LA TRAYECTORIA DE LA VIUDA NEGRA

En un género como el del cómic de superhéroes, en el que la mayor parte de los consumidores son de sexo masculino, las chicas lo tienen mucho más complicado para hacerse notar. Sólo unos pocos de sus grandes iconos son mujeres, e incluso estos suelen contar con una aceptación menor entre los lectores. Esta situación se extiende también al Universo Marvel, donde sus personajes más destacados son tipos como Lobezno, Spiderman, Thor, Iron Man o el Capitán América, pero sería injusto decir que La Casa de las Ideas no cuenta con un puñado de mujeres que brillan con luz propia en un mundo de hombres. Además, desde los años sesenta, la editorial siempre ha procurado que ellas se midan con sus compañeros en igualdad de condiciones. Mientras la Mujer Maravilla de la competencia ejercía labores de secretaria en la Liga de la Justicia, la Chica Invisible de Los 4 Fantásticos era un miembro de pleno derecho, y no es más que el primero de los ejemplos que puede venir a la cabeza. En años posteriores, sobre todo a raíz del éxito de La Patrulla-X de Chris Claremont, Dave Cockrum y John Byrne, las heroínas llegarían a ocupar posiciones hegemónicas, hasta el punto de que Tormenta se alzara como líder de los mutantes o La Avispa se pusiera al frente de Los Vengadores durante una larga temporada. Fue una época en que las chicas dejaron, definitivamente, de estar supeditadas a su relación con el novio o el marido de turno y adquirir la independencia definitiva. En la explosión feminista que viviría el Universo Marvel en esa época habría que señalar un precedente muy claro, y ése es el de la Viuda Negra.

 

Natasha Romanov, cuya primera aparición tuvo lugar en una aventura de Iron Man publicada en 1964, representaba a la femme fatale por antonomasia: esa chica mala que no hace ningún bien al héroe pero a la que éste es incapaz de resistirse. El prototipo de la Viuda Negra estaba eminentemente influido por el cine y la novela de espionaje, de tal manera que se presentaba como una seductora agente de la Rusia Soviética que trataba de robar los secretos del Hombre de Hierro. El personaje reaparecería en sucesivos números, hasta aliarse con Ojo de Halcón, un aventurero que no tardaría en cambiar de bando y unirse a Los Vengadores. Natasha terminaría por acariciar también ese destino: muy pronto la villana de buen corazón pero lealtades equivocadas daría la espalda a los comunistas para unirse a la SHIELD de Nick Furia e incluso a los propios Vengadores.

 

Con una popularidad creciente, el gran espaldarazo de la Viuda Negra llegaría en 1970, en un episodio de Amazing Spider-Man. De este encuentro entre los dos personajes arácnidos con los que contaba entonces el Universo Marvel, Natasha Romanov salió con un cambio de imagen radical, merced a los buenos oficios del genial dibujante y diseñador John Romita. Éste le colocó un ajustadísimo traje de cuero negro, con reminiscencias del que lucía la actriz Diana Rigg en la serie inglesa de los años sesenta titulada Los Vengadores (que nada tenía que ver con el grupo Marvel del mismo nombre). Aquella aventura representaría un punto y aparte para la Viuda Negra, de tal manera que poco después la editorial le concedió sus propias aventuras individuales, en un serial aparecido en los primeros números de la revista Amazing Adventures. Apenas fueron ocho capítulos, tras los que ella pasaría a integrarse en la colección de Daredevil, justiciero al que se ligaría sentimentalmente durante una larga temporada en la que incluso el nombre de la Viuda Negra pasó a figurar en la cabecera del Hombre Sin Miedo. Durante cinco años, entre 1971 y 1975, Natasha permaneció allí, hasta su ruptura con Matt Murdock y su salto a Los Campeones, un nuevo grupo en cuyo seno se acogía a otros héroes de segunda fila, como Hércules, Motorista Fantasma, el Hombre de Hielo y el Ángel que apenas perviviría durante diecisiete entregas.

 

Habría que esperar hasta 1983 para que la Viuda Negra volviera a contar con una saga individual, pero esta vez fue la mejor con la que hubiera contado hasta entonces: cuatro números dentro de la colección antológica Marvel Fanfare, con una saga verdaderamente compleja escrita por Ralph Macchio y dibujada por George Pérez, uno de los más importantes artistas de la época, caracterizado por su enorme detallismo y espectacularidad.

 

Esta dinámica seguiría funcionando a lo largo de los siguientes años, con épocas en que la heroína de origen ruso compartía espacio con otros personajes y formaba parte de diferentes grupos (llegaría incluso a liderar Los Vengadores) y otras en las que Marvel le dedicaría un puñado de miniseries. Como buena espía, la Viuda Negra ha mantenido su presencia de manera constante, pero siempre bajo el radar, hasta que, en 2010, se produjo su salto al cine en la segunda entrega de Iron Man. Marvel Studios encontró en Scarlett Johansson la perfecta elección para encarnarla.

 

Con su popularidad en crecimiento, es el mejor momento para ofrecer un repaso a la evolución de la Viuda Negra, en un completo volumen que contiene su historia de debut frente a Iron Man, el revolucionario encuentro con Spiderman y las dos aventuras vividas en solitario en los años setenta y ochenta. Una oportunidad sin igual para descubrir los primeros pasos de la mejor espía del Universo Marvel.

 

Este artículo apareció originalmente en Marvel Héroes. Viuda Negra: Red de mentiras

LA GRADUACIÓN DE LA PATRULLA-X: UN PRESAGIO DE GRANDEZA

El éxito alcanzado por Marvel a lo largo de sus décadas de existencia puede llegar a confundir a algunos aficionados, que desconocen cuán precarios fueron sus inicios. En aquel entonces, a comienzos de los años sesenta y bajo el empuje de Stan Lee y su equipo de dibujantes, la estructura de la editorial era precaria. Con dificultad se había mantenido activa y presente durante el periodo inmediatamente anterior. En aquel difícil renacimiento, sus acuerdos de distribución le permitían lanzar apenas ocho cabeceras cada mes, por lo que personajes como Thor o Iron Man tuvieron que arrancar en series ya establecidas. Y no todos los héroes lograron consolidarse. Algunos, como el caso de Hulk, incluso pasaron por un periodo de cancelación. Otros, como el caso que nos ocupa, entraron en un lento declinar.

Con fecha de septiembre de 1963, dos nuevos títulos de Marvel vieron la luz: Los Vengadores y La Patrulla-X. Ambos estaban realizados por Stan Lee y Jack Kirby y contaban con todo el potencial posible para alcanzar la aclamación de los aficionados. Sin embargo, su fortuna fue diametralmente dispar. Mientras Los Vengadores terminarían por convertirse en el título central del Universo Marvel, La Patrulla-X nunca vivió un ímpetu equiparable en aquellos primeros años. La idea original consistía en un grupo de jóvenes que pertenecen a la raza emergente de los mutantes, reunidos por el Profesor Charles Xavier para luchar por la coexistencia con la humanidad y combatir a aquellos que supongan un peligro para la misma. Bajo esos presupuestos, Stan y Jack marcaron la pauta de la colección durante sus primeros tiempos, en los que presentaron conceptos tan sugestivos como Magneto, la Hermandad de Mutantes Diabólicos, el Juggernaut, la Tierra Salvaje o Los Centinelas. Sin embargo, tras la marcha del equipo creador de la cabecera, ésta perdió en gran medida el interés de los lectores. Aquel puñado de chavales de aspecto un tanto extravagante no acababa de engancharles. El guionista Roy Thomas tomó algunas llamativas decisiones, como dotar a los miembros del equipo de uniformes diferenciados, lo que certificaba su entrada en la mayoría de edad. Insistiendo en este aspecto, el Profesor Xavier murió, dejando a sus alumnos huérfanos, pero obligándoles así a madurar. Sin embargo, tales esfuerzos no lograron los resultados previstos. A finales de los años sesenta, si La Patrulla-X quería seguir adelante, necesitaba un revulsivo.

Y lo encontró, gracias a un dibujante que, por aquel entonces, ya se había convertido en una leyenda del cómic, y respondía por el nombre de Neal Adams. Neoyorquino nacido en 1941, Adams se había ya labrado toda un nombre en la industria, fundamentalmente gracias a su espectacular labor en DC Comics, donde había reinventado a Batman, transformándole en la criatura de las sombras que ha llegado hasta nuestros días. Dibujante de estilo espectacular y realista, Adams destacaba también por sus atrevidas composición de página, en la que se evitaba la tradicional estructura en viñetas rectangulares para concebir la plancha como un todo narrativo.

 

Cuando surgió la posibilidad de que trabajara para Marvel, un entusiasmado Stan Lee le ofreció algo que no concedía a cualquier dibujante: le daría la colección que pidiera. Cualquiera. Lejos de solicitar ocuparse del mayor éxito de la editorial, Adams preguntó cuál era el título que menos ventas tenía. Se trataba de The X-Men, y ésa fue la serie que Adams eligió.

 

En ese punto, La Patrulla-X estaba inmersa en medio de una aventura en la que Alex, el hermano de Cíclope, había sido secuestrado por un egipcio que se hacía llamar el Faraón Viviente. ¿Cuáles eran los motivos para hacerlo? En The X-Men #56 USA (1969), los lectores no sólo encontrarían la respuesta, sino también a Neal Adams, cuyo arte suponía una ruptura absoluta con la estética anterior, convirtiéndose en un cómic único. Cada protagonista adquiría, de verdad, individualidad propia, tanto en sus rasgos físicos como en su manera de moverse. Las alas del ángel parecían estar hechas de plumas de ave o La Bestia se movían como un simio. Las expresiones de todos ellos, faciales y también corporales, reflejaban emociones creíbles y humanas: rabia, miedo, excitación. Como un consumado cineasta, Adams colocaba su punto de vista allá donde el lector pudiera sentirse partícipe de lo que está ocurriendo, adaptándose a los movimientos de los personajes.

