JESSICA JONES: LA PALABRA QUE EMPIEZA POR J Y TODO LO DEMÁS

El cómic de superhéroes nació como un entretenimiento para niños, jóvenes y preadolescentes. En la época dorada del género, cuando se dejaban atrás los pantalones cortos, se abandonaba su lectura. Eso cambió cuando Stan Lee dio vida al Universo Marvel, con sus personajes imperfectos y plagados de humanidad, y se acentuó aún más a partir de mediados de los años ochenta, con la llegada de obras clave como La Patrulla-X de Chris Claremont, Watchmen o el Daredevil y el Dark Knight de Frank Miller. Al acabar la década, DC Comics se animó con su propio sello para lectores adultos, Vertigo, que ofreció desde entonces los títulos más interesantes de la Distinguida Competencia. Y en 2001, Marvel lanzó por fin un equivalente. Así fue como nació MAX.

 

 

“Sabes que lo quieres”. Decía una sobria publicidad aparecida en los cómics de la época, con un fondo de rojo intenso y el logotipo de MAX a tamaño gigante. La Casa de las Ideas atravesaba un momento delicado, lo que sirvió para agudizar el ingenio. El entonces presidente de La Casa de las Ideas, Bill Jemas, tenía como máxima la producción de cómics legibles, que escaparan a la intrincada continuidad de más de cuatro décadas de publicaciones, y de esas premisas nacieron estimulantes iniciativas. En la línea Ultimate, el contador fue puesto a cero, para que las historias de Spiderman, La Patrulla-X o Los Vengadores, ahora rebautizados Ultimates, pudieran contarse para las nuevas generaciones; autores de renombre, como Joe M. Straczynki y Grant Morrison, fueron atraídos a las cuadras de Marvel, mientras que el Director Editorial Joe Quesada rastreaba en terrenos indies a la caza de talentos frescos y sin el amaneramiento de años de contar exclusivamente las vivencias de tipos en mallas.

 

David Mack, un autor con el que Quesada había trabajado en Daredevil, le hizo llegar la obra que había firmado un amigo suyo. Era un voluminoso cómic en blanco y negro, sobre un asesino en serie que mataba niños. Se titulaba Torso y estaba escrito y dibujado por alguien de quien pocos habían oído hablar: Brian Michael Bendis. Éste había hecho otros libros de temática noir y orientación similar a la de Torso, todos ellos en la independiente Caliber Comics, y en un terreno más comercial acababa de lanzar Powers, una serie de detectives enmarcada en un cosmos superheroico, que publicaba Image y pronto se situaría entre las favoritas de la crítica. En Marvel quedaron hechizados con su habilidad narrativa, su naturalismo en la construcción de historias y su espontaneidad con los diálogos. Le asignaron la reinvención del Hombre Araña, en Ultimate Spider-Man, y fue uno de los mayores éxitos editoriales del momento. Realizó también varias historias cortas de Daredevil, antes de ser elegido como su guionista fijo.

 

En paralelo, Bendis planteó a Marvel su más arriesgada propuesta. Tenía por título Marvel Inc., o algo parecido que el autor no termina de recordar, y llevaría a los superhéroes al terreno de la serie negra en el que el guionista se movía con tanta facilidad. Estaba protagonizada por Jessica Drew, la que había sido Spiderwoman, que ahora estaba retirada del superheroismo pero no lo había dejado del todo. Se dedicaba a investigar casos relacionados con su antigua profesión, de manera que por allí estarían los grandes iconos de la editorial… desde una perspectiva inesperada. “Tengo este concepto, y es un poco como una película de calificación R”, dijo Bendis a Bill Jemas. “El tema es adulto. No me la puedo imaginar sin palabrotas. Y vosotros no publicáis cosas así”. El presidente de Marvel respondió con otra pregunta: “¿Y por qué no hacemos cosas así?”. Pero Bendis no sabía explicárselo. Le envió las once primeras páginas de aquel proyecto adulto, en lugar de la típica propuesta técnica. A las dos horas, Jemas le llamó y le dijo que tenía razón. En Marvel no estaban haciendo nada parecido. Pero empezarían a hacerlo. Iban a lanzar toda una línea destinada a lectores adultos y el título de lanzamiento sería ése.

 

MAX arrancó en otoño de 2001. La colección insignia era la que había propuesto Bendis, aunque ya no se titulaba Marvel Inc, sino Alias, y tampoco estaba protagonizada por Jessica Drew, sino por un nuevo personaje llamado Jessica Jones, imbricado en el pasado del Universo Marvel de una manera que los lectores irían descubriendo sobre la marcha. Por supuesto, la palabra que empieza por J estaba por todas partes. A mitad de primer número, Luke Cage mantenía sexo anal con Jessica después de que ella se lo hubiera pedido. Aunque la escena no fuera explícita, provocó que el dueño de la imprenta de la republicana Alabama, en que debía tirarse el tebeo, se negara a hacerlo, lo que obligó a irse a otro sitio. El incidente supuso para Marvel una impagable publicidad gratuita. Pero el sexo no era lo verdaderamente relevante en un cómic que invitaba a mirar al Universo Marvel como nunca antes se había visto y a una mujer derrotada por la vida que necesitaba encontrar su camino. “Es como Sam Spade”, dijo Bendis. “Bebe y se odia a sí misma”. Michael Gaydos, un viejo amigo del escritor de los tiempos del independentismo en Caliber, con el que incluso había coincidido en el Instituto de Arte de Cleveland, dibujaba las páginas interiores, que recordaban en estructura y diálogos a Powers, sólo que el encanto del dibujo de ésta había sido sustituido por un trazo adusto. Además, frente a los misterios detectivescos, Alias ponía el acento en el intimismo bañado en alcohol. David Mack se ocuparía de las portadas, con su estilo pictórico característico, así que en el fondo todo quedaba un poco en casa: era un cómic familiar bajo el paraguas de Marvel.

 

Stuart Moore, hombre de confianza de Quesada y editor de MAX, encargó proyectos como Fury, US War Machine, Night Nurse, Howard The Duck, Black Widow o Cage. Alias brillaría por encima de sus coetáneos, sería la única cabecera abierta que tendría MAX en su primera fase, devolvió su popularidad de antaño a Luke Cage y lanzaría al estrellato a Jessica Jones, que se alzó como uno de los más importantes personajes que surgieron en la primera década del siglo XXI. Su camino no había hecho más que comenzar…

 

Texto aparecido originalmente en Marvel Saga. Jessica Jones nº 1

EL DAREDEVIL DE KEVIN SMITH Y JOE QUESADA: ACTO DE FE

Es extraño lo que sucede con Daredevil. No puede decirse que sea uno de los personajes principales del Universo Marvel, como Spiderman, Lobezno o Iron Man, pero sí es uno de los más queridos por los lectores. Nacido en 1964 de la mano de Stan Lee y Bill Everett como una especie de remedo del trepamuros con algunas características diferenciadoras, como pudieran ser su edad adulta o su ceguera, Daredevil no alcanzó pleno potencial hasta que en los ochenta se cruzó en el camino de un joven artista llamado Frank Miller. Éste realizó una larga etapa definitoria a comienzos de los ochenta, así como la que se podría considerar su mejor aventura, “Born Again”. Después de Miller, el Hombre Sin Miedo volvió a gozar de interesantes momentos, pero ninguno del impacto conseguido por éste. Y entonces llegaron los caballeros del ático.

 

Joe Quesada y Jimmy Palmiotti eran dos de los tipos más interesantes de la Nueva York comiquera. El primero de ellos había gozado del favor de los lectores a comienzos de la década, cuando le señalaron como uno de los hot artist del momento. Pero, en lugar de hacer lo que todos sus compañeros estaban haciendo, marcharse a la independiente Image y crear una serie de éxito que le reportara inmensas cantidades de dinero, optó por una vía alternativa: fundar estudio propio, al lado de su amigo Palmiotti, que le entintaría habitualmente los lápices. Event Comics estaba poniendo en las librerías títulos atractivos, como Ash, Painkiller Jane o 22 Brides, mientras que sus mayores artífices se posicionaban al margen de las guerras editoriales que libraban Marvel, DC e Image. Preferían dedicar su tiempo libre a trazar amistades y contacto con cineastas, actores y los más interesantes miembros del comic indie.

 

En Marvel las cosas no iban demasiado bien. La burbuja especulativa de los noventa, fruto de la guerra con Image, les había explotado en la cara y necesitaban soluciones de urgencia, que se empezaron a buscar fuera del entorno de La Casa de las ideas. El presidente de la compañía, Joe Calamari, fichó a los chicos de Event, con el objetivo de que relanzaran algunos de sus personajes. Anteriormente, un proyecto similar, acometido por estrellas de Image y llamado “Heroes Reborn”, había supuesto un pequeño fiasco, pero el planteamiento de Quesada y Palmiotti era distinto: prometieron hacer buenos cómics, no enfadar a los lectores veteranos y recrear el espíritu de cuando Marvel era atractiva, nueva y distinta. Calamari liberó para ellos el ático del edificio de oficinas en que se encontraba la editorial, el único piso que estaba por encima de su despacho. Marvel Knights, se llamaría la nueva línea, y en ella tendrían nueva vida Los Inhumanos, Pantera Negra, El Castigador, El Doctor Extraño… o Daredevil. De todos ellos, era el más destacado personaje, y por lo tanto también se alzó como el buque insignia del proyecto. Quesada y Palmiotti se implicaron al máximo en conseguir que fuera un auténtico éxito, no sólo de ventas, sino también de ilusión. Ellos se encargarían de dibujar y entintar, respectivamente, y para escribir se hicieron con los servicios del hombre por el que la industria del cómic suspiraba en aquel entonces: Kevin Smith.

 

Director de pequeñas, pero lucrativas películas como Clerks, Mallrats o Chasing Amy, Smith había sabido retratar a los chavales de la época con una inmensa autenticidad. A su vez, era un voraz consumidor de cómics y todo cuanto rodeaba a los cómics, hasta llegar a hacer de Stan Lee el personaje real que señalaba el camino a seguir en la vida al protagonista de Mallrats. Smith había escrito algunos cómics, fundamentalmente extensiones de sus películas, pero todo el mundo daba por hecho que acabaría haciendo algo para las grandes. Sólo faltaba saber qué. Fueron Quesada y Palmiotti, y por lo tanto Marvel, quienes le convencieron para subirse a bordo. El fichaje no podía ser más importante: Hollywood miraba por primera vez a los cómics como un ámbito de creación al que merecía la pena dedicarse. Detrás de él llegarían otros muchos: Ben Affleck, uno de los amigos de Smith, manifestó que nada le gustaría más que encarnar a Daredevil en los cines (y acabaría cumpliendo su sueño, pero ésa es otra historia); Joe M. Straczynski, el showrunner de Babylon 5, aceptó la misión de revitalizar a Spiderman; Joss Whedon, el hombre detrás de Buffy Cazavampiros, haría lo propio por La Patrulla-X, y a su vez las películas basadas en los superhéroes de Marvel pronto alcanzaron una popularidad como nadie podría haber imaginado.

 

Al contrario de lo que había sido “Heroes Reborn”, el Daredevil de Marvel Knights no pretendía reimaginar el personaje, ni poner el contador de sus aventuras a cero, ni romper con el pasado. Todo lo contrario, aunque la norma que venía siendo habitual en Marvel era renumerar cada colección a cuenta de la llegada de nuevos autores de empaque, Quesada sentía que estaban construyendo sobre una rica tradición, así que al lado de su firma de portada situó siempre una enigmática cifra de tres dígitos que avanzaba mes a mes, y que no hacía sino señalar cuál sería la numeración correcta en caso de que no se hubiera lanzado un nuevo número uno; la historia construida por Smith invitaba a que lectores que nunca se hubieran acercado al personaje lo hicieran a partir de ahora, pero estaba cimentada en las líneas maestras de la que había sido su trayectoria anterior, con especial atención a las relaciones personales de Matt Murdock, el alter ego del héroe, y también a sus lazos con otros personajes del Universo Marvel, como La Viuda Negra o Spiderman. Smith devolvió una gravitas y un tono al personaje similar al que tuviera en tiempos de Frank Miller, cimentado sobre unos diálogos ágiles y de naturalidad brutal, situaciones siempre al límite y una vuelta a la iconografía católica en la que hubiera sumergido Miller a DD. Por su parte, Quesada y Palmiotti se entregaron a fondo a conseguir que el arte fuera sobresaliente, barroco, acorde con la densidad, el dramatismo, la épica y la espontaneidad que ofrecía el guión.

