1988. CUANDO LA PATRULLA-X SE MUDA A AUSTRALIA

Es 1988. En paralelo al lanzamiento de Wolverine, La Patrulla-X comienza a vivir una nueva etapa en el UXM 229 (IV 88), donde se definen los parámetros por los que se moverá el grupo tras La caída de los mutantes. En ese número, Roma les explica que, después de su teórica muerte, no pueden ser detectados por medios mecánicos, mágicos o científicos, y les ofrece dos alternativas: enviarles a una especie de Dimensión Fantasma conocida como el Lugar Peligroso, donde serán juzgados por sus acciones y tendrán la oportunidad de comenzar su vida de nuevo, o, la opción que aceptan, dejarles en Australia, en una localización exótica con enormes terrenos vírgenes alejados de los entornos urbanos típico superhéroe Marvel. Nada hace pensar que Spider-Man o los Vengadores vayan a acercarse por “el más remoto continente terrestre”. La Patrulla-X se ha convertido en leyenda, pero no en la leyenda artúrica a la que Claremont puede acercarse en Excalibur, no la leyenda de fantasía heroica que ha retratado en Marada The She-Wolf o en The Black Dragon, sino la única leyenda que, dejando aparte a los superhéroes, han aportado los Estados Unidos a la cultura universal, la leyenda del western. Esta Australia irreal nada tiene que ver con el Sidney de los documentales, sino que se trata de una árida extensión de malas tierras similar a la Texas de John Ford. Donde allí se enseñoreaba John Wayne y Lee Marvin, aquí están Lobezno y compañía. De hecho, en lugar de establecerse en cualquiera de las muchas ciudades del país, lo hacen en un poblado de casas abandonadas, donde un extraño aborigen llamado Pórtico les facilita transporte dimensional a donde sea necesario sin hacer preguntas ni contestarlas. Pórtico cumple las mismas funciones que desempeña Cacharro para Excalibur y, al igual que éste, poco más se sabe de él. Siempre callado, ni siquiera revela si sus poderes son de naturaleza mística o mutante. Poco importa, ya que su aprovechamiento argumental se limita al de haber sustituido al Pájaro Negro como vehículo de transporte de los hombres-X.

 

Nada más aterrizar en su nuevo hogar la Patrulla hace frente a los Cosechadores, una actualización high-tech del Grupo Salvaje de Sam Peckinpah. Claremont aprovecha la habilidad de Silvestri para dibujar personajes de aspecto desagradable. Los Cosechadores han perdido cualquier rasgo posible de humanidad. Gran parte de su cuerpo está compuesto de piezas mecánicas y donde queda algo de hueso y carne brilla siempre la simbología nazi (cabezas rapadas, esvásticas, cadenas, ropa militar). No disponen de poderes ni habilidades especiales, sino que utilizan las armas y las tácticas de grupos terroristas, aunque lo hacen con una salvedad: mientras los fines de éstos suelen tener algún tipo de contenido político, la única pretensión de los Cosechadores es asesinar, robar y divertirse.

Frente a ellos, resulta demoledor el contraste de una Patrulla-X que ha cambiado la tecnología Shi’ar por la cuchara de palo; los viajes en el Pájaro Negro por el teletransporte cuasi místico que les procura Pórtico; la Sala del Peligro por la arena del desierto; las amplias habitaciones de la mansión de Xavier por barracas de madera y barro. “Estoy en medio de ningún sitio, sin libros que leer, sin tele que mirar, sin música que escuchar, sin ningún lugar donde divertirme el sábado por la noche… Si esto es ser una leyenda, prefiero morirme”, brama Dazzler (UXM 230, VI 88). Contra los tipos duros que proliferan en el Universo Marvel con el Castigador a la cabeza, Claremont vuelve sobre las raíces. El héroe despojado de cualquier artificio que no sea su valor y habilidad frente al villano repugnante y artero. Con esa premisa básica, se desarrollan las dos aventuras que aparecen con periodicidad quincenal durante los meses del verano de 1988. “Esto es una locura”, sostienen con razón tanto Claremont como Silvestri. El dibujante, tras constatar que es imposible sacar adelante cuarenta y cuatro páginas mensuales, máxime si los guiones de Claremont llegan con retrasos de una semana, es apoyado por Rick Leonardi, que se ocupa de tres de los seis números quincenales.

