LA CANCIÓN DEL VERDUGO: UNA SINFONÍA MUTANTE

1992 fue un año crítico para La Patrulla-X. Nada más empezar la década, Chris Claremont, el hombre que había construido la Franquicia Mutante de la nada, decidió abandonarla, ante el excesivo control que le imponía Bob Harras, editor con el que, al contrario que con las legendarias Louise Simonson y Ann Nocenti que le antecedieron en el puesto, Claremont guardaba escasa sintonía. Los dibujantes estrella a los que Harras defendió a capa y espada, con Jim Lee a la cabeza, no tardaron en seguir el camino de Claremont, ya que apenas unos meses después saltaron también de un barco que todo el mundo temía que llegara a hundirse, para formar Image Comics, su propia compañía.

 

 

Las tres principales series de la franquicia (Uncanny X-Men, X-Men y X-Force) perdieron a sus estrellas, lo que obligó a Harras a buscar recambios de urgencia. En el apartado narrativo, Fabian Nicieza, el que ya era uno de los guionistas más prolíficos de la época y que venía encargándose de poner diálogos a los argumentos y dibujos de Rob Liefeld en X-Force, pasó a ser guionista completo de ésta, y también de X-Men. Era, no obstante, en la primera, donde reinaba Cable, un personaje creado por Liefeld bajo la idea de que se trataba de un soldado de fortuna mutante llegado del futuro, al que Nicieza trataba de construir una historia coherente que encajara dentro de los temas de la franquicia. En Uncanny, recayó un joven desconocido, llamado Scott Lobdell, con gran capacidad para las relaciones sociales y un cierto talento para construir diálogos resultones que imitaban los de Claremont. Otras series menores de la franquicia, X-Factor y Excalibur, quedaron en las respetadas manos de Peter David y Alan Davis, respectivamente.

 

Nicieza recuerda aquella época con la frase que utilizó Dickens para comenzar Historia de dos ciudades: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. El mejor, porque lo disfrutó enormemente y supuso todo un reto creativo para él y sus compañeros. El peor, porque, siguiendo con los símiles musicales que evoca el título de La Patrulla-X: La canción del verdugo, los que venían interpretando hasta entonces se habían marchado, mientras que aquellos que les habían sustituido apenas sí empezaban a comprender unos instrumentos que no eran los suyos, toda vez que se sentían obligados a tocar una melodía para la que no contaban con partitura.

 

Por si la situación no fuera ya lo suficientemente compleja, en verano de 1992, apenas unos meses después de los cambios creativos, los nuevos tendrían que hacerse cargo de un crossover. Era una costumbre de la línea mutante que se había convertido en tradición. Inicialmente, estos eventos consistían en una gran historia desarrollada por Claremont en Uncanny X-Men, a la que se unían las otras cabeceras por la puerta de atrás, con argumentos independientes que enlazaban en mayor o menor medida con lo que se venía desarrollando en la serie-madre. Sin embargo, Harras quiso cambiar la fórmula que tan buenos resultados había dado con “La masacre mutante” (1986) y “La caída de los mutantes” (1988). A partir de “Inferno” (1989), se pasaría a una estructura episódica que obligara a los lectores a comprar todas las series si querían comprender la historia. El éxito acompañó, de tal manera que “Proyecto Exterminio” (1990) seguiría esa senda, y lo mismo ocurriría con el evento de 1992.

 

El único problema es que nadie tenía ni la menor idea de qué contar en el evento de 1992. Los antiguos albaceas de la franquicia probablemente no habrían tenido demasiadas complicaciones para encontrar un tema con el gancho suficiente, pero los nuevos, como decía Nicieza, todavía no se habían aprendido el repertorio con la soltura necesaria como para salir al escenario e improvisar.

 

Aquí Harras tuvo la inteligencia de darse cuenta que Nicieza era el único de sus escritores con las cosas medianamente claras. Lobdell había llegado ahí por una carambola del destino, de tal forma que al principio se limitaba a escribir diálogos para la historias que construían los dibujantes; Peter David estaba concentrado en sus personajes, un tanto al margen de la almendra central de la franquicia, y Alan Davis no sólo iba por libre, sino que desarrollaba sus historias al margen de cualquier cosa que pudiera ocurrir en el resto de colecciones, con la ventaja de que Excalibur estaba en la muy lejana Inglaterra. Nicieza había demostrado un gran talento a la hora de construir series desde la nada, como había sido el caso de Los Nuevos Guerreros, y supo además embridar a Liefeld para dar cierto sentido a X-Force. Era, en definitiva, un esforzado artesano del procesador de textos, y por eso recibió el encargo de construir el esqueleto de la historia: doce partes repartidas entre las cuatro series principales a lo largo de otros tantos meses. Se sentía el arquitecto de una casa. Él pondría los planos y levantaría los cimientos, mientras que el resto de guionistas, dibujantes y editores añadirían ladrillos, tuberías, puertas y ventanas, un proceso que se llevaría a cabo mediante maratonianas reuniones tan multitudinarias que fue necesario acudir a un centro de convenciones para celebrarlas.

 

Dado que Nicieza era el muñidor del evento, no fue extraño que Cable se convirtiera en la figura central. ¿Quién era verdaderamente el líder de X-Force? Ni siquiera Liefeld, su creador, lo tenía claro, aunque eso no le había supuesto ningún inconveniente a la hora de convertir a Dyscordia, un doble exacto de Cable, en el archienemigo del grupo. Sólo faltaba dotar a aquello de algún sentido.

 

Meses atrás, antes de su marcha, Claremont y Jim Lee desarrollaron una dramática aventura en la que Nathan, el hijo de Cíclope, era infectado con un virus tecno-orgánico. La única esperanza de salvarlo consistía en dejarlo en manos de una misteriosa sacerdotisa que se lo llevaba al futuro, donde podría tener una esperanza de salir adelante. Nicieza observó aquella trama con interés, de manera que pronto buscó una manera de unir al niño perdido con el misterio alrededor de Cable y Dyscordia. En el futuro del que venía, Cable se había convertido en el gran enemigo de Apocalipsis, un villano de La Patrulla-X con una inmortalidad que le permitiría seguir dando guerra por los siglos de los siglos. A su vez, estaba la figura de Mister Siniestro, otro villano que, en este caso, había manipulado la vida entera de Cíclope y Jean Grey, debido a lo preciado de sus genes, hasta el punto de que, cuando ella fue dada por muerta, incluso llegó a crear un clon de la misma, Madelyne Pryor, que con el tiempo se casaría con Cíclope, y fruto de su matrimonio nacería… Nathan.

 

Las piezas empezaban a encajar en la mente de Nicieza. Su croquis inicial, en el que había doce casillas, una por cada episodio, fue variando en las reuniones, de manera que en el borrador final Mister Siniestro no tendría tanta importancia como en un principio, ni aparecería Magneto a mitad de la historia para dar un vuelco gigantesco al argumento… Pero más allá de eso puede decirse que el resultado final de “La canción del verdugo” se parece a grandes rasgos a lo que diseñó el guionista antes de unirse a sus compañeros.

 

Los resultados, con toda la improvisación de la que fue objeto la aventura, resultaron más que satisfactorios. Como historia, “La canción del verdugo” está plena de momentos de enorme impacto en el lector, a los que se suman continuarás que obligan a lanzarse sobre el siguiente capítulo, hasta llegar a un final dramático como pocos, en un escenario tan significativo para La Patrulla-X como el de la Luna, el lugar en el que se desarrolló también el final de “La saga de Fénix Oscura” y en el que, de una manera u otra, siempre cambia el destino de los mutantes.

