MONOGRÁFICO JIM LEE 5: DE LA TIERRA SALVAJE AL ESPACIO… Y MÁS ALLÁ

La reunificación de La Patrulla-X, desbandada desde casi dos años atrás, se llevaría a cabo durante una extensa aventura que Chris Claremont y Jim Lee desarrollarían en Uncanny X-Men #269-277 USA. Tres de esos episodios, sin embargo, interrumpirían la narración para dar cobijo a un cruce con otras series mutantes, denominado “Proyecto Exterminio”. 

Aquella epopeya partiría de dos enclaves recurrentes en el pasado de los mutantes, tan fundamentales como antitéticos: la Tierra Salvaje, paraíso perdido en el que la evolución se había detenido y los pocos humanos que allí había convivían con dinosaurios, y la galaxia Shi’ar, imperio galáctico gobernado por viejos amigos de los mutantes, y donde llevaba largo tiempo aparcado el Profesor Xavier, personaje que Claremont prefería mantener alejado de sus alumnos. En la ecuación también entraría Pícara, integrante de La Patrulla-X cuya imagen, en manos de Lee, cambiaría radicalmente: la que antaño fuera la tipa dura del grupo, la antigua villana que se había ganado su puesto con sangre, sudor y lágrimas, se descubría de pronto como una auténtica belleza sureña, con un encanto que seduciría tanto a los lectores como a los protagonistas del cómic… ¡Incluso el mismísimo Magneto!

 

En cuanto a Magneto, había desarrollado una evolución modélica a lo largo de los años, que le había llevado a pasar de peor enemigo de los mutantes a valioso aliado. Los planes de Claremont pasaban por arrastrar a Magnus, uno de sus personajes favoritos, hacia una encrucijada en la que se viera obligado a asumir el papel de líder del equipo. Tales previsiones, sin embargo, se verían posteriormente frustradas por la editorial, desde la que se le exigiría a Claremont que devolviera sus galones de villano al Amo del Magnetismo… Pero en estos episodios se hacen patentes las intenciones del escritor.

La mencionada no sería la única fricción que se viviera detrás de las bambalinas, entre el veterano y respetado autor, Claremont, y la nueva atracción de la ciudad, Lee. A la hora de dibujar la historia, éste introduciría algunos cambios en el guión, como por ejemplo la presencia de los Skrull de Guerra, unos villanos que no estaban contemplados en el argumento entregado por Claremont, lo que motivó nuevas protestas del escritor. Bob Harras desoiría las quejas para apoyar a su dibujante y tenía buenas razones para hacerlo: las ventas estaban subiendo como la espuma, los lectores sentían que la colección había recuperado el pulso de sus mejores años, y muchos comparaban el tándem creativo de Claremont-Lee con el de Claremont-Byrne, mitificado en la memoria de los lectores como uno de los mejores de la historia del cómic.

 

Dinosaurios y extraterrestres. Villanos arrepentidos de aspecto regio y espías de lujo. Naves espaciales y praderas interminables. La Patrulla-X volvía a ser “el tebeo que había que leer”.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

MONOGRÁFICO JIM LEE 4. AVENTURA EN MADRIPUR

Un mes más tarde de su debut como dibujante regular de Uncanny X-Men, ya sin Portaccio, pero siempre con Williams, Jim Lee se embarcaría en la que sería considerada una de las mejores historias de esta etapa, aunque simplemente se trate de un sencillo episodio autoconclusivo. La trama sigue los pasos de Lobezno, Júbilo y Mariposa Mental tras los acontecimientos de “Actos de Venganza”, y les lleva hasta Madripur, la isla sudoriental que utiliza habitualmente Logan como base de operaciones y en la que, durante la Guerra Mundial, se desarrollara una extraordinaria aventura del mutante de las garras de Adamántium junto al Capitán América, cuya narración en forma de flashback complementaba el episodio.

 

 

Aquel cómic se convirtió de inmediato en objeto de adoración por parte de los lectores, a causa de múltiples motivos. Claremont dejaba de lado la gran saga que llevaba desarrollando desde más de un año atrás, con los mutantes yendo y viniendo del Lugar Peligroso, para centrarse en un suceso del pasado de Lobezno, raro manjar que en contadas ocasiones el guionista llegaba a ofrecer a sus seguidores. “Caballeros de Madripur” se erige así como un clásico instantáneo que juega con los elementos de la mejor de las películas de Indiana Jones: un enclave neutral a la par que exótico donde la Segunda Guerra Mundial se desarrolla de manera subrepticia; héroes sin tacha aliados con otros vigilantes, de moralidad más cuestionable, mujeres de curvas imposibles y glamour insuperable, villanos de negro corazón que tan pronto visten el uniforme nazi como el traje de ninja… 

Parecía un filme de Lucas y Spielberg con la mejor fotografía posible: Jim Lee dotó a aquella aventura con mayúsculas de épica y grandiosidad. Y los lectores no podían dejar de preguntarse: “Si es capaz de hacer esto sólo con Lobezno y sus acompañantes, ¿hasta dónde llegará cuando se reúna el grupo al completo?”.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

MONOGRÁFICO JIM LEE 3. LA LLEGADA DE GAMBITO

Jim Lee se convirtió, de forma oficial, en el dibujante de Uncanny X-Men a partir del #267 (1990). Curiosamente, aquel primer episodio estaba firmado por los Homage Studios, que agruparía a Lee junto al también dibujante Whilce Portaccio, amigo y compañero con el que trabajaría codo a codo durante unos cuantos años, y Scott Williams, su entintador-fetiche.

 

Pero, para entender este episodio, el último de una aventura en tres partes, debemos retroceder hasta más de un año atrás: En el Uncanny X-Men #248 USA (aquel número de relleno con el que Lee había entrado en contacto con la Oficina Mutante), la Diosa de los Elementos encontraba la muerte durante una batalla contra Nanny y Creahuérfanos, dos estrafalarios villanos que Claremont había importada de X-Factor, la cabecera escrita por su buena amiga Louise Simonson.