 

La llegada de aquel dibujante a La Patrulla-X fue una revolución en toda regla, que influyó en gran medida al guionista Roy Thomas, más inspirado que nunca. Durante los meses siguientes, colocó a los mutantes en un ciclo de aventuras encadenadas, a cual más espectacular. Los pilares básicos sobre los que Stan y Jack construyeran la colección fueron reexaminados, reconstruidos, reinventados, y uno a uno desfilaron como si nunca antes hubieran existido, a la par que se añadían nuevos hallazgos, como el villano Saurón, cuyo nombre era un homenaje de Thomas a El señor de los anillos, aunque nada tuviera que ver con éste, más allá de su extremada maldad. La labor de Adams impresionó a todos. Incluso el dibujante Don Heck imitó su estilo, cuando tuvo que sustituirle en un episodio.

 

Sin embargo, todo ese caudal de imaginación y épica fue insuficiente. En una época en la que cualquier cambio en las cifras de ventas tardaba mucho tiempo en conocerse, y era aún más complicado reaccionar, la editorial decidió cancelar The X-Men, basándose en cifras por actualizar que no reflejaban la hipotética mejora que habría traído la presencia de Adams. “La operación fue un éxito, pero el paciente murió”, ironizaba Thomas al respecto, quien al menos tuvo la oportunidad de seguir colaborando con el dibujante en otra colección en la que también harían historia: Los Vengadores.

 

The X-Men #66 USA (1970) fue el último número en presentar aventuras inéditas. A partir de entonces, durante cinco años y veintiocho entregas, la cabecera acogería reediciones de viejas historias. Hasta 1975, no se produciría la conocida como “Segunda Génesis”. La Patrulla-X renacería entonces de sus cenizas, y con Chris Claremont y John Byrne al frente, llegarían a convertirse en el mayor éxito de la Casa de las Ideas. Fue entonces cuando Marvel se animó a reeditar la etapa Thomas/Adams, y muchos aficionados pudieron verla por primera vez. Descubrieron entonces que el tono de epopeya sin fin, de drama más grande que la vida que impregnaban las aventuras de Claremont y Byrne, e incluso los personajes y escenarios adoptados, ya estaban presentes, de una forma embrionaria, en aquellos pocos cómics de los que nunca habían oído hablar y que ahora se editan por primera vez en castellano, a color y en su formato original, incluyendo también el episodio realizado por Heck, así como el que sirvió para cerrar la primera época de los mutantes, que tampoco llegó a dibujar Adams.

La Patrulla-X de Neal Adams y Roy Thomas fue el más impresionante canto de cisne que haya conocido jamás la industria del cómic, pero también un presagio del esplendor que habría de venir.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. La Patrulla-X: Graduación

DETRÁS DE LOBEZNO: ORIGEN

Desde que se produjo la llegada de Lobezno a las viñetas, allá por 1974, y durante más de un cuarto de siglo, el pasado del personaje permaneció en la oscuridad. El guionista Len Wein lo concibió para que se enfrentara a Hulk durante unas pocas páginas, en las que demostraría su salvajismo y atrevimiento, pero ni siquiera se llegó a plantear de dónde había salido aquel tipo de las garras. Es más: Wein daba por hecho que éstas eran un complemento que surgía de los guantes, nunca algo que formara parte de su cuerpo. El director artístico John Romita diseñó el uniforme a partir de algunas fotografías del fiero animal del que recibía su nombre (la traducción exacta de Wolverine sería carcayú: un fiero animal que habita los bosques canadiense), y Herb Trimpe dibujó su debut en las viñetas, sin que ninguno se parara a preguntar más detalles.

 

 

Poco después, el personaje ingresaría en la “nueva” Patrulla-X, y es allí donde sería tomado de la mano por Chris Claremont, su mayor artífice durante largos años, quien consideraba que Logan resultaba mucho más interesante si las preguntas sobre sus orígenes eran más numerosas que las respuestas. Las muchas súplicas de los fans sólo obtenían breves pinceladas de la que parecía la más apasionante y rica de las biografías de cuantos héroes pueblan el Universo Marvel. De esta manera, nunca sabías cuándo aparecería un dato más. Por ejemplo, en un imprevisto viaje a Japón, sus compañeros de La Patrulla-X descubrían que Logan había estado ya en aquel lejano país y conocía perfectamente su idioma. “No lo sabía”, le comentaba Cíclope. “No preguntaste”, respondía Logan, que nunca estaba dispuesto a facilitar demasiada información sobre sí mismo: ni su apellido, ni su lugar de nacimiento, ni su edad, ni todo lo que había hecho antes de unirse a los chicos de Charles Xavier.

 

Con el paso de los años, Claremont perdió el control sobre el mutante de las garras de Adamántium, al tiempo que aumentaron las aventuras ambientadas en la historia anterior a su afiliación a La Patrulla-X. Se llegó incluso a publicar un importante tebeo de elevado impacto, Lobezno: Arma X, en el que el prestigioso Barry Windsor-Smith destapaba todos los detalles sobre el proyecto secreto en el que los huesos de Logan habían sido recubiertos con el metal irrompible. Sin embargo, aquella historia estaba ambientada en la madurez del personaje: muchos otros acontecimientos habían tenido lugar con anterioridad a los eventos allí narrados. ¿De dónde procedía realmente Lobezno? ¿Cuál era su nombre completo? ¿Cómo había descubierto sus poderes de curación o la existencia de las garras?

 

Ya en el año 2000, la película X-Men devolvió a Logan a primera plana de actualidad. Hugh Jackman conseguía capturar en su interpretación el carisma, misterio y salvajismo que habían hecho tan popular al personaje. En Hollywood sabían que tenían un caballo ganador, y apostaron enseguida por convertir a Lobezno en protagonista de su propio largometraje, centrado en su origen. Ante semejante anuncio, los nervios invadieron las oficinas de Marvel. No estaban dispuestos a que desde un estudio de cine les dictaran la procedencia de su hombre-X.

 

Por aquel entonces, Joe Quesada y Bill Jemas acababan de ponerse al mando de Marvel, en calidad de Director Editorial y Presidente, respectivamente. Su irrupción significaba todo un revulsivo, ya que ambos estaban recuperando el entusiasmo hacia la factoría con un método tan sencillo como efectivo: no tener miedo a nada. Cualquier tabú que pudieran encontrarse a su paso, merecía ser roto: también cualquiera que pudiera rodear a Lobezno. Había llegado la hora de desvelar, desde la viñeta y sin el condicionamiento de nadie externo a la compañía, el origen del personaje. Pero, ¿cómo? Lo primero era encontrar la historia. Tras obtener el beneplácito de Chris Claremont, el padre moral del personaje, Jemas y Quesada trazaron las líneas maestras del argumento. Faltaba el equipo creativo que estuviera dispuesto a ponerlo sobre el papel. Querían un guionista de peso, pero también alguien capaz de acometer el que sería el cómic más importante de aquel año. Las opciones enseguida se redujeron a cinco nombres: Grant Morrison, Mark Millar, Brian Michael Bendis, Joe Casey y Paul Jenkins, todos ellos destacados profesionales del cómic en el comienzo del siglo XXI.

 

Morrison, autor de la revolucionaria New X-Men, encontró la idea absurda. No quería conocer el origen de Lobezno ni mucho menos contarlo; Millar, enfant terrible del tebeo americano, se quedó con las ganas, debido a su ya apretada agenda de trabajo; Bendis, el creador de Ultimate Spider-Man, se ilusionó, trabajó duro y llegó a redactar una propuesta de lo que hubiera sido una novela gráfica próxima a las cuatrocientas páginas, pero no le gustó lo que había escrito, y decidió abandonar; Casey (Patrulla-X: Hijos del átomo) consideraba que el único y verdadero origen de Lobezno era el que había contado Barry Smith en Arma X. Paul Jenkins, al contrario que el resto, pensó que sus colegas debían estar locos. ¡Por supuesto que quería escribir la historia! ¿Cómo era posible que alguien dijera que no? El que había sido escritor de una aclamada maxiserie de Los Inhumanos se puso manos a la obra

 

En cuanto al dibujante, el magnífico Andy Kubert enseguida se destapó como el apropiado para acometer tal empresa. Casi desde el comienzo de su carrera, la trayectoria del pequeño de los Kubert había estado ligada a Marvel: primero en X-Men, donde había conseguido algo tan difícil como superar la herencia de Jim Lee (el gran artista que revolucionara a los mutantes a comienzos de los noventa); luego en Ka-Zar y Capitán América, en ambos casos junto a Mark Waid, en la que había supuesto su eclosión como artista. Tan importante resultaba Lobezno: Origen para la editorial que Jemas y Quesada reclamaron que Andy se uniera al proyecto a pesar de estar compartiendo lápices con su hermano Adam en Ultimate X-Men. La ausencia de un entintador y su sustitución por el color directamente aplicado sobre el dibujo fue también una decisión de suma importancia, y se produjo no sin antes contemplar los espectaculares resultados que en esos momentos estaba cosechando la serie X-Treme X-Men. Se conseguía así el toque de elegancia y distinción que requería una epopeya de ritmo cinematográfico, donde las influencias de las adaptaciones de las novelas de Jane Austen se unían a la sutil narrativa de Jenkins. El trabajo recayó sobre un verdadero genio llamado Richard Isanove, que marcaría con su labor en Origen un camino a seguir para toda la industria.

 

Curiosamente, el proyecto de filme de Lobezno se abandonó poco después de la realización de Origen, y no se recuperaría hasta algunos años más tarde. Cuando finalmente se llevó a cabo, en 2009, bajo el título de X-Men Orígenes: Lobezno, los primeros minutos de la película estaban directamente inspirados en las primeras páginas de este cómic, anunciado por Marvel como “la mayor historia jamás contada”, publicado originalmente en 2002 y acreedor de ventas millonarias. De esta forma, el propósito inicial de la obra se había cumplido.