 

Con “La canción del verdugo”, volvió a cambiar. La historia sembró las semillas de muchos más crossovers superventas que tendrían que venir en los años posteriores, desde “Atracciones fatales” a “La Era del Apocalipsis”. Su eco llega a sentirse incluso lustros después, como bien demuestra el ciclo de “Complejo de Mesías”, “La guerra del Mesías” y “Advenimiento”, aparecido ya en el siglo XXI. Pero este evento sirvió sobre todo para asentó el organigrama creado por Harras, que acabaría por convertirse en el Director Editorial de Marvel en parte por el éxito comercial que logró con los mutantes, en parte por la ausencia de ninguna figura carismática que mereciera ocupar ese puesto. Corría el verano de 1992 y la década no había hecho más que comenzar.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. La Patrulla-X: La canción del verdugo

RECONSTRUYENDO EL ORIGEN DE UN MITO: EL AÑO UNO DE LOS VENGADORES

El Universo Marvel arrancó con la década de los sesenta, mediante un acontecimiento poco menos que fortuito, como fue el nacimiento de Los 4 Fantásticos. Tras ellos vendrían Los Vengadores, La Patrulla-X, Spiderman… Pero sería inexacto decir que aquellos primeros años ya ofrecían la grandeza que la editorial alcanzó apenas unos años después, cuando Stan Lee y todos sus colaboradores estaban plenamente asentados y eran conscientes del proyecto que acometían, lo que dio lugar a obras maestras que hoy en día son referencia ineludible dentro del Noveno Arte.

 

Basta echar un vistazo a algunas de las historias publicadas hacia mediados de la década para comprobarlo. Fue entonces cuando el Hombre Araña vivió su momento dorado, gracias a la llegada del dibujante John Romita; cuando en las historias de Los 4 Fantásticos aparecieron conceptos como Los Inhumanos, Estela Plateada y Galactus; cuando Jim Steranko alzó a Nick Furia al Olimpo del arte pop; o cuando Thor vivió el apogeo de su trayectoria. Frente a semejante torrente de imaginación, las aventuras fundacionales quedan empequeñecidas. “Ah, no estaban más que haciendo tímidos ensayos de lo que luego vendría”, podrían decir algunos. “Fueron entrañables comienzos”, añadirían otros.

 

El caso de Los Vengadores precisa un análisis minucioso. La colección se presentó con fecha de portada de septiembre de 1963, la misma del primer número de La Patrulla-X. En su interior, y a imagen y semejanza de La Liga de la Justicia de DC, Stan y Jack reunían a todos los grandes héroes que actuaban en solitario en las diferentes series que habían creado durante los dos últimos años. Esto es: Thor, Hulk, Iron Man y el dúo formado por el Hombre Hormiga y La Avispa. Nada más concluir la primera aventura, los autores decidieron que Hulk abandonara el equipo para llegar a erigirse como uno de sus enemigos. En el tercer número, el Goliat Esmeralda haría piña con Namor, el Hombre Submarino, un personaje de los años cuarenta recuperado en Los 4 Fantásticos.

 

Namor, a su vez, serviría como detonante para la vuelta de otros de los grandes iconos de La Edad de Oro de los Cómics: En Avengers #4 USA, el Capitán América despertaba de un largo sueño para ponerse al frente del equipo, marcando el momento en que se completaría la formación inicial de Los Héroes Más Poderosos de la Tierra. Poco después, llegarían también algunos de sus peores enemigos, Los Señores del Mal (en Avengers #5 USA) y Kang El Conquistador (en Avengers #8 USA), que han seguido luchando contra Los Vengadores a través de las décadas.

 

Cumplidos dos años del comienzo, Stan Lee era consciente de que el concepto del que había partido la serie, el de aunar a todos los héroes importantes de la editorial, no acababa de funcionar como esperaba: cada vez era más complicado combinar lo que ocurría en las series de cada uno de los personajes con las aventuras que vivían en Los Vengadores. La solución llegó en Avengers #16 USA (1965), un episodio fundamental, en el que todos los miembros fundadores lo abandonaron. El Capitán América tendría que hacerse cargo de tres fichajes que hasta ahora habían actuado como villanos: Ojo de Halcón, que se había enfrentado repetidamente a Iron Man, y Mercurio y La Bruja Escarlata, escindidos de La Hermandad de Mutantes Diabólicos de Magneto. Stan Lee se deshacía de héroes consolidados para sustituirlos por unas pocas caras desconocidas. Contra todo pronóstico, fue la mejor de las decisiones que pudo tomar. Desde entonces, las filas de Los Vengadores se moverían siempre entre la presencia discontinua de los tres vórtices fundamentales del equipo (el Capitán América, Iron Man y Thor) y la de personajes secundarios que carecían de popularidad fuera del equipo, lo que posibilitaba que el peso dramático de la serie recayera sobre ellos.

 

Avengers #16 USA fue además el último número dibujado por Jack Kirby, mientras que Stan permanecería durante un tiempo más, aunque también acabaría marchándose, para ceder las labores de guionista a su mano derecha, Roy Thomas, quien junto a John Buscema desarrollaría una larga y fructífera etapa, que combinaba a partes iguales complejidad y épica. Frente a los años de la consolidación, las primeras historias de Los Vengadores podrían llegar a juzgarse como demasiado ligeras y simples, fruto de una cierta improvisación… Sin embargo, un vistazo detenido nos permite descubrir que allí ya estaba plantada la semilla de la grandeza; que decisiones como sacar a Hulk del equipo, introducir al Capitán América o renovar por completo las filas son las que permitirían luego a Los Vengadores encontrar su camino.

 

Llegados al siglo XXI, más de cuatro décadas después del nacimiento de Los Vengadores, desde Marvel plantearon una revisión de los orígenes, de tal manera que el guionista Joe Casey y el dibujante Scott Kolins podrían acercarse a los sucesos que iban desde la fundación del equipo hasta la marcha de los miembros originales como si fuera un relato compacto que se contara por primera vez y en el que se podrían analizar temas por los que en su momento se pasó de puntillas, como el impacto de la llegada de Los Vengadores en la opinión pública o el choque mental que para el Capitán América despertar en un tiempo diferente al que conoció. Su plasmación con las herramientas narrativas actuales permitiría a los aficionados más jóvenes descubrir una época única y hacerla también suya. Casey ya tenía experiencia previa con un proyecto similar, Patrulla-X: hijos del átomo, con el que dio nueva forma a la creación del más popular grupo de mutantes, mientras que Kolins había destacado por su peculiar estilo en las historias contemporáneas del grupo, en un arco argumental que puede encontrarse en Los Vengadores: La búsqueda de Hulka.

 

La unión de ambos supone un estimulante ejercicio en el que pasado y presente se dan la mano. En lugar de sustituir a las narraciones originales de Stan Lee y Jack Kirby, este “Año Uno” ayuda a comprender la gran importancia que en realidad tienen. Fue en esos modestos inicios donde se fraguó la leyenda de Los Héroes Más Poderosos de la Tierra.

 

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Los Vengadores: Año Uno

DAREDEVIL Y LA CREACIÓN DE MARÍA TIFOIDEA: CAYENDO EN LA TENTACIÓN

Si en la actualidad el nombre de Daredevil sigue asociado al de Frank Miller, cabe imaginar que nunca existió un abismo mayor ante los editores de Marvel que en el preciso momento de la marcha de éste. El héroe tardaría cierto tiempo en encontrar un camino tan sólido como el que había transitado hasta entonces.

Como prueba de esa desorientación inicial, en un primer vistazo se barajó la opción de que fuera Steve Englehart, un mítico guionista que sin embargo ya había dejado muy atrás sus días de gloria, quien se hiciera cargo del personaje. Englehart, quien llegó a firmar algún episodio de Daredevil con el seudónimo de John Harkness, tenía pensado cambiar el habitual escenario de La Cocina del Infierno por el de la soleada California. Por suerte, aquella idea fue pronto desechada, de manera que Marvel optó por quedarse con Ann Nocenti, una guionista que hasta entonces había tenido un corto recorrido, pero que llevaba largo tiempo en Marvel, como excelente editora de las colecciones de mutantes.