Meses después, en UXM #253 USA, Ororo volvía de nuevo a la acción, amnésica y transformada en una niña, sin que quedasen claros los motivos de semejante cambio. Y así llegamos a la aventura que nos ocupa, en la que al tiempo que nuestra Ororo pre-adolescente huye del Rey Sombra (un viejo enemigo del Profesor Xavier), tiene lugar el encuentro con Gambito, un carismático ladrón, también mutante, con el que conectaba de inmediato.

Pese a que fueran dos dibujantes menores quienes desarrollaron los dos primeros episodios de la saga (UXM #265 y #266) sería Jim Lee quien la concluyera, en el cómic que mostramos a continuación. No en vano, había sido él quien desarrollara el diseño de Gambito, bajo supervisión de Claremont: “Es un renegado perteneciente a un clan de ladrones de Nueva Orleans. Tiene acento francés y va por la vida rompiendo corazones. Muy carismático, con un estilo parecido al de John Malkovih”, describía el guionista en sus directrices. Lee haría todo eso, pero también añadiría unos cuantos elementos de su cosecha, como la gabardina (“Para que parezca más real”, decía) y sus poderes: la capacidad para cargar objetos con energía (habitualmente cartas de una baraja), que luego arroja contra el enemigo. Un agradable detalle gráfico, que se iluminen los ojos de Gambito en el momento de producirse la carga energética, sería obviado por la mayoría de dibujantes posteriores, pero gozaría de un tratamiento exquisito en manos del coreano.

En aquel ya lejano 1990, Remy Lebeau embelesaría a cuanto individuo se cruzara en las viñetas, pero también a legiones de lectores, que le destacarían en seguida como uno de sus personajes favoritos de la nueva Patrulla-X que todavía se estaba gestando.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

MONOGRÁFICO JIM LEE 2. ACTOS DE VENGANZA

En 1989, los mutantes de Marvel atravesaban un momento complejo. Las enrevesadas tramas de Chris Claremont habían alcanzado un punto de catarsis a partir del cual lo imposible era probable. La Patrulla-X había muerto ante las cámaras de televisión para luego, lejos de ojos indiscretos, volver a la vida y asumir el papel de leyenda urbana. Como consecuencia de ello, sus miembros ya no podían ser detectados por medios mecánicos y habían cambiado su residencia hasta un pueblo perdido de Australia, donde Claremont complicaría aún más sus vidas. Acosados por sus enemigos, cada uno de los hombres-X había saltado a otra dimensión, llamada el Lugar Peligroso, de la que regresaban completamente alterados. 

 

Mientras discurría aquella historia-río, Bob Harras, entonces responsable editorial de las colecciones mutantes, se encontró con un pequeño problema. Durante los meses de verano, la serie aparecería quincenalmente. El dibujante habitual, Marc Silvestri, que ya acumulaba unos cuantos retrasos, no podría acometer tantas entregas. Al menos tres de ellas debían ser cedidas a otro autor.

Por entonces, Harras ya se había fijado en Jim Lee, quien más pronto que tarde estaba llamado a misiones de mayor envergadura que la colección secundaria de Punisher. Pero el editor nunca había trabajado con él, así que primero le puso a prueba. Le encargó que dibujara, a toda prisa, el The Uncanny X-Men #248 USA (1989). No era un cómic fácil, pero quince días después, Harras tuvo en sus manos las 22 páginas y la portada, todas de una elevada calidad. Era evidente que Lee podía acometer aquellos tres episodios veraniegos, de suma importancia no ya para su futuro, sino para el de la industria del cómic.

Dicha aventura (The Uncanny X-Men #256-258 USA, 1989-1990) estaba encuadrada dentro de “Actos de Venganza”, una saga que, pese a leerse de forma independiente, enlazaba con otros títulos de la editorial. La premisa era, cuanto menos, interesante: los grandes villanos se intercambiaban entre ellos a sus principales enemigos, lo que daba lugar a situaciones nunca antes vista. Por ejemplo: mientras Magneto estaba batallando contra Spiderman, a La Patrulla-X le tocaba enfrentarse con… ¡El Mandarín! Sin embargo, a causa de la diáspora al Lugar Peligroso, de los hombres-X sólo quedaba en pie Lobezno y una joven ayudante, recién adquirida por Logan, llamado Júbilo. Al lado del criminal, por contra, los lectores descubrirían una insospechada presencia: la de una antigua mujer-X que, tras pasar por el Lugar Peligroso, incluso cambiaba de raza.

 

Había llegado su oportunidad y no la iba a desaprovechar. En esos tres números, Jim Lee explotó sus habilidades hasta el paroxismo: composiciones cinematográficas, detallismo casi enfermizo, figuras humanas perfectas y en posturas de revista… Todo eso estaba presente en uno de los guiones más inspirados de Claremont. El escritor había contado durante su carrera con compañeros de viaje capaces de sacar todo el jugo a su prosa, como John Byrne, Paul Smith, Bill Sienkiewicz, Frank Miller, John Romita Jr. o Arthur Adams. Sin embargo, llevaba largo tiempo sin encontrar un aliado con el que alcanzar los niveles de éxito logrados junto a los anteriormente mencionados.

Lo más sorprendente es que Jim Lee no era todavía el dibujante fijo de La Patrulla-X, sólo un mero sustituto. Pero aquellos memorables episodios bastaron para que todos, lectores y aparato editorial, ansiaran que asumiera tal posición, algo que ocurriría apenas unos meses después.

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

MONOGRÁFICO JIM LEE 1. SUEÑOS QUE CUMPLIR: ANTES DE LA PATRULLA-X

Pocas figuras del mundo del cómic arrastran un carisma y un éxito tal como para representar toda una época de la industria. Jack Kirby, Neal Adams o John Byrne son algunos de esos gigantes, vinculados de manera indeleble a las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. Pero si un único autor simboliza los años noventa, ése es sin duda, Jim Lee.