 

El presente volumen no sólo reproduce aquel acontecimiento de primer orden, sino también el que se podría denominar como el “origen cronológico”: el Incredible Hulk #181 USA (noviembre 1974), cómic en el que los lectores contemplaron por primera vez a Lobezno en acción. Aquí habría que añadir que, en realidad, el personaje ya había aparecido en la última viñeta del episodio anterior, reproducida junto a estas palabras. Quien iba a decir que aquel tipo de las garras irrompibles acabaría por convertirse en uno de los mayores iconos del cómic mundial.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Lobezno: Origen

EL VIEJO LOGAN: EN LA CARRETERA

Cada cómic que se publica es hijo de su tiempo, de las circunstancias en las que ha sido concebido. Tal principio alcanza con el Universo Marvel su máxima expresión. A lo largo de sus muchas décadas de existencia, la Casa de las Ideas ha reflejado las épocas por las que ha pasado, con una obvia referencia a Estados Unidos, ya que es allí donde se producen sus historias, pero que por afinidad cultural puede llegar a trasladarse hasta nosotros. Si los cómics que alumbran el nacimiento de Los 4 Fantásticos o Los Vengadores están impregnados del optimismo y la ilusión de los sesenta, esa situación cambia en la década siguiente, presidida por el despertar a la dura realidad que trajo la guerra de Vietnam o el Escándalo Watergate, que acabó con la carrera política del presidente republicano Richard Nixon. Como respuesta a la amargura que envolvió a la sociedad en aquel entonces, los cómics se poblaron de personajes siniestros, vigilantes que disparaban a matar y seres terroríficos surgidos de las peores pesadillas. Había llegado el tiempo de Punisher, del Motorista Fantasma o del Hombre-Cosa. Pero, sobre todo, había llegado el tiempo de Lobezno.

El que habría de convertirse en el personaje más popular de esos treinta años llegó al mundo sin demasiadas pretensiones. El guionista Len Wein lo concibió como un fiero rival para Hulk. Lobezno sería un veinteañero respondón sin demasiado respeto por sus mayores, equipado con unos guantes de los que surgían unas garras de metal irrompible; John Romita, director artístico de la compañía en aquel entonces, se encargó de diseñar su aspecto, con un traje plagado de elementos felinos; Herb Trimpe le dibujaría en su primera aparición, una aventura publicada en Incredible Hulk #180 y 181 (1974), en la que Lobezno se enfrentaba contra el Piel Verde y El Wendigo, un terrible monstruo de leyenda.

 

Tras el debut, Wein se animaría a recuperarle en la renacida Patrulla-X, un concepto que se presentó un año más tarde y por el que los adolescentes que hasta entonces habían formado parte del grupo serían sustituidos por un puñado de nuevos héroes, cada uno de ellos con una nacionalidad diferente. Lobezno venía de Canadá, y era el tipo duro. Fue determinante que Wein se marchara poco después de aquella aventura, para dar paso a un joven de 25 años llamado Chris Claremont, quien comenzó a añadir elementos a un personaje cuyo background permanecía pendiente de rellenar. Fue Claremont quien decidió que Lobezno fuera, en realidad, un tipo que, aunque hubiera superado ampliamente los treinta, se mantenía en una edad indeterminada, a causa de un factor curativo que, a la par que curaba sus heridas, ralentizaba su envejecimiento. Se estableció también que su verdadero nombre era Logan, sin precisar nunca un apellido, y que las garras nacían de sus antebrazos y formaban parte del cuerpo. Alguien las había puesto ahí, pero, ¿quién? Los misterios enseguida comenzaron a circundar al más violento de los integrantes de La Patrulla-X, quien pronto se descubrió como un tipo verdaderamente amenazador, el único de los héroes mutantes que se dejaba arrastrar por su rabia hasta el punto de matar a sus enemigos.

 

La atención hacia Lobezno se incrementó todavía más con la irrupción de John Byrne, dibujante que compartiría tareas de argumento con Claremont, y que se sentía especialmente afín hacia Logan, canadiense como él. Byrne estableció la especial afinidad del personaje hacia Japón. Allí había pasado largo tiempo, e incluso aprendió el idioma… Aunque nunca explicara las circunstancias, porque nadie había preguntado. Así era el Lobezno de los primeros tiempos: un misterio en cada viñeta esperando a ser respondido. Y las respuestas tardarían mucho en llegar, ya que Claremont se negaba a darlas, pues así mantenía la intriga alrededor del que pronto empezó a ser el mutante más deseado por los lectores.

 

En 1982, aparecería la primera gran historia en solitario de Logan, recopilada luego bajo el título de Lobezno: Honor, y en la que Claremont, junto a Frank Miller, exploraba los lazos del personaje con el País del Sol Naciente. Finalmente, Marvel concedió a los lectores algo por lo que pasaron años suspirando: en 1988 Lobezno obtuvo colección mensual. Para entonces ya rivalizaba con Spiderman por el favor de los aficionados, que lo habían elevado a categoría de icono. Agotado el siglo XX, Lobezno era el único de los personajes nacido después de los años sesenta que había logrado cautivar a nuevas generaciones. Alrededor de él, además de las aventuras que protagonizaba con La Patrulla-X o su colección mensual, empezaron a surgir toda clase de especiales y apariciones en otros títulos de la factoría. Incluso La Casa de las Ideas se atrevió finalmente a contar todos y cada uno de los detalles que comprendían su vida: el misterio se había esfumado, pero no así la popularidad, que siguió creciendo y alcanzó a las grandes masas cuando Lobezno se situó como la clave del éxito de las películas de X-Men.

 

En la actualidad, el mutante de las garras de Adamántium ha trascendido los tebeos en los que nació; es una franquicia, un héroe de cine y dibujos animados, un muñeco articulado y el protagonista de centenares de historias. Es un personaje reconocido por cualquier persona, no sólo por los pocos que leen cómics. Pero, por encima de cualquier otra consideración, Lobezno es el perfecto vehículo para contar un determinado tipo de historias: las que protagoniza el anti-héroe prototípico de estas últimas décadas: Es el justiciero de la carretera, un tipo duro pero honesto, al que no le tiembla el pulso cuando tiene que eliminar a sus enemigos, pero que también atesora bondad, honor y piedad; es un alma torturada por los errores de un pasado que siempre vuelve para perseguirlo; es alguien que, aunque encuentre la compañía de otros, siempre se sentirá solo. Todo eso lo comparte con esos anti-héroes que, de John McClane a Harry Callahan, han cincelado el cine durante una época de descreimiento.

 

La que quizás sea la más transcendental saga vivida por Lobezno en la primera década del siglo XXI vino de manos de Mark Millar, un hombre capaz de poner en marcha y ejecutar proyectos de colosales envergaduras, gobernados por tramas más-grandes-que-la-vida, con personajes paradigmáticos llevados a sus extremos y con una narrativa cinematográfica, a camino entre el espectáculo explosivo de Michael Bay y la hilaridad sangrienta de Quentin Tarantino, siempre ejecutada por dibujantes de primerísimo orden. Millar parte siempre de un concepto sencillo, minimalista, y a la par poderoso y exuberante, que en muchas ocasiones no sirven sino para responder a las preguntas que siempre se han hecho los grandes aficionados al cómic, como él mismo. Por ejemplo, ¿qué pasaría si los héroes se enfrentaran entre ellos en una guerra en la que unos optan por la seguridad y otros por la libertad? Así nació Civil War, el mayor acontecimiento Marvel de los últimos treinta años. ¿Y si todos los grandes enemigos de Spiderman se confabularan para perseguirle? Fue el comienzo de doce trepidantes episodios protagonizados por el trepamuros. ¿Qué sucede cuando, en nuestro propio mundo convencional, un chaval como otro cualquiera trata de convertirse en superhéroe? Ése fue el origen de Kick-Ass, un tebeo que ya es, también, película. Porque Millar busca siempre la manera de convertir sus obras en franquicias que se reproduzcan más allá de las viñetas. Y de momento lo está consiguiendo.

 

Para acometer Lobezno: El viejo Logan, la pregunta que se hizo Mark Millar fue tan simple como, ¿qué será de él dentro de cincuenta años? El proceso retardado de envejecimiento del que se beneficia Logan puede llegar a calificarse de maldición, puesto que le condena a contemplar la muerte de todos sus seres queridos, mientras él tiene que seguir adelante. El futuro que plantea esta historia no es agradable. Es un futuro en que los villanos vencieron, largo tiempo atrás, la eterna batalla entre el bien y el mal, y ahora controlan el mundo.

 

Los ecos de Will Munny, el personaje que encarnara Clint Eastwood en ese inolvidable western crepuscular que es Sin Perdón, encuentran resonancia en estas páginas. Algo del pasado de Munny le obligó a enfundar las pistolas para siempre, a alejarse de una vida de violencia a la que aspira a no volver nunca más. Logan ha seguido un camino paralelo en esta historia: cuando comienza la acción, lleva cincuenta años sin sacar las garras, nadie sabe muy bien por qué. Ha formado una familia que nada tiene que ver con sus aventuras de los tiempos de La Patrulla-X, y se ha establecido en un lugar en medio de ninguna parte, alejado de cualquiera de sus vidas pasadas.

 

Es entonces cuando ocurre algo anecdótico, casi sin importancia, que obliga al protagonista a emprender un largo viaje por la América conquistada por los villanos. Se plantea ante los lectores una auténtica road movie, un Mad Max del Universo Marvel en el que Logan, y con él los aficionados, recorre un mundo sin piedad en el que todavía existen las huellas de una época mejor que ahora sólo es un recuerdo para unos pocos ancianos. Millar apoya su devastadora visión de los grandes mitos de La Casa de las Ideas sobre el arte de Steve McNiven, quien ya estuviera junto a él en Civil War, y que aquí se adapta al realismo descarnado, a la par que épico, que requiere la historia.

 

Aquí tienes, por tanto, una aventura del mutante de las garras de Adamántium como nunca se ha visto antes: una epopeya en la que Lobezno fue derrotado, junto a todos sus amigos, en una noche siniestra. Tuvo la mala suerte de sobrevivir, y ahora sólo queda un viejo llamado Logan que, antes de reencontrarse con sus compañeros muertos, tiene todavía por delante una larga y tortuosa misión, llena de peligros, en la que contemplará esperanzas frustradas y sueños pervertidos. Al final de la carretera, le aguarda su verdadero destino.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Lobezno: El Viejo Logan

DOCTOR EXTRAÑO: EL JURAMENTO – UNA PUERTA A LO DESCONOCIDO

Si hay una característica que describe al Universo Marvel esa es, sin lugar a dudas, la variedad. Los personajes creados por Stan Lee buscan la renovación de los grandes mitos de la cultura popular desde todas las ópticas posibles. La ciencia-ficción está en el origen de Los 4 Fantásticos, Hulk o Spiderman, pero Thor procede del mundo de la mitología, mientras que Iron Man se cimenta sobre la tecnología, La Patrulla-X en la genética y el Sargento Furia encuadra sus aventuras en el género bélico primero, en el espionaje más tarde.