 

Nocenti había escrito un fabuloso número de relleno, el primero que se había publicado tras la marcha de Miller, en el que contó con nada menos que el legendario Barry Smith como dibujante y en el que ya se ponía de manifiesto que su ideología, claramente progresista y con una sensibilidad especial hacia los marginados, empapaba cada página que escribía. Enseguida se adaptó al héroe, sin necesidad de romper con el pasado y partiendo de donde se había quedado Miller. Hay que recordar que, al final de “Born Again”, Daredevil salvó a La Cocina del Infierno de un ataque paramilitar, a la par que él mismo encontraba la redención a través de Karen Page. La conclusión de la guionista consistía en que Daredevil jamás tiraría la toalla. Había superado la crisis de fe a la que le sometió Kingpin durante “Born Again”, tenía un amor al que venerar y un barrio al que proteger. La vida se presentaba ante él más plena que nunca. Bajo esos parámetros, Nocenti escribió todas sus historias, que navegaban entre la denuncia y la búsqueda de la justicia.

 

La etapa se hubiera alzado por méritos propios con una legión de seguidores, pero no lo hizo hasta pasado el primer año desde la llegada de la escritora, puesto que, en todo ese tiempo, nunca contó con un dibujante estable, y los que la acompañaron en pocas ocasiones estuvieron a la altura de las circunstancias. Sería con la llegada de John Romita Jr. cuando todo cambió. Romita Jr. conocía a Nocenti de su época en La Patrulla-X y enseguida se estableció entre ellos una complicidad absoluta, de tal forma que, por primera vez en su carrera, el dibujante pudo aportar ideas a la historia, lo que aumentó su implicación personal en el proyecto y permitió llevar a la serie un escalón más allá en cuanto a relevancia y grandilocuencia. Enseguida se hace patente la seguridad que adquiere la escritora gracias al respaldo que supone la presencia de un compañero de viaje tan sólido. Si hasta ese momento sus relatos solían abarcar apenas uno o dos episodios, con algunas pequeñas tramas transversales entre ellos, desde la llegada del nuevo ilustrador Nocenti se lanzó a hacer grandes ciclos argumentales.

 

El primero de los que planificó, incluido en este volumen, es en el que se presentaba a una nueva rival para Daredevil que brillaría por su originalidad y carisma. Si nos atenemos sólo a las grandes pinceladas, podría decirse que María Tifoidea sigue las líneas maestras establecidas por Frank Miller para Elektra, que no nos encontramos sino a un repuesto para ésta: una asesina a sueldo que responde a las órdenes de Kingpin, el archienemigo de Daredevil, y que a la vez es la amante de Matt Murdock. Sin embargo, afirmar tal cosa sería quedarse en el barniz exterior del personaje, ignorando el verdadero significado que María Tifoidea guarda en la leyenda del Hombre Sin Miedo.

 

Porque ella es mucho más que de lo que cabe imaginar en ese primer vistazo. De hecho, el objetivo perseguido por Nocenti a la hora de introducir al personaje consistía en romper con todos los tópicos del cómic alrededor de las mujeres. La guionista estimaba que la mayoría de sus colegas barones construían a los personajes femeninos a través de imagen simplistas y categóricas: la mujer ardiente, la virginal, la buena madre… ¿Qué pasaría si una única mujer reuniera todas esas características, antitéticas entre ellas en algunos casos? El resultado fue el nacimiento de María Tifoidea, que se convertía en el obstáculo en el camino, es la pieza disonante, la pequeña bomba de relojería que Kingpin introducía en la vida perfecta de su peor enemigo y con la que esperaba cobrarse su revancha. Matt Murdock superó su peor golpe, renació de las cenizas y se reinventó a sí mismo como defensor de La Cocina del Infierno. Pero, ¿Cuán duraderos son los muros con los que Daredevil ha construido su nuevo mundo? Como devoto cristiano que es, Matt asienta su fe sobre la superación de las tentaciones… y María es la mayor de las tentaciones con las que se haya cruzado nunca.

 

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Daredevil: María Tifoidea

BLAZE VS. KETCH: EL CHOQUE GENERACIONAL DE LOS MOTORISTAS FANTASMA

A comienzos de los años noventa, todo había cambiado en el cómic estadounidense. La ola de oscuridad que trajeron personajes como Lobezno, Elektra, Rorschach o Lobo y obras como Daredevil: Born Again, Watchmen y Dark Knight influía sobremanera tanto a autores como aficionados, que reclamaban tebeos impregnados por ese toque adulto y violento que tanto les atraía y sin el cual probablemente no estarían gastando su dinero.

Los nuevos lectores no querían saber nada de los grandes clásicos, mientras que los fans veteranos sentían que aquéllos ya no eran los mundos de ficción que habían conocido. La llamada Edad Oscura había comenzado. El nuevo Motorista Fantasma nació a camino entre dos épocas. Cuando se estaba cocinando el proyecto, todavía en 1989, hubo una gran resistencia dentro de Marvel ante la idea de traer de vuelta a un personaje tan olvidado como el del Espíritu de la Venganza, y que además fuera un puñado de desconocidos quienes llevaran la idea a cabo. El departamento de ventas trató de eliminar al Motorista Fantasma de las listas de futuros lanzamientos antes de que llegara siquiera a dibujarse la primera página. El único motivo por el que la serie llegó a ver la luz fue la insistencia constante, que llegó tanto por parte de Bobby Chase, la editora que estaba coordinando el proyecto, como de Tom DeFalco, el Director Editorial de La Casa de las Ideas en aquel preciso momento.

 

Sin embargo, cuando el primer número llegó a las tiendas, todas las objeciones desaparecieron. El nuevo Motorista Fantasma fue un sonoro éxito que conmocionó a toda la industria. Con su motocicleta infernal, su aspecto heavy metal y su contexto realista, Danny Ketch consiguió la aclamación de todos los nuevos lectores que se habían sumado durante la última generación. El Motorista Fantasma era SU héroe, igual que Spiderman lo era para los que habían empezado a leer tebeos en los años sesenta. Y como buenos fans, lo defendían contra viento y marea, incluso contra las anteriores encarnaciones que pudiera tener el cráneo llameante.

 

Curiosamente, por aquel entonces, y aprovechando el éxito cosechado por la nueva cabecera, en Marvel apostaron por recuperar la época final del Motorista Fantasma de los años setenta. Era una trepidante saga, publicada originalmente entre 1981 y 1983, en la que se narraba la epopeya de cómo Johnny Blaze había conseguido escapar de la maldición demoniaca que sufría. Howard Mackie, el máximo responsable del relanzamiento, se sentía profundamente influido por aquellos tebeos, que habían cimentado su gusto por el personaje. De hecho, la razón por la que había creado a un nuevo huésped para el demoniaco ser no era otra que su deseo de no tirar por tierra la historia que tanto le había gustado diez años atrás. Por contra, la legión de seguidores de Danny Ketch se enfureció al leer aquellas añejas historias: aquel no era el Motorista Fantasma que les había conquistado. Les parecía ñoño y mal dibujado. Poco menos que una estafa. Su enfado sólo era comparable al divorcio que sentían los lectores veteranos hacia el nuevo Espíritu de la Venganza. Ellos tampoco estaban demasiado felices. Sentían que Danny Ketch no iba con sus gustos.

 

El propio Mackie no daba crédito a este ambiente de ruptura entre unos y otros aficionados. Su objetivo no era otro que satisfacer a toda clase de lectores, encontrar un punto de encuentro en el que todos pudieran coincidir… Y ese mínimo común denominador no fue otro que el propio Johnny Blaze.