 

Kevin Smith cumplió su compromiso de permanecer en la serie durante los ocho primeros números, de manera que concedió al Hombre Sin Miedo una entrada de lujo en la modernidad. Marvel Knights: Daredevil, cuyo fracaso hubiera enterrado cualquier riesgo que se atreviera a tomar La Casa de las Ideas, fue un inmenso éxito que impulsó al resto del sello coordinado por Quesada y Palmiotti, abrió una nueva edad de oro para Daredevil y sirvió de acicate de cara a los cambios audaces que convertirían a Marvel en el mayor gigantes del entretenimiento del siglo XXI. Era posible, venían a indicar sus artífices. Hacía falta talento, hacía falta valentía y, quizás, hacía falta un poco de fe en aquello que hacía verdaderamente grande a ese cosmos de ficción y sus habitantes.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Saga. Daredevil nº 1

SPIDERMAN Y LA ANTORCHA HUMANA: EL ESTÚPIDO VIENE CONMIGO

En los inicios de sus respectivas carreras como justicieros, fueron los dos adolescentes más deslenguados y traviesos del Universo Marvel, siempre dispuestos a gastar una buena novatada a cualquiera que se le pusiera por delante. No es extraño que el Hombre Araña y la Antorcha se detestaran primero, se respetaran más tarde y se hicieran amigos al fin. El cabeza de red y la cerillita han cruzado su camino en decenas de ocasiones desde aquellas primeras escaramuzas, e incluso a punto estuvieron de compartir una colección, Marvel Team-Up, que finalmente se repartiría el lanzarredes con otros muchos colegas, aunque Johnny se dejara caer por allí de cuando en cuando, sacando muchas veces de apuros a su entrañable vecino arácnido, metiéndolo hasta las cejas en irresolubles problemas en otras tantas ocasiones, y divirtiendo al común de los aficionados siempre.

Ahora, más de cuatro décadas después del nacimiento de ambos personajes, Marvel lanza esta golosina, una miniserie muy especial, aquí reunida en un único tomo de Marvel Style, siguiendo la política de la editorial americana a la hora de utilizar este formato de cara a recopilar una historia que pretende llegar al máximo posible de fans. Otros proyectos en los que la Casa de las Ideas cruza a sus populares iconos están realizados por autores escasamente versados en la trayectoria de las criaturas con las que tratan, hasta el punto de cometer errores que provocan que los lectores se lleven las manos a la cabeza. En esta ocasión, por el contrario, el cuidado y el respeto hacia la biografía de los protagonistas es el aspecto más emblemático de la obra. Bueno, eso… ¡Y la diversión!

 

La miniserie de Spiderman y La Antorcha Humana publicada en 2005 repasa todos estos años de amistad y rivalidad entre Spiderman y la Antorcha Humana, tomando cuatro momentos concretos del pasado para rematar la faena en el presente. El timón del viaje lo lleva Dan Slott, quien, gracias a esta obra o su trabajo en Hulka, ha conseguido alzarse como el autor-revelación de la temporada. Este autor, unas veces escribe historias terriblemente ingeniosas, inteligentes y divertidas, mientras que otras se deja llevar por lo tétrico y la profundidad psicológica, pero siempre podemos encontrar un denominador común en su trabajo: Slott utiliza el pasado que cargan a cuestas sus personajes como un elemento con el que enriquecer el resultado final. Los lectores que no hayan seguido las aventuras pasadas a las que Slott se refiere se divertirán como el que más, pero el que lleve un tiempo en el mundillo probablemente no dará crédito a la capacidad del escritor para que todo encaje y todo tenga sentido. Es evidente, además, que a Slott le encanta Spiderman, cuyas bromas ganan muchos enteros cuando se las escribe un escriba con semejante bis cómica. Ya le utilizaría en un desternillante episodio de Hulka, y quizás por eso los editores de la Casa de las Ideas se fijaron en él a la hora de lanzar esta obra.

 

Al guionista le acompaña Ty Templeton, también su compañero en la maravillosa Batman Adventures, quien abandona su habitual estilo cartoon para atreverse a imitar a los artistas característicos del periodo histórico al que alude cada capítulo. Tan pronto emula a Steve Ditko, como a John Romita, Ross Andru o Ron Frenz, y eso sin renunciar a su propia huella. Puede que no resulte demasiado espectacular, pero Templeton cumple y se complementa a la perfección con la narración ágil de Slott.

 

Son, sin embargo, los pequeños detalles de este cómic los que hacen que servidor se quite el sombrero. La primera parte se ambienta en los años de instituto de Peter Parker, cuando Johnny salía con Dorrie Evans y ambos héroes, en sus identidades civiles, se habían cruzado apenas en un par de ocasiones: el Amazing Spider-Man 3, donde una conferencia del miembro más joven de los Cuatro Efe animaba a Peter Parker a continuar con su labor arácnida, después de estar a punto de colgar las redes a causa de una soberana paliza del Doctor Octopus, y en el Amazing 21, donde se veían cara a cara por primera vez. La trama que ahora nos ocupa retoma un cabo suelto, y absolutamente olvidado, perteneciente al Amazing Spider-Man 5, donde el Doctor Muerte ofrecía al lanzarredes una alianza contra los Cuatro Fantásticos. Además, Slott despeja una gran duda: ¿Por qué Pete Pote de Pasta, el más recurrente enemigo de la Antorcha en aquellos años, cambió de nombre por el mucho más respetable de “El Trampero”?

 

 

El segundo capítulo es el más romántico de todos, al trasladarnos a la época de Gwen Stacy, Crystal y el Café Bean como lugar de reunión de la panda de Peter Parker (Atentos a los carteles de las paredes, que son los mismos que dibujaba en su momento Jazzy Romita). Contrasta la alegría de esa historia, donde hasta los villanos son un poco inocentones, con la amargura de la siguiente, ambientada poco después de la muerte de Gwen y de la ruptura de Johnny con Crystal. Son los tiempos bizarros del Spider-Móvil, un utilitario de lo más ridículo diseñado por Johnny para uso y disfrute de un Hombre Araña que nunca se había sacado el carnet de conducir. El coche no escalaría paredes hasta un tiempo más tarde, después de que el Chapucero le hiciera ciertas modificaciones, pero aquí se estrena ya en tal prestación, aunque sólo momentáneamente (Slott se ha estudiado los tebeos a conciencia), gracias al genio de Reed Richards. Increíble, el cameo del joven Daniel Ketch, destinado a convertirse algún día en el segundo Motorista Fantasma, y que aquí aparece en homenaje a los lectores más avezados a la hora de pillar guiños, y de paso a Kurt Busiek y Alex Ross, quienes también lo mostraran, también de chavalín, al final de sus Marvels.

 

De ahí saltamos al cuarto capítulo, ya ambientado en los años ochenta, con Spidey luciendo su traje negro, antes de que supiera que se trataba de un simbionte alienígena, y ennoviado con la Gata Negra, algo que despertaba los celos de Johnny Storm, quien tampoco daba crédito a la llegada de cierto bellezón verde para sustituir a la adorable Cosa de los ojos azules dentro de la Primera Familia. Los tiempos estaban cambiando, e incluso el lanzarredes ya no se llevaba tan mal con la policía. No en vano anda por ahí la capitana Jean DeWolff, mirando a la Gata con muy malos ojos.

 

El final de la historia pasa por alto los noventa (aunque no falte una descacharrante alusión a La saga de Ben Reilly, en la que Spiderman era sustituido por su clon) y nos deja en el presente, un tiempo en el que Peter Parker ya no es un estudiante de secundaria, sino un respetable profesor; y en el que Johnny Storm ya no es un adolescente irresponsable, sino un adulto… irresponsable. No nos engañemos: el primero ha llegado a casarse con una supermodelo y fabrica ahora sus propias telarañas sin necesidad de ningún lanzarredes mecánico, mientras que el segundo se ha hecho cargo de algunas tareas empresariales dentro de los Cuatro Fantásticos, además de tener un par de sobrinos, pero básicamente siguen siendo los mismos personajes que nacieron hace cuarenta años.

 

Aquí es donde Slott aprovecha una excusa argumental para dar un salto cualitativo en la relación entre los dos héroes, haciendo que la miniserie se salde con un importante suceso a recordar en el futuro y a sumarse a la continuidad que han ido apuntalando los primeros cuatro episodios. El guionista matiza así todo lo leído en las páginas precedentes, pero también viene a hacer una reivindicación pública acerca de la necesidad de mantener cierto sentido en torno a las cosas que ocurren en el Universo Marvel. Probablemente, Slott andaba espantado al contemplar cómo todo el mundo parecía haber descubierto quién se ocultaba bajo la máscara de Spiderman, mientras que el superhéroe que más merecía conocer esa información continuaba, y nunca mejor dicho, a dos velas. Es de justicia ese gesto final que hace un guionista consciente de los personajes con los que está tratando, de su historia pasada, de su presente y su posible futuro. Ojalá ese futuro esté lleno de tebeos tan condenadamente buenos como éste. Dicen en la contraportada del recopilatorio americano que es la mejor aventura de Spiderman de los últimos diez años. De la Antorcha también, añado yo. Y en este caso no es una frase publicitaria.

 

 

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Style. Spiderman y La Antorcha Humana

POTENCIAL PARA LA GRANDEZA: EL HULK DE JOHN BYRNE

Pocos autores de Marvel tocaron en los años ochenta a un número tan elevado de personajes de la editorial como fue el caso de John Byrne. Durante los primeros años de carrera, por las manos del popular artista pasaron héroes tan diversos como Spiderman, Puño de Hierro, Los Campeones o Los Vengadores; cuando alcanzó la consolidación, fue autor de épocas históricas para La Patrulla-X, Los 4 Fantásticos o el Capitán América, además de lanzar y permanecer durante más de dos años en la colección de un grupo de creación propia, Alpha Flight. Fue esta serie la que intercambió en 1985 con el equipo creativo que entonces estaba al frente de The Incredible Hulk, en una curiosa iniciativa que debería haber marcado el comienzo de otra larga y provechosa etapa más, aunque las circunstancias se aliarían para abortarla tras apenas medio año de su inicio. Ésta es la historia de lo que fue… y de lo que pudo haber sido.

 

 

La relación entre John Byrne y el Gigante Gamma había comenzado mucho tiempo atrás, cuando el canadiense apenas era un niño y el Universo Marvel echaba a andar. Como había hecho con Los 4 Fantásticos, el joven Byrne siguió las primeras aventuras de Hulk y se enganchó a ellas cuando la criatura de Stan Lee y Jack Kirby apenas daba sus primeros pasos y estaba todo por hacer. Era un Hulk que cambiaba de aspecto, de habilidades, de inteligencia y actitud casi en cada número, que muy pocos lectores reconocerían como el icónico, que fue cancelado tras apenas seis entregas y que todavía no encajaba en los tópicos posteriores de bestia perseguida y en el fondo pacífica, pero que a Byrne se le quedó grabado a fuego.

 

El autor había tenido, antes de 1985, escasas y muy breves oportunidades para acercarse a su figura, aunque fueron ocasiones de una importancia destacable. Hulk pasó por las manos de Byrne como invitado especial en Marvel Team-Up #53 USA (1977), con guión de Bill Mantlo. Apenas un año después, coescribió, con Roger Stern, y dibujó The Incredible Hulk Annual #7 USA (1978), un cómic que se convirtió en un clásico instantáneo. Y el mismo equipo literario repitió, doce meses más tarde, en The Incredible Hulk Annual #8 USA (1979), con Sal Buscema al dibujo. En todas esas historias, el Piel Verde que se mostraba era el que estaba arraigado en el imaginario colectivo de los lectores, un bruto bondadoso de escaso cerebro y verbo limitado, con inigualable capacidad destructora. Byrne sí tuvo un contacto más continuado con Hulka, un personaje muy próximo a Bruce Banner, a la que convirtió en integrante de Los 4 Fantásticos y el epítome de mujer con la que a cualquier lector le hubiera gustado salir, inteligente, divertida y sexy. No había en ella ningún rastro de la furia gamma de su primo, ni trazas que la relacionaran con él, al margen del parentesco y de la sangre irradiada que compartían.