 

Su meteórico salto a la gloria, que se produjo mientras acometía los cómics recogidos en esta recopilación, supuso un revulsivo cuyo rastro se puede seguir hasta la actualidad. Lee enterró los presupuestos artísticos establecidos durante varios lustros para imponer un nuevo canon, heredero del trabajo de los grandes iconos del cómic, pero a la vez rupturista con todo lo anterior. Con él llegó el cambio en la estructura de página, la pulverización de la viñeta clásica, el detallismo absoluto, las figuras perfectas de hombres y mujeres, el entreguismo del guión a la espectacularidad del dibujo… Por extensión, también llegaron los dibujantes- clon (algunos hoy tan insignes como los hermanos Kubert, otros tan olvidados que sus nombres se perdieron en la noche de los tiempos), el coloreado por ordenador, las ventas millonarias, la burbuja especulativa de mediados de década y su abrupta explosión, que a punto estuvo de llevarse por delante el mercado del cómic estadounidense. A Jim Lee no se le puede atribuir la responsabilidad de otra cosa que no sean los tebeos que dibujó; pero sí se debe recordar que él fue quien encendió la mecha de los convulsos tiempos que habrían de venir luego.

Para entender en su magnitud lo que representa Jim Lee, es necesario retroceder hasta la llegada de sus padres a Estados Unidos. Inmigrantes de clase media procedentes de Seúl (Corea del Sur), desde siempre enseñaron a su retoño el valor del trabajo y la necesidad del esfuerzo para alcanzar grandes metas. Jim Había nacido el 11 de agosto de 1964, y esperaban de él que algún día se hiciera médico, siguiendo los pasos del padre de familia. El joven Jim creció en St. Louis (Missouri), donde algunos profesores del instituto al que asistió se dieron cuenta de su amor por el dibujo. “Este chico debería dedicarse a esto”, dijeron entonces en clase. Pero el chaval no tenía previsto salirse del camino que le habían marcado. Estudió Psicología en Princeton, como un trámite más para luego saltar a Medicina.

Fue entonces cuando todo cambió. Una asignatura optativa, sobre arte, le recordó su gusto por los lápices. En 1986, obtuvo el graduado, pero dejó el estetoscopio en cuarentena. Las enseñanzas del clan familiar no habían caído en saco roto: el chico vería anochecer y amanecer sin tomarse ni un respiro, se mataría a trabajar para lograr sus metas. Pero serían las que él había elegido, no las que le habían dictado.

Mientras agonizaba la década de los ochenta, en la industria de la historieta americana ocurrían cosas interesantes. Un puñado de artistas demostraba que había nuevas maneras de hacer las cosas. Jim se había fijado en ellos. Estaba Arthur Adams, detallista hasta la exasperación y cargado de influencias que venían de oriente. Estaban John Byrne, Walter Simonson y Frank Miller, quienes habían progresado de dibujante a artistas completos capaces de revolucionar hasta al más añejo de los héroes. Y también estaba el tipo aquel que dibujaba Increíble Hulk, el que había hecho la portada del Goliat Esmeralda reflejándose en las garras de Lobezno. Jim no sólo quería ser tan bueno como ellos: debía ser mejor. Por eso se encadenó al tablero de dibujo y practicó, practicó y practico… Hasta que finalmente estuvo preparado.

Fue Archie Goodwin, uno de los grandes del negocio, quien se fijó en su carpeta de dibujos. “Quizás encuentre algo para ti”, le dijo. Goodwin le presentó a otro editor, Carl Potts, y bastaron diez minutos para que éste le encargara los lápices mensuales de Alpha Flight, una de las series que se dedicaba a coordinar. Aquella cabecera llevaba en decadencia desde que Byrne la dejara a su suerte. Nadie miraría mucho hacia un desconocido que, en los meses siguientes, se afianzaba en el dominio de la técnica narrativa y de la figura humana, a la vez que probaba suerte con viñetas rotas y tratamientos originales de la narrativa. Trabajo, trabajo y trabajo. Jim había aprendido bien lo que tenía que hacer. Y Potts, pasado un año y medio, le recompensó con un encargo más comercial: la nueva colección protagonizada por El Castigador, titulada Punisher War Journal.

Para entonces, Jim, que todavía no tenía ni veinticinco años, ya sabía qué era lo que funcionaba en un cómic de superhéroes y qué es lo que no. Era importante que hubiera tipos fuertes y mujeres hermosas. Era importante colocarlos en posturas que reflejaran sentimiento de poder, dolor, grandeza o miseria, aunque hicieran algo tan mundano y poco heroico como tomar un café. “¿Cuántas veces puedes dibujar a Punisher conduciendo una furgoneta de forma dramática? Las que hagan falta hasta que se fijen en mí”, se preguntaba y se respondía a sí mismo, al tiempo que de sus lápices no sólo salía El Castigador, sino también el aluvión de héroes invitados que se paseaban por las páginas de la colección. Destacaría, en concreto, una aventura en dos partes coprotagonizada por Lobezno en la que el miembro de La Patrulla-X demostraba su naturaleza dual, la de un salvaje guerrero con alma de heroico luchador. No pasaría mucho tiempo antes de que Jim recibiera una llamada del lugar donde sólo trabajaban los grandes: la Oficina Mutante.

 

Artículo aparecido originalmente en Maestros Marvel: Jim Lee

THOR DE JASON AARON 1. PASADO, PRESENTE Y FUTURO: REESTABLECIENDO LA PIRÁMIDE ALIMENTICIA MARVEL

Marvel Now!, el movimiento que en 2012 reposicionó a todos los autores y personajes dentro de La Casa de las Ideas, fue especialmente favorable para el Dios del Trueno. Ahíto de un equipo creativo carismático, Thor recibió a dos autores que parecían destinados a cruzarse en su camino. El barbudo de Alabama amante de la cerveza y la juerga en buena compañía Jason Aaron se había curtido dentro de Marvel con personajes de peso como Lobezno y Hulk. Ahora se sumergía en una mitología diseñada para potenciar al máximo su talento de escritor trepidante, energético y adorador de los entornos de fantasía heroica. Esad Ribic, croata de talla mayúscula que ya ilustró una Asgard mitológica y fundamental en Loki, se disponía a construir cada mes ese mundo, real a la par que mágico en sus lápices. Juntos entregaron a los lectores no sólo el Thor que querían, sino también el Thor que necesitaban. 