 

Transcurrido el primer año de la existencia de la colección, Danny Ketch ya se había alzado a los primeros puestos de venta de cada mes al tiempo que multiplicaba sus encuentros con otros héroes del Universo Marvel. ¡Todos los autores deseaban cruzar a sus chicos en el camino del Espíritu de la Venganza! Muchos de esos héroes también se dejaban caer por las páginas de Ghost Rider, de manera que Mackie quería dejar muy clara la imbricación del nuevo personaje dentro del cosmos de ficción del que formaba parte, lo que apuntalaría su legitimidad y serviría para que los lectores sintieran que aquel recién llegado estaba para quedarse y formar parte de una rica y larga tradición. Con doce entregas ya publicadas, Mackie estimó que era oportuno mirar hacia el pasado. Y de aquel análisis del rico legado que acarreaba el Motorista Fantasma a sus espaldas, surgió una interesante pregunta que debía ser respondida cuánto antes: ¿Qué había sido de Johnny Blaze?

 

La última vez que podía haberse contemplado al Motorista Fantasma Original fue en Ghost Rider #81 (1983). Libre de la influencia del diabólico Zarathos y como corresponde a todos los grandes héroes que dicen adiós, Johnny se perdía en el horizonte a lomos de su moto y en compañía de Roxanne Simpson, el gran amor de su vida. Nada hacía pensar que volviera a saberse de él… Hasta que Mackie tuvo la idea de contar lo que había ocurrido a continuación de aquella despedida.

 

Ocurrió en la última página del decimotercer número de la serie. Danny disfrutaba de la calma que llega después de la lucha contra un villano, cuando sintió un metal apoyado en su sien. Se dio la vuelta y allí estaba aquel individuo alto, pelirrojo, con barba de tres días, gafas de sol, un cigarro en la boca, gabardina, bien dispuesto a utilizar el arma que portaba en sus manos y que señalaba su objetivo de acabar con el Motorista Fantasma… O de acabar con el propio Danny. Si no fuera porque el tipo anunciaba su nombre, nadie le hubiera reconocido. Y es que se trataba de Johnny Blaze.

 

Sin duda, el regreso del Espíritu de la Venganza le había sacado de su retiro, pero… ¿Cómo había llegado Blaze, aquel “chico normal” al que ni siquiera le gustaba la música heavy pero que se había visto atrapado por un demonio, a transformarse en un amenazador y siniestro borderline? La respuesta llegaría a partir del siguiente número, el que no sería sino el primer paso en la nueva vida del que fuera el Motorista Fantasma Original. Se cristalizaba así el encuentro de una y otra encarnación del personaje. En cierta forma, al verse cara a cara con su predecesor, para Danny Ketch había llegado la consagración definitiva. Para todos los demás, autores y fans, era el momento de que pasado y presente se dieran la mano y así empezar a construir el futuro.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Motorista Fantasma: Pesadilla viviente

NOCHES DE MADRIPUR: LA HISTORIA DE CÓMO LOBEZNO CONSIGUIÓ COLECCIÓN PROPIA

Los Vengadores, Los 4 Fantásticos y Spiderman fueron los personajes de cómic más importantes de los años sesenta y setenta, pero, en las décadas posteriores, La Patrulla-X en general y Lobezno en particular se añadieron a ese selecto Olimpo en el que sólo caben unos pocos elegidos y en el que la renovación es poco menos que un sueño imposible.

El ascenso del mutante de las garras de adamántium fue lento, pero imparable, culminado con su transformación en personaje de cine y televisión, pero mediatizado por un alto en el camino que marca un antes y un después: el lanzamiento de su propia serie mensual. Aquel era un sueño largo tiempo acariciado por los fans, que, hasta 1988, fecha del lanzamiento de la cabecera, se habían tenido que conformar con contadas aventuras de Logan en solitario, tanto dentro como fuera de las páginas de La Patrulla-X. A ese respecto, hay que tener en cuenta que, en un primer momento, los lectores no estaban demasiados interesados en Lobezno, hasta el punto de que más de uno exigió su eliminación y el guionista Chris Claremont llegó a planteársela. Fue la llegada de John Byrne a los mutantes la que permitió un giro radical y lanzó a Lobezno hasta el estrellato, en un proceso que puede contemplarse en los dos primeros volúmenes de Marvel Gold. La Imposible Patrulla-X, donde se recopilan los cinco años iniciales de los nuevos hombres-X. En ellos, la participación de Logan va en aumento, hasta resultar determinante en unas pocas historias, como el viaje a Canadá en el que los mutantes se enfrentan con Alpha Flight o “Días del futuro pasado”, en donde se presentaba a un Lobezno maduro y canoso en un futuro apocalíptico. Sin embargo, y salvo alguna historia corta completamente anecdótica, hasta Uncanny X-Men #162 USA (1982. Marvel Gold. La Imposible Patrulla-X nº 4) los lectores no contemplaron una gran aventura en la que Logan fuera el único y exclusivo protagonista. Aquella historia, en la que luchaba contra los alienígenas de El Nido y conseguía eliminar al embrión que trataba de crecer en su interior, se quedó en la memoria de los aficionados como un momento verdaderamente especial. Pero era insuficiente: querían más… Y Marvel no tardó en dárselo.

 

Apenas un par de meses más tarde, vio la luz la mítica primera miniserie de Lobezno, cuatro memorables números realizados por Claremont con dibujos de Frank Miller y ambientados en Japón, que además de recibir la aclamación de público y crítica lograron unas ventas extraordinarias. No es extraño que, en cuestión de dos años, Marvel lanzara una secuela, en la que Lobezno compartía cartel con su compañera Kitty Pryde, también con Japón como escenario. Para entonces, las peticiones de que Logan tuviera una colección mensual ya era un clamor dentro de la editorial. Chris Claremont, sin embargo, no lo tenía claro: el que había sido casi el único guionista del personaje hasta entonces era muy celoso de su trabajo. No estaba dispuesto a que ningún otro autor tocara a sus mutantes y tampoco acababa de encontrar tiempo para encargarse él mismo del ansiado proyecto. Además, ¿cómo podría coordinar todas esas aventuras al margen de La Patrulla-X con las que vivía el héroe dentro del grupo? Las anteriores miniseries ya habían supuesto un gran esfuerzo en ese sentido. Convertir lo esporádico en permanente no podía sino traer quebraderos de cabeza.

 

Sin embargo, la insistencia de Marvel fue tal que, al fin, Claremont logró encontrar la fórmula para que todo encajara. Tras una épica saga titulada “La caída de los mutantes”, La Patrulla-X había pasado de estar en su plácida mansión de Salem Center a establecerse en una aldea abandonada en el desierto australiano. Mientras el mundo entero creía que sus integrantes habían muerto y un hechizo impedía que sus imágenes fueran recogidas por medios tecnológicos, los héroes llevaban a cabo incursiones furtivas allá donde eran requeridos, mediante la ayuda de Pórtico, un nuevo miembro del grupo capaz de teleportarles allá donde fueran necesarios. Por tanto, no era demasiado complicado que Logan hiciera, de vez en cuando, escapadas que le llevaran lejos, muy lejos, donde pudiera ser un hombre distinto al que los lectores conocían.

 

Claremont siempre ha sostenido que Lobezno es un personaje universal y atemporal, la moderna encarnación del aventurero arquetípico que podía haber vivido en cualquier lugar y época: El Conan de los tiempos pre-cataclísmicos, el Han Solo de una galaxia muy lejana… O el Rick Blaine de Casablanca. Siguiendo el ejemplo, el guionista creó una nueva personalidad para Logan, la de Parche, que guardaba un buen número de paralelismos con el mítico personaje cinematográfico. Al igual que éste, contaba con un pasado envuelto en brumas, era un tipo de vuelta de todo, pero honorable y de fuertes convicciones, que había pagado un alto precio por mantenerlas. Además, disponía de un bar ubicado en un lugar exótico que recibía las visitas de los más diversos clientes.