El Hulk icónico ilustrado por Byrne a finales de los setenta

 

Llegados a 1985, Hulk no había hecho sino dar pasos que lo alejaban no sólo de su imagen primigenia, sino también de su iconicidad. Bill Mantlo llevaba escribiéndolo todo el último lustro, y en ese tiempo había jugado a que Bruce Banner mantuviera su inteligencia durante las transformaciones y, una vez que el público se había acostumbrado a esa situación, la había basculado hasta el extremo opuesto, anulando hasta la más mínima expresión de raciocinio en la bestia. Por si fuera poco, durante más de un año, el personaje había permanecido exiliado en La Encrucijada, un entorno de fantasía alejado de la Tierra. Sí, estaba claro que aquel Hulk no tenía nada que ver con el tradicional. Y Byrne lo echaba de menos como nunca le había pasado. “Sentía, y esto sorprenderá a todo el mundo, estoy seguro, que el personaje estaba demasiado alejado de sus orígenes, y una aproximación de vuelta a lo básico era necesaria”, explicaba años después en su página web oficial. “A tal fin, mencioné lo que pensaba que debía hacerse con Hulk al Director Editorial [Jim Shooter], y su respuesta fue ‘¡Eso es genial! ¡Debería hacerte cargo de la serie de Hulk!’. Bueno, en aquella época yo estaba hasta arriba de trabajo, así que asumir también Hulk parecía algo improbable… hasta que comprendí que ya había dicho todo lo que tenía que decir de Alpha Flight. Así que llamé a Bill Mantlo, que estaba escribiendo Hulk en aquella época, y le pregunté si le parecía bien hacer un cambio”. La decisión terminó por fraguarse entre Byrne y Shooter, cuando ambos se encontraban en un taxi. El autor explicó cuanto pensaba hacer en la serie y al editor le pareció lo suficientemente acertado como para darle luz verde.

 

Anuncio del intercambio de autores entre Alpha Flight y The Incredible Hulk, aparecido en Alpha Flight #28 USA (1985)

 

Mantlo aceptó también, de manera que Hulk regresaba de su exilio en La Encrucijada, y la herramienta argumental para hacerlo no era otra que Alpha Flight. El primer episodio del antiguo guionista de Hulk en esta serie mostraba la vuelta a la Tierra del Piel Verde y su enfrentamiento con el grupo canadiense. Al final de la historia, Hulk se perdía en el horizonte, dando saltos por las montañas nevadas. Fue ahí donde ya le retomaba Byrne, el primer mes por partida doble, con el que puede calificarse de manera oficial como el primer número de su etapa, el The Incredible Hulk #314 USA, y con un Annual dibujado por Sal Buscema, el artista que más tiempo había estado dibujando al monstruo. Volvía momentáneamente a hacerlo después de que, apenas unos meses antes, hubiera abandonado la cabecera por desavenencias con Mantlo. En cualquier caso, el cambio de autoría fue recibido con alborozo por los lectores, que vieron así reposicionada una colección que languidecía comercialmente. Byrne era, en aquel entonces, una de las mayores estrellas del cómic estadounidense, capaz de mover masas de aficionados allá donde fuera. Sus cómics tenían algo mágico; su habilidad para reinventar a los grandes iconos de Marvel desde una perspectiva clasicista acompañada de un acercamiento moderno estaba más que contrastada por su etapa en Fantastic Four, por lo que el fandom no podía estar menos que entusiasmado. A partir de este punto del artículo, entraremos en algunos detalles argumentales sobre el objeto de estudio, de manera que recomendamos postergar su lectura a aquellos que no conozcan el material previamente.

 

El plan de Byrne para The Incredible Hulk, esa vuelta a los orígenes de la que hablábamos antes, debía llevarse a cabo en el primer medio año que permaneciera al frente de la nave, hasta alcanzar el statu quo en que se movería el personaje en lo sucesivo. Venía a ser un espejo de aquellos seis primeros números de la colección original, junto a The Avengers #1 USA (1963), lo que el autor consideraba como el “Hulk definitivo”: un Hulk más salvaje, que reaccionaba siempre con furia y brutalidad, frente al “buen salvaje” en que se había transformado posteriormente.

 

Sus primeros números estarían preñados de grandes sorpresas y acontecimientos inesperados que dejaban con la boca abierta a quienes los leyeran. Todo ello se entremezclaba no tanto con una repetición de los detalles característicos de Hulk en sus años iniciales, sino de aquellos aspectos que, como lector fervoroso reconvertido luego en autor, Byrne encontraba más significativos. El The Incredible Hulk #314 USA se abría con una declaración de intenciones: la muerte inintencionada de un pobre ciervo que tomaba la mala decisión de enfrentarse con el monstruo. Éste respondía con todo su poder sin pensárselo dos veces y luego se limitaba a constatar sus resultados. En otros tiempos, los hubiera lamentado hasta dejar incluso escapar unas lágrimas, un comportamiento que Byrne identificaba con las historias que Len Wein había narrado en los años setenta, y que en las que, a su juicio, Hulk recordaba a Goofy, el personaje tontorrón y bondadoso de Disney. “No es Goofy: es el Pato Donald”, vino a concluir al repasar los trabajos de Stan Lee y Jack Kirby. La búsqueda de los instintos primitivos se reflejó en lo estético. Este remozado Hulk se diferenciaba del que hubiera dibujado el propio Byrne una década antes en un aspecto casi simiesco, de troglodita: cejas gruesas y largas, brazos colganderos que se balanceaban como si el monstruo cargara con ellos, figura encorvada… el poder se redujo hasta un nivel más manejable, pero también más bestial. No era, como decía el autor, un Arnold Schwarzenegger aumentado de tamaño: era un auténtico monstruo destructor y debía diferenciarse como tal. Toda esa filosofía estaba condensada en la imagen de Hulk que Byrne realizó para The Official Handbook of the Marvel Universe Deluxe Edition #5 USA, publicado en 1985, meses antes de que el canadiense irrumpiera en la serie gamma.

 

El Hulk de Byrne en el Official Handbook

 

También en ese primer número, Byrne enfrentaba al Piel Verde contra sus enemigos más icónicos mientras en paralelo recontaba el origen, un tópico que repetía en cualquier serie por la que pasara. Los contrincantes eran nada menos que Juggernaut, MODOK, El Rino y La Abominación. La utilización de todos ellos de una tacada obedecía a la intención de satisfacer cuanto antes a los lectores habituales. El autor pretendía ignorar a todos esos enemigos en lo sucesivo, salvo quizás a La Abominación. Entendía que se había abusado demasiado de ellos y que además se trataba de personajes que se habían tomado prestados de otras series. Hulk, a juicio de Byrne, presentaba una necesidad acuciante de encontrar nuevas amenazas. En realidad, en este episodio el verdadero rival era Doc Samson, un viejo secundario de la franquicia, que regresaba a casa encarnado en herramienta necesaria para acometer la maniobra que tenía planeada Byrne. Como elemento novedoso, el autor introdujo una justificación acerca del motivo por el que tantas aventuras de Hulk tenían lugar en el desierto en que había tenido lugar su “nacimiento”. Era una de esas explicaciones racionales que el autor siempre intentaba dar a circunstancias tópicas que rodeaban a cuanto personaje pasaba por sus manos.

 

En esa línea, pronto recordó, después de mucho tiempo sin que se hubiera vuelto a mencionar el asunto, que Hulk en su primera aparición había tenido una pigmentación gris, para luego pasar al verde característico. El motivo en su momento había sido puramente industrial, dado que el gris no se imprimía con la calidad suficiente en el papel de los añejos comic-books, pero Byrne quiso dar una justificación verosímil dentro del contexto de la serie. Por primera vez, las generaciones más jóvenes contemplaron al Monstruo Gamma tal y como había sido en su nacimiento.

 

Siguiendo con la reivindicación, a su manera, de esos elementos característicos, el segundo número se abría con una ensoñación ambientada en la cámara subacuática en la que, con ayuda de Rick Jones, Bruce Banner se ocultaba para contener el poder de su alter ego. La primera página, de hecho, era un homenaje a la que Jack Kirby hubiera dibujado para el tercer número de la colección, casi veinticinco años atrás. En las últimas páginas, regresaba a la serie Betty Ross, la eterna novia de Banner, que jugaría un papel fundamental en los siguientes números y a la que Byrne imaginaba sustituyendo a Rick Jones en el papel de carcelero del Piel Verde. Jones, el joven imprudente al que había salvado Banner de la bomba gamma, también estaba de vuelta, para The Incredible Hulk #319 USA, así como el padre de Betty, el iracundo “Trueno” Ross, lo que completaba el rescate del elenco original de Stan y Jack. Por supuesto, también figuraba Hulka, porque el personaje fetiche de Byrne no podía faltar. En recuerdo de aquel The Avengers #1 USA, donde Loki confundía a los protagonistas para que se enfrentaran con Hulk, Los Vengadores también saltaban a escena, aunque esta vez sus motivos para enfrentarse a la bestia estaban más que justificados. Y lejos de quedarse en los secundarios ya conocidos, Byrne introdujo un nuevo grupo de Cazahulks, compuesto por cinco variopintos individuos con potencial suficiente para aderezar años de historias… y sin embargo…

 

El monstruo atrapado, según Jack Kirby

 

…Sin embargo, el The Incredible Hulk #319 USA, publicado apenas seis meses después del arranque de la etapa y en el que culminaba la batería de cambios cataclísmicos que alumbraban el escenario sobre el que debía haberse movido Byrne en lo sucesivo, fue también el último que realizó. En aquel momento, la gran estrella de Marvel no hacía sino chocar con el estamento editorial allá donde se encontraba. Las disputas le llevaron a abandonar tanto Fantastic Four como The Incredible Hulk. En este caso en concreto, muchos de los cambios que había llevado a cabo, y que explicara a Shooter en aquel viaje en taxi mencionado antes, no despertaron el entusiasmo de éste una vez empezó a aplicarlos, y así se lo transmitió el editor de la serie, Dennis O’Neil. La gota que colmó el vaso estuvo en el rechazo de todo un número. En aquel entonces, Byrne estaba llevando a cabo muchos experimentos gráficos que se reflejaron en esos pocos episodios que había llegado a firmar para Hulk. Pero componer toda una entrega con viñetas a toda página parecía excesivo para los cánones de la época. El episodio sólo vio la luz algunos meses después, dentro de la cabecera antológica Marvel Fanfare, cuando su autor ya había volado de la colección gamma. Algunas de las muchas ideas que se quedaron en el tintero pasaban por crear un ejército de Abominaciones, a partir de la resurrección de la original; dar una mayor importancia de Bruce Banner y que éste y Hulk volvieran a verse como la cara y la cruz de la serie, aunque desde la nueva perspectiva que daba el cambio revolucionario con el que Byrne había abierto la etapa; presentar a El General, un nuevo villano cuyo poder rivalizaría con el del protagonista, y, en el colmo del revisionismo de los primeros sesenta, recuperar a El Amo del Metal, el que fuera enemigo del último número de la serie original y del que nadie se acordaba ya. Para dar lustre a esta rentrée, Byrne quería servirse de una estatua de Hulk fabricada en adamántium que había sido utilizada por Bill Mantlo.

 

El Amo del Metal, el villano que Byrne no tuvo tiempo de recuperar

 

La primera época de Byrne en La Casa de las Ideas, una auténtica edad dorada dentro de la carrera del autor, llegaba a su fin y, a juicio de muchos, no se repetiría jamás. Saltó entonces a DC Comics, para acometer otro particular “back to the basics” sobre el primero de los superhéroes, Superman. Sólo regresó a Marvel cuando Jim Shooter ya no estaba en la editorial, y, al cabo de varios lustros más, ya en 1999, tuvo la oportunidad de volver a acercarse al Piel Verde, en una etapa igualmente breve, pero que en absoluto despertó el entusiasmo y la expectación lograda con aquella primera estancia. Ya no era el genio de los tiempos pasados, sino una vieja gloria venida a menos. Contemplada en la actualidad su breve estancia de mitad de los ochenta, compuesta por seis entregas de la serie abierta, un Annual y el episodio “rescatado” en Marvel Fanfare, sigue apreciándose la extraordinaria energía puesta en aquel puñado de números. Algunos de los cambios introducidos por Byrne fueron enseguida desechos, mientras que unos pocos perduraron durante años, en especial los relativos a Betty. Pero cuesta mucho imaginar hasta dónde podría haber llegado la etapa de haberla podido continuar su autor: se aprecia un diamante en bruto, sin llegar a vislumbrarse la pieza a la que podría haber dado lugar. Fue, como llegó a decir el autor en alguna ocasión, un menú degustación de ocho platos del que sólo llegamos a disfrutar del primero de ellos. Un enorme disfrute, no obstante.