 

 

Ocurrió durante la realización de VvX: Los Vengadores Vs. La Patrulla-X. El cónclave de guionistas que se había encargado del proyecto fue sometido a una cuestión en cuya respuesta descansaría el futuro de la compañía. ¿Qué querían hacer a continuación? La Casa de las Ideas se disponía a cambiarlo todo, a que aquellos autores, que en aquel preciso momento representaban la flor y nata de la industria del cómic estadounidense, pasaran a ocuparse de personajes con los que no tuvieran contacto previo, y que además estuvieran deseosos de abordar. “Si hay algo que siempre hayas querido escribir, ahora es el momento de hablar”, dijo el entonces Director Editorial Axel Alonso. La respuesta de Jason Aaron estaba clara: le encantaría abordar Thor. Lo sabía desde varios años antes, cuando había tenido oportunidad de leer el conjunto de historias desarrolladas por Matt Fraction que dieron en llamarse de manera conjunta Las edades del trueno. “Podía verme escribiendo la serie, pero nunca le di vueltas”, comentó luego al respecto. “De repente, una vez que Thor estuvo encima de la mesa, tenía que plantar mi bandera, aunque ni siquiera tuviera una historia que contar”.

 

En Las edades del trueno, Fraction narraba hechos ambientados en un pasado remoto, cuando Thor era joven, inexperto, cruel y orgulloso, y lo hacía con un dibujo, el de Patrick Zircher junto a otros artistas que mimetizaron su estilo en capítulos más breves, que huía del tópico superheroico para abrazar una tradición que no era extraña a Marvel, pero que llevaba muchos años sin ponerse en práctica: la de Conan El Bárbaro, el personaje de la Era Hiboria que la editorial había publicado en forma de licencia durante los últimos treinta años del siglo XX, pero cuya trascendencia había sido tan mayúscula como para convertirse en pieza esencial de la época. Conan representaba la ración de fantasía heroica diseñada para el fandom marvelita, igual que La Patrulla-X aportaba drama culebronesco, Los 4 Fantásticos se reservaban la ciencia ficción o Los Vengadores la gran epopeya. Era, en definitiva, parte de la dieta del True Believer. Desde que cayera en el ostracismo y fuera desechado por la editorial, esa parte estaba ausente y por lo tanto la pirámide alimenticia permanecía desequilibrada… hasta que llegó Aaron con su Thor.

 

Nada más sentarse a escribir, el de Alabama quiso que Las edades del trueno perviviera en una parte de la colección: en un tercio, para ser exactos. Porque ahí regresaba el joven Thor, “este dios de los vikingos, cabeza de chorlito, al que le encanta bajar a Midgard y meterse en problemas”, tal y como describía el guionista, y no era más que el principio. A continuación, presentó al Thor actual, al que podemos ver en otras series del Universo Marvel o formando parte de Los Vengadores. Y aunque la historia se insertaba plenamente en continuidad, Aaron trató casi en todo momento de olvidarse de personajes secundarios o de héroes invitados y centrarse en el protagonista en sí mismo. Por último, los fans se dieron de bruces con el Thor del futuro, de un futuro indeterminado, pero al borde del fin de los tiempos, en que se habrá convertido en rey de Asgard después de que ocurrir algo horrible. “Disponemos de esas tres versiones diferentes de Thor”, continuaba Aaron, “por tanto estamos mirando a este personaje en tres épocas diferentes e importantes de su vida. Lo que quiero es profundizar en él y averiguar quién es este tipo, o este dios. Por qué hace las cosas que hace. Qué quiere”.

 

El villano de la historia servía como conexión entre las tres épocas. En obras anteriores, el guionista había manifestado su inquietud acerca del concepto de la religión, de la manera en que la fabulación de un más allá y de unos dioses que crean a los humanos y conducen su destino como si se tratara de figuras articuladas en manos de un niño afecta a la vida cotidiana de los creyentes. Lo abordó en un lugar tan impropio como la colección de Lobezno, uno de los ateos por excelencia del Universo Marvel, cuyas experiencias le llevaban a abrazar una suerte de fe, pero era en la serie protagonizada por un dios propiamente dicho donde podría profundizar en todos esos temas. ¿Eran acaso los panteones Marvelianos, desde el nórdico de Thor al olímpico de Hércules, equiparables a las religiones convencionales? ¿Cómo afectaba la presencia constante de esos dioses en el ánimo y en las vidas de los meros humanos? ¿Cuál era la respuesta de quienes tenían legítimos motivos para despreciar a esos dioses? ¿Podían los dioses morir? El antagonista del Hijo de Odín venía a responder a todas esas preguntas. Y su golpe, aunque se circunscribió a los doce primeros números, estaba llamado a impactar sobre la totalidad de la etapa.

 

Un hombre de espesa barba y nula preocupación por su aspecto cuya comida favorita consistía en algo que hubiera estado vivo, que se cocinara a fuego lento y en parrilla y luego se regara con bebidas de la más alta graduación. Un europeo del este también barbudo cuyas manos podían reducir bloques a cenizas y cuyos ojos estaban siempre hambrientos por el dulce sabor del combate, en palabras del propio guionista. Aquellos eran los autores que ahora se encargaban de narrar las andanzas de Thor. El primero escuchaba “Inmigrant Song” de Led Zeppelin mientras escribía, para añadir Manowar y Amon Amarth en los momentos de mayor épica. “Baterías tronantes y gritos guturales sobre dioses, sangre y guerra, que es exactamente cómo me imagino que suenan los grandes salones de Asgard cada viernes por la noche”, decía el escritor, que todavía encontraba momentos para la ortodoxia clásica, y entonces por sus altavoces sonaba “El Anillo del Nibelungo”, de Richard Wagner, porque incluso alguien como él a veces necesitaba un descanso entre tantos chillidos.