La primera de esas sagas (UXM 232-234, VIII-IX 88) recupera a los eslyzoides del Nido, de los que nada se ha vuelto a saber desde los gloriosos tiempos de Paul Smith, pese a los incesantes ruegos de sus muchos fans. La principal novedad es ver a los alienígenas sueltos por la tierra e infectando a cada humano o mutante que se le ponga por delante. Mayor enjundia contiene la siguiente aventura, ya que en ella Claremont regresa sobre el racismo mutante desde la perspectiva de la política-ficción. En los UXM 235-238, X-XI 88) aparece por primera vez el imaginario país de Genosha, “una tierra verde y agradable de esperanza y oportunidad. Donde la libertad es consigna”, reza su lema. Genosha es una metáfora de la Sudáfrica del apartheid llevada a sus últimas consecuencias, una utopía construida sobre la vergüenza. En la paradisiaca Genosha, situada entre Madagascar y las Islas Seychelles, la sociedad y la economía han evolucionado a cotas formidables. “No existe pobreza, y se dispone de incomparables oportunidades en educación y empleo”, dice la propaganda política. “El nuestro es un país libre, cuya gente es juzgada por sus actos, no por el color de su piel”. En realidad, Genosha es un Estado policial, y su falsa prosperidad se debe a la segregación racial. Mientras los humanos cuentan con todos los derechos, los mutantes son esclavizados de por vida. Una casta científica, los Geningenieros, se ocupa de localizarlos y de adecuar sus poderes a las diferentes funciones que desempeñan (desde industriales a médicas) mientras que un sofisticado grupo militar, los Magistrados, constituye la fuerza organizada que sostiene el sistema, la encargada de castigar cualquier disidencia. Claremont inventa para ambos un nuevo lenguaje racista. Mientras los Geningenieros llaman a los mutantes “genpositivos”, los Magistrados se refieren a ellos como “genobichos”. La Patrulla-X llega a Genosha cuando empiezan a arder las llamas de la revolución desde el interior mismo del régimen establecido, por iniciativa del hijo de un Geningeniero que intenta rescatar a su novia mutante. Que esa revolución salga adelante queda, al final de la saga, en la incógnita o en el devenir de la colección. En caso de fracaso, los hombres-X prometen regresar al país.

En un segundo nivel, la aventura muestra a los hombres-X desde perspectivas diferentes. Por una parte, descubren las ventajas (e inconvenientes) de su capacidad recién adquirida de no ser detectados por métodos electrónicos; por el otro, Lobezno y Pícara son desposeídos de sus poderes. La falta del factor curativo en el primero tiene una consecuencia lógica, ya que sus manos sangran cada vez que saca las garras. Queda así establecido que Lobezno no tiene ningún orificio en sus extremidades, sino que las garras producen una herida curada al momento por su poder mutante, uno de esos detalles sin importancia que apasionan a los fans más detallistas. En una crueldad argumental de sofisticada premeditación, Pícara, que ha pasado toda su vida con el deseo de tocar y ser tocada, sufre terribles abusos sexuales que llevan a su mente a retraerse y a ser tomada por la personalidad de Carol Danvers, un pretexto del Padre Mutante para dar un par de pinceladas sobre el pasado común de ella y Lobezno. Carol recuerda “aquella vez que me rescataste del KGB”. Claremont no cuenta mucho más, fiel a su consigna de insinuar antes que detallar.

Es una época en la que afloran acusaciones contra el guionista por sus temas recurrentes, sus diálogos eternos, sus personajes torturados. Nada hace pensar que su antes elogiada imaginación y capacidad narrativa esté oxidada, por mucho que tenga que producir tres colecciones mensuales. En 1988, en los guiones de Claremont hay conceptos y personajes por cuya creación muchos autores matarían. Hay historias magníficas y emocionantes, desde las grandes sagas dramáticas que construye en Uncanny –primero La caída de los mutantes, luego la aventura en Genosha- a las deliciosas historias de Excalibur. ¿Qué es lo que falla entonces? Tal vez una cierta falta de reconocimiento intelectual de la calidad de su trabajo, pese a que él se considere un honrado artesano del entretenimiento; tal vez el verse inmerso en un huracán que controla a duras penas; tal vez el agotamiento inherente a más de una década trabajando en la strip, a unos años en los que no hay tiempo para relajarse.

Un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *