider-Man nº 3: Máscaras