 

Artículo aparecido originalmente en 100 % Marvel HC. El Increíble Hulk de John Byrne

DETRÁS DE LA SERIE DE IMAGEN REAL DE SPIDER-MAN EN LOS AÑOS SETENTA

En La Casa de las Ideas tenían un especial cuidado con lo que pudiera ocurrir con sus licencias en otros medios. En un ambiente en que el destino de la industria seguía siendo incierto, la incansable búsqueda de acuerdos con terceros por parte de Stan Lee empezaba a dar sus frutos. En 1977, había concluido la participación del trepamuros en The Electric Company, lo que facilitaba la venta de los derechos televisivos para la realización de una serie de imagen real. El canal CBS, propiedad de Columbia, se quedó con un paquete que, además del trepamuros, incluía al Doctor Extraño, Capitán América y Hulk. Todos ellos llegaron a la parrilla televisiva en forma de backdoor pilots, una denominación que se empleaba para aquellos pilotos que podían ser emitidos como si de un telefilme se tratase, incluso si luego no llegaba a desarrollarse la serie propiamente dicha.

 

 

Ni el Maestro de las artes Místicas, con estreno en septiembre de 1978, ni el Centinela de la Libertad, con dos películas, en enero y en noviembre de 1979, encontraron fortuna al respecto, pero el Hombre Araña y el Piel Verde sí corrieron mejor suerte. The Incredible Hulk contó no sólo con el respaldo de la cadena, sino también de Universal Pictures, lo que permitió que la apuesta fuera lo suficientemente ambiciosa y su presupuesto todo lo decente que se podía permitir el medio. La teleserie alcanzó la categoría de fenómeno mundial, con cinco temporadas emitidas entre 1978 y 1982, a las que siguieron unos cuantos telefilmes. El productor Kenneth Johnson optó por alejarse de los cómics, que despreciaba abiertamente, para poner el acento sobre el drama de un hombre en su incansable huida de sí mismo y de las autoridades, lo que le emparentaba más con otro clásico televisivo, El Fugitivo, que con ninguna viñeta que se hubiera dibujado nunca. La interpretación sobria de Bill Bixby como David Banner y la presencia imponente de Lou Ferrigno en su papel de Hulk conquistaron a las audiencias de todo el planeta, que encumbraron al monstruo de Marvel a una categoría de icono de la cultura popular que se mantuvo durante décadas y que a su vez dejó huella en los cómics.

Stan Lee con Nicholas Hammond

 

Spidey, que fue el primero de todos en colarse en los salones de los estadounidenses, se quedó a medio camino entre el fracaso rotundo de Doctor Extraño y Capitán América y el éxito atronador de Hulk, aunque Stan Lee no tuvo empacho en calificar la experiencia como una absoluta pesadilla. Bajo el paraguas de Columbia Pictures Television, Charles W. Fries, un veterano profesional que se había especializado en la realización de TV movies, se alió con el productor ejecutivo Daniel R. Goodman, pero dejó de lado al creador literario del personaje. A Stan no le quedó otra salida que la de la pataleta: acudía a las reuniones con la cadena y los guionistas para quejarse de lo poco que se parecía aquello a los cómics o de que no hubiera villanos con superpoderes ni tampoco efectos especiales caros. Un día, desesperado, llamó a Nueva York a Romita para contarle que iban a usar un traje negro y rojo. A Romita no le preocupó demasiado, pero preguntó a The Man los motivos. Éste le explicó que se trataba de una cuestión técnica. Algunas escenas debían rodarse con un croma azul, lo que tenía como consecuencia que el azul del propio traje se volviera luego invisible. El artista tuvo entonces un golpe de genialidad, al sugerir que en lugar de un croma azul recurrieran a un croma verde. Y gracias a eso el traje de Spider-Man pudo parecerse al de los cómics.

 

Nicholas Hammond, al que se le conocía por haber sido uno de los niños de Sonrisas y lágrimas, se quedó con el papel de Peter Parker, por más que a sus veintiocho años se le considerara excesivamente mayor para interpretar a un estudiante de Doctorado que sacaba unos dólares haciendo fotos para el Daily Bugle. En el piloto aparecían también Tía May (Jeff Donnell), J. Jonah Jameson (David White) y Robbie (Hilly Hicks), del que no se volvía a saber luego. El reparto se completaba con secundarios creados para la ocasión: el Capitán Barbera (Michael Pataki), un policía que compartía con Jameson el desprecio hacia el trepamuros, y Judy Tyler (Lisa Eilbacher), una reportera del Bugle, convertida en novieta del protagonista. Ya en la serie propiamente dicha, Robertson fue sustituido por una secretaria. También era de raza negra y podía haberse llamado Glory Grant, pero las concesiones a las viñetas parecían haber terminado: recibió el nombre de Rita Conway (Chip Fields). Robert F Simon heredó el papel de Jameson, mientras que Tía May sólo volvió en un único episodio, y también con una actriz diferente a la primera, Irene Tedrow.

 

 

El largometraje de debut, emitido el 14 de septiembre de 1977 bajo el título de Spider-Man, estaba consagrado a narrar la manera en la que Spidey obtenía sus poderes. La indispensable araña se colaba por accidente en un experimento con radiación dentro de un laboratorio universitario con nulas medidas de seguridad, para luego picar a Peter fuera de cámara y dotarle de sus habilidades arácnidas. Sin que llegara a verse cómo lo había confeccionado, el protagonista se probaba ante el espejo su traje de batalla, en un plano que parecía calcado de la segunda edición de Reflections Of A Superhero. El Spider-Man de carne y hueso disparaba telarañas, porque de otra manera se hubiera hurtado un rasgo fundamental del icono, aunque se dejaban ver en escasas ocasiones y siempre con poca dignidad, y tampoco se entró en detalles acerca de su fabricación. De una red con aspecto realista, que se utilizó en el piloto, se pasó a una muy diferente, que venía a ser una cuerda blanca. Romita había conseguido que se mantuviera el rojo y el azul del traje original, pero los resultados tampoco fueron los mejores posibles. Los ojos consistían en una superficie plateada reflectante, en consonancia con el diseño original, pero hicieron un montón de pequeños agujeros, de cara a que Hammond o el especialista y antiguo artista del trapecio Fred Waugh pudieran ver. El efecto secundario fue que Spidey, en los primeros planos, parecía tener dos coladores en la cara.

 

 

Curiosamente, el piloto sí mostraba la manufactura de los lanzarredes, con una apariencia tosca, pero similar a los de las viñetas, pero luego la red parecía salir sin más del antebrazo del héroe, como si no fuera necesario accionar ningún mecanismo. Tras el piloto, el lanzarredes pasó a estar por encima del guante… ¡un único lanzarredes, en la mano derecha! Era una aparatosa cartuchera de tonos plateados, igual que el cinturón multiusos, que ya se mostraba en las escenas finales del piloto. Más allá de lo mencionado, no había demasiados parecidos más con los cómics. La trama del largometraje alternaba la génesis del superhéroe con la amenaza de un charlatán encorbatado que ponía en jaque a la ciudad mediante la extorsión y el control mental. La caracterización de personajes quedaba en lo superficial, con flagrantes contradicciones, como que Peter viviera en una gigantesca mansión pero al mismo tiempo tuviera problemas monetarios, mientras que los efectos visuales iban parejos a la precariedad de la época. Había algunas escenas que se grabaron en lo alto de los rascacielos de Nueva York, pese a que el grueso de la producción tuvo lugar en Los Ángeles. Waugh figuraba colgado de cables supuestamente invisibles y hacía algunas acrobacias llamativas mientras le sujetaban siete operarios. Se alternaban con planos compuestos mediante reserva de material del trepamuros reptando, que luego se superponía sobre la imagen de la fachada de un edificio. Las batallas eran propias de filmes de artes marciales de Serie B, con golpes, puñetazos, esquives y violencia soft. En la mayoría de las ocasiones, el trepamuros de la tele aparecía representado, básicamente, como un mimo con un disfraz de Halloween correteando por las azoteas, moviéndose con precaución por tejados inclinados, no fuera a caerse, y peleándose con tipos con una sospechosa movilidad reducida, mientras que Peter Parker era un protagonista como cualquier otro, sin los problemas, la inteligencia, la vis cómica o la amargura del verdadero.

 

 

El piloto gozó de una notable audiencia de más de dieciséis millones de espectadores, pero su continuidad tuvo un apoyo errático por parte de la cadena, que cuando se puso a mirar con lupa lo números se percató de que la audiencia se concentraba sobre todo en niños y jóvenes, lo que complicaba la venta de los paquetes publicitarios más lucrativos. CBS optó por conceder al trepamuros una segunda oportunidad, en forma de miniserie de cinco episodios, de cuyo éxito dependía la continuidad del show. Fue ya bajo el título de The Amazing Spider-Man. El plano más voluntarioso que llegó a rodar Fred Waugh, en el que pendía con la telaraña de un helicóptero en marcha, impresionó de tal manera que aparecía en el opening, en el preciso momento de sobreimprimirse el nombre de la teleserie en pantalla. Puro relleno de midseason, su puesta de largo tuvo que esperar a los miércoles de la primavera del año siguiente, 1978. Además de incorporarse las rastreadoras araña como gadget tomado de las viñetas, la anécdota para los conocedores de éstas la trajo el cuarto capítulo, titulado “La noche de los clones”, en que Spider-Man se enfrentaba contra un clon diabólico fabricado por un científico loco. Otras amenazas de la temporada fueron un traficante de armas, una secta con un líder dotado de poderes telekinéticos o un secuestrador.

 

 

La segunda temporada, para la que el título volvió a ser, simplemente, Spider-Man, trajo la incorporación de Lionel E. Siegel, el ejecutivo detrás del éxito de El hombre de los seis millones de dólares, que acometió algunos cambios destinados a atraer a un público de mayor edad. Eso se tradujo en cambios en los argumentos, con amenazas más creíbles, y también en una reformulación del elenco de secundarios: salió el Capitán Barbera para dar entrada a Julie Masters (Ellen Bry), una nueva novia para Peter, fotógrafa como él, que además servía de alivio cómico. También limitó aún más los poderes del personaje, preocupado por la utilización indiscriminada del sentido arácnido, y llevó a cabo esfuerzos tan innecesarios como utilizar el verdadero sonido de una auténtica araña: “Ya tenemos a los chavales en el bolsillo, debido a la popularidad del cómic y a la acción de la serie. Lo que ahora queremos son adultos. Las historias serán más adultas en general “, dijo. “Estamos intentando hacer historias creíbles con un personaje que está en el límite de lo creíble”.

 

Tanto empeño importó poco, después de que la CBS optara por programar los episodios con una terrible aleatoriedad que parecía delatar que la finalidad del producto no era sino la de cubrir huecos: se emitieron dos capítulos en septiembre de 1978, otro a final de noviembre, el quinto y el sexto en febrero… La séptima entrega, de doble duración, no llegó hasta el 6 de julio de 1979 y fue también la última. En un desesperado intento por sobrevivir, Siegel se llevó parte de la trama y del rodaje hasta Hong Kong, envolviendo la aventura en la moda de las artes marciales y otorgándole el título de “La red china”. Además de Spider-Man, The Incredible Hulk y los telefilmes de Capitán América y Doctor Extraño, CBS también emitía Wonder Woman así como reposiciones de Batman y Shazam! Todo ello hizo que fuera señalada como “la cadena de los superhéroes”, una imagen que sus ejecutivos quisieron deshacer cuanto antes. Spidey y la Mujer Maravilla salieron perdiendo.

 

Pese a sus carencias, la teleserie arácnida tuvo una segunda vida en el floreciente circuito del vídeo doméstico, para el que se recicló el producto, uniendo episodios de dos en dos mediante transiciones de unos cinco minutos rodadas para la ocasión con el Daily Bugle como escenario, lo que sirvió para conseguir la duración aproximada de un largometraje. En el circuito internacional, el piloto (bajo el título de The Amazing Spider-Man), los dos episodios iniciales de la primera temporada (como Spider-Man Strikes Back), y el capítulo doble final, también de larga duración (renombrado como Spider-Man: The Dragon’s Challenge), fueron estrenados en salas cinematográficas, con notables resultados. Más allá de esos réditos, la teleserie de imagen real del Hombre Araña era un subproducto ya superado en sus propios tiempos. El espectador convencional, que en 1977 había aprendido lo que era una superproducción de efectos especiales gracias a Star Wars, la descartó de plano, mientras que los lectores de cómics la despreciaban, por su nula conexión con el personaje que tanto amaban. Para ellos, era una oportunidad perdida. El discreto letrero de “¡La sensación televisiva de Marvel!” desapareció pronto de las portadas de los cómics. Ya en 1978 el estreno de Superman, el primer filme de superhéroes verdaderamente ambicioso y adulto, dejó a la producción televisiva del trepamuros en ridículo. Spider-Man estaba muy lejos de poder mirar siquiera de soslayo hacia el Hombre de Acero.