 

El Rick’s Café se convertía entonces en el Princesa, mientras que Casablanca se transformaba en Madripur, una ciudad imaginaria, al sur de Singapur, “donde el siglo XXI vive hombro con hombro con el XVIII”, decía Claremont. En definitiva, el escenario perfecto en el que incluir a Lobezno. No es extraño que, para insistir en ese toque de aventura clásica, el guionista eligiera como compañero de viajes a John Buscema, el veterano artista que había dibujado Conan durante tantos y tantos episodios y que encajaba a la perfección en las premisas que tendría la nueva serie. Ésta vio la luz con fecha de portada de noviembre de 1988, aunque antes contó con una introducción de diez entregas, contenido en la revista Marvel Comics Presents y publicado en los meses precedentes.

 

Este volumen ofrece tanto ese prólogo como los cinco primeros episodios de la colección propiamente dicha. En ella, quedó marcado a fuego el momento en el que Lobezno adquirió independencia y vida propia. Es el instante trascendental en el que el más popular mutante que jamás haya existido se elevó sobre sí mismo, para alzarse como un mito moderno, quizás el último de los muchos que ofreció el siglo XX.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Lobezno: Noches de Madripur

JOHN BYRNE Y PAUL RYAN EN IRON MAN: PELIGROS RENOVADOS

La plana mayor de los superhéroes Marvel, casi todos aquellos que han alcanzado fama mundial y se han convertido en iconos reconocibles por cualquier persona, fueron concebidos en los años sesenta. Uno de los grandes aciertos de Stan Lee y sus colaboradores fue crear personajes universales, que trascendían al momento y lugar de su nacimiento. Pero sería inapropiado olvidar que, en aquellas primeras andanzas, había muchos rasgos comunes a la época.

Con el paso de los años, esos detalles han sido actualizados, cuando no borrados. Ahora no tiene sentido alguno decir que Reed Richards y Ben Grimm lucharon en la Segunda Guerra Mundial o citar los enfrentamientos de superhéroes con agentes secretos de la Unión Soviética. Por tanto, los acontecimientos históricos con nombre propio deben ser dejados de lado si se quiere preservar la juventud y actualidad de los personajes. Entre los más mediatizados por el contexto de su creación está sin duda Iron Man. Tony Stark vivió la epifanía que le llevó a convertirse en Hombre de Hierro en las selvas de Vietnam, dato sustituido, en la versión fílmica, por los desiertos de Afganistán, se enfrentó a gran cantidad de villanos contextualizados en la Guerra Fría y encontró en la China comunista a su némesis definitiva: El Mandarín.

 

¿Quién era este peligroso individuo? Argumentalmente, podemos explicar que su primera aparición data de Tales of Suspense #50 USA (1964), una pequeña historia escrita por Stan Lee y dibujada por Don Heck, el equipo habitual de Iron Man, en la que la figura del Mandarín se rodeaba de un halo de misterio. “Algunos afirman que lleva vivo muchos siglos. Otros, que es más que humano. Pero nadie sabe su verdadero origen”, se aseveraba en la primera página, en la que aparecía este siniestro personaje, dotado de diez anillos que le conferían terribles poderes: magia contra tecnología, esa era la dicotomía que quería establecer Stan Lee en su narración. Con el paso del tiempo, ha sido el elemento característico del Mandarín que ha permanecido intacto y que le convierte en un rival formidable para Iron Man, mientras que la naturaleza de sus poderes así como los orígenes han sido reformulados y actualizados conforme a las necesidades de cada momento.

 

Un experto en tales lides es el guionista y dibujante John Byrne, quien llevase a cabo, durante los años ochenta, interesantes etapas de series como Los 4 Fantásticos y Superman, fundadas en una modernización de estos héroes que, sin embargo, permanecía fiel a las esencias de los mismos. Similar operación también fue aplicada por Byrne durante su corta, pero sustanciosa etapa, en la colección del Hombre de Hierro, uno de los pocos cómics que escribió pero se abstuvo de dibujar, dejando tal tarea en manos de excelentes autores: John Romita Jr. durante la primera parte de su periplo (recogido en el tomo de este coleccionable Iron Man: La Segunda Guerra de las Armaduras), mientras que el eficaz Paul Ryan se hizo cargo del resto.

 

Byrne tuvo la feliz idea de unir el destino del Madarín con el de una criatura en cuyo camino nunca se había cruzado hasta el momento: Fin Fang Foom, un gigantesco ser que pertenecía a una época oscura y olvidada de la historia de Marvel, en concreto al periodo que media entre el final de la Edad de Oro y el comienzo de la Edad de Plata. En aquel entonces, la editorial había sobrevivido mediante unas pocas publicaciones en las que abundaban pequeños relatos de terror, fantasía y ciencia ficción, con alienígenas, monstruos, fantasmas y seres fabulosos de la más diversa clase y condición. Fin Fang Foom, cuyo debut se produjo en Strange Tales #69 USA (1961), ofrecía un fascinante aspecto. Su demiurgo gráfico, el genial Jack Kirby, concibió una bestia gigante y parlanchina, a medio camino entre dinosaurio y dragón y que a su aspecto añadía algo tan fuera de lugar como unos calzones. Fin Fang Foom procedía de la isla China de Formosa y había permanecido oculto en un templo y dormido durante siglos hasta que fue despertado por Chan Liuchow, un joven que le conducía hasta los invasores comunistas que trataban de conquistar la zona. Una vez derrotado el enemigo, Chan engañaba a Fin Fang Foom para que volviera a caer en su letargo. Hubiera sido el final… De no ser porque, treinta años después, John Byrne se empeñó en recuperar al personaje.

 

La historia, en realidad, comienza en el volumen anterior a éste, el ya mencionado Iron Man: La Segunda Guerra de las armaduras. A modo de subargumento, mientras Tony Stark pasaba por una de las peores crisis de su vida, El Mandarín acometía la laboriosa búsqueda de Fin Fang Foom, al que finalmente localizaba en el interior de un remoto templo, quien sabe si el mismo en el que le había dejado Chan Liuchow. Como éste, El Mandarín le despertaba y conseguía encontrar la manera de controlarle, con el fin de que le sirviera de instrumento en la conquista de China. Fue ahí donde se quedó la historia, para dar paso a la saga que se recopila en este volumen. En sus páginas, Byrne no sólo retoma el argumento, sino también la calamitosa situación en la que dejó a Tony Stark, preso de su propia armadura y con el sistema nervioso colapsado. La trama resultante permitió al autor revisitar el pasado de Iron Man, pero también el del Mandarín y el de Fing Fan Foom, dando lugar a una de sus más relevantes aventuras.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Iron Man: La semilla del dragón

 

LA REFORMULACIÓN DEL CABALLERO LUNA A MANOS DE CHARLIE HUSTON: CICLOS LUNARES

Hay personajes cuya fuerza excede a cualquier previsión inicial que pudieran hacer sus creadores. Entre ellos, hay que contar la figura del Caballero Luna. Creado en 1973 por el guionista Doug Moench y el dibujante Don Perlin con el único objetivo de que sirviera como oponente al Hombre Lobo marveliano, este misterioso individuo, a medio camino en aquel primer momento entre héroe y villano, causó una honda impresión entre los lectores de la época.

 

El trabajo de diseño del personaje estaba enfocado en la dirección de encontrar el perfecto rival contra el licántropo, y de ahí el recurso a jugar con los elementos distintivos del satélite terrestre, el que determina las transformaciones del Hombre Lobo. Moench se basó en un silogismo muy sencillo: la Luna es de color plateado. La plata daña a los Hombres Lobo, haciéndoles sangrar… Por lo tanto el nuevo personaje debía integrar tales circunstancias en sus elementos distintivos, desde el traje hasta su nombre de batalla. Cuenta Moench que su primera opción consistía en llamarle Moonblood (Lunasangre), pero que el editor de la historia, Len Wein, le aconsejó cambiarlo, de manera que ambos decidieron quedarse con Moon Knight (Caballero Luna).

