1998. EL 35º ANIVERSARIO DE LA PRIMERA PATRULLA-X

Es 1998, el año del treinta y cinco aniversario de la primera Patrulla-X. Las celebraciones se traducen en un crossover detrás de otro. Hasta tres grandes sagas sitúa el editor Mark Powers en su calendario, si bien es cierto que sólo afectan a las dos colecciones principales. La primero de esas sagas (UXM 360 y 361, XM 80 y 81, X y XI 98) sirve para que la Franquicia Mutante complete su remodelación. Por un lado, los viejos hombres-X perdidos en Excalibur (Kitty Pryde, Rondador y Coloso) regresan a casa después del cierre inevitable de la colección (EX 125, X 98). Por el otro, dado el éxito de los universos paralelos, X-Factor termina su andadura en el XF 149 (IX 98) para ser sustituida un mes después por Mutant-X, serie protagonizada por Kaos que transcurre en una dimensión alternativa.

 

Por último, los objetivos para las dos formaciones de la Patrulla-X pasan por potenciar su lado clásico. Que quien se acerque a los mutantes después de veinte años sin leerlos pueda reconocer inmediatamente al grupo que tanto le gustó en su juventud. Ese planteamiento choca con gran parte de las ideas de Kelly y Seagle. No obstante, aceptan seguir adelante, más convencidos que nunca de que su capacidad de actuación dentro de la Oficina-X está reducida a la mínima expresión. Con la trama del crossover firmada, los guionistas vuelven a casa para escribir. A mitad del trabajo, reciben la típica llamada del editor asociado de turno. “Oye, que de lo hablado en la reunión nada de nada, que hemos cambiado de idea”. La falta de seriedad a la que ya estaba acostumbrado y de la que incluso participara Scott Lobdell cae como otro jarro de agua fría sobre sus cabezas. El siguiente bofetón se lo llevan cuando descubren que alguien trastoca sus textos. “Dios mío, yo no escribí esto. Ni de lejos”, piensa horrorizado Steve Seagle cuando recibe el UXM 361, impresión idéntica a la que saca Kelly del XM 80. Con el cuerpo editorial hemos topado, amigo Sancho. “Este sitio es kafkiano”, sostiene Seagle. Los dos guionistas soportan un clima enrarecido bajo el que pronto son tachados de autores conflictivos con un afán demasiado innovador. Mejor sujetarse a lo que ha funcionado siempre, dicen en Marvel. Si los Vengadores, los Cuatro Fantásticos, Spider-Man han conseguido superar el bache de los últimos años mediante el truco de parecerse a cómo eran en su época dorada, a la Patrulla-X le conviene olvidarse de tonterías e ir a lo seguro. Abajo con las ideas de estos dos. Fuera lo nuevo y vuelta a lo viejo. “Por favor, ¿por qué no ingresamos a Xavier en un asilo con su sillita?”, sugiere Kelly cuando le anuncian que el Profesor-X ha de volver a regir los destinos de sus alumnos.

Es verano de 1998. Los constantes bailes entre los autores de la Franquicia Mutante dejan fuera a Larry Hama, muy criticado por su corta etapa en Generation-X (GX 33-44, XII 97-XI 98). Resulta obvio que al perfecto guionista de Lobezno no le sienta nada bien el cambio de registro. James Robinson cede Cable a Joey Casey, un amiguete de una librería especializada que enseguida despunta como uno de los más inteligentes escritores de la nueva hornada (CB 52, III 98). También hay bajas entre los dibujantes, ya que Chris Bachalo tiene previsto abandonar Marvel a finales de año (UXM 365, III 99). Por último, X-Men lleva sin artista fijo desde que Carlos Pacheco dejara la serie para ayudar a Kurt Busiek con varios proyectos especiales relacionados con los Vengadores (XM 75, IV 98). Para rellenar el hueco, la Oficina-X se pone en contacto con Alan Davis, quien acepta volver a casa a condición de que también pueda escribir los argumentos. Joe Kelly sólo es informado de la primera parte.

 

-Vas a tener a Alan Davis en X-Men, ¿qué te parece?

-Ah, de puta madre.