 

 

Textos procedentes de Spider-Man: La historia jamás contada

Imágenes propiedad de CBS/Getty Images

POSTER-TEASER DE VENOM, LA PELÍCULA DE VENENO

Fuente: Venom movie.

PANTERA NEGRA (BLACK PANTHER): LA EXPANSIÓN DE LAS FRONTERAS DEL UCM – RESEÑA SIN SPOILERS

Era necesario. Marvel es el espejo fabuloso de nuestro mundo, y éste es abierto, diverso y plural. Sin embargo, hasta el momento las películas de Marvel Studios estaban protagonizadas por personajes masculinos y blancos. Kevin Feige sabía que era prioritario estrenar esta cinta, igual que sabe que son necesarias más superheroinas en pantalla, al margen de Carol Danvers. Al respecto, Pantera Negra es una película modélica, realizada e interpretada por personas de color, en la que se sentirán reflejadas de igual manera personas de color, pero que, como ocurre con todo filme de La Casa de las Ideas, está destinado al disfrute de cualquier espectador. La producción escoge centrar su escenario en Wakanda, y mostrar la excepcionalidad del país africano en toda su extensión. Es un lugar fantástico y fabuloso, como sólo se puede encontrar en el Universo Marvel, pero también es el enclave en el que perviven tradiciones que se identifican con África en cada uno de los aspectos, con especial incidencia en lo visual, y entremezclándose a su vez con los elementos tomados del cómic, hasta llegar a fundirse los unos y los otros en una maravillosa sinergia. Sí, tiene la “magia Marvel” en cada frame.

 

ELLAS AL FRENTE

En espera de la llegada de la Capitana Marvel, las mujeres dan un paso adelante en el metraje de Pantera Negra y le roban el protagonismo a T’Challa en cada uno de los planos que comparten con él. Casi perdonamos la innecesaria, pero por suerte ligera y breve, historia de amor, que Lupita Nyong’o asume con toda la dignidad de la que es capaz. Así, nos quedamos con una impresionante plasmación de las Dora Milaje, muy cercana a la del cómic, obviando detalles que podrían dar pie a malinterpretaciones. También y sobre todo brilla Shuri, interpretada por una Letitia Wright para seguir el rastro. Es la Q de un Pantera Negra que llega por momentos a ser James Bond, sin que abandone por ello los principios básicos del personaje de Stan Lee y Jack Kirby. El avance de la franquicia obligaría a una secuela en Nueva York, pero también a una tercera parte en la que fuera Shuri quien vistiera el traje. Chadwick Boseman ya nos demostró en Capitán América: Civil War su capacidad para meterse en la piel de T’Challa, pero Michael B. Jordan le supera con mucho, hasta componer el tercer mejor villano que nos ha ofrecido el UCM, después de Loki y El Buitre. Jordan se eleva por encima de los tópicos con los que se construye su Killmonger, para darnos un carácter complejo, tridimensional y con el que llegar a empatizar.

 

LO MEJOR: SHURI

¡La queremos dentro del traje!

 

 

EL CÓMIC POR ENCIMA DE TODO

La película bebe de la etapa Don McGregor, un poco menos de la Christopher Priest, quizás porque eso nos lo encontraremos en la futura secuela, y apenas unos retazos de la actual época de Coates. En su contra, quizás, juegan otras deudas: esos paralelismos con El Rey León, con la que llega a mimetizarse de manera absurda en demasiados momentos; también evidente la influencia de Iron Man. Sumado esto a una excesiva rigidez a la hora de no salirse de la “fórmula Marvel” que hace que el trabajo del director Ryan Coogler se desdibuje en algunos momentos y de una cierta falta de osadía en la escasa utilización del humor lastran la producción y la alejan un tanto de algunos adjetivos entusiastas que ha llegado a recibir. Muy buena película, pero podría haber llegado a lo más alto. ¿Quizás en la siguiente?

 

DESAPROVECHADO

Andy Serkis merecía mucho más

 

LA LLEGADA DE LA IMPOSIBLE PATRULLA-X. DE LAS CENIZAS DEL PASADO

Entre los grandes conceptos creados por Stan Lee a comienzos de los años sesenta y que conforman las piezas angulares del Universo Marvel, pocos tuvieron en aquel entonces un menor impacto comercial que La Patrulla-X. Sin embargo, aquel cómic viviría, más de una década después de su nacimiento, una profunda transformación que le llevó, primero, a ganarse la categoría de título de culto, luego, a alzarse como la más poderosa franquicia de la industria, y finalmente a significarse como un fenómeno capaz de saltar a la televisión y al cine, hasta instalarse en un lugar de honor dentro de la cultura popular. Con el primer volumen de La Imposible Patrulla-X, arranca la recopilación de esa larga y fructífera etapa de oro, quizás la más importante y determinante que haya tenido jamás un cómic de superhéroes, pero cuyos inicios fueron tan modestos y fortuitos que hubiera sido imposible aventurar semejante futuro resplandeciente.

 

Concebida en 1963 por Stan Lee junto al dibujante Jack Kirby, el otro gran hombre de los albores de la Casa de las Ideas, La Patrulla-X ahondaba en una idea común en la ciencia-ficción de la época, la de los mutantes, seres cuyos genes se diferenciaban del de los meros humanos, una alteración debida fundamentalmente a los efectos de la Era Nuclear. El propio Lee, en este caso junto a Steve Ditko, ya había producido un año antes un relato corto protagonizado por el que podría calificarse como el primer homo superior de Marvel: Tad Carter, el hijo de un científico atómico con asombrosos poderes que le granjearían el desprecio de sus semejantes.

 

La idea del aislamiento adolescente, que el guionista ya había explorado en Spiderman, volvía con fuerza en estos mutantes. De hecho, ése era el título, Los Mutantes, que le hubiera gustado poner a la nueva serie que llegaría a las tiendas con fecha de septiembre de 1963, pero Martin Goodman, el dueño de la compañía, no lo tenía tan claro. En cambio, encontró más atractiva la segunda propuesta de Lee: The X-Men, los hombres-X que, en su traducción española, se convertirían en La Patrulla-X: Cinco jóvenes con poderes (Cíclope, El Ángel, La Bestia, El Hombre de Hielo y La Chica Maravillosa) que habían sido reunidos por Charles Xavier, un hombre confinado en una silla de ruedas, pero capaz de leer mentes y proyectar sus pensamientos.

 

Las habilidades de los mutantes no se debían a ningún suceso o accidente extraordinario, sino a una alteración en el ADN. Nacían con ellas, aunque no se manifestaban hasta alcanzar la pubertad, y era entonces cuando se convertían en una bendición para los suyos… o en la peor de las amenazas. Charles Xavier, el mentor de La Patrulla-X, se situaba en el primer grupo, mientras que Magneto, el que enseguida se alzó como su peor enemigo, en el segundo. La dialéctica de ambos personajes discurría en paralelo a la que se producía, en el mundo real, entre Martin Luther King y Malcom X alrededor de la discriminación racial. Stan Lee buscaba plantear una metáfora del racismo: Mientras Xavier apostaba por la convivencia con los humanos, Magneto proclamaba que el homo superior debía subyugarlos. La Patrulla-X había jurado proteger a una humanidad que les temía y odiaba. Protegerla de los prejuicios, pero también de aquellos mutantes que representaran una amenaza.

 

Quizás fuera porque el planteamiento no cuajara entre los lectores. Tal vez porque se diluía en las aventuras más o menos ligeras que vivían los cinco héroes protagonistas y su figura paterna. O puede que los autores que sustituyeron a Lee y Kirby no siempre consiguieran desarrollar las mejores historias posibles. En todo caso, las ventas de La Patrulla-X fueron perdiendo fuelle, para entrar en un lento declive comercial, hasta que en, The X-Men #66 USA (1970), se presentó la última de sus historias. A partir del siguiente episodio, la colección pasaría a acoger reediciones de aventuras publicadas anteriormente.

 

Pero, casi desde el momento de su entrada en letargo, Roy Thomas, que sustituiría a Stan Lee como Director Editorial de Marvel en 1972, se propuso que los mutantes volvieran a la carga. El que había sido escritor de aquella última etapa, y había demostrado lo lejos que La Patrulla-X podía llegar, en un puñado de electrizantes episodios realizados junto al excepcional artista Neal Adams, concibió un plan para insuflar nueva vida a la serie. Consistía en renovar la alineación del equipo, mediante miembros de diferentes nacionalidades, lo que quizás facilitaría la venta de la serie fuera de Estados Unidos. La propuesta fue lanzada en varias ocasiones, hasta que al fin entró a trámite en 1974, cuatro años después de que los hijos del átomo fueran puestos en suspenso y restringieran su papel al de meros invitados en otros títulos de Marvel.

 

La Casa de las Ideas de mediados de los setenta había crecido más allá de cualquier previsión optimista. Con una mayor capacidad financiera que la que contaba en sus inicios y la independencia que eso traía consigo, Marvel aumentó su producción en cantidad y en variedad de títulos. Se dio entonces impulso al proyecto de una “nueva” Patrulla-X. Los responsables de materializarla serían el guionista Mike Friedrich, uno de los profesionales de la casa, y el dibujante Dave Cockrum, quien había alcanzado gran popularidad por su labor en La Legión de Superhéroes de DC Comics, donde destacaba por sus imaginativos personajes, entre los que destacaban las integrantes femeninas del grupo, dotadas de un inmenso atractivo y elegancia.

 

 

Era una época de efervescencia dentro de Marvel, pero la cantidad de trabajo sobrepasaba a los medios materiales para hacerle frente. Después de la salida de Stan Lee, fueron varios los responsables editoriales que accedieron al cargo de manera sucesiva, tirando la toalla al cabo de un tiempo, por puro agotamiento. El cargo no sólo implicaba la supervisión de todas las colecciones, sino también ocuparse de los guiones de algunas de ellas. Tras dos años al mando, Roy Thomas renunció al puesto de cabeza visible de la editorial, que recayó en el también guionista Len Wein. Éste agregó el relanzamiento de La Patrulla-X a un paquete de proyectos en el que estaban incluidos otros grupos. Los mutantes no eran, por tanto, una prioridad esencial para la maquinaria de la Casa de las Ideas: simplemente una de las muchas novedades en la que trabajaban en aquel momento, un bosquejo que todavía debería pasar por modificaciones antes de fructificar, porque, antes de colocarse ante la máquina de escribir, Mike Friedrich decidió a su vez abandonar Marvel. Con la patata caliente en las manos, Wein asumió las tareas de guionista, al tiempo que asignaba al relanzamiento mutante un nuevo formato que estaba ensayando en aquel entonces con diversas series, el Giant-Size o, lo que es lo mismo, episodios trimestrales con un mayor número de páginas que un cómic convencional. Cockrum seguía como dibujante, e incluso llevaba meses preparando diseños.

 

 

El Giant-Size X-Men #1 USA estaría encabezado con una espectacular portada del maestro Gil Kane, en la que los nuevos integrantes del equipo rasgaban el papel. El toque que la convertiría en obra maestra vino de la mano de Cockrum, que completó la ilustración con una panorámica de la formación original, mirando con ojos asombrados a sus sustitutos. Tan sólo uno de aquélla, Cíclope, se colocaba al lado de los recién llegados, aunque en una posición secundaria. Su función sería la de enlace entre el pasado y el futuro, último vestigio de la inocente Patrulla-X original que, en todas las propuestas de recuperación del título, siempre surgía como elemento a mantener intacto. No en vano, había sido el líder natural del equipo hasta ese momento, y quizás el miembro más carismático. De cara a actualizar su imagen, Cockrum rediseñó su visor, lo que añadiría un mayor dramatismo al semblante. Cíclope tendría que lidiar con personajes de los que nadie había oído hablar hasta entonces, o que apenas sí habían aparecido en algún otro cómic.