 

 

Con la llegada del Doctor Extraño, un nuevo escenario se abrió ante los lectores: el de la magia, la hechicería y las artes místicas. Como en tantas otras ocasiones, Stan Lee no hacía sino recoger elementos que ya estaban ahí, para unirlos de una manera innovadora. La inspiración del arquitecto del Universo Marvel para la construcción del Doctor Extraño habría que buscarla, como él mismo ha reconocido, en Chandu el mago, un serial radiofónico que había hecho sus delicias cuando apenas contaba con diez años. Las aventuras de Chandu se emitieron entre 1932 y 1935, siendo uno de los programas más longevos y populares de las ondas.

 

Más allá de esa influencia inicial, el Doctor Extraño enseguida adquiriría una personalidad propia y una riqueza superior a la que hubiera tenido su inspirador. Para ello, fue fundamental la participación de Steve Ditko, su creador gráfico, al que Stan Lee elegía cada vez que tenía que orquestar una historia en la que el suspense, lo misterioso y lo terrorífico tuvieran cabida. Lee y Ditko habían firmado decenas de relatos de esas características, aparecidos en publicaciones como Amazing Adult Fantasy o Strange Tales.

 

Fue en esta última donde tuvo lugar el debut del Doctor Extraño, en concreto en el número 110 USA, aparecido con fecha de marzo de 1963. En apenas cinco páginas, irrumpía un hechicero que en nada se parecía a los prestidigitadores de circo con traje de etiqueta, sombrero de copa y varita mágica a los que estaban acostumbrados los aficionados de la época. El Doctor Extraño se presentaba como un misterioso individuo parco en palabras, de rasgos y vestimenta asiáticos, lo que hacía aventurar que él también procedía del lejano oriente, pese a que su casa estuviera enclavada en Greenwich Village, el más variopinto barrio de Nueva York, hogar de artistas y hippies. Las siguientes apariciones del personaje en Strange Tales permitieron añadir nuevos elementos al mito, que encontró el aplauso de los lectores. Finalmente, en la cuarta de sus historias, Stan Lee y Steve Ditko cerraron un primer ciclo formativo, cuando al fin desvelaron el origen del Doctor Extraño y occidentalizaron sus rasgos: Stephen Extraño era un neoyorkino entregado al materialismo… Hasta que un golpe de la vida le obligó a buscar el verdadero sentido de la vida en un templo perdido en el Himalaya, ante un anciano maestro. El argumento recordaba, hasta cierto punto, al best-seller de Sommerset Maugham El filo de la navaja, que contaba por aquel entonces con una popular adaptación cinematográfica.

 

Desde esos primeros relatos de unas pocas páginas, en los que se alternaban casos típicos, como una casa encantada o una invasión alienígena, con frecuentes combates contra el Barón Mordo, el gran rival de Extraño, la serie iría creciendo paulatinamente en complejidad y sofisticación, hasta ofrecer auténticos espectáculos visuales, en los que abundaban las visitas a mundos más allá del nuestro, próximos a lo onírico y surrealista; dimensiones habitadas por terribles criaturas que pugnan por conquistar nuestra realidad. Muchos lectores llegaron a pensar que Stan Lee era un auténtico iniciado en el esoterismo, a lo que se sumaba la sospecha de que Ditko frecuentaba los alucinógenos. En ambos casos, tales afirmaciones eran falsas: Los dos autores se limitaban a exprimir al máximo su fértil imaginación, pero de tal manera que el Hechicero Supremo llegaría a alzarse como icono de la contracultura y los movimientos New Age.

 

Apenas un año después de su debut, el Hechicero Supremo viviría su primera gran saga, publicada en Strange Tales #126 y 127, que evidencia un salto cualitativo en la ambición de la obra: una longitud superior, un gran villano como nunca antes había conocido Extraño, la llegada de Clea, que con el tiempo habría de convertirse en su discípula y amante; la “graduación” del protagonista, al recibir de manos de su Maestro las desde entonces características Capa de Levitación y Amuleto de Agamotto… Y, sobre todo, una explosión creativa por parte de Steve Ditko desde todos los frentes: el narrativo, ya que pasó a ser también autor de los argumentos y no sólo de los dibujos, y el pictórico, con un verdadero festival de representaciones psicodélicas y personajes tan imposibles como fascinantes, desde el propio Dormammu, el contrincante de Extraño en la aventura, hasta los Sin Mente, herederos directos de la imaginería de H. P. Lovecraft: habitantes, apenas humanoides, de un mundo de caos y destrucción en el que están condenados a morar.

 

La etapa Lee-Ditko continuaría todavía muchos meses más, preñados de fértiles descubrimientos, hasta alcanzar el Strange Tales #146 USA (julio de 1966), que fue el último en el que participaría el dibujante. Ditko abandonaba tanto Marvel como sus dos creaciones más destacadas, Spiderman y el Doctor Extraño, por diferencias creativas con Lee. Pese a ello, las aventuras del Maestro de las Artes Místicas seguirían adelante, hasta que, a la altura del #169 USA (junio de 1968), la serie que hasta entonces le había acogido cambiaría su nombre por el del protagonista. Para celebrarlo, Roy Thomas y Dan Adkins, representantes de la siguiente generación de autores que habían aterrizado en Marvel, llevarían a cabo una detallada reconstrucción, actualización y ampliación del origen del Doctor Extraño, signo de que los aficionados se estaban renovando con respecto a los que habían disfrutado de primeras aventuras.

 

Stephen Extraño seguiría gozando de serie regular, con puntuales altibajos, durante las siguientes décadas, hasta bien entrados los noventa. En todo ese tiempo, grandes autores pasarían por sus páginas, de los que cabe destacar las etapas de Steve Englehart y Frank Brunner, con la que se dio inicio a una nueva cabecera, o la de Roger Stern y Marshall Rogers, caracterizada por la grandiosidad y dramatismo de sus planteamientos, también la gran cantidad de episodios dibujados por Gene Colan, “el decano de las luces y las sombras”, como se le llegaría a conocer. En todo ese tiempo, Extraño se asentó como el hechicero por excelencia del Universo Marvel, además de servir de pieza central para Los Defensores, un equipo de superhéroes que tendría gran importancia en los setenta, y del que también formaban parte Hulk, Namor o Estela Plateada. A mediados de 1996, sin embargo, con el número 90 de Doctor Strange: Sorcerer Supreme (la que hacía tercera serie con el nombre de nuestro héroe), se puso fin a las aventuras continuadas del Hechicero Supremo, que a partir de entonces habría que buscar sólo como invitado especial en las andanzas de otros personajes y, de manera puntual, en diversas miniseries de mayor o menor interés, pero que nunca llegarían a calar entre los lectores. Para entonces, el Doctor Extraño ya se había convertido en esa clase de icono, como Nick Furia o Estela Plateada, fundamental dentro de la estructura del Universo Marvel, pero que no necesariamente contaba con una serie abierta y mensual en la que desarrollarse y evolucionar.

 

Ya en el siglo XXI, el Doctor Extraño recuperaría cierta atención dentro del Universo Marvel, puesto que pasaría a formar parte de Los Nuevos Vengadores, grupo central de la Casa de las Ideas. En 2007, a causa del renovado interés hacia el Hechicero Supremo, la editorial lanzó El juramento, una nueva miniserie que reunía a dos de los más pujantes autores del momento: Brian K. Vaughan a los guiones (responsable de la creación de revolucionarios conceptos, como Runaways o Y, el último hombre y guionista de la teleserie Perdidos) y el español Marcos Martín a los dibujos, cuyo estilo, eminentemente deudor de Steve Ditko, encajaba a la perfección con el héroe mágico.

 

Es El Juramento la obra de extraordinaria calidad que nutre en gran medida el tomo del coleccionable Marvel Héroes dedicado al Doctor Extraño, pero también otros relatos objeto en este artículo, como las cuatro primeras historias de la época Lee-Ditko, la saga que permitió al mago su salto a la grandeza o el episodio en el que se contó de manera detallada su origen. Todas estas aventuras conforman el perfecto punto de partida para conocer a un héroe de importancia capital dentro del Universo Marvel, pese a que no siempre haya gozado del éxito de otros iconos de la factoría. No en vano, Stephen Extraño prefiere mantenerse en la esfera de lo desconocido.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Doctor Extraño: El juramento

 

LOS VENGADORES: CITA CON LA GRANDEZA

La aceptación popular alcanzada por los personajes de Marvel Comics ha servido para que nos acostumbremos a ellos, para que los veamos como parte del escenario y de lo cotidiano. No era así cuando dieron sus primeros pasos. No era así en absoluto.

Stan Lee se había aburrido tiempo atrás de los clásicos justicieros de mandíbula cuadrada que hablaban todos de la misma manera y se comportaban como auténticos camaradas con sus compañeros de gremio. Martin Goodman, el propietario de la editorial, había observado, a comienzos de la década de los sesenta, que la competencia tenía su Liga de la Justicia, un tebeo en el que Superman, Wonder Woman, Batman y otros iconos propiedad de DC Comics compartían espacio, misiones, sonrisas y complicidad. Goodman quería algo así, y eso fue lo que le encargó a Lee. Éste, sin embargo, le entregó a Los 4 Fantásticos, que se pasaban el día discutiendo entre ellos, cuando no peleando abiertamente.

 

La sorpresa de los lectores ante aquella revolucionaria propuesta fue tal que, tras el lanzamiento del heterodoxo cuarteto, el imaginativo guionista fue poniendo encima de la mesa nuevos héroes cortados por el mismo patrón: el de la diferencia, el de salirse de las normas y reinventar un género al que todos habían enterrado antes de tiempo. Así llegaron, con Jack Kirby a los dibujos, el Hombre-Hormiga y La Avispa, Thor, Iron Man o Hulk, mientras que Steve Ditko se encargó de poner sobre el papel otras dos ideas más de Lee: Spiderman y el Doctor Extraño.

