1993. CREANDO LA ERA DE APOCALIPSIS

Es junio de 1993. El mayor éxito de Marvel, aquel que le ha llevado a estar en boca de todos los chavales se llama X-Men, pero no es un cómic. Es una serie de animación que emite Fox Tv todos los sábados por la mañana. Bob Harras se reúne periódicamente con los productores para comentar posibles líneas argumentales y asegurarse de que lo que aparece en pantalla mantiene el espíritu de lo que se publica en los tebeos. Los creativos de Fox disfrutan con todas las historias que tengan que ver con viajes temporales. Ya han hecho una relacionada con Cable y ahora preparan otra que involucra a Bishop. Harras sugiere que intenten dar la vuelta al concepto, ya que lo considera repetitivo.

-Por ejemplo, Bishop podría viajar hacia nuestro pasado, donde trastocaría la corriente temporal y cambiaría para siempre la historia de la Patrulla-X…

 

El tono de Harras va haciéndose más lento. Se está dando cuenta de la magnitud de la propuesta conforme la escucha de sus propios labios. Cuando sale de la reunión, ya ha decidido que la idea es demasiado buena para la serie de televisión. “Qué diablos”, piensa. “Me la quedo”. En el avión que le lleva de vuelta a Nueva York, el editor mutante hace frenéticas anotaciones en su libreta. Dos horas más tarde, ya sabe por dónde quiere ir. ¿Qué pasaría si Charles Xavier no hubiera fundado la Patrulla-X?, se pregunta. Seguramente, Magneto habría formado el grupo obligado por las circunstancias. Sería un mundo diferente, mucho más oscuro que el nuestro. No, ésta no va a ser una “historia imaginaria”, un What if? cualquiera, sino la epopeya mutante más espectacular y ambiciosa de todos los tiempos. Nada más llegar a su despacho, Harras convoca a todos los autores de la franquicia. Está entusiasmado. Por primera vez desde la marcha de Jim Lee, sabe que tiene algo tan grande entre manos como para recuperar la atención sobre la Patrulla-X. Quiere cancelar todas las colecciones mutantes a final de año. Un mes más tarde, aparecerían ocho nuevas cabeceras ambientadas en una universo en el que Charles Xavier murió antes de fundar su escuela. La saga duraría cuatro meses y, una vez terminada, las series recuperarían su anterior status quo. Es un salto al vacío. Sabe que se la está jugando, pero tiene la convicción de que las posibilidades de perder son mínimas. Basta con asegurarse de que el deseo de los fans por leer este enorme crossover sea tan intenso como sus ganas de saber qué ocurrirá una vez termine. Además, renumerar las colecciones puede servir para pescar nuevos adictos a la causa, algo necesario a tenor de la continua bajada de ventas. El entusiasmo del editor se trasmite enseguida a guionistas y dibujantes, impresionados ante las posibilidades de la saga. Durante cuatro meses, pueden hacer lo que quieran, incluso matar a Lobezno.

A lo largo de horas y horas, Harras, Lobdell y Nicieza buscan una trama de cuyo resultado nazca el universo paralelo que quieren. Lo único decidido es que Charles Xavier ha de morir, pero surgen un par de preguntas.

Primera pregunta: ¿Cuando? Tras descartar varias opciones, los guionistas y el editor mutante optan por retroceder veinte años en la actual cronología, hasta la época en la que Xavier y Magneto se conocieron en Israel. “Es un momento de la vida de Magneto en el que todavía no ha tomado las decisiones que le convertirán en el gran enemigo de la Patrulla-X”, explica Lobdell.

Segunda pregunta: ¿Quién es el asesino de Xavier? Ningún villano sirve. Ninguno tiene las motivaciones suficientes para llevar a cabo un crimen así dos décadas antes de la creación de la Patrulla-X. “Espera, estamos equivocando el planteamiento”, advierte alguien. “¿Por qué tiene que ser un villano? Podría ser alguien que retrocede en el tiempo para asesinar a Magneto… y mata a Xavier por accidente”. Alguien como Legión, el hijo del Profesor, cuyas acciones desencadenan una serie de acontecimientos que cambian la historia de la humanidad.

Durante tres largos días, se estructura un prólogo al gran acontecimiento del invierno. En La búsqueda de Legión (UXM 320 y 321, XM 40 y 42, I-II 95), el hijo de Xavier, transportado al pasado, asesina por error a su padre. Como consecuencia de ello, la realidad presente desaparece y es sustituida por un mundo de pesadilla conocido como La Era de Apocalipsis. Cada colección mutante queda colgada con cliffhangers cuya resolución deberá esperar a que acabe el nuevo crossover.