 

¿De dónde habían salido? En gran medida, del cuaderno de dibujo de Dave Cockrum, con las convenientes matizaciones llevadas a cabo por Wein. Además, había viejos conocidos o recientes incorporaciones al Universo Marvel a la búsqueda de un hueco donde cobijarse. Mejor será seguir su orden de aparición en el cómic para señalar su procedencia. El primero de los nuevos integrantes de La Patrulla-X era también el preferido del dibujante, el germano Rondador Nocturno. Cockrum lo había inventado muchos años atrás, cuando estaba sirviendo en la Marina, destinado en Guam junto a su primera esposa. Una noche de tormenta, no encontraron mejor manera de matar el tiempo que crear personajes de cómic. Entre ellos, estaba Intruder, una mezcla entre Batman y Punisher que iba acompañado de un demonio que escalaba muros. Éste era la semilla de lo que luego se convertiría en Rondador Nocturno, aunque todavía habría de pasar por serias alteraciones. El concepto fue sido rechazado por el editor de La Legión de Superhéroes, que lo consideraba demasiado extraño, pero a Wein le resultó perfecto para el tipo de grupo heterodoxo que quería componer. Cockrum también aportaría los poderes de teleportación, el uniforme y el nombre real del simpático elfo, Kurt Wagner, resultado de fusionar el del canciller Kurt Waldheim con el del músico Richard Wagner. En cambio, se desecharía la idea de que Rondador fuera un auténtico demonio confinado en la Tierra después de fracasar en una de sus misiones, así como que se le caracterizara como “el gran hijo de perra” del equipo.

 

 

Tal calificativo recaería, en realidad, sobre Lobezno, el siguiente recluta de Xavier. Este violento agente del servicio secreto canadiense debutó meses antes, en una aventura también escrita por Wein en la que se enfrentaba contra Hulk. Su origen editorial puede que se remontase a los primeros intentos de Roy Thomas por relanzar La Patrulla-X. En las reuniones con Cockrum, éste le había enseñado a una pareja de hermanos vampiros, y uno de ellos respondía a la denominación de Wolverine (cuya traducción exacta al castellano sería la de carcayú, una pequeña y brutal criatura de los bosques canadienses). El guionista se olvidó por completo de aquello, pero meses después le sugirió a Len Wein que introdujera en Increíble Hulk a un personaje canadiense, que se llamara Wolverine, y que como dicho animal fuera de escaso tamaño pero muy feroz. Esa misma descripción llegó a manos de John Romita, el director artístico de Marvel, que realizó el diseño a partir de la foto de un auténtico Wolverine, con una máscara de aspecto felino, unas manchas atigradas y unas garras metálicas que surgían del dorso de la mano, después de descartar la opción de que formaran parte de los dedos. En aquel entonces, Wein no tenía demasiado claro los orígenes de Lobezno, aunque se le pasaba por la cabeza que, de hecho, fuera un animal evolucionado. El guionista lo veía además como un veinteañero desairado, probablemente un nacionalista quebequés. Tampoco llegó a contemplar jamás que las garras no fueran otra cosa que un artilugio que formaba parte de los guantes, o que el metal del que estaban hechas recubriera el esqueleto del portador o fuera adamántium. En aquel entonces, Lobezno no era más que un canadiense ágil, con sentidos agudizados, agresivo y malhablado. Cockrum, que no tenía demasiadas simpatías por él, cambió mínimamente la máscara que dibujara Romita, pero mantuvo intacto el resto.

 

El siguiente miembro de la nueva Patrulla-X fue Banshee, un viejo conocido del equipo original. De hecho, se habían enfrentado contra él, en The X-Men #28 USA (1967), aunque en aquel entonces se encontraba bajo el control mental de una malvada organización. El ingreso en el equipo del irlandés Sean Cassidy, sobre el papel el más veterano de los nuevos integrantes, se saldaba en apenas unas pocas viñetas, para dar espacio al único fichaje femenino: Tormenta, una voluptuosa africana capaz de controlar los elementos, que había alcanzado la consideración de diosa entre los habitantes de una tribu. Con Tormenta, de nuevo nos hallamos ante una idea de Cockrum, que en este caso fusionaba aspectos de varios personajes: Tifón, un tipo al que obedece el trueno y la lluvia; Quetzal, una joven con alas en los brazos, y la Gata Negra, una adolescente capaz de adoptar la forma de un gato. Los poderes del primero, el color de piel de la segunda y los ojos felinos de la última dieron como resultado a Tormenta.

 

 

Tras su presentación, quedarían una pocas viñetas más para la llegada de Fuego Solar, cuya entrada en escena hay que buscarla en uno de los últimos episodios de la etapa original de La Patrulla-X, cortesía de Roy Thomas y Don Heck, quienes pergeñaron al primer mutante japonés, hijo de una víctima de la bomba de Hiroshima. Enseguida saltamos de Japón a Rusia, donde espera Coloso, el héroe que ocupaba el mayor espacio de portada y al que se le auguraba una posición destacada dentro del equipo, similar a la que desempeña La Cosa en Los 4 Fantásticos o Thor en Los Vengadores. De nuevo, procede de las propuestas de Cockrum para La Legión de Superhéroes que nunca culminaron tal propósito. Coloso es una buena persona, vestida con colores primarios, cuyo nombre, Peter Rasputín, homenajeaba a dos iconos rusos, Pedro el grande y el consejero zarista Rasputín.

 

Ave de Trueno, el último en sumarse a la fiesta, también salió de los descartes del dibujante para la Legión. En este caso, un indio nativo con elevada fuerza y rapidez, al que Cockrum modificó ligeramente el traje previsto y por el que se decidieron después de rechazar la opción de incluir a Vampyre, un supervelocista de fuerte carácter que resultaba un tanto reiterativo ante la presencia de Lobezno y Ave de Trueno.

 

Establecidos los protagonistas, el argumento de aquel relato iniciático seguía una estructura más o menos tradicional, en cuanto a lo que cabía esperar de una historia de origen. Durante la primera parte, Charles Xavier reunía al nuevo grupo de mutantes para llevar a cabo una misión desesperada. En el nudo de la trama, se presentaba la amenaza a la que deberían hacer frente, mientras que en la parte final tenía lugar el enfrentamiento. Hacía falta un enemigo de altura, que hubiera derrotado fácilmente a la formación original y supusiera todo un reto para la improvisada formación convocada por Xavier. La previsión inicial de Len Wein consistía en recurrir a Sudamérica como escenario, y a un grupo de dioses aztecas como villanos, pero Cockrum, convencido de que tal opción resultaba horrible, ofreció la alternativa que acabaría triunfando. Lo cierto es que el dibujante concibió un peligro tan formidable que costaba imaginar la forma de vencerlo. La solución llegó de manos de Chris Claremont, el ayudante de Wein, un joven inglés de veinticinco años con muy buenas ideas y una especial sensibilidad literaria, en quien ya habían recaído algunos encargos literarios puntuales. El final de la aventura dejaría además abierta la incógnita sobre quién se quedaría y quién se marcharía de la ahora superpoblada Patrulla-X, duda pendiente de resolverse en el siguiente número de la recién inaugurada etapa.

 

A comienzos de 1975, el Giant-Size X-Men #1 saldría al mundo a la búsqueda de lectores. La propuesta se encuadraba junto a otros lanzamientos protagonizados por grupos de la más diversa índole, que estaba ofreciendo la Casa de las Ideas en aquel preciso momento, y sus resultados eran toda una incógnita, pero cualquiera hubiera aventurado un destino similar al que pudieran correr Los Campeones, Los Inhumanos, Los Invasores o Los Guardianes de la Galaxia. Fuera como fuera, lo cierto es que, después de cinco años sin publicarse una nueva aventura de La Patrulla-X, ésta se disponía a renacer, muy distinta a como nadie la había conocido.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Gold. La Imposible Patrulla-X nº 1

DAREDEVIL DE FRANK MILLER: GÉNESIS DE UNA ETAPA REVOLUCIONARIA

Daredevil nunca fue un superhéroe verdaderamente importante. Llevaba allí desde siempre, sin que a nadie pareciera llamarle la atención. Sí, contaba con unos pocos fieles, que apreciaban las particularidades del hombre vestido de diablo, pero cada vez eran menos. Cuando agonizaba la década de los años setenta, el justiciero ciego creado en 1964 por Stan Lee y Bill Everett caminaba hacia un lento pero inexorable ocaso. Desde mediados de 1977 había abandonado su periodicidad mensual para aparecer cada dos meses, el paso previo a la cancelación. Pero el destino le reservaba una suerte radicalmente distinta… porque fue en Daredevil donde emergió una figura destinada a cambiar de raíz el género. Se llamaba Frank Miller, y ésta es la historia de cómo transformó Daredevil en el cómic que había que leer.

 

Frank Miller (27 de enero de 1957, Vermont) acababa de cumplir los veinte cuando llegó a Nueva York con un portafolio de dibujos bajo el brazo y Neal Adams, una auténtica leyenda viviente del cómic, le dijo que se volviera a casa, porque jamás conseguiría ser un buen historietista. No le hizo caso. Volvió a insistir al maestro con más muestras de su trabajo y, un año más tarde, en 1978, el propio Adams le consiguió su primer encargo, un relato para Gold Key Comics, editorial agonizante desde la que el joven Miller compaginó con diversas historias bélicas para DC. Pronto consiguió captar la atención de Marvel, y allí fue donde se quedó finalmente. El entonces Director Editorial, Jim Shooter, buscaba savia nueva para La Casa de las Ideas, así que se fijó en aquel chaval que todavía no acababa de dominar los rudimentos del dibujo, pero que ofrecía una narrativa fresca y tendente a la experimentación. Dibujó un par de números de Peter Parker, The Spectacular Spider-Man en que el trepamuros formaba equipo con Daredevil, y fue amor a primera vista. Era un personaje urbano, más realista que el Hombre Araña, que podía llegar a enclavarse en el género negro del que Miller era aficionado.

 

Fue entonces cuando el destino jugó bien sus cartas. Gene Colan dejaba la colección del diablo vestido de rojo y el veterano Frank Robbins iba a hacerse cargo de ella, pero a última hora cambió de idea y decidió marcharse a vivir a México. La editora Mary Jo Duffy, a la que Miller llegaría a considerar un ángel guardián, sabía del interés de éste en el abogado ciego, así que lo postuló ante Shooter como nuevo artista. Dado que la situación de la cabecera no podía ser más precaria, el Director Editorial no tuvo ningún inconveniente en dar su visto bueno. En aquel entonces, Roger McKenzie, un hombre de la casa, se encargaba de los guiones, con oficio pero sin que despuntara en ningún aspecto. El equipo lo completaba Klaus Janson, un entintador con cierta tendencia hacia la suciedad, que daba un aspecto crudo al resultado final. Miller irrumpió en medio de una aventura con coloridos villanos de características animales. La amenaza principal, el Rondador de la Muerte, que no era sino un enemigo reciclado, sí adelantaba el tono sombrío que enseguida caracterizaría la etapa. McKenzie ofreció a Miller tramas que encajaban con sus inquietudes y por las que recuperó a Bullseye, un asesino que hubiera sido presentado unos años antes por Marv Wolfman y John Romita; hizo enfrentar a Daredevil contra Hulk, sólo por el enorme desequilibrio entre ambos; o actualizó el origen del héroe, historia esta última que involucraba a Ben Urich, un reportero del Daily Bugle presentado por McKenzie unos números atrás y cuya importancia se acrecentó al máximo durante la Era Miller. El artista se esforzó al máximo en dotar a sus páginas de una sofisticación cinematográfica cada vez más acusada, pero no estaba demasiado contento con el cariz de las historias. Probablemente hubiera tirado la toalla, pero quiso la suerte que entrara Denny O’Neil a editar. El veterano profesional congenió de inmediato con el dibujante y el entusiasmo que éste sentía por Daredevil, de modo que optó por convertirlo en autor completo.

 

Dos circunstancias provocaron que fuera posible cosa tan inusual en el mercado estadounidense, más dado a la cadena de montaje, como que un dibujante pasara a desempeñar también las tareas de guionista. Miller había escrito una historia autoconclusiva, en la que presentaba a Elektra, una amante de Matt Murdock en los años universitarios ahora transformada en una asesina. Cautivó a O’Neil: estaba convencido de que era una de las mejores aventuras jamás vividas por el protagonista. Y no se equivocaba en absoluto. Elektra, que aunaba sexo y violencia en una única figura, pronto se alzó como uno de los personajes más populares del momento. Estaba inspirada por Sand Saref, una femme fatale enemiga de The Spirit, el cómic de Will Eisner en que Miller había aprendido buena parte de lo que sabía sobre el arte de narrar historias con texto y dibujos. Como en tantas otras cosas, sus influencias no eran especialmente extrañas, novedosas o arcanas: simplemente estaban alejadas de cuanto le era habitual al lector de superhéroes, que pronto intuyó allí algo diferente.