 

En apenas dos años, Marvel ya tenía una pléyade de nuevos héroes con los que jugar. De manera espontánea, esos personajes empezaron a encontrarse, y de nuevo la discordia y el enfrentamiento centraron aquellos primeros cruces entre unos y otros. El caso es que Martin Goodman, un tipo bastante insistente, quería tener una Liga de la Justicia. Y fue entonces cuando, con fecha de portada de septiembre de 1963 (el mismo mes en que La Patrulla-X vio la luz), nacieron Los Vengadores, dispuestos a luchar contra peligros de enormes proporciones.

 

La nueva propuesta de Lee y Kirby aglutinaba las creaciones de esta pareja creativa, quedándose fuera las de Ditko. Ni la angustia adolescente de Spiderman ni la magia febril del Doctor Extraño encajaban en un proyecto que aspiraba a ser el buque insignia de La Casa de las Ideas: un cierto halo de institucionalidad rodeaban a Los Vengadores, que pronto contaron con una mansión como base de operaciones, con su mesa de reuniones y estatutos, así como con la complicidad, la confianza y el aprecio de las autoridades.

 

Y sin embargo, los bautizados como Héroes Más Poderosos de la Tierra no tardaron en reivindicar rasgos distintivos que enseguida les alejarían de las comparaciones odiosas. Su propia reunión había sido fruto de la lucha de todos ellos contra Hulk, a causa de un engaño tejido por el malvado Loki, hermanastro conspicuo de Thor. En el cuarto episodio, llegaría quien estaba llamado a convertirse en el líder del equipo, el Capitán América, mientras que el resto de los fundadores terminaría por tirar la toalla, dejando paso a villanos redimidos, como Ojo de Halcón, La Bruja Escarlata o Mercurio.

 

 

Aunque más tarde volverían, Iron Man y Thor no fueron los únicos en marcharse: también Lee y Kirby, que cedieron los trastos creativos a otros autores. Entre ellos, habría que destacar el trabajo de Roy Thomas y John Buscema, quienes potenciaron al máximo las virtudes de la serie, hasta cumplir ese propósito inicial de cabeza de cartel de la compañía. En Los Vengadores cabía toda clase de historias, nacidas de la variedad de una alineación en continuo cambio. En sus filas ingresarían un androide (La Visión); un aventurero medieval (el Caballero Negro); un monarca africano (Pantera Negra) o una espía rusa (Viuda Negra)… El único denominador común, aquello que nunca podía faltar, era la grandeza del planteamiento; el objetivo de narrar siempre epopeyas más grandes que la vida misma, que lo mismo podía llevar a Los Vengadores hasta las estrellas o hasta un mundo alternativo; a salvar el planeta de un tirano cibernético o a combatir seres más allá de toda comprensión.

 

Desde entonces, tales fuegos artificiales han atraído a cada nueva generación de lectores, mientras que la sal y la pimienta de la colección ha estado en las relaciones personales y amorosas entre los protagonistas, en sus idas y venidas, que han mantenido viva la cabecera a lo largo de los años y las décadas: puede decirse que el Capitán América, Iron Man y Thor forman la sagrada trinidad sobre la que se cimentan Los Vengadores. En los grandes momentos del equipo, siempre estará presente alguno de ellos, cuando no los tres, pero son los héroes secundarios, aquellos que nunca han alcanzado la suficiente popularidad como para tener comic propio, los que apuntalan cada página y sobre los que, de verdad, gira cuanto sucede.

 

El arco argumental que contiene este volumen ofrece todas y cada una de las características definitorias de las que están hechos los grandes relatos de Los Vengadores. Zona Roja se publicó originalmente en Estados Unidos a lo largo de buena parte de 2003. El guión corre a cargo de Geoff Johns, un escritor que destaca por sus profundos conocimientos del cosmos del superhéroe clásico, sobre el que lanza una mirada moderna y actualizadora. La mayor parte de su carrera se ha desarrollado en DC Comics, factoría a la que ha conseguido insuflar nueva vida en la primera década del siglo XXI. Durante una breve temporada, Johns también tuvo oportunidad de dejar su huella en Los Vengadores, en una etapa en la que estos episodios brillan con luz propia.

La aventura cuenta además con tres dibujantes excepcionales. El primero es Gary Frank, artista de trazo primoroso que se diera a conocer con una larga etapa en Hulk; a continuación llega Ivan Reis, autor primerizo en el momento de la realización de este cómic, pero que ya apuntaba las influencias de los más grandes del género. Ambos, curiosamente, acompañarían posteriormente a Johns en sus aclamadas etapas de Superman y Green Lantern, respectivamente. Frank y Reis se ocupan del prólogo de Zona Roja, mientras que es Olivier Coipel quien acomete la almendra central de la saga. En este caso, estamos ante un dibujante que realizó un camino inverso a los de sus compañeros. Destetado en La Legión de Superhéroes de DC, Coipel sería fichado luego por Marvel, donde desarrollaría una meteórica carrera que se inició, precisamente, en Los Vengadores. En su horizonte esperaban eventos como Dinastía de M y Asedio, así como una visionaria estancia en Thor. Todas esas obras se han servido de su elegancia y espectacularidad, que aquí ya se hacían evidentes.

 

Estos elementos unidos dan forma a una epopeya en la que las vivencias más personales de los héroes se dan la mano con su trabajo diario, que consiste en salvar al mundo de amenazas que ningún héroe en solitario podría afrontar: así de sencillo, y así de difícil.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Los Vengadores: Zona roja

LA SAGA DE FÉNIX OSCURA: EL NACIMIENTO DE UN MITO

Eran el patito feo del Universo Marvel. Frente al drama adolescente de Spiderman, a la épica de Los Vengadores o la ciencia-ficción sofisticada de Los 4 Fantásticos, las andanzas de cinco chavales a las órdenes de un señor calvo no conseguían concitar la atención y el cariño de las masas. La Patrulla-X de Stan Lee y Jack Kirby nació en 1963, en plena ebullición creativa de La Casa de las Ideas, y lo hizo a partir de una idea tan inteligente como sugestiva: la existencia de un nuevo tipo de personas, dotadas con superpoderes como consecuencia de su herencia genética. Así vieron la luz los mutantes, en un contexto de miedo atómico y reivindicación de minorías, porque ahí sí acertó Stan Lee: cuando convirtió a sus hombres-X en marginados por su condición racial. Las mismas turbas que desconfiaban de Spiderman saltaban enfurecidos y aterrorizados ante la simple idea del homo superior, el siguiente eslabón en la cadena de Darwin, aquellos llamados un día a sustituir al homo sapiens. ¿Qué podían hacer los mutantes, frente a quienes los odiaban? “Aprender a convivir con ellos y enseñarles que no tienen que temernos”, decía Charles Xavier, el maestro que había dado un propósito vital a Cíclope, El Ángel, La Bestia, el Hombre de Hielo y la Chica Maravillosa. “Aniquilarlos y dominarlos”, respondía Magneto, su contrapartida malvada, en una dialéctica que situaba a Xavier en el papel de Martin Luther King y al Amo del Magnetismo más próximo a las invectivas de Malcom X.

 

Era un concepto en cierta forma revolucionario, tanto que llegó demasiado pronto para conseguir la aceptación entre los lectores. Bien hay que decir que sus autores tampoco consiguieron sacarle todo el partido posible, ya que Stan y Jack abandonaron la cabecera demasiado pronto, cuando apenas empezaban a apuntar maneras, e incorporar elementos tan sugestivos como el de Los Centinelas, robots asesinos de mutantes que presagiaban un futuro oscuro para toda la humanidad. Sólo algunos años más tarde, el imaginativo trabajo desarrollado en la serie por Roy Thomas y el mítico dibujante Neal Adams conseguiría vislumbrar cuán lejos podría llegar esa Patrulla-X si se la permitía.

 

Pero no se la permitió, y en el cambio de década, la colección fue puesta en barbecho. Cinco años tardaría en salir del limbo, hasta que, en 1975, los entonces responsables de La Casa de las Ideas decidieron dar una segunda oportunidad a los mutantes… Sólo que la idea sería reformulada en su práctica totalidad. Cíclope y Xavier permanecerían como cabeza visible del equipo, pero todos los demás serían sustituidos por nuevos personajes, procedentes cada uno de ellos de los más diferentes lugares del globo. Había una africana, Tormenta; un ruso, Coloso; un alemán, Rondador Nocturno; un canadiense, Lobezno… El tono de pequeña aventurilla era sustituido por la grandilocuencia, en línea con lo que ya habían hecho Thomas y Adams en los estertores de la primera andadura, mientras que el dibujante Dave Cockrum aportaba un toque eminentemente moderno al diseño de la obra. Quiso la suerte que el guionista responsable, Len Wein, apenas sí llegara a encargarse del episodio de estreno y de apuntar la saga posterior: pronto dejó el trabajo en manos de su joven ayudante, un inglés de veinticinco años llamado Chris Claremont.

Ocurrió de manera gradual, sin hacer ruido y por la puerta de atrás. La “nueva” Patrulla-X de Claremont y Cockrum fue afianzándose poco a poco, haciéndose fuerte allá por donde nunca habían transitado los antiguos hombres-X. Se apelaba a la angustia de la condición mutante, a la minuciosa caracterización de personajes, al acento en aquello que les hacía diferente y únicos, con una mirada puesta en sus vidas privadas; a la concatenación de aventuras sin dejar al lector un momento para respirar, y al tono internacional del equipo, al que muy pronto se le quedó el mundo lo suficientemente pequeño como para viajar a las estrellas y más allá.

 

Tales principios fueron potenciados aún más si cabe cuando Cockum cedió los lápices a John Byrne, el que estaba llamado a ser el gran dibujante estrella de la Marvel de los ochenta, quien ya había desarrollado cierta química de trabajo con Claremont y cuyo estilo realista y dramático se adaptaba a todo lo que necesitaba La Patrulla-X. Aquél era el cómic que Byrne no sólo quería dibujar, sino del que quería formar parte. Tan es así, que su labor se haría extensiva a los argumentos. Gracias a Byrne, los lectores llegarían a mirar con otros ojos a Lobezno, ése pequeño y brutal mutante por el que anteriormente no sentían demasiadas simpatías. Con su misterio a cuestas, su actitud desafiante, con esa rabia enjaulada que nunca sabías cuándo quedaría libre.