 

De esa forma, trascendencia y aventura, épica y juerga, se entremezclaban en las páginas de un proyecto que, desde el comienzo, se antojó como memorable, y que habría de extenderse durante largos años, en sentido opuesto a lo que venía siendo habitual en la industria. Jason Aaron y Esad Ribic disfrutaron sin remilgos mientras componían los movimientos de apertura de esta sinfonía, y ese entusiasmo trascendió a las viñetas hasta colarse en el ánimo del lector. Entre rondas de hidromiel y barbacoas, entre el heavy atronador y la ópera wagneriana, con cada página, con cada viñeta y en cada golpe de martillo de Thor, Aaron y Ribic encontraban una multitud de devotos a la única religión verdadera: la de Marvel.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Now! Deluxe. Thor de Jason Aaron nº 1

EL PRODIGIO DETRÁS DE MARVELS: CONTEXTUALIZACIÓN PARA UNA OBRA MAESTRA

La editorial que en la actualidad conocemos como Marvel tardó mucho tiempo en adoptar tal nombre. Durante sus primeras décadas de actividad, existió bajo las denominaciones de Timely, Atlas o sin que siquiera contara con un sello reconocible. En el advenimiento de la segunda gran oleada de los superhéroes, lo que se dio en llamar La Edad de Plata, comenzó a aparecer Marvel en portada. Tenía gancho y permitía a los lectores una identificación que no llegaría a darse con ningún otro cosmos de entretenimiento. El nombre de Marvel no podía ser más perfecto, porque enunciaba aquello que ofrecía.

 

 

A comienzos de los años sesenta, surgió la magia. Stan Lee y Jack Kirby dieron vida a Los 4 Fantásticos, superhéroes diferentes a todos los que se habían visto hasta entonces, con personalidades diferenciadas, propensión al conflicto y aspectos que les asemejaban a cualquier persona que pudiera caminar por la calle. Detrás de ellos llegaron muchos más: Thor, El Hombre Hormiga, Iron Man… En un momento dado, viejos personajes de los años cuarenta, como Namor y el Capitán América, fueron reinstaurados. De la colaboración de Stan Lee con Steve Ditko surgieron Spiderman y El Doctor Extraño; en conjunción con Bill Everett, llegó Daredevil. La mayoría de ellos habitaba en diferentes zonas de Nueva York, y lo hacían en el tiempo presente, así se volvió habitual que cruzaran sus caminos, conforme sus vidas avanzaban. Había nacido el Universo Marvel.

 

 

Durante las décadas siguientes, algunos de los mejores autores de la industria contribuyeron al crecimiento y la expansión de aquel cosmos conectado. Los lectores se involucraban de tal manera en las historias que llegaban a sentirlo como propio. Al ambientarse en el mundo real y en escenarios reales, ellos también podían estar ahí, en la Quinta Avenida, donde se ubicaba la Mansión de Los Vengadores; en Queens, donde vivía Spiderman; o en Greenwich Village, donde estaba la casa del Doctor Extraño. Las generaciones pasaron, guionistas, dibujantes y editores llegaron y se marcharon, los tiempos corrieron, de manera que la inocencia de los sesenta dio paso al descreimiento de los setenta; la prosperidad de los ochenta a la desorientación de los noventa, y en algún momento del proceso, no sólo el impulso inicial, sino la maravilla que causaban aquellos cómics, fue difuminándose, hasta quedar sólo una sombra de lo que había sido.

 

 

La última década del siglo XX fue terrible para el cómic de superhéroes en general y para Marvel en particular. La editorial atravesaba una crisis en todos los órdenes imaginables. A comienzos de la década, una nueva ola de dibujantes había cambiado las reglas del juego, virando hacia una espectacularidad vacía de contenido. Los trucos de marketing abundaban de manera confusa, contribuyendo a que se perdiera de vista la importancia de la aventura. La línea divisoria entre héroes y villanos, que llevaba desdibujándose desde mucho tiempo atrás, finalmente pareció perderse de vista, mientras proliferaban personajes fundamentalmente oscuros, violentos y atormentados. Todas esas circunstancias acabaron por producir un colapso en el mercado que se llevó por delante cientos de librerías, editoriales al completo y una parte significativa del aficionado.

 

 

Desde la profesión, algunos de los autores que se habían destetado en los buenos tiempos tomaron conciencia de que era necesario emprender la búsqueda de las esencias perdidas. La reacción en contra al clima de oscuridad que se había adueñado de los cómics surgió de manera apenas perceptible, con gestos y obras cuya importancia sólo se ha podido juzgar posteriormente. En La Casa de las Ideas, puede decirse que todo arrancó con una modesta miniserie de cuatro números que nadie esperaba, pero que a todo el mundo recordó por qué les gustaban los superhéroes… y no era por las causas que muchos ejecutivos tenían por ciertas. Esa obra fue Marvels.

 

 

En el momento de publicarse Marvels, no podía decirse que sus autores fueran estrellas. El guionista Kurt Busiek (16 de septiembre de 1960, Boston) no había llegado a leer cómics siendo niño, a causa de la aversión que estos les producían a sus padres. Cuando comenzó a seguirlos de manera continuada, ya tenía catorce años y el Universo Marvel estaba maduro: las intrincadas conexiones que se establecían entre sus personajes fue un elemento crucial a la hora de engancharlo. Su firma se hizo habitual entre las cartas de aficionados que se publicaban en las secciones de correo. En el último año en la Universidad, envió propuestas de trabajo tanto a Marvel como a DC, y aunque ésta publicó su primera historia, fue aquélla donde acabó trabajando, como ayudante de edición, labor que compaginaba con la elaboración puntual de algunos de sus guiones, tanto dentro como fuera de la editorial, sin que ninguno llegara a impactar en el gran público.