Los autores-X se concentran en un hotel de Manhattan en el que durante gran parte de agosto redactan una biblia de personajes, escenarios y situaciones del nuevo universo recién creado. En síntesis, el documento empieza así: “Si la desesperación tuviera un rostro, se estaría riendo. Bienvenidos a América. Bienvenidos a un mundo y un tiempo enloquecido. Hace años, un mutante llamado Apocalipsis conquistó este país. Cuando los Homo superior se alzaron sobre los escombros, los humanos quedaron aplastados por su subida al poder. Unos pocos, los afortunados, consiguieron huir a Europa y Asia. El resto quedó atrapado por un destino que no podía comprender”. Sin un Xavier que se le oponga, Apocalipsis ha convertido la Tierra en un enorme campo de concentración lleno de ciudades devastadas, fosas comunes rebosantes de cadáveres, continentes arrasados y multitudes que se mueren de hambre bajo el yugo del Alto Señor. La Patrulla-X de Magneto y otras guerrillas mutantes son la última esperanza de la humanidad.

 

Lo realmente interesante de La Era del Apocalipsis es ver cómo han evolucionado los mutantes en este mundo desolado. Muchos han cambiado de bando, otros tienen una personalidad muy diferente y unos pocos conservan sus rasgos definitorios. “En algunos casos hemos exagerado el cambio hasta extremos increíbles”, comenta Nicieza. “La Bestia continúa siendo sarcástico, bromista e inteligente, pero ahora es un sádico hijo de puta, un deshumanizado genetista que te despellejaría por el simple gusto de comprobar cuánto dolor puede causarte”. Casi todos los personajes pasan por una reconfiguración gráfica tan contundente como el trasfondo de la aventura. Destaca aquí la labor de Joe Madureira, quien tras escasos meses a cargo de los lápices de Uncanny apunta como una de las firmes promesas a figurar en la lista de los perseguidos por Image. Su estilo combina cierta influencia manga con una línea clara que enseguida le hace popular entre los chavales y controvertido para los lectores veteranos. Otro aspecto de la saga a tener en cuenta es el morbo que produce entre los aficionados saber cuál ha sido el destino en La Era del Apocalipsis de héroes, villanos o secundarios del Universo Marvel. Muchos de ellos aparecen dispersos entre los cientos de secundarios que invaden las treinta y seis partes del crossover. A última hora, Harras se saca de la manga X-Universe, una miniserie donde se explica qué ha sido de Thor, Ben Grimm, Matt Murdock o Gwen Stacy y que también sirve para retener a su dibujante, Carlos Pacheco, quien poco antes ha recibido una suculenta oferta de Image.

La saga se construye durante largas reuniones en la Oficina-X, donde llega un momento el que ya nadie sabe quién propone qué. Las ideas surgen espontáneamente, se discuten, unas pasan la criba y otras van a la papelera. “Podemos estar dieciocho horas seguidas discutiendo qué hacemos con Lobezno. Preparamos toda la trama, nos damos cuenta que no funciona y la desechamos. Acabas agotado”, confirma Harras. Por ejemplo, Nicieza propone que los líderes de ambas Patrullas sean Mercurio y la Bruja Escarlata, por aquello de que son los hijos de Magneto, pero alguien aporta razones de peso para que la Bruja Escarlata muera años antes de empezar la saga. Su puesto se ve sustituido por Pícara, reconvertida en la esposa del Amo del Magnetismo, con quien tiene un hijo llamado Charles.

Cinco de las ocho colecciones que configuran el crossover están protagonizadas por grupos cuyos miembros escoge cada guionista. En La Era del Apocalipsis sigue habiendo dos formaciones de la Patrulla-X. Lobdell elige para la suya a Destello, una secundaria fallecida en el curso de La alianza Falange; o a Morfo, un personaje surgido de la serie de animación. En la Patrulla-X de Nicieza figuran mutantes con los que nunca ha tenido ocasión de trabajar, como Mercurio o Dazzler, mientas que para la colección que sustituye a X-Force Gambito lidera una banda de forajidos. En The Next Generation (antes Generation-X), Lobdell y Bachalo adoptan un tono oscuro y pesimista radicalmente diferente al de los primeros números de la serie. Por lo demás, Cíclope, desde el lado de los malos, protagoniza Factor-X (antes X-Factor). Jean Grey es la amante de Lobezno, quien vuelve a llamarse Arma-X, al igual que la colección que comparte con ella. No existe una Madelyne Pryor, pero Mister Siniestro experimenta igualmente con los genes de Scott y Jean, fruto de los cuales nace un Nathan Summers que protagoniza X-Man (antes Cable). Para Excalibur, Harras ni siquiera tiene que inventar un nuevo título, ya que recurre a X-Calibre, el primer nombre que Claremont barajara para los mutantes de Inglaterra.