En La Patrulla-X había exóticos viajes a lugares como la Tierra Salvaje, Japón o la Antártida; había terribles amenazas, como la de Magneto, renacido y ebrio de poder, o Proteus, un mutante capaz de asesinar a sus víctimas con sólo tocarlas; situaciones dramáticas, en las que una parte del equipo llegaba a creer durante meses y más meses que la otra había muerto, y viceversa; mujeres atractivas, inteligentes e independientes como no se habían visto nunca en un cómic de superhéroes; héroes que era el epítome de la masculinidad… Cada victoria tenía un precio, cada cosa que ocurría dejaba su poso en los personajes, pero también en los lectores, que poco a poco se fueron asomando a aquella Patrulla-X, porque era “el cómic que había que leer”.

 

Los que todavía se resistían a hacerlo cayeron en las redes de los mutantes con una larga epopeya cuyo final redefiniría, desde su publicación en adelante, la manera de hacer tebeos, en más aspectos de los que podría llegar a imaginarse. Fue el arco argumental que, con posterioridad, ha recibido el nombre de “La saga de Fénix Oscura”.

 

La Fénix del título es la Chica Maravillosa, una de las fundadoras del equipo, la eterna novia de Cíclope, que había vuelto al redil poco después de la refundación, con una nueva identidad y unos nuevos poderes que, en ocasiones, hacía que la presencia del resto de sus compañeros fuera poco menos que inútil. ¿Qué ocurre cuando un poder de semejante envergadura es pervertido o cae en manos equivocadas? ¿Qué sucede cuando uno de los tuyos se vuelve contra ti? ¿Cuál es el precio a pagar por el culpable de genocidio? ¿Hasta dónde pueden llegar las ansias de justicia? ¿Hasta dónde el amor?

 

Todas esas preguntas se abordan, y se responden, en estas páginas, en un cómic que establece la medida de cómo narrar una historia en viñetas sin que el ritmo decaiga en ningún momento, sin que el lector adivine nunca lo que encontrará en la siguiente viñeta, sin que ninguna relectura sea menos provechosa que la anterior. El desarrollo ya es modélico, pero lo que convierte en mítica a “La saga de Fénix Oscura” quizás sea su conclusión, un final nunca pretendido ni buscado por sus autores, sino forzado por las circunstancias editoriales y las exigencias de Jim Shooter, el entonces Director Editorial de Marvel. Poco imaginaba él que aquella decisión de cambiar las últimas páginas de la historia, de teñir de negro lo que antes sólo estaba cubierto por la amargura, tendría unas consecuencias tan grandes que nunca han dejado de sentirse, que empapan cuanto tebeo de superhéroes se ha escrito y dibujado desde entonces.

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. La Patrulla-X: La saga de Fénix Oscura

EL HÉROE FUERA DEL TIEMPO

Los héroes fundamentales surgidos de la imaginación de Stan Lee que conformarían lo que hemos dado en denominar Universo Marvel surgieron a comienzos de los años sesenta, en lo que se dio en llamar la Era de Plata de los cómics. Stan Lee, junto a los dibujantes Jack Kirby y Steve Ditko, entre otros, concibió personajes como Los 4 Fantásticos, Spiderman, Hulk, Los Vengadores o La Patrulla-X, que consiguieron dar nueva vida a un género, el de los superhéroes, que por aquel entonces todos daban por acabado.

La editorial que lanzó esos grandes éxitos pronto tomaría la denominación de Marvel Comics. Sin embargo, aquella factoría burbujeante de ideas que acababa de alcanzar el estrellato llevaba ya más de dos décadas produciendo tebeos. Su auge hay que buscarlo en la década de los años cuarenta, la Edad de Oro de los Cómics. El nacimiento de Superman y Batman, ambos de National Periodicals (posterior DC Comics), animó al editor Martin Goodman, dueño de Timely (el germen de lo que luego sería Marvel), a presentar nuevos personajes circunscritos al género superheroico. Entre otros, Timely presentó a la Antorcha Humana original, a Namor, el Hombre Submarino… Y al Capitán América.

 

Fueron dos jóvenes de origen judío, el escritor Joe Simon y el dibujante Jack Kirby, quienes, furiosos e impotentes ante el auge de las Fuerzas del Eje, decidieron crear un nuevo icono que representara el espíritu de una juventud que quería luchar contra el nazismo. Steve Rogers, un humilde hijo de la Depresión Americana, es quien se transforma, gracias al suero del supersoldado, en el Centinela de la Libertad. El primer número de su colección aparecería con fecha de marzo de 1941, y en la portada el Capi, vestido con su traje tricolor y armado con su escudo, golpeaba al dictador en la cara. La imagen estremeció a un país que, apenas unos meses después, entraría en guerra contra Alemania.

 

El Capitán América fue el mayor representante de Timely durante los años siguientes, un verdadero símbolo de la justicia que incluso llegaría a contar con seriales cinematográficos. El final de la guerra, sin embargo, traería su declive y desaparición. ¡Pero el mito no había hecho más que nacer! En 1963, en plena ebullición de Marvel, Stan Lee tuvo la brillante idea de unir en un único equipo de justicieros a las principales espadas de la editorial. En Los Vengadores estarían Thor, Iron Man, Hulk, El Hombre Hormiga y La Avispa. Pero faltaba algo. Y entonces, Stan se acordó de la figura del Capitán América, y encontró la manera perfecta de recuperarlo. En su cuarta aventura, Los Vengadores encontraban por casualidad al veterano héroe, congelado en hielo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y que de nuevo volvería a entrar en acción.

 

El gran acierto de Stan Lee, más allá de recuperar a un personaje que permanecía en el recuerdo del país, estuvo en presentarlo como un hombre fuera de su tiempo: alguien que había vivido en un mundo de buenos y malos y ahora descubría la existencia de toda una escala de grises. Además de sus aventuras junto a Los Vengadores, de los que pronto se convertiría en líder, Steve Rogers contaría enseguida con su propia colección, también desarrollada por Lee con dibujos de Jack Kirby, el que hubiera sido su creador gráfico y que tenía la oportunidad, veinte años después, de reinterpretarlo para las nuevas generaciones.

 

En los años siguientes, grandes autores como Jim Steranko, John Romita, Gene Colan, Steve Englehart o Sal Buscema apuntalarían el mito. El trabajo de estos dos últimos, ya a mediados de los setenta, fue especialmente revelador: Uno a los guiones, el otro a los lápices, narrarían un largo ciclo de historias en el que el Capi tendría que abrir los ojos a la América corrupta del escándalo Watergate, el mismo que había hecho despertar al país a la dura realidad. Desencantado, Steve Rogers decidía abandonar la identidad del Capitán América para adoptar la del Nómada, un héroe sin patria. Tras comprender que el sueño al que representa no reside en los políticos, sino en el pueblo, el Centinela de la Libertad volvía a su puesto, con más fuerza que nunca.

 

La etapa que recoge este volumen se publicaría unos años más tarde, entre 1980 y 81, y supondría otro nuevo acierto, no sólo para el héroe de las barras y estrellas, sino también para Marvel. Sus responsables son el guionista Roger Stern y el dibujante John Byrne, quienes se habían amamantado con las grandes sagas de Stan Lee y Jack Kirby para pasar luego a convertirse en piezas fundamentales de la factoría. Curiosamente, cuando recibió el encargo de escribir la serie, Stern ya había pasado un año coordinándola, pero no por ello se sintió menos intimidado. Veía al personaje como un idealista y un patriota: un símbolo viviente del Sueño Americano. ¡Y es muy difícil que una persona convencional se sienta identificada con alguien así! Por eso, Stern quiso meterse en la cabeza de Steve Rogers, misión que se tomó muy en serio y para la cual realizó un profundo estudio de los años veinte, la época en la que hubiera nacido el hombre bajo la máscara. Fue entonces cuando hizo un descubrimiento que le sorprendió: aquél había sido un tiempo tan depravado como el actual, con grandes injusticias económicas y corrupción política generalizada. No era cierto que las cosas hubieran cambiado tanto desde entonces: simplemente, los demagogos que engañaban a la gente habían cambiado la radio por la televisión.

 

En cuanto supo que su amigo Stern escribiría la serie, John Byrne tuvo claro que él debía dibujarla, y nadie se hubiera atrevido a negar tal deseo al que estaba considerado como uno de los grandes autores de la época. El entintador Joe Rubinstein completaría un equipo que se encargaría de nueve trepidantes episodios repletos de acción, con nuevos y viejos enemigos y un renovado plantel de secundarios del que surgiría el nuevo interés amoroso de Steve Rogers. Entre las aventuras narradas, algunas se quedarían para siempre en la memoria del lector. A destacar, el encuentro con el Barón Sangre, una escalofriante amenaza de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuya conclusión dejó boquiabiertos a miles de fans; el capítulo en el que se aborda la hipotética candidatura del Capi a la presidencia, que a punto estuvo de tener un final diferente, o el flashback con el que se corona la etapa, y en el que se rememora el origen del héroe, tan redondo y certero que acabaría siendo novelizado, e incluso convertido en audiolibro.

Aquella época dorada terminó demasiado pronto, cuando ya había alcanzado la categoría de excelente. Los motivos habría que buscarlos en las discrepancias editoriales acerca de algo tan nimio como la duración de la siguiente saga que Stern y Byrne tenían proyectado realizar: un choque contra Cráneo Rojo, el archienemigo del Capi. Ante la imposibilidad de seguir adelante con sus planes, el guionista decidió abandonar la colección, y con él también se fue el dibujante. Pese a todo, ambos recuerdan todavía esta colaboración como una fuente de inmenso disfrute y alegría. Quedó para siempre como uno de los mejores periodos jamás vividos por el Capitán América, y entre los que más acertadamente definen a este defensor de los sueños que no teme nunca enfrentarse a la realidad, por dura que sea.