 

 

El dibujante Alex Ross nació 22 de enero de 1970, en Portland, hijo de un pastor y de una dibujante de publicidad. Del primero, aprendió los valores morales que también encontró en los superhéroes. De la segunda, una inquietud artística que supo encauzar después de descubrir a Spiderman en el programa de televisión Electric Company. En su proceso formativo, llegó a admirar a George Pérez o a Bernie Wrightson, reconocidos profesionales del cómic, pero su verdadera inspiración llegó de ilustradores grandiosos, como Andrew Loomis y Norman Rockwell. Cuando estaba estudiando en la American Academy of Art, de Chicago, a la que también había acudido su madre, llegó a la conclusión de que quería llevar el fotorrealismo de Rockwell a los cómics, algo inédito en el medio. Las imágenes de Rockwell habían sido las que retrataran el Estados Unidos idílico de los años cincuenta y primeros sesenta, una época que también coincidía con la del auge del Universo Marvel clásico.

 

 

Ambos autores se unieron casi por casualidad, cuando un editor enseñó a otro el trabajo de Ross, y éste pensó que tal vez sería buena idea utilizar a un artista tan peculiar para un relato protagonizado por La Antorcha Humana. Busiek entró en el proyecto y éste comenzó a crecer hasta convertirse en la crónica de toda una época. El objetivo consistía en relatar la historia del Universo Marvel, desde el que podría calificarse como su nacimiento, con la aparición del primer superhéroe, hasta el que muchos denominan como el final de su etapa fundamental, con la muerte de Gwen Stacy a manos del Duende Verde. Pero la verdadera magia del proyecto estaba en el punto de vista elegido para llevar a cabo la narración: el del hombre de la calle, el del testigo maravillado por cuanto contempla, representado por el fotógrafo del Daily Bugle Phil Sheldon, a través del cual el lector se sentía parte de los acontecimientos, de cómo impacta lo que está ocurriendo en el sentir personal del ciudadano de a pie, de cómo recibe la presencia de esos prodigios y cuáles son las reflexiones que hace acerca de ellos. De cómo, en definitiva, la existencia de esos héroes cambia la vida de quienes los contemplan, igual que la lectura de sus aventuras puede llegar a cambiar la vida de los aficionados. A tal efecto, la labor de Alex Ross se reveló como esencial, puesto que su arte pictórico hizo que, en lugar de un cosmos de viñetas, se apreciara la percepción del Universo Marvel como un mundo real: Más que nunca, nuestro mundo real. Corría 1994, y las representaciones gráficas que ofrecía Marvels chocaban con casi cualquier cosa que se pudiera encontrar en las librerías. No había viñetas rotas, ni encuadres exagerados, ni una narrativa atropellada. No había poses de pin-ups, y si bien Ross utilizaba modelos para muchas de sus imágenes, estas reflejaban situaciones cotidianas que fluían con naturalidad, hasta encontrarse de bruces con la majestuosidad de los Prodigios.

 

 

Busiek ensambló unos elementos que estaban ahí, esperando que alguien hiciera semejante trabajo titánico: el de recoger aventuras dispersas a lo largo de muchos años de tebeos e integrarlos en un hilo narrativo coherente y fiel a su orden de publicación original. El guionista tuvo que revisar página a página ingentes cantidades de papel, hasta el punto detallista de elaborar microfichas de todos y cada uno de los cómics que vieron la luz durante el periodo que relata Marvels, desde aquellos aparecidos en 1939, con la llegada de La Antorcha Humana original, Namor o el Capitán América, hasta el asesinato de la novia de Spiderman, historia que fuera publicada en 1973. Marvels consiguió levantar la admiración de quienes conocían las fuentes de las que partía, pero también de aquellos que no habían tenido oportunidad de leer las aventuras originales, y que entonces se sintieron animados a descubrirlas.

 

 

Más allá de la enorme labor de documentación, de la prodigiosa habilidad para crear un ambiente y una época, de la sorprendente fusión del mundo real de los años cuarenta, sesenta y primeros setenta con el que se contaba en las viñetas, había un subtexto y un discurso. Dentro de aquel enorme edificio construido por Busiek y Ross, se encontraba una reflexión sobre el significado de ser un héroe, su propósito y su fin. La respuesta estaba muy alejada, cuando no en directa contradicción, con el concepto de estos iconos que se estilaba en aquellos años de desesperanza. Marvels marcó una línea divisoria a partir de la que empezar a hacer las cosas de otra forma y dejó un legado destinado a perdurar. Por eso, cada vez que la moda imperante, los trucos de mercado o el mero egoísmo de la industria dejen de lado el sentido de estos iconos, nosotros podremos perdernos en sus páginas, recrearnos con cada una de sus viñetas y recordar el lugar en que se sitúa el auténtico héroe, el que es, ante todo, un protector de los inocentes, un símbolo de la esperanza y un ejemplo de aquello a lo que debemos aspirar.

 

Artículo aparecido originalmente en Colección Marvels. Marvels

SPIDER-MAN POSTER EN AVENGERS: INFINITY WAR

DEUDAS PENDIENTES: DAREDEVIL, SPIDER-MAN… Y FRANK MILLER

EL DIABLO Y LA ARAÑA

Ésta es la historia de dos amigos. No importa que, en realidad, esos dos amigos sean personajes de ficción. Su relación ha durado más de cuarenta años. Cuatro décadas en las que ambos han pasado por una inicial colaboración y una posterior desconfianza que acabaría por convertirse en amistad. Es un relato que implica a terceras personas, y aquí está la magia del cómic, porque esas personas sí son reales, son algunos de los autores que dieron forma a dos mitos, dos iconos del siglo XX. Y es que, por compartir, estos Spider-Man y Daredevil han compartido hasta diseñador de vestuario en sus sendas películas. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos, porque nuestra historia comienza mucho, mucho antes.

