1988. DETRÁS DE LA SERIE MENSUAL DE LOBEZNO

Es 1988. “Back to the basics, vuelta a los orígenes!!” insiste Tom DeFalco cuando da la orden de lanzar nuevas colecciones que remocen conceptos de las décadas anteriores, como es el caso de Silver Surfer, Doctor Strange, Marc Spector: Moon Knight, Nick Fury agent of SHIELD o The Sensational She-Hulk. Wolverine nace con la pretensión de recuperar el ambiente de las dos series limitadas protagonizadas por Lobezno sin necesidad de urgar en su pasado, que Claremont prefiere mantener oculto. De la noche a la mañana, el Patriarca Mutante aparece con una retahíla de conceptos absolutamente nuevos. Cree que la serie regular de Lobezno está llamada a ser la sustituta de Conan The Barbarian. El público que la compre no sólo es el lector habitual de mutantes, sino también y sobre todo aquél que, de haber nacido una década antes, sería fiel seguidor del cimmerio. En solitario, Logan va a volver sobre sus fueros salvajes, pero, ante todo, sobre la aventura. Conan en el mundo de Terry y los Piratas con unas gotas de Fu Manchu. Villanos malévolos, mujeres exóticas, lugares fantásticos, civilizaciones perdidas… Sin que falten villanos, por supuesto. Es fácil sacar al Lobezno desencadenado, pero le interesa más su quietud, la sensación de que puede vaciar una habitación con sólo levantar una ceja. “Lobezno”, afirma, “es un arma tan mortal que no necesita ser usada”. Como dibujante, Claremont elige a John Buscema, aquél que diera sus mayores días de gloria comercial a Conan. Buscema hace años que no oculta su aversión a los superhéroes, pero piensa que la atmósfera de Wolverine va a ser muy diferente a la que se respira en el tradicional cómic Marvel. De hecho, Lobezno no lucirá su habitual uniforme-X, sino que irá de negro de pies a cabeza. Para mal solucionar el hecho de que el mundo piense que Logan, como el resto de los hombres-X, ha muerto en Dallas, Claremont le crea una nueva identidad, Parche, cuya caracterización se limita a añadir tal complemento al rostro del protagonista. Nadie sugiere que quizás un simple parche no es suficiente para que el héroe no sea reconocido. Buscema aconseja un par de variaciones en el peinado, pero Claremont se niega. Ese pelo es uno de los rasgos distintivos de su chico. Como localización, el Padre Mutante crea una ciudad al completo. Madripur es la Casablanca ficticia del sur de Asia, un Singapur imaginario convertido en el destino definitivo de los perdedores al estilo Bogart, refugio también de la basura y la maldad. “En Madripur”, dice Claremont, “el siglo XIX convive codo a codo con el XVIII. La gran riqueza junto a la más pobre de las miserias. Aquí no hay reglas. Todo puede pasar. Todo puede romperse. Es un contexto diferente al de las aventuras de la Patrulla-X. Es el mundo real, con pistolas de verdad, con muertes de verdad. Y Lobezno combatirá el fuego con fuego”. Como en Casablanca, Madripur tiene un local, el Princesa, donde todo el mundo hace contactos, cierra tratos, propone trabajos o compra y vende información. Falta Sam tocando el piano, pero está O’Donnell, el misterioso regente del local. Un sosias del Rick bogartiano incluso en su manera de vestir y hablar.

Como adelanto de lo que va a ser Wolverine, Marvel lanza una peculiar colección llamada Marvel Comics Presents, proyecto largamente planeado que no acaba de confirmarse hasta que DC anuncia la reconversión de Action Comics a un formato similar. MCP es una colección quincenal que, junto a Excalibur, la ya anunciada Wolverine y la batería de nuevos lanzamientos planeados por DeFalco, salta del dólar que cuestan los tebeos normales desde principio de año a un dólar con veinticinco centavos. A cambio, mejor papel e ilustraciones en contraportada. MCP cuenta, además, con más páginas de tebeo y menos de publicidad. En concreto, cada número contiene cuatro seriales de ocho páginas dedicados a diferentes personajes de la casa. Un mutante será siempre la estrella principal, con su nombre en portada. Al serial, en diez partes, de Lobezno, seguirá uno de Coloso que ya prepara Ann Nocenti junto a Rick Leonardi con el material de lo que un principio iba a ser una miniserie. Además, Barry Smith hará un episodio autoconclusivo dedicado también a Lobezno.

Claremont aprovecha la estructura que le ofrece MCP para desarrollar una típica aventura encuadrada en lo folletinesco que refuerza su clasicismo mediante títulos tan obvios como “El bueno” (MCP 1, X 88), “El malo” (MCP 2, X 88), “La chica” (MCP 3, XI 88), etc. Hacia el final, los lectores a tienen una idea bastante definida de lo que van a encontrarse en Wolverine. En quien no piensan es en Jessica Drew y Lindsay McCabe, olvidadas protagonista y secundaria, respectivamente, de Spider-Woman. Claremont las rescata en el primer número de la serie regular para unirlas al plantel de secundarios que habitan Madripur. Un fino observador puede descubrir que Lindsay es la verdadera protagonista de los WOL 1 a 3 (XI 88-I 89). En números sucesivos, tanto ella como Jessica, Karma o una ocasional amante de Lobezno apodada el Tigre destacan tan sólo por debajo de Logan. La serie parece una reunión de viejas amigas. Obligado a escribir colecciones que preferiría que no existieran, Claremont se permite estas pequeñas libertades. Ventajas de las cárceles de oro.

La aparición de Wolverine coincide además con la salida de Ann Nocenti de la oficina-X. Al igual que Weezie Simonson, Nocenti ha ganado el derecho a convertirse en guionista a tiempo completo. En primavera, coincidiendo con el UXM 232 (VIII 88), Bob Harras la sustituye. Harras, hasta ahora encargado de editar X-Factor y de supervisar las apariciones de los mutantes en otros títulos Marvel, se hace cargo de Uncanny, New Mutants, Classic X-Men y Wolverine. A partir de ahora, ayudará a Claremont y Simonson a sostener el intrincado universo mutante en colaboración con Terry Kavanagh, otro de los ayudantes de Nocenti, que pasa a ocuparse de Excalibur. No sólo son tiempos de cambio para los mutantes, sino también para Marvel. A vueltas de verano, New World anuncia la venta de la editorial a Andrews Group, multinacional propietaria de empresas tan dispares como Revlon o Four Star. Los setenta millones de dólares de beneficio que ha tenido la Casa de las Ideas en el último ejercicio son suficiente razón para que los nuevos dueños decidan mantener a Tom DeFalco como director editorial. DeFalco responde ante los accionistas de un consejo de administración, gente que nada sabe, ni quiere saber, sobre cómics. Gente preocupada tan sólo por la cuenta de resultados. “Hubo una época en la que aquí veníamos a divertirnos y hacer buenos tebeos”, recuerdan los más viejos del Bullpen. Aquellos años, con Martin Goodman, Stan Lee o Roy Thomas siempre a pie de obra como responsables máximos de la editorial pertenecen más que nunca al pasado. Para bien y para mal.

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