En las últimas reuniones antes de ponerse a escribir, los hombres de Harras desarrollan la estructura narrativa de la aventura, que se abre y se cierra con sendos especiales (X-Men Alpha, III 95; y X-Men Omega, VI 95), mientras que un tercero reanuda la continuidad anterior (X-Men Prime, VII 95). La historia se completa con X-Men Chonicles 1 y 2, dos extras dedicados a narrar acontecimientos situados entre la muerte de Xavier y el comienzo de la saga, y con X-Universe 1 y 2 (V y VII 95), la miniserie dibujada por Pacheco con la que Terry Kavanagh se estrena como guionista. Para terminar, en marketing ponen en marcha una estrategia encaminada a que todo el mundo hable de La Era del Apocalipsis antes incluso de que comience. Primero divulgan interesados rumores a través de la prensa especializada según los cuales Marvel planea matar a los hombres-X y cerrar todas y cada uno de las colecciones mutantes a finales de año. Luego filtran el nombre de los títulos que vendrán a sustituirlas.

“¿Sabéis, chicos? Esta saga es como adaptar al cómic ¡Que bello es vivir!”, bromea Harras. En La Era de Apocalipsis, como en el Pottersville de la película de Frank Capra, el mundo ha cambiado de manera radical a causa de la falta de un hombre bueno. Sin embargo, entre los mutantes no revolotea ningún Clarence a la búsqueda de sus alas, a no ser que se atribuya semejante papel a ese Bishop fantasmal que no deja de repetir “no es nuestro mundo, no es nuestro mundo”

Es octubre de 1994. A un mes para el comienzo de la publicación de La Era de Apocalipsis, al despacho de Terry Stewart llegan las cifras de ventas del último ejercicio. Son pésimas, las peores de la industria del cómic desde que existe el mercado de venta directa. Lejos de parar, la sangría sufrida por Marvel aumenta cada mes. El problema no es exclusivo de la Casa de las Ideas. todas las editoriales registran retrocesos que para algunas de las más modestas suponen el cierre del negocio. La bomba especulativa de los últimos tres años ha explotado. Quien sepa capear el temporal heredará los restos del naufragio, pero nada indica que Marvel vaya a escapar de la refriega. A la caza de culpables, los ejecutivos de Stewart señalan con dedo acusador a las distribuidoras. En concreto a Diamond y Capital. Resulta ofensivo que Marvel tenga que aparecer en sus catálogos junto a editoriales de la calaña de Image, Valiant o Malibu. Solución: me compro una distribuidora para mí solo. Quien quiera leer Marvel, que haga los pedidos a Marvel. La elegida es Heroes World, una empresa regional que, por mucho dinero y personal que inyecte, no está preparada para llevar los tebeos de la Casa de las Ideas de California a la Tierra del Fuego. Más soluciones: ¿cuanta gente nos sobra? En recursos humanos hacen cuentas. Doscientos setenta y cinco, señor Stewart, la mitad de la plantilla. Pues a la puta calle con ellos. ¿Quién ha hecho tantos contratos? Usted, señor Stewart. No, que quién firma debajo. Tom DeFalco, el director general. Pues a la calle con él también, coño.

En los meses siguientes, Stewart sigue adelante con su nueva política editorial. Maquilla las cuentas, compra Malibu Comics para quitarse un competidor de encima y contratar a su equipo de coloristas, rompe relaciones con las viejas distribuidoras (“no queremos intermediarios”, declara), cierra veinticinco títulos y plantea una revolución editorial: la Marvelution. Con ella pretende relanzar los títulos clásicos de la compañía. Tom DeFalco ha caído, pero nadie le sustituye. No hace falta un director editorial. ¿Para qué? ¿Va a supervisar las ciento veinte colecciones que Marvel publica? Experto en trocear empresas para luego venderlas, Stewart separa la producción de Marvel en cinco líneas editoriales dirigidas por otros tantos editores. Al frente de X-Men revalida a Bob Harras, el único de los jefes de colección que ha conseguido mantener sus productos en lo más alto, pese al retroceso general del medio. Harras es el espejo en el que se miran todos sus colegas. Miran tanto que incluso llegan a copiar la estructura de La Era del Apocalipsis para transplantarla a Spider-Man o Los Vengadores. No sirve de nada. Mientras el crossover mutante se convierte en el gran éxito de la temporada, las sagas que intentar dar nueva vida al amistoso vecino arácnido o a los Héroes Más Poderosos de la Tierra no hacen sino ayudar a hundirlos más en la miseria. En julio de 1995, Ron Perelman, dueño de Marvel, asciende a Terry Stewart, quien pasa a desarrollar actividades dentro del emporio Perelman sin relación alguna con los tebeos. Para sustituirle llega Jerry Calabrese, un abogado de Nueva York que continúa adelante con el cierre de series.