 

Kelly se entera de la segunda parte por la prensa. “No puede ser, ¿me han tomado por un dialoguista o qué?”, afirma sorprendido. Ambos autores coinciden en septiembre durante la convención de cómics que se celebra en Avilés (Gijón). Tratan de ponerse de acuerdo, pero no lo consiguen. Tienen ideas completamente contrarias acerca de lo que quieren hacer. Nada más volver a Estados Unidos, Kelly habla con Seagle. Llevan meses hartos de que les toquen los argumentos y los cojones. Ambos deciden hacer efectivo un acuerdo según el cual si uno se marcha, el otro también. Inmediatamente, presentan su dimisión conjunta. “Joder, lo que faltaba ahora”, gritan en la Oficina-X. Los tebeos más vendidos y mejor pagados del mundo buscan guionista. Y no lo encuentran. Alan Davis es una solución temporal, un parche de oro hasta que Mark Powers y compañía den con un nombre que, primero, tenga el suficiente prestigio como para que el situarlo en las series mutantes no contradiga las nuevas consignas de calidad (los años en los que “no importa quien escriba X-Men” han terminado); segundo, cargue con la paciencia necesaria como para convivir con el sistema interno de la franquicia. Yo de verdad que no entiendo por qué no consiguen amoldarse a nosotros, sostiene Powers.

Alan Davis viene a X-Men en una temporada baja de su carrera. Una enfermedad le ha mantenido apartado del tablero de dibujo en los últimos meses. Nada más recuperarse, descubre que algunos de sus compromisos profesionales han sido atrasados. Es el caso de una serie que prepara para Marvel sobre Killraven. Necesita volver a figurar en primera línea de las agendas editoriales. Cuando Powers llama a su puerta, casi le besa. “Bueno, puedo quedarme aquí medio año, me llevo la pasta y vuelvo a lo mío”, piensa. Sabe muy bien como funcionan las cosas. Acaba de ver como Marvel engañaba a Kelly y Seagle. Sospecha que a él le harán lo mismo a la menor oportunidad, por eso no se plantea su estancia en la Franquicia más allá de los seis meses por los que firma.

Con los argumentos de ambas series en sus manos y ayudado por su amigo Terry Kavanagh a los diálogos, Davis hace lo que mejor sabe: ata cabos sueltos al tiempo que recupera el clasicismo de la strip. En sus tres primeros números, resuelve todos los problemas en torno a Magneto y su doble Joseph, pero también sitúa al Amo del Magnetismo en una posición inédita, la de líder de toda una nación como Genosha (XM 87, V 99). Mientras tanto, Powers sigue buscando un autor que le soporte, pero sigue sin encontrarlo. Por fin, pide a Davis que renueve por medio año más. Éste se divierte en la serie y más todavía cuando le llega la nómina. “Venga, otros seis meses”. En ellos, aprovechando algunas tramas apuntadas por Joey Casey en Cable, desarrolla la saga de Los Doce, durante la que vuelve Apocalipsis (UXM 377, XII 99) y Lobezno recupera su adamántium (WOL 145, XII 99). Son historias de una suma importancia, ya que dejan limpia la casa de polvo y paja a la espera de la ansiada renovación, que además ha de coincidir con el estreno en verano de 2000 de X-Men the movie, en la que Marvel ha depositado todas sus esperanzas.

Concluido su contrato, Davis se despide a lo grande, con una muerte que hace temblar las estructuras de la familia mutante. Cíclope, el primer y durante años más importante hombre-X, se ha convertido con el paso de los años en el más redundante. Los lazos familiares del único huérfano de la prehistórica Patrulla-X se extienden ahora por varias líneas temporales. De elemento que daba cohesión al sueño de Xavier, Scott Summers ha pasado a ser la plañidera incapaz de tomar decisiones bajo otra influencia que no sea la de su esposa Jean Grey, entronizada ahora como verdadera figura central del Universo Mutante. La desaparición de Cíclope es la más llorada por lo que representa y la más fácil de encajar debido al papel, por completo prescindible, que ha adquirido el personaje. El suceso, por supuesto, carece de cualquier posibilidad de permanencia, a la vista de la falta absoluta de credibilidad que la muerte tiene en Marvel desde la resurrección de Jean.