 

Al final de aquella primera aparición se revelaba la condición benévola del Caballero Luna, que visitaría al Hombre Lobo en un par de ocasiones más, lo que permitiría al escritor definirle con mayor precisión: “Soldado de fortuna, veterano de tres guerras africanas y cinco revoluciones sudamericanas, relaciones con la CIA, experto en armamento, versátil en todas las artes marciales, ex-boxeador, marine, comando”, decía su expediente. Pero el aspecto diferenciador estaba, sin lugar a dudas, en su personalidad… O mejor dicho: en sus personalidades. El Caballero Luna asumía los papeles del mercenario Marc Spector, del millonario Steven Grant o del taxista Jake Lockley, en función de las necesidades de sus misiones. Moench le rodeó además de una corte de interesantes secundarios: Frenchie, el piloto del helicóptero que usaba en sus misiones; Marlene, su compañera sentimental, y Samuel, su mayordomo. Un tiempo más adelante, se incorporaría un detalle de suma importancia: la devoción hacia Khonshu, un dios del antiguo Egipto que habría salvado su vida y al que el Caballero Luna debía su propósito vital y representaba como avatar.

 

El golpe de suerte que ascendiera a los altares marvelitas al nuevo justiciero de la ciudad llegó gracias a una revista protagonizada por cierto Goliat Verde, que formaba parte de una iniciativa de Marvel destinada a llegar a un público más amplio que el habitual comprador de cómics. Se trataba de Rampaging Hulk, un título que, a partir de 1978, incluyó historias de complemento protagonizadas por el Caballero Luna. A partir de la tercera de las mismas, el dibujante sería Bill Sienkiewicz, un joven desconocido que destacaba por un estilo realista próximo al del legendario Neal Adams, que rompía con la línea, algo más conservadora, seguida por Don Perlin. El Caballero Luna se convertía así en una verdadera criatura de la noche, de un mundo cruel a la par que misterioso, con sus propias reglas y demonios. El éxito sería tal que, apenas un año más tarde, llegaría la colección propia.

 

Para entonces, no tardó en surgir una broma entre los lectores. “Si de verdad quieres leer buenas historias de Batman”, decían entonces, “debes seguir al Caballero Luna de Marvel”. Tal afirmación adquirió cierta oficialidad al saltar incluso a la portada de la prestigiosa revista Comics Journal, para la que Sienkiewicz dibujó una impactante ilustración en la que su héroe empujaba al veterano Hombre Murciélago. Y era cierto que el Caballero Luna le había tomado prestados algunos detalles: ambos coincidían en ser hombres convencionales entrenados hasta los límites de la resistencia humana o millonario con una doble vida; los dos utilizaban gadgets para resolver todas las circunstancias imaginables, e incluso el uniforme y la manera de moverse eran similares… pero en muchos aspectos, y de ahí los comentarios, el personaje de Marvel superaba cualquier cosa que pudiera ofrecer Batman en aquel entonces. No había acompañantes joviales ni villanos ridículos ni situaciones abracadabrantes. Además, Marc Spector disfrutaba de una relación plena y adulta con una mujer, algo que no solía verse en la acartonada vida privada de Bruce Wayne.

 

Sienkiewicz permaneció en la colección hasta Moon Knight #30 USA (1983). Para entonces, había tenido lugar una sorprendente evolución en su trazo, cada vez más experimental y sucio, un verdadero espectáculo para los sentidos que, junto con los complejos guiones de Moench, situaban las aventuras del Caballero Luna en la cumbre de la sofisticación. Por desgracia, el escritor apenas tardó unos pocos episodios en seguir el camino de su compañero, y en ausencia de ambos la cabecera echaría el cierre en cuestión de meses. Posteriores regresos no contarían con ninguno de ellos, salvo por un par de miniseries, escritas por Moench a finales de los noventa, en las que devolvía sus esencias al Puño de Khonshu, aunque fuera por un espacio de tiempo limitado.

 

No fue en vano, sin embargo, ya que esas historias mantuvieron viva la llama del Caballero Luna. Al fin, en 2006, y tomando las aventuras originales como modelo a seguir, el novelista policiaco Charlie Huston y el dibujante David Finch acometieron un espectacular relanzamiento. En “El fondo” estamos ante una vuelta a nacer del personaje en toda regla, al comienzo de la cual se presenta a un Marc Spector que no sólo ha dejado atrás su pasado como héroe enmascarado, sino también todo aquello que le importa: el amor, la amistad, su vida, en definitiva. Es entonces cuando eleva sus plegarias a Khonshu… Y empieza de nuevo el ciclo de la Luna.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. El Caballero Luna: El fondo

GEOFF JOHNS EN LOS VENGADORES: VISIÓN PLANETARIA

Si dentro del Universo Marvel un grupo de superhéroes representan la grandeza, ese es, sin lugar a dudas, el de Los Vengadores. Stan Lee y Jack Kirby los crearon como una plataforma para reunir a todos los personajes importantes de la editorial, a imagen y semejanza de La Liga de la Justicia de América, que publicaba su competencia, DC Comics.

No obstante, el propio Stan Lee, cuando todavía se encargaba de escribir la serie, fue alejándose progresivamente del concepto inicial, al verse obligado a sustituir a la plana mayor de los protagonistas por otros héroes menos conocidos, que contra todo pronóstico alcanzarían inmensa popularidad, pero siempre asociados a su pertenencia al equipo, no al valor de sus aventuras individuales. Roy Thomas, el sucesor de Stan, ahondaría en este aspecto, de tal manera que la interacción de los héroes estaría en el primer punto de prioridades a la hora de desarrollar sus aventuras, mientras que la lucha contra peligros hiperbólicos se mantendría en un segundo plano, por más que permaneciera como uno de los elementos distintivos de Los Vengadores.

 

Las relaciones entre sus integrantes y el desarrollo de aventuras más grandes que la vida son, por lo tanto, los dos pilares fundamentales sobre los que se debe apoyar cualquier autor que se haga cargo de la colección, y los que sirvieron de punta de lanza a Geoff Johns en su breve, pero sustanciosa etapa, como guionista de Los Vengadores. Corría el año 2002, y Johns despuntaba como uno de los nombres más interesantes que podía encontrarse en DC Comics, donde sacaba un gran partido a héroes clásicos, como Flash o La Sociedad de la Justicia de América. Su máxima virtud se encontraba en abordarlos con una narrativa moderna pero tomando como referencia el trabajo que con ellos habían hecho los grandes pioneros: aquellos guionistas que asentaran la imagen icónica de esos héroes. Fue en ese contexto, cuando todavía Johns no se había convertido en la estrella que llegaría a ser, pero en la que muchos aficionados ya le señalaban como una de las grandes esperanzas de la industria, en el que Marvel procedió a ofrecerle Los Vengadores. Era una forma de que el grupo pudiera mantenerse fiel a la época que acababa de cerrarse, escrita por Kurt Busiek junto a leyendas del dibujo como George Pérez y Alan Davis, en la que predominaba un acercamiento tradicional a sus aventuras.

 

Para Johns, representó todo un reto suceder al guionista que había conseguido recuperar el favor del público hacia Los Vengadores. Por eso, antes de ponerse a escribir, reflexionó acerca de lo que representa el grupo dentro del Universo Marvel, para llegar a la conclusión de que éste se sitúa en ámbito opuesto al de La Patrulla-X. Mientras que los mutantes son temidos por la sociedad y se mantienen en una posición poco menos que clandestina, Los Vengadores han crecido hasta convertirse en el equipo al que todo el mundo acude en los momentos de necesidad, cuando grandes desastres azotan el planeta y ponen en peligro la vida de miles de personas. Su jurisdicción, por tanto, va más allá de Estados Unidos, hasta competer a la Tierra en su totalidad. Entonces, ¿qué ocurriría si la ONU les entregara el control del planeta, a causa de una crisis como ninguna otra?