Por otra parte, Shooter apoyó decididamente la continuidad de la colección del Hombre sin Miedo, pese a que las malas ventas continuaban siendo la tónica habitual. Mientras el departamento correspondiente insistía en cancelar, el Director Editorial ponía de manifiesto que “aquel chaval” era excelente y que el cómic terminaría por mejorar sus resultados económicos. Así fue, porque al cabo de un tiempo incluso recuperó la periodicidad mensual, que hubiera perdido meses antes del cambio de equipo creativo. Esto tuvo una consecuencia colateral: Miller, que iba a hacerse cargo del dibujo de la serie de Doctor Extraño bajo guiones de Roger Stern, se vio obligado a abandonar el proyecto y a concentrarse en el diablo vestido de rojo. Con el tiempo, también puso en manos de Klaus Janson buena parte de la responsabilidad gráfica, de manera que a partir de Daredevil #173 USA (1981), Janson completaba el dibujo, además de entintar. Desde Daredevil #185 USA (1982), Miller se limitó a hacer bocetos, lo que hizo que Janson pasara a figurar en los créditos como dibujante propiamente dicho.

 

 

¿Qué es lo que había pasado mientras tanto en los cómics propiamente dichos? Con Miller tomando el control total de las aventuras de Daredevil, las tramas pronto se dirigieron en la dirección que el autor deseaba tomar: los escasos villanos tradicionales que utilizara Roger McKenzie pasaron al olvido, aunque se quedó Bullseye, ahora transformado en un psicópata. Kingpin, quien hasta entonces había sido un personaje vinculado con Spiderman y con propensión al combate cuerpo a cuerpo, pasó a ser el mayor contrincante de Daredevil, un símbolo del mal que llevaba su influencia corruptora hasta el último rincón de la ciudad y que actuaba siempre en segundo plano: parecía un villano del mundo real. El interés de Miller por la cultura japonesa, que había sido alimentado viendo películas de artes marciales en sesiones contínuas de algún cine de Manhattan y que ya se había puesto de manifiesto con Elektra, se extendió a la creación de La Mano, una secta ninja que tomaba las calles de Nueva York, lo que encendía un interminable círculo violento. Desaparecieron las tradicionales guaridas secretas para ser sustituidas por calles, muelles, tejados, oficinas, vagones de metro, alcantarillas… tan auténticas que parecían reales. En el tiempo en que Miller llevaba viviendo en Nueva York, ya le habían atracado dos veces, y esa mala experiencia, junto con la rabia que sintió después de que le pusieran un cuchillo en el cuello, salpicó de una u otra forma las viñetas. Igual que sus enemigos, Daredevil estuvo pegado a tierra y se vio arrastrado por sus dilemas morales: abogado defensor de día, vigilante enmascarado de noche. La contradicción se puso especialmente de manifiesto cuando tuvo que enfrentarse con El Castigador, en una historia sobre la drogadicción infantil que conmocionó a los seguidores y señaló el verdadero público al que estaba dirigido aquel cómic. Puede que en las publicidades que acompañaban a cada número aparecieran juguetes y golosinas, pero Daredevil enseguida se situó entre las lecturas favoritas de los adultos.

 

 

Algo estaba cambiando en el cómic de superhéroes de principios de los ochenta, y Miller supo verlo con claridad absoluta. Puede que no fuera un artista brillante, pero fue capaz de revolucionar la narrativa de la época, tomando nota de cuanto aprendía en el cine y cruzándolo con las enseñanzas de los cómics de Will Eisner, en cuanto a entender la página como un todo, jugar con la distribución, el tamaño y la deformación de las viñetas, utilizar los blancos para marcar los tempos o los primerísimos planos para señalar las emociones. La crítica quedó deslumbrada ante el carisma del autor, que colocó entre los favoritos de La Casa de las Ideas, en un Olimpo al que sólo pertenecían unos pocos como él: John Byrne, Walter Simonson y, quizás, Chris Claremont. Con este último, Miller firmó la primera aventura en solitario de Lobezno. Otro hit inolvidable inmediato.

 

A finales de 1982, la gran historia en la que Miller había embarcado a Daredevil llegó a un apoteósico final, y con él se produjo también su salida de la serie. “Roulete”, el último episodio que escribió y dibujó, el primero en el que colaboró con su esposa, la colorista Lynn Varley, y el que le hizo sentir más orgulloso de todos los que había firmado hasta entonces, mostraba un genio en el apogeo de su arte. Muy lejos estaba aquel chaval llegado de Vermont cargado de ambición e inexperiencia apenas unos años atrás. A lo largo de ese tiempo, los lectores habían contemplado su prodigiosa evolución; habían asistido al nacimiento de uno de los más determinantes autores de la década, capaz de cambiar por sí mismo todos los convencionalismos de una industria que clamaba por la revolución. Frank Miller se marchaba de Daredevil, después de alterar para siempre al Hombre Sin Miedo. Todos sabían que sus días de gloria no habían hecho sino comenzar. Ninguno sospechaba que él y Matt Murdock volverían a encontrarse, porque, por encima de aquella apoteósica etapa, Frank Miller todavía tenía pendiente de entregar a Daredevil su más destacada historia.

 

Artículo aparecido originalmente en Colección Frank Miller. Daredevil de Frank Miller y Klaus Janson

LAS 15 (MÁS 8) MUJERES MÁS IMPORTANTES DE LA VIDA DE SPIDERMAN

“Enamorarse, el odio al trabajo y otros éxitos del pop”. Así se presenta una de las novelas capitales de la década de los noventa, Alta fidelidad, firmada por el genial Nick Hornby, con una adaptación cinematográfica a la altura del original. En ella, un loco por la música con el que podría identificarse cualquiera de nosotros, utiliza las típicas listas de los más vendidos para ordenar sus prioridades en la vida, ya sean trabajos, amigos o incluso mujeres. Al fin y al cabo, ¿quién no ha entrado alguna vez en el juego de elegir los mejores libros, o los mejores momentos, o las mejores novias/os? Es un juego que, en el caso de Peter Parker y en el caso de una miniserie centrada en su relación con la más explosiva de sus ex, no nos resistimos a poner en marcha y hacemos extensible a todas las mujeres de su vida. No en vano, las aventuras de Spiderman siempre han podido calificarse de gran comedia romántica. Allá van quince buenos motivos.

 

15 Debra Withman

Corrían los felices ochenta, y Peter frecuentaba las aulas universitarias, aunque lo hacía ya licenciado, en calidad de alumno de postgrado. Tanto se pasaba por el departamento, que la secretaria del profesor Sloan, una rubita tímida, muy mona y con gafitas, acabó colgada de sus encantos. Ella se llamaba Debra Withman, y aunque a nuestro protagonista no acababa de disgustarle, faltaba química entre ambos. Salieron unas cuantas veces, hasta que Debbie llegó a la peregrina conclusión de que las repetidas ausencias de su medio novio eran debidas a que era en realidad Spiderman. No iba desencaminada la pobre, pero Peter acabaría convenciéndola de lo contrario de la manera más extraña: plantándose en su piso con el traje arácnido, lo que hizo ver a Debbie lo absurdo de sus ideas (para alivio del lanzarredes). Dispuesta a dejar atrás sus fantasías y madurar de una vez por todas, Debra abandonó Nueva York para atar cuentas con su pasado. Nunca más se supo, pero siempre cabe la esperanza de que algún guionista se acuerde de ella.

 

14. La Viuda Negra (O Nancy Rushman)

¿Qué mejor novia para un Hombre Araña que una Viuda Negra? De hecho, la espía más sexy de todos los tiempos había abandonado un horroroso traje sesentero para cambiarlo por su cenidísimo y característico uniforme de cuero negro después de contemplar al trepamuros e inspirarse en él, en plena etapa de John Romita, a la postre diseñador de tan suculento trapo. Pero la Viuda ocupa este puesto de honor entre las mujeres del trepamuros debido a una aventura muy posterior, la que les unió durante una época en la que ella perdió la memoria, creyendo que su verdadero nombre era el de Nancy Rushman (curiosamente, el primer nombre que utilizó en Estados Unidos). Spidey la ayudó en la búsqueda de su pasado, y Nancy no tardó en caer enamorada de su bienhechor, sentimiento ratificado en el más equilibrista de los besos: nada más y nada menos que con ambos colgados del Helitransporte de SHIELD. El romance acabó en cuanto ella recuperó la memoria… y perdió el interés.

 

13. Cissy Ironwood

Algo menos fugaz fue el escarceo de nuestro rompecorazones con esta linda muchachita estudiante de matemáticas que demuestra como pocos personajes lo peligroso que es acercarse al señor Parker. Era el primer verano de Pete después de acabar la carrera, y ya se sabe: todo euforia y alegría ante un horizonte despejado sin exámenes a la vista. Cissy se puso a salir con tan amable caballero sin sospechar que, en las semanas posteriores, acabaría siendo ¡mordida! por el Doctor Extraño (convertido en hombre lobo, mejor que no preguntéis los detalles), mientras que su padre sería víctima de un asesinato a manos de un agente del KGB. No es de extrañar que tardáramos unos cuantos años en descubrir que había sido de ella: desde una ilustración perdida en un especial, nos revelaba que se había ido a vivir al oeste. ¿La echará alguien de menos?

12. Glory Grant

Nunca fue novia de Peter, pero a algunos lectores nos hubiera hecho mucha ilusión. En tiempos en los que el fantasma de Gwen Stacy parecía diluirse y Mary Jane no alcanzaba todavía la categoría lograda con posterioridad, Glory vino a alegrar el cochambroso vecindario de Chelsea al que se había ido a vivir Peter. Muchas noches quedaban en el apartamento de él para disfrutar de una pizza y lo que viniera después, que con el Comics Code de por medio quedaba a la imaginación del lector. Glory escalaría puestos en el universo arácnido, al sustituir a Betty Brant como secretaria de J. Jonah Jameson. Para su desgracia, años después se echaría un novio mafiosillo y hombre lobo que moriría a consecuencia de un disparo de ella dirigido a Spiderman. Pasado el mal trago, reaparecería en la última época escrita por Howard Mackie a finales de los novneta, para alegrar la vida de Randy Robertson.

 

 

11. Marta Plateada

No es que robara el corazón de Spiderman, ni estuviera siquiera interesada en ello, pero se hizo con el de los aficionados, que vieron en ella a una de las chicas más duras e interesantes de la Marvel de los noventa. Marta Plateada comanda la Banda Salvaje, al tiempo que es propietaria de una multinacional dedicada a deshacer entuertos allá donde sea requerida, siempre que el demandante pueda pagar la abultada factura. Así es como esta ciudadana modelo del país centroeuropeo de Symkaria nutre las arcas públicas y mantiene ocupado al equipo creado por su padre para luchar contra los nazis. Su actividad le ha llevado en unas cuantas ocasiones a luchar contra Spider-Man, y en otras tantas a aliarse con él. Nunca se fijará en lo bien que le quedan las mallas al lanzarredes, tan ocupada como está contando los billetes.

 

10 Marcy Kane

¿Tú crees que has tenido novias raras? Eso es porque no conoces a Marcy. Ya que estamos elaborando una lista de grandes éxitos, la señorita Kane debería cantar la banda sonora de Mi novia es una extraterrestre. Cosas del guionista Bill Mantlo, que introdujo a Marcy allá por los primeros ochenta como una revisión de la Gwen Stacy severa y protestota de los tiempos de Ditko, y que acabaría reutilizándola con otro de sus personajes, con Jack, la Sota de Corazones, en una estupenda (y olvidada) miniserie en la que este fascinante héroe descubría su herencia alienígena y regresaba al planeta natal de su madre junto a Marcy, a la postre toda una princesa. Quien lo hubiera dicho, con esos vestidos de tipa tiesa que se ponía.

 

9. Jean DeWolff

Ah, otro de los personajes femeninos de Mantlo, probablemente el mejor, junto a Puñal. Jean venía a cubrir el puesto dejado largo tiempo atrás vacante con la trágica desaparición de George Stacy. La capitana era la cara amiga de Spiderman dentro de la policía, esa tipa dura con un corazón de oro a la que recurrir, porque sabes que siempre te va a sacar del apuro. Incluso logró el indulto para nuestra Gata Negra, y eso que le reventaba que Felicia estuviera liada con Spidey. Y es que Jean andaba secretamente enamorada del trepamuros, algo que nunca podría confesarle, ya que moriría asesinada por el Comepecados, en una de las más impactantes sagas firmadas por Peter David.