Artículo aparecido en Marvel Héroes. Capitán América: La leyenda viviente

EXTRAORDINARIAS VIDAS ORDINARIAS

El que Los 4 Fantásticos fuera la creación que abanderara el nacimiento del Universo Marvel, allá por 1961, la convierte en una rara avis dentro del mundo de los superhéroes. En aquella época, el cómic estadounidense languidecía en lenta agonía. Quedaban atrás los buenos tiempos de la Edad de Oro, en que los grandes justicieros contra el crimen vendían millones de ejemplares cada mes. A caballo entre los años cincuenta y los sesenta, la proliferación de géneros, desde el romántico al western, pasando por el terror o la ciencia ficción, indicaban una búsqueda que no acababa de ofrecer buenos resultados. Stan Lee se encontraba tan decepcionado de una industria en la que llevaba ya varios lustros trabajando que aceptó a regañadientes el reto que le lanzó su jefe Martin Goodman de crear un título que emulara a la recién nacida Liga de la Justicia de América, publicada por otra editorial. Sólo la sugerencia, que le hizo su esposa, de que intentara hacer el tipo de cómic que a él le gustaría leer, ayudó a que el escritor no tirara la toalla. Y eso que salimos ganando, porque Los 4 Fantásticos cambiaron el curso de la historia.

Estaba todo por inventar, con lo que el nuevo concepto se “contaminó” de todo lo que ya existía, desde las sagas sobre monstruos hasta las historias de anticipación publicadas en los pulp, desde la aventura clásica hasta las películas de serie B. Fue la inteligente combinación de esos elementos, sumada a la humanidad que Lee supo dar a sus criaturas y al impresionante arte de Jack Kirby, lo que convirtió a La Primera Familia Marvel en algo no sólo distinto a cuanto había, sino también revolucionario.

 

Porque Los 4 Fantásticos podían proteger la ciudad y salvar el universo, pero no utilizaban trajes de colores: sus uniformes de trabajo no llegaron hasta el tercer episodio, y en ellos predominaba la funcionalidad sobre el excentricismo. No había tampoco máscaras que reflejaran ninguna identidad dual. Por el contrario, Reed, Sue, Ben y Johnny eran verdaderas celebridades cuyas andanzas las seguía un nutrido público ávido de novedades. Nada podía encontrarse en sus aventuras sobre bases secretas, ni de reuniones ceremoniosas alrededor de una mesa, ni de reglas de trabajo más propias de los boy scouts que de adultos. De hecho, Los 4 Efe peleaban entre ellos muy a menudo. Y tampoco su aspecto era el de los musculosos guerreros de otras series. Reed Richards peinaba ya canas… ¡Y Ben Grimm era uno de esos monstruos contra los que combatían los protagonistas de los grandes títulos!

 

Pero por encima de todas esas consideraciones, la dinámica de sus aventuras se posicionaba en el lado opuesto de lo que pudiera haberse leído hasta entonces. Los 4 Fantásticos se movían sobre la dualidad de una familia disfuncional (mucho antes de que las familias disfuncionales formaran parte de la tónica de nuestra sociedad) y de unos exploradores de lo ignoto. Detengámonos un poco más en ambos aspectos. En el centro de esa familia tenemos a la pareja (primero novios, luego matrimonio) formada por Reed y Sue, quienes no tardarían en tener un hijo, Franklin, al que años más tarde se sumaría Valeria; a su vez, Sue y Johnny son hermanos, mientras que Ben no guarda relación de parentesco con ninguno de ellos, pero se erige como alma de Los 4 Efe, el pegamento que hace que todos permanezcan unidos. Frente al aspecto pétreo de La Cosa, su corazón no ofrece sino bondad y ternura hacia los suyos.

 

Y por otro lado tenemos la vertiente aventurera del equipo, donde la pieza fundamental es el verdadero poder de Mister Fantástico, que no es otro que su inigualable inteligencia, la que le lleva a concebir una tecnología tan fabulosa que rivaliza con la magia y a embarcarse, a sí mismo y con él a sus compañeros, en inusuales viajes de descubrimiento, ya sea de lugares, dimensiones o planetas. No es la función de Los 4 Fantásticos la de vérselas contra malhechores, por mucho que sus circunstancias les lleven a hacerlo, sino la de ensanchar los límites de cuanto se conoce… Pero que el lector no espere en sus aventuras una ciencia-ficción de lo posible, una lectura de aquello con lo que un día se encontrará la humanidad, sino una fantasía desbocada en la que cualquier cosa puede ocurrir.

 

Con esos mimbres, Lee y Kirby compusieron, a lo largo de más de cien episodios publicados a lo largo de toda la década, una portentosa sinfonía preñada de grandes conceptos, que marcaría el camino a seguir por sus pioneros, quienes por fuerza tendrían que comparar su trabajo con el legado de los creadores. Entre los que siguieron los pasos de Stan y Jack, hay un puñado de autores que tienen una posición destacada en la historia de La Primera Familia, como por ejemplo Roy Thomas, John Buscema, John Byrne, Walter Simonson o Carlos Pacheco. Ya en los últimos años, la etapa clave que ha sabido recapturar la magia de antaño ha sido la realizada por Mark Waid y Mike Wieringo entre 2002 y 2005, cuyo arranque contiene este volumen.

 

Waid figura entre los guionistas que, a finales de los años noventa, devolvieron el orgullo y la calidad a los superhéroes, con obras como Kingdom Come, o en sus etapas en Flash y Capitán América. En ellas, y frente a la ausencia de ideas de épocas precedentes, reivindicaba el optimismo y la inteligencia como armas a utilizar en el género. Su compañero de armas y colaborador habitual en muchas ocasiones, el tristemente desaparecido Mike Wieringo, le acompaña también aquí, con un estilo próximo al cartoon capaz de brillar al máximo en las escenas cotidianas de tratamiento de personajes y hacerse espectacular en las fabulosas situaciones en las que acaba envuelto el equipo.

 

“Los 4 Fantásticos no son superhéroes, sino Imaginautas”, proclamaba Waid en el discurso ante Marvel con el que consiguió el trabajo de guionista fijo de la serie. Es esa nueva y maravillosa palabra, la de Imaginautas, la que mejor define y ejemplifica estos episodios. No basta ya con llevar a los héroes a exóticos lugares, como el Himalaya, la jungla africana o la Luna, que tantas veces visitaran en otros tiempos. En el siglo XXI, el mundo se ha hecho demasiado pequeño para ellos: hay que ir aun más lejos, hasta donde no se ha aventurado ningún hombre, y tampoco ningún otro tebeo. A la hora de escribir la serie, Waid echaba la vista atrás para descubrir que demasiados autores habían tratado de repetir los éxitos del ayer mediante historias que no hacían sino reiterar tramas o personajes ya conocidos: el público había leído ya mil y un encuentros con el Doctor Muerte o Galactus que se parecían demasiado entre ellos.

 

Frente a eso, el nuevo guionista opta por quedarse con el espíritu que animara la cabecera en sus orígenes, para readaptarlo a la época actual. Su objetivo es que, en cada episodio, como ocurría en los tiempos de Stan y Jack, haya una nueva sorpresa, y sin que por ello sea necesario alterar la idiosincrasia de unos personajes tan ricos y complejos que, medio siglo después de su nacimiento, todavía tienen mucho que ofrecer. De esta manera, los dos primeros capítulos de este volumen contienen interesantes revelaciones sobre nuestros protagonistas, mientras que entre el tercero y el quinto se presenta a un nuevo villano, uno de los más sorprendentes y originales a los que se haya enfrentado jamás el grupo, y que ejemplifica mejor que ninguno la clase de amenazas con las que deben luchar.

 

El volumen se completa con una breve saga de dos números, en la que Wieringo cede los lápices a Mark Buckhingham, otro excelente artista especialmente dotado para la comedia de situación, cuyos recursos Waid aprovecha al máximo. Se suma, por último, una historia autoconclusiva protagonizada por La Cosa, en la que Karl Kesel y Stuart Immonen desvelan importantes detalles sobre el pasado de Ben Grimm.

 

Todos estos relatos conforman un perfecto ejemplo de la singularidad que ofrecen Los 4 Fantásticos, a los que Mark Waid definió con unas palabras que no podían ser más certeras: “Un equipo, y también una familia, de aventureros, exploradores e Imaginautas, que lleva una vida tan ordinaria… como extraordinaria”.

 

Artículo originalmente aparecido en Marvel Héroes. Los 4 Fantásticos: Imaginautas

SECRET WARS: LA GUERRA QUE LO EMPEZÓ TODO

1984 no se pareció en nada a la novela del mismo nombre escrita por George Orwell. Brillante año de los prodigiosos ochenta, fue un auténtico paraíso para cualquier chaval que todavía vistiera pantalones cortos. En los cines, se estrenaron Cazafantasmas, Indiana Jones y el Templo Maldito, Terminator, Gremlins, Superpolicía en Hollywood, y Tras el corazón verde. En televisión, triunfaban Magnum, Dinastía, Falcon Crest, Canción triste de Hill Street, El Equipo-A y El coche fantástico. Fue el año de “Like A Virgin” de Madonna, de “Purple Rain” de Prince o de “Girls Just Want To Have Fun” de Cindy Lauper. Y para los que leían cómics y jugaban con muñecos, fue definitivamente el año de las Secret Wars.

Los aficionados a los cómics de superhéroes conocían muy bien el funcionamiento de los mundos conectados. Los sugestivos personajes de Marvel podían tener sus propias vidas, como podía verse en cada una de las colecciones que protagonizaban, pero a su vez esas vidas se entremezclaban entre ellas y de forma simultánea, lo que posibilitaba las más imaginativas combinaciones y permutaciones. Spiderman era amigo de La Antorcha Humana de Los Cuatro Fantásticos; La Cosa, también integrante de éstos, jugaba partidas de póker con Nick Furia, Lobezno y Ms. Marvel; Mercurio y La Bruja Escarlata, dos viejos enemigos de La Patrulla-X, militaban en Los Vengadores; Daredevil, en su identidad civil de Matt Murdock, había defendido en juicio a Hulk… y la mayoría de ellos vivía en Nueva York. Al cabo de tantos años, parecía que no quedase demasiado margen para la sorpresa en esos cruces, pero sin embargo todavía había un terreno pendiente de explorar. Los encuentros entre personajes solían estar limitados por las circunstancias. En rara ocasión se había llegado a ver juntos a todos los héroes  de la compañía, más allá de circunstancias puntuales, como la boda de Mister Fantástico y La Chica Invisible o el torneo que se había desarrollado en la miniserie Contest Of Champions (1983), la primera en presentar a todos los justicieros de la Tierra en un único cómic. Eran momentos que no dejaban huella en todos sus protagonistas, quienes en muchos casos no hacían sino rellenar espacio en las viñetas. Habían pasado más de veinte años desde el nacimiento del Universo Marvel y nunca se había publicado una aventura protagonizada por todos los héroes que les afectara tan profundamente como para marcar sus biografías. Nunca… hasta ese mismo año.