 

“Confianza mundial”, la aventura que respondería a semejante cuestión, llegaría hasta los lectores como un ejemplo de lo que debe ser una gran aventura protagonizada por Los Vengadores: con un escenario gigantesco, un peligro global, una metáfora socio-política y la participación de los más importantes miembros del grupo, con Iron Man y el Capitán América a la cabeza, aunque sin descuidar la atención a los secundarios, que además tienen una abultada representación: Johns procura que El Halcón, Pantera Negra, Hulka, Chaqueta Amarilla o La Avispa brillen con luz propia, y en sucesivas aventuras acentuaría este aspecto.

 

En el apartado gráfico, el guionista recibe la réplica de Kieron Dwyer, un artista que ya se encargó de los últimos números escritos por Busiek meses atrás y que había sido una solución de urgencia adoptada por Marvel antes de dar con otro autor. Sin llegar a brillar como los grandes gigantes que han pasado por la colección, este veterano artista lograba superar el trance con dignidad, en una saga muy compleja por la multitud de personajes y lugares en los que se mueve, como si de una superproducción cinematográfica se tratara.

 

Johns permanecería en la colección durante un corto periodo de tiempo, sin que llegara a desarrollar todo su potencial, pero dejando atrás un puñado de estupendas historias, todas ellas ya ofrecidas dentro del coleccionable Marvel Héroes, en los tomos titulados Zona Roja y La búsqueda de Hulka. Finalmente, el escritor se decantaría por DC, donde llegarían las obras que más fama y fortuna le han dado. Antes de eso, no obstante, todavía firmaría para La Casa de Las Ideas una miniserie protagonizada por La Visión, personaje que encontraba fascinante, puesto que no es un hombre, pero tampoco acaba de ser una máquina: alguien con sentimientos humanos que no puede expresarlos. Para la ocasión, contó con Iván Reis, un impresionante artista que posteriormente le acompañaría en Green Lantern, el que quizás sea el trabajo más reconocido de ambos. La mencionada aventura del carismático sintozoide se encuentra también en este volumen, un complemento de excepción a la que fue una breve, pero acertada etapa, que capturaba como pocas el espíritu de lo que significan Los Vengadores.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Los Vengadores: Confianza mundial

MOTORISTA FANTASMA: CÓMO REINVENTAR PERSONAJES EN LOS NOVENTA

Hay personajes de cómic que ofrecen una imagen tan iconográfica que llegan a ser reconocidos en ámbitos que nada tienen que ver con los lectores habituales. Con ellos, se confirma la afirmación de que la imagen tiene una capacidad evocadora incomparablemente superior a la de las palabras.

 

Es lo que ocurre con el Motorista Fantasma, que en el momento de su nacimiento, allá por los años setenta, se alzó como todo un símbolo para personas que jamás habían leído una viñeta en sus vidas, pero que, nada más ver a aquel esqueleto de cráneo incendiado a lomos de una motocicleta demoniaca imaginaban infinitas carreteras quemadas por los neumáticos, escuchaban atronadoras canciones de Led Zeppelin o The Who y concebían una vida en libertad, sin límites y sin normas que acatar. Era el espíritu de filmes como Easy Rider (1969) o de libros como En el camino (1951) de Jack Kerouac traspasado a las viñetas, El Motorista Fantasma se alzaba como un superhéroe antisistema, o al menos al margen de las reglas morales y “las buenas costumbres” de la sociedad.

 

Los orígenes del personaje, como él mismo, ruedan por la carretera de lo desconocido.  Roy Thomas, guionista y Director Editorial de Marvel en 1972, reclama un importante papel en la creación. Comenta que se trataba de una idea que había tenido para un villano que se enfrentaría a Daredevil y que cedió al también escritor Gary Friedrich, quien sugirió entonces el nombre del personaje y que fuera un tipo extraño y aterrador. Según Thomas, él también habría sido el responsable del diseño, junto al dibujante Mike Plogg. Friedrich, por su parte, quita méritos a Thomas para quedárselos él mismo, en particular la idea de la calavera incendiada y la motocicleta, mientras que Plogg no recuerda demasiado bien las circunstancias exactas.

 

Fuera de una forma u otra, el Motorista Fantasma fue presentado en sociedad en el quinto número de Marvel Spotlight, con fecha de portada de agosto de 1972. Allí se contaba la trágica historia de Johnny Blaze, un motociclista de riesgo que trabajaba en un circo y se ponía al servicio de Satán a cambio de que su padrino Crash Simpson superara el cáncer que le estaba mantanto. El demonio cumpliría la literalidad del contrato, de tal manera que Crash se curaría, pero no tardaría en morir víctima de un accidente en la pista, mientras que Blaze estaría condenado a transformarse por las noches en una infernal criatura que sometería a los criminales a su venganza.

 

El éxito del Motorista Fantasma fue inmediato: la sorprendente mezcla de aventuras callejeras, road movie y thriller sobrenatural encandiló a los lectores. Tras un puñado de aventuras publicadas en Marvel Spotlight, llegaría la serie con el nombre del personaje, que a su vez multiplicaría las apariciones en los títulos más populares de la factoría, hasta instalarse no sólo en la mente de los fans, sino como parte de la cultura popular. No es extraño que muchos moteros de la época se identificaran con él, hasta integrarlo en su estética. Incluso el dúo Suicide le dedicaría una popular canción en 1977.

 

 

Con el paso del tiempo, sin embargo, la figura del Motorista Fantasma fue declinando, hasta que, ya en 1983, la editorial decidió cancelar la colección, con una apoteósica etapa final: Johnny Blaze conseguía escapar de su maldición y ganarse una vida feliz junto a su novia Roxanne. En la última viñeta, ambos se perdían en el horizonte, a lomos de la máquina de dos ruedas. Todo hacía presagiar que el Motorista Fantasma se había retirado para siempre.

 

Sin embargo, en el mundo del cómic, un “para siempre” significa sólo “hasta el próximo relanzamiento”, algo a lo que se han acostumbrado los lectores hoy en día, pero que antes no era tan habitual. Por eso, fueron muchos los sorprendidos a comienzos de 1990, cuando, dentro de un puñado de nuevos títulos agrupados bajo el indicativo de “Héroes para los noventa”, reaparecía el Motorista Fantasma…. Aunque no el que recordaban los aficionados veteranos.

La portada del primer número mandaba el mensaje de que ése no era el personaje que hubiera sido tan conocido unos lustros atrás, sino una versión actualizada y rompedora. El cráneo en llamas distintivo seguía ahí, pero todo lo demás había sufrido cambios radicales. La motocicleta ya no era la mítica Harley-Davidson, sino un vehículo que parecía haberse ensamblado en el infierno, con espectaculares ruedas de fuego; el traje de especialista que solía vestir Johnny Blaze, tan parecido a los disfraces que se ponía Elvis Presley para salir al escenario, había sido sustituido por una cazadora de cuero, cargada de remaches y cadenas. En el lugar de Blaze, los lectores se encontraron con Danny Ketch, una nueva raza de Espíritu de la Venganza… Para unos tiempos menos amables.

Cuenta Howard Mackie, el guionista responsable de este renacimiento, que la inspiración le llegó después de enterarse que habían sido profanadas unas tumbas de Cypress Hill, el cementerio próximo al barrio de Brooklyn en el que se crió. Mientras repasaba los antiguos cómics del Motorista Fantasma en busca de ideas para la nueva serie, Mackie volvió a pasear por los lugares de su niñez, sólo para constatar que todo había cambiado. “Escribe de lo que sabes”: es un viejo consejo para novelistas que Mackie adoptó, para hacer de Danny Ketch un vecino de Brooklyn, cuyo carácter mezclaba rasgos de varias personas que conocía, y para convertir Cypress Hill en el escenario de la primera aventura. No menos importante fue la participación de los dibujantes Javier Saltares y Mark Texeira, quienes envolvieron la historia de realismo descarnado a la vez que aportaban la atmósfera de modernidad por la que se distinguiría aquel cómic de cualquier otro.