 

8. Liz Allan

Toda una clásica de los primerísimos tiempos arácnidos. Durante el instituto fue la novia más o menos oficial de Flash Thompson, al tiempo que lanzaba ardientes señales a un Peter Parker que, si vio alguna, nunca pareció sentirse interesado. No sería hasta la ceremonia de graduación del instituto cuando ella le confesaría su amor. Un poco tarde, ya que abandonaría la serie durante ¡más de cien números! Con su vuelta, averiguaríamos que era la hermanastra del Hombre Ígneo. Ahí empezaron los problemas, porque luego vendría un accidentado matrimonio con Harry Osborn (la cosa acabó con él convertido en segundo Duende Verde) y su viudez como rica heredera junto a su hijo Normie, sólo para vivir el regreso del abuelo Norman. Y es que, a veces, conviene quedarse en el olvido.

 

7. Mary Parker

Poco sabemos de la madre de Peter Parker, y tal vez por eso ocupa tan discreto lugar en este Top 15. Los lectores veteranos nos pasamos unos cuantos añitos suponiendo que nuestro trepamuros había sido, antes de la picadura de la araña radiactiva, un tipo de lo más ordinario, sólo para descubrir asombrados la naturaleza de espías de sus padres, fallecidos en accidente aéreo provocado por Cráneo Rojo. Todo ello, aparte de una de las más comentadas meteduras de pata de Stan Lee (El Hombre es grande, pero no perfecto), también volvía a recordarnos lo pequeño que es, en el fondo, el Universo Marvel. Y ya que hablamos de malas ideas, en los noventa alguien tendría la de resucitar a los padres de Peter, pero al final no sería más que un nuevo engaño de un villano, en este caso el Camaleón, siguiendo órdenes de Harry Osborn, que trataba de volver loco al trepamuros desde la tumba. Estas cosas sólo le pasan a Spider-Man.

 

6.Betty Brant

El tierno primer amor de Peter, que demostraba su interés por las mujeres mayores que él. (Kurt Busiek explicaría muchos años después que Betty en realidad no era tan mayor, pero a nosotros siempre nos lo pareció, con ese peinado y esa actitud digna de la Hermana San Sulpicio). A Betty le han pasado tantas cosas en la vida y algunas tan malas que no le tendremos en cuenta su dedicación periodística de los últimos años sin haber pasado previamente por la facultad. Empezó como secretaria pacientísima de Jameson; siguió como señora esposa de Ned Leeds, un chico tranquilo, no como el zarandajas ese de Peter Parker, pero que acabaría dándole muchos disgustos, ya que no sólo moriría, sino que sería acusado de ser el Duende. Fue la misma Betty quien, años después, limpiaría el nombre de Ned. Hace tiempo que no la vemos, pero siempre vuelve. En fin…

 

5. May Mayday Parker

O los caprichos editoriales del destino. May es la hija de Peter y Mary Jane, arrebatada por Norman Osborn a sus padres en la misma mesa de partos del hospital y dada por muerta. Querían los guionistas traerla de vuelta y que así aprendieran los Parker a limpiar biberones, pero desde lo más alto de la editorial llegó la orden de que quien debía volver no era otra que la tía May, fallecida años atrás. Por suerte, Tom DeFalco, impulsor del embarazo de M. J., decidiría recuperar a la hija de Spider-Man en una colección ambientada en un futuro alternativo, donde ella tomaría el manto de su padre y el traje de su tío Ben (Reilly. No queráis que os explique quién es si no tenéis aspirinas a mano). Spider-Girl no sólo es una digna sucesora arácnida, sino que además ha logrado sostener la que ya es la más larga colección Marvel protagonizada por una chica. Su padre debe estar orgulloso.

4. La Gata Negra

¡Cuánto echábamos de menos a Felicia Hardy, la Catwoman particular de Spider-Man, mucho más interesante que la original, y también mucho más guapa! La queríamos de vuelta, como queremos de vuelta a esa novia que tuvimos hace tanto tiempo y que nos volvía locos, pero a la que no aguantábamos ni un minuto más. Ya sabemos que los años lo curan todo, y cualquiera se olvida de los malos momentos ante la más escultural y divertida mujer que haya conocido el Universo Marvel. Si tú tampoco sabes con quién quedarte de entre las novias clásicas de Spider-Man, si con Mary Jane o con Gwen, haz como nosotros. ¡Opta por Felicia! No te arrepentirás.

 

3. Gwen Stacy

Es ella. Es incomparable. Es insuperable. Es la chica del héroe por excelencia, y probablemente nunca lo hubiera sido si una buena mañana no hubiera decidido el Duende Verde acabar con su vida. Reconozcámoslo: Gwen es mítica porque está muerta, porque si no probablemente no la aguantaría ni su querido Peter, a quien le habría subido el colesterol una barbaridad, con tanta dulzura que tenía la niña. Nos gusta enamorarnos de mitos, y hoy en día Gwen lo es, tanto como Kennedy, Marilyn o John Lennon. Extrañas maneras de alcanzar la inmortalidad.

2. Tía May

Llegamos a los primeros puestos de nuestra lista, a los más discutidos, a los más apretados. Tía May probablemente sea más importante que Gwen, porque mientras ésta necesitó morir para convertirse en un símbolo, nuestra anciana favorita tan sólo ha necesitado persistir, sobrevivir contra viento y marea, contra infartos, ataques al corazón, novios ludópatas, sustos de supervillanos, planes del Duende Verde, viajes a Florida, e incluso al hecho de conocer la verdad sobre su querido sobrino. Han pasado cuatro décadas y ahí sigue, fuerte como un roble, dispuesta a enterrarnos a todos. Qué mujer, de verdad.

1. Mary Jane Watson-Parker

Y el premio gordo es… para la señora de Parker, la única capaz de arrastrar a Spider-Man ante el altar y mantenerle casado durante dos décadas, con sus más y sus menos, sus peleas y sus reconciliaciones, e incluso con sus tratos con el diablo. Mary Jane lo ha sido todo para Peter. Ha sido amiga, amante, novia, ex–novia, esposa y, en los últimos tiempos, no-esposa. Probablemente no acaben sus días juntos (o tal vez sí), pero a fuerza de volver, una y otra vez, ha demostrado, además de una paciencia infinita, merecer el primer puesto de la lista de las mujeres de Spiderman. ¿Cómo? ¿Qué el primer puesto no es para la Gata Negra? ¡Pero sí es la protagonista de esta obra! Bueno, para Peter es más importante Mary Jane, eso ya no tiene remedio. Pero que nos pregunten a nosotros….

 

 

ANOTACIONES DEL AÑO 2018: Este artículo apareció originalmente en 100 % Marvel. Spiderman y La Gata Negra: El mal que hacen los hombres, publicado en 2006. Desde entonces, hay diversas circunstancias que han cambiado en la vida de Peter Parker y en la de los personajes secundarios aquí mencionados. De esta manera…

Debra Withman reapareció durante la época de “Civil War”, cuando Peter se desenmascaró, con un libro sobre su relación lleno de reproches, cortesía de Peter David en su serie Friendly Neighborhood Spider-Man

Glory Grant volvió a estar activa en la época en que J. Jonah Jameson fue alcalde de Nueva York. En aquel entonces, fue una de las asistentes de éste, pero renunció cuando comprendió que Jameson estaba utilizando el cargo para continuar con su cruzada contra Spider-Man.

A Marta Plateada la hemos visto morir, en “Hasta el fin del mundo”, y regresar, en “El caso Osborn”.

Liz Allan fundó su propia empresa, que luego unida a Horizon Labs y Oscorp se ha convertido en Alchemax. También tiene un papelito en Renueva tus votos y en Spider-Man 2099.

Efectivamente, Betty volvió a escena, ascendida a reportera del Daily Bugle, entonces DB, cuando era propiedad de Dexter Bennett, lo que causó el enfado de los más cercanos.

La colección de May Mayday Parker terminó tras una larga trayectoria, y el personaje regresó en “Universo Spider-Man”. Ya adulta, ha asumido la identidad de Spider-Woman y la hemos visto en Guerreros Secretos.

La Gata Negra se pasó al bando de los malos, y desde entonces ha perseverado ahí. Está por ver que la volvamos a ver en una posición más tradicional con lo que fue el personaje durante su trayectoria clásica.

Gwen resucitó brevemente, durante “La conspiración del clon”, donde se enfrentó a varios Duendes de golpe. De eso de “Pecados del pasado” ni hablar, probablemente porque nunca ocurrió.

Tía May se echó novio, se casó, enviudó de nuevo y jugó un papel destacado en Industrias Parker.

Mary Jane, tras barajarse la posibilidad de volver con Peter, y descartarse, emprendió de nuevo su propio camino, y pasó a ser una secundaria… ¡del entorno de Iron Man! Sabemos que eso cambiará a lo largo de este 2018. Lo dicho: SIEMPRE vuelve

Y además, en todo este tiempo, han aparecido nuevas mujeres con una importancia decisiva dentro de la vida de Spidey. De entre todas ellas, nos quedamos con estas:

 

8. Annie Parker

La hija de Peter y Mary Jane en el mundo de Renueva tus votos. La conocimos en la miniserie del mismo nombre relacionada con Secret Wars y volvió en la colección abierta posterior. Una más de la familia arácnida con sus propios poderes, tras verla como una niña, el salto de ocho años que ha propiciado Marvel Legacy nos ha permitido verla ya adolescente, y nos sigue cayendo genial.

 

7. Michele Gonzales

La hermana del policía corrupto Vince Gonzales, que acabó viviendo con Peter y enrollándose con él, alcohol de por medio, en la boda de Tía May con Jay Jameson. Las cosas se complicaron todavía más cuando El Camaleón, haciéndose pasar por Peter, aprovechó la situación para intimar con Michele. En definitiva, ella acabó odiando a Peter, y saldría de la serie coincidiendo con el inicio de “A lo grande”.

 

6. Sajani Jaffrey

Compi de curro de Pete en Horizon Labs, pasó luego a trabajar también en Industrias Parker, donde trató de sabotear a su jefe una y otra vez. Era la jefa de IP en Europa, pero fue finalmente despedida por Peter. Desde entonces, no hemos vuelto a saber de ella.

 

5. Cindy Moon

También conocida como Seda. La chica a la que también picó la araña radiactiva que dio sus poderes a Peter, pero estuvo todo este tiempo encerrada en un búnker para escapar de Morlum. ¿Qué fue lo primero que hizo cuando salió? Llevarse a la cama al primer tío que tuvo cerca, que dio la casualidad que era Peter. Su relación, de lo más apasionada, duró poco, y ella se independizó para tener serie propia, bajo la identidad de Seda, y ponerse a buscar a su familia, a la que encontró antes de sufrir la cancelación.

 

4. Spider-Gwen

¿Y si Gwen Stacy hubiera conseguido poderes arácnidos y Peter hubiera muerto? Es lo que ocurrió en uno de los mundos alternativos que vimos en “Universo Spider-Man”. Spider-Gwen fue un personaje creado para la ocasión por Dan Slott, pero que impactó de tal manera entre los fans que no tardó en conseguir serie propia. Entre la chavalería cosplayera, es un verdadero fenómeno.

 

3. Anna María Marconi

Sin duda, el personaje femenino más importante de la era escrita por Dan Slott. Inteligente, novia del Doctor Octopus cuando ocupaba la mente de Peter durante la época de Spider-Man Superior, la mano derecha del trepamuros en Industrias Parker y un ejemplo de inclusión en el Universo Marvel. Su mejor momento, durante “La conspiración del clon”, cuando se le ofreció la posibilidad de cambiar su cuerpo por otro perfecto, y ella respondió airada: “¡Yo ya soy perfecta!”. Y tanto que sí.

 

2. Carlie Cooper

El interés amoroso de Peter durante “Un nuevo día” y novia finalmente en “A lo grande”… hasta que supo la identidad secreta de éste y decidió romper. Durante un tiempo, estuvo entre los secundarios de la serie, por su papel como policía forense. Durante la época de Spider-Man Superior, fue quien averiguó la verdad sobre el trepamuros y Octopus. Al negarse a revelar la identidad secreta de Spidey, El Duende Verde la transformó en una criatura a sus órdenes. Consiguió recuperarse luego, pero la experiencia le dejó claro que no debía quedarse cerca de Nueva York. Hace mucho que no sabemos de ella, y es una lástima, porque nos caía realmente bien. 

 

1. Pájaro Burlón

En la etapa posterior a Secret Wars, se convirtió en habitual colaboradora de Spidey en sus misiones internacionales de altos vuelos a lo James Bond. Tía May la ve con buenos ojos como posible novia de Peter. Su importancia crecerá con Marvel Legacy.

 

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