Espoleado por los movimientos en la cúpula de la compañía, Harras prepara sus propios reajustes dentro de la Oficina X. Ha aprendido que, como Madonna, tiene que reinventar a los mutantes una vez al año: mover autores, montar algún circo, matar a alguien. Que los lectores tengan esa sensación de falso cambio con la que tanto disfrutan, pero que en realidad todo siga igual que el primer día. A espaldas de Fabian Nicieza, contrata a Mark Waid para escribir los diálogos de los especiales de apertura y cierre de La Era de Apocalipsis. Cuando Nicieza descubre el pastel, no tarda demasiado en hacer firme su decisión de abandonar la Franquicia Mutante. Ha disfrutado mucho durante los meses en los que preparaba junto a Lobdell y Harras el nuevo crossover, pero piensa que el resultado de su trabajo en las dos series que todavía escribe deja mucho que desear. Nicieza calcula los meses que faltan para cobrar su cuantioso cheque de royalties y prepara las maletas (XM 45, X 95). En X-Force le sustituye Jeph Loeb (XFO 44, VII 95), quien ya siguiera sus pasos en Cable, mientras que Mark Waid se confirma como nuevo guionista de X-Men. Otros autores, como John Francis Moore, Terry Kavanagh o Howard Mackie, comienzan a escalar posiciones, ya sea en las series regulares o en el continuo chorreo de miniseries protagonizadas por mutantes. Todos repiten con insistencia la misma pregunta. Algunos incluso se atreven a plantearla en voz alta:

 

-¿Quién me ha cambiado los diálogos?

 

La respuesta es siempre la misma:

 

-El cuerpo editorial.

-¿Quién?

-El cuerpo editorial.

 

 

El cuerpo editorial es un ente poco menos que exotérico. Nadie sabe qué, quién o quienes son; ningún editor ni ayudante se responsabiliza de las modificaciones de los diálogos, del cambio de textos de apoyo o de la eliminación de tramas, pero alguien las lleva a cabo con una profesionalidad bastante discutible. El cuerpo editorial escribe francamente mal. Sus diálogos son planos y que sus construcciones sintácticas dejan mucho que desear. Al cuerpo editorial le vendrían bien unas lecciones prácticas de redacción y estilo literario, pero nadie parece dispuesto a dárselas. Algo parecido le ocurre a los dibujantes, que descubren asombrados como una viñeta se redibuja, un pecho sube, un guiño al lector se borra. El cuerpo editorial actúa desde la impunidad del anonimato. ¿Quién hace ese trabajo sucio? ¿Ben Raab? ¿Suzanne Gaffney? ¿Lisa Patrick? ¿el mismo Harras? Nadie: el cuerpo editorial. Se celebra una reunión en la que se deciden los argumentos de los siguientes meses. Tres días después, cada autor recibe un aviso. “Hemos pensado que no nos gusta lo que hablamos en la última reunión. En su lugar, vamos a hacer esto otro”. ¿Quién decide qué? El cuerpo editorial. El autor se encuentra con que el guión que entrega no es el que se publica. Unos aceptan, aprenden a vivir con el sistema de trabajo y se embolsan el elevado sueldo que acarrea escribir las series mutantes. Otros no.

Ejemplo: Jeph Loeb recibe dos consignas después de hacerse con los guiones de Cable. “Nada de viajes en el tiempo y nada de aventuras que ocurran en Genosha”. Poco tiempo después, Lisa Patrick le pide que se olvide del argumento que ha preparado para el CB 25 (XI 95). En su lugar, Cable debe viajar al futuro, tras lo cual reaparecerá… en Genosha. Loeb prepara la historia siguiendo las indicaciones de Patrick, pero no sirve de nada. El final que se publica tampoco tiene nada que ver con lo que él ha escrito. ¿Quién ha hecho esto? El cuerpo editorial.

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