1602: EL SIGLO DE LAS MARAVILLAS

¿Qué pueden tener en común la década de los años sesenta con el comienzo del siglo XVII? Más de la que pudiera pensarse en un principio. Ambas son épocas en la que se rompieron dogmas arraigados durante mucho tiempo atrás. Tanto en los años sesenta como en la Era Isabelina se abrieron nuevos horizontes para la humanidad, que enterraría así tiempos oscuros. Ahora, gracias al legendario escritor Neil Gaiman, al prestigioso dibujante Andy Kubert y al aclamado colorista Richard Isanove, esas dos épocas, tan diferentes y al mismo tiempo tan similares, confluyen en una circunstancia más: en que ambas asistirán a la llegada de los superhombres.

 

Hay pocos autores de cómic que consigan concitar tanta atención mediática y que hayan traspasado las fronteras del medio como Neil Gaiman lo ha hecho. Este inglés nacido el 1o de noviembre de 1960 y que gusta de vestir de riguroso negro ya sabía leer cuando apenas contaba con cuatro años. El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll fueron algunas de sus obras favoritas de niñez… junto con una caja de cartón llena de tebeos de Marvel y DC, que le prestaron cuando ya había cumplido los siete. Fue en la que él luego definiría como “una Caja de Sueños” donde conocería a Batman, a la Liga de la Justicia o a un tipo con una máscara de gas cuyo nombre era Sandman. En esa caja también descubrió a las grandes creaciones de Stan Lee, Jack Kirby y Steve Ditko para Marvel. Estaban las ediciones inglesas de Los 4 Fantásticos, La Patrulla-X, Thor, Capitán América… Todos ellos formaron parte del pequeño mundo de ficción en el que habitaba el joven Neil, que creció y, como si no existiera ninguna otra opción, se convirtió en periodista y escritor. Fue una época curiosa, en la que firmó su primer libro… Nada menos que acerca de la historia de la banda pop Duran Duran. Hacia mediados de los años ochenta, descubrió La Cosa del Pantano de Alan Moore y todo cambió para él: redescubrió el placer de leer cómics a la par que se convirtió en un discípulo, y más tarde amigo, de Moore. Este había triunfado en una industria, la del tebeo americano, que hasta entonces parecía vetada a autores ingleses.

 

En aquel entonces, Gaiman empezó a colaborar con pequeños relatos para la mítica revista 2000 AD, al tiempo que se alzaba, de facto, como el sucesor de Alan Moore, cuyo trabajo continuaría en Marvelman, un personaje inglés de los años cincuenta que el barbudo de Northampton había reinventado por completo. A la caza de autores que siguieran la estela de éste, DC Comics le ofreció diversos proyectos, aunque enseguida destacaría por el que acabó por convertirse en uno de los más destacados y significativos cómics de los años noventa: Sandman. Del personaje que hubiera creado tiempo atrás Jack Kirby quedaba sólo el nombre. Neil Gaiman creó a una nueva entidad, un rey de los sueños que es hecho prisionero durante casi todo el siglo XX y al escapar ha de poner sus asuntos en orden y asumir las consecuencias de lo ocurrido en el mundo real a causa de su encarcelamiento. Sandman se alzaría como el estandarte del sello Vertigo, así como el gran tebeo adulto para los lectores de superhéroes que buscaban “algo más”, mediante una interesante combinación de costumbrismo mágico, terror y narración erudita. Entre los muchos relatos que se pueden leer dentro de la trama general que suponía la peripecia de Morfeo, se encontraban dos peculiares adaptaciones de las obras de William Shakespeare El sueño de una noche de verano y La tempestad, que traslucían el amor de Gaiman hacia el dramaturgo inglés y la época en la que vivió.

 

Para cuando Sandman concluyó en 1996, Gaiman ya era una verdadera leyenda que había ido más allá de las viñetas, hasta publicar gran cantidad de relatos y novelas, algunas de las cuales recibirían adaptación cinematográfica, como es el caso de Coraline. Su alejamiento progresivo de la industria del cómic hacía temer a sus legiones de fans por el abandono definitivo… Hasta que llegó 2001, y todo cambió.

 

Por aquel entonces, Joe Quesada acababa de hacerse con la dirección editorial de Marvel y estaba derribando todos los muros infranqueables que La Casa de las Ideas había construido durante sus años de decadencia, durante la década anterior. Entre ellos, se encontraba el hecho de que algunos autores sintieran un rechazo absoluto a la idea de trabajar para ellos. En el caso de Neil Gaiman, ese rechazo era compartido con su colega Alan Moore, y tenía que ver con la polémica generada alrededor de Marvelman, quien para publicarse en Estados Unidos había tenido que cambiar de nombre por Miracleman, a causa de una disputa jurídica con la propia Marvel.

 

Quesada no sólo ofreció a Gaiman enterrar el hacha de guerra con respecto al personaje, sino ayudarle en la batalla que libraba por sus derechos de publicación, en manos de cierto millonario sin escrúpulos. De esta forma, Gaiman desarrollaría un ambicioso proyecto para Marvel, a cambio de que los beneficios que se derivaran del mismo sirvieran para financiar la batalla legal. En agosto de 2001 se cerró el pacto, sin que el guionista tuviera claro siquiera acerca de qué quería escribir para La Casa de las Ideas. Pronto tuvo claro acerca de qué NO quería escribir. El 11-S le convenció que lo último que deseaba era una historia ambientada en el presente, con bombas, aviones, rascacielos e individuos dictando lo que está bien y lo que está mal. En su lugar, se desmarcó con un proyecto que consistía en trasladar el nacimiento del Universo Marvel hasta 1602, un tiempo de maravilla, de cambio, de descubrimiento, como lo fueron los años sesenta cuando Stan, Jack y Steve colocaron las primeras piedras de su cosmos conectado y él tuvo oportunidad de contemplarlas por primera vez.

 

Por entonces, Andy Kubert y Richard Isanove acababan de concluir uno de los más sonados éxitos de la editorial, Lobezno: Origen, en el que usaron una innovadora técnica artística, consistente en que Isanove coloreaba directamente sobre los lápices limpios y precisos de Kubert, sin que interviniera un entintador entre un proceso y otro. El resultado no puede ser más sorprendente, dado que la ausencia de tintas y la etérea paleta de Isanove envuelven a las viñetas en un aura mágica, de pertenecer a un mundo que dejó de existir hace mucho tiempo. Ambos se sumaron a 1602 junto al portadista Todd Klein, quien puso la guinda final al proyecto, con cubiertas que asemejan a cuadros pintados sobre madera.

 

Dos años tardó 1602 en estar concluido. El éxito de público fue mayúsculo, mientras que la crítica se dividía alrededor de él, aunque su leyenda no ha dejado de crecer desde que viera la luz por primera vez, de manera que ha sido reeditado en múltiples ocasiones, hasta situarse en la liga de Lobezno: Origen, Ultimates o Civil War, los grandes éxitos Marvel de este siglo XXI, complejo, duro y aterrador, del que Neil Gaiman quiere darnos una vía de escape, una lectura que nos permita olvidarnos de todo y descubrir esa Marvel de la Era Isabelina, todavía por cartografiar; ese otro mundo que acaba de nacer, donde todo es nuevo, emocionante y esperanzador.

 

Artículo aparecido originalmente en Marvel Héroes. Marvel 1602

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