Es verano de 1999. Powers concluye su búsqueda del guionista perdido. La clave la encuentra en casa, en ese The Fantastic Four escrito por Chris Claremont al que los lectores maliciosos acusan de ser el mejor Excalibur de los últimos años. La presencia constante de personajes y situaciones procedentes de sus años al frente de la Franquicia Mutante, así como la extraña petición de integrar a Kitty Pryde en la Primera Familia Marveliana –respondida con una negativa– dejan claros los deseos del guionista. ¿Cuánto tiempo puede pasar Chris Claremont encerrado en un despacho de Marvel antes de volverse loco? ¿Cuánto tiempo antes de que empiece, medio en broma, medio en serio, a redactar guiones que luego no firma? ¿Cuánto tiempo aconsejando posibles argumentos a Kavanagh o a Davis? Gran parte de las ideas que utiliza éste durante su segundo semestre proceden del Patriarca Mutante, que de rondón consigue colar por fin aquella historia con Lobezno muerto (UXM 375. X 99) y convertido en un villano (Astonishing X-Men 1-3, IX-XI 99). ¿Y por qué no os libráis de Xavier? ¿Y por qué no matáis a Cíclope? ¿Y por qué no disgregáis el grupo durante una temporadita?… ¿Y por qué no lo escribes tú, Chris? Por que no me dejan, Alan, por que no me dejan.

 

 

Han pasado veinticinco años desde que, casi por casualidad, aquel desconocido recién llegado de Inglaterra recibiera el encargo de escribir un tebeo de segunda categoría llamado X-Men. En esos años, el título creció, superó sus límites y se multiplicó exponencialmente, primero bajo la influencia de Claremont, luego como un imparable rodillo comercial. La industria del cómic es hoy muy distinta de cómo lo era en aquel verano de 1975. Y lo es, en gran medida, gracias a (o por culpa de) los mutantes de Chris Claremont. Sus criaturas, sus niños, sus hijos, mucho más resistentes que él mismo, con una fortaleza que les ha permitido superar el trato y el maltrato de un cuarto de siglo de éxito. Por encima de cualquier circunstancia, Logan, Ororo, Kurt, Peter, Kitty… se levantan indemnes, con fuerzas cada vez mayores. Mientras John Byrne regresa a casa con un título dedicado a narrar las aventuras de los pupilos de Xavier durante sus años ocultos, comienzan las conversaciones, los tira y afloja. Bob Harras, en contra de su propio criterio, pone encima de la mesa de Claremont una oferta que el Patriarca Mutante es incapaz de rechazar. Los guiones de las dos series principales, la cesión de las colecciones mutantes peor vendidas a un autor de su completa afinidad y una libertad para hacer y deshacer de la que ningún otro guionista goza en la Marvel actual. Sin trucos. Sin cuerpo editorial que valga metiendo mano en los guiones. Con los Hijos del Átomo en manos de quien mejor los conoce, ahora que se acerca la dura prueba que representa el filme de Fox, con millones de ojos mirando hacia la Patrulla-X.  Claremont piensa en ello. Piensa en si va a ser él menos que Byrne. Piensa en las decisiones que tomó. En las que no tomó. ¿Debería haber dejado que se convirtiera en una parte tan fundamental de mi vida? ¿Debería haberme marchado antes? ¿Debería haberme quedado? Piensa en las historias que contó. En las historias que no contó. En las historias que pudo haber contado mejor. La parte más triste de este negocio es su naturaleza transitoria. Trabajas en una serie. Trabajas en unos personajes que son como tus hijos. Luego te vas. Cada guionista, cada dibujante o editor que llega detrás de ti modela tus conceptos para que encajen en su visión, no en la tuya. Lo que pasó antes es cambiado. O apartado. O simplemente olvidado. Pero hubo un tiempo en que la visión era la mía. El concepto a modelar era el mío. Los personajes eran los míos.

Es 24 de septiembre de 1999. Marvel anuncia que el nuevo guionista de X-Men y Uncanny X-Men se llama Chris Claremont.

 

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