En la portada del primer número de Daredevil (abril de 1963) Spider-Man, convertido ya por aquel entonces en el gran héroe de la factoría Marvel, daba la bienvenida al justiciero ciego. Con semejante cubierta, alguien podría pensar que el lanzarredes haría acto de aparición en las páginas interiores, pero nada más lejos de la realidad. Daredevil y Spider-Man tendrían que esperar unos pocos meses, hasta el Amazing Spider-Man 16 (con fecha de portada de septiembre de 1964) para verse las caras o, mejor dicho, las máscaras. En aquel episodio, en el que el Hombre sin Miedo todavía lucía su inicial traje amarillo y rojo, ambos luchaban contra el Amo de la Pista y su Circo del Crimen, villanos a su vez nacidos en las páginas de The Incredible Hulk. El Universo Marvel comenzaba a tomar forma, y no resultaba extraño que dos personajes que habían tenido orígenes tan similares como Spider-Man y Daredevil cruzaran sus destinos y tomaban prestados enemigos.

Pero esa primera toma de contacto tan sólo tendría valor anecdótico, porque el auténtico encuentro que habría de cambiar el desarrollo de ambos héroes habría de producirse un tiempo después, en Daredevil 16 y 17 (abril y mayo de 1966). Lo verdaderamente importante de aquellos episodios no es que Spidey luchara codo a codo con el cuernecitos y contra los Forzadores, villanos a la postre nacidos en la colección del trepamuros. La trascendencia real habría que buscarla en los títulos de crédito. Allí figuraba el nombre de John Romita, dibujante regular de Daredevil desde tres números antes. Stan Lee le había rescatado de las fauces de DC Comics, donde permanecía estancado en la producción de tebeos románticos. Por aquel entonces, la relación entre Lee y Steve Ditko, el dibujante de Amazing Spider-Man no eran precisamente buenas. Apenas se dirigían la palabra, y Lee era consciente de que, en cualquier momento, Ditko podía tirar la toalla. La aparición de Spider-Man en las páginas de Daredevil no tenía en realidad otra función que la de probar la capacidad de Romita para dibujar al lanzarredes. Y el artista pasaría el examen con matrícula de honor. El Daredevil 19 sería el último episodio que dibujaría, dándole la alternativa a Gene Colan, el autor que daría con los rasgos definitivos del personaje anteriores a la llegada de Frank Miller.

Por su parte, John Romita desembarcaría en la serie del lanzarredes allá por Amazing Spider-Man 39 (agosto de 1966), donde también llevaría a cabo una revolución visual que supondría un salto cualitativo en la popularidad del alter ego de Peter Parker. Teniendo en cuenta todo esto, el Cabeza de Red debía un inmenso favor al Hombre sin Miedo. Cuesta imaginar que hubiera sido de él si un artista menos capaz que John Romita se hubiera hecho cargo de la serie. Romita procuró los rasgos de comedia romántica y juvenil que convertirían The Amazing Spider-Man en el tebeo más importante en las universidades americanas durante los años sesenta y en el más leído en todo Estados Unidos en años posteriores, hasta la llegada de la Nueva Patrulla-X. Y ese es un favor tan grande que cuesta varias décadas pagar.

 

DEVOLVIENDO FAVORES

Hete aquí que estamos a finales de los años setenta, y Daredevil tiene un nuevo encuentro con Spider-Man en las páginas de una colección arácnida. (Se vieron en otras ocasiones a lo largo de todo ese tiempo, pero éste es verdaderamente el encuentro que a nosotros nos interesa). La aventura, escrita por Bill Mantlo (por entonces escritor habitual de un buen número de las historias del trepamuros) tenía lugar en Peter Parker, The Spectacular Spider-Man 26 a 28 (enero a marzo de 1979) y su evocador título era El ciego guiando al ciego. En sus páginas, Spider-Man, cegado en el episodio anterior por el Merodeador Enmascarado, tenía que recurrir a Daredevil para que le ayudara a luchar no ya contra el villano de turno, sino contra la ceguera que le había provocado éste. La aventura causó un impacto considerable a los aficionados de la época, y más si tenemos en cuenta que estaba encuadrada en una de las más aterradoras experiencias que haya padecido el trepamuros: su enfrentamiento con Carroña, el clon sin vida del profesor Warren (a su vez, creador de los clones del mismo Spider-Man y de Gwen Stacy… aunque eso es una historia demasiado complicada como para abordarla en este artículo).

Sin embargo, no sólo el argumento quedaba fijado en la retina del lector; también el responsable gráfico de aquellos Peter Parker, The Spectacular Spider-Man 27 y 28. Se trataba de un por aquel entonces totalmente desconocido Frank Miller nacido en Olmie (Maryland) en 1957. El estilo de aquel joven artista que contaba con tan sólo veintidós años estaba repleto de errores, pero poco importaba ante su inmenso carisma, talento y capacidad de composición de página, directamente heredera de la de grandes clásicos como Will Eisner o Gene Colan, con un Spider-Man que recordaba al personaje gomoso e imposible de los primeros tiempos de Steve Ditko. Quien sabe qué hubiera pasado si Miller hubiera continuado en la serie, pero es algo que jamás podremos averiguarlo.

Probablemente fueran las semejanzas del trabajo de Miller con el de Gene Colan el rasgo que decidiera al director editorial Jim Shooter a convertirle, meses después, en el artista regular de Daredevil. En realidad, todos sabemos que el cuernecitos no pasaba por sus mejores tiempos económicos, hasta tal punto que la colección era bimensual y estaba en trance de cerrar a la mínima. Apenas dos meses después, con fecha de mayo de 1979, Miller se convertía en el dibujante regular de Daredevil, y, en poco más de un año, también en el guionista. Curiosamente, una de sus primeras decisiones importantes y que revolucionarían por completo la colección consistiría en convertir a Kingpin, hasta entonces villano eminentemente arácnido, en la némesis definitiva de Matt Murdock. Quedaba así saldada la deuda contraída por el lanzarredes después de quedarse con Romita en detrimento de su colega. El resto de la historia de Miller con Daredevil es sobradamente conocida, hasta el punto de que habéis podido vivirla página a página en este coleccionable.