 

Probablemente, de no darse las circunstancias propicias, a Marvel se le habría adelantado DC Comics, que ya entonces planeaba un macroevento con el que celebrar su cincuenta aniversario, en el que participarían cuantos héroes poblaban su mundo y que alteraría para siempre el escenario. Quiso la suerte que, antes de que comenzara a publicarse Crisis On Infinite Earths, Marvel diera un paso adelante y llegara a un acuerdo de licencia con la juguetera Mattel. El detonante tuvo que ver, precisamente, con las figuras de acción basadas en los personajes de DC que había lanzado Kenner, la competidora de Mattel. Sus DC Super Powers estaban extraordinariamente bien cuidados y fueron un éxito monumental. Mattel, que había pujado por la licencia de DC sin conseguirla, tenía a su vez un gran éxito en sus manos, la línea de He-Man y los Masters del Universo, pero no le parecía suficiente, así que se aproximó a Marvel para intentar conseguir un trato similar al de Kenner.

En La Casa de las Ideas, eran los tiempos de Jim Shooter como Director Editorial. Niño prodigio de los cómics que había empezado a escribir guiones de manera profesional cuando apenas tenía trece años, Shooter desarrollaba desde 1978 un brillante trabajo al frente de Marvel. Fue el responsable de encarrilar la editorial, a partir del caos anárquico de los setenta, hasta hacer de ella una la máquina bien engrasada en la que confluían talento y negocio. Bajo su responsabilidad, florecieron obras maestras como el Thor de Walter Simonson, el Daredevil de Frank Miller o Los 4 Fantásticos de John Byrne. Mattel encontró en Shooter el aliado perfecto para producir su flamante línea de muñecos basada en los personajes de Marvel. En la juguetera no sólo querían lanzar su colección de action figures con sus accesorios, vehículos y bases de operaciones, sino también arroparla con un cómic que enseñara a los chicos cómo debían jugar: cómo se llamaban y se relacionaban entre sí los personajes, quiénes eran los héroes y quiénes los villanos, cuáles eran sus poderes… La compañía había hecho estudios de mercado con su público potencial, de manera que se presentó ante Shooter con una lista de peticiones. Por ejemplo, querían transformar la armadura del Doctor Muerte, que a su juicio tenía un aspecto demasiado medieval, y que reflejara mejor que se trataba de alta tecnología. También habían constatado que los niños reaccionaban particularmente bien ante dos palabras: “Secret” y “War”, así que, el proyecto de cómic, que inicialmente se llamaba Cosmic Champions, pasó a denominarse Marvel Super Heroes Secret Wars. Su trama obedecería a una idea muy simple, que al Director Editorial le habían hecho llegar muchos lectores, en especial los más jóvenes: debía tratarse de una espectacular aventura en la que aparecieran todos los héroes y todos los villanos de la editorial.

 

Siempre se ha dicho que Shooter se reservó el guión de Secret Wars para sí mismo porque preveía que la colección fuera un éxito y le reportara importantes dividendos gracias a los royalties que cobraban los autores una vez que un cómic superara cierto nivel de ventas. Sin embargo, no era así como el propio autor, o algunos de sus colaboradores, lo veían. Según Shooter, se hizo cargo de la maxiserie de doce números porque todos los guionistas de la casa se mostraban muy protectores hacia sus personajes, de manera que haber designado a uno de ellos para el proyecto hubiera provocado las quejas del resto. Si era él quien decidía cuanto ocurriera en aquella aventura, los otros escritores podrían discutir sus decisiones, pero en último término él, como máxima autoridad de Marvel, tendría la última palabra.

Shooter designó a Mike Zeck para dibujar la saga. Zeck destacaba por su rotunda interpretación de héroes como Shang Chi o Capitán América, que había abordado en dos destacadas etapas. No era, sin embargo, el artista más indicado para una aventura multitudinaria que requería de constantes correcciones demandadas por Shooter, lo que se hizo sentir durante el desarrollo del proyecto y obligó a embarcar a un segundo dibujante, Bob Layton, para acometer la cuarta y la quinta entrega. A su vez, fue obligado recurrir a multitud de entintadores de cara completar el final. De la coordinación del evento se encargó Tom DeFalco, la mano derecha de Shooter, quien tuvo la idea de que, en los cómics que se pusieron a la venta en Estados Unidos en diciembre de 1983, los héroes desaparecieran rumbo a lo desconocido. El editor tuvo que coordinarse con los autores de las series protagonizadas por Spiderman (en su caso concreto, eran tres), Los Vengadores, Capitán América, Thor, Iron Man, Hulk, Los 4 Fantásticos, La Cosa y La Patrulla-X. Todas estas colecciones presentaron a sus protagonistas introduciéndose en una gigantesca máquina que había aparecido en Central Park. En algunos casos, como el del episodio de The Amazing Spider-Man, co-escrito por el propio DeFalco, el acontecimiento ocupaba varias páginas, e incluso se integraba de manera orgánica en el discurrir de las aventuras que estaba viviendo el trepamuros: desde varios números anteriores, Spidey llevaba sintiendo intensos avisos por parte de su sentido arácnido, y la causa por fin se revelaba ante él, y no era otra que la máquina. En otras colecciones, sin embargo, la saga pilló con el paso cambiado a los responsables, que tuvieron que solucionar la papeleta deprisa y corriendo, en una página extra añadida a última hora. En este aspecto, llamó la atención el caso extremo de Thor. Su guionista y dibujante, Walter Simonson, dejó tres viñetas vacías, en las que debería haberse reflejado el salto del Dios del Trueno a las Guerras Secretas. Los lectores no tendrían la escena hasta el mes siguiente, cuando fue reproducida en las páginas editoriales del cómic.

¿Qué ocurrió en la semana, en tiempo Marvel, en que los héroes estuvieron desaparecidos? Aquellos que se habían quedado en nuestro planeta tuvieron que hacer frente a las crisis en las que hubieran contado con la ayuda de sus compañeros, una circunstancia que se reflejó especialmente en la colección de Los Vengadores, mientras que el Daily Bugle, como pudo verse en Amazing, constataba que se estaba produciendo un incremento en las tasas de criminalidad. No duró mucho, en todo caso, porque, en el número posterior a marcharse, los héroes ya estaban de vuelta, lo que coincidió con la aparición en las librerías del primer número de Secret Wars propiamente dicho.

 

En aquella corta semana, sus vidas habían cambiado para siempre: Spiderman había encontrado un nuevo traje de sorprendentes características; Hulka sustituía a La Cosa dentro de Los 4 Fantásticos, dado que Ben Grimm había decidido quedarse atrás; Iron Man presentaba modificaciones en su armadura; Hulk, que anteriormente conseguía mantener su inteligencia humana, comenzaba a verse privado de ella; Coloso había perdido al amor de su vida, mientras que el resto de La Patrulla-X se traía un dragón a casa… Pero, ¿cómo había ocurrido todo aquello? Los lectores querían saberlo, y por eso se lanzaron en masa sobre aquel primer número de Secret Wars, y mes a mes apoyaron la maxiserie hasta convertirla en el cómic más vendido de la década.

Las Guerras Secretas se posicionaron en el epicentro del Universo Marvel para alterarlo radicalmente. Algunos de los cambios que trajeron perdurarían durante años, como el traje negro de Spidey, que fue la simiente de Veneno. Secret Wars no sólo fue un evento como nunca se había conocido hasta entonces: sirvió de modelo a todos los que vinieran después, ya fueran en la propia Marvel o en la competencia. Mattel triunfó. Sus action figures eran mucho más sencillas que las de Super Powers, pero consiguieron cautivar a la chavalería, de manera que pronto lanzaron una segunda oleada, y hasta una tercera que sólo se llegó a ver fuera de Estados Unidos. En paralelo, Marvel licenció innumerables productos relacionados: álbumes de cromos, mochilas, coloreables, pegatinas… Secret Wars lo invadió todo, marcando una barrera generacional entre los lectores veteranos, que en su mayor parte la abominaron, y los más jóvenes, que las disfrutaron con entrega entusiasta.

Apenas tres meses después de la publicación del último número de la maxiserie, llegó a las tiendas una secuela, Secret Wars II, aún más compleja que su predecesora y con un planteamiento completamente distinto. En este caso, era el Todopoderoso quien visitaba la Tierra y se cruzaba en su camino con diferentes héroes. Cada uno de los nueve números de la saga continuaba en entregas de diferentes series, hasta nada menos que cuarenta y dos episodios. De nuevo, el éxito comercial fue rotundo, dando lugar a un producto que permitía a los lectores hacerse una clara idea de la configuración que por aquel entonces tenía el Universo Marvel, y a Jim Shooter, de nuevo guionista de la historia, dar rienda suelta a una historia como ninguna otra que hubiera sido escrita en el género, con un dios encarnado en humano como protagonista. Su posterior salida de la compañía, enterró las posibilidades de siguientes entregas.

 

Pero las Guerras Secretas ya habían cambiado la industria del cómic. Las dos grandes editoriales instaurarían la tradición de, al menos una vez al año, ofrecer un acontecimiento que aglutinara a sus más importantes héroes. En Marvel, llegaron historias como “La caída de los mutantes”, “La guerra de la evolución”, “Inferno”, “Actos de Venganza”, “El Guantelete del Infinito” o “La Era de Apocalipsis”. La moda perdió fuelle a finales de los años noventa, para volver, con fuerzas renovadas, a mediados de la primera década del siglo XXI, en que tendríamos “Dinastía de M”, “Civil War”, “Invasión Secreta”, “Asedio” y muchas más. Con el paso del tiempo, estos gigantescos crossovers fueron ganando en complejidad y magnitud, pero nadie debe olvidar que todo empezó con Marvel Super Heroes Secret Wars, un cómic, pensado para aprender a jugar con unos muñequitos pero que, a toda una generación de lectores les descubrió el lugar que, a partir de ese momento, considerarían su casa: el Universo Marvel.

Artículo aparecido en Marvel Héroes. Secret Wars: Integral

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