El Motorista Fantasma había vuelto a las calles, para alzarse como uno de los personajes clave de la época. Su rotundo éxito permitiría, al cabo del tiempo, recuperar también la figura de Johnny Blaze… Pero esa historia tendrá que ser contada en otra ocasión.

 

Texto aparecido originalmente en Marvel Héroes. Ghost Rider: Espíritu de Venganza

MONOGRÁFICO JIM LEE 6 Y ÚLTIMO: JIM LEE DESPUÉS DE LA PATRULLA-X

Desde los años en que Chris Claremont compartiera cartel con John Byrne, La Patrulla-X no atravesaba un momento de mayor aclamación. Las ventas no sólo se habían multiplicado de manera sorprendente, sino que lectores y crítica coincidían a la hora de calificar aquella etapa como una de las mejores nunca realizada en la mítica cabecera. Lo cierto es que, por primera vez en varios lustros, Claremont no era la estrella indiscutible, sino que tenía que compartir espacio con aquel joven que, apenas unos meses antes, era un total desconocido.

 

En Marvel planificarían entonces un salto al vacío: la creación de una segunda serie, titulada simplemente X-Men, a la que se trasladara el tándem triunfador de Claremont y Lee, que dejaría Uncanny en otras manos. Los episodios fueron, por lo tanto, los últimos que realizarían Claremont y Lee antes de saltar a la nueva publicación. 

 

X-Men se quedaría con los mutantes que Lee mejor sabía reflejar con sus lápices, para los que desarrollaría nuevos trajes, con los que dejaría claro que su estilo de dibujo no sólo era el que debían seguir todas las jóvenes promesas que quisieran llegar lejos, sino que además debían de fijarse en la moda con la que Lee vestía a los héroes: chaquetas, gabardinas, sudaderas, cinturones, bolsillos… Todo superhéroe que se preciara acabaría llevando algo de eso. O incluso todo. Además, el artista participaría en la elaboración de las historias, aunque Claremont siguiera figurando como guionista y co-argumentista. Desde diez años atrás, durante la etapa junto a Byrne, el Patriarca Mutante no había compartido el puesto con nadie. No es que Jim Lee estuviera especialmente interesado en escribir: sólo quería señalar la dirección de la trama, soltar lastre en cuanto a la complejidad que había sido santo y seña de los hombres-X todos esos años. Los nuevos lectores no querían historias enrevesadas que nunca tuvieran final: ansiaban ver a Lobezno saltando rabioso sobre los villanos y a Mariposa Mental posando en bañador.

 

El primer número de X-Men, de ventas millonarias, vio la luz con fecha de octubre de 1991. Claremont apenas permanecería en la cabecera durante tres memorables episodios, en los que se desarrollaba un combate final de los mutantes contra Magneto teñido de triunfo y tragedia al más puro estilo Marvel. Finalizada su escritura y cobrado el mayor finiquito de la historia del cómic, Claremont abandonó la serie que había escrito desde 1975. Ya no se sentía el verdadero creador de las historias, sino un mero trascriptor de los deseos de los editores. Pese a las circunstancias, mantendría una buena relación con Lee, con quien incluso volvería a colaborar años después. El ya encumbrado como Rey Midas del cómic seguiría desempeñando las labores literarias, con una pequeña ayuda primero de John Byrne y luego de Scott Lobdell. Pero el X-Men #11 (agosto de 1992) sería el último en el que participara.

 

Un grupo formado por los más comerciales dibujantes de Marvel se habían puesto en contacto con él. Se sentían ninguneados por la editorial, que estaba ganando mucho dinero gracias a ellos, y querían probar algo nuevo: crear sus propios cómics lejos del ala protectora, a la par que avariciosa, de las grandes editoriales. Todd McFarlane, Rob Liefeld, Jim Valentino, Marc Silvestri, Erik Larsen, Whilce Portacio… Todos ellos querían que Jim Lee les acompañara en aquella incierta aventura, porque sentían que el dibujante de los hombres-X era la figura paterna que aglutinaba a aquella generación dispuesta a romper las reglas del juego. Lee era un hombre de empresa, dispuesto a quedarse en Marvel, pero la arrogancia de los directivos de entonces consiguió que cambiara de idea. El futuro esperaba fuera.

 

 

Image nació en 1992, y en su seno Jim Lee formó el estudio Wildstorm, que acogería inicialmente su creación más ambiciosa, WildCATS, a la que luego se sumarían proyectos como Stormwatch, Deathblow o Gen13. En ellos Lee desempeñó tareas que iban desde mero inspirador a guionista, en esta última demostraría una ausencia de talento equiparable a su desinterés hacia la misma. Fue una época, aquellos primeros noventa, en los que Image conseguiría colocar todos sus títulos entre los más vendidos, lo que recrudecería la guerra de la nueva editorial contra Marvel. La paz se firmaría en 1996, cuando el mercado había entrado en cuesta abajo, y Lee, junto a Rob Liefeld, regresó a la Casa de las Ideas, con un contrato millonario bajo el brazo, para acometer el fallido proyecto Heroes Reborn. El Chico Midas dibujó seis números de Los 4 Fantásticos, y dejó otros seis en manos de colaboradores cercanos, hasta que, transcurrido un año del experimento, Marvel renunció a renovar otra temporada más.

 

 

De vuelta a Image y a Wildstorm, Jim Lee se apuntaría un inesperado tanto, al conseguir que Alan Moore desarrollara toda una línea de tebeos para su sello editorial. ABC englobaría conceptos tan interesantes como Promethea, Tom Strong o La Liga de Los Extraordinarios Caballeros. A su vez, también como editor, Lee ponía en las librerías dos colecciones que contribuirían a cambiar de nuevo la industria: Planetary y Authority. Era 1998 cuando dio la sorpresa: abandonaba Image para vender Wildstorm a DC Comics, donde seguiría funcionando como estudio independiente.

Una década después, Jim Lee permanece al frente del sello, que a día de hoy ofrece algunos interesantes productos. A su vez, DC se ha beneficiado del talento gráfico del que ahora es uno de sus ejecutivos. Lee ha vuelto al tablero de dibujo para acometer sendas sagas de Batman y Superman, que en ambos casos le devolverían a los primeros puestos de venta. Ni siquiera los que denigran su actual colaboración con Frank Miller en una desconcertante revisión del Hombre Murciélago son capaces de perderse ni una sola de las entregas.

Veinte años después de su irrupción en el mundo del cómic, Jim Lee lo ha sido todo en este negocio. Ha estado en ambos lados de la trinchera, le han señalado como un auténtico fenómeno entre los fans, uno de los profesionales que más dinero ha ganado haciendo tebeos, el referente de toda una generación de dibujantes y el símbolo, para bien o para mal, de una década, la de los noventa, convulsa y caracterizada por la supremacía del dibujo grandilocuente sobre las historias. Para sorpresa de todos, Lee no sólo ha conseguido sobrevivir a una época de la que pocos de sus contemporáneos han salido indemnes, sino que ha logrado reinventarse a sí mismo: situarse, como editor, detrás de obras de gran interés en las antípodas de su estilo, a la vez que llevaba sus habilidades artísticas hasta los más altos niveles de excelencia. En veinte años, Jim Lee ha demostrado que aquel chaval que revolucionó a La Patrulla-X primero, y al tebeo americano después, no sólo estaba llamado a ser el artista más importante de su tiempo, sino también el que demostrara una mayor inteligencia.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

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