 

 

UNA AMISTAD COMPLICADA

La relación de Spider-Man con Daredevil habría de evolucionar profundamente en años posteriores. De esta forma, En Marvel Team-Up 140 y 141 (abril y mayo de 1984), Matt Murdock descubriría la identidad secreta del lanzarredes, al identificar los latidos de su colega con los de Peter Parker. Poco tiempo después, durante La muerte de la Capitana Jean DeWolff (Peter Parker, The Spectacular Spider-Man 107 a 110, octubre 1985 a enero de 1986) sería Daredevil quien confesara a Spidey que conocía su identidad secreta y le revelaría también la suya. Todo eso ocurría en una historia que enfrentaba los métodos del lanzarredes con los del Hombre sin Miedo, ante las posturas adoptadas por cada uno frente al Comepecados, el psicópata responsable del asesinato a sangre fría de Jean DeWolff, una de las mejores amigas de Spider-Man.

Este último episodio provocaría tensiones entre ambos justicieros, que llegarían incluso a las manos, algo que posteriormente se repetiría durante la guerra sostenida entre Daredevil y Kingpin (Amazing Spider-Man 284 a 289, enero a junio de 1987), en la que nuevamente ambos volverían a cruzar más que palabras. No obstante, ambos acabarían superando sus diferencias y renovando su amistad, hasta el punto de que sería Spider-Man quien consolara a Daredevil tras la muerte de su novia Karen Paige (Daredevil Vol. 2 8, junio de 1999), e incluso llegarían a compartir una miniserie (Spider-Man/Daredevil: inusual Suspects, enero a abril de 2001). Por último, Misterio, otro villano de Spider-Man, se suicidaría ante los ojos de Daredevil, después de haber intentado, sin lograrlo, volverle loco (Daredevil Vol 2, mayo de 1999).

En cuanto a la mencionada coincidencia en el diseñador de vestuario de ambos personajes, me refiero, como algunos ya habréis supuesto, a James Acheson, responsable de vestir tanto a Spider-Man como a Daredevil en sus respectivas adaptaciones cinematográficas. Mientras en el primer caso optó por mantenerse absolutamente fiel al diseño original de Steve Ditko, en su adaptación del traje de Daredevil fue un poco más allá, acercándose al modelo de no-traje impuesto por otras adaptaciones de superhéroes Marvel al cine, como X-Men.

 

RETALES DE TELARAÑA

Volviendo hacia atrás en el tiempo y hasta Frank Miller, mientras éste se ocupaba de la mejor etapa que jamás haya tenido el Hombre sin Miedo, todavía le quedaba tiempo para ocuparse de algunos encargos esporádicos que tenían mucho que ver con Spider-Man. Hay que recordar que, durante los primeros meses de la etapa Miller en Daredevil, en concreto hasta bien avanzado 1981, la colección continuó apareciendo cada dos meses, lo que permitía a Miller compaginarla con otros trabajos. La mayoría de esos episodios estarían editados por Dennis O’Neil, también editor de Miller en Daredevil, y que procuraba cuidar a su pupilo con encargos de tebeos que, al fin y al cabo, se venderían tremendamente bien, teniendo en cuenta que su protagonista era el superhéroe más popular de Marvel.

Precisamente, O’Neil sería también el guionista responsable de los Amazing Spider-Man Annual 14 y 15, aparecidos en 1980 y 1981, respectivamente. Se trata de dos pequeñas joyas en las que el Miller de entonces, contemporáneo a sus primeros tiempos en Daredevil, daría lo mejor de si mismo y demostraría su inmensa capacidad para el despliegue gráfico. En el primero de ellos, nos encontramos una aventura de grandes proporciones, La noche del vuelco siniestro, que reúne al lanzarredes con el Doctor Extraño (otro personaje que guarda una importante relación con Spider-Man a través de un dibujante, en este caso Steve Ditko) en un combate espeluznante contra la alianza del Doctor Muerte y Dormammu, este último uno de los villanos clásicos de Stephen Extraño. El segundo annual cambia por completo el registro. En él, vemos a dos de los escasos personajes invitados con los que contaría Miller en Daredevil, el Castigador y el Doctor Octopus, en una divertidísima aventura que daría lugar al más acadabrante de los titulares colocados por J. J. Jameson en la portada del Daily Bugle: Spider-Man: ¿Peligro o amenaza?

O’Neil también editaría el Marvel Team-Up 100 (Diciembre 1980), escrito a su vez por Chris Claremont. De nuevo, un número especial en el que Miller ofrecería una sorprendente versión de los Cuatro Fantásticos en la que destacaba el aspecto que daba a la elasticidad de Mister Fantásticos. Además, Miller se convertía en el primer artista en dibujar a Karma, mutante que debutaba en aquel mismo número y que poco después acabaría por convertirse en uno de los miembros integrantes de los Nuevos Mutantes.

Si en ninguna de estas aventuras Miller tendría ocasión de demostrar su habilidad como guionista, eso cambiaría con el Marvel Team-Up Annual 4 (1981), en el que tan sólo escribiría la historia, probablemente por encontrarse demasiado ocupado para dibujarla debido al pase a mensual de Daredevil por aquellas mismas fechas. Al Caballero Luna, Power Man y Puño de Hierro se añadía el mismo Daredevil entre los invitados especiales, mientras que el dibujo corría a cargo de un eficaz Herb Trimpe.

A aquellos años de Miller unido a Spider-Man como dibujante esporádico, aunque de lujo, pertenecen también algunas estupendas portadas de Peter Parker, The Spectacular Spider-Man. Después volvería a dibujar al trepamuros en muy pocas ocasiones. Una de ellas sería para la portada del volumen que recogería todos estos episodios: The Complete Frank Miller Spider-Man. Pero para entonces Daredevil había quedado muy atrás en la memoria de Miller, y no digamos ya aquel viejo lanzarredes con el que había debutado en la industria de la que se había convertido en leyenda viviente.

 

 

 

Artículo publicado originalmente en Daredevil coleccionable nº 25 de Forum

PORTADA PARA GAMEINFORMER DEL VIDEOJUEGO DE SPIDER-MAN, POR ALEX ROSS, Y VÍDEO DE COBERTURA INFORMATIVA

 

Fuente: gameinformer

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